lunes, 15 de octubre de 2012

CAPÍTULO 38



Caretas.

La hipocresía es el colmo de todas las maldades.
Molière


EDWARD’S POV


Otra noche más que llegaba a casa ya muy tarde. Caminaba desganado por el estrés que recaía en mí, con un severo dolor de hombros y espalda baja mientras observaba que, a diferencia de las otras noches, todas las luces estaban encendidas. No le tomé mucha importancia hasta que suspiré y un delicioso olor se coló por mis fosas nasales haciéndome hasta parpadear… Pato en salsa de higos.

Me apresuré en llegar al comedor y como ya se me estaba haciendo costumbre, maldije a todos los infiernos, esta vez por encontrar a Isabella dormida sobre la impecable mesa con una copa de vino junto a ella. De nuevo se había quedado dormida esperándome con una magnífica cena. 

Mi estómago rugió reaccionando al exquisito olor, tenía mucha hambre, de haber sido el cabrón egoísta de antes, me hubiera sentado a disfrutar de la cena en mi honor pero ya no lo era. No sería capaz de sentarme a degustar esa exquisitez si ella no iba a ser testigo de cuánto agradecía y saboreaba lo que especialmente había cocinado para mí, aunque se me hiciera agua la boca.

Apagué el horno que mantenía caliente la cena y husmeé por ahí un pedazo de queso y un trozo de pan para aplacar mi hambre. Después, con todo el dolor de mi espalda, cargué a mi hermosa mujer que apenas al sentirme se acomodó contra mi pecho aún sin despertarse y, la subí a nuestra habitación. La acosté en la cama y comencé a desvestirla. Se había arreglado para mí y yo, ¿dónde carajos estaba?

Concentrado en hacer todo lo posible por tener un mundo seguro para ella, para que pudiera salir libremente a cualquier parte sin la mayoría del séquito, como ella les llamaba, y estar tranquilos. Esa era la respuesta correcta y aunque por el momento me pesara y me hiciera sentir culpable por lo abandonada que la tenía, pronto veríamos los frutos de estos sacrificios que durarían por el resto de nuestras vidas.

De nuevo di un largo suspiro como resultado de lo que tenía frente a mí. Isabella en unas diminutas bragas. Su piel resplandecía satinada bajo la tenue luz. Sus piernas, su vientre, sus senos, sus brazos, toda ella brillaba y yo empezaba a responder a esa sensual imagen pero mi pequeña estaba tan cansada que ni cuenta se había dado de nada. Moría de ganas de despertarla entre besos y tomarla como otras noches lo había hecho pero preferí dejarla dormir.

Dejé sus bragas junto a su vestido y a los pocos minutos, ya me encontraba en la cama junto a ella que instintivamente amoldaba su cuerpo al mío para seguir durmiendo. El aroma floral que se desprendía de ella, de su piel y su pelo, me adormecieron. Caí en un profundo sueño que se me hizo un parpadeo hasta que llegó la hora de salir de la cama, darme un baño y volver a la oficina.

Esa mañana tampoco hubo tiempo de ejercitarme y sabía que eso también era un factor importante que me tenía con la espalda adolorida. Antes de salir rumbo a la oficina, me incliné sobre mi Isabella, besé su frente y sus labios. Se merecía el mundo entero, sin preocupaciones, ni miedos y yo, se lo iba a dar.

***

– ¿Ya revisaste los contratos y los permisos?

–Los tengo en mis manos en estos momentos –respondí a Jasper–, y todo parece estar perfecto. Creo que encontré a dos excelentes sustitutos.

–Esta vez fue una excepción extraordinaria pero ya no cuentes conmigo –afirmó tajante.

–Y yo que pensaba enviarlos de avanzada regularmente para que te despejaras de tu trabajo en la firma y Emmett de la constructora –Jasper carraspeó nerviosamente.

–No, no puedo –dijo sin dudar–, en cambio a Emmett le caería como anillo al dedo. Según sé por Alice, Rose lo extrañó tanto que ahora no quiere ni soltarlo. Lo recibió como si fuera el primer ministro y hasta el día de hoy no le he visto ni la cara.

–Hmm, deben de estar haciéndole al fin, los honores correspondientes al cargo–, nos reímos un poco pero la verdad era que a ambos nos daba gusto por nuestro amigo, porque Emmett, amaba a Rosalie casi tanto como yo amaba a Isabella.

La mañana, salvo la plática con Jasper se me hizo eterna y frustrante. Gente que iba a venía por mi oficina con estadísticas de ventas, planos de las obras, informes de la bolsa cada hora gracias a mi padre que se encontraba aburrido sin su nuevo amigo. Mi puerta se cerró detrás de los directivos de recursos humanos y no habían pasado ni dos minutos cuando de nuevo se volvió a abrir. No había ni levantado la vista de los formatos de los nuevos contratos que requerían de toda mi concentración y estaba a punto de despachar a quien estuviera interrumpiéndome para terminar con ellos de una buena vez.

–Buenas tardes eh…

–Isabella, Isabella Swan, señor Cullen y tengo una cita con usted por la próxima hora y media.

¿Pero qué demonios?, pensé inmediatamente al oír su voz y mirándola ahí, parada frente a mi escritorio.

–Isabella, ¿qué, qué haces aquí?, ¿sucede algo?

–Sí. Sucede que estoy harta de no verte, de estar sola, de estar encerrada en una jaula de oro, de que sea el puto colmo que yo, la mujer que precisamente vive contigo, tenga que sacar una cita con tu asistente para poder verte la cara por tan sólo, ¡una jodida hora y media!

–Baja la voz, Isabella –le ordené, porque nadie excepto yo, gritaba en mi oficina.

–Voy a gritar todo lo que yo quiera, porque vas a follarme tan duro que no me voy a reprimir y me voy a correr las veces que pueda y tú, te esforzarás en dejarme bien satisfecha, porque si no lo haces, te juro Edward que vendré todos los días para que cumplas con tu trabajo. ¿Me entendiste?

Dios santo…

Esa mujer frente a mí estaba que echaba fuego por la boca y tenía toda la maldita razón en estar tan enojada. Sus ojos oscuros estaban casi negros de la furia que contenían y su cuerpo en actitud combativa encendió el mío en un miserable segundo. Tragué en seco y con mucha dificultad apenas le pude contestar…

–Sí, señora.

Mi polla intentó brincar entusiasmada y sólo recibí un cruel y doloroso latigazo por estar reprimida en mis ajustados bóxers. Sentí claramente como se hinchaba en ellos haciéndome casi doblar de dolor, dolor por ella, por tenerla, por poseerla con urgencia, sin recato, sin pudor, sin nada que no fuera pura y llana lujuria, porque eso, era lo que precisamente ella había venido a buscar a mi oficina.

En dos zancadas llegué a su lado y estrellé mis labios contra los suyos. Ella me recibió de igual forma, respondiendo al ansioso movimiento de mi lengua que en un desesperado beso buscaba su sabor, su deseo y su prisa. Me deshice cuando un profundo gemido quedó atrapado en nuestras bocas y sus manos fueron directamente al nudo de mi corbata para quitármela. Me incliné un poco y metí las mías debajo de su falda, la subí ansioso por sus muslos para casi morirme al descubrir que no llevaba bragas.

Nuestras bocas se devoraban y así quería hacerlo con el resto de su cuerpo, disfrutarlo y bebérmelo con calma, pero eso era lo que no tenía en esos momentos, calma. La tomé por las nalgas y la cargué, ella me rodeó con sus piernas y me dirigía al sillón cuando me detuvo.


– ¡No!, en el escritorio–. Me ordenó.

–Sí, señora.

