viernes, 13 de marzo de 2015

Capítulo 47

Y todo cambió…

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Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Betas FFAD
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Los peores embusteros son los propios temores.
Rudyard kipling.

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Capítulo 47

—Te quiero desnuda y acostada sobre la mesa para cuando vuelva.

Mi cuerpo se estremeció al escuchar esas palabras, esa orden por la que todo mi ser revivió al sentir esa pequeña descarga eléctrica que para mí, significaba mucho más que una esperanza. Pero no me moví. No osé siquiera levantar la cabeza. Tampoco me atreví a mirar de reojo, solo me limité a quedarme en la misma sumisa posición esperando poder reaccionar ante tal sorpresa.

La puerta se cerró. Mi Señor había salido de la habitación dejándome sola y jadeando. Era un ligero jadeo que causaba mi respiración entrecortada. No podía controlarlo pero debía. Debía hacerlo si quería romper con esa vacía, común y monótona rutina que nos estaba arrastrando y que a la postre terminaría acabando con nosotros. Resumiéndonos a la nada. 

Temblorosa, me puse de rodillas y me levanté. Subí a la mesa y tomé el pañuelo negro de seda. Me lo coloqué en los ojos y me recosté no sin antes comprobar que las esposas estuvieran abiertas y listas para él.  

Lo escuché acercarse con paso decidido mientras mi corazón subía y bajaba por mi garganta con cada latido que daba y yo luchaba por tragar para que no se me fuera a salir por la boca. Me sudaban las manos. Mi cuerpo trémulo también hacía esfuerzos por permanecer lo más quieto posible pero parecía inútil porque, claramente, sentía como se removía casi silencioso sobre la dura mesa. De pronto todo movimiento y sudores de mi cuerpo se detuvieron. La puerta se abrió y él entró, cerrándola tras de sí calmadamente. 


—Abre las piernas, Isabella… voy a probarte.

Y entonces todo se detuvo. 

La tierra dejó de girar.

Me sumergí en una muda y fría oscuridad mientras intentaba asimilar sus palabras. Flotaba en una densa neblina cuando esa orden férrea que no admitiría vacilación alguna detuvo mi respiración y bloqueó mi mente mas no mis reacciones. Un ligero estremecimiento que fue recorriendo mi cuerpo de pronto se convirtió en un temblor incontrolable. Mi espalda, mis nalgas, mis brazos y mis piernas saltaban en movimientos uniformes contra la dura mesa. Fue entonces cuando el peso de su demanda cayó sobre mi, descomponiéndome, multiplicando ese traicionero sentimiento que era mucho más fuerte que mi abrasador deseo. Mi deseo de complacerlo, de entregarme, de amarle…

Me ahogó un sentimiento de impotencia. Me sentía incapaz, pequeña, reducida al solo querer mas no poder por mucho que todo mi ser lo ansiara. Era tan contradictorio que apenas podía asimilarlo y mi cuerpo convulsionándose involuntariamente no me era de gran ayuda, al contrario, obstruía toda mi capacidad de razonar impidiéndome actuar coherentemente.

¿Coherentemente?

Pero, ¿cómo hacerlo si mi automática respuesta era una total y absoluta repulsión?

Lo sentí acercarse. Mi cuerpo se tensó en medio de una angustia devastadora. Mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos cuando se cerraron en duros puños. Con mi boca abierta jadeaba por aire pero este, solo entraba a mis pulmones a cuentagotas. Sentía que me ahogaba. Las lágrimas escurrían de mis ojos y humedecían el pañuelo de seda que los cubría. 

Sus palabras resonaban una y otra vez en mi mente cuando di un brinco y un jadeo casi ronco e inesperado brotó de mi garganta al sentir los dedos de mi Señor acariciando la parte superior de mis pies. 

—Silencio.

 Dijo y mi cuerpo se tensó al sentir sus dedos acariciando mis pies. Me paralicé. Lentamente las caricias fueron subiendo por mis pantorrillas haciendo cada vez más lastimosos mis jadeos.

Aire.

Necesitaba aire.

Sus manos llegaron hasta mis rodillas que instintivamente se cerraron cuando escuché su orden. Estaban calientes, me quemaban y no de deseo sino de miedo. Era un sentimiento que era demasiado fuerte y por mucho que lo intentara, no lo podía expulsar de mi. Y mientras en mi interior se desataba una lucha férrea por hacer un esfuerzo por continuar o detener este episodio que me estaba aniquilando, las manos de mi Señor recorrían mis muslos hasta llegar a mi entrepierna. Mi miedo se incrementó de repente. Los nervios se habían apoderado totalmente de mi, llevando hasta mi mandíbula el incontrolable temblor que me dominaba entera. 

Aún con las piernas cerradas herméticamente, la mano de mi Señor llegó a mi sexo. Lo frotó contra su palma y me tragué un jadeo al sentirlo entre mis pliegues acariciando mi retraído clítoris. Estaba en estado de shock y mi cuerpo lo manifestaba claramente. Sus largos dedos se hundieron en mí y grité de dolor al no sentirlo deslizarse en mi interior con esa habitual facilidad. El aire entró de golpe a mis pulmones. No estaba lista para eso. No estaba lista para nada. El trauma que venía cargando desde adolescente anulaba y cortaba toda mi capacidad de respuesta.

Exploró mi interior sin consideraciones y yo hacía el intento, porque algo me decía que tenía que contenerme, de no emitir sonido alguno mas era inútil. Era demasiado molesto e incómodo tenerlo dentro de mí en ese preciso momento bajo esas circunstancias. 

El esfuerzo por mantenerme en silencio fue tan grande que mi rostro debió reflejarlo, lo supe al instante, al escucharlo…  

—¿Te pasa algo, Isabella? —preguntó con sarcasmo mientras sus dedos seguían con su invasión. Yo me retorcía lo menos que podía sobre la dura superficie rogando a todos los santos del cielo que me ayudaran para lograr controlarme y hacer lo que me había sido ordenado… mantenerme callada y quieta.

—¿No lo estás disfrutando? —sentí entonces como sus dedos salían de mí y los llevó hacia atrás, a mi ano. Los paseó alrededor y chasqueó la lengua.

—Tks, tks, tks… —exhaló dramáticamente— te recomiendo que te empieces a relajar y a disfrutar mi querida Isabella porque, si no lo haces, no garantizo que esto vaya a ser muy grato para ti. 

Esas palabras lanzadas hacia mí con la intención de infundirme un miedo que ya estaba instalado en mí interior desde su primera orden, hicieron que un jadeo que revelaba todo el pánico en el que ese miedo del principio se había transformado, me delatara.

—Pero, ¿qué pasa? —Sus dedos jugaban alrededor de mi vientre, con suavidad.

—¿No querías a tu Señor de vuelta? —Su aliento tibio acarició mi pubis y mi respiración se entrecortó.

—Aquí lo tienes, Isabella. Justo como tú lo querías. Justo cuando a ti se te dio la gana de tenerlo. Justo cuando no estás lista para darle lo que quiere, ¡justo cuando él no te quiere! —gritó a mi oído.

—Te atreviste a presionarme cuando estaba muy claro que yo no lo deseaba. ¿Cómo pudiste hacerlo cuando aún eres incapaz de abrir las piernas para mí?, ¿cuándo todavía no puedes ofrecerte a mi boca?

