miércoles, 25 de abril de 2012

Capítulo 31

Ya no quiero seguir callando.



"Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres 

que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?
Fernando Pessoa.

Ipod: Closer, Nina Inch Nails
I'll be waiting for you, Bryan Adams.


EDWARD’S POV

La mano de Isabella temblaba fría en la mía. La ayudé a bajar del auto y nos acercábamos al par de escalones en la puerta de casa de mis padres para esperar a que Charles y Carmen llegaran hasta nosotros. 

Isabella no había dicho ni media palabra desde que salimos de casa unos minutos antes. La noticia definitivamente le había tomado por sorpresa y parecía que gracias a los nervios que le estaba costando mucho dominar, caería desmayada en cualquier momento. Coloqué mi mano en su cadera con firmeza, movimiento que los ojos oscuros de Charles Swan no pasaron desapercibido, mientras entrábamos a la casa de mis padres que nos recibieron en el hall dándonos la bienvenida.

–Papá, mamá, el señor Charles Swan y la señora Carmen Denali – los presenté –. Señores, éstos son mis padres, Carlisle y Esme Cullen.

–Bienvenidos – dijo mi padre mientras él y Charles se daban un apretón de manos y mi madre y Carmen se daban un beso en cada mejilla, luego nos saludaron a Isabella y a mi con más cariño del usual.

–Es un gusto tenerlos aquí – reiteró mi madre sonriente.

–El gusto es nuestro – Charles Swan respondió mientras mis padres nos guiaban hacia el impecable salón principal donde el perfecto gusto de la decoración se veía reflejado en cada objeto cuidadosamente seleccionado y colocado en algún lugar especial.

Era por supuesto de esperarse que esa casa, la casa donde yo crecí, siempre pareciera un palacio, pero la exquisita decoración nunca me impidió jugar detrás de las cortinas de shantung color ocre que adornaban las estancias y que usaba como mis lugares preferidos para esconderme de Liz que era aún muy pequeña y prefería los jarrones que eran casi de su tamaño y uno que otro pequeño árbol que ocultaban muy bien su pequeño cuerpo.

Las anchas escaleras de mármol blanco siempre estaban ocupadas con la colección de muñecas de mi hermana; las sentaba en los escalones y teníamos que hacer piruetas para subir o bajar porque la señorita armaba un tremendo berrinche si movíamos tan solo una de ellas, pero no era la única. Yo también hacía los míos si alguien osaba quitar las barricadas que tanto tiempo me tomaba colocar en la terraza y en el jardín y que imaginaba que representaban un campo de batalla; también los usaba como trincheras o si me aburría, era una perfecta pista de carreras con obstáculos para mi bicicleta.

Sin embargo, había sitios específicos de la casa que estaban vedados para nuestros juegos. El despacho de mi padre, el pequeño estudio de mi madre donde tomaban forma todos sus proyectos decorativos y que además servía como su oficina, desde donde se ocupaba de todas sus actividades filantrópicas, la biblioteca, que contenía muchas reliquias de la familia y por si fuera poco también albergaba muchas primeras ediciones que mi padre adoraba coleccionar, y el salón principal.  

Éste último era un espacio grande que cambiaba su aspecto de acuerdo al estado anímico de mi madre. Si estaba de un humor alegre y chispeante lo reflejaba colocando muebles claros u oscuros en contraste con cortinas suaves de colores vivos así como los arreglos florales que nunca faltaban y que hacían juego con los  mullidos cojines. Otras veces sentía que era tiempo de algo más formal y el espacio se vestía con colores y muebles más sobrios; para navidades lo transformaba en un lugar acogedor con un gran árbol, luces por todas partes y enredadas también en las guirnaldas con esferas rojas y brillantes, las botas con nuestros nombres colgaban de la chimenea y aparecían llenas de dulces la mañana del veinticinco. Esa decoración era mi favorita pero la de Liz, era cuando mamá estaba romántica y transformaba todo en un sitio idílico. A mi pequeña hermana le gustaba tanto ver así el salón, vestido con las tendencias románticas de mi madre y que ella ya estaba siguiendo, que cuando estaba en casa se pasaba horas recostada en los sillones leyendo un sinfín de libros, soñando y suspirando…

Esa fue la última tendencia con la que mi madre redecoró el salón. Romántica. Porque Liz se lo había pedido ya que estaba por volver a casa y ahora para quedarse. Mamá no podía estar más feliz y se ocupó en darle a los muebles beige un toque alegre y elegante con colores azules y amarillos. 

Ya por fin tendría a su niña pequeña en casa después de tanto tiempo de sufrir su ausencia. Disfrutarían de todas esas cosas que debieron compartir en los años que Liz estuvo lejos. La tendría de nuevo ahí, para desayunar juntas, ayudándola con sus proyectos, con sus actividades sociales, para ir de compras…

Elizabeth nunca se caracterizó por ser una niña como cualquiera. Desde muy pequeña dejó ver su carácter decidido y siempre tuvo la firme idea de irse lejos a estudiar, de aprender muchos idiomas, de aprender a ser independiente, de cultivarse para ser una mujer inteligente y productiva.

Al cumplir quince años pidió que de regalo le cumplieran sus deseos y mis padres que no podían negarle nada porque la adoraban y porque era una chica muy comprometida con todo lo que hacía, le concedieron al fin lo que tanto deseaba, ir al internado Sacré-Coeur. Ella se había tomado su tiempo para investigar qué institución ofrecía todo lo que ella estaba buscando con los mejores niveles y ése distinguido internado para señoritas cubría todas sus expectativas, por lo que al obtener el sí de mis padres, en menos de dos semanas nos despedíamos de mi hermana en una fiesta que aún se comenta de vez en cuando por lo elegante y espléndida que fue. Pero eso no impidió que las jóvenes amistades de Liz, que eran muchas, disfrutaran también de la fiesta. Con la experiencia de mi madre los chicos no se sintieron excluidos y se divertían también de un ambiente creado para ellos. La música fuerte, luces de colores, una pista bien iluminada, fuegos artificiales… Liz estaba feliz. 

Se fue al internado y la hermosa casa se detuvo en el silencio y revivía cada vez que el semestre terminaba y ella volvía. Mis padres también se volvían locos de alegría al recibir aunque fuera por pocas semanas a una Liz que llegaba revolucionada, llena de energía, de ideas, de sueños y de amor, para volver a transformar el salón que la veía disfrutar de sus libros recostada en algún mueble mullido y acogedor.

***

Charles Swan y Carmen estaban sentados en un sillón forrado en un fino brocado beige que mi madre compró en un viaje a la India; mi padre lo trajo casi cargando porque mi madre quería que llegara a casa tan impecable como lo había comprado y hasta el presente día, si se acordaba, le reclamaba la odisea por la que tuvo que pasar con el bendito rollo de tela. Isabella y yo nos encontrábamos en un sillón frente a ellos y mis padres tomaron asiento en sillones individuales opuestos a cada lado de nosotros.

Isabella resplandecía sentada ahí. Su vestido hacía juego con la tela color plata vieja del sillón; su pelo parecía coronar su hermoso rostro que realzaba su belleza con el discreto maquillaje y su piel era tan suave, tan exquisitamente tentadora con ése soplo color dorado aún sobre ella y que robó del tibio sol de Malibú.

Yo no había dejado de tocarla en ningún momento; siempre mantuve el contacto porque sabía que necesitaba de él, saber que estaba ahí, con ella, juntos. Mi mano y la suya, con nuestros dedos entrelazados atrajo la atención tanto de mis padres como del suyo y Carmen. La sonrisa de mi madre era indescriptible y mi padre se erguía orgulloso, tal vez por saber que su hijo empezaba a ver su futuro no del modo frío y calculador como el que había planeado antes de Isabella, antes de que llegara a mi vida y antes de sentirme y saberme amado.

