miércoles, 2 de enero de 2013

CAPÍTULO 40


Los personajes pertenecen a la marvillosa Stephenie Meyer, la trama es de mi autoría.  Ya saben nenas traviesas, este capítulo contiene escenas de sexo explícito. Si eres menor de edad, no te gusta, te ofende, mejor abstente de leer, nosotras si seguimos…

Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Beta FFAD
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Una Triste y Cruda Realidad.


Si nos volvemos hacia una realidad más grande, es una mujer quien nos tendrá que enseñar el camino. La hegemonía del macho ha llegado a su fin. Ha perdido contacto con la tierra.
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Henry Miller




Capítulo 40

Jake Outtake, Segunda parte.

No podía contenerme, mi prisa era salvaje, desesperada. No quería que dejara de sentirse tan tentadora, tan invitante; no quería dejar de olerla y mi ansiedad, mi necesidad y mi urgencia, eran sólo por hundirme en ese pedacito de cielo que esta vez no se atrevería a negarme… que esta vez ya me dejaría probar.

Pero no lo hizo.


La ira desmedida que siempre había estado presente en mí, contenida, se incrementó a niveles descomunales, haciendo que mi sangre hirviera, calentando mi cabeza, mi cuerpo, provocándome incontrolables deseos de golpearla, de tomar a la fuerza lo que me negaba, de obtenerlo como fuera posible. Respiré profundo. No estaba en mis cabales y en algún resquicio de mi obnubilado cerebro era muy consciente de ello, aunque el saberlo no reducía mis impulsos violentos.

Subí a Bella a trompicones al auto y conduje a toda prisa. El camino estaba desierto y con todos mis sentidos agudizados por estar bajo la influencia del alcohol en combinación con la pastilla, la adrenalina que siempre corría por mi sistema al conducir multiplicaba el placer que la velocidad me daba. El enojo, el deseo de venganza, el deber de defender mi hombría, todas esas sensaciones mi cuerpo las manejaba al mismo tiempo. Todas las sentía claramente y ni una sola de ellas disminuía conforme pasaba el tiempo.

La haría pagar. Me cobraría su burla, su engaño, el atrevimiento de pensar que conmigo podría hacer lo que quisiera, de darme todo a cuenta gotas, estaba equivocada. Se lo probaría, me saciaría, tendría lo que quería y las repugnantes personas que ella no toleraba serían testigos, para que a ninguno incluida Bella, se les olvidara quién era Jacob Black.

Bella lloraba acostada en el mugriento colchón bañado de orines de los que iban a drogarse ahí; quería irse y luchaba con todas sus fuerzas. Esa perra me pateó después de arrancar la ropa de su cuerpo pero iba a aprender a no jugar conmigo y se lo iba a demostrar a todos. Vi su cuerpo temblar. Podía oler su miedo, podía olerlo igual o más que su esencia. Mi boca se hacía agua al saborear su dulce coñito seco por el pánico mientras mi lengua caliente lamía su centro, follaba su entrada, presionaba su clítoris, lo humedecía con mi saliva… su sabor era adictivo, era deliciosa. 

Yo seguía cobrándome el intento de burla de Bella mientras los chicos la sostenían y me animaban. Los gritos y los silbidos me aceleraban y mi boca mamaba de su tierno coño con avidez. Me separé de ella por un segundo y algo me paró en seco. De inmediato un líquido caliente bañaba parte de mi cara. La muy zorra me había asestado otra patada. ¿Le gustaba rudo?, pues rudo lo iba a tener.

Mi cara ensangrentada, mi boca hambrienta y mis dientes, se enterraron en ella. Se lo di como lo pidió. Fuerte y duro. Me la comí. La probé y la tuve hasta saciarme, hasta que sentí que sus muslos dejaron de resistirse…

¿Eso fue todo, Bella?

¿Esa fue toda la pelea que pudiste darme?

No me había ni servido para un carajo. Apenas se me terminaba de parar cuando ella ya se había desmayado.

¡Larguémonos ya! ordenó James.

¿La vamos a dejar aquí? intervino Laurent.

¿Quieres llevártela de souvenir? preguntó con ironía—. Mira cómo la dejó este, más vale que desaparezcamos de aquí.

¡Se lo buscó! grité indignado.

Hubiera querido que los recuerdos de aquella noche se perdieran dentro de una espesa niebla, pero para mi mala suerte no fue así. Aún estaban muy vivos en mi memoria. Ni el alcohol, ni la pastilla, ni nada me ayudaba a borrar esas imágenes. Las de sus muslos trémulos, la de su tierna carne abierta bañada en sangre, con algunos moretones ya muy visibles…

Al día siguiente me desperté aún con la ropa manchada, mi cara, mis brazos. Como pude llegué a las duchas intentando no ser observado y apenas terminé de bañarme y vestirme empecé a empacar mis cosas. No podía quedarme ahí después de lo ocurrido, después del rechazo de la chica por quien me había plantado ante mi padre. Bella me había traicionado, ella no valía el que yo desperdiciara un solo minuto de mi brillante fututo.

Por la noche ya tenía todo mi equipaje listo y llamé a mi padre para decirle que lo había pensado mejor y que había decidido ir a Alemania. Él solo me dijo que el plan seguía siendo el mismo, que estuviera puntual y que no perdiera el vuelo. Ya estaba todo hecho. Me iría lejos, pero no sin antes verla. Necesitaba oír de sus labios que no me rechazaba, que la perdonara, que me quería.

Gracias a que el maldito vejestorio de Joseph no quiso alquilarme su auto por haber encontrado sangre en el asiento, James me prestó el suyo y así llegué al Sacré-Coeur. Dejé el auto detrás de las canchas y las atravesé con mucho cuidado hasta llegar al edificio de su dormitorio. Esperé pacientemente a que las luces se apagaran y me acerqué sigilosamente a la enredadera para comenzar a subir. Concentrado en eso estaba hasta que apareció un ligero problema…

Apostada en la ventana estaba una chica con un bate de béisbol y me amenazaba con gritar después de darme un buen batazo, si no me iba por donde había venido.

¿No me has escuchado? —gritaba entre dientes. ¡Vete de aquí, maldito!

Acuéstate a dormir y no metas las narices en donde no te importa respondí furioso.

¡Déjala en paz!

Ella es mi novia y nadie me dice lo que tengo que hacer.

Pues yo sí que te lo digo y óyeme muy bien: deja en paz a Bella porque si no lo haces, grandísimo animal, levantará una demanda en tu contra por agresiones, violación y todo lo que resulte.

¿Bella?, ¿y cómo diablos piensa hacer eso? me reí, ella jamás se atrevería.

Pues resulta que anoche tomé fotos de cómo llegó y de la violación tan animal que sufrió, de todo el daño que tú le hiciste infeliz y si en cinco segundos no te largas de aquí, yo misma las llevo para levantar una demanda en tu contra por abuso sexual y eso es lo de menos… ella es menor de edad, ¿te imaginas cuánto te van a dar de cárcel por abusar de una menor? aseguró satisfecha y me estremecí. Aquella chica me dejó helado.

¿Abuso sexual?

¡Mis huevos!

Todo fue siempre consensuado, yo nunca la obligué a nada y podía probarlo. Ya casi llevábamos un par de meses de novios y había muchos testigos. Los dueños del hotelito que visitábamos varias veces a la semana, también estaban James, Laurent y los chicos; ellos me apoyarían y nadie podría hacerme nada ¡No podrían!

Salí huyendo de ahí con la amenaza de la chica retumbando en mi mente. Fui al bar del pueblo para encontrarme con James y le conté todo. Él solo rió muy calmado y me dijo que no me preocupara, que no corría ningún riesgo porque era su palabra contra la nuestra y que nadie le creería a una niña desesperada por llamar la atención del chico popular del internado. Que tampoco me preocupara por las fotos que según la entrometida decía tener porque no probaban con exactitud quién la había masacrado de esa forma.

Al escuchar esa palabra algo muy extraño me corrió por la espalda.

Además es una suerte que te vayas mañana, Jake. No tienes porqué preocuparte levantó la mano y chocó su vaso con el mío ¡Salud por tu brillante futuro, Jake!

Mi futuro. Un futuro que empezaba enterrando un presente accidentado. Por eso me iba. Aunque en realidad, lo que hacía era huir. Huía porque sabía que era culpable, aunque ella me hubiera obligado a hacerlo de una forma u otra. Aún con varios tragos encima mi decisión no había cambiado. Me iría a Alemania pero no sin antes verla. No sabía bien qué era lo que me impulsaba a hacerlo, yo solo tenía que verla, eso era todo lo que quería.

