lunes, 27 de agosto de 2012

CAPITULO 36


¿Confías en mí?

Nuestro ánimo se inclina a confiar en aquellos a quienes no conocemos por esta razón: porque todavía no nos han traicionado.

Samuel Johnson

BELLA’S POV

Escuché mi nombre claramente.

— ¡Bella!

Giré mi cara y lo vi venir hacia mí caminando por la acera.

No, por favor, tú no… Jake.

***

—Mmm…

Me quejé. Me dolía todo. Las piernas, mi trasero y la cabeza… Me estaba matando.

Todo me estaba dando vueltas y en la boca tenía un sabor horrible a óxido; como si hubiera tragado un centavo antiguo. Me moví, no quería abrir los ojos; los sentía muy hinchados.

—Hey, pequeña —su voz sedosa murmuró en mi oído—, ¿cómo estás?

Su mano acariciaba mi cara suavemente. Me estremecí y poco a poco levanté mis párpados para verlo. Sus ojos verdes me miraban con ternura estudiando mis facciones. Quise sentarme pero Edward me mantuvo recostada.

— ¿Cuál es la prisa? —Me sonrió.

—Mi cabeza —balbuceé—, me va a estallar.

Edward puso dos analgésicos en mi boca, después un vaso con agua en mis labios y los tragué. El sonoro latido en mi cerebro no me dejaba pensar con claridad. Apenas estaba siendo consciente de mi estado en general –corrección– de mi deplorable estado en general, cuando él se recostó junto a mí y me abrazó.

—Estoy aquí, cariño —besó con mucha suavidad el tope de mi cabeza—, tú no te preocupes por nada, yo me haré cargo de todo. Todo va a estar bien, ya lo verás.

Sí, todo iba a estar bien apenas este jodido dolor dejara de atornillarme el cráneo.

Un momento. ¿No te preocupes por nada?, ¿todo va a estar bien?

¿Qué rayos había sucedido?

Su actitud me alarmó pero con ese maldito dolor de cabeza era imposible pensar en nada. De inmediato me separé un poco de él y comencé a tocarme por todo el cuerpo. Mis piernas, costillas y brazos. Al parecer estaba entera y sin lesiones.

—Edward, ¿qué… qué pasó anoche? —Le cuestioné con miedo.

Él me miró con cautela, como queriendo decirme algo pero se contuvo. Sacó aire por la nariz en una especie de bufido nasal y extrañado, me observó por varios segundos más, que me parecieron eternos, pendiente hasta de mis parpadeos.

—Me asustas, Edward —lo presioné y él expulso todo el aire de sus pulmones.

— ¿No recuerdas?

Negué con la cabeza muy despacito para evitar una pulsada más fuerte de dolor; ya estaba nerviosa y muy intrigada.

—Te fuiste con Jane a un restaurante y se tomaron tres botellas de Dom Perignón —me miró con los ojos entrecerrados esperando que recordara todo lo ocurrido.

—Eso… eso sí lo recuerdo, pero, ¿tres? —Grité arrepintiéndome de inmediato y sujetando mi cabeza—. No, eso no puede ser posible.

— ¿Ah no? —De pronto frunció el ceño—. Entonces pregúntale a Dean, el hombre pasó un mal rato gracias a tu impertinencia, Isabella —su tono había cambiado. Ahora era un poco duro e iba cargado de reproche. Dios, ¿qué había hecho?, ¿o qué no había hecho?

—Perdón —me disculpé antes de cualquier otra cosa—, yo lo… siento mucho.

Edward se llevó los dedos al puente de su nariz y los presionó, apretando de paso sus ojos cerrados. Esa era una señal de que estaba muy enojado y se estaba conteniendo para no estallar. Un silencio incómodo descendió entre nosotros y me puse nerviosa. Sabía que esto me costaría un castigo de proporciones mayores, y mi trasero aún no se reponía del cepillo. El silencio se extendió por un largo rato en el que todo tipo de castigos pasaron por mi mente, entonces habló.

—Isabella —inhaló profundamente—. Tú sabes cómo me preocupo por ti, ¿no es cierto?

—Sí —dije muy bajito.

—Siempre me aseguro que estés cómoda, protegida y cuidada porque tu bienestar es lo más importante para mí. Te doy tu lugar como lo que eres, mi novia, ¡mi mujer! —Dijo exaltado—, y no te expongo al ojo público poniéndote en algún tipo de situación comprometedora bajo ninguna circunstancia —sus ojos verdes me miraron encendidos.

—Sí, Edward —reconocí.

—Entonces, ¿por qué carajo fuiste a un restaurante de moda, donde cientos de personas van y vienen de todas partes y te pones en una borrachera de pescador de puerto? No podías ni ponerte de pie siquiera y además, te pusiste a discutir con Dean, mientras todo el mundo te oía…

Al escuchar los gritos de Edward sólo pude llevarme las manos a los oídos para mitigar los fuertes latidos que retumbaban y amenazaban con hacer reventar mi cabeza. Dios, sí estaba muy enojado.

—Te expusiste a que te sacaran del lugar en medio de un escándalo, a que te tomaran fotos dando pie a dejar tu nombre en entredicho, a que alguien se te acercara y te dijera o te hiciera alguna grosería, y eso, eso es lo menos que te podría haber pasado...

Edward se pasaba la mano por el pelo repetidamente, visiblemente frustrado, mientras sus últimas palabras las decía en un susurro que no pretendía que yo escuchara pero lo hice. Sólo me quedaba disculparme de nuevo y rogar porque mi castigo no fuera tan severo, o por lo menos, no contra mi trasero.

Honestamente, no recordaba más allá de la visita al baño con Jane. No recordaba haber discutido con Dean tampoco. Estaba segura de que ésta era una reacción un poco exagerada de su parte, pero me mostraba la persona paranoica que Edward podía llegar a ser porque en realidad, nadie se me iba a acercar para reclamarme por estar ebria. Eso no sucedía jamás. Además, ¿el séquito no servía para nada?, ¿sólo los tenía de adorno? ¡Bonito adorno!

Ah, demonios... ¡Jane! ¿Cómo habría llegado a su casa?,

—Edward… ¿Y Jane? —Exhaló ruidosamente.

—Los chicos la llevaron a su casa. Ese pobre novio suyo, se llevó el susto de su vida cuando vio el estado en el que le entregaban a Jane. Estaba borracha, Bella, completamente perdida. Ahora debe estar durmiendo, o quejándose como tú, de una resaca muy merecida.

—Gracias —susurré.

—Gracias, ¿por qué? —Preguntó hosco.

—Por cuidar también a mí amiga.

—Ella es importante para ti, ¿no? —Asentí—. Te preocupas y es sólo tu amiga… ahora ponte en mi lugar e imagínate que te llaman, y te dicen que la persona que amas está en estado muy inconveniente, y dando un espectáculo en uno de los lugares más concurridos de la ciudad, ¿qué harías tú, Isabella?

Me encogí un poco y suspiré, porque entre regaños y reproches otra vez me había dicho que me amaba.

—Me preocuparía mucho y me… enojaría —me restregué en su pecho con la esperanza de aplacar un poco su ira.

—Qué bueno que lo entiendas —acarició mi espalda y mi interior se encendió. Parecía que no estaba tan enojado después de todo.

— ¿Hice algo más? —Pregunté tímidamente, me moría de curiosidad—, ¿o dije algo malo?

—De verdad, ¿no recuerdas nada? —Levantó mi barbilla y me miró con los ojos entrecerrados, analizándome.

—No, lo último que recuerdo es haber ido al tocador con Jane —froté mi mejilla contra su pecho.

—Tú y yo tendremos una plática muy seria, pero por el momento no hay tiempo para eso —levanté mi cara y lo miré preocupada—, por lo pronto, necesitas un buen baño. Hoy vamos al club con nuestros padres —salió con cuidado de la cama.

—Edward… —giró lentamente para mirarme.

— ¿Si?

—Perdón —mi disculpa estaba llena de sinceridad.

—No me pidas perdón todavía, Isabella. Además, sabes que conmigo un simple perdón no es suficiente —se volvió sobre sus talones y supe entonces que me esperaba mucho más que un severo regaño y un castigo.

—Te quiero lista en cuarenta minutos, sé puntual.

Edward salió cerrando con cuidado la puerta. Despacio, me dejé caer de nuevo en la cama y me cubrí con las sábanas hasta la cabeza. No quería moverme; no quería darme un baño y mucho menos quería arreglarme para ir al club a pasar el día entero, como sucedería, ya que llevábamos invitados.

Desganada, me levanté después de unos minutos y me metí bajo los chorros calientes de agua. Se sentían muy bien contra la piel de mi cuerpo adolorido e inmediatamente vino a mi mente la idea certera de que después de esa importante plática me dolería aún más, pero Edward tenía razón, ¿en dónde tenía yo la cabeza como para emborracharme en uno de los lugares más concurridos de todo Londres y quedar en tal ridículo?