Edward estaba furioso. Jamás había percibido tanto enojo e ira en él. Pero tenía razón. En ese momento cada una de sus palabras hicieron click en mi mente y no tuve más que reconocer que estaban llenas de verdad. Él, claramente, me había dicho de varias maneras que todavía no era tiempo. Me lo había dicho y yo no quise escuchar. Me sentí muy poderosa, valiente y con todo de mi parte para traer de vuelta a mi Señor pero estuve siempre muy equivocada. Ahora ya no había marcha atrás, había despertado la ira en él y tenía que aceptar las consecuencias, fueran cuales fueran.

Pero… ¿en realidad podría hacerlo?


—¡Já! —exclamó—. Eso pensé; así que toma nota, mi querida Isabella, esto no es para tu placer, por lo tanto solo obedecerás y de una vez te advierto que no tienes permitido correrte. Bajo ninguna circunstancia, ¿entendiste?

Asentí como pude porque temblaba sin control.

—Responde correctamente —vociferó con dureza.

—Sí, Señor —logré articular.

Tenía miedo. No podía llorar y no quería exponerme aún más pero mis ojos ya habían humedecido demasiado el pañuelo de seda. Lo único que podía hacer ante la perspectiva del cruel escenario que yo misma había estructurado, era intentar desconectarme mientras durara todo. 

Respirar

Desconectarme.

No sentir.

Respirar.

Desconectarme.

No sentir.

—Ni siquiera lo intentes, Isabella —me advirtió como si pudiera leer mis pensamientos —. Esto es lo que querías y esto es lo que vas a tener.

De un tirón arrancó el pañuelo de mis ojos y los notó llorosos. Tomó el pañuelo en su puño y en su rostro hubo un falso atisbo de ternura que obviamente estaba muy lejos de sentir.

—¿Querías a tu Dominante?, bueno, pues ahora tendrás a uno que no estoy seguro que puedas manejar. Pero ese ya no es mi problema, sino tuyo.

Dios, ¿qué había hecho?

Con un movimiento de su cabeza me indicó que bajara de la mesa y me pusiera junto al banco de azotes. Obedecí. 

—Colócalo frente al espejo.

Con torpeza debido a mi nerviosismo y también por el temblor de mi cuerpo, coloqué el pesado banco de madera como me fue indicado. 


—Ahora, quiero que todas estas velas que están colocadas por aquí, las pongas sobre el aparador… y rápido.

Se dio media vuelta y se dirigió a la parte posterior de la habitación, donde se encontraba un enorme clóset empotrado a la pared. Un enorme clóset que nunca abría mas no esa noche. Lo escuché rebuscar algo mientras intentaba acomodar las velas, quemándome algunas veces con la parafina derretida.  

—Acomoda todo como te dije y, cuando termines, te pones esto junto con estas botas.

Dijo mientras aventaba junto a mi una bolsa de tela y un revoltijo de tiras negras llenas de piedras rojas que hacían juego con esas altísimas botas. Me estremecí. Estaba más que claro que el agua que esa noche, Edward no tendría consideración alguna conmigo y yo… no podría decir no.  

Salió de la habitación y yo me apresuré a obedecer. Con las velas ya sobre el aparador, tomé las tiras y comencé a descifrar cómo se ponían. Una de ellas, iba anudada al cuello, como un collar que descendía unido a una especie de sostén que solo rodeaba mis senos; de ahí otras dos tiras que salían de debajo de estos, se unían en mi vientre en un aro plateado también con piedras y de este pequeño aro, otro par de tiras, estas muy largas, que tenía que pasar por el interior de mis muslos y engancharlos en una tira en la parte baja de mi espalda. 

Era sin duda, un atuendo, si es que se le podía llamar así, muy vulgar. Incómodo. Y por si fuera poco, no era de mi talla. Me senté en el banco para ponerme las botas en un proceso que se me hizo eterno por mi nerviosismo y cuando terminé, tomé la bolsa de tela que no era muy grande pero era suave. Aflojé sus amarres y metí la mano. Lo que saqué de ahí me dejó confundida. Parpadeé varias veces. Era una peluca de color muy negro. El corte era cuadrado, con un poco de flequillo y era corta. Llegaba un poco más abajo de mis orejas. Suspiré. Estaba más que confundida, dolida, porque eso me confirmaba aún más, que Edward no quería estar conmigo. Él quería estar con alguien que no fuera yo.

Resignada ya a cualquier cosa que fuera a pasar esa noche, me coloqué la peluca y me miré al espejo. Esa mujer que me devolvía la mirada, no era yo. ¿Podría haber una humillación más grande que esa para una mujer?

Un par de lágrimas descendieron por mis mejillas y las limpié con coraje. Porque era mi culpa, porque era mi maldito empeño, por no escuchar y por no creer en él cuando debí hacerlo. Ahora este era el precio por tener a mi Señor, corrijo, por tener esa noche a un Dominante que no era el que yo quería.

—No llores, Isabella. Voy a cumplir tus deseos —expresó con frialdad y sentí la bilis ascender por mi garganta, dejándome asqueada.

—Ahora lo único que falta es esto —dijo dándome un tubo de pintura para los labios—. Quiero esos deliciosos labios tuyos rojos, muy rojos.

Insultada como jamás creí serlo y menos de parte de Edward, obedecí. Con furia me pinté los labios casi queriendo arrancármelos. 


—¿Te miraste al espejo? Te ves preciosa. ¿No lo crees? 

—Sí, Señor —balbuceé.

Se acercó a mí, rozando con las yemas de sus dedos mis pezones. Los tomó y los apretó fuerte. Respiré hondo y los giró entre sus dedos provocándome más dolor. Los estiró y jugó con ellos hasta que sentí ese agudo pero conocido tormento. Abrí los ojos y vi que un par de pinzas estaban oprimiendo mis pezones erectos como puntas. Tiraban de ellos hacia abajo porque también estaban adornados con piedras que colgaban de unas cortas cadenas.

—Hermosos.

Siseó ligeramente y después me tomó por los brazos, empujándome sobre el banco. Se colocó detrás de mí, estrujando mis nalgas, mis muslos y mi espalda baja. Me asusté un poco más, aunque creía que eso ya no sería posible. Me tragué un gemido lleno de miedo ante tal incertidumbre y sentí de nuevo sus manos en mis senos, amasando los bordes sin delicadeza alguna, sin importarle que mis pezones estuvieran aprisionados dolorosamente contra la dureza del banco.

Una de sus manos fue bajando por mi espalda, recorriendo cada centímetro de ella, deteniéndose en mi cintura, apretándola con sus dedos, como queriendo marcar mi piel por donde la tocaba. Llegó a mi espalda baja y su mano fue directo entre mis muslos. Los tocó con la misma fuerza, casi con coraje, con ira. Sentía que era parte de mi castigo y tragué resignada.  

De pronto escuché un zumbido y jadeé al sentir la vibración en mi clítoris. Al principio fue firme y constante. Me acostumbré a ella casi de inmediato pero subió de intensidad con un golpeteo irregular contra mi sensible botón. Casi gemí al recibir toda la potencia de aquel artefacto aunque no hubiera sido un gemido de placer. Hubiera sido un gemido lleno de miedo, de angustia e incertidumbre a la espera de algo que no tardó en llegar.

 —Si tanto querías esto, ¿quién soy yo para negártelo?

Un grito escapó de mi boca al sentir como mi Señor entraba en mí. Rudo, tosco, invadiendo mi cuerpo sin consideraciones. Llenándome mientras el ruido que provocaba el choque de nuestras carnes, junto con los jadeos que emitíamos cada vez que se introducía con fuerza en mí, eran los únicos sonidos que se escuchaban en la habitación.

