domingo, 8 de abril de 2012

CAPITULO 30

Crecer, duele.
Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender.
Françoise Sagan

Ipod: Could Play, Paradise
Evanecensce, Good Enough


BELLA’S POV

Siempre supuse que cuando uno está triste, los demás a tu alrededor, las personas cercanas a ti, te consuelan y te miman, te cuidan y están contigo mientras tu trago amargo pasa poco a poco y el dolor que supuestamente debe estar instalado en tu pecho corroyendo tu corazón va disminuyendo gradualmente con sus cuidados, atenciones y su cariño.

Yo siempre tuve a Alice y a Rosalie para pasar mis tragos amargos; ellas veían por mi mientras me recuperaba. Aunque no podría decir que fueron muchos esos momentos, si acaso dos o tres pero entre ellos, hubo uno que necesitó mucho más que sus desinteresadas atenciones, necesité de mucha, mucha paciencia y una dosis extra de cariño pero ellas siempre estuvieron ahí, ofreciéndomelo todo el tiempo.

Fue por eso que creí que después de la gran desilusión que me llevé al llegar a casa y ver que mi presencia no le era tan importante a mi padre, el ver que podía prescindir de mi y pasar un momento tan íntimo y feliz con Alice y Rose que ni siquiera por estar en mi casa tuvieron la delicadeza de portarse menos ruines conmigo y por decencia “fingir” que entre nosotras no había ningún problema, después de eso creí que nada más podría importarme en la vida ya que a las personas a quienes yo debía importarle más que a nada, no les interesaba tanto como yo pensaba.

Creí que iba a desear querer morirme. Creí que me derrumbaría ahí mismo pero no fue así. Traté de mantenerme con la cabeza despejada y tomé lo que en aquel momento y hasta ahora me pareció la mejor decisión.

Con mucho dolor me despedí de mi padre, de las personas que me demostraron su cariño sincero, de la casa que entre tiempos me vio crecer y salí de ahí sin detenerme a mirar atrás mientras escuchaba mi nombre, rodeada de unos fuertes brazos que han sido mi apoyo desde mucho antes de ese día.

Edward se preocupó y me llevó a Malibú para pasar unos días cuando yo lo único que quería era irme a casa para tirarme en la cama y dormir. Pero él no me lo permitió. Él hizo conmigo lo que se supone que hacen esas personas que te quieren y se preocupan por ti. Me cuidó, me mimó y el trago amargo se disolvió en un hermoso tiempo que pasamos juntos.

Pero todavía tenía miedo. Miedo a despertar un día y no hacerlo junto a él; miedo a que también un día, yo no le pareciera tan importante como hasta ahora. Si mi padre me había demostrado eso, ¿porqué Edward no lo haría?

Pero el lugar, la naturaleza, el mar, me dieron la fuerza para decidir lo que quería y lo iba a hacer, aún con esos miedos. Yo iba a tomar todo lo que él me ofreciera, si era cariño lo tomaría, si era solo preocupación lo aceptaría y si era amor… disfrutaría de cada instante que él me regalara. La pregunta era si había conseguido reunir la fuerza necesaria para enfrentarme a recibir lo que él tuviera a bien darme, si sólo podría conformarme con eso.

Los días que pasamos en Malibú fueron maravillosos; él también estaba disfrutando mucho de esa libertad que respirábamos a cada segundo. Sin formalismos de ningún tipo, ni preocupaciones, ni nada que nos recordara que afuera había un mundo que giraba sobre un eje diferente al de nosotros. Tan ajenos a él nos encontrábamos que ni siquiera nos dimos cuenta que era la última noche del año y para nosotros, fue la mejor. Decidimos no salir y tener una cena común preparada por él, vestidos con ropa imposiblemente más informal que nunca y descalzos. Bailamos sin música, me besó y sentí que lo amaba con todas las fuerzas de mi alma. Hicimos el amor bajo esa noche sin luna pero llena de estrellas y fui feliz.

Volvimos a casa y el miedo y la aprehensión que desaparecieron en la playa retornaron con más fuerza. Yo no sabía qué era lo que me tenía con la angustia atorada como un nudo en la garganta, por más que intentaba no podía encontrar una razón para el grado de ansiedad que me dominaba y que no me tenía tranquila.

Debía ser con seguridad, que por las tardes, después de salir de la agencia, iba a mi apartamento y empacaba mis cosas. Las que con el poco o mucho dinero que ganaba mientras tenía algún trabajo en la universidad me había comprado y las cuales adoraba. Guardé mi ropa, mis cuadros que no eran otra cosa que copias baratas del mercado del arte, mis libros, mis lindas sábanas de todo tipo de flores, mi vajilla para cuatro personas con diseño de los girasoles de Van Gogh, los baúles de mimbre que usaba como mesitas de café, guardé tantas cosas en esas cajas mientras lloraba sin cesar y miraba las paredes de mi espacio, ése que yo había elegido para vivir y que mi padre me regaló.

Pero yo no podía permanecer por más tiempo en ese apartamento porque yo ya no encajaba ahí. No me sentía cómoda permaneciendo en él después de todo lo pasado y había decidido devolvérselo a mi padre para no sentirme atada a él de ningún modo que no fuera solamente por el amor y el cariño que siempre iba a sentir por él, pero necesitaba que lo entendiera y que supiera que a pesar de todo, jamás dejaría de quererlo y de ser su pequeña, su adorada hija Bella, y pudiera ser que yo tuviera muy clara la decisión que había tomado, pero nunca sería fácil llevarla a cabo.

Por varios días fui a mi apartamento para empacar y terminar con esa tarea. Lloraba, me paseaba por cada habitación y cuando sentía que no podía más, salía de ahí rumbo a casa de Edward, mi refugio. Trataba de llegar con tiempo para remediar algo de mis hinchados ojos y que no pusiera el grito en el cielo, porque lo conocía y era mejor no decirle nada mientras yo no hubiera encontrado un lugar para mi. Una noche fue imposible ya que esa tarde guardé algunas cosas de mi madre y no pude parar de llorar; al llegar a casa puse la mesa de la cocina, donde ya nos habíamos acostumbrado a cenar, muy linda como a Edward le gustaba y cuando llegó y me vio, rompí en llanto. No pude más que decirle que era porque había estado en mi apartamento y lo entendió pero me prohibió ir de nuevo, yo solo asentí aunque sabía que le estaba mintiendo porque era obvio que regresaría.

Durante todos esos días, Edward se portó muy comprensivo y cariñoso. Era verdad que la intimidad entre nosotros ya no era la misma de antes pero sabía que de algún modo, Edward me estaba dando tiempo para asimilar todo lo ocurrido en mi vida y lo acepté; no era como si tuviera otro remedio pero yo… yo necesitaba a Edward de otra forma además del hombre en el que se había convertido. Yo necesitaba esa fuerza, ese empuje, ese sexo febril que me hacía perder la razón, olvidarme de todo y ser la mujer sumisa, dócil, entregada a él, a sus deseos, a sus demandas, a sus caprichos. Lo añoraba y lo necesitaba porque sentía que toda su fuerza ejercida en mi, lavaba todo de mi alma, inclusive hasta mis buenos deseos y me hacía ansiarlo otra vez.

Y yo rezaba porque me lo pidiera y un día me llevara de nuevo al cuarto de juegos, que me tomara como él quisiera y me llevara hasta el punto que las sensaciones fueran tan intensas hasta que sintiera que simplemente mi cuerpo ya no me pertenecía, que era solo suyo y él tenía el poder para decidir lo que yo pudiera sentir. Abandonarte a él. Eso era tan…

***

–Te vas a ir derechito al cielo junto con tus botas rojas, Jane – le dije con la boca llena –, desde que ahora me compras dos donas para desayunar, te has ganado tu pase V.I.P.

