viernes, 25 de mayo de 2012

CAPITULO 32

De te amos y prioridades.


"Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo"
William Shakespeare

iPod: Extreme, More than words
Waestlife, I lay my love on you


EDWARD’S POV

–Ya no… puedo callarme más…


Acercó su rostro al mío.


–Yo… te amo, Edward, te amo…

***

El tiempo se detuvo. Las palabras se quedaron atoradas en mi garganta. El aire se quedó atrapado en mis pulmones y mientras, el sentimiento de triunfo se expandía por mi pecho y seguía extendiéndose por todo mi cuerpo desplazando con rapidez cualquier otra emoción que estuviera amenazando por surgir en mí, eliminándola para sólo poder percibir un sentimiento, el de ganador, porque…

¡Maldita sea!

¡Lo había dicho!

Después de tanto esperar, después de llegar a hacer cosas que jamás consideré, después de haber tenido que acercarla hasta los duros límites, por fin lo había dicho; en un puto murmullo, pero lo había dicho, había aceptado lo que sentía por mí y yo, yo sentía que me ahogaba…

Se me hacía difícil respirar, esa sensación me obstruía el pecho. La sangre corría más rápido por mis venas, se sentía efervescente. Mis oídos retumbaban con cada latido de mi corazón, los ensordecían, me sentía desorientado pero plenamente consciente de lo que estaba sucediendo.

Isabella me amaba.

Y ya lo sabía pero no era lo mismo. Yo necesitaba, yo quería escucharlo de sus labios porque sabía que sería algo especial y no estuve equivocado. Fue sublime escucharla…

–Te amo…

Repitió entre sollozos casi inaudibles y acomodó su rostro en mi pecho, acurrucándose a mí y mi cuerpo como si tuviera propia voluntad, abrazó el suyo apretándola, encerrándola en ellos, tomando lo que le pertenecía por derecho. Exhalé el aire que llenaba mis pulmones y los volví a llenar del aroma que desprendía su pelo, su piel; mis piernas enredándose entre las suyas, como hiedra, celoso, posesivo, demandante.

Isabella era mía por fin. Mía solamente.

Busqué su boca, queriendo reclamarla. Sus labios tan ávidos de los míos se entreabrieron recibiendo mi lengua que la necesitaba para beber de ella. Isabella me mantuvo mucho tiempo sediento, dándose en minúsculas gotas que poco hacían por saciar mi sed. Pero ahora era diferente. Ya podía tomar lo que quisiera, lo que necesitara para calmar mi urgencia, lo que mi cuerpo por instinto demandara y en ése momento la demandaba a ella…

Giré llevándome conmigo a Isabella; la besaba con hambre, con un deseo desesperado por tenerla, por poseerla como si nunca antes la hubiera tenido. Pasé mi lengua por sus labios, por la dulce piel de su cuello que me excitaba; probé el valle de sus senos, sin poder resistirme a tomar uno con mi boca, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no enterrar mis dientes en ése suave y cremoso montículo coronado por el pezón de piel más oscura y contraída por la excitación que la envolvía.

–Eres mía.

Dije con el duro pezón entre mis dientes mientras Isabella arqueaba más su cuerpo y su vientre plano empujaba el mío, incitándome. La sangre corría febril por mi sistema ahogando mi cordura y lo único que me dominaba era el primario instinto de enterrarme en ella y proclamarla de una vez por todas como mi mujer.

Sus piernas se abrían más para darme espacio; su vientre tentando al mío, mi polla reaccionando a ella, buscando su entrada, su húmedo centro, guiándose por el calor que de él emanaba.

–Edward…

Apenas pudo terminar de murmurar mi nombre. Me enterré en ella sellando todo espacio que quedaba entre nosotros. Con fuerza me empujé en sus adentros tocando sus paredes, queriendo grabar mi nombre en ellas. Su cuerpo se movía, subía un poco con cada embestida que recibía. Isabella jadeaba, arañaba mi espalda, yo mordisqueaba sus labios, los succionaba. Sus piernas apenas con fuerza envolvían torpemente mis caderas que mantenían ése ritmo fuerte y salvaje.

–Ahh.

Gritó. Sus paredes comenzaron a contraerse y arremetí con más ímpetu. Isabella echó hacia atrás la cabeza dejando expuesta la sedosa piel de su cuello y mi boca se fue directo hacia esa vena que resaltaba palpitante; chupé y succioné mientras todos mis músculos se tensaban con cada intromisión. Ella gemía más fuerte y supe que no tardaría mucho más en llegar al orgasmo.

Su entrega me volvía loco, me tenía seducido y me provocaba a seguir con el arrebatado vaivén que marcaba el movimiento de mi cuerpo. Isabella comenzó a aferrarse a mis hombros y bajé una mano pellizcando su entrepierna, no podía permitir que no alcanzara el clímax junto conmigo. Ahora éramos los dos, juntos, siempre…

Apuré mis embestidas, sus piernas aflojaron el agarre en mis caderas. Mi respiración dispar cerraba el camino del oxigeno a mis pulmones. Mi vientre se contrajo y mis bolas se endurecieron antes de empezar a dejarme ir dentro de ella. Era demasiado. No era lo mismo. Algo había cambiado y marcaba una diferencia. Si, sabía lo que era y tenía que decírselo antes que me quemara por dentro…

–Te amo…

Solté entre jadeos. Entre respiraciones agitadas, entre el temblor de su cuerpo desmadejado bajo el mío recibiendo cada gota de mi ser mientras daba los últimos embistes antes de caer sin voluntad sobre ella.

–Te amo…

***

BELLA’S POV

Cuando abrí de nuevo mis ojos aún estaba oscuro. La mitad de mi cuerpo estaba sobre el pecho de Edward y él me tenía rodeada desde la espalda hasta la cintura con su brazo. Sentía los ojos pesados y la parte de mi cara que estaba contra su piel, estaba húmeda.

Quise moverme pero al intentarlo, sentí crujir todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo. Ahogué un gemido y volví a quedarme quieta. Su pecho subía y bajaba relajado bajo mi mejilla y mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas al recordar… porque era un recuerdo, ¿cierto? No lo había soñado, no. No era un sueño. Por Dios que no hubiera sido eso.

Edward había dicho que me amaba.

Yo lo había escuchado. Suspiré. Subí mi mano para limpiar mi mejilla y él se movió. Me quedé muy quieta y su brazos se cerraron extra posesivos sobre mí.

–¿Qué pasa?

Preguntó con la voz ronca de alguien que no quiere despertar aún.

–Nada – susurré.

Exhaló aire y con una mano tomó mi mejilla, frotándola con suavidad.

–¿Vas a empezar a mentirme a estas alturas?

Dejé escapar un sollozo al escuchar su voz que me preguntaba tiernamente.

–¿Mmm? – sentí sus labios en mi frente –. ¿Me vas a decir qué sucede?

Si acaso tenía alguna duda de haberle oído decir lo que sentía por mí, en ése momento dejó de existir. Su tono al hablarme era… diferente, no podría explicarlo pero lo era. Edward me amaba y yo todavía no podía creer que sintiera lo mismo por mí.

–Tú… tú dijiste…

Balbuceaba las palabras, indecisa, sin saber muy bien como sacar el tema a la luz.

–¿Lo que dijiste… era en serio?

Edward suspiró y con mucho cuidado me puso a su lado, casi poniéndose sobre mí.

–Mis palabras son tan ciertas como las tuyas.

Murmuró muy cerca de mi oído y me estremecí.

–Lo que no puedo creer aún es que para poder escucharlas, haya tenido que llevarte al límite. ¿Es así como vas a querer que sean las cosas entre nosotros, Isabella?

No pude responderle, todavía no podía salir de mi estado de shock.

–Te gusta el reto, mi pequeña, te creces ante él y no puedo negar que eso me gusta – sus labios mordisqueaban el lóbulo de mi oreja, empezando a hacer estragos conmigo.

¿Pudiera ser verdad lo que decía?

Ciertamente tenía que aceptar que quizás no le hubiera confesado mi amor si yo no hubiera sido llevada hasta el extremo por él, si mi cordura no hubiera estado pendiendo de un hilo, excitada al máximo, tan completamente perdida en un deseo que en esos momentos estaba siendo plenamente satisfecho, ardiendo en un fuego abrasador que sólo me permitía tener algo en la mente… él.

Horas antes esa misma noche, Edward me había atado; el miedo a estar restringida y vulnerable se desvaneció al sentir con cada nudo alrededor de mis brazos la delicadeza con la que tocaba mi piel, cuidando que la tensión fuera la precisa, no más, no menos, hablándome con esa firmeza tan suave que sólo él era capaz de emitir en murmullos y susurros muy cerca de mis oídos, tranquilizándome, relajándome, recordándome respirar despacio…

Mi cerebro colapsaba y yo debía hacer un doble esfuerzo al no poder lidiar con dos ideas que se contraponían. La del miedo que me embargaba, la de la incertidumbre de no saber lo que el hombre a mi lado tenía preparado para mí; el miedo al dolor, a salir herida pero, ¿físicamente?, ¿a eso le temía más que al miedo de salir herida en mi interior?

