sábado, 28 de julio de 2012

CAPITULO 35

Volviendo a lo básico.


La lógica es buena para razonar, pero mala para vivir.

Remy de Gourmont

iPod: Genitorturers, I Touch Myself


BELLA’S POV

–Por favor, Señor, lo necesito…

Murmuré contra la piel de su cuello. Edward por fin había llegado. Lo esperaba después de un agitado y complicado día. Después de haber lidiado con todo tipo de problemas, desde los minúsculos y de más obvia solución en la agencia, hasta los personales y en los que debía poner toda mi concentración para tomar las decisiones correctas.

El día había empezado muy bien. Disfruté de una mañana de caricias y retozos en la cama; parecía que Edward también compartía el íntimo momento y yo pensé que se tornaría mucho más íntimo, más candente, y esperé un movimiento suyo que me diera alguna señal de que así sería pero simplemente fue algo que no pasó de un momento juguetón. Aun así nos costó mucho dejar de jugar y salir de la cama para cumplir con nuestras obligaciones, las cuales estaba segura que muy pronto estaría extrañando junto con todas las prisas y apuros por llegar puntual a mi lugar de trabajo.

Me di un baño y me arreglé muy propia. Era mi penúltimo día laboral y además llamaría a mi padre para cenar con él por la noche. Si él estaba intentando por todos los medios arreglar las diferencias entre las chicas y yo hasta llegar al punto de pedirle a Edward que interviniera, entonces tendría que conocer cómo estaban las cosas, claro, todo lo que él necesitara saber, ni más ni menos.

Nos despedimos en la puerta de la casa. Sonrientes y juguetones. Era un estado de humor diferente y nuevo entre nosotros y ¡demonios!, se sentía tan bien, que casi olvido la incomodidad de tener un enorme séquito siguiéndome y vigilando mis pasos a todas horas. Me giré hacia Edward y antes de que pudiera protestar como el día anterior, estampó un beso en mis labios haciendo que por un momento olvidara el motivo de mi frustrado reclamo.

En realidad, tenía la no leve sospecha de que Edward pensara que Jake pudiera estar cerca; que viviera en el país o quizás en la misma ciudad. De ahí su insistencia por saber su nombre y lo entendía. Él quería acabar con Jake, y si no estaba equivocada, sabía que una vez que lo encontrara lo mataría, y yo no podía permitir que Edward se manchara las manos con alguien que no valía la pena.

Por muchos años yo pensé también en hacer lo mismo. En buscarlo y hacerlo pagar por lo que me hizo, pero, ¿cómo hacerlo?, ¿cómo una chica como yo podría hacerle daño a alguien como él? Infinidad de noches en las que las horribles pesadillas me despertaban o el maldito insomnio no me dejaba dormir, ideaba mil formas de vengarme. Unas muy estúpidas e imaginativas, dignas de una niña asustada pero cargadas de ése sentimiento amargo de dolor, de furia, de coraje. Hasta que un día decidí dejar de malgastar las horas de mi vida en un ser despreciable e invertirlas en mí, en mejorar, en tratar de ser en lo posible, una chica como cualquier otra. Así como lo había hecho Rosalie.

Ambas nos apoyamos y aunque no mencionábamos en concreto el tema, sabíamos que lo que hacíamos, era por nosotras mismas. Terminamos el internado, viajamos un poco y nos divertíamos como las chicas normales y comunes que queríamos ser. Alice siempre estuvo a nuestro lado. Vivía nuestros días buenos y los malos también. Nunca se cansó de animarnos ni se alejó. Tal vez ella de alguna forma se sentía marcada también. Sus padres habían limitado el contacto con ella pero eso sí, la cuenta bancaria a su nombre siempre estaba rebosante de fondos; Alice decía que lo sentía como un pago por “no estorbar” en sus vidas. Como si con eso expiaran la culpa por desentenderse de ella. El evidente desinterés que demostraban por Alice fue para ella un golpe tan fuerte como aquellos abusos lo eran para nosotras.

A pesar de todo fueron buenos tiempos. Nos mudamos a un apartamento y sentíamos que podíamos comernos el mundo. Éramos libres al fin. Libres para dormir, leer, comer y hacer todo lo que quisiéramos a la hora que se nos diera la gana. Aprendimos a conducir, entramos a la universidad y tratamos de dejar atrás las cosas que alguna vez borraron las sonrisas de nuestros rostros. Esa convivencia nos duró relativamente poco y llegó el momento en que cada quien quería su propio espacio. Fue un poco triste tomar esa decisión pero lo deseábamos. Queríamos un poco de intimidad e independencia ya que Rosalie empezaba a salir con chicos, lo mismo que Alice y yo permanecía en casa estudiando o encerrada en mis libros y mi mundo de fantasía, una que ni en mis mejores sueños creí que podría convertirse en realidad y menos junto a un hombre como Edward Cullen.

Solté un hondo suspiro mientras miraba las calles desde mi cómodo y mullido asiento en la parte trasera del auto. Cerré los ojos y sacudí un poco la cabeza para detener el cúmulo de recuerdos de mi vida con las chicas. No sabía si era bueno o malo acordarme de todos esos años con ellas. Quería que mis decisiones fueran bien razonadas y lógicas sin dejarme llevar por los sentimentalismos. Además si a esas íbamos, también tenía sentimientos tanto buenos como malos de su parte.

–Ya llegó mi compañera favorita… la misma que me abandona para consentir a su hombre –Jane me recibió lanzándome la indirecta y como respuesta le puse mi mejor cara de ofendida.

–Gracias. Ahora no sólo te voy a extrañar sino también me harás sentir culpable –me dejé caer en mi silla tirando mi bolso por ahí para atacar la caja de donas.

–Oh vamos, ya sabes que es de broma –me guiñó un ojo–, una broma muy cierta, sin embargo. Aunque si te hace sentir mejor, yo también hubiera dejado de trabajar si Edward Cullen me lo pidiera…

–Ja, ja, que chistosa –repliqué con la boca llena.

–Hoy vienes muy elegante, ¿es por la presentación para Olivia?

Asentí y mastiqué para responderle– Sí, y porque esta noche cenaré con papá. Ayer fue a ver a Edward a la oficina, quiere que abogue por él para que me reconcilie con las chicas –le dí una segunda mordida a mi dona.

–Vaya. De verdad que eso es para tu papá es más importante de lo que pensaba, Bella –entrecerró los ojos.

–¿Sabes? –tragué–. Antes, mi papá no se hubiera alejado de la oficina ni un solo día de más. Siempre que le pedía que viniera alegaba que sin su presencia la empresa se desmoronaría y por eso sólo lo tenía de visita con lo días contados y nunca eran más de cuatro. ¿Quieres saber cuantos días lleva aquí ahora? –sonreí con algo de amargura.

–No te vayas por ese lado, niña –me advirtió Jane–. Por si no lo sabes, los padres cambian cuando se vuelven mayores. Mejor piensa que tu papá quiere pasar más tiempo contigo y que de paso está aprovechando para solucionar este lío.

–Eso trato. Quiero encontrar la mejor solución y sentirme bien con ella.

–Las cosas buenas no son de gratis. Siempre hay que hacer un esfuerzo por obtenerlas. Todo cuesta, Bella, a veces más a veces menos… valora bien si por el precio que vas a pagar vas a obtener lo que deseas, pero recuerda que para las cosas de aquí –se tocó varias veces el corazón con el dedo índice–, nunca hay garantía.