De un modo completamente diferente, Charles miraba nuestras manos y mis caricias al brazo de Isabella. No eran miradas declarando un rechazo absoluto pero tampoco eran indiferentes; sus ojos mostraban algo de incredulidad, buscaban la veracidad de las palabras que me había escuchado decirle esa mañana, después de haber pasado una pésima noche dando vueltas en la cama, solo. Solo porque le había dicho a Isabella que no quería su compañía. Estaba enojado pero más bien, confundido y estaba dándole vueltas y vueltas a todo lo ocurrido desde el día anterior desde que recibí la llamada de Paul y como un energúmeno salí de mi oficina y fui a buscarla mientras un alud de emociones caía sobre mí. En menos de veinte minutos experimente angustia, desesperación, ira, incertidumbre, miedo, miedo, miedo…

Con tantas emociones bullendo dentro de mí, no sabía qué era capaz de hacer, no sabía como iba a reaccionar ante esas nuevas sensaciones y me estaba preparando para todo menos para lo que escuché. 

–Bella, ¿lo amas?

La pregunta, que fue la que jamás pensé escuchar de boca de su padre me dejó incapaz de moverme; congelado, expectante, ilusionado… y esa respuesta es la que yo buscaba desesperado y estaba a punto de obtenerla. Isabella se tomó unos largos segundos. Bajó la mirada, suspiró, frunció el ceño y apretó las manos cerrándolas en puños. Mi cordura se derramaba y ella no respondía. Sentía en el pecho una opresión, como si una gran piedra hubiera sido asentada en él; me estaba faltando el aire y una fina capa de sudor frío estaba perlando mi frente. 

Por lo que más quieras, Isabella, ¡responde!

–Yo… sí.

Oh, por Dios…

Una sensación indescriptible me cubrió. Sentí que me desprendía de mi cuerpo, me sentía ligero, en paz, tranquilo, satisfecho, pleno, lleno de una energía nueva y diferente, como si de ambrosía se rebozara todo mi ser, elevándome a un nivel que era completamente nuevo para mí y que potenciaba todas mis emociones haciéndome sentir en un clímax total.

Esto era.

Esto era el amor.

El amor al cual yo era el principal escéptico. 

El más grande de ellos.

Pero que ya no podía ni quería luchar contra él porque estaba irrevocablemente enamorado y… era correspondido.

Un mareo hizo que me recargara por un momento en la pared. 

¿Me estaban temblando las piernas?

Respiré inhalando despacio y procurando ingresar todo el aire posible para recuperarme pronto. 

¿Recuperarme?

¿Quién en su sano juicio querría recuperarse de vivir en carne propia una sensación tan sublime y divina?

Yo no. 

Quería vivirla y sufrirla entera, con esa hermosa mujer que también me amaba pero que aún no me lo había confesado.

¿Me importaba?

Sí.

Yo quería escucharlo de sus labios, con su voz tímida, con su vergüenza subiendo por sus mejillas porque si, aún con todo lo atrevida que pudiera ser para ciertas cosas, mi mujer se ruborizaba con mucha facilidad y lo adoraba.

Pronto, más pronto de lo que imaginaba, Isabella estaría diciéndome que me amaba y entonces ya no habría marcha atrás para nosotros. Viviríamos el uno para el otro sin ningún obstáculo que se interpusiera y nos dedicaríamos simplemente a eso, a ser felices.

Emocionado y moviéndome con torpeza, bajé las escaleras y salí del edificio para ocuparme de todo lo que mi Isabella necesitara. Tenía que controlar un poco mi felicidad para poder actuar con rapidez, así que di instrucciones para que guardaran en una bodega las cosas de Bella mientras encontraba un lugar digno de ella.

En menos de quince minutos Katie me mandó algunas fotos de apartamentos en Chelsea, el mejor lugar en Londres. Uno de ellos me gustó y por la tarde iría a verlo, si todo marchaba como esperaba sería suyo esa misma noche.

Cuando Charlie e Isabella salieron del edificio, yo esperaba impaciente recargado en el auto. De más está mencionar lo sorprendida que estaba, al igual que su padre. Los invité a comer para que empezáramos a suavizar los roces que habían surgido en el pasado ya que nuestra relación iba a comenzar a cambiar y no quería por ningún motivo que mi Bella tuviera preocupación alguna. 

Algo renuente, Charlie aceptó. Me tenía bajo la lupa y estaba bien, en su lugar yo también guardaría mis reservas pero le demostraría que su hija no podría estar en mejores manos. Después de la comida, les pedí me permitieran alojarlos en mi mejor hotel hasta ahora y gracias a Carmen, todo salió como yo esperaba.

Por la tarde, cerré el trato del apartamento. Con sólo poner un pie dentro supe que era en indicado para Isabella. Le encantaría. Salía de ahí cuando recibí una llamada suya; me avisaba que tenía una cita con el Dr. Bower. Suspiré y exhalé. Las cosas no podían estar saliendo mejor de lo que ya lo hacían. Fui por ella y volvimos al apartamento. 

No puedo decir que su rostro reflejaba lo feliz que debía estar porque era todo lo contrario. Con pasos temerosos entró a él y comenzó a verlo. Me mantuve algo alejado porque no quería agobiarla pero no lo logré. Cuando le dije que el apartamento era suyo y que podía hacer con él lo que quisiera, me lo devolvió. No lo aceptó y me invadió una frustración como pocas veces había sentido.

Ella no lo quiso y alegó que no estaba escuchando sus razones, que no la estaba entendiendo. Que ella necesitaba hacer ese cambio para sentir que estaba a la par con el mundo y que su forma de demostrar que podía con él era abriéndose paso por si sola.

Nadie le estaba pidiendo que demostrara nada, ni su padre ni yo, pero ella simplemente no iba a escuchar razones como seguramente pensaba que yo tampoco hacía y no la culpaba. Llevaba imponiendo mi voluntad desde hacía ya mucho tiempo, porque esa era mi naturaleza y no iba a ser nada fácil que yo cambiara pero lo estaba intentando. 

Si yo le estaba dando ese regalo a Isabella no era porque no creyera en su capacidad o porque quisiera imponerme ante ella. Lo hacía como una muestra de cariño, como símbolo de un comienzo de algo entre nosotros, de algo limpio, diferente, de algo mío para ella.

¿Cómo explicarle eso cuando ella ni siquiera me había dicho que me amaba?

Por más que lo intenté ella nunca lo dijo. Se lo pedí, casi se lo rogué pero se mantuvo evadiendo responderme. El verla reacia a sincerarse no fue nada agradable. Instaló un sabor amargo en mi boca que no podía pasar por el nudo atorado en ella. 

¿Me estaba rechazando?

¿Por qué lo hacía si me amaba?

Haciendo uso de todo el autocontrol a mí alcance, esa noche le dije que quería dormir solo. Sabía que la había hecho sentir rechazada pero no podía tenerla cerca, no esa noche cuando no sabía si iba a ser posible dominarme y no tomarla como mi ira y las costumbres arraigadas por años me gritaban. Cuando por fin subí, no pude reprimirme y entré a su habitación. Entre las sábanas estaba ella acurrucada en posición fetal; abrazaba sus piernas y parecía más pequeña de lo que era en realidad.

¿Estaría haciendo mal las cosas?

¿Me estaba yendo por un camino equivocado con Isabella?

Me senté en la cama y con cuidado acaricié su cabello suave; me acerqué y lo olí. Era la esencia más pura y adictiva que había conocido jamás y se rehusaba a ser mía. 

A la mañana siguiente ya tenía algo entre ceja y ceja. Tenía que hablar con su padre de una buena vez. Si todo quedaba claro entre nosotros, Isabella estaría más tranquila y serena y podrían avanzar las cosas entre ella y yo, que era lo único que quería.

–Señor Swan – lo saludé y él extendió su mano hacia mí –. Buen día.

–Edward – el asintió.

–Espero que hayan pasado una buena noche. ¿Están lo suficientemente cómodos?

–Todo perfecto, gracias, pero no creo que me hayas querido ver esta mañana sólo para hablar de eso, ¿no es así?

–Desde luego que no y me agrada que usted sea tan directo como yo.

–Entonces, ¿qué tienes que decirme sobre mi hija que no sepa ya? – dijo y tomó un sorbo de café sin quitarme de encima la mirada.