–Es mi idea o de plano esto lo único que comes en el día, ¿eh? – me miró entrecerrando los ojos.

–No, yo ceno con Edward todas las noches.

Me sacó la lengua y salió de nuestra oficina pero no sin antes aventar el periódico sobre su escritorio. No lo tomé en cuenta hasta que un rato después necesité algo de su lugar y al acercarme vi que se había abierto en los clasificados. Con interés lo tomé y comencé a leerlo con avidez buscando la respuesta a mi problema que estaba tardándome en solucionar. Tenía que encontrar un apartamento ya.

Por el resto del día, me pasé haciendo llamadas y concertando algunas cita para visitar los que me habían interesado. De muchos pude ver las fotos en el Internet y de inmediato quedé prendada de uno muy parecido al mío aunque un poco más pequeño. Total, yo no necesitaba algo tan grande si pasaba tanto tiempo con Edward, ¿no?

Estaba tan ocupada que hice el trato por teléfono y al día siguiente un mensajero me entregó las llaves y mi contrato, ya solo faltaba llevar mis cosas y para eso contraté una mudanza. Lo fácil ya estaba hecho, faltaba lo difícil, entregárselo a mi padre, pero para eso tenía que volver a San Francisco porque quería hacerlo personalmente y además tenía que contárselo a Edward. Sabía que la idea de irme aunque fuera por solo dos días no iba a gustarle pero tampoco se enojaría; él entendería lo que tenía qué hacer y me apoyaría.

Esa noche no descansé mucho; Edward me llamó para decir que cenara y no lo esperara porque tenía un compromiso. Me acosté y al verme sola, el peso de todo lo acumulado en los últimos días me golpeó. Lloré mientras me repetía una y mil veces que lo que estaba haciendo estaba correcto, que de eso se trataba la vida, de arriesgarse, de tomar decisiones y elegir acertadamente y si no, pues ya sabías donde y porqué te habías equivocado y seguías adelante. Eso era parte de la vida y se llamaba madurar.

En algún momento de la noche, ese calor y ese abrazo al cual me estaba acostumbrando demasiado me rodeó. Al instante me sentí más tranquila y aunque me encontraba en ese punto en el que no detectas si es realidad o un sueño, de alguna forma tenía la certeza de que Edward había llegado y se acurrucaba a mi.

Mi alarma sonó como cada mañana pero Edward ni siquiera se movió. Giré un poco mi cabeza y el olor a bar era inconfundible. Le di unos golpecitos en el brazo pero sin resultados y yo necesitaba salir de su abrazo; si él podía darse el gusto de no ir un día atrabajar, yo no y menos con esa renta nada barata que me había echado encima. Por fortuna se giró y me liberó. Me puse de pie y le puse dos analgésicos junto con un vaso de jugo en la mesita y fui a arreglarme; al terminar volví a la habitación y lo oí dándose una ducha. Le elegí un par de trajes y se los dejé listos sobre la cama que tendí antes. Me gustaba mucho hacer eso, escogerle la ropa, pensar en lo que necesitaría, atenderlo, cuidarlo…

Bajé a la cocina y preparé café. Me serví una taza grande cuando estuvo listo y me lo tomaba con calma mientras pensaba en todo lo que tendría qué hacer ese día cuando lo sentí entrar. Le serví una taza y de inmediato notó mi preocupación. Como pude me expliqué sin mentirle ni dejarle nada en claro pero cometí un error al darle a entender que no tenía ya a nadie conmigo. Se ofendió un poquito pero enseguida le dije que él significaba mucho para mi, demasiado…

–Dímelo – me exigió en un susurro.

–Ya lo sabes.

–Quiero oírlo de tus labios – insistió.

–Te quiero, Edward.

–¿Solo me quieres? – entrecerró los ojos y me miró dolido.

–Yo… no puedo… permitirme más – le dije aunque hacía mucho que ya lo amaba solo que no podía decírselo.

–¿Por qué no? – comencé a sacudirme entre sus brazos, con miedo a confesárselo.

–Isabella… si yo pudiera ofrecerte más, ¿lo considerarías?, ¿considerarías la posibilidad de ir más allá de quererme?

¡Dios!...

Sus labios tocaron los míos y con una ternura que no podía asimilar aún, me besó, con suavidad, con delicadeza.

–Permítetelo, Bella. Hazlo, amor, hazlo porque yo… yo me lo estoy permitiendo.

Y me abrazó tan fuerte que todo mi cuerpo protestó en silencio porque él también lo deseaba.

Toda esa mañana me la pasé en una nube esponjosa y blanca, suave como la seda y eso si, muy alta. Me costó muchísimo concentrarme en los últimos preparativos para el comercial y de no ser por Jane, se me hubieran pasado algunas cosas muy importantes.

Estaba con mil pendientes; tenía qué revisar toda la logística para la grabación del comercial y además no podía descuidar los últimos detalles de la campaña de Newton, que para nuestra mala suerte, nos sorprendió cambiando de opinión a último momento y yo estaba a cargo de hacer esos cambios.

Necesitaba un respiro y no tuve ningún problema en arrastrar a Jane para comer fuera, no a un restaurante cercano de los que ya nos sabíamos el menú de memoria; quería algo diferente y bonito, así que nos subimos al auto y Paul nos llevó a Soho, al Spaccanapoli. A decir verdad, no estaba realmente hambrienta al salir de la agencia pero al llegar al restaurante, esos aromas especiados me abrieron el apetito y pedí un plato con una generosa porción de fettuccini a las hierbas. Como era lógico no me lo terminé, pero lo que comí más el delicioso vino, el ambiente relajado, acogedor y la compañía de mi amiga me hicieron olvidar mis deberes y mi nube blanca y tersa se esponjó de nuevo… “Permítetelo, amor”…

Ojala y todo hubiera podido ser tan fácil como eso. Ojala no hubiera existido un contrato de por medio con un tiempo de expiración que fuera a marcar un antes y después en mi vida. Ojala que Edward no se estuviera transformando en ese hombre maravilloso que estaba haciéndome perder la razón un poco más cada día y me estuviera llevando a rendirme y permitírmelo, como él quería y poniendo a prueba mi resolución de aceptar lo que él quisiera darme, a la que cada vez le encontraba más puntos en contra.

La verdad había caído ante mis ojos como una pesada cortina. Yo sabía que por mi propio bien, por mi seguridad y por mi futuro, no podía hacerlo. Debía mantenerme firme y aunque por dentro mi ser entero estuviera entregado a él, aceptarlo abiertamente sería muy peligroso para mi porque si reprimiendo mis sentimientos no iba a saber como seguir adelante sin él cuando todo terminara, no me imaginaba como podría hacerlo si le confesaba mi amor.

Lo más coherente, era pensar en mi futuro; debía tener presente que todo acabaría un día y que no me podía permitir que cuando ese momento llegara, no fuera a ser capaz de seguir adelante con mi vida. Y debía hacerme dura porque además de que tendría roto el corazón, también estaría sola.

Por el momento, lo único que podía hacer era continuar como hasta ahora y disfrutar en silencio de la casi declaración de Edward esa mañana. Quizá fue solo un lapsus que tuvo y de pronto lo dijo, no sabía, pero sí podía continuar soñando con todo lo que podría ser si nuestra realidad fuera otra.