Tan válida era esa idea como la de lentamente estar empezando a disfrutar con cada nudo, con cada extraña instrucción. Con cada respiración agitada, con sus movimientos expertos guiándome hacia donde me necesitaba y hacia donde me quería. Mi vientre empezando a calentarse, cosquillas como vuelo de mariposas tocando mi interior y yo elevándome en una excitación evidente y a la que pronto me rendiría sin control. Podía escucharlo moverse a mi alrededor, no podía verle el rostro pero podía sentir su calor y su impresionante erección contra mis nalgas.

Esa noche estuve a su merced como muchas otras tantas veces ya lo había estado pero esa vez fue diferente, fue como si hubiera querido dejar establecido un punto que no estaba sujeto a discusión y si mis instintos y mi razón no estaban equivocados, lo que Edward estaba haciendo, era marcarme como suya para que no me quedara duda que él, era el único dueño de mi voluntad y de mi cuerpo… y yo sólo tenía que seguir su voz, porque sus deseos eran los míos, ser suya en cuerpo y alma para que en mí encontrara la paz y la satisfacción que su cuerpo y su ser le pedían, deseaba ser capaz de darle todo, todo, porque lo amaba…

Hubiera querido gritar, hubiera querido tocarlo, mirarlo, pero mis brazos, mi cuello, yo, estaba inmóvil, sin poder intentar siquiera hacer nada más que controlar cada movimiento de mi cuerpo para no fallar, para no decepcionarlo, quería amarlo a su modo y al mío, del modo que nos llenaba y en el que nos compenetrábamos más, abandonándonos nosotros mismos en ése crudo juego de extraño placer.

Y la noche avanzaba, entre gozo, anticipación y miedo. Entre deseo desesperado y placeres prodigados. Entre promesas tácitas que estrujaban mi alma y que gritaban a todo pulmón lo que el futuro nos deparaba. Era así porque así lo quise entender. Así deseaba yo mi futuro, con él, con las cartas echadas declarando un porvenir diferente pero mío, nuestro.

Y mientras mi mente se esforzaba en discernir con precisión lo que ocurría, yo sólo podía sentir el clímax al que Edward me dirigía. Mis entrañas lloraban, mis vientre lo deseaba y mi corazón, en ése momento ya no palpitaba. Estaba entregado a él, a sus designios, a su entera voluntad. Mi garganta se cerró de improviso y así como el aire, el miedo ya no tuvo cabida en mí. Yo estaba en sus manos y confiaba en él, en el hombre que poco a poco estaba anulando todos mis temores y mis inseguridades. Era suya y estaba tranquila, esperando el momento para poder respirar de nuevo…

El aire llegó pronto a mí, que jalándolo con avidez, agradecí a mi Señor que me liberara con prontitud de la penitencia advertida por incurrir en la pequeña falta de moverme como no me era permitido. Él estaba ahí, a mi lado, pendiente a cada segundo de mí, alimentando mi confianza, protegiéndome mientras el huracán de sensaciones potenciadas se elevaba y se desataba sin piedad en mi interior.

El avasallador orgasmo y el cansancio me tenía sin fuerzas y yo quería hablar, gritar. Él me mimó como antes y yo me perdí en las divinas sensaciones que me regalaba. Era un privilegio y un placer que lejos de sentirlo como culposo, era deliciosamente mío con todos lo derechos porque me lo había ganado para saborearlo con los pocos sentidos que aún permanecían funcionales tras la intensa noche que había vivido.

Tendida en la cama, los pensamientos se agolpaban uno a uno en mi mente. Uno más poderoso que otro, otro más lógico y otro más absurdo pero aún con las pocas fuerzas que me quedaban, trataba de analizarlos tan bien como pudiera y al cabo de, no sabía si de muchos minutos o pocos, parecía que no quedaba nada más por decir, nada más por demostrar.

Yo le pertenecía y le entregaba mi cuerpo, mi alma y mi corazón. Estaba enamorada, lo amaba. Necesitaba decírselo, gritarlo. No podía callármelo más tiempo. Sería como mentirle y una sumisa no lo hace, ella no guarda ningún secreto hacia su Señor y yo no lo haría, ya no. Yo le diría que mi amor por él me consumía, no resistiría un día más guardándolo en mi pecho, necesitaba que lo supiera…

Fue en ése momento cuando un gemido escapó de mi garganta y noté que estaba llorando. Hice lo posible por callarme, por controlar mis traicioneras emociones que no me iban a permitir actuar como debía. Fue inútil. Un jadeo más audible se escuchó mientras intentaba calmar mis sollozos. Edward asustado temía haberme hecho daño y yo no podía hablar con calma para decirle que no era ése el motivo de mi reacción. Mi llanto me impedía tranquilizarlo y me alteraba al hacer crecer en mí la desesperación por expresarme claramente hasta que al fin, aferrándome a su pecho, pude con mucho esfuerzo sacar de mi corazón el potente sentimiento que tenía por él.

Yo… te amo, Edward, te amo…

Por un instante me perdí de la conversación que teníamos recordando esos inolvidables e intensos momentos pero al empezar a sentirlo acomodarse de nuevo sobre mí, mi voluntad, como siempre lo hacía cuando de Edward se trataba, comenzó a caminar muy lejos de mí.

–No sé si eso es un premio o una condena, pero tomaré todo lo que venga de ti, Bella y tú harás lo mismo conmigo.

Sus labios acariciaban la piel de mi pecho y fueron bajando lentamente hasta mis senos, consintiéndolos suavemente, uno por uno, para ir despertando todos mis agotados sentidos. Su lengua envolvía las puntas duras, humedeciéndolas y mordiendo despacio cada una y yo arqueaba mi espalda ofreciéndole todo lo que de mí quisiera tomar, haciendo reaccionar todos mis adoloridos y cansados músculos.

Edward se deleitaba jugando con mis senos en su boca y sus manos recorrían ávidas mi cuerpo como si nunca lo hubieran tocado antes. Paseaban por mi torso y por mis caderas, apretaban mis muslos y lentamente los abrieron para poder colocarse entre ellos. Una de sus manos acunó mi sexo y se frotaba con una dulce parsimonia sobre él extrayendo de mi garganta pequeños gemidos a los que correspondió subiendo sus labios a los míos y besándome sin prisas; sus dientes mordisqueaban mis labios haciendo crecer el deseo en mí. Su mano detuvo esa fricción y sus dedos comenzaron a hundirse entre mis empapados pliegues buscando tocar mi sensible e hinchado botón que era la terminal receptora de todas las sensaciones que Edward me provocaba.

Jadeé necesitada pero mis reacciones no tuvieron efecto en él; seguía moviéndose y tocando con esa extrema lentitud todas mis zonas erógenas que estaban dispuestas a explotar a la menor indicación. No cabían dudas ya, era tan suya, que mi ser entero sólo respondía a sus deseos… y por primera vez, no tuve miedo de aceptar mi condición, le pertenecía por completo.

–Ahh – grité entre un profundo jadeo al sentir como me poseía de nuevo; como mi útero era llenado nuevamente por su pulsante virilidad incrementando poco a poco esa sensación de plenitud que empezaba a disfrutar sin que estúpidos pensamientos irrumpieran martillando en mi cerebro, no, ya no más de eso, ahora sólo tenía que recibir todo lo que él quisiera darme y en ése momento, sólo era una oleada de intenso placer.

Sus caderas embestían con esa lentitud tortuosa que sólo me hacía querer rogarle por más velocidad para llegar pronto a mi clímax. Yo movía las mías para darle fuerza a ése encuentro pero el cansancio me lo hacía difícil.

–Rápido… más… rápido – rogué por fin.

Los gemidos se contenían en su pecho mientras hacía un esfuerzo por mantener ése maldito ritmo lento que me estaba enloqueciendo.

–¿Crees que voy a darte lo que me pides después de todo lo que me has hecho esperar, Bella?

Dijo con voz grave y amenazante que en lugar de amedrentarme me excitaban mucho más.

–¡Si! – gemí demandante – ¡Fóllame fuerte, Edward!, ¡fuerte!

El ritmo lento se intensificó y de pronto sus empujes contra mí cobraron un poco de velocidad. Edward gruñía cada vez que su miembro se enterraba en mí y yo jadeaba y gemía satisfecha al estar obteniendo lo que pedí con tanto apuro mientras hacía el intento de retenerlo en mi vagina pero ya no podía sentir si se apretaba con suficiente fuerza alrededor de su pene.

¬–Ah, maldita sea, Bella.