Las lágrimas silenciosas corrían por mis mejillas con cada embestida que daba y casi tenía que morderme los labios para no gritar cuando se enterraba en mi interior y sus manos hacían lo mismo en mis caderas. Su rudeza me hería y físicamente no me importaba, lo que en realidad me dolía era saber que no era a mí a quién estaba tomando esa noche. No era yo la sumisa con quien él quería estar. No era a mí a quién él quería poseer. No era en mí en quien buscaba ese placer, era otra. 

—¡Mírame!, ¡no dejes de mirarme!

Me ordenó y levanté mi mirada hacia el espejo frente a mí. Llorosa. Impotente. Dolida y resignada a mi castigo. Mi rostro no ocultaba cada brusca y ruda intromisión transformándose en una amorfa muestra de dolor. El suyo mostraba algo que nunca había visto en él. Esa mirada enfocada pero perdida, vacía. Esa misma mirada que lo hipnotizaba cada noche mientras se perdía frente a esa ventana. Esa mirada que en ese momento estaba colmada de una lujuria aterradora mientras lo observaba al adentrarse en mí.

Y me daba miedo. Mucho miedo. Porque ése, tal y como me lo había advertido antes, no era el dominante que yo deseaba, no era mi Señor, no era Edward. 

¿Podía confiar en él?, ¿me podría entregar con la plena confianza de que no me dañaría?, ¿qué no me lastimaría?

—¡Ahh! —grité de pronto al sentir un calor abrasador en mi nalga. Nalgadas. Una más, y otra y otra de nuevo repartidas entre mi ya dolorido y ardiente trasero. Cada palma abierta sobre mis nalgas iba cargada de una fuerza y furia tal, que al chocar con mis carnes la piel me quemaba. Eso no había sido nada comparado a lo que vino después. 

Un grito mucho más fuerte salió desgarrador de mi garganta al fundirse en la piel de mis nalgas el crudo cuero de un látigo de nueve colas. Áspero, tosco, duro. Se incrustaba sin piedad, lastimándome, lacerando no solo mi piel sino mi corazón. 

¿Cómo era posible que me hiciera esto?

Me preguntaba mientras en mi mente agotada giraban no solo esa, sino muchas preguntas más que sabía bien no tendrían respuesta. No al menos esta noche.

Tan ensimismada estaba con la cabeza y soportando mi castigo, que no lo sentí tensarse en mi interior. Entonces salió de mí y me giró recostándome sobre el banco. Mis pezones escocían maltrechos por las pinzas y la presión que había ejercido mi cuerpo contra el banco de madera y ahora, también mi espalda dolía al enterrarse en mi piel las piedras del insultante atuendo que usaba. 

Tomó mis manos capturando mis muñecas y encerrándolas en puños de cuero de los cuales colgaban cadenas. Estaban sueltas y, por instinto, comencé a buscar de dónde pendían cuando empezaron a subir elevando mis brazos. Una fuerte presión en mi barbilla me hizo mantener la mirada fija en él. Sin atreverme a desafiarlo, no me quejé ni emití sonido alguno cuando levantó mis piernas y las colocó sobre sus hombros. 

Entró en mi con rudeza. Gimiendo con cada arremetida. Sin consideraciones. Con el simple propósito de llenarme, de saciarse, de darme un escarmiento. El impacto de nuestras carnes junto con sus gemidos y mis jadeos que intentaba ahogar era lo único que se escuchaba en la habitación.  

No podía permanecer en silencio. Simplemente, era imposible para mí no reaccionar ante tal invasión a mi cuerpo. Mis hombros se tensaban con cada embestida y mi espalda resentía estar recostada sobre el angosto pedazo de madera del banco. Sentía que podía caer en cualquier momento y quedar colgada solo de esas cadenas que mantenían mis brazos levantados, ya que, me sacudía con fuerza con cada violento choque de nuestros cuerpos pero el hombre, el dominante que me tomaba de esa cruda manera, me sostenía por las caderas para evitar que me moviera más de lo que a él le parecía. Y pese a la rudeza y frialdad del hombre que me sometía, no estaba respondiendo de la forma en que pensaba que lo haría.


Sus penetraciones eran rápidas, urgentes, como si le fuesen necesarias, como si con cada una de ellas buscara obtener con ansiedad algo de mí. Esa ansiedad de la que yo también era presa por miedo, por mi error reconocido demasiado tarde y, por el cual, estaba segura que no saldría bien librada de esa contienda.   

Sentía sus manos aferrarse a mi piel como queriéndose fundir en mí. Sosteniéndome para hacerme  presa de su castigo, de su enojo y de su lujuria. Sí, porque lujuria era lo que veía en sus ojos, como una advertencia de que no esperara ninguna consideración de su parte y eso yo, ya lo tenía muy claro. 

Salió de mí intempestivamente y escuché y sentí como se aflojaban las cadenas. Me levantó del incómodo banco y aún con los brazos encadenados me colocó sobre la mesa. Cerré los ojos y suspiré. Los abrí y lo vi con las amenazadoras tijeras en mano. Jadeante, se inclinó sobre mi mirándome intensamente. Sonrió. Me estremecí al ver esa mueca indiferente, extraña, sin alma. Yo respiraba entrecortadamente, casi sin aliento, tratando de enfocar todos mis sentidos. Me necesitaba alerta, despierta, porque él aún no terminaba conmigo y vaya que tenía razón.  

De un tajo, cortó una tira del insultante atuendo que traía y jaló con fuerza haciendo que las demás tiras se rompieran. Muchas piedras cayeron al suelo, unas se quedaron sobre la mesa y otras en mi vientre. Con mucha calma, se deshizo de las vulgares botas y al final, con esa mirada que no decía nada, me quitó la peluca para luego enredar sus dedos en mi cabello bruscamente. 

Me soltó y sin dejar de mirarme con malicia, bajó su rostro hasta mi ombligo y comenzó a repartir ligeros besos alrededor. Eran suaves, húmedos, casi podía jurar que hasta tiernos. Un ligero cosquilleo empezó a recorrer mi vientre, cálido. Su lengua también trazaba caminos haciendo que mi piel se erizara, haciendo que poco a poco mi cuerpo reconociera al hombre detrás de esa máscara de frialdad e indiferencia y olvidara la tensión y el miedo, los nervios y el pánico. 

Muy despacio me quitó las pinzas dejando como siempre, muy adoloridos mis pezones rojos, sensibles y con esa misma lentitud y calma con la que se deshizo de las infames piezas de tortura, posó sus labios en ellos repartiendo besos suaves y delicados.

Dios. ¿Qué pretendía?

¿Volverme loca?

¿Más?

Ante ese cambio, yo ya no tenía poder alguno. Mi cuerpo actuaba y respondía por sí mismo dejándome a un lado. Un calor conocido y añorado comenzó a correr por todo mi torrente sanguíneo. Mi piel, atenta a sus caricias, lloraba por su tacto. Lloraba por ser encendida, poseída, amada. Cada poro de mi ser anhelaba a este Edward, a este dominante que sí conocía. Al que me llenaba, al que me mimaba, al que me cuidaba y procuraba, al que jugaba, al que me amaba…

Sí. Sí. Este hombre era el mío y yo me iba a entregar a él.  

Su boca recorría mi cuerpo mientras yo por dentro gritaba de alegría, feliz porque sabía que mi castigo había terminado. Un castigo que había sido más psicológico que otra cosa. Uno con el que había bastado para que aprendiera mi lección. Admitía mi gran error en mi mente mientras oleadas de placer me invadían. Necesitaba sentirlo dentro de mí. Poseyéndome, reclamándome, atándome más a él. El calor del deseo bullía en mi interior. Iba a explotar. Las caricias de sus labios se hicieron más lentas y gemí retorciéndome sobre la mesa casi creyendo enloquecer.  