La llevé hasta él y no me importaron los mil documentos sobre los que coloqué a la mujer que me estaba haciendo perder la cordura. Subí la falda hasta su cintura con manos temblorosas y su hermoso coño brillaba de sed por mi polla que liberé tan pronto como pude para enterrarme en el de un sólo empellón. Mi polla se hinchó completamente en su interior sintiéndose bienvenida en ese coño caliente, lubricado y estrecho. Salí un poco de ella y volví a arremeter con más fuerza para empezar a marcar un ritmo furioso y necesitado.

–Edw…

Mis embistes no le permitían ni hablar y yo no podía escuchar otra cosa que no fueran sus jadeos, sus gemidos y sus intentos por decir mi nombre. Estaba encendido, en llamas, desesperado por apagar ese fuego que ardía tanto en mi interior como en el suyo. Nuestras caderas chocaban con cada penetración, se movían hacia mí. No estaba del todo consciente de lo que hacía, estaba perdido en ella y eso aceleraba mi camino a un orgasmo que presentía devastador. Bajé mi mano entre nosotros y toqué su hinchado clítoris. Isabella gritó y cubrí su boca con la mía sin dejar de manipularlo, apurando su liberación.

Nuestras frentes sudaban. Mi boca succionando sus labios, mis dientes mordiéndolos. Una de sus manos se movía sin control tirando papeles y cosas de mi escritorio; la otra en mi cuello, acercándome a ella, jalando el pelo de mi nuca y acercándome al clímax. Subí sus piernas a mis hombros para penetrarla más profundamente. Isabella gimió fuerte al sentirme invadirla de ese modo, empujando, atacando como un animal que sólo respondía a sus instintos, embistiendo con más fuerza, llegando hasta lo más profundo de su hambrienta intimidad.

­–Isabella…

Pronuncié su nombre en medio de las repetitivas arremetidas contra su pelvis, poseyéndola, enterrándome, perdiéndome, entregándome, reclamándola mientras un fuerte apretón alrededor de mi polla me advirtió del orgasmo que se avecinaba en su interior.

Exploté dentro de ella, llenándola de mí mientras ella se retorcía sobre papeles, carpetas, comprimiéndome, ordeñándome, extrayendo hasta la última gota de mí. Yo me dejé caer sobre su pecho, incapaz de moverme gracias al temblor que hacía vibrar mi cuerpo y que ponía en peligro mi estabilidad. La habitación había quedado en silencio, sin gemidos, ni otro sonido que no fueran los jadeos que intentaban normalizar nuestras respiraciones.

–Servida… señora.

Una carcajada brotó con mucha dificultad de su garganta.

– ¿Y quién… te ha dicho que he… terminado contigo?

–Créame que estoy más que dispuesto a satisfacer todas sus necesidades, usted sólo pida y yo obedezco–, respondí sacando de ella mi polla no tan flácida todavía, con cuidado.

–Así me gusta, siempre listo y dispuesto –reímos antes de volver a besarnos con pasión.

Ayudé a Isabella a bajar del escritorio y tenía una sonrisita pícara en la cara.

–Ahora ven que voy a alimentarte –dijo al mismo tiempo en el que tomaba una canasta de pic nic y empezaba a sacar de su interior platos, copas, recipientes con comida y hasta una botella de vino.

–Vaya, vaya, veo que tenías todo esto muy bien planeado, Isabella.

–Bueno, si Mahoma no va a la montaña...

Entre risas, besos, caricias sensuales y medios desnudos, comimos el exquisito pato al higo que me había cocinado la noche anterior. De sobra estaba decir que le había quedado delicioso y que tuvo que servirme un segundo plato.

–Dios, tu glotonería no conoce precedentes, Edward.

–No me importa lo que digas, esto está exquisito –Isabella sonrió feliz por el cumplido y se puso de pie para ir a mi escritorio a arreglar el desorden.

–Deja eso.

–Déjame ordenar un poco.

–Por favor –palmeé el cojín donde estaba sentada junto a mí y volvió a mi lado–, Isabella… siento mucho lo abandonada que te he tenido estas semanas. Sé que han sido muy difíciles para ti, lo lamento y créeme que si pudiera, de un santiamén dejaba todo para estar contigo, pero precisamente por eso es por lo que he estado tan absorto y empeñado trabajando duro, para que muy pronto y en mucho menos tiempo del que creas, podamos estar juntos todo el tiempo que deseemos. –Isabella rodeó mi cuello con sus brazos y escondió su rostro en él.

–Te entiendo, Edward, y te creo –dijo separándose un poco de mí–, pero te extraño mucho y necesitaba verte, no sólo sentir tus caricias a mitad de la noche. Ya no te veo por las mañanas, es más –bufó–, ya ni siento cuando te despiertas para marcharte, siento que estoy viviendo con un puto fantasma.

–Hey, esa boca –la reprendí.

–Edward… ¿pasa algo?, ¿hay problemas en la empresa? –tomó mi cara entre sus manos.

–No, cariño, todo está bien, es sólo algo que necesita de toda mi atención.

– ¿Ves? –se apartó de mí–. Intento acercarme para que compartas tus problemas conmigo y me das la espalda, me alejas, Edward. Siempre siento que no quieres que me inmiscuya en tus cosas, que no quieres ni que me preocupe por ti y si no quieres que haga eso, entonces dime, dime, Edward, ¿qué coño es lo que sí me vas a permitir hacer?

Se puso de pie y corrió hasta el baño en donde se encerró. Fui detrás de ella y pegué mi frente a la puerta, pensando en sus palabras. Por la puta madre, ella tenía razón. Yo, sin darme cuenta, por mi maldito carácter posesivo y dominante, poco a poco la estaba exiliando de su propia vida. Esa vida que tanto le había costado tener.

–Bella, abre la puerta –le pedí sin obtener respuesta–. Por favor, mi amor, abre.

Escuché como quitaba el seguro, giraba lentamente del pestillo y salía.

–Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido, tiempo para poder compartir contigo todo lo que me ronda por ahora, por favor… te prometí un fin de semana entero para ti, sin interrupciones de ningún tipo y estoy reiterándote mi promesa.

Se abrazó a mí y mis brazos la rodearon, acariciando despacio su espalda, besando su cabeza.

–Ya no quiero seguir soñando con ese bendito fin de semana que nunca llega. Dame una fecha, pon un plazo para que tenga al menos algo a qué aferrarme, Edward, hazlo –la solté y suspiré. 

Me pasé las manos por mí cara y luego por mi pelo repetidas veces. Isabella estaba en todo su derecho de exigirme una fecha y yo estaba obligado a dársela. Y lo haría aún siendo consciente de todo lo que implicaba revelarle lo que venía cargando a cuestas.

– ¿Tan grave es?, me asustas, Edward –murmuró y la envolví en mis brazos.

–No, no. No tienes porqué, amor. Me pediste una fecha y te la doy. Será el fin de semana después del cuatro de abril, ¿de acuerdo? Durante esos días y sin presiones podré contarte todo lo que tú desees saber, todo, Bella –asintió brevemente y levanté su barbilla con mi pulgar. Besé sus labios con ternura.

–Mientras tanto, no te mentiré diciéndote que no seguiré igual de ocupado, lo estaré amor y mucho, pero no quiero que eso sea un impedimento para este tipo de sorpresas y asaltos –mi pequeña rió tranquilizándome y quitándome un peso, aunque ligero, de encima al estar siendo sincero con ella.

–Lo tendré en cuenta, Señor Cullen, pero por ahora, cállese y mejor aprovechemos los treinta minutos que todavía nos quedan.

