jueves, 28 de junio de 2012

CAPITULO 34



Un diferente tipo de dolor.


El dolor que no se desahoga con lágrimas puede hacer que sean otros órganos los que lloren.

Francis J. Braceland

iPod: Rascal Flatts, I won't let go.
Maroon 5, She will be loved.





EDWARD’S POV

Edward Cullen. Un inglés de treinta y un años con unos padres ejemplares y una hermana fallecida. Me había educado en los mejores colegios de Inglaterra y era exitoso en los múltiples negocios que emprendía. Me jactaba de ser un hombre parco y duro. Exigente e intolerante a las fallas y errores. Me gustaba la perfección y me rodeaba de ella. ¿Por qué tener menos si podía tenerlo todo? Vivía un estilo de vida algo particular que disfrutaba y creía que a lo largo de los años de practicarlo ya lo había visto todo. Estaba seguro que ya nada podría impresionarme. Qué equivocado estaba…

–No, Bella, no tendrás lo que no estás dispuesta a recibir a cambio.

Mi voz declaró pesada y roncamente producto de la enorme excitación que me estaba consumiendo. Sus labios y sus dientes en mis tetillas imitaban a los míos cuando yo le daba las mismas caricias. La temperatura de mi cuerpo subía y creí que explotaría cuando bajó por mi cuerpo y con su lengua delineaba cada músculo de mi abdomen llegando hasta mi hambrienta polla, que lloraba por enterrarse en ella, con gotas que brillan en la punta y que su lengua recogió impaciente, sólo que no estaba dispuesto a seguir con ése juego de seducción.

Respiraba entre jadeos mientras la rechazaba diciéndole que no iba a tener lo que a mi me negaba; mi cuerpo estaba encendido, caliente, y tanto mis bolas como mi polla pulsaban urgentes por su liberación. El aire pesaba y sentía que su paso por mis pulmones se dificultaba haciendo más duro cumplir con mi resolución.

No.

Repetía en mi cabeza una y otra vez tratando de encontrar la fuerza necesaria para detenerme y mis alarmas se encendieron cuando la vi reaccionar al negarme a recibir algo que disfrutaba tanto como el sexo oral. No lo había planeado. El momento surgió y la oportunidad estaba frente a mí. No iba a perderla porque no sabía si la tendría de nuevo. Debía aprovechar el que Isabella al parecer sólo respondiera bajo presión y yo necesitaba saber lo que en realidad había ocurrido e impedir de una vez por todas que mi mente se siguiera llenando con suposiciones que sólo me atormentaban y me estaban llevando al borde de la locura, sólo que nunca me esperé que la presión que ejercí sobre ella la hiciera reaccionar de la forma en que lo hizo.

Isabella se alejó de mí; me miraba con una expresión de incomprensión y miedo en el rostro que casi rayaba en el terror. Se puso de pie y se encerró en el baño. Levantó un alto muro infranqueable entre nosotros y yo no veía la forma de derribarlo para poder acercarme a ella para hacerle saber y sentir que podía confiar en mí, que yo estaba ahí para ella no importara de lo que se tratara, pero, ¿cómo podía hacerlo después de mi cruel rechazo?

La escuché llorar y patear todo lo que estaba a su alcance. Podía oír su llanto de frustración, de impotencia, como la que yo sentía al no poderla consolar porque me había dejado del otro lado de esa puta y maldita puerta.

Su llanto angustioso fluctuó entre los desgarradores gritos y los casi inaudibles sollozos, y yo, del otro lado de su inaccesible muro volviéndome loco al escucharla. Era demasiado su dolor y también el mío al no saber qué era exactamente qué era lo que le estaba ocurriendo. Mis entrañas se retorcían al estarme obligando a no echar abajo esa puerta y correr a abrazarla pero sabía que debía darle espacio para que pudiera desahogarse si es que acaso era eso lo que estaba intentando hacer.

Dejé de escucharla; estaba desesperado, al punto de levantarme y tirar la puerta de una vez por todas cuando ésta se abrió. Isabella salió y pasó a mi lado para sentarse en la cama. No tuve mucho tiempo para verla bien pero no fue necesario. Mi Bella estaba rota…

Me acomodé detrás de ella pero se removió dejándome saber que no quería que la tocara. Respeté su deseo aunque su rechazo me dolió y me odié por causarle ése mismo dolor un rato antes. La llamé pero con un movimiento de su mano me calló. Entonces se acostó lo más alejada de mí posible y me quedé perplejo cuando empezó a hablar…

Nunca imaginé que mi pecho se contraería y se paralizaría al escuchar sus primeras palabras. Ella, mi Bella, iba a revelarme por fin lo que realmente le había ocurrido, sólo esperaba que todos mis miedos y suposiciones no se acercaran ni una milésima a la verdad.

Isabella empezó contándome lo ilusionada que estaba por el dichoso baile y por el perfecto chico que le haría dejar atrás a esa niña y la convertiría en toda una mujer. No pude evitar que el egoísmo me inundara al escucharla hablar con tanta emoción de los preparativos para esa gran noche en la que no sólo recibiría su primer beso sino también perdería la virginidad.

Por Dios, apenas era una niña…

No tardó mucho en alejarla de ahí, besarla por primera vez y pedirle que fuera su novia. Tampoco esperó mucho en pedirle que fuera suya y ella se rindió encantada, inocente como lo que era, sólo una niña de aún dieciséis años.

Isabella estaba de alguna manera agradecida de que el maldito bastardo la tratara bien esa noche mientras que yo, al escucharla, sentía que mi interior hervía porque él tuvo de mi Bella eso por lo que yo hubiera estado dispuesto hasta regalar mi alma al ser más bajo de los infiernos en todas mis sucesivas vidas… su pureza.

Era inútil. Mi sangre estaba envenenada de envidia que incrementó su letalidad transformándose en odio puro al ir escuchando como ése asqueroso perro llevaba a mi Bella a un hotel cada vez que se encontraban. La trató como si fuera una putilla cualquiera y lo que más me enfermaba era que ella creía que estaba viviendo un noviazgo maravilloso, que era malditamente afortunada de estar viviendo eso con ése infeliz. Y de alguna manera, eso era en efecto maravilloso a lo que en comparación, vivió después.

Como el ser vil y repugnante que era, así también lo eran sus amistades. Isabella les tenía miedo antes que cualquier otra cosa, lo percibía fácilmente al oírla hablar de lo buenos para nada, borrachos y libidinosos que eran. Para colmo, el flamante novio, le exigió comportarse mejor y soportarlos ya que ellos eran sus amigos y ella por no causarle un disgusto, aunque no le gustó la sugerencia, acató sus deseos obedientemente.

Una noche él, con unas cervezas encima, le pidió intentar cosas nuevas. Era lógico que ella aún siendo la niña que era, tuviera vergüenza de muchas cosas. En especial, Isabella no toleraba recibir sexo oral. Era mucho todavía su pudor y era entendible pero al parecer el que no podía comprenderlo era él, que enojado, la sacó del hotel y a empujones la metió al auto, pero estaba dispuesto a olvidarlo todo y le daría una oportunidad. Solamente que esa oportunidad no fue en el hotel de mala muerte sino frente a todos los bastardos de mierda de sus amigos.

Una sensación de impotencia se apoderó de mi e intenté acercarme a Isabella pero me detuve a unos centímetros de ella. Sabía que para Bella, el narrar lo que sucedió en ése lugar abandonado sería tan doloroso como para mí escucharla pero no podía detenerla. Yo mismo la había orillado a que lo hiciera y quería creer que de algún modo iba a ser como una especie de catarsis el que se soltara, que hablara como lo estaba haciendo y que quizás fuera el primer paso para ambos poder caminar hacia un mañana sin pesares detrás.

Quería creer y tener fe en que eso era lo que iba a suceder, pero al oír lo que esos infelices perros hicieron después, ya no estuve seguro de nada. Entre varios de ellos agarraron a mi Bella y la sostuvieron mientras él la despojaba de su ropa. Discutían entre ellos e Isabella aprovechó el momento para patearlo. Furioso por haberlo tomado por sorpresa le arrancó las bragas aunque ella le rogó como pudo ante su creciente miedo de que entre todos la violaran, pero fue inútil. El la forzó y tuvo sexo oral con ella ayudado por los otros hijos de puta que se reían y disfrutaban viendo como Isabella era abusada.

Mi cuerpo temblaba sin control y súbitamente sentí las arcadas subir por mi garganta. Mi mandíbula protestó al tensar mis dientes; mis manos me dolieron de repente y me fijé que era por tenerlas cerradas en puños. Mis nudillos estaban blancos y pude sentir como tronaban mis articulaciones. Estaba lleno de rabia e impotencia que aumentaba al oír a Bella revivir ése amargo momento y entre su llanto desesperado y sus sollozos inaudibles la escuché decir que logró patearlo de nuevo, provocando que incrementara su ira y atacándola como un animal, mordiendo sus muslos, dentro, fuera de ellos, sus labios, su, Dios, la había mordido ahí…

¡Iba a matarlo!

¡Iba a matarlo!

En medio de ése abominable ataque, Bella se desmayó. Cuando despertó estaba tirada sobre ése fétido colchón, desnuda y había vomitado. Comprendió que aunque tuviera un dolor insoportable lo más inteligente era salir de ahí y ponerse a salvo. Se me partió el alma cuando dijo lo que le había costado vestirse de nuevo gracias a las heridas que le había dejado ése animal. Unas horas después logró llegar al internado y mis ojos volvieron a aguarse cuando me dijo que su compañera del piso de abajo la había ayudado. No había hecho falta que dijera su nombre… era mi Liz.

Cubrí mi rostro con las manos y tragué el nudo que se estaba formando en mi garganta. Mi tiempo se estaba agotando y sabía que la hora para sincerarme con Bella también se estaba acercando. Respiré profundamente y continué escuchando por todo lo que ella pasó después. Esa noche, entre Alice, Rosalie y mi Liz, bañaron y cuidaron a Bella. Estaba tan herida que le costó varios días poder salir del dormitorio y sus amigas la llevaron apenas pudieron dejar el internado, a un ginecólogo. Por fortuna dictaminó que no había sido violada, pero si atacada despiadadamente pero esto no fue suficiente para tranquilizar a Bella ya que aún tenía una gran preocupación… no sabía si estaba embarazada.

Golpeé la pared. El sólo hecho de pensar que ése perro pudo haber dejado a Bella esperando un hijo fue lo último que necesitaba oír. Que su vientre pudiera haber albergado a su hijo me enfermó. Ése vientre que no debía guardar nada que no fuera mío, que tenía que permanecer intacto para mí…

Era… era demasiado. Todo era demasiado. Yo no estaba preparado para tanto pero había abierto la caja y tenía que hacer frente a todo lo que saliera de ella y mi deber era procurar que nunca, jamás, tuviera que vivir algo que le significara angustia o sufrimiento. Hice un esfuerzo por contenerme y entonces me di cuenta que comencé a ver todo borroso. Limpié mis ojos de las lágrimas que súbitamente aparecieron en ellos y deseé con todas mis fuerzas, más que nunca, poder controlar mi furia para poder abrazar y consolar a Isabella. Ayudarla a olvidar y olvidar yo también.

Isabella demostró ser una chica fuerte y ante todos siguió siendo aquella adolescente, sólo que más reservada. Era por las noches cuando todos los recuerdos volvían a perseguirla. Eran noches que para ella parecían no tener fin. Fue durante ése verano que no regresó a su casa por miedo a que Charlie notara algo. Ella se sentía culpable de todo lo ocurrido y fue por eso que permaneció en el internado sólo hasta que estuvieron seguras que ése hombre se iría de ahí y ella estaría a salvo de él. Alice y Rosalie no se despegaron de ella, acompañándola en todo momento y cuidándola. Tal vez ya no las odiaba tanto.

Por un buen rato, Bella lloró permitiendo que saliera todo lo que venía escondiendo desde años atrás. Dejó correr las lágrimas y aferrada a la almohada los minutos trascurrieron mientras yo trataba de contenerme para no lanzarme sobre ella. Me sentía culpable por haber traído de vuelta todos esos sentimientos dañinos para ella y en ése momento, no sabía como hacer para acercarme y ayudarla a superar lo ocurrido. No pasó mucho tiempo hasta que sus sollozos callaron; ya no hipaba y su respiración se había vuelto regular y tranquila. Se había quedado dormida ya, agotada de recordar y de llorar. Esperé un poco antes de cubrirla ya que hacía frío pero prefería que durmiera y no importunarla.

Isabella no tuvo un sueño tranquilo. Se movió mucho durante horas y sollozaba, lo más probable era que ni cuenta se hubiera dado. Empezaba a amanecer cuando la escuché gemir y suspirar. Había permanecido todo ése tiempo cuidándola, viendo como su silueta bajo el edredón subía y bajaba conforme a su respiración. De inmediato me acerqué a ella. Sabía que necesitaba tanto como yo el tocarnos, el sentirnos uno contra el otro, tener la seguridad de saber que nunca la abandonaría, que siempre estaríamos juntos. Siempre.

Volvió a cerrar los ojos y una vez que se sintió segura, se durmió de nuevo. Un par de horas después, salí con cuidado de la cama para darme un baño. Me vestí con unos jeans y una camiseta oscura y bajé al estudio para hacer un par de llamadas y cancelar todas mis juntas del día porque no pensaba moverme de su lado. Ella me necesitaba ahí y ahí estaría.

Al volver a la habitación, Isabella estaba sentada a la orilla de la cama mirándose las piernas y entre ellas también. Tenía una expresión de horror en el rostro que me alarmó. Me acerqué y me arrodillé frente a ella. Lo que me dijo me dejó sin habla… Isabella veía su piel con los efectos del ataque del miserable hijo de puta de Black. También podía sentir el dolor que las huellas del asalto le provocaron. Mi pequeña sufría y yo… no podía hacer nada más que estar a su lado repitiéndole una y otra vez que todo estaba bien y que eso ya había pasado. Que estaba sana y a salvo a mi lado.

