sábado, 26 de abril de 2014

CAPÍTULO 46


Salto de fe.

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Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Betas FFAD
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Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción.
Samuel Johnson.

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BELLA’S POV

Los días iban pasando despacio. Lentos. Estaba sumergida en un mar de atenciones y mimos que, a veces, hasta podía llegar a resultar un poco cansador el que no te permitieran mover ni un dedo. Iba mejorando, eso sí no podía negarlo y debía admitir que mucho tenían que ver los obsesivos deseos de mi padre, de Carmen, Esme, Carlisle, Jane y por supuesto de Edward, para que me recuperara lo más pronto posible.

La hinchazón y los hematomas en mi pómulo, junto con los que tenía por todo mi cuerpo, estaban desapareciendo. También las múltiples cortadas en mis brazos, mi cuello y mis pies, ya solo eras líneas rojas que pronto se borrarían. El esguince de mi pie ya no dolía y, prácticamente, podíamos decir que ya casi estaba totalmente recuperada.

Los doctores me dieron de alta pero me recomendaron tomarme con mucha calma las cosas, volver gradualmente a mis actividades normales y a no pasar por alto mi accidente, ya que había sido algo de relativa importancia. Esto último me lo recitaban todos a cada momento pero en lugar de enojarme, tanta preocupación me llenaba de alegría por ver el cariño que todos me tenían.

Me gustaba sentirme rodeada de esa que ahora era mi familia. Con un hombre que me amaba y sus padres, los míos y como un bono extra, mi incondicional y queridísima amiga Jane. Era extraño estar en una casa llena de risas, música sonando en el estudio y recetas deliciosas preparándose en la cocina, con deliciosos aromas llenando la casa.

Abrazos, besos y mucho, mucho amor. No iba a ser nada difícil acostumbrarme a eso, al calor de un hogar y a no considerar a dos chicas de mi edad, intrépidas e ignorantes ante la vida, al igual que yo, como los dos únicos lazos familiares que conocía.

Una familia…

Tristemente, hasta ahí llegaría todo lo que pudiera significar esa palabra para mí. Eso, la convivencia, el compartir, el gozar o sufrir las alegrías o las penas de cada integrante de esa familia que podría decir mía, sería lo único que alimentaría mi alma. ¿Podría ser yo capaz de dar una alegría a esa familia alguna vez... ?

Tal vez me había curado ya físicamente pero por dentro, en el fondo de mi alma y de mi mente, la noticia de que no podría ser madre, de que no sería capaz de concebir una vida y albergarla dentro de mí, me iba pesando cada día un poco más. Al principio, cuando recibí la noticia, creí que podría manejarlo perfectamente porque en realidad, nunca le había tomado la importancia que merecía. Yo lo daba por sentado, ¿por qué no tendría que hacerlo?

A todo este raudal de nuevas emociones con las cuales luchaba a cada instante, se sumaba la rotunda decisión de Edward de no querer ser padre y sus razones. El sufrimiento de Esme, de Carlisle y del propio Edward debía ser muy grande como para negarse tal posibilidad, esa por la cual yo daría todo lo que en mis manos estuviera, por tener. Solo una posibilidad…

Continuamente trataba de alejar y desechar esos sentimientos de mi corazón, y cuando parecía estar lográndolo cada vez con mayor éxito, de un solo golpe volvían a mí todos esos deseos llenándome de dolor y de un profundo vacío que me envolvía y me sumía en la tristeza; una tristeza que también parecía reflejarse en Edward pero en él, esa tristeza tenía el color y el semblante de un vacío muy diferente al mío.

Por las mañanas, Edward esperaba a que llegara alguno de nuestros padres para hacerme compañía y se iba a trabajar a la empresa. Ellos siempre iban y venían juntos a excepción de las veces que Carlisle y papá iban el club para jugar cricket o visitaban los hoteles de la empresa y las obras aún en construcción. Esme y Carmen no perdonaban las vueltas al súper mercado o a algún centro comercial y yo les rogaba que me llevaran para distraerme un poco fuera de las paredes de casa. Accedían con la condición que usara una silla de ruedas para no forzar y cansar mi pie y yo aceptaba a regañadientes pero con tal de salir un rato a respirar otros aires, hacía lo que fuera.

Jane aparecía para cenar y en una ocasión la acompañó Michael, siempre tan correcto y educado. Hacían tan linda pareja, pero para mi pesar, era obvio que lo que los unía era solo una gran amistad. Y mi rutina diaria era así, cálida y hogareña hasta decir basta y yo disfrutaba al máximo cada instante de ella.

