miércoles, 25 de abril de 2012

Capítulo 31

Ya no quiero seguir callando.



"Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres 

que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?
Fernando Pessoa.

Ipod: Closer, Nina Inch Nails
I'll be waiting for you, Bryan Adams.


EDWARD’S POV

La mano de Isabella temblaba fría en la mía. La ayudé a bajar del auto y nos acercábamos al par de escalones en la puerta de casa de mis padres para esperar a que Charles y Carmen llegaran hasta nosotros. 

Isabella no había dicho ni media palabra desde que salimos de casa unos minutos antes. La noticia definitivamente le había tomado por sorpresa y parecía que gracias a los nervios que le estaba costando mucho dominar, caería desmayada en cualquier momento. Coloqué mi mano en su cadera con firmeza, movimiento que los ojos oscuros de Charles Swan no pasaron desapercibido, mientras entrábamos a la casa de mis padres que nos recibieron en el hall dándonos la bienvenida.

–Papá, mamá, el señor Charles Swan y la señora Carmen Denali – los presenté –. Señores, éstos son mis padres, Carlisle y Esme Cullen.

–Bienvenidos – dijo mi padre mientras él y Charles se daban un apretón de manos y mi madre y Carmen se daban un beso en cada mejilla, luego nos saludaron a Isabella y a mi con más cariño del usual.

–Es un gusto tenerlos aquí – reiteró mi madre sonriente.

–El gusto es nuestro – Charles Swan respondió mientras mis padres nos guiaban hacia el impecable salón principal donde el perfecto gusto de la decoración se veía reflejado en cada objeto cuidadosamente seleccionado y colocado en algún lugar especial.

Era por supuesto de esperarse que esa casa, la casa donde yo crecí, siempre pareciera un palacio, pero la exquisita decoración nunca me impidió jugar detrás de las cortinas de shantung color ocre que adornaban las estancias y que usaba como mis lugares preferidos para esconderme de Liz que era aún muy pequeña y prefería los jarrones que eran casi de su tamaño y uno que otro pequeño árbol que ocultaban muy bien su pequeño cuerpo.

Las anchas escaleras de mármol blanco siempre estaban ocupadas con la colección de muñecas de mi hermana; las sentaba en los escalones y teníamos que hacer piruetas para subir o bajar porque la señorita armaba un tremendo berrinche si movíamos tan solo una de ellas, pero no era la única. Yo también hacía los míos si alguien osaba quitar las barricadas que tanto tiempo me tomaba colocar en la terraza y en el jardín y que imaginaba que representaban un campo de batalla; también los usaba como trincheras o si me aburría, era una perfecta pista de carreras con obstáculos para mi bicicleta.

Sin embargo, había sitios específicos de la casa que estaban vedados para nuestros juegos. El despacho de mi padre, el pequeño estudio de mi madre donde tomaban forma todos sus proyectos decorativos y que además servía como su oficina, desde donde se ocupaba de todas sus actividades filantrópicas, la biblioteca, que contenía muchas reliquias de la familia y por si fuera poco también albergaba muchas primeras ediciones que mi padre adoraba coleccionar, y el salón principal.  

Éste último era un espacio grande que cambiaba su aspecto de acuerdo al estado anímico de mi madre. Si estaba de un humor alegre y chispeante lo reflejaba colocando muebles claros u oscuros en contraste con cortinas suaves de colores vivos así como los arreglos florales que nunca faltaban y que hacían juego con los  mullidos cojines. Otras veces sentía que era tiempo de algo más formal y el espacio se vestía con colores y muebles más sobrios; para navidades lo transformaba en un lugar acogedor con un gran árbol, luces por todas partes y enredadas también en las guirnaldas con esferas rojas y brillantes, las botas con nuestros nombres colgaban de la chimenea y aparecían llenas de dulces la mañana del veinticinco. Esa decoración era mi favorita pero la de Liz, era cuando mamá estaba romántica y transformaba todo en un sitio idílico. A mi pequeña hermana le gustaba tanto ver así el salón, vestido con las tendencias románticas de mi madre y que ella ya estaba siguiendo, que cuando estaba en casa se pasaba horas recostada en los sillones leyendo un sinfín de libros, soñando y suspirando…

Esa fue la última tendencia con la que mi madre redecoró el salón. Romántica. Porque Liz se lo había pedido ya que estaba por volver a casa y ahora para quedarse. Mamá no podía estar más feliz y se ocupó en darle a los muebles beige un toque alegre y elegante con colores azules y amarillos. 

Ya por fin tendría a su niña pequeña en casa después de tanto tiempo de sufrir su ausencia. Disfrutarían de todas esas cosas que debieron compartir en los años que Liz estuvo lejos. La tendría de nuevo ahí, para desayunar juntas, ayudándola con sus proyectos, con sus actividades sociales, para ir de compras…

Elizabeth nunca se caracterizó por ser una niña como cualquiera. Desde muy pequeña dejó ver su carácter decidido y siempre tuvo la firme idea de irse lejos a estudiar, de aprender muchos idiomas, de aprender a ser independiente, de cultivarse para ser una mujer inteligente y productiva.

Al cumplir quince años pidió que de regalo le cumplieran sus deseos y mis padres que no podían negarle nada porque la adoraban y porque era una chica muy comprometida con todo lo que hacía, le concedieron al fin lo que tanto deseaba, ir al internado Sacré-Coeur. Ella se había tomado su tiempo para investigar qué institución ofrecía todo lo que ella estaba buscando con los mejores niveles y ése distinguido internado para señoritas cubría todas sus expectativas, por lo que al obtener el sí de mis padres, en menos de dos semanas nos despedíamos de mi hermana en una fiesta que aún se comenta de vez en cuando por lo elegante y espléndida que fue. Pero eso no impidió que las jóvenes amistades de Liz, que eran muchas, disfrutaran también de la fiesta. Con la experiencia de mi madre los chicos no se sintieron excluidos y se divertían también de un ambiente creado para ellos. La música fuerte, luces de colores, una pista bien iluminada, fuegos artificiales… Liz estaba feliz. 

Se fue al internado y la hermosa casa se detuvo en el silencio y revivía cada vez que el semestre terminaba y ella volvía. Mis padres también se volvían locos de alegría al recibir aunque fuera por pocas semanas a una Liz que llegaba revolucionada, llena de energía, de ideas, de sueños y de amor, para volver a transformar el salón que la veía disfrutar de sus libros recostada en algún mueble mullido y acogedor.

***

Charles Swan y Carmen estaban sentados en un sillón forrado en un fino brocado beige que mi madre compró en un viaje a la India; mi padre lo trajo casi cargando porque mi madre quería que llegara a casa tan impecable como lo había comprado y hasta el presente día, si se acordaba, le reclamaba la odisea por la que tuvo que pasar con el bendito rollo de tela. Isabella y yo nos encontrábamos en un sillón frente a ellos y mis padres tomaron asiento en sillones individuales opuestos a cada lado de nosotros.

Isabella resplandecía sentada ahí. Su vestido hacía juego con la tela color plata vieja del sillón; su pelo parecía coronar su hermoso rostro que realzaba su belleza con el discreto maquillaje y su piel era tan suave, tan exquisitamente tentadora con ése soplo color dorado aún sobre ella y que robó del tibio sol de Malibú.

Yo no había dejado de tocarla en ningún momento; siempre mantuve el contacto porque sabía que necesitaba de él, saber que estaba ahí, con ella, juntos. Mi mano y la suya, con nuestros dedos entrelazados atrajo la atención tanto de mis padres como del suyo y Carmen. La sonrisa de mi madre era indescriptible y mi padre se erguía orgulloso, tal vez por saber que su hijo empezaba a ver su futuro no del modo frío y calculador como el que había planeado antes de Isabella, antes de que llegara a mi vida y antes de sentirme y saberme amado.

De un modo completamente diferente, Charles miraba nuestras manos y mis caricias al brazo de Isabella. No eran miradas declarando un rechazo absoluto pero tampoco eran indiferentes; sus ojos mostraban algo de incredulidad, buscaban la veracidad de las palabras que me había escuchado decirle esa mañana, después de haber pasado una pésima noche dando vueltas en la cama, solo. Solo porque le había dicho a Isabella que no quería su compañía. Estaba enojado pero más bien, confundido y estaba dándole vueltas y vueltas a todo lo ocurrido desde el día anterior desde que recibí la llamada de Paul y como un energúmeno salí de mi oficina y fui a buscarla mientras un alud de emociones caía sobre mí. En menos de veinte minutos experimente angustia, desesperación, ira, incertidumbre, miedo, miedo, miedo…

Con tantas emociones bullendo dentro de mí, no sabía qué era capaz de hacer, no sabía como iba a reaccionar ante esas nuevas sensaciones y me estaba preparando para todo menos para lo que escuché. 

–Bella, ¿lo amas?

La pregunta, que fue la que jamás pensé escuchar de boca de su padre me dejó incapaz de moverme; congelado, expectante, ilusionado… y esa respuesta es la que yo buscaba desesperado y estaba a punto de obtenerla. Isabella se tomó unos largos segundos. Bajó la mirada, suspiró, frunció el ceño y apretó las manos cerrándolas en puños. Mi cordura se derramaba y ella no respondía. Sentía en el pecho una opresión, como si una gran piedra hubiera sido asentada en él; me estaba faltando el aire y una fina capa de sudor frío estaba perlando mi frente. 

Por lo que más quieras, Isabella, ¡responde!

–Yo… sí.

Oh, por Dios…

Una sensación indescriptible me cubrió. Sentí que me desprendía de mi cuerpo, me sentía ligero, en paz, tranquilo, satisfecho, pleno, lleno de una energía nueva y diferente, como si de ambrosía se rebozara todo mi ser, elevándome a un nivel que era completamente nuevo para mí y que potenciaba todas mis emociones haciéndome sentir en un clímax total.

Esto era.

Esto era el amor.

El amor al cual yo era el principal escéptico. 

El más grande de ellos.

Pero que ya no podía ni quería luchar contra él porque estaba irrevocablemente enamorado y… era correspondido.

Un mareo hizo que me recargara por un momento en la pared. 

¿Me estaban temblando las piernas?

Respiré inhalando despacio y procurando ingresar todo el aire posible para recuperarme pronto. 

¿Recuperarme?

¿Quién en su sano juicio querría recuperarse de vivir en carne propia una sensación tan sublime y divina?

Yo no. 

Quería vivirla y sufrirla entera, con esa hermosa mujer que también me amaba pero que aún no me lo había confesado.

¿Me importaba?

Sí.

Yo quería escucharlo de sus labios, con su voz tímida, con su vergüenza subiendo por sus mejillas porque si, aún con todo lo atrevida que pudiera ser para ciertas cosas, mi mujer se ruborizaba con mucha facilidad y lo adoraba.

Pronto, más pronto de lo que imaginaba, Isabella estaría diciéndome que me amaba y entonces ya no habría marcha atrás para nosotros. Viviríamos el uno para el otro sin ningún obstáculo que se interpusiera y nos dedicaríamos simplemente a eso, a ser felices.

Emocionado y moviéndome con torpeza, bajé las escaleras y salí del edificio para ocuparme de todo lo que mi Isabella necesitara. Tenía que controlar un poco mi felicidad para poder actuar con rapidez, así que di instrucciones para que guardaran en una bodega las cosas de Bella mientras encontraba un lugar digno de ella.

En menos de quince minutos Katie me mandó algunas fotos de apartamentos en Chelsea, el mejor lugar en Londres. Uno de ellos me gustó y por la tarde iría a verlo, si todo marchaba como esperaba sería suyo esa misma noche.

Cuando Charlie e Isabella salieron del edificio, yo esperaba impaciente recargado en el auto. De más está mencionar lo sorprendida que estaba, al igual que su padre. Los invité a comer para que empezáramos a suavizar los roces que habían surgido en el pasado ya que nuestra relación iba a comenzar a cambiar y no quería por ningún motivo que mi Bella tuviera preocupación alguna. 

Algo renuente, Charlie aceptó. Me tenía bajo la lupa y estaba bien, en su lugar yo también guardaría mis reservas pero le demostraría que su hija no podría estar en mejores manos. Después de la comida, les pedí me permitieran alojarlos en mi mejor hotel hasta ahora y gracias a Carmen, todo salió como yo esperaba.

Por la tarde, cerré el trato del apartamento. Con sólo poner un pie dentro supe que era en indicado para Isabella. Le encantaría. Salía de ahí cuando recibí una llamada suya; me avisaba que tenía una cita con el Dr. Bower. Suspiré y exhalé. Las cosas no podían estar saliendo mejor de lo que ya lo hacían. Fui por ella y volvimos al apartamento. 

No puedo decir que su rostro reflejaba lo feliz que debía estar porque era todo lo contrario. Con pasos temerosos entró a él y comenzó a verlo. Me mantuve algo alejado porque no quería agobiarla pero no lo logré. Cuando le dije que el apartamento era suyo y que podía hacer con él lo que quisiera, me lo devolvió. No lo aceptó y me invadió una frustración como pocas veces había sentido.

Ella no lo quiso y alegó que no estaba escuchando sus razones, que no la estaba entendiendo. Que ella necesitaba hacer ese cambio para sentir que estaba a la par con el mundo y que su forma de demostrar que podía con él era abriéndose paso por si sola.

Nadie le estaba pidiendo que demostrara nada, ni su padre ni yo, pero ella simplemente no iba a escuchar razones como seguramente pensaba que yo tampoco hacía y no la culpaba. Llevaba imponiendo mi voluntad desde hacía ya mucho tiempo, porque esa era mi naturaleza y no iba a ser nada fácil que yo cambiara pero lo estaba intentando. 

Si yo le estaba dando ese regalo a Isabella no era porque no creyera en su capacidad o porque quisiera imponerme ante ella. Lo hacía como una muestra de cariño, como símbolo de un comienzo de algo entre nosotros, de algo limpio, diferente, de algo mío para ella.

¿Cómo explicarle eso cuando ella ni siquiera me había dicho que me amaba?

Por más que lo intenté ella nunca lo dijo. Se lo pedí, casi se lo rogué pero se mantuvo evadiendo responderme. El verla reacia a sincerarse no fue nada agradable. Instaló un sabor amargo en mi boca que no podía pasar por el nudo atorado en ella. 

¿Me estaba rechazando?

¿Por qué lo hacía si me amaba?

