sábado, 24 de marzo de 2012

CAPITULO 29

Sin miedo a las confesiones.

La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco.
Platón.

Ipod: Adele, To make you feel my love
Evanescence, Angel of mine, October.

EDWARD’S POV





–¿Vamos a casa?

–No, cariño.

–¿Entonces?

–Duerme, no te preocupes por nada.

La atraje hacia mí con un poco de dificultad debido al cinturón de seguridad del asiento, el cual ya estaba bien abrochado sobre su abdomen, y le di un beso en la coronilla. Ella se acomodó y escondió su rostro como pudo en mi pecho, como lo hizo desde que abandonamos su casa.

Isabella se desmoronó apenas subió al auto y lloró con fuerza. Podía sentir su impotencia ante el duro golpe, el que una persona tan noble como ella nunca debió haber recibido. No se merecía el rechazo de esas dos arpías que alguna vez se dijeron sus amigas, ese le dolía, pero el que acabó con ella, fue el de la persona que había sido hasta entonces la columna a la cual asirse para mantenerse en pie, su padre.

Hasta ese momento no comprendía qué tan importante era yo para Isabella. No tenía idea de lo que yo, significaba para ella hasta hace un par de horas antes, cuando con esa valentía que solo yo conocía había decidido dejar su casa y a su padre. Con esa firmeza que me estremeció y me hizo sentir aún mucho más protector, la apoyé y lo seguiría haciendo hasta el último instante de mi vida porque ahora yo era esa columna a la que ella estaba aferrada cual tabla de salvación y no le iba a fallar jamás.

Mi cabeza estaba llena de pensamientos que tenía que tomar en cuenta para hacer las elecciones correctas. Si ella estaba dándome la oportunidad y estaba confiando en mí, yo no lo la podía defraudar. Debía pensar e ir incluso un paso más allá de todo para poder darle la seguridad y la estabilidad que necesitaba y de la que careció toda su vida.

No iba a ser fácil, pero yo no quería ni iba a echarme para atrás. Estaba viviendo cosas nuevas, cosas que solo con ella podían pasar y estaba completamente dispuesto a seguir adelante porque yo deseaba eso. Ya no quería estar como un alma errante en la vida, yo la necesitaba para respirar, para estar bien, para dormir, para reír, para sentirme vivo y no como la cruel caricatura que había sido por tantos años.

Era algo complejo aún para mí entenderlo. Todavía me costaba mucho separar muy bien mis deseos y mis necesidades, porque si bien yo deseaba vivir y ser diferente, no podía negar mis necesidades. Esas que sabía muy bien que fueron decisivas para que ella me buscara, las que la atrajeron a mí, pero también las que podían hacerle mucho daño… iba a necesitar de mucho temple frío para manejarme, cambiar y poder entonces tener algo qué ofrecerle a mi mujer porque ¡Carajo! ella era mía y no iba a dejarla ir jamás.

Bella había dormido desde que subimos al avión. Había sido un vuelo muy corto, de apenas unos cincuenta minutos, pero era momento de despertarla. Arrugué mi frente al darme cuenta de que cada vez que Bella pasaba por algún episodio fuerte, después de llorar, dormía. Era como si tratara de esquivar el problema, como si quisiera huir de él. Me maldije por no haber hablado aún con el Dr. Bower, por haberlo dejado pasar.

Algunas horas después, ya de madrugada, Bella seguía dormida, pero ya entre mis brazos. Respiraba tranquila y pausadamente. La moví muy despacio para poder salir de la cama; necesitaba un trago. La acomodé y me dirigí a buscar algo decente en esa casa, y en un mueble tipo barra de bar encontré un brandy que aunque no era de la mejor calidad esperaba que me ayudara a relajarme y pasar la noche. Me serví y me acerqué al ventanal. Era una oscura noche y no se veía nada, pero el hecho de saber que esa espesa negrura frente a mí era el mar, bastaba para retenerme ahí.

Le di otro trago a mi vaso y de pronto escuché un ruido; giré la cabeza y encontré a Bella observándome. Caminó hasta mí y extendí mi brazo para recibirla, ella se acomodó envolviendo mi cintura con fuerza y apretándose contra mí.

–¿Qué haces aquí?

–Me desperté y no estabas.

–Vuelve a la cama, iré en un segundo.

–Entonces te espero.

Exhalé resignado a no tomarme un segundo trago y regresamos a la cama. Ella se sentó y me miró hasta que me recosté y entonces hizo lo mismo, acomodándose en mi pecho. El brandy no tan fino me había relajado bastante y pensé en comprar a partir de ese momento solo esa marca, me hacía mejor efecto que el que usualmente tomaba, que era de mejor calidad y su precio estaba por las nubes.

A la mañana siguiente, me desperté e inmediatamente me sentí observado. En efecto, un par de oscuros ojos cafés estaban fijos en mí. Atraje a su dueña sobre mí y la besé.

–¿Dormiste bien? – mi voz sonó más ronca que de costumbre a esas horas.

–Sí, gracias.

–¿Tienes hambre? – Bella asintió y mi ceño se frunció automáticamente.

–Sí, un poco – respondió.

–La cocina debe tener todo lo necesario, ¿por qué no te adelantas y te alcanzo en un momento?

Isabella asintió – sí.



Entré al baño y satisfice mi primer necesidad básica del día. Después me lavé la cara, los dientes y en boxers salí a encontrarme con Bella a la cocina, pero ella no se había movido de la cama.

–Muy bien, señorita Swan, salga de ahí porque necesito con urgencia un omelete y usted lo prepara muy bien, vamos.

Le di una nalgada y saltó de la cama en un instante, sonrió ligeramente y salimos de la habitación.

Ayudé, si se podía decir así, a Bella a preparar nuestro desayuno. Yo le daba todo lo que me pedía; la abrazaba por detrás y besaba su cuello mientras ella batía los huevos, sacaba los vasos para el jugo, buscaba el café, ponía los lugares… y aunque entendía perfectamente que los ánimos de Bella no estaban al máximo, me sentí increíblemente bien compartiendo con ella esos momentos tan nuevos para mí, me sentí tan… normal, que no creía que algo tan simple como eso pudiera hacerme sentir tan pleno.

–¿Quieres conocer la casa? – le pregunté cuando terminamos de desayunar.

–Voy a cambiarme.

–No es necesario, cariño, nadie puede vernos. Es una propiedad privada y alejada de vecinos y mirones entrometidos.

