jueves, 16 de mayo de 2013

CAPÍTULO 42


¿Y qué dijeron?

Esta chula ya nos la hizo y nos dejó a media historia, ¿no?

Pues no, nenas, aquí estoy un poco retrasadita pero cumpliendo con lo dicho.

Aquí está el tan esperado capítulo... ¡Disfrútenlo!

***
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de E. Meyer y su casa editorial. Como ya saben nosotras somos nenas grandes, nos gusta y no nos ofende leer este tipo de historias con escenas de alto contenido sexual, consensuado y dentro de cierto tipo de estándares. Hecha la aclaración, sigamos adelante…
***
La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.
Cicerón.

***
Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Beta FFAD
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Verdades Ocultas


Ese rostro… ese rostro…

Pero… esa niña, ¿quién es? —no pude resistir tomar el portarretratos entre mis manos y observar mejor, ese rostro.

—Primero comeremos, ya tendremos todo el tiempo para que pueda explicarte quién es esa niña.

Su rostro tan blanco y pálido, y esos ojos tan grandes y expresivos; yo… yo la conocía, pero no estaba realmente segura de dónde…

—Pero, es que… Edward, el rostro de esa niña se me hace muy familiar. —Mis manos comenzaron a temblar y Edward, afortunadamente, me quitó la fotografía antes que ésta cayera de ellas.

Lo sé, Isabella, lo sé aseveró con una calma desconcertante para mí.

¿Cómo que lo sabes?, ¿Edward…? mi voz preguntó en un chillido agudo y molesto pero lleno de incertidumbre.

Aquí tienen Grace irrumpió en el salón; los limones son del huerto de la señora Esme así como todos los vegetales que usamos para cocinar —señaló Grace muy orgullosa de la madre de Edward y pude ver el alivio que él sentía por la interrupción de la mujer.

Sirvió la limonada en grandes vasos con hielo, los tomó y me guió fuera del salón hacia una terraza desde donde se tenía una vista extensa de la propiedad, con acogedoras tumbonas a un extremo y al otro lado, una mesa de madera que a pesar de tener un acabado bastante rústico no desentonaba con el estilo ecléctico que tenía todo el lugar que estaba lleno de macetas con todo tipo de flores muy coloridas y que alegraban el ambiente. Flores, flores, por todas partes pero reconocí de inmediato unas que veía todos los días en los jardines que rodeaban mi edificio del internado.

Me giré hacia Edward después de mi atenta observación de todo el lugar. Él estaba sentado en una de las tumbonas con los codos descansando en sus rodillas; pensativo, miraba a lo lejos y su ceño fruncido denotaba preocupación. De golpe, todas las preguntas que daban vueltas en mi cabeza y que quería hacerle se detuvieron. Abrí la boca pero no pude lograr poner en palabras ninguna de mis muchas dudas e inquietudes.

Pero es que… ¿por donde podría empezar?

Mis interrogantes no eran pocas y lo incierto y desolador que se vislumbraba mi futuro no me ayudaba a controlar ese, por ahora, ligero temblor en mis manos. Tenía que hacer un esfuerzo titánico y no dejar ver en realidad como me sentía por dentro, por no delatarme e intentar mantenerme ecuánime sin mostrar como me estaba aferrando a esas últimas horas que me quedaban con él. Sonreí amargamente en mi interior, me di pena y lástima, porque ya me había dado por vencida sin luchar.

Y es que también tenía mi orgullo e iba a tratar de salir de la relación con la frente lo más alto que pudiera, claro, ese era mi plan, lo que yo deseaba, lo que no sabía era que tan fuerte era mi orgullo como para dejarme ir tan airosa de su lado. Eso era uno de mis mayores temores, humillarme por amor y rogarle que no me dejara sola, que no me abandonara.

Mi cuerpo se tensó tanto ante la idea de imaginarme sola en un futuro inmediato, que no noté la fuerza con la que oprimía el vaso en mis manos hasta que lo rompí en innumerables fragmentos. El estallido me sacó de mis lacerantes cavilaciones y jadeé asustada.

¡Isabella!

En una milésima de segundo, Edward ya estaba a mi lado.

¿Estás bien?, ¿te hiciste daño?

Me cuestionaba preocupado mientras me quitaba de las manos algunos residuos de cristal que milagrosamente no me cortaron.

Yo… creo que no admití confundida.

Pero, ¿qué sucedió, cariño? Edward revisaba mis manos con detenimiento en busca de alguna herida.

Tal vez yo… no me di cuenta, lo siento me disculpé.

No te preocupes por nada, ¿de acuerdo? besó suavemente mis labios. Ahora vamos a lavarnos las manos porque Grace no debe tardar en venir con el almuerzo.

En efecto, así fue. Grace, en un santiamén, vistió la hermosa mesa con un toque campestre adorable y dispuso sobre ella infinidad de verduras y legumbres para ensaladas con los más ricos aderezos. Varios tipos de quesos, jamones y pollo asado a la leña y cortado en finas en lascas, pan casero y una botella de vino tinto con una etiqueta muy rústica.

Este es un intento de mi padre por hacer su propio vino me explicó Edward, y lo peor es que no le salió nada mal sonrió mientras llenaba mi copa.

Llenó la suya y asintió, mirándome al llevársela a la boca. Edward tenía razón. El vino estaba delicioso, ligero pero con cuerpo, fresco y dulce.

Fue un almuerzo agradable y sencillo y hubiera sido perfecto si no nos encontráramos en esa situación tan dolorosa porque aunque no quisiera admitirlo, Edward estaba algo tenso y yo también, tratando de aparentar una calma y normalidad que estaba muy lejos de poseer por lo que en realidad significaba todo eso… mis últimos días con él, lo que el mismo Edward tenía que decirme y todas esas fotografías dispuestas por cada rincón de esa casa.

Desde que llegamos, Edward se mostró muy solícito y realmente preocupado por mi comodidad. Mantenía mi copa llena, estaba pendiente de lo que comía y me ofrecía más cuando veía que disminuía la cantidad en mi plato, me explicaba el funcionamiento básico del huerto de Esme y me entretuvo como el perfecto anfitrión que era.