Medité las palabras de Jane. Tenía tanta razón que comencé a sopesar todo de nuevo. La alegría de mi padre al tenernos juntas, su tristeza al saber que estábamos enojadas, las travesuras, la compañía incondicional, las cosas buenas, las malas, los años de amistad que de pronto se detuvieron…

Al mismo tiempo, revisaba junto con Jane que todo nuestro trabajo estuviera listo para la última presentación a nuestra jefa antes de hacer al día siguiente la entrega oficial al cliente, que por insistencia de Jane, Olivia le hizo firmar un acuerdo para que ya no pudiera cambiar nada de última hora, gracias a Dios. Cuando estuvimos listas, nos dirigimos a la nueva y muy moderna sala de juntas donde Olivia ya nos esperaba impaciente.

Por espacio de una hora expusimos nuestro trabajo explicando en qué nos basamos para realizar cada imagen, cada frase usada, hacia qué público iba dirigida, hasta el uso de la gama de colores elegida, nuestras recomendaciones para su exposición y todos esos pequeños detalles tan básicos que a Olivia le encantaba saber. Estaba sumamente complacida con nuestro trabajo y su sonrisa lo reflejaba. Nos felicitó y nos pidió que al día siguiente fuéramos a su oficina para comunicarle qué campaña habíamos elegido como nuestro siguiente proyecto. Ahí fue cuando caí en cuenta del error garrafal que había cometido al no avisarle con antelación de mi renuncia.

Jane salió dejándonos solas. Fue un poco difícil explicarle que dejaba mi trabajo por intereses familiares. Al principio no le agradó la idea pero me felicitó después por tomar una decisión tan madura e inteligente al haber elegido a mi familia antes que el trabajo.

–El trabajo siempre estará aquí, Bella, la familia no.

Dijo y me abrazó deseándome lo mejor, no sin antes recordarme que mi último compromiso con la agencia era estar en la fiesta de presentación de la campaña a los medios. No tenía opción, ¿cierto?

Ya con un peso menos de encima llamé a mi padre y nos pusimos de acuerdo para vernos esa noche; se escuchaba feliz de haber recibido mi llamada. La hora de salir de la agencia llegó y me despedí de Jane. Salí a las puertas del edificio y los hombres de Edward se apresuraron a subir al par de autos idénticos que esperaban listos para seguirnos por las calles londinenses a la indicación de Dean.

Llegué al restaurante donde ya me esperaba mi padre. Estaba muy elegante con su traje oscuro y su bigote lucía más recortado de lo normal. Al verme se puso de pie y se acercó a mí sonriente. Nos abrazamos muy fuerte y me costó mucho trabajo mantener a raya las lágrimas traicioneras, que hacían arder un poco mis ojos, desesperadas por salir.

–Bella, hija –me alejó un poco para verme mejor–, estás hermosa, ¿sabes? lo abracé de nuevo.

–Siempre me dices lo mismo, papá, pero gracias –sonreí–. ¿Y Carmen?

–Prefirió que esta plática fuera sólo entre nosotros, además está algo cansada; Esme y ella han barrido con todas las tiendas de la ciudad y ha comprado cosas que ni te imaginas para la boda, está muy entusiasmada y si he de serte sincero, yo también –sonrió tímidamente.

Y eso podía verlo con facilidad. Mi padre era feliz con Carmen. Podía verse a leguas de distancia. Tenía en el rostro una expresión que sólo recordaba haberle visto cuando miraba a mamá.

–Creo que va a ser un poco difícil llevarla de nuevo a San Francisco, le gusta mucho esta ciudad.

–Entonces no tienes porqué irte. Aquí tienes un apartamento que estoy segura Carmen adorará redecorar junto con su nueva amiga –dije con la ilusión de que considerara la posibilidad de quedarse.

–¿Olvidas que también tengo una empresa que dirigir? –repuso serio.

–Creo que puedes dejar de trabajar sin pensar en morirte de hambre.

–Lo haría encantado si tuviera a alguien de mi absoluta confianza manejando todo.

–Esperaba que ya hubieras comprendido y superado eso, papá –respondí molesta por la indirecta–. Tú mismo me hiciste ver que mis prioridades ya no son las mismas de antes.

–Lo siento, Bella –tomó mis manos entre las suyas–. Creo que estoy algo nervioso, no todos los días tengo que pelear por mantener a mi familia unida.

–No tienes porqué pelear, simplemente tienes que comprender que las personas crecen y cambian, así como sus deseos y sus formas de pensar.

–Me cuesta mucho oírte hablar de esa forma tan calculadora. No puedo aceptar que te puedas desprender tan fácil de tus hermanas y de todo lo que estos años han vivido juntas, Isabella.

–¿Esa impresión te doy? –lo miré entrecerrando los ojos–. ¿Qué no me importan?

–Es lo que me demuestras –bajé la mirada a mi regazo y suspiré.

–¿Recuerdas cuando era pequeña y mamá me leía cuentos? –él asintió–. Todos ellos eran de princesas y príncipes. Algunas de ellas estaban encantadas o sufrían de alguna maldición pero siempre llegaba el príncipe a rescatarla y vivían felices para siempre.

–Yo soñaba y vivía esperando por el mío hasta que vi a Edward. Al principio me dio miedo, pero sabía que tenía que acercarme a él si quería empezar a vivir mi propia historia. No quise decir nada porque no quería que todo se esfumara como en las maldiciones de los cuentos, así que preferí mantener la boca cerrada hasta el día que me encontré de frente con Alice y Rose. Fue inútil tratar de explicarles; ellas no me escuchaban y me sentí mal porque sabía que se sentían traicionadas por no compartir con ellas algo tan importante en mi vida. Por más que las busqué después y les pedí perdón –mi voz se escuchaba titubeante–, me… humillaron y me corrieron de sus lugares de trabajo dejándome muy en claro que no querían saber nada de mí.

–Me dolió mucho su rechazo. Me deprimí. No quería ir a trabajar y me sentía muy sola. Los días pasaron y comprendí que ellas fueron las que decidieron no perdonarme y alejarse de mí, que eran ellas las que ya no me querían en su vida. Sólo me quedaba Edward y a él también estuve a punto de perderlo por mi actitud infantil, pero él no se alejó y se mantuvo a mi lado, acompañándome todo el tiempo.

–Me hice dura, papá. Después de necesitarlas, ir a buscarlas y ser humillada y rechazada, no podía ser de otra forma –cerré mis puños sobre la mesa–. Un día me encontré con Rose en el supermercado y me da vergüenza reconocer que me porté igual o peor que como ellas lo hicieron conmigo. Era obvio que Rose me necesitaba y yo sólo le di la espalda dejándola ahí, hablando sola. Después me enteré que estaba en lo cierto y ella atravesaba un mal momento pero tampoco fui a buscarla. Edward me dijo que un amigo suyo la estaba cuidando y además tenía a Alice, ¿no?

–Ella no estaba sola, no como yo estuve por la insensibilidad de mis amigas, de mis hermanas –dije como en reproche–. Cuando volví a casa para navidad, encontré a Rose mirando hacia la casa. Nunca la había visto tan mal, ni siquiera cuando… –me callé y bajé la mirada a mi regazo–… ella se desmayó en la calle y Edward la metió a la casa para que pudiéramos cuidarla. Creí que el haber ido hasta San Francisco significaba que de verdad todo iba a quedar olvidado y que todo volvería a ser como antes pero, ella no quería hablar conmigo –dije con tristeza.