–Que la amo y la quiero conmigo.

Los ojos de Charles Swan se abrieron desmesuradamente y luego se entrecerraron para mirarme. 

–Ya la tienes contigo, Edward, pese a todo, Isabella está junto a ti.

–¿Pese a todo?

–No voy a venir con falsas apariencias a estas alturas – su mano se cerró en un puño sobre la mesa –. Hay algo que no me gustó de ti cuando te apareciste en mi casa.

–No me vea como una amenaza, señor Swan, porque es lo último que quiero ser para usted. Créame que soy totalmente sincero cuando le digo que amo a Isabella así como ella me ama a mí. 

Su ceño se frunció.

–Me ama – reafirmé.

–¿Ella te lo ha dicho?

–No, pero se lo a dicho a usted – él estaba visiblemente incómodo –. No fue mi intención escuchar pero lo hice y no me arrepiento porque ahora sé que mis sentimientos son correspondidos.

–Alice y Rosalie no confían en ti.

–¿Les ha preguntado porque?, ¿ellas se lo han dicho?

Charlie desvió la mirada, buscaba una respuesta lógica más no la había.

–Señor Swan, yo lo único que deseo es hacer feliz a su hija, ella confía en mí, hágalo usted también porque esa es la mejor manera de acercarse más a ella.  

–Insinúas que si no lo hago, ¿la alejarás de mí?

–Jamás haría algo que la lastimara, eso se lo puedo jurar.

–Con todo lo que ha pasado, con la desconfianza de las chicas…

–Confíe en su hija, Charles, en nadie más. Escúchela a ella, ella es quien importa.

–Yo sólo quiero lo mejor para ella, que sea feliz.

–Yo también quiero eso.

–Quisiera confiar en ti, Edward, pero…

–Yo sé que no será fácil, pero haré mi mejor esfuerzo para demostrarle lo que amo a su hija y que yo veré por ella siempre.

–La has llevado a vivir contigo, has puesto a mi única hija en una situación nada correcta a los ojos de nadie y mucho menos los míos, ¿cómo diablos quieres que piense que harás siempre lo mejor para ella?

–Las circunstancias nos han llevado a…

–¿Embarazaste a mi hija?

Los ojos de Charles Swan se abrieron desmesuradamente, casi a punto de salirse de sus órbitas y no era para menos.

–No. Y no creo que deba preocuparse por ello.

–¡Dios! No puedo estar teniendo esta plática contigo.

–Pero aquí estamos, para tratar de limar nuestras asperezas por el bien de Isabella.

El hombre suspiraba, con la mirada baja, contrariado. Asintió despacio.

–Quiero que sepas que si le haces daño a mi hija, acabaré contigo, te buscaré y no importará debajo qué piedra te escondas.

–No será necesario, Charles, porque eso nunca sucederá.

El padre de Isabella dio un largo y profundo suspiro, su bigote se movió como si su boca formara una dura línea.

–Supongo entonces que no tengo otra opción más que intentarlo y darte el beneficio de la duda.

–La cual espero que se disipe muy pronto.

Charles Swan asintió. Tragó en seco y su rostro se relajó así como todo él. 

–Ayer, Bella me devolvió el apartamento y su auto. Quiere ser autosuficiente – soltó un bufido cansado, cambiando el tema intentando de inmediato empezar a trabajar en su confianza en mí.

–¿Le sirve de consuelo si le digo que ayer mismo le regalé uno y no me lo aceptó? – sonreí resignado –. ¿Qué vamos a hacer con ella si no podemos entenderla?

–No tratar de hacerlo y solo amarla tal cual es, Edward. Justo así.

Y así lo estaba haciendo aunque esa pequeña mujer me tenía atado a su dedo meñique y eso estaba causando estragos con mi salud mental. La voz de mi madre me distrajo y cuando la miré, sus ojos brillaban como tenía mucho que no lo hacían.

–Estamos felices de tenerlos aquí – decía con la emoción contenida –, ¿verdad, Carlisle?

–Por supuesto, conocer al fin a los padres de Bella a la que le tenemos tanto cariño, nos llena de alegría.

Carmen carraspeó apenada pero Charles tomó su mano y la apretó.

–Bueno, yo no soy la madre de Bella per…

–Pero has estado ahí cuando más te he necesitado, Carmen.

Isabella le sonrió y murmuró con los labios un “gracias” provocando que Carmen cerrara los ojos para contener las lágrimas. Quedaba muy claro que la consideraba ya mucho más que sólo la futura esposa de su padre y a mí me daba mucha tranquilidad que pudiera contar con alguien que la quisiera sinceramente cuando lo necesitara.

–Creo que la acabas de hacer más feliz de lo que era – le susurré al oído aprovechando que mi padre monopolizaba la conversación.

–La quiero mucho – respondió muy bajito.

–¿Y a mí?

Isabella giró su rostro sin mirarme. Yo suspiré profundamente ante otra negativa suya, frustrándome de nuevo pero seria la última vez…

La velada transcurrió con bastante fluidez; tal parecía que Charles y mi padre se habían caído muy bien y de sobra estaba decir que Carmen y mi madre también. Isabella sonreía tímidamente de vez en cuando; era obvio que estaba intranquila en esa cena de último momento pero yo no dejaba que se notara. Tomaba su mano, la besaba, la acercaba a mí y dejaba uno que otro beso en su mejilla o frente bajo en escrutinio de todos pero los que más atención ponían a mis muestras de cariño eran mi madre y Charles.

Como siempre, disfrutar de las cenas de mi madre era una delicia; se esmeraba en todo y no importaba si la cena era para un par de personas como para un ejército entero y esa noche no fue la excepción sino todo lo contrario, fue una cena espléndida. Al llamarla para que me hiciera el inmenso favor de recibirnos para cenar aceptó encantada pero, al enterarse quienes eran los invitados, supe que llevaría todo al siguiente nivel. Y era fácil imaginar porqué. 

Ya podía ver como su mente estaba trabajando, imaginándose el verdadero propósito de la cena. Era seguro que lo daba por hecho y por un momento, casi me dejo llevar pero la actitud de Isabella me frenó. No. Yo tenía que centrarme y ver cómo eran las cosas en realidad para no actuar por un impulso. Eso no era maduro y mucho menos inteligente. Tendría que retroceder unos pasos, ella me estaba guiando a hacerlo.

Después de cenar, mi madre quiso enseñarle a Carmen su invernadero, donde pasaba mucho de su tiempo. Ambas eran aficionadas a la jardinería, así que al dejar la mesa, seguimos a mi madre a la parte trasera de la casa pero detuve a Isabella y nos quedamos detrás mientras ellos entraban al húmedo espacio.

–¿Qué pasa?

No le respondí. Sólo la conduje hacia un pasillo que daba a un cobertizo donde se guardaban todos los utensilios, insecticidas, semillas y vitaminas para el invernadero. Era muy angosto, no alcanzaba ni un metro de ancho y en ése momento estaba oscuro y frío.

–Edward.

Pronunció mi nombre como si con eso me fuera a detener. Nos adentramos un poco en el pasillo; desde ahí claramente podíamos ver el invernadero y a sus visitantes. Ellos también podían vernos si volteaban ya que no estábamos muy alejados pero la oscuridad nos protegía lo suficiente. La pegué contra la fría pared y jadeó sorprendida. 

–¿Qué estás haciendo?, Edward…

–Edward, no – dije dificultosamente enterrando mi cara en su cuello desnudo –. Señor, Isabella, soy tú Señor.

–Ahora cállate y compláceme.

Dije entre dientes mientras mis manos subieron hasta sus pechos y los amasaron con fuerza, estrujándolos despacio pero tortuosamente. La respiración de Isabella se aceleró por la sorpresa. Su pecho subía y bajaba bajo mis manos presionando contra ellas al inspirar y relajándose al exhalar.

–Edward, ¡nos van a ver! – jadeó con miedo y nervios.

–Pues entonces calladita y obedéceme. Que no se te olvide quien manda, Bella.