Tanta amabilidad y cortesía solo me llevaba a pensar en una cosa… se esforzaba en hacer menos duro el momento. Era su forma de decirme adiós, de despedirme, de hacer que me llevara un buen recuerdo de él. Su forma de dejarme ir amablemente para que no me sintiera capaz de hacerle un reclamo o de rogarle que no me dejara. Con esa conducta idílica se aseguraba de tener un corte limpio, dejándome sin armas para poderle refutar nada, al contrario, con ese comportamiento debería sentirme agradecida por haber obtenido un poco de su tiempo y de su atención.

¡Maldito petulante!

Hasta eso tenía que estar saliéndole bien.

¿Te gustaría ir a dar un paseo? preguntó poniéndose de pie detrás de mí.

respondí sin dudar y Edward sonrió.

Tomó mi mano y casi me arrastró por las escaleras de la terraza que llevaban directo al lago y después de darle la vuelta a la casa, vi que nos dirigíamos hacia un establo enorme y a otras construcciones de madera de menor tamaño. Caminé emocionada con la esperanza de encontrar ahí algún caballo y al entrar y verlos tranquilos en sus caballerizas comiendo, sonreí como una niña en una juguetería. Me acerqué despacio y extendí mi brazo para acariciar con cuidado el hocico de un caballo pinto.

Todos ellos son muy tranquilos, Bella su voz me sobresaltó. Mis padres los han rescatado de dueños abusivos; eran maltratados, golpeados y forzados a trabajar casi muertos de hambre y heridos. Aquí están bien alimentados y cuidados. Los animales son agradecidos y todos estos los señaló, son un ejemplo de lo que te digo.

No había terminado de hablar cuando el caballo empujaba mi mano en busca de caricias, aseverando las palabras de Edward. Me enterneció tanto verlos que sin poder evitarlo, me detuve en cada caballeriza para acariciarlos y abrazarlos. Después de un buen rato, Edward casi tuvo  que arrancarme de la crin de uno de ellos para seguir con el paseo que para mi sorpresa, continuaba en un jeep con gigantescas ruedas como de tractor y sin techo, tampoco tenía puertas y ya ni hablar de cinturones de seguridad.

No creo que esto sea seguro mi indecisión estaba reflejada en mi rostro.

Vamos, Bella, ¿nunca te has aventurado en algo?

Claro que sí dije dentro de mí, por eso estoy aquí con un hombre que me ha hecho conocer las sensaciones más increíbles llevándome a los límites de todo lo coherente y para colmo… terminé enamorada de él.

Sin responderle, subí al jeep y de inmediato busqué de donde agarrarme. Edward encendió el motor y emprendimos la marcha por el térreo e irregular camino que me mantuvo dando tumbos en el asiento por un buen rato. Edward gozaba al conducir el jeep y podría jurar que también disfrutaba al verme aferrarme a lo que fuera cada vez que tomaba alguna curva cerrada. Para ser sincera, tenía que admitir que en verdad era muy divertido sentir el viento contra mi cara y mi pelo; era una sensación de libertad que tal vez no había sentido… nunca.

Una colina apareció frente a nosotros y Edward la rodeó para encontrarnos con un área de tamaño considerable y que era el pequeño huerto de Esme. Largas filas de manzanos, peras inglesas, fresas y frutas de los bosques como grosellas y moras de un lado y del otro, remolachas, tomates, calabazas, patatas, lechugas de diferentes tipos, maíz, zanahorias, judías y varias verduras y legumbres más que Esme vendía en los pueblos cercanos a precios irrisorios; también donaba mucha de su producción a los orfanatos, escuelas y hospitales. 

Edward se recargó en una cerca pero luego se sentó en ella con mucha familiaridad. Verlo así, sin movimientos calculados ni rígidos, disfrutando del campo, sin preocuparse si se manchaba la ropa, saboreando una manzana que apenas había limpiado en la parte trasera de sus vaqueros, era simplemente cautivante. Era un Edward en su más puro estado natural, con una personalidad completamente opuesta a la que conocía pero igual de atrayente y cautivadora.

Disfrutas mucho estar aquí, ¿no es así? lo miré tímidamente. Su sonrisa y ese estado de libertad que tenía desapareció.

Sí, mucho respondió seco.

¿Y porque no vienes más seguido? hizo una mueca y bajó de la cerca.

Porque así como disfruto de este lugar y me tranquiliza, también me tortura y me castiga.

No te entiendo, Edward mis cejas se unieron interrogantes.

Vamos subió al jeep de un salto. Quiero mostrarte el lago.

Regresamos despacio por el mismo camino y dejó el jeep en un cobertizo. Me señaló hacia la parte trasera y avancé. Cuando se acercó a mí, su mano se cerró sobre la mía y caminamos alejándonos de la casa, el establo y los cobertizos. Pensé que cuando Edward se refirió al lago, hablaba del que estaba junto al cottage, pero al que llegamos después de caminar más de veinte minutos, era realmente grande. Era un lago con agua cristalina y un muelle de madera muy bien conservado. De un árbol colgaba una cuerda con una llanta vieja y en la rama contraria un columpio pintado de blanco, como todas las cercas de ahí.

Sí que te divertías, ¿no?

Nos divertíamos me corrigió con una sonrisa que le borró varios años a su rostro. Emmett y Jasper también venían y nos pasábamos los días enteros aquí, luchábamos por no caer al lago frío; ella aún era muy pequeña pero se divertía solo mirándonos jugar desde su columpio.

¿Ella?

Le pregunté haciéndome con la mano un poco de sombra del sol que, aunque me daba de frente ya iba bajando, eso no me impidió ver como el rostro de Edward se ponía serio.

¿Puedo subirme al columpio?

Cambié abruptamente el tema porque no quería arruinar el momento, además era una tentación tener ahí el columpio y no disfrutarlo pero Edward parecía no estar muy de acuerdo. Me miraba indeciso, pero al final, asintió y se colocó detrás de mí para impulsarme.

Agárrate fuerte me advirtió y comencé a elevarme por los aires, gozando de esa misma sensación de libertad de un rato antes. El viento golpeaba mi cara y alborotaba mi pelo; yo sonreía y Edward más me empujaba.

Ese era un recuerdo feliz que me llevaría y que guardaría celosa. No permitiría que nada oscureciera ese momento, ni siquiera la absoluta certeza de que en unos días más, lloraría su ausencia. El viento chocando con mis ojos me hizo lagrimar pero estaba segura que junto con esas lágrimas, se mezclaban otras impregnadas de un sentimiento de momentánea y completa felicidad.