Cuando el día acababa nos despedíamos de todos y subíamos a nuestra habitación. Era el mejor momento del día. Nos acostábamos en la cama y nos acomodábamos; Edward me hacía caricias en el pelo y yo, recostada en él, jugaba con los vellos de su pecho mientras me contaba su día en la empresa. Todo parecía tranquilo y calmado pero tanta paz me daba ansiedad. Me preocupaba mucho Jacob Black pero Edward me aseguraba, cada vez que no resistía preguntarle, que sus abogados estaban tratando de hacer todo tipo de triquiñuelas por sacarlo bajo fianza pero sus cargos eran tantos, que cada vez que lo intentaban, su equipo arremetía con otro cargo en su contra. Eso hundía cada vez más a Jacob y hacía más segura su permanencia tras las rejas.

Con esas afirmaciones y las caricias de Edward, me quedaba profundamente dormida. Por fortuna no soñaba y era mejor así porque no hubiera podido soportarlo. Pensar en mi incapacidad para ser madre, luchar contra ese sentimiento durante todo el día y, además, tenerlo vivo y presente en imágenes por las noches junto a Jacob Black, me llevaría a la locura. Necesitaba ayuda. De ahí mi decisión de volver a mis terapias con el Dr. Bower. Tenía que aprender a aceptarlo y vivir con eso. Por lo menos ya reconocía que sola no podía hacerlo.

Todas las noches, me removía en la cama estirando el brazo para sentir a Edward pero solo encontraba la frialdad de las sábanas, y cuando abría los ojos, lo veía sentado en el sillón que colocaba frente a la ventana. Corría las cortinas y permanecía ahí, mirando la oscuridad de la noche, perdido en sus pensamientos. Parecía estar como en una especie de trance que lo absorbía y lo desconectaba de todo, pero cuando notaba algún movimiento mío, Edward salía de ese estado y automáticamente centraba toda su atención en mí.

Esa noche no fue la excepción. Suspiré y me removí ligeramente. Moví mi cabeza enterrándola en su almohada y respiré su olor; extendí el brazo para tocarlo pero él no estaba a mi lado. Abrí los ojos y parpadeé repetidas veces para enfocar bien la silueta de Edward. Él estaba sentado en el mismo sillón que como rutina acercaba cada noche a la ventana; en la misma posición, con las cortinas corridas y con la mirada perdida en esa negrura en la que parecía querer sumergirse.

A pesar de apenas poder distinguirlo bien por la luz tan baja que apenas alumbraba la habitación, lo veía extraño. Concentrado en mirar hacia la nada. Su bello rostro sufría y lo reflejaba. Estaba desencajado, casi triste y mi primer impulso fue querer consolarlo. De inmediato notó que estaba despierta y en unos segundos lo tuve acomodándose de nuevo junto a mí.

—¿Estás bien, Bella?

—Sí, muy bien —le respondí, rozando mi mejilla en su pecho para quedarme dormida de nuevo.

Esa constante vigilia nocturna frente a la ventana me preocupaba demasiado. Nos habíamos prometido ser sinceros y yo le preguntaría qué era lo que le sucedía. Solo tenía que buscar las palabras y el momento adecuado para que Edward no se cerrara en sí mismo y me lo contara.
Una mañana, estaba en la cocina sentada en la mesa mientras Carmen preparaba su famoso Chili con carne. El rico olor inundaba casi toda la casa y yo deseaba que ya estuviera listo para poder servirme un gran plato.

—Ya veo porqué papá ha ganado algo de peso, además siempre está sonriendo, ¿qué le das?

—Bella, a un hombre se le conquista por el estómago, ¿no lo sabías? —me preguntó socarronamente.

—Es verdad. Edward ama los platillos agridulces y condimentados también; yo intento preparárselos según las recetas que Harriet me dejó. Creo que no lo hago tan mal —dije sonriendo un poco.

Carmen me miró y de pronto lo soltó.

—¿Está todo bien, Bella?, ¿ocurre algo?

Apenas escuché sus preguntas, suspiré profundamente y bajé la mirada a mi regazo. Escuchar sus palabras fue como girar esa llave de sentimientos atorados en mi pecho y que pugnaban por salir. Tal vez era hora de hacerle honor a la completa confianza que me inspiraba.

—Carmen yo… —articulé dudosa, no sabía por donde comenzar. Ella se sentó junto a mí y tomó mis manos.

—Tranquila. Solo deshazte de lo que te mortifica, sabes que cuentas conmigo, hija —y me abrazó. 

Y eso quería. Deshacerme de todo el bagaje que traía a cuestas y que de una u otra forma no me dejaba seguir con mi vida, pero era como si estuviera sumergida en el mar, luchando por salir y algo me sujetara fuertemente de los tobillos y me impidiera subir a la seguridad de la superficie para respirar.

—Yo… yo he pasado por algunos problemas… serios —conseguí decir entre respiros—. En el instituto conocí a un chico que me hizo mucho daño. Creí estar enamorada de él pero muy pronto esa burbuja de enamoramiento adolescente se rompió y me dejó ver al verdadero Jacob.