–Ella sólo reaccionó cuando vio a Alice y yo… ¡bien gracias! –dije entre dientes aguantando mi coraje–. ¿Sabes como me sentí cuando llegué a casa y vi que celebraban sin mí?, ¿qué tú ni siquiera te acordaste que también estaba ahí?, ¿no pensaste que me hubiera gustado estar ahí con ustedes? Pero no, papá –sonreí con amargura–, me pusiste entre la espada y la pared y me diste a escoger… ¿no crees que tengo razones más que válidas que justifiquen mi actitud?

Mi padre mi miraba sin poder creer lo que escuchaba, aún se negaba a entender la compleja y difícil situación.

–Ahora las veo llorar, pedirme perdón y es cuando me pregunto, ¿por qué hasta ahora?, ¿por qué cuando ya aprendí a estar sin ellas?, ¿cuando ya no son indispensables en mi vida?

–No, no puedes estar hablando en serio –su voz sonaba empequeñecida.

–¿Te parece que bromeo? –saqué un poco de aire por la nariz mientras sonreía–. No lo hago, estoy siendo mucho más seria de lo que crees.

–Eso quiere decir que… ¿qué no les darás una oportunidad, Bella? –me preguntó triste.

–No, papá, solamente quiero que sepas como y porqué se dieron las cosas –tomé una gran bocanada de aire–. Estoy dispuesta a encontrarme con ellas, a reunirnos cuando vengas o en alguna ocasión especial como navidades y cumpleaños, no seré grosera, ni pondré malas caras, tampoco haré comentarios despectivos, ni nada parecido, no seré hostil y me comportaré educadamente. No les haré pasar un momento incómodo ni a ellas ni a ti, te lo prometo.

–Pero… pero eso es aún peor –decía con el rostro distorsionado del disgusto, inconforme con lo que escuchaba–, es como si lo hicieras por obligación.

–Lo estoy haciendo por ti… –me miró y pasaron algunos minutos en los cuales parecía estar sumido en sus pensamientos.

–Entonces no lo hagas, Bella –dijo al fin–. Si es duro para ti, olvídate de lo que yo desee. Tú eres mi hija y estás primero que todo. No voy a negar que me duele mucho esto; a ellas también las considero mis hijas y las quiero entrañablemente pero ellas tendrán que entender entonces que este es el resultado de sus acciones. Te quiero hija y te pido perdón por lo que te he hecho sufrir con todo esto –mi padre tragó en seco y se acercó para abrazarme–. Perdóname por favor…

–Lo siento, papá. Siento mucho no poder devolverte a tu familia –sollocé contra su cuello.

Tardamos un poco en recomponernos. No era fácil y mucho menos para él que iba a la cena lleno de esperanzas pero me había jurado ser honesta y eso era lo que estaba siendo. Aunque hubiera querido, no era posible borrar todos los días malos y deprimentes que viví cuando Alice y Rosalie me dijeron que no querían saber de mí. Una parte de mí se derrumbó y tuve que volver a levantar mis cimientos para aprender a vivir sin ellas y darme cuenta que en esta vida nadie es indispensable. Las extrañaba, y mucho, pero la vida siguió su curso y el destino puso a Jane en mi camino. No las suplía, pero estaba conociendo otro tipo de amistad, una sincera que no me juzgaba, que quería sacar lo mejor en mí y que me alentaba a verme como la mujer madura que necesitaba ser.

A pesar de su dolor, mi padre aceptó mi decisión. Tal vez sonara raro pero me sentía orgullosa de mí misma por no ceder para tener contento a alguien que no fuera yo. Estaba aprendiendo a aceptar que no todo lo malo que pasaba era mi culpa y que tampoco tenía la solución para todo, que estaba bien si decía que no.

Ya más tranquilos, cenamos y me contaba cómo Carlisle y él se habían hecho buenos amigos, así como Carmen y Esme, sólo que ellos no las seguían cuando iban de compras. En su lugar, visitaban el club de golf y también estaba aprendiendo a jugar críquet que en realidad no le gustaba mucho pero después del juego, iban a algún bar donde saboreaban los whiskys más finos del mundo.

Me alegraba que se estuviera divirtiendo y disfrutara de sus días en la ciudad con un inmejorable guía. Habían retrasado un poco su recorrido por algunos países por encontrarse muy a gusto en Londres y deseaba con todas mis fuerzas que su estancia fuera permanente.

–Sé que eventualmente tendremos que pensar en pasar largas temporadas aquí, Bella, aunque no sé cómo lo haré con la empresa. Algo se me ocurrirá porque no quiero perderme de ver crecer a mis nietos.

El trozo de filete se atoró en mi garganta y comencé a toser. Tragué el bocado y tomé agua. Respiraba agitada.

–¿A tus qué? –logré preguntar sorprendida.

–Vamos, Bella –dijo como si fuera obvio–. Carlisle me ha dicho que Edward nunca había estado en una relación formal como la que tienen y que no le extrañaría que cualquier día de estos hicieran el anuncio. Hablaré con Edward para que no piense siquiera en hacerlo si no estamos nosotros aquí.

–Papá, debes saber que nosotros… no hemos hablado de eso –dije con pesar porque era cierto. Apenas nos habíamos dicho que nos amábamos y no éramos como cualquier parejita común. Edward no era de los que se casaban y mucho menos de los que tenían hijos. Eso me lo había dejado muy claro desde un principio.

Pero, ¿y yo?

¿Yo sí era de las que se casaban?, ¿de las que querían el típico final de cuento?, ¿de las que después vivieron el felices para siempre en una linda casa con una fila de niños idénticos a él y a mí corriendo detrás de un enorme, cariñoso y adorable perro? Nunca me había puesto a pensar en eso. Tal vez porque eso no figuraba en el futuro de Edward y yo daba ya por hecho que así sería. Pero de verdad, ¿estaba conforme con eso?

–¿Cómo que no han hablado de eso? –frunció el ceño.

Mis ganas de comer se esfumaron como por arte de magia; papá lo notó y soltó una serie de preguntas sobre mi estado de salud porque Edward le había dicho que no me había sentido muy bien. Con esas insinuaciones, ¿cómo rayos mi papá no iba a pesar en nietos?

–Creo que Edward será un buen padre –afirmó–. Reconozco que cuando lo conocí no me cayó muy en gracia pero me ha demostrado que te quiere y que se preocupa por ti. Sus padres son magníficas personas y también te quieren. No sabes qué tranquilidad me da saber que estás en buenas manos –me agradó mucho saber que papá pensaba así.

–Bueno, ¿y para cuando es la boda? –intenté cambiar el tema y lo logré.

–Ya teníamos fecha, pero Carmen la cambió para que fuera más fácil tener a Esme y a Carlisle con nosotros, por supuesto, también pensamos en ustedes y Edward nos aseguró que estarían ahí sin ningún problema.

–Vaya –levanté las cejas, asombrada–, veo que ya no me tomas en cuenta y te vas directo con Edward, me has relegado a un segundo plano, gracias papá –dije en broma pero que tenía una buena parte de cierto; me gustaba que considerara importantes sus opiniones.