Esa fue la mejor media hora de mi vida. Volví a adueñarme del cuerpo de Isabella como nuestros instintos nos lo pedían. Esa vez la sede de nuestra pasión fue el sillón de piel negro, a medio desvestir, sudorosos, entregados y definitivamente, muy en paz con nosotros mismos… casi.

Me arreglaba la corbata después de refrescarme cuando sonó el intercomunicador. De vuelta al mundo real. Corrí hasta responderle a una muy alegre Katie, cómplice de Bella y merecedora de un sustancioso aumento.

–Dime, Katie.

–Edward, el Sr. Orson de la Unidad de Fraudes está en la línea.

–Comunícamelo, ah y Katie…

– ¿Si, Edward?

–Gracias.

***

BELLA’S POV

–¿Sabes? Antes te hubiera envidiado mucho por esa sonrisa de boba que tienes plasmada el la cara –dijo con arrogancia mi amiga.

– ¿Ah, si?, ¿y porqué ahora no?

–Porque yo traigo una igual o más grande y boba que la tuya –me reí pero ella frunció el ceño.

–Calla –me ordenó señalándome con un dedo y la obedecí aguantándome la carcajada–. Calla que esto no es de risa.

– ¿Por qué habría un problema?, te gusta Michael y no le eres para nada indiferente. Salen, te visita y aunque no le has aceptado regalos caros, a excepción de la estrella, te compra chocolates, globos, flores… está mandándote un claro mensaje de que le gustas y, ¿me dices que algo no va bien?  ¿Pues qué pasa?

– ¿Que tengo miedo? –fue su pregunta/respuesta.

– ¿Miedo de qué tonta? Michael es un buen chico y con los pies muy bien plantados en la tierra, ¿de qué pudieras tener miedo, por Dios?

Jane suspiró y se amodorró en la esquina de su hermoso sofá amarillo.

–Así me sentía cuando recién empezaba a salir con Ethan, que por cierto el muy idiota me llamó el otro día para que le hiciera los trámites de su cambio de domicilio ya que me quedaba en la ciudad, ¿puedes creerlo? Descarado hijo de la gran puta vaca que va a ordeñar.

–Si me estás dando a entender que crees que todos los hombres están cortados con la misma tijera –rodé los ojos negando con la cabeza–, estás en un error muy grande.

–¿Y como puedo saber que Michael no me saldrá con algo como lo hizo Ethan?, eran ya casi cinco años, Bella, creí conocerlo muy bien y mira… no sería muy inteligente de mi parte caer redondita y enamorada de Michael a la primera de cambios, debo ser cauta.

–Jane, sé que tienes miedo, pero ningún hombre o mujer viene con instructivo de uso bajo el brazo y mucho menos con garantía. Y eso, mi querida, es lo interesante.

–Oye, esa es mi frase –me frunció el ceño– y lo sé, pero no quiere decir que por el sólo hecho de saberlo mi miedo a otro desencanto se evapore.

–Entiendo, lo bueno es que por fortuna tú aún no estás enamorada y estás a tiempo de retirarte del juego, Michael también lo entenderá.

–Siempre queda la amistad, ¿no? –sonó como si quisiera auto convencerse de estar haciendo lo correcto al tomar sus precauciones.

–Supongo que sí, así que piénsalo muy bien y habla con él, no se merecería volver a ilusionarse y que después le digas “gracias por participar”.

–Carajo, tienes razón, sería una grandísima cabrona si lo dejara hacerlo.

–Cierto –dije balanceando mi pie que colgaba del sillón.

– ¿Y tú?

–Yo, ¿qué?

–Sigues haciéndote la tonta con tu apartamento.

–No me estoy haciendo tonta, estoy meditando mis opciones y la verdad, para lo que quiero no tengo muchas. De hecho ninguna, pero no se me quita la idea de la mente.

–Por algo se debe empezar, ¿no?, no por ser una habitación de ese tipo tiene que ser oscura y misteriosa con grandes artefactos colgando del techo y extrañas camas.

–Desde luego que no. Había pensado en decorarla con un estilo muy mío y tener ocultos todos los juguetes. El caso es que… –me detuve al pensar en algo descabellado pero era irónicamente lo más lógico–, Jane… ¿estarás ocupada mañana por la noche?

***

Volví a casa emocionada por mi idea. Fui directamente a la cocina a prepararle un sándwich a Edward. Lo dejé cubierto en la encimera junto con un vaso de leche y unas galletas que había comprado esa tarde. Mis habilidades culinarias todavía no daban para intentar hornearlas. Antes de subir a mi habitación le dejé una nota en el hall de la entrada.

“Un sándwich, un vaso de leche y galletas te esperan en la cocina”
Te quiero.
Bella.

Me cepillé los dientes, me lavé la cara y me desvestí para meterme a la cama. ¿Me atrevería? Con la idea puliéndose en mi mente me quedé dormida. Al despertarme estiré como cada mañana mi brazo para encontrar la cama vacía y fría. Así serían mis mañanas hasta el fin de semana después del cuatro de abril y ya no faltaba mucho para que llegara ese día.

Estaba ansiosa, nerviosa y a decir verdad, con mucho miedo. ¿Que sería lo que Edward guardaba tan celosamente?, tanto que necesitaba todo un fin de semana para explicármelo. No. No quería ni pensar en nada malo, porque Edward nunca haría nada que me lastimara, yo confiaba en él y él sólo me estaba pidiendo tiempo.

Me senté en la cama y al girarme, sonreí al ver en la mesita de noche un plato y un vaso vacío. Tomé mi teléfono y escribí…

“Quiero una foto tuya y pronto”
Te quiero.
Bella.

Me di un baño y al salir revisé mi teléfono que indicaba que tenía un mensaje. Era la foto que le había pedido. Estaba tan elegante con su traje oscuro y aunque hizo un esfuerzo por no salir tan serio, no pudo. Sin embargo sonreí porque lo comprendía, estaba muy ocupado pero al menos, ya respondía mis mensajes y mis llamadas, serio y parco pero lo hacía y eso me tenía muy, pero muy feliz.

Durante esos días lo visité con bastante regularidad, procurando que siempre fuera a la hora del almuerzo, cuando la oficina estaba vacía y no importaba mucho si gritaba. Hacíamos el amor como salvajes y apagábamos un poco la pasión que nos consumía. Esos encuentros nos servían, pero yo extrañaba como una loca a mi Señor. Sabía que pronto volvería a tenerlo conmigo y eso me consolaba un poco, la emoción de sentirlo con todo su poder haciéndose cargo de todo y llevándome al borde de la locura, mientras tanto, me divertía dándole algunas órdenes que él obedecía muy bien.

Me tomaba en el sillón, en la alfombra, en su silla, pero sin duda, en donde más disfrutaba que me poseyera era en el enorme escritorio, envuelta en papeles, objetos y no me importaba tirarlos al suelo o reprimir mis movimientos. Al parecer a Edward tampoco le importaba porque entre los dos, ya habíamos roto dos lámparas, la pantalla de su computadora, habíamos ahogado su teclado con vino tinto y la mesa de café de su pequeña salita estaba coja de una pata.

Y eso era sólo hablando del mobiliario de su oficina, sin contar que muchas veces salí de ahí con mi blusa engrapada donde antes solían estar los botones, el dobladillo pegado con cinta adhesiva y sin medias. Edward por su parte no se quedaba atrás, así que en cada una de mis visitas le llevaba un par de camisas, corbatas y ya tenía en el pequeño armario hasta dos trajes colgados por cualquier emergencia. No podíamos negarlo, eran encuentros excesivamente divertidos.