Edward dejó de impulsarme después de un buen rato y cuando el columpio se mecía despacio, tomó las cuerdas y lo detuvo.

¿Lo disfrutaste? sus dedos intentaban infructuosamente desenredar mi pelo.

Sí, mucho rodeé su cuello con mis brazos y lo besé capturando sus labios. Edward respondió instantáneamente introduciendo su lengua en ni boca, tomando el mando, rodeándome con sus brazos, encerrándome en ellos, pegándome a su cuerpo haciéndome sentir su ardiente virilidad, ansiosa, vibrante. Gracias.

Dije separándome un poco y él retrocedió unos pasos más. Se pasó las manos por la cara y luego por el pelo un par de veces.

Será mejor que volvamos. El sol se ocultará dentro de poco y no hay nada que nos alumbre el camino de regreso.

¡Vaya! dije echándole una mirada a mi reloj. Este paseo sí que ha sido largo.

El tiempo en la campiña a veces pasa volando; pronto comenzará a anochecer y tenemos que adaptarnos al horario campestre en el que todas las actividades se realizan más temprano, incluyendo la cena. Estoy seguro que Grace querrá servírnosla dentro de poco.

¿Cena? Mi estómago gruñó al oír la palabra y con razón. El paseo con la larga caminata incluida me tenían famélica. Edward me tomó de la mano y comenzó a avanzar mientras yo trataba de emparejar mis pasos con los suyos para tratar de llegar con luz a la casa. Una vez ya en la puerta trasera, tuvimos que quitarnos los zapatos que habían quedado llenos de tierra y casi podría jurar que inservibles. Los dejamos a un lado y entramos, fuimos directo hacia las escaleras pero me detuve en otra mesa llena de fotografías.

Después tendrás todo el tiempo que quieras para ver lo que desees.

Me dijo Edward empujándome suave pero firmemente en la espalda baja. No discutí, porque lo quisiera él o no, yo no me iría de ahí sin mirarlas todas y cada una de ellas. Sinceramente, lo que no entendía, era como en la casa de Londres y en el penthouse no tenía una sola foto y sus padres en su casa tampoco, en cambio ahí, era como una exposición enorme de sus momentos más preciados capturados en imágenes.

Subimos las escaleras y me guió hacia la derecha. Pasamos un par de puertas y luego se detuvo en la última. La abrió y al entrar, me encontré con una pieza grande y acogedora, maravillosamente decorada, con sus pisos y paredes de piedra y madera oscura cubierta con una fina alfombra. Un gran ventanal frente a una cama con una base de madera cubierta con un mullido edredón de color marfil que hacía perfecto juego con todos los elementos de la habitación. Las lámparas laterales, la manta tejida a mano descansando en la mecedora, los cojines en la cama, las flores, la iluminación sutil, me hicieron suspirar por el panorama imposiblemente más romántico y que no concordaba con el Edward que yo conocía en lo más mínimo.

¿Es esta la habitación de tus padres? no dejaba de mirar a mi alrededor.

La de mis padres está en el ala opuesta del cottage, esta es mía su respuesta me dejó asombrada.

El cottage no parece ser tan grande desde afuera dije pero pareció ignorar mi observación.

Espero que te gusten los arreglos que ordené para ti asentí como autómata no pudiendo creer que hubiera pensado en todos esos detalles exclusivamente para mí.

Maldito cabrón, se estaba esmerando en darme la despedida perfecta y yo no la iba a desperdiciar.

¿Te gustaría darte un baño conmigo? me acerqué a él mordiendo mi labio inferior.

Será mejor que lo disfrutes sola dijo muy serio. Iré a ver que suban suficiente leña para la chimenea. Por las noches la temperatura baja mucho y no quiero que pases frío.

Dicho eso, salió de la habitación dejándome con una amarga sensación de rechazo, confundiéndome con todas las atenciones y detalles que había tenido durante todo el día conmigo, pero no, nada iba a empañar mis últimos días con Edward; me llevaría de él todo lo bueno que pudiera. Todo.

Afortunadamente al entrar al baño, casi olvidé el humillante momento anterior. Era simplemente hermoso, con una bañera de blanca porcelana con grifos antiguos tan pulidos que brillaban. Los tonos verde menta combinaban con la madera y le daban un aire elegante, suntuoso. Abrí los grifos y la bañera comenzó a llenarse. En el estante también antiguo había una variedad de aceites, sales, gels y jabones. Esa noche necesitaba algo dulce que me alegrara así que eché una generosa cantidad de gotas de esencia de jazmín y froté mi cuerpo con el jabón hasta dejarla limpia, roja y reluciente.

Cuando el agua comenzó a enfriarse salí de la bañera, me sequé y en la mente ya tenía lo que usaría esa noche. Un vestido suelto con un suéter o una chalina gruesa se verían muy bien y estaría cómoda y abrigada. Me dejé suelto el pelo para que se secara solo y después de unos toquecitos de polvo en la cara y color en los labios, estuve lista.

Busqué a Edward pero no estaba en la habitación, me senté en la mecedora a esperarlo y después de unos minutos, el ruido de una puerta corrediza llamó mi atención. Él estaba afuera en el balcón y desde ahí, pudo observar cada uno de los movimientos que realicé desde que salí del baño. Fruncí el ceño.

Tranquila, no tardaré nada, lo prometo dijo al entrar y cerrar las puertas detrás de él.

Y así fue. Edward salió del baño aún secándose las gotas de agua del pecho y de los brazos. Entró al pequeño vestidor y se quitó la toalla dándome una vista gloriosa de su trasero duro y perfecto. Me moví inquieta en la mecedora pero no dejé de mirar como se vestía. Unos jeans azul oscuro y una camiseta de algodón de mangas largas y del mismo color completaron su atuendo. Jodidamente perfecto.

¿Lista? se giró hacia mí con esa sonrisa torcida que aflojaba mis rodillas y tomé la mano que me ofrecía.