Suspiré y me obligué a permanecer fuerte. No iba a dejar que ese pequeñísimo detalle empañara mi alegría, festejaría a mi modo y hasta cierto límite, ¿qué más podía hacer? Con una sonrisa, pagué la cuenta y salimos para volver al trabajo. Por la hora, nos atoramos un poco en el tráfico pero no nos apuraba; tener un mejor puesto en la agencia tenía sus privilegios y mientras Jason luchaba por salir del embotellamiento, Jane y yo platicábamos de cosas sin importancia hasta que por primera vez, me fijé con detenimiento en un anuncio enorme en la pantalla de Trafalgar Square.

–Ingenioso, ¿verdad?

Jane preguntó sin mirarme. Tanto sus ojos como los míos estaban clavados mirando la publicidad del anuncio que desapareció en un instante y volvió a aparecer de nuevo en menos de treinta segundos. No había ninguna leyenda, ningún sonido, nada, solo era un auto de una línea impecable que se deslizaba por las calles de Londres, en un día con poco sol pero el auto emanaba una luz que hacía voltear las cabezas y de noche, atraía la atención por su brillo y color rojo sangre, vivo, y al final, el emblema de la agencia automotriz… Black&Motors.


Dios, no. No podía ser él…

–Bien dice el dicho, “una imagen dice más que mil palabras”, ¿no, Bella?

No pude responderle nada, seguía en shock. Tuve que inclinarme y poner mi cabeza sobre mis piernas debido al mareo que me dio. Noté que también estaba helada y mis manos sudaban.


No, por favor, no lo permitas…

–¿Te sientes bien?

Escuché lejana la voz de Jane y asentí a duras penas mientras en mi mente él aparecía como una película antigua.

–Estás preciosa, Bella.


–Gracias, Jake.


–Yo sé que ésta noche va a ser muy especial para los dos, pero, ¿estás segura, Bella?


–Si, muy segura.


–Entonces ven y déjame cumplir tus deseos…

Me agarré la cabeza con fuerza e hice el intento de mantenerme serena. Ya faltaba poco para llegar a la agencia y no podía quebrarme ahí, además, ¿por qué lo haría? Eso había sucedido hacía años y era una travesura de adolescentes eufóricos y ansiosos por experimentar cosas, aunque yo no lo hubiera tomado tan bien al principio.

Y tampoco después y hasta hoy te persigue esa “experiencia”.

Era verdad. A quien coño quería engañar. Esos recuerdos me hacían daño, me lastimaban y mermaban mi calidad de vida; nunca podría sentirme liberada de ellos y la culpa era solo mía, por ingenua, por confiada, por estúpida.

Estaba tan confundida y me sentía tan sola que lo único que podía hacer era rezar para poder continuar con mi vida como lo había hecho hasta ese momento. Tenía que poder porque era mucho lo que había logrado y ni él ni nadie podría quitarme las fuerzas que tenía para sobrevivir, como me decía Edward. Él tenía razón y yo debía escucharlo, debía guiarme de sus palabras porque me había demostrado ser mucho más que solo mi dueño y ya estaba muy segura de que solo quería mi bienestar.

Fue un poco difícil disimular todo lo que pasaba dentro de mi. Esa batalla de pensamientos, teorías, deseos, actitudes, todo, y haciendo uso de toda la concentración que estaba a mi alcance, pasé el resto de la tarde fingiendo estar muy concentrada en mi pantalla. Al llegar la hora de salir, solo le pedía a Dios me ayudara porque iba a necesitar de toda su fuerza para continuar, porque para mi, el solo seguir viviendo como lo había hecho y ahora teniéndolo ya relativamente cerca, iba a ser todo un reto.

Me despedí de Jane y antes de ir a casa con Edward fui a mi apartamento. Ya no quedaba nada por guardar pero sentía la necesidad de estar ahí aunque fuera un rato para gritar y llorar de coraje y frustración por haber sido tan tonta y no haberle seguido la pista al maldito de Jake durante todo ese tiempo. Si lo hubiera hecho no tendría esa angustia de tenerlo cerca y tampoco estaría tan expuesta a él, como sentía que lo estaba.

Entonces tomé mi bolso y saqué mi teléfono para hacer una cita al día siguiente con el Dr. Bower; el era el único que me podría ayudar a atravesar por ese problema y esa era una decisión madura, pedir ayuda y no pensar que yo sola podría con todo, como me había dicho una vez.

Con mi cita lista para el día siguiente y solo un poco menos afectada, me fui a casa. Edward llegó un rato después, me abrazó por detrás y muy cariñoso me preguntó si deseaba hacer algo después de cenar. Estaba tan incómoda tratando de que no se notaran mis nervios y mi miedo que pensé que lo mejor sería acostarme y tratar de relajarme todo lo posible y descansar, pero Edward de pronto salió con la tontería de que no le gustaba mi trabajo y tampoco como nos manejaba mi jefa; me soltó un discurso infantil que fue encendiendo mi enojo y discutimos. De alguna manera me ayudó porque debido a eso, mi problema con Jake no fue solo lo que ocupó mi cabeza esa noche y aunque no me fue fácil, logré dormirme no mucho tiempo después.

A la mañana siguiente, apenas abrí los ojos, con un beso y una disculpa se acabaron nuestras malas caras y fue lo mejor para empezar el día, el que no contaba con que fuera a resultar tan complicado ya que a media mañana recibí una llamada de la compañía de mudanzas que por un error se adelantaron un día para ir a recoger mis cosas y llevarlas a mi nuevo apartamento.

Como siempre, Jane sin entender ni media palabra de lo que le decía, se quedó al frente mientras salía para ir terminar de una vez por todas con el traslado. Como si fuera poco el haberse equivocado de día, los hombres de la compañía llegaron bastante retrasados y mientras les indicaba qué cajas eran de manejo delicado, una llamada entró a mi teléfono, era mi padre. El aparato sonaba y vibraba entre mis dedos que lo mantenían fuertemente apretado hasta que oprimí la tecla verde.

–Hola, papá – lo saludé ansiosa.

–Bella, hija, ¿cómo estás? – me emocionó tanto escucharlo que mis ojos se llenaron de lágrimas.

–Bien, papi – le respondí con cariño –. ¿Y tú?

Se escuchó un suspiro profundo y luego un silencio no muy largo.

–Ahora que te escucho, me siento mejor – casi pude verlo sonreír y me sentí algo culpable –. Hija, yo… quisiera verte.

–Claro, papá, voy a pedir un par de días en la agencia para estar contigo lo antes posible.

–No, Bella, no tienes que ir… yo estoy aquí – una ráfaga fría me envolvió –. Tenía que venir, no podía dejar así las cosas.

Eso fue lo mejor que pudo haberme dicho mi padre para iluminar mi día y mi vida; él tenía mucha razón, yo debía explicarle porqué estaba tomando esas decisiones y ya que estaba ahí, el mejor lugar para hablar era ese apartamento. No demoró mucho en llegar; en menos de media hora escuché su voz detrás de mi.

–¿Qué es todo esto, Bella?

Me giré con rapidez y lo vi en medio de las cajas, desconcertado, mirándome fijamente.

–Papá – dije calmada avanzando hacia él y lo abracé fuertemente. El me devolvió el abrazo y besaba mi coronilla una y otra vez; yo enterré mi rostro en su cuello y respiré ese aroma a maderas, ese olor a mi papá, a casa, a seguridad…

–¿Qué estás haciendo, Bella? – me preguntó titubeante y supe que el momento de hablar había llegado.

–Madurando, papá.

