martes, 28 de junio de 2016

Invitación.

Hola Nenas…

Me permito interrumpir el orden de los capítulos para hacerles una invitación al nuevo grupo del Señor que se ha abierto en Facebook.

Sí, es verdad que antes ya había un grupo que Lethy Sánchez y Coudy Mcley crearon para apoyarme con mi historia, lo cual les agradezco al alma porque siempre han estado al pie del cañón conmigo, pero por inconvenientes técnicos no podemos actualizar imágenes, videos y muchas más cosas que tenemos preparadas para ustedes.

Les dejo el link más abajo. Recuerden que hay que pedir autorización pues es un grupo cerrado por el nivel de imágenes y comentarios.

Las esperamos por ahí, nenas y ya saben que les estaré eternamente agradecida por tanto y tanto cariño y muestras de apoyo. Eso me hace comprometerme con ustedes al máximo para darles mi mejor esfuerzo.

Gracias, gracias por tanto cariño y apoyo!

Y a ti, Jo, mil gracias por todo.

 Las quiero Kinkys…

Amelie.

El link… 

https://www.facebook.com/groups/663662153791583/


 PD: Nos vemos en el grupo!

viernes, 10 de junio de 2016

CAPÍTULO 48




Liberando Sentimientos...

***
Capítulo beteado y editado por Jo Ulloa. Betas FFAD.
https : // www.facebook.com /groups/ betasffaddiction/
***
“Todo pasa; solo la serenidad permanence".

Lao-Tsé.
     ***     
EDWARD’S POV


Voy a dejar descansar en paz a mi hermana.

Las palabras salieron de mi boca con una tranquilidad que me sorprendió. Darme cuenta de eso también me abrumó un poco y casi flaqueo en mi intento por dejar de seguir sintiéndome culpable de su muerte, tanto, que por mi mente pasó la imagen del sillón frente a la ventana y mis mil noches de recuerdos, de reproches, de dolor, de pérdida… Pero no, no podía permitir que esos sentimientos continuaran saboteándome e impidiéndome vivir. Se lo debía a Isabella, a mis padres, a la misma Liz pero antes que todo, me lo debía a mí. Así que después de tantas noches con todas sus horas y minutos, decidí que lo más sano era empezar poco a poco, y lo primero que tenía que hacer era aceptar que Isabella no era el medio para esa conexión que yo tanto me empeñaba en creer que me haría mantener con mi hermana.  

Al principio estaba convencido de que así era pero después de todo este tiempo de reflexión, pude darme cuenta de que ese lazo entre Liz y yo jamás se perdería. Que no estaba condicionado a nada ni a nadie salvo al amor y cariño que nos teníamos y era tan grande ese sentimiento que no debía nunca temer perder a mi pequeña Liz.

Estaba decidido a poner todo de mi parte para llegar a alcanzar mi objetivo porque sabía bien que solo eso podría permitirme tener una vida con Isabella, la vida que ella se merecía y de mí dependía procurarle todo para que fuera completamente feliz. Ella me mostraba su amor de mil maneras, luchaba por mí y sabía que estaba dispuesta a todo por estar a mi lado, amándome, y lo mínimo que yo podía hacer en retribución por tantas muestras de amor y confianza, era trabajar para ser un mejor hombre pero sobre todo, un hombre digno de su amor.  

Isabella caminó hacia mí y su hermoso rostro me decía que no comprendía nada. Me miraba confundida y luego paseaba la mirada por todas las cajas que llenaban el estudio. Estiré mi mano hacia ella y sin pensarlo, la tomó. Nos acercamos al sillón y me recosté acomodándola entre mis piernas y mi pecho. 

—¿Sabes? —dije después de un rato de solo estar acariciando su cuerpo tibio arremolinado en el mío—. Para la mayoría de los hermanos mayores siempre es molesto tener una hermana o hermano pequeño a quién cuidar; para la mayoría sí, pero para mí nunca lo fue —sonreí—. Tener a Liz siempre fue divertido.

>>Recuerdo que desde muy pequeña me seguía. Siempre iba detrás de mí como si fuera el ayudante de un pirata, el mecánico de un corredor de autos o el secuaz de un ladrón. Toda la vida siguiéndome. Y, aunque le llevaba algunos años, era la compañera perfecta de juegos porque nunca tenía miedo de nada, nunca se quejaba y era intrépida y curiosa. 

>>Cuando se caía y se lastimaba, nunca lloraba. Se sentía una más en la pandilla que formábamos con Emmett y Jasper. Ellos también la cuidaban mucho y jamás les molestó que estuviera siempre con nosotros. Aprendió a montar en uno de los caballos de la casa de campo en Bath y los padres de Emmett hasta le regalaron ese caballo porque no se quería bajar nunca de él. Tiempo después, Liz centró su atención en Jasper, que desde pequeño tuvo una pasión tremenda por tirar con el arco, y lo atosigó por meses hasta que por fin no tuvo más remedio que enseñarle y para sorpresa de todos, resultó una excelente tiradora.

Mientras hablaba, sonreía con algo de melancolía y miraba de reojo por las ventanas las luces lejanas de un Londres que aún dormía.

—Cuando creció y empezaba en su etapa adolescente, ya no nos era muy cómodo tener a Liz siguiéndonos por todos lados —cerré los ojos recordándola con picardía—, ya te imaginarás porqué. Luego entramos en nuestra etapa de rebeldía y ella ya no tuvo cabida en nuestra pandilla. No queríamos que fuera testigo de nuestros pequeños robos de alcohol y además, también estaban los líos con chicas que cada día aumentaban y nosotros no deseábamos que pararan.

>>En ese tiempo, nuestros padres nos separaron enviándonos a diferentes academias militares para disciplinarnos. Cuando volvimos a casa y ya éramos unos hombres hechos y derechos, la pequeña Liz apenas comenzaba su sueño en el Sacrè-Coeur. Yo estaba muy contento por ella, porque estaba donde quería y porque estaba feliz. Lo sabía y lo sentía porque cuando estaba con ella, le brillaban esos enormes ojos azules; le brillaban de emoción, de felicidad.

>>Durante ese tiempo yo apenas tuve tiempo de nada. Mi padre enfermó y tuvo que cederme la dirección de todos los negocios ya que, debido a su delicada condición de salud, no podía continuar bajo tanto estrés. Así que toda mi concentración y energía estaban destinados a las empresas, en mantenerlas al mismo nivel y de ser posible mejorar y empezar a hacer algunas innovaciones. Yo viajaba mucho y por mucho tiempo. Comencé a recibir algunas llamadas de Liz pero no le contestaba y tampoco se las devolvía. Pensaba que solo quería platicar conmigo para contarme de su fabuloso novio o del viaje que quería hacer y yo no tenía tiempo para eso. Necesitaba mi cerebro libre de distracciones para poder manejar a mis futuros socios y hacer las mejores transacciones posibles. Todo iba saliendo muy bien hasta que un día, mi padre me dio la peor de las noticias.

De pronto, mis hombros y mi espalda se pusieron rígidos; mi boca se secó y el nudo que se había instalado en mi garganta hizo que me doliera tragar, tanto, que estuve a punto de creer que algo me quería impedir pronunciar las palabras que tanto me dolían…

—Liz había muerto.