–¿Y como…

–Ayer mientras hacíamos las maletas llamé a Katie y ella organizó todo. ¿Quieres bajar a la playa?

–¿Así? – se miró.

–Así estás preciosa – se veía adorable con una camiseta mía y nada más; tomé su mano y salimos a la terraza.

Bajamos por las escaleras de madera clara y llegamos a la playa donde la brisa fría y la arena nos recibieron. Isabella daba brinquitos mientras se acostumbraba a pisar la arena húmeda y helada. Después de un rato de caminar un poco, disfrutando de estar al aire libre y solos, me abrazó...

–Edward… – sollozó en mi pecho.

–Hey, ¿qué pasa?

–Volvamos a Londres…

–Bella, este es un lugar muy hermoso y tranquilo, vas a estar mejor aquí que allá – pasaba mis manos por su sedoso cabello.

–Por favor, Edward, llévame a casa – me suplicó.

–No voy a llevarte para que te encierres ahí – dije con firmeza y se tensó –. Bella, mírame, mírame – la sacudí ligeramente por los hombros.

–Vamos a quedarnos aquí unos días, disfrutemos de este paisaje, del mar, de esta paz, descansemos, tú y yo sin nadie que nos moleste, concédeme eso, Isabella.

–No creo ser muy buena compañía en estos momentos…

–Bueno – dije divertido –, estoy dispuesto a hacer un pequeño sacrificio y soportarte – reí –. ¿Qué dices?, ¿vas a hacer tú también un pequeño sacrificio por mí?

Isabella se abrazó a mí como si fuera la última oportunidad de su vida.

–Te quiero, Edward…

Y no necesité nada más para saber que esa pequeña mujer me tenía atado a ella con la cuerda más fuerte que podía existir, la del amor.

***

Malibú estaba resultando ser un buen lugar para Isabella. La hermosa casa, el ambiente relajado, la playa a la mano y el tener que preocuparnos nosotros mismos de cosas tan simples como preparar nuestros propios alimentos parecía estar ayudando a que Bella se sintiera mejor.

Noté, sin embargo, que no se alejaba de mí ni me perdía de vista. Siempre procuraba estar junto a mí en todo momento. En medio de la siesta de la tarde o a media noche se despertaba sobresaltada y me tocaba como si se estuviera cerciorando que estaba junto a ella y no me había ido. Yo la abrazaba, ella ponía su cabeza en mi pecho y seguía durmiendo mientras en mi cabeza ese “te quiero, Edward” resonaba una y otra vez llevando mis pensamientos por caminos que nunca creí considerar y menos hacerlo tan seriamente.

Una tarde, el chico que nos llevaba algunas compras de la tienda se despidió deseándonos feliz año. Así fue como nos dimos cuenta que habían pasado ya casi cinco días de estar alejados del mundo en nuestro refugio. Nos miramos y reímos.

–¿Año nuevo? Eso amerita una celebración especial, señorita Swan, vaya a ponerse mucho más linda y salgamos a cenar.

Ella se tensó un poco, pero no se movió de mi regazo.

–Edward… no creo que podamos encontrar un lugar a estas alturas – dijo tímidamente y con la cabeza baja.

–Sabes que eso no sería ningún problema, Bella – le respondí calmadamente –. ¿Preferirías quedarte aquí y arriesgarte a cenar algo preparado por mí?

Su rostro se iluminó con una enorme sonrisa y asintió.

–¡Sí! Prefiero eso mil veces – rodeó mi cuello con sus brazos y comenzó a llenar de besos mi cara –. Yo te ayudaré a hacer la cena.

–No. Usted, señorita, ha asumido el reto completo así que solo aceptaré su compañía y ningún otro ofrecimiento y desde luego tampoco ninguna queja.

–¡Acepto!

Esa noche Bella cumplió y me hizo compañía mientras desplegaba todo mi encanto preparando unos enormes y deliciosos sándwiches de todo lo que encontré en el refrigerador. Abrí una botella de vino blanco y brindábamos por cualquier tontería que se me ocurría. Cuando tuve todo listo, Bella me ayudó a llevarlo a la terraza donde pusimos los platos en una mesa baja junto a los camastros. Ella corrió al interior y trajo consigo unas velas encerradas en unos pequeños candelabros y las encendió colocándolas en la mesa. No podía ser todo menos romántico. Suspiré y reí para mis adentros; cómo me había cambiado la vida desde que Bella estaba conmigo…

Como disfrutaba de nuevo de cosas tan sencillas como esas. De una comida tan sencilla y común como ninguna, de tomar un vino barato, de cenar en una terraza y casi en el suelo pero lo más importante, de la compañía de mi mujer.

Esa noche los vestidos, los trajes de diseñador y las joyas fueron felizmente cambiados. Bella con unos shorts diminutos, con una blusita corta y su pelo suelto enredado entre mis dedos, yo con unas bermudas y camiseta, ambos descalzos y recostados en uno de los amplios camastros, comíamos nuestras finísimas entradas consistentes en un tazón de Cheetos y otro de Doritos. Esos sabores me trajeron recuerdos de hacía ya muchos años, en el internado y antes de él junto a Emmett y Jasper, cuando solo por ociosidad los robábamos de las tiendas con unas cuantas latas de cerveza.

A la distancia, veíamos algunas casas de nuestros alejados vecinos donde se estaban celebrando algunas fiestas. No podíamos escuchar la música pero sus terrazas llenas de luces se veían atestadas de invitados. De pronto, en el cielo los fuegos artificiales anunciaban el final del año…

–¡Rápido!, ¡los cacahuates! – gritó Bella y tomé el tazón que arrebató de mis manos.

–Serán nuestros propósitos – dijo metiéndose uno a la boca –. Toma – y me dio un puñado.

Me reí como un loco al verla muy apurada y concentrada mientras se llevaba con rapidez los cacahuates a la boca, ¿por qué no?... Y con verdaderos deseos de tener toda la voluntad y fe para que mis propósitos se cumplieran comencé a meditar en ellos mientras me comía los cacahuates.

Tenerte conmigo siempre, amarte con devoción, cuidarte, llenarte de besos, ser mejor persona para ti, ayudarte a ser feliz, adorarte, mimarte, apoyarte, darte todo lo que necesites, cambiar, cambiar por ti, para ti…

–Feliz año, Edward.

–Feliz año, amor.

–Edward…

–¿Si?

–Te quiero.

Y esos fuegos artificiales que estallaban en el cielo, lo hicieron también en mi corazón.

