martes, 4 de diciembre de 2012

¿Quién soy yo?


Este capítulo va dedicado con mucho cariño para Lethy… ¡Feliz Cumple Chikiss!


¿Quién soy yo?


Nunca hagas apuestas. Si sabes que has de ganar, eres un pícaro; y si no lo sabes, eres tonto.

Confucio

JAKE'S POV


El Big Ben se erguía majestuosamente iluminado viendo pasar el Támesis a sus pies. Casi las cinco de la madrugada y los toques de un nuevo día se iban alzando en el azul rey que pintaba el cielo. Un contraste que quitaba el aliento.


Los cubos de hielo hicieron el característico ruido al chocar con el cristal al dejarse ir con el vaivén del whisky mientras mecía el vaso sostenido por mis dedos. ¿Seis?, ¿ocho?, ya había perdido la cuenta de cuantos llevaba pero esa noche no me importaba nada, ni esa noche ni ninguna otra.




Me llevé el vaso a los labios y de dos tragos me bebí su contenido; suspiré y me incliné para tomar la botella y llenar mi vaso otra vez pero estaba vacía. La aventé sin que me importara llegar a romper algo del penthouse que ahora me pertenecía. Lujoso, frío, masculino y enclavado una de las mejores y más exclusivas zonas de la ciudad. Tenía una vista inmejorable y los impresionantes ventanales que sustituían las paredes no dejaban duda a ello, podía ver todo Londres desde ahí, a mis pies al fin.

“Usted no va a encontrar nada mejor que esto, señor. Un penthouse como este en One Hyde Park es lo necesita pero sobre todo, lo que un hombre como usted se merece.”

Susurraba a mi oído la amable y muy hermosa señorita Elena Cassidy, mi corredora de bienes raíces, decoradora y complaciente compañera de cama desde que había iniciado la transacción de la compra de la propiedad y por la que ella se estaba llevando una más que jugosa comisión.

Lo había logrado y no habría poder humano que me sacara de ahí y mucho menos después de haberla encontrado.

Me acomodé en el cómodo chaise lounge que adornaba mi salón y bufé al ver el enorme piano de cola negro a un lado junto al ventanal. Un puto piano. ¿Quién carajos tocaría ese piano pendejo alguna vez? Ciertamente yo no. Yo no tocaba ningún instrumento que no fueran un par de herramientas o un cuerpo femenino. Esos eran mis instrumentos, los mas preciados para mí, con ellos sí que podía hacer música.

Así fue desde pequeño. Yo nunca tuve un momento de indecisión sobre lo que quería ser cuando fuera grande. Siempre tuve en mis manos las herramientas de juguete que mi padre tuvo a bien regalarme para mantenerme entretenido mientras lo acompañaba a la planta; eran sólo unos simples juguetes. Lo que nunca imaginó, fue que ese mundo me absorbiera y se metiera bajo mi piel.

William, “Billy” Black era un buen hombre. Pasó repentinamente de ser alguien dedicado cien por ciento a levantar su agencia automotriz, a ser un hombre solo con un bebé de menos de diez días de nacido. Él nunca cuestionó si era o no el padre, simplemente se hizo cargo de mí lo mejor que pudo. Nunca me dejaba sólo, me llevaba con él a todas partes y se preocupó siempre por mi bienestar.

No teníamos familia. Él dejó la reservación a la que pertenecía por una rencilla sin importancia que un tiempo después se arregló frente al consejo Quileute y regresaba de vez en cuando, pero cuando llegué a su vida no volvió nunca más, ni siquiera de visita y se concentró a vivir en un mundo en el que se olvidó por completo de sus raíces aunque las extrañaba. Yo no entendía el motivo de su decisión, era muy pequeño, pero si él así lo había decidido entonces estaba bien.

Crecí y tuve una vida tan normal como la de cualquier otro niño. A veces me molestaban en la escuela diciéndome que no tenía mamá y yo me defendía por orgullo propio, no por defender a una madre que nunca tuve y a la que nunca extrañé. ¿Cómo extrañar algo que nunca tuviste?, ¿algo que nunca conociste?

A mí lo único que me importaba en esos momentos era no parecer débil. Luchaba lanzando golpes al por mayor y siempre salía bien librado hasta que en una ocasión, un chico más grande que yo me dio más fuerte. Llegué a casa con un ojo hinchado, el labio partido, la nariz sangrando y una nota para mi padre donde le comunicaban que estaba expulsado por tres días. Él, muy contrario a las veces anteriores a las que había llegado a casa después de un pleito y se había quedado callado al terminar de revisarme, esa vez si tuvo algo que decir…

–Ella nunca valdrá ni uno sólo de los golpes que recibas, Jacob. Esa mujer no vale nada, nada. Es una cualquiera que no tuvo ni el más pequeño sentimiento por su hijo y lo abandonó sin mirar atrás. No merece que la defiendas así y mucho menos que llores por ella.

–No lloro por ella, papá –dije tragándome mis lágrimas mientras me limpiaba el labio–. Lloro porque no gané y todos se burlaron. No me gusta que se burlen de mí… no me gusta que me llamen cobarde.

En realidad eso era lo que sí me dolía. Que me picaran el orgullo me podía más que cualquier cosa. Nada me importaba y podía pasar de todo menos eso. No me fastidiaban las letanías de mi padre repitiéndome que la vida era una puta que te revolcaba entre sus piernas justo como lo hacían las mujeres. Que no me debía fiar de ninguna porque no había ni una sola en este mundo que fuera sincera y que si no le creía que viera porqué estábamos solos. Que debía aprender a manejarlas y a no dejarme embaucar como lo había hecho él, creyéndole a mi madre que le juraba amor eterno y luego desapareció por meses para luego regresar y abandonarme en sus brazos.



Y así crecí, de la mano de mi padre con nuestros eternos fines de semana encerrados en la planta donde pasaba el tiempo jugando con los motores y ensuciándome con la grasa, aprendiendo de lo que veía, de lo que me enseñaban los trabajadores y mecánicos, durmiendo en el sofá de la oficina y comiendo comida chatarra hasta que Billy Black decidió que era tiempo de que su hijo recibiera una mejor educación para que aprovechara ese potencial que él decía que tenía y tuve que despedirme de mi papá aunque yo no quería irme.

