miércoles, 23 de octubre de 2013

CAPÍTULO 44




CAPÍTULO 44 

Un bache más en el camino.

***

            Solo hay un remedio para las culpas, reconocerlas.
           Franz Grillparzer.


***

Capítulo beteado por Jo Beta FFAD

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               ***


EDWARD’s POV

—Y se puede saber ¿a quién debo agradecer? ¿La conozco? —me preguntó con un hilo de voz.

—Claro que la conoces, cielo. ¡Es Vera!


*****

Con cada confesión que le hacía me sentía más liviano, aunque no con cada una de ellas mi alivio era permanente —parecía que esta era una de ellas y estaba en lo correcto—; porque la respuesta de Bella a esta última no fue la que yo esperaba. Su cabeza comenzó a moverse, negando apenas imperceptiblemente; su rostro se contrajo en una mueca dolorida y sus labios empezaron a temblar.

—¿Qué pasa, Bella? —pregunté preocupándome, conforme pasaban los segundos. Ella se apartó de mí, se puso de pie y se alejó unos pasos.

Me levanté de la tumbona e intenté acercarme a ella pero a cada paso que yo daba, ella igual se alejaba. Su cabeza no dejaba de negar mientras sus ojos me miraban con tristeza y se anegaban; las lágrimas escurrían libres por sus mejillas.

—Por favor, Isabella, dime ¿qué te sucede? —Imploré nervioso y confundido—. ¿Te sientes mal?

Avancé atrapándola entre mis brazos pero se removía furiosa intentando soltarse y yo, además de preocuparme, comenzaba a enfurecerme por esa actitud.

—¡Basta, Isabella! —ordené.

—¡Suéltame!

—No voy a hacerlo hasta que me digas qué te pasa. —Apreté más mis brazos.

—No quiero que me toques —dijo, calmándose un poco—. Por favor, suéltame.

Y lo hice. Muy despacio fui aflojando la presión de mis brazos a su alrededor, sin dejar de mirarla ni un segundo. Isabella esquivaba mi mirada y el enojo crecía en mí. Seguramente esa ridícula reacción era por Vera. Algo me lo decía pero, ¿no podía comprender que gracias a Vera esa sombra de dudas se había despejado de mis ojos?

—Bien —dije serio—, ahora quiero que me expliques este repentino cambio de humor.

Isabella me dio la espalda; se respiración se agitaba y a cada instante se secaba las lágrimas con enojo.

—Tienes que hablarme, Bella —mi voz fue más suave esta vez—. Yo lo estoy haciendo contigo y si tú no lo haces, no vamos a poder avanzar en esto.

Solo esas palabras bastaron para que estallara en llanto. Un llanto amargo que me tocó las fibras más sensibles por lo profundo que se sentía su dolor pero… ¿todo este drama por Vera?

—Isabella, necesito escucharte.

Le pedí una vez más, tratando de ocultar mi exasperación pero me ignoró y fue suficiente para mí…

—Has agotado mi paciencia, por mí puedes hacer lo que quieras —exclamé harto, dejándola sola en la terraza.

Fastidiado y de mala gana, subí a la habitación y tomé algunas de mis cosas; ya había tenido bastante por ese día. No quería estar con ella en esos momentos, no podría soportarlo y acabaría tomándola como había ocurrido en muchas otras ocasiones, en las que mis instintos primarios gobernaban mi razón sin que pudiera controlarlos.

Necesitaba poner espacio entre nosotros, ya que la tensión de estos días nos tenía muy irascibles y no quería que todo acabara mal, por el contrario, si estábamos ambos ahí era para terminar con tanto secreto y poder seguir con nuestras vidas, tranquilos, sin ocultarnos nada.

Claro que para ninguno estaba siendo nada fácil. Isabella me demostraba una vez más lo fuerte que era al no dejarse caer con tantas revelaciones. Sin duda era una mujer excepcional y estaba orgulloso de ella por la entereza y las ganas de luchar que demostraba a cada instante.

En cambio, no se podía decir lo mismo de mí. El gran remordimiento de no haber podido ayudar a mi pequeña Liz cuando me lo pidió… ¡No! No fue que no pude, sino que no quise escucharla. Ella vino a mí y yo… yo… Era muy difícil para mí hablar de ella. Pero estaba decidido y lo haría. El asunto de Jacob Black estaba ya casi sobre la mesa y tocaba el turno de ser claro y dejar salir a Liz de una buena vez por todas.

Encendí la chimenea de la habitación para que estuviera tibia cuando Bella subiera a dormir y me fui a la de mis padres. Me metí a la ducha y bajo el fuerte chorro de agua caliente mis músculos se destensaron un poco. Me sequé, me puse el pantalón del pijama y me acosté en la cama esperando darle a Isabella un tiempo prudente para que entrara a la casa y subiera a dormir. Era una noche fría y húmeda, así que si no lo hacía en quince o veinte minutos, bajaría a buscarla.