Volví al Sacrè-Coeur y me escondí detrás de las flores. Esperé un rato prudente para cerciorarme que ya dormían todas, la entrometida sobre todo y cuando estuve seguro, comencé a trepar por la enredadera. Iba ya por la mitad de esta cuando alguien se aclaró la garganta y casi me cago del puto susto. Con mucha dificultad miré hacia abajo y la vi ahí, de pie, con una inmensa sonrisa y el espejo retrovisor del auto de James en la mano, junto con el bate de mierda y una bolsa. Bajé de inmediato para enfrentarla pero ella se alejó a una distancia prudente y habló primero.

Sabía que lo que te dije no atravesaría tu duro y maldito cráneo se mecía con su premio en la mano, por eso te esperé para darte un aviso más claro. Espero que con esto entiendas muy bien el mensaje, porque encontré algo que le agregará muchos años más a tú condena.

Abrió la bolsa y sacó de ella muchas bolsitas más llenas de… coca. Asombrado por lo que veía, tardé en reaccionar mientras ella las tiraba algunas a la fuente a su lado y el polvo blanco se disolvía.

¡Eso no era mío!

La muy estúpida había revisado el auto de James y ahora decía que tenía mucho más que solo unas putas fotos para mandarme preso. El terror se apoderó de mí y traté de alcanzarla yendo tras ella pero era más rápida y ya había desaparecido en la oscuridad. Tenía que hacerle caso y largarme de ahí en ese mismo instante. Corrí hacia donde tenía estacionado el auto y cuando me acerqué, quise morirme.

La muy perra había destrozado el auto con su bate. Había roto todos los cristales, abollado la carrocería, tenía todos los faros rotos, los asientos rasgados como un una navaja y los limpia vidrios retorcidos.

¿Qué… qué coño había hecho esa maldita zorra?

Había cavado mi tumba, porque si James amaba algo en este puto mundo era su impecable auto. Nadie lo tocaba y a mí me lo había prestado y se lo estaba regresando despedazado, ni siquiera pude arrancarlo y llevarlo de vuelta, esa puta entrometida les había clavado algo a las llantas y estaban sin aire. James se iba a volver loco y a mí me mataría a golpes. Jamás iba a perdonarme.

¿Con qué cara iba a enfrentarme a él y decirle que una chica había dejado su auto hecho una mierda, que también lo había registrado y que tenía esa bolsa en su poder?

Volví a pie al internado donde James me estaba esperando. Hubiera sido muy fácil irme sin darle ninguna maldita explicación pero yo no era un cobarde y además, él me buscaría hasta el fin del mundo para cortarme en cachitos. Él tenía los medios y estaba seguro que era mucho más poderoso y peligroso de lo que aparentaba ser.

Ya que sabía a qué más se dedicaba, me quedaba muy claro que tenía que dar la cara, pasara lo que pasara por lo que me armé de valor y resignado a lo que fuera que él quisiera hacer conmigo, tuve que explicarle lo sucedido. Cerré los ojos esperando que explotara todo a mi alrededor pero muy contrario a como supuse que reaccionaría, solo echó hacia atrás la cabeza, suspiró muy hondo y se apretó el puente de la nariz.

No te preocupes, Jake vdijo con voz grave—. Estas cosas pasan.

Pagaré la composición, tu auto quedará impecable, James, yo… lo siento mucho le aseguré con la cabeza baja.

Deja de preocuparte repitió pasándome un brazo por los hombros. Es sólo un auto. Ya habrá manera de que algún día me devuelvas el favor dijo y sonrió de un modo que me heló la sangre.

Y sí, ese puto favor me estaba saliendo muy caro, demasiado.

Me despedí de él y me dijo que si surgía algún problema él se haría cargo de todo y que me mantendría informado de lo que ocurriera; que no me preocupara por nada.

Un par de horas después subía al auto que me llevaría al aeropuerto de Lausanne para tomar mi vuelo a Stuttgart. No había pegado los ojos en toda la maldita noche. Estaba nervioso, ansioso, sediento y paranoico, con un temblor de mierda que recorría mi cuerpo y que no podía controlar. Hacía mucho frío, pero a pesar de eso, mi cuerpo sudaba; seguramente porque estaba eliminando las sustancias tóxicas de mi cuerpo. Era una sensación horrible, como si viviera en una angustia perpetua.

Llegué a Sttutgart por la tarde gracias al retraso del vuelo por neblina en la pista. Para mi sorpresa, no llegué a los dormitorios del campus. Mi padre había alquilado un apartamento pequeño pero muy cómodo, cercano a la universidad. Subí mi equipaje a duras penas debido al estrés, al cansancio y a todo lo ocurrido la noche anterior. Me dejé caer en la cama y me quedé dormido hasta que desperté al día siguiente con la cabeza pesada como un yunque, la boca tan seca como una esponja y el cuerpo cortado. Me di un baño y salí para familiarizarme con la zona y buscar comida; encontré en la esquina un café Internet y me senté en la mesa del rincón. Después de pedir, saqué mi móvil y le marqué a James. Necesitaba saber noticias de Bella, pero James solo me dijo que todo estaba tranquilo, que me dedicara a lo mío.

Por los dos meses siguientes eso fue lo que hice pero sin dejar de pensar un solo día en Bella. En su rostro, su cuerpo, su olor, su sabor, su piel, su risa, en su renuencia, a lo que me había orillado a hacer… si no hubiera sido tan estúpidamente mojigata no estuviéramos alejados y no hubiera llegado hasta las últimas consecuencias con ella. Sabía muy bien que le había hecho daño pero era una lección necesaria, ella debía aprender de eso para que cuando estuviéramos juntos de nuevo ya no hubiera barreras entre nosotros.

***

El verano estaba acabando y el frío se encrudecía en Sttutgart. Caminaba del campus a mi apartamento mientras mi estómago rugía hambriento. Entré al café de la esquina a comprar algo de comer cuando una fotografía en el periódico local llamó mi atención.

Un grupo de investigadores y peritos especialistas rodeaban un auto idéntico al de James. Tenía las mismas huellas de la golpiza que le había dado la chica entrometida, todo exactamente igual, solo que este auto estaba quemado y al pie de la foto decía…


“Como resultado de los excesos del alcohol y las drogas, el conductor pierde el control del auto y termina en este terrible y penoso accidente”

¿James?

Como un loco marqué su número y al tercer tono respondió, haciendo que respirara de nuevo.

¡Jake! se escuchaba alegre. ¿Cómo va la universidad, viejo?

James… estás… ¿bien? pregunté casi balbuceando.

Ah, veo que ya te has enterado rió. Sí, mi querido amigo, han encontrado mi auto. Me lo robaron, ¿puedes creerlo?, mi auto consentido hecho una mierda. Chocado y quemado exhaló aire, como si le pesara la situación.

Y… ¿tienen alguna idea de quién pudo… haber sido? indagué con cautela.

No, Jake suspiró. Han encontrado un cuerpo dentro, calcinado. Quien lo haya hecho ya ha pagado su culpa… es una pena.

Eso fue todo lo que dijo sobre el auto. Yo ya ni quise indagar más sobre el tema. Honestamente solo quería olvidarme de esa puta noche, de todo, menos de Bella. No me la podía quitar de la mente. Probarla había sido mi maldición y el hecho de recordar su sabor me consumía cada día que pasaba. Pero yo era un hombre paciente y sabía que mi momento llegaría, solo tenía que concentrarme en lo mío y luego, traerla de vuelta a mi lado.

Fue así como los fríos días, las duras semanas, los largos meses y los interminables años fueron pasando. Totalmente concentrado en mis estudios vi correr el tiempo y aproveché cada segundo de él. Mi padre rebosaba de orgullo, mis notas eran las más altas y era un hecho que me graduaría con honores. Eso seguramente, haría estallar el pecho de mi padre. Cada vez estaba más cerca de lograr nuestros sueños. Habría subido unos cuantos peldaños más en mi carrera hacia un éxito muy deseado, solo que los peldaños que faltaban, eran los más duros y difíciles porque una vez que terminara la universidad tendría que materializar mis ideas y conocimientos. Para eso, íbamos a necesitar un financiamiento realmente cuantioso y estaba casi seguro que necesitaría un milagro para lograr que alguien apostara por mis ideas locas pero muy innovadoras.

Entonces recibí una llamada.

Una llamada de la persona que menos esperé… James.

***

Me estiré en mi silla levantando los brazos para destensar los hombros. Había pasado unas cuantas horas reorganizando los horarios laborales y con mucho esfuerzo y muchas horas extras que se les pagaría a los hombres lograría sacar ese pedido extraordinario de James. El muy imbécil me obligaba a arriesgarme por todos lados. Pero no tenía alternativa más que aprovechar muy bien ese riesgo.

Señor Black llamó mi asistente, el señor Donovan está aquí.

Vincent Donovan entró a mi oficina con pasos silenciosos. El hombre de casi uno noventa y cinco de altura, de semblante pálido pero labios casi rojos, asintió cuando le indiqué que tomara asiento. Acomodó su fornido cuerpo con elegantes movimientos. Eso fue lo que llamó mi atención de él. La sutileza con que se manejaba indicaba que no se trataba de cualquier hombre grande con experiencia en el oficio. Donovan era culto y mesurado. Exactamente el tipo de hombre que necesitaba para que me cuidara las espaldas.