Haciendo uso de todo el autocontrol a mí alcance, esa noche le dije que quería dormir solo. Sabía que la había hecho sentir rechazada pero no podía tenerla cerca, no esa noche cuando no sabía si iba a ser posible dominarme y no tomarla como mi ira y las costumbres arraigadas por años me gritaban. Cuando por fin subí, no pude reprimirme y entré a su habitación. Entre las sábanas estaba ella acurrucada en posición fetal; abrazaba sus piernas y parecía más pequeña de lo que era en realidad.

¿Estaría haciendo mal las cosas?

¿Me estaba yendo por un camino equivocado con Isabella?

Me senté en la cama y con cuidado acaricié su cabello suave; me acerqué y lo olí. Era la esencia más pura y adictiva que había conocido jamás y se rehusaba a ser mía. 

A la mañana siguiente ya tenía algo entre ceja y ceja. Tenía que hablar con su padre de una buena vez. Si todo quedaba claro entre nosotros, Isabella estaría más tranquila y serena y podrían avanzar las cosas entre ella y yo, que era lo único que quería.

–Señor Swan – lo saludé y él extendió su mano hacia mí –. Buen día.

–Edward – el asintió.

–Espero que hayan pasado una buena noche. ¿Están lo suficientemente cómodos?

–Todo perfecto, gracias, pero no creo que me hayas querido ver esta mañana sólo para hablar de eso, ¿no es así?

–Desde luego que no y me agrada que usted sea tan directo como yo.

–Entonces, ¿qué tienes que decirme sobre mi hija que no sepa ya? – dijo y tomó un sorbo de café sin quitarme de encima la mirada.

–Que la amo y la quiero conmigo.

Los ojos de Charles Swan se abrieron desmesuradamente y luego se entrecerraron para mirarme. 

–Ya la tienes contigo, Edward, pese a todo, Isabella está junto a ti.

–¿Pese a todo?

–No voy a venir con falsas apariencias a estas alturas – su mano se cerró en un puño sobre la mesa –. Hay algo que no me gustó de ti cuando te apareciste en mi casa.

–No me vea como una amenaza, señor Swan, porque es lo último que quiero ser para usted. Créame que soy totalmente sincero cuando le digo que amo a Isabella así como ella me ama a mí. 

Su ceño se frunció.

–Me ama – reafirmé.

–¿Ella te lo ha dicho?

–No, pero se lo a dicho a usted – él estaba visiblemente incómodo –. No fue mi intención escuchar pero lo hice y no me arrepiento porque ahora sé que mis sentimientos son correspondidos.

–Alice y Rosalie no confían en ti.

–¿Les ha preguntado porque?, ¿ellas se lo han dicho?

Charlie desvió la mirada, buscaba una respuesta lógica más no la había.

–Señor Swan, yo lo único que deseo es hacer feliz a su hija, ella confía en mí, hágalo usted también porque esa es la mejor manera de acercarse más a ella.  

–Insinúas que si no lo hago, ¿la alejarás de mí?

–Jamás haría algo que la lastimara, eso se lo puedo jurar.

–Con todo lo que ha pasado, con la desconfianza de las chicas…

–Confíe en su hija, Charles, en nadie más. Escúchela a ella, ella es quien importa.

–Yo sólo quiero lo mejor para ella, que sea feliz.

–Yo también quiero eso.

–Quisiera confiar en ti, Edward, pero…

–Yo sé que no será fácil, pero haré mi mejor esfuerzo para demostrarle lo que amo a su hija y que yo veré por ella siempre.

–La has llevado a vivir contigo, has puesto a mi única hija en una situación nada correcta a los ojos de nadie y mucho menos los míos, ¿cómo diablos quieres que piense que harás siempre lo mejor para ella?

–Las circunstancias nos han llevado a…

–¿Embarazaste a mi hija?

Los ojos de Charles Swan se abrieron desmesuradamente, casi a punto de salirse de sus órbitas y no era para menos.

–No. Y no creo que deba preocuparse por ello.

–¡Dios! No puedo estar teniendo esta plática contigo.

–Pero aquí estamos, para tratar de limar nuestras asperezas por el bien de Isabella.

El hombre suspiraba, con la mirada baja, contrariado. Asintió despacio.

–Quiero que sepas que si le haces daño a mi hija, acabaré contigo, te buscaré y no importará debajo qué piedra te escondas.

–No será necesario, Charles, porque eso nunca sucederá.

El padre de Isabella dio un largo y profundo suspiro, su bigote se movió como si su boca formara una dura línea.

–Supongo entonces que no tengo otra opción más que intentarlo y darte el beneficio de la duda.

–La cual espero que se disipe muy pronto.

Charles Swan asintió. Tragó en seco y su rostro se relajó así como todo él. 

–Ayer, Bella me devolvió el apartamento y su auto. Quiere ser autosuficiente – soltó un bufido cansado, cambiando el tema intentando de inmediato empezar a trabajar en su confianza en mí.

–¿Le sirve de consuelo si le digo que ayer mismo le regalé uno y no me lo aceptó? – sonreí resignado –. ¿Qué vamos a hacer con ella si no podemos entenderla?

–No tratar de hacerlo y solo amarla tal cual es, Edward. Justo así.

Y así lo estaba haciendo aunque esa pequeña mujer me tenía atado a su dedo meñique y eso estaba causando estragos con mi salud mental. La voz de mi madre me distrajo y cuando la miré, sus ojos brillaban como tenía mucho que no lo hacían.

–Estamos felices de tenerlos aquí – decía con la emoción contenida –, ¿verdad, Carlisle?

–Por supuesto, conocer al fin a los padres de Bella a la que le tenemos tanto cariño, nos llena de alegría.

Carmen carraspeó apenada pero Charles tomó su mano y la apretó.

–Bueno, yo no soy la madre de Bella per…

–Pero has estado ahí cuando más te he necesitado, Carmen.

Isabella le sonrió y murmuró con los labios un “gracias” provocando que Carmen cerrara los ojos para contener las lágrimas. Quedaba muy claro que la consideraba ya mucho más que sólo la futura esposa de su padre y a mí me daba mucha tranquilidad que pudiera contar con alguien que la quisiera sinceramente cuando lo necesitara.

–Creo que la acabas de hacer más feliz de lo que era – le susurré al oído aprovechando que mi padre monopolizaba la conversación.

–La quiero mucho – respondió muy bajito.

–¿Y a mí?

Isabella giró su rostro sin mirarme. Yo suspiré profundamente ante otra negativa suya, frustrándome de nuevo pero seria la última vez…

La velada transcurrió con bastante fluidez; tal parecía que Charles y mi padre se habían caído muy bien y de sobra estaba decir que Carmen y mi madre también. Isabella sonreía tímidamente de vez en cuando; era obvio que estaba intranquila en esa cena de último momento pero yo no dejaba que se notara. Tomaba su mano, la besaba, la acercaba a mí y dejaba uno que otro beso en su mejilla o frente bajo en escrutinio de todos pero los que más atención ponían a mis muestras de cariño eran mi madre y Charles.

Como siempre, disfrutar de las cenas de mi madre era una delicia; se esmeraba en todo y no importaba si la cena era para un par de personas como para un ejército entero y esa noche no fue la excepción sino todo lo contrario, fue una cena espléndida. Al llamarla para que me hiciera el inmenso favor de recibirnos para cenar aceptó encantada pero, al enterarse quienes eran los invitados, supe que llevaría todo al siguiente nivel. Y era fácil imaginar porqué. 

Ya podía ver como su mente estaba trabajando, imaginándose el verdadero propósito de la cena. Era seguro que lo daba por hecho y por un momento, casi me dejo llevar pero la actitud de Isabella me frenó. No. Yo tenía que centrarme y ver cómo eran las cosas en realidad para no actuar por un impulso. Eso no era maduro y mucho menos inteligente. Tendría que retroceder unos pasos, ella me estaba guiando a hacerlo.

Después de cenar, mi madre quiso enseñarle a Carmen su invernadero, donde pasaba mucho de su tiempo. Ambas eran aficionadas a la jardinería, así que al dejar la mesa, seguimos a mi madre a la parte trasera de la casa pero detuve a Isabella y nos quedamos detrás mientras ellos entraban al húmedo espacio.

–¿Qué pasa?

No le respondí. Sólo la conduje hacia un pasillo que daba a un cobertizo donde se guardaban todos los utensilios, insecticidas, semillas y vitaminas para el invernadero. Era muy angosto, no alcanzaba ni un metro de ancho y en ése momento estaba oscuro y frío.

–Edward.

Pronunció mi nombre como si con eso me fuera a detener. Nos adentramos un poco en el pasillo; desde ahí claramente podíamos ver el invernadero y a sus visitantes. Ellos también podían vernos si volteaban ya que no estábamos muy alejados pero la oscuridad nos protegía lo suficiente. La pegué contra la fría pared y jadeó sorprendida. 

–¿Qué estás haciendo?, Edward…

–Edward, no – dije dificultosamente enterrando mi cara en su cuello desnudo –. Señor, Isabella, soy tú Señor.

–Ahora cállate y compláceme.

Dije entre dientes mientras mis manos subieron hasta sus pechos y los amasaron con fuerza, estrujándolos despacio pero tortuosamente. La respiración de Isabella se aceleró por la sorpresa. Su pecho subía y bajaba bajo mis manos presionando contra ellas al inspirar y relajándose al exhalar.

–Edward, ¡nos van a ver! – jadeó con miedo y nervios.

–Pues entonces calladita y obedéceme. Que no se te olvide quien manda, Bella.

Hablé con mucho esfuerzo ya que al tenerla así de nuevo, sometiéndola, mi polla recibió un doloroso latigazo de electricidad despertando del largo letargo al que la tenía confinada. Otra vez mi cuerpo entero revivía bajo esa excitación perversa, tal vez insana pero que me hacía hervir la sangre, queriendo imponerme, dominarla, poseerla y ella estaba ahí y era mía para hacerlo. 

Ella me había dado a entender que no quería nada más de mí que sólo ser el objeto de mi desquiciada depravación y si eso deseaba, si se resistía a ceder ante sus sentimientos, entonces yo la tomaría del modo que ella quisiera, pero nunca dejaría de ser mía, ¡jamás!

–Edward – murmuró. 

Al oír mi nombre, metí mi rodilla entre sus muslos para abrirlos, ella guardó silencio llevándose el dorso de su mano a la boca. Mis movimientos no eran suaves ni lentos. Eran toscos porque estaba sacando toda la frustración que me había provocado durante todo ese último tiempo. 

Mis manos necesitaban el contacto con sus pechos, y yo necesitaba beber de ellos, morderlos, lamerlos, jalarlos con mis dientes. Por fin los toqué bajo el encaje del brassiere y casi enloquezco. Sus puntas duras entre mis dedos rodaron hasta que mi boca atrapó cada una de sus cumbres cumpliendo mis antojos. Isabella jadeaba contenida, no podía resistirse y lo sabía. Ella disfrutaba de esto tanto como yo y eso me excitaba mucho más, teniendo que hacer uso de todo mi autocontrol para no excederme.

¿Excederme? Que alguien me dijera como medir el deseo malsano que me consumía. Que alguien me dijera que hasta ahí era mi límite pero, ¿quién?

El animal sediento en mí, colocó las manos en sus muslos al escucharla gemir sin recato. Subí por sus muslos refrenando mis impulsos y la acaricié lentamente. Su piel sedosa estaba tentándome a seguir mi camino hacia arriba, a la sublime unión de sus piernas. Yo ahogaba mis gemidos en su cuello, en su boca. Mordía sus labios y lamía sus bordes. Estaba a punto de estallar. 

Mi polla hinchada latía dentro de mi ropa presionándose, buscando salir para obtener su preciado premio. Estaba tratando, estaba respirando, no podía dejarme llevar, sin embargo ya no era una opción, tenía que hacerlo. 

La tomé por debajo de sus temblorosos muslos y la alcé, llevando sus piernas alrededor de mis caderas pero ella apoyó los pies en la pared enterrando sus altos tacones. Se aferró a mis hombros y se sostuvo mientras de un tirón me deshacía de sus bragas húmedas; las guardé en el bolsillo de mi saco y sin perder más tiempo, bajé mis pantalones para liberar mi  hambrienta polla.

Rodeé su cintura con un brazo y con mi otra mano ubiqué su entrada empujando sin miramientos. Isabella dio un pequeño gritito que callé con mi boca mordiendo su lengua. Embestí con urgencia, con necesidad, duro. Me clavaba en ella queriendo llenarla de mí con cada arrebatada incursión. Sus gemidos me alentaban, ella gozaba también de este salvaje coito que cada vez cobraba más fuerza y velocidad. 

Mi pelvis se impulsaba hacia ella con fiereza, ella me recibía en su cálido y húmedo centro, intentando retenerme cada vez que mi polla se enterraba en su frágil carne. Se cerraba a mi alrededor y yo gruñía por el esfuerzo.

Sentí que el cabello de mi nuca era jalado, casi arrancado, aumentando la intensidad del momento. El sudor perló mi frente y el primer aviso a mis ingles estaba hecho. Mi boca desesperada buscó sus senos y succioné uno. Isabella gritó de nuevo y rápidamente volteé a ver hacia el invernadero donde sólo mi padre y Carmen miraban hacia donde permanecíamos ocultos en las sombras.

Señor – dijo entre agitados jadeos –, voy a correrme. 

–No tienes permiso para hacerlo, Isabella – mi voz ronca respondió.

–Por favor, Señor, no puedo más…

–Dije que no.

Pero mi polla y yo sabíamos que no lo lograría. Tenía mucho tiempo que yo no le prohibía uno y estaba seguro que con toda esa excitación, ella no sería capaz de retenerlo y yo ya estaba llegando a mi límite. Embestí, empujé. Me clavaba en ella, elevando su cuerpo sobre la pared y haciendo rechinar los tacones de sus bellos zapatos que intentaban afianzarse de la porosa pared a mis espaldas. Decidí ayudarla a no correrse; mordí su seno y lo alongué entre mis dientes; Isabella se tensó en el acto pero su respiración acelerada me acercaba, sus temblor, sus jadeos, su calor, su humedad. Sus manos jalando mi cabello, aferrándose a mí, Dios… gemí, ahogué un jadeo y sentí claramente como el torrente de mi ser corría para salir de mi cuerpo llenando el suyo en un par de descargas.

El éxtasis que ése encuentro me hizo sentir fue increíble. Mi cuerpo se entregó por completo al suyo y aunque dominante, me rendí. Yo lo sabía, esa mujer era mía, mi perdición para siempre.

***

La lleve dentro casi arrastrada. Su cuerpo aún luchaba por haber tenido que reprimir un orgasmo. Tomé su bolso de paso por el salón y la metí al baño de visitas. 