***

Esa tarde, llegué al apartamento de Jane. Por fin me había decidido y si quería llevar a cabo mi plan, iba a necesitar ayuda profesional. Así que después de darle un par de indicaciones por teléfono y oírla rezongar, quedamos de acuerdo y ya estaba esperando por ella para que saliera y subiera al auto.

– ¡Dios!, ¿pero es necesario tanto lío? –se quejó una vez más.

–Sí, Jane, absolutamente necesario.

–Pues, ¿a dónde vamos?

– ¿Vas a seguirte quejando?

–Sólo dame un poco de información, por favor…

–Ten paciencia, Jane –dije con un tono más severo y luego lo suavicé.

– ¿Paul? –fue una indicación en lugar de una pregunta. El hombre arrugó la boca en una mueca fea que manifestaba abiertamente su inconformidad. Le había pedido que mantuviera esta salida en secreto, que no le dijera nada a Edward y después de muchas horas de convencimiento, aceptó pero con algunas condiciones que no tardé en aceptar.

Con una señal le indicó a Jason que nos llevara a nuestro destino. Jane estaba extrañamente callada y así se mantuvo hasta que las calles por donde circulábamos no le parecieron muy iluminadas.

– ¿Bella? –preguntó al ver que el auto doblada en un callejón completamente oscuro. La ignoré y Jason se detuvo en una puerta ancha con un foco azul iluminándola apenas. Paul se bajó antes de que uno de los hombres apostados ahí y semiocultos se acercara para abrir la puerta del auto. Me bajé y casi tuve que arrastrar a Jane conmigo.

Al querer entrar un hombre nos detuvo pero Paul le dijo algo que no logré escuchar y su rostro cambió.

–Pasen, sean ustedes bienvenidas –dijo servil y asentí continuando nuestro camino. La mano de Jane sudaba, estaba helada pero no la solté, era nuestra póliza de seguridad esa noche.

Pasamos el gran salón de sillones de terciopelo rojo y cortinas de lamé dorado y nos adentramos al piso de desniveles iluminado con luz azul. Estuvimos unos segundos ahí de pie mientras buscaba con la mirada a quien había ido a buscar cuando Jane me dio un apretón que casi me hace gritar.

–Oh, por Dios… ¡Esto está de puta madre!

Asustada la miré y tenía los ojos abiertos desorbitadamente y la boca abierta en una perfecta “O”.

– ¡Cállate, Jane! –le murmuré nerviosa–. Mantente a mi lado y no mires ni hables con nadie.

– ¿Estás loca?, ¿cómo puedo no mirar?, ¡mira eso! –señaló a una pareja follando en un rincón y a varios observando alrededor–. Ellos están mirando.

–Ellos, pero tú no, nosotras estamos aquí por otro motivo, no lo olvides.

– ¿Qué lugar es este, Bella?

–Esto, es un verdadero club de BDSM, uno real –dije y levantó las cejas asombrada.

–Ajá y ahora, ¿qué hacemos?

–Por lo pronto no sueltes mi mano, será mejor que piensen que somos pareja.

–No voy a besarte –dijo alejándose un poco de mí.

–Yo tampoco a ti, tonta, vamos.

Caminamos dando una ronda mientras buscaba con la mirada a Olga, aquella practicante de sumisa, pero no la veía por ningún lado. Al que sí vi detrás de la barra fue a Harrod, el hombre al que Edward había saludado esa noche y giré yendo del lado contrario, sería mejor que no me reconociera. 

Tenía que admitir que el sudor de mi mano no sólo se debía a los nervios de Jane. También yo estaba muy nerviosa y empezaba a pensar que había sido un error garrafal el haber ido a ese lugar a buscar a esa mujer que seguramente ya ni trabajaba ahí. Lo mejor sería irnos y olvidarme por completo de mi loca idea.

–Bella, ¿por qué no vamos a ver por ahí? –me apuntó las escaleras rojas con la barbilla.

–No –dije tirando de ella hacia la salida–. Será mejor que nos vayamos, la persona que he venido a buscar ya no está aquí.

– ¿Serías capaz de dejarme con esta curiosidad?, ¿a mí que de tan buena voluntad te acompañé? –su cara de chantaje número uno entró en fase. Exhalé y asentí, se lo debía después de todo, total, sería una miradita rápida y a casa.

Subimos por las escaleras y recordé los cuartos donde se representaban las escenas. Una estaba por comenzar y sería de una Domie con su sumiso. Yo me divertía jugando con Edward y ordenándole algunas cosas pero eran insignificancias. No estaba muy segura de querer ver esa escena, no quería ver a una mujer someter a un hombre. Sin embargo, la que sí estaba ansiosa por verla, era Jane.

– ¡Esto es tan excitante, Bella! –Me susurró al oído–, gracias por traerme, amiga.

Asentí y rodé los ojos; jamás imaginé que a Jane le fuera a gustar o al menos a causar esa reacción tan curiosa, por decirlo de alguna manera. Nos colocamos entre los espectadores y la cortina negra detrás del cristal estaba sin correr todavía. Se escuchaban algunos movimientos y uno que otro gemido pero el público guardaba respeto y solamente esperábamos para ver la escena.

La cortina por fin se corrió y en una cruz de san Andrés estaba atado un hombre. Su pelo engominado y peinado hacia atrás le daba un aspecto fuerte aunque no podía ver bien sus facciones completas por el antifaz negro que cubría gran parte de su rostro. Sus tobillos y sus muñecas estaban rodeados de puños de cuero negro que lo mantenían restringido en la cruz. Estaba descalzo y sólo un bóxer de piel muy pequeño cubría ese cuerpo que parecía cincelado con la más absoluta perfección detallando cada músculo de su pecho, la V de su abdomen, sus piernas y esa polla que formaba un enorme bulto revelando su ya gran estado de excitación.

Su respiración agitada hacía que su pecho subiera y bajara con un rápido ritmo haciendo lucir mejor su cuerpo debido a la fina capa de sudor que cubría toda su piel. Jane le dio un fuerte apretón a mi mano y casi grité de dolor. La miré y sus grandes ojos estaban clavados en el abdomen del hombre. Sin duda, estaba disfrutando el panorama.

Pocos segundos después una mujer apareció en la escena. Era rubia y pequeña, de muy buen cuerpo y vestida solamente con un brassier de cuero negro con algunas tachas, unas bragas a juego y los zapatos, con una altura de muerte, los más hermosos que había visto. Podía distinguir debajo del antifaz, como el que llevaba el hombre, sus ojos muy maquillados en negro así como los labios y el rubor marcando sus pómulos, dándole un aspecto muy gótico y perverso.

La mujer se movía con destreza alrededor del hombre que con sólo sentirla cerca se retorcía en la cruz, jadeante. Movía su pelvis en dirección a ella quien tomó una fusta y comenzó a recorrer su cuerpo con el extremo de las tiras blandas de piel desde su garganta hasta su polla hinchada donde le dio un par de golpes algo fuertes y él gimió casi agonizante al sentir el objeto pasear y castigar su esbelto y atado cuerpo.

Accionando un botón, la moderna cruz se elevó dejando al hombre un poco inclinado hacia atrás permitiéndole a la hábil mujer subir a horcajadas sobre él. Lo cabalgaba con rudeza, dejándose caer sobre el bulto imposiblemente más hinchado provocando gemidos desesperados. Ella refregaba su cuerpo contra el de él que respondía a cada incitación que recibía. Sus muñecas luchaban y luego parecía entender que no estaba en posición de pedir y mucho menos de exigir, sólo de tomar lo que ella, su Domie, quisiera darle.

Después se bajó de él y tomando una vela con mucha parafina ya derretida, comenzó a derramarla en su pecho, alrededor de sus tetillas, en su ombligo y jalando un poco sus bóxers para dejar caer un poco ahí. Él gimió seguramente de dolor, eso ya era bastante extremo para mi gusto.