Nunca había tenido seguridad porque nunca la había necesitado. O al menos eso pensé hasta que sospeché que alguien me vigilaba. No estaba muy seguro, pero me encontraba en una posición muy riesgosa y ya no me podía dar el lujo de ser ingenuo y confiado; debía tener los ojos bien abiertos. Tenía que dudar hasta de mi propia sombra y por eso me vi en la necesidad de contratar a Donovan. No tuve que explicarle mucho. Solo lo que requeriría de él y le di libertad para que contratara tanto a los hombres así como todo el equipo que necesitaría para mantenerme seguro.

¿Alguna novedad, Donovan?

Ninguna, señor. Cullen se mantiene solo vigilante se aclaró la garganta. Si me permite asentí, no creo que pase de ahí. Si quisiera actuar, ya lo habría hecho porque ha tenido oportunidad de hacerlo. Él solo está a la expectativa.

Cullen. Cullen.

Maldito hijo de la gran puta.

A los pocos días de haber contratado a Donovan, me informó que quienes me seguían, eran los hombres de Edward Cullen. Estallé en carcajadas, No podía parar de reír. ¿Acaso esos Cullen traían lo entrometidos en la sangre?, ¿no tenían ni siquiera dos dedos de puta frente como para pensar que su instinto de mierda los podía meter en problemas? Tal parecía que no. Solo que esta vez, me lo tomaría mucho más personal y sería yo quien se encargaría de este Cullen en particular.

Porque este Cullen en especial, era el bastardo infeliz con el que estaba mi Bella.

Sí.

Porque yo también había hecho mi tarea y desde que puse un pie en Londres me dediqué a buscarla. Averigüé toda su vida desde que llegó a la ciudad. Que estudió, donde vivía, donde trabajaba, sus amistades… que estaba con Cullen. Ese cabrón que la tenía más custodiada que a las mismísimas joyas de la puta corona y que no la dejaba salir ni para respirar. Por eso no había dudado en aprovechar la oportunidad aquella tarde cuando mis hombres me dijeron que estaba en un restaurante pasando un rato con su amiga Jane, quien al parecer era su única amiga porque aquellas dos del internado ya no lo eran, aunque también vivían en Londres. Solo quería acercarme un poco, verla lo más cerca que pudiera sin que fuera por medio de un video o de fotografías… mirar en silencio lo hermosa que era porque todavía no estaba preparado para estar frente a ella ni tenía el tiempo suficiente para dedicárselo como se merecía. No… aún faltaba un poco más.

De pronto ahí estaba ella. Custodiada por esos ogros malencarados. Subía torpemente al auto y no pude resistirlo. Grité su nombre y entonces ella giró y me miró. Nuestras miradas se conectaron por un brevísimo instante. Fue mágico. Sentí su calor a través de sus ojos y su deseo aún vivo por mí. Me estaba esperando. Me había extrañado y también había llorado por mí. Nuestra conexión fue rota. Bella fue empujada al interior del auto pero la vi buscarme desesperada por el cristal trasero. Sus labios murmuraron mi nombre y… eso fue todo.

Los hombres de Cullen la alejaron de mí. Edward Cullen. Ese mismo pendejo cretino que cada noche dormía con mi mujer. Que la tocaba, que respiraba su aliento, que enredaba sus dedos en esas ondas castañas tan suaves y que olían a flores. Que la hacía suya…

No.

No podía seguir castigándome así.

No podía y no iba a permitir que Edward Cullen se quedara con lo que por derecho me pertenecía. Con lo que era mío, porque Bella Swan era mía. Se había entregado a mí por primera vez, porque me amaba, me deseaba. Así de simple y llano era el razonamiento y punto. Estábamos destinados a estar juntos y felices. Ya faltaba muy poco. Días, unas semanas más y mi agencia estaría inaugurada, algunos asuntos finiquitados y entonces me quitaría a James de encima por un buen rato y podría sacar tranquilamente a Cullen de la jugada para recuperar a mi Bella y traerla de vuelta a mi lado.

***

Después de varios días bajo la constante presión de James, cumplí con lo que me correspondía y sus demandas estuvieron cubiertas. De madrugada, a media luz y bajo un silencio que me crispaba los pelos de la nuca, los hombres llenaban los contenedores con las refacciones y con las partes de autos ensambladas en mi planta y los sellaban dejándolos listos para su embarque. Esta vez James se había excedido y casi se sulfuró cuando se lo hice saber pero como siempre hacía, me dejó bien claro cual era mi límite. Cerré el pico y seguí vigilando y revisando que cada contenedor estuviera “limpio” por fuera.

Eran casi las cuatro de la madrugada cuando el último contenedor fue subido al trailer que los llevaría al muelle. Si salían de ahí, habría sido otro cargamento enviado exitosamente. Subí a mi auto después de que me aseguré que James ya se había marchado. No lo soportaba merodeando en mi planta, creyéndose el dueño de todo. Miré por el retrovisor y el auto discreto que Donovan utilizaba me seguía a una distancia prudente. Necesitaba desesperadamente un baño y mi cama vacía. Un buen descanso para aprovechar las semanas que James no me jodería la existencia.

Era el momento justo para empezar a poner a funcionar mi plan, para poner el dedo en la llaga, para escarbar y plantar la semilla de la duda, esa que haría que el ridículo y perfecto idilio que el mundo comenzaba a conocer, no creciera y se fortaleciera. Tenía que poner a temblar a Cullen y tirarle toda su pinche farsa, porque eso era, una mediocre farsa. Una vez hecho eso, Bella vendría a mi lado por su propia voluntad, para amarme…

Al día siguiente, Donovan me informó que Bella había salido de la fortaleza donde permanecía encerrada para visitar a su amiga Jane. La recogió en su apartamento y luego se dirigieron a una zona industrial y oscura de la ciudad donde desafortunadamente les perdieron el rastro. Aquella zona no era lugar para un par de señoritas decentes. Según Donovan habían desde casinos clandestinos, burdeles, clubs “de los fuertes”, todos muy bien disfrazaditos para pasar completamente desapercibidos.

¿Qué coño hacía Bella ahí?

No lo sabía, pero estaba seguro que Edward Cullen tampoco.

Llamé a Liam, el experto en softwares de mi equipo y le expliqué lo que quería. La adrenalina empezó a correr a bajas dosis por mi cuerpo, pero la sentía estimularme. Un rato después Liam apareció con mi orden cumplida a la perfección. Estaba listo. Había llegado el momento de empezar a jugar con la cordura de Edward Cullen y lo iba a hacer en ese mismo instante y de viva voz.

Cullen respondió hosco.

¿Sabes donde pasó Bella la tarde?

Fue todo lo que dije antes de colgar. Las carcajadas brotaban estruendosas y grotescas de mi garganta. Tan fuertes que mi estómago dolía. Eran carcajadas molestas pero rebosantes de satisfacción, al menos lo eran para mí porque en unos minutos más la estocada final del primer gran acto sería dada, cuando en aquel enorme y suntuoso edificio, el dueño de la corporación Cullen abriera un sobre y encontrara una foto de Bella Swan tomada esa misma tarde, según yo claro estaba, con ese hermoso toque aún ingenuo en su rostro sonriéndome feliz y despreocupada en un café.

BELLA’S POV

Cerré mis ojos apretándolos con fuerza cuando escuché a Edward entrar a nuestra habitación.

Se acercó, jaló el edredón y se montó sobre mí tomando mis muñecas colocándolas sobre mi cabeza e inmovilizándome bajo su cuerpo. Su rostro estaba serio y sus facciones duras como una piedra. Sus ojos me taladraban con su mirada oscura borrando el verde en ellos.

Edward, ¿qué…

¿En dónde demonios estabas, Isabella?

Edward gritaba encolerizado sobre mí, oprimiendo dolorosamente mis muñecas.

¿En dónde estabas? ¡Dímelo!

Sabía que mi rostro reflejaba una mueca rota mientras negaba dificultosamente, sin poder articular palabra ante la sorpresa de su furioso e intempestivo ataque. Sus manos soltaron de pronto mis muñecas y descendieron a mis hombros, sacudiéndome con fuerza para obligarme a hablar, a responderle.

¿Qué… pasa? logré decir Edward…

Habla de una puta vez. ¡Dime!

Edward estaba rojo de coraje. La vena de su frente palpitaba sobresaliendo exageradamente. Todo él temblaba incontrolable y yo estaba más asustada que nunca.

¿Con quién estuviste esta noche, Isabella? gruñó entre dientes.

En el instante en el que escuché la pregunta concreta salir de los labios de Edward me congelé así como todo a mi alrededor se detuvo, el ruido, el tiempo, todo… Vera me había delatado.