Ese fue mi último pensamiento coherente antes de caer en un profundo sueño. El vino, el baño caliente y el agotamiento del día no me ayudaron a mantenerme despierto por un rato más. Lo que si logró despertarme a media madrugada fue un golpeteo fuerte y constante que venía del piso de abajo.

Salí de la cama y de la habitación; bajé las escaleras con sigilo intentando dar con la causa del ruido. Llovía fuertemente y el viento azotaba las puertas de la terraza. Las cerré y subí de nuevo mientras me quitaba las gotas de agua de mi cuerpo con las manos. Titubeé por un momento al llegar al tope de las escaleras pero me encaminé hacia mi habitación para cerciorarme que Isabella durmiera tranquila.

Abrí despacio la puerta y me llevé una desagradable sorpresa al encontrar la cama vacía, sin deshacer. Fui al baño a buscarla pero ella tampoco estaba ahí.

—¡Isabella!

Grité al salir al pasillo para comenzar a revisar habitación por habitación. No estaba en ninguna de ellas y un estremecimiento recorrió mi columna vertebral. ¿Dónde se había metido?

Con una rapidez digna de asombro, me cambié el pantalón del pijama y me puse unos jeans, camisa de franela y botas. Bajé como un loco y revisé todo el piso inferior pero muy dentro de mí sabía que ella no estaba en el cottage. Era un estúpido. ¿Cómo demonios se me había ocurrido dejarla sola en la terraza y subir a dormir?

Tomé un impermeable y me dirigí a la casita donde vivían Grace y Martin. Casi tiré la puerta a golpes hasta que asustados abrieron.

—¡Martin! ¡Bella no está en el cottage!

Fue todo lo que necesité decir o gritar desesperado para que ambos estuvieran listos para salir en su búsqueda pero insistí en que Grace se quedara a esperar a Bella para cuando volviera. Encendí en motor del jeep y las luces para salir del cobertizo y Martin salía en su caballo a toda velocidad para revisar las veredas cercanas.

 ¿A dónde podría haber ido? Sus cosas estaban aún en la habitación así que no debería estar muy lejos, al menos rogaba porque así fuera. Debido al aguacero que caía no se podía seguir su rastro así que decidí ir primero al huerto. Con las veredas enlodadas no era fácil ir rápido, tenía que maniobrar con cuidado para no quedar atascado en algún charco profundo. Por fortuna pude llegar y encendí el faro que tenía el jeep para ver a grandes distancias por las noches. Lo moví en todas direcciones mientras angustiado gritaba su nombre.

—¡Isabella!...

—¡Isabella!...

 Sin obtener respuesta alguna y con la seguridad de que ella no se encontraba ahí, dirigí el jeep hacia otro camino paralelo. Por suerte la lluvia fue disminuyendo y la visibilidad mejoró un poco aunque desafortunadamente no había indicios de que Bella estuviera ahí.

—¿Dónde estás, Isabella? —gemí angustiado.

Nervioso y sin saber hacia donde ir, opté por revisar cada camino por angosto que este fuera, tenía que encontrarla porque no me perdonaría jamás el haberla abandonado a su suerte, a ella no… —por favor Dios, no permitas que suceda de nuevo supliqué—, ayúdame a encontrarla.

Fue entonces cuando vi venir a Martin por el sendero junto con otros dos jinetes en sus caballos. Al acercarme, Martin negó con la cabeza. No había rastro de mi Bella por ninguna parte y si ellos que recorrían cada vereda, camino y sendero de esos terrenos cada día no habían podido hallarla, ¿qué podía esperar yo?

—Por piedad, Dios… Liz, ayúdame…

Liz…

¡El pequeño muelle!

Giré el volante del jeep con rumbo al lago; pisé el acelerador cuanto pude para intentar llegar lo más pronto posible. En mi interior rogaba porque estuviera ahí, era el último lugar en las inmediaciones que quedaba por revisar. ¡Tenía que hallarla!

Martin y los otros hombres adivinaron que iba hacia el lago y me siguieron. El camino estaba en pésimo estado pero eso no me impidió llegar con prontitud. Antes de bajarme para buscarla por cada centímetro del lugar, di una revisada con el faro. No se veía nada.

—¡Aquí!

Gritó uno de los hombres levantando un zapato de mujer. Estaba al borde del muelle. Mi mundo se hizo oscuro y pequeño en ese instante…

—¡No!

Corrí desesperado hacia él, quitándole el zapato de las manos. Y como si fuera un indeseado presagio, la lluvia se dejó caer con más fuerza, avivando el viento, desatando una tormenta.