—Él… —respiré profundamente—, él abusó de mí mientras sus compañeros me sujetaban…

Mi voz apenas era un susurro que acarreaba todo el dolor que aún me provocaba ese recuerdo, esa traición, mientras Carmen, con los ojos cerrados y el rostro en una mueca descompuesta, me envolvía entre sus brazos apretando mi cuerpo y transmitiéndome todo su apoyo, su fuerza y la seguridad que necesitaba para seguir hablando.

—Fue tal el daño que me causó que… —tragué el nudo que rápidamente apareció en mi garganta—, que Alice y Rosalie tuvieron que llevarme a un médico para que me atendiera. Él hizo lo que pudo en esa única visita; él esperaba que alguien mayor fuera después acompañándome pero eso nunca sucedió. Yo estaba muerta de miedo y no pensé que más adelante eso me ocasionara problemas más serios. ¡Yo era apenas una niña!, ¿cómo me lo podía imaginar? Lo único que quería era borrar ese recuerdo y seguir con mi vida como si ese momento nunca hubiera existido, como si él nunca me hubiera tocado pero era imposible. Fue tan… tan horrible, Carmen…

Me derrumbé en su regazo y me permití llorar como no lo hice en aquel instante. En ese entonces me reprimí tanto como pude porque necesitaba ponerme esa coraza de entereza para poder seguir adelante.

—Solo agradezco a Dios el haberme desmayado porque si con lo único que recuerdo no puedo vivir tranquila, si hubiera estado lúcida durante todo el tiempo que él abusaba de mí, no sé qué sería de mí ahora.

Durante un buen rato, Carmen me dejó sollozar mientras me acariciaba con ternura. Me sentí impregnada de cariño, a salvo.

—Cuánto has sufrido, mi pequeña, y tan sola… —me susurró con la voz quebrada que trató de reponer al instante—. Por eso me pediste llevarle esos análisis a la Dra. Conrad. Ahora entiendo todo aún mejor; tu sigilo, tu miedo, el enojo de Edward.

Asentí.

—No podía confiar en nadie más que en ti— intenté esbozar una sonrisa.

—Y sabes que puedes hacerlo siempre. Estaré aquí cada vez que me necesites, aunque supongo que ahora que te has decidido a compartir esto con Edward es porque confías plenamente en él y estarán más unidos que nunca.

—Él fue quien se dio a la tarea de investigarme y descubrió casi todo lo que me había ocurrido. Él mismo fue quien me dijo que… que cabía la posibilidad de que yo… no pudiera ser madre —estallé liberando más dolor.

—Pero algo se podrá hacer, hija. Ahora hay tantos avances médicos, tantos tratamientos… solo hay que tratar, yo estaré a tu lado y Edward también —intentaba consolarme a pesar de su propia angustia.

—¡No!

Dije tajante.

—No quiero intentar nada. No quiero volverme una mujer obsesionada por ser madre. No quiero que mi vida se rija en base a eso —sorbí mi nariz—. Edward está de acuerdo con mi decisión.

—Entonces más a su favor. Él te quiere como eres. Te acepta y está a tu lado apoyándote en todo.

—Sí —admití débilmente—. Con él me siento tan cuidada y protegida… me siento segura y eso es algo que me hubiera gustado sentir en mis años de adolescente. Me costó mucho confesárselo. Por su carácter, ¿sabes? Edward es muy celoso y dominante, por decirlo de alguna forma. Para él es vital tenerme bajo la mira, saber dónde estoy y qué hago a cada instante. Por él he dejado atrás muchas cosas, Carmen. Dejé mi trabajo, mi actitud ha cambiado por él, mis deseos de demostrar que soy capaz de valerme por mi misma y tener éxito. Prefiere que guarde mis sueños en un cajón porque quiere ser él mismo quien los adivine y me los cumpla. No quiere que piense, ni que me preocupe por nada porque en su naturaleza está ser él quien satisfaga todas mis necesidades; proveer de todo para mi bienestar y mi seguridad. Y está siendo muy duro acostumbrarme a todos estos cambios.

Me senté derecha, abandonando su tibio regazo y me limpié las mejillas húmedas.

—Hemos discutido mucho por eso. Él solo actúa por naturaleza, por instinto. Siento que Edward no es capaz de valorar todo lo que he hecho por él. Que para él no es tan importante el que yo haya renunciado a todo para darle gusto y yo… me siento tan poca cosa a su lado, tan distante de lo que él espera de mí, de lo que él necesita, que si aún habiendo renunciado a todo lo que más me motiva en la vida él no parece feliz, ¿qué tengo que hacer para satisfacerlo?, ¿hasta dónde tengo que llegar para sentir que me estoy acercando a él?

 »Y como si eso no fuera poco —continué con voz quebrada—, Edward me pide y casi me exige que le tenga una confianza que él dista mucho de darme. Él ha sabido derribar mis barreras poco a poco, consiguiendo que yo me abra y me muestre ante él con todo lo bueno y lo malo dentro de mí. ¡Yo sí lo hice!, ¡yo sí me entregué por completo cuando él urdía una realidad que hasta el día de hoy no me ha revelado enteramente!