 Sus manos comenzaron a descender por mis muslos; tomó mi tobillo derecho y lo ató a la esquina de la mesa y repitió la acción con el otro. Subió a la mesa colocándose a horcajadas sobre mí, tomando mis manos y liberándolas de la prisión de los puños de cuero de las cadenas y esposándolas a las otras esquinas de la mesa.

—¿Has aprendido la lección, Isabella?

Emitió la pregunta con voz ronca, potente, dominante.

—Sí, Señor.

Ahogué un jadeo urgente.

—¿Estás lista para entregarte a mí?

—Siempre.

Respondí sin dudar.

—Eso espero.


Se acercó y colocó un nuevo pañuelo de seda sobre mis ojos. Me estremecí de puro deseo. De pensar en lo que me esperaba, en mi recompensa por haber soportado estoicamente mi castigo y entonces grité. Un calor abrasador se extendía alrededor de mis pezones. Quemaba, dolía. Me retorcí sobre la mesa intentando zafarme de mis ataduras pero fue inútil. Una caricia muy suave sobre mi vientre me distrajo del dolor lacerante. Eran sus labios que me confortaban y comencé a sentir que la intensidad de aquel calor disminuía mientras que alrededor de mi otro pezón el castigo iniciaba. Calor, dolor…

Casi no tuve tiempo ni de gritar cuando mi Señor comenzó a derramar más cera caliente entre mis senos. 

—¡Por favor! —pedí.

—Por favor, ¿qué, Isabella?

—¡Detente!

Un tenso silencio llenó la habitación haciendo callar hasta mis jadeos.

—Pídemelo.

—¡Detente!

—Si quieres que me detenga, ya sabes lo que tienes que hacer.

De nuevo, el calor tocó mi piel, mi vientre, mis muslos… y esta vez no grité. Soporté el ardor y dejé que corrieran mis lágrimas. No podía hacerlo, no podía terminar con todo. Me pedía demasiado pero… ¿Qué más estaba dispuesta a hacer por él?

Segundos después sentí como quitaba la cera endurecida de mi piel y colocaba paños fríos regalándome un alivio incomparable. Suspiré. Jadeé, relajada porque mi dolor había acabado. Un momento después quitó los paños y con mucha delicadeza comenzó a besar mi piel dolorida calmándome como un bálsamo.

Sus labios se pasearon con cuidado por mis pezones, mi torso, mis caderas, sobre mi monte de venus, emitiendo ondas de deseo que me torturaban no sé si igual o más que sus severos castigos. Mis hombros no fueron excluidos del torrente de besos y caricias que mi Señor me estaba regalando. Al final, como siempre sucedía, la recompensa era mucho mayor que el cruel castigo. 

Esto era por lo que todo mi ser lloraba, era todo lo que yo ansiaba y era simplemente todo lo que solo Edward, mi Señor, me podía dar. Nadie más. Me podía hacer perder la cordura con sus caricias, sus besos, con su forma extraña de protegerme y de amarme que casi no noté lo cerca que su boca estaba de mi sexo. Abrí la boca, jadeando por aire, esperando que se alejara de ahí pero no lo hizo. Acarició mi entrepierna, besando un poco más abajo. Mi respiración se aceleró al igual que mis latidos. 

Aléjate Edward…

Su lengua rozaba la piel de mis muslos, podía sentirlo tan claro y doloroso como aquella noche. Una sensación de angustia se instaló como un nudo en mi pecho. Sus dedos subieron lentamente hasta mis pliegues, adentrándose en ellos con cuidado. Eran sus dedos, Solo sus dedos. No tenía nada qué temer. Intenté calmarme un poco mientras jugaba con mi hinchado botón y me aseguraba a mi misma que no pasaba nada. Que no ocurriría nada más. 

Hundió sus dedos en mi interior, provocándome casi un desmayo de deseo. Los movió y alcanzó mi punto de locura. Gemí, y me preparaba para comenzar a recibir un orgasmo devastador cuando salió de mi dejándome al borde del delirio.

—¡No!

—Shh.

Rozó su mejilla contra mi muslo, frotándola contra él, sintiendo su aliento cálido. Su mano se paseaba por mis caderas, a veces apenas me tocaba pero la sensación era enloquecedora. Sí. Estaba enloqueciendo. Se movió y sentí su nariz dibujar en mi piel, respirándome. Un ligero temblor se dejó sentir en mi vientre; su boca, sus labios besaban más arriba, él se estaba acercando demasiado y yo estaba fluctuando entre la locura y el miedo. Edward cada vez subía más y yo desesperada comenzaba moverme presa de la angustia. Él no lo haría, no. Pero sus labios llevaron su aliento hasta ahí. 

Sus dedos abrieron mis pliegues y entonces su aliento me tocó. Respiré profundamente y contuve el aire todo lo que pude. Me congelé. Me paralicé. Esas grotescas imágenes vinieron de pronto a mi mente y grité llena de angustia al ver esos negros ojos devorarme con malicia.

—¡No!

Edward parecía no escucharme. No se detenía, no cesaba en sus caricias y yo me hundía en la desesperación. No podía soportarlo. No podía. Me moví queriendo liberarme de mis ataduras y salir huyendo de ahí. Edward se detuvo. 

—No, por favor —imploré con un hilo de voz.

—Si quieres que me detenga, dilo —respondió.

—Basta, por favor —susurré entre lágrimas.

—Sabes que eso no me detendrá, Isabella. Si quieres que termine con esto ya sabes qué debes decir.

—No me pidas eso, no puedo hacerlo.

—Y yo no puedo seguir si no das ese paso. Ya es hora, Isabella. 

Los minutos pasaron haciendo el silencio sofocante pero Edward no dejaba de tocarme. Distrayendo mi razón, mi cordura… No respondí. Respiré profundamente varias veces y aflojé mi cuerpo tenso. Instantes después soltó mis ataduras. Me quitó el pañuelo de los ojos y me besó intensamente. 

Ahí estaba yo. Tendida en una mesa, dispuesta a dejar atrás mi doloroso pasado. Estaba en manos de Edward, de mi Edward, en quien confiaba, a quien amaba. Sin restricciones, sin nada que me retuviera en contra de mi voluntad. Estaba ahí porque así lo quería, porque muy dentro de mí lo deseaba, porque lo necesitaba para seguir adelante con mi vida, con nuestra vida. 

Me tomó en sus brazos y me refugié en su pecho. Me llevó a nuestra habitación y me depositó suavemente en la cama. Me besó con ternura mientras acariciaba mi rostro, mientras se acomodaba entre mis piernas para ir descendiendo entre ellas. Mis manos jugaban con su pelo, con sus hombros, respondía ferviente a sus besos cargados de deseo, de calor asfixiante.

Evitaba mis senos doloridos pero mis pezones eran su deleite. Los tenía entre sus dientes y con su lengua los rozaba; yo gritaba de placer ante las caricias que calentaban mi sangre, que la hacían hervir de deseo. Él siguió descendiendo por mi cuerpo, entreteniéndose a su paso con mi ombligo, mi abdomen; los llenaba de besos y paseaba su lengua por ellos. Continuó su dulce tortura con mis ingles y aunque los botones de alarma se encendieron, logré ignorarlos, esperando que fuera para siempre.

Frotaba mi sexo con la palma de su mano, jugando con mis pliegues, acariciando mi entrada. Robándome jadeos y gemidos de gozo, haciéndome disfrutar sin miedos. Rodeaba con gentileza mi clítoris, lo presionaba y yo me retorcía sobre la cama, entregándome sin medida. Fue entonces cuando un cosquilleo recorrió mi cuerpo entero y jadeé cuando su aliento tibio alcanzó mi sexo. 