Hablé con mucho esfuerzo ya que al tenerla así de nuevo, sometiéndola, mi polla recibió un doloroso latigazo de electricidad despertando del largo letargo al que la tenía confinada. Otra vez mi cuerpo entero revivía bajo esa excitación perversa, tal vez insana pero que me hacía hervir la sangre, queriendo imponerme, dominarla, poseerla y ella estaba ahí y era mía para hacerlo. 

Ella me había dado a entender que no quería nada más de mí que sólo ser el objeto de mi desquiciada depravación y si eso deseaba, si se resistía a ceder ante sus sentimientos, entonces yo la tomaría del modo que ella quisiera, pero nunca dejaría de ser mía, ¡jamás!

–Edward – murmuró. 

Al oír mi nombre, metí mi rodilla entre sus muslos para abrirlos, ella guardó silencio llevándose el dorso de su mano a la boca. Mis movimientos no eran suaves ni lentos. Eran toscos porque estaba sacando toda la frustración que me había provocado durante todo ese último tiempo. 

Mis manos necesitaban el contacto con sus pechos, y yo necesitaba beber de ellos, morderlos, lamerlos, jalarlos con mis dientes. Por fin los toqué bajo el encaje del brassiere y casi enloquezco. Sus puntas duras entre mis dedos rodaron hasta que mi boca atrapó cada una de sus cumbres cumpliendo mis antojos. Isabella jadeaba contenida, no podía resistirse y lo sabía. Ella disfrutaba de esto tanto como yo y eso me excitaba mucho más, teniendo que hacer uso de todo mi autocontrol para no excederme.

¿Excederme? Que alguien me dijera como medir el deseo malsano que me consumía. Que alguien me dijera que hasta ahí era mi límite pero, ¿quién?

El animal sediento en mí, colocó las manos en sus muslos al escucharla gemir sin recato. Subí por sus muslos refrenando mis impulsos y la acaricié lentamente. Su piel sedosa estaba tentándome a seguir mi camino hacia arriba, a la sublime unión de sus piernas. Yo ahogaba mis gemidos en su cuello, en su boca. Mordía sus labios y lamía sus bordes. Estaba a punto de estallar. 

Mi polla hinchada latía dentro de mi ropa presionándose, buscando salir para obtener su preciado premio. Estaba tratando, estaba respirando, no podía dejarme llevar, sin embargo ya no era una opción, tenía que hacerlo. 

La tomé por debajo de sus temblorosos muslos y la alcé, llevando sus piernas alrededor de mis caderas pero ella apoyó los pies en la pared enterrando sus altos tacones. Se aferró a mis hombros y se sostuvo mientras de un tirón me deshacía de sus bragas húmedas; las guardé en el bolsillo de mi saco y sin perder más tiempo, bajé mis pantalones para liberar mi  hambrienta polla.

Rodeé su cintura con un brazo y con mi otra mano ubiqué su entrada empujando sin miramientos. Isabella dio un pequeño gritito que callé con mi boca mordiendo su lengua. Embestí con urgencia, con necesidad, duro. Me clavaba en ella queriendo llenarla de mí con cada arrebatada incursión. Sus gemidos me alentaban, ella gozaba también de este salvaje coito que cada vez cobraba más fuerza y velocidad. 

Mi pelvis se impulsaba hacia ella con fiereza, ella me recibía en su cálido y húmedo centro, intentando retenerme cada vez que mi polla se enterraba en su frágil carne. Se cerraba a mi alrededor y yo gruñía por el esfuerzo.

Sentí que el cabello de mi nuca era jalado, casi arrancado, aumentando la intensidad del momento. El sudor perló mi frente y el primer aviso a mis ingles estaba hecho. Mi boca desesperada buscó sus senos y succioné uno. Isabella gritó de nuevo y rápidamente volteé a ver hacia el invernadero donde sólo mi padre y Carmen miraban hacia donde permanecíamos ocultos en las sombras.

Señor – dijo entre agitados jadeos –, voy a correrme. 

–No tienes permiso para hacerlo, Isabella – mi voz ronca respondió.

–Por favor, Señor, no puedo más…

–Dije que no.

Pero mi polla y yo sabíamos que no lo lograría. Tenía mucho tiempo que yo no le prohibía uno y estaba seguro que con toda esa excitación, ella no sería capaz de retenerlo y yo ya estaba llegando a mi límite. Embestí, empujé. Me clavaba en ella, elevando su cuerpo sobre la pared y haciendo rechinar los tacones de sus bellos zapatos que intentaban afianzarse de la porosa pared a mis espaldas. Decidí ayudarla a no correrse; mordí su seno y lo alongué entre mis dientes; Isabella se tensó en el acto pero su respiración acelerada me acercaba, sus temblor, sus jadeos, su calor, su humedad. Sus manos jalando mi cabello, aferrándose a mí, Dios… gemí, ahogué un jadeo y sentí claramente como el torrente de mi ser corría para salir de mi cuerpo llenando el suyo en un par de descargas.

El éxtasis que ése encuentro me hizo sentir fue increíble. Mi cuerpo se entregó por completo al suyo y aunque dominante, me rendí. Yo lo sabía, esa mujer era mía, mi perdición para siempre.

***

La lleve dentro casi arrastrada. Su cuerpo aún luchaba por haber tenido que reprimir un orgasmo. Tomé su bolso de paso por el salón y la metí al baño de visitas. 

–Toma – le di el bolso –. Recomponte. Arréglate el vestido y no te tardes. Te espero afuera.

Cerré la puerta y asegurándome que nadie me veía, me cercioré de mi propio aspecto en el espejo del hall. Mis mejillas estaban sonrojadas y mi pelo un poco despeinado pero eso era común, no importaba si lo mantenía más corto que antes. 

Recargué una mano en la pared, mirando al piso. Me sentía tan jodidamente bien que la culpa por haberla tomado ahí, simplemente no existía. Esa adrenalina volvía a mi y de qué manera. Estaba pletórico de esa emoción que por tantos años fue la única que pudo saciar mis retorcidos deseos y si también era su deseo, ¿por qué no seguiríamos adelante?

–Hijo, ¿dónde se han metido? – la vos de mi madre me sacó de mis cavilaciones.

–Nos quedamos aquí – le sonreí. 

–¿Ya ves? – Carmen le guiñó un ojo –. Necesitaban un momento a solas.

Todos rieron menos Charles. Él aún no cedía por completo a nuestra relación. Dudaba y tenía razón para hacerlo. Minutos antes me había follado a su hija a solo unos cuantos metros de donde él se encontraba. Sonreí.

La puerta del baño se abrió lentamente y me acerqué de inmediato poniéndome frente a ella antes que Isabella saliera. 

–¿Todo bien? – susurré y ella asintió. La miré enarcando una ceja…

–Sí, Señor – respondió en el mismo tono casi imperceptible.

–Bien – abrí por completo la puerta para permitirle salir observándola detenidamente. Sus mejillas como las mías, también tenían ese rubor resplandeciente después de ese arrebatado y salvaje encuentro. Sí, eso era lo que habíamos tenido.

–¿No te lo dije? – mi madre miró a mi padre –. Están enamorados, Carlisle.

Mi padre sonrió y se acercó a nosotros, abrazándonos. 

–Me hacen tan feliz, hijos – miró a Charles –.Tu hija es muy querida en esta casa, siéntete tranquilo porque tanto Edward como nosotros la cuidaremos bien.

–Gracias, Carlisle, Esme, estoy seguro de que así será.

Giró y me vio fijamente, asintió y se acercó a abrazar a Isabella que aún temblaba. Ella ocultó su rostro en el cuello de su padre y él le susurró algo al oído. Ella sólo asintió en respuesta y se limpió un par de lágrimas que escaparon de sus ojos. Permanecieron un momento más así, luego se soltaron y Bella se refugió en los brazos de Carmen y de mi madre. Estaba tan sensible... y con un orgasmo a flor de piel.

–Edward – dijo con seriedad –, confío en ti.

Esa declaración no me la esperaba. Al fin Charles Swan se desprendía de todas sus dudas y miedos y se permitía depositar su confianza en mí. Una sensación de orgullo llenó mi pecho y le sonreí.