Las palabras salieron de mi boca en un murmullo sin vida. Fueron casi inaudibles pero yo sabía que Isabella había entendido muy bien lo que dije. No podía ver su hermoso rostro, solo sentía su espalda también tensa y sabía que esto no solo estaba resultando extremadamente duro para mí sino para ambos. La abracé fuerte para mantenerla en esa posición y que no se volteara a mirarme. No podría soportar sus ojos llenos de compasión porque no era eso lo que yo quería de ella sino su comprensión. Ese abrazo me sirvió; al sentir su cuerpo abrazarme también, tuve la fuerza para querer desahogarme, para querer drenar todo mi dolor fuera de mi cuerpo y de mi alma, la fuerza para liberar mis sentimientos. La fuerza que necesitaba para aprender a dejar ir a mi pequeña Liz.

—Fue un accidente de auto, como ya te había dicho antes —dije obligándome a salir de mis cavilaciones—. Perdió el control, estrellándose contra un muro y cayendo a un barranco.

>>Según las autoridades suizas, mi hermana conducía bajo los efectos de las drogas y el alcohol. Si embargo, yo sé que eso no es cierto. Liz no se drogaba y casi no consumía alcohol pero… a veces me pregunto si eso es verdad y en efecto, Liz sí estaba bajo la influencia de esos narcóticos. Me pregunto continuamente si sus llamadas eran relacionadas con eso. Si eran para pedirme ayuda de algún tipo, si eran para contarme algún problema y yo simplemente la ignoré…

>>No puedo dejar de hacerme esas malditas preguntas una y otra y otra vez en mi mente porque, por un lado yo confío en que Liz no cometió un error tan grande como para conducir en ese estado y ocasionar ese accidente pero por otro… yo no conocía la vida de mi hermana en ese lugar, yo no sé si por diversión ella se drogaba o…

—Ella no era así —Isabella me interrumpió molesta, girándose hacia mí—. No te puedo contar mucho de ella en el Sacré-Coeur porque no éramos cercanas pero lo que sí te puedo asegurar, es que Liz era una chica sana. Le gustaba mucho hacer deporte, estar al aire libre y leer. Siempre estaba sonriente y cuando estaba con su novio parecía un sol con una sonrisa radiante.

—Entonces eso me deja todavía más confundido, Isabella —dije exasperado—. A ella no le gustaba conducir y si no se drogaba ni se emborrachaba, ¿cómo diablos fue a terminar así?, de esa forma tan brutal…

—Dios, Edward —suspiró—. Me gustaría decirte que olvidaras todo el accidente, que a Liz le gustaría que no te atormentaras y que siguieras con tu vida guardando los mejores recuerdos de tus momentos con ella pero no. Yo lo único que quiero decirte es que tienes todo el derecho a sentirte así, que puedes preguntarte mil veces todo lo que para ti no tenga lógica ni sentido y mucho menos una respuesta. Solo quisiera que te permitieras llorarla como un hermano, como un hijo y como un hombre. Tienes que hacerlo, Edward, tienes que quitarte esa coraza y dejar que tus sentimientos afloren. Y no te digo que lo entiendo, porque un dolor así solo pueden entenderlo quienes lo viven y lo sufren día con día que pasa pero lo necesitas mi amor, lo necesitas.

Me acarició la mejilla y después me abrazo fuerte. No estaba seguro si ella sabía el efecto tan potente que sus palabras y esas sencillas acciones tenían en mí. Lo que yo sí sabía era que definitivamente no estaba dándome por mi lado y endulzándome el oído con lo que yo llamaría compasión y lástima. No, no era así. Isabella quería ayudarme de verdad.

—¿Qué son todas estas cajas? —preguntó mientras se acomodaba en mi regazo.

—Son parte de las investigaciones que he mandado a hacer sobre el accidente. No podía quedarme con esa absurda conclusión a la que habían llegado los detectives suizos, aunque lo cierto es que quedé peor y más confundido y frustrado que nunca. Solo hay una cosa de la que estoy seguro.

—¿Qué cosa?

—Que de haber respondido a sus llamadas, mi hermana aún estaría viva.

—No, Edward, no puedes asegurar eso.

—Claro que puedo. Yo soy el culpable de su muerte, Isabella. Yo —suspiré profundamente, sintiendo por momentos que la culpa volvía a cobrar fuerza saboteando mis intentos por sanar—. Pero lo único que cobardemente puedo hacer, es dejar tranquilo su recuerdo manteniéndola viva en mi alma como la hermosa y especial chica que era. Dejarla descansar para yo poder hacer lo mismo y seguir adelante con mi vida, seguir mi vida contigo aunque no lo merezca, aunque no te merezca, Bella.

>>Lo único que sé, es que si ella ya no tuvo la oportunidad de seguir viviendo, yo no le daré la espalda a la mía, a esta oportunidad que tengo de vivir mi vida a tu lado.

La abracé adhiriéndola a mí, deseando con todas mis fuerzas no claudicar y seguir adelante.

—Te amo, Edward.

Cuando subimos a nuestra habitación ya casi empezaba a amanecer. Para sorpresa mía dormí como un bebé. Al despertarme, me sentí descansado y con mucha vitalidad y energía, incluso hasta podría decir que alegre y optimista.

—Mmm… ¿a dónde vas? —me preguntó Isabella con voz somnolienta.

—Hola dormilona.

—Hola dormilón. ¿Cómo dormiste?

—Mejor de lo que esperaba pero ahora —salí de la cama de un salto—, tengo que ir a trabajar.

—¿Por qué no te quedas hoy conmigo?

—Porque me quedé contigo ayer y tengo demasiados asuntos pendientes y muy importantes en la oficina.

—Pero ya casi son las dos de la tarde.

—Para el trabajo no hay horario, Bella y menos cuando dependen de mí tantas personas.

Y para acallar sus protestas le di una fuerte nalgada y un beso.

***

Varias semanas habían pasado ya desde que Isabella había derrumbado su última barrera entregándose por completo a mí. Fue tan inesperado, porque tomé la decisión de presionarla por su rebeldía, por querer imponer su voluntad ante la mía, que no creía que se atreviera a dar ese último paso que ambos tanto necesitábamos. Pero como siempre sucedía, esa mujer maravillosa me sorprendió de nuevo al abrirse a mí dejando sus miedos a un lado, permitiéndome tomar las riendas y el control sobre ella una vez más. Confiando en mí para guiarla por el camino que la llevaba a ser absolutamente mía.

Estábamos viviendo un momento de total plenitud como pareja. Era como si de pronto nuestros sentidos se hubieran abierto a percibir nuevos colores, sabores y sonidos. Estábamos más compenetrados el uno con el otro. Disfrutábamos las risas, los besos, la pasión, los pequeños disgustos, de todo y nos convertimos de repente en una pareja muy conversadora; nuestras cenas íntimas duraban horas mientras hablábamos de todo lo que salía a la plática. Era una delicia observar a Isabella contarme algo con sus característicos ademanes y sus fascinantes expresiones.

Los asuntos de la empresa me tenían absorto durante el día. Las cosas caminaban como yo quería y aprovechábamos cada oportunidad de avances, estudiábamos diferentes proyectos para futuras inversiones así como también analizábamos la posibilidad de abarcar otros rangos en la construcción. Unos que nos dieran la posibilidad de retribuir un poco a la sociedad y ayudar a los menos afortunados. 

Por las noches, volvía a casa feliz de saber que mi Isabella me esperaba más hermosa que nunca con un festín especialmente hecho para mí. Quién podría decir alguna vez que acabaría viviendo esa vida a la que tanto le rehuía en el pasado. Esa vida monótona que pensaba me haría sentir atado pero que ahora, solo me producía felicidad.