Después del medio día, la animé para que saliera de la cama y se diera un baño. Fui a prepararlo todo y cuando volví, me quedé mirándola. Se veía tan vulnerable que fue un suplicio reprimir mi deseo de besarla; en su lugar sólo tomé su rostro entre mis manos y rocé mi nariz con la suya y toqué su frente con mis labios. Me detuve aunque no quería porque no estaba seguro de poder ser capaz de detenerme después. La llevé al baño y la desvestí despacio, abrí la puerta para que entrara a la ducha. Vi rostro relajarse al sentir el agua caliente correr por su cuerpo y me hubiera encantado entrar con ella para lavar su pelo, su cuerpo, pero ella necesitaba privacidad y ése no era el momento.

En su lugar, fui a su vestidor a buscar algo para que se pusiera con lo que se sintiera cómoda porque pensaba pasar el día con ella, acurrucados en la cama, alimentándola, consintiéndola, acariciándola, haciéndole saber que estaba ahí para lo que ella necesitara de mí. Al llevar la ropa al baño, la encontré frotándose con fuerza la piel de sus muslos. En su rostro se veía miedo, ira, impotencia, desesperación… entré rápido y le quité la esponja de las manos. Isabella peleó un poco conmigo, decía que estaba sucia y si no hubiera llegado a tiempo, se hubiera arrancado la piel. Había sido tan fuerte el shock de verse de frente con los recuerdos que tanto la hicieron sufrir, que entraba por ratos en un trance en el cual seguía viviendo los momentos posteriores al ataque.

Era un hecho.

Jacob Black era hombre muerto.

Isabella seguía sufriendo como si el ataque hubiera sido ayer y yo me iba a encargar que él sufriera de mi venganza por el resto de la suya, y por Dios que iba a hacer uso de todo el poder en mis manos para destruirlo y eso, era decir poco…

Envuelta en una toalla la cargué y la acosté en la cama. Me quedé a su lado, mojado e incómodo pero no iba a arriesgarme a dejarla sola y que volviera a tener otra crisis logrando esta vez arrancarse la piel. Me levanté después de un considerable rato en el que sentí que estaba menos tensa y fui por un calmante para darle. Me cambié y la píldora hizo su efecto en poco tiempo, el que aproveché para cambiarme y llamar al Dr. Bower.

Estaba claro que yo no iba a poder aliviar el sufrimiento de Isabella. No sabía como y esas crisis en las que aún se veía herida y lastimada me asustaban como el carajo. Él era quien sabía como ayudarla, el experto, así que no dudé en llamarlo. Cuando llegó un rato después, subí a despertar a Isabella y a ayudarla a vestir. Aún estaba un poco desconcertada, suponía que era por la píldora pero el Dr. Bower dijo que había hecho bien en dársela.

Bajamos las escaleras tomados de la mano y entramos al estudio. Al descubrir que se trataba de su doctor su cara reflejó un notorio alivio. En otras circunstancias, seguro me hubiera sentido algo celoso pero no del hombre sino del doctor que le brindaría la ayuda que yo no podía, pero no en esa ocasión. Realmente yo también me sentí aliviado de saber que de alguna manera él si podía darle un poco de paz.

Quise quedarme a su sesión, lo pedí, pero el doctor creyó más conveniente continuar con el tratamiento como lo habían estado llevando. Apreté los dientes, molesto por sentirme excluido y aunque lo entendía, no podía evitar sentirme así. No iba a quedarme todo el tiempo que estuvieran ahí dentro, sentado esperando saber qué pasaba. En vez de eso, subí a arreglar la habitación que estaba algo tirada. Me tomé mi tiempo y cuando había transcurrido una hora aproximadamente, bajé a esperar que saliera el doctor.

Cuando se fue, Isabella estaba visiblemente más tranquila. Cenamos y sonreí al verla comer con hambre. Limpiamos y subimos a cambiarnos. Le puse una pijama mía porque sabía que le gustaban y quería que estuviera lo más cómoda posible. Mientras la desvestía admiré su cuerpo y su piel… impecable. Respiré y me controlé porque la ira fue más fuerte que mi deseo esa noche.

Esa noche, pese a haberse quedado tranquilamente dormida, a las pocas horas empezó a gritar por una pesadilla. Estaba angustiada y lloraba. La desperté y al verme se abrazó con más fuerza a mí, sorprendida de que no me hubiera ido. ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Jamás me separaría de ella!

Ya no pude dormir esa noche. Mi cabeza estaba llena de miles de cosas en qué pensar y mi atención no podía centrarse en una sola por más de un minuto. Tomé mi reloj y vi que aún era muy temprano. Isabella dormía tranquila y decidí bajar a quemar un poco de mala energía al gimnasio. Tras un rato de estar corriendo en la cinta pude ir ordenando mis ideas por orden de importancia al menos para ése día.

Primero que nada, tenía que llamar a Carmen y a mi madre para que acompañaran a Isabella. No quería que estuviera sola durante el día y ellas eran perfectas para distraerla porque yo, aunque deseaba con todas mis fuerzas quedarme a su lado, tenía que ir a la oficina. Era hora de empezar a hacerme cargo de la situación que había mantenido en espera pero con lo que ya sabía, era sencillamente imposible que permaneciera sin mover un solo dedo.

Consideré que ya había quemado bastantes energías y subí. Un delicioso aroma a café llegó hasta mi nariz y apuré mi paso, quería estar listo lo más rápido posible para desayunar con mi Bella ya que había salido de la cama y seguramente estaba preparando algo que me gustaba. Esa era una excelente señal. Estuve listo y al entrar a la cocina no pude ocultar mi admiración al verla. Estaba impecablemente vestida y se veía hermosa sólo que mi alegría se esfumó cuando me dijo que si estaba vestida y arreglada así, era porque iría a trabajar a la puta agencia.

Estaba encabronado. Ella me había dicho que ya no trabajaría, que lo hacía por mí. Estaba feliz, confiado en que se quedaría en casa, primero que nada cumpliendo con un deseo mío y segundo… permaneciendo lejos de los ojos del puto de mierda de Black. Pero no, nunca era tanta mi suerte y esa era otra prueba más.

Me mantuve lo más calmado que pude aunque se me retorcían las entrañas mientras escuchaba sus razones para no dejar de una vez por todas su trabajo pero algo debía reconocerle y eso era su sentido de responsabilidad y lo profesional que era. Otra, hubiera estado tan feliz de ya no tener que trabajar y de tener todo lo que deseara que no le hubiera importado avisar y mucho menos se hubiera preocupado por dejar una buena impresión a sus jefes, ¿para qué hacerlo si ya lo tendría todo?

Pero no mi Isabella. Ella era todo menos una irresponsable y tomando en cuenta que no le hacía falta trabajar, el que no quisiera irse como una desagradecida hablaba excelente de ella. Si. Mi mujer era todo menos lo que yo hubiera dado por sentado y eso, me fascinaba con locura aunque tal vez no en ése preciso momento.

Para mí, que creía que era un hombre que ya había perdido la capacidad de asombro, el que Isabella llegara a mi vida era como una bocanada de aire fresco, oxigeno en su más puro estado. Con ella estaba viviendo cosas que nunca antes había experimentado pero no porque me rehusara. Era tan sólo que ella no había aparecido en mi vida. Ahora lo tenía todo, ¡todo! y no iba a permitir que nada ni nadie amenazara con despojarme de nada, mucho menos de Isabella y de su felicidad, que era la mía.

Renuente, accedí a que cumpliera con lo que quería. Por fortuna mis hombres ya estaban informados sobre Black y estarían pendientes de cualquier movimiento extraño a su alrededor. Tenía que prevenir cualquier situación que pudiera darse con ése perro y para eso debía estar siempre un paso más adelante que él. Lo que si era un hecho, era que a Isabella no iba a gustarle nada el tener más seguridad pero tendría que ceder, justo como yo lo estaba haciendo con lo de su trabajo.

Por más que fingiera no estar molesto no podía. Aunque deseé más que nada poner una mejor cara para que se fuera feliz y tranquila a la agencia, fingir no era lo mío. Me sentía mal después de todo lo ocurrido en las últimas horas, no quería que se fuera con un amargo sabor de boca por mi culpa pero no podía evitarlo. Me quise golpear por estúpido pero para cuando estaba reflexionando en eso, ya me encontraba bastante alejado de mi propiedad rumbo a la oficina.

***

Sentí claramente como se expandía una sonrisa en mis labios. Ése sentimiento de satisfacción que conocía muy bien y que se apoderaba de mí cada vez que obtenía algo que quería, empezaba a efervescer en mi interior. Había llegado a la oficina presionando a mis hombres. Necesitaba tener en mis manos todas las pruebas para acabar con Black de inmediato y ellos me habían recibido con nueva información que iba a ser el fin del tal Jake Black.

–¿Qué tan seguros estamos de esto?

–Absolutamente seguros, Edward – Wilkinson no ocultaba su alegría –. Ya sabes que al principio sólo teníamos los datos para una denuncia laboral pero ahora, tienes en tus manos todo para hacer con él lo que quieras.

–Han hecho un buen trabajo – reconocí.

–Todo está perfectamente planeado, a nosotros nos fue muy difícil dar con esto. El tipo no es ningún tonto y estamos seguros que no está solo en esto; se necesita de mucho más que sólo un tipo inteligente para llevar a cabo algo de tal magnitud – Ronan se detuvo, pensativo.

–Y eso, mi apreciado Ronan, es increíblemente bueno para mí – una sonrisa de perversa satisfacción se instaló en mis labios.

–Entonces creo que cuando leas lo nuevo que los abogados han encontrado, estallarás de júbilo.

–Oh, ¿hay más? – la ironía inundó mis palabras y al ir leyendo los reportes, mi pecho iba inflamándose con una rabia que muy pronto iba a extinguirse cuando viera al infeliz de Black, revolverse en su propia mierda porque eso, iba a ser su puto fin –. Hay que empezar a estructurar las denuncias, no quiero perder ni un segundo más. Quiero enterrar a Jacob Black hoy mismo.

***

Jacob Black estaba perdido.

Ése era un hecho que me tenía excesivamente feliz. Con lo que mis hombres habían encontrado hacía unos días tenía y me sobraba para mandarlo de vuelta a su casa con menos de tres euros en la bolsa, pero después de enterarme de lo que realmente ése hijo de puta le hizo a Isabella, yo quería acabar con él, borrarlo de la faz de la tierra y con esta nueva información en mis manos estaba muy cerca de poder hacerlo.

Pero… ¿sería suficiente?

Isabella siempre viviría con ése maldito recuerdo, aunque superara el hecho, siempre estaría ahí presente. Tal vez haciéndole menos daño pero nunca podría borrarlo de su memoria. Podría revivir esa amarga experiencia con tan sólo cerrar los ojos y traerla de vuelta en cualquier instante. Era una penitencia infinita que pagaría por el resto de su vida y sin tener culpa de nada.

No.

Nada sería suficiente nunca.

Y si mi mujer tenía que vivir con eso, él también lo haría.

–Señor Cullen – la voz en modo de asistente de Katie me volvió a la realidad.

–Dime.

–El señor Swan está aquí.

–Hazlo pasar.

Me puse de pie y me acerqué a la puerta para recibirlo. Me extrañó su visita y estaba seguro que era algo de índole más personal porque de otra forma, hubiera bastado con una simple llamada telefónica.

–Charlie – lo saludé con un apretón de manos. No estaba equivocado. Algo pasaba con él ya que su semblante de hombre fuerte y duro se había ido dando paso a uno deprimido y apesadumbrado.

–Hola, Edward, siento molestarte aquí pero…

–Por favor, siéntete en confianza de venir cuando quieras – lo invité a sentar en la sala de mi oficina mientras yo hacía lo mismo –. Sólo espero que no hayas venido hasta aquí para quejarte de algún mal servicio del hotel – bromeé para aligerar su humor y lo logré, medianamente.

–No, todo está perfecto y creo que me estoy acostumbrando a no trabajar – esbozó una ligera sonrisa –. Lo que me trae aquí, Edward, es… la enemistad que hay entre mis chicas. Yo… no entiendo como es que de la noche a la mañana ya ni siquiera pueden sentarse en una mesa, no se miran, no se hablan y…

Se detuvo. Se llevó una mano a los ojos en una auténtica señal de frustración. El hombre verdaderamente sufría por las chicas; se veía que significaban mucho para él y el que no se llevaran le causaba una gran pena.

–Yo lo siento mucho por Isabella – dije bastante serio –. Sé que sufre por no tenerlas a su lado como antes pero debes saber Charlie, que las que provocaron todo este problema fueron ellas. Tú sabes que tu hija no es rencorosa pero tampoco es ninguna tonta y si ahora ha tomado esa postura ha sido obligada por ellas.

–Alice y Rose me han contado lo que pasó y creo que mi hija ha exagerado un poco – fruncí el ceño, enojado por la omisión de culpa que convenientemente habían hecho ése par.

–¿Un poco? – bufé – ¿Te contaron como la trataron cuando se enteraron que ella tenía una relación conmigo?, ¿qué aún así les pidió perdón por no haberles contado nada desde un principio? – me incliné un poco hacia él –. Eso es algo personal, Charlie, y me parece muy egoísta de su parte el rechazarla de esa forma por guardarse cosas que son íntimas para ella.

–Ellas están arrepentidas y se sienten muy mal… han llorado pidiéndole que las perdone.

–¿Se sienten mal por haber corrido a Isabella cuando ella fue a pedirles perdón?, ¿están arrepentidas por haberla humillado cuándo fue a rogarles?, ¿lloraron desconsoladas como lo hizo Isabella por varias noches? – hablaba iracundo sin creer que sobre todo él fuera a pedirme ayuda, porque quedaba claro que para eso estaba él ahí. Levantó la mirada y sus ojos parecían brillar.

–¿La humillaron? – preguntó con un hilo de voz y yo asentí.

–No me parece, Charlie, que después de todo lo que Isabella sufrió ellas crean que sólo por unas lágrimas y un perdón avalado por ti todo quedará olvidado.