Mi espalda se arqueó en un movimiento involuntario, simplemente mi cuerpo no era mío y solo estaba respondiendo a las caricias que Edward me regalaba. La cálida brisa que emanaba de su boca sobre mi centro me calentaba la sangre en las venas, nublando mi razón ante tal acercamiento tan extraño y desconocido para mí pero tan íntimo a la vez. Él aún no me tocaba pero ya me retorcía de un deseo urgente, necesario, de un deseo vital que me obligaba clamar por él. 

—Edward… por favor —supliqué.

Parecía que no me escuchaba pues siguió con su desquiciante tarea. Su boca jugaba conmigo, con mis sensaciones y mis sentidos incrementando esas llamas de placer y deseo que corrían por mi cuerpo. Calor. Un calor que me estaba consumiendo sin piedad, que me estaba quitando la autonomía para así rendirme aún más a él. 


A punto estaba por pedirle más, por exigirle que acabara con esa tortura cuando lo sentí. Su lengua por fin hizo contacto con mi sensible botón y de mi garganta escapó un profundo gemido. Era una manifestación de todo mi ser que se moría por recibir ese cúmulo de sensaciones que yo misma me prohibía, que yo misma me negaba y mientras, me autocastigaba no sabía en espera de qué. Pero ahora todo era muy claro, lo esperaba a él. Edward era el único ser capaz de devolverme esa luz que le faltaba a mi vida, esa emoción por ser, por tener, por dar, por recibir, por compartir…

Sus dedos separaban mis pliegues para darle el espacio a su húmeda lengua que después de tocarme, rodeó mi nudo emisor de sensaciones acariciando con veneración la delicada piel de mi centro. Mi cuerpo se contorsionaba desmadejado al ritmo de su lengua que se paseaba de mi clítoris a sus alrededores, acercándome cada vez más a esa locura insana que me invitaba tentadora a saltar hacia un abismo de placer. 

Se separó un poco de mi y sopló con suavidad, creí morir, pero nada comparado como cuando lo sentí introducir sus dedos en mí y al mismo tiempo succionar con avidez el centro de mi deseo. Chupó, lamió, acarició mi tierno y sensible botón infinidad de veces. Lo mordió delicadamente, jugando con él entre su dientes, haciendo remolinos con la punta de su lengua hasta que mis gritos y mi necesidad de más lo llevaran al siguiente paso. Con mucho cuidado, me penetró con su lengua. Todos mis sentidos colapsaron. El deseo que deambulaba por mi torrente sanguíneo se detuvo lo mismo que mi respiración. Mis jadeos y gemidos se apagaron y la cordura huyó de mí.  

Era demasiado para mí. Esa miríada de sensaciones era mucho más de lo que yo podía soportar e intentaba con todo mi ser no desfallecer de placer cuando empezó a embestirme con su poderosa y fuerte lengua. Todos mis sistemas cobraron vida de nuevo en ese instante activando mi respiración, mis sentidos, mis latidos. Acarició mi oculto canal, frotándose contra él, excitándolo, provocándome. Mi temperatura subía; mi cuerpo se sentía caliente, vibrante. Mi vientre estremecido esperaba impaciente la llegada del regalo prometido que al irse acercando, desplegó un universo de nuevas sensaciones. Un tornado de placer se levantaba en mi interior, arrastrando con él todo a su paso. Dándome la oportunidad de una vida nueva y plena, junto a Edward, mi Señor.   

Me elevé hasta límites insospechados. Me entregué, me dejé llevar y guiar y no me arrepentía. De pronto todo explotó dentro de mí. Un poderoso orgasmo me golpeó dejándome mucho más que extasiada. Repleta, llena de un gozo inexplicable. Arrollador. Catártico. Sanador. 

No tuve conciencia de mí por unos instantes. Solo sabía que estaba en sus brazos y así era. Edward me abrazaba como si fuera el último punto firme en el inmenso océano. Lo sentí enterrar su rostro en mi cuello, lo sentí temblar contra mi cuerpo, lo sentí besarme con ternura…

Apenas tuve fuerzas para levantar mi mano y pasarla por su pelo. Edward no se movió. Se aferraba a mí como quien pierde algo querido y después de mucho lo encuentra. Se apretaba a mí cada vez un poco más, como si tuviera miedo de soltarme, enredando también sus piernas alrededor de mi cuerpo. 

—Edward —logré decir.

Pasaron unos instantes hasta que por fin, lo sentí moverse ligeramente. Levantó la cabeza que tenía hundida en mi cuello y me miró. Tenía los ojos rojos y brillantes. Se inclinó un poco más y me besó. 

—Sabes a mí —dije y sonrió.

—Y a ti sabré por el resto de mi vida, Isabella. Me has marcado, me has hecho tuyo. No puedo pertenecerle a nadie más.

Un fuerte puño se cerró sobre mi corazón al escuchar esa declaración. Era lo último que esperaba oír de él en ese instante pero sin duda fue lo más hermoso que pudo haber dicho.

—Eres mío y yo soy tuya.

—Así es, cariño.

—Gracias, Edward.

—¿Gracias?

Asentí.

—Por haberme… 

—Shh —me calló poniendo un dedo sobre mis labios.

—No me impidas decirte lo que estoy sintiendo, no lo hagas.

—No es necesario. 

—Sí lo es. Lo es porque has cambiado mi vida, has abierto una nueva ventana, tú no sabes lo que esto ha significado para mí.

—La que no tiene ni una idea de lo que esto ha provocado en mí eres tú. Tu entrega ciega es de un valor incalculable y me la has regalado. Este acto, Isabella, este acto de fe en mí, me ha abierto los ojos a muchas cosas, ha quitado muchas telarañas que estaban en mi mente pero ahora que veo todo más claro, puedo asegurarte que lo nuestro cambiará y lo hará para bien, mi amor, no lo dudes por favor.

—No lo dudo. Confío en ti —sonreí. 

—¿Tanto como para repetir? —una sonrisita chueca y burlona apareció en sus labios.

—Tanto como para eso y más…


***

Mmmm.

Gemí.

Me moví. 

Perezosa, me estiré levantando mis brazos adoloridos. Y no solo mis brazos lo estaban. Noté que mis hombros, mis ingles, mis muslos, mis senos, pezones y sobre todo, mis nalgas dolían en variadas y diferentes intensidades.

Sacudí ligeramente la cabeza y las imágenes se agolparon en mi mente. Sonreí. Había sido una noche inolvidable en todos los aspectos porque ocurrieron muchas cosas que hicieron que muchas pesadillas, fantasmas y temores quedaran solo como un triste recuerdo del pasado, dando paso a una vida nueva, limpia… 

La noche anterior me permitió ver el gran error que cometía al no confiar plenamente en él de nuevo, creyendo que yo tenía la razón y presionándolo para tener sexo conmigo. Lo había llevado hasta el límite y él en respuesta había hecho lo mismo conmigo, obligándome de alguna manera a ceder, a rendir mi cuerpo, mis sentidos y mi ser entero a él. Pero así era como funcionábamos, era su forma de sacar lo que quería de mí y una vez que lo obtenía me sentía mucho mejor aunque en ocasiones lo negara y en otras hasta tardara en comprenderlo.

Esta mañana fue diferente. Desde que abrí los ojos, el alivio que me envolvía me hacía ver todo con una nueva luz de esperanza. De que mi vida, como la había conocido hasta la noche anterior y que era solo un producto de mis miedos y mi desconfianza, no tenía que vivirla bajo esas limitantes. Ahora era una mujer libre y dispuesta a vivir mi vida con plenitud gracias a Edward.