–No entiendo…

–Tengo que valerme por mi misma – suspiré –. Tengo que demostrarme que soy lo suficientemente capaz de no ahogarme y mantenerme a flote. Y yo sé que me dirás que no tengo necesidad de esto pero estás equivocado, papá, no se trata de dinero; siempre he sido muy dependiente de alguien o de algo y ya es hora de que yo misma empiece a vivir y a madurar… No pudo haber mejor momento que este para que tomara esta decisión. Con todo lo ocurrido, hubiera sido muy fácil que me escondiera en un rincón a llorar y a lamentarme pensando que ahora sí mi mundo se había acabado pero no, tengo esperanzas y muchas ganas de ser una mujer fuerte e independiente. Tengo un buen trabajo, no estoy sola y… sé que puedo hacerlo.

Solo con decir esas palabras me sentí más ligera y para mi sorpresa, no lloraba, con cada afirmación me hacía más fuerte y eso me empujaba a seguir sincerándome con mi padre.

–Claro que no estás sola, me tienes a mi y a las chicas – dijo con inocencia y me enojé porque además de todo, ese par al que todavía me tomé la molestia de defender, ni siquiera tuvo el valor de explicarle a mi padre que desde hacía mucho tiempo, me habían dejado sola.

–Vaya – dije tratando de contener mi enojo –, parece que tus chicas no te han dicho nada, ¿verdad?

–¿De qué hablas?

–No es nada, olvídalo.

Comprendí en ese instante que Edward trataba de protegerme al no querer que hablara con ellas porque con toda seguridad volverían a hacerme sentir como una traidora cuando ellas eran peor que eso al aparentar con mi padre que todo estaba bien entre nosotras.

–Papá, quiero devolverte tu apartamento. Quiero seguir por mis propios medios y darme la oportunidad de salir adelante…

–¿Salir adelante? Por Dios tú eres Isabella Swan, no necesitas esto porque tú estás delante de todo, me he esforzado para que así sea pero tú nunca has querido nada de mi, Isabella, nunca te has interesado por lo que he luchado en hacer crecer para ti, para que tuvieras un patrimonio y mis nietos algo que su abuelo hubiera construido para ellos, pero no, resulta que eres como tu madre y eso no te interesa. ¿Qué hubieras querido de mi entonces?

–Solo estar contigo, papá, solo eso. A mi no me hubiera importado que no tuvieras una gran empresa, ni dinero, yo solo te necesitaba a ti.

–Me reprochas que haya hecho lo que creí que era mejor para ti… – dijo mirando al suelo.

–No, solo te digo que ha llegado el momento de que haga lo que yo creo que es mejor para mi.

–No tienes porque hacer esto, hija – luchaba por convencerme.

–Sí, sí tengo – dije convencida –. Tengo que hacerlo porque no quiero tener nada que me implique una obligación contigo.

–Estás siendo un poco intransigente, Bella, yo nunca te he exigido nada – no se trataba de eso pero, ¿cómo hacerlo entender?… me apresuré en seguir hablando antes de que todas mis convicciones se derrumbaran.

–Éstas son las facturas de los servicios, todas están al día. Los muebles que quedan son los que compré con tu dinero, no me llevo nada de eso y toma, éstas son del apartamento y éstas otras, del auto – las tomó tembloroso.

–Bella…

–Muchas gracias, papá, por todo. Y no pienses que hago esto porque no te quiero y me estoy desquitando por lo que pasó, porque no es así. Lo hago porque siento la necesidad de cortar contigo este cordón, así ya nada me ata a ti más que el cariño tan grande y desinteresado que te tengo.

–¿Lo haces por él, Bella? – su pregunta me tomó desprevenida, pero era lógico que pensara eso.

–Lo hago por mí – le confesé pero sabía que no me creería.

–¿Están viviendo juntos? – no mentiría, él merecía mi franqueza.

–Si.

–Las chicas… ellas dicen que él es peligroso – en un instante la ira me cegó y apreté los puños para controlarme. ¿Con qué derecho se atrevían a hablar de nosotros con mi padre?

–Ellas no lo conocen, nunca le dieron esa oportunidad y a mí tampoco, me dieron la espalda y durante todos estos meses me he tenido que acostumbrar a estar sin ellas, solo él me ha apoyado y se ha mantenido a mi lado sin importarle nada – papá me miró sorprendido.

–Bella, ¿lo amas? – tragué en seco. De mi respuesta dependía cómo nos miraría mi padre a Edward y a mi a partir de ése momento, y decía “nos” porque él sabía que yo no me enamoraría de un hombre cualquiera. Tenía que ser alguien que se ganara su respeto pero… ¡al diablo! Yo amaba a Edward.

–Yo… sí.

Dije mirando fijamente los ojos de mi padre que a su vez hacía lo mismo conmigo. Por varios segundos permanecimos así, leyéndonos el uno al otro y sabía que él había logrado ver más allá de mi.

–¿Sabes que dicen que para ganar una guerra el arma más poderosa es el amor?

Negué despacito con la cabeza.

–Y esta es una guerra de poderes, Bella. El poder que como padre ansío seguir teniendo sobre ti y el poder que Edward tiene sobre ti porque lo amas. Él ha ganado y así es como debe ser.

Dijo mi padre sonriéndome triste y resignado.

–Yo no he dejado de quererte menos.

–No, pero él es tu prioridad ahora.

¿Mi prioridad?

–Todo en esta vida tiene que ir cambiando, hasta los afectos, no sería sano si no fuera así.

Abracé a mi padre con fuerza y lloré en su pecho no de tristeza ni de alegría, lo hice porque me sentía en paz conmigo misma y sabía que eso era lo que necesitaba para mirar al frente.

Por un buen rato, papá y yo estuvimos en el apartamento. Lo recorrimos recordando cuando se lo mostré por primera vez y le rogaba que aceptara comprármelo. También la primer vez que llegó a visitarme y muchos momentos especiales que había pasado en él. Lo animé para que Carmen lo redecorara y pudieran venir más seguido a visitarme. No supe si la idea le gustó o no, no dijo nada; tampoco me preguntó adonde llevaría mis cosas ni que pensaba hacer a partir de ese momento pero lo hice, le conté que aunque estuviera con Edward quería tener mi propio lugar y solo me miraba asintiendo ligeramente; suponía que le estaba costando un poco aceptar la madurez de su hija.

Cuando al fin tomé consciencia de la hora y de que los hombres de la mudanza me esperaban para ir a mi nuevo apartamento, le pedí a papá que me acompañara porque ya que estaba ahí, quería que fuera el primero en verlo. Bajamos por la escalera y al salir, lo primero que vimos fue a Edward recargado el su auto, esperándome.

–Edward.

Dije en un murmullo de asombro. Él se acercó, me miró con una extraña sonrisa en esos labios perfectos, acarició mi mejilla con el pulgar y me besó dulcemente. Luego giró un poco y extendió la mano hacia mi padre que lo miraba serio.

–Señor Swan.

Papá extendió también la mano y se dieron un fuerte apretón. Por un momento creí que saltarían chispas cuando sus manos se tocaran pero para mi tranquilidad, no pasó nada.

–Edward – lo saludó papá demasiado frío y formal pero no estaban queriéndose abalanzar uno sobre el otro.

Fue entonces que recordé al camión de la mudanza con mis cosas y giré la cabeza buscándolo pero no lo vi por ningún lado.

–El camión con mis cosas – dije algo preocupada.

–Ya me he hecho cargo de todo, cariño, no te preocupes por nada.

Lo miré buscando algún rastro de enojo al ver lo que estaba haciendo sin comunicárselo pero no había más que un brillo hermoso en sus ojos verdes.