–Yo no puedo permitir que mi familia se diluya de esta forma, yo tengo que hacer lo que sea necesario para mantenerla unida. Habla con Bella, ella te escucha y si tú se lo pides…

–No – casi gruñí –. No puedo hacer eso. Sería como hacer lo que tú en esa comida tramposa que le tendiste. No fue honesto de tu parte.

–Sé que no estuvo bien – admitió.

–Pues no le has llamado para disculparte, ¿o si?

–Me da… vergüenza.

–Ella no va a rechazarte.

–Ya lo hizo una vez, ¿recuerdas?

–Obligada por las circunstancias – enarqué una ceja –, tampoco lo olvides.

El hombre se cubrió la cara con las manos y casi pude oírlo sollozar. Sentí pena por él y baje la guardia. Era el padre de la mujer que amaba y al menos, si no lo apoyaba, en su contra no iba a estar. Suspiré pesadamente.

–No voy a hablar a favor de ellas, ni tuyo, lo único que haré será mantenerme a su lado y tratar de ser lo más objetivo posible. No puedo prometerte más, Charlie. Para mí, primero está Isabella y si ella no quiere un acercamiento, no lo habrá, yo no la obligaré a nada.

–Entiendo – dijo tratando de calmarse –. Quiero, quiero reunirme de nuevo con ellas, ¿tú crees que será posible hoy mismo?

–No esta noche. Ella ha estado un poco… indispuesta… – no estaba seguro de haber usado la palabra correcta para definir exactamente por lo que Isabella estaba pasando.

–¿Indispuesta?, ¿mi hija se encuentra bien?, ¿está enferma? – me miraba preocupado.

–No, Charlie, ella está bien – mentí –. Le diré lo que quieres y en base a lo que ella decida, tendrás tu reunión.

Charles Swan salió un poco más animado de mi oficina. El hombre se había ido con una esperanza y se aferraba a ella como si fuera su última oportunidad, y tal vez lo era.

***

Por la noche volví a casa deseando ver a Isabella y abrazarla fuerte. Pese a tener el poder para vengarme de Black y hundirlo en la más infame de las miserias, mi reacción esa mañana con Isabella al decirme que terminaría su compromiso en la agencia, no me dejaba disfrutar de mi victoria con anticipación.

Ella había dado un paso más hacia mí, presionada o no, pero había puesto mucho más que sólo su confianza al hablarme de lo que le había ocurrido. Y ciertamente yo tampoco no lo estaba pasando muy bien con toda su confesión porque no era ningún tonto y sabía que se había abstenido de decirme ciertas cosas que a esas alturas, ya no estaba seguro si me beneficiaban o todo lo contrario.

Ansioso, entré a la casa y un delicioso aroma flotaba en el ambiente. Mi estómago respondió al olor y gruñó hambriento. El incómodo sentimiento de arrepentimiento que me había acompañado durante todo el día me había impedido comer bien.

Isabella era increíble. Cada día que pasaba me demostraba la gran mujer que era y la fuerza que a impulsaba a no dejarse vencer por nada. Aunque no tenía ninguna culpa por mi exabrupto de esa mañana, había llegado después de trabajar todo el día, a cocinarme la cena. Estaba dispuesta a complacerme y a tenerme satisfecho de cualquier manera, ¿cómo no amarla cada día más?

Sonreía y negaba con la cabeza mientras me lavaba las manos bajo el grifo de la cocina. Ella no estaba por ahí pero la mesa estaba impecablemente puesta con dos copas y una botella de vino que me apresuré a abrir, empecé a servirlo cuando ella apareció mirándome algo tímida desde el umbral de la puerta.

–Huele muy bien – recuerdo decir antes de que pasara a mi lado y la abrazara fuertemente como había deseado hacerlo durante todo el día. Me perdí en su olor, en su calidez y en la suavidad de su piel. No me percaté del tiempo que la sostuve entre mis brazos, sólo supe que no podía resistirme a probar sus labios de nuevo. Tan dulces, carnosos, húmedos… un gemido escapó de sus labios y tuve que detenerme. Ella no estaba lista para seguir adelante, no todavía y yo debía mantener a raya mis pensamientos y mi deseo.

Cenamos tranquilos. Platicando o mejor dicho, preguntándole todo acerca de su trabajo para saber cuando la tendría en casa para mí solo. Al terminar recogimos juntos todo y fuimos al estudio donde Isabella se apresuró para servirme mi copa de brandy.

Acostada en mi regazo, acariciaba su suave cabello. Se deslizaba entre mis dedos, sedoso, brillante y oscuro. Era tan hermoso como la línea de su mandíbula y sus rosadas mejillas, pasaba mis dedos también por sus labios cuando la escuché darme las gracias. Intrigado, le pregunté porqué me agradecía…

–Por… sólo sostener mi mano sin hacer preguntas.

Dijo conmovida y me maldije porque no tenía idea de lo remotamente lejos que se encontraba de tener razón. Yo no tenía la menor intención de quedarme de brazos cruzados dejando a esa escoria salir impune de sus actos. No iba a hacerlo aunque bajara el mismo Dios y me lo pidiera. Eso nunca pasaría y así yo me fuera directo al infierno, haría pagar en este mundo a Jacob Black por haberse atrevido a poner los ojos sobre mi mujer.

–Isabella, yo sólo te estoy dando el tiempo que necesitas – traté de decir lo más calmado posible aunque mentía –, porque yo tengo que saber todo acerca de ése infeliz bastardo. Tú sabes que no me voy a quedar tranquilo después de todo lo que te ha hecho ése maldito enfermo. Yo necesito más, tengo muchas preguntas, Isabella.

–No, Edward, olvídalo por favor…

–No puedo, Bella.

–Te lo suplico – me pidió angustiada.

–No me pidas eso.

–Si. Lo hago porque no quiero que luches mis batallas. Esta es mía y sólo yo voy a lidiar con ella, entiéndeme… – su rostro comenzó a enrojecerse.

–¿Y cuando vas a entender tú que no estás sola? – grité asustándola –. Ya no eres aquella Isabella Swan que no tenía a nadie que viera por ella, ahora eres mía, me perteneces… Yo soy quien debe dar la cara por ti, quien debe enfrentar todo por ti.

Empecé a dar vueltas por el estudio que de pronto sentí que se cerraba sobre mí. Me ahogaba, me desesperaba y no sabía si era por lo que Bella insistentemente me pedía o por el lugar que se hacía cada vez más pequeño a mi alrededor.

–Me dijiste que querías que estuviera tranquila, que me querías fuerte, pero no podré estarlo sabiendo que sólo lo tienes a… él… en la mente cuando yo lo único que quiero es borrarlo de la mía. Que el acabar con él ocupará todos tus pensamientos y a mí me dejarás a un lado porque ése será el objetivo en el que centres toda tu atención y yo… yo no podré soportar que de nuevo él borre de tajo toda la felicidad en mi vida.

Dios… la miré fijamente a los ojos, que bien me conocía. Y entre mi asombro, no sabía si estar feliz por eso o lamentar que pudiera leerme tan claramente. Exhalé. Tampoco sabía como hacerle entender que lo que me pedía era imposible, que no habría poder alguno que me hiciera abandonar mi más que justificada causa, simplemente porque no era justo y además porque ya era un hecho.

–Yo… sólo sé que no podré vivir tranquilo sabiendo que ése bastardo está ahí afuera viviendo una vida feliz, esa vida feliz que te robó y que deberías estar viviendo plenamente conmigo. Sin recuerdos tormentosos, sin angustias, sin nada que nos quite ni un poco de la felicidad que nos merecemos, Bella.

–Edward… yo…

–Dime su nombre, Isabella, dímelo…

Isabella se tensó, congelándose en el acto. Su rostro expresaba dolor y miedo. Sus manos comenzaron a temblar y me arrodillé frente a ella para tomarlas entre las mías pero ahí estaba yo, inconforme como era, me encontraba exigiéndole a Isabella que me dijera el nombre del infame hijo de puta que le había destruido la vida. Quería escucharlo de sus labios así como había escuchado los te amos que dieron un vuelco a mi corazón, quería que me lo dijera de frente aunque yo ya lo sabía muy bien y no era por un mero formalismo. Yo de alguna manera necesitaba la aprobación tácita para destruir a ése perro y el oír su maldito nombre salir de su boca, para mí lo iba a ser. Era todo lo que requería para de una buena vez borrarlo de nuestras vidas y dejarlo incapacitado para que siquiera volviera a levantar la cara hacia el mundo, hacia nadie.

–Él… él no es nadie…

–Pues entonces un don nadie nos vino a joder la vida – el tono amargo en mi voz era evidente.

–¿Nos? – preguntó con fingida ironía.

–Si crees que no me duele lo que te hizo, que no me duele ver como aún te afecta y que ése maldito hecho aún rige tu vida, entonces no estás convencida de lo que siento por ti porque yo, me vuelvo loco cada vez que me acerco a ti de esa forma en la que te estremeces y no precisamente de placer sino de miedo…

Dejó escapar un penoso sollozo y me acerqué a ella antes de que se lanzara sobre mí.

–Yo… lo siento, Edward – las palabras chocaron contra la piel de mi cuello –, lo siento pero prefiero olvidar su nombre y olvidarlo a él.

–Sabes que tarde o temprano lo averiguaré, ¿verdad? – pasaba mi manos por su espalda, tranquilizándola –. Es sólo cuestión de tiempo, Bella…

–Me voy a la cama – dijo separándose y haciendo caso omiso de mis palabras –. Estoy cansada.

–Vamos – dije resignado. Al menos por esa noche iba a ser imposible sacarle ése asqueroso nombre pero y si nunca lo hacía, tampoco me iba a quedar cruzado de brazos esperando porque ella se decidiera a dar el último paso para acabar con él. Yo no era tan paciente.

La ayudé a levantarse y sosteniéndola por la cintura, subimos a nuestra habitación. Al llegar se dejó caer sobre la cama y mi corazón se oprimió. La vi triste, deprimida, sin fuerzas y sin ganas de nada. Yo era el responsable de derribar la fortaleza que estaba intentando tener y lo sabía porque la Isabella animada que estaba tratando de seguir adelante con su vida, con nuestras vidas, no era la misma que veía en la cama con la mirada perdida.

Fui a buscar otra de mis pijamas para Isabella y al volver la llevé al baño y le di el tiempo suficiente para cepillarse los dientes y lavarse la cara. Volteó hacia mí cuando terminó y muy despacio comencé a quitarle la ropa. Bella era una muñeca en mis manos que se dejaba hacer sin protestar. En menos de dos minutos la tuve desnuda entre mis brazos y aunque mi cuerpo era plenamente consciente de su desnudez, el ver sus senos firmes y turgentes, su piel hermosamente pálida, el vientre plano que adoraba acariciar y besar y esas piernas que guardaban celosas el perfecto lugar en el que me dejaba ir, no reaccionó como el desesperado y salvaje animal siempre sediento de ella.

Parecía y sentía que por primera vez, había una conexión entre mis deseos y mi razón, y mi cuerpo la comprendía, la aceptaba y la obedecía.

Terminé de ponerle mi pijama y la llevé de vuelta a la habitación; quité las almohadas y cojines extras y sostuve las sábanas y el pesado edredón mientras ella se acomodaba para que la arropara. Me desvestí y tiré mi ropa en una silla, al mirarla de nuevo, estaba con la cara hundida en mi almohada. Me llenó el instinto de protección y quise abrazarla y besar su pelo hasta que se quedara dormida en mis brazos y velar su sueño. Rápido me coloqué junto a ella y la abracé. Bella instintivamente se acomodó en mi pecho y maldije dentro de mí.

No.

No era posible siquiera que existiera la más mínima posibilidad de que no acabara con esa inmunda rata. Había lastimado a mi mujer, le había, ¡nos había jodido la vida! Porque no había ni una jodida manera en la que yo fuera feliz si ella no podía serlo.

Pronto sentí su cuerpo yacer inerte entre mis brazos, mientras mis pensamientos me golpeaban sin piedad haciéndome pasar por un sinfín de sensaciones. Ya fue muy entrada la madrugada cuando logré conciliar el sueño y cuando eso sucedió, ya había tomado algunas decisiones importantes.

Abrí con un poco de pereza mis ojos y el primer sentimiento que me embargó esa fría mañana fue el de culpa. El día anterior no había estado exento de emociones de todo tipo y con lo saturada que estaba mi cabeza tanto de recuerdos de lo ocurrido en el transcurso de los días pasados y la discusión que habíamos tenido Isabella y yo por la identidad de esa basura, que preferí no comentarle nada acerca de la visita de su padre en mi oficina. Estaba cansado y no tenía ánimos de discutir sobre eso.

Isabella se removió y enterró el rostro en mi pecho, pero se retiró de inmediato frunciendo la nariz por las cosquillas que le habían causado los vellos en mi piel. Su nariz paradita se arrugaba y sonreí al ver un poco de inocencia aún en su cara. Una inocencia que ése maldito había empezado a borrar de su rostro y que yo estaba terminando con su trabajo cada día que ella pasaba conmigo. Sacudí mi cabeza para apartar esos remordimientos y seguí admirando lo hermosa que era. Despertó y al verme sonrió. Elevó su rostro y me besó en los labios.

–Buenos días – la apreté y la mecí entre mis brazos. No quería soltarla.

–¿Dormiste bien? – ella asintió.

–Bella, anoche no te dije pero – dije suavemente besándola en el tope de su cabeza –, tu padre estuvo ayer por la mañana en mi oficina.

Ella levantó el rostro y me miró bajo la luz que apenas alumbraba la habitación.

–Él… ¿está bien? – tragó en seco algo angustiada –. Me he olvidado de papá, yo…

–Hey, shh – coloqué mis manos a ambos lados de su cara –, mírame, él está bien, tranquila.

–Pero, entonces, ¿porqué fue a verte a ti y no a mí?

–Está apenado contigo. Tiene miedo que lo rechaces y además porque… – inhalé –… fue a pedirme que interceda por él.