 »Eso me duele, Carmen, me duele mucho porque entonces…si no confía en mí, ¿qué hago a su lado?, ¿para qué me quiere junto a él?, ¿para contarme su verdad a cuentagotas?, ¿para cuando él tenga la necesidad de ser sincero y dadivoso y regalarme un poco del Edward que quiero conocer? —sollocé angustiada. 

»Sin embargo lo he pensado mucho y la única verdad que hay en todo esto es que lo amo. Lo amo con cada fibra de mi ser, aunque me duela su actitud, su mutismo, su todo. Yo lo amo y no puedo ni quiero alejarme de él. No puedo simplemente irme y dejarlo así porque, si hay una sola razón para su proceder, sé que esta tiene que valer mucho la pena y yo sería una cobarde si huyera llevándome todo este amor conmigo, yéndome sin luchar por lo que quiero, por Edward, porque sea mío por completo, porque me pertenezca totalmente y para lograrlo yo estoy dispuesta a todo, Carmen, a todo…

Me quebré; llevando mis manos a mi rostro jadeé agotada por el peso de mi confesión. Carmen me acurrucó de nuevo en su regazo. Con mucha calma y ternura peinaba mi pelo con sus dedos, acariciaba mi rostro y mi espalda. Me consolaba como si de nuevo fuera aquella quinceañera falta de cariño pero que ya no estaba sola, ahora tenía a alguien, ahora la tenía a ella.

Ya solamente hipaba después de haberme pasado un buen rato llorando a mares. Mi cuerpo estaba envuelto por un delicioso calor; mis mejillas estaban tirantes por las lágrimas ya secas y mi respiración marcaba un ritmo tranquilo, en paz. Carmen esperó pacientemente a que yo terminara de hablar y cuando estuvo segura de que ya no tenía nada más que decir por el momento, dio un fuerte suspiro y con mucha calma y suavidad me dijo...

—Me queda muy claro por todo lo que has pasado, lo que has sufrido y todo aquello por lo que cada día continúas luchando. Entiendo perfectamente todo lo que has sacrificado en busca del amor de Edward, lo entiendo, créeme que lo hago pero, Bella… ¿acaso tú no ves todo lo que él ha hecho por ti? Edward también ha hecho muchos cambios. Cambios que me gustaría que vieras.

La miré extrañada no comprendiendo su posición.

—Primero que nada, Edward dejó su vida de soltero y mujeriego adaptándose a ser el novio perfecto, ese hombre ideal con el que todas las mujeres sueñan, ya sea para ellas o para sus hijas ¿Qué madre no quisiera un hombre como él para su adorada princesa? Es responsable, ambicioso, de buena familia, rico y como si eso fuera poco, es tan guapo que deja sin aliento a toda mujer a su paso.

»Yo estoy muy feliz de que él esté a tu lado porque no solo ha demostrado que te quiere sino que se preocupa en exceso por ti. Eso es lo que hace un hombre enamorado, Bella. Y si dices que existe algo que le impide abrirse a ti como tú quieres, ¿porqué no haces lo mismo que él ha estado haciendo contigo?

»¿No dices que pasaste por un mal trago en el internado? Se lo has contado y él está aquí, a tu lado, apoyándote, confortándote. Y ahora con este… accidente tuyo, Edward ha estado al borde del colapso. Tú no sabes lo preocupado que ha estado, se ha ocupado de ti, de nosotros, de que todos estemos bien pero principalmente de ti, porque tú eres lo más importante para él. Ha estado en un duermevela que lo está enfermando.

»Si quieres un consejo, ayúdale, Bella. Permítele sacar todo lo que dices que se está guardando solo para él y déjalo ser un hombre normal para ti. Déjalo ser un simple mortal que se puede quitar el traje de hombre fuerte y poderoso, ese que no puede dejar de ser para procurar tu bienestar en todo momento; déjalo descansar, déjalo ser un hombre común que sufre, que siente pero sobre todo… que ama, Bella, que te ama.

»Además, algo que me no me cuadra, es que dices que por más cosas que hagas o dejes de hacer, sientes que no eres suficiente para él, que no estás a su altura pero dime, ¿quién te ha dicho que no eres justo lo que él quiere y necesita?

»¿Él, Bella? —me preguntó algo consternada—. Antes que nada, piensa muy bien en todo lo que te he dicho y deja de buscarle peros a tu relación. Mejor intenta ser merecedora de esa confianza que tanto le exiges y le reclamas y ayúdalo porque, creo que lo necesita. Te necesita, Isabella.