Algunas veces me preguntaba si de verdad Isabella era feliz y dudaba, pero al ver esa luz en sus ojos, su sonrisa, su manera de entregarse ciegamente a mí, me confirmaban que no estaba equivocado. Aun así, yo sabía bien que aún en mi interior guardaba una vena egoísta y era la que quería mantener a Bella alejada de todos, quería tenerla solo para mí. Ese mismo egoísmo era el que muchas veces me hacía pecar de soberbio y me llevaba a pensar que ella no necesitaba de nadie más para ser feliz porque que solo yo podía ofrecerle esa felicidad. Pero muy dentro de mí sabía bien que eso no era así, que estaba equivocado.

Era plenamente consciente de que necesitaba, para empezar, tener a más gente a su alrededor. Socializar. No podía mantenerla aislada. Sabía que tenía que darle más libertad y que debía dejarla volver al trabajo. No debía cortarle las alas, tenía que dejarla sentirse plena, desarrollándose laboralmente, que era lo que siempre había querido y a lo que había renunciado por mí. ¿Qué clase de hombre sería si no lo admitiera? Además, ¿quién me creía para negarle ese derecho?

Pero una cosa era aceptarlo y otra hacerlo y yo aún no estaba preparado para dejar a mi Isabella en manos de un mundo depredador. ¿No estaba preparado? ¡Que cínico era! ¡No quería! Que era diferente, porque ella estaba mas que preparada para enfrentarse al mundo, cruel o no. Lo había hecho durante toda su vida y eso, la fortaleza de espíritu que tenía, la había llevado a ser lo que era, la excepcional mujer de la que estaba perdidamente enamorado y que yacía entre mis brazos dormida en mi pecho. Mirarla dormir tan relajada era sublime. Sus suaves facciones perfectas, su cabello acariciando mi piel y llenándome de un exquisito aroma floral; su cuerpo firme enredado en el mío… me tenía perdido. 

Una noche durante la cena, le platicaba del proyecto de Brasil y que quería que me acompañara cuando las obras iniciaran y después, tenía que ir a Nepal para ver en qué condiciones se encontraba el pequeño país para grandes inversiones. De hecho, Emmett, Jasper y yo ya lo teníamos en la mira para otro proyecto. Esta vez queríamos un hotel o mejor dicho, un refugio del mundo occidental para renovar el alma y el espíritu, pero no sería un lugar enclavado en esas idílicas montañas con instalaciones lujosas y lleno de comodidades superfluas como el hotel de Bali. Este sería ser un lugar que invitara a la relajación, la meditación, a cultivar la espiritualidad y que además fuera agradable y cómodo sin llegar a lo banal.

Después de terminarnos la cena y la botella de vino, entre risas, besos tontos y toqueteos recogimos la mesa, metimos todo al lavavajillas y dejamos la cocina impecable. Sonreí al pensar en esas pequeñas tareas que antes jamás hubiera considerado siquiera realizar pero que ahora eran el preámbulo para una noche pletórica de pasión.

Subíamos a nuestra habitación y la detuve a la mitad de las escaleras. Iba detrás de ella, con mis manos en su cintura. Me pegué a su cuerpo y bajé mis manos hasta sus muslos. La sentía estremecerse, sentía su piel caliente y hambrienta cuando acariciaba su cuerpo. Su respiración se aceleró y mi corazón latía cada vez más fuerte en mi pecho. Cerré los ojos aspirando su aroma y ella echó la cabeza hacia atrás en respuesta a la invasión de mis dedos bajo sus bragas. Esos dedos expertos en hacerle hervir de excitación con apenas un roce. Esos dedos torturadores que sabían bien donde tocarla para hacerle perder la razón. Gimió al sentirlos dentro de ella. Jadeó de ansiedad por más y suplicó...

—Edward, por favor…

—Te quiero en cinco minutos en el cuarto de juegos.

 Esas fueron las palabras mágicas para Isabella. Apenas mis dedos abandonaron su interior, terminó de subir las escaleras y con las piernas temblorosas y corrió a nuestro dormitorio. Entró con prisa y torpes movimientos a su vestidor y empezó a despojarse de la ropa para ponerse la bata de seda negra. Mientras lo hacía, yo silbaba despreocupado una melodía y la ponía más nerviosa, ansiosa y excitada; era un silbido que le dejaba saber que ya estaba disfrutando de lo que estaba por venir. Con las manos temblorosas anudó la bata a su cintura y comenzó a cepillarse el cabello rápidamente. Quería que brillara para mí.

Salió al pasillo y entró a la habitación lila. Abrió la puerta del cuarto de juegos y supe que se había arrodillado como le indiqué desde el primer día, con la cabeza baja y las manos sobre sus muslos ligeramente separados. Yo me iba acercando, silbando; sabía que mientras más cerca me escuchaba, más reaccionaba su cuerpo humedeciéndose, calentándole la piel. Entré sin ceremonias y pude sentir que su respiración se detuvo por un instante. Pasé a su lado y me dirigí al armario a mi izquierda, ese que casi nunca abría porque en él guardada objetos que jamás podría usar con ella. Estuve ahí abriendo cajones, sacando accesorios de metal y de madera, los volvía a guardar y seguía entreteniéndome con mis juguetes para ponerla más nerviosa todavía. Por fin dejé algunos fuera pero lejos de su mirada y cerré el armario. Isabella me miraba moverme entre la cortina de su cabello. Tomé mi iPod y comencé a buscar algo que me inspirara.

Ella empezaba a desesperarse. Estaba comenzando a sudar un poco y el ritmo acelerado de su respiración hacía que sus hermosos senos subieran y bajaran; parecían hinchados de deseo, hambrientos de mis manos y mi boca. Mirar tal ansiedad me producía un escalofrío que también me aceleraba el ritmo cardiaco que poco hacía por ayudar a controlarme. Respiré profundamente y haciendo uso de todo mi dominio para mantener mi cuerpo bajo una tranquilidad calculadora, caminé a sus espaldas rodeándola como si fuera un objeto inanimado, como si ella no estuviera ahí. Ignorándola. Si bien la conocía, sabía que en esos momentos su sangre herviría por todo su torrente sanguíneo quemándola de impotencia.

Aprovechando la situación, fui al baño y comencé a mover algunos objetos para provocar sonidos que la alteraran aún más; dejé también correr el agua en el lavabo y a esas alturas, estaba seguro que Isabella ya no podría seguir en esa posición sin moverse, sin sentir la necesidad de frotarse las piernas juntas para calmar su urgencia. Casi podía ver y oler su sexo húmedo, caliente y palpitante que clamaba por su dueño y que a mí, lejos de importarme como según ella estaría pensando, me causaba una profunda y dolorosa necesidad de enterrarme en él.

Si me tardaba un poco más, no resistiría y se pondría de pie reclamando mi atención, sin importarle el castigo. Sonreí porque esa era una fantasía mía; Isabella era capaz de todo menos de desobedecer una de mis ordenes. Silbé de nuevo forzando su sumisión y pasé junto a ella saliendo de la habitación. Necesitaba un buen trago.