—¡Isabella!

Grité desgarrándome la garganta.

—¡Busquen! ¡Busquen por cada rincón de este lugar! ¡Encuéntrenla como sea!

Los hombres se pusieron en acción gritando su nombre y alumbrando con sus focos de mano. Unos cuatro hombres más se unieron a la búsqueda bajo la intensa tormenta que se desataba sobre nosotros. 

—No lo permitas, no lo permitas…

Susurraba a casa instante, cegado por un dolor que golpeaba mi pecho mientras seguía buscándola, luchando a cada paso que daba con los pies hundidos en el lodo. Miré por todos lados y escudriñé cada parte del muelle con miedo. Ella no habría sido capaz de… saltar al lago… no, no podía pensar en eso, ella no lo haría, no por unos celos estúpidos.

Estuvimos ahí por más de una hora. Isabella no estaba por ningún lado y yo, yo ya no pensaba con claridad. Su zapato en mi mano era la única pista de que había estado ahí, solo eso tenía ahora de ella. No quería darme por vencido y no lo haría, aunque todas esas sensaciones fatalistas que me recorrían solo hacían crecer mi temor.

—¡Sigan buscando!

La poca voz que me quedaba salía distorsionada de mi garganta. No podía rendirme. Ella no lo haría. En el jeep, decidí recorrer un poco más lejos del camino principal. Necesitábamos ampliar el área de búsqueda. Martin me lo había propuesto pero solo accedí una vez que estuve convencido de que Bella no estaba ahí, a menos que en efecto… hubiera saltado al lago.

—¡No me la quites! —supliqué—. No a ella también. 

De pronto algo llamó mi atención. A un lado del camino, junto a una brecha, algo de color muy claro resaltaba sobre la tierra oscura. Alumbré hacia allá directamente con el faro y mi corazón se detuvo al ver una mano sucia que se aferraba a una raíz. Bajé del jeep con rapidez y corrí hacia la brecha.

—¡Bella! ¡Bella!

Me arrodillé junto a ella y casi no pude reconocerla. Estaba completamente cubierta de tierra, casi enterrada entre el lodazal que se derramaba sobre su cuerpo, el que ya con apenas muy pocas fuerzas se intentaba sostener de esa raíz para no caer en la profunda brecha.

—¡Ya estoy aquí, Bella!

Me incliné un poco más para agarrar su brazo y tomarla también de la pierna para poder sacarla. Al sentir mi contacto, abrió los ojos y dijo mi nombre en un murmullo apenas audible bajo el torrencial aguacero.

—Edward… 

Y se soltó pero yo ya la sostenía.

—Aquí estoy, pequeña.

—Edward…

—Ya estás a salvo, cariño.

De un fuerte tirón, jalé su cuerpo y quedó sobre el mío; ambos tirados a un lado de la peligrosa brecha que amenazaba con llevarse a mi Bella, con dejarme sin mi mujer. ¡Sin mi vida! Y la abracé tan fuerte como pude, agradeciendo a Dios y a mi Liz el haber sido benévolos conmigo al devolvérmela.

Desesperado, quité un poco el lodo que cubría su cara; mis manos recorrían sus brazos, su vientre, sus piernas… ¿Tendría alguna herida profunda? ¿Algún hueso roto? 

La abracé con miedo y con mucho cuidado. Necesitaba sentirla junto a mí, pero tenía que apurarme y sacarla de ahí lo más pronto que pudiera porque estaba helada y tan débil que ya ni siquiera podía tiritar de frío. Solo sus párpados luchaban por mantenerse abiertos, sus ojos mirándome como la flama de una vela a punto de apagarse…

—¡No, Bella, no! —golpeé su mejilla—. ¡Mantente alerta! ¡No cierres los ojos!

Martin, que ya había llegado a nuestro lado hablaba agitado por el radio. 

—¡Señor! He llamado al doctor del pueblo para que atienda a la señorita —decía mientras me ayudaba a cubrir a Isabella con una manta—. Usted sosténgala, yo conduciré.

Asentí porque no iba a soltarla por ningún motivo. Agradecí a los otros hombres por su ayuda y nos dirigimos al cottage. Abrazaba a Bella tan fuerte como podía, necesitaba darle calor y lo más importante, mantenerla despierta pero no pude lograrlo. Una vez que se sintió en mis brazos, perdió el sentido y mi angustia volvió a crecer.

Al llegar, Grace ya nos esperaba con la bañera llena con agua caliente. Me ayudó a desvestirla y le pedí que bajara a preparar algo caliente para Bella. Me quité también la ropa enlodada y me metí con ella a la bañera. Mis manos temblaban al tocarla, se veía tan frágil, tan indefensa… y todo había sucedido por mi culpa. ¿Me perdonaría?