No tendría cara para mirar a mi padre y mucho menos a Edward que mantenía una imagen impecable para el mundo, si mi noche divertida ya era nota de portada de las revistillas de chismes. Él nunca me lo perdonaría.

Lavé con cuidado mi pelo, intentando no mover mucho la cabeza. Me enjuagué y luego puse una buena cantidad de gel en la esponja con la que empecé a frotar mi piel. La tarde anterior no me había parecido mala idea en lo absoluto el ir a un buen lugar a festejar mi renuncia de la agencia. Me lo debía a mí misma. Tampoco era un acto de rebeldía ni mucho menos. Simplemente era celebrar una decisión importante, y de la cual estaba totalmente convencida. Si bien, no me iba a resultar muy fácil acostumbrarme a no tener nada qué hacer, con el sólo hecho de saber que Edward sería feliz sabiendo que estaría en casa esperándolo, yo también era feliz.

Me enfundé en mis pantalones de montar y me senté en la orilla de la cama para ponerme las putas botas. Me abrigué bien y bajé cinco minutos antes de la hora indicada. Edward me esperaba al pie de la escalera mientras revisaba los periódicos que estaban sobre una mesa junto con algunas revistas. Estaba bastante serio todavía.

—No hay nada, ¿verdad? —Pregunté con miedo. Edward me miró de soslayo y respondió.

—Por suerte para ti, no.

Diablos. Cuando desperté parecía más preocupado por mí que molesto. Hasta me miraba con ternura, o tal vez fuera mi imaginación, y sólo había visto lo que yo deseaba ver.

—Estoy lista —dije algo más animada para cambiar de tema.

Edward se giró y me dio un vaso grande de jugo.

—Tómate esto.

Obedecí sin protestar ya que realmente lo necesitaba y con gusto me hubiera tomado un litro más, gracias a la resaca que me tenía sedienta.

Al salir de la casa, el Volvo nos esperaba con las puertas abiertas y el séquito listo para seguirnos.

—Buenos días, señorita —saludó Dean. Yo estaba tan apenada que esquivé su mirada.

—Buenos días —respondí al saludo y cerró la puerta de mi lado.

— ¿Todo listo? —Preguntó Edward.

—Listo, señor.

Subió al auto y lo miré con curiosidad. ¿Qué demonios sucedía?

— ¿Es necesario que nos sigan? Sólo vamos al club —señalé.

— ¿Cuestionando mis decisiones, Isabella? Te recuerdo que hoy, no estás precisamente en la mejor posición conmigo, así que limítate a ser la novia mejor portada. ¿Entendido?

Maldición. Ya estábamos otra vez como al principio, pero, ¿por qué?

— ¿Entendido, Isabella? —Su voz autoritaria me irritó.

—No —dije molesta—. La verdad es que no entiendo y me gustaría que te tomaras la molestia de explicarme a qué se debe tanta exageración, ¡por Dios!, no he hecho nada tan malo y tampoco voy a huir a ninguna parte.

Su cabeza giró muy lentamente y sus ojos verdes parecían a punto de echar fuego.

—Habla, Edward —lo insté—, porque aquí, la única que tiene la obligación de aclarar las cosas soy yo, ¿no?, yo sí tengo que ser totalmente transparente contigo pero, ¿y tú?

—Basta, Isabella —me advirtió.

— ¿Tú sí te puedes guardar las cosas? No me parece justo…

Su teléfono comenzó a sonar y respondió al instante.

—Papá… claro que sí, es sólo que Bella se sentía un poco indispuesta pero ya está bien, llegaremos en unos minutos — ¿me echaba a mí la culpa?, cerró la llamada y se guardó el teléfono.

—Abróchate el cinturón —me ordenó. Iba a protestar cuando mi teléfono sonó con el tono de mi padre.

—Hola, papito —traté de serenarme.

— ¿Se les hizo tarde hija? —Al menos alguien estaba de buen humor—, los estamos esperando.

—Oh, no, papá. Edward —hice inflexión en su nombre—, se sentía un poquito mal pero no fue nada, ya estamos en camino, estaremos ahí en cualquier momento.

—Tómense su tiempo, no pasará nada si les esperamos un rato más —sus carcajadas me hicieron sentir muy avergonzada.

—Papá…

—Adiós, Bells —cortó la llamada.

—Date prisa, nos esperan —lo apuré.

— ¿Me estás ordenando, Isabella?

—Tómalo como quieras.

Edward encendió el motor del auto y salimos de la propiedad en un segundo.

***

EDWARD’S POV

Iba a toda velocidad rebasando a todos los autos que se interponían en mi camino. Isabella estaba aferrada al asiento hasta con las uñas pero primero se mordía la lengua antes de decirme que fuera menos rápido y mejor, más le valía no abrir la boca.

Estaba hecho una verdadera mierda.

Desde que recibí la llamada de Dean informándome que Bella y Jane ya estaban algo más que tomadas, la vena de mi frente comenzó a palpitar. Mis hombres sabían qué hacer, así que intenté relajarme y dejar que solucionaran el asunto. Pero cuando minutos después, entró otra llamada de Dean, me preocupé y con razón.

Habían logrado salir del restaurante sin mucho aspaviento, y al estar acercándose al auto, escucharon la voz de un hombre gritando su nombre un par de veces hasta que ella volteó para ver quién la llamaba. Mis hombres hábilmente la metieron al auto. Reconocieron al hombre en un instante.

Ese hombre era Jacob Black.

Isabella entró en un estado de shock en el que repetía su nombre mientras temblaba sin control y lloraba histérica, pero pocos minutos después se desmayó. Yo los esperaba impaciente y desesperado, angustiado.

No sabía cuál sería la reacción de Bella al verlo de nuevo. Desde luego que no sería buena, pero no tenía ni idea del grado de afectación que tendría en ella aún después de tantos años. Si volvería a encerrarse en sí misma como me había contado, si sólo sería la impresión del momento, si significaría un retroceso en su terapia… no tenía ni la más puta idea.

En poco tiempo estuvieron en casa. Gracias a que a Jane se la habían llevado en otro auto, mis hombres no tardaron en llegar con Bella aún sin sentido. Corrí hacia ella y la subí en mis brazos hasta nuestra habitación. Me acosté con ella en la cama, abrazándola, meciéndola, protegiéndola. Besaba su frente, sus ojos y sus mejillas húmedas. Rogaba para que tuviera las fuerzas necesarias para que el maldito encuentro con ese hombre no la dañara.

Mi Bella, mi pequeña Bella.

La desvestí dejándola sólo en ropa interior y al momento de cubrirla con el edredón, abrió los ojos y gimió desgarradoramente.

— ¡No!, ¡tú otra vez no! —La abracé esquivando sus brazos y manos que peleaban por mantenerme alejado. Isabella me confundía con el bastardo.

—Soy yo, Bella, abre los ojos —le pedí—. ¡Mírame!

— ¡Vete, Jake! —Lloraba—, no me lastimes, ¡vete, Jacob!

La escena que alguna vez vivimos se estaba repitiendo con la amarga diferencia de que Jacob Black era una palpable realidad y no sólo un recuerdo. Con un nudo de impotencia en la garganta veía como mi mujer sufría por el imbécil que había aparecido de nuevo en su vida, en nuestras vidas. Bella lloró por un buen rato mientras repetía que se alejara, que la dejara tranquila, también balbuceaba incoherencias y decía que lo hacía por mí. Por más que intentaba entenderla, su estado de ebriedad no le permitía hablar y darse a entender si no gritaba.

—Tranquila, cariño, todo va a estar bien —le susurraba al oído—. Yo me haré cargo.

—Él es malo, es malo —y volvía a llorar.

—Nada va a pasarte, estás conmigo, Bella.

—Tú no saabes…

— ¿Qué es lo que no sé, amor? —Le hablaba suavemente.

—Te va a hacer daañoo —decía con voz pesada—. ¿Por qué giira toodo?

—Estás tomada, vas a sentirte así por un rato más, así que mejor intenta dormir.

—No puedo —su carita se encogió en un puchero—, tengo mieedo. Si cierroo mis ojoos lo voy a veer y me va a lastimaar —tosió y se llevó una mano a la boca y la otra al estómago.

—Ven aquí, vamos al baño —la levanté en brazos.

—Noo, ¿a dónde me lleevas?

Bella vomitó profusamente varias veces. Eso le haría bien. La limpié y la llevé a la cama otra vez. Me acosté y la abracé. Creí que se dormiría sin problemas después de haber expulsado toda la cena y el alcohol, pero para mi sorpresa, empezó a hablar y mucho más claro que antes.