–¿Me permiten invitarlos a comer? – preguntó sin dejarme de mirar.

–Gracias, pero Carmen está esperándome en el hotel – respondió papá.

–¡Carmen! Ha venido contigo – sonreí.

–Eso no es ningún problema, señor Swan, ahora mismo mando a Paul para que pase por ella y nos encontremos en el restaurante.

–Eso está perfecto – respondí antes de que se fuera a negar.

Cuarenta y cinco minutos después, Carmen y yo nos abrazábamos emocionadas. Saludó a Edward tan efusiva y cariñosa como era y a papá lo abrazó y lo besó orgullosa, seguro porque todo había salido bien conmigo.

No fue una comida totalmente alegre, como si hubiéramos dado borrón y cuenta nueva a todo el asunto pero tampoco fue un desastre. El único que no se adaptaba y se notaba algo incómodo era papá y de vez en cuando miraba a Edward con recelo, como si estuviera esperando un desliz suyo para caerle encima, pero conociendo a Edward eso nunca iba a suceder y tampoco tenía porqué.

Dejando de lado la reticencia de papá, teníamos una conversación muy agradable, Carmen estaba encantada de que estuviéramos juntos y a cada rato nos tomaba de las manos y nos sonreía. Pasarían una semana en Londres y luego irían a recorrer algunos países; me contaba emocionada de los planes que tenían y de todo lo que quería conocer porque esa era su primer vez ahí. Yo la escuchaba pero sin poder disimular lo feliz que estaba porque al fin, estaba bien con los dos hombres de mi vida y agradecía que ambos estuvieran poniendo todo de su parte por mi.

–Antes de irnos – dijo Edward una vez que había pedido la cuenta –, quisiera que me permitieran alojarlos en uno de mis hoteles; sé que a Bella le daría mucho gusto que aceptaran y para mi sería un honor – me sonrió tramposo mientras Carmen daba un gritito de alegría.

–Oh, sería estupendo, ¿verdad Charlie? – se le pegó como gatita y tuve que aguantarme una carcajada. Mi papá estaba perdidamente enamorado de esa mujer y ella lo sabía. Él suspiró larga y profundamente.

–Gracias, Edward, te lo agradezco – aceptó por fin y Edward asintió. Si yo hubiera hecho eso seguro me hubiera ganado una llamada de atención de su parte, pero estaba demasiado contenta como para recriminárselo.

Quedamos de vernos al día siguiente ya que no habían descansado nada y el jet lag los tenía agotados. Mientras nos despedíamos, Edward le daba algunas instrucciones a Paul. Él se encargaría de llevar a papá y a Carmen por su equipaje e instalarlos en el hotel de Edward. Sabiendo que estaban en excelentes manos, me fui con Edward para que me llevara a la agencia para trabajar la última parte del día si es que podía hacerlo con tantas emociones vividas.

Subimos al auto e inmediatamente Edward me tomó sentándome en su regazo. Acariciaba mi pelo y me miraba como si estuviera descubriendo algo nuevo en mi y que le gustaba; tomó mi barbilla atrayéndome lentamente a su boca y me besó con ternura adueñándose de mi y de cada sensación de mi cuerpo para luego dar paso a un beso lleno de pasión, de deseo, de hambre…

–Edward – lo empujé suavemente.

Sabía que no era el mejor momento y que estaba rompiendo un instante especial entre nosotros pero si no lo hacía, las preguntas que rondaban en mi cabeza perderían importancia y yo necesitaba sus respuestas así como sabía que él también necesitaba de las mías, pero no parecía escucharme y su mano iba subiendo por mi muslo, debajo de mi vestido.

–Edward – puse mi mano sobre la suya y lo detuve.

–Dime – su voz grave me hizo estremecer. Quise bajarme de su regazo para poder pensar con claridad pero me mantuvo ahí, fuertemente agarrada con sus manos ya en mis caderas. Inspiré y exhalé despacio.

–¿Cómo… cómo sabías que estaba en mi apartamento? – me escuché un poco tímida.

Edward solo me miró como si la respuesta fuera de lo más obvia.

–Claro, Paul – negué despacio con la cabeza al mismo tiempo que él asentía haciendo rozar nuestras narices.

A Edward parecía no importarle lo que yo quería saber y solo buscaba mis labios con los suyos y como yo giraba mi cara, besaba mi cuello, mi oreja, me mordía el lóbulo…

–¿Qué hiciste con mis cosas, Edward? – me removí inquieta pero él seguía en lo suyo –. Respóndeme.

–Si sigues moviéndote así, vas a provocar que te haga mía aquí mismo.

–¿Esa es tu respuesta? – me alejé como pude y lo miré ceñuda.

–Por el momento, si.

Me rodeó con sus brazos y me sostuvo así atrapada, respirando en mi cuello, desconcentrándome.

–Pues no me basta, Edward.

–Debería, porque sabes que no haría nada para molestarte.

–Pues lo estás haciendo; no lo sabes pero tengo un apartamento nuevo y esperaba poder llevar mis cosas hoy mismo.

–Resulta que si lo sé y como te dije antes, ya me hice cargo de todo.

–¿Me puedes explicar qué significa eso?

–Significa que olvides el tema porque ya me hice cargo de todo – recalcó.

El tono indicaba que daba por terminado el tema, al menos por ese día. Lo miré enojada y con mucha razón. Yo ya tenía planes y él, como siempre tomaba el mando de todo aunque nadie se lo pidiera. Edward debería aprender a dejar hacerme cargo de mis cosas, de mi vida y yo tenía que procurar eso, si no, ¿cómo iba a madurar, a independizarme?

Tal vez debí comentarle desde un principio mis planes pero sabía que de un bufido los descartaría y acabaría haciendo lo que él quisiera y siguiendo sus ordenes y así no era como yo tenía previsto que caminaran las cosas.

–Vendré por ti para ir a casa.

–Puedo tomar un taxi.

–De eso ni hablar.

Contrariada, llegué a nuestra oficina y Jane sonreía de oreja a oreja.

–¿Y ahora? – inquirí con cierto temor.

–No cabe duda que soy genial – se impulsaba dando vueltas en la silla.

–¿Puedo preguntar porqué?

–Porque estuve hablando con Newton explicándole que los cambios que quiere hacer no concuerdan con el comercial y que si sigue adelante con eso parecerán dos campañas distintas.

–No – me llevé las manos a las mejillas –, dime que lo convenciste.

–Lo hice, amiga.

Me fui sobre ella y la abracé. Jane nos había librado de muchas, muchísimas horas extras de trabajo y solo teníamos ya que aplicarnos al comercial. Era un enorme peso menos de encima y mucha tranquilidad ya que solo teníamos que esperar la fecha programada para iniciar y revisar solo unos cuantos detalles.

Ya relajadas, le conté todo mi lío con mi ya ex apartamento y mi apuro por salir corriendo esa mañana por el error de la compañía de mudanzas, que luego llegó mi padre y que la cereza del pastel fue encontrarme a Edward al salir de ahí.

–Tú si que te sabes enredar en los problemas, Bella; mira que no te estoy reclamando porque no me hayas contado lo que tenías pensado hacer, pero dos cabezas piensan mejor que una y ya sabes que yo te hubiera ayudado en lo que fuera, un consejito no te hubiera venido mal.

–Gracias, Jane, lo sé, pero es que a veces yo no pienso y solo actúo por impulso. Esa es otra cosa que… ¡demonios!

–¿Qué pasa?

–¡Mi cita! Y no tengo auto.