–Yo también te quiero, mi Bella, te adoro…

Sin duda alguna, ese año nuevo lo guardaría celosamente como uno de los recuerdos más preciados de mi vida. Nada podría compararse con ese momento tan único y sincero, tan original, tan nuestro.

–Gracias – dijo pegándose a mi pecho –. Gracias por estar aquí conmigo, por no abandonarme.

–No tienes nada que agradecer, Bella – murmuré a su oído –, y nunca voy a abandonarte, aquí estoy y aquí estaré siempre, a tu lado, te lo prometo…

–¿Qué haces? – sus ojos se abrieron desmesuradamente al ponerme de pronto de pie llevándola conmigo.

–Baila conmigo.

–Pero no hay música.

–¿La necesitamos?

La pegué a mi cuerpo y subí sus brazos para que rodearan mi cuello, yo bajé mis manos y las coloqué en sus caderas. Nos movimos a nuestro propio ritmo, con una cadencia suave que íbamos marcando. Isabella rió haciéndome cosquillas en el pecho. Eché la cabeza hacia atrás y la cargué, subiéndola al camastro; su pecho quedó a la altura de mi rostro y lo hundí en él respirando ese aroma a flores frescas único de mi Bella.

Todos mis anestesiados sentidos despertaron del sueño al que los tuve sometidos por esos días considerando que tal vez lo último que necesitara ella de mi fueran mis locos arranques de pasión porque aunque quisiera no hubiera podido controlarme y ser todo lo suave que ella necesitaba que fuera pero en ese instante, todo ese control del que hice uso se estaba resquebrajando.

Haciendo uso del poco autodominio que me quedaba, besé el valle de sus senos sobre la fina tela de su blusa. Busqué sus pechos y como si me doliera tocarlos con mis labios, los recorrí con extrema lentitud grabándome su contorno, su firmeza, su olor…

Sus manos se movían en mi pelo revolviéndolo más de lo que el viento hacía, enredando sus dedos en él y manteniéndome firme y pegada a ella mientras las mías acariciaban sus nalgas y sus muslos tibios. Con los ojos cerrados la acaricié y deseé que solo con esos pocos roces mi dolorida ansiedad por ella estuviera satisfecha.

–Hazme el amor, Edward, por favor…

¡Gracias, Dios!

Suspiré aliviado porque me pidiera acabar con el suplicio de solamente de tenerla cerca sin poder ir más allá. De que pusiera fin a mi autoimpuesto límite. Tomé su cara entre mis manos y comencé a besarla despacio, con calma, en mis besos no había desesperación ni esa pasión salvaje que siempre estaba latente en mi lleno de urgencia por hacerla mía de las formas más escandalosas. Esa noche no habría nalgadas, ni pañuelos de seda cubriendo sus ojos, ni esposas atando sus manos y pies; ella no necesitaba eso, no en ese momento y yo iba a amarla como me nacía hacerlo, como se merecía.

Puse mis manos en sus caderas tocando su piel. Masajeé su cintura y muy despacio comencé a llevar mis manos hacia arriba, por su torso, debajo de sus senos, haciendo movimientos circulares con mis dedos, lentos, incitadores… Isabella bajó la cara y buscó mi boca, pero mis labios seguían ocupados memorizando la forma de cada uno de sus senos que reaccionaron a mi contacto irguiendo sus pezones. Jadeé agitado, sorprendido de que solo con esas pequeñas caricias mi polla latiera hinchándose dolorosamente y constriñéndose bajo mi ropa. Dolía desearla. Dolía contenerse.

Subí mi rostro y la besé con intensidad mientras mis manos desabrochaban sus shorts, bajaban la corta cremallera y los hacía descender por sus tersos muslos. Se deshizo de ellos al llegar a sus tobillos y levantó los brazos para que su blusa siguiera el mismo rumbo. Isabella comenzó a agacharse en el camastro llevándome consigo y la cubrí con mi cuerpo después de admirarla solo con esas braguitas que con extrema lentitud le quité, braguitas de niña con diminutas flores que casi hicieron explotar mi polla. Tomé su mano y la bajé hasta ahí, quería que sintiera como estaba por ella, que supiera que toda esa excitación se enterraría en ella y calmaría mi furor así como deseaba que calmara también el suyo.

–Edward… – jadeó mi nombre y su mano presionaba mi miembro torturándome.

Atrapé la mano que me torturaba y la subí sobre su cabeza; la embestí aún vestido, con lentas ondulaciones de mis caderas contra las suyas. Me separé para desvestirme de una vez, para sentir la calidez de su cuerpo que dentro de muy poco me recibiría. Ella me miraba y todo mi ser se encendía mientras me colocaba sobre ella que, abriendo sus piernas me dio espacio y luego me envolvieron manteniéndome ahí.

Mi nariz buscó su aroma en su cuello provocándole un estremecimiento, cerré los ojos y me perdí en la unión de su cuello y el hombro, en la suavidad de su piel, en el dulce movimiento de su cuerpo que vibraba como el mío. Ella era mía y se entregaba, se rendía a mí una vez más, confiando inconscientemente, a mis deseos, a mis impulsos y yo como un niño inexperto la tocaba con precaución, con miedo, porque la amaba…

Gemía casi en un susurro, entre suspiros mientras yo buscaba su boca después de haberme saciado de su aroma; sus labios temblaban, los presioné con los míos y los moví sobre los suyos, dejándole saber que ahí estaba, con ella, amándola despacio… sus manos subieron a mi nuca y me acariciaron, desconectándome del mundo pero anclándome más a ella, erizando cada centímetro de mi excitada piel y de mi sangre, acercándome un paso más a mi límite.

Su seno entre mis manos se sentía firme pero maleable, rico, lleno, vivo. Necesitaba probarlo, necesitaba tener en mi boca ese peculiar sabor a fresas que siempre la cubría y que me hipnotizaba… su vientre plano, sedoso, sus ingles y por fin su sexo, caliente, cremoso, listo…


Ámala con cuidado, ámala despacio, ámala que es tuya…

Hundí mi cara en su pelo, siseando en su oído, rozando su oreja con mis labios, acomodándome mejor entre sus piernas para por fin penetrarla… mi erección encontró su entrada, húmeda, y con mucha lentitud me fui introduciendo en ella un poco y retirándome para volver a entrar un poco más profundo, tratando de llegar hasta su misma alma. Sus uñas fueron clavándose en mi espalda cada vez que mis lentos embistes se hacían más hondos, iban acompañados de intensos jadeos que igualaban a los míos.