Bajé al estudio con una lentitud pasmosa y me serví una copa de brandy. Me estaba pasando y lo sabía, pero la sola idea de llevar a Isabella al límite me excitaba sobremanera. Era algo que no podía evitar y que estaba más allá de mi comprensión. Conducirla por ese rígido camino hacia la total satisfacción era más que un placer, era un divino regalo que la vida me daba al tener a mi lado a una mujer que lo disfrutara tanto como yo lo hacía. Me asomé por los ventanales para admirar una de las vistas que más me gustaban, Londres de noche y sus luces. Me tomé el contenido del vaso en unos pocos tragos deseando que me tranquilizara un poco y centrara de una vez mi mente caliente. Antes de subir de nuevo, estiré mi cuerpo. Mis brazos, mis hombros, mi cuello y mi cabeza, también mis piernas y giré mi cintura. Estaba listo para que una noche más, Isabella me entregara su cuerpo, su alma y sus deseos. Su sumisión.

Entre al cuarto de juegos esperando encontrar a Isabella moviéndose de alguna forma para calmar su necesidad pero una vez más, me demostraba el buen control que tenía de su cuerpo, aunque yo le afirmara lo contrario. La tortura de la anticipación había concluido afortunadamente para ella y desafortunadamente para mí porque mientras más se acercara al límite, más se desprendía de ella misma y se entregaba al placer en mis manos. Me paré detrás de ella; le coloqué un pañuelo de seda negro sobre sus ojos tocándola apenas y la sentí respirar llenando nuevamente de vida sus pulmones. La tensión de su cuerpo cambió automáticamente. Con pequeños toques que ella ya reconocía, le indiqué que se pusiera de pie. Ese ligero movimiento hizo que el aroma de su piel y su cabello llenara mis fosas nasales produciéndome un intenso dolor que nacía en mis testículos. Con decidida lentitud me deshice de la bata de seda dejando que la suave tela acariciara la piel de sus senos turgentes y sus pezones en punta. Esas sensuales caricias estaban provocando que mi cuerpo se inflamara de deseo un poco más todavía.

Tomé sus manos y rodeé sus muñecas con brazaletes de cuero cubiertos en el interior de suave piel de borrego. Levanté la mano y con cuidado bajé un par de cadenas que colgaban del techo haciendo un ruido que la hizo estremecer. Aseguré sus muñecas temblorosas a los extremos de las cadenas y las jalé hasta que sus brazos quedaron elevados sobre su cabeza. Suspiró sonoramente de anticipación pero esta era una anticipación diferente. No era la de unos minutos atrás, esa que estaba llena de incertidumbre. No. Ésta era una que venía colmada con la certeza de que viviría algo exultante.

—Shh. Silencio —le advertí—. Si haces un ruido siquiera, me detengo y esta noche se acaba. ¿Entendido?

—Sí, Señor.

Respondió y ahogó un gemido al sentir como con un movimiento rápido y preciso le rodeaba la cintura colocándola de pie sobre la mesa y cuando estuvo firmemente parada, tensé más las cadenas que sostenían sus brazos dejándolos bien estirados. Verla desnuda frente a mí y en esa posición me tenía sintiendo que mi cuerpo entero era un fósforo que se encendería con el más mínimo jadeo o gemido de su parte. Estaba desesperado por su contacto, por verla y sentirla reaccionar a mis provocaciones y no nos haría esperar más. Aseguré las cadenas y saqué de un cajón un cinturón con cascabeles. Cerré el cajón con fuerza, sobresaltándola, pero ese era el objetivo, provocarla.

Su piel perdía su palidez habitual por la excitación y parecía que comenzaría a arder de deseo, víctima de una dolorosa espera. Sabía que si no la tocaba pronto no podría seguir reprimiendo sus impulsos y de un salto subí a la mesa colocándome detrás de ella.

—Quiero que te sostengas de esta barra —tomé sus manos poniéndolas sobre el accesorio de metal que colgaba también del techo—. Sujétate firmemente y no te sueltes —dije mientras ataba el cinturón con cascabeles alrededor de sus caderas—. Tampoco quiero que te muevas. Si los cascabeles suenan por más de tres segundos te azotaré como castigo. Vas a aprender a controlar tu deseo, tu necesidad y tu placer. ¿Has comprendido?

—Sí, Señor.

Con otro ágil movimiento bajé de la mesa y puse la canción que elegí. La melodía árabe era lenta y sensual, comenzó a escucharse por el sistema de sonido envolviéndola con el ritmo que producían los cadenciosos tambores. Era tan  marcada y seductora que era casi imposible que se reprimiera a moverse a su ritmo. Subí el volumen con la intensión de que no pudiera detectar mis movimientos y mientras, seguía manteniéndola en una espera que resultaba tan dolorosa tanto para ella como para mí, consumiéndonos cada largo segundo que pasaba con un deseo insatisfecho aún.

La miré desde abajo con un par de largas plumas en la boca antes de subir de nuevo a la mesa; parecía una diosa que esperaba ser venerada. Estaba absorto admirando la excesiva la belleza de esa mujer dispuesta a entregarse y a dar todo por mí, cuando sentí un temblor que nacía en mis tobillos y que iba aumentando su intensidad conforme avanzaba por mi cuerpo. Sí, esa mujer me dolía demasiado, tanto, que casi me doblo al sentir esa conocida punzada de deseo llegar a mis ingles.

Isabella sintió mi cercanía y sus manos se sostuvieron con más fuerza de la barra sobre su cabeza. Con suaves caricias inicié el acto de seducción, rozándola con las plumas que tenía en ambas manos. Los extremos de aterciopelados besaban la piel de sus pantorrillas como una brisa delicada que subía poco a poco hasta su vientre pasando por sus sedosos muslos, jugando con su ombligo y arremolinándose bajo sus redondos senos, esos que no pudieron librarse de mil malsano deseo de mirar sus puntas adornados con unas preciosas pinzas. Adoraba verlos coronados con ellas; era la imagen perfecta de unos pechos divinos que quedaban en extremo sensibles después de liberarlos. Me incliné para succionar sus pezones con mi boca; para reactivarles la circulación mientras los chupaba cuando la escuché gemir. Cerré mis dientes sobre uno de ellos como castigo y sentí cómo se contrajo de inmediato.

—Sin gemir —dije con firmeza.

Mordí el otro pezón pero lo hice con fuerza y con mucho cuidado. Isabella respiraba agitadamente, presa de un deseo que empezaba a ser un suplicio por mis demandas. Ella hubiera querido gemir, jadear y gritar, mover la cabeza sacudiendo su hermoso y brillante cabello, arquear su cuerpo ofreciéndomelo para mi placer que al final era el suyo pero se contenía con mucha dificultad. No quería fallarme y no lo hacía; eso representaba un gran esfuerzo de su parte y una enorme satisfacción para mí. Con un movimiento repentino bajé mi mano hasta su entrepierna, exigiéndole con los dedos abrir un poco las piernas para permitir mi exploración. Su humedad me dejó resbalar entre sus pliegues y rodear su oculto botón, jugar con él, excitándola todavía más para luego hundir mi pulgar en su interior.

Una sinfonía de decenas de cascabeles retumbó junto con los sensuales tambores en una perfecta combinación. Tal vez pensó que estos atenuarían un poco el sonido que producía el racimo atado a sus caderas pero no fue así, se escuchaban fuerte y claro, lo que representaba una obvia desventaja para mi dulce Bella.  