Yo era feliz con él y con la vida que llevábamos. Teníamos una casa grande y hermosa con un gran jardín para mi perro. Autos fabulosos que yo disfrutaba con tan sólo verlos estacionados en el garage y que presumía con mis amigos de la escuela cuando los invitaba para pasar el día en la alberca. Yo no necesité de nada más hasta que entendí que si quería cumplir el sueño de que nuestra planta fuera enorme, como aquellas muy famosas que fabricaban esos autos fantásticos, era necesario dejar mi casa e irme lejos para aprender.

Llegué a Canadá a mi primer internado cuando tenía apenas once años. Todavía era un chiquillo que por las noches extrañaba el olor de sus sábanas, su almohada y a su perro. Un niño que tuvo que defenderse desde el primer momento en el que puso un pie en las duchas porque se burlaron al ver que en efecto, aún era un niño que se estaba empezando a desarrollar. Cuanto deseé llamar a mi padre para que fuera por mí y regresáramos a casa, pero sabía que eso sería defraudarlo y él creía en mí. Me estaba dando la oportunidad para ser mejor que él y yo debía aprovecharlo. Eso me había dicho Simon, el mecánico más viejo de la planta y al que yo conocía desde que tenía uso de razón. Por eso me aguanté y peleé con todas mis fuerzas cada vez que me molestaban.

Después de Canadá fue Italia, donde pude estar muy cerca de la Escudería Lamborghini y ver de primera mano cómo eran creados los mejores autos del mundo; fue cuando comprobé que mi amor y pasión por los automóviles no era sólo un hobbie. El ver como eran diseñados, como se trazaba cada línea, como se tomaba en cuenta hasta el más mínimo detalle y poder observar como todo ese planeamiento pasaba de un papel, de una pantalla a tenerlo por fin frente a mis ojos, hacía hervir mi sangre, calentaba mi piel y provocaba que mi corazón latiera excitado a la par de la aceleración del motor en marcha.

Eso era demasiado para mí y no quise nada más en mi vida que poder crear esa magia como lo hacían ellos.

Me puse de pie y volví a mi habitación. Elena dormía en mi cama, claramente víctima del agotamiento; me acerqué a ella rozando mi nariz en su hombro y no se inmuto, tal vez ni me sintió. Casi no podía escucharla respirar, parecía como muerta, sólo un imperceptible sonidito parecido al zumbido de una abeja muy silenciosa y el leve movimiento de sus tetas que bajaban y subían al ritmo de su respiración me indicaban lo contrario.

Sonreí. Siempre era lo mismo.


Me moví colocándome de rodillas en la cama, entre sus piernas, y me incliné sosteniéndolas alrededor de mis caderas mientras me inclinaba para besar suavemente el espacio entre sus duras tetas. No dio señal de vida tampoco. Dejé caer sus piernas sin delicadeza, abriéndolas para rozar con la punta de mi erecta y hambrienta polla su clítoris, para pasarla una y otra vez por ese botón sensible que de inmediato la despertó preguntando somnolienta…

–¿Qué… qué pasa?


–Te has quedado dormida en horas de trabajo, cariño.

De un fuerte empellón me clavé en ella provocándole un grito angustioso.

–¡Despierta!

Le di una nalgada con toda la fuerza de mi mano, haciendo que chillara de nuevo. Sus piernas nuevamente alrededor de mis caderas se apretaron no sabía si por la nalgada que le había dado o por sentirme tan profundamente en su interior.

Subió las manos sobre su cabeza con desesperación, buscando sostenerse de algo para mitigar cada embestida que recibía de mi urgente polla. Mis manos colocadas bajo sus muslos la acercaban a mí para enterrarme dentro de ella. La había tomado por sorpresa y eso hacía que no me respondiera como me gustaba.

–¡Apriétame!

Le ordené asestándole otra nalgada en la nalga al aire y su interior comenzó a masajear mi polla. Jadeé ligeramente y la sentí tomarme con más fuerza. Mis bolas comenzaron a hervir, a endurecerse más si es que eso era posible. Empujaba con más fuerza dentro de ella provocando que nuestras carnes chocaran al igual que su cabeza ya lo hacía contra el cabecero de la cama por la potencia de cada empellón. Salía de ella completamente, despacio y luego arremetía con todo contra ese coñito que luchaba por darme lo que yo quería.

Los gemidos y jadeos calientes y sensuales de Elena llenaban toda la habitación. La miraba retorcerse de placer y no podía dejar de admirarla; era toda una beldad, su cuerpo, su piel, su cara… era hermosa, sí, preciosa, pero nunca como ella…

El recuerdo de esa cara, de esa piel y de ese cuerpo me transformó y sin que me diera cuenta cómo, dejé salir un poco de mi temperamento impulsivo, ese que siempre mantenía bajo control.



De un intempestivo movimiento la giré colocándola en cuatro y sosteniendo sus caderas para mantenerla quieta y firme mientras de nueva cuenta, me introduje en ella sin miramientos para follarla por detrás. Embestí con tanta fuerza que sus brazos no la sostuvieron y los dobló quedando con la mejilla contra el colchón, regalándome un ángulo más profundo para cogérmela con más urgencia, con desesperación, con una prisa animal para liberarme dentro de su cuerpo.




Sus nalgas contra mi pelvis, mis jadeos contra sus gemidos, sus deseos contra los míos y en cuestión de pocos minutos, mientras mil imágenes de viejos recuerdos que se agolpaban en mi mente, me corrí con una intensidad insana pero aliviadora. Caí tumbado al lado de la mujer que había hecho un esfuerzo descomunal para mí y que yacía tendida intentando recuperar el aliento. Cerré los ojos y la oscuridad llegó a mí.

Me desperté en menos de una hora. De un salto salí de la cama y miré a la mujer que dormía en mi cama; bufé y caminé hacia mi baño. Bajo el frío chorro repasaba en mi mente mis actividades del día. Me esperaba un día tranquilo en mi restirador. Me gustaba hacer los diseños a la antigua, a lápiz, con mis reglas, línea por línea, detalle por detalle, esa era la forma en la que disfrutaba haciéndolo y aunque contaba obviamente con lo último en tecnología para la agencia, nadie me podría quitar ese placer.

Me enrollé una toalla en las caderas y fui a la cocina para prepararme un batido con proteínas. Siempre había sido muy quisquilloso con el cuidado de mi cuerpo y el que no tuviera ni un sólo gramo sobrante de grasa lo demostraba. Tenía un cuerpo magro, musculoso, trabajado, y para mantenerme así lo más importante era la disciplina y la constancia.

Me vestí y cuando volví a la habitación, Elena retozaba semi despierta. Se tallaba los ojos y me miraba de arriba abajo, muy sonriente.