Su ser me recibía sin reparos, su pelvis se empujaba contra mí, su cuerpo me abrazaba no queriéndome dejar ir pero era vital. Ese ritmo acompasado, ese lento vaivén pronto se convirtió en un urgente bombeo, necesitado y ansioso que nos elevaba muy alto. Sus gemidos me dejaron saber que estaba muy cerca, que no podría esperarme para caminar juntos hacia la pequeña muerte que nos aguardaba.

–¡Ahhhh! – Isabella gritó explotando de éxtasis, tensando su cuerpo y oprimiéndome con fuerza mientras el orgasmo la golpeaba, acercándome al mío, a mi liberación que después de sentirme apretado dentro de ella, vino a pegarme de la misma forma, llenándome de luz, de energía, de una electricidad extraña pero deliciosa, tensándome en espasmos, endureciendo mi vientre al descargarme en su interior, al llenarla de mí, de mi ser.

Claramente sentí como su cuerpo desmadejado yacía bajo el mío. Sabía que debía moverme pero no podía hacerlo. Estaba agotado, sin aliento, satisfecho, confundido, maravillado, asombrado… La sentí temblar todavía, sin poder controlar sus pequeños movimientos.

–¿Estás bien? – logré articular momentos después.

–S-sí – admitió con voz insegura, con ternura, contenta.

–Cariño… – murmuré cansado y salí de ella colocándome a su lado envolviendo su cuerpo con mis brazos y piernas.

Nos cubrimos con unas toallas y permanecimos recostados mirando un cielo limpio en una noche sin luna pero bañada de estrellas. El ruido de las olas me adormecía, estaba a punto de dejarme llevar y dormir pero Isabella estaba inquieta. Ella me observaba con una mirada extraña en sus ojos y su rostro con un ceño de duda…

–¿Qué pasa? – susurré, pero ella no respondió. En lugar de eso acarició mi cara con sus manos, mis mejillas, mi boca, mi nariz sin despejar esa expresión de confusión y me besó…

***

Caminábamos en la arena, Isabella recogía caracoles, piedras y conchitas de mar, quería llevarse todo a casa. Se veía bien. Le sentaba el lugar, lo disfrutaba, pero no podía engañarme tampoco. Bella se sentía bien ahí, pero la decepción que se llevó con su padre estaba presente y por más que yo le bajara el cielo y las estrellas, ese molesto e incómodo sentimiento seguía ahí.

Ella no quería hablar de eso, yo sabía que no era sano guardarse las cosas y si lo que le había ocurrido anteriormente se lo callaba celosa, esto que habíamos vivido juntos, no iba a permitir que lo encerrara en alguna parte de su alma para que poco a poco la fuera carcomiendo y que los recuerdos la lastimaran cada vez que los trajera a flote. No, ella tenía que enfrentarse a las situaciones que le tocaba vivir porque ella era fuerte y porque ya no estaba sola, me tenía a mí para apoyarse y librar esos obstáculos.

Decidí que por unos días no iba a tocar el tema, que iba a dejarla relajarse para que poco a poco se sintiera cómoda y así poder hablar de ello. Creí que no querría pensar ni en su padre ni en sus amigas pero cuando venía hacia mi con las manos llenas de caracoles y piedras me sorprendió preguntándome…

–¿Por qué le dijiste a Rose como una amenaza que Emmett iba por ella?

Su pregunta me tomó por sorpresa, pero comprendí que era tiempo de hablarle con la verdad o al menos con cierta parte de ella, solo la que podría manejar, no más.

Tomé las cubetas llenas de sus piedras y comencé a subir las escaleras hacia la casa, ella me siguió en silencio, esperando una respuesta. Sacudí mis manos llenas de arena y le extendí una para que se sentara junto a mí en la terraza.

–Como tú sabes Emmett, Jasper y yo somos amigos desde hace muchos años – comencé –. Tenemos además de nuestra amistad incondicional, negocios juntos y también secretos inviolables, Isabella, pero hoy siento que debo compartir contigo algo que hemos mantenido oculto y que juramos nunca revelar.

Bella me miraba asustada por la seriedad de mis palabras.

–¿Recuerdas cuando fuimos a la casa de campo de Emmett? – ella asintió nerviosa –. ¿Recuerdas que estaban enojados conmigo?, ¿de qué te observaban de manera insistente? – volvió a asentir.

–Bella… ellos tenían miedo, estaban preocupados por ti, de lo que yo pudiera hacerte.

–No entie…

–Ellos pensaban que yo me había acercado a ti con el propósito de convertirte tarde o temprano en mi sumisa. Estaban seguros que una vez que obtuviera de ti lo que quisiera, cuando me cansara de ti, te dejaría como lo hacía antes con mis demás sumisas. Creían que estaba envolviéndote para saciar mis necesidades contigo, pero no tenían ni idea de la verdad.

–Tú, tú, ¿les dijiste que yo…? – me preguntó abriendo los ojos desmesuradamente.

–No, por supuesto que no iba a decirles que fuiste tú quien se acercó a mí con semejante propuesta, jamás te hubiera puesto en esa posición – levanté su barbilla –, pero ellos saben que yo no puedo tener una relación normal con alguien, Bella, lo saben porque ellos son como yo.

Su boca se abrió, separando sus labios y cerrándolos de nuevo, confundida.

–¡Pero, Rose! – se puso de pie alarmada y muy nerviosa –. Ella debe saberlo…

–No, no, Bella, ella ya lo sabe.

–¡Con mayor razón! – comenzó a caminar al interior de la casa –. ¡Ahora entiendo todo!

–No – dije enérgico tomándola por la cintura –. Ya te dije que ellos necesitan arreglar esto solos, tú no puedes inmiscuirte en sus asuntos.

–Entonces nunca van a arreglar nada, Edward, nunca… Rose no podría tolerar esa vida, no podría aunque quisiera.

–No es nuestro problema – dije con firmeza.

–¿No es nuestro problema?, ¡es mi amiga! Ella necesita a alguien con quien hablar de esto, Edward, lo hubiera hecho desde antes de haber sabido que yo, que tú…

–Te lo dije antes y te lo vuelvo a repetir, tenemos que respetar sus decisiones así como ellos respetaron las nuestras, ¿recuerdas? Al menos mis amigos se mantuvieron a raya cuando les dije que nosotros estábamos bien.