–Dios, ¿por qué ella hace eso?, no entiendo –murmuró Jane y una voz masculina detrás de nosotras respondió.

–Es una representación del poder. Ella le demuestra a su sumiso que es la única que tiene el mando, que es la única que le puede prodigar dolor y placer, que si es buen sumiso ella estará contenta con él y lo premiará cuando llegue el momento pero aún así, él es el único en realidad con el verdadero poder aquí, al aceptar o no su condición, al tomarla a ella como Domie, al confiar en ella o al negarle todo. Yo puedo hacerles una demostración en privado –ofreció el hombre sin dejar de ser educado–, ¿les gustaría?

–No, gracias, creo que por hoy ha sido suficiente –contesté del mismo modo y jalando a Jane.

–Pero yo no me quiero ir –Jane me miró suplicante y rehusándose a mover de ahí.

–Ok, está bien pero cállate –apreté su mano–. Después de esto sí que nos vamos.

Los espectadores nos miraban irritados por nuestras murmuraciones que afortunadamente no importunaron a los protagonistas ya que la mujer tocaba la entrepierna del hombre haciéndolo enloquecer de deseo. Con la mano adentro de sus bóxers acariciaba su polla y él rugía de impotencia por no poder tocarla, por no poder tenerla como sus impulsos y deseos le pedían.

Era una sensación desquiciante y yo lo sabía por experiencia propia… querer hacerle sentir a tu Dominante el mismo calor que te proporcionaba, que palpara la intensidad del deseo que te estaba provocando, el grado de abandono al que deseabas entregarte a él, confiando en él, para que hiciera contigo lo que quisiera y tú gustosa aceptaras. Feliz.

La mujer dejó a un lado la fusta y comenzó a excitarlo con sus manos. Lo acariciaba suavemente y luego lo pellizcaba con fuerza, en los pectorales, en sus tetillas ya rojas de la exagerada manipulación; su entrepierna, su abdomen deliciosamente marcado, metía las manos dentro de sus bóxers haciendo también víctimas a sus nalgas y después las movía para que sus testículos recibieran el mismo trato.

Él intentaba embestir tanto como sus amarres se lo permitían y ella reía y le murmuraba cosas al oído. Entonces ella llevó su mano entre sus bragas y luego la sacó; sus dedos brillaban mostrando su evidente excitación, sonrió y los pasó por los labios de su hombre que se los relamió para placer de su Domie.

El hombre estaba enloqueciendo, ahí atado sin poder hacer nada más que recibir lo que ella le daba; él gemía, se movía incómodo seguramente por el dolor que de su polla se disparaba, esa polla que se veía bajo la prenda de piel, fiera y amenazante. La Domie, ya de vuelta sentada a horcajadas sobre él, se desabrochó el brassiere dejando ver sus senos, perfectos y erectos hasta lo imposible.

Con una sonrisa lasciva en la boca, empezó a bajar los bóxers del torturado sumiso, mostrándonos que no me equivocaba y que sus nalgas eran tan perfectas como el resto de su cuerpo. Al llegar al punto donde no podía bajarlos más, tomó unas tijeras e inconscientemente me estremecí al recordar cuantas veces a mí también me habían despojado de mi ropa de esa misma manera, pero si tenía que decir algo a favor de eso, es que era algo desgarradoramente sexy.

De un zip-zap, la mujer se deshizo del pedazo de piel y dejó al hombre desnudo ante los ojos de quienes mirábamos la escena. Su polla saltó brava, como si hubieran desenvainado una espada de su funda, buscando pelea, clamando por ella para mitigar su tortura.

–Oh por Dios, ¡es enorme! –Jane susurró sorprendida.

–Shhh –intenté callarla.

 –Si así la tiene Edward comprendo perfectamente porqué estás rendida ante él amiga, ¿y quién no lo estaría?, con esos ojos, ese cuerpo que resucitaría hasta a el mar muerto y una polla como esa créeme que yo también dejaba hasta mi alma por un hombre como él.

– ¡Jane! –oprimí mi mano con mucha fuerza y ella se retorció de dolor aunque su sonrisita malévola no desapareció de su cara.

La Domie sonrió con el orgullo de saberse dueña del perfecto ser que estaba totalmente entregado a ella. Con una mano tomó la polla y con la otra sus endurecidas bolas perfectamente bien afeitadas, así como todo su cuerpo que se veía pulcramente cuidado y libre de todo vello, brillante. Fiel reflejo de una de sus exigencias como su Domie.

El hermoso hombre se estremeció y ahogó un gemido en su garganta. Su frente perlada con finas gotas de sudor, su mandíbula firmemente apretada mostraba sus dientes, sus manos cerradas en contraídos puños, sus muslos y su vientre trémulos por el arrebatado contacto dominante.

La pequeña mano bajaba con rapidez a lo largo del impaciente miembro en una declarada tortura que estaba a punto de acabar con la resistencia del hombre y su cordura. Él murmuraba algo que bien hubiera podido ser un ruego desesperado por su clemencia y ella negaba suavemente con la cabeza, incitándolo a aguantar, a resistir como muestra de su confianza a ella, como muestra de su entrega total.
  
–Coño, Bella, estoy a punto de correrme con tan sólo ver esto –susurró Jane–. Es tan erótico…

Y tenía toda la razón. El calor estaba creciendo entre mis muslos al imaginarme tener ése grado de poder sobre Edward. Poder jugar, tentarlo, enloquecerlo, perderlo con mis caricias, con mis demandas, mis deseos… la humedad se hizo presente entre mis pliegues y casi tuve que ahogar un jadeo. El mirar la sumisión desde el otro punto de vista me estaba consumiendo y mis pezones erectos eran otra muestra del grado de afectación que la escena estaba teniendo en mí.

Los visibles espasmos del hombre indicaban que no duraría mucho más conteniendo el orgasmo y la mujer lo sabía. Lo soltó, se separó de él y con una perversa calma, caminó hacia el cristal y lentamente corrió la cortina. Creí que ahí había acabado la demostración pero al ver que nadie se movía nosotras tampoco lo hicimos. A los pocos segundos pudimos saber porqué.

Los audibles gemidos y jadeos indicaban que detrás de la cortina se estaba consumando el acto. Tanto el hombre como la mujer se entregaban sin reparos para gusto de los presentes que atentos y excitados escuchábamos. Miré a mi alrededor y algunas parejas se tocaban, otros se besaban, otros se estaban muy quietos pero todos con el mayor respeto.

Dios, yo sólo esperaba escuchar el inconfundible gemido de placer que diera por finalizada la demostración para huir de ahí. Estaba tan excitada, tan necesitada de mi Señor, que lo único que quería era llegar a casa para esperarlo tan sumisa como pudiera, para entregarme a él, para ser amada con toda la fuerza de su poder.

Un ronco rugido terminó con la agonía del hombre. Ella por su parte alcanzó el orgasmo con un grito de satisfacción. Nadie se movía. Pero, ¿qué diablos esperaban?, ¿un puto autógrafo?

Un par de minutos después, un ruido indicaba que la cruz estaba regresando a su posición original. También se oyó cómo desataban las muñecas y los tobillos del hombre de las restricciones del artefacto que lo mantuvo inmóvil. Entonces la cortina fue corrida y la pareja apareció tomada de la mano y ambos ya cubiertos con unas batas negras. Se acercaron un poco al cristal y asintieron ante los aplausos de los espectadores.

De pronto, el hombre se quitó el antifaz seguido por la mujer que también se despojó de la peluca rubia y me quedé pasmada…

¡Alice!