–Mmm, que lindo panorama –dijo estirándose y dando un gritito–. Podría acostumbrarme a esto cada mañana.

Bufé divertido al detectar la señal enviada. Era una pena en realidad, era muy buena en la cama. Me acerqué a ella dejando un beso en el tope de su cabeza; caminé hacia la puerta y me giré un poco mirándola sobre mi hombro.

–Deja las llaves sobre la mesa de la entrada antes de que te vayas.

–¿Qué dices? –respondió asombrada.

–Cuídate, preciosa.

Salí de ahí dando un portazo. Era una lástima pero no podía hacer otra cosa. ¿Por qué todas las putas mujeres querían lo mismo?, ¿no les bastaba con tener alguien que se las cogiera bien?, ¡no!, ellas siempre queriendo más. ¡Pedían!, ¡pedían!, pero no daban nada a cambio.

Las puertas del elevador se abrieron y entré mirando mi reflejo en las pulidas paredes de acero. Me gustaba mucho lo que veía. Un fino e impecable traje gris oxford hecho a la medida por los mejores sastres de Milán, zapatos de la Casa Lobb*, corbata de seda de gusanos cultivados y una percha inmejorable. Sonreí con autosuficiencia sin dejar de observarme mientras esperaba llegar al estacionamiento donde me esperaba mi nuevo juguete.  


 
El elevador llegó al sótano y cuando se abrieron las puertas, ahí estaba mi precioso McLaren F1. Era una increíble pieza de arte que brillaba por si sola. Solté el aire que estaban aguantando mis pulmones y sonreí. No podía creer que uno de los únicos cien autos que había producido y ensamblado el Grupo McLaren me perteneciera. Era un sueño para mí, un hermoso sueño hecho realidad.

Me acomodé en su interior y ajusté como siempre hacía, los dispositivos antes de arrancar y poder oír su potente máquina. Su chasis de fibra de carbono y sus numerosos componentes de titanio, magnesio, kevlar y oro daban como resultado un auto que pesaba 1.140 Kg y aceleraba de 0 a 100 kilómetros por hora en sólo en 3,2 segundos. Una maravilla tecnológica ciertamente, y era mía.




Salí a las calles de Londres con los pies y las manos que me cosquilleaban por acelerar y conducir mi auto. No usaba chofer, me gustaba sentir como los neumáticos se adherían al pavimento debido al aceleramiento, me fascinaba sentir cómo me mimetizaba con la máquina formando un bólido que surcaba los caminos, pero ya era tarde y las calles estaban sumergidas en el caótico tráfico que odiaba.

Sin embargo, en pocos minutos llegué a la planta que estaba en las afueras de la ciudad una vez que tomé la carretera que me llevaba hacia allá. Era muy pintoresca y además era accesible para los trabajadores, así que no tuve mayor problema en elegir ese claro para instalar ahí la nave industrial.



Estacioné mi auto en mi espacio privado, muy lejos de miradas y manos envidiosas y como hacía todas las mañanas, pasé por cada una de las áreas de la planta. Mi pecho se hinchaba orgulloso al ver todos mis esfuerzos, todas mis noches de desvelo plasmadas en esos autos que se armaban ante mi vista. Una a una se les instalaban las piezas logrando así un engrane perfecto de motor y carrocería.


Aspiré profundamente y cerré los ojos, deleitándome con ese olor a aceite, a fierros, a soldadura que tanto me recordaba mi feliz infancia.


Mi padre iba a explotar de orgullo cuando conociera esta planta. Era la única que todavía no conocía pero estaría aquí para la inauguración. Porque antes de ser mi sueño, también era el suyo y yo sabía cuanto se había esforzado para que yo lo cumpliera pero…

¿Estaría igual de orgulloso si él supiera?

Sacudí mi cabeza y después de saludar a varios de mis jefes de zonas, subí a mi oficina para despejar los pendientes de la inauguración y poder concentrarme en mis diseños. Busqué a Clara, mi secretaria, para pedirle un batido de proteínas pero ella no estaba en su lugar. Carajo… tal vez hubiera sido mejor contratar a un hombre como asistente o a una mujer mayor y no a una chica como ella. Seguramente estaría chismorreando con las otras secretarias. Pensaba en darle un buen regaño cuando apareciera cuando me paré en seco y quedé frío.

James estaba sentado en mi silla y con los pies asentados en mi fino escritorio de caoba.



Un escalofrío recorrió toda mi espina dorsal haciendo que se pararan los pelos de mi nuca. Con dificultad me tragué una puta maldición y por instinto levanté la barbilla como muestra de defensa.

El infeliz me sonreía burlonamente, sabía que detestaba verlo.

–¡Jake! –asentía despacio mientras me barría con la mirada–. Mira que te sienta muy bien Londres, ¿eh? Cada vez que te veo luces… wow.

–¿Qué quieres, James? –pregunté sin rodeos.

–Hola para ti también –sonrió.

La puerta se abrió y una muy nerviosa y afectada Clara entró con un par de sándwiches dos coca-colas y los ojos llorosos.

–¡Ah! ¡Que eficiencia! –dijo sarcástico–. Tu asistente es muy buena, Jake, cuídala porque tal vez me la robe.


La chica al oír esto retrocedió chocando contra mi restirador moviendo todos mis implementos.

–¡Perdón!, ¡perdón! –dijo asustada–, lo siento, yo… con permiso.

Clara salió disparada de ahí. James le había puesto las manos encima, era seguro, así como también era seguro que me quedara sin secretaria, asistente o lo que puta madre fuera.

–Habla, James, ¿qué haces aquí? –pregunté directamente mientras veía como se devoraba los sándwiches.

–Se adelantará un envío –respondió sin rodeos. Solté una carcajada.


–Ay, James –me reí–. Me encanta como crees que puedes venir y ordenar envíos a tu antojo.

–¿No puedo? –preguntó con una falsa inocencia.

–No, no puedes.

–Yo creo que el que cree que puede negarse, eres tú, pero ¿sabes?... ¡Sorpresa!, ¡no puedes!

–¿Crees que es muy fácil ensamblar cierta cantidad de partes de autos a la medida de tu antojo? Eso implica tiempo/hombre y además mucho dinero, ¡mucho dinero, James! Todo lleva un proceso y yo no puedo modificarlo y mucho menos acelerar nada, creí que ya habíamos quedado muy claros en eso, así que tendrás que esperar.

–Vamos, Jake, no pongas pretextos estúpidos. Recuerda que yo no admito ninguna excusa, ya me conoces así que ahorrémonos esta mierda. Las cosas se harán como yo diga porque así deben hacerse.