–Algo ocurrió y por eso Rose huyó de Emmett, ¿verdad? – asentí sosteniéndola aún –. ¿De verdad lo llamaste, Edward? – me preguntó con decepción en el rostro.

–Si tú estuvieras en lugar de Rosalie y hubieras huido, les agradecería que me llamaran para saber cómo y dónde se encuentra la mujer que amo – hice una pausa al notar lo que había confesado. Isabella me miraba atónita.

–Emmett la ama y lo sabes – agregué inmediatamente –, merece tener la oportunidad de arreglar las cosas con ella, ella debe saber que él la ama tanto que no le haría daño, que está a salvo con él…

Entonces Isabella me miró, comprendiendo que en efecto, yo sabía más.

–Sí, Bella, yo sé lo que ocurrió con Rosalie.

Ése era el momento, la oportunidad de que por fin se abriera a mí y me contara que ella también como Rosalie, había sufrido un abuso, pero solo me miraba sin decir nada… y nunca lo dijo.

Esa tarde, se mantuvo alejada de mí. Me pidió un tiempo sola para pensar y yo frustrado se lo di. ¿Cuál era el paso a seguir ahora?

De buena gana hubiera tomado el auto que estaba a nuestra disposición y hubiera salido de ahí, para solo conducir mientras calmaba la ansiedad que me había quedado después de esa plática sin saber bien porqué pero no iba a dejarla sola para que llamara a Rosalie o hiciera algo parecido. Yo era honesto al decir que ese problema era solo de ellos y que nosotros no teníamos ningún derecho a intervenir pero ella no lo entendía de esa manera. Seguía creyendo que pese a todos los desaires de Rosalie, ella tenía que estar ahí para su amiga.

Yo no podía entender tampoco como después de todo, Isabella podía olvidar todos los malos momentos, el sufrimiento y el rechazo y simplemente estar ahí dispuesta a dar todo por su amiga, una que era obvio no tenía el mismo sentimiento de amistad hacia ella porque la humillaron, se burlaron de ella y en su propia casa y de paso envolvieron a su padre con quien sabe que argumentos. La lastimaron y eso yo nunca lo olvidaría.

Finalmente nuestras vacaciones terminaron y el momento de volver a casa llegó. Realmente era una lástima porque a pesar de los problemas que tenía mi Bella en la mente, pudo disfrutar y distraerse un poco pero teníamos que volver al mundo real y seguir con nuestras vidas, las que pronto cambiarían si era paciente y esperaba a que el velo que cubría sus verdades cayera poco a poco.

***

El hombre no era muy expresivo. Mantenía esa expresión fría e indiferente en el rostro aunque ya sabía que cuando lograba algo, sus labios trataban de ocultar una pequeña sonrisa, exactamente como lo estaba haciendo en ése mismo momento.

–¿Y bien?

–Lo tengo, señor Cullen – dijo satisfecho, asentí.

–De diecinueve años en el verano del dos mil cinco; estudiaba un semestre extra de idiomas, matemáticas aplicadas y física en el internado Du Rosey. Capitán del equipo de futbol. Un chico muy inteligente pero a pesar de sus buenas notas era problemático y rebelde, con mucha dificultad para acatar órdenes. Prepotente, obstinado y siempre rodeado de malas amistades.

–De ahí se trasladó a Alemania donde estudió diseño automotriz e ingeniería mecánica simultáneamente. Es dueño de una importante compañía automotriz que no tenía fines de expandirse hasta hace un par de años cuando su padre, confiando plenamente en las capacidades de su único hijo, le cedió todo el poder de la empresa y establecieron algunas agencias en los principales países europeos con gran éxito, esto los posicionó como una de las compañías con mayores proyecciones para los próximos años.

–Soltero y aunque dedicado en cuerpo y alma a su compañía, es conocido por su reputación de mujeriego. No se le ha conocido ninguna relación formal y tampoco ningún escándalo. Nació en Forks, Washington pero vive en Detroit donde está la matriz de Black&Motors y viaja constantemente a todas sus sucursales.

–Su nombre, es Jacob Black.

Dijo Perkins acercando hacia mí un sobre con el informe por escrito y algunas fotos. Lo abrí. Al fin el bastardo tenía nombre y rostro.

–¿Por qué aún no hay una agencia de Black&Motors aquí? – pregunté haciendo conjeturas rápidamente.

–El señor Black cerrará su primer avanzada en el terreno europeo instalándose en Londres en unos meses. La celebración será doble ya que también lanzará al mercado el nuevo diseño del auto híbrido con el que han tenido tanto éxito. El anuncio lo hará en unos días, cuando festeje su cumpleaños número veintiséis.

–Muy bien, Perkins, ¿algo más? – lo apuré.

–No, señor, todo está ahí – se puso de pie y extendí mi mano hacia él.

–Buen trabajo.

Lo despedí y por las siguientes horas me dediqué a estudiar bien el informe, absorbiendo hasta el más mínimo detalle en él.

Efectivamente el tipo era un bastardo, pero no de padre obviamente sino de madre. Ésta se lo entregó a Billy, su padre, al nacer diciendo que no podía criarlo y que tampoco le interesaba hacerlo. Según Perkins, esto no era un secreto ya que Billy siempre se lo gritaba para que tuviera cuidado y no cometiera el mismo error que él enredándose con una cualquiera.

Exceptuando eso, Billy era un buen padre y Jacob creció a su lado siendo un niño normal y estudioso. Así fue hasta que lo envió a Du Rosey donde su comportamiento cambió y empezó su rebeldía, una que cesó momentáneamente cuando se enfrascó en sus estudios universitarios, transformándose en un hombre prepotente al concluirlos y al volver al lado de su padre para empezar a trabajar en su compañía.

Llegó con muchas ideas innovadoras que implementar y su padre siempre lo apoyó dándole luz verde a cada una de ellas. Los resultados fueron casi inmediatos y como testimonio estaba su expansión en el continente europeo pero si creía que iba a seguir cosechando logros, estaba muy equivocado. Jacob Black iba a comenzar a pagar por los errores de “Jake” y mucho más pronto de lo que pudiera imaginar.

–Katie – oprimí el botón del intercomunicador –, llama a Chase, Ronan y Wilkinson y diles que suban ahora mismo.

–Yo no creo que vuelvan hoy, Edward – respondió titubeante –. La reunión con los inversionistas y abogados de McCallum iba a prolongarse.

–¿Qué hora es? – levanté el puño de la manga de mi camisa para ver mi reloj.