–No entiendo – se sentó y giró un poco su cuerpo para mirarme.

–Charlie quiere terminar con las diferencias entre las chicas y tú. Quiere que yo hable contigo para convencerte de aceptar otro encuentro con ellas y que de una vez por todas se arreglen y olviden todo, pero le dije que esa era tu decisión y que yo no trataría de convencerte de nada – se quedó pensativa por un momento.

–¿Tú que harías? – preguntó de pronto con seriedad en su semblante.

–Aquí no se trata de lo que yo haría sino de lo que tú desees, amor. Ya sabes lo que yo opino de ellas, creo que contigo se portaron como las más egoístas… – me ahorré la grosería –, pero también tomo en cuenta lo que han vivido juntas y como se han apoyado y… y creo que si no te sientes capaz de olvidarlo todo como quiere Charlie, estás en todo tu derecho, Bella.

–Jane dice que lo hicieron por miedo al ver que ya no las necesitaba y que podía decidir por mí misma mi vida.

–Y creo que tiene mucha razón, prefirieron alejarte de sus vidas antes de que tú las alejaras a ellas.

Volvió a recostarse en mi pecho y durante un rato permaneció muy callada. Trazaba dibujos sobre mi pecho y yo hacía esfuerzos sobrehumanos por no reaccionar a sus inocentes caricias hasta que por fortuna apoyó las manos en mi tórax y me miró con un brillo en los ojos.

–Voy a hablar con papá.

***

Estaba retrasado gracias a Isabella y al buen humor que repentinamente se apoderó de ella después de enterarse que su padre quería verla. No me dejaba salir de la cama y yo no me opuse. Permanecimos solamente acostados hablando de tonterías y de algunas cosas importantes, como su nuevo apartamento, el cual le sugerí empezara a pensar en decorarlo. También jugueteamos un poco sin que las cosas llegaran a un punto sexual. Era demasiado pronto para pensar en eso después de todo lo que se había removido en su interior. Sin embargo, para mi sorpresa, disfruté mucho de esos arrumacos matutinos que eran nuevos para mí.

Caminaba por el pasillo y borré automáticamente esa sonrisa de mi rostro. Entré deprisa a la sala de juntas donde ya me esperaban todos mis hombres de confianza. Varios de ellos tenían cara de satisfacción, otros de preocupación y unos sólo fruncían el ceño. Saludé sin ceremonias y me senté en mi silla de cuero negro a la cabeza de la mesa.

Por espacio de una hora escuché los reportes que arrojaban las investigaciones hechas por ellos y que discutíamos en conjunto cada día para tener listo el plan de ataque en contra Black y su gente. Perkins hizo su aparición antes del medio día con nueva información. Dicha información me había tomado desprevenido ya que honestamente, había subestimado al hijo de puta de Black pero a la vez, dando gracias a Dios por haber alejado a Isabella de él a tiempo aunque hubiera dado lo que fuera para que ella no hubiera sido la única en tener esa oportunidad.

El reciente descubrimiento nos obligaba a replantear el avance contra Black&Motors pero aunque valía la pena, estaba desesperado y muy ansioso por caer de una buena vez sobre Black. Sólo tenía que practicar una virtud que no estaba en absoluto arraigada en mí… la paciencia.

Por la tarde, Isabella me llamó para decirme que iba a cenar con su padre. Tenían muchas cosas de qué hablar antes de reunirse con Alice y Rosalie. Bella estaba siendo más precavida y menos ingenua, estaba abriendo los ojos y si ése despertar hubiera estado acompañado de un poco de malicia hubiera estado mucho mejor.

Revisaba los últimos puntos del contrato de los terrenos que Emmett me había enviado para nuestro próximo proyecto. Los miraba sin ver. No estaba concentrado porque mi cabeza estaba a kilómetros de ahí pensando como siempre, en mil cosas a la vez. Mi teléfono volvió a sonar y era mi madre. Quería vernos, invitarnos de nuevo a su casa pero no quería forzar a Isabella a seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Recordar todo seguramente le había tocado fibras que solamente el tiempo y la tranquilidad le ayudarían a sanar y aunque ella estaba poniendo mucho de su parte, lo último que haría sería presionarla de más. Iría al ritmo que ella me marcara.

Terminé la llamada con mi madre y me quedé mirando el teléfono.

¿Estaría haciendo lo correcto para ella?

Enseguida lo tomé y marqué. Miré mi reloj. Me puse de pie, tomé mi saco y salí de la oficina. Mi auto ya me esperaba abajo; subí a él y conduje hasta donde tenía mi cita…

–Soy Edward Cullen.

La mujer me miró y una sonrisa llena de intención que conocía muy bien se dibujó en su cara. Se puso de pie enderezando su espalda, lo que hizo que sus pechos se levantaran.

–Pase por aquí, señor Cullen, sígame – dijo mientras sus caderas se movían insinuantes delante de mí tratando de verse elegante. Falló.

–Señor Cullen – el hombre saludó al verme y me acerqué para darle la mano. Señaló un sillón que se veía muy cómodo pero opté por la silla frente a su escritorio.

–Dígame – se acomodó en la suya –. ¿Qué puedo hacer por usted?

–Quiero que me ponga al tanto de la situación de Isabella.

El Dr. Bower frunció el ceño mientras se acomodaba en su silla – Usted sabe bien que no puedo discutir sobre su caso, Edward.

–Usted no entiende, tengo que saber qué tan bien o mal se encuentra – dije con firmeza.

–Ella estará bien – me aseguró.

–No es suficiente – enarqué una ceja –. Necesito que me diga si…

–Isabella es quien toma las decisiones aquí – me interrumpió calmadamente –. Ni usted, ni yo, ni nadie más. Ella es la única que conoce sus tiempos, sus deseos y sus capacidades. Crea en ella, Edward, confíe en ella.

–Lo hago – el hombre enarcó una ceja.

–Sin embargo hay algo que lo tiene intranquilo – me removí incómodo en la silla bajo su escrutinio –. La respuesta que busca no la encontrará en los demás. Nadie puede realizar su propio trabajo, Edward, eso sólo le corresponde hacerlo a usted.

Me puse de pie como impulsado por un resorte. Bower podía ser el mejor psiquiatra de todo Londres pero conmigo se equivocaba. ¿Hacer mi trabajo?, ¿de qué rayos hablaba?

Salí del impoluto consultorio deprisa y molesto. No me gustaba que la gente me analizara y mucho menos que pensaran que podían leerme, como lo había hecho Bower unos instantes atrás. Me obligó a salir de ahí sin la respuesta que había ido a buscar sobre Isabella.

Aún era temprano para ir a casa. Isabella estaría todavía cenando con Charlie y yo necesitaba un trago, o tal vez dos… llamé a Emmett pero su teléfono me respondió que estaba fuera de área y Jasper, ése se había vuelto tan ilocalizable que ni siquiera intenté dejarle un mensaje de voz. Me dirigí solo al bar de siempre y después de varios tragos, aburrido de beber sin compañía, me fui a casa.

Ella ya estaba ahí. Debía haber llegado desde al menos una hora antes aproximadamente y con seguridad, ya estaría dormida con el día tan ajetreado que suponía había tenido. Entré a mi estudio y me serví otra copa; me dejé caer sobre el sillón y con el control remoto encendí el sistema de sonido. Necesitaba oír algo, lo que fuera, para evitar sentirme tan solo.

¿Solo?

Bufé. Si, me sentía solo y me sentía así porque sabía que el estarle ocultando algo tan importante a Isabella, abría una brecha entre nosotros que se hacía más ancha con cada instante que pasaba y yo no le confesaba nada, dejándome del lado más desolado de ésta.

El lado más desolado y el que me hacía sentir el más culpable también porque ella había tenido las agallas de abrirse a mí, de desnudar su alma y sus miedos mientras que yo, por miedo me callaba.

Si. Era miedo. Miedo de que no comprendiera mi silencio, mi proceder… eran tantas cosas que me habían obligado a permanecer callado que ya no recordaba muchas de ellas.

Si, Edward Cullen, ella es más valiente que tú y te ama… ¿la mereces?

De un trago me tomé lo que quedaba en mi vaso y con pesadez me levanté del sillón. Subí las escaleras y al entrar a la habitación ella no estaba ahí, la cama seguía intacta y no había ropa suya por ningún lado. Casi corriendo fui a su antigua recámara y todo el alcohol que había ingerido se evaporó de mi organismo al ver que tampoco se encontraba ahí aunque sí su bolso y la ropa que esa mañana vestía. Respiré de nuevo y salí buscándola por cada habitación hasta que llegué al cuarto lila. Isabella dormida junto a la puerta del cuarto de juegos, estaba hecha un ovillo en el suelo frío y sólo una bata de seda negra cubría su cuerpo.

¡Maldita sea!

¿Necesitaba acaso encontrármela así para sentirme más culpable?

Como siempre, sólo mis problemas me parecieron más apremiantes y olvidé que ella llevaba una carga más pesada que la mía. Que mi culpa se podía diluir fácilmente con un perdón pero la suya la llevaría grabada en la piel y en el alma por siempre y aún así, dejaba sus miedos de lado y luchaba. Esa era Isabella Swan… mi Isabella.

Me arrodillé y con mucho cuidado para no despertarla la levanté pero al sentir mis brazos bajo su cuerpo, rodeó mi cuello y me susurró muy suavemente…

–Por favor, Señor, lo necesito…*


*


*


*


Gracias a Isita María. También a Lethy, Coudy, Loys y Nani (gracias por dejarme robar algunas de tus fotitos), las quiero. A las nenas del Facebook y por supuesto a ustedes que siempre me dejan su comentario Kinky… Gracias.


Besitoo





martes, 12 de junio de 2012

CAPITULO 33

Dejando atrás los secretos.

La confianza ha de darnos la paz. No basta la buena fe, es preciso mostrarla, porque los hombres siempre ven y pocas veces piensan.

Simón Bolívar


Ipod: Jewel, fading
U. Penn Off the Beat, Loosing my Ground.



BELLA’S POV

–Era… era el baile de fin de cursos y… y yo…


Mi voz se quebró.


–Yo sólo tenía dieciséis años…

La sal de mis lágrimas se estancó en mi garganta, me obligué a tragar y continuar. Tenía que hacerlo, ya no quería cargar con ése recuerdo que mortificaba mi alma cada vez que asomaba de donde lo tenía escondido. Por más que lo ignoré, por más que intentara borrarlo de mi memoria, aparecía cuando menos lo esperaba para joderme de nuevo la vida, como un aviso para que no olvidara que no estaba limpia y que tenía un sucio secreto que me acompañaría hasta que diera mi último respiro.

Pero era mi oportunidad y no podía dejarla pasar. Mi corazón, mi cuerpo y todo mi ser me gritaban que no estaba equivocada, que no tuviera miedo, que fuera valiente, que me aferrara a Edward y que me abriera a él... El Dr. Bower decía que cada quien tiene su momento y que el mío llegaría en su tiempo justo, entonces sabría que sería hora de dejar salir ése recuerdo que me atormentaba de la forma que yo eligiera, pero que tarde o temprano lo sacaría porque yo, ya lo habría decidido así.

–El episodio no se borrará de tu memoria y de tu vida mágicamente, Bella – me dijo con su hablar tranquilo y reconfortante –, pero de alguna forma, el dejarlo salir lo hará menos dañino y podrás ver tu vida desde otra perspectiva.

Yo sólo esperaba que así fuera, deseaba dejar atrás esa pesadilla y perderle el miedo porque estaba harta y cansada de verla como un monstruo que sólo salía a hacerme daño y me encerraba en mi mundo rodeándome de un gran muro; le perdería el miedo porque la confianza y la seguridad en mí serían mis armas para mantenerlo a raya en mi vida, una que debería empezar a disfrutar, una vez que me permitiera a mí misma liberarlo por fin…

–Estábamos muy emocionadas porque sería nuestro primer baile… – hablaba despacio – fuimos a la ciudad y nos compramos los vestidos más lindos que vimos junto con todo lo necesario para vernos lo más hermosas que pudiéramos porque… ya habíamos decidido que esa… que esa noche… por fin perderíamos la virginidad.

La última palabra la dije en un sollozo ahogado. ¿Por qué todavía me dolía tanto el recordarlo? Afortunadamente no veía a Edward y le agradecía que se hubiera mantenido alejado como se lo había pedido, si no, no hubiera podido ser capaz de seguir.

–Estábamos también muy nerviosas; oficialmente no teníamos novio aún pero confiábamos en los chicos porque, al menos, Rose y yo ya llevábamos un tiempo viéndonos con ellos en cada oportunidad que teníamos y todo debía salir muy bien porque no había nada que indicara lo contrario.

Me estremecí y jalé un poco las sábanas para cubrirme; sentí que Edward se movió y me tensé. Lo notó y se mantuvo en su lugar aunque chasqueó la lengua, frustrado.

–Fue una noche linda – sonreí débilmente al recordar todo –. El lugar estaba hermoso y todos lucían muy guapos y elegantes. Él llegó junto a mí y me sentí tan afortunada de que precisamente ése chico se hubiera fijado en mí, que todo dejo de existir a mi alrededor. Sólo sé que bailamos y nos divertimos mientras yo esperaba ansiosa mi primer beso.

–Me llevó al jardín y me alegré al ver que no éramos los únicos que buscábamos alejarnos un poco del bullicio. Me aprisionó con sus brazos contra el barandal y no tuve que esperar mucho para que mi primer deseo se cumpliera esa noche. Mi primer beso llegó en una suave caricia sobre mis labios – me llevé los dedos a ellos, apenas rozándolos –. Me sentía flotar y esa sensación se incrementó cuando me dijo que le gustaba y me pidió ser su novia.

Por instinto pasé una mano por mis ojos, mi sien y la almohada, estaban húmedas, no fui del todo consciente de que estaba llorando de nuevo.