—Yo vi su nombre —murmuró muy quedamente—. Lo vi en ese anuncio y me asusté. No quería que Jake me encontrara. Yo estaba feliz, y Jake lo arruina todo, él me hizo daño. Jake es malo.

—No va a acercarse a ti, cariño, te lo prometo —besé su frente—. No voy a permitirlo.

—No lo busques, Edward, no lo busques —me rogó angustiada—, va a hacerte daño.

—Nada va a pasarnos, ni a ti ni a mí, descansa.

— ¿Todo va a estar bien? —Lloriqueaba como una niña.

—Sí, amor, todo va a estar muy bien. Duerme.

—Abrázame.

— ¿Así? ¿Bella?

Se había dormido.

A la mañana siguiente despertó, y antes de que intentara hacer cualquier cosa, la abracé. Quería que me sintiera a su lado, cuidándola, protegiéndola de todo, que se sintiera segura. Bella me miraba extrañada, como si le resultara rara mi actitud.

Isabella no recordaba nada.

Su memoria no registraba nada de la ligera discusión con Dean, y nada del encuentro con ese infeliz. De pronto me enfurecí. ¿Sería verdad que no recordaba?

Tenía que creerle, confiar en ella porque no podía existir una razón para que me mintiera, a menos que lo hiciera para proteger al gran hijo de puta de Black. Cabía esa posibilidad sin embargo, sobre todo después de su insistencia para que no lo buscara. Carajo… ella sabía que podía acabar con él fácilmente y tenía miedo, ¿miedo por él, o por mí?

Desde ese momento fue imposible disimular la ira que me corroía. No iba a ser nada fácil conocer cuál era en realidad su temor, y eso me enfurecía más, pero tampoco iba a dejar que pasara el tiempo como si nada, en espera de algo que sucediera, lo que fuera. Yo no estaba dispuesto a esperar, iba a ir en pos de la tormenta y eso exactamente era lo que pasaría esa misma noche.

Como si fuera necesario para aumentar mis dudas, Isabella estaba a la defensiva. Me retaba, me provocaba y eso no era usual en ella. Claro que eso me dejaba con todos los sentidos alertas, estudiando sus reacciones y esperando obtener algún dato que me diera una pauta, una señal de lo que en realidad pasaba por su mente, porque… porque si ella, si mi Isabella, lo estaba protegiendo de alguna forma, yo… Yo no me tentaría el corazón.

***

Llegamos al club en pocos minutos, sumidos en un incómodo silencio. Estacioné mi auto en el lugar reservado con mi nombre y bajé. Nicholas abrió la portezuela de Isabella, descendió sin voltear a verme y se encaminó a las caballerizas, después de ver que otro de mis hombres se acercaba con un contenedor lleno de manzanas y zanahorias para los caballos.

—No tan rápido, Isabella —interrumpí sus pasos—, primero iremos a saludar a nuestros padres.

—Iré después, si no te molesta —me contradijo.

—Tú harás lo que yo te diga —le ordené y se giró, avanzando por el pasillo de tierra hacia los jardines donde nos esperaban. Caminé detrás de ella hasta que la tomé por el codo con firmeza y se detuvo. Respiró y exhaló profundamente, y después me miró.

—Quiero pasar un buen día, Edward —dijo cansada.

—Nadie espera otra cosa, cariño —la abracé por la cintura.

—No sé qué es lo que te pasa, esta mañana no actuabas así, estabas… diferente y de pronto, te…

—Ya tendremos tiempo de aclarar eso esta noche, por lo pronto, haz que me sienta orgulloso de ti —besé su coronilla.

Bella bajó la mirada mientras caminábamos. Estaba triste, descompuesta, y eso me hacía sentirme peor que ella. El sólo hecho de pensar que quisiera hacerme creer que no recordaba nada me tenía loco de rabia.

— ¡Bella!, ¡Edward! —Mi madre gritó emocionada por vernos.

—Chicos, que bueno verlos tan bien —Carlisle sonreía mientras le daba un codazo juguetón a Charlie en las costillas.

—No fue nada, ¿verdad, cariño? —Miré cómo se sonrojaba—. Ambos estamos perfectamente.

—Ya lo creo —Charlie rió.

—Papá, por favor… —lo regañó Isabella, incómoda por el comentario.

—Edward, no sabía que jugabas hoy —dijo Carmen—, estoy ansiosa por verte.

— ¿Juegas hoy? —Me preguntó disimuladamente.

—Sí. Voy a revisar a Tramposo, tenemos que estar listos en media hora.

—Voy contigo.

—No. te quedarás viendo el partido con nuestros padres, después podrás venir a alimentar a los caballos conmigo.

—Pero…

—Ve. Pide algo de tomar, preferiblemente sin alcohol —acaricié su mejilla—, no quiero que te deshidrates.

Acerqué mi boca a la suya y se echó hacia atrás. Tomé su cara entre mi dedo índice y pulgar y me incliné para besarla a la fuerza. Isabella frunció la boca; estaba enojada, pero nada comparado conmigo, que además de todo, tenía que enfrentarme con Max Bennet. Bonito día, Edward.

Billy ya tenía listo a Tramposo. Revisé los cinchos de nuevo junto con los de Caramelo. Iba a ser un partido tenso y no quería forzar a ninguno de los dos caballos. Todos los amarres estaban perfectos; Billy se dirigió a las canchas con ambos caballos y su sobrino Quil, que empezaba a trabajar con él, llevaba la bolsa con mis sticks y mi equipo.

Pude ver a Isabella sentada en una mesa con nuestras familias. Mis padres y los suyos observaban atentos la pequeña ceremonia protocolaria que se realizaba antes del partido por ser el aniversario del club y un juego amistoso entre los dos mejores equipos que pertenecíamos a él. Ella miraba sin ver. Estaba ausente, tal vez pensando en ese miserable bastardo.

Yo estaba igual. Solamente tenía a Isabella en la mente y no estaba concentrado en lo absoluto en el partido. Mis compañeros y yo, llevábamos mucho tiempo jugando juntos y nos conocíamos demasiado bien como para entendernos con la mirada y con señales, sólo esperaba que eso fuera suficiente como para ganar el encuentro. Si tan sólo pudiera entrar en la mente de Isabella y leer sus pensamientos…

Los aplausos me devolvieron a la realidad. El presidente del club nos deseó suerte, un buen juego y de repente me vi apretando la mano en un saludo con Max Benett, para finalizar con el protocolo antes de iniciar el partido.

—Te desearía suerte, pero es lo menos que quiero para ti —casi escupió con odio.

—No la necesito, Max, tú sí —dije con ironía.

Caramelo bufaba ansioso. El silbatazo de inicio sonó estridente en el campo y el caballo avanzó disparado hacia la media cancha. Yo montaba mi caballo y jugaba por instinto; veía pasar la pelota entre las patas de los animales y entre los sticks que volaban, lanzándola hacia las diferentes zonas de anotación. Era un juego rudo y tenso, ya que a pesar de ser equipos del mismo club, éramos enemigos acérrimos y ninguno de nosotros quería perder ese juego.

Logré concentrarme al cabo de unos minutos y ayudé a mi equipo a meter dos goles, pero la rivalidad con Max en especial, estaba resultando muy obvia. Corría demasiado cerca de mí, y su stick pasaba rozando alguna parte de mi cuerpo peligrosamente. No sabía qué exactamente le ocurría al idiota en ese momento, nuestras cuentas estaban saldadas desde aquella pelea, y no estaba dispuesto a salir herido por alguna estupidez suya.

A mitad del partido, cambié de caballo. Ya había cansado mucho a Caramelo. Miré hacia donde Isabella se encontraba sentada y maldije en silencio. No se veía nada bien y me dirigía hacia ella, cuando Max pasó junto a mí chocando con mi hombro. Lo ignoré porque no estaba en mi mejor momento para lidiar con él. El silbatazo sonó de nuevo y ya sobre Tramposo, continué el juego anotando dos goles más para desdicha de nuestros contrincantes. El marcador final terminó en siete goles contra cinco, a favor nuestro.

Los directivos del club nos entregaron el reconocimiento por nuestra victoria y yo no quitaba la mirada de Isabella. Carmen le preguntó algo y ella negó con la cabeza; Bella no estaba bien. No esperé a que terminara la premiación, casi corriendo llegué a su lado y tomé su rostro entre mis manos. Estaba helada.

***

BELLA’S POV

Con estar sentada ahí, rodeada de un mar de gente además de mis padres y los de Edward, con una resaca monumental y con el calor asfixiante, estaba pagando por todos los pecados que pude haber cometido en esta vida y los que cometería en la siguiente.