Inhalé profundamente y cerré los ojos intentando contar hasta donde me fuera posible. Me mordí la lengua y no le contesté nada. James me tenía agarrado de las bolas y eso era algo contra lo que nada podía hacer.

El envío de refacciones y partes ensambladas de exportación tenía que salir en una semana y yo no tenía ni idea de cómo hacer para no dejar de producir el número de partes programado. El pagar horas extras a los hombres era contraproducente muchas veces porque se agotaban y ponía en peligro la calidad de los productos y contratar más hombres requería de tiempo y dinero para entrenarlos como era debido. Maldito James, siempre poniéndome en aprietos.

James se fue una vez que aclaramos todos los detalles pero dejándome más encabronado que nada. El asunto me ponía en extremo nervioso pero estaba maniatado, encadenado pero, ¿era justo?

Por un lado yo tenía mis agencias colocadas en las ciudades más importantes del mundo; había mucha demanda por los productos que yo ofrecía, porque eran de una calidad excelente. El sueño de los Black se estaba concretando aunque aún faltaba mucho. Eso, nuestro sueño, tenía un precio y yo estuve de acuerdo en pagarlo, nadie me obligó ni me pusieron una pistola en la sien. Yo solito acepté y no sabía si arrepentirme o no.

 Con calma recogí todo lo que se había caído de mi mesa restirador. ¡Puta madre! Mi buen humor se había esfumado y mi día dibujando también. Tenía que sentarme frente a la computadora tratando de hacer milagros para sacar ese puto envío y con eso me garantizaba librarme de James y de toda su mierda por varias semanas.

Llené un vaso de whisky y le puse algunos cubos de hielo. Era muy temprano pero lo necesitaba, lo necesitaba tanto como verla de nuevo. Abrí el archivo donde tenía guardadas muchas de sus fotos y elegí la más reciente. Mi pecho se llenó de un aire limpio y una sensación de paz inundó mis pulmones. Sentí cómo mis labios se curvaban en una amplia sonrisa y el estridente ruido de la planta cesó milagrosamente.

Una elegante mujer me sonreía desde la pantalla, con sus ojos marrones, sus largas pestañas tupidas y muy negras, su precioso cabello que olía a flores y que le caía sobre los hombros y espalda en suaves ondas y esos labios, esos deliciosos labios rosaditos que se hinchaban al primer mordisco.

Ella también era mi sueño, y también se iba a convertir en mi realidad.



Hice un close-up de su rostro en la pantalla y lo delineé con mis dedos. Qué bella era… ¿Cómo era posible que aquel patito feo y torpe se convirtiera en ese hermoso cisne? Si alguien me hubiera dicho en aquella época que se transformaría en esa exquisita mujer, me hubiera reído en su cara porque recordaba perfectamente cada detalle de ella desde la primera vez que la vi.

Estaba en Italia muy feliz aprendiendo, absorbiendo todo lo que podía y recibí los requerimientos de la universidad de Esslingen, en Alemania. Eran bastante específicos y si no los cubría no habría modo de entrar a estudiar ahí; conocimientos avanzados en física, matemáticas y manejo de tres idiomas al menos, así que tuve que dejar el suelo italiano y trasladarme a Suiza ya que el internado Du Rosey me ofrecía todo lo que necesitaba para poder estudiar mis carreras en Alemania y yo sólo tendría que aplicarme y estar centrado en mis estudios. Afortunadamente no era ningún tonto y todo se me daba bien. Tenía buena memoria, me gustaba el cálculo y lo único que necesitaba era no meterme en problemas, aunque eso iba a ser algo difícil porque además de todo, mi carácter era algo explosivo.

Las primeras semanas todo fue pan comido. Me sentía a gusto en el internado, con las clases y hasta tenía tiempo para jugar futbol. Hice unos cuantos amigos pero tan pronto conocí a James y a los chicos, que eran mucho más divertidos que esos Nerds, los dejé atrás. Ellos no estudiaban en el internado pero siempre andaban rondando por las afueras por si a alguno de nosotros se nos ofrecía algo, lo que fuera, no importaba qué. Ellos eran los proveedores de todos los internados del área y podían conseguir desde una cajetilla de cigarros, pasando por un condón, hasta una chica, claro, con la cuota correspondiente debido al riesgo de ser atrapados.

Era genial. Yo estudiaba y me divertía como nunca con James y la banda. Él me esperaba por las noches y yo me escapaba para ir a bar del pueblo cercano para tomar unas cervezas. Siempre decía que sólo sería eso, sólo una cerveza, pero no sabía como era que terminaba entre las piernas de alguna chica para luego regresar deprisa al internado. Todo marchaba muy bien, hasta el día que fue la inauguración de los juegos con los internados vecinos. Ése fue el sábado que la vi por primera vez.

No supe que fue lo que me hizo voltear la cabeza y mirarla por más de unos minutos. Era una niña flacucha, sin cuerpo y sin gracia. Era muy pálida y de cabello castaño oscuro al igual que sus ojos. A mí me gustaban las rubias de ojos azules y sin pecas en la nariz. Que tuvieran curvas, carne qué agarrar, no un saco de huesos sin tetas. Me gustaban las mujeres como su amiga, aquella que estaba colgada del mamón nariz de huele caca de Royce.

Molesto comigo mismo por distraerme con semejante espécimen, centré mi atención en el partido. Las gradas estaban colmadas de estudiantes que gritaban cada vez que algún jugador hacía un acercamiento a la portería. Di un pase y mi equipo pudo meter un gol que festejaron todos. El reflejo de su sonrisa llena de braquets casi me dejó ciego y volví a insultarme por no poder alejar mi mente de esa cosa.

Pasaron un par de semanas y nos tocó ir a jugar a otro internado. Salí a la cancha seguro de mí, confiado en que ganaríamos, pero todo se vino abajo cuando en las gradas vi al espécimen que tanto trabajo me había costado sacar de mi cerebro, sentada ahí luciendo unos jeans casi dibujados en su cuerpo con una blusita que lejos de remarcar lo plana y sin forma que pensaba que estaba, resaltaba lo poquito que tenía pero muy bien colocado.