Los aplausos siguieron y sentía que por la sorpresa, mi garganta se cerraba y me impedía respirar. Intenté moverme pero fui incapaz de hacerlo hasta después de varios segundos después que, sin pensar, sólo respondiendo a mis impulsos, me abrí paso entre la gente, me acerqué al cristal y lo golpeé con la palma abierta. El par de rostros se transformaron al verme.

Las facciones de Alice se tornaron en unas que no podía describir. Eran de, ¿asombro?, ¿vergüenza?, ¿odio? No lo sabía pero tampoco tenía ganas de averiguarlo y mucho menos me quedaría para descubrirlo.

–¿Bella?, ¿qué pasa? –la voz angustiada de Jane me hizo reaccionar y dar un paso hacia atrás.

Mi cuerpo chocó contra algunas personas y tomando de nuevo la mano de Jane comencé a alejarme de ahí.

–Bella, ¿qué fue eso? –preguntó insistente mientras mis pies bajaban tan rápido como podían por esa escalera cubierta de alfombra roja.

–Nos vamos.

–Pero, ¿por qué?

–La Domie es Alice –respondí con fría calma.

–Oh… por la puta y gorda vaca –murmuró.

Estaba impactada por mi exceso de tranquilidad, una que en el fondo sabía que cocinaba sentimientos arrebatados, que hervían en mi interior y que iban desde la obvia sorpresa hasta la decepción, pasando por todos los puntos intermedios pero lo que más me molestaba, era el cinismo, la hipocresía y el engaño. El dolor que todo el descubrimiento me estaba ocasionando estaba ahogándome y lo único que quería era salir de ahí, olvidarme de lo que había visto y llegar a casa.

– ¡Bella!

Alice gritó mi nombre antes de que pudiera llegar a la salida.

–Detente, ¡por favor!

Con más determinación caminé arrastrando conmigo a una confundida Jane, que no preguntaba más, sólo miraba asustada. Salimos del área del bar y atravesábamos el vestíbulo de cortinas de lamé dorado cuando sentí una mano tomarme por el brazo. Instintivamente me zafé de su agarre, como si su sólo toque me quemara la piel.

–Déjame explicarte, Bella –me pidió.

Me paré abruptamente y giré mi rostro hacia ella con lentitud.

– ¿Explicarme? –Reí irónicamente–. Hipócrita, yo no quiero nada de ti, mucho menos una absurda explicación.

–Necesito hacerlo, por favor –suplicó.

–No te preocupes, no me hace falta que lo hagas, sé muy bien quién eres, ¡una maldita cínica! –grité–. Ahora entiendo tu actitud de líder, que te sintieras con derechos sobre nosotras, con derechos de saber todos nuestros secretos. Eres una dominante y por eso te ofendiste y te indignaste cuando descubriste que yo, la débil Bella tuviera una relación que quise mantener oculta de ti, que estaba alejándome de tu sombra protectora, que alguien más estaba cumpliendo con esa labor que creías tuya.

–No fue así –se puso delante de mi, cerrándome el paso.

– ¿Ah no?, ¿entonces que fue toda esa actitud cuando te enteraste?, ¿qué fue, Alice?

–No fue mi intención… yo no pensé que…

–No tienes ni una puta idea de cómo me hicieron sentir, tú en especial y, ¿sabes? ya no me interesa nada que tenga que ver contigo, no te quiero en mi vida de ninguna forma, te lo advierto, no vuelvas a intentar acercarte a mí.

–Eso no tiene nada que ver con esto –levantó la voz–. Dame la oportunidad de explicarte, de que me entiendas.

– ¿Con qué cara me pides lo que tú misma me negaste? –y fue cuando sentí que unos fuertes y enormes brazos casi me levantaron del suelo.

– ¡Suéltame! –grité mientras pateaba al ser llevada lejos del vestíbulo junto con Jane–. ¡No me toques!

El fornido hombre hizo caso omiso a mis órdenes y con toda la dificultad que implicaba la manera en la que me cargaba, pude girar y ver que Jane también era cargada por otro hombre enorme al que ella insultaba, arañaba y pateaba sin piedad sin que este se inmutara.

– ¡Paul! –Exclamé con miedo pero sabía que era imposible que me escuchara– ¡Paul!

Los hombres nos subieron por otra escalera, una casi oculta y nos detuvimos frente a una puerta bien disimulada. La abrieron y nos dejaron de pie en medio de una oficina con una vista panorámica del bar. En la pared habían colgadas pantallas con imágenes de los cuartos donde se realizaban las escenas, algunos vestidores, las escaleras, el vestíbulo y casi podía jurar que de cada una de las áreas de todo el club. Entre mis nervios, pude distinguir que era una oficina con muy buen gusto. Los muebles oscuros se veían fuertes y combinaban con el color azul plumbago de las paredes, las sillas color chocolate frente al imponente escritorio con una gran silla de piel detrás de él.

La habitación estaba completamente aislada de todo el sonido que viniera del club y en contraste con el apabullante ruido, una suave melodía de jazz llenaba la oficina. Era relajante pero en ese momento, después de haber visto esa escena, con la que se decía mi amiga, con aquella que se valía del cariño de mi padre para llegar a mí, era imposible lograr tranquilizarme. La puerta se abrió y de nuevo volvió a cerrarse. Sabía muy bien quien había entrado.

–Isabella.

Su voz sonó calmada, fría. Pasó a mi lado y caminó hasta la ventana panorámica, observó el club abajo. Me daba a espalda pero aún así pude ver como el hermoso vestido envolvía su perfecto cuerpo, segundos después se giró hacia mí dirigiéndome una media sonrisa.

–No tienes ningún derecho de mantenerme aquí. Déjame ir –demandé.

–Lo tengo cuando irrumpen en mis dominios. No tolero los escándalos, Isabella, y la pequeña intrépida y tú estaban protagonizando uno justo en el vestíbulo de mi club –enarcó una ceja cuando alguien más entró a la oficina. Eran Alice y Jasper. Ya estaban vestidos con jeans y camisetas. Ella con la mirada al suelo y él con los brazos cruzados a la altura de su pecho y el ceño fruncido. Jasper, uno de los dos mejores amigos de Edward. No. Definitivamente, nunca, jamás volvería a verlo con los mismos ojos.

–Vera, lo sien…

–Guarda silencio, Alice –ordenó.

–Yo me largo de aquí –dije enfadada pero uno de sus hombres resguardaba la puerta.

–Tú no vas a ningún lado hasta que hayas entendido que aquí no se viene a jugar, mucho menos a armar un alboroto. No es un lugar para saciar tu curiosidad adolescente. Este es un club respetable, discreto pero sobre todo serio y no voy a consentir tus arranques de niña inmadura. Si quieres saber algo pregúntaselo a tu Dom que para eso lo tienes y no vengas aquí a causar escándalos.

Mis ojos se abrieron desmesurados ante la ofensa. ¿Cómo diablos se atrevía a decirme eso?

–Y ustedes –se dirigió a Alice y a Jasper–, no podrán realizar ninguna escena hasta que yo lo decida. Puedes agradecérselo a Alice, querido Jasper, si es que ella te lo permite…

– ¿Es todo? –pregunté sarcástica, lista para marcharme de ahí.

–Bella, ¿Edward es tu Dom?–preguntó mi ex amiga mirando a Jasper y yo rodé los ojos. ¿Quién más si no él?

–No me interesa ventilar mi vida privada con una persona que me ha decepcionado tanto como tú, porque me recriminaste muchas cosas, Alice, me ignoraste, me humillaste y resultó ser que todo eso que me reclamabas, todo eso por lo que me ofendiste y me insultaste, tú lo eres también pero peor aún porque eso es hipocresía, porque fue lo primero que me echaste en cara, mi relación con Edward, por no decirles, por guardármela para mí, ¿no es así?