Las palabras de Carmen fueron como una revelación. Nunca lo había visto desde ese punto y tal vez solo me estaba concentrando en mis propios temores y dolores, no compartiendo, sino solo sacándolos y esperando el consuelo que quería sentir de su parte. ¿Y él? ¿Acaso no sufría?, ¿qué sabía yo de Edward?, ¿sabía yo de su infancia?, ¿de sus temores?, ¿de sus sueños?

Quizás él nunca había hablado conmigo de eso porque yo no le brindaba esa confianza que, como decía Carmen, yo tanto le exigía...

***

Esa noche no fue diferente a las muchas más que le siguieron. Edward seguía sumiéndose en esa profunda tristeza que lo desconectaba de todo, hasta de mí; en esa tristeza que lo hacía levantar ese infranqueable muro para mantenerse a salvo, para ocultar sus miedos, sus deseos, su vergüenza tal vez. Le entregaba muchas horas de su sueño a ese estado de anestesia directa al alma y volvía a mí y yo lo esperaba para refugiarme entre sus brazos, envolviéndome en su esencia, en su calor, en mi Edward.

Su estado físico me preocupaba. Siempre parecía agotado, las sombras oscuras bajo los ojos eran cada vez más notorias y su falta de apetito, delataban las dos semanas con esa misma rutina nocturna. Pero eso no era todo lo que me inquietaba… Mi dominante se estaba diluyendo con cada noche que pasaba frente a esa ventana. Esa maldita ventana que lo estaba alejando de mí.

Su carácter se estaba suavizando y yo no podía lidiar con eso ni quería hacerlo. Antes, mi única opción era mirarlo a los ojos para obtener un sí o un no. Ahora esa opción era mía. Podía elegir y no estaba muy segura de que tener esa responsabilidad me gustara. Él era mi hombre, mi Edward, mi Señor, ése que tomaba por mí las decisiones y sabía siempre qué era lo mejor para mí me gustara o no.

Me rehusaba a dejarlo ir. Lo quería de vuelta porque lo necesitaba conmigo para que me ayudara a sobrellevar el dolor que me causaba el vacío en mi interior, ese vacío que nunca llenaría, que nunca podría…

Pero, ¿cómo hacerlo volver?, ¿cómo traer de nuevo a mi dominante?, ¿cómo?

La desesperada sumisa que habitaba en mí, buscaba soluciones y su angustia no era para menos, su amo la estaba dejando ir y eso, no podía permitirlo. Así que más rauda que veloz, al día siguiente me di a la tarea de preparar toda una noche de pasión extrema. Tenía todo muy bien planeado. Primero iría de compras, luego prepararía todo para entregarme a él y después, envuelto en el frenesí de la lujuria y de la pasión, mi dominante volvería a mí.

Estaba tan emocionada esa mañana que no tardé nada en vestirme y salir directamente a un par de tiendas de las que había escuchado.

—¡No me jodas!

—¿Qué?

—Yo usaría este corsé para hacer ejercicio, ¿te imaginas cuanto sudaría?

—Nunca he usado uno como estos, Jane, pero se ve muy sexy, ¿no crees?

—Pues si, además para el tiempo que vas a tener puesta esta cosa de látex no vas a sudar nada. Edward te la va a arrancar hasta con los dientes.

—Eso espero porque… lo extraño tanto, Jane, que la desesperación por tenerlo de vuelta me está matando. 

—No te preocupes que con esta cosa no vas a fallar en tu tarea y eso significa que no te veré en un par de días —río—. Te van a dejar ex… ta… sia… da.

—¿Me lo llevo en negro o en rojo?

—¿Acaso eres tonta o qué Swan? Con la puta fijación que tiene Edward por el color rojo, ¿todavía te atreves a preguntar?

—¿Ya ves? ¡Te digo que estoy nerviosa!

—Cálmate y llévate también estas braguitas que se ven muy coquetas, mira…

—Pero que lindas están —tomé varias.

—Y si las combinas con estos brass que dejan los pezones al aire estoy segura que lo vas a volver loquito, loquito.

—Quien te viera, Jane, mira que resultaste toda una bdsm—fashion—stylist, ¡me encantan! —me reí.

—Pero que conste que no garantizo tu seguridad al usar estos modelitos, ¿eh? Estoy segura que cuando te vea, babeará por ti como perro hambriento y se lanzará sobre tu cuerpecito reclamándolo —suspiró—. Que romántico…

—Gracias, Jane —dije sincera.

—¡Chitón! —me calló—. Nada de sentimentalismos que este es un buen momento de chicas malas y lo estoy disfrutando. Lo único malo es que yo no tengo para quién modelar si me compro algo; tengo fe en que pronto aparecerá alguien pero mientras llega, practico. No quiero que me agarre desprevenida mi dominante hermoso. Oye, ¿Edward no tendrá un amiguito para mí?

—Pues… —sonreí.

—Mira que tiene que ser dominante, ¿eh?

—Tú no tienes ni dos centímetros de sumisa, Jane.