–Toma – le di el bolso –. Recomponte. Arréglate el vestido y no te tardes. Te espero afuera.

Cerré la puerta y asegurándome que nadie me veía, me cercioré de mi propio aspecto en el espejo del hall. Mis mejillas estaban sonrojadas y mi pelo un poco despeinado pero eso era común, no importaba si lo mantenía más corto que antes. 

Recargué una mano en la pared, mirando al piso. Me sentía tan jodidamente bien que la culpa por haberla tomado ahí, simplemente no existía. Esa adrenalina volvía a mi y de qué manera. Estaba pletórico de esa emoción que por tantos años fue la única que pudo saciar mis retorcidos deseos y si también era su deseo, ¿por qué no seguiríamos adelante?

–Hijo, ¿dónde se han metido? – la vos de mi madre me sacó de mis cavilaciones.

–Nos quedamos aquí – le sonreí. 

–¿Ya ves? – Carmen le guiñó un ojo –. Necesitaban un momento a solas.

Todos rieron menos Charles. Él aún no cedía por completo a nuestra relación. Dudaba y tenía razón para hacerlo. Minutos antes me había follado a su hija a solo unos cuantos metros de donde él se encontraba. Sonreí.

La puerta del baño se abrió lentamente y me acerqué de inmediato poniéndome frente a ella antes que Isabella saliera. 

–¿Todo bien? – susurré y ella asintió. La miré enarcando una ceja…

–Sí, Señor – respondió en el mismo tono casi imperceptible.

–Bien – abrí por completo la puerta para permitirle salir observándola detenidamente. Sus mejillas como las mías, también tenían ese rubor resplandeciente después de ese arrebatado y salvaje encuentro. Sí, eso era lo que habíamos tenido.

–¿No te lo dije? – mi madre miró a mi padre –. Están enamorados, Carlisle.

Mi padre sonrió y se acercó a nosotros, abrazándonos. 

–Me hacen tan feliz, hijos – miró a Charles –.Tu hija es muy querida en esta casa, siéntete tranquilo porque tanto Edward como nosotros la cuidaremos bien.

–Gracias, Carlisle, Esme, estoy seguro de que así será.

Giró y me vio fijamente, asintió y se acercó a abrazar a Isabella que aún temblaba. Ella ocultó su rostro en el cuello de su padre y él le susurró algo al oído. Ella sólo asintió en respuesta y se limpió un par de lágrimas que escaparon de sus ojos. Permanecieron un momento más así, luego se soltaron y Bella se refugió en los brazos de Carmen y de mi madre. Estaba tan sensible... y con un orgasmo a flor de piel.

–Edward – dijo con seriedad –, confío en ti.

Esa declaración no me la esperaba. Al fin Charles Swan se desprendía de todas sus dudas y miedos y se permitía depositar su confianza en mí. Una sensación de orgullo llenó mi pecho y le sonreí.

–No voy a fallarle a Isabella, Charles, nunca.

Asintió de nuevo y me dio la mano palmeando con la otra mi espalda.

–Edward…

–¿Sí?

–Si vuelves a llamarme Charles, te noqueo. Es Charlie, ¡por Dios!

Todos reímos. Era hora de empezar a despedirnos pero mi madre aún tenía algo que decir.

–Espero que la próxima cena sea para anunciar su compromiso – el rostro de Esme Cullen brillaba emocionado y los demás la miraban con la boca abierta, Isabella incluida.

–No seas tan desesperada, mamá, todo a su tiempo.

–Bueno, Edward, no quiero esperar mucho para ver esta casa llena de niños corriendo por todos lados.

Ese comentario me tensó.

¿Niños?

¿Yo? 

¿Padre?

¡Ni en un universo paralelo!

Nos despedimos al fin y ya mi padre había quedado con los Swan en visitar el club. También llevaría a Charlie al Toucan Bar, donde se bebían los mejores whiskeys del mundo y desde que tenía permiso de su doctor, solo buscaba un pretexto para darse una escapada para tomar un buen trago. Mi madre mientras tanto, ya había planeado todo un extenso tour para Carmen y estaban incluyendo a Isabella.

Ella muy disimuladamente buscó mi mirada y mi aprobación. Una peculiar sensación me recorrió; cerré los ojos y presioné mis párpados dándole la respuesta. Ella sonrió. Estaba contenta…

De camino a casa, Isabella se durmió. No era para menos; la presión, la sorpresa y todas las emociones que tuvo que manejar la dejaron agotada. Su cuerpo se acurrucaba al mío y yo disfrutaba al tenerla entre mis brazos, tocando la piel de sus muslos, respirando su aroma… Al llegar la desperté y bajó del auto un poco desubicada. Ya arriba, en el pasillo y antes de que se encaminara a nuestra habitación, le susurré al oído.

–Te quiero en cinco minutos esperándome en el cuarto de juegos.

Seguí mi camino entrando al dormitorio dejándola con los ojos abiertos y de repente muy despierta. 

Sabía que lo deseaba, su reacción en el pasillo me lo confirmaba. Eso era el sueño de todo hombre como yo, una mujer sumisa y bien dispuesta en todo momento, que disfrutara de todo lo que mi estilo de vida podía darle, que se dejara guiar para alcanzar el éxtasis al que podía llevarla.

Isabella era esa mujer, mi mujer, la que estaría conmigo siempre rindiéndose a mí así como yo a ella.

Estaba ansioso; debía respirar y relajarme. No podía correr el riesgo de que por mi premura le hiciera daño, que me perdiera en las sensaciones y sólo me centrara en obtener mi placer a toda costa. No, ya no era así. Yo ya era diferente. Por mí, por ella. Tenía que controlarme.

Hice una serie de respiraciones y por fin me sentí en total control de mí. Me puse los pantalones de seda negros y salí a su encuentro.

Isabella estaba de pie junto a la puerta del cuarto de juegos. Su pálida piel contrastaba con la seda negra. Su mirada baja, descalza y con el cabello suelto. Muy bien, cariño.

Abrí la puerta y entré antes que ella. Isabella me siguió y se arrodilló cerca de la mesa con los muslos entreabiertos y manteniendo la mirada baja. Me di la vuelta y me acerqué a los cajones que contenían los múltiples accesorios para mis juegos. 

¿Qué haré contigo hoy, Isabella?

¿Qué es lo que ambos podemos resistir esta noche?

Giré la cabeza y la vi removerse nerviosa, con necesidad. 

–Si te veo intentando frotar ese coño de nuevo te castigaré. Es mío y no quiero que nada lo toque ni lo estimule, eso sólo lo hago yo. Te quiero quieta.

Su pecho subía y bajaba acelerado; necesitaba algo que prolongara la liberación de ése orgasmo, si es que se portaba bien y al final se lo ganaba… todo dependía de ella.

Saqué lo que necesitaría para la sesión y lo coloqué sobre la mesa. Me paré frente a Isabella y acaricié su cabello. Levanté su barbilla para poder mirar sus ojos. Brillaban. Había algo en ellos que sólo su dueño podría reconocer. Estaban rebosantes de puro deseo…

Le indiqué que se pusiera de pie mientras respiraba para mantenerme en control, no sólo yo sino también mi bien dispuesta polla dolorida. Desaté la cinta de la bata y dejé que cayera de sus hombros. Nunca podría cansarme de admirarla. 

La tomé de la cintura y la deposité en la mesa. Su piel estaba erizada. Sus pezones erectos hasta lo imposible y seguramente su coño estaría empapado. La recosté reprimiendo mi deseo de pasar mis dedos por su ranura desnuda mojándolos con su evidente excitación. Bella gimió y en mi vientre bajo sentí un golpe de necesidad.

Esa noche decidí atar a Isabella. Yo sabía lo que eso significaba para ella porque había expresado su temor a esa práctica en el club. Temerosa me había preguntado si lo haría con ella y le dije que si. 

Abrió los ojos desmesuradamente cuando vio las cuerdas rojas en mis manos. Su respiración se agitó ligeramente pero me miró a los ojos y asentí, tranquilizándola de alguna forma. Cerró los ojos.

–¿Quieres que te cubra los ojos, Isabella? – le di la opción.

–Como usted desee, Señor – fue su adorable contestación.

No lo hice, ella se pondría más nerviosa y yo la quería con todos sus sentidos atentos a mí. Pasé mi mano por su mejilla y me dispuse a comenzar mi labor. 

–Siéntate derecha, Isabella, de espaldas a mí.

Le ordené mientras desataba los empaques de las cuerdas nuevas. Eran muy suaves y no la lastimarían. Ella obedeció y con mucha calma tomé sus brazos colocándolos en su espalda. Comencé recogiendo su cabello dándole vueltas para sostenerlo con un par de palillos rojos también, dejando libre su cuello y espalda. Continué pasando la cuerda por su cuello un par de veces; luego me dediqué a los brazos que fui cubriendo poco a poco con hermosos nudos. Trabajaba lentamente, disfrutando de atar cada centímetro de sus extremidades, decorándolos con la cuerda roja. Su respiración fue tranquilizándose conforme iba anudando a un ritmo lento. Estaba relajándose.

–¿Cómo te encuentras, Isabella? 

Dio un suspiro profundo antes de responder.

–Bien, Señor.

–¿Recuerdas tus palabras de seguridad?

–Sí, Señor – respondió calmada –. Rubíes para precaución y Corazones para parar.

–Si sientes que debes usarlas, hazlo. No quiero ninguna mártir aquí, ¿entendido?

–Entendido, Señor.

Aclarado de nuevo ese punto, proseguí con mis nudos en sus brazos. Su espalda se veía preciosa atada de esa forma, restringiendo sus movimientos… al llegar a sus muñecas di varias vueltas para luego pasar los extremos por las cuerdas de su cuello. Tal vez me estaba extralimitando un poco para ser su primera vez con el Shibari pero me arriesgaría.

–Veo, mi querida – dije casi en un murmullo –, que volver a este cuarto te agrada y eso me complace. Aquí podemos ser nosotros mismos sin necesidad de regirnos por los estúpidos estándares sociales de afuera. Aquí somos libres para desfogar todos esos deseos que bullen dentro de nosotros, Isabella, aquí sólo existimos tú y yo.

–Tienes estrictamente prohibido, Isabella, traer de afuera cualquier pensamiento, problema, sensación o lo que sea que te distraiga de ser una dócil sumisa. No quiero que nada te impida demostrarme tu devoción hacia mí. Cumple con lo que te ordeno y serás recompensada al final, mi pequeña.

–Si, Señor.

Rematé el extremo final de la cuerda. Estaba lista y al verla así me obligaba a doblarme un poco debido al molesto dolor en mis ingles y en mi desobediente polla que parecía la aguja de una brújula buscando el norte en su delicado y mojado coño.

–Voy a ayudarte a bajar de la mesa, Isabella, pero no quiero que te inclines y mucho menos que te hagas hacia atrás. Si lo haces, las cuerdas se estirarán cerrándose en tu cuello y ya sabes lo que sucedería. 

Un jadeo nervioso salió de su boca.

Señor… yo… 

–Si haces lo que te ordeno estarás bien, concéntrate.

Mantuve mi tono firme y con cuidado la ayudé a bajar de la mesa. Con mi mano en su cintura la llevé hasta los bancos de azotes; ella gimió y se detuvo.

–Respira, Isabella – y con esfuerzo y los ojos cerrados comenzó a hacerlo intentando mantener un ritmo constante para no agitarse.

–No voy a azotarte si es lo que piensas – le aseguré y relajó sus párpados –. Ahora inclínate sobre el banco pero mantén tu espalda rígida junto con tu cuello y una vez que estés recostada sobre tu estómago podrás relajarte pero sólo un poco. Esto es puro control, Bella, sólo eso…

Isabella siguió mis instrucciones aunque no le fue fácil acomodarse sobre el banco; estaba nerviosa y tenía miedo de hacer un movimiento que restringiera aún más las cuerdas alrededor de su cuello.

–Ahora gira tu cara muy despacio y con cuidado deja tu mejilla descansar en la orilla del banco. Abre bien las piernas y concentra tu peso en tu torso – la vi hacer el esfuerzo por apoyarse como le indicaba. 

–Eso es.

Me di la vuelta para acercar los juguetes que había dejado en la mesa; tomé mi iPod para seleccionar algunas canciones y lo encendí. Los primeros acordes de Closer de Nine Inch Nails llenaron la habitación y moderé un poco el volumen para que Isabella no tuviera ningún problema en oír mis indicaciones y para poder escucharla con claridad en todo momento. 

You let me violated you
You let me desecrate you…

De pronto me quedé de pie, ahí, admirando el bello cuadro ante mis ojos… mi mujer, su rígida espalda y brazos cubiertos con preciosos nudos desde el cuello, los hombros y hasta las delgadas muñecas. Ése culo perfecto que esperaba por mí, su cálido coño mojado… El contraste más desquiciante de su piel contra el color rojo sangre de las cuerdas. Su inmovilidad, su voluntaria docilidad, su deseo, su entrega a mí… 

Me acerqué hasta quedar a un paso de sus nalgas. No pude resistir pasar mis manos por ellas; estaban bañadas por una fina capa de sudor frío. El sudor del miedo que podía olfatear por la facilidad con que se desprendía de ella. Mi polla creció adolorida dentro de mi holgado pantalón y gemí en respuesta mientras que de ella sólo podía escuchar el ritmo pausado y forzado de su respiración… tan hermosa..

Una de mis manos cubría una de sus nalgas y la otra acariciaba la tersura de sus muslos internos sin llegar a tocar sus labios pero la prueba más evidente de su excitación escurrió espesa hasta donde estaban mis dedos. Sin pensarlo, los introduje entre sus empapados pliegues hasta tocar su clítoris en exceso lubricado. El miedo la excitaba, la adrenalina del no saber, la incertidumbre unida a la prisa para reclamar la recompensa prometida.

¿Acaso necesitaba una prueba más de que Isabella era la mujer indicada para mí?

¿No era mi sumisa perfecta?

You let me penetrate you
You let me complicate you…

Recorrí con mis dedos todo su coño, rodeando su clítoris sin tocarlo y sólo penetrándola un poco. Bella ardía. Tomé un vibrador colocándolo sobre su hinchado clítoris, tenía en la punta varias bolitas y a lo largo, estaba anillado logrando dar una estimulación abrumadora. No lo encendí; quería que se acostumbrara a la diferente sensación mientras lo pasaba por todo su coño hasta que lo ubiqué en su entrada, lo introduje en ella y dejó escapar un jadeo reprimido.