Me sentía mal, sin fuerzas, con mucha sed y mi dolor de cabeza iba a hacer que me explotara si volvía a sonar ese ridículo silbato. Como si eso fuera poco, estaba mareada, y sólo rogaba que el revoltijo que tenía en el estómago no subiera por mi garganta.

No estaba pendiente del juego. No podía enfocar mi mirada y prefería mantener los ojos cerrados tanto como pudiera, sin que nadie pensara que me estaba aburriendo o peor, que me estaba durmiendo, pero no tuve tanta suerte.

—Bella, ¿te sientes bien? —Me preguntó Esme discretamente.

—Sí, no es nada, sólo un poco de dolor de cabeza —intenté sonreír.

En un momento, levanté la mirada y vi a Edward venir hacia mí pero regresó al juego. Carmen tocó mis manos y sin preguntar nada, me pidió una limonada con soda bien azucarada. Mi padre y Carlisle que estaban enfrascados en el partido, se preocuparon al verme tan pálida.

—Creo que será mejor que te llevemos a casa, Bella —sugirió mi padre.

—Vamos, alguien le avisará a Edward después —Carlisle dijo.

—No —dije enfática—. Estoy bien.

Los minutos pasaron y llegó la limonada que Carmen me hizo tomar completa, y el revoltijo en mi estómago se agitó. Mi cabeza daba vueltas y escuchaba que me hacían preguntas, pero no entendía nada. De pronto Edward estuvo frente a mí tomando mi cara entre sus manos.

—Bella… Bella por Dios.

Me llevé las manos a la boca, no estaba segura de poder evitar vomitar. Edward me levantó en sus brazos y corrió hacia el baño que no estaba lejos. Entró conmigo y me sostuvo para que pudiera sacar todo lo que sentía revolverse en mi estómago. Cuando ya no hubo nada más que expulsar, Edward me colocó frente al lavabo y me enjuagué la boca mientras sus manos me rodeaban firmemente la cintura.

Quería llorar de vergüenza por la humillante situación en la que me encontraba, pero las lágrimas no salían de mis ojos. Gemía pero sólo eso. Un llanto seco, vacío.

— ¿Te sientes mejor? —giré la cara al sentir su aliento en mi oído y asentí—. Nos vamos a casa, necesitas descansar.

Volvió a tomarme en sus brazos y al salir del baño nuestros padres se encontraban ahí, preocupados por mí, y sentí una punzada de culpabilidad. Si no me hubiera emborrachado como un pescador de puerto, no estuviera sintiéndome tan mal, no le estaría dando motivos de preocupación a nadie, y mucho menos estaría atrayendo las miradas curiosas de muchos en el lugar.

—Isabella está bien, sólo se encuentra un poco deshidratada —intentó tranquilizarlos.

— ¿Deshidratada?

—Sí, papá. Ayer, Isabella tomó de más y bueno —dijo dudoso—, estas son las consecuencias.

— ¿Estás seguro que sólo es eso?

—Claro que sí, Charlie, no hay de qué preocuparse.

—Es cierto, papá. Dom Perignón —sonreí.

—Bueno, supongo que la duda nos hizo felices por un rato —dijo Esme resignada.

***

Abrí los ojos y todo estaba oscuro. Había dormido varias horas después de haber tomado un par de bebidas energéticas para reponer los electrolitos perdidos. Ya no me sentía confusa, ni mareada. Tampoco me dolía la cabeza, y mi boca ya no estaba tan seca.

Pasé mis manos varias veces por mi cara intentado despejarme, más para entender el día tan miserable que había tenido. Me había enojado con Edward, había colapsado en pleno club, había vomitado ridiculizándome ante Edward, y nuestros padres tenían la esperanza de que yo estuviera embarazada. No sabía qué era lo peor de todo eso.

Necesitaba un baño, así que salí de la cama y me dirigí a tomar uno bien largo. Mientras la bañera se llenaba, le rocié algunas sales y me dirigí a mi clóset a buscar un pijama cómodo. De regreso a la habitación escuché que mi teléfono sonaba. Apurada lo saqué de mi bolso que estaba en el sillón, y contesté sin fijarme quién me llamaba.

— ¿Bella? —De inmediato reconocí esa voz ronca.

—Jane, ¿cómo estás?

— ¡Puf! Mejor ni preguntes, ¿y tú?

—No sé si igual o peor que tú. No recuerdo muy bien qué sucedió anoche, ¿tú sí? —pregunté con cierto temor.

Jane comenzó a recordarme todo poco a poco, desde nuestra llegada al restaurante, nuestra plática, las botellas de champagne, la ida al baño entre risas algo impertinentes, mi discusión con Dean, la salida del lugar y mi abrupta huída.

De pronto todo empezó a tener sentido para mí. La angustia que no podía explicar y que tenía clavada en mi pecho, ese rastro amargo de haber llorado por mucho rato, y el desconcierto que Edward tenía, el mismo que me provocaba esa incómoda sensación de haberme estado perdiendo de algo muy importante.

Terminé la llamada con Jane a duras penas. El miedo y el temblor habían vuelto a mi cuerpo al igual que la imagen de esa sonrisa de dientes perfectamente blancos y esos ojos oscuros, que me miraban alegres por verme de nuevo.

Mis lágrimas aparecieron al fin nublando mi vista, mientras mi cuerpo se sacudía al tener presente la inminente amenaza que ese rostro cínico representaba. Todo el miedo contenido y evadido por tantos años resurgió como si todo hubiera ocurrido ayer. Él había vuelto y me había encontrado.

Como una autómata entre al baño y me remojé en la bañera. ¿Qué iba a hacer?, ¿qué debía hacer?, esa era la pregunta correcta que entre tantos pensamientos surgía de golpe en mi mente.

Estaba aterrada, igual que aquella chiquilla de dieciséis años llena de pavor que se escondía en su dormitorio, el único lugar donde se sentía segura y protegida. Entonces, supe que había llegado el momento de confesarle a Edward el nombre, porque ya no era aquella niña y no iba a vivir amenazada por Jake. Ya no más.

La puerta del baño se abrió de golpe. Edward entró.

— ¡Isabella! —se acercó a mí, arrodillándose a mi lado.

—Edward… —Murmuré con los labios temblorosos.

— ¿Qué crees que estás haciendo? —Me sacó de la bañera y tomó una toalla con la que trataba de envolverme para secarme lo más rápido posible— ¿Cuánto tiempo llevas aquí dentro?

Consciente de lo que tenía que hacer, intenté respirar despacio pero el enfrentarme a lo que venía era más fuerte que toda mi resolución, y mis agitados jadeos nerviosos provocaron que de mi boca no saliera ni una sola palabra. Mi garganta se cerró y el oxígeno llegaba a mis pulmones a cuenta gotas. Yo abría y cerraba mi boca como un pez, angustiada porque no podía permitir que el temor me siguiera manteniendo presa, viviendo una vida limitada y que distaba mucho de ser la que yo quería vivir con Edward.

Así, sin poder hablar ni respirar y desesperada por confesarle todo a Edward, de una vez por todas, tomé su rostro entre mis manos y con fuerzas sacadas de no sabía donde lo obligué a mirarme.

—Él… Él… Está aquí.

Mis palabras salieron en un agudo chillido y Edward dejó de secar mi cuerpo, me miraba incrédulo, parpadeaba lentamente sin desviar su mirada de la mía porque él sabía a quién me refería, de quién hablaba.

—Ayer lo vi… Me llamó —balbuceé nerviosa—, y yo tengo miedo de que Jake… —Me rodeó con sus brazos pegándome a su pecho mientras se bebía cada gesto mío, cada respiro y cada palabra que de mi boca salió.

—Nadie va a volver a tocarte, Bella, nadie.

—Yo creí que quizás se habría olvidado de mí y si no era así, rogaba para que ya no le interesara saber nada de la chica a la que dejó tirada en un muladar después de haberse divertido con ella, pero ayer descubrí que no es así —las palabras comenzaron a brotar de mi boca—. Él me vio y me llamó, gritó mi nombre en plena calle, como si me fuera a alegrar por verlo —bajé mi rostro y suspiré.

—Su nombre es Jacob Black.

Edward respiró profundamente cuando al fin dije su nombre en un suspiro. Edward estrechó los ojos y frunció el ceño.

— ¿Tan difícil era decirlo? —inquirió con un dejo dolido que me hizo estremecer completamente—. ¿Por qué, Isabella?

Me zafé de su abrazo y le di la espalda, alejándome de él unos pasos.

—No lo entenderías.

—Inténtalo ahora.

—Yo, no sabría por dónde empezar —de reojo lo vi sentarse en la orilla de la cama, con los antebrazos apoyados en sus rodillas.