¡Contéstame carajo!

Las manos de Edward me apretaban con violencia mientras sus gritos cargados de exigencias me estremecían. Moví mi cabeza en negación, intentando mover también el resto de mi cuerpo. Mis piernas trataban de patear, forcejeando, queriendo escapar, luchando para librarme de él. Edward estallaba de ira. No podía creer que estuviera teniendo una reacción tan violenta si es que esa mujer no le había mentido y hablado con la verdad.

Él me dio una sacudida con más fuerza antes de hacerse a un lado y despojarme de las sábanas y el edredón, dejándome desnuda. Sus ojos verdes y oscuros recorrieron mi cuerpo y me sentí vulnerable. Crucé mis brazos tratando de cubrirme pero de nuevo tomó mis muñecas quedando expuesta ante él. Mi pecho jadeante subía y bajaba frenéticamente mientras seguía bajo su intenso escrutinio.

Chillé asustada cuando sin aviso ni señal alguna Edward se inclinó hacia mí, enterrando su rostro en la curva de mis hombros y mi cuello, rozando su nariz por mi piel erizada y no de deseo sino de miedo al verlo actuar tan violentamente. Gemí al sentirlo descender por mi torso, oliendo cada centímetro de la piel de mis senos endurecidos por el temor de recibir una enfurecida mordida como me había sucedido ya alguna vez. Llegó hasta mi ombligo, hasta mi vientre bajo y no se detuvo. Con una de sus piernas ya había separado las mías y su aliento tibio golpeó el hueso de mi pubis. Eso fue suficiente para sumirme en un estado catatónico paralizando mis facciones, retrayendo mis pupilas y haciéndome perder toda la tensión de mi cuerpo en un segundo y al siguiente desmadejándome, para desconectarme y no pensar, para no recordar, para no registrar otra vez eso, no… por favor, no.

Edward soltó mis muñecas al sentirlas perder la fuerza y colocó sus manos a ambos lados de mis caderas apoyándose mejor para hundir su rostro en mi centro y respirar… respirar profunda y lentamente.

Con la mirada perdida en el techo, parpadeaba débilmente mientras rogaba para que lo que fuera que pretendiera hacer conmigo, lo hiciera rápido. Por piedad, que terminara ya…

Como si me hubiera escuchado, Edward se alejó de mí, poniéndose de pie junto a la cama y con la voz más fría e indiferente que nunca, dijo…

Te has bañado hizo una pausa. Sal de aquí.

Con los ojos nublados por las lágrimas que bajaban hacia mis sienes pude alcanzar a ver por la periferia de ellos que Edward avanzaba lentamente hacia el baño. Mi cuerpo, respondiendo a la tensión vivida durante la noche estaba adolorido y entumecido. Me coloqué en posición fetal y cubrí mi boca con la mano para ahogar mis sollozos, no quería que me escuchara llorar porque no se molestó en cerrar la puerta cuando entró. Claramente pude escuchar cómo abría la llave de la ducha dejando correr el chorro del agua; también oí cómo tomó una toalla cuando terminó de bañarse y el ruido al aventarla al suelo con brusquedad cuando terminó de usarla.

Entonces oí sus pasos al salir del baño para entrar vestidor y tragué en seco obligándome a moverme para que no me encontrara en el mismo sitio donde me dejó. Me senté en la orilla de la cama y al sentir que volvía a la habitación envolví la sábana como pude alrededor de mi cuerpo.

Levántate de ahí.

Me ordenó parco y tardé unos cuantos segundos en cumplir su orden. Me puse de pie muy despacio, mis piernas temblaban y tenía miedo que no me respondieran. Di un paso y la sábana resbaló de mi cuerpo y crucé los brazos para cubrirme.  Edward bufó, tomó una almohada de la cama y me la arrojó sin que la pudiera atrapar. Lo miré confundida.

Dormirás en el sillón. No quiero tu cuerpo cerca del mío.

Edward… yo dije con un murmullo de voz.

Tuviste la oportunidad de hablar y no lo hiciste, Isabella. Ahora cállate, cállate y obedece me advirtió dándome por completo la espalda.

Mis piernas fallaron como temí al no soportar el dolor de su rechazo y me dejé caer. Mis rodillas golpearon el suelo con un ruido seco y jadeé. Con las manos apoyadas en el suelo y la cabeza baja estaba en una posición de sumisión total.

Castígame, Señor le pedí con un hilo de voz y sin dudar me respondió…

Eso es lo que estoy haciendo.

***

Si alguna vez me quejé del dolor por el castigo físico en ese momento me retractaba. Lo prefería mil veces al verdadero dolor, al del rechazo. No importaba si te frotaban el alma y el corazón con una pomada para sanarlo, o si pasabas días descansando y esperando que el dolor dimitiera. Para un corazón herido, rechazado y repudiado no importaba el remedio, no hay cura si no conoces la causa que lo provoca y no la puedes solucionar.

En esa causa pensaba mientras con mis mudas lágrimas mojaba la almohada, acostada en el sillón. Le daba mil vueltas en mi cabeza a las palabras hirientes de Edward y no entendía como era que estaba tan enojado por desobedecerlo yendo al club a escondidas. No era una falta tan grave, con un simple par de nalgadas hubieran bastado, no con un rechazo, no acercándose a mí de esa forma tan intimidante para mí, amenazante, así no.

 ¿Sería acaso que dudaba de mí?, ¿creía que le ocultaba algo y me estaba probando?

Si era así, nada más que su duda y su desconfianza podían lastimarme tanto. Si era así tenía que aceptar que Edward nunca había creído en mí como lo hice yo. ¿Porqué no entendía que mi amor era tan grande que confiaba en él ciegamente?, entregándome por completo, mi corazón, mi vida, mis deseos y hasta mi voluntad, todo por amor, confesándole mis temores, compartiéndolos con él. ¿Por qué no podía ver que yo daba todo por hacerlo feliz porque esa era mi propia felicidad?, ¿qué tenía que hacer para que se diera cuenta?

Con el corazón oprimido, tuve que aceptar que nada podría causarme un dolor y una pena más grande que la que Edward me provocaba, nada podría compararse con eso. ¿Habría una cura para mí?

Aún no amanecía cuando escuché a Edward salir de la cama. Estaba todavía muy oscuro y no pude ni distinguir su silueta. El agua corría en la ducha y supe que saldría hacia la oficina más temprano que otras mañanas. Era mi oportunidad. Tenía que hablar con él antes de que se fuera para aclarar el malentendido si es que eso era, para poder olvidarnos del mal rato y continuar con nuestras vidas como si nada hubiera pasado.


Me puse de pie y cogí del closet el primer vestido que encontré. Fui a mi antigua habitación y me di una ducha rápida, me vestí y arreglé como a él le gustaba. Bajé a la cocina y puse la mesa deprisa; café, jugo, tostadas, omelette… los cubiertos, la servilleta de lino, todo perfecto.

Sus pasos resonaron al bajar las escaleras y rápidamente salí a su encuentro esperándolo al pie de estas. Me miró y di un paso hacia él.

Edward me aclaré la garganta, nerviosa, te preparé el desayuno.

Él me rodeó y siguió su camino hacia la puerta, dando un sonoro portazo al salir. Edward me había ignorado. No le había importado nada, solo se fue dejándome con las ganas de ponerle fin al ridículo episodio.

No podía creerlo y mucho menos entenderlo. Parecía que no le interesaba resolver nada. Él no era así. Edward no podía haberme mentido, yo sabía, yo sentía que me quería, pero entonces, ¿por qué no quería escucharme?, ¿por qué prefería estar distanciado de mí?

Un par de horas después estaba encogida llorando en el sillón de su estudio, tratando una vez más de comprender lo que estábamos viviendo. Me senté de golpe con la idea de no seguir regodeándome en mis penas. Necesitaba respirar, hablar con alguien y distraerme para no pensar. Me cambié de ropa por algo más cómodo y llamé a Jane para comer juntas, ella era la indicada para darme esa opinión objetiva que tal vez me levantara el ánimo.   

Guardé en mi bolso mi teléfono y salí de casa. Busqué a Paul y a Jason con la mirada. No estaban. Seguramente que Edward los había llamado para despedirlos por desobedecer sus órdenes, suspenderlos por unos días o mínimo darles un severo regaño. Los había olvidado por completo y me sentí mal por ser tan egoísta y no recordar que yo los había metido en ese problema. Lo menos que podía hacer era interceder por ellos y tomar la responsabilidad de todo yo sola, como debía ser.

Tenía el tiempo suficiente para ir a la oficina de Edward a hablar con él y después encontrarme con Jane.

Buenas tardes, Dean lo saludé. Vamos a la oficina del señor, por favor.

Lo siento, señorita Isabella, pero no podemos llevarla a ningún lado mis ojos se abrieron tan grandes como pudieron.