Encendí el aparato e instintivamente trató de cerrar las piernas. Le di una nalgada suave, sólo para distraerla un momento y se mantuviera en la misma posición. Introduje el vibrador un poco más y me incliné para besar el espacio de su espalda baja que me permitían sus manos. Bella gemía y hacía un esfuerzo notorio por no moverse. Lo estaba haciendo muy bien mi pequeña Isabella.

–Shhh, respira.

Help me, I broke apart my insides
Help me, I’ve no soul to sell…

Le susurré al oído cuando empujé más el vibrador y comenzó a jadear agitada. Isabella estaba siguiendo muy bien mis ordenes, se controlaba muy bien hasta ése momento y esperaba que siguiera así cuando encendiera el aparato, lo cual hice en ése instante.

–Ahh – exclamó débilmente.

En mis labios tenía una puta sonrisa de enferma satisfacción. Porque me hacía feliz verla y sentirla tan cooperativa, tan receptiva, tan mía… estaba gozando mucho. 

I want to fuck you like an animal
I wanto to feel you from the inside…

Por unos minutos más mantuve el vibrador hundido en ella, acariciando sus paredes mientras Isabella libraba una lucha entre dejar que su cuerpo se moviera de placer o controlarlo. Era algo difícil si tomábamos en cuenta el nivel de excitación al que sólo el aparato la estaba conduciendo. También tenía que tener muy claro que si controlaba su cuerpo no era tanto por mi orden aunque influía, más bien era por el miedo a no poder respirar por unos segundos, eso lo tenía muy claro, pero era una muy buena manera de que empezara a forzar ése dominio sobre sí.

Se apoyó sobre las puntas de sus pies subiendo así ese traserito que estaba resultando muy tentador para mí en esos momentos. Mi polla se movió dentro de mis pantalones como si fuera un pez evitando ser atrapado. Estaba perdido y sólo había una solución para que esa fantasía frustrada no resultara siendo igual a la de probar alguna vez ese coño que yo sabía que debía saber tan dulce como la miel.

Apagué el vibrador y lo saqué de su cuerpo; me dirigí de nuevo hacia los cajones donde tenía los juguetes y accesorios guardados y tomé de ahí lo que necesitaba. Cuando volví, Isabella tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente. Pasé una mano por su frente y me agaché depositando un beso en ella. Abrió los ojos y su mirada al verme tenía algo que no supe descifrar, pero me gustaba. Ladeé mi cabeza y con mi lengua acaricié sus labios, ella los entreabrió sacando la suya muy roja para tocar la mía y la devoré en un beso salvaje lleno de lujuria. 

Renuente, tuve que separarme de Bella, no quería agitarla y mucho menos con lo que faltaba, la necesitaba muy relajada. Mi polla casi gritó de dolor. Me acerqué a su boca y pegué mi miembro dolorido a su boca.

–¿Ves? 

Sin moverse un centímetro me miró por el rabillo del ojo.

–¿Ves como me tienes?

–No me parece justo, Isabella, y en mi mundo, yo decido cómo hacer que las cosas sean justas… para mí.

Volví a mi posición y me senté en el banco detrás de ella. Puse en mis dedos una buena cantidad de lubricante y comencé a acariciar su ano, rodeándolo y presionándolo. Estaba asustada, podía sentirlo, así que introduje de nuevo el vibrador en ella a una velocidad muy baja, sólo para distraerla, hasta que hubiera pasado la impresión inicial.

–¡Ahh! 

–¿Estás bien, Isabella? – pregunté de inmediato al oírla jadear tan fuerte.

–Ssíí, Seññor – pronunció con dificultad. 

–Me alegro.

Aproveché ése momento e introduje en su ano un par de centímetros más de mi dedo. Isabella dejó de respirar, se paralizó, pero no me detuve. Lo saqué y seguí acariciando ése punto por fuera como lo hice antes y luego volví a meter la punta de mi dedo y otro más. La sentí volver a respirar. Empuje unos centímetros más y ya estaban dentro casi la mitad de mis dos dedos, los empecé a mover ligeramente; estaba muy pendiente de Bella, de alguna reacción que tuviera ya fuera de placer o de incomodidad. Por el momento no percibí ninguna de las dos y eso, era malditamente excelente.

I want to fuck you like an animal
I wanto to feel you from the inside…

Cuando tuve todos mis dedos dentro de ella, supe que era el momento de continuar. Lubriqué perfectamente bien un plug anal pequeño y con mucha delicadeza lo coloqué dentro de mi mujer, hasta el fondo, hasta que sólo quedara la piedra preciosa de imitación que adornaba el objeto, ahora en su ano. Hermoso.

Un fuerte latigazo en mi vientre bajo me hizo doblarme un poco, ya no podía más…  

Me deshice de mi pantalón y apagué el vibrador, lo saqué de su cuerpo y abrí un poco mis piernas para quedar más a su altura. A duras penas pude ubicar mi polla ardiente en su entrada, sólo sentí la necesidad de empujar para entrar en ella, con fuerza, duro, con todas las energías que guardaba mi cuerpo. 

Isabella gritó. Gritó pero no se movió. El sentirla llenándola incrementó mi insano deseo de poseerla con fiereza, al sentir su cuerpo recibirme caliente. Era mucho más fuerte que yo…

La embestí una y otra vez volviéndome loco con esa imagen perfecta. Isabella atada por mí, las cuerdas restringiéndola, sus muñecas cubiertas por la cuerda roja, sus manos cerradas en puños, sus nalgas blancas como la nieve, la piedra preciosa en su apretadísimo ano y mi polla entrando y saliendo de ella. 

Arremetí sin piedad, con una lujuria diferente pero urgente, con prisa, con dolor, con ansiedad. Mis bolas chocaban contra su tierna piel con cada estocada que le daba perdido en mi necesidad de enterrarme cada vez más hondo en ella. Mis jadeos llenaban la habitación, no podía contenerlos, estaba poseyendo a Isabella sin reparos y muy pronto ya lo haría en el sitio aún virgen en ella.

Una, otra y otra vez, mi polla se perdía en su más que lubricada entrada; su vagina me recibía complaciente y muy pronto comencé a sentir que sus paredes de contraían alrededor de mi miembro urgido aún. Sus gemidos y jadeos ya eran lo bastante audibles y me fijé en sus manos. 

¡Carajo!

Estaban completamente abiertas y temblando. La miré y su cabeza estaba hacia el frente y su barbilla levantada, se empezaba a arquear… Carajo. 

Salí de ella y tomé las tijeras que estaban junto a mí. Corté con rapidez sólo los amarres en su cuello y de inmediato dio un profundo respiro, aspiró varias veces más pero no hizo ningún intento por pararse del banco al contrario, una vez recobrado el aliento, se acomodó mejor sobre él y levantó su bello culo un poco más, ofreciéndomelo. 
–Si, nena, así…

Fue lo único que pude decir antes de volver a enterrarme en ella, embistiendo con fuerzas renovadas y a punto de explotar de felicidad, sintiendo con el paso de los minutos cada roce, la fricción de nuestros cuerpos, sus paredes vaginales cerrándose por fin alrededor de mí y mis bolas tensándose, preparándose para descargarme en ella.   

Sseñor… ¿Puedo?

–Puedes… córrete, amor, córrete para mí.

Fue todo lo que necesitó para estallar en un orgasmo que llegó acompañado de un fuerte grito y más jugos, extracto de la excitación más pura que estaba corriendo por su cuerpo. Su tierna vagina con recobradas fuerzas se apretó alrededor de mi polla que aún necesitaba unas cuantas embestidas más para unirme al mismo glorioso orgasmo de Isabella.

I want to fuck you like an animal
My whole existence is flawed
You get me closer to God…

Me conocía perfectamente, pero no estaba preparado para ver que mi cuerpo no estaba dispuesto a esperar tanto. Él reaccionó al sentir el orgasmo de Bella y la siguió liberando en ella toda mi esencia, mi semilla, provocándome un éxtasis abrumador mientras caía tendido sobre los brazos y espalda aún atados de mi mujer.

Respiraba peligrosamente agitado, me estaba costando recuperar el aliento, no era capaz de moverme pero mi peso estaba aplastando a Isabella. Salí de ella lentamente, me levanté e Isabella gimió incómoda. No podía moverla sin antes retirarle el plug incrustado todavía en ella y que para mi grata sorpresa, había tolerado muy bien. Con mucho cuidado fui sacándolo de su interior mientras gemía. Era obvio que no iba a soportarlo más tiempo. Una vez libre de él, me incliné sobre ella y muy despacio empecé a levantarla tomándola por el torso, pendiente de no lastimarla.

Ya con Isabella de pie, la guié hasta la cama, no podía cargarla en mis brazos sin hacerle daño ya que sus hombros podían dislocarse por el buen rato que ya habían pasado en esa forzada posición. La recosté boca abajo pero ya estaba en una superficie suave y cómoda. Fui por mis tijeras y me coloqué a horcajadas sobre ella. Comenzando a cortar nudo por nudo; era muy erótica esa imagen, los nudos rojos, su piel, las tijeras…  

–Esta noche te has entregado sin restricciones, Isabella. 

Corté dos nudos.

–Has sido la sumisa que quiero a mi lado, pero más que eso…

Corté los nudos hasta sus codos.

–… has sido mi mujer.

Corté hasta llegar a los hombros. Quité los pedazos de cuerda de su cuerpo y suavemente comencé a mover sus brazos dormidos. La coloqué boca arriba y me incliné para besarla con la pasión que me consumía. Bella no reparó en responder con la misma intensidad y nos perdimos ambos en el profundo beso. 

Tuvimos que separarnos en algún momento, jadeantes por aire. Nos miramos, sonreímos. Me tiré junto a ella agotado y cerré los ojos. No pasaron muchos segundos cuando sentí sus labios en mi mejilla y su mano acariciando mi pelo y me estremecí. 

Mi pequeña… ¿Cómo era posible que todavía tuviera fuerzas?

Su mano cayó sobre mi cuello y su cabeza junto a la mía. Efectivamente, no las tenía. La atraje hacia mí en lo que me recomponía; me llevé su mano a los labios y la besé. Amaba a esa mujer. Y si ella quería llevar así las cosas, así lo haría. Le daría lo que ella quisiera porque yo también era feliz con eso, con vivir a mi modo, bajo mis reglas, sin embargo, algo me faltaba…  

Un rato después, fui a preparar la bañera. Isabella necesitaba ser tratada como el precioso regalo que era y debía ser consentida con los mejores bálsamos; ése era mi trabajo y yo era muy feliz de poder prodigarle esas atenciones. Llena la bañera, fui por ella a la cama. Abrió los ojos al sentirme junto a ella. Apoyé una rodilla en la cama y la cargué en mis brazos llevándola al baño. La deposité dentro del agua caliente e hizo una mueca de dolor por lo elevado de la temperatura pero eso le haría bien a sus articulaciones sensibles.

Me metí también, colocándome detrás de ella y acomodándola en mis piernas. Mi pequeña apenas tenía fuerzas, la recargué en mi pecho y puse una buena cantidad de un aceite para frotar sus hombros, sus brazos y su espalda. Masajeé con precisión y cuidado para quitar un poco la tensión sobre ellos y evitar que le dolieran al día siguiente, no iba a desaparecer por completo la molestia pero la mitigaría considerablemente. 

–¿Estás bien?

Quise saber al escucharla jadear un poco al frotar sus omóplatos.

–Sí, Señor.

Con un gel rojo que hacía espuma, lavé su pecho. Sus redondos senos que llenaban perfectamente mi mano al cerrarse en ellos. Duros, erectos pezones y tersa piel que provocaba morderlos y probar su dulzura. Bajé mi mano y deslizándose con la espuma, froté su vientre plano y suave. Sus caderas también fueron cubiertas por la espuma y mis manos, al igual que sus nalgas, sus muslos, pantorrillas y pies tocando cada uno de sus dedos.

Con un gel diferente, mi mano bajó hasta sus pliegues, lavando por fuera y luego introduje mis dedos tocando su clítoris todavía muy hinchado. Bella dio un pequeño saltito y sin distraerme de mi tarea, la moví un poco para pasar mis dedos por su ahora delicado ano. Se removió incómoda.

–¿Te duele? – le susurré la pregunta al oído. Isabella negó con la cabeza e inmediatamente respondió…

–No, Señor.

Le di un beso en la oreja; le di otro en la mejilla, uno más en el cuello y otro en la boca cuando giró la cara para verme. Se veía preciosa con ése rubor que sólo una sesión de buen sexo puede dar y esa sonrisa perfecta que subía iluminando sus hermosos ojos color café.

Abrí mis piernas sentando a Isabella entre ellas para poder lavarme también. Lavé mi pelo dándole un buen masaje. Mi pecho, mis brazos y mi rostro, seguidos de mis hombros, espalda, mis nalgas, piernas y de último mi polla y mis bolas bajo la atenta mirada de Isabella. El agua comenzaba a enfriarse y me puse de pie junto con ella. Abrí la regadera y nos enjuagué muy bien. 

Salimos de ahí y envolví a Isabella en una tibia toalla, yo hice lo mismo conmigo y ya seco, volví mi atención a mi pequeña. La sequé con minucioso cuidado; sus ojos se cerraban, estaba exhausta. Debía darme prisa y llevarla a la cama. Dejamos el cuarto de juegos y ya en nuestra habitación, la recosté en la cama cubriéndola con las sábanas y el pesado edredón. Antes de acostarme junto a ella le di un par de analgésicos y una botellita con agua.

–Tómate esto, cariño.

Obediente, se los tomó y volvió a recargar su cabeza en las almohadas. Me acomodé a su lado consciente de que no podía acostarla sobre mi pecho ya que estaba adolorida, pero posé mi mano sobre su tibio vientre.

Sabía que ella se dormiría en cualquier momento, pero yo no podría. No después de la extraordinaria noche que habíamos pasado. Su padre y su prometida conocieron a mis padres en una cena impecable que justamente estaba planeada para eso, para causar una excelente y definitiva impresión, para que su padre supiera que su hija estaba segura y contaba con la protección no sólo mía sino también con de la de mis padres, que la adoraban.

Ése objetivo estaba logrado y la noche que Isabella me regaló después fue… indescriptible. Estaba abrumado con su sumisa actitud, satisfecho hasta más no poder con su entrega desmedida. 

Un pequeño gemido me distrajo. Giré mi rostro en un intento de asegurarme de haber escuchado correctamente. Un claro jadeo irrumpió en el silencio de la habitación y me incorporé inmediatamente recargándome sobre mi antebrazo hacia Isabella cuando intentaba mitigar un claro llanto.

–Bella, amor, ¿qué pasa?