Después de disculparse por lo que me pareció una eternidad, nos despedimos y a la salida del restaurante ya nos esperaban los hombres de Edward. Saludé a Paul y a Jason y me subí al auto que me correspondía. Exhalé agotada. No había sido fácil explicarle a mi padre lo que en realidad había sucedido y cómo me había sentido después por tanto tiempo pero estaba agradecida de que me hubiera entendido y me diera mi lugar. Sin embargo, no me sentía sin un peso menos sobre mis hombros y no encontraba la razón.

Quizás lo que necesitaba era una cama. Acostarme y descansar dejando todos los problemas atrás. Sin pensar. No Jake, no agencia, no Alice, no Rose, no papá y su tristeza… sólo quería una cosa, mejor dicho, sólo quería a una persona. Lo necesitaba para que me hiciera olvidar todo. Porque él tenía el poder para hacerlo con tan sólo tocarme, con tan sólo una caricia, de sus dedos, de sus labios… con un roce de su cuerpo contra el mío, con un suspiro de su tibio aliento sobre mi piel… Dios, cuanto lo deseaba.

Me estremecí y por fortuna no gemí en el auto. Entre mis piernas, un fuerte latido me hizo apretarlas para obtener algo de paz pero yo sabía que eso no sería suficiente para calmarme. Me desabotoné el abrigo buscando algo de aire fresco. Tenía calor. Quería llegar rápido a casa y calmar pronto mi urgencia. Sonreí. Por segunda vez en el día mi cuerpo reaccionaba con deseo y añoraba el placer que Edward me podía dar.

Escuché a Dean saludar al vigilante que permanecía en la entrada y abrí los ojos. Ya estábamos en casa. Tomé mi bolso y bajé a toda prisa. Edward aún no había llegado, lo que me daba tiempo para prepararme para lo que tenía en mente. Entré a la que era mi habitación y fui directamente al baño para refrescarme un poco y vestirme solamente con aquella bata de suave seda negra. Estaba nerviosa pero ansiosa y con pasos firmes y decididos, llegué a la habitación lila y entré para esperar a mi Señor.

El piso estaba frío pero no importaba, no lo sentía porque un calor conocido recorría todo mi cuerpo. Mis labios esbozaban una sonrisa que sabía resplandecía en todo mi rostro. El latido en la unión de mis piernas era tan fuerte que juraba que podría escucharse. Las puntas de mis pezones erectos dolían de necesidad y mi cuerpo casi gritaba de deseo. Sí, lo quería a él, lo deseaba y lo añoraba con locura.

Me mantuve quieta, expectante. Pacientemente esperé que llegara. Él se tardaba y yo me desesperaba. Pasó un buen rato, me cambié de posición y me arrodillé para continuar con la espera. Me recargué en la puerta; estaba segura que lo escucharía llegar y me pondría de pie. Bostecé. Me estiré y volví a recargarme en la puerta. Cerré los ojos y bostecé de nuevo. Cabeceé un par de veces y el ritmo lento de mi respiración me adormeció. Un suave calor me tocó debajo de las piernas y en mi espalda. El calor se extendió por todo mi costado y su aroma inundó mis fosas nasales. Me recargué en su pecho y rodeé su cuello con mis brazos.

–Por favor, Señor, lo necesito…

Fue lo que articulé decir. Mi voz suave contra su barbilla. No obtuve respuesta pero sentía estar siendo trasladada a algún lugar lejos de donde yo quería ir pero no debía quejarme. Si mi Señor deseaba estar en otro lugar yo lo complacería, así era como debía ser.

Mi boca se acercó a su cuello y mis labios regaban besos castos por donde podían. Respiraba elevando mi pecho, enviándole un claro mensaje para que supiera que estaba lista y dispuesta para él. Estaba feliz. Recibiría lo que deseaba y necesitaba, su calor, su atención, su pasión, su amor…

La puerta de la habitación se abrió y Edward avanzó depositándome sobre la cama. Mis brazos no abandonaron su cuello, quería atraerlo sobre mí pero el tomó mis muñecas poniéndolas a los costados de mi cuerpo, deshaciéndose de esa forma de mi agarre. Dio media vuelta y se dirigió al baño. Una sonrisa perversa apareció en mis labios y con prisa, me levanté para quitar el edredón de la cama, los cojines y por último, la bata de seda negra de mi cuerpo. Quería estar desnuda, esperándolo.

Arreglé mi pelo con mis manos y cuando escuché abrirse a puerta, me quedé muy quieta. Edward salió y me miro. Sus ojos entrecerrados recorrieron mi cuerpo desnudo y sus labios se presionaron en una fina línea. Fue acercándose lentamente; sus ojos se paseaban por mi cuerpo y yo sentía que mi piel ardía por donde sus ojos me miraban. Hice un esfuerzo por mantener mis jadeos en control pero con su cercanía, no estaba segura de poder lograrlo. Su presencia, su magnetismo, la sensualidad que desprendía, su seguridad y la promesa de que obtendría de él mucho más de lo que buscaba, me estaban encaminando a los límites del placer.

Se inclinó sobre mí, pero para mi mayúscula sorpresa, tomó las sábanas junto con el edredón y me cubrió.

–¿Qué… qué haces? –pregunté confundida. Edward expulsó aire de sus pulmones y me arropaba sin importarle cuán sorprendida estaba.

–Descansa –fue la única palabra que me dijo pretendiendo responder con ella todas mis dudas.

EDWARD’S POV

–¿Me vas a dejar así? –lloriqueó– Te necesito, Edward…

Era lo único que me faltaba para coronar mi perfecto día; encontrarme a Isabella más dispuesta que nunca, ávida de mí, de mis caricias, de mis retorcidas ansias.

No podía sucumbir a sus ruegos, a sus deseos. No sería un hombre si lo hiciera; sería como aprovecharme de ella. No estaba en circunstancias ni en condiciones. Ella necesitaba tiempo, tiempo y cuidados. Compresión y apoyo y yo, fuerza, mucha fuerza, más de la que pudiera imaginar.

–¿Por qué no quieres? –preguntó como una niña pequeña llorando por algo muy deseado y que le era negado– ¿Por qué no me quieres tocar?

–No insistas, Isabella –dije con firmeza–, todavía no es tiempo.

La pequeña niña que tenía ante mis ojos, abrió los suyos desmesuradamente; anegados, irritados, me miraban incrédulos. Bajó la mirada y parpadeaba deprisa. Cubrió su cuerpo con las sábanas avergonzada y se sentó en la cama dándome la espalda.

–No entiendo, no entiendo porqué no es tiempo –susurró–, no entiendo porqué te niegas.

–Ya te lo he dicho –mi voz sonó más fuerte de lo que hubiera querido–, no estás lista todavía, Bella.

El Dr. Bower tenía razón. Él no podía decirme cuando estaría Isabella en condición de dar un paso adelante. Dijo que ella sola me lo dejaría saber y yo sabría también cuando sería el momento en el que podríamos seguir teniendo la intimidad de antes y ése, definitivamente no lo era.

Ella me pedía sexo para desahogarse. Como medio para su liberación y si accedía, no sería nada beneficioso para ella y yo sería un canalla por saciar mis deseos burdos sin tener en cuenta el estado en el que se encontraba y lo que necesitaba, que era algo muy diferente al sexo.

–Me confundes, Edward, yo…

Tenía que salir se ahí. En mi interior se llevaba a cabo una pelea férrea entre mi razón y mis deseos. Porque verla así, vulnerable, indefensa, llamándome, me estaba volviendo loco de deseo pero tenía que frenarme si no quería lastimarla mucho más de lo que ya estaba. Me senté a su lado en la cama y le hablé suavemente.