Me giré un poco y quedé de frente al hombre que amaba. Dormía tranquilo, se le notaba en paz. Respirando cadenciosamente. Su ceño relajado, sus labios ligeramente entreabiertos… Dios, ¿podía existir alguien tan hermoso como él?

Sin pensarlo, me acurruqué en su pecho, aspiré su olor y volví a cerrar los ojos. 

Cuando me desperté de nuevo, estaba sola en la cama. Un ruido me hizo levantar la mirada y lo vi asomarse por la puerta del vestidor.

—¿Lista para un baño?

Sonreí encantada y de un salto, que me hizo recordar toda nuestra actividad nocturna, salí de la cama. Edward ya lo tenía todo preparado. La bañera a medio llenar con agua un poco más que tibia y con un manto de burbujas creciendo bajo el chorro, el olor colmó mis fosas nasales, era el olor de Edward. Tomó mi mano, me acercó a él y me dio un beso. 

—Buenos días —sonrió—, ¿dormiste bien?

—Mejor imposible —le devolví el gesto.

—Bien, porque ahora, te voy a mimar…


Y lo hizo. Nos sumergimos en la bañera y cumplió su promesa. Entre besos y caricias lavó mi pelo, dándome masajes rítmicos y sensuales por mi cuero cabelludo. Me empujé contra él queriendo provocarlo pero se mantuvo firme, prosiguiendo con su encomienda. Cubrió mi cuerpo con la espuma, lavando mi piel con la ayuda de una suave esponja que pasó con extremo cuidado por mis senos. También acarició con ella mis adoloridas nalgas aliviando el poco dolor que aún tenía. Me sentía amada, divina.

Yo también lo ayudé a lavarse, todo con el firme propósito de que me hiciera el amor en la bañera, lo necesitaba, tenía urgencia de él, de sentirlo, de tenerlo, de poseerlo pero se mantuvo inmutable por más esfuerzos que hiciera para hacerlo flaquear. Solo cuando me giré y quedé sentada sobre mis talones, me incliné, tomé su potente virilidad entre mis manos y le di todo el placer del que fui capaz en ese momento.

Edward jadeaba, gemía y se retorcía de deseo. Yo me sentía grande, poderosa. Era yo la que lo tenía así, pidiéndome más, diciéndome cuánto me amaba, cuánto me deseaba, cuánto me necesitaba y justo cuando creí que ya no podría más, salió de mi boca y casi sin darme cuenta, nos llevó hacia la ducha, donde me pegó a la fría pared mientras que con torpeza abría la llave del agua y esta empezó a salir por los múltiples chorros disparando hacia todas partes.  

De un súbito movimiento me empalmó con su miembro erecto, casi despegándome del suelo. Gemí sorprendida, mas no asustada. Era lo que yo quería, lo que había estado deseando durante mucho tiempo y aunque la noche anterior me lo había dado a manos llenas, no estaba saciada y creo que no lo estaría nunca.

Situó sus manos bajo mis nalgas impulsándome a enredar mis piernas alrededor de su cintura logrando así una penetración más profunda y creí morir. Sus embestidas eran rápidas y certeras, hasta el fondo mismo de mi alma. Su prisa era tangible al igual que la mía. Gemimos, jadeamos, nos besamos, nos amamos…

Edward dio tres últimas estocadas llenándome de él. De su más pura esencia. Lo recibí feliz. Era mío, mi hombre, mi dominante, mi compañero.

Varias horas más tarde, permanecíamos entre las sábanas abrazados, riendo por las más simples tonterías hasta que un ruido de mi estómago vacío lo hizo reír a carcajadas.

—¡Dios!, no puedo creer que se me haya olvidado alimentarte. ¿Ves cómo me tienes?

—En realidad no tenía hambre —me miró escéptico—, bueno, no hasta ahora.

—Sí, demasiado ejercicio da hambre. ¿Qué te parece si nos vestimos y vamos a comer algo por ahí?

—Define bien tu “por ahí”, digo, para saber qué ponerme —le guiñé un ojo.

—Ponte cómoda.

Me miró risueño y salió de la habitación. Me dirigí directo al baño por una ducha ultra rápida y luego al vestidor. Si de ponerse cómoda se trataba, un par de jeans con una linda blusa estarían perfectos. Y feliz por salir con Edward vestida de manera muy informal, terminé de arreglarme, tomé mi abrigo y bajé las escaleras. Él ya me esperaba; también de jeans negros junto con el suéter y un abrigo color camello. Se veía tan guapo que quitaba el aliento.

—Siempre tan hermosa, Isabella. 

—Gracias —agradecí mientras recibía un pequeño beso en los labios. 

—¿Vamos? —Me ofreció su brazo—, no queremos llegar tarde.

—¿A dónde iremos? 

—Es una sorpresa —respondió divertido.

Asentí feliz mientras subíamos al auto. Me recargué en su hombro y él puso su mano en mi muslo acariciándolo despacio. Dean nos introdujo al tráfico de la ciudad mientras nosotros estábamos en nuestro mundo aparte del cual solo pudimos salir una vez que sentimos que el auto se detenía frente al Ministerio de Defensa.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté confundida. 

—No es aquí —giró mi cabeza—, es “aquí”.


Mi mirada quedó clavada directo al famoso London Eye. Edward no podía ocultar su diversión al ver mi asombro. No es que me disgustaran las alturas pero por algo, nunca antes había subido a esa rueda. Casi me arrastró hacia el interior de una de las cabinas que esperaba abierta para nosotros. Una vez dentro, me abrazó por detrás mientras nos elevábamos lentamente hacia el cielo. Ver la ciudad desde ese punto era increíble y poco a poco me fui sintiendo en confianza. Edward me giró entre sus brazos y tomó mi rostro. Me beso intensa y profundamente. Fue un beso largo, cargado de muchas cosas pero esta vez, sentí que el deseo no era la más importante de ellas. Al separarse nuestros labios, pegó su frente a la mía.

—Si pudieras tan solo tener una idea de cuánto te amo —murmuró sobre mis labios.

—Si es tanto como te amo a ti, sí la tengo —respondí ansiosa.

—Isabella, yo…

La rueda se detuvo interrumpiendo sus palabras. La puerta sellada se abrió y entró un mesero elegantemente ataviado y empujando un carrito de servicio. 

—Buenas noches, señor Cullen, señorita Swan.

Detrás de él entraron dos chicos que colocaron una mesa pequeña y dos sillas. Vi flotar un mantel frente a mis ojos, platos, cubiertos, copas y hasta un diminuto florero con una rosa roja. Edward jaló la silla para mí y, asombrada y feliz, me senté. Los chicos ayudaron al mesero a servir el primer tiempo de la cena. Una ensalada verde con camarones. Sirvieron también el vino blanco frío y bajaron de la cabina. Esta se cerró y la rueda continuó su ascenso mientras Edward me observaba sonriente.

—Edward, esto es… increíble —me levanté con cuidado y me incliné para besarlo—. Gracias.

—Me hace muy feliz que te guste. Ahora come que llevamos horas sin probar bocado.

Entre risas y una plática distendida y cómoda cenamos la deliciosa ensalada, filete de salmón estofado y un exquisito strudel de manzanas con helado de vainilla acompañado de un sublime Cloudy Bay Suavignon Blanc, claro, con las respectivas paradas de la gigante rueda para que el atento mesero y sus ayudantes pudieran servirnos todo al punto exacto.

—Gracias, Edward, ha sido una noche perfecta. 

—Aún no ha acabado, Bella.