Sus labios regordetes brillaban y me los imaginé entre mis dientes, jalándolos suavemente mientras mis manos acariciaban sus tetas pequeñitas y firmes. Jadeé llamando la atención de mis compañeros y decidí correr por toda la cancha para mitigar el puto dolor que tenían las bolas. La vi gritar y celebrar cada buen tiro que daba. Me enojé y al acabar el juego regresé al internado en una de las vans que cada media hora salían hacia allá. No me quedé ni a festejar que habíamos ganado ni a nada. No podía aceptar que tan sólo la presencia de una insulsa niña pudiera ponerme nervioso y afectarme de tal modo que me provocaba una dolorosísima y kilométrica erección.

Maldita niña. ¿Cuántos años tendría?, ¿trece?, ¿catorce? Seguramente todavía mojaba las sábanas por las noches y ya se sentía como si fuera una chica grande, como las que me gustaban, esas que estaban dispuestas a darme todo sin que me costara el menor esfuerzo. ¡Estúpida!


Conforme pasaban las semanas mi mal humor comenzó a notarse. James se burló de mí cuando le conté qué era lo que me tenía así y me dijo que no se me pasaría hasta que hiciera algo, que me lo tomara como un juego que me mantendría entretenido todo el tiempo que me costara meterme bajo sus tiernas e inocentes braguitas.

Durante un buen tiempo me acerqué a ella en un meditado avance aunque no tuve que hacer mucho. Ella, Bella, estaba mucho más que dispuesta a lo que fuera que yo quisiera pero una cosa era muy cierta, aún era una niña. Tan niña que me asustaba, me ponía los pelos de punta porque yo jamás había estado con una virgen pero en eso radicaba lo emocionante y divertido, según James, así que me propuse no sólo desvirgarla sino además volverla ansiosa de mí, de mis caricias, de sexo… le enseñaría muchas cosas, sobre todo lo que me gustaba y la volvería loca, con eso la tendría comiendo de la palma de mi mano. Sí, iba a ser un año muy divertido sin duda.

Y no me equivoqué.

Empecé a ir a todos los eventos que se organizaban entre los internados y así poco a poco me fui acercando a ella. Decir que era tímida era una mentira, ¡era lo siguiente! Me costó mucho lograr que nos empezáramos a alejar de los demás, de irnos a donde pudiéramos estar solos. Yo veía y sentía que ella se derretía de ganas pero algo la frenaba y creía saber qué era… su virginidad.

Por fortuna, anunciaron que se celebraría el baile de fin de cursos y todos los chicos estaban eufóricos. Empezaron las apuestas y no faltó quien se me acercara para preguntarme si entraba o no pero yo, si tenía algo era discreción y sabía que si quería lograr algo con Bella después de esa noche, debía callarme la boca.

Conté cada uno de los putos días en el calendario. Hice planes y preparé todo para hacerla mía en mi propia habitación. Al menos se merecía eso y no ser follada detrás de unos arbustos. Por fin la esperada noche llegó y Bella se veía preciosa. No podía esperar a tenerla y esa misma noche le pedí que fuera mi novia. Era una cursilería pero a las chicas les encantaban esas cosas.

Después de besarnos un rato, la guié hasta mi dormitorio. Estaba muy feliz por las rosas y por la iluminación tenue, por ver que había preparado algo aunque sencillo pero sólo para ella. Entre besos la recosté en la cama y empecé a desvestirla. De verdad era muy bonita y para mi no sería ningún sacrificio convertirla en una mujer experimentada en las artes amatorias, ¡ninguno!

Yo estaba muy excitado, demasiado, y ella muy nerviosa. Debía relajarla para que no le doliera tanto. La besé en los labios y poco a poco fui bajando hasta toparme con esas preciosas tetitas que también besé con devoción. La escuché gemir y supe que era momento de estimularla con mis dedos pero estaba tan ansioso que apenas la sentí humedecerse me introduje lo más despacio que pude dentro de ella.

Por Dios, era tan estrecha que me dolía abrirme paso en su interior pero Bella después del grito inicial, sólo trató de acoplarse a mí. Me moví con cuidado, no quería lastimarla y con esa preocupación y con mi goce por su estrechez, me corrí más pronto que de costumbre. Fue una noche que no olvidaría jamás.

***

Después de eso, mi trabajo era hacer que Bella perdiera el pudor así como había perdido la virginidad pero esa si que no fue tarea fácil. Todavía era muy tímida y me costó mucho hacer que olvidara todo lo que la reprimía y se dejara llevar porque aunque yo la había convertido en mujer, no me permitía tocarla como los novios lo hacían.


 
Afortunadamente sus amigas eran algo más sueltas y la animaban. En el salón de medios y después de rogarle entre besos y arrumacos, entre las computadoras, cámaras, bocinas y demás, toqué y probé sus tetitas bien dulces y firmes por segunda vez.

Enloquecí.




Su olor, su sabor, su piel nublaron mi razón y por un momento creí que hasta dejé de respirar. ¿Qué cosa me estaba haciendo esa niña?, me estaba embrujando, me estaba envolviendo en ese velo inocente y me hacía desearla como a nada ni nadie antes. Comenzamos a vernos por las noches detrás de las canchas de su internado; ahí, detrás de los arbustos nos besábamos sin control y yo saboreaba también sus tetitas. Ella gemía de placer y yo me hinchaba hasta no soportarlo más. Buscando alivio y también avanzar un poco más, tomé su mano y la puse contra mi abultada y tortuosa erección.

–¿Ves como me pones, Bella? –casi gemí con voz ronca. Sentí que intentaba retraer su mano y le rogué–. ¡No la quites!, no lo hagas, por favor…

–Jake… yo… –susurró apenas.

–No tengas miedo, es normal que me provoques esto porque te quiero y te deseo mucho –le decía mientras presionaba su mano y la movía en círculos sobre el bulto en mi pantalón.

–Es… es… muy grande –dijo tímida y asentí.

–¿Quieres verla otra vez?

Bella no dijo que si pero tampoco se negó, así que muy despacio bajé la cremallera de mi pantalón y mi bóxer para sacar mi polla. Su rostro era indescifrable. Me mataba no saber si estaba asustada y saldría corriendo como una niñata o se comportaría con madurez quedándose conmigo.

Cuando no se movió y sus ojos observaron por unos buenos minutos mi polla, creí que lo peor había pasado pero no; lo peor fue para mí cuando ella con todo y su timidez, acercó su manita a mí endurecido miembro y lo empezó a acariciar.