–Fue entonces cuando recibí un beso que me dejó sin aire y muchos más después que le dije que si quería ser su novia, ¿quién le diría a él que no? – reí con amargura –, si era el chico de ensueño, inteligente, guapo y me estaba pidiendo que fuera su chica y además… también suya esa noche.

Me removí un poco en la cama. Dejé de hablar y la habitación se quedó en un profundo silencio. Giré mi cara para mirar por encima del hombro. ¿Se había ido? No. Edward seguía ahí, sentado a mis espaldas en medio de la cama, podía verlo de reojo. Tomé aire…

–Después de todos los besos que me regaló, atravesamos el salón de baile y él no soltó nunca mi cintura. Estaba tan feliz de que todos nos vieran, de que quisiera que todos se enteraran que éramos novios que prácticamente no noté a donde me llevaba hasta que estuvimos en la puerta de su dormitorio. No es que yo no quisiera ir, al contrario, había soñado tanto con ése momento pero también con el de bailar y bailar toda la noche, que se me hizo algo apresurado de su parte el llevarme ahí más no me importó… yo sabía lo que quería y él estaba a punto de hacerme la chica más feliz de la tierra porque cumpliría todos mis sueños.

Un sorpresivo y pequeño jadeo lastimoso escapó de mi garganta y Edward se movió hacia mí pero se detuvo al ver que me tensaba. No podría continuar si se acercaba más. Sorbí mi nariz para poder seguir y en mi estómago comenzaba a sentir esa peculiar molestia que resurgía cada vez que traía todo eso de vuelta a mi memoria.

–Entramos y me sorprendí al ver que algunas velas eran sólo las que alumbraban su amplio dormitorio. Mi mirada paseó por todo el espacio y si me asusté un poco al ver su cama, ése susto pasó cuando de inmediato vi el enorme ramo de rosas tendido sobre ella. Eran rosadas, mis preferidas. Me acerqué a olerlas y me abrazó por detrás. Me giré de inmediato con los nervios a flor de piel y él se encargó de alejarlos poco a poco…

–Entre besos y caricias fui embriagándome y llenando todos mis sentidos de él. El estar solos ahí hacía que mi deseo se incrementara y el suyo, estaba muy claro que no podía aumentar aún más. Mi pecho estaba a nada de reventar por mi agitación y mis piernas temblaban tanto que sólo esperaba el momento en el que flaquearan y mi cuerpo se desplomara y se estrellara contra el piso.

–Pero se separó de mí y me miró a los ojos – mi voz se hizo apenas audible –, y me preguntó si estaba segura, que si de verdad era lo que quería porque él sólo haría lo que yo deseara… con eso estuve más que segura que mi corazón no se había equivocado y que sólo tenía que decir si.

–No recuerdo bien como fue que mi vestido color rosa terminó en el piso. De pronto me vi sólo con la ropa interior que había elegido para llevar esa noche; cubrí por instinto mi cuerpo pero cuando pude darme cuenta ya estaba recostada sobre su cama y él sobre mí – hice una larga pausa; dejé que las estúpidas lágrimas salieran por borbotones de mis ojos y respiré para calmarme, apenas estaba empezando…

–Esa noche fue todo lo buena que puede ser para una chica de dieciséis años su primera vez.

Al decir eso las imágenes de Jake sobre mi cuerpo volvieron frescas a mi memoria, besando con delicadeza mi pecho, tomándose su tiempo para excitarme todo lo posible, haciéndome olvidar mis nervios al sentir como acariciaba con ternura cada centímetro de mi piel; sus manos tocando mis muslos, abriendo mis piernas para encontrar lo que por dieciséis años había permanecido intacto sólo para él.

No, eso no se lo contaría a Edward; no podría decirle que todavía recordaba escucharme gimiendo y jadeando, muy avergonzada de sonar como una puta y no como la decente señorita que se suponía debía ser, pero eso también lo olvidé así como muchas otras cosas en aquel momento como lo fue… la protección.

Tal vez olvidé todo por las sensaciones que recibía en mi sexo gracias a los expertos dedos de Jake que me llevaron al borde de la locura al tocar mi clítoris y manipularlo de una manera que ni yo comprendía y que distaba mucho de lo que yo misma conocía. Tal vez por esos mismos dedos al hundirse en mí y a su voz repitiéndome que todo estaba bien y que él me cuidaría. Tal vez por sentirlo entrar en mí lentamente, con cuidado, sin dejar de mirarme a los ojos mientras el dolor atravesaba mis entrañas, quemándome y haciéndome gritar; un dolor que conforme los segundos fueron pasando fue aminorando pero aún así me permitió disfrutar muy poco de mi transformación de niña a mujer… quizás eso fue lo que me hizo abandonarme a él que ya más nada me importó.

Como si eso fuera poco, Jake me abrazó por un largo rato y me acarició también diciéndome que era muy normal que yo no alcanzara el orgasmo en mi primera vez, pero que luego, él se encargaría de hacerme gritar y no de dolor precisamente. Sus promesas no podían ser más maravillosas… sollocé y tomé aire profundamente.

–Cuando todo acabó, me ayudó a vestir y bajamos de nuevo al salón; bailamos un par de canciones lentas y lloré porque sabía que mi noche había sido perfecta. Nos despedimos y me prometió visitarme tan pronto como pudiera. Todavía muy emocionada fui a encontrarme con mis amigas y algo… bueno, tú ya sabes lo que ocurrió con Rose esa noche, eso, eso hizo que no pudiera compartir mi felicidad con ellas pero no pude ocultarla por mucho tiempo ya que al día siguiente, él estaba esperándome con un ramo de rosas frescas.

–Pasó un mes y mi noviazgo de ensueño seguía viento en popa. Hacíamos lo que podíamos para vernos ya que en el internado no nos permitían salir pero Jak… él – me corregí –, le pagaba a uno de los trabajadores de su colegio y le alquilaba su auto un par de noches a la semana. Yo lo esperaba en la parte de atrás de los jardines y nos íbamos al pueblo más cercano, ahí había un pequeño hotel y… – tampoco entraría en detalles aunque no hacía falta. En ése hotel Jake cumplió lo que me prometió y me hizo gritar su nombre ya ni recuerdo cuantas veces. Era la chica de dieciséis años más feliz de toda la puta tierra.

–En una de nuestras escapadas, nos encontramos con algunos amigos suyos. Estaban tomando cervezas y un par de ellos ya estaban bastante borrachos. No me agradaron. Sus miradas libidinosas me hacían estremecer de un modo que… – me removí inquieta –. Él se dio cuenta y me llevó de regreso al internado pero me dijo que tendría que hacer un esfuerzo y tolerarlos porque eran sus amigos y que su chica debía llevarse bien con todos ellos. Estaba enojada; no me agradó que me los impusiera de esa forma, me daban miedo… pero no por ellos iba a pelear con mi novio, así que las siguientes veces que nos encontramos, me aguanté y puse mi mejor cara.

–Lo que nunca me imaginé, fue que él cambiara tanto cuando estuviera con ellos. Eran unos patanes vulgares y no entendía como era que a algunos de ellos los hubieran aceptado en ése internado porque a los demás, se les notaba a leguas lo rufianes que eran. Siempre intentando ponerlos en contra y provocándolos entre ellos.

–Una noche mi novio había tomado un poco y me dijo que era hora de intentar cosas nuevas. Lo habíamos llevado bastante bien hasta ése momento y yo estaba tratando de perder la pena en cuanto a tener sexo oral. Me daba mucha vergüenza y no me sentía cómoda; ni siquiera me agradaba la idea de tener su rostro entre mis piernas. Era muy diferente si yo se lo daba, él estaba bien con eso pero no era lo mismo, él también quería… tenerme de esa forma – mi voz comenzó a alterarse y me forcé a respirar un par de veces.

–Me negué y se enojó mucho. Me asusté al verlo así y tuve que soportar sus insultos todo el camino de vuelta al internado; no me bajó de mojigata y santurrona, me dolieron mucho sus palabras y yo pensé que sólo era por el efecto del alcohol que se comportaba así pero al día siguiente estando en sus cinco sentidos me pidió lo mismo y al negarme de nuevo, me tomó del brazo jaloneándome y arrastrándome al auto. Me gritó que sus amigos tenían razón y que nunca debió enrollarse con una niña de dieciséis años, que había tenido mucha suerte de no haberme tenido que limpiar mi nariz de mocos y que ya que lo pensaba, era mejor terminar lo que fuera que teníamos, aunque estaba dispuesto a darme una última oportunidad porque de verdad me quería.

–No regresamos al hotelito y tampoco me llevó al internado. En vez de eso fuimos a un edificio viejo y sucio que tenía una bombilla que apenas alumbraba la entrada – mi pecho comenzó a subir y bajar con rapidez al recordar la lúgubre construcción –. A jalones me bajó del auto y al entrar, vi que sus amigos se encontraban ahí. No sabía qué estábamos haciendo en ése lugar si lo que él quería era… estar a solas conmigo. El miedo se apoderó de mí, cuando vi las sonrisas asquerosas en las caras de esos mal nacidos.

–No estuve equivocada. Mis presentimientos se hicieron realidad cuando me aventó sobre un viejo y podrido colchón y esos bastardos me agarraron de las manos mientras él me despojaba de mis zapatos y mis pantalones…

En ése momento me quebré por completo. El miedo aquel había vuelto a mí como si lo estuviera viviendo todo por primera vez, ahogándome, atragantándome entre mi llanto desesperado y mis inútiles gritos de angustia pidiendo ayuda, una que jamás llegaría y aunque muy dentro de mí lo sabía, no dejaba de resistirme y de luchar. Mi cuerpo comenzó a temblar incontrolable al recordar esas miserables voces y sus demandas incitadoras.

–Vaya, vaya, pero si nuestro niño por fin se puso los pantalones y exigió lo que como novio tiene derecho de disfrutar, muy bien señorito, todos aquí lo celebramos, sobre todo te agradecemos lo compartido que serás.


–Mas te vale callarte ése puto hocico, James, aquí sólo están para ver y eso es porque como no tengo otra forma de probar que por fin haré con ella lo que desee…


–Bueno, no niego que hubiera sido muy bueno que esta dulce niña accediera complaciente a tus demandas, Jake, pero esto – suspiró esa escoria –, es doblemente mejor que eso.


–Creo que están distrayéndose mucho y la dama en cuestión comienza a impacientarse – las risas se oyeron por todo el asqueroso lugar.


–¿Alguien va a grabar esto? Sería una lástima no poderlo ver después para analizar y discutir tu técnica, Jake – más risas –, estoy seguro que ahí es donde está tu falla y por eso esta linda criatura se niega a complacerte.


–¿Falla? – él estalló en carcajadas –. Ya me dirás si encuentras alguna, James.


–Uhh, cuanta confianza.


–Desde luego – se giró, me miró y quise vomitar –. Me hiciste esperar tanto por esto, Bella… – dijo él – ¿Pueden creerlo?, me dejó follarla pero no quería que la probara, le daba pena – su voz burlona me asqueó una vez más.


–Pudiendo tener todos los que quisieras te encaprichaste con éste, no lo puedo creer – dijo el tal James.


–¡Cállate! Ya no lo será más, después de esto el capricho se me habrá olvidado. Siempre pierdo el interés una vez que obtengo lo que quiero.


–200 francos y es mío – dijo otra voz detrás de mí.


–No Laurent, ni por mil es tuyo, lo he deseado tanto que no vendo este momento por nada del mundo, este coño es solamente mío…


–Piénsalo, Jake – insistió el moreno y él se giró para mirarlo.

–Discutían entre ellos así que aproveché la distracción de todos y con toda la fuerza que pude reunir, zafé mi pierna del agarre de uno de los malditos y pateé a Jak… lo pateé – rectifiqué – donde pude. Él se encogió de dolor pero eso no me sirvió de nada ya que ni siquiera pude soltarme de las manos de esos truhanes y él, se enfureció mucho más. Una vez que todos dejaron de reírse y él se reincorporó, con toda la furia que poseía arrancó la última barrera que me separaba de quedar totalmente expuesta de las miradas de todos ellos y del coraje de él.

–Por más que le supliqué, por más que le rogué y le imploré, parecía que con cada petición su ira se incrementaba. La vergüenza ya no me afectaba porque el terror de ser abusada por toda esa banda de mal vivientes me estaba consumiendo. Me retorcía como podía, luchando con las pocas fuerzas que me quedaban por impedir que me violaran… – en ése momento cubrí mi rostro con mis manos porque casi podía ver sus asquerosas caras, oír sus risas vulgares y burdas y oler el tabaco, el alcohol, quizás alguna hierba y alguna que otra substancia no legal. Me estremecí y estallé en un llanto inconsolable porque también pude sentir otra vez lo que esa miserable rata hizo conmigo…

–Abrieron mis piernas y… él… tuvo sexo oral conmigo… me forzó… – dije en apenas un susurro mientras me encogía aún más en la orilla de la cama –. Yo… yo movía asqueada mis caderas pero me tenían bien sujeta y era casi imposible moverme más para que no acercara… su… su boca… a mí – describí la escena angustiada.

–Todos reían y le aplaudían y de nuevo pude patearlo con todas mis ganas. Mi pie dio contra él y gritó muy fuerte. Se agachó llevándose las manos a la cara y cuando se pudo poner de pie, estaba bañado en sangre. Por lo que supe le rompí una ceja y la nariz, causando que sangrara tanto. Creí que todo había acabado y que me dejarían en paz, pero él estaba tan furioso que se lanzó de nuevo entre mis piernas y…

–¿Te gusta con violencia, Bella? ¡Pues eso tendrás!

–¡Y comenzó a morderme! – estallé quebrándome por completo –. Sentía sus dientes en mis muslos, dentro y fuera de ellos, mordiéndome cada vez con más fuerza y rabia. Mis piernas se abrían más y las risas me ensordecían junto con los gritos.