–Bella, es muy pronto aún después de todo lo ocurrido, después de haber revivido ese episodio tan traumático. Tenemos que dejar pasar un tiempo, tienes que mejorar y sanar, salir delante de todo eso. Yo estoy contigo, cariño, a tu lado, pero debes ser realista y ver que tienes que tomarte las cosas con calma si quieres estar bien.

La mirada de Bella estaba centrada en sus manos. Casi me daba la espalda pero todavía podía ver una parte de su rostro y en él veía miedo e incertidumbre. Demonios, no estaba manejando bien esta situación con ella. Estaba fallando miserablemente haciéndola sufrir.

–Yo… estoy lista, Edward, lista para retomar mi vida en todos los sentidos –su rostro se contrajo–, pero tal vez el que no está listo para tocar a una mujer dañada eres tú.

Sus palabras me llegaron como un derechazo al hígado. ¿Qué yo no estaba preparado para tocar a una mujer dañada?, ¿de qué diablos hablaba? Yo estaba haciendo todo el esfuerzo por ella. Nada tenía que ver su pasado y el asalto brutal que sufrió. Yo quería a Isabella como fuera que estuviera, sin importarme nada y estaba luchando a la par con ella para mitigar el daño de ese pasado, ¿de dónde sacaba eso?

–Isabella yo no…

–Te digo que te necesito y me rechazas –me cortó–, me alejas dejándome a esta habitación, me quieres mantener lejos de ti –hundió la cara en las sábanas, llorando.

–Isabella, cariño –me acerqué a ella–, así no son las cosas, escúchame…–esquivó mis brazos.

–No lo entiendo, Edward, te juro que no –su rostro dolido y sus mejillas mojadas–. ¿No era esto lo que querías?, ¿saber todo de mí?, ¿que confiara en ti? Y cuando lo hago, abres los ojos y te das cuenta que no puedes amarme, que no puedes tocarme porque no resistes estar con alguien con tanta mierda detrás como yo.

–¡Cállate, Isabella!



–Dímelo. Háblame claro de una vez y me voy de aquí. Evitémonos más dolor, Edward. Por mí no te preocupes, créeme que no me voy triste. Recibí mucho más de lo que siquiera esperé.

–¡Cállate de una puta vez! –bramé–, ¡no digas tonterías!, y por favor,



–Deja.


–De.


–Pensar.


–Estupideces.


–Isabella.

La furia que me dominaba era colosal. No podía creer lo que me decía. ¿En qué momento comenzó a pensar esas pendejadas?, ¿eso le demostraba?, ¿eso? El pánico me invadió.

–¿Qué es lo que quieres entonces? –golpeaba la cama con el puño–. Así suceden las cosas contigo. Me niegas algo y luego me presionas, ¿lo recuerdas? Así fue como te conté lo de Ja…–se detuvo y vi en sus ojos cómo llegaba a su propia conclusión.

–Es por su nombre, ¡por su maldito nombre! ¿Eso es lo que quieres, Edward, su puto nombre?

–Cuida esa boca, Isabella –le advertí encolerizado–. Te lo pedí una vez y no me lo dijiste pero también te dije que si no lo hacías, tarde o temprano yo lo descubriría. No sé porque te lo guardas. No quiero ni siquiera pensar porqué, pero si lo que te preocupa es que le haga daño, ten la tranquilidad que no le tocaré ni un pelo, Isabella, eso te lo puedo asegurar.

Los ojos de Isabella estaban fijamente clavados en mí. Su mirada era indescifrable y mi interior se carcomía de celos, coraje e impotencia. Ella se preocupaba por el bastardo que la había atacado.

–Si te digo su nombre… ¿me darás lo que quiero?

Otro golpe, este directo a mis sentidos, dejándome fuera de juego por un breve momento en el que intentaba comprender esas palabras. Una vez más, Isabella Swan me sorprendía y cuando pude reaccionar, una sensación de paz corrió por mis venas. Ella no se preocupaba por el hijo de puta de Black. Si lo hiciera no estuviera negociando conmigo su identidad a cambio de sexo. La confianza volvió a mí. Me giré y le respondí tajante.

–No, Isabella. Esto no es un trueque con tus condiciones. Si no te toco es por las razones que ya te expuse; quiero darte tiempo para sanar, sin presiones, a tu ritmo. Te necesito fuerte y sana. Ya no discutas y métete a la cama, necesitas descansar –le ordené dirigiéndome a la puerta.

–Estoy fuerte y sana –masculló entre dientes–, pero tienes razón, si no puedes darme lo que necesito, mejor déjame sola.

Cuando cerré la puerta tras de mí, todavía podía escuchar llorar a Isabella. Sus lamentos eran una combinación de frustración y coraje pero ella no estaba en posición ni en condiciones de exigir nada. Yo tendría que ser fuerte también; observarla, estudiarla para así poder saber cuando de verdad estaría lista para mí. Sólo pedía mucha paciencia y sabiduría para poder diferenciar el momento en el que por fin lo estuviera y no sólo fuera un capricho, justo como ese.

Me desvestí y en el baño, de frente al espejo, me preguntaba si ese berrinche de Isabella no había sido porque algo no hubiera salido bien en la cena con su padre. Lamentablemente ya era tarde como para hacerle una llamada, por lo que tendría que esperar para saber si estaba en lo cierto. Mientras, seguiría atormentándome su llanto y sus palabras, pidiéndome que la tocara.

No. No iba a esperar.

Salí de la habitación y ya no se oía nada. Me fui acercando convencido que después de esa escena ya se habría quedado dormida. Me detuve en la puerta y entonces la escuché… Isabella gemía y jadeaba. Su respiración estaba muy agitada y pequeños grititos traspasaban la puerta.

Abrí con mucho cuidado, sigilosamente, cuando entré y la vi. Estaba acostada en la cama, seguía desnuda y tenía las piernas abiertas y ligeramente encogidas; una de sus manos subía y bajaba lentamente a lo largo de su sexo y con la otra se acariciaba los senos. Su espalda se arqueaba cada vez que hundía un poco más la mano entre sus pliegues a la vez que sus caderas se elevaban ligeramente. Su deliciosa boca dejando escapar gemidos de placer, incitantes…

BELLA’S POV

Edward cerró la puerta de la habitación dejándome sola. Estaba que me llevaba el diablo. No podía creer lo que me había dicho, ¿qué no estaba lista?

Desenvolví la sábana enrollada a mi cuerpo y bajé la intensidad de la lámpara en la mesita. Me recosté en la cama y cerré mis ojos, respirando profundamente y recordando como me acariciaba Edward, doblé un poco mis rodillas para poder tocar mis muslos y llevar mis manos a mi interior. Me tocaba lenta y suavemente con las yemas de mis dedos, que al contacto con mi piel enviaban ondas que subían por mi vientre y se disparaban al resto de mi cuerpo.




Froté mi mano muy despacio contra mis pliegues, todavía sin hundir entre ellos mis dedos pero levantando mis caderas, justo como lo hacía cuando Edward tenía ahí su mano y me excitaba al sentir su roce. Sus manos, no ásperas pero duras, encendían una chispa que no tardaba en hacer arder todo en mí buscando el camino a mi delicado y sensible botón de donde se desprendían todas mis sensaciones. Gemí echando la cabeza hacia atrás, disfrutando del momento.