—Pero puedo aprender, ¿no? Tú lo hiciste, no veo porqué yo no podría —refunfuñó y después de pagar me arrastró fuera de ahí.

Mi lista poco a poco se fue completando y entre risas y locuras de Jane, la mañana se nos fue en un abrir y cerrar de ojos. Cuando creí que habíamos terminado con las compras nos dirigimos hacia Mayfair, donde mi amiga hizo una parada más.

—Christian Louboutin. Es todo lo que necesitas, Isabella.

Y así, después de hacer ambas un buen uso del crédito de nuestras tarjetas, fuimos a consentirnos al Spa del Edwardian, donde ya nos esperaban con una deliciosa comida y varios tratamientos para dejarnos hermosas y relajadas.

Llegué a casa y la noche se presentaba con la misma rutina. Cenamos algo que llevé del hotel, acompañé a Edward al estudio mientras revisaba unos papeles y subimos a nuestra habitación. No comprendía porqué, Edward al entrar al dormitorio, bajaba su swich interno y se desconectaba de todo, esperando verme dormir para emprender su vigilia nocturna. Un nudo se formó en mi garganta y tragué en seco al darme cuenta que ya no estaba significando nada para él… pero, no. No podía ser negativa ni egoísta. Edward tenía un problema y yo debía estar ahí para él. Debía ayudarlo, apoyarlo. Merecer su confianza; tenía que demostrarle que yo era capaz de ser esa persona digna de él y de sus secretos.

—¿Qué pasa?, ¿estás bien?

Me giré con el cepillo de dientes en la boca, sin hacer ni un movimiento y mucho menos decir lo mucho que quería gritarle pero me contuve.

Control, Bella, control.

—¿No pasaste un buen día con Jane? —seguí mirándolo.

Saqué el cepillo de mi boca y me enjuagué. Edward se puso detrás de mi, con sus manos en mi cintura.

—Fue un muy buen día —respondí girándome y dándole un ligero beso en los labios—. Fuimos de compras y al hotel para que nos consintieran un rato.

—Mmm, suena bien.

—¿No lo sabías, amo del control? —me pegué a su pecho, insinuante.

—No. Me cuesta un poco pero admito que estoy haciendo un esfuerzo para darte tu espacio y estar tranquilo.

—Pero sabes que yo no haría nada que…

—Lo sé, Bella, lo sé. Mi subconsciente me juega sucio pero quiero que sepas que confío en ti.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Tanto como para decirme porqué te quedas sentado frente a esa ventana cada noche?

De forma automática, esa barrera invisible, ese impenetrable muro se levantó entre nosotros alejándonos de nuevo. Lo abracé atrayéndolo hacia mí, no podía permitir que sintiera que no me importaba nada, al contrario, necesitaba que sintiera mi calor, mi amor, que sintiera mi presencia porque yo estaría a su lado siempre sin importar qué.

—Está bien, mi amor, no pasa nada.

Con lo ocurrido, mis deseos de sorprenderlo aumentaron. Estaba decidida a tratar por todos los medios de hacerle sentir que yo era su refugio, que era su incondicional para siempre. Poco después de la media noche, su lado de la cama estaba frío. Él tenía la mirada perdida en la negrura, abstraído por completo. Con mucho sigilo salí de la cama y caminé despacito fuera de la habitación. Edward ni lo notó. Bajé las escaleras y me dirigí a la cocina. Puse agua en la tetera y saqué las  bolsitas del té que prepararía. Lo endulcé con miel y llené una gran taza para él.

Subí las escaleras con el mismo cuidado de no hacer mucho ruido. Entré de nuevo a la habitación y Edward seguía hipnotizado por la oscuridad de la noche. Me acerqué despacio y susurré su nombre. Giró la cabeza, me miró sin comprender mucho qué hacía y me senté en su regazo con la taza en mis manos.

—Te he preparado una taza de té —acerqué la taza a sus labios y con cuidado para no quemarse, lo probó sin dejar de mirarme.

No dije nada más y él tampoco lo hizo. Solo tomó el té que le ofrecía y acariciaba mi vientre mientras recostaba mi cabeza en su hombro y disfrutaba del momento. Se acabó el líquido y muy a mi pesar, me levanté de su regazo. Le coloqué una frazada en las piernas, le di un beso y volví a la cama. 

Edward parecía confundido por mi reacción. Tal vez no se esperaba que en lugar de reclamar su presencia en la cama, entendiera su necesidad de ese momento consigo mismo. Algo que me pareció un esbozo de sonrisa se dibujo en sus labios y las esperanzas cobraron más fuerza dentro de mí.

Los días pasaban y yo cada día me sentía más optimista respecto a Edward. Yo sabía que hacía un gran esfuerzo por darme mi espacio aunque, en lo correspondiente al enorme séquito que me hacía llevar a todas partes, no cejaba. Tal vez ya era más la costumbre del control que otra cosa pero no pensaba recriminarle nada, además, ya me había acostumbrado a ellos y si Edward así estaba contento, pues que así fuera.