–No voy a fallarle a Isabella, Charles, nunca.

Asintió de nuevo y me dio la mano palmeando con la otra mi espalda.

–Edward…

–¿Sí?

–Si vuelves a llamarme Charles, te noqueo. Es Charlie, ¡por Dios!

Todos reímos. Era hora de empezar a despedirnos pero mi madre aún tenía algo que decir.

–Espero que la próxima cena sea para anunciar su compromiso – el rostro de Esme Cullen brillaba emocionado y los demás la miraban con la boca abierta, Isabella incluida.

–No seas tan desesperada, mamá, todo a su tiempo.

–Bueno, Edward, no quiero esperar mucho para ver esta casa llena de niños corriendo por todos lados.

Ese comentario me tensó.

¿Niños?

¿Yo? 

¿Padre?

¡Ni en un universo paralelo!

Nos despedimos al fin y ya mi padre había quedado con los Swan en visitar el club. También llevaría a Charlie al Toucan Bar, donde se bebían los mejores whiskeys del mundo y desde que tenía permiso de su doctor, solo buscaba un pretexto para darse una escapada para tomar un buen trago. Mi madre mientras tanto, ya había planeado todo un extenso tour para Carmen y estaban incluyendo a Isabella.

Ella muy disimuladamente buscó mi mirada y mi aprobación. Una peculiar sensación me recorrió; cerré los ojos y presioné mis párpados dándole la respuesta. Ella sonrió. Estaba contenta…

De camino a casa, Isabella se durmió. No era para menos; la presión, la sorpresa y todas las emociones que tuvo que manejar la dejaron agotada. Su cuerpo se acurrucaba al mío y yo disfrutaba al tenerla entre mis brazos, tocando la piel de sus muslos, respirando su aroma… Al llegar la desperté y bajó del auto un poco desubicada. Ya arriba, en el pasillo y antes de que se encaminara a nuestra habitación, le susurré al oído.

–Te quiero en cinco minutos esperándome en el cuarto de juegos.

Seguí mi camino entrando al dormitorio dejándola con los ojos abiertos y de repente muy despierta. 

Sabía que lo deseaba, su reacción en el pasillo me lo confirmaba. Eso era el sueño de todo hombre como yo, una mujer sumisa y bien dispuesta en todo momento, que disfrutara de todo lo que mi estilo de vida podía darle, que se dejara guiar para alcanzar el éxtasis al que podía llevarla.

Isabella era esa mujer, mi mujer, la que estaría conmigo siempre rindiéndose a mí así como yo a ella.

Estaba ansioso; debía respirar y relajarme. No podía correr el riesgo de que por mi premura le hiciera daño, que me perdiera en las sensaciones y sólo me centrara en obtener mi placer a toda costa. No, ya no era así. Yo ya era diferente. Por mí, por ella. Tenía que controlarme.

Hice una serie de respiraciones y por fin me sentí en total control de mí. Me puse los pantalones de seda negros y salí a su encuentro.

Isabella estaba de pie junto a la puerta del cuarto de juegos. Su pálida piel contrastaba con la seda negra. Su mirada baja, descalza y con el cabello suelto. Muy bien, cariño.

Abrí la puerta y entré antes que ella. Isabella me siguió y se arrodilló cerca de la mesa con los muslos entreabiertos y manteniendo la mirada baja. Me di la vuelta y me acerqué a los cajones que contenían los múltiples accesorios para mis juegos. 

¿Qué haré contigo hoy, Isabella?

¿Qué es lo que ambos podemos resistir esta noche?

Giré la cabeza y la vi removerse nerviosa, con necesidad. 

–Si te veo intentando frotar ese coño de nuevo te castigaré. Es mío y no quiero que nada lo toque ni lo estimule, eso sólo lo hago yo. Te quiero quieta.

Su pecho subía y bajaba acelerado; necesitaba algo que prolongara la liberación de ése orgasmo, si es que se portaba bien y al final se lo ganaba… todo dependía de ella.

Saqué lo que necesitaría para la sesión y lo coloqué sobre la mesa. Me paré frente a Isabella y acaricié su cabello. Levanté su barbilla para poder mirar sus ojos. Brillaban. Había algo en ellos que sólo su dueño podría reconocer. Estaban rebosantes de puro deseo…

Le indiqué que se pusiera de pie mientras respiraba para mantenerme en control, no sólo yo sino también mi bien dispuesta polla dolorida. Desaté la cinta de la bata y dejé que cayera de sus hombros. Nunca podría cansarme de admirarla. 

La tomé de la cintura y la deposité en la mesa. Su piel estaba erizada. Sus pezones erectos hasta lo imposible y seguramente su coño estaría empapado. La recosté reprimiendo mi deseo de pasar mis dedos por su ranura desnuda mojándolos con su evidente excitación. Bella gimió y en mi vientre bajo sentí un golpe de necesidad.

Esa noche decidí atar a Isabella. Yo sabía lo que eso significaba para ella porque había expresado su temor a esa práctica en el club. Temerosa me había preguntado si lo haría con ella y le dije que si. 

Abrió los ojos desmesuradamente cuando vio las cuerdas rojas en mis manos. Su respiración se agitó ligeramente pero me miró a los ojos y asentí, tranquilizándola de alguna forma. Cerró los ojos.

–¿Quieres que te cubra los ojos, Isabella? – le di la opción.

–Como usted desee, Señor – fue su adorable contestación.

No lo hice, ella se pondría más nerviosa y yo la quería con todos sus sentidos atentos a mí. Pasé mi mano por su mejilla y me dispuse a comenzar mi labor. 

–Siéntate derecha, Isabella, de espaldas a mí.

Le ordené mientras desataba los empaques de las cuerdas nuevas. Eran muy suaves y no la lastimarían. Ella obedeció y con mucha calma tomé sus brazos colocándolos en su espalda. Comencé recogiendo su cabello dándole vueltas para sostenerlo con un par de palillos rojos también, dejando libre su cuello y espalda. Continué pasando la cuerda por su cuello un par de veces; luego me dediqué a los brazos que fui cubriendo poco a poco con hermosos nudos. Trabajaba lentamente, disfrutando de atar cada centímetro de sus extremidades, decorándolos con la cuerda roja. Su respiración fue tranquilizándose conforme iba anudando a un ritmo lento. Estaba relajándose.

–¿Cómo te encuentras, Isabella? 

Dio un suspiro profundo antes de responder.

–Bien, Señor.

–¿Recuerdas tus palabras de seguridad?

–Sí, Señor – respondió calmada –. Rubíes para precaución y Corazones para parar.

–Si sientes que debes usarlas, hazlo. No quiero ninguna mártir aquí, ¿entendido?

–Entendido, Señor.

Aclarado de nuevo ese punto, proseguí con mis nudos en sus brazos. Su espalda se veía preciosa atada de esa forma, restringiendo sus movimientos… al llegar a sus muñecas di varias vueltas para luego pasar los extremos por las cuerdas de su cuello. Tal vez me estaba extralimitando un poco para ser su primera vez con el Shibari pero me arriesgaría.

–Veo, mi querida – dije casi en un murmullo –, que volver a este cuarto te agrada y eso me complace. Aquí podemos ser nosotros mismos sin necesidad de regirnos por los estúpidos estándares sociales de afuera. Aquí somos libres para desfogar todos esos deseos que bullen dentro de nosotros, Isabella, aquí sólo existimos tú y yo.

–Tienes estrictamente prohibido, Isabella, traer de afuera cualquier pensamiento, problema, sensación o lo que sea que te distraiga de ser una dócil sumisa. No quiero que nada te impida demostrarme tu devoción hacia mí. Cumple con lo que te ordeno y serás recompensada al final, mi pequeña.

–Si, Señor.

Rematé el extremo final de la cuerda. Estaba lista y al verla así me obligaba a doblarme un poco debido al molesto dolor en mis ingles y en mi desobediente polla que parecía la aguja de una brújula buscando el norte en su delicado y mojado coño.