¿Qué?, ¿cómo está eso de que no podemos? —mi voz iba llena de una ironía que trataba de ocultar mi sorpresa.

El señor Cullen dejó instrucciones de no dejarla salir de la casa, lo siento se disculpó bajando la mirada, apenado.

Respiré profundamente, tratando de no alterarme.

Dean, ¿te das cuenta de lo ridículo que es esto? pregunté despacio.

Lo siento repitió, pero usted sabe que solo recibo órdenes.

Sí. Órdenes muy estúpidas por cierto espeté furiosa regresando al interior de la casa.

Él no me podía hacer eso. No podía encerrarme. Saqué mi teléfono de mi bolso y pulsé la tecla con el número uno. Sonó una vez, dos veces, tres y entró el buzón con su voz indicando que dejara el mensaje. Marqué varias veces con el mismo resultado…

Deja tu mensaje después del tono.

Opté por contactar a Katie, últimamente se había portado muy bien conmigo demostrándome que podía confiar en ella. Sin embargo, era obvio que esa mañana ella también había recibido órdenes estrictas porque me dijo que Edward estaba sumamente ocupado pero que le pasaría mi recado para que se comunicara conmigo apenas tuviera un tiempo libre, algo que yo sabía que nunca ocurriría.

Si no tomaba mis llamadas, entonces lo esperaría para hablar y abogar también por Paul y por Jason. No podía pasar de esa noche sin que habláramos. Me disculpé con Jane y le dije que luego nos veríamos; como siempre, mi amiga comprendió y recé para que Edward tomara las cosas de forma similar.

El tiempo pasaba lentamente mientras preparaba la cena, que aunque sencilla, luciría muy bien cuando la sirviera en la mesa. Una vez que terminé en la cocina, subí a darme un baño, sin prisas porque tenía tiempo de sobra y cuando estuve lista bajé a esperarlo. Alrededor de las diez de la noche ya había perdido la cuenta de todas las veces que había mirado el reloj y como empezaba a impacientarme, lo llamé en más de tres ocasiones sin obtener respuesta. Cerca de la media noche finalmente me di por vencida y frustrada, guardé y recogí todo.

Dudé mucho en ponerme un pijama para dormir. A Edward no le gustaba así que al final, la desnudez ganó y me acosté en el sillón. Que viera que yo estaba poniendo de mi parte porque yo necesitaba que él pusiera también de la suya. Pero Edward no llegó a dormir esa noche. Llegar a tanto solo para evitar verme ya era demasiado.

A la mañana siguiente me encontraba más firme y decidida que nunca. Iría a verlo a su oficina. Al salir de casa, me alegré al encontrar a Paul y a Jason junto a los autos pero antes de acercarme y saludarlos, Dean me miró y se paró frente a mí.

Señorita Isabella, ya sabe que no podemos permitirle salir.

Lo siento, Dean, pero si no me llevas a las oficinas del señor, llamaré a la policía y les diré que me tienen recluida aquí contra mi voluntad y créeme que sé que a Edward no va a gustarle nada el escándalo que pienso hacer.

Lo amenacé y se rascó la nuca pensando en mis palabras. Sacó su móvil del bolsillo de su chaqueta y se alejó mientras hacía una llamada que por cierto, a él si le respondieron de inmediato.

De acuerdo, señorita, la llevaremos a la oficina del señor dijo haciendo una señal para que acercaran el auto. Llegamos al edificio y me bajé sin esperar que Dean me abriera la puerta. Entré al ascensor y cuando las puertas de acero se abrieron salí al vestíbulo donde Katie me recibió con un abrazo tenso y una sonrisa nerviosa.

Quiero ver a Edward, Katie le dije tomándola de las manos para que comprendiera mi urgencia.

Isabella, él está muy ocupado y…

No importa la corté. Yo esperaré.

Me acomodé en uno de los sillones del elegante vestíbulo con una revista en las manos dispuesta a esperar el tiempo que fuera necesario. Tan perdida estaba en mis pensamientos que cuando Katie puso junto a mí un plato con mi ensalada favorita, me sorprendí al ver que ya era un poco más tarde de la hora del almuerzo.

¿Qué significaba que se preocupara porque comiera algo aunque no quisiera verme?

Te lo agradezco, Katie, pero no tengo hambre le dije amablemente y volví a centrar mi atención a la tercer revista en mis manos.

¿Isabella? Linda, es hora de irme. No puedo dejarte aquí sola me dijo suavemente algunas horas después.

Tengo que verlo.

Será mejor que nos vayamos me ayudó a ponerme de pie y mis huesos protestaron por la inmovilidad de tantas horas.

No me resistí y volví a casa. Pasé otra noche en el sillón obedeciendo la última orden que recibí de él. Una noche más sin cerrar los ojos. Sola en esa casa, sintiendo como la oscuridad de la noche me tragaba junto con todas mis esperanzas sin que la luz del amanecer mitigara un poco mi decepción, mi tristeza y mi dolor.

***

Comencé otro día más sin él y con un poco de suerte sería el último, tenía que serlo porque mis fuerzas, esa decisión tan firme de los días anteriores empezaba a mermar. Edward tenía que saber que yo no había hecho nada malo, que no podía seguir castigándome tan cruelmente porque me estaba haciendo más daño del que alguna vez se podría imaginar.

Me preparé para ir de nuevo a su oficina, estaba lista para salir cuando una llamada entraba a mi teléfono. Con desesperación saqué el móvil y vi que era un número desconocido el que parpadeaba en la pantalla y fruncí el ceño.

Diga respondí con curiosidad.

Isabella, habla Vera O’Neal. ¿Tendrás un momento?, me gustaría platicar contigo mi quijada casi golpea el suelo del asombro por escucharla.

¿Estás demente?, ¿cómo te atreves a llamarme después de todo lo que has provocado entre Edward y yo?, ¿no te basta con eso, con arruinarme la vida?

¿Cómo dices?

Por no mantener cerrada tu maldita boca causaste un grave problema entre nosotros. No te atrevas a entrometerte de nuevo en nuestras vidas, ¿entiendes? Por él soy capaz de todo, así que más te vale mantenerte al margen, estás advertida.

Corté la llamada y con mi mano temblorosa guardé el teléfono en mi bolso pero sonreí. Había marcado mi territorio poniéndole un alto a una mujer que tenía una amistad de mucho peso con Edward pero me importaba un rábano porque me sentí valiente y poderosa. Con renovados ánimos para ir a defender lo mío, mi relación, mi futuro con Edward o un futuro que esperaba no haber perdido ya—, pero cuál sería mi sorpresa cuando al abrir la puerta, Vera me esperaba recargada en su auto plateado con una sonrisa que opacaba a la mía. No podía creer el cinismo, la desfachatez de esa mujer que se acercaba a mí con pasos elegantes.

Isabella…

No tengo nada que hablar contigo, vete de aquí exclamé un poco alterada.

Tal vez si me escucharas cambiarías de opinión.

Te aconsejo, Vera, que no me subestimes, no soy la misma idiota que pisó tu “respetable” club una vez. Cuídate de mí porque puedo resultar un verdadero dolor en el culo la amenacé. Ahora fuera, ¡lárgate de aquí!

Sin que la sonrisa cínica se borrara de su rostro, Vera subió a su auto y se fue.

¿Se encuentra bien, señorita Isabella preguntó Paul preocupado y asentí.

Llévame a la oficina del señor le pedí.

Me ayudó a subir al auto pero Dean fue quien se ocupó de trasladarme hasta allá. En el trayecto hice todo lo posible por calmarme. El encuentro con Vera me había dejado temblando, nerviosa, intrigada porque no entendía qué carajo quería de mí esa mujer. Caminé por el vestíbulo entre los empleados hasta llegar a Katie que me miraba frunciendo el ceño.

Estás un poco pálida, Isabella, ¿te encuentras bien?

La tranquilicé y me senté en el mismo sillón del día anterior pero no con la misma disposición, mis ánimos habían bajado considerablemente gracias a Vera O’Neal. Suspiré pensando que solo un par de puertas me separaban de Edward, que si no fuera una mujer civilizada no me importaría nada y entraría como diera lugar, pero lo era y pacientemente esperaría el momento para verlo.

La paciencia se había hecho mi aliada esos dos días. Observé que nadie salvo Katie entraba y salía de su oficina. Por ella supe que Edward no había salido para nada desde que se encerró ahí unos días antes; que dormía en el sillón y que no parecía tener intenciones de abandonar pronto su auto impuesto encierro, a eso había que agregarle el humor de perros que tenía y que Katie estaba soportando estoicamente. Yo sabía que lo hacía con la mejor de las intenciones pero si pensaba que al contarme eso me sentiría mejor, estaba equivocada. El que Edward supiera que yo estaba a unos metros de él y que se rehusara a verme estaba haciendo mella en mí. Su insensibilidad o su cobardía al no darme la cara solo acrecentaban mis temores, confirmaban mis sospechas y resquebrajaban mi alma.