Quise aullar de placer al sentir su mano tocar toda mi longitud pero sobre todo, al verla ávida por ver, por tocar, por aprender. Puse mi mano sobre la suya y comencé a subirla y bajarla con cuidado. Se asombró al ver el líquido pre seminal que goteaba de la cabeza de mi polla e hice que sirviera como lubricante, que no fue mucho así que escupí saliva en su mano para seguir con el movimiento; mi polla quería reventar, estallar a su contacto y así se lo hice saber. Para mi regocijo, Bella no quitó la mano y bombeó con más firmeza. Exploté ahí mismo, extasiado por haber sido masturbado por esa niña que me miraba incrédula.

Avanzar con ella después de eso fue muy fácil. Nos encontrábamos todas las noches y nos tocábamos. Bella me permitía tocar y besar sus tetitas pero abajo era sólo sobre la ropa, yo en cambio no tenía pudor en bajar mis pantalones y los bóxers hasta mis rodillas y dejar que jugara conmigo.



–Necesito tocarte, Bella, por favor déjame…

–Jake, yo…

–¿No confías en mí?

–No es eso, yo sólo…

–No, Bella, no lo haces –me alejé y subí mis pantalones. Mortificado y ofendido, me despedí de ella con un simple “nos vemos” y me fui.

Por casi una semana no hubieron mensajitos de texto ni encuentros nocturnos. Yo estaba seguro que ella acudía cada noche a nuestro lugar, sabía que cedería tarde o temprano y con mi ausencia la presionaba a hacerlo. Al sexto día llegó el mensaje que estaba esperando tan ansiosamente.



“Confío en ti, Jake y te quiero. Te veo hoy por la noche”
Bella.

–¡Sí!

Grité a media clase de cálculo al leer el mensaje. A partir de esa noche todo sería pan comido, al menos eso creía yo. Bella me dejó tocarle su húmedo, tierno y suave coñito. Casi me corro al sentirlo tan lubricadito y calientito pero me obligué a irme con calma porque no quería asustarla. La toqué con mis dedos alrededor de su botoncito que brotaba hinchadito. Ella gemía y se retorcía de placer mientras yo me contenía para no insertar mis dedos de una vez.

La hice correrse muchas veces esos días. A ella le gustaba que yo la tocara de esa forma pero no me dejaba meter mis dedos en su coñito. Cuando se apiadó de mí me permitía meterle sólo la punta de mis dedos pero cuando intentaba meterlos un poco más, se hacía para atrás y negaba con firmeza.

–¿Qué pasa contigo, Bella? – le pregunté extrañado.

–A mí… me da pena, Jake –confesó por fin.

–No tienes porqué tener pena conmigo. Somos novios y como tales debemos conocernos íntimamente. ¿No quieres?

–Sí –dijo en un susurro.

–Pues entonces, a partir de mañana eso es lo que haremos, conocernos por completo –sonreí.

Después de esa noche, Bella me sorprendió. Se transformó en una niña hambrienta clamando por conocer todo lo que pudiera. Yo estaba en la gloria con mi alumna y mi felicidad se reflejaba en mi cara, en mi actitud, en todo. Varias noches a la semana la llevaba a un pequeño hotelito y ahí Bella dejaba el pudor en la puerta. Me deseaba, me tocaba y darme placer era su prioridad porque sabía que yo era generoso y también me esforzaba en hacerla disfrutar. Nuestras perfectas noches sólo tenían un punto malo… Bella no podía con el sexo oral.

Lo intenté todo para que me permitiera acercarme a su hambriento coñito pero no lo logré. Eso me molestaba mucho; me hacía sentir incapaz de poder satisfacerla de ese modo y a la vez, tampoco me lo quería dar. Me frustraba. Una noche, se inclinó entre mis piernas y mi sueño se hizo realidad. Aunque torpemente, Bella me tomó en su boca e hizo lo que pudo por darme placer y yo con el sólo hecho de pensar en el esfuerzo que hacía porque me quería, me corrí. No lo hice en su boca, no era tan idiota. Le agradecí el regalo y le pedí que me dejara hacérselo también pero se negó.

¿Podría vivir yo sin eso?

¿Sin probarla?

¿Sin saborearla?

¿Sin hacerla gritar mi nombre mientras me la comía?

Esperaba que sí porque Bella no parecía querer ceder en eso. Los días pasaron y ella cada vez se volvía más fogosa. Se compraba ropita sexy y se arreglaba para mí. No sabía porqué eso me hacía sentirme orgulloso. De acuerdo, no era una preciosidad que quitara el aliento pero era linda, muy linda.



Una de esas noches le presenté a los chicos. La Bella suelta y relajada, mi nueva Bella, se retrajo y aquella insulsa mocosa volvió a salir a la superficie. De inmediato comprendí que mis amigos la intimidaban pero tendría que acostumbrarse a ellos porque los veríamos constantemente y yo no iba a dejar de hacerlo sólo porque ella no estaba a gusto con ellos. Así se lo dije y le tenía que reconocer el esfuerzo que hacía por ser agradable con los chicos aunque la hicieran sentir incómoda.

Una tarde, James me reclamó entre broma y broma que mi chica me tenía absorbido por completo; que ya no me reunía con ellos para tomar unos tragos ni nada.

–Me siento bien por ti aunque se te extraña. Esa niña debe ser una verdadera bomba en la cama como para hacer que te olvides de tus amigos, Jake –dijo insinuante pero no le respondí, eso era cosa mía y no me gustaba compartir mis asuntos con nadie–. Seguro que debe darte todo lo que quieres, eres muy afortunado.


Ese comentario me dejó pensando unos minutos y James agregó…

–¿Por qué te quedas callado?, ¿no es así? –abrió los ojos sorprendido–. Tienes que hacer algo, amigo; tu mujercita no puede ponerte límites.

–Agradezco tu preocupacón, James, pero no te metas en mis cosas –respondí serio.

–Entonces tengo razón –sonrió–. Aún es pequeña, puedes moldearla a tu gusto. Hazlo, no permitas que ella se imponga ante ti. Luego me lo agradecerás, Jake.

No pude ignorar las palabras de James durante esa noche y todo el día siguiente. Hacían eco a cada paso que daba, me torturaban, me hartaban. Saqué una botella que tenía escondida y empecé a tomar para ya no escucharlas. La hora de encontrarme nuevamente con Bella llegó y estaba dispuesto a ir más allá. Quería probarla y punto.

Ella por supuesto se negó y quise intentar el sexo anal. También se negó. No se entregaba por completo, no confiaba en mí, en quien la hizo mujer y con mucha paciencia la había instruido. No me creía capaz de satisfacerla y al asentarse bien la idea en mi mente, me enfurecí. Estaba jugando conmigo, dándome las migajas que se le antojaba darme y yo como su pelele aceptando todas sus putas condiciones.