Soltó en un profundo gruñido y abandonó el rítmico vaivén para empujarse con movimientos frenéticos dentro de mí y entre agitadas respiraciones, maldiciones de parte de Edward, te amos mutuos y gemidos y jadeos que llenaban la habitación, ambos llegamos al borde de nuestra acelerada excitación y alcanzamos el más intenso orgasmo. Mi mente se desconectó de todo menos del hombre que se desplomó sobre mí y que permaneció en mis adentros por no supe por cuanto tiempo más… sólo sentía una paz que me colmaba como instantes antes Edward lo hacía llenándome de su caliente semilla.

Permanecí con los ojos cerrados, no me quería mover; no creía poder hacerlo ya que me sentía literalmente extenuada, sin fuerzas, y estaba empezando a hacerse muy difícil el respirar. Aún seguía desconectada de todo, disfrutando de los últimos estremecimientos que mi cuerpo tenía como resultado del maravilloso orgasmo compartido. Me faltaba el aire y mis manos se movieron automáticamente reaccionando por el escaso paso de oxigeno a mis pulmones. Edward se dejó caer a un lado no sin antes maldecir en un susurro.

–Vas a ser mi perdición, Bella.

Dijo en un murmullo casi imperceptible, acariciando con suavidad mi pecho que subía y bajaba al estarse recobrando.

–Lo peor es que lo sé, y no me importa…

***

Tenía más de veinte minutos tratando de leer todas las notas que estaban en mi escritorio cuando llegué esa mañana. Por más que las leía era como si estuvieran escritas en chino, lo único que tenía en la mente era la noche anterior repitiéndose una y otra vez.

La cena en casa de sus padres, mis nervios, Edward tomándome en el pasillo del jardín, la intensa sesión en el cuarto de juegos, sus mimos, yo confesándole que lo amaba, Edward poseyéndome, diciéndome que me amaba, quedarme dormida en sus brazos, Edward haciéndome suya de nuevo…

Todavía no podía creer como dos palabras podían cambiar el panorama de una persona. Porque el mío ya no era el mismo ya que las cambiantes e indecisas conjeturas y decisiones que tomaba ya formaban parte de mi pasado y no estaba dispuesta a dejarme guiar por ellas. Atrás dejaría todas las dudas, que como había comprobado, sólo retrasaron el momento de felicidad que estaba viviendo y que pensaba extender hasta el último día de mi vida.

Me moví bruscamente en mi silla y mi extenuado cuerpo me reclamó pero no me importó. Estaba feliz y ése recordatorio que mi adolorido cuerpo me mandaba, sólo me hacía sonreír por lo que significaba. Me sentía a punto de estallar de alegría, quería gritarle a todo el mundo que Edward me amaba como yo a él y que nuestro futuro sólo podía verse lleno de días colmados de amor y felicidad.

¡Tenía que decírselo a mi padre!

La noche anterior en casa de Carlisle y Esme, cuando me abrazó frente a todos me susurró al oído que debía confesárselo a Edward, que no me callara lo que sentía por él porque el amor no se guarda, no se oculta, que debe compartirse para disfrutarse. Yo sólo asentí, sin tener muy claro como lo haría y mucho menos cuando, hasta que esa misma noche, no pude callármelo más.

–Algo debe estar pasando en Cullenworld que te tiene así, Bella – Jane apareció de repente dándome un susto.

–¿Qué dices, Jane? – sonreí buscando mi teléfono en el bolso.

–Mírate – me señaló con ambas manos –, siempre estás impecable amiga pero hoy… ¡estás radiante! Algo te da de comer Edward que no me has dicho eh… – me guiñó el ojo al sentarse en la orilla de mi escritorio.

–¡Jane! – solté una carcajada.

–Algo tiene que ser, Bella, porque ayer no te veías así – se recostó como una gatita en el escritorio repleto de papeles –. Tienes que ser una amiga compartida, ya sabes que tus secretos están a salvo conmigo – ronroneó. La miré, me miraba curiosa y mi interior arañaba por gritárselo a alguien…

–Él me ama, Jane…

Lo dije en un susurro pero alcanzó a escucharme perfectamente bien porque parpadeó repetidamente sin dejar de mirarme y su boca estaba tan abierta que si se acercaba un poco me tragaría.

–¿C-como? – se las ingenió para preguntar sin atragantarse y yo asentí.

–Edward me ama – mis mejillas se calentaron como una quinceañera.

–P-pero él es… él es… ¡un Dom! – sus ojos se abrieron enormes –. ¿Pueden enamorarse?, digo, te hizo firmar un contrato y es tan quisquilloso y duro y exigente y… y… ¿pueden?

Yo no había pensado en nada de lo que Jane decía y tenía que aceptar que tenía razón. Era verdad que había un contrato, que Edward era muy especial y que había impuesto muchas condiciones desde el principio, pero también era verdad que muchas cosas que se especificaban ahí nunca las seguimos al pie de la letra y además, Edward había cambiado mucho desde entonces.

Seguía siendo un hombre de carácter fuerte pero era su personalidad y así lo amaba; había aprendido a estar con él, a conocerlo y confiaba en él ciegamente porque sabía que nunca me fallaría, él mismo lo había dicho la noche anterior y yo le creía.

–Él me lo ha dicho y es lo único que debe importarme, Jane – dije muy segura porque lo creía firmemente.

–Entonces lo que firmaste, ¿se anulará por completo y serán una pareja normal? – me miraba con cara de cinéfila romántica –, ¿no es hermoso? Él cambiará por ti y dejará en el pasado ese estilo de vida lleno de manías oscuras y se olvidará de los castigos, de las nalgadas, te dejará de prohibir cosas y podrás vestirte de todas las tonalidades de rojo que se te dé la gana. Será el hombre más dulce y bueno sobre la faz de la tierra y consentirá cada uno de tus caprichos.

–Será un hombre cien por ciento normal, Bella, e irá a pedir tu mano a San Francisco y seis meses después se casarán ahí en la iglesia más bella y vivirás aquí en una mansión con un enorme jardín y tendrás dos preciosos Yorkshire Terrier corriendo por toda tu casa y que te harán compañía mientras llegan los bebés… es como de película.

Jane hablaba y hablaba como loca, como una máquina sin parar y mientras escuchaba cada una de las cosas que decía, mi cabeza comenzó a negar muy lentamente dejándome muy en claro lo que había deseado siempre.

–No, Jane – le aseguré –. Yo no quiero junto a mí a ése hombre que describes.

–¿Qué dices?, ¿quién no querría un hombre así? – me miraba como si estuviera loca.

–Yo – dije firmemente –. Yo sólo quiero a mi Edward junto a mí. Con su carácter duro, con esa mirada que me maneja, con sus locas perversiones… lo quiero a él, Jane, así como es.

–No sabes lo que dices.

–Si lo sé y por eso lo amo tal cual es, porque me gusta y me vuelve loca ése Edward retorcido que siempre me tiene con el alma en un hilo. Ése hombre me llena, me hace sentir plena, Jane, me complementa.

–Pero… tú no eres así, Bella, tú eres una chica… normal.

–¿Normal? – fruncí el ceño –. Me siento normal ahora que soy una mujer completa que satisface y se satisface. Edward me ha enseñado, me ha guiado y ahora sé que nunca fue sólo la curiosidad lo que me acercó a él, Jane, fue la atracción de dos seres afines. La necesidad de Edward de dominarme y mi necesidad de complacerlo… eso somos, Jane, un dominante y una sumisa; y créeme que me hace muy feliz haberme encontrado a mí misma en él.

Nos miramos por unos largos segundos en los cuales pude ver que Jane por fin entendía lo que le decía o al menos lo intentaba.

–Creo que debo darle un poco de crédito a esto que ustedes tienen. Si me voy a ver y a sentir tan bien como tú deberé considerar el introducir un par de nalgaditas a mis noches de pasión con Ethan – estallamos en carcajadas y me abrazó –. Me da mucho gusto por ti, amiga.

–Gracias, Jane – apreté mi abrazo e intenté trabajar lo que restaba del día pero una hora antes del almuerzo, papá llamó invitándome a comer y como no vería a Edward hasta la noche, acepté. Era la oportunidad perfecta para contarle a papá que Edward también me amaba.

***

Nos dirigíamos hacia Canary Wharf, una de las inmediaciones más hermosas de Londres. Nuestro destino era el restaurante japonés Ubon. Estaba segura que mi padre lo había escogido por tener una de las vistas más impresionantes del Támesis. Dean se detuvo justo en la puerta y Nicholas, un nuevo integrante del séquito abrió la puerta para mí. Ellos eran mi sombra por el momento ya que Paul y Jason atendían a Carmen y a mi padre.

Entré al restaurante. El lugar estaba lleno, parecía una celebración o algo pero entre tanta gente no pude distinguir a qué se debía tanto alboroto. Sentí el ambiente cálido y me quité el abrigo con prisa, así luciría mi hermoso vestido que hacía juego con mis espectaculares botas altas. Seguí a la hostess después de darle el nombre de mi padre y me condujo hasta su mesa.