Con mucho cuidado, lavé su pelo; era difícil ya que estaba desmayada entre mis brazos pero la recosté contra mi pecho y con una esponja quité todo el lodo de su cuerpo que al irse desvaneciendo con el agua y el jabón, dejaban ver las múltiples cortadas que tenía en la cara, los brazos, las manos, los hombros, las piernas, los pies, provocadas por las raíces al haber sido arrastrada por el pequeño deslave que la atrapó. Como pude la enjuagué con la regadera de mano y muy despacio, la saqué de la tina, la cubrí con una toalla y la llevé a la cama.

Yo amaba a Isabella. No lo dudaba, era un hecho. Era mi otra mitad, mi vida, lo mejor de mi existencia, pero la devoción que emanaba de mí al secar con suma delicadeza cada parte de su cuerpo y sus heridas me dejó absolutamente sin habla. Era algo que iba más allá de lo comprensible, de todo lo que tuviera sentido, algo que yo nunca estuve cercano a conocer. Era un sentimiento que no era explicable, algo que simplemente era, que existía y yo no podía hacer nada más que rendirme a ello.

Con un poco de trabajo para no lastimarla todavía más, pude ponerle una camiseta mía. Apenas terminaba de cubrirla con las mantas cuando tocaron a la puerta. Era el doctor. Me apresuré a ponerme aunque fuera un pantalón y abrí la puerta. El doctor revisó su cuerpo y curó cada cortada con un antiséptico y las vendó.

—Señor Cullen, mi recomendación sería trasladarla a un hospital.  A simple vista no parece tener ningún golpe en la cabeza pero no podemos saberlo con exactitud —dijo preocupado—. También es necesario tomarle varias radiografías para descartar alguna fractura en el pie derecho, esta muy inflamado y al tacto no podría aventurarme a darle un diagnóstico; a eso hay que sumarle que estuvo, según me dice usted, expuesta por un buen rato a la lluvia y al frío. Una pulmonía con alguna complicación de la cabeza no sería nada bueno.

—De acuerdo, doctor —asentí—. Me llevo a Isabella a la ciudad, haré los arreglos para el traslado lo más pronto posible.

Después de llamar a Emmett y a Jasper para que se encargaran de los trámites, solo me bastaba esperar al helicóptero que vendría a buscarnos. Ellos siempre estaban ahí dispuestos a ayudarme, nunca, ninguno de nosotros nos habíamos dado la espalda, jamás.

A las once en punto de la mañana por fin se escuchó al helicóptero pero poco pude calmarme. Isabella aún no despertaba y mi desesperación cada vez era mayor. Los paramédicos subieron con cuidado a Bella y aseguraron la camilla. Con expertos conocimientos, le pusieron una vía para el suero y un collarín para mantener su cabeza lo más quieta posible, sin movimientos bruscos. Chequearon sus signos vitales y por medio del radio avisaban en que condiciones estaba la paciente que llevaban.

Me hicieron mil preguntas sobre ella y lo que le había ocurrido. Preguntaban una y otra vez pero poco era lo que podía decirles. Después de un vuelo que se me hizo eterno, llegamos al hospital con Isabella ardiendo en fiebre. En el helipuerto ya nos esperaban unas ocho personas entre enfermeras y doctores. No había sido necesario que les dijera a Emmett y a Jasper que quería la mejor atención para Bella. Bajamos por el elevador y al llegar al piso 6 y salir al pasillo una enfermera me detuvo.

—¿Es usted familiar de la paciente?

—Sí, soy su prometido —respondí sin pensarlo—. Tengo que estar junto a ella.

—Lo siento, pero van a realizarle estudios y usted no puede acompañarla —dijo casi con pesar al ver mi angustia—. Espere aquí, yo le informaré de cualquier noticia.

—No puedo quedarme aquí sin hacer nada más que esperar.

—¿No tiene a nadie a quién avisarle del accidente de la señorita… Swan? —dijo mirando el improvisado expediente.

Me helé por un momento. Charlie enloquecería cuando supiera lo ocurrido, pero tenía que saberlo. No podía ocultárselo. Y mis padres, ellos adoraban a Isabella y no me perdonarían no habérselos dicho. Saqué el móvil de mi bolsillo y busqué en mis contactos.

—Papá…

***

Tres horas y media después, dos doctores de aproximadamente cuarenta y tantos años entraban a la habitación donde nos encontrábamos esperando noticias. Yo estaba hecho un manojo de nervios sintiendo la culpa recorrer todo mi cuerpo. Si tan solo no me hubiera ido dejándola sola…

—Señor Cullen —dijo el más joven de ellos.