Grace se había esmerado en poner una mesa muy romántica, sorprendiéndome una vez más. Cenamos una sopa de vegetales y después un corte con puré de patatas y tocino, muy campirano y según ella, a Edward le gustaba mucho y se lo preparaba cada vez que él iba al cottage, aunque ya era muy raro que se dejara ver por ahí. Grace nos ofreció un pay de manzanas como postre pero yo amablemente me rehusé. Prefería no estar tan satisfecha para lo que inevitablemente vendría en unos momentos más; no deseaba una indigestión además de una educada y elegante forma de ponerle fin a nuestra relación.

Una vez que terminamos, Edward me dirigió hacia el acogedor saloncito de la chimenea que también, como casi toda la casa, estaba iluminado a media luz. Ahí Edward tomó su imperdonable copa de coñac, mientras yo admiraba su rostro alumbrado por las brasas de los leños que se quemaban para entibiar la habitación. Él también me miraba como si lo estuviera haciendo por última vez. No había duda, estábamos ahí para despedirnos, para decirnos adiós; él solo estaba esperando el momento justo para…

Cerré los ojos y sacudí ligeramente mi cabeza para alejar aunque fuera por un instante esos pensamientos dolorosos y me dirigí a la ventana desde donde se podía admirar la negrura del bosque pero también la luna plateada y las estrellas alzándose sobre las copas de los árboles que se movían con el viento. Parecían las olas de un mar embravecido.

Aún así, se respiraba una paz que no se podría describir pero que me llenaba por completo. Suspiré y de pronto sentí los brazos de Edward rodear mi cintura desde atrás. Cerré los ojos y pegué mi espalda contra su pecho, sus brazos me abrazaron con más fuerza y recargué mi cabeza en su hombro. Él bajó la cara y la hundió en mi cuello, respirándome lentamente. Sus labios comenzaron a recorrer poco a poco esa porción de piel que ponía a su disposición y me estremecí. Eran besos ligeros, suaves, que se tatuaban en mi piel encendiéndome toda, levantando una llamarada de pasión desesperada que me hacía desearlo, necesitarlo…

Me giré entre sus brazos y subí mis manos rodeando su cuello para llenarlas después de su fino cabello que adoraba sentir entre mis dedos. Ansiosa, yo buscaba sus labios, su boca, su sabor mientras él me respondía con cautela; mi urgencia de él subió de tono y coloqué mis manos en sus mejillas, manteniéndolo ahí para mí, para entregarme a él, pero de pronto se detuvo, no me devolvía los besos ni las caricias, se quedó quieto, con una mueca de dolor en la cara, como si lo que hacíamos no estuviera bien, como si fuera pecado y la tentación demasiada, como si estuviera librándose en su interior una dura batalla por contenerse.

Me quedé helada y muy quieta, aunque mis manos y mis labios temblaran y en mis ojos se estuvieran formando grandes lagos de lágrimas por el segundo rechazo de esa noche. Mirando al suelo, di un pequeño paso hacia atrás, abriendo un espacio entre nosotros para poder reaccionar, para poder entender, para poder aceptar que el momento había llegado y que debía ser muy fuerte para lo que en unos instantes iba a escuchar.

Respiré profundamente y cerré los ojos; picaban, pero los apreté con fuerza para intentar reprimir mis lágrimas. Lo escuché moverse, alejándose de mí y sentí de pronto una opresión en mi pecho que estaba creciendo y que amenazaba con hacerme respirar entrecortadamente.

Me di media vuelta, de nuevo de cara a la ventana porque no quería que me viera convertirme en un guiñapo de mujer porque ese sería el resultado de sus palabras y no otro. Me había sobrevalorado y lo único que me restaba era reconocer que había sido demasiado ingenua al pensar que tal vez, era lo suficientemente fuerte para aceptar esta separación.

Tan perdida en mis conclusiones estaba que me sobresalté al sentir de nuevo las manos de Edward en mi cintura; firmes, cálidas, rodeándome y atrayéndome a él. Abrí los ojos en respuesta y agradecí en un suspiro que las lágrimas se hubieran evaporado de ellos.

Isabella…

Sus brazos me abrazaron adhiriendo mi cuerpo al suyo, sin girarme hacia él, besando mi pelo, mi nuca, detrás de mi oreja, mi cuello, calentando mi piel, mi cuerpo y mi sangre. Sus manos empezaron a recorrer con hambre enferma mis senos, mi torso, mi vientre y la unión de mis piernas, haciéndome hervir al sentir su firme bulto empujando contra mis nalgas, llevándome al punto de querer arrojar por la ventana hacia la negrura de la noche mi dignidad, mi nombre, mi memoria y todo lo que yo era para entregarme a él, para rogarle, para suplicarle que me hiciera suya y me regalara la última oportunidad de sentirlo llenarme de su más puro ser.

Me moví; quise girarme para poder ver su hermoso rostro con el deseo pintado en él pero sus manos detuvieron el abrumante recorrido por mi cuerpo y me lo impidieron haciéndome jadear en desespero.

No.

Dijo como si le significara un gran esfuerzo.

¿Por qué no? pregunté temblando desconcertada.

Silencio.

¿Por qué mejor no me dices que esto se acabó y que ya no quieres nada conmigo?, ¿por qué mejor no me dices que me largue de una buena vez en lugar de hacerme sufrir y humillarme como lo estás haciendo al rechazarme una y otra vez? le reclamé ya sin un grado de dignidad en mí y con el amargo sabor del dolor en mi garganta.

Mejor cállate, Isabella dijo al soltarme y girarse abruptamente.

¿No ves que me lastimas?

Isabella… advirtió.

No sigas prolongando esto, Edward, hazlo de una buena vez presioné.

¡Cállate! explotó acercándose y tomándome de los brazos para darme una fuerte sacudida. Sus ojos siempre verdes, vivos y limpios, eran dos piedras oscuras llenas de algo que amenazaba con desbordarse y sus manos se ceñían fuertemente en mi piel, quemándome.

¡Esa!, ¡esa fue mi perdición!, ¡tu maldita e inocente rebeldía! bramó exasperado. ¡Tu jodida y curiosa ingenuidad!, ¡tu puta terquedad, Isabella!