Poco a poco la seguridad y el aplomo con el que había entrado al lugar y que habían hecho voltear varias cabezas se esfumaba transformándose en ira contra mi padre. Conforme me acercaba, los rostros de Alice y Rosalie palidecían y el de mi padre se iluminaba; su sonrisa llenaba su cara.

–Bella, mi amor – se puso de pie para abrazarme –, estás preciosa, hija.

–Carmen – asentí en su dirección y con sólo mirarla supe que no estaba muy de acuerdo con la genial idea de papá.

–Pero siéntate, mira quienes están aquí – hablaba ilusionado –, tus hermanas.

–Creí que sólo estaríamos nosotros tres; no quiero ser grosera con tus invitadas pero prefiero reunirme contigo y con Carmen en otra ocasión. Gracias papá y discúlpame.

–Isabella – levantó la voz –, yo no te he educado para que hagas esta clase de desplantes; las he educado a las tres de la misma forma, para que se respeten y se quieran por lo que son, hermanas, así que siéntate y compórtate.

–Me temo entonces que alguien aquí no aprendió la lección y te puedo asegurar que esa, no fui yo. Lo siento papá pero también me enseñaste a tener orgullo y dignidad y como aquí la agredida fui yo, me retiro. Que tengan muy buen provecho, buenas tardes a todos.

–Bella, por favor no te vayas…

La pequeña voz de Alice me hizo detener mi camino a la salida y girar muy despacio la cabeza para mirarla por sobre el hombro.

–Nosotras… lo sentimos mucho, Bella.

Rosalie balbuceó y tuve que dar un gran respiro antes de girarme por completo.

–Yo también lo siento. Lo siento porque creí que tenía no amigas, sino hermanas incondicionales pero desafortunadamente se dejaron ver por lo que son en el momento que más falta me hicieron. Me hirieron, me rechazaron y me humillaron cuando fui a pedirles perdón y sólo Edward, ése que ustedes señalaron, el hombre del que desconfiaron, sólo él estuvo ahí para mí, cuidándome y acompañándome cuando se suponía que ustedes eran las que tenían que estar conmigo.

–Fuimos muy egoístas, Bella, lo sabemos – la voz cantarina de Alice se perdía entre los sollozos.

–Bien. Que bueno que ya lo saben, así no volverán a cometer el mismo error y no perderán a otra “hermana”.

–Tú no eres rencorosa hija, y ellas están conscientes de que cometieron un error, están pidiéndote disculpas y una oportunidad, no puedes negárselas, Bella.

Los ojos de mi padre estaban tristes; estaba decepcionado de Alice y de Rosalie por haberme dado la espalda pero también de mí por no poder perdonarlas. Carmen era sólo una mera espectadora que veía el dolor que me infligieron y le dolía también. Sufría por todo lo que escuchaba; ella no las conocía bien y sabía de alguna forma que si yo no cedía era porque mis razones eran rotundamente válidas.

–¿Puedes sentarte, hija? – papá me pidió y al verlo tan triste accedí, conteniendo una mueca de incomodidad al sentarme de golpe.

–Gracias, Bella, por darnos esta oportunidad – dijo Rose retorciendo nerviosa sus manos y giré la cara para mirarla fijamente.

–No, Rosalie – sonreí cínica –, creo que te confundes. Si me he sentado es por consideración a Carmen y a mi padre, no por ustedes.

–No puedes ser tan dura – reclamó Alice dolida.

–Tienes razón, le diré a mi psiquiatra que debo trabajar en ello.

–Ya basta, Isabella, es suficiente – demandó mi padre y volteé la cara hacia otro lado. El mesero llegó y antes de que alguien ordenara algo, le pedí un whisky. Papá me miró duramente y antes de que el mesero se marchara con los pedidos…

–El whisky que sea doble – agregué.

El ambiente se tornó cargado y pesado en la mesa. Nosotros estresados en medio de una gran discusión y el resto de los comensales festejando alegres entre risas y felicitaciones. Yo no pensaba abrir la boca como no fuera para defenderme. Si decía algo hiriente, era porque sería provocada. Ya no era la misma tonta que lloraba por estar sola, ya era otra Isabella, una capaz de luchar por lo que quería y obtenerlo.

–Bella, deja que tus hermanas hablen, escúchalas, al menos no les niegues eso.

–Que hablen – acepté indiferente y mi padre asintió. Alice se aclaró la garganta.

–¿Recuerdas el día que llegaste al internado? – preguntó y solamente la miré –. Yo lo recuerdo perfectamente bien. Estabas asustada y Rosalie lloraba en una cama; me acerqué a ustedes y desde ése momento fuimos inseparables. Nos contábamos todo, hacíamos todo juntas y hasta teníamos los mismos sueños e ilusiones. Éramos las mejores amigas de todo el internado.

Rosalie continuó – Las primeras vacaciones, tú te irías a San Francisco y nosotras nos quedaríamos en el colegio, pero moviste cielo, mar y tierra para convencer a Charlie de que te permitiera llevarnos contigo… desde esas vacaciones, él nos adoptó como sus hijas y ya no nos separamos ni un solo día. Era perfecto para todos, yo ya tenía una familia, Alice ya no sufría el olvido de sus padres y Charlie estaba feliz porque tú ya no estabas sola, estábamos juntas.

–Vivimos juntas tantas cosas, Bella, divertidas, chuscas, buenas, malas y peores. Sin embargo, a nuestro modo nos curábamos solas las heridas y sanábamos con el tiempo. Nos apoyábamos y nunca nos separamos, nos protegíamos… – Alice hizo una pausa, visiblemente afectada por los recuerdos.

–Crecimos, Bella, y al parecer nosotras olvidamos la esencia de la relación que teníamos. Nos concentramos en nuestros trabajos y en nuestros propios intereses dejando a un lado la verdadera amistad y el cariño que nos mantenía unidas…

–Y cuando vieron que yo era feliz, que al fin “estaba viviendo” como tantas veces me repetías, Rose – la interrumpí al sentir que de nuevo se abría mi herida –, ustedes cambiaron y de pronto eran un par de envidiosas egoístas que no querían tener nada que ver conmigo y me ofendieron, insinuaron cosas que me lastimaron y que me hicieron mucho daño, pero aún así estuve dispuesta a olvidarlo y fui a buscarlas para, ¿pedirles perdón?, ¿pedirles perdón por ser feliz?

Bufé y negué con la cabeza al recordar su rechazo.

–Estábamos mal, Bella, nos hemos dado cuenta algo tarde pero lo reconocemos y aquí estamos para pedirte que nos des una oportunidad para volver a ser como antes, las tres hermanas dispuestas a todo por el cariño que nos tenemos.

Sonreí. Aspiré profundamente.

–No creo que eso sea posible de nuevo. Quizás ustedes aún tengan la capacidad de reconocer sus errores y de perdonar. Desgraciadamente, yo puedo reconocer mis errores pero he perdido la capacidad de perdonar gracias a ustedes.

Bajé un poco la cabeza, admitiendo para mí misma que no sólo era el orgullo y la dignidad lo que no me dejaba perdonarlas. Era ése cruel rechazo, ése que tanto me había herido, lo que había abierto una grieta en mi alma, ése rechazo que también había sembrado una enorme desconfianza hacia ellas ya que siempre tendría dudas de su cariño sincero.

–No, Bella – lloró Rosalie.

–Por favor…

–No, Alice, creo que toqué fondo y por instinto de conservación, tengo que ser un poco egoísta para poder ser feliz y hacer feliz a los que de verdad me quieren.

–El que las rechaces me duele, Bella, las quiero como a unas hijas.

–Me duele hacerte daño, de verdad, lo siento papá.

Estaba llena de sentimientos encontrados. Por un lado me dolía ver a mi padre, a Alice y a Rose pedirme algo que en ése momento me resultaba imposible darles y por el otro, ¡carajo!, claro que las extrañaba pero, ¿como poder volver a confiar en ellas?, ¿cómo?

–Bella – por primera vez en toda la tarde, Carmen habló, levanté la cara para mirarla –, no sé muy bien que fue lo que pasó ente ustedes pero fue lo suficientemente poderoso como para romper el lazo que las unía; ellas han venido hasta aquí, le han insistido a tu padre para que sea el mediador para poder rescatar la familia que formaban. ¿De verdad crees que lo que sucedió fue tan fuerte como para acabar con todo eso?

La voz dulce y amable de Carmen estaba a punto de hacerme quebrar y no podía darme el lujo de flaquear frente a ellas y no por orgullo. Pasaron unos segundos antes de que pudiera responder.

–Es un poco injusto e irresponsable dejar sólo en mis manos el poder para solucionar esto.