Encendí la lámpara en mi mesilla dejando una baja intensidad de luz. Isabella se llevó las manos a la cara desatando su llanto angustiado haciendo que me alarmara como nunca antes.

–Háblame, dime, ¿te lastimé?

Isabella se encogió en posición fetal aún ocultando su rostro bañado en lágrimas y mis nervios y desesperación crecían.

–Por favor, déjame revisarte, necesito saber…

No me dejó terminar de hablar; Isabella se abalanzó sobre mí, refugiándose en mi pecho y su cara en mi cuello aumentando mi desconcierto.

–Me estás volviendo loco de la angustia, dime que te pasa… por favor.

Sus brazos se aferraban a mí con la poca fuerza que tenían y su llanto no disminuía.

–Me estás asustando, Isabella…

Dije con firmeza pero mi voz estaba a punto de quebrarse y sentí que ella se desprendía de mí muy despacio entre sus sollozos. Me miró con los ojos anegados y se limpió las mejillas toscamente con una mano; empezó a negar débilmente con la cabeza y cuando pudo calmar un poco su llanto para hablar, tomó mis mejillas entre sus manos y comenzó a llorar con más fuerza.

–Yo… yo… ya no puedo más…

Dijo casi inaudiblemente.

–Ya no… puedo callarme más…

Acercó su rostro al mío.

–Yo… te amo, Edward, te amo…*

*

*

*
Isita María, muchas gracias amie por siempre tener un tiempo para mí. Lethy, Coudy y Lo, mis eternas pervs, mi cariño siempre y Nani… Las quiero a todas y cada una de ustedes que me leen y me comentan, por cierto, ¿qué les pareció? Espero que les haya gustado...
Nos vemos prontito. 
Li

domingo, 8 de abril de 2012

CAPITULO 30

Crecer, duele.
Amar no es solamente querer, es sobre todo comprender.
Françoise Sagan

Ipod: Could Play, Paradise
Evanecensce, Good Enough


BELLA’S POV

Siempre supuse que cuando uno está triste, los demás a tu alrededor, las personas cercanas a ti, te consuelan y te miman, te cuidan y están contigo mientras tu trago amargo pasa poco a poco y el dolor que supuestamente debe estar instalado en tu pecho corroyendo tu corazón va disminuyendo gradualmente con sus cuidados, atenciones y su cariño.

Yo siempre tuve a Alice y a Rosalie para pasar mis tragos amargos; ellas veían por mi mientras me recuperaba. Aunque no podría decir que fueron muchos esos momentos, si acaso dos o tres pero entre ellos, hubo uno que necesitó mucho más que sus desinteresadas atenciones, necesité de mucha, mucha paciencia y una dosis extra de cariño pero ellas siempre estuvieron ahí, ofreciéndomelo todo el tiempo.

Fue por eso que creí que después de la gran desilusión que me llevé al llegar a casa y ver que mi presencia no le era tan importante a mi padre, el ver que podía prescindir de mi y pasar un momento tan íntimo y feliz con Alice y Rose que ni siquiera por estar en mi casa tuvieron la delicadeza de portarse menos ruines conmigo y por decencia “fingir” que entre nosotras no había ningún problema, después de eso creí que nada más podría importarme en la vida ya que a las personas a quienes yo debía importarle más que a nada, no les interesaba tanto como yo pensaba.

Creí que iba a desear querer morirme. Creí que me derrumbaría ahí mismo pero no fue así. Traté de mantenerme con la cabeza despejada y tomé lo que en aquel momento y hasta ahora me pareció la mejor decisión.

Con mucho dolor me despedí de mi padre, de las personas que me demostraron su cariño sincero, de la casa que entre tiempos me vio crecer y salí de ahí sin detenerme a mirar atrás mientras escuchaba mi nombre, rodeada de unos fuertes brazos que han sido mi apoyo desde mucho antes de ese día.

Edward se preocupó y me llevó a Malibú para pasar unos días cuando yo lo único que quería era irme a casa para tirarme en la cama y dormir. Pero él no me lo permitió. Él hizo conmigo lo que se supone que hacen esas personas que te quieren y se preocupan por ti. Me cuidó, me mimó y el trago amargo se disolvió en un hermoso tiempo que pasamos juntos.

Pero todavía tenía miedo. Miedo a despertar un día y no hacerlo junto a él; miedo a que también un día, yo no le pareciera tan importante como hasta ahora. Si mi padre me había demostrado eso, ¿porqué Edward no lo haría?

Pero el lugar, la naturaleza, el mar, me dieron la fuerza para decidir lo que quería y lo iba a hacer, aún con esos miedos. Yo iba a tomar todo lo que él me ofreciera, si era cariño lo tomaría, si era solo preocupación lo aceptaría y si era amor… disfrutaría de cada instante que él me regalara. La pregunta era si había conseguido reunir la fuerza necesaria para enfrentarme a recibir lo que él tuviera a bien darme, si sólo podría conformarme con eso.

Los días que pasamos en Malibú fueron maravillosos; él también estaba disfrutando mucho de esa libertad que respirábamos a cada segundo. Sin formalismos de ningún tipo, ni preocupaciones, ni nada que nos recordara que afuera había un mundo que giraba sobre un eje diferente al de nosotros. Tan ajenos a él nos encontrábamos que ni siquiera nos dimos cuenta que era la última noche del año y para nosotros, fue la mejor. Decidimos no salir y tener una cena común preparada por él, vestidos con ropa imposiblemente más informal que nunca y descalzos. Bailamos sin música, me besó y sentí que lo amaba con todas las fuerzas de mi alma. Hicimos el amor bajo esa noche sin luna pero llena de estrellas y fui feliz.

Volvimos a casa y el miedo y la aprehensión que desaparecieron en la playa retornaron con más fuerza. Yo no sabía qué era lo que me tenía con la angustia atorada como un nudo en la garganta, por más que intentaba no podía encontrar una razón para el grado de ansiedad que me dominaba y que no me tenía tranquila.

Debía ser con seguridad, que por las tardes, después de salir de la agencia, iba a mi apartamento y empacaba mis cosas. Las que con el poco o mucho dinero que ganaba mientras tenía algún trabajo en la universidad me había comprado y las cuales adoraba. Guardé mi ropa, mis cuadros que no eran otra cosa que copias baratas del mercado del arte, mis libros, mis lindas sábanas de todo tipo de flores, mi vajilla para cuatro personas con diseño de los girasoles de Van Gogh, los baúles de mimbre que usaba como mesitas de café, guardé tantas cosas en esas cajas mientras lloraba sin cesar y miraba las paredes de mi espacio, ése que yo había elegido para vivir y que mi padre me regaló.

Pero yo no podía permanecer por más tiempo en ese apartamento porque yo ya no encajaba ahí. No me sentía cómoda permaneciendo en él después de todo lo pasado y había decidido devolvérselo a mi padre para no sentirme atada a él de ningún modo que no fuera solamente por el amor y el cariño que siempre iba a sentir por él, pero necesitaba que lo entendiera y que supiera que a pesar de todo, jamás dejaría de quererlo y de ser su pequeña, su adorada hija Bella, y pudiera ser que yo tuviera muy clara la decisión que había tomado, pero nunca sería fácil llevarla a cabo.

Por varios días fui a mi apartamento para empacar y terminar con esa tarea. Lloraba, me paseaba por cada habitación y cuando sentía que no podía más, salía de ahí rumbo a casa de Edward, mi refugio. Trataba de llegar con tiempo para remediar algo de mis hinchados ojos y que no pusiera el grito en el cielo, porque lo conocía y era mejor no decirle nada mientras yo no hubiera encontrado un lugar para mi. Una noche fue imposible ya que esa tarde guardé algunas cosas de mi madre y no pude parar de llorar; al llegar a casa puse la mesa de la cocina, donde ya nos habíamos acostumbrado a cenar, muy linda como a Edward le gustaba y cuando llegó y me vio, rompí en llanto. No pude más que decirle que era porque había estado en mi apartamento y lo entendió pero me prohibió ir de nuevo, yo solo asentí aunque sabía que le estaba mintiendo porque era obvio que regresaría.

Durante todos esos días, Edward se portó muy comprensivo y cariñoso. Era verdad que la intimidad entre nosotros ya no era la misma de antes pero sabía que de algún modo, Edward me estaba dando tiempo para asimilar todo lo ocurrido en mi vida y lo acepté; no era como si tuviera otro remedio pero yo… yo necesitaba a Edward de otra forma además del hombre en el que se había convertido. Yo necesitaba esa fuerza, ese empuje, ese sexo febril que me hacía perder la razón, olvidarme de todo y ser la mujer sumisa, dócil, entregada a él, a sus deseos, a sus demandas, a sus caprichos. Lo añoraba y lo necesitaba porque sentía que toda su fuerza ejercida en mi, lavaba todo de mi alma, inclusive hasta mis buenos deseos y me hacía ansiarlo otra vez.

Y yo rezaba porque me lo pidiera y un día me llevara de nuevo al cuarto de juegos, que me tomara como él quisiera y me llevara hasta el punto que las sensaciones fueran tan intensas hasta que sintiera que simplemente mi cuerpo ya no me pertenecía, que era solo suyo y él tenía el poder para decidir lo que yo pudiera sentir. Abandonarte a él. Eso era tan…

***

–Te vas a ir derechito al cielo junto con tus botas rojas, Jane – le dije con la boca llena –, desde que ahora me compras dos donas para desayunar, te has ganado tu pase V.I.P.

–Es mi idea o de plano esto lo único que comes en el día, ¿eh? – me miró entrecerrando los ojos.

–No, yo ceno con Edward todas las noches.

Me sacó la lengua y salió de nuestra oficina pero no sin antes aventar el periódico sobre su escritorio. No lo tomé en cuenta hasta que un rato después necesité algo de su lugar y al acercarme vi que se había abierto en los clasificados. Con interés lo tomé y comencé a leerlo con avidez buscando la respuesta a mi problema que estaba tardándome en solucionar. Tenía que encontrar un apartamento ya.

Por el resto del día, me pasé haciendo llamadas y concertando algunas cita para visitar los que me habían interesado. De muchos pude ver las fotos en el Internet y de inmediato quedé prendada de uno muy parecido al mío aunque un poco más pequeño. Total, yo no necesitaba algo tan grande si pasaba tanto tiempo con Edward, ¿no?

Estaba tan ocupada que hice el trato por teléfono y al día siguiente un mensajero me entregó las llaves y mi contrato, ya solo faltaba llevar mis cosas y para eso contraté una mudanza. Lo fácil ya estaba hecho, faltaba lo difícil, entregárselo a mi padre, pero para eso tenía que volver a San Francisco porque quería hacerlo personalmente y además tenía que contárselo a Edward. Sabía que la idea de irme aunque fuera por solo dos días no iba a gustarle pero tampoco se enojaría; él entendería lo que tenía qué hacer y me apoyaría.

Esa noche no descansé mucho; Edward me llamó para decir que cenara y no lo esperara porque tenía un compromiso. Me acosté y al verme sola, el peso de todo lo acumulado en los últimos días me golpeó. Lloré mientras me repetía una y mil veces que lo que estaba haciendo estaba correcto, que de eso se trataba la vida, de arriesgarse, de tomar decisiones y elegir acertadamente y si no, pues ya sabías donde y porqué te habías equivocado y seguías adelante. Eso era parte de la vida y se llamaba madurar.

En algún momento de la noche, ese calor y ese abrazo al cual me estaba acostumbrando demasiado me rodeó. Al instante me sentí más tranquila y aunque me encontraba en ese punto en el que no detectas si es realidad o un sueño, de alguna forma tenía la certeza de que Edward había llegado y se acurrucaba a mi.

Mi alarma sonó como cada mañana pero Edward ni siquiera se movió. Giré un poco mi cabeza y el olor a bar era inconfundible. Le di unos golpecitos en el brazo pero sin resultados y yo necesitaba salir de su abrazo; si él podía darse el gusto de no ir un día atrabajar, yo no y menos con esa renta nada barata que me había echado encima. Por fortuna se giró y me liberó. Me puse de pie y le puse dos analgésicos junto con un vaso de jugo en la mesita y fui a arreglarme; al terminar volví a la habitación y lo oí dándose una ducha. Le elegí un par de trajes y se los dejé listos sobre la cama que tendí antes. Me gustaba mucho hacer eso, escogerle la ropa, pensar en lo que necesitaría, atenderlo, cuidarlo…

Bajé a la cocina y preparé café. Me serví una taza grande cuando estuvo listo y me lo tomaba con calma mientras pensaba en todo lo que tendría qué hacer ese día cuando lo sentí entrar. Le serví una taza y de inmediato notó mi preocupación. Como pude me expliqué sin mentirle ni dejarle nada en claro pero cometí un error al darle a entender que no tenía ya a nadie conmigo. Se ofendió un poquito pero enseguida le dije que él significaba mucho para mi, demasiado…

–Dímelo – me exigió en un susurro.

–Ya lo sabes.

–Quiero oírlo de tus labios – insistió.

–Te quiero, Edward.

–¿Solo me quieres? – entrecerró los ojos y me miró dolido.

–Yo… no puedo… permitirme más – le dije aunque hacía mucho que ya lo amaba solo que no podía decírselo.

–¿Por qué no? – comencé a sacudirme entre sus brazos, con miedo a confesárselo.

–Isabella… si yo pudiera ofrecerte más, ¿lo considerarías?, ¿considerarías la posibilidad de ir más allá de quererme?

¡Dios!...

Sus labios tocaron los míos y con una ternura que no podía asimilar aún, me besó, con suavidad, con delicadeza.

–Permítetelo, Bella. Hazlo, amor, hazlo porque yo… yo me lo estoy permitiendo.

Y me abrazó tan fuerte que todo mi cuerpo protestó en silencio porque él también lo deseaba.

Toda esa mañana me la pasé en una nube esponjosa y blanca, suave como la seda y eso si, muy alta. Me costó muchísimo concentrarme en los últimos preparativos para el comercial y de no ser por Jane, se me hubieran pasado algunas cosas muy importantes.

Estaba con mil pendientes; tenía qué revisar toda la logística para la grabación del comercial y además no podía descuidar los últimos detalles de la campaña de Newton, que para nuestra mala suerte, nos sorprendió cambiando de opinión a último momento y yo estaba a cargo de hacer esos cambios.