El deseo nos consumía mientras mi dedo se movía inquieto en su interior. Necesitábamos una pausa para no estallar en ese instante, una distracción. Detuve la incitante invasión de mi pulgar y noté su desconcierto. Bajé de la mesa y con la ayuda de un atomizador llené el lugar de un erótico olor a sándalo. Isabella respiró profundamente inundando sus pulmones del tentador y sensual aroma. Sus delicados y excitantes  movimientos me estaban acercando con mucha rapidez al límite y la noche apenas empezaba. Mi cuerpo estaba caliente y yo sentía que la temperatura iba en aumento, o acaso, ¿sería porque mi cuerpo acumulaba ya una enorme presión?  

Oprimí el atomizador bañando su vientre con el fresco rocío y un gemido de sorpresa saltó de su boca contrayendo su abdomen ante el repentino contraste con su piel ardiente. Los cascabeles sonaron de nuevo y exhaló decepcionada por lo que eso significaba.

—Sigue así. Lo estás haciendo perfecto —dije sarcásticamente.

El refrescante sereno era por un lado, un alivio para su piel encendida por el deseo pero por otro, era una tortura más al no saber que parte de su cuerpo recibiría otra descarga de él. Me di gusto jugando con ella, fantaseando al ver brillar su piel; mojando sus pies, sus piernas, sus preciosas nalgas, subí por su torso, seguí con sus axilas y con cada uno de sus hipnotizadores senos recibiendo además del rocío, mi sedienta lengua que iba bebiendo el dulce sudor de su excitación. Al sentir mi contacto se movió desesperada en un acto reflejo haciendo que los cascabeles sonaran interminablemente y sonreí al pensar en lo que eso me garantizaba.

Detrás de ella, retiré su cabello hacia un lado dejando libre la unión de su clavícula y el hombro. Besé su tersa piel rozándola con los labios y probándola con mi lengua, incitándola, alentándola a pedir más, a moverse, a flaquear. Mis manos pasaron por debajo de sus axilas y me adueñé de sus senos oprimiéndolos , masajeándolos, cerrando mis manos sobre ellos, aprisionando sus pezones adoloridos entre mis dedos cayendo en mi propia trampa al desear perderme en ella con urgencia pero mi autocontrol no me abandonaba y me alentaba a esperar al final.

Isabella jadeaba. Estaba sumergida en un mar de placer y no notó que me moviera. Ella solo se retorcía tratando de no hacer sonar el cinturón que pendía de sus caderas. Me arrodillé sobre la mesa y sin tocarla, acerqué mi boca a su tentador monte desnudo y brillante. Soplé suavemente y ella instintivamente reaccionó empujando su pelvis hacia mí y abriendo un poco las piernas invitándome a probarla, después de eso no se movió. No lo hizo hasta que hambriento de tenerla en mi boca, mi lengua se abrió paso entre sus húmedos pliegues para llegar a su hinchado clítoris y poder saborearla, succionándolo y mordiéndolo acercándonos a un grado de placer inimaginable. La embestía con mi lengua, tratando de introducirme en su estrecho canal mientras mis manos en sus nalgas la empujaban hacia mí. Una fuerte nalgada provocó que un grito de sorpresa se mezclara con el excitante ritmo de los tambores y una explosión de cascabeles. Isabella ya no se quería controlar. Estaba perdida de deseo y ambos lo sabíamos. 

Hundí un dedo en ella y jadeó con más fuerza al notar que no bajaba el ritmo de mi lengua sobre su clítoris que ardía en mi boca. La habitación se llenaba de sus gemidos, de sus gritos de placer mezclados con la música y el sonido de los cascabeles. Sentía sus piernas temblar, luchando por mantenerla de pie, como si fuera el último bastión que se resistía ante mi ataque pero que cedía un poco con cada segundo que pasaba.

Mi propio cuerpo era víctima de un torrente de emociones que se levantaba en mis partes bajas; latían, vibraban y ardían al verla encadenada y de puntillas, abriéndose para mí y plenamente consciente de haber fracasado en su lección del día pero esperando de todas formas, el devastador orgasmo que al final siempre se merecía. Entonces me detuve y ella lloró la ausencia de mi lengua, de mis dedos y de mi calor. Bajé de la mesa de un salto. Abracé sus piernas y empujé con mis caderas la mesa.

—Sosténte fuerte.

Le ordené al mismo tiempo que daba unos pasos hacia un lado y las cadenas corrían en el riel que las mantenía colgadas al techo. Isabella, asustada y confundida, obedeció mientras acomodaba sus piernas sobre mis hombros, dejándola por completo a mi merced. Ahí, aferrada con fuerza a la barra, la tensión en sus piernas cedía dándome el acceso que necesitaba para hundir mi lengua en ella y provocarle el orgasmo por que cual lloraba para terminar vibrando y explotando en mi boca. 

Con las muñecas envueltas y los brazos extendidos sujetándose al metal, ella hacia un esfuerzo sobrehumano para no caer, para mantener el equilibrio sentada casi en mi cara y además, gozar y soportar del coito de mi lengua en su clítoris ansioso. Isabella ya no podía reprimir sus gritos de placer, era imposible porque estaba completamente entregada a lo que yo le daba y ella gustosa aceptaba. Yo lamía, soplaba una y otra vez en su centro y ella gemía. Estaba muy cerca de llegar a alcanzar su liberación. Los tambores de la música que estaban en su punto más álgido y la respuesta de su cuerpo me lo indicaban. La fuerza de sus muslos presionando mi cabeza y de sus pies clavándose en mi espalda aumentaba de intensidad. Se movía impaciente y se estremecía con cada lengüetazo que recibía mientras que con cada segundo que pasaba a ella venían importándole menos las consecuencias de su desobediencia, ella solo quería llegar al clímax al que yo la llevaría. Acaricié una de sus nalgas llegando hasta su abertura e introduje mi dedo en su ano. En ese mismo instante un apabullante orgasmo golpeó a Isabella que arqueó su cuerpo y se contrajo mientras yo la sostenía para que disfrutara enteramente de él. Cuando la sentí su completamente desmadejada y colgando ya sin fuerzas de sus cadenas, supe que mi turno había llegado. 

Tal era el agotamiento de Isabella que estaba seguro que no notaba que la movía con cuidado aflojando las cadenas; sus brazos cayeron por el peso de éstas mientras la recostaba en la mesa. Ella solo gimió frunciendo el ceño. Le dolería todo el cuerpo al día siguiente y yo me daría gusto prodigándole todos los cuidados que necesitara y más. Tomé sus muslos y la acerqué dejando sus nalgas en la orilla de la mesa. La admiré así, tendida y vulnerable, abierta completamente para mí, para mi placer, para saciar el insano deseo que tenía por ella. Mis testículos latieron adoloridos, llenos, y mi miembro hinchado vibró impaciente por enterrarse en su dulce rincón. De un certero empujón me clavé en ella, sin contemplaciones, haciéndola más mía que nunca. Embistiéndola con cada movimiento de mis caderas, me impulsaba en su interior como si quisiera llegar aún más adentro, invadiéndola, conquistando más territorio. Isabella se tensó de nuevo, contrayéndose al estallar en otro orgasmo mientras yo entraba y salía de ella cada vez con más rapidez, acercándome con cada arremetida contra su cuerpo a mi propia liberación. Cuando esta llegó, el éxtasis del clímax me cegó llenándome de un indescriptible placer que anulaba toda mi capacidad de razonar.