–Voy a ayudarte a bajar de la mesa, Isabella, pero no quiero que te inclines y mucho menos que te hagas hacia atrás. Si lo haces, las cuerdas se estirarán cerrándose en tu cuello y ya sabes lo que sucedería. 

Un jadeo nervioso salió de su boca.

Señor… yo… 

–Si haces lo que te ordeno estarás bien, concéntrate.

Mantuve mi tono firme y con cuidado la ayudé a bajar de la mesa. Con mi mano en su cintura la llevé hasta los bancos de azotes; ella gimió y se detuvo.

–Respira, Isabella – y con esfuerzo y los ojos cerrados comenzó a hacerlo intentando mantener un ritmo constante para no agitarse.

–No voy a azotarte si es lo que piensas – le aseguré y relajó sus párpados –. Ahora inclínate sobre el banco pero mantén tu espalda rígida junto con tu cuello y una vez que estés recostada sobre tu estómago podrás relajarte pero sólo un poco. Esto es puro control, Bella, sólo eso…

Isabella siguió mis instrucciones aunque no le fue fácil acomodarse sobre el banco; estaba nerviosa y tenía miedo de hacer un movimiento que restringiera aún más las cuerdas alrededor de su cuello.

–Ahora gira tu cara muy despacio y con cuidado deja tu mejilla descansar en la orilla del banco. Abre bien las piernas y concentra tu peso en tu torso – la vi hacer el esfuerzo por apoyarse como le indicaba. 

–Eso es.

Me di la vuelta para acercar los juguetes que había dejado en la mesa; tomé mi iPod para seleccionar algunas canciones y lo encendí. Los primeros acordes de Closer de Nine Inch Nails llenaron la habitación y moderé un poco el volumen para que Isabella no tuviera ningún problema en oír mis indicaciones y para poder escucharla con claridad en todo momento. 

You let me violated you
You let me desecrate you…

De pronto me quedé de pie, ahí, admirando el bello cuadro ante mis ojos… mi mujer, su rígida espalda y brazos cubiertos con preciosos nudos desde el cuello, los hombros y hasta las delgadas muñecas. Ése culo perfecto que esperaba por mí, su cálido coño mojado… El contraste más desquiciante de su piel contra el color rojo sangre de las cuerdas. Su inmovilidad, su voluntaria docilidad, su deseo, su entrega a mí… 

Me acerqué hasta quedar a un paso de sus nalgas. No pude resistir pasar mis manos por ellas; estaban bañadas por una fina capa de sudor frío. El sudor del miedo que podía olfatear por la facilidad con que se desprendía de ella. Mi polla creció adolorida dentro de mi holgado pantalón y gemí en respuesta mientras que de ella sólo podía escuchar el ritmo pausado y forzado de su respiración… tan hermosa..

Una de mis manos cubría una de sus nalgas y la otra acariciaba la tersura de sus muslos internos sin llegar a tocar sus labios pero la prueba más evidente de su excitación escurrió espesa hasta donde estaban mis dedos. Sin pensarlo, los introduje entre sus empapados pliegues hasta tocar su clítoris en exceso lubricado. El miedo la excitaba, la adrenalina del no saber, la incertidumbre unida a la prisa para reclamar la recompensa prometida.

¿Acaso necesitaba una prueba más de que Isabella era la mujer indicada para mí?

¿No era mi sumisa perfecta?

You let me penetrate you
You let me complicate you…

Recorrí con mis dedos todo su coño, rodeando su clítoris sin tocarlo y sólo penetrándola un poco. Bella ardía. Tomé un vibrador colocándolo sobre su hinchado clítoris, tenía en la punta varias bolitas y a lo largo, estaba anillado logrando dar una estimulación abrumadora. No lo encendí; quería que se acostumbrara a la diferente sensación mientras lo pasaba por todo su coño hasta que lo ubiqué en su entrada, lo introduje en ella y dejó escapar un jadeo reprimido.

Encendí el aparato e instintivamente trató de cerrar las piernas. Le di una nalgada suave, sólo para distraerla un momento y se mantuviera en la misma posición. Introduje el vibrador un poco más y me incliné para besar el espacio de su espalda baja que me permitían sus manos. Bella gemía y hacía un esfuerzo notorio por no moverse. Lo estaba haciendo muy bien mi pequeña Isabella.

–Shhh, respira.

Help me, I broke apart my insides
Help me, I’ve no soul to sell…

Le susurré al oído cuando empujé más el vibrador y comenzó a jadear agitada. Isabella estaba siguiendo muy bien mis ordenes, se controlaba muy bien hasta ése momento y esperaba que siguiera así cuando encendiera el aparato, lo cual hice en ése instante.

–Ahh – exclamó débilmente.

En mis labios tenía una puta sonrisa de enferma satisfacción. Porque me hacía feliz verla y sentirla tan cooperativa, tan receptiva, tan mía… estaba gozando mucho. 

I want to fuck you like an animal
I wanto to feel you from the inside…

Por unos minutos más mantuve el vibrador hundido en ella, acariciando sus paredes mientras Isabella libraba una lucha entre dejar que su cuerpo se moviera de placer o controlarlo. Era algo difícil si tomábamos en cuenta el nivel de excitación al que sólo el aparato la estaba conduciendo. También tenía que tener muy claro que si controlaba su cuerpo no era tanto por mi orden aunque influía, más bien era por el miedo a no poder respirar por unos segundos, eso lo tenía muy claro, pero era una muy buena manera de que empezara a forzar ése dominio sobre sí.

Se apoyó sobre las puntas de sus pies subiendo así ese traserito que estaba resultando muy tentador para mí en esos momentos. Mi polla se movió dentro de mis pantalones como si fuera un pez evitando ser atrapado. Estaba perdido y sólo había una solución para que esa fantasía frustrada no resultara siendo igual a la de probar alguna vez ese coño que yo sabía que debía saber tan dulce como la miel.

Apagué el vibrador y lo saqué de su cuerpo; me dirigí de nuevo hacia los cajones donde tenía los juguetes y accesorios guardados y tomé de ahí lo que necesitaba. Cuando volví, Isabella tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente. Pasé una mano por su frente y me agaché depositando un beso en ella. Abrió los ojos y su mirada al verme tenía algo que no supe descifrar, pero me gustaba. Ladeé mi cabeza y con mi lengua acaricié sus labios, ella los entreabrió sacando la suya muy roja para tocar la mía y la devoré en un beso salvaje lleno de lujuria. 

Renuente, tuve que separarme de Bella, no quería agitarla y mucho menos con lo que faltaba, la necesitaba muy relajada. Mi polla casi gritó de dolor. Me acerqué a su boca y pegué mi miembro dolorido a su boca.

–¿Ves? 

Sin moverse un centímetro me miró por el rabillo del ojo.

–¿Ves como me tienes?

–No me parece justo, Isabella, y en mi mundo, yo decido cómo hacer que las cosas sean justas… para mí.

Volví a mi posición y me senté en el banco detrás de ella. Puse en mis dedos una buena cantidad de lubricante y comencé a acariciar su ano, rodeándolo y presionándolo. Estaba asustada, podía sentirlo, así que introduje de nuevo el vibrador en ella a una velocidad muy baja, sólo para distraerla, hasta que hubiera pasado la impresión inicial.

–¡Ahh! 

–¿Estás bien, Isabella? – pregunté de inmediato al oírla jadear tan fuerte.

–Ssíí, Seññor – pronunció con dificultad. 

–Me alegro.

Aproveché ése momento e introduje en su ano un par de centímetros más de mi dedo. Isabella dejó de respirar, se paralizó, pero no me detuve. Lo saqué y seguí acariciando ése punto por fuera como lo hice antes y luego volví a meter la punta de mi dedo y otro más. La sentí volver a respirar. Empuje unos centímetros más y ya estaban dentro casi la mitad de mis dos dedos, los empecé a mover ligeramente; estaba muy pendiente de Bella, de alguna reacción que tuviera ya fuera de placer o de incomodidad. Por el momento no percibí ninguna de las dos y eso, era malditamente excelente.