¿Era tan estúpida para no leer entre líneas?, ¿para no ver la realidad?

Tal vez ya estaba siendo hora de que pusiera los pies en la tierra y aceptara la realidad por más cruda que esta fuera. Él estaba buscando la forma de deshacerse de mí y en mi escapada al club encontró una excusa perfecta para hacerme a un lado definitivamente. Eso no debía ser algo nuevo para mí; si lo pensaba bien, ya hacía un buen tiempo que Edward me evitaba. Llegaba muy tarde a casa, me dejaba esperándolo con la cena, se marchaba muy temprano, la frecuencia con la que teníamos intimidad había disminuido, lo que me llevaba a tener que ir a la verlo a la oficina si es que quería estar con él… ya no compartíamos muchas cosas, ya no platicábamos y no es que él fuera el ser más comunicativo pero últimamente estaba más esquivo que nunca. En resumidas cuentas, pasaba mis días más sola y aislada de lo que jamás estuve. Era más que obvio hacia donde quería orillarme y yo ya no podía seguir ciega ante los hechos tan claros, él ya se había alejado de mí desde mucho antes de este incidente y debía aceptarlo por mi propio bien.

Cuando los empleados empezaron a despedirse para retirarse, hice lo mismo con Katie. Me puse de pie y respiré profundamente deseando que el aire estuviera lleno de partículas de dignidad porque era lo que más necesitaba para sobrevivir a lo que me venía, pero una cosa era desear ser fuerte y salir con la frente en alto de una relación como la nuestra y otra cosa era poder hacerlo.

Deprisa caminé hacia el ascensor que por suerte abrió sus puertas y pude entrar antes de que mis lágrimas comenzaran a resbalar por mis mejillas. Lloré en silencio durante todo el trayecto a casa y al llegar, bajé del auto y entré desesperada cerrando la puerta detrás de mí. Me quité los zapatos y con un llanto descontrolado y con una incertidumbre que me estaba doliendo en las entrañas, me paseé por cada rincón de esa casa que por varios meses sentí como mía. Esa casa a la que añoraba llegar solo para estar con él, respirándolo, amándolo, adorándolo… 

Me derrumbé en las escaleras que significaban mucho para mí. Él me esperaba siempre al pie de ellas y me decía que era hermosa y yo le creía y era feliz. Él era mi mundo, el centro de mi universo, mi todo. Mis deseos, mis esperanzas, mis sueños y mis anhelos. Mi faro, mi puerto seguro, mi tabla de salvación…

Con torpeza me pasé las manos por la cara limpiándome las lágrimas. Con mucho esfuerzo me puse de pie y caminé por las habitaciones hasta llegar a la de color lila. Sin pensarlo dos veces abrí esa puerta en su interior y entré. El característico olor que despedía invadió mis sentidos, cuero, árnica, incienso, madera, velas… encendí la luz y la gradué dejando la habitación suavemente iluminada para poder mirar cada uno de los muebles y los objetos que ahí estaban. Los bancos donde me inclinaba, los arneses de aquel columpio, los cajones que guardaban la infinidad de juguetes, las fustas, los pañuelos, las cuerdas rojas y los demás accesorios que alguna vez tocaron mi cuerpo y que contribuyeron para que yo recibiera desquiciantes castigos pero después también los mayores placeres, todos ahí colocados como si estuvieran esperándome.
 
Inexplicablemente, me sentía muy cómoda ahí, en medio de esa habitación que alguna vez me dio la impresión que era de tortura, y lo era, pero era una tortura muy diferente a la que cualquiera hubiera imaginado. Era un delicioso martirio que me hacía expiar mis extraños deseos para después absolverme de ellos, prodigándome cuidados y mimos, besos y caricias, ternura y protección.

Y no estaba loca ni en proceso de perder la razón. Nada más lejano que eso, porque para encontrar la satisfacción en ello se necesitaba tener una característica en especial, se necesitaba ser sumisa y yo lo era. No me pesaba aceptarlo, reconocerlo, porque todos tienen una idea errónea de lo que es serlo. No es solo tener un amo que ordene y una que lo obedezca, es mucho más. Es una simbiosis entre dos seres que se necesitan, que se unen y satisfacen sus deseos. El que tiene la imperiosa necesidad de regir y la que tiene el intenso deseo de satisfacer, complementándose, entregándose y amándose. Yo no lo concebía de otra forma. Simplemente era así y yo disfrutaba con el hecho de brindarme entera. De aprender a darme y de esperar mí recompensa. 

Suspiré y me encontré acariciando los bordes de esa mesa que me hacía estremecer. Sonreí recordando cuanto placer había recibido sobre ella pero de pronto me sentí extraña, fuera de lugar; entonces comencé a despojarme de mi ropa y una vez desnuda, me subí a ella y me acosté estirando todo mi cuerpo mientras reconocía la textura de imitación piel que cubría su superficie. Después de un rato me acomodé y por primera vez en días pude dormir por varias horas seguidas, no sabía si era por el cansancio de todo lo vivido en ese tiempo o por aceptar la realidad de la situación, que mi mente dejó de atormentarse y se relajó al igual que mi cuerpo y descansé.

Era una noche fría y la resentí mucho más al dormir desnuda, como a él le gustaba, sin nada de por medio que pudiera obstaculizar el tomarme, poseerme en cualquier momento de la noche, en esas noches cuando aún me deseaba y amaba, si es que de verdad alguna vez lo había hecho.

Me moví sobre la dura superficie de la mesa y me permití llorar entre sueños. Me hice un pequeño ovillo al sentir frío y me volví a sumergir en la oscuridad. Una cálida sensación recorrió mi espalda y me estremecí al sentirla subir lentamente hasta mi nuca. Me escuché lloriquear, hipar y de pronto el suave calor desapareció haciéndome gemir en protesta por la ausencia de la caricia que vagamente recordaba, pero aún así, todavía dormida, pude sentir como estiraban uno de mis brazos y lo aseguraban sobre mi cabeza. Lo mismo se repitió con el otro y con cada una de mis piernas, abriéndolas sin reverencia para restringirlas del mismo modo dejándome en una posición que no era desconocida para mí.

Me di cuenta entonces que no estaba soñando, estaba ocurriendo en realidad y jadeé por aire. Abrí los ojos de golpe sin poder distinguirlo bien y parpadeé repetidamente tratando de enfocar su rostro. Poco a poco su imagen fue haciéndose más clara, más definida y pude ver su frente arrugada y unas marcadas sombras oscuras debajo de sus ojos algo rojos, irritados y que hacían más evidente su estado cansado.

Edward… pronuncié su nombre al tensarse las ataduras en mis tobillos.

Shhh, no tienes permiso para hablar, Isabella me advirtió con voz grave y jadeé.

No quiero que hagas ni un solo ruido.

Asentí y una sensación de ansiedad comenzó a correr dentro de mí despertando todos mis sentidos. Levanté la cabeza para verlo pero mis brazos estaban tan tesos que se me dificultaba seguirlo con la mirada sin embargo, pude ver los músculos de su torso desnudo que se marcaban a la perfección con cada movimiento y esa V que se perdía bajo la desabrochada pretina del pantalón. Abrió un cajón detrás de mí y de pronto cubrió mis ojos con un pañuelo.

Esto no es para tu placer, Isabella, creo que lo sabes.

¡Ah!

Grité sobresaltada al sentir que pellizcaba con fuerza mi pezón izquierdo jalándolo y girándolo entre sus dedos para luego tomarlo entre sus dientes dándole el mismo trato. Su boca sobre él, humedeciéndolo, mordiéndolo para luego coronarlo con una pinza apretada. Me tensé, mis hombros dolieron y ahogué un gemido mordiendo mi labio inferior al recibir en mi otro pezón el mismo procedimiento.

¿Te he dicho lo que me provoca ver que te muerdas ese labio?

Metió un dedo en mi boca y lo paseó por mi encía liberando por completo mi labio y obligándome sin delicadeza a abrir grande la boca y grité. Grité sin que me importara su advertencia porque colocó una pinza en mi labio y el dolor fue insoportable.

¡Me duele! intenté decir.

Lo sé.

La calma con la que pronunció esas palabras fue escalofriante, sabía que eso no era lo único que había dispuesto para mí y en efecto, no me equivoqué. Una cascada de agua fría casi congelada cayó sobre mis senos intensificando el dolor donde me pellizcaban cada una de las pinzas; mi sorpresa fue tanta que no pude gritar. Mis piernas trataron de encogerse al igual que mis brazos tensando mis amarres y no pude hacer ni un movimiento más. El shock me pegó como un calambre que recorrió mis senos, mi torso y llegó hasta mis hombros y cuello. Mi piel respondió al contraste de temperatura erizándose al máximo causándome un entumecimiento inmediato de gran parte de mi pecho.