–Ya casi las siete.

–¿Por qué no me avisaste?, maldita sea…

–Pediste que no te interrumpiera y que no te pasara ninguna llamada, Edward, no querías ser molestado.

Aspiré profundamente y me pasé la mano por el pelo – ¿Alguna llamada importante? – le inquirí pensando que tal vez Isabella hubiera llamado al ver que yo no daba señales.

–Llamaron el arquitecto McCarthy y el señor Charles Swan – arrugué el ceño al escuchar el nombre del padre de Isabella –. Ninguno dejó recado.

–Está bien, Katie – exhalé contrariado –. Avísale a Ronan, Chase y Wilkinson, diles que los quiero aquí mañana a primera hora.

–Sí, Edward. Hasta mañana – se despidió.

Mi teléfono solo tenía un mensaje de Isabella, afortunadamente me avisaba que no podríamos comer juntos porque tenía un pendiente importante esa tarde. Tomé mis cosas y salí de la oficina llevando conmigo el informe de Perkins.

Al llegar a casa, me encontré con una mesa adorablemente puesta en la cocina y con una Isabella con los ojos rojos e hinchados de llorar y que apenas me vio, corrió hacia mí para abrazarme con fuerza.

–¿Qué pasa, cariño? – la apreté contra mí. Ella negaba con la cabeza y trataba de contener algunos sollozos.

–Hoy… fui a mi apartamento – estalló en llanto.

–¿Y eso te tiene así? – ella asintió.

–Si.

–Entonces voy a tener que prohibirte que vuelvas, Isabella – dije con firmeza –, si necesitas algo de ahí, mandaré a alguno de mis hombres pero tú no volverás a poner un pie ahí. ¿Entendido?

Isabella asintió de nuevo, pero no me convenció. Algo pasaba, pero no quería obligarla a decirme que era. Ya demasiado había pasado en las navidades como para seguir cavando en ese hoyo. Además, ¿qué podría hacer que me sorprendiera?

Cenamos tranquilos y nos quedamos un rato en el estudio. Al poco tiempo, ella subió a dormir y le dije que en un momento más la alcanzaría pero ese momento duró casi hasta las cinco de la madrugada. Me quedé leyendo el informe de Perkins. Lo leí tantas veces que casi me lo aprendí de memoria. Ahí habían tantos datos, tantas revelaciones que Perkins prefirió dejar que me enterara por mí mismo, que agradecí el gesto.

Tenía en mis manos muchas fotografías del bastardo en las que se divertía con mujeres, mujeres que de pronto tenían el rostro y aquellos dieciséis años de Isabella, feliz, alegre y de pronto negándose, peleando, arañando, gritando “No”.

Aventé las fotos a un lado en mi escritorio y tomé otra página del informe. Contenía nombres y datos de la gente con la que Black se juntaba en aquel entonces; toda su vida y actividades hasta esos días aunque no se habían vuelto a ver desde el internado.

Todo lo que quería y necesitaba estaba frente a mí. Suspiré una vez más. Tenía en mis manos toda la información para acabar con ese maldito e iba a hacerlo de la forma como más le doliera. El bastardo iba a llorar y se iba a lamentar como mi pequeña lo hacía por las noches, y él lo haría por el resto de sus días.

–Edward…

Levanté la mirada y me encontré con Isabella en el umbral del la puerta restregándose los ojos somnolientos, envuelta en una de mis pijamas.

–Espérame arriba – le indiqué mientras guardaba con rapidez todo lo que tenía disperso sobre el escritorio.

–Te espero.

–Sube, Isabella, y me esperas en la cama – dije enfático.

Ella me miró parpadeando repetidamente y titubeante, se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia las escaleras al mismo tiempo que yo ponía llave al cajón donde había guardado los documentos.

Cansado y tratando de dejar a un lado el asunto de Black, entré a la habitación donde Isabella estaba acostada en la cama dándome la espalda. Entré al baño, me desvestí y salí para tenderme junto a ella. Me acomodé, amoldándome a su cuerpo, pasando mi brazo por su cintura y cerrando los ojos mientras aspiraba el dulce olor de mi mujer.

***


–Señores, no saldremos de este despacho hasta que encontremos el modo más efectivo y sutil de impedir que Black&Motors se instale en nuestro país. ¿Entendido?

–Edward, ¿estás tomando en cuenta que anunciarán su llegada en unos días?

–Claro, Wilkinson, por eso disfrutaré mucho más cuando tenga recoger todas sus porquerías y se largue de aquí.

–No sabía que Black&Motors era una amenaza para nosotros.

–No lo es, Chase – sonreí.

–¿Entonces? – preguntó Ronan, confundido.

–Simplemente no lo quiero aquí.

Nos pusimos cómodos y con la tranquilidad de que Katie no me pasaría ninguna llamada salvo las de Isabella o su padre, porque era obvio que algo importante tenía que decir, me senté junto con mis hombres para empezar a escudriñar la empresa de Black.

No nos fue muy difícil obtener sus últimos reportes de estados financieros y algunos otros datos que nos serían de gran utilidad. Black&Motors era una empresa que estaba creciendo después de haber hecho muchos sacrificios para colocarse en el mercado extranjero y lo estaba haciendo con mucho éxito; eso era notable ya que generalmente las estadísticas decían que los autos europeos eran mejor cotizados en el mundo que los americanos además que el mercado europeo era muy conservador, por decirlo de alguna forma, y era muy difícil que teniendo autos de extrema calidad se aventuraran con uno que no conocían y además, americano.

Pero por algún motivo, Jacob Black estaba muy seguro de sus productos y se arriesgó con su agencia automotriz, cruzó el océano y se instaló, muy temerario, en Alemania como primer punto. Desplegó toda una enorme campaña publicitaria por todos los medios y se anotó un punto colándose en las revistas de autos y de mecánica como la empresa más prometedora de autos para todo tipo de mercado.

Eso, como era de esperarse, atrajo la atención del público que encontró en su compañía una opción que, engañosamente Black les hizo creer, no tenían con la oferta europea. Comenzó a adquirir sus llamativos autos y como el producto no era malo, el éxito fue casi inmediato, abriéndole el camino para instalarse en más países.

Tenía que reconocerlo, el hijo de puta tenía visión y ambición. Esos eran los principales ingredientes para el triunfo. Si el producto era bueno o malo, generalmente no importaba tanto, según algunos líderes. Ya teniendo el éxito en el bolsillo siempre habría forma de sortear los pequeños detalles sin importancia, pero Black, no había tenido que sortear nada, no hasta ése momento.