 Se puso de pie tendiéndome la mano para que hiciera lo mismo. Me rodeó con sus brazos y ambos mirábamos las luces que iluminaban la hermosa ciudad. Era un momento perfecto, tan romántico que me parecía un sueño estarlo viviendo.

—¿Quieres bailar?

—¿Bailar? —sonreí emocionada—. Por supuesto.

Sin pensarlo me colgué de su cuello y pegué mi mejilla a su pecho cuando la voz sexy de Rod Stewart comenzó a sonar por las bocinas de la cabina. 

Blue moon
You saw me standing alone
Without a dream in my heart
Without a love on my own

Blue moon
You know just what I was there for
You heard me saying a prayer for
Someone I really could care for

And then there suddenly appeared before me
The only one my arms will ever hold
I heard somebody whisper, "Please adore me"
And when I looked the moon had turned to gold

Blue moon
Now I'm no longer alone
Without a dream in my heart
Without a love of my own.

Sus brazos rodeaban mi cintura guiándome a través de un cadencioso vaivén, tan suave, tan delicado que me sentía flotar. Era tan irreal, como si estuviera viviendo un sueño del que no quería despertar y para mi fortuna la realidad no era nada diferente, al fin estaba muy consciente de ello.

A partir de este momento todo sería perfecto porque ya no había nada que impidiera que así fuera. Él me lo había dicho y yo le creía. Porque estaba enamorada, porque me sentía amada y protegida, porque era una nueva mujer, una nueva Isabella dispuesta a todo por el hombre me que abrazaba, porque él, simplemente era mi vida.

La canción terminó y permanecimos abrazados hasta que Edward se separó un poco de mí para mirarme.

—No te muevas —susurré—. No quiero que se rompa el encanto.

Rió. 

—No se va a romper ningún encanto, mi amor, créeme.

—Lo hago, pero no quiero que este momento termine.

—¿Qué pasa, Bella? —inquirió preocupado mientras me aferraba más a él.

—No sé. Todo esto me parece tan lindo, tan bonito que me dan ganas de llorar.

—Estás muy sensible, cariño, y es normal después de lo que ocurrió anoche.

Asentí llorosa.

—¿Te das cuenta que rompiste una barrera que te detenía de ser completamente feliz? No importa la magnitud ni la gravedad del problema, para ti sí lo era y  eso es lo que vale, que de alguna manera ya haz acabado con él y ahora no tienes nada que temer y sí mucho por vivir porque, aunque no lo creas, eso influía en muchos aspectos de tu vida. Ahora puedo jurar que veremos a una nueva Isabella. Más segura, más decidida, más mujer, más plena, esa eres tú, mi chica, mi novia, mi mujer…

—Creo… que tienes razón.

Besó mi frente 

—La tengo. Vámonos a casa.


***

Nos deshicimos de la ropa al subir las escaleras. Llegamos dando tropezones a nuestra habitación y me tiró sobre la cama. 


—Al cuarto de juegos —exclamé.

—No. Aquí.

Dijo colocándose entre mis piernas e inclinándose para comenzar una lluvia de besos, lengüetazos y caricias por todo mi torso, mis senos, mi ombligo, mi vientre y por último el desnudo vértice situado más abajo.

Depositó decenas de besos ahí y en mis ingles, acarició con un dedo mi abertura sin ir más allá y yo ya estaba sudando. Soplaba muy despacio y su aliento tibio se adentraba ligeramente provocándome millones de sensaciones excitantes. Se ayudó con más dedos y su lengua descendió por mi hinchado clítoris robándome un sonoro gemido. Lo saboreó mientras lo succionaba muy suave al inicio y con ansiedad de mucho más después. Yo me retorcía de placer al recibir esas caricias nuevas pero muy deseadas.

Grité al sentir como introducía un dedo en mí mientras con su boca seguía succionando y jugando con mi delicado botón ya adolorido de pura necesidad, pero casi me muero de placer cuando tocó mi punto más sensible dejando que su lengua contribuyera también en la sublime tarea de brindarme un orgasmo descomunal.

—¡Edward!

Dormía. Estiré mi brazo para tocarlo y solo sentí las sábanas frías. Abrí los ojos y la luz brillante de la luna que entraba por la ventana iluminaba la cama. Estaba sola de nuevo. Suspiré decepcionada. Por más que me hubiera empeñado en pensar que nada podría romper el encanto, Edward lo había hecho un par de horas después de haberme asegurado lo contrario. 

Él tampoco estaba en la habitación, así que me coloqué una bata y salí a ver en donde podría estar. No me tomó nada ubicarlo pues desde el estudio se escuchaban ruidos y las luces estaban encendidas. Decidida me acerqué y abrí la puerta. Edward estaba ahí, rodeado de varias cajas y muchos papeles desordenados sobre su escritorio. Al oírme entrar, me miró con mucha tranquilidad.

—Lo siento, hubiera querido no despertarte.

—¿Qué haces?

—Algo que debí hacer hace mucho tiempo, Isabella. Voy a dejar descansar en paz a mi hermana.*


*


*


*


Nenas... ¿aún hay alguien por aquí?  Yo sé que sí. Sé que ha pasado mucho tiempo pero como siempre les he dicho y les repito, mientras se pueda, aquí seguiremos. Millones de gracias por la paciencia, el interés y por sus ánimos. Las quiero.  
Gracias, Jo :)

32 comentarios:

  1. Ohhh que alegría volver a leer a nuestro Señor!!!
    Me da gusto saber de ti Li, más que la historia sabes que como lectoras te hemos agarrado mucho cariño y nos preocupa tu salud linda, espero ya estés mejor <3
    Ahora si a Bella le salió el tiro por la culata, lo bueno es que al final los 2 sacaron algo bueno de todo esto que al principio pensé que sería un desastre, si que sabes como espantarnos mujer!!!
    No sé, siento que ya no le queda mucho a la historia y me encanta que poco a poco se vaya desenredando todo, ya quiero ver que es lo que va a hacer Edward con lo de Lizzy.
    Muchassss gracias por el capitulo Li, todas sabemos que haz tenido unos meses complicados y por ello de verdad aprecio que a pesar de todo no nos hayas olvidado y a pasos de bebé pero aquí estas al pie del cañón con GP y no sabes como te lo agradezco, La verdad es que ya me he alejado un poquito del fandom y tu eres una de las pocas autoras que actualmente sigo, así que te imaginaras la felicidad q sentí. En fin, muchassssssssss gracias a mi querida Jo por estar siempre q puede dándonos datos de como te encuentras y soltándonos en el grupo uno que otro adelanto, eso siempre hace la espera más dulce.
    Sin más les mando un beso y nos seguimos leyendo!

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  2. AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! después de muchoooooo tiempo de verdad me alegra hasta lo imposible que ya estés mejor y que no te olvides de nosotras definitivamente la espera valió la pena.
    El cap excelente como siempre pero como toda ávida lectora siempre quiero mas.
    Gracias por no romper tu promesa de no abandonarnos, saluditos y bendiciones. Pili

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  3. Antes que nada, expresarte mi alegría al saber que estás mejor.
    Un capítulo genial,que sabe a poco,siempre nos dejas con ganas de más.
    Al fin Bella ha superado una barrera, que la coartaba en sus relaciones con "Su Señor"Todo gracias a Edward,que no ha cejado en su cometido y ha sabido llevarla a su terreno haciendo, que ella se libere de ese trauma.
    Un saludo y gracias por tan maravillosa historia.

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  4. Es un gusto saber de ti, no es que no me emocione el capítulo, pero me emociona más ver que éstas mejor al grado de regalarnos tus letras, sigue así mejorándose cada día más
    Espero pronto volver a recibir al señor...
    Sobre él capitulo.......
    No busques lo que no éstas dispuesto a afrontar...