 Me desplomé sobre ella y me mantuve quieto por unos instantes. Respiraba agitado, tratando de normalizar mi ritmo cardiaco mientras mi cerebro recobraba el uso total de sus funciones. Sentía mi cuerpo pesado pero libre. Me sentía pleno, satisfecho, feliz. Me moví despacio quitándome de encima de ella para dejarle respirar. Lo hacía con los ojos cerrados, inhalaba profundamente elevando sus senos sonrosados por mis caricias.

—¿Cuáles son tus palabras de seguridad? —le pregunté al oído.

—Rubíes y corazones —respondió en un murmullo.

—¿Lista para lo que sigue?

—¿Señor? —abrió los ojos desmesuradamente.

—Tu castigo, Isabella, pero si piensas que es demasiado, di las palabras —la provoqué.

—¡Eso jamás!

***

Su perfecta silueta se dibujaba bajo las sábanas. Sus piernas largas, preciosas. Esas mismas piernas me habían envuelto las caderas innumerables veces mientras me enterraba en ella para asegurarse de que no tuviera escapatoria. ¡Como si lo deseara!

Miré embrujado ese lago castaño que se extendía en la almohada y bajé lentamente la mirada hacia su pecho que rítmicamente subía y bajaba cada vez que respiraba. Cambié el peso de mi cuerpo de una pierna a otra, nervioso al irse incrementando la velocidad con la que mi sangre corría por mis venas.

¡Maldición!

Tenía que irme pero Isabella me atraía hacia ella como un imán. Tenía ese poder sobre mí y era tan fuerte, que ella podría hacer conmigo lo que quisiera. Esbocé una sonrisa y me incliné para besarla de despedida, esperando no despertarla después de las últimas noches tan agitadas que habíamos pasado. Seguramente amanecería muy adolorida. Mis juegos cada vez se volvían algo más intensos y yo en ocasiones, muy pocas si era sincero, me sentía un poco culpable por llevarla a tales extremos y buscaba en su rostro algo que me indicara su incomodidad pero nunca encontraba nada. O quizás, no quería hacerlo…

Suspiré resignado a no verla por un par de semanas, al menos esperaba que no hubiera alguna complicación que retrasara mi viaje y pudiera volver según lo planeado. Me di la vuelta y salí de la habitación para dirigirme rumbo al aeropuerto.

Mi plan original era que Isabella me acompañara a Sao Paulo para el inicio de la construcción del hotel y luego volar a Nepal. Ahí ya teníamos otro proyecto en puerta y nos quedaríamos un par de semanas mientras realizaba las negociaciones para poder empezar con los cimientos del terreno, pero el terremoto destruyó una buena parte de la ciudad y como sucede en toda catástrofe, la ciudad estaba en crisis y la seguridad era incierta. La economía del pequeño país era bastante mala desde antes del siniestro y ahora con tal grado de destrucción, la demanda por los servicios más básicos para subsistir era alarmante aún cuando ya habían pasado varios meses desde el sismo. Emmett, Jasper y yo, estábamos enviando ayuda constantemente a nombre de la empresa pero quería cerciorarme de que ésta se destinara a los lugares correctos; a los hospitales, bancos de alimentos y de ropa ya que era muy común que bajo estas circunstancias de crisis, la gente codiciosa se aprovechara y la ayuda nunca llegara a su destino. También, junto con Emmett y Jasper, habíamos donado un terreno y se construirían viviendas para la gente que lo había perdido todo y se les daría prioridad para darles empleos una vez que estuviera listo el refugio. Yo ya lo llamaba así por el estilo tan diferente que tendría en comparación a los otros hoteles.

Pese a toda la desafortunada desgracia de ese bello lugar, a Isabella le contaba emocionado todos los planes que tenía para ayudar y ella se contagiaba de ese ánimo. Había insistido mucho en acompañarme pero al exponerle mi temor al no poder garantizarnos la seguridad más básica, desistió. No quería ser un motivo más de preocupación para mí.

El vuelo a Sao Paulo se me hizo corto ya que estaba concentrado trabajando, ultimando algunos detalles importantes. Me llevé las manos a los ojos presionándolos, pensando en la saturada agenda de trabajo que tenía frente a mí. Serían días muy duros, de arduo trabajo tanto en las mesas de negociaciones como en juntas con gente del gobierno y en las obras y mi trabajo empezaba al poner apenas un pie en tierras brasileñas. Ni siquiera tuve tiempo de instalarme en el hotel porque tenía una cena programada con empresarios y proveedores de servicios, solo esperaba que no se prolongara para que pudiera alcanzar a Isabella despierta ya que afortunadamente la diferencia horaria era de apenas cuatro horas.

Desgraciadamente no tuve tanta suerte y siendo sinceros, las horas que duró la cena se me fueron como agua por lo que mi idea de llamar a Bella quedó descartada. Los siguientes días fui más severo con los horarios de mi agenda porque solo así lograba platicar con ella o verla por el móvil mientras iba en el auto hacia alguna cita, y en las noches ya en el hotel por la laptop. Algunas veces fuimos más allá de solo mirarnos y aunque era realmente duro no sentir su piel, con el solo hecho de verla gozar y querer complacerme era suficiente para recargar mis pilas bajas.

Mis días en Brasil fueron mucho más provechosos de lo que esperé y estaba mucho más que satisfecho con mi viaje. Todo estaba listo para empezar con la construcción ya en forma y si todo iba caminando según lo establecido, tendríamos un nuevo complejo empresarial y turístico en poco tiempo. Ahora tenía que continuar con mi viaje a Nepal; sería el más difícil debido a la situación del país pero era optimista y deseaba que se recobrara poco a poco con la inyección de capitales de inversión como el nuestro.

—Edward, hace apenas tres horas que me llamaste —casi pude verla sonreír.

—¿No te gusta que te llame? ¿Que me preocupe por ti?

—Sabes que sí. Voy a extrañar mucho oír tu voz en las próximas horas.

—Lo sé. Apenas aterricemos para cargar combustible te llamaré. Lo prometo.

—Contaré los minutos. Mientras veré en qué entretenerme. Cuídate mucho, ¿si?

—Sí, Bella. Sé buena niña. ¿Entendido?

—Sí, Señor.

—Así me gusta.

Sí. Definitivamente necesitaba controlar mis impulsos dominantes y permitir que Isabella volviera a trabajar. Ahora hacía un esfuerzo muy grande y mantenía su promesa pero yo sabía que por mucho que me quisiera, llegaría el momento en el que no soportaría estar sin hacer nada y encerrada en una jaula de oro. Si tenía dos dedos de frente sabría que el seguir empecinado en mantenerla dentro de una burbuja podría resultar contraproducente y tal vez pudiera perderla…

No.

Ni siquiera quería pensarlo.

El vuelo a Katmandú duró casi dieciocho horas. Fue un viaje pesado aunque el avión de la compañía era muy cómodo. Como le prometí a Isabella la llamé apenas tuve oportunidad; después de nuestra charla habitual, caí agotado en la cama listo para un sueño reparador y levantarme con las energías suficientes para enfrentarme a lo que me esperaba.  

Si pensé que los días ahí serían duros, estaba equivocado. Simplemente eran imposibles. Como siempre, la burocracia haciendo un despliegue de su poder y limitando el avance y el desarrollo de todo lo que significara “mejorar”. Solo ponían trabas al esfuerzo que uno hacía y eso me llevaba al límite de la paciencia. Tenía muy claro que por el terremoto las cosas se complicaban pero el no querer ayudar a que todos los trámites se agilizaran para poder iniciar alguna labor en los terrenos de la obra para producir fuentes de trabajo que tanto necesitaban en ese momento, era penoso y lamentable. Si las cosas seguían así, tendríamos que quedarnos más días, mis colaboradores se frustrarían más de lo que ya estaban y yo, me daría un tiro.  