—Sí, doctor —me acerqué a ellos y mis padres junto con Emmett y Jasper se pusieron de pie para escuchar el diagnóstico de los médicos.

—Le hemos practicado a la paciente los estudios pertinentes y la buena noticia es que no recibió ningún golpe en la cabeza. No encontramos ningún traumatismo craneal por lo que concluimos que esa pérdida del conocimiento se debió al agotamiento y al haber estado expuesta a condiciones extremas. En general solo son los golpes, las heridas y el esguince del pie.

—Oh, gracias a Dios —exhalé cubriéndome la cara con las manos.

—La señorita Swan ya ha recuperado el sentido —habló el otro doctor—, pero le hemos puesto un calmante ya que se encontraba un poco alterada. Dormirá por un par de horas más pero en un momento la traerán a su habitación.

—¿Entonces está bien? ¿Está fuera de peligro? —Casi exigí saber.

—Todo parece indicar que así es, señor Cullen, pero nos gustaría mantenerla en observación por un día o dos ya que tenía fiebre al llegar, debemos asegurarnos que no corre peligro de contraer una neumonía.

—Sí, creo que será lo mejor —accedí.

—Tranquilo hijo, Bella va a estar bien. —Mi padre me consolaba pero yo no podía encontrar esa paz que necesitaba. No lo haría hasta poder hablar con Isabella y pedirle perdón por abandonarla la noche anterior.

—Me quedaré contigo esta noche, Edward. Mientras, ve a casa a darte un baño y a traer algunas cosas para Bella —sentí los brazos de mi madre rodear mi cintura.

—No es necesario que te quedes, mamá, te lo agradezco; lo que sí haré será ir a casa por algo de ropa para Bella y algunas de sus cosas personales.

—No nos despegaremos de ella hasta que llegues —me aseguró mi padre—. Charlie y Carmen llegarán en la madrugada, yo iré por ellos al aeropuerto y los traeré. No creo que quieran esperar ni un solo momento para ver a Bella.

—Enviaré a Dean por ellos papá, gracias.

—No quieras ocuparte tú solo de todo, Edward, ¿para qué estamos los amigos entonces?

—Gracias, Emmett —asentí en su dirección.

—Tú solo dedícate a estar con Bella y deja que nosotros nos preocupemos por todo lo demás —Jasper palmeó mi espalda e intenté esbozar una sonrisa.

Minutos después, Bella llegaba a la habitación. Las enfermeras instalaron todos los cables conectados a ella y que monitoreaban sus signos vitales y su corazón. Mi madre, al verla, sollozó y se abrazó a mi padre que la sacó de la habitación, seguido por mis amigos para permitirme un momento a solas con ella. Se veía tan indefensa, tan frágil, tan pequeña, tan vulnerable, con la mano y el brazo derecho vendados, vendoletes en el otro brazo y el cuello. Los moretones ya habían aparecido y también estaban por todas partes; su hermoso rostro no había estado exento de ellos, uno muy grande y casi negro cubría su mejilla llegando hasta la orilla del ojo que estaba hinchado.

Mi corazón se estrujó en mi pecho al ver el estado en el que se encontraba mi Bella. Me incliné para besar su frente con cuidado. Mis dedos acariciaron su cara casi sin tocarla.

—Isabella, mi amor…

Sin poder resistirlo, besé sus labios; estaban muy pálidos y fríos al igual que toda ella. Seguramente por el efecto de la medicación para bajarle la fiebre. Tuve que luchar contra mi deseo de acostarme a su lado y abrazarla para hacer que su cuerpo entrara en calor. Tuve que reprimir mis impulsos para no lanzarme contra su cuerpo y hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no aferrarme a ella y suplicarle de todas las formas posibles que me perdonara por haberla descuidado.

Yo, quien supuestamente debía ver por ella en todo momento, cuidarla, protegerla y mimarla, no lo hice y las consecuencias eran estas. Isabella herida por donde se viera y postrada en una cama de hospital. Si yo no podía perdonármelo, su padre tampoco lo haría y tenía que enfrentar el hecho de que quizás, Charlie no quisiera que permaneciera al lado de su hija. Pero no me daría por vencido y pelearía por mi derecho de estar junto a ella, por ese derecho que la misma Isabella me había dado.

Con un último beso en sus labios me despedí de ella para ir por sus cosas personales a casa y darme un buen baño, como había sugerido mi madre. Mientras más rápido fuera más rápido regresaría a su lado; así que salí del cuarto y mis padres entraron para acompañarla.