I want to fuck you like an animal
I wanto to feel you from the inside…

Cuando tuve todos mis dedos dentro de ella, supe que era el momento de continuar. Lubriqué perfectamente bien un plug anal pequeño y con mucha delicadeza lo coloqué dentro de mi mujer, hasta el fondo, hasta que sólo quedara la piedra preciosa de imitación que adornaba el objeto, ahora en su ano. Hermoso.

Un fuerte latigazo en mi vientre bajo me hizo doblarme un poco, ya no podía más…  

Me deshice de mi pantalón y apagué el vibrador, lo saqué de su cuerpo y abrí un poco mis piernas para quedar más a su altura. A duras penas pude ubicar mi polla ardiente en su entrada, sólo sentí la necesidad de empujar para entrar en ella, con fuerza, duro, con todas las energías que guardaba mi cuerpo. 

Isabella gritó. Gritó pero no se movió. El sentirla llenándola incrementó mi insano deseo de poseerla con fiereza, al sentir su cuerpo recibirme caliente. Era mucho más fuerte que yo…

La embestí una y otra vez volviéndome loco con esa imagen perfecta. Isabella atada por mí, las cuerdas restringiéndola, sus muñecas cubiertas por la cuerda roja, sus manos cerradas en puños, sus nalgas blancas como la nieve, la piedra preciosa en su apretadísimo ano y mi polla entrando y saliendo de ella. 

Arremetí sin piedad, con una lujuria diferente pero urgente, con prisa, con dolor, con ansiedad. Mis bolas chocaban contra su tierna piel con cada estocada que le daba perdido en mi necesidad de enterrarme cada vez más hondo en ella. Mis jadeos llenaban la habitación, no podía contenerlos, estaba poseyendo a Isabella sin reparos y muy pronto ya lo haría en el sitio aún virgen en ella.

Una, otra y otra vez, mi polla se perdía en su más que lubricada entrada; su vagina me recibía complaciente y muy pronto comencé a sentir que sus paredes de contraían alrededor de mi miembro urgido aún. Sus gemidos y jadeos ya eran lo bastante audibles y me fijé en sus manos. 

¡Carajo!

Estaban completamente abiertas y temblando. La miré y su cabeza estaba hacia el frente y su barbilla levantada, se empezaba a arquear… Carajo. 

Salí de ella y tomé las tijeras que estaban junto a mí. Corté con rapidez sólo los amarres en su cuello y de inmediato dio un profundo respiro, aspiró varias veces más pero no hizo ningún intento por pararse del banco al contrario, una vez recobrado el aliento, se acomodó mejor sobre él y levantó su bello culo un poco más, ofreciéndomelo. 
–Si, nena, así…

Fue lo único que pude decir antes de volver a enterrarme en ella, embistiendo con fuerzas renovadas y a punto de explotar de felicidad, sintiendo con el paso de los minutos cada roce, la fricción de nuestros cuerpos, sus paredes vaginales cerrándose por fin alrededor de mí y mis bolas tensándose, preparándose para descargarme en ella.   

Sseñor… ¿Puedo?

–Puedes… córrete, amor, córrete para mí.

Fue todo lo que necesitó para estallar en un orgasmo que llegó acompañado de un fuerte grito y más jugos, extracto de la excitación más pura que estaba corriendo por su cuerpo. Su tierna vagina con recobradas fuerzas se apretó alrededor de mi polla que aún necesitaba unas cuantas embestidas más para unirme al mismo glorioso orgasmo de Isabella.

I want to fuck you like an animal
My whole existence is flawed
You get me closer to God…

Me conocía perfectamente, pero no estaba preparado para ver que mi cuerpo no estaba dispuesto a esperar tanto. Él reaccionó al sentir el orgasmo de Bella y la siguió liberando en ella toda mi esencia, mi semilla, provocándome un éxtasis abrumador mientras caía tendido sobre los brazos y espalda aún atados de mi mujer.

Respiraba peligrosamente agitado, me estaba costando recuperar el aliento, no era capaz de moverme pero mi peso estaba aplastando a Isabella. Salí de ella lentamente, me levanté e Isabella gimió incómoda. No podía moverla sin antes retirarle el plug incrustado todavía en ella y que para mi grata sorpresa, había tolerado muy bien. Con mucho cuidado fui sacándolo de su interior mientras gemía. Era obvio que no iba a soportarlo más tiempo. Una vez libre de él, me incliné sobre ella y muy despacio empecé a levantarla tomándola por el torso, pendiente de no lastimarla.

Ya con Isabella de pie, la guié hasta la cama, no podía cargarla en mis brazos sin hacerle daño ya que sus hombros podían dislocarse por el buen rato que ya habían pasado en esa forzada posición. La recosté boca abajo pero ya estaba en una superficie suave y cómoda. Fui por mis tijeras y me coloqué a horcajadas sobre ella. Comenzando a cortar nudo por nudo; era muy erótica esa imagen, los nudos rojos, su piel, las tijeras…  

–Esta noche te has entregado sin restricciones, Isabella. 

Corté dos nudos.

–Has sido la sumisa que quiero a mi lado, pero más que eso…

Corté los nudos hasta sus codos.

–… has sido mi mujer.

Corté hasta llegar a los hombros. Quité los pedazos de cuerda de su cuerpo y suavemente comencé a mover sus brazos dormidos. La coloqué boca arriba y me incliné para besarla con la pasión que me consumía. Bella no reparó en responder con la misma intensidad y nos perdimos ambos en el profundo beso. 

Tuvimos que separarnos en algún momento, jadeantes por aire. Nos miramos, sonreímos. Me tiré junto a ella agotado y cerré los ojos. No pasaron muchos segundos cuando sentí sus labios en mi mejilla y su mano acariciando mi pelo y me estremecí. 

Mi pequeña… ¿Cómo era posible que todavía tuviera fuerzas?

Su mano cayó sobre mi cuello y su cabeza junto a la mía. Efectivamente, no las tenía. La atraje hacia mí en lo que me recomponía; me llevé su mano a los labios y la besé. Amaba a esa mujer. Y si ella quería llevar así las cosas, así lo haría. Le daría lo que ella quisiera porque yo también era feliz con eso, con vivir a mi modo, bajo mis reglas, sin embargo, algo me faltaba…  

Un rato después, fui a preparar la bañera. Isabella necesitaba ser tratada como el precioso regalo que era y debía ser consentida con los mejores bálsamos; ése era mi trabajo y yo era muy feliz de poder prodigarle esas atenciones. Llena la bañera, fui por ella a la cama. Abrió los ojos al sentirme junto a ella. Apoyé una rodilla en la cama y la cargué en mis brazos llevándola al baño. La deposité dentro del agua caliente e hizo una mueca de dolor por lo elevado de la temperatura pero eso le haría bien a sus articulaciones sensibles.

Me metí también, colocándome detrás de ella y acomodándola en mis piernas. Mi pequeña apenas tenía fuerzas, la recargué en mi pecho y puse una buena cantidad de un aceite para frotar sus hombros, sus brazos y su espalda. Masajeé con precisión y cuidado para quitar un poco la tensión sobre ellos y evitar que le dolieran al día siguiente, no iba a desaparecer por completo la molestia pero la mitigaría considerablemente. 

–¿Estás bien?

Quise saber al escucharla jadear un poco al frotar sus omóplatos.

–Sí, Señor.

Con un gel rojo que hacía espuma, lavé su pecho. Sus redondos senos que llenaban perfectamente mi mano al cerrarse en ellos. Duros, erectos pezones y tersa piel que provocaba morderlos y probar su dulzura. Bajé mi mano y deslizándose con la espuma, froté su vientre plano y suave. Sus caderas también fueron cubiertas por la espuma y mis manos, al igual que sus nalgas, sus muslos, pantorrillas y pies tocando cada uno de sus dedos.

Con un gel diferente, mi mano bajó hasta sus pliegues, lavando por fuera y luego introduje mis dedos tocando su clítoris todavía muy hinchado. Bella dio un pequeño saltito y sin distraerme de mi tarea, la moví un poco para pasar mis dedos por su ahora delicado ano. Se removió incómoda.