Estúpida niñita que me estaba haciendo perder mi valioso tiempo. La tomé de los brazos y la zarandeé fuertemente. La insulté, la ofendí, la aventé sobre la cama y ella sólo lloraba y trataba de acercarse a mí. Enojado como estaba, la regresé al internado pero en el camino tuvo que escuchar todos los insultos que mi furia le escupía. Ni siquiera la acerqué a las canchas, la dejé en el camino y tuvo que andar sola y casi a oscuras un poco menos de un kilómetro pero no me arrepentí. Estaba convencido de que James y yo teníamos la razón y para que no surgiera ninguna duda en mí, me terminé la botella que guardaba bajo mi cama.

A la mañana siguiente la resaca me mataba y poco a poco los recuerdos de la noche anterior llegaban sin orden alguno a mi aún borracha mente pero ni así cambié de opinión. Bella estaba jugando conmigo y yo no lo iba a permitir más.

–Jake, te llaman de la dirección. Quieren verte en veinte minutos –me avisó un compañero.

–¡Mierda!

Como alma que lleva el diablo me metí a las duchas; el agua fría me ayudaría o al menos eso esperaba. Me lavé con dientes y me froté la lengua con fuerza. Me sequé, me vestí y corrí hacia la oficina del director.

–Buenos días, señor Clayton, ¿me llamó usted? –inquirí intentando relajarme.

Seguramente me llamaban porque habían descubierto que por las noches Joseph, el conserje, me rentaba su auto y me escapaba para ir a ver a Bella. ¿Cómo diablos iba a salir de esa? O si Dios me quería mucho, sólo me llamaba porque me castigaría por comprar cosas de contrabando a James, pero todo el mundo lo hacía así que eso no me daba tanto miedo.

–Si, señor Black, siéntese por favor –dijo con voz nasal y pedante.

–Usted dirá.

El hombre se sentó en su silla y lo soltó de golpe.

–Su padre ha llamado muy temprano esta mañana para informarnos que la universidad de Esslingen hecho un reconocimiento a nuestro colegio y lo ha aceptado, felicitándolo por las altas notas que ha obtenido en los exámenes de ingreso. Hemos cumplido nuestra parte, señor Black, ahora usted cumpla con la suya y mantenga muy en alto el nombre de nuestra institución.

–¿Qué… cómo dice? –mi lengua se atoraba mientras mi mente procesaba sus palabras.

–Que lo esperan en cuatro días para que inicie sus clases. Pasado mañana, muy temprano, volará de Laussane a Stuttgart donde lo estarán esperando para llevarlo a la universidad. Tiene poco tiempo para empacar, señor Black, así que le recomiendo empiece desde ahora mismo.

–Sí… señor Clayton, yo…

–Comprendo su emoción, señor Black, tómese su tiempo para asimilar la noticia y, por supuesto, felicidades.

–Yo… gracias, señor.

Furioso, salí de la Dirección y corrí hacia mi habitación. ¿Cómo era posible que mi padre no se hubiera dignado a informármelo él personalmente?, ¿por qué carajo me tuve que enterar por el idiota del señor Clayton? Busqué deprisa mi celular para llamarlo y reclamarle. Él no podía seguir tomando esas decisiones tan precipitadas sin preguntarme; simplemente, ya no podía hacerlo.

Cuando lo encontré y lo encendí, vi que tenía varias llamadas perdidas suyas. Ok, de acuerdo, había olvidado el puto móvil en mi otro pantalón pero el verdadero motivo de mi ira seguía ahí.

–Jacob –respondió al primer tono–, ya era hora que aparecieras.

–No puedes hacerlo de nuevo, papá, ¡no puedes!

–Ya todo está listo, Jake. Es el paso final…



–¿Por qué siempre me haces lo mismo? –grité–. Siempre que estoy a gusto en un lugar, cuando por fin siento que pertenezco, me sacas de ahí y me mandas a otro país, lejos, me arrancas la vida y ¡ya estoy harto!, no me voy a ningún lado, no quiero irme y no me iré. Ya soy mayor de edad y puedo decidir donde quiero vivir.

–¿Es una chica? –su tono se oscureció.

–Eso no importa, he dicho que no iré a Alemania, me quedaré aquí mientras yo tomo una decisión.

Hubo un tenso silencio; solo esperaba su sentencia y la orden final de empacar y volar a Alemania pero estaba muy equivocado si creía que me iba a dejar mangonear otra vez. Yo estaba feliz ahí, tenía buenos amigos pero sobre todo, tenía a Bella y nadie me iba a alejar de ella.



–Si ya lo has decidido entonces, así se hará. Sólo te recuerdo que un hombre se forma por las decisiones que toma. Yo, por tu bien y porque te quiero, espero que estés pensando con la cabeza y no con lo que te cuelga entre las piernas, hijo.

Horas más tarde y con casi media botella de tequila consumida, miraba al techo acostado en mi cama y mientras más vueltas le daba al asunto, más convencido estaba de que no era una mala decisión tomarme un tiempo para mí considerando que desde los once años rodé de país en país en internados, casi sin tomar vacaciones, siempre en cursos de verano para aprovechar el tiempo y estar preparado. Bueno, pues ya lo estaba y que me aceptaran en Esslinger era la muestra, ahora sólo quería un respiro para poder estar más tiempo con Bella, besarla, salir, amarnos, disfrutar de mi novia como un chico normal, dejar de sentirme el eterno nómada, alguien sin lugar, sin nada. Así que, por el momento, Alemania podía esperar porque Bella era mi única prioridad.

Por la tarde recibí un mensaje de James, se había enterado por los rumores en los pasillos que en un par de días me iría de ahí y quería verme. Yo exudaba alcohol, por lo que me di un baño y me vestí para verlo y después ir por mi novia, mi Bella. La necesitaba y al fin lo comprendía. Yo la quería, sentía por ella algo que no sabía si era sólo cariño o amor real. Nunca había sentido antes eso por ninguna mujer. Nunca había estado enamorado y definir ese sentimiento no iba a ser nada fácil. ¿Cómo diablos saberlo?

–Quita esa cara, deberías estar feliz, ¿no? –James me palmeó el hombro–. Te quedas por aquí un buen rato más para disfrutar de tu noviecita. ¿Qué tiene esa niñita que te tiene así, amigo?, ¿qué te da?

–No sé que me da pero me tiene loco y lo peor es que no sé si la quiero, la amo o sólo es algo pasajero –le confesé sentado en un tronco.