Su rostro estaba a escasos dos centímetros del mío y yo temblaba y trataba de alejarme de él  empujándome contra el respaldo del sillón en donde caí por la fuerza de su empuje. Mi corazón latía y bombeaba mi sangre a ritmo irregular, provocando que mi pecho subiera y bajara chocando contra el suyo. Mi boca se abría como la de un pez tratando de ingresar todo el oxigeno a mi alcance mientras sus enormes ojos verdes fulminaban los míos con furia. Estaba asustada por esa reacción y no me atrevía a hablar pero tampoco podía irme, no hasta que me gritara en mi propia cara que todo había terminado… ¡esa era mi puta terquedad!

Su cuerpo se presionó aún más contra el mío incrustándome al respaldo del sillón. Un grito salió de mi garganta. El rostro de Edward se hundió en mi cuello y sus manos tocaban frenéticas mi cuerpo; sin cuidado aprisionaron mis senos estrujándolos a su antojo, hundiendo su rostro en mi cuello lamiéndolo y mordiendo mi piel, presionando al mismo tiempo su pelvis, sorprendiéndome de nuevo por esa impulsiva reacción a la cual yo no me iba a negar.  

Gemidos míos y suyos llenaron la habitación. Edward no se detenía y mi respuesta aumentaba su deseo. Su boca llegó hasta la mía buscando no mis labios sino mi lengua para envolverla en ese mismo deseo que nos consumía.

Entonces sentí sus manos metiéndose bajo mi vestido para llegar hasta mis nalgas; con fuerza me levantó del sillón y mis piernas se abrazaron a su cintura aprisionándolo para no darle la opción a retractarse. Entre choques y golpes contra las paredes y los muebles salimos del salón sin separar nuestras bocas que nos devoraban hambrientas de más… mis manos se aferraban a su cuello, a su pelo y a sus hombros con cada brusco movimiento; no quería soltar mi última oportunidad de tenerlo llenando mi cuerpo, mostrándome los alcances de su deseo.

Un dolor hizo que arqueara mi espalda al sentir que era recostada sin delicadeza sobre una superficie irregular. Gemí. Gemí más al irse enterrando en mi piel esas orillas incómodas pero no aflojé el agarre de mis piernas alrededor de su cintura. Nada, nada iba a hacer que yo me apartara de él, ni siquiera sus propias manos que tras haber abandonado mis nalgas tomaban mis muslos para separarme de él.

Al sentir mi negativa se fue hacia mis muñecas y las subió sobre mi cabeza refregando al mismo tiempo su restringido miembro contra la tierna carne de mi entrepierna. Jadeé y aflojé al fin la presión de mis muslos al rozarme con la dura y rasposa tela de sus vaqueros. Un fuerte tirón abrasó mi piel al arrancarme Edward las bragas y abrí más las piernas al sentir libre mi centro ardiente, húmedo y palpitante.

Así, Isabella, así…

Su profunda y ronca voz me hipnotizó y fui embestida un instante después por su dura longitud, empalándome y haciéndome arquear la espalda ante la inesperada invasión. Grité y Edward arremetió en mí con más fuerza llegando muy hondo, expulsando todo el oxigeno de mis pulmones, permaneciendo ahí sin moverse por algunos eternos segundos. Con lentitud enfermiza su miembro abandonó de nuevo mi centro para volver a empujar con una potencia que me desconectaba divinamente de todo. Una, dos, tres veces mi cuerpo lo dejaba ir y lo recibía con toda la fuerza del huracán que esperaba estallara en mí.

Una fuerza que era tanta que me impedía emitir sonido alguno que no fuera el de jadeos cada vez que se enterraba en mi cuerpo y me llenaba. La lentitud con la que inició el ritmo de sus embestidas de pronto se tornó urgente; sentía arder mi piel con ese roce desenfrenado y el choque de nuestras carnes. Mi cuerpo se movía unos centímetros sobre la escalera cada vez que su impetuosa erección me penetraba, empujando, poseyéndome con fuerza, con necesidad y con un deseo desesperado que me hizo creer por un instante que no me dejaría ir jamás.

Mis brazos se aferraban a su cuello para impedir que se apartara de mí, arqueándome hacia él con cada envite, levantándome un poco de la incómoda superficie donde estaba siendo poseída con el más carnal de los frenesíes y por el cual, yo estaba más que agradecida cuando un fuerte destello acompañado de una sensación de plenitud abrumadora, me hizo darme cuenta que explotaba en un descomunal orgasmo.

***

No sabía si era por los eternos remanentes del clímax al cual me elevó. No sabía si lo ansiaba tanto que sentía que me levantaba en brazos y me depositaba con excesiva ternura en la cama, no sabía a ciencia cierta qué era lo que ocurría pero cómo deseaba que fuera así…

Así era como quería ser mimada después de cada entrega, de cada juego, de cada castigo, justo así; él a mi lado, besando con ternura mi piel, enredando sus dedos en mis castañas ondas, regalándome suaves besos por donde quisiera, perdida entre el sueño y la realidad, perdida por él…

Me voy a ir al infierno.

Murmuró casi inaudiblemente. En un intento que tomó todas mis fuerzas me giré hacia él y lo miré. Sus ojos recorrieron mi cara estudiándola, como si quisiera grabarse cada milímetro de ella y después su mirada se clavó en la mía. Sus dedos acariciaban mi sien, el nacimiento de mi pelo, mi nariz, mis mejillas, mis labios…

Me voy a ir a infierno.

Repitió muy suavemente pero me besó con fiereza y volvió a hacerme suya con la misma intensidad, si no más, y absolutamente entregado a la pasión con la que yo soñaba compartir por siempre con él. Me perdí en los momentos de éxtasis que me regalaba, entre lágrimas y llanto, jadeos, rasguños, besos, gritando yo su nombre y él el mío, mientras soñaba con que ese momento fuera infinito y me dejé llevar por cada uno de sus deseos, para satisfacer sus placeres que eran los míos y que estaba segura nunca podría volver a sentir con nadie, jamás.

Agotada y extenuada desperté no sabía cuanto tiempo después. Ningún destello de luz se colaba por los extremos de las cortinas. El frío era intenso y en la chimenea se habían extinguido ya todos los gruesos leños. Me abracé a la única fuente de calor cercana a mí, a Edward. Me acomodé a su cuerpo como cada noche lo hacía antes de que mis peores temores se hicieran realidad. Recosté mi cara sobre su pecho, rodeé su cintura con un brazo y enredé una de mis piernas entre las suyas. Aspiré su aroma y me paralicé al sentir que besaba repetidas veces el tope de mi cabeza y sus dedos dibujaban caricias en mi espalda.