–Me hizo mucho daño – murmuré después de un rato de no decir nada, de recordar, de cerrar los ojos y ver todas esas repugnantes caras de nuevo –. Toda mi piel sensible fue mordida por ése salvaje y yo no… no pude hacer nada para evitarlo – dije con mi voz empequeñecida, degradada, justo como me sentí en aquel momento –. Recuerdo que después de un dolor terriblemente desgarrante, me desmayé – hice una pausa y exhalé –. No supe por cuanto tiempo perdí el conocimiento pero cuando abrí los ojos, me encontraba sola en ése cuartucho sucio, con el amargo sabor del vómito en mi boca.

–No me quería mover pero tampoco podía arriesgarme a no hacerlo y que esos salvajes regresaran y me siguieran torturando. Mis ojos estaban nublados por las lágrimas y a tientas tuve que buscar mi pantalón y mis zapatos. Fue casi imposible no gritar al ponérmelo. Mi piel estaba en carne viva gracias a las mordidas de ése… – el llanto volvió a apoderarse de mí y tuve que esperar unos minutos para poder proseguir, lo peor lo había dicho y ya no podía detenerme –. Salí de ahí casi a rastras pero logré llegar a una calle con un poco de tránsito. Los taxis no son muy comunes en esos pueblos y lo único que me quedaba era pedir un aventón si es que alguien se compadecía de mí y se atrevía a subirme a su auto viendo en qué condiciones me encontraba. Pero tuve suerte y un matrimonio mayor que de milagro pasaba por ahí a esas horas me recogió y estaban tan asustados por mi aspecto que se ofrecieron a llevarme a un médico, pero mi pánico era tanto que les dije que me encontraba bien y sólo me llevaron hasta el internado.

–Ya ahí, tardé más de una hora en llegar hasta el edificio de mi dormitorio gracias al insoportable dolor que sentía al caminar. No podía entrar por la puerta principal porque siempre había vigilancia; yo subía por la enredadera hasta mi ventana… y lo intenté un par de veces pero terminé tendida en la tierra húmeda y fría. Una compañera me escuchó y se asomó a su ventana; me ayudó a entrar y llamó a Alice y a Rose y entre ellas me ayudaron a llegar a mi dormitorio. Las chicas… – suspiré –, ellas no preguntaron nada, sólo me metieron al baño y lavaron mi cuerpo sin decir ni media palabra pero no hacía falta. Ellas sabían quién era el responsable de todo.

–No salí por varios días del dormitorio. No podía. Apenas pude y aprovechando el día libre en la ciudad, me llevaron al doctor contra mi voluntad, a un ginecólogo. Fue tan… –me llevé las manos al rostro al recordar lo humillante que fue para mí tener que desnudarme frente a un hombre porque doctor o no, era un hombre, como el que había cometido conmigo tal acto soez y como los que lo alentaron… sólo que en esa ocasión no estaba sola, mis mejores amigas, mis hermanas estaban ahí tomándome de la mano, calmándome para que accediera a dejarme revisar por él.

–Él me examinó y mi miedo era que todos esas bestias hubieran abusado de mí, pero el doctor determinó después de una exhaustiva revisión, que no había sido violada aunque si salvajemente torturada y que toda mi piel de esa área incluyendo mi… incluyendo todo, iba a tardar mucho tiempo en recobrar su sensibilidad normal. Mis amigas se tranquilizaron con el diagnóstico pero yo todavía no. Una duda aún giraba en mi mente y me estaba volviendo loca… no sabía si… si estaba embarazada…

Un golpe me hizo dar un salto; Edward había golpeado la pared. Yo no podía mirarlo. La vergüenza me consumía y tenía miedo, no sabía de qué pero era miedo, reconocería ése maldito sentimiento donde fuera.

–Por fortuna no lo estaba y poco a poco fui retomando mi vida normal, si es que eso podía ser posible. Durante el día parecía soportarlo bien pero por las noches… las pesadillas me perseguían sin darme un maldito instante de paz. Siempre era lo mismo, las risas, los olores, las caras… – sequé por centésima vez mis ojos e hipé –. Las vacaciones de verano llegaron y nosotras nos quedamos en el internado no sin antes asegurarnos que ése perro se hubiera largado del Du Rosey. Fue un alivio saber que nunca más lo tendría cerca de mí porque no me atrevía a volver a casa; no sabía como podría mirar a mi padre a la cara después de eso.

Enterré mi rostro en la almohada al hacer memoria del año que me costó regresar a casa, del año que por culpa del bastardo de Jake estuve separada de mi padre, de las noches que no podía dormir si no me ayudaba a conciliar el sueño con alguna medicina, de mi autoestima para siempre dañada y de todo lo que me había robado de disfrutar como mujer con Edward. Lloré con más fuerza y no supe por cuanto tiempo, sólo aproveche que sentía que todo mi dolor, mi miedo y mi vergüenza podían lavarse con mis lágrimas.

Había dejado ya de llorar, hipaba ocasionalmente. Cada vez que cerraba los ojos sentía los párpados pesados e hinchados. Estaba muy quieta, me sentía bien sin moverme. Hacía frío pero no importaba. Sólo quería dormir… Podría hacerlo; todo estaba en silencio, en paz... Dejé que mis ojos se fueran cerrando despacio, quería dormir y olvidar…

Un agradable calor fue sintiéndose en mi espalda. Gemí y me acomodé mejor en la cama. El calor se extendió por mi cuerpo y abrí los ojos. Edward me estaba cubriendo con el edredón y al tenerlo cerca, al tocarme, brinqué asustada, sollozando inmediatamente.

–Tranquila, tranquila, amor – su aterciopelada voz me susurraba muy cerca –. Todo está bien.

–¡No! – exclamé angustiada.

–Shhh, todo está bien… – repitió y se mantuvo alejado de mí hasta que me venció el cansancio no muchos minutos después. Estaba agotada, extenuada. Traer de vuelta tantos detalles que creía olvidados requirió de toda mi energía y mi esfuerzo para no desfallecer, pero si no lo había hecho años atrás, ¿por qué sentía que en cualquier momento lo haría?

Cuando mis ojos se abrieron de nuevo, unas finas líneas débiles de luz natural se colaban por las orillas de las cortinas, estaba amaneciendo ya. Suspiré y gemí.

–Bella – lo escuché muy cerca de mí y me estremecí –. ¿Estás bien?

No respondí. Mi cuerpo tampoco lo hizo. Sólo me quedé ahí, sin saber exactamente qué decir o hacer en ése momento.

–Isabella, voy a acercarme a ti – dijo con voz firme –, y voy a abrazarte.

–Por favor… no – le pedí en un murmullo de voz que no reconocí como mía.

–Si – me rebatió –. Voy a hacerlo porque ambos lo necesitamos.

–Edward… – chillé al sentir su contacto pero fue un alivio sentir sus brazos envolverme.

–No pienso dejar que sigas sintiéndote sola. No lo estás, lo sabes, ¿verdad?

–Yo… –asentí apenas.

–Tú y yo, Bella, de ahora en adelante, sólo tú y yo…

Y sus brazos me encerraron fuertemente, haciéndome sentir como nunca pensé posible a tan poco tiempo de revivir… eso. Todo lo que yo deseaba, todo lo que yo buscaba y necesitaba, lo encontré en un solo ser y ése ser, era Edward.

Mis ojos se anegaron de nuevo. Él no me había abandonado, él seguía ahí a pesar de todo, sosteniéndome, reconfortándome. Él me amaba y yo por fin, me rendía por completo a él, amándolo también y confiándole mi alma y mi vida entera.

***

Me removí en la cama con pesadez. Parecía que había corrido un maratón de 42 kilómetros y mi cuerpo se quejaba. Mis ojos también me pesaban y me los froté con las manos intentando despertar de una vez.

Era real; ahí estaba. Las cortinas color marrón que se fundían con las paredes del mismo tono, que me gustaban por darle ése aspecto masculino a la habitación con muebles caros, muy caros y que estaban distribuidos estratégicamente. Ése escritorio pequeño que mas bien parecía un secreter y que me recordaba mucho a uno que había en mi casa y que era el preferido de mamá. Sin fotos. No había fotos; ni una sola, ni de pequeño, ni de adolescente, ni actual; ni de él ni de sus padres. El sillón oscuro de cuero donde había dormido una noche… Miré toda la habitación, ése espacio que ya consideraba un poco mío, la gran cama y las sábanas que me cobijaban y su olor mezclado con el mío…

Lo había hecho. Por fin se lo había dicho. Había confiado en él y eso era lo último que faltaba para hacerle saber que era suya sin secretos. Un secreto que le había entregado y que lo tenía guardado muy en el interior de mi ser sin oportunidad de dárselo a cualquiera y menos como prueba férrea de lo que en realidad era. Pero él se había ganado saberlo, poco a poco se fue haciendo merecedor de ése derecho y aunque no tenía planeado hacer esa confesión en ése momento y de ése modo, me había abierto a él y le había mostrado quien era su mayor enemigo, el enemigo de ambos… mis recuerdos.

Sin ganas, me giré en la cama. Estaba sola en la habitación. Él no estaba ahí; pero oía el chorro de agua de la ducha. Pude respirar tranquila, llenarme de aire y de valor para moverme de una buena y puta vez pero no quería, tenía miedo… aún.

Con lentitud me senté en la cama. Las sábanas me cubrían y… mis ojos hinchados se nublaron con excesiva rapidez. Con la misma calma insana, fui quitando las sábanas oscuras de mi cuerpo. Despacio subí la camiseta descubriendo mi vientre y respiré a la vez que parpadeaba para poder ver con claridad pero, ¿quería ver?

Con un movimiento decidido hice a un lado las telas de mi cuerpo y ahí estaban.

El color morado casi negro se extendía desde mi entrepierna hasta la mitad de mis muslos. Algunas marcas de su perfecta dentadura impresa en mi piel estaban entintadas de sangre, no todas, solamente donde sus incisivos habían abierto mi carne tierna. Otros parecían rasguños, como si una bestia hubiera querido arrancar de su presa un buen trozo y en eso quedara todo, en un intento.

Mis manos temblaban, quería tocarme y mitigar un poco el dolor de los autónomos latidos que de cada mordida se desprendían, pero eso sólo era por fuera. Abrí un poco mis piernas y me incliné para ver mis heridas… gemí porque de nuevo ahí estaban, nunca se fueron, siempre estuvieron conmigo lastimándome. Mis labios vaginales hinchados casi hasta la deformidad y mi pequeño clítoris… a punto de reventar.

¿Qué animal hace eso?

Lo conoces, Bella, sabes su nombre, y alguna vez lo amaste…

¡No!


Está cerca de ti…

¡No!

Mi cabeza se movía en negación y mi llanto fluía sin pena. Mis muslos ennegrecidos se mojaban por las lágrimas que caían en ellos y yo deseaba ilusamente que cada gota borrara todo el dolor de esa agresión que me atormentaba. Acaricié nerviosa con las yemas de mis dedos mi piel dañada. Siseé por el dolor que el sólo roce me provocaba.

¿Por qué seguía doliendo?


Porque aún no has terminado…

Le he hecho… ¡se lo he confesado!


Falta su nombre…

Eso no.


Libérate y dilo…

–Bella, ¿estás bien? – tomó mis muñecas y se acuclilló frente a mí –, ¿qué miras?

–Aquí… esto – señalé mis muslos con la mirada.

–No hay nada, cariño, tu piel está hermosa – besó mis manos con ternura.

–No, aquí… aquí mira, no se han ido – las palabras salieron de mi boca pero casi no se alcanzaron a escuchar.

–Lo han hecho, ya pasaron años, Bella – puso un dedo bajo mi barbilla –, y ahora vamos a dejar todo eso atrás. Ven aquí, amor.

Me acostó en la cama y él lo hizo también, acomodándome en su pecho, acariciando suavemente mi espalda, regalándome ligeros besos en el tope de mi cabeza… era lo que necesitaba. Suspiré y su olor fresco, a limpio y a maderas penetró por mis fosas nasales. Había encontrado mi lugar, con él por fin estaba en casa.

***

Era ya casi medio día cuando me desperté de nuevo pero esa vez no estaba sola. Edward estaba conmigo envolviendo mi cuerpo con el suyo.

Parecía que había pasado una eternidad desde la noche anterior y esa ya muy tarde mañana. Sentía que había recorrido más que un maratón y que lo que había hecho era haberme trasladado de una parte del mundo a otra, a una más limpia y con un futuro menos doloroso que el que antes tenía.

–¿Dormiste bien? – su reconfortante voz me hizo estremecer.

–S-supongo – mi voz sonó algo ronca.

–¿Tienes hambre? – negué despacio con la cabeza y él salió de la cama –, ¿por qué no te das un baño y te pones algo cómodo?

Asentí y empecé a moverme para hacer lo que me pedía sin estar realmente convencida de querer hacerlo, solamente quería permanecer acostada y oculta entre las sábanas. El tener que enfrentarme de nuevo con la realidad aunque hubiera pasado tanto tiempo y las circunstancias no fueran ni remotamente las mismas, no era algo que deseara hacer y tampoco tenía las fuerzas para hacerlo.

Edward estaba portándose como un verdadero apoyo pero, ¿cuánto tiempo iba a pasar hasta que el peso de mi confesión cayera sobre él y abriera los ojos?

¿Podría soportar verlo a la cara sin vergüenza?

Escuché que el chorro de agua caía con fuerza en el baño, ni siquiera noté que Edward se había alejado de mí. Tomé aire y me preparé para sentir los dolores en mis muslos y en todo mi sexo cuando me pusiera de pie, pero lo hice y no sucedió nada. Temblaba nerviosa. Abrí muy lentamente los ojos y lo vi observándome desde el umbral de la puerta del baño.

Se acercó a mí y sus manos acunaron mi rostro; pegó nuestras frentes y su nariz comenzó a acariciar suavemente la mía. Besó la punta de ésta y luego dejó un beso en mi frente. De la mano me guió hasta el baño y despacio, se deshizo de la camiseta y las bragas que aún tenía. Edward abrió la puerta transparente y di un paso hacia adentro de la ducha. La sensación del chorro de agua fue bien recibida por mi cuerpo. Creí que Edward entraría conmigo pero en lugar de eso, me dio un poco de privacidad saliendo de ahí.