–Tienes razón, Bella – sollozó Rosalie –, sé que te estamos pidiendo mucho y estás en todo tu derecho de mandarnos al diablo, pero al menos… al menos no nos odies.

Respiré un par de veces por la boca, alterada. No me estaba haciendo muy bien escucharlas, estaban estrujando mi corazón y me iba a ver obligada a dar algo que aún no estaba preparada para conceder, el perdón.

–Hay algo que quiero que tengan muy claro – las tomé de las manos –; yo no las odio, simplemente ya no confío en ustedes.

Tomé el vaso corto de whisky que había dejado el mesero un rato antes y bebí hasta la mitad. El alcohol bajó por mi garganta y pude sentir como llegaba a mi estómago vacío. Me puse de pie y le di un beso en la mejilla a Alice y a Rose que hizo el intento de abrazarme pero di un paso hacia atrás. Abracé a Carmen y a mi padre que repentinamente cambió su semblante. Se le veía confundido y dolido.

–Siento mucho haberles arruinado el almuerzo. Mis disculpas.

Caminé entre la gente que llenaba el lugar, escuché mi nombre pero no volteé, seguí abriéndome paso hasta llegar a la puerta. Nicholas se apuró para abrir la puerta del auto y me subí. Me arrinconé en el extremo del asiento y me cubrí con el abrigo. Tenía unas putas ganas de llorar…

–¿Está usted bien, señorita Isabella?

–Perfectamente, Dean – respondí controlando mi voz –, llévame a la agencia, por favor.

No pude resistirlo y unas lágrimas resbalaron por mis mejillas. Gruñí impotente por el cúmulo de emociones por las que había pasado en el restaurante y con la mano en un puño golpeé el asiento varias veces.

Mi día estaba tan perfecto… ¿por qué tenían que arruinarlo ése par y de esa manera? Y además involucrando a mi padre y a Carmen. Yo sólo quería llegar a casa, lanzarme a los brazos de Edward y obedecerle en lo que me pidiera; cederle mi voluntad, dejarlo tomar todas las decisiones importantes de mi vida y no preocuparme de nada más que complacerle.

Sorbí mi nariz y salí debajo de mi escondite para recomponer mi maquillaje arruinado por llorar; arreglé mi pelo y al llegar a la agencia, el servicial Nicholas abrió de nuevo la puerta para mí. Dean a mi lado, miraba la calle mientras se aseguraba que entraba al edificio y después al elevador. Antes de que se cerraran las puertas, lo vi sacando su celular para hacer una llamada. Bajé en mi piso y como supuse, Jane no había llegado de almorzar. Apenas me senté en mi silla, maldije al puto dolor que no desaparecía cuando de repente mi teléfono comenzó a sonar… era Edward.

–Edward – pronuncié antes de que él dijera nada.

–¿Qué sucede, Bella? – oír su voz fue como un bálsamo reparador.

–Fui a comer con Carmen y mi padre.

–Lo sé, ¿tuviste un problema con él? – preguntó muy serio.

–Llegué y ahí estaban Alice y Rosalie – dije con voz quebrada y pude oír como suspiraba profundamente.

–Vete a casa – me ordenó – , iré para allá en un momento más.

Mi amado dominante reaccionando como yo había anhelado un rato antes. Sí, yo quería no pensar, no actuar, dejar que él se hiciera cargo de todo pero tampoco podía evadir mis responsabilidades. Me senté derecha en mi silla y tomé aire para darme fortaleza y no sucumbir a su mandato, aunque lo deseara.

–No puedo irme, tengo mucho trabajo – miré hacia la esquina de mi escritorio donde estaban apiladas algunas carpetas y luego hacia la pantalla de mi computadora con mil post-it pegados.

–¿Y crees que en ése estado podrás trabajar? – casi pude verlo fruncir el ceño, enojado.

–Tengo que hacerlo, he…

–No, no tienes – me interrumpió –. Empezando porque yo no quiero que trabajes y segundo porque no te hace ninguna falta – dijo tajante.

Sorprendida por lo que acababa de oír apenas pude murmurar después – Edward…

–No tienes que demostrar nada, Isabella, y a ti menos que a nadie. Sabes que eres una mujer valiosa y eso es todo lo que debe importarte. Si no quieres ir ahora a casa no lo hagas pero ya sabes qué es lo que opino de todo esto. Te dejo, estoy en medio de una junta.

Terminó la llamada y yo me quedé mirando el teléfono. ¿Qué coño había sido todo eso?

–Oh, lo siento, lo siento, lo siento – entró Jane gritando apurada y dejándose caer en su silla –. No creí demorarme tanto pero me encontré con las chicas de publicidad y ya sabes como son, ¡no paran de hablar!...

Yo miraba a Jane y veía que su boca se movía a una rapidez impresionante pero no la escuchaba. Las palabras de Edward me habían dejado suspendida e incapaz de centrar mi atención en nada.

–¿Bella?

Parpadeé varias veces cuando Jane pasó sus manos frente a mi cara.

–¿Qué te pasa? – frunció el ceño preocupada.

–Nada – tomé las carpetas y abrí una para desviar su atención de mí.

–Algo pasa en Cullenworld, lo sé – dijo muy segura –, ¿o algo salió mal en el almuerzo con tu padre?

Maldita Jane, tenía que ser una puta adivina.

–Las dos cosas – dejé la carpeta a un lado y me escurrí en la silla.

Jane se puso de pie rápidamente y antes de cerrar la puerta de nuestra oficina, colgó un letrerito que había hecho que decía…

“Genias desplegando su magia,
NO MOLESTAR”

… con la misma, acercó su silla a mí y se dispuso a escucharme.

–Ahora si, escúpelo.

Las putas lágrimas volvieron a escurrir por mi rostro, fluían alegremente las traidoras mientras le contaba a Jane la incómoda encerrona que había sufrido en el almuerzo, cortesía de mi padre. Jane, que ya conocía la historia de ése par, para mi desconcierto no había dicho ni media palabra, sólo se mordía ambos labios y asentía de vez en cuando conforme iba hablando.

–Bella – dijo muy calmada –, yo entiendo muy bien como te sentiste cuando todo eso ocurrió y como te sientes ahora; sabemos que ellas provocaron todo esto pero… no te has puesto a pensar que tal vez fue porque, ¿tuvieron miedo?

–¿De qué hablas? – me limpié la nariz.

–Ustedes tres eran inseparables desde pequeñitas, no daban un paso si las otras no lo sabían, como tú misma dices, eran incondicionales, y cuando descubrieron que tú les ocultaste que ya tenías algún tiempo saliendo con Edward y vieron que obviamente era una relación con todas sus letras, se dieron cuenta que no las necesitabas para seguir adelante con tu vida, Bella, tú podías tomar tus propias decisiones y ser madura pero ellas sí seguían necesitándote a ti. Eso seguro las asustó tanto que por eso actuaron así, rechazándote. Fue miedo, ¿no lo ves?

–Creo… creo que puede ser… – admití un poco dudosa todavía.

–¿Crees que puede ser? ¡Bella, por favor! No me digas que ahora no están con la cola arrollada entre las patas pidiéndote perdón y que no aceptarán cualquier condición que les pongas con tal de estar cerca de ti, niégamelo.

–Pues si – le di la razón.

–Pues claro que si, sin ti ya no tienen nada, ni a tu papi, ni a la familia que eran, ni a ti – suspiró –; pero bueno, yo no quería atacarlas ni nada, sólo señalar mi punto pero a veces me exalto un poco – se recompuso la blusa –, el caso es que yo también pienso como Carmen y creo que a veces vale la pena hacer un esfuerzo y no ser tan orgullosa, sobre todo si se trata de algo como esto que vale tanto la pena y que es conservar una familia.

Jane tomó mis manos y las apretó mientras me sonreía.

–Piénsalo, Bella, por mantener unida a una familia todo es válido, aunque te parezca un poco injusto e irresponsable, ¿no crees?

Jane me guiñó un ojo y asentí.

–Y ahora si, que pasa con Edward, ¿qué hizo ése hombre que se pasa de bueno?

–Le conté que no me había ido muy bien en la comida y me ordenó que me fuera a casa pero le dije que tenía que trabajar y me dijo que no, que él no quería que yo trabajara y que tampoco me hacía falta.

–Bueenoo, a mí no tendría qué pedírmelo dos veces, amiga, desde ya estaría tendida en un sillón con un martini en una mano y la otra recibiendo la mejor manicura de todo Londres, disfrutando de ser consentida y tratada como me lo merezco.

–¡Jane! – grité frustrada.

–¿Qué? – abrió los ojos desmesuradamente.

–No estás viendo el problema real de todo esto – exclamé a punto de perder la paciencia.

–Sinceramente, Bella, no veo ninguno, digo, él es tu dominante, si él te lo ordena tú obedeces, ¿no?, además es verdad que tampoco necesitas trabajar, así que esta vez honestamente no te entiendo.