Necesitaba un respiro y no tuve ningún problema en arrastrar a Jane para comer fuera, no a un restaurante cercano de los que ya nos sabíamos el menú de memoria; quería algo diferente y bonito, así que nos subimos al auto y Paul nos llevó a Soho, al Spaccanapoli. A decir verdad, no estaba realmente hambrienta al salir de la agencia pero al llegar al restaurante, esos aromas especiados me abrieron el apetito y pedí un plato con una generosa porción de fettuccini a las hierbas. Como era lógico no me lo terminé, pero lo que comí más el delicioso vino, el ambiente relajado, acogedor y la compañía de mi amiga me hicieron olvidar mis deberes y mi nube blanca y tersa se esponjó de nuevo… “Permítetelo, amor”…

Ojala y todo hubiera podido ser tan fácil como eso. Ojala no hubiera existido un contrato de por medio con un tiempo de expiración que fuera a marcar un antes y después en mi vida. Ojala que Edward no se estuviera transformando en ese hombre maravilloso que estaba haciéndome perder la razón un poco más cada día y me estuviera llevando a rendirme y permitírmelo, como él quería y poniendo a prueba mi resolución de aceptar lo que él quisiera darme, a la que cada vez le encontraba más puntos en contra.

La verdad había caído ante mis ojos como una pesada cortina. Yo sabía que por mi propio bien, por mi seguridad y por mi futuro, no podía hacerlo. Debía mantenerme firme y aunque por dentro mi ser entero estuviera entregado a él, aceptarlo abiertamente sería muy peligroso para mi porque si reprimiendo mis sentimientos no iba a saber como seguir adelante sin él cuando todo terminara, no me imaginaba como podría hacerlo si le confesaba mi amor.

Lo más coherente, era pensar en mi futuro; debía tener presente que todo acabaría un día y que no me podía permitir que cuando ese momento llegara, no fuera a ser capaz de seguir adelante con mi vida. Y debía hacerme dura porque además de que tendría roto el corazón, también estaría sola.

Por el momento, lo único que podía hacer era continuar como hasta ahora y disfrutar en silencio de la casi declaración de Edward esa mañana. Quizá fue solo un lapsus que tuvo y de pronto lo dijo, no sabía, pero sí podía continuar soñando con todo lo que podría ser si nuestra realidad fuera otra.

Suspiré y me obligué a permanecer fuerte. No iba a dejar que ese pequeñísimo detalle empañara mi alegría, festejaría a mi modo y hasta cierto límite, ¿qué más podía hacer? Con una sonrisa, pagué la cuenta y salimos para volver al trabajo. Por la hora, nos atoramos un poco en el tráfico pero no nos apuraba; tener un mejor puesto en la agencia tenía sus privilegios y mientras Jason luchaba por salir del embotellamiento, Jane y yo platicábamos de cosas sin importancia hasta que por primera vez, me fijé con detenimiento en un anuncio enorme en la pantalla de Trafalgar Square.

–Ingenioso, ¿verdad?

Jane preguntó sin mirarme. Tanto sus ojos como los míos estaban clavados mirando la publicidad del anuncio que desapareció en un instante y volvió a aparecer de nuevo en menos de treinta segundos. No había ninguna leyenda, ningún sonido, nada, solo era un auto de una línea impecable que se deslizaba por las calles de Londres, en un día con poco sol pero el auto emanaba una luz que hacía voltear las cabezas y de noche, atraía la atención por su brillo y color rojo sangre, vivo, y al final, el emblema de la agencia automotriz… Black&Motors.


Dios, no. No podía ser él…

–Bien dice el dicho, “una imagen dice más que mil palabras”, ¿no, Bella?

No pude responderle nada, seguía en shock. Tuve que inclinarme y poner mi cabeza sobre mis piernas debido al mareo que me dio. Noté que también estaba helada y mis manos sudaban.


No, por favor, no lo permitas…

–¿Te sientes bien?

Escuché lejana la voz de Jane y asentí a duras penas mientras en mi mente él aparecía como una película antigua.

–Estás preciosa, Bella.


–Gracias, Jake.


–Yo sé que ésta noche va a ser muy especial para los dos, pero, ¿estás segura, Bella?


–Si, muy segura.


–Entonces ven y déjame cumplir tus deseos…

Me agarré la cabeza con fuerza e hice el intento de mantenerme serena. Ya faltaba poco para llegar a la agencia y no podía quebrarme ahí, además, ¿por qué lo haría? Eso había sucedido hacía años y era una travesura de adolescentes eufóricos y ansiosos por experimentar cosas, aunque yo no lo hubiera tomado tan bien al principio.

Y tampoco después y hasta hoy te persigue esa “experiencia”.

Era verdad. A quien coño quería engañar. Esos recuerdos me hacían daño, me lastimaban y mermaban mi calidad de vida; nunca podría sentirme liberada de ellos y la culpa era solo mía, por ingenua, por confiada, por estúpida.

Estaba tan confundida y me sentía tan sola que lo único que podía hacer era rezar para poder continuar con mi vida como lo había hecho hasta ese momento. Tenía que poder porque era mucho lo que había logrado y ni él ni nadie podría quitarme las fuerzas que tenía para sobrevivir, como me decía Edward. Él tenía razón y yo debía escucharlo, debía guiarme de sus palabras porque me había demostrado ser mucho más que solo mi dueño y ya estaba muy segura de que solo quería mi bienestar.

Fue un poco difícil disimular todo lo que pasaba dentro de mi. Esa batalla de pensamientos, teorías, deseos, actitudes, todo, y haciendo uso de toda la concentración que estaba a mi alcance, pasé el resto de la tarde fingiendo estar muy concentrada en mi pantalla. Al llegar la hora de salir, solo le pedía a Dios me ayudara porque iba a necesitar de toda su fuerza para continuar, porque para mi, el solo seguir viviendo como lo había hecho y ahora teniéndolo ya relativamente cerca, iba a ser todo un reto.

Me despedí de Jane y antes de ir a casa con Edward fui a mi apartamento. Ya no quedaba nada por guardar pero sentía la necesidad de estar ahí aunque fuera un rato para gritar y llorar de coraje y frustración por haber sido tan tonta y no haberle seguido la pista al maldito de Jake durante todo ese tiempo. Si lo hubiera hecho no tendría esa angustia de tenerlo cerca y tampoco estaría tan expuesta a él, como sentía que lo estaba.

Entonces tomé mi bolso y saqué mi teléfono para hacer una cita al día siguiente con el Dr. Bower; el era el único que me podría ayudar a atravesar por ese problema y esa era una decisión madura, pedir ayuda y no pensar que yo sola podría con todo, como me había dicho una vez.

Con mi cita lista para el día siguiente y solo un poco menos afectada, me fui a casa. Edward llegó un rato después, me abrazó por detrás y muy cariñoso me preguntó si deseaba hacer algo después de cenar. Estaba tan incómoda tratando de que no se notaran mis nervios y mi miedo que pensé que lo mejor sería acostarme y tratar de relajarme todo lo posible y descansar, pero Edward de pronto salió con la tontería de que no le gustaba mi trabajo y tampoco como nos manejaba mi jefa; me soltó un discurso infantil que fue encendiendo mi enojo y discutimos. De alguna manera me ayudó porque debido a eso, mi problema con Jake no fue solo lo que ocupó mi cabeza esa noche y aunque no me fue fácil, logré dormirme no mucho tiempo después.

A la mañana siguiente, apenas abrí los ojos, con un beso y una disculpa se acabaron nuestras malas caras y fue lo mejor para empezar el día, el que no contaba con que fuera a resultar tan complicado ya que a media mañana recibí una llamada de la compañía de mudanzas que por un error se adelantaron un día para ir a recoger mis cosas y llevarlas a mi nuevo apartamento.

Como siempre, Jane sin entender ni media palabra de lo que le decía, se quedó al frente mientras salía para ir terminar de una vez por todas con el traslado. Como si fuera poco el haberse equivocado de día, los hombres de la compañía llegaron bastante retrasados y mientras les indicaba qué cajas eran de manejo delicado, una llamada entró a mi teléfono, era mi padre. El aparato sonaba y vibraba entre mis dedos que lo mantenían fuertemente apretado hasta que oprimí la tecla verde.

–Hola, papá – lo saludé ansiosa.

–Bella, hija, ¿cómo estás? – me emocionó tanto escucharlo que mis ojos se llenaron de lágrimas.

–Bien, papi – le respondí con cariño –. ¿Y tú?

Se escuchó un suspiro profundo y luego un silencio no muy largo.

–Ahora que te escucho, me siento mejor – casi pude verlo sonreír y me sentí algo culpable –. Hija, yo… quisiera verte.

–Claro, papá, voy a pedir un par de días en la agencia para estar contigo lo antes posible.

–No, Bella, no tienes que ir… yo estoy aquí – una ráfaga fría me envolvió –. Tenía que venir, no podía dejar así las cosas.

Eso fue lo mejor que pudo haberme dicho mi padre para iluminar mi día y mi vida; él tenía mucha razón, yo debía explicarle porqué estaba tomando esas decisiones y ya que estaba ahí, el mejor lugar para hablar era ese apartamento. No demoró mucho en llegar; en menos de media hora escuché su voz detrás de mi.

–¿Qué es todo esto, Bella?

Me giré con rapidez y lo vi en medio de las cajas, desconcertado, mirándome fijamente.

–Papá – dije calmada avanzando hacia él y lo abracé fuertemente. El me devolvió el abrazo y besaba mi coronilla una y otra vez; yo enterré mi rostro en su cuello y respiré ese aroma a maderas, ese olor a mi papá, a casa, a seguridad…

–¿Qué estás haciendo, Bella? – me preguntó titubeante y supe que el momento de hablar había llegado.

–Madurando, papá.

–No entiendo…

–Tengo que valerme por mi misma – suspiré –. Tengo que demostrarme que soy lo suficientemente capaz de no ahogarme y mantenerme a flote. Y yo sé que me dirás que no tengo necesidad de esto pero estás equivocado, papá, no se trata de dinero; siempre he sido muy dependiente de alguien o de algo y ya es hora de que yo misma empiece a vivir y a madurar… No pudo haber mejor momento que este para que tomara esta decisión. Con todo lo ocurrido, hubiera sido muy fácil que me escondiera en un rincón a llorar y a lamentarme pensando que ahora sí mi mundo se había acabado pero no, tengo esperanzas y muchas ganas de ser una mujer fuerte e independiente. Tengo un buen trabajo, no estoy sola y… sé que puedo hacerlo.

Solo con decir esas palabras me sentí más ligera y para mi sorpresa, no lloraba, con cada afirmación me hacía más fuerte y eso me empujaba a seguir sincerándome con mi padre.

–Claro que no estás sola, me tienes a mi y a las chicas – dijo con inocencia y me enojé porque además de todo, ese par al que todavía me tomé la molestia de defender, ni siquiera tuvo el valor de explicarle a mi padre que desde hacía mucho tiempo, me habían dejado sola.

–Vaya – dije tratando de contener mi enojo –, parece que tus chicas no te han dicho nada, ¿verdad?

–¿De qué hablas?

–No es nada, olvídalo.

Comprendí en ese instante que Edward trataba de protegerme al no querer que hablara con ellas porque con toda seguridad volverían a hacerme sentir como una traidora cuando ellas eran peor que eso al aparentar con mi padre que todo estaba bien entre nosotras.

–Papá, quiero devolverte tu apartamento. Quiero seguir por mis propios medios y darme la oportunidad de salir adelante…

–¿Salir adelante? Por Dios tú eres Isabella Swan, no necesitas esto porque tú estás delante de todo, me he esforzado para que así sea pero tú nunca has querido nada de mi, Isabella, nunca te has interesado por lo que he luchado en hacer crecer para ti, para que tuvieras un patrimonio y mis nietos algo que su abuelo hubiera construido para ellos, pero no, resulta que eres como tu madre y eso no te interesa. ¿Qué hubieras querido de mi entonces?

–Solo estar contigo, papá, solo eso. A mi no me hubiera importado que no tuvieras una gran empresa, ni dinero, yo solo te necesitaba a ti.

–Me reprochas que haya hecho lo que creí que era mejor para ti… – dijo mirando al suelo.

–No, solo te digo que ha llegado el momento de que haga lo que yo creo que es mejor para mi.

–No tienes porque hacer esto, hija – luchaba por convencerme.

–Sí, sí tengo – dije convencida –. Tengo que hacerlo porque no quiero tener nada que me implique una obligación contigo.

–Estás siendo un poco intransigente, Bella, yo nunca te he exigido nada – no se trataba de eso pero, ¿cómo hacerlo entender?… me apresuré en seguir hablando antes de que todas mis convicciones se derrumbaran.

–Éstas son las facturas de los servicios, todas están al día. Los muebles que quedan son los que compré con tu dinero, no me llevo nada de eso y toma, éstas son del apartamento y éstas otras, del auto – las tomó tembloroso.

–Bella…

–Muchas gracias, papá, por todo. Y no pienses que hago esto porque no te quiero y me estoy desquitando por lo que pasó, porque no es así. Lo hago porque siento la necesidad de cortar contigo este cordón, así ya nada me ata a ti más que el cariño tan grande y desinteresado que te tengo.

–¿Lo haces por él, Bella? – su pregunta me tomó desprevenida, pero era lógico que pensara eso.

–Lo hago por mí – le confesé pero sabía que no me creería.

–¿Están viviendo juntos? – no mentiría, él merecía mi franqueza.

–Si.

–Las chicas… ellas dicen que él es peligroso – en un instante la ira me cegó y apreté los puños para controlarme. ¿Con qué derecho se atrevían a hablar de nosotros con mi padre?

–Ellas no lo conocen, nunca le dieron esa oportunidad y a mí tampoco, me dieron la espalda y durante todos estos meses me he tenido que acostumbrar a estar sin ellas, solo él me ha apoyado y se ha mantenido a mi lado sin importarle nada – papá me miró sorprendido.

–Bella, ¿lo amas? – tragué en seco. De mi respuesta dependía cómo nos miraría mi padre a Edward y a mi a partir de ése momento, y decía “nos” porque él sabía que yo no me enamoraría de un hombre cualquiera. Tenía que ser alguien que se ganara su respeto pero… ¡al diablo! Yo amaba a Edward.

–Yo… sí.

Dije mirando fijamente los ojos de mi padre que a su vez hacía lo mismo conmigo. Por varios segundos permanecimos así, leyéndonos el uno al otro y sabía que él había logrado ver más allá de mi.

–¿Sabes que dicen que para ganar una guerra el arma más poderosa es el amor?

Negué despacito con la cabeza.

–Y esta es una guerra de poderes, Bella. El poder que como padre ansío seguir teniendo sobre ti y el poder que Edward tiene sobre ti porque lo amas. Él ha ganado y así es como debe ser.