Por si fuera poco, solo podía contactarme con Isabella en el hotel. Las llamadas eran cortas y la señal muy mala, y como guinda del pastel, tenía dos días que no hablaba con ella. Sabía que estaba bien pero el no verla y no escuchar su voz me volvía loco. Al tercer día ya no me soportaba ni yo; logré comunicarme con Dean y me tranquilizó un poco el saber que todo seguía sin novedad.

Pero esa tranquilidad poco me duró cuando, al quinto día, ya era obvio que no era la mala señal la que no me permitía hablar con Isabella. Algo pasaba, estaba seguro. Esa extraña sensación de saber que algo estaba mal, de tener esa certeza pero no saber el qué, me estaba desquiciando. Sin pensarlo y a pesar de que me lo había prometido a mi mismo, llamé de nuevo a Dean y le di instrucciones.

BELLA’S POV

Terminé la llamada y me tumbé en la cama. Estaba triste y melancólica. Ya tenía muchos días sola y Edward apenas llevaba la primera parte de su viaje. Aún le faltaba ir a Nepal y según sus pronósticos esa sería la parte más pesada.

Estaba sola, triste y sin tener nada qué hacer. Ya había terminado los borradores de la papelería de la boda de mis padres. Sonreí al pensar en Carmen como mi madre y ya llamarla así. Mamá. La primera vez que me escuchó decirle así no paró de llorar de emoción y yo junto con ella, pero me había nacido del corazón y sabía que mi madre René estaría muy contenta de que así fuera.

Con esa tarea ya casi acabada, mi siguiente objetivo fue cambiar un poco la decoración de algunas habitaciones y la primera fue la lila. Ese color no era muy de mi agrado así que no dudé en darle a la habitación un toque muy claro, limpio y romántico, con el propósito de poder usarla después de una sesión en el cuarto de juegos. ¿Por qué no?

También ayudé a Jane con una cuenta de la agencia. Ahí sí que me sentí como pez en el agua y feliz de hacer algo creativo que no fueran solo invitaciones de boda. Salía a comer con ella todos los días y pasábamos unas tardes muy divertidas pero al llegar a casa, la ausencia de Edward me pesaba, me ahogaba esa soledad, ese silencio ensordecedor. Entrar a nuestra habitación y respirar un ligero dejo de su olor me provocaba una asfixiante opresión en el pecho, dolor porque me faltaba su presencia. Impaciente, me preparaba para esperar y verlo para darme las buenas noches y qué buenas fueron algunas.

Me desnudaba para él y él para mí. Me hacía tocarme mientras lo veía acariciarse, tocarse esos músculos pélvicos que me encendían y luego bajaba sus manos hasta su vibrante erección, subiéndolas y bajándolas por toda su longitud. A veces me pedía ir al cuarto de juegos. Me ordenaba subir a mi mesa favorita con algún vibrador en la mano y me decía donde presionarlo, como jugar con él. También me pidió colocarme las pinzas en los pezones y luego me masajeaba para reactivar la circulación en esa zona. Siempre me dolía eso, pero más me dolía estar ahí sin él. Llegar al orgasmo sin mi Señor jamás sería igual.

Un suspiro más y bajé las escaleras; desganada caminé hacia la cocina y me preparé un sándwich de atún. Tomé una lata de Coca-Cola del refrigerador y decidí cenar en el estudio. Tenía muchos días sin poner ahí ni un pie porque de solo pensar en la multitud de cajas que estaban inundando el lugar, no me daban ganas ni de asomarme. Y es que de verdad eran muchas y no parecían tener un orden, solo estaban ahí, estorbando y haciendo montón. Lo que era un hecho, era que tenía que dejar de buscar pretextos y comenzar a despejar ese estudio. No podía esperar a que Edward llegara; yo solo enumeraría las cajas y las guardaría en una de las habitaciones de arriba. No me atrevía a mandarlas a una de las bodegas que Edward tenía detrás de la casa porque contenían mucha información vital para él y que no debía estar a mano de cualquier persona. Eran datos más que confidenciales.

Le di el último bocado a mi sándwich y me dispuse a empezar con la tediosa tarea. Busqué un rotulador en los cajones de su escritorio y casi muero de alegría al encontrar una fotografía nuestra. Estábamos muy guapos pero yo un poco seria. La tomaron la noche que me entregaron el reconocimiento por las campañas de las Joyerías Newton. Dejé el portarretratos sobre el escritorio y me senté en medio de las cajas. Las fui marcando todas y ahora solo tenía que subirlas a la habitación. Me puse de pie y con la primera caja en los brazos subí las escaleras.

¡Cómo pesaba!

Después de la tercera caja estaba pensando seriamente en pedir ayuda. Era imposible que yo sola las subiera todas. Estaba a media escalera y con otra caja entre mis brazos, que me dolían por lo mucho que pesaba ya que eran papeles y más papeles, cuando la bendita caja se desfondó. Todo el contenido voló por todas las escaleras y yo solo veía que mi trabajo no acabaría nunca.

Maldije.

Fuerte y claro.

Molesta y hastiada, me senté en los escalones mirando todo ese reguero. Si todos esos papeles y carpetas estaban en orden, cuanto lo sentía. Yo solo me limitaría a guardar el contenido de la caja número cuatro en otra nueva y que Edward se diera por bien servido. Acomodé en mis manos las hojas más cercanas, las metí en una carpeta y luego me senté unos escalones más abajo. Guardé varias fotos. Eran de una carretera. Algunos señalamientos en francés y luego se observaba claramente el cerco de protección de la carretera roto. Otras fotos más desde otros ángulos de ese mismo tramo y después varias fotografías más de un auto que era sacado de un barranco con una grúa. Un auto calcinado…   

El ritmo de mi respiración comenzó a acelerarse pero al mismo tiempo sentía que mis pulmones se cerraban al aire. Mis piernas temblaban y las sentía tan frágiles que no estaba segura de que pudieran sostener mi peso. Mi visión se cerró y solamente podía enfocar los restos del auto. Mis dientes empezaron a castañear de nervios, de miedo, mientras mis manos se aferraban a esas trágicas fotografías y hacía un esfuerzo por observarlas mejor para estudiar cada detalle pero no lo logré. Mis rodillas se doblaron y caí rodando por las escaleras.

Debí perder el conocimiento por unos instantes porque no noté el golpe ni la caída. Era más mi impresión, la sorpresa, que no registré ningún dolor. Tirada al pie de la escalera, solo rogaba que estuviera equivocada y que todo fuera un error. Pero yo no tenía tanta suerte; nunca la había tenido. Pasé la noche entera acostada en el suelo con las fotos en mis manos. Pensando. Haciendo girar mi cabeza en todas direcciones tratando de hallar alguna respuesta diferente a la que me gritaban esas imágenes horribles pero yo sabía que era imposible. 