—Todo este tiempo, Isabella —bajó la cabeza mientras negaba con ella—, todos estos meses que te has rehusado a decirme su nombre, cada semana, cada día te has puesto en peligro. Me has retado al callar, me has impedido que vea por ti, que te proteja…

—No —lo interrumpí—. Te equivocas. Yo no te he retado. Yo solamente he callado por… por vergüenza y por miedo.

— ¿Sabes que para mí eso es muy difícil de creer?

Jadeé a punto del llanto cubriendo mi rostro con las manos. ¿Cómo poder explicarle? Sentí que me guiaba a la cama, acostándome y cubriéndome con el edredón. Sus ojos verdes me miraban pero no podía descifrar su expresión. Eran unos ojos que me miraban con ternura pero también con cierta dureza y reproche, acompañado de comprensión. ¿Qué me pedían sus miradas y qué podía darle en respuesta?

Se dio media vuelta y se disponía a salir de la habitación.

—Edward…

—Ahora subo algo para que cenes —dijo fríamente, dejándome sola.

Dios.

¿Qué había hecho?

¿Había perdido la confianza que Edward tenía en mí?

Abracé mis rodillas apretándolas con fuerza a mi pecho para acallar las ganas que tenía de gritar y de llorar. De sólo pensar que lo hubiera defraudado, un vacío enorme iba creciendo en mi pecho, tragándose por entero mi corazón, mis fuerzas y mi alma. Dolía pensar que por un miedo estúpido yo pudiera perder a Edward porque así era, si él ya no confiaba en mí, entonces no tenía sentido que me quisiera a su lado.

Aún con todo lo que llevaba dentro, me obligué a dejar de llorar, a hacerme fuerte y a aceptar las cosas como vinieran, aunque mi interior se resquebrajara poco a poco sin remedio. Necesitaba repetirme como un mantra que yo era lo bastante fuerte como para enfrentar cualquier cosa, tenía que mostrármelo a mí misma, creérmelo para poder sobrevivir sin él.

Ahogando mi llanto, en un nudo en mi garganta, me forcé a ponerme un pijama; tenía que estar vestida para afrontar cualquier decisión que Edward tomara. También comencé a recoger mis cosas porque estaba claro que me mandaría a dormir a mi antigua habitación, y si no había nada que hacer en mi favor, si lo había desilusionado tanto como para no darme otra oportunidad, tendría que alejarme pronto de Edward.

—Creo que te dejé acostada en la cama —su voz me sobresaltó y dejé caer mis cosas en el sillón.

—Yo… —señalé nerviosa el vestidor.

—Ven. Te he traído un sándwich y un vaso de limonada —retiró la silla del pequeño escritorio para que me sentara. Él lo hizo en el sillón, dejando mis cosas a un lado.

— ¿Qué pretendías hacer?

Levantó mi bolso con la mano sin dejar de mirarlo y lo dejó caer al suelo. Yo mastiqué apurada el bocado de sándwich y tragué.

—Dijiste que es difícil para ti creerme. Has perdido la confianza en mí y… si no confías en mí, ya no me querrás a tu lado —Edward bufó y sonrió ligeramente.

—Yo no he dicho que no te quiero conmigo, Isabella. Sólo estoy un poco desconcertado, eso es todo —suspiró cansado.

Yo sentí que en mi helado interior se encendía una pequeña vela de esperanza y respiré profundamente.

—Anoche tú dijiste su nombre, pensaste que era él mientras te abrazaba para calmarte de esa pesadilla. Te dormiste en mis brazos repitiendo su nombre, y pidiéndole que no te hiciera daño. Hoy te despiertas y no recuerdas nada de eso. Específicamente, sólo eso es lo que no recuerdas… ¡Qué conveniente!

—Edward, yo… —me callé porque realmente no sabía qué decir.

— ¿Te haces una idea de todos los pensamientos que pasaron por mi mente durante el día?, ¿puedes imaginarte todo lo que llegué a pensar? Supongo que es normal que me encuentre confundido si mi mujer se calla que se ha encontrado con el hombre que abusó de ella años atrás. ¿Qué pensarías tú?

Él tenía razón en estar confundido y enojado conmigo. Si yo en un momento había confesado el nombre de quién me había hecho mucho daño, y luego no recordaba haberlo hecho, parecería que tenía un motivo muy claro.

— ¿No pensarías que callaría para protegerlo, Isabella?

Pesadamente se puso de pie y comenzó a caminar por toda la habitación.

—Ahora que me lo has confesado, respiro tranquilo, aunque el sentimiento de desconcierto no va a irse tan fácilmente como quisiera —Edward se encaminó hacia el baño.

—Termina ese sándwich —me ordenó antes de cerrar la puerta.

No tenía hambre pero no quería desobedecerlo. Estaba tranquilo, tal vez algo decepcionado de mí, pero mi corazón me decía que todo tendría solución, que había una esperanza y tenía que poner todo de mí parte para no desperdiciarla.

Al poco rato salió recién bañado secándose el pelo con una toalla y otra alrededor de sus estrechas caderas. Le di el último trago a mi limonada, lo seguí a la cama y me arrodillé sobre ella.

—Borra de tu mente esa tonta idea de que no quiero nada contigo —espetó—. Es lo más absurdo que he oído.

El regocijo corrió por mis venas, alegrándome con una paz indescriptible. Aunque Edward me había dicho que no pretendía deshacerse de mí, su rostro todavía se veía descompuesto.

— ¿Estás enojado?

Parecía una pregunta tonta pero no lo era. Enojado, decepcionado, defraudado, desconfiado, tenía que saber qué sentimiento cruzaba por su mente y su corazón. Hubo un momento de silencio que me hizo tensarme hasta que por fin contestó.

—Estoy tan enojado que ahora mismo quiero reventarte las nalgas con mi mano y después follarte tan duro para que no puedas andar en un par de días —dijo tranquilamente y una chispa caliente subió por mi espina dorsal.

— ¿Por qué no lo haces?

—Porque tengo que considerar muchas cosas, Isabella —apoyó su espalda al mullido cabecero—. Sé que has hecho una elección importante por la que debo sentirme satisfecho, pero más que eso, honrado. Has elegido darme gusto dejando a un lado tus intereses y eso me tiene completamente halagado. Me demuestras cada día ser una persona inteligente, profesional y comprometida, me haces sentir orgulloso y afortunado de tenerte a mi lado.

Palmeó el muslo de su pierna en una clara indicación para que me recostara sobre él. Sin dudarlo me acomodé y los dedos de su mano empezaron a hundirse en mi cabello, adormeciéndome deliciosamente.

—Era importante para ti cenar con Jane y lo entiendo, aunque luego la situación se les salió de las manos. Por eso sí te castigaría, pero no soy un ogro, Isabella. Soy flexible, ¿recuerdas? Me diste un gusto y pese a que la noche no terminó bien no te castigaré, pero debes saber que las ganas están presentes.

—Gracias por no castigarme, Señor —susurré realmente agradecida.

—Antes de ser un Dominante, soy un hombre, Isabella. Sé controlar mis emociones, mis impulsos y mis deseos. Como Dominante, sé agradecer y como hombre… estoy aprendiendo a amar.

Mi vista se nubló en un instante. Subí mi mano por su pecho duro y quise aferrarme a su piel. Edward se inclinó y me besó tiernamente. Sólo sus labios se movían sobre los míos, dulces, delicados, sin prisas ni urgencias. Sus dedos acariciaban mi nuca y de pronto se dejó de mover sobre mi boca, separándose de mí.

—Te amo, Bella.

—Yo también te amo…

— ¿Pero? —Frunció el ceño. Me reincorporé y me recosté en su pecho desnudo.

—Tengo miedo. De Jacob —admití.

—Dentro de poco no tendrás que preocuparte más por él —sonó confiado y me alarmó. Él era una persona con mucho poder, y me daba mucho miedo lo que pudiera llegar a hacer.

—Edward, no —chillé en un lamento—. No quiero que le hagas algo que pudiéramos lamentar después.

—Tranquila, Bella. Yo nunca me mancharía las manos por un imbécil como él, ni por ningún otro.

—Pero tú has dicho que…

—Sólo he dicho que será una persona que dejará de ser una amenaza.

—Edward, me preocupo por ti.

—Lo sé, amor.

Y sus labios volvieron a descender sobre los míos que se dejaron llevar sin poner resistencia.

***

EDWARD’S POV

Abrí los ojos muy lentamente. Quise moverme pero estaba deliciosamente enredado entre las piernas más suaves y bonitas que había tenido en mi vida. La más hermosa de las mujeres estaba dormida en mi pecho y su delicada mano descansaba en mi abdomen.

Un siseo rítmico se escuchaba. Era casi un ronquidito tierno y cada vez que el aire salía de su boca, empujaba un mechón de la masa pelo castaño que se derramaba también en mis pectorales, y en la mitad de su hombro y espalda. A medianoche tuve que desnudarla, porque simplemente no soportaba dormir con algo que se interpusiera entre nosotros.