Dijo mi padre sonriéndome triste y resignado.

–Yo no he dejado de quererte menos.

–No, pero él es tu prioridad ahora.

¿Mi prioridad?

–Todo en esta vida tiene que ir cambiando, hasta los afectos, no sería sano si no fuera así.

Abracé a mi padre con fuerza y lloré en su pecho no de tristeza ni de alegría, lo hice porque me sentía en paz conmigo misma y sabía que eso era lo que necesitaba para mirar al frente.

Por un buen rato, papá y yo estuvimos en el apartamento. Lo recorrimos recordando cuando se lo mostré por primera vez y le rogaba que aceptara comprármelo. También la primer vez que llegó a visitarme y muchos momentos especiales que había pasado en él. Lo animé para que Carmen lo redecorara y pudieran venir más seguido a visitarme. No supe si la idea le gustó o no, no dijo nada; tampoco me preguntó adonde llevaría mis cosas ni que pensaba hacer a partir de ese momento pero lo hice, le conté que aunque estuviera con Edward quería tener mi propio lugar y solo me miraba asintiendo ligeramente; suponía que le estaba costando un poco aceptar la madurez de su hija.

Cuando al fin tomé consciencia de la hora y de que los hombres de la mudanza me esperaban para ir a mi nuevo apartamento, le pedí a papá que me acompañara porque ya que estaba ahí, quería que fuera el primero en verlo. Bajamos por la escalera y al salir, lo primero que vimos fue a Edward recargado el su auto, esperándome.

–Edward.

Dije en un murmullo de asombro. Él se acercó, me miró con una extraña sonrisa en esos labios perfectos, acarició mi mejilla con el pulgar y me besó dulcemente. Luego giró un poco y extendió la mano hacia mi padre que lo miraba serio.

–Señor Swan.

Papá extendió también la mano y se dieron un fuerte apretón. Por un momento creí que saltarían chispas cuando sus manos se tocaran pero para mi tranquilidad, no pasó nada.

–Edward – lo saludó papá demasiado frío y formal pero no estaban queriéndose abalanzar uno sobre el otro.

Fue entonces que recordé al camión de la mudanza con mis cosas y giré la cabeza buscándolo pero no lo vi por ningún lado.

–El camión con mis cosas – dije algo preocupada.

–Ya me he hecho cargo de todo, cariño, no te preocupes por nada.

Lo miré buscando algún rastro de enojo al ver lo que estaba haciendo sin comunicárselo pero no había más que un brillo hermoso en sus ojos verdes.

–¿Me permiten invitarlos a comer? – preguntó sin dejarme de mirar.

–Gracias, pero Carmen está esperándome en el hotel – respondió papá.

–¡Carmen! Ha venido contigo – sonreí.

–Eso no es ningún problema, señor Swan, ahora mismo mando a Paul para que pase por ella y nos encontremos en el restaurante.

–Eso está perfecto – respondí antes de que se fuera a negar.

Cuarenta y cinco minutos después, Carmen y yo nos abrazábamos emocionadas. Saludó a Edward tan efusiva y cariñosa como era y a papá lo abrazó y lo besó orgullosa, seguro porque todo había salido bien conmigo.

No fue una comida totalmente alegre, como si hubiéramos dado borrón y cuenta nueva a todo el asunto pero tampoco fue un desastre. El único que no se adaptaba y se notaba algo incómodo era papá y de vez en cuando miraba a Edward con recelo, como si estuviera esperando un desliz suyo para caerle encima, pero conociendo a Edward eso nunca iba a suceder y tampoco tenía porqué.

Dejando de lado la reticencia de papá, teníamos una conversación muy agradable, Carmen estaba encantada de que estuviéramos juntos y a cada rato nos tomaba de las manos y nos sonreía. Pasarían una semana en Londres y luego irían a recorrer algunos países; me contaba emocionada de los planes que tenían y de todo lo que quería conocer porque esa era su primer vez ahí. Yo la escuchaba pero sin poder disimular lo feliz que estaba porque al fin, estaba bien con los dos hombres de mi vida y agradecía que ambos estuvieran poniendo todo de su parte por mi.

–Antes de irnos – dijo Edward una vez que había pedido la cuenta –, quisiera que me permitieran alojarlos en uno de mis hoteles; sé que a Bella le daría mucho gusto que aceptaran y para mi sería un honor – me sonrió tramposo mientras Carmen daba un gritito de alegría.

–Oh, sería estupendo, ¿verdad Charlie? – se le pegó como gatita y tuve que aguantarme una carcajada. Mi papá estaba perdidamente enamorado de esa mujer y ella lo sabía. Él suspiró larga y profundamente.

–Gracias, Edward, te lo agradezco – aceptó por fin y Edward asintió. Si yo hubiera hecho eso seguro me hubiera ganado una llamada de atención de su parte, pero estaba demasiado contenta como para recriminárselo.

Quedamos de vernos al día siguiente ya que no habían descansado nada y el jet lag los tenía agotados. Mientras nos despedíamos, Edward le daba algunas instrucciones a Paul. Él se encargaría de llevar a papá y a Carmen por su equipaje e instalarlos en el hotel de Edward. Sabiendo que estaban en excelentes manos, me fui con Edward para que me llevara a la agencia para trabajar la última parte del día si es que podía hacerlo con tantas emociones vividas.

Subimos al auto e inmediatamente Edward me tomó sentándome en su regazo. Acariciaba mi pelo y me miraba como si estuviera descubriendo algo nuevo en mi y que le gustaba; tomó mi barbilla atrayéndome lentamente a su boca y me besó con ternura adueñándose de mi y de cada sensación de mi cuerpo para luego dar paso a un beso lleno de pasión, de deseo, de hambre…

–Edward – lo empujé suavemente.

Sabía que no era el mejor momento y que estaba rompiendo un instante especial entre nosotros pero si no lo hacía, las preguntas que rondaban en mi cabeza perderían importancia y yo necesitaba sus respuestas así como sabía que él también necesitaba de las mías, pero no parecía escucharme y su mano iba subiendo por mi muslo, debajo de mi vestido.

–Edward – puse mi mano sobre la suya y lo detuve.

–Dime – su voz grave me hizo estremecer. Quise bajarme de su regazo para poder pensar con claridad pero me mantuvo ahí, fuertemente agarrada con sus manos ya en mis caderas. Inspiré y exhalé despacio.

–¿Cómo… cómo sabías que estaba en mi apartamento? – me escuché un poco tímida.

Edward solo me miró como si la respuesta fuera de lo más obvia.

–Claro, Paul – negué despacio con la cabeza al mismo tiempo que él asentía haciendo rozar nuestras narices.

A Edward parecía no importarle lo que yo quería saber y solo buscaba mis labios con los suyos y como yo giraba mi cara, besaba mi cuello, mi oreja, me mordía el lóbulo…

–¿Qué hiciste con mis cosas, Edward? – me removí inquieta pero él seguía en lo suyo –. Respóndeme.

–Si sigues moviéndote así, vas a provocar que te haga mía aquí mismo.

–¿Esa es tu respuesta? – me alejé como pude y lo miré ceñuda.

–Por el momento, si.

Me rodeó con sus brazos y me sostuvo así atrapada, respirando en mi cuello, desconcentrándome.

–Pues no me basta, Edward.

–Debería, porque sabes que no haría nada para molestarte.

–Pues lo estás haciendo; no lo sabes pero tengo un apartamento nuevo y esperaba poder llevar mis cosas hoy mismo.

–Resulta que si lo sé y como te dije antes, ya me hice cargo de todo.

–¿Me puedes explicar qué significa eso?

–Significa que olvides el tema porque ya me hice cargo de todo – recalcó.

El tono indicaba que daba por terminado el tema, al menos por ese día. Lo miré enojada y con mucha razón. Yo ya tenía planes y él, como siempre tomaba el mando de todo aunque nadie se lo pidiera. Edward debería aprender a dejar hacerme cargo de mis cosas, de mi vida y yo tenía que procurar eso, si no, ¿cómo iba a madurar, a independizarme?

Tal vez debí comentarle desde un principio mis planes pero sabía que de un bufido los descartaría y acabaría haciendo lo que él quisiera y siguiendo sus ordenes y así no era como yo tenía previsto que caminaran las cosas.

–Vendré por ti para ir a casa.

–Puedo tomar un taxi.

–De eso ni hablar.

Contrariada, llegué a nuestra oficina y Jane sonreía de oreja a oreja.

–¿Y ahora? – inquirí con cierto temor.

–No cabe duda que soy genial – se impulsaba dando vueltas en la silla.

–¿Puedo preguntar porqué?

–Porque estuve hablando con Newton explicándole que los cambios que quiere hacer no concuerdan con el comercial y que si sigue adelante con eso parecerán dos campañas distintas.

–No – me llevé las manos a las mejillas –, dime que lo convenciste.

–Lo hice, amiga.

Me fui sobre ella y la abracé. Jane nos había librado de muchas, muchísimas horas extras de trabajo y solo teníamos ya que aplicarnos al comercial. Era un enorme peso menos de encima y mucha tranquilidad ya que solo teníamos que esperar la fecha programada para iniciar y revisar solo unos cuantos detalles.

Ya relajadas, le conté todo mi lío con mi ya ex apartamento y mi apuro por salir corriendo esa mañana por el error de la compañía de mudanzas, que luego llegó mi padre y que la cereza del pastel fue encontrarme a Edward al salir de ahí.

–Tú si que te sabes enredar en los problemas, Bella; mira que no te estoy reclamando porque no me hayas contado lo que tenías pensado hacer, pero dos cabezas piensan mejor que una y ya sabes que yo te hubiera ayudado en lo que fuera, un consejito no te hubiera venido mal.

–Gracias, Jane, lo sé, pero es que a veces yo no pienso y solo actúo por impulso. Esa es otra cosa que… ¡demonios!

–¿Qué pasa?

–¡Mi cita! Y no tengo auto.

–¿Y el grandote? – se puso de pie y se asomó por la ventana.

–Con Carmen y mi padre haciendo el traslado del hotel, no importa, me voy en un taxi .

Oh, Edward se iba a morir cuando se enterara que había tomado uno…

Con mucha menos culpa por irme un poco más temprano, salí de la agencia y me subí a un taxi. Le di la dirección del consultorio del Dr. Bower y por fortuna estuve a tiempo para mi cita.

–Hola doctor.

–Hola, Bella, ¿cómo estuvo tu día?

***

Me despedí del Dr. Bower y al salir, Edward estaba esperándome afuera. Le había llamado en el trayecto al consultorio y al parecer, le dio gusto saber que quería continuar con la terapia y ni siquiera se molestó por lo del taxi.

–¿Lista?

–Siempre.

Le contesté y me sonrió fascinado por mi respuesta. Ya en el auto, seguía portándose cariñoso y no desaprovechaba ningún descuido mío para besarme y acariciar cualquier parte de mi cuerpo.

–¿Sabes? – dijo entre besos –, ya puedo responder la pregunta que me hiciste esta tarde.

Abrí los ojos desmesuradamente y lo miré haciéndolo hacia atrás empujando su pecho con mis manos.

–Entonces, si te vas a dignar en contestarme, ¿no? – y mi nalga recibió una buena nalgada con la palma bien abierta; cómo las extrañaba…

–Me parece que últimamente estás muy respondona y esa no es la Isabella que me gusta – me reprendió.

–¿Me vas a castigar? – pregunté esperanzada y Edward solo me miraba tenso.

–No.

–¿Por qué no? – hice una carita triste.

–¿Vas a cuestionar mis decisiones? – enarcó una ceja y me puse seria.

–No, señor.

–Eso es, pórtate bien.

Después de eso él también se mantuvo serio y correctamente sentado en su lugar, con mi mano en su muslo y la suya sobre la mía. Me ponía nerviosa la incertidumbre.

–¿A dónde vamos?

–Sé paciente, Isabella.

No tuve que esperar demasiado ya que Dean se detuvo en Pont Street, una calle muy linda y elegante del barrio de Chelsea. Edward me ayudó a bajar y entramos a un edificio por demás hermoso. Me llevaba tomada de la mano mientras oprimía el botón del ascensor.

Me abstuve de preguntar de nuevo porque yo sabría todo cuando él lo quisiera y no antes, así que cuando salimos del ascensor, caminamos unos pasos a la derecha hasta llegar a una puerta blanca y ancha con el número 102 a un lado del marco.

Edward abrió y haciéndose a un lado para dejarme pasar; entré avanzando lentamente a un área enorme, muy clara al igual que sus pisos de madera pero vacío, solo un sillón de descanso oscuro y moderno estaba en una esquina del salón.

Giré para ver a Edward y con una señal de su mano me indicó que siguiera avanzando hacia las otras habitaciones. Era un apartamento precioso; me estremecí. Tenía una vaga idea de lo que significaba nuestra presencia ahí; sacudí mi cabeza casi imperceptiblemente, deseando no tener razón mientras caminaba despacio por cada hermosa habitación del apartamento. Edward me seguía pero se mantenía alejado de mi, observaba cuidadoso cada gesto de mi rostro, como un tigre que rondaba a su presa adivinando su reacción. Cada segundo que pasaba mirando las paredes blancas, las lámparas, los gruesos cristales que soportarían libros o adornos en aquel espléndido librero empotrado, cada instante, me gritaba que no me había equivocado y que Edward solo esperaba el momento para dejar caer la aseveración que tanto temía.

Salí de la cocina y me quedé de pie en medio del salón, mirándolo.

–¿Te gusta?

–Si.

Le respondí sincera mientras caminaba hacia mi. Fue acercándose despacio y tomó mi cara entre sus manos levantándola para besarme con ternura y después me apartó un poco.

–Es tuyo.

–Mío…

Mi voz era un susurro que denotaba mi sospecha confirmada. Di un hondo respiro para ingresar oxigeno a mi cuerpo y cerebro para poder pensar con claridad y objetividad. Puso en mis manos un juego de llaves con un listón rojo y Edward debió notar algo de decepción en mi rostro porque enseguida comenzó a hablar.

–El lugar es nuevo y como puedes ver, está en la mejor zona de Londres. Podrás decorarlo como tú quieras, Bella.

–Edward… – lo interrumpí pero me ignoró y continuó.

–Puedes cambiar lo que no te guste, los pisos, las ventanas, puedes hacer lo que desees con él…

–¿Lo que yo desee? – lo miré directamente a los ojos.

–Si.

Extendí mi mano hacia él.

–Entonces te lo devuelvo.

Su rostro se descompuso.

–¿Qué quieres decir con que me lo devuelves? Tú no puedes hacer eso, ¡es tuyo!