–Ay, Jane, como odio que tengas razón.

–No es muy difícil tenerla en éste caso, todo está muy claro; la que parece no haber entendido desde un principio las reglas del juego eres tú o dime donde es que me perdí.

–¿Crees que estoy mal por querer ambas cosas? – sus ojos se entrecerraron mirándome intrigada –. Quiero todo, Jane; quiero ser la sumisa siempre lista y dispuesta para Edward, complacerlo y cederle mi voluntad, dejar mi vida en sus manos porque confío en él y sé que sabrá que será lo mejor para mí, pero por otro lado no quiero dejar de ser esa Bella que se identifica por ser empeñosa y que es fuerte aunque parezca que tiene poco carácter; yo quiero seguir haciendo las cosas que me gustan, trabajar, que reconozcan mis logros y que nadie me limite en ése aspecto, eso es lo que quiero, Jane.

Dije antes de volver a sollozar y de escuchar una honda exhalación de parte de mi amiga.

–Fiu – silbó –. Creo que lo que necesitas es tiempo para meditarlo todo con mucha calma. Tienes que ubicarte en esta realidad que te toca vivir y ver que es lo que realmente puedes obtener de ella, Bella. Yo puedo venir y darte una charla sobre lo que creo que debes hacer pero sería sólo eso, lo que yo creo, no lo que tú de verdad necesitas. Este es un largo viaje que tienes que hacer hacia tu interior y tienes que hacerlo tú solita porque sólo tú sabes que es lo que de verdad deseas.

Me pasó un brazo por los hombros – gracias, Jane.

–De nada, Bella.

***.

Pude trabajar el resto de la tarde. No quitamos el letrerito de la puerta, así que nadie osó perturbar nuestra paz. Saqué mi iPod, me puse los audífonos y dejé que las canciones sonaran aleatoriamente. Fue una buena idea porque cuando sentí en mi hombro la mano de Jane, sólo faltaban quince minutos para salir. Me despedí de ella y al salir, la puerta del auto esperaba abierta para mí.

Esa noche llovía un poco, como era usual, y durante todo el camino a casa fui mirando por la ventana el mundo exterior. La gente caminando bajo sus paraguas yendo de un lado para el otro con relativa calma; las calles con el pavimento mojado; la lluvia viéndose caer frente a las bombillas; las gotas rebotando en los charcos que yo hábilmente esquivaba cuando aún era alguien que caminaba por ahí mojándose feliz… ya sólo me quedaba mirar a ése mundo desde la burbuja que sin querer darme mucha cuenta, Edward había construido a mi alrededor. De pronto sonreí…

¡Si!

¡Edward me había envuelto en una puta burbuja y era jodidamente feliz en ella y aún más porque sabía que también me amaba!

Era la verdad. Nunca antes me había sentido tan bien; me sentía justo como había querido sentirme toda mi vida. Cuidada, protegida, mimada, amada, deseada… entonces, ¿a qué le ponía tantos peros?, ¿por qué no era una mujer capaz de aceptar todo lo bueno que le pasaba en la vida y disfrutarlo?

Edward me amaba.

¿Qué más quería?

Al llegar a casa, subí corriendo a mi habitación. Quería darme una ducha y quitarme con eso toda la carga del maldito día que se suponía debía ser uno de los más felices de mi vida y no lo que había sido, pero ya no me iba a seguir lamentando. Me enrollé el pelo y lo sostuve con un palito como lo había hecho Edward la noche anterior y me estremecí al recordar todo lo que vivimos.

El potente chorro caliente golpeaba mis adoloridos músculos masajeándolos y aliviando un poco la tensión del día. Froté la esponja con el gel haciendo mucha espuma y me enjuagué. Me sequé y me envolví en una bata para salir al vestidor por algo bonito que ponerme, iba a recibirlo como a él le gustaba así que escogí un vestido negro de cuello halter, mis Louboutin negros de ante y me maquillé un poquito solamente.

Ya estaba lista cuando recordé que no había pensado en qué íbamos a cenar y ya no me daba tiempo de preparar nada; me maldije por estar pensando en otras cosas durante toda la tarde y no en lo que realmente me debería importar que era tener contento a Edward.

–¿Bella?

Giré al escuchar su suave voz. No lo había notado llegar. Me acerqué a él y me lancé a sus brazos donde me recibió pegándome a su pecho y enterrando su rostro en mi pelo.

–Te extrañé – dije casi en un murmullo.

–Yo también y mucho – agregó buscando mi boca con la suya.

Fue un beso que gritaba necesidad por todos lados, tanto mía como suya. Se sentía y era imposible negarlo. Sus manos se centraron en mi cintura y las mías en su cuello conforme su boca descendía por el mío probando mi piel y yo echaba mi cabeza hacia atrás para dejarle libre el camino. Un gemido grave escapó de su garganta y se pegó a mí haciendo que mi vientre notara su más que excitado miembro.

–Estaba desesperado por llegar a casa, amor…

Su declaración aniquiló todos mis sentidos y el tiro de gracia fue la última palabra pronunciada por sus labios… amor.

¡Me llamaba a mí así!

Volvió a mi boca y después de un beso que me dejó temblando, se retiró un poco para verme de arriba abajo.

–Simplemente perfecta – sus ojos brillaron y apareció en sus labios esa sonrisita torcida que tanto amaba –. Vamos a cenar. Quiero presumir que la mujer más hermosa del mundo me pertenece.

–¿Ah si?, con que le pertenece, ¿no? – sonreí coqueta.

–Toda ella, completita – recalcó –, sólo mía. Ahora, vámonos que tengo hambre y todavía tenemos un par de asuntos qué discutir esta noche.

Mi alegría y seguridad descendieron dos niveles pero respiré y mandé al diablo mis temores, ya era hora de madurar de verdad y ése era un momento perfecto para empezar.

Dean y Nicholas nos condujeron al Tower 42. El cuarto edificio más alto de Londres. Yo nunca había estado ahí y estaba feliz por conocerlo del brazo de Edward. En el piso 24 se encontraba el restaurante “Rhodes 24”, que era famoso por sus platillos de cordero y era uno de los preferidos de Edward. Nos sentamos en una mesa un poco alejada pero junto a uno de los impresionantes ventanales que dejaban ver una vista de la ciudad que robaba el aliento. El mesero se acercó y Edward ordenó por mí. Una entrada de setas con romero y el plato principal, cordero en salsa de cebolla caramelizada.

–Suena delicioso – sonreí verdaderamente hambrienta.

–Si sólo tienes tres tragos de whisky en el estómago es de esperarse que todo te suene delicioso, Bella – enarcó una ceja.

–Hablaste con mi papá – no pregunté, afirmé.

–¿Crees que iba a quedarme tan tranquilo después de nuestra charla por teléfono? – fruncí el ceño –. Vete acostumbrando, Isabella, soy una persona que se encarga de sus asuntos y por si no te ha quedado claro, tú eres mi asunto importante.

–Me siento como una niña cuando haces esas cosas.

–Entonces deja de actuar como tal y haz lo que debes hacer cuando tienes que hacerlo.

El mesero llegó con una botella de champagne y llenó mi copa. Edward tomó la suya sin dejar de mirarme y volvió de dejarla sobre la mesa.

–Ven aquí.

Se empujó separando su silla de la mesa y sentándome en sus piernas. De pronto el mal rato se esfumó y nos tomamos una copa antes de que nuestra entrada llegara. Comí con gusto y con hambre, ¿y es que quien se acuerda de comer después de pasar un disgusto como el mío esa tarde?

Edward también disfrutó mucho de la cena. Me tomaba la mano y me sonreía. Me contó un poco del hotel de Bali y que al fin las cosas iban caminando como se esperaban. Compartimos el postre que era un mousse de chocolate y el mesero se acercó para preguntarle si quería su copa de cognac; Edward negó, pagó la cuenta y salimos rumbo a casa.

Llegamos y fui directamente al estudio para servirle la imperdonable copa; que no la tomara en el restaurante no significaba que no la quisiera. Edward se dejó caer en el sillón mientras se aflojaba el nudo de la corbata y sonrió al ver que me anticipaba a sus deseos. Se la entregué y me quité los zapatos para acurrucarme a su lado. Con el control remoto encendió el sistema de sonido y empezaron a escucharse los acordes de "More than words". Permanecimos un rato así; cómodos, sólo con la música escuchándose hasta que me recosté poniendo mi cabeza en su regazo y su mano comenzó a acariciar mi pelo. Se sentía tan bien que casi aullé de satisfacción.

La música bajó de volumen y la mano de Edward se traslado a mi cuello, haciendo dibujos sin sentido en él. Cuando el sonido ya era muy bajo, me senté.

–¿Ya quieres subir a dormir?

–No, todavía tenemos algo que hablar – dijo suavemente aunque yo me tensé. Edward nunca anunciaba que quería hablar, él sólo lo hacía, soltaba la bomba y ya –; recuéstate, ven.