Me tomé mi tiempo y lavé mi pelo; con la esponja llena de gel hice suficiente espuma y lavé mis brazos, mi pecho y al mirar mis muslos volví a verlos con los hematomas de años atrás. Jadeé y pasé la esponja una y otra vez por mi piel, angustiada, con la esperanza de lavarlos y que desaparecieran. Usaba un poco más de fuerza cada vez que frotaba pero por más que lo hacía éstos no se iban; empecé a desesperarme, los quería fuera de mi piel, no quería verlos, no quería sentirlos…

–¿Qué haces? – entró a la ducha, alarmado –, ¿ Bella, qué haces? – me quitó la esponja de las manos.

–¡No se van!, estoy sucia – grité mientras luchaba por alcanzar de nuevo la esponja –, ¡dámela!, necesito lavarme, ¡estoy sucia!

–No, cariño, no lo estás – me rodeó con lo brazos para que no me hiciera daño, sin importar que ya estuviera vestido y se estuviera empapando –, no lo estás…

No sin dificultad me sacó de la ducha y me envolvió como pudo en una toalla; me cargó y me llevó a la cama; cuando se cercioró que ya estaba más calmada, salió de la habitación.

Si. Mis peores pesadillas, inseguridades y temores habían vuelto y seguramente Edward pensaba que estaba loca… ¿qué iba a hacer ahora?

El haber sacado de mí lo ocurrido años atrás no me fue beneficioso. No me sentí liberada como dijo el Dr. Bower que sucedería, no sentía ningún alivio al contrario, si lo tuve, fue tan efímero que ni siquiera lo recordaba, en cambio todos los malos recuerdos los estaba viviendo como en un sueño muy real y recurrente que iba a costarme mucho ignorar.

–Por favor, toma esto – Edward volvió y me dio una píldora con un vaso de agua, lo miré como si no entendiera lo que decía –. Te va a ayudar a tranquilizarte.

La tomé sin discutir; era verdad que la necesitaba, tal vez con ella dejara de ver mi cuerpo herido y me relajara. Estaba desesperada por saber qué era lo que Edward pensaba de todo eso.

La pastilla tuvo un efecto rápido, tanto que no recordaba haberme quedado dormida otra vez. Me desperté al escuchar a Edward susurrarme al oído.

–Bella, despierta – quitó un mechón de pelo de mi frente –, hay alguien que quiere verte.

Me estiré y mi primer pensamiento no fue sobre lo ocurrido hacía años sino sobre mi extraña visita.

–Tienes que vestirte. Ven, déjame ayudarte – me puso de pie y hábilmente subió por mis piernas las bragas, el pantalón de un juego de pants color rosa y un top para después cerrar suavemente el cierre del hoddie al frente de mi cuerpo.

–Gracias – subí la mirada hasta sus ojos.

–Yo sólo quiero que estés bien – besó mis labios y de la mano bajamos las escaleras hasta el estudio. Edward abrió la puerta y de pie junto a la gran ventana, estaba el Dr. Bower. Al verme me sonrió y se acercó.

–Hola, Bella, ¿cómo estás? – me saludó el hombre regordete que había llegado a apreciar en las pocas consultas que habíamos tenido. Me dieron unas ganas terribles de lanzarme sobre él y abrazarlo pero no sabía si estaba bien hacerlo, así que me contuve.

–Doctor – dije con mis ojos anegados –, lo hice, lo saqué…

El hombre sonrió y me tomó de las manos – Felicidades, Bella, eres una chica muy valiente.

¿Valiente yo? No. Tenía miedo, miedo de perder a Edward, por eso lo hice.

–Ahora vamos a platicar un poco, ¿te parece bien? – asentí; algo en ése hombre me inspiraba paz y confianza.

–Doctor, me gustaría quedarme – Edward rodeó mi cintura y miré al Dr. Bower y luego a él. ¿Lo dejaría?, ¿me sentiría cómoda con él ahí, liberando mucho más de lo ocurrido?

–En éste momento, señor Cullen no creo que sea lo indicado para el tratamiento. Bella está muy sensible y alterada, lo mejor sería continuar como hemos venido trabajando y sin ningún cambio.

Como siempre, a Edward no le gustó que su petición fuera rechazada, pero el Dr. Bower tenía razón. Le regalé una sonrisa que me costó mucho trabajo esbozar y se tranquilizó un poco. Salió dejándonos solos y me dejé caer pesadamente en el sillón de cuero oscuro.

–Así que, Bella… por fin lo hiciste – asintió calmadamente.

–Si, por fin lo hice.

Oh Dios, suspiré y con la cara con mil tonalidades de rojo, empecé a relatarle todo.

***

Para cuando la sesión con el Dr. Bower terminó, yo estaba mucho más calmada. Me tranquilizó mucho el hecho de saber que sentir como si todo hubiera ocurrido ayer era normal.

Dolía mucho porque había abierto una herida que no se había limpiado bien como para permitirle sanar y cerrarse como era debido; la infección había llegado muy adentro y era tiempo de ser valiente y prepararme para el dolor de una buena curación.

No iba a ser fácil pero el primer paso y el más importante y doloroso estaba dado. Ahora sólo tenía que aceptar, que entender que yo era una víctima y que no había nada que hubiera podido hacer para evitar lo sucedido. Pero había algo que tenía, y eso era suerte para contarlo, suerte de estar viva y debía poner todo de mi parte para salir adelante y poder vivir feliz, sin que el recuerdo empañara mi alegría. De eso se trataba todo, de hacerme fuerte ante el recuerdo, de tomarlo como una motivación para esforzarme por tener una mejor calidad de vida.

El Dr. Bower se despidió y Edward lo acompañó a la puerta mientras yo me dejé caer nuevamente en el sillón. Tenía tantas cosas en qué pensar… Edward, mi padre, Alice, Rose, mi relación con Edward, Jake, yo...

Era demasiado, pero tenía que hacerlo, si quería tener la esperanza de poder respirar libremente a partir de ése momento, debía hacerlo.

–¿Todo bien?

La voz serena de Edward me abstrajo de mis pensamientos. Se puso en cuclillas frente a mí y con ternura acarició mi vientre sobre la ropa.

–¿No tienes hambre? – negué con la cabeza –. Yo si y no quiero comer sólo, acompáñame.

Se puso de pie y me extendió su mano invitándome a tomarla. Lo hice y minutos después, estábamos en la cocina devorando la comida china que había ordenado traer. Edward me miraba comer y sonreía ya que sin duda era un buen síntoma. Terminamos lo que prácticamente era ya la cena y limpiamos todo en un silencio muy cómodo.

–¿Quieres que veamos un rato la tele? – me ofreció; yo asentí y subimos a la habitación que estaba impecable. La cama hecha con sábanas limpias, ninguna ropa en el sillón, tampoco ningún vaso en las mesitas…

–¿Qué? – me miró confundido.

–Nada – me encogí de hombros –, es sólo que yo pensé que tú…

–¿Qué no era capaz de limpiar? – me dio su sonrisa torcida –. Estuve en una escuela militar por varios años, Bella, aprendí a hacer todo. Ahora vamos a que te cambies, hoy quiero verte con una de mis pijamas.

–Pero a ti no te gustan.

–¿Me vas a negar el gusto de verte con una?

Me miró enarcando una ceja y yo sabía que lo estaba haciendo por mí ya que Edward odiaba verme con ellas, pero a mí me gustaba usarlas cuando podía; eran tan calientitas y cómodas…

Me dirigí al baño y él a su vestidor. Escogió una pijama gris de franela, muy suavecita mientras yo cepillaba mis dientes, lavaba mi cara y respiraba profundo antes de quitarme el pantalón color rosa.

–Aquí estoy – dijo detrás de mí –, vamos a ponerte esto, señorita – señaló con la cabeza el montón de ropa gris que había dejado en la silla.

Sin dudar un segundo, con movimientos decididos, me despojó de todo y comenzó a subir por mis muslos los pantalones de la pijama. Sus manos los acariciaron como si tocaran algo precioso. Dejé de respirar. No sentí repulsión. Edward subía la prenda ya por mis caderas y me hizo dar un saltito al sentir sus labios en mi ombligo, en un beso inocente. Abrochó cada botón de la enorme camisa y se alejó para mirarme.

–Estás preciosa – me regaló una flamante sonrisa.

Nos recostamos y empecé a buscar por los veinte mil canales un programa o una película pero como siempre, nunca había nada bueno que ver. Cambiar y cambiar los canales me estaba adormilando y de pronto, las malditas imágenes, los sueños interrumpidos, cortados como película antigua, las sensaciones, todo volvió a mí.

–¡No! – me desperté gritando – ¡No!

–Es un sueño, cariño, despierta… – Edward me abrazaba y al girar la cara y verlo, lloré de alivio.

–Eres tú – tocaba su rostro –, eres tú, no te has ido…

–No, Bella, aquí estoy y no me voy a ir a ningún lado – me sostuvo contra su pecho fuertemente.

–Pero… y lo que pasó… ¿No te importa?

–No, amor, no me importa – levantó mi barbilla y besó tiernamente mis labios –. Te amo, Isabella, y nada de lo ocurrido hará que deje de sentir todo esto por ti. Ahora sólo quiero cuidarte, protegerte, darte todo, amarte…

–Gracias, Edward – sollocé –. Gracias, mi amor.

–¿Y tú me agradeces cuando debo ser yo quien lo haga? – lo miré sin entender lo que me decía.

–Te has abierto conmigo, me has dado mucho más de lo que he pedido de ti… No, Bella, soy yo quien debe agradecer por tenerte a mi lado, por entregarte a mí sin reservas…

Hubo un silencio durante el cual, pensé que después de todo, después de haber sufrido la muerte de mi madre, de los años en el internado sin mi padre y del abuso de Jake, al fin tenía mi recompensa y esa era Edward.

Suspiré y se separó un poco para mirarme mejor.

–Bella, no quiero que te preocupes por nada ni por nadie, quiero que estés tranquila y que te tomes el tiempo que sea necesario para sanar. No quiero que nada te perturbe, cariño, te necesito fuerte, muy fuerte – un destello dorado brilló en sus hermosos ojos.

–Estaré bien, Edward, de verdad – le aseguré.

–Claro que vas a estar bien, mi vida, yo me encargaré de eso.

–Te amo, Edward.

–Yo también te amo.

***

Todavía no amanecía cuando Edward salió de la cama.

–¿Edward?

Lo llamé adormilada y con los ojos entrecerrados.

–Shh, sigue durmiendo, voy a bajar a hacer un poco de ejercicio al gimnasio.

Depositó un beso en mi coronilla y después de unos minutos, me dispuse a salir de la cama, el miedo a volver a sentir algún dolor en mis muslos se había ido. Tenía que ser fuerte y demostrármelo a mí misma; no podía esperar más tiempo e iba a empezar a hacerlo desde ya. Se lo debía a Edward, a las personas que se preocuparon y se preocupaban por mí pero sobre todo, me lo debía a mí.

Me puse de pie y entré al baño para darme una ducha. Cuando terminé, me dirigí a mi vestidor para elegir qué ponerme. Como aún era temprano me lo tomé con calma y una vez ya lista me dispuse a bajar a la cocina para preparar algo de desayunar. Al llegar al último escalón, llamó mi atención la puerta del estudio que estaba abierta y al acercarme, vi que la luz estaba encendida. Extrañada, la apagué y cerré la puerta, como a él le gustaba que se mantuviera siempre.

Seguí mi camino hacia la cocina; programé la cafetera, corté un poco de fruta y cuando escuché que Edward subía a la habitación, comencé a preparar su omelete. Veinte minutos después, la pequeña mesa de la cocina estaba puesta y Edward entraba con una sonrisa en el rostro.

–Veo que amaneciste mejor – me abrazó por detrás y me giró para darme un beso de buenos días.

–Si, mucho mejor, me hace bien hablar con el Dr. Bower – lo miré agradecida por haberlo llevado en mi momento de crisis.

–Estás preciosa, Bella, me alegra y me complace mucho que te hayas levantado y te hayas arreglado tanto sólo para desayunar juntos – besó mis labios –, eres una buena niña.

Dios, esto no le iba a gustar pero si quería seguir adelante con mi vida, lo primero que tenía que empezar a hacer, era ir cerrando círculos.

–Bueno, Edward – le puse el plato de frutas al frente –, me levanté y me arreglé para desayunar contigo, si, pero también… para ir a la agencia.

El tenedor con fruta se quedó a medio camino de llegar a su boca. Me miró frunciendo el ceño.

–¿Escuché bien? – el cubierto finalizó su trayecto. Su rostro cambió, masticaba serio y ya no me miraba.

–Si. Yo sé que dije que iba a dejarlo y voy a hacerlo como te prometí, pero simplemente no puedo irme así nada más. Hay un importante trabajo que concluir y yo como una de las titulares, tengo la obligación de cumplir con él.

Edward no dijo nada y su indiferencia como siempre, me neutralizó. Se me quitó el hambre, sólo jugaba con la fruta en mi plato pensando cómo hacerle entender que no quería dejar de ser responsable, que no quería dejar todo tirado para no dejar una mala impresión y además tenía que hacerlo como agradecimiento a Olivia por confiar en mí al darme ése trabajo. ¡Era mi primer círculo!

–¿Cuándo terminas? – su voz fría me estremeció, era el Señor quien hablaba.

–Yo… exactamente no lo sé – titubeé al responder –, yo calculo que todo debe estar listo en una semana cuando mucho.

–De acuerdo – se puso de pie con excesiva rapidez, dejando la servilleta sobre la mesa –. Tienes una semana, Isabella.

–Si, Señor – respondí poniéndome también de pie.

–Y no te levantes, termina ése plato – bufó –, no vas a salir de aquí con el estómago vacío.

Volví a sentarme y comí un poco. No tenía ganas de comer más. Levanté de prisa la mesa y subí a cepillarme los dientes para salir a la agencia. Edward se secaba las manos, no me miraba.