Con un profundo dolor en el pecho, con el cuerpo mallugado y agotada, me levanté sin ganas de querer hacerlo. Lo único que quería era dormir y llegar a un lugar donde nadie pudiera alcanzarme, sin que nadie pudiera tocarme, ni hacerme daño. Ansiaba un lugar donde me sintiera protegida y segura, donde solo pudiera pensar en todo lo que me hacía feliz, en lo que tanto ansiaba y que estaba más que decretado en el universo que nunca podría tener. Esperanzas ya no tenía. Solo quería un porqué. Alguna explicación lógica que me hiciera comprender porque la vida me arrebataba todo de tajo cuando ya me había dado a probar el dulce sabor de la felicidad.

Como pude recogí todo y lo metí a la caja que subí a la habitación. Me di un baño y me vestí lo más normal que pude. No quería despertar sospechas por lo que iba a hacer y la única en quien confiaba y me podía ayudar era Jane. La llamé y quedó en esperarme en su apartamento. Paul, Dean y el séquito me llevaban a todas partes y el lugar de Jane ya era habitual para ellos. Al llegar me quité los lentes oscuros y solo vi la cara de asombro de mi amiga.

—Pero, ¿qué coño te pasa, Bella? ¿Qué tienes?

—Jane —logré esbozar entre lágrimas—. Necesito… necesito que me ayudes…

—Claro que sí pero por favor, dime que sucede —dijo tomándome de las manos.

—Necesito que me acompañes a… a… la prisión.

***

—No te preocupes, Bella. Nadie nos sigue. Afortunadamente tu séquito está acostumbrado a esperarte por horas cuando me visitas.

Asentí insegura y no porque ellos me siguieran, sino por lo que estaba a punto de hacer. Iba a encontrarme con mi pasado para pedirle una explicación y no por mí. Esa explicación se la debía a otras personas y solo yo podía reclamarla.

—¿Estás segura de esto? —me preguntó nerviosa.

—Sí. Tengo que hacerlo.

Respiré hondo y caminé pasando por el marco detector de metales. Luego me pidieron que me parara separando las piernas y los brazos y una guardia mujer revisó con precisión todo mi cuerpo para saber si estaba libre de algún objeto extraño o arma blanca. Me llevaron al área de visitas y me senté en una mesa pequeña con dos sillas únicamente.   

—Espere aquí —dijo la mujer.

Con la respiración agitada y el corazón bombeando en mi garganta esperé nerviosa. Temblorosa, con las manos mojadas de un sudor frío que me recorría entera, hacía un esfuerzo por pensar inteligentemente, escogiendo mis preguntas y cada palabra de ellas evitando la oportunidad de una respuesta negativa. Necesitaba salir de ahí con algo que pudiera darle un poco de paz y tranquilidad a las personas que tanto amaba.

—Bella…

Levanté la mirada y lo que vi, bloqueó todo de mi mente.

—Mi Bella…

Estaba de pie frente a mí, con una mirada insondable. La persona que se sentaba lentamente sin dejar de mirarme, no era Jacob Black. Era un despojo de lo que una vez fue un chico, un hombre extremadamente guapo. De aquel cuerpo esculpido solo quedaba el recuerdo porque ahora, los huesos de los pómulos se le marcaban en las mejillas hundiendo a su vez sus oscuros ojos. Sus hombros eran un vago indicio de lo anchos y fuertes que una vez habían sido y aunque no podía verle las piernas, estaba segura que habían dejado de ser musculosas, fuertes y torneadas.

—Has venido a verme —sonrió lastimosamente.

—Yo… —negué con la cabeza despacio—, yo…

Por más que intentaba articular las palabras en mi boca estas simplemente no salían. Tenía tantas preguntas que hacerle y para mi infortunio, no recordaba ninguna. ¿Qué me sucedía? ¿Era tanto lo que Jake me imponía que neutralizaba mi capacidad para hablar?

—No te imaginas cómo he esperado que vinieras, preciosa. Nunca me di por vencido porque sé cuanto me quieres. Gracias mi hermosa niña, me haces muy feliz con tu visita.

—Jake… ¿Qué sucedió?

Por fin pude lograr decir, pero al hacerlo, toda esa ilusión falsa que vi nacer en los ojos de Jake, se apagó.

—Necesito saber qué fue lo que pasó –dije con un poco más de firmeza. Lo vi dudar, como si estuviera dándole vueltas a lo que le preguntaba sin decidirse a hablar aún—. Jake, por favor…

Levantó la mirada que de repente bajó ante mis preguntas. Me miró sin ver y comenzó a moverse inquieto.

—Perdóname, Bella… por favor —me suplicó con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. No supe lo que hacía. Yo no quería lastimarte, pero perdí el control de mis actos y te hice daño. Perdón, perdóname.

>>No te merecías la forma en la que te traté. Eres una buena chica que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de un infeliz que quiso sacar todo el provecho que pudiera de ti. Te fallé, Bella, e hice de lo que debía ser un bonito recuerdo, la peor de tus pesadillas.

Parpadeé para evitar que su imagen se distorsionara en mis ojos. Sentí las gotas saladas resbalar por mis mejillas y llegar a la comisura de mis labios. Delante de mí estaba el hombre que hizo de mi vida una angustiosa tortura, que me hizo desconfiar de todos, que me acosó en mis sueños, que no dejaba que el miedo me permitiera vivir. Le escuchaba hablar, pedirme perdón, explicarse, pero yo no podía tener reacción alguna. Ni buena ni mala. Ahí estaba, viviendo el momento que durante tanto tiempo contrariamente temí y deseé y yo, no podía ser capaz de sentir nada…

Salí de ese deprimente lugar sintiéndome más frustrada y mucho peor que antes. De la boca de Jake no salieron más que disculpas, lamentos y perdones. De mí ese día no obtuvo nada de lo que me pidió y yo tampoco tuve nada de lo que fui a buscar. Pero, yo necesitaba respuestas, explicaciones que me dieran un porqué y solo buscaba de qué forma de obtenerlas aunque eso significara tragarme mi orgullo, que al fin y al cabo a esas alturas, ya para mí no significaba nada.

Al día siguiente me despertó el tono que en mi móvil tenía dispuesto para las llamadas Edward. Al escucharlo, mi llanto reprimido brotó sin censura de mi garganta. No eran sollozos, no era un simple lamento, era el dolor acuciante que producía en el alma el saber que has perdido todo lo que te motivaba a vivir.

Sonó el teléfono de casa varias veces, sonó mi móvil muchas veces más y así permanecieron, sin que yo los tocara y para evitar ese martirio, me di un baño, me vestí y salí en busca de ayuda. Como siempre, Jane me ayudó a despistar al séquito y me acompañó todo el tiempo. Tan decidida estaba en lograr mi propósito que no estaba nerviosa cuando entré a la exclusiva tienda de decoración. Al menos eso pensé hasta que al decir su nombre mi voz se diluyó en un murmullo angustioso.

—Alice…*













*

*

*

*

Nenas! Que alegría estar de vuelta y con las pilas al 100!. Espero que aún quede alguna lectora por aquí que quiera saber como va a terminar esta historia. 
Quiero agradecerles tanto cariño y paciencia, son únicas!  
También muchas gracias por preguntar siempre por mi salud antes que preguntar por el capítulo. Eso lo aprecio mucho. 
Y MIL gracias a Jo, que sin su perseverancia, este capítulo y esta historia no saldrían a la luz. Gracias Jo por tu insistencia y por no dejarme tirar la toalla, te quiero amiga! :* 
Y a ustedes, nenas, mi cariño y agradecimiento por siempre.
PD: Nos vemos en un mes aprox. :* 
G R A C I A S!!! 
> >