–¿Y el grandote? – se puso de pie y se asomó por la ventana.

–Con Carmen y mi padre haciendo el traslado del hotel, no importa, me voy en un taxi .

Oh, Edward se iba a morir cuando se enterara que había tomado uno…

Con mucha menos culpa por irme un poco más temprano, salí de la agencia y me subí a un taxi. Le di la dirección del consultorio del Dr. Bower y por fortuna estuve a tiempo para mi cita.

–Hola doctor.

–Hola, Bella, ¿cómo estuvo tu día?

***

Me despedí del Dr. Bower y al salir, Edward estaba esperándome afuera. Le había llamado en el trayecto al consultorio y al parecer, le dio gusto saber que quería continuar con la terapia y ni siquiera se molestó por lo del taxi.

–¿Lista?

–Siempre.

Le contesté y me sonrió fascinado por mi respuesta. Ya en el auto, seguía portándose cariñoso y no desaprovechaba ningún descuido mío para besarme y acariciar cualquier parte de mi cuerpo.

–¿Sabes? – dijo entre besos –, ya puedo responder la pregunta que me hiciste esta tarde.

Abrí los ojos desmesuradamente y lo miré haciéndolo hacia atrás empujando su pecho con mis manos.

–Entonces, si te vas a dignar en contestarme, ¿no? – y mi nalga recibió una buena nalgada con la palma bien abierta; cómo las extrañaba…

–Me parece que últimamente estás muy respondona y esa no es la Isabella que me gusta – me reprendió.

–¿Me vas a castigar? – pregunté esperanzada y Edward solo me miraba tenso.

–No.

–¿Por qué no? – hice una carita triste.

–¿Vas a cuestionar mis decisiones? – enarcó una ceja y me puse seria.

–No, señor.

–Eso es, pórtate bien.

Después de eso él también se mantuvo serio y correctamente sentado en su lugar, con mi mano en su muslo y la suya sobre la mía. Me ponía nerviosa la incertidumbre.

–¿A dónde vamos?

–Sé paciente, Isabella.

No tuve que esperar demasiado ya que Dean se detuvo en Pont Street, una calle muy linda y elegante del barrio de Chelsea. Edward me ayudó a bajar y entramos a un edificio por demás hermoso. Me llevaba tomada de la mano mientras oprimía el botón del ascensor.

Me abstuve de preguntar de nuevo porque yo sabría todo cuando él lo quisiera y no antes, así que cuando salimos del ascensor, caminamos unos pasos a la derecha hasta llegar a una puerta blanca y ancha con el número 102 a un lado del marco.

Edward abrió y haciéndose a un lado para dejarme pasar; entré avanzando lentamente a un área enorme, muy clara al igual que sus pisos de madera pero vacío, solo un sillón de descanso oscuro y moderno estaba en una esquina del salón.

Giré para ver a Edward y con una señal de su mano me indicó que siguiera avanzando hacia las otras habitaciones. Era un apartamento precioso; me estremecí. Tenía una vaga idea de lo que significaba nuestra presencia ahí; sacudí mi cabeza casi imperceptiblemente, deseando no tener razón mientras caminaba despacio por cada hermosa habitación del apartamento. Edward me seguía pero se mantenía alejado de mi, observaba cuidadoso cada gesto de mi rostro, como un tigre que rondaba a su presa adivinando su reacción. Cada segundo que pasaba mirando las paredes blancas, las lámparas, los gruesos cristales que soportarían libros o adornos en aquel espléndido librero empotrado, cada instante, me gritaba que no me había equivocado y que Edward solo esperaba el momento para dejar caer la aseveración que tanto temía.

Salí de la cocina y me quedé de pie en medio del salón, mirándolo.

–¿Te gusta?

–Si.

Le respondí sincera mientras caminaba hacia mi. Fue acercándose despacio y tomó mi cara entre sus manos levantándola para besarme con ternura y después me apartó un poco.

–Es tuyo.

–Mío…

Mi voz era un susurro que denotaba mi sospecha confirmada. Di un hondo respiro para ingresar oxigeno a mi cuerpo y cerebro para poder pensar con claridad y objetividad. Puso en mis manos un juego de llaves con un listón rojo y Edward debió notar algo de decepción en mi rostro porque enseguida comenzó a hablar.

–El lugar es nuevo y como puedes ver, está en la mejor zona de Londres. Podrás decorarlo como tú quieras, Bella.

–Edward… – lo interrumpí pero me ignoró y continuó.

–Puedes cambiar lo que no te guste, los pisos, las ventanas, puedes hacer lo que desees con él…

–¿Lo que yo desee? – lo miré directamente a los ojos.

–Si.

Extendí mi mano hacia él.

–Entonces te lo devuelvo.

Su rostro se descompuso.

–¿Qué quieres decir con que me lo devuelves? Tú no puedes hacer eso, ¡es tuyo!

–Edward, este lugar es un sueño, pero no puedo aceptarlo.

Se quedó mirándome como si no hubiera entendido mis palabras hasta que por fin habló.

–¿Por qué no puedes hacerlo? – su ceño fruncido indicaba que no estaba contento con mi negativa.

–Porque no has entendido porqué le devolví mi apartamento a mi padre… yo no lo hice por capricho, Edward, lo hice porque necesito que sepa que lo que me une a él es cariño, no las obligaciones y compromisos que pueda tener conmigo como padre o yo hacia él como hija, va mucho más allá de eso. También lo hago porque necesito saberme responsable de mi misma, sentir que puedo y que soy capaz de abrirme paso en este mundo.

–Pero eres muy capaz, Bella, y lo sabemos, no tienes qué demostrarle nada a nadie. Mira hasta donde has llegado tú solita, ¿no lo ves?

–Eso aún es teoría, Edward, yo quiero hacerlo de verdad, quiero tener mi lugar, mi espacio, uno que haya obtenido por mi propio esfuerzo, no uno que me regalen tú o mi padre porque seguiría siendo una obligación.

–Isabella… acéptalo.

–No me has escuchado, Edward – casi sollocé frustrada.

–Lo estoy haciendo, Bella – pegó su frente a la mía –, te estoy escuchando y te estoy comprendiendo pero ahora quiero decirte algo y quiero que me entiendas – asentí con la cabeza –. Esta es mi forma de empezar a permitirme todo contigo.

Me separé un poco y lo miré con anhelo.

–Si, Bella, esta es mi forma de decirte que te quiero y que tú también significas mucho para mi, que no quiero hacer otra cosa más que cuidarte, protegerte y darte lo mejor siempre.

–Pero no así, no de este modo, no es así como yo quiero tenerte, Edward.

–Dime cómo, dímelo antes de que me consuma.

Casi sin notarlo me arrastraba al único mueble en el lugar. Subí mis brazos rodeando su cuello y cerrando mis puños sobre la gruesa tela de su traje y clavando mi rostro entre su cuello y el hombro.

¿Cómo alguien podía vivir dos sensaciones opuestas al mismo tiempo?

Yo amaba a ese hombre, lo amaba así, con toda su complejidad, su oscuridad, sus manías y sus arrebatos; amaba al ser dominante, indomable y a veces cruel que habitaba en él y que me volvía loca cuando emergía pero también adoraba al Edward contenido, al Edward cariñoso, consentidor y preocupado. Al Edward tierno que me hacía el amor con una sublime delicadeza y me llevaba a tocar el cielo, al hombre que me hacía sentir aunque solo fuera una ilusión, que me amaba como yo a él.