¡Ahgg!

Sin dejar de perder un momento, la mano de Edward comenzó a acariciar suavemente mis muslos en un roce que no podía disfrutar pero que añoraba. De pronto una de sus manos subió por mi entrepierna y sus dedos se adentraron en mis labios vaginales robándome un gemido mientras hundía uno solo de sus dedos entre ellos y jugueteaba alrededor de mi clítoris, sin tocarlo.

¿Por qué no estás húmeda aún, Bella? me susurró la pregunta al oído.

Dime si te mojas pensando en alguien que no sea yo, dímelo…

Y otra cascada helada cayó entre mis piernas, mojando mis labios, mi clítoris, mi centro… no gemí ni jadeé. Edward enterró dos dedos en mí y solo eché mi cabeza hacia atrás; me tensé con todas mis fuerzas, lastimando mis muñecas y tobillos, quedando paralizada por el ataque de múltiples sensaciones.

Mi labio fue liberado de su opresor y tomado por los suyos haciéndome gritar de dolor mientras era succionado y masajeado con ímpetu, sin delicadeza, con toda la intención de hacerme sentir dolor. Gemí y moví mi cabeza intentando huir de su boca hiriente pero sus manos sostuvieron mi cara y sus labios y dientes siguieron castigándome hasta me soltó; después sus manos fueron directamente hasta mi seno izquierdo que liberó de la pinza atrapándolo de igual manera en su boca para reactivar la circulación sanguínea con los movimientos de sus labios.

En silencio recibí mi castigo. En silencio soporté el martirio del movimiento de su lengua en mi pezón derecho ya completamente entumido y anestesiado para regresarlo a la total sensibilidad. Para cuando me dí cuenta, ya mis muñecas y tobillos estaban desatados y descansaban lánguidos así como todo mi cuerpo, sobre la dura mesa.

Dime si te mojas pensando en alguien que no sea yo, dímelo…

Sus palabras se repitieron en mi mente como un amargo veneno.

¿De verdad era capaz siquiera de considerar esa absurda idea?

Ahogué un sollozo en mi garganta porque esa pregunta, era todo lo que necesitaba para confirmar que Edward ya no me quería a su lado. Y no me quería con él porque dudaba de mí, de mi fidelidad, porque pensaba que alguien más ocupaba mis pensamientos y mis deseos, porque me alejaba de una forma tan hiriente que era muy difícil de ignorar. Estaba ya todo dicho, no hacían falta más palabras, tenía que reunir todos los trozos de mi desgarrado corazón y salir de ahí como mejor pudiera aunque mi mente, mi alma y mi espíritu se sintieran desterrados de ese mágico reino en el que alguna vez fueron muy felices.

Edward caminaba a mi alrededor y yo me esforzaba por aferrarme a la mucha o poca entereza que me quedaba; me quité la venda de los ojos y me senté con algo de torpeza en la orilla de la mesa. Temblaba descontroladamente. Mi cuerpo estaba helado y ciertas partes de él carentes de toda sensibilidad. Quería llorar y no solo por el dolor físico, había algo que me dolía mucho más que eso.

¡Isabella!

Gritó al percatarse que me bajaba de la mesa.

¿Dónde crees que vas?

Yo… intenté miserablemente decir algo pero se quedó atorado en mi garganta.

Aún no he terminado contigo. Sube el banco me ordenó y levanté la mirada para encontrarme con la suya.

Mi cuerpo temblaba profusamente a causa del helado y húmedo castigo pero sin cuestionarlo lo obedecí, tal vez porque sería la última vez que recibiría sus castigos, que su piel tocaría la mía, que sería la última vez que fuera la receptora de sus más profundos y oscuros deseos. No pude negarme y no por él sino por mí, por llevarme conmigo una parte suya, quizás la más turbia e insana pero la más honesta que me había permitido conocer, esa parte donde no me mentía diciéndome que me quería, que me amaba y que siempre seríamos solamente él y yo, esa parte donde simplemente él era mi Señor y yo su Sumisa sin compromisos, ni promesas.

Mi estómago se presionaba sobre la dura madera, mis brazos se sostenían de las patas del banco, mis nalgas elevadas ofreciéndose y en espera del primer azote.

Ya sabes cómo contar.

Fue lo único que dijo parcamente antes de asestar el primer golpe contra mi nalga derecha que en ese instante fue presa de un ardor abrasante.

Uno conté fuerte y claro.

Dos mi nalga contraria ardía de igual manera, tres, cuatro y el calor crecía acompañado de una sensación de mil agujas enterrándose en ellas y así, conté hasta llegar al décimo azote. Exhausta, sin aliento, desparramada sobre el banco, casi sin voz pero más enmudecí al sentir entre mis nalgas sus dedos masajeando la entrada de mi ano que se calentaba gracias a la sustancia que tenía en ellos. Se sentían firmes, presionando y empujando para lograr entrar y entonces me invadió. No dolía, era algo que ya conocía y sabía que se tornaba muy placentero conforme se iba moviendo dentro de mí y me dejé ir.

Por instinto levanté mis nalgas y en respuesta recibí un fuerte pellizco en una de ellas.

Esto no es para tu placer, Isabella, ya lo sabes me repitió pero era inútil, yo disfrutaba de su contacto tosco y esperaba lo que fuera que tuviera pensado para mí, para llevármelo guardado como las últimas caricias de mi Dominante.

Oí un movimiento cerca pero sus dedos nunca dejaron de tocarme, fue cuando de pronto algo tocó mi clítoris presionándolo y rodeándolo; gemí y sentí el objeto vibrante entrar un poco en mí y volver a salir. Creí volverme loca de deseo al sentir la pequeña invasión en mi vagina y sus dedos aún jugueteando en mi ano. Si hubiera tenido permitido gritar lo hubiera hecho pero intentaba obedecer hasta donde pudiera hacerlo para prolongar el bendito castigo. Un gruñido escapó de su pecho y la lentitud con la que me tocaba desapareció. El vibrador entró por completo en mi conducto vaginal al mismo tiempo que su polla entraba en mi ano llenándome de pronto, envarándome sobre el banco, dejándome inmóvil, sin aire…

¡Ahh!

Grité debido a su sorpresiva invasión y al dolor que me causó recibirlo tan intempestivamente por detrás y que me asustó tanto que no pude evitarlo. A él no pareció importarle porque sus movimientos no cejaron, continuó con el empuje, embistiéndome mientras las paredes de mi vagina vibraban gracias al objeto dentro de mí. Me costaba respirar. Eran sensaciones demasiado intensas como para poder controlarme, no podía ni sostenerme del banco debido al ímpetu que llevaban sus acometidas.

Casi podía jurar que explotaría, que no podría soportar un centímetro más de él pero cuando más lo pensaba, él rugía empujándome con más potencia y con más rapidez. Sus manos en mis caderas me presionaban impidiéndome mover, yo jadeaba dificultosamente tratando de ingresar cualquier cantidad de aire a mis pulmones pero parecía imposible ya que el alud de sensaciones no me lo permitía.

Edward entraba y salía de mí sin que yo pudiera ser consciente del ligero calor que se alzaba en mi interior. Estaba asustada y eso me impedía notar la singular sensación de un orgasmo creciendo en mí. No pude reconocerla hasta varios minutos después cuando su ritmo se hizo menos frenético y menos intenso. Lo escuché jadear y gemir también, gozando de lo que me hacía. Un espasmo en mi vientre bajo y un calor entre mis piernas me hicieron notar que al fin empezaba a disfrutar del millón de sensaciones de las que era presa. Me empecé a relajar, a destensar mis piernas, mi vientre, mi vagina y mi ano dispuesta a entregarme al orgasmo que amenazaba con estallar en mi interior.

No puedes… correrte… Isabella me advirtió jadeante y lloriqueé.

¿No?

¿Iba a poder contenerme?

¿Me iría sin un último orgasmo suyo?, ¿sin un último recuerdo de su poder sobre mí?

Volví a tensar mi cuerpo ante sus palabras tratando de prolongar mi decisión, mi sufrimiento al tenerlo dentro y negarme el más exquisito regalo de su parte. En continuó follándome por detrás, mi ano, que sorprendentemente se había acostumbrado a él y ya no me lastimaba, ya no tanto. El vibrador también seguía funcionando en mi vagina acariciándome las paredes casi haciéndome gritar en rebeldía y el calor, ese calor que se había transformado ya en una hoguera de pasión no dispuesta a obedecer ninguna de sus órdenes.