Volvió a poner mi cabeza en su regazo pero la giré para poder mirarlo. Se veía tranquilo así que yo no tenía porqué alterarme.

–Sabes que ahora nuestra situación ha cambiado, ¿verdad? – su mano continuó acariciando mi pelo, mis mejillas… tragué en seco, sin saber a donde se dirigía con este tema.

–Hay cosas, situaciones con las que no puedo seguir adelante.

¡No! ¡No! ¡No!

No podía ser.

¿Qué significaba eso?

Acaso…

–Qui… quieres… ¿quieres que me vaya? – mi voz se quebró, escuchándose apenas. Mi cuerpo temblaba y las miserables lágrimas anegaron mis ojos.

–¿Qué?

Me miró confundido y extrañado por mi pregunta y mi reacción.

–No seas tonta, Bella, claro que no, ¿cómo se te ocurre que voy a dejarte ir? – me subió hasta quedar sentada en su regazo y me abrazó muy fuerte, besando todo mi rostro con algo que sentí muy parecido a la devoción.

–¿Entonces? – logré articular intentando mirarlo entre mis lágrimas.

–El que nos amemos cambia todo lo que teníamos y nos obliga, me obliga a replantearme las cosas de nuevo.

–No… no entiendo – sorbí mi nariz.

–Te amo, Isabella, y eso me hace querer ver por ti y darte todo lo mejor. Aquí incluyo que debes aceptar todos mis regalos sin protestar. Por cierto, me parece bien que le hayas devuelto el apartamento a tu padre, ahora aceptarás el mío y podrás hacer lo que quieras con él, menos regalarlo o devolvérmelo.

–Pero, Edward…

–Ah, ah, sin protestar, ¿recuerdas?

–No estás jugando limpio.

–Nunca dije que lo haría, amor.

Su maldita y encantadora sonrisa me fulminaron. Era demasiado para mí verlo tan feliz.

–Te amo, Bella y quiero tenerte junto a mí siempre y que mi familia, la tuya y todos sepan que eres mi mujer, que deben respetarte y darte tu lugar, que sepan que no estás sola, que me tienes a mí para protegerte y cuidarte.

–Pero mi familia y la tuya ya lo saben.

–No es suficiente, quiero que el mundo entero sepa que no pueden acercarse a ti, que no pueden tocarte.

–¿Eso es replantearse las cosas, cariño? – acuné su rostro entre mis manos.

–No, eso es sólo marcar mi territorio y sí, contigo me siento como un animal que tiene que defender y proteger a su hembra. El sentirme amado me ha hecho más territorial que nada, cielo – su voz ronca lanzó un toque eléctrico desde la base de mi columna, haciéndome retorcer ligeramente.

–Creo que tal vez puedo llegar a acostumbrarme – sonreí.

–Bien, porque ahora vamos a hablar de tus prioridades, Bella – mis cejas se alzaron al mismo tiempo.

–¿Mis prioridades? Bueno, mis prioridades han cambiado un poco – dije nerviosa.

–Me gustaría escuchar eso – asintió para que continuara hablando.

–Mi prioridad número uno eres tú…

–Ahh, ¿y qué te hizo cambiar de opinión?

–Quién, no qué, y fue mi padre – confesé.

–¡Carajo! creo que quiero a mi suegro – exclamó feliz –. ¿Y la número dos?

–Sigue siendo mi trabajo – dije muy bajito.

–¡Sabía que no podía tener tanta puta suerte! – se llevó las manos a la cabeza, echándose hacia atrás el pelo –. Bella, esta tarde volví a decirte lo que pienso respecto a eso. No quiero que trabajes, no tienes porqué hacerlo, ir a una agencia y presionarte por entregar las campañas o lo que sea que te pidan a tiempo, lidiar con gente indecisa que te hace trabajar el doble, no tienes ninguna necesidad, ya lo hemos discutido antes – aspiró al terminar y me tomé unos segundos para contestar.

–Edward, sé que no es la primera vez que hablamos sobre esto pero, a mí realmente me gusta trabajar. ¿Si lo hago por probarme algo?, tal vez si, aunque ya sé que si quiero y me empeño puedo obtenerlo pero muy aparte de eso, me siento bien yendo cada mañana a mi oficina, llegar, encender la computadora y empezar a crear… es algo que me llena, que me satisface y si algún tonto me pide repetir mil veces todo, lo hago con gusto porque sé que cada vez que me lo pida tengo algo de calidad para ofrecerle en respuesta y creado por mí.

Edward miraba al techo y negaba despacito con la cabeza recargada en el sillón. Aspiré profundamente y me giré para verlo bien. De acuerdo, allá iba…

–Mi trabajo es algo que me llena y me hace sentir feliz, pero mi prioridad número uno y la más importante de todas, eres tú, Edward; lo único que me importa es que tú estés bien así como tú te preocupas por que yo lo esté también y si dejar mi trabajo te va a hacer sentir bien, si te va dar alguna satisfacción, entonces lo dejo.

Edward levantó la cabeza del sillón y me miraba como si no entendiera que estaba aceptando renunciar, dejar el trabajo que tanto me había costado conseguir y todo porque lo amaba, porque no quería darle un disgusto, porque él era lo más importante para mí.

–Bella…

Sus ojos estaban abiertos hasta lo imposible, su boca entreabierta y la incredulidad cubría su semblante.

–¿Estás segura de lo que estás diciendo?

Tomó mi rostro entre sus manos y asentí como pude mientras las estúpidas lágrimas se desbordaban de mis ojos.

–¡Maldita sea, Bella! – gruñó y di un brinco antes de que me atrapara entre sus brazos –. Te amo.

–Y yo a ti, amor – balbuceé en su hombro, feliz por darle una satisfacción tan grande.

–¿Sabes?, esta es la primera muestra de amor que me dan, y por lo que significa para ti, me hace adorarte más de lo que ya lo hago. Gracias, mi Bella, gracias.

–De nada – murmuré y busqué sus labios, necesitaba el consuelo que me pudieran dar en un beso.

–Creo que mi corazón no se equivocó, ha elegido a una gran mujer – y me regaló el beso que tanto estaba anhelando. El beso comenzó suave, sólo sus labios se movían seduciendo a los míos; sus manos en mi cintura la acariciaban y por momentos bajaban a mis nalgas, presionándolas, encendiéndome rápidamente. Su lengua por fin se decidió y comenzó a moverse sobre mis labios que se abrieron para recibirla; se rozaba con la mía y yo gemía y me retorcía en sus piernas, sintiendo como el calor crecía en mi sexo, humedeciéndolo.

El miembro de Edward se movía bajo mis nalgas y yo me frotaba con más entusiasmo, decidida a excitarlo para que me poseyera ahí mismo. Tomé una de sus manos y la coloqué sobre mi seno, lo oprimió y buscó mi pezón erecto sobre la tela para hacerlo girar. Arqueé mi espalda en respuesta y abandonó mi pecho bajando su mano a mi muslo, subiendo mi vestido para llegar hasta mi sexo caliente y empapado. Frotó su mano por encima y sin esperar más, hizo a un lado la tela de mis bragas para encontrar mi entrada.

–Mírame – me ordenó e introdujo de golpe tres dedos en mí. La ligera molestia que sentí debió reflejarse en mi rostro porque después de moverlos un poco en mi interior, los sacó –. Parece que ayer nos excedimos un poco, amor; creo que por esta noche haremos una excepción, mañana ya te sentirás mejor.

–Pero me siento bien – me froté con más ímpetu.

–Dije que no. Anda, vamos a dormir.

Con gran facilidad me levantó de su regazo poniéndome de pie. El hizo lo mismo y me dio un beso en los labios antes de salir del estudio y subir a nuestra habitación. Me lavé la cara y me desvestí de mala gana; miré en sus cajones mientras él estaba en el baño y me puse una camiseta suya, si no quería tener sexo, era mejor no tentarlo, ¿no?

Me acosté en la cama y suspiré. Definitivamente mi vida desde que conocí a Edward Cullen se había vuelto de lo más impredecible y más valía que me fuera acostumbrando. Lo que debía ser mi día de ensueño perfecto para caminar entre nubes como una adolescente enamorada y feliz, se transformó en algo amargo con el encuentro con mi padre, Alice y Rosalie. Luego la llamada de Edward y la plática con Jane que me hizo cimentar mis prioridades y llegar a una conclusión verdaderamente importante. Pero no me arrepentía; estaba muy segura de lo que quería y yo quería a Edward y si él procuraba mi bienestar, yo procuraba el suyo renunciando a algo que me hacía mucha ilusión, por amor. Porque mi ilusión y mi felicidad estarían completas si él era feliz, solamente así.