Mi otra mano subió lenta por mi torso hasta alcanzar mi pecho, paseándose por ellos, endureciéndolos al igual que mis pezones que se erigieron con el dolor de la ansiedad y el desespero. Tomé uno entre mis dedos y lo rodé imitando los movimientos enloquecedores de Edward. Mis piernas se abrieron más y mis dedos se hundieron en mis pliegues. Sonreí al sentirme húmeda, muy húmeda, y mis dedos resbalaron fácilmente entre ellos hallando mi entrada. Jugué con mi clítoris y lo presioné, provocándome un saltito y jadeé.

Mi cuerpo se retorció vergonzosamente sobre la cama y supe que necesitaba más… elevé mi pelvis e introduje mis dedos en mi lubricada entrada. Los sumergía en mí y los sacaba evocando la maravillosa polla de Edward, la misma que me fue negada sin una excusa convincente pero ya no hacía falta, no en ese instante en el que sabía que con unos cuantos bombeos más me encontraría muy cerca del ansiado orgasmo.

Moví mis dedos dentro de mí. En círculos, toqué mis paredes buscando mi punto G pero ese sólo Edward lo encontraba. Eso no evitaba que sintiera placer, que mi cuerpo se contoneara poseído de una lujuria que yo misma me encargaría de mitigar. Gemí de nuevo. Jadeé como una mujerzuela y me gustó; no me importaba, lo disfrutaba y cuando alcanzara el orgas…

–¿Qué puta madre estás haciendo, Isabella?

Edward gritó e hizo que mi corazón se detuviera. Abrí los ojos asustada y lo vi venir hacia mí con la ira impresa en la cara. Me quise mover pero él ya estaba junto a mí. Edward me tomó por los brazos y me zarandeó con fuerza, apretando después sus manos alrededor de mis muñecas.

–No –dije asustada y apenas con un eco de voz.

Edward me sostuvo agarrada con una mano mientras su mirada recorría la habitación. Me arrastró con él hasta donde estaba mi bata de seda y le arrancó la cinta que colgaba de la cintura para atar mis muñecas, muy apretadas, y me aventó sobre la cama. Entró al baño y en unos segundos volvió con un vaso de agua en la mano y un cepillo.

–No –supliqué porque lo que fuera que tuviera en mente–, no…

Los dejó sobre la mesita de noche y se inclinó para tomarme del pelo de mi nuca y levantarme de la cama. Jadeé, y esta vez fue de miedo. Edward estaba enojado como nunca. No me miraba, no hablaba, sólo respiraba ira.

Se sentó en la cama y me colocó sobre sus rodillas. Desesperada me removía como loca tratando de ponerme de pie, de escapar, pero era inútil; estaba muy bien sostenida por su brazo sobre mi espalda y eso era suficiente para mantenerme inmóvil. Me acomodó logrando de esa forma que mi trasero quedara libre y elevado y cuando quise decir no otra vez, vació el contenido del vaso mojando con agua helada mis desnudas nalgas.

Otro no, se quedó ahogado en mi garganta cuando lo escuché decir con una voz que me dio miedo.

–Vas a contar, Isabella, fuerte y claro.

El cepillo chocó contra mi nalga haciéndome gritar de dolor. La piel mojada y los golpes nunca han sido una buena combinación y esa era la mejor prueba. Sin poder moverme, sin poder siquiera arquear la espalda, abrí los labios y conté.

–Uno –dije valiente e inmediatamente otro golpe del cepillo chocó ardiente en mi nalga contraria. Grité de nuevo y mis labios comenzaron a temblar balbuceando el conteo del segundo azote.

–Dos.

–Te di mis razones, Isabella, y las ignoraste –el tercer azote llegó abrasante a mi nalga y tuve que contarlo…

–Tres.


–Al hacerlo me faltaste al respeto –una ráfaga caliente abofeteó de nuevo mi trasero.

–Cuatro, cinco, seis, siete golpes del cepillo fueron los que conté y sentía que mis nalgas se iban quedando sin un lugar intacto. Las sentía calientes, hinchadas, latiendo adoloridas y comencé a llorar tragándome mis lágrimas cada vez que enumeraba cada nalgada.

–Ocho –mi voz ya salía con mucha dificultad de mi garganta y mis pulmones ya no podían contener más aire. Me ahogaba con las lágrimas y la falta de oxigeno y Edward no disminuía el ritmo con el que me azotaba.

–Nueve… por favor –supliqué en un murmullo pero él golpeó con más fuerza–. ¡Diez!

Grité, pero Edward dejó caer el cepillo cinco veces más las cuales conté haciendo un esfuerzo gigante pero asegurándome que me escuchara, fuerte y claro

De pronto se detuvo y aventó el cepillo contra el tocador, rompiendo algunos frascos de perfume que ahí tenía. Me puso de pie y desató el amarre de mis muñecas. Las masajeó ligeramente y sentí que su actitud cambiaba.

–Eres mía, Isabella –murmuró roncamente–, mi sumisa, mi mujer en toda la extensión de la palabra.

Se colocó detrás de mí y acarició mi espalda con las yemas de sus dedos. Lo hacía despacio mientras la ansiedad que la incertidumbre de no saber qué más quería hacer conmigo, crecía rápidamente.

–Eso significa que me perteneces.

Me inclinó sobre la cama y me sostuve con las manos sobre el colchón. Oí que se movía detrás de mí pero fui incapaz de voltear. Rápidamente sus manos firmes inmovilizaron mis caderas y sentí su enorme erección abrirse paso dentro de mí, presionándome e invadiéndome dolorosamente a pesar de lo lubricada que me encontraba. Él se introdujo en mí profundamente, llenándome.

–Ahh –me quejé.

–¡Shhh!

Edward me poseía desde atrás, embistiéndome con fuerza, con furia. Se clavaba en mí y cada vez que lo hacía lo oía jadear. Se dejaba ir dentro de mi cuerpo con toda la potencia del suyo, con rapidez. Los embates eran veloces, profundos. Me penetraba y se retiraba, dándome y quitándome. Ofreciéndome y negándome.

–Soy tu dueño; el dueño de tus ojos, tu piel, de tu cuerpo, tus sueños, de tus deseos, tus placeres, de tus entrañas… –decía mientras se encendía una llama dentro de mí.

Yo gemía y jadeaba sin control. Lloriqueaba, gritaba. Me sostenía como podía de la cama para refrenar sus empellones, para recibirlo en mí. Con cada intromisión me llegaba al alma y en el centro de mi cuerpo se levantaba un poderoso golpe de deseo, de fuego. Su polla me empalaba haciendo crecer esa sensación. Quería dejarme ir pero Edward arremetía en mí haciendo que el choque de nuestras carnes se mezclara con mis jadeos mientras que sus dedos se incrustaban en la piel de mis caderas apretándome, manteniéndome en esa posición.

–Y vas a aprender que tu placer es sólo mío, que sólo si yo quiero lo tendrás –jadeaba con cada intromisión a mi interior–, y en este momento, no te lo mereces.

Lo escuché y sentí que una pesada loza caía sobre mi espalda. Mis brazos se vencieron doblándose sobre la cama, quedando apoyada con mis antebrazos, de pronto se inclinó sobre mí y con un brazo rodeó mi vientre; sus embistes se tornaron más salvajes cada vez y me movían haciendo temblar mis piernas, mis senos. El pecho de Edward rugía cada vez que se enterraba en mí. Ya no podía más. Iba a desfallecer. El fuego me corría por las venas enloqueciendo todos mis sensibles nervios contrayendo mis paredes.