No tardé mucho en volver. Dean como siempre, leal y servicial, comprendía mi apuro y se las ingenió para llevarme y regresarme de casa en poco tiempo en medio del tráfico. Todos mis hombres estaban preocupados por Bella. Al verme llegar se acercaron a mí; Paul fue quien me preguntó cómo se encontraba y les informé brevemente de su estado. Sin duda le habían tomado cariño, ella se los había ganado con su trato amable y sus sonrisas. De alguna forma me gustaba que así fuera porque cuidarían mejor de ella.

—¿Cómo sigue? —le pregunté a mi madre al entrar a la habitación.

—Ha despertado por un momento, preguntó dónde se encontraba y se volvió a dormir —mi madre sonrió tranquila; no dejaba de mirarla y de acariciar su pelo con cariño. Ella adoraba a Bella y estaba seguro que en ella veía a la hija que ya no tenía, a su niña… su Liz.

—¿Qué fue lo que ocurrió, Edward? —inquirió mi padre muy bajito para no despertarla.

—La dejé sola papá… —le confesé sintiendo de nuevo ese intenso dolor lleno de culpa en el pecho—, pero no quiero hablar de esto con nadie sin antes hacerlo con la propia Isabella.

Ambos asintieron comprendiendo lo que les pedía. Un rato después mi madre me insistía en ir a la cafetería a comer algo pero, ¿cómo ingerir alimento con esta preocupación y culpa como la mía?

—Bella te necesita fuerte, Edward y negándote a comer no creo que puedas estarlo, —bufó enojada— al menos te subiré un café y un sándwich, será tu problema si te lo comes o no, tú decides.

Mi madre tenía razón, pero aunque lo intenté, no pude comer más allá de unas cuantas mordidas y unos tragos de ese simple café. Al poco rato, mis padres fueron a casa a descansar unas horas porque querían estar ahí cuando Charlie y Carmen llegaran.



Me senté en un sillón bastante incómodo pero que me permitía estar junto a su cama, a su lado. Podía ver como dormía, tan relajada, tan hermosa pese a todos esos golpes, rasguños y moretones. El intenso dolor en mi pecho volvió de pronto al pensar cuan cerca estuve de perderla. Oprimí su mano y la besé. Isabella se removió en la cama y una mueca de dolor se reflejó en su rostro.

—Ahh —se quejó y me puse de pie inmediatamente.

—¿Te duele algo, cariño?

Acaricié su frente con cuidado y abrió los ojos muy lentamente. Miró a su alrededor y luego sus ojos se clavaron en mí, sin emoción, fríos e indiferentes.

—¿Necesitas que llame a la enfermera para que te de algo para el dolor?

Negó con la cabeza y la giró hacia el lado opuesto a mí. Apretó sus párpados y se quedó dormida de nuevo. Me maldije internamente. Ella tenía todo el derecho de estar enojada conmigo, era mi responsabilidad el cuidarla todo el tiempo y le fallé. Pero eso no iba a volver a suceder jamás. Cuando saliéramos del hospital arreglaríamos todo el maldito asunto y nuestras vidas volverían a la normalidad.

La arropé con cuidado y volví a la incomodidad del sillón con toda mi atención puesta en ella. Dormía plácidamente gracias a la medicación pero despertó en la madrugada cuando se abrió la puerta y entraron Charlie y Carmen acompañados por mis padres.

—¡Bella! Mi niñita…

Su padre tomó su mano mientras observaba el estado en el que se encontraba su hija. La veía tan golpeada que era muy evidente como se esforzaba por no tocarla para no hacerle más daño. Bella, al ver a su padre ahí, sonrió débilmente pero levantó la mano para tocar su rostro y limpiar las lágrimas que resbalaban por su mejilla.

—Papá… —susurró y él le sonrió.

—No hables, cielo, descansa, ya tendremos mucho tiempo para platicar. —Charlie la miraba con adoración.

—Bella, hija —Carmen se acercó y besó su frente.

—Yo… lo siento —murmuró con pesar y la culpa me ahogó.

¿Cómo era posible que Isabella se estuviera disculpando cuando era más que obvio que aquí el único culpable era yo?

Mis ojos ardían y tuve que parpadear repetidamente para que las malditas lágrimas no escurrieran por mi cara. Mi pecho se henchía intermitente de ese dolor que sentía haría estallar mi corazón, de remordimiento, de pesar, de arrepentimiento y de impotencia por saber que no podía hacer nada en ese momento para liberar a Isabella de todo el sufrimiento y los sentimientos erróneos que estaban llenando su cuerpo y su alma.

Pero bien merecido tenía el sentirme así y siendo honestos, era un castigo muy leve teniendo en cuenta cual pudo haber sido el trágico final de esta historia. Me tragué un jadeo y salí de la habitación. De pronto todos esos sentimientos que tenía se volvieron en ira al ver sentadas en el pasillo a Alice y a Rosalie.