A menudo salíamos a comer o a cenar con nuestros padres y con Jane, a la que ya la habíamos anexado a la familia. Ella, por supuesto, estaba feliz de tener a alguien y así no sentirse tan sola. También nos habíamos dado a la tarea de ayudar a Carmen con la remodelación de mi antiguo apartamento, ya que ella y papá habían decidido visitarnos más seguido y ya no querían seguir dándole molestias a Edward, quién por supuesto les dijo que, como al ser mis padres, podían disponer de todas las instalaciones a su entera satisfacción.

Por las noches… por las noches la situación no cambiaba, era la misma. Yo sabía que estábamos avanzando pero aun no podía arrancarlo de esa maldita ventana. Esa maldita ventana que parecía cada noche susurrarle que tenía que apostarse y rendirse frente a ella, pero yo sentía en lo más hondo de mi alma, que cada noche, Edward ya esperaba que me acercara a él con la tibia taza de té con miel para reconfortarlo, para hacerle sentir mi calor, mi amor, mi apoyo sin importar nada porque era verdad, yo estaría ahí, a su lado siempre.

Con esa misma seguridad con la que alegaba mi amor incondicional, pensaba en el mejor momento para reclamar la presencia de mi Señor. No podía pensar en seguir posponiéndolo. Yo lo necesitaba, lo extrañaba, era una parte muy importante de mí, para ser esa mujer en la que él me había convertido, esa mujer que se sentía llena y plena pero que sin él, no podría existir porque éramos…  

… Amo y sumisa… la simbiosis perfecta.

***

Una semana después me decidí.

Nuestra situación no avanzaba y yo ya no podía permitir que permaneciéramos estancados por más tiempo. Si lo hacía corríamos el riesgo de que la relación fuera poco a poco a pique y yo no iba a dejar que eso ocurriera. No después de todo lo que habíamos pasado juntos. Sería como darme por vencida y eso no lo haría jamás.

Me levanté muy temprano y preparé el desayuno de Edward. Lo acompañé, platicamos como cada mañana contándonos nuestros planes del día y lo despedí con un beso en la puerta. Me había convertido en poco tiempo en una típica “Stepford Wife”. Sonreí.

Sí, toda una esposa ideal de día pero que por las noches, lo único que deseaba era darle el mayor placer a su amado esposo. Solo existían dos pequeños inconvenientes que contradecían mis pensamientos... El primero, Edward no era mi esposo y el segundo… él no me había hecho el amor desde mi accidente. No me había tocado en ese sentido, no había hecho el intento de acercarse a mí ni con un solo roce siquiera y yo me moría por dentro, me consumía por no complementarme con Edward de esa forma. Lo necesitaba pero eso a él, no parecía afectarle.

Suspiré y traté por todos los medios de ignorar esa vocecita que me susurraba burlona mis dos inconvenientes y me dedicaba a preparar mi estrategia. Esta vez no le pedí consejos a Jane, quería hacerlo sola. Así que con todo lo que había comprado para mi propósito, me hallé sentada en medio del cuarto de juegos con el fin de arreglar todo para la gran noche y una vez que me pareció que todo estaba justo como deseaba, me fui a arreglar para él.

La espera se me hizo eterna pero un par de horas más tarde, lo escuché entrar a la casa. Su voz llamándome erizó mi piel como un susurro helado que me recorría toda. De prisa, me despojé de la única prenda de ropa que llevaba encima. No pude armarme de valor así que opté mejor por ir a lo seguro y no usar uno de los modelitos adquiridos para ese propósito. Adopté la posición que debía y esperé.

Oí como repetía mi nombre buscándome en nuestra habitación. Salió de ella y entró en la que al principio era mía. Cerró la puerta con fuerza; sus pasos y su voz se oyeron y se sintieron cada vez más firmes. El retumbar de cada puerta al ser azotada mientras gritaba mi nombre dejaba notar su creciente angustia. Bajó corriendo las escaleras y a gritos llamó desde la puerta…

—¿En dónde está Isabella?

—¿Señor?

—¡Carajo, Dean! ¿En dónde está?

—La señorita no ha salido en todo el día, señor.

Otro azote de puerta y subió corriendo. Sus pasos se hicieron más lentos al acercarse a la habitación lila que resguardaba el cuarto de juegos. Estaba ahí de pie, podía sentirlo pero no entraba. Estaba detenido en el umbral. El corazón me cabalgaba desbocado en el pecho, casi podía escucharse su latir. Todo mi cuerpo temblaba y sentía que saltaba con cada pulsación de mi corazón. Con una pasmosa lentitud la puerta fue abriéndose. Mi mirada clavada entre mis muslos, mis manos sobre éstos. Mi cabeza baja, mi posición sumisa y yo… esperándolo.