Los tres abogados de mayor experiencia en mi empresa entraron a mi despacho y se sentaron esperando saber el porqué los había convocado con tanta celeridad y al ver a mis hombres de confianza en mangas de camisa y absortos recibiendo y buscando información en las computadoras, me miraron expectantes.

–Señores, no voy a gastar un tiempo valioso explicándoles qué estamos haciendo, ya se irán percatando conforme vayamos avanzando – tomé un sorbo de café –. Por lo pronto, quiero que revisen todos los contratos laborales celebrados entre Black&Motors y los sindicatos de obreros de cada país donde estén sus agencias.

–Específicamente, ¿qué estamos buscando, señor Cullen?

–Algo con lo que pueda mandar a Black a su casa y con tres euros en la bolsa, Kelton.

–Pero, señor…

–Johan, ¿no eres tú uno de los mejores abogados, experto en políticas laborales extranjeras? – el tipo regordete asintió un tanto nervioso.

–Entonces no pierdas más tiempo, ¡a trabajar!

***

Cerca de las diez de la noche, el agotamiento de todos era notorio. Los ojos rojos y secos gritaban que era un crimen seguir frente a las pantallas y que era hora de dejarlos ir a sus casas. Todos salieron corriendo de mi despacho, por si se me ocurría “algo” y los volvía a hacer sentar por otro par de horas más.

Justo en ese instante, entró la llamada de Emmett; pensé en no tomarla, pero el hombre seguro quería agradecerme por haberlo llamado para decirle donde se encontraba su mujer y haber podido ir por ella.

–Emmett – respondí a modo de saludo.

–Hey, Edward, ¿cómo estás, hermano?

–Al menos, mucho más animado que tú, ¿qué pasa?

–Estoy en el bar, ¿no quieres acompañarme un rato?

–¿Dejaste sola a Rosalie y te largaste al bar? – le pregunté sin poder creer que después de todo lo pasado, se hubiera salido por unos tragos.

–¿Rosalie? – bufó –. No volvió conmigo, Edward…

–Ah, maldita sea – apreté los dientes –. Voy a hacer una llamada y te veo ahí en unos veinte minutos.

Corté a Emmett y le marqué a Isabella para decirle que no me esperara para cenar y que se acostara. La escuché sospechosamente dócil, sin cuestionarme para nada, lo que esperaba porque no habíamos hablado en todo el día.

Exactamente veinte minutos después, entraba al bar y veía a mi amigo en la mesa de siempre, desparramado en la silla y ahogándose en una botella de whisky.

–Creo que debo tomarte una foto, Emmett, para recordarme a diario que nunca debo llegar a este estado – palmeé su espalda –. ¿Cómo estás, viejo?

–¿Estás ciego? – preguntó en un balbuceo –. ¿No ves que me estoy muriendo?, ¡qué me quiero morir!

–Creí que la traerías de regreso contigo.

–Y eso iba a hacer, pero la señora Carmen me lo impidió.

–¿Carmen? – fruncí el ceño, extrañado.

–Sí, esa amable y linda señora no dejó que viera a Rose – tomó un trago de whisky –, que no era momento y que mejor volviera después, luego el idiota de Jasper me sacó de ahí y…

–Me estás contando todo como un niño del kinder, Emmett – lo interrumpí.

–¿Cómo carajo quiere usted que se lo diga, señor Cullen?

–Pues puedes empezar con algo de orden y por el principio…

–Tomé un avión apenas recibí tu llamada. Pasé horas en ese maldito artefacto hasta que por fin llegué y me dirigí a la dirección que me diste, al llegar todo era un alborto. Yo creí que estarías ahí, pero solo encontré a Alice llorando y a Jasper consolándola. Me asusté pero luego llegó la señora Carmen y le pregunté por Bella y por ti. Me dijo que por el momento no se encontraban, luego pedí ver a Rose y me dijo que mejor esperara a que ella estuviera más tranquila porque estaba un poco alterada con los últimos acontecimientos, pero el alterado era yo así que Jasper me sacó de ahí y me llevó a un hotel, luego me enteré de que el muy maldito se estaba quedando en casa de Bella, junto a Alice y mientras a mí me dejó solo en un puto cuarto de hotel.

–Pero de buena gana, esperé hasta el día siguiente y cuando regresé, ellas ya se habían ido junto con el cabrón de Jasper que me mandó un mensaje de texto diciéndome que me explicaría todo más tarde. Yo quería volverme loco porque sentí que todos mis esfuerzos eran inútiles y lo sigo sintiendo, Edward. Ella aún no quiere verme aunque Alice vive diciéndome que le dé tiempo, que eso es lo que ella necesita de mí por el momento, tiempo, y yo voy sintiendo que mientras más tiempo pasa, más lejos está mi Rose de mí.

–Después de esa plática, Alice me convenció de esperar y accedí a darle todo lo que Rose me pidiera, pero ya no puedo más, me estoy volviendo loco. Yo la amo y ahora por estúpido, estoy solo y esta soledad me está matando, está acabando conmigo…

–Así que Alice te aconseja, ¿no? – mi tono sarcástico salió a flote.

–Ella conoce muy bien a las chicas, ya lo sabes. Por cierto, me preguntó muy insistentemente por Bella y por ti, si sabía en donde se encontraban, pero Jasper me contó lo sucedido y de todos modos yo no sabía nada de ustedes. Lo siento, hermano, por ti, por ella y por su padre.

–Por su padre… – bufé cínico.

–El hombre lo está pasando mal sin saber de su hija, Edward. Yo lo vi.

–Bueno, el hombre que lo está pasando mal sin su hija, parecía estar muy contento festejando con Rosalie y con Alice y a ella no la extrañaba en lo absoluto. Isabella se llevó una muy amarga sorpresa al verlos a todos ahí felices cenando y celebrando sin necesitarla, sin tenerla en cuenta, así que decidió alejarse de una buena vez de su padre y yo la apoyé. Ella ahora está conmigo.

–¿Qué quieres decir con eso de que ella está contigo ahora?

–Que Isabella es ahora mi mujer y que la apoyaré y la protegeré de quien tenga que hacerlo.

Emmett parpadeó varias veces y tomó otro trago más.

–¿Quieres decir que ella está viviendo contigo?, ¿en tu casa? – asentí mirándolo a los ojos.