–No.

–Tienes.

–Mi.

–Permiso.

–Para.

–Correrte.

Dijo con dificultad, entre embates a mi cuerpo. Ése era el verdadero castigo y no los azotes a mis nalgas con el cepillo.

Me retraje en un esfuerzo por obedecerlo. Endurecí mi vientre y mis puños se apretaban con fuerza sobre las sábanas dejando imposiblemente más blancos mis nudillos. Tenía que poder, debía soportar…

Edward descargaba su furia en mí con cada embiste y no cedía, al contrario, se crecía al sentirme doblegada, al sentir que me esforzaba por complacerlo. Yo resistía, mi cuerpo lo recibía. Me poseyó por minutos que me parecieron eternos al estar concentrada en su orden. Entonces empezó a disminuir el ritmo mas no la intensidad. Me pegó a él abrazándome más fuerte. Mi vientre dolía. Se contrajo y comencé a sentir sus espasmos que me llenaron de su cálido y espeso semen.

Se vació en mí. Su semilla, su ira, su posesividad, todo lo dejó inundando mi interior. Con su último espasmo, mis energías amenazaron con abandonarme. Edward no había salido de mí cuando mis rodillas se doblaron tocando la mullida alfombra. Su pecho rugió y me levantó dejándome inerte sobre la cama. Estaba extenuada. No podía abrir mis ojos pero sentí que se alejaba.

No me podía mover, tampoco quería. No podía. Edward volvió y abrí mis ojos parpadeando repetidamente. Se sentó a mi lado y el olor de la árnica llenó mis fosas nasales. No fue gentil pero tampoco brusco. Masajeó mis nalgas y contuve mis sollozos cuando el dolor se hacía más insoportable. Se puso de pie y acomodó las almohadas, al fin iba a descansar. Se agachó y recogió algo del piso… la cinta de seda.


Ató de nuevo mis muñecas, atrás, a mis espaldas, y el miedo subió a mi garganta. No iba a dejarme así, ¿verdad? Él no sería capaz…

Me colocó de lado para que mis nalgas quedaran libres y se aseguró de dejarme lo bastante cómoda para pasar la noche. Me cubrió con las sábanas y habló…

–¿Estás bien? –preguntó suavemente y suspiré aliviada. Ya había acabado todo, ahora venían los mimos y cuidados. Los necesitaba, me sentía sobre usada.

–¿Entendiste por qué fue este castigo, Isabella?

No me creía con el valor de responder sin que mi voz se quebrara.

–Si no contestas te castigaré de nuevo –me advirtió.

–Sí, lo sé, Señor –murmuré.



–Te tocaste para darte placer aunque te dije que no era tiempo, me desobedeciste.

–Lo hice, Señor.

–Ahora dormirás con las manos atadas para que no tengas la tentación de tocarte.

–No me deje así, Señor, por favor.

–Es un castigo, Isabella, y debes cumplirlo en su totalidad.

Dicho su última palabra, salió de la habitación dejándome con las nalgas inflamadas, rojas y golpeadas; con un orgasmo contenido, las manos atadas y sola en la inmensidad de esa enorme y fría cama.

***

Mis nalgas dolían. Mucho. Ardían y sentía que me quemaban. Me encontraba boca abajo y un mechón de pecho cubría mis ojos. Muy despacio subí una mano y despejé mi rostro, entonces recordé lo ocurrido la noche anterior.

Su rechazo.

Mi atrevimiento.

Mi castigo.

Me estiré con cuidado y noté que además de mi trasero, mi interior también estaba resintiendo el castigo que Edward me había propinado. Suspiré y de inmediato me miré las manos y mis muñecas parecían haber sido desatadas desde hacía muchas horas antes. No estaban marcadas, ni adoloridas; mis hombros y brazos tampoco estaban rígidos como lo estarían si hubiera pasado gran parte de la noche restringida.

Lentamente me levanté y caminé hasta el baño. Abrí la llave para templar el agua y mientras eso sucedía, busqué unos analgésicos en el cajoncito. Arrugué la nariz al sentir el fuerte olor de la árnica; penetrante y a hospital. Me estremecí y me dispuse a meterme bajo el cálido chorro.

¡Diablos!

Con suavidad, pasé mis manos llenas de jabón por mis nalgas para lavarlas. Dejé escapar libremente un jadeo y luego, noté una sonrisa de satisfacción en mi cara.

Porque sí, la noche anterior, Edward, a pesar de haberme rechazado me hizo suya y eso, era todo lo que yo quería. Sentirlo. A él, su fuerza, su cuerpo, sus deseos, sus ansias, todo, todo para mí. Mío.

Terminé de bañarme y me arreglé lo más linda que pude. Me maquillé muy discreta y dejé mi pelo suelto cayendo por mis hombros y espalda en suaves ondas. Me puse los aretes corazón de rubíes que me había regalado y elegí unos pantalones negros y la blusa negra también con los accesorios todos en rojo sangre, así como el color del labial de mi boca.

El juego había empezado de nuevo y nada me iba a detener para conseguir lo que con todas mis ansias deseaba… a Edward Cullen, mi Señor.

***

Bajé las escaleras casi sin hacer ruido. Mi plan de ataque comenzaba desde ese mismo momento, sólo esperaba que el enojo de Edward ya hubiera disminuido un poco, lo cual creía porque si no, no me hubiera desatado las manos durante la noche, haciéndome así cumplir con mi castigo.

Él estaba en la cocina, sentado, bebiendo una taza de café que él mismo se había preparado y leía el periódico. Me oyó llegar pero no despegó los ojos del papel frente a él.

–Buenos días –saludé con timidez.

–Buenos días, Isabella –respondió con frialdad.

–¿Te preparo algo para desayunar? –no se movió.

–No, tengo que salir para la oficina en un minuto. ¿Dormiste bien?

–Sí, Señor, gracias –reprimí una sonrisita.

–¿Cómo te sientes esta mañana? –me cuestionó sin quitar la vista de su periódico.

–Adolorida, Señor –reconocí algo nerviosa–. No te quedaste conmigo anoche, después de…

–Anoche no fue una sesión de juegos, Isabella, fue un castigo –me interrumpió–. No te merecías mimos, sólo los cuidados básicos que me aseguré darte. ¿Te queda claro?

–Sí, sí, Señor.

–Si mal no recuerdo, hoy es tu último día en la agencia –dijo–, me da gusto que por fin haya llegado este día –bajó el periódico y sus ojos se clavaron en mí, estrechándose al mirarme detenidamente.

Diablos.

Estaba esperando una reacción suya, algo típico de él. Que me mandara a cambiarme, a despintarme los labios y después una tunda de nalgadas, pero no dijo nada. Con el semblante endurecido más de la cuenta, se puso el saco y agarró su teléfono para encaminarse hacia la puerta. Yo lo seguí y al sentirme detrás de él, se giró, me tomó de la barbilla haciendo de lado mi cara y depositando un beso en mi mejilla.

–Que tengas un buen día, Isabella –me dio una fuerte nalgada y se marchó.

Aún estaba sosteniéndome de la pequeña mesa del hall. El dolor que se disparó por mis piernas con esa dura nalgada me obligaba a tomarme unos segundos para recomponerme.