No intenté levantar el rostro para verlo, ya que la oscuridad me lo hubiera impedido pero él si tomó mi barbilla y la elevó para besarme. Sintiéndome plena y segura entre sus brazos me dejé llevar de nuevo por el sueño disfrutando de él.

Cuando volví a abrir los ojos, Edward seguía estudiándome. Estaba serio y no se le veía cansado, como si la agitada noche que tuvimos no hubiera significado ningún esfuerzo para él. Seguramente el león estaba esperando el momento ideal para darme el zarpazo mortal. Reí amargamente en mí interior.

¿Crees en el poder de la atracción, Isabella?

Su voz me sobresaltó. Lo miré sin saber qué responder, mis sentidos aún estaban adormilados.

Yo no creía en esa estúpida teoría afirmó mientras trataba de enfocar toda mi atención en él… no creía en nada hasta que te comenzaste a aparecer continuamente por dondequiera que yo fuera, haciendo que mi cuerpo reaccionara extrañamente al solo verte y que tu imagen estuviera colándose en mi mente cuando menos lo esperaba impidiéndome concentrar en absolutamente nada. Todos eran demasiados signos que, después de varios días, no pude dejar de ignorar. Después de eso, Isabella, ya no estuve seguro de nada en mi vida, mucho menos de las firmes normas bajo las que me regía.

Se separó un poco de mí mientras yo hacía un esfuerzo por entender qué tenían que ver mis intentos de acercamiento hacia él con todo eso del poder de la atracción y sus normas de vida.

De repente me sorprendía deseando encontrarme contigo a cada momento, quería verte, tenerte cerca, olerte, tocarte y fue entonces cuando comprendí que había algo más, que tenías algo, una fuerza que me atraía y que me hacía muy difícil el poder resistirme a ti pero lo intenté, Isabella, créeme que lo intenté dijo casi murmurando.

»Casi creí haberlo logrado cuando te apareciste en el club decidida a soltarme tu brillante propuesta, ¡como si no hubiera bastado con todo tu inocente encanto! Estuviste a nada de que te poseyera ahí mismo, ¿sabías? Tu puta osadía tentadora te puso en un peligro muy grande y lo peor es que puedo jurar que ni siquiera te diste cuenta de ello.

Me senté cubriendo mi pecho con las mantas, mirándolo con la suave luz que daban las brasas del hogar nuevamente alimentado, intrigada y asombrada cada vez más con cada palabra que salía de su boca.

Bastó un ligero rugido y que mostrara los dientes para que la valiente ovejita saliera huyendo despavorida pero eso sí, muy digna sonrió solo por un segundo. Esa actitud te ató a mí a partir de ese instante y solo rezaba para que no claudicaras en tu empeño de que te tomara como mi devota aprendiz. No dormí por varios días pensando, escudriñando minuciosamente lo que me habías pedido y a punto estuve de pasar de largo e ignorarte por tu propio bien, pero el sobre en mi escritorio con toda tu información, me hizo pensármelo dos veces.

¿De qué demonios hablaba?

¿Un sobre con información mía?

¿Me… me había mandado a investigar?

Apreté con fuerza las mantas contra mi cuerpo, intentando no perder la calma con los pensamientos de todo tipo que se agolpaban en mi mente.

Tú tenías algo que yo no podía dejar de tomar en cuenta y por eso estás aquí, Isabella…

Y… qué… ¿qué es eso? pregunté después de un par de largos minutos llena de temor cuando respondió tranquila y suavemente mirando al techo.

El Sacrè - Coeur.

¿El internado?

¿El maldito internado?

¿Qué tenía el Sacrè - Coeur para que Edward decidiera por tomarme como su aprendiz?

¿Acaso sería que muchas de sus discípulas habían salido de ahí también?, ¿lo veía como algún tipo de garantía? Tal vez así era ya que eso me había dado el pase automático hacia él.

Edward giró la cara; me miraba, me observaba y analizaba cada uno de mis movimientos y mis reacciones, como queriendo leer en ellos mis pensamientos y mis sentimientos pero a juzgar por su concentración, no estaba obteniendo mucho de mí y eso era bueno porque por dentro estaba sumida en un pozo de confusiones.

En un principio no supe exactamente cómo me beneficiaría eso, solo tenía la certeza que debía mantenerte a mi lado, por eso no tuve ningún apuro en presionar por saber de ti en los años que estuviste en el internado; sabía que tarde o temprano algo saldría, algo habría que me ayudara a entender…

Era yo la que no estaba entendiendo nada, o quizás el súbito arranque de sinceridad de Edward me estaba anulando la capacidad de análisis. Edward se llevaba las manos a la cabeza y se mesaba el cabello alborotado, estaba intranquilo en comparación a momentos antes y yo seguía en las mismas, bloqueada, porque no encontraba relación alguna conmigo, con Edward y el maldito Sacrè - Coeur.

Edward, yo no estoy segura de estar entendiendo reconocí. No sé a que te refieres con eso de que yo pudiera saber algo. Algo, ¿de qué?

Te prometí que tendríamos unos días para nosotros, para que yo me sincerara contigo y para que tú comprendieras muchas cosas que han pasado en mi vida. El porqué trabajo mucho y me ausento; porqué mis cambios de humor, mis silencios… y eso es lo que intento hacer ahora. Cero secretos, Isabella.

¿Y qué tiene que ver el internado con nosotros?

Demasiado, ¡todo! dijo exasperado pero intentando recobrar el ritmo calmado y constante de su respiración.

Se volvió un segundo y sacó una fotografía del cajón de su mesilla lateral. La observó. Sonrió y luego me la dio. Entre mis manos tenía un bello portarretratos; la chica de la foto me miraba con una sonrisa verdaderamente hermosa. Era muy rubia y sus ojos tremendamente azules y grandes. Sus labios carnosos y… 

¡Es Liz!

Exclamé al reconocer al fin a esa chica tan hermosa que parecía estar de buen humor todo el tiempo; la chica con la que no tenía lo que se decía exactamente una amistad pero que a ella no le importó nada más que ayudarme aquella fatídica noche en la que todo ocurrió, sin importarle el castigo que nos darían si nos descubrían. La chica a la que nunca pude agradecerle todo lo que hizo por mí porque hubiera muerto de vergüenza con tan solo mirarla a la cara.