–¿Te duele? – le susurré la pregunta al oído. Isabella negó con la cabeza e inmediatamente respondió…

–No, Señor.

Le di un beso en la oreja; le di otro en la mejilla, uno más en el cuello y otro en la boca cuando giró la cara para verme. Se veía preciosa con ése rubor que sólo una sesión de buen sexo puede dar y esa sonrisa perfecta que subía iluminando sus hermosos ojos color café.

Abrí mis piernas sentando a Isabella entre ellas para poder lavarme también. Lavé mi pelo dándole un buen masaje. Mi pecho, mis brazos y mi rostro, seguidos de mis hombros, espalda, mis nalgas, piernas y de último mi polla y mis bolas bajo la atenta mirada de Isabella. El agua comenzaba a enfriarse y me puse de pie junto con ella. Abrí la regadera y nos enjuagué muy bien. 

Salimos de ahí y envolví a Isabella en una tibia toalla, yo hice lo mismo conmigo y ya seco, volví mi atención a mi pequeña. La sequé con minucioso cuidado; sus ojos se cerraban, estaba exhausta. Debía darme prisa y llevarla a la cama. Dejamos el cuarto de juegos y ya en nuestra habitación, la recosté en la cama cubriéndola con las sábanas y el pesado edredón. Antes de acostarme junto a ella le di un par de analgésicos y una botellita con agua.

–Tómate esto, cariño.

Obediente, se los tomó y volvió a recargar su cabeza en las almohadas. Me acomodé a su lado consciente de que no podía acostarla sobre mi pecho ya que estaba adolorida, pero posé mi mano sobre su tibio vientre.

Sabía que ella se dormiría en cualquier momento, pero yo no podría. No después de la extraordinaria noche que habíamos pasado. Su padre y su prometida conocieron a mis padres en una cena impecable que justamente estaba planeada para eso, para causar una excelente y definitiva impresión, para que su padre supiera que su hija estaba segura y contaba con la protección no sólo mía sino también con de la de mis padres, que la adoraban.

Ése objetivo estaba logrado y la noche que Isabella me regaló después fue… indescriptible. Estaba abrumado con su sumisa actitud, satisfecho hasta más no poder con su entrega desmedida. 

Un pequeño gemido me distrajo. Giré mi rostro en un intento de asegurarme de haber escuchado correctamente. Un claro jadeo irrumpió en el silencio de la habitación y me incorporé inmediatamente recargándome sobre mi antebrazo hacia Isabella cuando intentaba mitigar un claro llanto.

–Bella, amor, ¿qué pasa?

Encendí la lámpara en mi mesilla dejando una baja intensidad de luz. Isabella se llevó las manos a la cara desatando su llanto angustiado haciendo que me alarmara como nunca antes.

–Háblame, dime, ¿te lastimé?

Isabella se encogió en posición fetal aún ocultando su rostro bañado en lágrimas y mis nervios y desesperación crecían.

–Por favor, déjame revisarte, necesito saber…

No me dejó terminar de hablar; Isabella se abalanzó sobre mí, refugiándose en mi pecho y su cara en mi cuello aumentando mi desconcierto.

–Me estás volviendo loco de la angustia, dime que te pasa… por favor.

Sus brazos se aferraban a mí con la poca fuerza que tenían y su llanto no disminuía.

–Me estás asustando, Isabella…

Dije con firmeza pero mi voz estaba a punto de quebrarse y sentí que ella se desprendía de mí muy despacio entre sus sollozos. Me miró con los ojos anegados y se limpió las mejillas toscamente con una mano; empezó a negar débilmente con la cabeza y cuando pudo calmar un poco su llanto para hablar, tomó mis mejillas entre sus manos y comenzó a llorar con más fuerza.

–Yo… yo… ya no puedo más…

Dijo casi inaudiblemente.

–Ya no… puedo callarme más…

Acercó su rostro al mío.

–Yo… te amo, Edward, te amo…*

*

*

*
Isita María, muchas gracias amie por siempre tener un tiempo para mí. Lethy, Coudy y Lo, mis eternas pervs, mi cariño siempre y Nani… Las quiero a todas y cada una de ustedes que me leen y me comentan, por cierto, ¿qué les pareció? Espero que les haya gustado...
Nos vemos prontito. 
Li

15 comentarios:

  1. HOLA LI!! QUE BUENO QUE YA ESTAS AQUI!!! YA NOS HACIA FALTA UNO DE TUS SUPER CAPITULOS...EL DE HOY HA ESTADO BUENISIMO, MUY REVELADOR, CREO QUE EDWARD SIENTE ALGO QUE NUNCA HABIA SENTIDO Y ESO PARA EL ES UN TESORA INVALUABLE, APARTE QUE ISABELLA YA LE DEJO PORFIN QUE LO AMA!! AWWWWW QUE BELLOS ME ENCANTOO GRACIAS!!!

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  2. Hola cariño está desbordante de emociones este capitulo ,me encanto y valla me alegro de que estes de regreso ....Besos nena sigue asi...Cuidate...

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  3. AHHHHHHHHHHHHH SE LO DIJO que emocionante ahora a ver que pasa y que bueno que estes de regreso LI muchos besitos sigue asi.
    PILI

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  4. Siiii! por fin! espero que en el siguiente capitulo edward le diga tambien que la ama, adora, idolatra, venera, etc!!!!!! Eres la mejor Li!!!

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  5. HOLA COMO SIEMPRE ME ENCANTO QUE BELLS SE ATREVIERA A CONFESARLE A EDWARDS QUE LO AMA.

    ME FASCINO GRACIAS. SOY JANALEZ JAJAJAJA

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  6. wow nena ke capituloooooo x dios!!!! muy muy pero muy buen capitulo, y ke forma de entregarse!! me encanta ke ambos ya se dieron cuenta de ke estan enamorados es algo ke no se puede negar, hasta esme lo vio!!, creo ke es obvio ke estan hechos el uno para el otro, te felicito, exacelente capitulooo, saludos y espero leerte pronto, por ke siempre dejas con ganas de seguir leyendoo.. saludos y grax x hacer mis tardes mas amenas

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  7. Guauuuu, fantastico nena, me encanta el capitulo, no puede ser más completo ... ha vuelto el señor, el canalla y dominante queriendo mas, que maravilla Li! Las imagene perfectas, como te lo curras cielo. Graciasssss

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  8. LI FELICIDADES NENAS POR TAN MARAVILLOSO CAPITULO, ESPERO QUE SIGAS ESCRIBIENDO TAN EXTRAORDINARIAMENTE, NOS VEMOS PRONTO.........

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  9. siiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!!!!!!!!!!!
    por fin!!!!!!!!!! ahora falta que Edward le diga que la quiere con ella para siempre, pero porque la ama no por un contrato sino porque son tal para cual, dominante y sumisa perfectos.
    Me encantó el capítulo. Besos

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  10. NENA MUCHAS GRACIAS POR EL CAPITULO, LO ESTABA ESPERANDO DESDE HACE YA UN TIEMPITO, ME REFIERO A LA DECLARACION DE BELLA. AHORA SOLO ESPERO QUE LA DECLARACION DE ED SEA EPICA, QUE LA DEJE YA SIN NINGUNA ARMA PARA PODER LUCHAR CONTRA SUS SENTIMIENTOS, ES DECIR, ENAMORARLA HASTA LAS TRANCAS COMO DECIMOS EN MI PAIS JAJAJA. POR FAVORRR ACTUALIZA PRONTO SI? APIADATE DE TUS FIELES LECTORAS QUE SOMOS MUCHAS Y TE QUEREMOS UN MONTON, BESITOS DESDE ALGUN LUGAR DE ESPAÑA LUNN90

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  11. capitulo nuevo por favorrr!!!!!!!!! no nos dejes asi :/

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  12. Cuando sale el proximo capitulo, nos dejastes con ganas de mas...

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  13. Con toda mi humildad te pido , te ruego ....más capitulos. Porfa. saludos

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  14. Aaah me Encanto el capitulo!!! Amo a este Edward!!! :)

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