Carajo. Ese iba a ser un día muy difícil e incómodo para mí.

***

Miraba la silla donde todas las mañanas me sentaba a disfrutar de mis maravillosas donas y mi café. Esa silla donde pasaba horas y horas desplegando mi magia, como decía Jane, y por primera vez, le tuve terror.

El trayecto desde casa a la agencia no me había resultado tan doloroso ya que gracias al cielo, el auto tenía unos muy mullidos asientos de suave y fría piel, pero esa silla… sin pensármelo mucho me senté de una buena vez. De ladito.

A media mañana, mi teléfono vibró y el tono de un gong que le había puesto a los mensajes de Edward, sonó. Lo leí con prisa.

¿Todo bien?
E. Cullen.

¿Se estaba preocupando por mí?

Todo perfecto, gracias.
B. Swan.

¿Qué pensaba?, ¿qué me iba a lamentar por el dolor en mi trasero?

Con tanto ajetreo por la entrega del proyecto afortunadamente poco fue el tiempo que permanecí sentada. Expusimos toda la campaña ante Michael Newton que había llevado a su novia, muy guapa por cierto pero algo antipática. Delgadísima, no muy alta pero aún así lucía muy bien el conjunto azul que llevaba, y no soltaba al pobre Michael.

Él preguntaba algunas dudas que tenía pero rápidamente respondimos todas sus inquietudes hasta que por fin, quedó feliz con el resultado final. Después de las felicitaciones y las despedidas con el grupo Newton’s, mis compañeros me sorprendieron con un pastel por mi último día en la agencia.

Pude mantener mis lágrimas a buen recaudo mientras me despedía de todos ellos; les había tomado mucho cariño aunque solamente había estado pocos meses en la agencia. Pero cuando empecé a guardar todas mis cosas en una caja con la ayuda silenciosa de Jane, ya no pude más.

–Mírate, Bella, parece que te vas y nunca más nos vamos a volver a ver –decía llorando también–. ¡Qué dramática soy!

–¿Perdón? –me burlaba limpiándome las mejillas–, creí que aquí la sentimental era yo.

–Coño, Bella, te voy a extrañar –me apretó más fuerte.

–Claro que no –fruncí el ceño–. Eres la voz de mi consciencia, necesitaré escucharte a diario. Además tendré que venir de vez en cuando por mis donas y mi café.

–¿Me lo prometes?

–¡Por supuesto!, pero por ahora, vámonos a celebrar a un buen restaurante.

–¿Celebrar? –me miró con ironía.

–Sí. Porque tengo muchas cosas qué celebrar hoy, Jane, anda, vamos.

Una hora después nos asignaban una de las mejores mesas en el Cecconi, un nuevo lugar italiano y muy exclusivo. Pedí una botella de Dom Pérignon y brindamos por un futuro feliz. Jane no entendía nada y yo tampoco le explicaría demasiado pero era lo suficientemente inteligente como para darse una idea.

–Está bien, está bien –decía dando manotazos–. No te voy a pedir que me digas por qué te sientas casi como una geisha ya que te veo muy contenta y creo que lo disfrutaste, pero te pido solamente que no seas muy malita con Edward, no lo hagas sufrir después.

–No va a sufrir, Jane, al contrario, va a gozarlo mucho –dije saboreando mi estrategia por anticipado.

Comimos y cuando pudimos darnos cuenta ya íbamos a empezar nuestra tercer botella. Hablamos de todo; de mi padre, de Alice, de Rose, de Edward, de Ethan… la invité a cenar con papá y con Carmen para que los conociera y también la invité a San Francisco, a su boda.

Se apuntó para ayudarme a decorar mi nuevo apartamento y quedamos para ir a verlo la semana entrante. También prometimos que sin excusas ni pretextos, comeríamos juntas una vez a la semana y que siempre, siempre, confiaríamos una en la otra.

Llevábamos horas en el restaurante y la verdad era que nos la estábamos pasando de lo mejor. Jane siempre era divertida, pero de pronto nos encontrábamos riéndonos como locas y a carcajada suelta por cualquier tontería que decía. Simplemente, todo se nos hacía gracioso.

Algo muy dentro de mí me decía que estábamos a un grado de la impertinencia, pero mientras no pasáramos de ese punto todo estaría perfecto. Nos levantamos al baño y la singular risa de Jane atraía la atención de todo el lugar. Las cabezas volteaban hacia nosotras y mi risa o mejor dicho, mis carcajadas, aumentaban conforme llegábamos a la mesa.

Vi de reojo a Dean y parecía disgustado. No me quitaba la mirada de encima y tampoco Nicholas lo hacía. Minutos después se acercó y me dijo que ya la cuenta estaba liquidada y que ya era hora de irnos.

–¿Tú también, Dean? –le pregunté molesta por interrumpirnos.

–Por favor, señorita…

–¿Tú también me vas a dar órdenes? –mi voz se oía extraña, como fuera de tiempo.

–El señor Cullen la está esperando en casa –me dijo al oído.

–El Señor Cullen –mascullé entre dientes–, seguro que está esperándome detrás de la puerta con el cepillo…

–Aquí están sus abrigos, señoritas –él y Nicholas los sostenían abiertos para nosotras y yo negaba con la cabeza.

–Si de todos modos me va a castigar, pues que valga la pena, ¿verdad, amiga? –le di un codazo a Jane que de pronto ya estaba escurrida sobre la mesa.

–¡Sí!, claro, Bella, sí –respondió despegando la mejilla de la mesa.

–Señorita, usted no quiere que el señor se enoje, ¿no es así? –me susurró y lo miré tan directo como mis ojos me lo permitieron.

–¡Ya lo está!, porque estoy segurísima que tú –clavé mi dedo índice en su pecho duro–, ya le dijiste que me la estoy pasando muy bien aquí.

Iba a ser inútil discutir con Dean, así que inmediatamente me puse de pie y sentí que alguien movía el piso bajo mis pies y antes de que pudiera tambalearme, tenía a Dean y a Nicholas a ambos lados sosteniéndome con firmeza y me dirigían a la puerta del lugar. El aire helado me pegó en el rostro e inhalé profundamente. Vi la puerta trasera del auto abrirse para mí y escuché que me llamaban.

–¡Bella!

Escuché mi nombre claramente y en fracción de segundos me vi cercada por más hombres del séquito.

–¡Bella!

Volví a oír mi nombre y como pude giré mi cara. En uno de los pocos espacios que quedaban entre los hombres que me flanqueaban, lo vi venir hacia mí, caminando por la acera.



Sin aviso alguno, fui empujada al interior del auto por Nicholas que cerró la puerta al subir a mi lado. El auto arrancó a toda velocidad y volteé la cara para ver de nuevo el rostro del hombre que me llamaba.

Su rostro sonriente me miraba mientras se hacía más pequeño conforme el vehículo avanzaba a toda velocidad. Me llevé una mano a la boca y noté que todo mi cuerpo temblaba descontrolado…












No, por favor, tú no… Jake.*










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*Nenas! De nuevo por aquí. Mil perdones por no subir el capítulo simultáneamente como siempre lo hago, pero ya estamos aquí, con nueva imagen del Blog. Quiero agradecer a todas por su paciencia. 
Y no se preocupen que el futuro de la historia NO va a cambiar por los recientes eventos y tampoco la voy a dejar incompleta. Espero que les haya gustado el capítulo, gracias por sus comentarios.
Besitoo 
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