Lo sentí junto a mí. Era incapaz de levantar la mirada pero aún así podía ver como se inflamaba su pecho con cada respiración que daba. Podía adivinar su mirada, su ceño fruncido y sus manos a cada lado de sus muslos cerradas en fuertes puños.

Estaba nerviosa. De hecho, demasiado ante su silencio. Era como el seguro augurio del descontento que lo invadía. Mi plan había fallado y la decepción me empezaba a doler en cada centímetro del cuerpo. Mi futuro se veía sombrío, con la soledad como compañera de vida y eso me ahogaba.

—Sal de aquí.

Murmuró y mi respiración se detuvo. No me moví.

—Levántate y vístete.

Seguí sin moverme. Minutos que se me hicieron eternos pasaron y yo seguía ahí.

—Isabella…

Su voz no era amenazante pero no fue eso lo que me asustó sino sentirlo arrodillarse junto a mí y con delicadeza tratar de levantarme. Con firmeza me rehusé a mover.

—Aún no es tiempo, Isabella.

Un balde de agua fría cayó sobre mí. Negué muy despacio con la cabeza. Ya no podía esperar más. Lo necesitaba y si quería sanarme por completo, me hacía falta tenerlo a él.

—No creo que te hayas recuperado todavía, ven, vamos.

—Por favor —susurré.

—Bella… —mi nombre escapó de su garganta en un profundo suspiro.

—Se lo suplico, Señor

Un denso silencio se anidó entre nosotros, prolongándose demasiado.

—No insistas.

—Se lo ruego —murmuré mientras me inclinaba tocando el piso con la frente y las manos extendidas en una total y absoluta posición de sumisión….

—Te quiero desnuda y acostada sobre la mesa para cuando vuelva.

***

EDWARD’S POV

Tragué.

Dolió. 

Mi garganta estaba seca y la razón había huido de mí.

Respiraba con dificultad.

No era tiempo aún. No estaba listo.

¿No sería acaso un pretexto cobarde de mi parte?

Mandé al diablo todas mis dudas. La necesitaba y solo rogaba que mis instintos primarios no me impidieran amarla con la justa medida. Yo amaba a esa mujer que me esperaba impaciente y obediente. Amaba a la mujer que me comprendía y que me había demostrado infinidad de veces que se jugaba el todo por el todo solo por mí.

Suspiré. Miré a mi alrededor. No fue necesario buscar mucho. El pantalón de seda negro estaba doblado sobre una silla de la habitación. Despacio me acerqué a tomarlo. Me despojé de toda mi topa y me lo puse. Me miré al espejo y esa mirada estaba de vuelta. La mirada del deseo. El deseo carnal y urgido que comenzaba a colmar mis sentidos. Esos sentidos que estaban rindiéndose sedados por la seducción dispuesta para mí.

Mi olfato estaba siendo confundido por ese olor tan atrayente de las fresas y los cítricos mezclado con un toque mágico  y oriental. Respiraba hondo, tratando de absorberla con cada intromisión del aire a mis pulmones. Exquisito. Era un aroma tan enigmático me estaba haciendo salivar; me hacía desear probar su piel, morderla para gozar del delicioso y sublime sabor con el que estaba envuelta. Quería rozar mis labios por su espalda, lamer cada centímetro de ella, beberla entera mientras mis ojos eran seducidos por el titilar de decenas de velas que despedían el mismo olor que me obnubilaba. Estaba hechizado ante tanta belleza que me conmovía. Verla ahí, tendida a mis pies, con su piel reluciente y brillante en una completa entrega era más de lo que podía manejar pero ella confiaba en mí… y se entregaba con una fe ciega.

Ansiaba tocarla. Adivinar cada parte de su cuerpo con los ojos cerrados. Seducirla con mis manos para que me regalara gemidos y jadeos de gozo puro. Gritos de éxtasis al sentirme dentro de ella, sí, eso quería. Lo quería más que a nada. Isabella había embriagado todos mis sentidos. Me había hipnotizado con esa muestra de su deseo y ahora, yo estaba rendido a ella.

Salí de la habitación sin poder aún controlar mi respiración. Caminé decidido al cuarto de juegos y al entrar, el estremecimiento de mi cuerpo, el latido de mis ingles y el tortuoso despertar de mi miembro  casi me hacen desfallecer de placer al verla sobre la mesa esperando ser atada. Con los ojos vendados con el pañuelo de seda negro y atenta a cualquier orden…


—Abre las piernas, Isabella… voy a probarte.*


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Gracias...

Es todo lo que puedo decir después de estos 5 meses de sentir todo su cariño. sus palabras de ánimo pero sobre todo, su paciencia infinita. Espero poder retribuir aunque sea un poquito.

Gracias Jo... Gracias Lethy...

Y esto, como siempre he dicho, no se acaba hasta que se acaba...


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