Me miraron y se pusieron de pie inmediatamente, resistiendo los impulsos de acercarse a mí. Se les notaba en los rostros la preocupación porque tenían los ojos y las narices rojas e hinchadas de llorar. Emmett y Jasper estaban de pie detrás de ellas y al verme se encogieron de hombros.

—Lo siento —Emmett se disculpó—, cometí una pequeña indiscreción.

Me di media vuelta y me dirigí a la cafetería. No tenía ganas de comer nada pero tampoco me quedaría ahí con ese par custodiando los pasillos y lloriqueando como magdalenas. No iba a enojarme por eso, tenía cosas más importantes en qué pensar en ese momento y como si con el pensamiento lo hubiera invocado, mi teléfono sonó y deprisa lo saqué de mi bolsillo.

—Cullen —respondí con voz rasposa.

***

Como era de esperar, los abogados de Jacob Black estaban moviendo cielo, mar y tierra para sacar a su cliente de la cárcel. Eran conocidos por defender individuos con serios problemas con la ley y la mayoría de las veces ganaban sus casos. Obviamente eso me tenía un poco inquieto pero confiaba en mis hombres y en todos los ases que teníamos bajo la manga. Los utilizaríamos de uno en uno y así iríamos acabando con todos los argumentos de esos abogados corruptos, anulando de esta forma cualquier posibilidad de sacar a Black de la cárcel, del lugar al que pertenecía.

Al ver que las cosas iban caminando justo como esperaba, decidí enfocar toda mi atención en Isabella. Ella me necesitaba y yo ya le había fallado lo suficiente, pero eso era algo que nunca más volvería a suceder. 

Me dirigí de nuevo a la habitación de Bella y no pude evitar mi disgusto al ver a mis padres charlando tranquilamente con Alice y Rosalie. Las ignoré desde luego y entré al cuarto. Isabella dormía y Charlie de pie junto a ella acariciaba su mano con ternura; la miraba dormir y aunque su mirada era triste, en sus ojos podía ver el amor incondicional que le tenía a su hija. Él sufría por ella, al verla así; un enorme nudo se formó en mi garganta. Era un nudo de culpa y tragué en seco, doliéndome como si me hubiera tragado un puñado de clavos.

—Hace un rato que duerme tranquila —me informó Carmen con una sonrisa.

—Pero ustedes no —dije suavemente—. Deben estar agotados después de la noticia y el viaje relámpago que hicieron. Sería bueno que fueran a descansar; Paul estará a su disposición, los llevará al hotel a la hora que deseen. 

—Gracias, Edward —murmuró Charlie sin soltar la mano de Bella.

—No tienes nada qué agradecer.

—Te equivocas… si no hubieras llegado a tiempo…

—No, ni siquiera lo pienses —mi voz se quebró.

Charlie y Carmen se despidieron después de pasar ese difícil momento. De nuevo volví a estar solo con Isabella. Acerqué el sillón para estar a su lado, me senté y el cansancio aunado a las horas sin dormir comenzaron a pasarme factura. Cuando abrí los ojos, ella estaba despierta, mirando hacia la ventana.

—¿Cómo te sientes? —pregunté tomando su mano.

—Mejor, gracias —respondió sin mirarme.

—Isabella, yo…

—Todo está bien, no pasa nada.

—¿Qué no pasa nada? —me escuché preguntar extrañado—. Tenemos que hablar.

—No hace falta.

—¿Vamos a volver a lo mismo, Isabella? —Su indiferencia y sus intentos de minimizar la gravedad de lo ocurrido comenzaban a exasperarme. Ella se estaba encerrando en sí misma y no lo iba a permitir; no iba a dejar que ignorara que entre nosotros algo no estaba bien.

—De acuerdo. Tengo todo el tiempo del mundo —respiré profundamente y me acomodé en el sillón bajo su incrédula mirada.

El día transcurrió y era obvio que mientras menos trato tuviera conmigo mejor. Sus padres y los míos estaban ahí atentos para cumplir cualquier cosa que Isabella quisiera o necesitara. También Emmett y Jasper se asomaban de vez en cuando y aquel par de magdalenas seguían rumiando sus malas decisiones en el pasillo.

Por la tarde, Isabella se llevó la sorpresa de su vida al ver entrar a Jane a la habitación. Su rostro cambió; se alegró de verla y de tenerla ahí. Yo sabía que era la única amiga que tenía; por eso la llamé y porque sería muy bueno para Bella contar con ella en esos momentos. Invité a nuestros padres a tomar algo a la cafetería del hospital para así darles privacidad. Cuando volví, Jane se despedía agradeciéndome que le hubiera avisado y dejando en claro que la visitaría a diario.