Sin dejar pasar un segundo, mi desconfiada mente comenzó a trabajar y todos mis pensamientos apuntaron hacia otra dirección.

¿Qué significa esto, Edward?

Pregunté rogando que no fuera algo que mi instinto me señalaba.

Ella es Elizabeth Cullen. Liz Cullen, mi hermana.

El pesado lastre que no sabía se había instalado en mi pecho junto con mis erróneas sospechas se desvaneció al escuchar cómo con una calma desconcertante, Edward me confesaba su relación con Liz. Edward tenía una hermana y era nada menos que quien me había ayudado cuando más lo necesité. No era “alguien más”, ¡era su hermana!

Perpleja sería una palabra que quedaría corta para describir cómo me sentía, mientras el alivio era el único sentimiento que reconocía junto a toda la miríada de emociones que recorrían mi cuerpo a una velocidad vertiginosa.

Tú hermana… susurré y me sorprendió la calma con la que hablé; Edward asintió. Por varios minutos miré mis manos enredando y desenredando mis dedos, asimilando su confesión.

Pero, ¿por qué me lo dices después de tanto tiempo, después de tantos meses?, ¿por qué nadie habla de ella?, no la mencionan y no hay ninguna fotografía de ella en casa de tus padres ni en la tuya, ¿por qué, Edward?, ¿qué hizo para que la eviten de esta manera?

Mi boca comenzó a desbordarse en preguntas lógicas para mí; cuestionamientos que venían a mi mente buscando respuestas que según Edward, me daría en ese mismo momento y yo estaba impaciente por oírlas.

Bella… Liz está muerta.

El impacto de esa revelación me dejó sin aire, sin habla. ¿Liz muerta?

Pero… ¿cómo… qué…? intenté articular mientras una ráfaga helada cubría mi cuerpo.

Un accidente.

Respondió en un susurro firme. Cerró los ojos y se llevó las palmas de las manos a ellos, presionándolos como si esa acción calmara un poco el dolor de su pérdida.

¿Cuándo? pregunté con un hilo de voz.

Edward resopló y dijo:

Un mes después de haber terminado el internado, en el verano del dos mil cinco. Creíamos que era un secuestro pero horas después, apareció su cuerpo en un auto desconocido que cayó a un barranco. 

¿Por qué nadie mencionó nada en el internado? inquirí ante el extraño silencio.

Las causas de su muerte no dejaban a mi hermana en muy buena posición. Preferimos guardar silencio e investigar por nuestra cuenta, es lo mejor que pudimos hacer en su memoria y no empañarla con falsas aseveraciones, pero, es tan difícil tener que vivir su ausencia y encima encontrar pistas que no te llevan a ninguna parte, que solo te muestran a una persona que sabes bien que no era…

Dios, que profunda angustia la de Edward y de sus padres, y lo peor es que el dolor por perder a un ser querido nunca pasa. Se aprende a vivir con él pero siempre estará presente.

Ese es uno de los principales motivos porque estés aquí, Bella. No creas que no es por ti misma, porque ya te he explicado que no es así, pero ambas estuvieron por la misma época en el internado y de alguna manera sentía que si te tenía conmigo, sería como un vínculo que mantendría con Liz.

Quise abrazarlo, fuerte contra mi pecho, dejando a un lado todo lo que me decía porque no tenía cabeza para nada, solo quería sentirlo, tocarlo, pero al moverme un poco hacia él, me dio la espalda. No quería tenerme cerca y yo desgastándome en intentarlo. Dolida, me pegué a la cabecera de la cama jalando las mantas y haciéndome un ovillo.

Dejé pasar el tiempo y todo parecía ir relativamente bien entre nosotros, hasta que una noche gritaste el nombre de ese maldito bastardo en medio de un ataque de pánico que te causé al traspasar tus límites, y supe que no podía quedarme de brazos cruzados. No podía resistir verte tan angustiada y luchando para actuar como si no ocurriera nada, sabiendo que por dentro te consumía el dolor de algo que no querías compartir conmigo. Así que a la primera oportunidad que tuve, volé a Lausanne para averiguar todo lo que pudiera sobre ti y ese miserable, para hallar la mejor forma de ayudarte, pero al llegar y enterarme que el dormitorio de Liz y el tuyo estaban uno debajo del otro, esa conexión que nunca pude sentir hasta ese momento, al fin era algo real.

¿Era… era verdad lo que estaba escuchando de boca de Edward?

¿Había ido hasta Lausanne defraudando la confianza que tenía depositada en él?

No me moví, pero con excesiva lentitud levanté la mirada. Necesitaba que así, viéndome a la cara me lo confirmara.

Tenía que hacerlo, Bella, lo sabes. Esta vez fue él quien quiso acercarse pero me retiré. No podía ignorar el par de datos que tenía en mis manos y que podrían revelarme lo que verdaderamente había ocurrido contigo. Mis deseos de liberarte de ese trauma fueron mayores a cualquier otra cosa y como si fuera poco, también podría saber más acerca del bastardo que te lastimó, compréndeme… 

¿Por qué no me dijiste lo que planeabas hacer? pregunté con una voz tan aguda que no la reconocí como mía.

Aspiró y exhaló desesperado pero intentó tranquilizarse para no alterarme aunque a esas alturas, ya no sabía si eso podría ser posible.

Sé sincera contigo y dime si hubieras podido mantener la calma y ver con objetividad todo lo que me proponía hacer con tan solo un maldito nombre, ¡dímelo!

Él tenía razón. A la primera insinuación sobre el tema yo me hubiera encerrado en mi caparazón y con seguridad y con todo el dolor de mi corazón lo hubiera dejado porque la humillación y la vergüenza de que supiera mi secreto, hubiera sido devastadora para mí.

¿Ves que tengo razón? preguntó suavemente y eso me hinchó.

Razón puede que sí, pero derecho… ¿derecho a meterte con mi vida?, ¿con mis cosas?, ¿con mis secretos?

Ahí es donde también te equivocas, Isabella, porque desde que acepté tenerte a mi lado perdiste todos esos privilegios, ¿no lo recuerdas?