Y sin embargo no soportaba que todo fuera un maldito espejismo; dolía estar consciente de que sus cuidados, sus caricias, sus atenciones, todo eso que hacía titilar esa llamita de esperanza muy dentro de mi corazón, fueran producto de una obligación conmigo adquirida. Aunque, ¿quién me explicaba cómo esa obligación también contemplaba el seguirme atravesando todo un océano?, ¿a tanto se comprometía cada vez? Dios, no quería ni pensar en ello, no podía soportarlo. Me aferré a él con más fuerza…

–Dilo, Isabella – me insistió –. Dime como me quieres tener – me recostó en el sillón.

–¿Por qué me presionas? – levanté mi rostro para darle acceso a mi cuello.

–Porque me estás matando con tu silencio. Habla ya… – su lengua acariciaba mi yugular pulsante.

–No lo sé, Edward, no lo sé – declaré en un gemido.

–Si lo sabes, amor, quiero escucharlo – sus dientes mordieron el vibrante punto y mi cuerpo se arqueó en respuesta.

–No sigas… – le pedí luchando contra mis deseos pero no me escuchaba.

Edward tocaba mi cuerpo sobre la tela de mi vestido y yo sentía que me ahogaba. Él me haría suya ahí mismo, en ese sillón y yo no podría objetar nada y era una hipócrita porque lo deseaba pero el remolino de contradicciones me hacía luchar por detenerlo.

–¿Por qué no eres sincera, Isabella? – dijo contra mis labios y volteé la cara. Edward se quedó quieto pero su erección se movió contra mi pierna, casi haciéndome ceder.

–Estoy intentando serlo.

–Pues no te estás esforzando lo suficiente.

Se puso de pie y me miró tendida en el sillón, vencida y sin fuerzas. Se acomodó el saco y dio dos paso hacia atrás.

–Nos vamos – dijo serio –. Te espero en el auto.

Y salió del apartamento cerrando la puerta con suavidad. Dos pequeñas lágrimas escaparon por la orilla de mis ojos y corrieron hacia mis sienes.


Lo que mal empieza, mal acaba, Bella…

Mi día había empezado siendo una completa mierda y de esa misma forma estaba por terminar. Me paré y compuse mi vestido bajo el abrigo, Solo limpié el rastro de mis lágrimas cuando estuve esperando el ascensor y retoqué el suave color melocotón de mis labios, me hice un rápido moño y cuando salí de él, no tenía ni un cabello fuera de su lugar, así caminé hasta el auto y subí a él.

***

El camino a casa fue como entrar en una dimensión paralela. Edward no parecía enojado y aunque no hizo el intento de acercarse a mi o acariciarme, hacía comentarios sin importancia como el preguntarme si quería algo especial para cenar o si tenía frío. Indiferente dentro de su “normalidad”.

Desde luego mi hambre se evaporó con toda la sorpresa del apartamento. Me lamenté por ser tan estúpida y no haber disfrutado aunque fuera por un segundo del detalle. ¿Detalle? Si, claro, un piso completo en un edificio de Chelsea, pequeño detalle. Hubiera sido una increíble sorpresa en otras circunstancias pero no en la mía. No cuando yo buscaba lo opuesto a lo que él quería hacer de nuevo con su “detalle”.

Llegamos a casa y me ayudó a bajar; entramos y me dijo que estaría en su estudio. Fui por un vaso de agua después de preguntarle si deseaba que le preparara algo pero no quiso nada. Le di las buenas noches y me dirigí a las escaleras.

–Isabella – giré para verlo al pie de éstas.

–¿Si?

–Preferiría dormir solo esta noche.

–Claro.

Mi voz tembló al responder ante el rechazo pero me las arreglé para seguir subiendo serena y cuando supe que me había perdido de vista en el pasillo, me detuve recargándome en la pared. Cuando cerré con mucho cuidado la puerta de la habitación detrás de mi, todo el peso de mis resoluciones cayó sobre mi como una enorme piedra aplastando la poca entereza que me quedaba.

Algo no estaba saliendo como lo planeé. Debí cometer algún error porque se suponía que mis decisiones eran correctas y yo debía sentirme bien con ellas, o al menos eso fue lo que el Dr. Bower me dio a entender, porque yo salí de su consultorio plenamente convencida de estar haciendo lo correcto y si no hubiera sido así, era su deber decirme que estaba en un error o al menos hacerme meditar un poco más mi decisión. Pero no lo hizo…

No lo hizo y yo ya no sentía estar yendo en la dirección correcta. ¿Por qué?

Mi padre lo entendió cuando se lo expliqué y hasta me sorprendió al quitarse la etiqueta que yo le había puesto como mi prioridad número uno cediéndosela a Edward. Eso me llegó al alma porque comprendí en realidad lo mucho que me quería y lo maduro que era como padre a pesar de no haber convivido conmigo tanto tiempo.

Él solo buscaba mi felicidad y su amor por mi hacía que diera un paso a un lado para permitirme alcanzarla. De eso se trataba ser padre entonces… cuantas veces uno escuchaba eso por todas partes pero pocas veces nos deteníamos a pensar en ello.

En cambio Edward…

Como el ser dominante que era, tomó todo bajo su mando. Se hizo cargo de lo que él pensó que era un problema para mi, solucionándolo a su modo, de forma rápida y procurando ser tan espléndido para deslumbrarme y no dejar lugar para una negativa. Para tener todo bajo su control y así tener con la tranquilidad de continuar con los hilos de su marioneta en la mano.

¿Pero acaso pensaría en los deseos de su muñeca?

¿Escuchaba razones… ?

No lo hacía. Pude haberme secado la garganta hablando por horas exponiéndole mis motivos y él hubiera seguido terco e inamovible, creyendo firmemente que su forma de resolver los problemas era la mejor pensada y efectiva porque así era él. Yo deseando que me comprendiera, esperando una palabra de apoyo y él sin embargo no me decía lo que yo quería escuchar.

***

–El hotel es primoroso, Bella, de un gusto exquisito – Carmen me contaba feliz por el teléfono.

–Me da mucho gusto saber que están a gusto y a Edward le dará más.

–Tenemos que hacerle un buen regalo y nadie mejor que tú para ayudarme con eso.

–Estaré encantada, Carmen, te llevaré a donde quieras.

–Y te estaré eternamente agradecida por eso.

–Bueno, ¿y papá?, ¿cómo se ha tomado todo?, ¿te ha comentado algo?

–La verdad, no. Estuvo un poco serio ayer pero hoy cuando desayunamos lo vi más tranquilo, creo que está asimilando todo, Bella, dale tiempo. Va a estar bien, no te preocupes por él.

–¿Está por ahí?, quisiera hablarle.

–Está con Edward, aún no vuelve.

–¿Está con Edward? – me alarmé.

–Esta mañana él lo llamó, quería verlo, pensé que lo sabías.

–No, estaba tan distraída que seguramente no lo escuché. Bueno, olvidemos eso, ¿te parece si tú y yo nos vamos de compras?

Como nuestro trabajo se vio reducido gracias a la oportuna intervención de Jane, la invité a ir con nosotras al centro comercial. Necesitaba distraerme y dejar de pensar en ese encuentro entre Edward y mi padre. Estaba segura que de parte de papá las cosas irían civilizadamente y esperaba que fueran igual de parte de Edward. Tenía fe de que así fuera.

Carmen adoró a Jane desde el primer instante y mi amiga adoptó a Carmen como su pupila en cuanto a compras se trataba. Comimos ahí y después recorrimos gran parte del centro comercial en busca de un regalo para Edward pero, ¿qué se le regala a un hombre que lo tiene todo?

–¿Cuáles son sus hobbies? – me interrogaba Carmen pensativa.