Me preparaba para pasar otra noche en el incómodo sillón; daba vueltas y vueltas cuando la escuché decir muy bajito…

—Gracias, Edward.

Solo dijo eso y yo sabía muy bien que se refería a Jane.

—¿Estás lista para hablar? —insistí. Pasaron muchos minutos y no decía nada.

—No —fue su escueta respuesta. Como pudo se acomodó en su cama dándome la espalda y eso fue todo.

Mi paciencia estaba llegando a su límite; porque aún cuando estaba plenamente consciente de que por mi culpa nos encontrábamos ahí, ella no ayudaba a solucionar nada con esa actitud. Isabella lo sabía. Me conocía muy bien y sabía qué puntos tocar para que mandara al diablo mi paciencia y me exasperara. Estaba a punto de lograrlo, por eso, a la mañana siguiente muy temprano, apenas llegaron Charlie y Carmen me fui a casa a dar un baño. Necesitaba espacio, un rato solo para meditar muy bien como proceder.

***

Esa tarde daban de alta a Isabella. Según los doctores, si no mostraba algún síntoma de neumonía podría irse a casa. Sería lo mejor para ambos porque en ese ambiente frío de hospital, ninguno de los dos estaba cómodo y nos encontrábamos siempre a la defensiva, sobre todo ella. Charlie ya lo había notado, así como todos los demás pero nadie se atrevía a preguntar, sobre todo conociendo mi carácter pero eso a su padre no le importó y cuando salí por un café me siguió.

—Edward.

Me giré y lo vi venir hacia mí.

—¿Si, Charlie?

—¿Está todo bien entre ustedes? —preguntó serio—. No se hablan y ni siquiera se miran…

—Charlie —lo interrumpí—. No te preocupes por nada, es algo que solucionaremos muy pronto, ya verás que antes que te des cuenta todo vuelve a la normalidad.

No muy convencido, regresó a la habitación. Yo seguí mi camino hacia el elevador y al abrirse las puertas choqué con una doctora, tirándole todos los papeles que llevaba en las manos. Alcé la vista para disculparme y sonreí al ver una cara conocida.

—Doctora Conrad, lo siento —dije mientras recogía del suelo todos sus papeles—; venía distraído.

—No se preocupe, señor Cullen, a veces pasa. —Ella también estaba agachada y con prisa tomaba los papeles del suelo; pero no solo eran papeles… eran todo tipo de estudios. Ultrasonido, resonancia magnética, tomografía y me quedé de una pieza al ver el nombre de su paciente en todos ellos y en muchos más que ella ya había recogido con apuro del suelo.

Isabella Swan.
—Me quieres explicar qué significa todo esto, ¿Margot?

 Levanté la mirada del piso sosteniendo entre mis manos los estudios.

—Lo siento, Edward, pero le debo confidencialidad a mi paciente —me los quitó de las manos.

—¿Confidencialidad? ¡Isabella es mí mujer! —bramé molesto.

—Pues tu mujer desea total privacidad y yo lo tengo que respetar —se controló para no responderme en el mismo tono—. Tú también deberías hacerlo, por primera vez en la vida hazlo, Edward.*


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Ya sé, nenas, ya sé que es un capítulo muy cortito pero no quería dejarlas ansiosas por más tiempo, sobre todo cuando no dejan de hacerme sentir muy querida y extrañada en cada uno de sus comentarios; lo agradezco de verdad con todo mi corazón, sus buenos deseos y todo el buen ánimo que me envían a través de ellos es infinito, por lo que creo que debo ponerlas al tanto de mi situación para que me tengan la misma paciencia que me han brindado hasta el día de hoy.

Me han hecho una cirugía de rodilla, la cual yo pensé que sería de fácil recuperación pero para mi triste sorpresa me está costando mucho trabajo, paciencia y sobre todo, esfuerzo. Aunado a eso, están muchos cambios que no tenía programados y me he tenido que adaptar a ellos de la noche a la mañana. Eso, créanme que me corta la inspiración y no por darles un capítulo seguido voy a escribir cualquier cosa.

Yo sé que me comprenden, por eso, como siempre les reitero que esta historia NO quedará inconclusa. Les agradezco la lealtad a mi historia y hacia mí, todos sus buenos y alentadores deseos. De corazón, MIL GRACIAS.

Pido un aplauso por favor para mi querida Lethy y para mi adorada Beta Jo. Que digo un aplauso, ¡una ovación de pie! Porque siempre están listas y dispuestas para echarme una manita para tener el capítulo y el blog hermoso para ustedes.


Son divinas, nenas…
  
Este blog es de mi amiga Nany y tiene al día toda la información de Rob que quieras:

http: // www. pattinsonworld. com

Nos vemos tan pronto como pueda, cuídense mucho y… ¡Pórtense mal!







































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