¡Tú hurgaste en mi vida! grité furiosa. No me respetaste. Me trataste como a una más de tus aprendices y…

No, Isabella, porque de haberte considerado una más, no me hubiera interesado mucho lo que me escondieras tan celosamente porque a mi corazón no le hubiera importado.

¡Lo que sea! exclamé exasperada. Actuaste a mis espaldas y me mentiste, me fallaste, me fallaste…

Golpeé mis puños contra la almohada.

Bella, escúchame…

Bella, ¡nada!

Edward hizo el intento de acercarse de nuevo pero al verme tan alterada solo quedó en eso, en un intento. Oí algunos pasos y luego la puerta que se cerraba muy despacio.

Durante un par de horas esa noche, lloré de coraje y de impotencia; por lo que Edward había hecho a mis espaldas y porque ya no había nada que yo pudiera hacer al respecto.

No sabía qué tanto más, Edward había hecho y tampoco cuánto me afectaría. Solo rogaba que después de saberlo, yo pudiera seguir teniendo la fuerza y la confianza para salir adelante porque desgraciadamente, había tocado una fibra extremadamente sensible de mí sin mi autorización.

***


A la mañana siguiente me desperté sola en la cama. Él no había vuelto a la habitación y quizás así fue mejor porque amanecí sintiéndome efectivamente, como un desecho humano. Me dolía el cuerpo por dormir en una mala posición, mis ojos estaban a un estornudo de salir expelidos de sus órbitas por estar enrojecidos e hinchados de tanto llorar  y como si eso fuera poco, mi confianza en Edward estaba destrozada.

Determinada a no seguir rumiando en mis desgracias, salí de la cama y me metí a la ducha para despejarme y así analizar mi situación.

Antes que nada, Edward no me había pedido terminar nuestra relación y tampoco me había echado de su lado; al menos hasta la noche anterior. Esa incertidumbre estaba carcomiéndome pero debía ser paciente y no desesperarme. Él solo se estaba sincerando conmigo según como me había prometido. Eso me llevó a pensar que seguramente había mucho más que necesitaba decirme y que yo debía saber, sobre todo acerca de Liz. Había sido un gran impacto enterarme que eran hermanos pero el saber que estaba muerta, me deshizo por completo.

Cerré el grifo de la ducha y me sequé con una toalla tibia. Mientras me vestía cómodamente, pensaba decidida en que no me iría de ahí con toda la verdad en las manos así tuviera que exprimírsela a Edward de cualquier modo. Con mi resolución bien hecha, bajé las escaleras sin voltear a mirar ninguna fotografía a mi paso. No sabía porqué no me sentía con el derecho de inmiscuirme en el impenetrable mundo que la familia Cullen había creado para Liz.

Atravesé el salón y vi las puertas abiertas hacia la terraza donde el sol brillaba en todo su esplendor. Al salir, vi a Edward sentado a la mesa leyendo muy concentrado el periódico que tenía entre en las manos.

Si no recordaba mal, ¿no había dicho que durante estos días no habría nada que robara su atención?

Bueno, ¿por qué creerle después de todo?

No notó mi presencia hasta que me aclaré la garganta después de haber repasado la mesa con la mirada. Todo estaba como a él le gustaba.

Buenos días, Señor. 

Saludé con suavidad mientras le servía más café y me sentaba discretamente. Edward me miró sin responder y volvió su atención al periódico. Me serví un poco de jugo y escuché a Grace hacer ruido en la cocina.

Si me permite, Señor, iré a ayudar a Grace con el desayuno pedí dócilmente.

Quédate dónde estás, Isabella respondió sin mirarme siquiera y le obedecí.

Minutos después, aparecía Grace sonriente y una muchachita detrás de ella con varios platos que colocaron al centro de la mesa. Nos desearon buen provecho y se marcharon.

¿Qué desea que le sirva, Señor? pregunté lista con un plato limpio en las manos.

Me serviré solo fue su parca respuesta.

Edward llenó un plato con huevos revueltos con algún tipo de embutido. Comió también panes con miel y queso fresco. Yo solo tomé fruta y cereales como era mi costumbre. Desayunamos en silencio y me pregunté si estaba actuando bien, si mi actitud era la correcta. Terminamos y como si nos hubieran estado esperando, Grace y la muchachita salieron para recoger y limpiar la mesa.

¿Desea más café, Señor? insistí en mi antigua postura de complaciente sumisa.

Empujó al centro de la mesa la taza y le serví. Se la tomó en dos tragos y se puso de pie abruptamente, extendiendo la mano hacia mí que la tomé sin dudar. A paso veloz entró en la casa conmigo a rastras para encerrarnos en un despacho; me soltó la mano y se sentó detrás de un antiquísimo escritorio muy bien conservado, quedándome de pie en medio de la masculina habitación.

Puedes sentarte dijo casi con burla y ponerte cómoda, porque no saldrás de aquí hasta haber escuchado todo lo que tengo que decirte y no me va a importar si lloras, me insultas o me golpeas. ¿Entendido, Isabella?

Un extraño estremecimiento me recorrió entera al escuchar el tono gélido y amenazador en sus palabras.

¿Estaba en realidad lista y dispuesta a escuchar lo que tuviera que decirme?

¿Podría yo manejar todas esas verdades?

Tragué en secó y respondí…

Entendido, Señor.*


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¿Les gustó?
Espero que sí y esperen el capi que sigue pero tranquilas que esta vez la espera no será larga, lo prometo.

Por lo pronto quiero agradecer a mis adoradas Jo y Lethy, por el excelente beteo y la maravillosa selección de fotos; a mis amiguitas que en los in-box me dejaban mensajitos de ánimo, pero sobre todo y especialmente, a las nenas traviesas del grupo que por varios días hicieron una cadena de oración por mi salud. No tengo palabras ni nada para agradecerles ese hermoso gesto que me estrujó el corazoncito, de verdad, las amo, nenas!

A aquellas que no habían dejado nunca un review y en esta ocasión sí lo hicieron junto a las kinky-girls de FFiction que también dejaban aquí sus mensajitos deseándome una pronta recuperación. A todas tenía tanto qué decirles que me he bloqueado, pero les dejo mi corazón, mi agradecimiento por tanta paciencia y espera, por su respeto y por sus buenos deseos… MIL GRACIAS!!! =)



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