Sonreí y suspiré volviendo a acomodar mis brazos sobre ella, atrayéndola más contra mí. Me estaba dejando llevar de nuevo por el placentero sueño, cuando mis ojos se abrieron desmesuradamente. Con mucho cuidado moví a Isabella de encima de mí, hizo un puchero encantador y se acomodó abrazando la almohada.

Me puse un pantalón de pijama, salí sin hacer ruido y bajé las escaleras para ir a mi estudio. Tomé el teléfono sin fijarme la hora, e hice la llamada.

—Es hora —dije más decidido que nunca—. Saquen toda la mierda que esconde ese cabrón.

Fueron pocas palabras pero dispararon la adrenalina que corría a velocidad vertiginosa por todo mi sistema. Aún era temprano, pero para el placer no había horario. Muy decidido subí y entré al cuarto de juegos. Me dirigí sin dudar hacia los cajones donde guardaba los juguetes que necesitaba para lo que tenía en mente. Ansioso saqué todo y entonces noté que mis labios estaban con las comisuras hacia arriba, en una sonrisa que más que maliciosa, era de una previa satisfacción.

¡Como gozaría de Isabella!

De pronto, ciertos pensamientos que me habían estado rondando me golpearon dejándome de pie en medio del cuarto de juegos.

¿Estaría ella lista para esto?

¿Para todo el deseo insano que hervía en mí?

Si tan sólo hubiera podido saber qué pensaba, qué sentía y qué deseaba, hubiera sido todo tan fácil, pero esto era la vida real y no había otra salida más que preguntarle o arriesgarme aunque… con el castigo del cepillo y después…

Con los juguetes en mis manos volví a nuestra habitación. Casi gemí de placer al verla aún dormida con las sábanas cubriendo sólo la mitad de su cuerpo. Nunca me cansaría de admirarla, de deleitarme con su pequeño y hermoso cuerpo, con su piel de inmaculada y pálida porcelana, y su cabello como un halo castaño que enmarcaba su dulce rostro.

Mi excitación lanzó un fuerte latigazo a mi vientre bajo y tuve que hacer unas cuantas respiraciones para poder mantener el control de mí mismo, aunque parecía que eso iba a ser una tarea imposible.

Hice a un lado las sábanas y su cuerpo desnudo me hizo estremecer. Me incliné sobre ella y comencé a olfatear su piel, a respirarla. Isabella se giró un poco y sus perfectos pechos quedaron al descubierto. Mi polla instantáneamente terminó de elevarse y empezó a pulsar de necesidad.

Con un hábil movimiento, me coloqué entre sus piernas y sin poder soportarlo más, atrapé uno de sus senos en mi boca, e inicié una deliciosa succión. Isabella abrió de pronto los ojos y aspiró por la boca sobresaltada.

— ¿Qué… Qué…? —Preguntaba aún medio dormida.

—Buenos días —levanté la cara y mientras despertaba del mismo modo a su seno gemelo, bajé mi mano hasta la unión de sus piernas e introduje mis dedos entre sus pliegues.

—Ed… Ward…

Mis labios se deleitaron con el dulce sabor de sus pechos endurecidos y más aún, de sus pezones erectos que al introducirlos por completo en mi boca, chocaban con mi paladar haciéndome cosquillas. Solté sus puntas y sentí su respiración irregular, mi hermosa Bella, respondía con una rapidez torturante que hacía que mi polla doliera más y necesitara calmar la desesperación por hundirme en su coño caliente, que lloraba mojando mis dedos de cremosa anticipación. Dios, no había nada más caliente que eso en este mundo.

Bella levantaba sus caderas buscando que me clavara de una vez en ella pero todavía era muy pronto, aún tenía preparadas algunas cosas que estaba impaciente por poner en práctica si es que podía, ya que sus gemidos me excitaban, me calentaban, y yo respiraba lentamente pero no obtenía ningún efecto calmante.

Mientras dejaba un camino húmedo de besos desde sus pechos hasta su vientre, Isabella se retorcía buscando esa paz que su cuerpo necesitaba, esa paz que le calmara ese fuego que le iba quemando desde el interior. Se contoneó como poseída cuando enterré mi lengua en su ombligo. Gimió, dijo mi nombre entre lloriqueos, y tuve la imperiosa necesidad de acabar con su tortuosa agonía.

—Por favor, Señor…

Sin deseos de despegar mis labios de su piel, levanté el rostro y la vi sufrir, llorar, desear el alivio que sólo yo le podía dar.

—Lo necesito dentro de mí —jadeó su petición.

—No todavía, Isabella —mordí su abdomen—. Tengo que prepararte porque cuando vuelva a poseerte, será en un lugar diferente a este —moví mis dedos en su interior y toqué con más fuerza sus paredes vaginales.

—Ahh —gimió.

No le di oportunidad para reaccionar a mis palabras, sólo saqué de ella mis dedos y la giré, dejando su estómago sobre una almohada. Tomé de la mesa de noche un tubo de lubricante, puse una buena cantidad en mis dedos, y masajeé esa roseta apretada entre sus nalgas. Isabella estaba tensa, demasiado, pero fue relajándose conforme mis dedos se introducían despacio, esparciendo por su estrecho canal, el tibio lubricante. Entre besos en su bella espalda y palabras suaves al oído, fui sintiéndolo distendido, hasta que llegó el momento de ayudarme con algo más.

—Isabella —le susurré despacio al sacar mis dedos—, ahora vamos a ir un poco más allá, ¿entendido?

Ella asintió y luego escuché un tímido…

—Sí, Señor.

— ¿Estás bien? —lancé la pregunta poniendo atención a cualquier reacción que tuviera y me indicara que no debía seguir.

—Estoy bien, Señor.

— ¿Cuáles son tus palabras de seguridad?

—Mmm…

Bella dudó y muy despacio saqué de ella mis dedos.

—Rubíes y corazones.

—Dejaremos esto para otra ocasión, cariño —dije depositándole un beso detrás del oído.

—Pero, ¿por qué? —giró la cabeza para mirarme por sobre el hombro.

— ¿Estás segura de poder continuar?, no hay prisa, amor —froté mi mejilla rasposa de mi creciente barba contra su espalda —. No pasa nada.

—Si pasa —dijo en un suspiro—. Quiero sentirme más cerca de ti, quiero ser tuya de todas las formas posibles.

—No es necesario hacer esto para que lo seas. Eres mía, lo sabes.

—Por favor, Edward, quiero hacerlo —me rogó.

Isabella me desarmó con sus palabras, y arriesgándome a que hubieran consecuencias que podrían ser perjudiciales para ella, las ignoré con todo conocimiento de causa, e hice lo que ella quería tanto como yo.

—Ah, de acuerdo —acepté y comencé a explicarle—. Voy a introducir un plug dentro de tu ano. Es un poco más grueso que el que ya conoces porque este se va inflando en tu interior según vaya bombeando este pequeño dispositivo que va unido a él.

—Sí, Señor.

Unté el plug del lubricante y le pedí que se arrodillara levantando bien el trasero. Con suavidad, comencé a deslizarlo por el apretado nudo, pero Bella estaba contraída. Era normal, estaba muy nerviosa.

—Relájate, cariño. Si no lo haces no podré introducirlo, y esto es mucho más pequeño que mi polla. No podré tomarte por aquí y no queremos que eso suceda, ¿verdad? —Isabella negó rápidamente y me conmovió su disposición.

Su respiración se hizo más pausada y su relajación fue más evidente, por lo que pude hundir el plug en ella hasta el final con mucho menor esfuerzo.

—Ahí está —me oí decir con voz ronca—, perfectamente bien colocado en este hermoso culito que pronto será completamente mío.

Isabella gimió y se movió queriéndose poner boca arriba.

—Quédate quieta por unos minutos —le ordené—, dejemos que te adaptes a él.

Acaricié sus tersas nalgas, sintiendo lo suaves y sedosas que eran, así como toda su piel que en ese momento tenía un color ligeramente carmesí.

En esa posición, Isabella me daba la mejor vista de todas y desde luego su entrada brillante por su natural lubricación no era algo que pudiera dejar pasar desapercibido, sino todo lo contrario. Me atraía como la luz a las polillas, como el agua al sediento y sin poderme resistir, hundí mis dedos de nuevo en su entrada.

Un fuerte jadeo escapó de su garganta, era ansioso, desesperado, y yo sólo podía brindarle un poco de alivio al mover mis dedos acariciando sus paredes que se cerraban, latiendo alrededor de ellos. Las sensaciones estaban sobrepasando a Isabella y esa era su manera de decírmelo, preparándose para un orgasmo que llegaba demasiado temprano. Lo que a su vez significaba que estaba lo suficientemente relajada como para avanzar en mi propósito.