–Edward, este lugar es un sueño, pero no puedo aceptarlo.

Se quedó mirándome como si no hubiera entendido mis palabras hasta que por fin habló.

–¿Por qué no puedes hacerlo? – su ceño fruncido indicaba que no estaba contento con mi negativa.

–Porque no has entendido porqué le devolví mi apartamento a mi padre… yo no lo hice por capricho, Edward, lo hice porque necesito que sepa que lo que me une a él es cariño, no las obligaciones y compromisos que pueda tener conmigo como padre o yo hacia él como hija, va mucho más allá de eso. También lo hago porque necesito saberme responsable de mi misma, sentir que puedo y que soy capaz de abrirme paso en este mundo.

–Pero eres muy capaz, Bella, y lo sabemos, no tienes qué demostrarle nada a nadie. Mira hasta donde has llegado tú solita, ¿no lo ves?

–Eso aún es teoría, Edward, yo quiero hacerlo de verdad, quiero tener mi lugar, mi espacio, uno que haya obtenido por mi propio esfuerzo, no uno que me regalen tú o mi padre porque seguiría siendo una obligación.

–Isabella… acéptalo.

–No me has escuchado, Edward – casi sollocé frustrada.

–Lo estoy haciendo, Bella – pegó su frente a la mía –, te estoy escuchando y te estoy comprendiendo pero ahora quiero decirte algo y quiero que me entiendas – asentí con la cabeza –. Esta es mi forma de empezar a permitirme todo contigo.

Me separé un poco y lo miré con anhelo.

–Si, Bella, esta es mi forma de decirte que te quiero y que tú también significas mucho para mi, que no quiero hacer otra cosa más que cuidarte, protegerte y darte lo mejor siempre.

–Pero no así, no de este modo, no es así como yo quiero tenerte, Edward.

–Dime cómo, dímelo antes de que me consuma.

Casi sin notarlo me arrastraba al único mueble en el lugar. Subí mis brazos rodeando su cuello y cerrando mis puños sobre la gruesa tela de su traje y clavando mi rostro entre su cuello y el hombro.

¿Cómo alguien podía vivir dos sensaciones opuestas al mismo tiempo?

Yo amaba a ese hombre, lo amaba así, con toda su complejidad, su oscuridad, sus manías y sus arrebatos; amaba al ser dominante, indomable y a veces cruel que habitaba en él y que me volvía loca cuando emergía pero también adoraba al Edward contenido, al Edward cariñoso, consentidor y preocupado. Al Edward tierno que me hacía el amor con una sublime delicadeza y me llevaba a tocar el cielo, al hombre que me hacía sentir aunque solo fuera una ilusión, que me amaba como yo a él.

Y sin embargo no soportaba que todo fuera un maldito espejismo; dolía estar consciente de que sus cuidados, sus caricias, sus atenciones, todo eso que hacía titilar esa llamita de esperanza muy dentro de mi corazón, fueran producto de una obligación conmigo adquirida. Aunque, ¿quién me explicaba cómo esa obligación también contemplaba el seguirme atravesando todo un océano?, ¿a tanto se comprometía cada vez? Dios, no quería ni pensar en ello, no podía soportarlo. Me aferré a él con más fuerza…

–Dilo, Isabella – me insistió –. Dime como me quieres tener – me recostó en el sillón.

–¿Por qué me presionas? – levanté mi rostro para darle acceso a mi cuello.

–Porque me estás matando con tu silencio. Habla ya… – su lengua acariciaba mi yugular pulsante.

–No lo sé, Edward, no lo sé – declaré en un gemido.

–Si lo sabes, amor, quiero escucharlo – sus dientes mordieron el vibrante punto y mi cuerpo se arqueó en respuesta.

–No sigas… – le pedí luchando contra mis deseos pero no me escuchaba.

Edward tocaba mi cuerpo sobre la tela de mi vestido y yo sentía que me ahogaba. Él me haría suya ahí mismo, en ese sillón y yo no podría objetar nada y era una hipócrita porque lo deseaba pero el remolino de contradicciones me hacía luchar por detenerlo.

–¿Por qué no eres sincera, Isabella? – dijo contra mis labios y volteé la cara. Edward se quedó quieto pero su erección se movió contra mi pierna, casi haciéndome ceder.

–Estoy intentando serlo.

–Pues no te estás esforzando lo suficiente.

Se puso de pie y me miró tendida en el sillón, vencida y sin fuerzas. Se acomodó el saco y dio dos paso hacia atrás.

–Nos vamos – dijo serio –. Te espero en el auto.

Y salió del apartamento cerrando la puerta con suavidad. Dos pequeñas lágrimas escaparon por la orilla de mis ojos y corrieron hacia mis sienes.


Lo que mal empieza, mal acaba, Bella…

Mi día había empezado siendo una completa mierda y de esa misma forma estaba por terminar. Me paré y compuse mi vestido bajo el abrigo, Solo limpié el rastro de mis lágrimas cuando estuve esperando el ascensor y retoqué el suave color melocotón de mis labios, me hice un rápido moño y cuando salí de él, no tenía ni un cabello fuera de su lugar, así caminé hasta el auto y subí a él.

***

El camino a casa fue como entrar en una dimensión paralela. Edward no parecía enojado y aunque no hizo el intento de acercarse a mi o acariciarme, hacía comentarios sin importancia como el preguntarme si quería algo especial para cenar o si tenía frío. Indiferente dentro de su “normalidad”.

Desde luego mi hambre se evaporó con toda la sorpresa del apartamento. Me lamenté por ser tan estúpida y no haber disfrutado aunque fuera por un segundo del detalle. ¿Detalle? Si, claro, un piso completo en un edificio de Chelsea, pequeño detalle. Hubiera sido una increíble sorpresa en otras circunstancias pero no en la mía. No cuando yo buscaba lo opuesto a lo que él quería hacer de nuevo con su “detalle”.

Llegamos a casa y me ayudó a bajar; entramos y me dijo que estaría en su estudio. Fui por un vaso de agua después de preguntarle si deseaba que le preparara algo pero no quiso nada. Le di las buenas noches y me dirigí a las escaleras.

–Isabella – giré para verlo al pie de éstas.

–¿Si?

–Preferiría dormir solo esta noche.

–Claro.

Mi voz tembló al responder ante el rechazo pero me las arreglé para seguir subiendo serena y cuando supe que me había perdido de vista en el pasillo, me detuve recargándome en la pared. Cuando cerré con mucho cuidado la puerta de la habitación detrás de mi, todo el peso de mis resoluciones cayó sobre mi como una enorme piedra aplastando la poca entereza que me quedaba.

Algo no estaba saliendo como lo planeé. Debí cometer algún error porque se suponía que mis decisiones eran correctas y yo debía sentirme bien con ellas, o al menos eso fue lo que el Dr. Bower me dio a entender, porque yo salí de su consultorio plenamente convencida de estar haciendo lo correcto y si no hubiera sido así, era su deber decirme que estaba en un error o al menos hacerme meditar un poco más mi decisión. Pero no lo hizo…

No lo hizo y yo ya no sentía estar yendo en la dirección correcta. ¿Por qué?

Mi padre lo entendió cuando se lo expliqué y hasta me sorprendió al quitarse la etiqueta que yo le había puesto como mi prioridad número uno cediéndosela a Edward. Eso me llegó al alma porque comprendí en realidad lo mucho que me quería y lo maduro que era como padre a pesar de no haber convivido conmigo tanto tiempo.

Él solo buscaba mi felicidad y su amor por mi hacía que diera un paso a un lado para permitirme alcanzarla. De eso se trataba ser padre entonces… cuantas veces uno escuchaba eso por todas partes pero pocas veces nos deteníamos a pensar en ello.

En cambio Edward…

Como el ser dominante que era, tomó todo bajo su mando. Se hizo cargo de lo que él pensó que era un problema para mi, solucionándolo a su modo, de forma rápida y procurando ser tan espléndido para deslumbrarme y no dejar lugar para una negativa. Para tener todo bajo su control y así tener con la tranquilidad de continuar con los hilos de su marioneta en la mano.

¿Pero acaso pensaría en los deseos de su muñeca?

¿Escuchaba razones… ?

No lo hacía. Pude haberme secado la garganta hablando por horas exponiéndole mis motivos y él hubiera seguido terco e inamovible, creyendo firmemente que su forma de resolver los problemas era la mejor pensada y efectiva porque así era él. Yo deseando que me comprendiera, esperando una palabra de apoyo y él sin embargo no me decía lo que yo quería escuchar.

***

–El hotel es primoroso, Bella, de un gusto exquisito – Carmen me contaba feliz por el teléfono.

–Me da mucho gusto saber que están a gusto y a Edward le dará más.

–Tenemos que hacerle un buen regalo y nadie mejor que tú para ayudarme con eso.

–Estaré encantada, Carmen, te llevaré a donde quieras.

–Y te estaré eternamente agradecida por eso.

–Bueno, ¿y papá?, ¿cómo se ha tomado todo?, ¿te ha comentado algo?

–La verdad, no. Estuvo un poco serio ayer pero hoy cuando desayunamos lo vi más tranquilo, creo que está asimilando todo, Bella, dale tiempo. Va a estar bien, no te preocupes por él.

–¿Está por ahí?, quisiera hablarle.

–Está con Edward, aún no vuelve.

–¿Está con Edward? – me alarmé.

–Esta mañana él lo llamó, quería verlo, pensé que lo sabías.

–No, estaba tan distraída que seguramente no lo escuché. Bueno, olvidemos eso, ¿te parece si tú y yo nos vamos de compras?

Como nuestro trabajo se vio reducido gracias a la oportuna intervención de Jane, la invité a ir con nosotras al centro comercial. Necesitaba distraerme y dejar de pensar en ese encuentro entre Edward y mi padre. Estaba segura que de parte de papá las cosas irían civilizadamente y esperaba que fueran igual de parte de Edward. Tenía fe de que así fuera.

Carmen adoró a Jane desde el primer instante y mi amiga adoptó a Carmen como su pupila en cuanto a compras se trataba. Comimos ahí y después recorrimos gran parte del centro comercial en busca de un regalo para Edward pero, ¿qué se le regala a un hombre que lo tiene todo?

–¿Cuáles son sus hobbies? – me interrogaba Carmen pensativa.

Bueno, el hobbie principal de Edward es ser un dominante, someter a su sumisa, o sea yo, y proporcionarle placer por medio de dolor. Para lograr este objetivo hace uso de muchos métodos y variados artículos y juguetes sexuales así como algunos mecanismos especiales adaptados al techo o a las paredes. (Como uno que me encantó donde estás colgada de cadenas que te hacen perder el sentido del equilibrio mientras estás siendo poseída violentamente por tu Señor, o sea Edward.)

–Los caballos.

Salimos del centro comercial con varias bolsas llenas y Carmen con su regalo. Una maravillosa figura trabajada en plata de un caballo con una línea perfecta. Ella estaba feliz con su adquisición y muy ansiosa por entregársela a Edward.

Llevamos a Carmen al hotel y le dije que les llamaría para ir a cenar. Esperaba de verdad que Edward quisiera acompañarnos pero si no lo hacía, no iba a quedarme sin salir con ellos. Era una ocasión especial el tenerlos ahí y no me privaría de estar con ellos todo el tiempo que pudiera.

Aún era temprano cuando recibí un mensaje de Edward.

Te espero en casa en una hora. Sé puntual.
E. Cullen

Rayos. Yo esperaba pasar un rato a la agencia pero quería arreglar las cosas con Edward porque prefería llevar la fiesta en paz mientras Carmen y papá estuvieran de visita.

No me sorprendió ver el auto de Edward en la puerta de la casa. Si tanta prisa tenía por que estuviera puntual, era lógico que me estuviera esperando. Entré y de inmediato me dirigí al estudio, donde se encontraba revisando unos papeles que puso boca abajo apenas me vio. Se levantó, se acerco a mi y me dio un beso en los labios.

–¿Cómo estuvo tu día? – abrí más los ojos por la casual pregunta que me decía que ya se había esfumado su enojo.

–Bien, fui de compras con Carmen y Jane.

–Lo sé – admitió.

–Creo que empiezo a detestar a Paul – respiré hondo.

–Solo cumple con su trabajo.

–Entonces, ¿tengo que empezar a detestarte, Edward?

–No, preferiría que hicieras lo contrario – asentí mordiéndome los labios. Me tomó por la cintura y me acercó a él.

–No soporto que estemos así, Bella – su ronca y sincera voz me estremeció.

–Yo tampoco – confesé –, extraño al Edward de la playa.

–Y yo te extraño a ti. Sé que tenemos que hablar con calma y lo haremos, Bella, te lo prometo.

–Gracias, Edward.

–De nada – besó mis labios –. Por lo pronto, tenemos que vestirnos. Mis padres nos esperan a cenar en un par de horas.

–¡Puta madre!

–¡Isabella! – me reprendió y me sonrojé – no me gusta escuchar malas palabras salir de tu boca.

–Lo siento – me disculpé.

–¿Qué pasa?

–No tengo aún un regalo para tus padres – dije en voz baja.

–¿Crees que ellos te valoran por un regalo que les des?

–No – negué con la cabeza y subimos a arreglarnos.

–Te quiero deslumbrante esta noche. Date prisa, no quiero llegar tarde.

Me di una ducha rápida y envuelta en una bata escogí lo que usaría esa noche. Un vestido largo color fucsia o uno gris con un escote al frente y un bordado muy discreto. Cualquiera sería una magnífica elección. Me recogí el pelo en una media cola algo suelta y me maquillé un poco los ojos y los labios por supuesto. Mis gotitas de la esencia que me trajo Edward de Bali y estuve lista cuando me miré al espejo con el vestido gris. Bajé las escaleras y Edward ya me esperaba.

–Excepcionalmente bella – susurró a mi oído y sonreí enamorada al verlo con su traje oscuro.

Abordamos el auto y miró su reloj.

–¿Vamos retrasados? – pregunté con cierto temor.

–No, solo estoy calculando llegar junto con los invitados.

–¡Invitados! – exclamé sorprendida –. ¿Son muchos?

Acarició mi mejilla mirándome adorablemente.

–No, cariño, solo Carmen y tu padre.*


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¿
¿Cómo les parece que están yendo las cosas? Me encantará saber qué opinan.
Mis eternas gracias a mi Beta Isita María por su tiempo y esfuerzo; a Lethy, a Coco y a Lo por sus ayuda con el blog y las ideas y a mi Nani.
Gracias por sus comentarios.
Besitoo
Li
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