Pensaba en todo lo ocurrido durante el día cuando lo sentí acomodarse detrás de mí. Pasó su mano sobre mi cintura y la bajó un poquito para acariciar mi vientre. Edward estaba excitado; podía sentirlo erguido y duro contra mis nalgas y sabía que le estaba siendo muy difícil contenerse. Moví un poco mis nalgas hacia atrás y él se retiró. Se alejó más de mí y se acostó mirando al techo con los brazos bajo su cabeza.

Él no tenía porqué sufrir esto. Me recosté sobre él y comencé a besarlo. En los labios, en el cuello le daba mordiditas suaves, su cuerpo se tensó inmediatamente y bajé hasta sus pequeños pezones que estaban erectos. Sonreí al ver el efecto que causaba en él. Atrapé uno con mis labios y comencé a succionarlo despacio hasta que sentí que mi centro se humedecía. Jugué con el otro pezón entre mis dientes y escuchaba los intentos por acallar los gemidos en su garganta.

No contenta con eso, me bajé aún más sobre él y lamí su vientre y delineé con mi lengua esa hermosa V que adornaba esa parte de su cuerpo. Estaba acostada entre sus piernas y mi pecho recibía los movimientos de su viril miembro. Yo estaba completamente excitada y más lista que nada para darle el placer que necesitaba. Sabía como; ya lo había hecho un par de veces antes y le había gustado, así que me arrodille frente a su erección y lo tomé en mis manos. Era tan largo, tan ancho, que aún no entendía como entraba en mí con suma facilidad. Me incliné y me lo llevé a la boca para lamer su punta que brillaba por unas gotas de líquido pre seminal. Las borré con mi lengua y Edward gimió casi en un gruñido.

Apreté su base y lo metí hasta donde cupo en mi boca, empecé a respirar por la nariz para tener más de él pero de pronto agarró mis manos y se apartó de mí. Lo miré asustada y confundida.

¿Había hecho algo mal?

Su pecho subía y bajaba con rapidez. Recargó la espalda en el cabecero y me miraba molesto.

–No, Bella, no tendrás lo que no estás dispuesta a recibir a cambio.

Mi corazón se detuvo y sentí que dejé de funcionar. No. Él no podía estar pidiéndome eso, él me entendía, él no me obligaría, él no…

Me puse de pie y corrí a encerrarme al baño. Puse seguro en la puerta y después me senté en un helado rincón con la cabeza hundida entre mis rodillas. Un llanto histérico y nervioso salía de mi garganta sin que yo pudiera evitarlo así que dejé de intentarlo y permití que saliera con toda la rabia que guardaba por años dentro de mí. Gritaba y lloraba, le pegaba a la pared con mis puños y pateaba lo que estuviera cerca de mí.

Edward no intentó entrar y tampoco me llamó del otro lado de la puerta. No supe por cuanto tiempo estuve encerrada ahí. Sólo hasta que mi cuerpo empezó a congelarse por el contacto con el piso frío, fue que decidí moverme. Me dolía todo el cuerpo pero milagrosamente el dolor de mi alma había cedido un poco. Me senté por otro rato más y cuando mis nalgas y mis piernas protestaron, me levanté muy despacio.

Me acerqué a la puerta y con la misma lentitud la abrí. Edward se había vestido con unos boxers y una camiseta y estaba en la misma posición que yo tenía en el baño; sentado en el piso y recargando la espalda en la cama, tenía las piernas encogidas y su cara estaba hundida entre sus rodillas. Al escucharme salir, levantó el rostro y me miró ansioso, preocupado. Antes de que se pusiera de pie, pasé a su lado y me senté en la orilla opuesta de la cama dándole la espalda. Después de un rato lo sentí acercarse y ponerse detrás de mí.

¿Estás lista, Bella?


¿Confías en él?


¿Lo amas?

Sus brazos me rodearon y su pecho se pegó a mi espalda. Su cara se acomodó entre mi hombro y mi cuello girando muy despacio para dejar un par de besos en mis mejillas. Su contacto no me molestaba pero tuve que separarme de él.

–Bella, amor…

Levanté mi mano para que se callara, no quería escuchar su voz. Me acosté en la orilla de la cama mirando hacia la pared. Mis piernas temblaban, también mis brazos, mis hombros y todo mi cuerpo incluidos mis labios. Tragué en seco.

–Era… era el baile de fin de cursos y… y yo…

Mi voz se quebró.

–Yo sólo tenía dieciséis años…*


*


*


*
Nenas, una simple disculpa no me alcanza, pero ya está aquí el capítulo y espero les haya gustado. Como siempre, mil gracias a Isita, Lethy, Coco, Lo y Nani. :) Y a ustedes por seguir aquí leyendo mis ocurrencias.
Besitoo

16 comentarios:

  1. amelie debo felicitarte porque este capitulo fue trascendental lo que muchas esperamos desde el inicio de esta historia por fin llego los te amos correspondidos y a bella tomando valor para contarle lo que le paso cuando adolescente a edward esto es demasiado asi que espero que el proximo capitulo no tarde tanto.

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  2. Ahora si empiezan a actuar como una verdadera pareja! creo que tarde como una hora en leer el capitulo porque no queria perderme ningun detalle, edward la ama, la adora y la va a cuidar como un hombre enamorado cuida a la mujer amada! tambien me gusto la revolquiza que bella les puso a las brujas de alice y rosalie, si las muy zorras quieren que bella vuelva a confiar en ellas pues van a tener que enforzarse aunque yo creo que no se lo merecen! con jane tiene y basta porque ella si la a comprendido y la ha sabido aconsejar, amo la historia li!!!!!! me tienes constantemente revisando tus actualizacion y nunca nunca me defraudas, cada capitulo es mejor uno tras otro!!! saludos y cuidate mucho!!

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  3. dios nena eres fantastica .este capitulo está de infarto ,me fascina cada vez mas ya que siempre sabes como dejarnos con ganas de massssss......Besos....

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  4. ooooohhhhhhhhh yo sabia que valdria la pena, gracias Li

    besos
    Jud

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  5. Es la primera vez q me cruzo con tu historia y es genial...segui asiiii

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  6. AWwwwwwww esto me deja cn el alma en un hilo, muy buen capi Li, siento no poder explayarme esta vez pero esq hoy vengo de rapido jaja, te mando un beso y nos seguimos leyendo.

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  7. X dios li. Capitulo valió la pena esperar !!! Dios ame el final muero x ver q hace lo reitero arde Troya y va aatra Jacob x q el la ama y son todos lindo y se llaman amor!!! Jaja demasiado lindos!!! Muero x leer el próximo!!!

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  8. mori de verdad linda me encanto todo el cap y mas cuando comenzo a decir lo que le paso de verdad que me muero por saber que pasa ahhhhhhhh espero que no nos dejes mucho tiempo en esta espera saludos
    lu537

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  9. Me encantooo..!!!
    No sabes lo q espere por este cap... pero valio la penaa ☺
    Muchas gracias... ♥.♥
    Besos

    F:R♥bsten

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  10. oo estuvoo geniall porfiss no te tardes tanton las proximaa vess jejeje ess que noss dejass con unas ganas de saber que pasaraa me encantooo besitoss

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  11. bueno la espera siempre vale la pena, el capitulo tuvo de todo!! aunque sé ke no es bueno el rencor, yo pienso igual ke bella, ojala ke rose y alice no la tengan tan facil con ella. por otro lado el dejar su trabajo?? por favor ke sea edward el ke le dé gustooo!! vamos, bella le esta diciendo ke eso la hace feliz y edward se supone ke kiere verla feliz, asi ke creo ke es ed el ke debe ceder en esto, pero en fin, lo mas emocionante kizas es ke bella por fin se ha decidido a hablar con respecto a lo ke le sucedio,creo ke ahora edward será implacable con el responsable del dolor de su amor!!! bueno saludos, y grax una vez mas por hacer de mis tardes mas amenas!!! xoxo

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  12. Es fantastico Li, este capítulo es el rumbo de esta historia y tenía que llegar. Me encanta ...Graciasssssssss cariño, espero el proximo, ya sabes que soy muy ansiosa ;))
    Un besazo

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  13. Un gran capitulo, lo tiene todo, como siempre perfecto. Gracias.

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  14. EXCELENTE CAP, lo he leido 3 veces y me encanta, no te pierdas de vista
    saluditos

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  15. AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LO AMEEE*-*... Tu fiel lectora volvio, en los ultimos capitulos no habia podido comentar ya que con los estudios se me hace dificil. Pero dejame decirte que lo ame y que me alegra que por fin Bella le diga la verdad a Edward *w* ljdfjdsfgvdf Perfectos... espero el capitulo Li, I love you more♥

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  16. Hola, se que antes no había comentado pero desde que comencé a leer tu historia quede atrapada desde entonces me volvi una fiel lectora, te debo muchos comentarios jejeje ups bueno espero el proximo capi ansiosa *--*
    Pd. Simplemente amo a Este Edward <3

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