Alice no levantaba la mirada sabiendo que mis argumentos eran más que válidos.

–Y mírate, tú sí que compartes. Azotas a Jasper frente a cualquiera sin ningún remordimiento. ¿Lo sabe Rose? –reí falsamente–. No, no creo que pueda resistir saber quien es su amiga y lo que oculta. ¡Eres una verdadera hipócrita!

– ¡Bella! –Jasper reaccionó ante mi insulto.

–Lo siento, pero tú sabes muy bien como me trataron tu Domie y Rosalie.

–Ustedes dos se callan –Vera golpeó el escritorio con el puño–. Por más que sean las parejas de mis mejores amigos no voy a tolerar esto. Jasper, llévate a Alice de aquí, luego hablaré con ustedes y tú siéntate –me miró intentando dominarme con la mirada.

Ellos salieron y yo no me moví ni un milímetro. Sólo miré a Jane de reojo y estaba petrificada, atenta a todo lo que ahí ocurría.

–Llamaré a Edward para que venga por ti, así que ponte cómoda porque no te dejaré salir de aquí sin él.

¿Qué? ¿Esa mujer estaba loca?

–Tú no puedes hacer eso –le advertí mientras el miedo comenzaba a invadirme.

Si Vera llamaba a Edward para decirle en donde me encontraba, mis problemas no serían pocos. Enloquecería de sólo saber que había ido a ese lugar sola y después de haber convencido a Paul, que seguramente perdería su empleo ya que Edward, furioso, no le perdonaría el haber desobedecido sus órdenes de mantenerme segura y yo no podía permitir que sucediera eso. No por un capricho mío.

–Lo siento, pero tú le perteneces y yo no puedo ignorar el hecho de que le has desobedecido. Es tu Dom, Isabella y debes responder por tu falta –dijo con voz mucho más serena y modulada.

Estaba en lo cierto y la odiaba por eso pero mi temor a la reacción de Edward era más grande que mis sentimientos negativos hacia ella.

–No. Por favor, no lo hagas –le supliqué y sus ojos se entrecerraron al mirarme.

– ¿Qué haces aquí sin tu Dom? –me interrogó con interés.

Yo tragué en seco, realmente considerando la posibilidad de ser sincera y revelarle el motivo de mi presencia en su club.

–Yo… yo vine buscando a Olga –confesé.

–Olga –murmuró mordiendo un lápiz–. Y precisamente para qué la buscas, Isabella, ¿puedo saberlo?

Respiré profundamente y exhalé. Tenía que ser honesta, por el bien de Paul, de Jason y el mío propio.

–Necesitaba un consejo –respondí seca y su risa se escuchó ridícula en la habitación.

– ¿Un consejo de una aprendiz de sumisa? No me queda claro, Isabella, tendrás que ser más específica –se burló.

–Vera, no quiero causarle ningún problema a quienes trabajan para Edward cuidándome. Ya te he dicho a qué he venido y siento mucho el escándalo que se armó, no fue mi intención, créeme. Ahora debo irme, tengo que llegar a casa antes de que Edward lo haga. No quiero hacerlo enojar y estoy segura que tú tampoco deseas que eso suceda. No querrás causarle un disgusto, es tu amigo, ¿no?

–Exacto, Isabella y justamente porque es mi amigo, mi lealtad está con él y no contigo –mi boca se abrió de asombro por su cínica declaración. Esa mujer no tenía vergüenza y yo no tenía remedio, estaba perdida.

Resignada, me dejé caer en una de sus elegantes sillas. Pasé mis manos por mi cara, pensando qué sería de Paul y de Jason y en lo que podría hacer para evitar su despido.

– ¿Qué es lo que necesitas, Isabella? –su interés sonó extrañamente sincero y levanté la mirada hacia ella.

–Yo… sólo vine para que… me aconsejara sobre como decorar una habitación –cedí finalmente, agotada por todo lo sucedido.

Un incómodo silencio llenó la oficina y me dejó preguntándome qué era lo que pasaba por la mente de esa mujer que descaradamente besaba a mi dueño en mi propia cara sin importarle nada. Pasaron varios minutos y por fin rompió el silencio.

–Está bien, Félix –dijo por el intercomunicador–. Déjalos pasar y escóltalos hacia la salida trasera.

En menos tiempo del que pensé, Paul y otro hombre entraban. Él se inclinó hacia mí. Me tomó por el codo y el otro hombre hizo lo mismo con Jane que seguía petrificada y blanca como un papel. Nos guiaban fuera de la oficina. Antes de atravesar la puerta, me giré y miré a la mujer. Asentí y salimos de ahí tan rápido como nuestros pies nos lo permitieron.

Atravesamos el atestado club con Félix pegado a nuestras espaldas. Abrió la puerta y Jason ya nos esperaba con el auto listo para alejarnos de ahí. Estaba a punto de subirme cuando escuché mi nombre.

–Bella…

–Oh por Dios, no –rogó Jane recuperando al fin su voz.

Jasper se acercó a mí, visiblemente consternado. Estaba solo.

–Sube al auto, Jane, yo lo haré en un momento –sin queja, mi amiga obedeció y Paul se separó de mí unos pasos, dándonos un poco de privacidad. Fue cuando noté que el otro hombre subió a un auto con otros dos tipos detrás de él. ¿Qué coño era eso?

–Bella, yo… no sé qué decir, estoy muy apenado contigo –dijo Jasper disculpándose. Era difícil para mí ver esa actitud en él y no solamente eso, sino también las imágenes suyas que tenía grabadas en mi memoria.

–Jasper, yo no tengo nada que decirte. Yo respeto mucho tus decisiones y tus deseos pero también sabes muy bien qué es lo que no puedo tolerar.

–Lo sé y no abogaré por ella. La quiero y creo que después de lo que has visto hace un rato no tienes la menor duda de eso, pero también intento ser justo y objetivo contigo. No me interpondré entre ese problema que sólo ustedes pueden arreglar, yo lo único que te pido, es que no le digas nada a Edward de lo que has descubierto esta noche. Yo necesito tener una plática con él y con Emmett y revelarles mi recién descubierta condición.

Él no me pedía nada ilógico. Estaba en su derecho de pedirme toda mi discreción y yo se la daría porque no me correspondía hablar de eso con nadie.

–No me siento avergonzado por esto, Bella –agregó como si mi silencio implicara que yo pensaba que lo estaba.

–Lo sé, Jazz y sabes que te entiendo mejor de lo que crees. Cuenta conmigo –sonreí sinceramente–. En cuanto al problema con Alice, tal vez algún día podamos sentarnos y hablar de ello pero por ahora, ese momento lo veo muy lejano.

–Te entiendo y agradezco tu comprensión. Gracias, Bella –apretó mi brazo y asentí.

***

Dejamos a una muy nerviosa e impactada Jane en su apartamento después de asegurarme mil veces que estaría bien. Hubiera disfrutado de todo lo que vio si nos hubieran trasladado de forma menos sorpresiva y carente de delicadeza a la oficina de esa mujer.

–Paul, Jason –los llamé–, les pido una disculpa por lo ocurrido. Les prometo que no volveré a ponerlos en un predicamento como este –ninguno contestaba y sabía que era porque estaban enojados conmigo. Prácticamente los había forzado a cumplir mi deseo y sabían que al haber aceptado ponían en riesgo sus empleos, cosa que no me detuve a meditar antes de acorralarlos.

–Ha sido sólo culpa mía y tomaré toda la responsabilidad de ello.