—Ya estás dilatada, ¿ves que fácil? —Di una caricia más dentro de su vagina y esta vez su gemido fue más audible—. Ahora voy a empezar a bombear el dispositivo, Bella, lo haré muy, muy despacio. Ya sabes tus palabras, por favor úsalas si quieres que me detenga, no te reprimas, si lo haces lo sabré y no me gustará. ¿Entendido?

—Entendido, Señor.

Con suavidad oprimí el dispositivo que fue llenando de aire el plug dentro del angosto conducto de Isabella. Gradualmente fue creciendo en su interior y preparándola para mi hambrienta polla que, debido al excitante preámbulo, se mantenía erecta en toda su gloriosa longitud.

—Ahh…

— ¿Estás bien, cariño? —Detuve de pronto el bombeo.

—Sí. Es sólo que… Me siento muy… Llena —decía acostumbrándose a la nueva sensación.

No quería que solamente se concentrara en eso, porque entonces no lo disfrutaría. Necesitaba distraerla para que cuando llegara el momento, las sensaciones la abrumaran y sólo entonces ser consciente de dónde provenía tanto placer, mientras tanto, jugaría con lo que era conocido para ella.

Antes de seguir inflando el plug, pasé mis dedos por sus pliegues sumergiéndolos en ellos para dar con su hinchado clítoris. Estaba crecido, inflamado, excitado a más no poder, y sonreí. Sería perfecto para desviar su atención del accesorio que crecía en su ano.

— ¿Qué es esto que tenemos aquí? —Le pregunté con voz grave al oído. Apenas lo toqué, Bella gimió como una niña mala, arrastrándome casi completamente al río de abandono al que ella se estaba entregando… Al fin.

—Tócame —se retorcía—. Tócame.

—Quietecita, nena, déjame ocuparme de todo.

Y haciendo un esfuerzo que tomó mucho de mi fuerza de voluntad, rodeé con mis dedos su sensible clítoris, cuidando de no tocarlo de nuevo si no quería que explotara en un intenso orgasmo. Jugué a su alrededor y enterré otra vez mis dedos en su entrada, Bella gemía, jadeaba y se retorcía, entonces con la otra mano y muy despacio, volví a bombear el dispositivo del plug.

Entre roces y movimientos de mis dedos en su interior, el plug anal se infló en su totalidad. El canal de Isabella estaba completamente ocupado y había llegado la hora de comprobar si ella podría con esto. Respiré para estabilizar mis sentidos y tenerlos atentos a cualquier indicio de incomodidad que Bella mostrara. Estábamos en pleno entrenamiento y yo era el maestro, el responsable de Isabella, y ella confiaba en que yo no la lastimaría; no podía perder la concentración aunque eso estaba resultando ser extremadamente difícil.

Me arrodillé detrás de ella y ubiqué la punta de mi polla en su entrada, lista para enterrarse en ella pero antes, la resbalé hasta su clítoris y al primer jadeo, me deslicé en ella al mismo tiempo en que ambos gemíamos. Tomándola de las caderas inicié, embistiéndola lentamente, despacio, a una velocidad que fue incrementándose conforme ella jadeaba, y me lo marcaba con sus movimientos y con la presión que ejercía sobre mi polla.

—Ah, Edward, me voy a correr —gimoteó.

—Hazlo, nena, esto es para ti.

Fue muy pronto, pero eso sólo demostraba que Isabella estaba cómoda, abierta y receptiva a mis caricias y juegos, que le gustaban y los disfrutaba. Empujé unas cuantas veces más, reprimiendo mi propio orgasmo ya que lo estaba reservando para lo que vendría después. La embestí un par de veces más y se contrajo fuertemente alrededor de mi polla haciéndome jadear al mismo tiempo que ella, mientras explotaba disfrutando su orgasmo.

Sostuve a Isabella por la cintura pero era una masa entre mis brazos. La recosté con cuidado e hice lo mismo a su lado, mirándola, bebiéndomela, amándola más cada segundo. Ella tenía los ojos cerrados y aún su respiración no se normalizaba. El rubor carmesí cubría toda su piel. Quité un mechón de pelo de su rostro, acariciando su mejilla con el dorso de mi mano. Hermosa.

— ¿Estás bien?

Abrió sus ojos despacio. Sonrió y se acercó para besar la punta de mi nariz.

—Estoy… llena… y… —Se detuvo.

— ¿Y…?

—Y… acabo de tener un orgasmo pero siento que, podría tener otro en cualquier momento —sus ojos me miraban asombrados.

Solté unas pequeñas carcajadas, complacido y feliz. Mi nena estaba demostrando ser de una muy buena madera.

—Claro que te sientes llena, mi amor, aún tienes el plug totalmente lleno en tu interior —la atraje hacia mí y bajé una mano por su trasero—. No puedo esperar para ser yo quien llene este espacio.

Atrapé su boca con la mía en un beso intenso, cargado con toda mi urgencia y deseo para ser respondido de la misma forma. Aproveché el momento y giré de nuevo a Bella poniéndola en cuatro para poder deshacerme del plug. Por un instante sentí su ansiedad y traté de calmarla, mientras sacaba un poco de aire del aparato, el cual se deslizó al exterior con facilidad. Isabella ya estaba lista para mí.

Me incliné y besé con devoción su espalda, acaricié sus muslos, su vientre. Mi polla lloraba por alivio y mi vientre bajo vibraba con espasmos dolorosos. Necesitaba enterrarme en ella de una vez por todas y liberarme, pero no debía dejarme llevar, era ella primero y por sobre todas las cosas, yo era su Dominante y era mi obligación prodigarle placer porque también, así como ella lo hacía conmigo, era mi deber ver por su satisfacción. Era un acuerdo mutuo, tácito, que envolvía dos deseos palpitantes.

Mis labios, dejaron besos húmedos en cada una de sus nalgas, mientras mis hábiles dedos manipulaban su clítoris con cuidado. Estaba sensible y un roce torpe podría acabar con nuestra placentera mañana. Un sinfín de gemidos y jadeos me indicó que estaba preparada para recibirme. Tomé el lubricante y masajeé su roseta con una buena cantidad, introduciendo mis dedos para llevar hasta adentro la sustancia resbaladiza que también unté en mi polla que quemaba de lo caliente que estaba.

—Tócate, Isabella, toca tu pecho, tus senos —le ordené—, jala tus pezones.

Mi princesa, obedientemente hizo lo que le pedí y el volumen de sus gemidos aumentó.

—Acaricia tu clítoris, nena, juega con él.

Con mis manos afianzando sus caderas, ubiqué la punta de mi polla en su ano y empujé. Sólo un poco, menos de la mitad de mi longitud y era la gloria. Tan estrecha, tan caliente…

—Ahh, Edward…

—No dejes de tocarte, Bella, hazlo como te guste, anda —la incité y lo hizo. Comenzó a retorcerse pero la mantuve firmemente agarrada de las caderas. Introduje entonces, otro poco más de mi larga erección, dejando sólo un pequeño y último tramo para que me tuviera por completo.

—Fóllate, amor, con tus dedos, fóllate…

Isabella lloriqueó embriagada por el placer y sentí como movía su mano en rápidos movimientos. Su respiración se empezó a agitar, di un último embiste dentro de ella y gritó para después volverse un grito de éxtasis.

—Oh, Edwardd… oh, cielos… sí.

—Sí, cariño, sí…

Con el mayor cuidado posible fui embistiendo el culo de Bella, dominándolo, haciéndolo mío también. Sintiendo como me engullía al empujar en sus adentros, como me atrapaba en su calor. Aumenté el ritmo, la sostenía con fuerza, me enterraba en ella. Me perdía en el mundo de sensaciones que ella me ofreció. Follaba su culo, la follaba a ella. Me absorbía en la estrechez de su canal multiplicando las sensaciones de las que apenas era capaz de ser consciente.

Todo fue muy rápido. Isabella me advirtió que se correría poniéndome en sintonía con ella. Mis bolas se tensaron, contrayéndose dolorosamente. Mi polla deprisa empalándola contra reloj, mi garganta cerrándose, Bella gimiendo, luchando por moverse libremente para recibir el orgasmo.

Ella gritó. Mis bolas explotaron expulsando el semen que fue llenando su canal. Yo convulsionaba con cada espasmo que soltaba una inyección de mi espesa y caliente leche. No podía respirar pero tampoco podía soltarla. Nunca en la vida lo haría. El alivio llegó a nuestros cuerpos lentamente, dejándonos respirar, movernos y reaccionar.