–Edward, creo que… no fui muy clara esa noche – dije aceptando mi obvio error.

–No, no lo fuiste, Isabella, y hay muchos puntos sobre los que tenemos que sentarnos a hablar pero no ahora – tiró la toalla –, después será. Tengo que ir a trabajar.

Me lavé los dientes con rapidez, no quería que se fuera antes que yo. Tomé mi bolso y bajé las escaleras detrás de él; al salir, su auto deportivo estaba listo en la puerta y el negro que ahora yo usaba estaba detrás, no sólo con dos hombrecitos del séquito, sino cuatro.

–¿Edward? – ¿Qué demonios significaba eso?

Se giró lentamente y dio un par de pasos hacia mí.

–Ellos te acompañarán ahora a donde quiera que vayas, Isabella, tienen mis instrucciones y tú sólo tienes que seguirlas, ¿entendido?

–No – reparé molesta –, haces cambios y decides cosas, ¿sin avisarme?

–¿Avisarte? – bufó.

–¿Desde cuando tengo que avisarte de lo que decido hacer? – entrecerró los ojos verdes – me rodeó la cintura y me apretó atrayéndome a él – Me voy. Pórtate bien, sigue las ordenes y, ¿Bella…?

–¿Si? – me apuré en preguntar.

–No hagas cosas riesgosas, ¿entendido?

Me soltó y subió a su auto. Salió de ahí como si lo persiguiera el mismísimo diablo… Muy contrariada y resignada, di los buenos días a mi séquito y subí al Jaguar.

¿Cómo iba a poder trabajar así?

Tenía tantas cosas en la mente que iba a ser un milagro si sólo podía concentrarme en el trabajo. Estaba extenuada, agotada; habían sido dos días que verdaderamente me habían absorbido el alma. Intensos a morir. Llenos de sentimientos buenos y no tan buenos, llenos de nostalgia del pasado, de miedo, de asco, de fuerza, de decisión, pero aún seguía de pie y caminando. Y yo, quería creer que todo el esfuerzo que me estaba costando salir de casa y enfrentar de nuevo al mundo, tenía que ser para bien.

***

Decir que Jane no me saltó encima al verme llegar a la oficina sería mentir. ¡Y cómo no!, el día anterior no me aparecí por la agencia y tampoco tuve la decencia de llamar para avisar que “estaba indispuesta”.

Apenas me soltó, me fui sobre la caja sobre el escritorio y mi café. Con esa dona de nuez en mi boca estaba en la gloria. No oía ni veía nada, sólo saboreaba esa exquisitez.

–Diablos, Bella – abrió los ojos tan grandes como pudo y eso, era decir poco –, cada vez me convenzo más de que ése hombre no te alimenta.

–Cállate, Jane, y déjame disfrutar esto – le lancé una mirada fulminante.

–Al menos puedes ir diciéndome porqué no viniste ayer, te llamé pero tu teléfono ni siquiera me mando al buzón, estaba apagado.

–Ay, Jane, han pasado tantas cosas desde hace dos días que – me encogí de hombros –, no sé por donde empezar.

–Bueno – dijo pausadamente –, cuando saliste de aquí tenías en la cabeza el problema de tus ex amigas y luego le agregaste lo de tu Dom lo cual no era exactamente un problema porque sólo tenías que decidir qué era lo que realmente querías y si lo querías.

–¡No grites!

–No lo hice – se sentó frente a mi escritorio, moviendo la pantalla de la computadora para verme mejor –. ¿Me vas a contar o no?

–Sólo hice lo que tenía que hacer. Reevalué mis prioridades y tomé mi decisión – dije con la boca llena –. Voy a dejar de trabajar.

Jane permaneció impávida, asimilando muy lentamente la información, procesándola. Hasta que unos minutos después y una dona más directo a mi estómago, reaccionó.

–No. Puedo. Creerlo. – dijo incrédula aún –. ¡Eres una maldita zorra suertuda!

Su sonrisa fue abriéndose paso por su rostro.

–¿Qué?

–Vamos, Bella, hiciste la mejor elección, no puedo estar más orgullosa de ti. Oh, mi bebé, cuanto has aprendido de tu madre – dijo dramáticamente.

–Si, lo hice y no me arrepiento, ¿sabes?, creo que soy como dices, muy afortunada de estar junto a Edward y que me ame. Si supieras, Jane, lo diferente que puede ser… él… él puede ser lo que sea que yo necesite en un momento determinado, me lo ha demostrado – sonreí mirando hacia un punto perdido –. Es… es… simplemente increíble, maravilloso.

–¿Cómo? – Jane tenía la confusión estampada en la cara –. Tu Dom puede ser, ¿lo que sea que tú necesites?, ¿tu Dom te resultó versátil?

–Hace dos noches, tuve que… confesarle algo y… reaccionó como nunca esperé. Se portó tan… comprensivo, tan… no era ése Dom que también amo y deseo con locura, era alguien tan diferente… – suspiré –. No le importó lo que le revelé, y quiere que sane, quiere que supere eso, me quiere fuerte, feliz y a su lado.

–Bella, no se que habrá sido eso, pero es sólo tuyo y yo respeto mucho tu intimidad – tomó mi mano y la apretó –. Pero no por eso dejo de pensar que, eres una gran perra con suerte, Edward te ama, tú lo amas, no le importa tu pasado, tú tampoco cuestionas el suyo… son tal para cual, no se puede negar.

–Pero entonces – preguntó con el rostro afligido –, ¿sólo vienes a presentar tu renuncia?

–No, voy a terminar este proyecto y luego presentaré mi renuncia; no iba a dejarte con todo el circo armado.

–Vaya, Edward si que me sorprende. Un Dom enamorado que complace en todo a su sumisa pero que también exige lo suyo y que no es cualquier cosa, ¿no es romántico? Lo único malo es que me vas a dejar sola porque prefiere que no trabajes y por él renuncias… lo dicho, se aman.

–No te burles, Jane, para mí es difícil dejar todo esto pero mi amor por Edward es más grande.

–No me burlo, lo sabes. Sólo veo que esto que ustedes tienen es demasiado fuerte. Y ya fuera de bromas, creo que has actuado con madurez. Una debe pesar en su propia felicidad y si esa viene de hacer feliz a quien amas y si lo has pensado muy bien y has tomado la decisión correcta, no te arrepentirás, lo sé.

Colgamos nuestro útil letrero en la puerta y nos dedicamos a trabajar. A media mañana, recibí una llamada de Edward y aunque muy frío aún, me preguntaba como estaba y como iba transcurriendo mi día. Se preocupaba y aunque estuviera enojado, mi pecho se expandía de felicidad.

A la hora del almuerzo, Jane y yo nos fuimos a uno de los restaurantes cercanos, eso si, seguida muy de cerca y a veces no muy discretamente por el séquito y a decir verdad, era un poco molesto. Mi amiga y yo charlábamos sobre los últimos acontecimientos en mi vida y aunque quería contarle lo que sufrí años atrás, sentía que por el momento no estaba preparada para compartirlo con alguien más. Lo haría, porque el Dr. Bower me dijo que llegaría un momento en que hablar de eso no requeriría tanto de mí pero ése punto aún lo veía muy lejano.

Sin embargo, hablar con Jane de cualquier otra cosa era tan depurador… me sentía libre haciéndolo porque ella no me juzgaba. Me escuchaba y analizaba las cosas a su muy peculiar modo pero nunca me recriminaba alguna acción. Correcta o no, siempre respetaba mis decisiones o me daba su punto de vista, pero jamás me hacía sentir mal y justo en ése momento, me decía que tuviera en cuenta que el paso que estaba dando era algo muy grande y que lo tenía que asimilar y tomar con calma.

–Tú eres una chica que está acostumbrada a moverse para obtener lo que quiere a pesar a tenerlo todo. No te enojes pero es la verdad y Bella, eso habla muy bien de ti aunque seamos realistas, vas a tener que encontrar qué hacer con todo el tiempo libre que tendrás para no volverte loca tú solita en tu gran mansión.

–Si, pero Edward y yo aún tenemos muchas cosas que platicar muy bien; tal vez pueda convencerlo de que me deje tomar algunas clases de algo, no estaría trabajando, sino aprovechando mi tiempo, ¿no crees?

–Viéndolo desde el punto de vista que sólo habló de que no quiere que trabajes, supongo que no tendrá ningún problema con que regreses a la universidad para tomar algún cursito entretenido pero eso si, tienes que manejar bien tus cartas para poder convencerlo. O, ¿sabes? – dijo abriendo sus ojotes azules –, quizá puedas entretenerte decorando tu nuevo apartamento – se burlaba.

–¡Jane! – aún no entendía bien como Edward me había hecho aceptarlo.

–Hora de irnos, los grandotes esperan, milady…

***

El día laboral terminó y estaba más que lista para ir a casa. Prepararía una cena para Edward, en agradecimiento por permitirme cumplir con Olivia y con mi trabajo. Me alegré cuando al llegar, vi que su auto aún no estaba ahí. Tenía tiempo de hacer algo rápido; así que saqué del refrigerador lo que fui encontrando y que pudiera necesitar.

Un par de buenos filetes sazonados con especias fuertes y papa gratinada le encantaría. Puse la mesa, una botella de vino y como aún no llegaba, subí deprisa a cambiarme por algo sencillo y cómodo. Cuando regresé a la cocina, Edward ya había abierto la botella y servía el líquido rojo en las copas.

–Huele muy bien – dijo mirándome brevemente.

–Siéntate, te sirvo.

Pasé a su lado y me tomó de la cintura deteniéndome en mi camino al horno.

–Isabella, cariño… – me abrazó pegando su frente a la mía y suspiró.

Cerré los ojos y respiré su esencia que llenó mis pulmones haciéndome perder un poco el equilibrio. Por algunos segundos permanecimos sin movernos, sólo absorbiendo nuestros aromas. Mis ojos estaban cerrados disfrutando del momento hasta que sus labios se comenzaron a mover lentamente sobre los míos en un beso que no tenía prisas; mis labios reaccionaron abriéndose ligeramente y Edward al sentir mi invitación, empujó con fuerza su lengua dentro de mi boca haciéndome gemir.

De inmediato se retiró de mi boca y acariciaba mi rostro con sus manos. Besó mi frente casi paternalmente.

–Cenemos, estoy hambriento – señaló y tuve que parpadear varias veces para reaccionar.

No cenamos en silencio. Edward estaba muy interesado en como iba el comercial y sobre todo en cuando íbamos a hacer entrega del proyecto completo. Estaba poniendo de su parte aunque no podía ocultar su prisa porque dejara la agencia, así que no me pareció el momento adecuado para sugerirle que me permitiera hacer algo con todas las horas libres que iba a tener. Tal vez estuviera tentando mi suerte.

Recogimos todo y fuimos al estudio por la infalible copa de brandy. Se la serví y me recosté en su regazo. Pasaba sus dedos entre mi pelo y yo me estremecía cada vez que lo hacía. Era un momento perfecto y nada me hubiera gustado más que fuera eterno.

–Edward…

–¿Si?

–Gracias.

–Gracias, ¿por qué?

–Por… sólo sostener mi mano sin hacer preguntas – mi voz apenas se escuchaba.

–Isabella, yo sólo te estoy dando el tiempo que necesitas – suspiró –, porque yo tengo que saber todo acerca de ése infeliz bastardo. Tú sabes que no me voy a quedar tranquilo después de todo lo que te ha hecho ése maldito enfermo. Yo necesito más, tengo muchas preguntas, Isabella.

–No, Edward, olvídalo por favor…

–No puedo, Bella.

–Te lo suplico – le rogué aún sabiendo que era mi círculo más importante por cerrar y que tendría que hacerlo tarde o temprano. Edward negaba con la cabeza, no iba a ser fácil convencerlo.

–No me pidas eso.

–Si. Lo hago porque no quiero que luches mis batallas. Esta es mía y sólo yo voy a lidiar con ella, entiéndeme… – sollocé.

–¿Y tú cuando vas a entender que no estás sola? – gritó y salté –. Ya no eres aquella Isabella Swan que no tenía a nadie que viera por ella, ahora eres mía, me perteneces… Yo soy quien debe dar la cara por ti, quien debe enfrentar todo por ti.

A esas alturas, ya estaba arrinconada en el sillón mientras Edward caminaba como un felino hambriento en su pequeña jaula pero su hambre era diferente, era hambre y sed de venganza y el diminuto espacio en el que estaba confinado era la impotencia de no saber contra quien desatar toda su ira, contra quien volcar su furia por haber tocado y dañado su más preciada posesión.

–Me dijiste que querías que estuviera tranquila, que me querías fuerte, pero no podré estarlo sabiendo que sólo lo tienes a… él… en la mente cuando yo lo único que quiero es borrarlo de la mía. Que el acabar con él ocupará todos tus pensamientos y a mí me dejarás a un lado porque ése será el objetivo en el que centres toda tu atención y yo… – jadeé –, yo no podré soportar que de nuevo él borre de tajo toda la felicidad en mi vida.

Mis mejillas estaban bañadas por muchas lágrimas que se desbordaban de mis ojos. Pasamos varios segundos sumidos en un silencio que se me hizo eterno. Edward había dejado de caminar y estaba de pie frene al ventanal, mirando la ciudad y sus millones de centellantes luces. Se giró de repente y llegó a mi lado arrodillándose frente a mí.

–Yo… sólo sé que no podré vivir tranquilo sabiendo que ése bastardo está ahí afuera viviendo una vida feliz, esa vida feliz que te robó y que deberías estar viviendo plenamente conmigo. Sin recuerdos tormentosos, sin angustias, sin nada que nos quite ni un poco de la felicidad que nos merecemos, Bella.

–Edward… yo…

–Dime su nombre, Isabella, dímelo…*




*




*




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Como en cada capítulo, quiero agradecer a Isita María, Lethy, Coudy, Lo y Nani, nenas, un besotee; También a cada una de ustedes que están pendientes de cada actualización y me apuran y corretean por Twitter y Facebook, MIL GRACIAS, NENAS...
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