–Si puedes tolerar todas sus niñerías sin que te importe un puto carajo, lo siento amigo pero caíste en sus redes –rió–. El cazador resultó cazado –se doblaba de la risa–. Lo mismo aplica para saber si ella te quiere o qué madres. Deberías hacer la prueba.

–Ahh, no estoy para jueguitos pendejos, James; sólo quiero emborracharme y dejar de pensar en todo esto para poder disfrutar con Bella. Lo único que necesito ahora es un trago bien fuerte para calmarme.

–¿Qué tan fuerte? –me miró con una sonrisa que me confundió–. ¿Qué tanto quieres disfrutar con la nenita?, ¿hasta donde estás dispuesto a llegar?

–James…

–Ella está jugando contigo, Jake, te volteó el juego y ahora tú eres el que está atrapado. Eres su títere y te da lo que quiere, no lo que mereces. Mírate, estás hecho un idiota por ella, no eres el Jake que llegó aquí, sólo eres su pasatiempo y está sacando provecho de ti solamente. Ya verás que pronto te manda al diablo una vez que se canse de ti, amigo, o es eso, o… o no sabes satisfacerla, Jake, ¿qué será entonces?

–¿Insinúas que yo no puedo con una mujer?



–Con una niña –me corrigió y me encendí porque alguna vez esa maldita idea ya había cruzado por mi mente.

–Puedo con ella y con cuanta mujer me coja, que te quede claro –le advertí.

–Cálmate, no te sulfures, yo sólo decía.

–Dame algo fuerte y déjate de pendejadas, James.



–Ok. Entonces algo fuerte será pero antes… ¡un trago!

Después de estar con James y sus putas insinuaciones que sólo me calentaban el cerebro, fui a buscar a Bella. Con todo lo ocurrido y con mi decisión por fin tomada, tenía que verla para asegurarme que había hecho lo correcto. Que ella valía la pena, que me quería y que se entregaba a mí sin restricciones para quererla, para amarla…

Esa noche Bella estaba callada. ¡Era todo lo que me faltaba!

Con la mierda de día que había tenido encima, Bella andaba con sus santurronerías. Era el puto colmo. Llegamos al hotelito de siempre y antes de bajarme del auto de Joseph, me metí la pastilla en la boca sin que ella se diera cuenta. Durante todo el camino pensé en hacerlo o no pero qué diablos, Bella, su silencio y su actitud ofendida tomaron la decisión por mí. Me pasé la pastilla con un trago de whisky y bajé del auto cerrando con un portazo.

Subimos en silencio y entramos al pequeño y limpio cuartito. Bella se sentó en la esquina de la cama, como si cobraran por el puto espacio. Respiré y me calmé; debía darle una oportunidad para que me demostrara si de verdad me quería y hasta donde estaba dispuesta a llegar por mí.

No hablamos, sólo me acerqué a ella y comencé a rozar mi nariz contra la suave piel de su cuello. Un raro cosquilleo me corría desde los pies hasta mis ingles y desde mi ombligo hasta mi boca. Mi cabeza no pesaba… la tocaba y su piel había cambiado de textura, ahora era mucho más suave, como malvaviscos que me provocaban morderla. Malvaviscos que olían a fresas, tenía que probarlos. Intenté presionar mi mano por su vientre y por sus brazos, quería un pedazo de ella y la pellizcaba. Quise ir despacio, me obligué, pero esa extraña sensación mandó a volar mis preocupaciones y me apuró a ir más rápido, sin preámbulos.



No podía contenerme, mi prisa era salvaje, desesperada. No quería que dejara de sentirse tan tentadora, tan invitante; no quería dejar de olerla y mi ansiedad, mi necesidad y mi urgencia, eran sólo por hundirme en ese pedacito de cielo que esta vez no se atrevería a negarme… que esta vez ya me dejaría probar.*

*Casa Lobb,  zapateros de la casa real británica. 


*


*


*


*

Nenas! Mil gracias por siempre estar pendientes y esperando al Señor. Él también las extraña y está preparando su regreso para cuando menos se lo esperen, así que… en posición sumisa nenas!





























11 comentarios:

  1. OMG genial ahora saber la historia x medio de Jake ,fue buena la espera ,gracias linda....Besos desde Ecuador...

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  2. estuvo genial, ya te estaba echando de menos, sigue subiendo por favor!!
    amo como escribes, no te conozco y ya te quiero!!! jajaja :)

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  3. Li feliz navidad, no nos hagas esperar por nuestro señor, espero que en esta navidad tengamos un gran regalo, y sobre jake no hay palabra para describirlo, pero que es un cabron lo es... besos

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  4. Exelente !!!!! Otro capitulo por favor!!! ;-)

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  5. ahhh ojalá ke edward haga pagar a este cerdo por lo ke le hizo a bella, el capitulo está genial, aunke debo de confesar ke me sorprendio ke hubiera sido un POV Jake, pero creo también que es un cap importante de la historia pues noa ayuda a ver como y porque sucedieron algunas cosas, en fin, un gran capitulo, grax!!

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  6. Gràcias por otro gran capitulo, FELICES FIESTAS!!! es una historia genial. MUAK....

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  7. MORIIIIIIIIII.. como q james es alex pettifer noo es es todo tierno y lindo.. nanda q ver con james.. en mi mete tiene cara d mal y depravado..lol..
    en fin ya euiro al señor ..jake me cae mal..

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  8. Ahiiiiiiiiiiii casi muero al ver ya fis nuevos, Donde estaba,? esto ya sera continuo? DIOSSSSSSS que ilusion, pero ¿Y mi DOM;? ¿donde esta mi DOM? SE que jake tiene que salir por algún lado,pero poco eeeeh,nos interesa y complace nuestro DOM; lo echamos de menos como el comer,y la verdad es que jake,nos importa poco, sabemos que tiene su papel pero poquito, eh.Cuando y que dias renovaran, ya sueño con el siguiente, por que cuanto antes termines con jake, anyes empezaras con nuestro QUERIDO DOM; Fina Madrid España.

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  9. Perdon por tanta Felicidad no te Felicite la Navidad, se me fue la memoria, Que la pases muy bien, y te esperamos muy proto.Bsss,Fina

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  10. me encanta amo tu historia es la mejor que he leido y creeme que he leido muchas continua te amo eres lo maximo

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  11. PR FAVOR PR FAVOR ACTUALIZA UN REGALO DE FIN 2012 POR FAVOR FEICIES FIESTAS UN PROSPERO 2013 MARTHA

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