Bueno, el hobbie principal de Edward es ser un dominante, someter a su sumisa, o sea yo, y proporcionarle placer por medio de dolor. Para lograr este objetivo hace uso de muchos métodos y variados artículos y juguetes sexuales así como algunos mecanismos especiales adaptados al techo o a las paredes. (Como uno que me encantó donde estás colgada de cadenas que te hacen perder el sentido del equilibrio mientras estás siendo poseída violentamente por tu Señor, o sea Edward.)

–Los caballos.

Salimos del centro comercial con varias bolsas llenas y Carmen con su regalo. Una maravillosa figura trabajada en plata de un caballo con una línea perfecta. Ella estaba feliz con su adquisición y muy ansiosa por entregársela a Edward.

Llevamos a Carmen al hotel y le dije que les llamaría para ir a cenar. Esperaba de verdad que Edward quisiera acompañarnos pero si no lo hacía, no iba a quedarme sin salir con ellos. Era una ocasión especial el tenerlos ahí y no me privaría de estar con ellos todo el tiempo que pudiera.

Aún era temprano cuando recibí un mensaje de Edward.

Te espero en casa en una hora. Sé puntual.
E. Cullen

Rayos. Yo esperaba pasar un rato a la agencia pero quería arreglar las cosas con Edward porque prefería llevar la fiesta en paz mientras Carmen y papá estuvieran de visita.

No me sorprendió ver el auto de Edward en la puerta de la casa. Si tanta prisa tenía por que estuviera puntual, era lógico que me estuviera esperando. Entré y de inmediato me dirigí al estudio, donde se encontraba revisando unos papeles que puso boca abajo apenas me vio. Se levantó, se acerco a mi y me dio un beso en los labios.

–¿Cómo estuvo tu día? – abrí más los ojos por la casual pregunta que me decía que ya se había esfumado su enojo.

–Bien, fui de compras con Carmen y Jane.

–Lo sé – admitió.

–Creo que empiezo a detestar a Paul – respiré hondo.

–Solo cumple con su trabajo.

–Entonces, ¿tengo que empezar a detestarte, Edward?

–No, preferiría que hicieras lo contrario – asentí mordiéndome los labios. Me tomó por la cintura y me acercó a él.

–No soporto que estemos así, Bella – su ronca y sincera voz me estremeció.

–Yo tampoco – confesé –, extraño al Edward de la playa.

–Y yo te extraño a ti. Sé que tenemos que hablar con calma y lo haremos, Bella, te lo prometo.

–Gracias, Edward.

–De nada – besó mis labios –. Por lo pronto, tenemos que vestirnos. Mis padres nos esperan a cenar en un par de horas.

–¡Puta madre!

–¡Isabella! – me reprendió y me sonrojé – no me gusta escuchar malas palabras salir de tu boca.

–Lo siento – me disculpé.

–¿Qué pasa?

–No tengo aún un regalo para tus padres – dije en voz baja.

–¿Crees que ellos te valoran por un regalo que les des?

–No – negué con la cabeza y subimos a arreglarnos.

–Te quiero deslumbrante esta noche. Date prisa, no quiero llegar tarde.

Me di una ducha rápida y envuelta en una bata escogí lo que usaría esa noche. Un vestido largo color fucsia o uno gris con un escote al frente y un bordado muy discreto. Cualquiera sería una magnífica elección. Me recogí el pelo en una media cola algo suelta y me maquillé un poco los ojos y los labios por supuesto. Mis gotitas de la esencia que me trajo Edward de Bali y estuve lista cuando me miré al espejo con el vestido gris. Bajé las escaleras y Edward ya me esperaba.

–Excepcionalmente bella – susurró a mi oído y sonreí enamorada al verlo con su traje oscuro.

Abordamos el auto y miró su reloj.

–¿Vamos retrasados? – pregunté con cierto temor.

–No, solo estoy calculando llegar junto con los invitados.

–¡Invitados! – exclamé sorprendida –. ¿Son muchos?

Acarició mi mejilla mirándome adorablemente.

–No, cariño, solo Carmen y tu padre.*


*


*


*



¿
¿Cómo les parece que están yendo las cosas? Me encantará saber qué opinan.
Mis eternas gracias a mi Beta Isita María por su tiempo y esfuerzo; a Lethy, a Coco y a Lo por sus ayuda con el blog y las ideas y a mi Nani.
Gracias por sus comentarios.
Besitoo
Li

12 comentarios:

  1. Owwwww buen capitulo Li,aunq he de confesar q no me gusta la actitud de Bella, entiendo q quiera ser independiente y eso si se lo aplaudo y se lo apoyo. Lo q no me parece es la actitud asía el Señor, creo q si el ya le dijo q se esta dando la oportunidad ella también debe hacerlo.
    Mujer como siempre un placer leerte, te mando un abrazo y nos seguimos leyendo!!!!!!

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  2. buenisimooo el capitulooooo, estoy de acuerdo que bella se tiene que dar la oportunidad, y es importante que hablen sobre eso, como le prometio Edward. Y esa reunion me parece bien sospechosa, ya creo saber que es, jaja espero el proximo capitulo pronto para saber que pasas. De verdad que escribes increible.

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  3. dios creo que Bella deberia conversar mas con Edward sobre sus desiciones y asi ebitarse las futuras peleas por falta de dialogo,me encantoooooooooo..Gracias nena...

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  4. Dios demasiado bueno lo ame!!! No tengoas q decir buenísimo muero x ver q va a pasar y como siempre divino ed

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  5. otro capitulo simplemente perfecto, gracias Li!!

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  6. Gracias Li, uf intuyo algo de lo que pueda pasar en esa cena y no se como se lo va a tomar con lo "indendiente" que se está comportando, estoy deseando leerte amiga.
    Un besote

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  7. yo estoy con todas ustedes, bella tienen k darse la oportunidad d algo mas con ed, si el se la esta dando pork ella no..... dios kien entiende a nosotras las mujeres, esta bvien ser independiente y fuerte, pero siempre es beno tener a ese ser amado a tu lado consintiendote y amandote..... dios Li creo k esa cena estara estupenda y ya keremos saber k pasara, espero y pronto subas el capi...felicitaciones t kedo d maravilla el capitulo de hoy

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  8. Como siempre después de dejar mi rr, en fanfiction me encanta releer en tu Blog,por las imagenes, es una maravilla. Gracias por tu trabajo.

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  9. bueno si sigue como creo espero que la fiesta sea para anunciar un compromiso, ups aveces bella me desespera, y edward de romantico y dulce me encanta, pero extraño al dominante señor, tambien esperaba que este capitulo fuera e pov para ver lo que tenia planeado para jacob pero espero que sea en el proximo capitulo, gracias Li por tan maravilloso capitulo

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  10. Yujuuuuuu la relacion se esta poniendo mas seria y formal y eso es grandioso!! Un capitulo genial li!! mil gracias!

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  11. bueno nena que decirte eres una genia escribiendo, muchas gracias por compartir esta historia que me tiene totalmente enganchada, aunque esta Bella me tiene desquiciada con sus miedos y Edward ojala y saque su carácter otra vez porque creo que es lo que Bella necesita, actualiza pronto plisss besitos desde algún lugar de España lunn90

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  12. A veces me provoca darle una bofetada a Bella por lo complicada que es, ella muy facil pudiera aceptar el apartamento que le esta dando Edward pero no... Muy bien se ha portado edward con bella yo estaria encantada de tener un novio asi jajaja. Li tu historia esta de lo mejor voy a seguir leyendo para ponerme al dia!

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