Edward gemía y jadeaba más rápidamente, sus ingles, su vientre bajo pegaban contra mi cuerpo, ambos sudorosos, excitados… la velocidad de sus empellones se incrementó así como sus jadeos. Estaba cerca, la presión de sus manos me lo confirmaba. Mis inhumanos esfuerzos por reprimirme me mareaban y cuando creí que desfallecería, salió de mí, sacando también el vibrador, aventándolo por ahí. Me levantó del banco y al ver que mis piernas no me respondían me cargó, me dejó bruscamente sobre la mesa y grité al sentir la superficie fría y mojada. Se colocó sobre mí y sin más, me poseyó de la misma forma salvaje de momentos antes. Gemí. Mi cuerpo sudoroso rechinaba y mi piel se pellizcaba contra la madera al moverme con cada impetuosa estocada de Edward. El fuego en mí se incrementó al igual que sus embestidas y los rugidos que despedía desde su pecho.

Un sonido gutural salió de su garganta. El primer aviso estaba hecho y me dejé guiar por las reacciones de su cuerpo que se tensaba en ligeras convulsiones prolongando la llegada del orgasmo. Mis senos, mis pezones se alzaban con sus puntas muy adoloridas pero ávidas de gozar también y como si lo hubiera invocado, Edward bajó su boca y al tensarse en un espasmo mordió mi seno derecho, justo en el mismo lugar de aquella vez. De inmediato me tensé, mis paredes se retrajeron.

Ni siquiera… lo intentes me amenazó.

Pero fue demasiado tarde. Él me embistió varias veces más incrementando mi deseo, azuzando ese fuego creciente en mí y el suyo también. Su cuerpo se contrajo un par de veces más antes de dejarse ir perdiéndose en un orgasmo interminable mientras me llenaba de su calor, de su extracto. Yo hice lo mismo, estallando en millones de partículas de placer que se multiplicaban por todo mi cuerpo, retorciéndome de deseo consumado que se liberaba por todo mi torrente y que inundaba mi ser por completo, abandonándome a los impulsos de mi cuerpo, a sus deseos, a mi última oportunidad de tenerlo de esa manera tan única e íntima en la que era solo mío y para mí.

Dando un último empellón se dejó caer sobre mí jadeando rápidamente, extenuado como yo que estaba agotada tanto física como mentalmente. No quería pensar, solo sentirlo aún dentro de mí para llevarme conmigo ese recuerdo. Permaneció así por varios segundos en los que con todas mis fuerzas deseé no encontrarme en esa situación y luego abandonó mi cuerpo, dejándome vacía, más vacía de lo que jamás me había sentido en la vida.

Me has desobedecido, Isabella dijo con esa voz amenazadora mientras bajaba de la mesa, por lo tanto…

…tu castigo no ha terminado.*


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Nenas! Muy Feliz Año! Gracias por iniciarlo con esta historia que se encuentra entre los 20 mejores Fics del 2012 y todo por ustedes, sus comentarios y recomendaciones. MIL gracias.






















15 comentarios:

  1. Aww x DIOS q capitulo ... Moriiii puto. Edward mas cabron lo odio.. Ya quiero q se de cuenta d todo va a morir ... Ojalá q bella no lo perdone tan fácilmente ...
    En fin muero x leer el próximo ojalá q no dure tanto x pueda q muera en la espera

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  2. HI FELIZ AÑO PARA TI TAMBIEN que buen cap. no demores con el siguiente porfis ya que nos dejas en super suspenso
    Pili

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  3. Feliz año li, no puedo creer que los celos hayan ganado y que ni siquiera edward razone un poco lo de las fotos, solo espero que la razon le vuelva al cerebro antes de que lastime a bella y le perro se aproveche mas de la situacion!

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  4. FELIZ AÑO LI, DIABLOS DIABLOS ES LO MINIMO QUE PUEDO DECIR ED ESTA FURIOSO Y NO HABLA OJALA LAS COSAS NO SE LE VALLAN DE LAS MANOS Y EL PERRO DE JACOB UHHHHHHHHH LO ODIO

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  5. dios!!! genial, simplemente genial, ameli, en serio nena amo ke edwrad sea algo posesivo y un tanto celoso pero esto creo ke fue demasiado, si tanto interes tenia en saber donde estaba bella, tan facil como preguntarle a los guardaespaldas, aunke pensandolo bien igual y edward solo lo keria escuchar de su boca.en fin, buenisimos!! grax

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  6. Hola es uno de Los papeles donde me gusta mas Edward en tu fic es posesivo celoso y no tan facil se doblega me encanta Ojala nomas no se le vaya de las manos este problema y Bella Decida irse Ojala y no y puedan hablar y arreglarse pero que nose desaparten plis tiene que tener confianza hablar que le de otra oportunidad a Bella para hablar por fis por que era una sorpresa para Edward y este jake lo Odio por favor no tardes tanto nos debes el de diciembre nos abandonaste mucho tiempo es un fic increible me encanta Saludos cuidate hasta pronto

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  7. AMELI FELIZ INICIO DE ANIO Y QUE TENGAS MUCHO TIEMPO LIBRE PARA QUE SIGAS ESCRIBIENDO ESTA INCREIBLE HISTORIA LA AMO Y NO TARDES TANTO EN ESCRIBIRLA PORFA NO QUIERO MORIR SIN HABERLA TERMINADO APIADATE AMIGA

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  8. Gracias querida por este capitulo....leyendo los comentarios, todas coincidimos en algo y es que a Ed se le fue la situación de las manos, y todo culpa del maldito perro!!
    pero creo que seria bueno para este hombre que bella se aleje de el y que ahí se de cuenta de que la cagó en serio...seria bueno que Jasper hablara también para que le devolviera el favor a Bella y el que guardara silencio del cambio de su condición de Dominante a Sumiso...jajaja...y con respecto a la dueña del club... tengo mis dudas de sus intenciones.
    en el capitulo pasado creo que la mayoría de nosotras las lectoras estuvo de acuerdo en querer golpear a Bella por tonta y a Jane por insistir en quedarse en el club, si hasta yo misma quería pegarle por idiota.
    Pero ahora el esta jugando con algo muy delicado para ella espero que no la lastime demasiado como hizo el perro, creo que seria justo que Bella se fuera de su lado y el tenga que rogar para volver con ella, pero que el maldito perro no gane terreno y no trate de hacerle daño a bella al verla sola.....
    ufff que debate!! da para largo el tema ...y como decia Martha tienes una deuda con nosotras y nos debes el capitulo de diciembre, asi que por favor amiga no nos abandones tanto tiempo!!!

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  9. Me ha encantado el capitulo pero no nos abandones tanto tiempo estoy sufriendo una larga agonía con bella y toda esta historia te felicito eres excelente es el fic que mas me gusta lo amo gracias

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  10. qué cabrón hijo de puta que es jacob, cada vez lo odio mássss, no me puedo creer que por su maldita intriga edward esté dudando de bella y la haga sentir tan mal, espero que pronto se tenga que tragar sus acciones porque ella no se lo merece y sí sigue así va a conseguir perderla porque no confía en ella y eso duele mucho

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  11. Ahhhhhhhhhh soy nueva haciendote un comentario, me recomendaron el fic mucho y dejame decirte q esta excelente, me encanta. Esta vez a Ed si q se le paso la mano con Bella, entiendo su furia y sus celos, pero ya no se hasta donde un cuerpo puede aguantar como el castigo q le dio a Bella y sin tener culpa de lo q el esta pensando de ella. Ya Bella q lo deje q se valla a su casa en San Francisco, a ver si reacciona Ed, q los malentendidos se esclarescan de esa escapada de Bella al club, q los remordimeintos de la culpa maten a Ed y Bella lo haga sufrir un poco. Ufff estoy q me lleva el diablo jajajaja y q a Jack dios q le pase de lo peor, q lo encierren, q quede preso y ahi le den una buena bienvenida, jajajaja

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  12. Buenisimo el fic.....lo adoro
    muchas felicitaciones....y muchas gracias
    porfavor no tardes mucho el otro capitulo que me comen las ancias ;D

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  14. Me super encanta tu historia!!!! Mira que ya vamos descubriendo que le paso a la pobre Liz por defender a Bella, maldito James y maldito Jacob!!! Pero a nuestro Señor hoy si se le paso la mano con Bella y la pobre ni sabe por que la estan castigando, yo creo que ya ha sido mucho lo que ella ha aguantado, que lo deje y que se esconda para que el sufra buscandola cuando sepa de las intrigas del perro, pero presiento que ese cabron todavia no ha terminado de jugar con la cabecita del Señor, pero Vera y Jasper van a sacarlo de su error y se va a morir cuando se entere!!!
    No tardes en actualizarlo, mira que me encanto y estoy que lo leo una y otra vez, no nos abandones que ya llevamos 15 dias esperando!!! Apiadate de nosotros.
    Te felicito por tan buena historia!!!!

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  15. Feliz Año Li te deseo lo mejor para este nuevo año, y te doy las gracias por los ratos extraordinarios, que nos haces pasar, todos son buenos, pero este ultimo capitulo es increiblemente maravilloso. Gracias por escribir asi para nosotras.FIna madrid España.

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