–No se preocupe, señorita Isabella, nosotros sabíamos a qué nos exponíamos, no es su culpa.

¿Podía sentirme peor?

No. Eso no era posible.

Subí a nuestra habitación, estaba cansada y temblaba ligeramente. Un baño caliente me ayudaría, así que me metí bajo el chorro dejando que la presión golpeara mi espalda y mis hombros. Lavé mi pelo y me tallé bien todo el cuerpo, no quería sobre mi piel ningún sucio rastro de esa noche en la que no obtuve nada de lo que había ido a buscar y sí un buen mal rato.

Sequé mi cuerpo y mi pelo y aunque a Edward le gustaba que durmiera desnuda, me puse una camiseta suya porque tenía una dolorosa necesidad de sentirme abrazada de alguna forma. Me acosté en la cama y me abracé a su almohada.

Alice… una dominante.

Cerré mis ojos apretándolos con fuerza cuando escuché a Edward entrar a nuestra habitación.

Se acercó, jaló el edredón y se montó sobre mí tomando mis muñecas colocándolas sobre mi cabeza e inmovilizándome bajo su cuerpo. Su rostro estaba serio y sus facciones duras como una piedra. Sus ojos me taladraban con su mirada oscura borrando el verde en ellos.

–Edward, ¿qué…

– ¿En dónde demonios estabas, Isabella?*


*


*


*


*
Nenas! Otra vez por aquí. Este capi lo quiero dedicar a mi amiga Jo porque tenemos mucho porqué celebrar. A Lethy, Nani y las nenas que siempre tienen que ver para que esto se vea bonito. A ustedes por leer, por esperar y por comentar, mil besos y mi eterno agradecimiento.


16 comentarios:

  1. Morí amie!!! Es cierto, mucho porque celebrar... en especial porque mi Señor está más interesante que nunca!!!

    Odio a Alice, definitivamenteeee... no puedo creer que haya sido tan cara dura para criticar tanto a Bella cuando ella sabía perfectamente que es ser un Dom!!! Como decimos en Chile, muy carae' raja la mina!!!

    Excelente capítulo amiga, como siempre, la espera es más que justificada.

    Te quiero mucho!!!

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  2. Mi-Er-Da!!!!!

    Uffff lo ame, estuvo intenso el capitulo. Edward es un Señor que todas morimos por tener jaja aww es la mezcla exacta de amor y dominio, no me imagino su oficina a de ser un campo de batallas.

    Bella, tonta!!!!!!!

    Iba todo tan bn, creo q cometió un error al haber ido al club, si quería ayuda para la decoración o lo hubiera buscado en internet o e una sex shop o algo así, acaba de hacer enojar a Nuestro Señor y eso no es lo más inteligente q pudo hacer. Se expuso a muchas cosas y no midió realmente las consecuencias de todo.

    Jane jajajaja me mato totalmente es super divertida y amo q sea amiga de Bella.

    Punto y aparte Alice. De verdad creo q es una hipócrita y q le pide a Bella lo q ella no le quiso dar en su momento, honestamente apoyo totalmente a Bella y espero q no les hable ni las perdone en mucho tiempo, llámame rencorosa (jaja q si lo soy) pero Bells las necesitaba cuando estaba en pleno periodo de adaptación y se encontraba triste, confundida y sola. ¿Qué hicieron ellas? La abandonaron y no quisieron escuchar razones. Son unas chicas super desesperantes.

    Woooww me dejaste cn el alma en un hilo, muero por ver q le va a hacer Ed a Bella.

    Te mando un beso y nos seguimos leyendo!

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  3. oh Li gran capitulo, que le hara nuestro señor a bella?, sera que se merece un castigo, no creo que le vaya tan mal despues de todo ella era la que queria una vuelta por la habitacion negra, espero pronto el proximo LI. Besos.

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  4. es tan maravilloso saber que ese hombre puede ser todo lo que ella quiera, y joder que se ve tan calienrte diciendo, SI SEÑORA, diablos es el puto cielo, pero creo que la que no va estar en el infierno va a ser bella, porque a pesar de todo creo que se le fueron con el chisme a edward, y por lo tanto creo que nuestro Señor se enojo, no la defiendo y mucho menos estoy en contra, simplemente soy intermedio, pero creo que el proximo capi nos dara mucho de que hablar.... felicidades Li este capi estuvo genial, Jo que nos aguanta con nuestros comentarios, criticas y exigencias en el FB, y a todas esas nenas que estan detras del telon, detallando y arreglando para que este mejor cada vez que entremos mis felicitaciones tambien

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  5. ME MATASTE!!!! lieralmente ... Al buen entendedor pocas palabras....
    Xoxo maddy

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  6. ahhhhhh necesito otro capitulo
    omgggg
    quiero saberrrr
    jud

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  7. oooooooooooooooooooooo PEERO QUE MALA COMO NOS DEJAS SUBE PRONTO POR FAVOR SI NO ME VOY A MORIR JAAJJAAJ SALUDOS CUIDATE NOS VEMOS ME ENCANTA TU FIC

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  8. Fantastico capitulo cari, te lo dije y te lo repito ... espectacular.
    Espero que no tardes mucho en subir el siguiente. Un besazo enormeeeeeeeee

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  9. Me gusta leer tus capitulos en el blog, me encantan las fotos que pones,es más interesante que en ff.
    Pense que era un capitulo de transación hasta que pasara lo del fin de semana, nunca imagine tal desenlace, me he quedado muerta con lo que encontró en el club, y darse cuenta de la hipocresia de su amiga. Pienso que después del chivatazo a Edward lo pasara mal la pobre, una cosa es disfrutar con los juegos y otra estar enfadado como Él.
    Espero el proximo con ansias. Saludos. Carlota.

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  10. por favor seguí escribiendo, no nos podes dejar así.
    me encanta la forma que tienes de desenvolverte , eres genial escribiendo y las fotos que pones le dan más sabor.
    ya quiero el capitulo que sigue.
    saludos.

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  11. Ame esta historia desde su inicio, y me gusta mucho el camino que esta tomando, pero solo una pequeña pregunta, actualizaras pronto?

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  12. nena amo tus historias pero esta la odoro desde el comienzo me fasina el runvo que esta tomando esta historia a pesar que se que es problable que no queden muchos capitulos pero nena cuando plublicara otro capitulo estoy loca en saber en que paso si bella fue capas de decirle a edward la verda de donde estubo o por lo contrario se lo callara nena no seas mala y sacanos de la duda com otro de tus geniales ideas .

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  13. hola chica, sigo esta historia desde el principio, espero que te encuentres bien, por favor publica otro capitulo tan pronto puedas, no nos dejes asi. Exito.

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  14. Hola, soy un poco tímida i desconfiada, però siguo esta historia i la de Guilty pleasure desde el principio, som geniales. ànimais los dias de trabajo i familia que son feliçes però bastante rutinarios, para entrar en una história fantástica. Que creais con mucha imaginacion i inteligencia i nos haceis mas vivas a nosotras. Hace mucho que ni una ni la otra se actualizan y lo hecho de menos. Espero que esteis bien y poder seguir disfrutando de vuestras historia. GRACIAS.

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  15. ok muchisimas ganas de leer el soguiente.... te felicito.... eres maravillosa ecribiendo!!! :)

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  16. Nena me tienes en vilo. Llevo todo el mes mirando dia a dia a ver si publicas el proximo capitulo. Pofi, porfi, no tardes. Me encanta la historia, cada vez estoy mas enganchada. A la vista esta que reviso cada dia por el siguiente capitulo.
    Espero que tu no te hayas aburridi de tu historia, me daria algo.

    Espero el proximo desesperada. Merci

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