Cuando pude ser consciente, estaba prácticamente cargando a Isabella por la cintura. Estaba agotada, casi desfallecida por el esfuerzo. Yo no me encontraba mucho mejor. Ambos extenuados pero satisfechos, lo sentía. Nos desplomamos sobre la cama y aunque, casi no tenía fuerzas, las últimas que me quedaban las utilicé para abrazar a mi mujer. A mi pequeña, mi nena, mi Isabella.

***

Volví a despertarme casi al mediodía, con Isabella durmiendo profundamente a mi lado.

Estaba tan enamorado de ella, completamente perdido por una pequeña mujer de cabello castaño y ojos tan oscuros como el dulce chocolate. Valiente, arriesgada, entregada en cuerpo y alma, que luchaba por lo que quería y sobre todo, que era la más honesta de todas las mujeres que conocía.

Isabella…

Tragué en seco cuando de pronto me di cuenta de todo lo que se me venía por delante con ella. Al ser consciente de ello, una pesada losa cayó sobre mí.

Pude haberme librado de cargar ese peso, pero no. Siendo un manipulador por excelencia, ni siquiera me di cuenta hasta donde había llevado las cosas. Ya que la bruma de la lujuria y el deseo se habían desvanecido, los remordimientos y las dolorosas verdades caían como piedras en un derrumbe.

¿Cómo pude ser capaz hacerla sentir culpable por no decirme el nombre del infame bastardo cuando yo ya lo sabía desde meses atrás?

¿Con qué sangre fría le insinué que ella misma era la responsable de haberse mantenido en peligro?

Era un maldito hipócrita.

Honestamente, ni yo mismo comprendía en qué momento todo se me había salido de control. No lo supe manejar y sólo esperaba que cuando llegara el momento de confesarle la verdad, tuviera la suficiente madurez para entender mis motivos y todo quedara olvidado.

Sabía que ese momento no podía demorarse por mucho más tiempo, lo entendía, pero no tenía idea de cómo empezar a explicarle las cosas. No iba a ser fácil. Tal vez sólo debería contarle de Liz; estaba seguro que eso sí lo comprendería sin problema, no tendría por qué no hacerlo y una vez que las cosas estuvieran claras, mi madre se sentiría feliz y libre de preguntarle a Bella por la vida de nuestra pequeña Liz en el internado.

En cambio, cada vez que pensaba más y más en revelarle que yo sabía de la existencia del perro infeliz de Black, más me convencía que debía guardarme ese secreto sólo para mí. Casi podía estar seguro que Isabella no podría manejar ese asunto con objetividad y hasta cierto punto era comprensible, por eso, la mejor opción a considerar era olvidarme de hablarle sobre el tema, por nuestra paz y nuestro futuro así lo haría.

— ¿Qué es lo que tanto te preocupa que tienes el ceño todo arrugado? —No noté que se había despertado.

—Un asunto sin importancia —encogí los hombros—. ¿Cómo te sientes?

Sonrió de oreja a oreja —Feliz.

— ¿Seguro te encuentras bien?

—Mejor que nunca —me sonrió y no me cupo la menor duda.

—Gracias, amor.

—Gracias, ¿por qué? —Me preguntó extrañada.

—Por confiar en mí —respondí desviando mi mirada—. Tú sabes que nunca haría nada que te lastimara, ¿verdad?

—Claro que lo sé, Edward. Te amo —me besó dulcemente y empecé a sentirme incómodo.

— ¿Qué quieres hacer hoy? —cambié de tema. Bella se montó sobre mí y comenzó a cabalgarme. Me encendí automáticamente.

—Quiero ir a ver a los niños.

— ¿Niños?, ¿qué niños? —Pregunté confundido ayudándola a impulsarse con mis manos en sus caderas.

—A los caballos —gimió echando la cabeza hacia atrás, muy sexy—. Son mis niños.

— ¿Estás loca? —me quejé— ¿Y desperdiciar el resto del día pudiendo tenerte así para mí?, ¡que se jodan!

—Oh… —dijo suavemente y dejó de moverse en un segundo—, creo que ya no tengo ganas de cabalgar.

Se bajó de mí, salió de la cama y se dirigió al baño. Escuché correr el agua de la ducha y estuve a punto de darme de topes contra la pared. El único jodido resulté ser yo, que con una erección enorme y dolorosa, no tenía más remedio que darme una ducha muy fría y llevar a mi mujer a alimentar a los niños para luego, cobrarme el favor.

Como era de esperarse debido a las festividades de aniversario, el club estaba repleto. Ese día era de demostraciones infantiles y muchos socios habían prestado sus caballos para exhibiciones. Yo no. Mis ejemplares eran muy temperamentales y prefería mantenerlos alejados de las multitudes para evitar algún accidente. Muchas personas no entendían mi posición y me catalogaban de pesado y presumido pero, ese era su problema, no el mío.

Eludiendo al gentío, entramos a las caballerizas desde atrás y los caballos, apenas escucharon la voz de Isabella que los empezó a llamar por sus nombres, se alborotaron sorprendiéndome. A mí nunca me habían recibido así, pero eso no se lo diría a ella.

Bella corrió hacia donde estaban y los acarició mientras golpeaba con cariño sus cuellos y sus lomos. Los movían hacia arriba y hacia abajo felices y mi Bella, sonreía contenta. Ese día me tocó ser su ayudante. Arrastré el contenedor, le pasaba las zanahorias y las manzanas cuando me lo pedía y me hizo regresar al auto por la caja de terrones de azúcar para sus chicos.

Yo sólo podía mirarla encantado. Era increíble que tan pronto les hubiera perdido el miedo y que los animales se dieran con ella de ese modo. Sólo había una explicación lógica y esa, era que ellos sentían cuanto los amaba mi chica. Después de mimarlos a todos, le dedicó más caricias a Tramposo; era su consentido y él lo sabía, por eso no se ponía celoso de sus compañeros, sólo… de mí.

Isabella lo tenía abrazado por el cuello y cuando me acerqué a ella por detrás, el animal resopló. Bella lo soltó y él dio unos pasos hacia atrás relinchando enojado cuando la tomé por la cintura. Movía la cabeza negando, despeinando su reluciente crin y daba pisadas que hacían resonar los cascos contra el piso. De no haberlo visto no lo hubiera creído.

De regreso a casa, el enojado era otro. Isabella no me permitió acercarme a ella mientras estuviéramos ahí —para no alterar a Tramposo—, había dicho.

Llegamos y subimos directo a nuestra habitación. Ella iba a darse un baño pero con la excitación que tenía frustrada y el coraje con el puto caballo traidor, la aventé sobre la cama, le arranqué la ropa y una vez que la tuve desnuda me coloqué encima de ella.

—Nunca vuelvas a prohibirme que te toque —dije contra la piel de su cuello—, tú eres mía y si por tocarte se cae el mundo, ¡que se caiga!

De un empellón la penetré y cuando la miré, una enorme sonrisa adornaba los labios de mi mujer.

***



Esa noche cenamos en casa. Después de darnos un buen baño, bajamos a la cocina y entre los dos preparamos una cena digna para el par de famélicos que éramos. Abrí una botella de vino y devoramos el corte a la pimienta junto con la ensalada césar y los palitos de pan que se calentaron en el horno. Como postre, Isabella sacó de su bolso dos barras de chocolate y después de eso, mi imperdonable brandy en el estudio, admirando un Londres todavía frío pero bellamente iluminado.

Isabella estaba acurrucada a mi lado en el sillón. De su cabello se desprendía el aroma más limpio y dulce, así como de todo su cuerpo. Su respiración era tranquila y relajada; el ligero siseo se empezaba a oír y supe que se había quedado dormida.

Pasé mis dedos por sus mejillas acariciándolas con cuidado para no despertarla. Estaba agotada. Suspiró y se movió un poco, dejándome ver esos calcetines verdes y gordos que cubrían sus pies. Eran horribles pero ella los adoraba porque eran calientitos, al menos esa fue la excusa que me dio cuando se los vi unas horas antes y no pude evitar burlarme de lo feos que eran.

Un pantalón de alguna de mis pijamas y una camiseta vieja con el Golden Gate algo despintado completaban su original atuendo. Se veía preciosa, ridícula pero preciosa. Amaba a mis padres, a mis caballos, tenía clase y elegancia. Era inteligente, increíblemente bella y lo más importante, compartíamos el mismo gusto particular.

Besé el tope de su cabeza. Una vez más fui consciente que esa mujer era única y tenía que asegurarme que fuera mía por el resto de mi vida. Sí, la quería conmigo por siempre, como mi mujer y como… mi esposa.*



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Nenas, de nuevo con otro capítulo intenso. Quiero agradecer a Lethy, Coudy, Jo y Nani, este blog no sería tan interesante sin ellas. A ustedes mi eterna gratitud por su paciencia y sus comentarios, esa es mi mejor paga. 





















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