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  5. Es un gusto saber de ti, no es que no me emocione el capítulo, pero me emociona más ver que éstas mejor al grado de regalarnos tus letras, sigue así mejorándose cada día más
    Espero pronto volver a recibir al señor...
    Sobre él capitulo.......
    No busques lo que no éstas dispuesto a afrontar...

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  6. Espera.............................. ves estoy aplaudiendo, saltando, no me lo puedo creer, capitulo............
    tengo que estar tranquila y sola en casa para leer, ya comentare, solo decir, GRACIASSSSSS.
    Saludos.

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  7. Me.conoces como dhagus en ff sólo quiero decirte q me encanto este capítulo, como la llevo mi señor para q dejará atrás el pasado y seguir adelante, el amor q le mostró hizo q bajará las barreras, muy lindo, x otro lado me da gusto saber q ya te encuentras mejor

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  8. Sabes que me encanta mi Señor, y más aún tu mente brillante. Del capítulo... el Señor está de regreso en gloria y majestad. Bellita...Bellita, sin querer queriendo se liberó de semejante trauma y ahora... ¡¡lo que se viene!!
    A Monik, sabes que adoro a esta mujer, es una gran amiga y siempre que pueda, las mantendré al tato de ella, su salud y alguna que otra cosita ;)
    Bss.

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  9. IMPRESIONANTE, FABULOSO.
    Comencé la historia totalmente tensa, no lo podía creer, no entendía a este Señor,¿ De que iba?, pero al comprender todo el tema del castigo me fui relajando y claro dándole la razón.
    Han dado un gran paso los dos, tenían que ir rompiendo barreras, pero me quedan dudas sobre la muerte de su hermana, es un capitulo que no se puede cerrar asi como asi, fue un asesinato, No??, yo lo creo.
    Y las ""Amigas"", con sus problemas.
    ¡¡¡En Fin !!! no quiero que se acabe y le buscare muchas dudas (ja,ja,)
    Bienvenida, y te esperamos muy pronto.
    Besos ,Saludos;Achuchones.. Todo para ti y para tus ayudantes.
    Carlota.

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  10. Gracias, mil gracias por este comienzo de fin de semana espectacular leyendo de nuevo tu historia que me encanta, me encanta saber de ti y que vas a continuar.

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  11. holaaaaaa!!!! quiero agradecer infinitamente que hayas actualizado, creo ke pasó casi un año o algo así,, bastante tiempo sin embargo , la espera valió la pena, pues como siempre, nos volviste a entregar un capitulo hermoso y sobretodo muy importante para la historia, sé que han tenido bastantes problemas de salud , pero me imagino lo contentas que han de estar al ver que a pesar del tiempo transcurrido la respuesta de las lectoras ha sido maravillosa. Y qué puedo decir del capitulo??? simplemente genial, me alegra tanto que bella haya podido vencer esa barrera que no le permitía ser feliz, y mas me encantó que edward no se dió por vencido, definitivamente este par ya merece ser feliz!! infinitamente gracias y me alegra demasiado haber podido leerte nuevamente, y espero de corazón que el proximo capitulo no tarde demasiado, aclaro , ésto lo digo sin mala intención, pues entiendo perfectamente que la salud es primero, cuidate y muuuchas gracias por el capitulo!!!

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  12. Li!! Muchas gracias por volver. No he leído el cap.. primero quería agradecerte por seguir con el fic. Saludos! Q estés súper bien.
    Vianey

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  13. Hola, me encantó el capitulo nuevo y quiero agradecerte por no abandonar la historia porque es de lo mejor que he leído en le fandom, también quiero hacerte una pregunta, intenté meterme al fic el límite del caos que tienes en el blog porque he visto que ya no esta en fanfiction y he escuchado muchas cosas buenas sobre el pero me dice que el acceso al fic es solo con invitación, así que me podrías ayudar a enviar la solicitud al blog o la autora, de antemano gracias y saludos.

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  14. qué sorpresa la actualización!.Gracias por el capitulo.Espero que estés mejor
    Saludos

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  15. Me encantooooooooooooooo!!!!.... Espero con ansias el próximo capi y espero que sea pronto....

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  16. POR FIN APARECISTEEEEEEE !!!!!.

    Sobre todo y principal,, ¿ estas bien ? ¿ como te encuentras ? me gustaria saberlo para quedar tranquila.
    y ahora..... voy a leerte, y ya te digo, que la alegria me pudo al - " verte " - y no me pude resistir a decirte HOLAAAAA, BIEN VENIDA DE NUEVO. :) :) .

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  17. Hola me alegra mucho que estés con nosotras de nuevo el capitulo fue increíble espero que te encuentres bien y muuuuchas gracias por no olvidarnos un abrazo patricia1204

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  18. Hola Li, lo he leído un par de veces, y me sigue gustando como siempre, ojalá no pase tanto tiempo para el nuevo capítulo, gracias y no abandones esta historia...

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  19. Hola,, solo pasaba por aqui ( ya sabes obsesionada con la historia), espero que estes bien.
    No nos olvides. Besazos.

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  20. Hola quiero desearte una feliz navidad para ti y toda tu familia que el niño Dios te traiga mucho amor y felicidad y gracias por compartir con nosotros una parte de ti con tus historias un abrazo patricia1204

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  21. Hola Li que en el nuevo año logres realizar todos tus sueños, que este año nuevo sea lleno de prosperidad amor y felicidad Feliz año nuevo un abrazo patricia1204

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  22. Que tal????
    Aqui las pesadas de turno, esperando, suspirando y deseando más capitulos.
    Porfa!!!!!! tenemos mono de lectura.
    Saludos

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  23. Esperando ya casi un año y nada de un nuevo capítulo, esperó estés bien de salud, y le des un buen final. Ha pasado mucho tiempo. No la dejes inconclusa, gracias!!!

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  24. Esperamos por ti y por actualización!! ;)
    Gran historia, realmente amo leerla y creo que he perdido la cuenta de las veces que la he releído ajjaja
    Deseo que estés bien! Te esperamos! Besitos =)

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  25. Hola siempre checo y no has actualizado digo esperando es una historia que me encanta y me inspira Ojalá estés bien

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  26. Hola esta historia es hermosa espero que pronto nos regales un nuevo capitulo. Feliz día de la mujer un abrazo patricia1204

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  27. Hola precios, solo quiero que sepas que aún seguimos aquí y te esperamos !!! Soy Patty de Asunción - Paraguay.

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  28. Hola, ya pasó un año y no tenemos noticias tuyas ni actualización. Ya nos dejaste colgadas? con esta increíble historia, es una pena...
    Saludos

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  29. Hola, yo no sé las demás, pero creo que ya nos dejaron inconclusa esta historia que estaba muy buena... Es una lástima muchos años invertidos y nos quedamos sin final...

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  30. Me encantaría que puedas concluirla! Vengo siguiendo tu historia, y quiero que tenga un final, que terminen casados, juntos y felices!!

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  31. Lo primero es saber que estas bien, y espero que todo te vaya bien
    Queria saber si esta historia seguira o se quedara sin terminar, ya se que somos egoistas por preguntar tanto, pero han sido tantos años, leyendo mes a mes , que ahora mismo no se que pensar.
    Si por casualidad has vendido la historia, "Enhorabuena", pero nos puedes comentar algo, para seguirla por otro lado o comprarla.

    Besos.

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  32. Me encanta que sigas actualizando esta hermosa historia. Es una de mis favoritas, me gusta mucho este Señor.

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