–¿Hasta cuándo? – su rostro se tornó serio de repente borrando algunos grados de alcohol de su sistema.

–¿Hasta cuándo qué?

–¿Hasta cuándo te va a durar este nuevo caprichito?

–Isabella no es un capricho, Emmett.

–Entonces, ¿por qué la estás ilusionando con algo que bien sabes no puedes mantener? La estás haciendo creer en una promesa que no podrás cumplir.

–No voy a discutir eso contigo en ese estado.

–Estoy muy consciente de lo que estoy diciendo y lo sabes. Así como yo cometí un error que me está costando la vida con Rose, así lo estás cometiendo tú con Bella. Puede ser que ella sepa muy bien lo que eres y que esté de acuerdo y feliz con eso por el momento, pero las chicas tienen sueños, Edward, y Bella es una chica que sueña con mucho más que solo unas nalgadas. ¿Qué puedes ofrecerle tú?

–Isabella significa mucho para mí. Conmigo puede tenerlo todo. Conmigo es feliz.

–No te engañes, Edward, tú nunca podrás tener con Bella una vida como la que desea y eso no es justo para ella. Déjala ir.

–Ella sabe que puede irse cuando lo desee, pero no lo hará porque ella también quiere esto.

–¿Esto?

–Lo estamos intentando, Emmett, yo lo estoy intentando, porque… lo deseo.

–No te confundas, la lastimarás si lo haces.

–Lo tengo muy claro todo, y te juro que lo último que haré será lastimarla.

–Eso no tienes que jurármelo a mí, júratelo a ti mismo porque si no lo cumples, lo arrastrarás en tu conciencia para siempre.

Por un buen rato no dijimos nada. Tomábamos en medio de un silencio que no era incómodo, era uno de esos momentos donde reflexionabas con las palabras que te decían y mientras yo lo hacía, más convencido estaba de que Isabella debía estar a mi lado porque, la amaba.

–¿Y Jasper? – quise saber después de un tiempo bastante prudente.

Emmett suspiró y se empinó el resto del vaso de un solo trago.

–Ahh – apretó la mandíbula –. Jasper debe estar disfrutando con su gatita, debe estarse lamiendo los bigotes mientras la hace entrar en cintura porque esa chica, escúchame bien, esa chica es rebelde.

–Ojala que la haga sufrir – dije en un murmullo.

–¿Sufrir…?

–Sí, sufrir, con dolor, que grite, que pida piedad, es lo menos que se merece y siento decirlo pero también tu Rose debería pagar un poco siquiera por lo desagradables que fueron con mi Bella.

–Ellas están preocupadas por Bella – solté una sonora carcajada.

–Esa estuvo buena, Emmett, preocupadas por Bella – intenté decir entre mis cada vez más estruendosas carcajadas –, ya me imagino el grado de preocupación…

Nos despedimos y Jared llevaba casi a rastras a un Emmett algo borracho. Según me dijo en un instante en el que Emmett se encontraba distraído, desde que había vuelto de los Estados Unidos esa era su rutina todas las noches; llegaba al bar y pedía una botella que se tomaba solo, a excepción de esa noche que yo estaba ahí. Asentí y le dije a Jared que no le quitara el ojo de encima y que me llamara si algo sucedía o el asunto se le salía de las manos, aunque yo sabía que mi recomendación salía sobrando.

Llegué a casa después de haber meditado de nuevo en todo lo que Emmett me había dicho. ¿Sería verdad que yo nunca podría llevar una vida con Isabella?, ¿una que se considerara normal?

Al ir subiendo los escalones, iba sintiendo mis pies cada vez más pesados con cada pensamiento en contra de todo lo que yo ansiaba. Cada pensamiento era algún recuerdo de mis acciones en el pasado y que acababan por nublar mi cielo azul, esperanzado por algo mejor, algo nuevo, algo mío cien por ciento y unido a mí por voluntad y no por acuerdos ni compromisos.

Voluntad, eso era lo que yo tenía y se me desbordaba. Era lo que por semanas había logrado tener dominado al ser primitivo y salvaje que habitaba en mí y que me había permitido estar junto a esa hermosa criatura, amarla y protegerla. Descubrir que ese ser no solo podía alimentarse de instintos carnales y que podía saciarse con otros placeres tan simples que nunca pensé que pudieran satisfacerlo a plenitud.

Sí. Pero, ¿cuánto tiempo podría vivir ese ser así?

Sacudí mi cabeza y entré con sigilo a la habitación que estaba a oscuras. Fui directamente al baño y me desvestí, como siempre hacía. Me acosté y me puse detrás de ella para amoldarme a su cuerpo pero al poner mi mejilla contra la almohada, estaba mojada. La abracé fuerte y besé su cuello, sus hombros y su espalda en un intento vano por confortarla pero, ella dormía…

A la mañana siguiente, desperté y al estirarme, vi que en la mesita de mi lado, había un vaso con jugo y un par de analgésicos. Me los tomé y sonreí. Isabella siempre cuidando de mí. Estiré el brazo para tocar las sábanas; ya estaban frías, debió haberse levantado desde hacía un rato. Giré mi rostro y tomé mi teléfono. Ya casi eran las ocho. Salí de la cama y fui a darme un baño.

Al salir, sobre la cama ya tendida, estaban dos trajes. Uno café y otro negro, listos para que yo eligiera uno de ellos pero al mirar a mi alrededor, Isabella no estaba ahí. Sin perder tiempo comencé a vestirme y una vez listo, salí hacia su habitación. Entré sin tocar pero ahí tampoco estaba y bajé las escaleras buscándola. No me sorprendí al verla en la cocina con una taza de café en las manos.

–¿Quieres una? – me ofreció al notar mi presencia.

–Por favor – acepté y me acerqué para besar sus labios.

Me entregó la taza y la miré. Se veía algo demacrada y con ojeras bajo sus ojos. Triste.

–¿Qué pasa, Bella?

Isabella suspiró profundamente y me dio la espalda – Nada – me respondió indiferente –. Es solo el proceso de adaptación. Es difícil volver a la realidad y darte cuenta que no tienes a nadie, que estás sola…

–Bella, de una u otra forma lo has estado siempre y has sobrevivido, ¿o no? – acaricié sus mejillas –. Y déjame decirte que eso que dijiste, dolió. Que me consideres “nada”, no es muy agradable.

–Sabes a qué me refiero, Edward, además tú significas tanto para mí…

–Dímelo.

–Ya lo sabes.

–Quiero oírlo de tus labios.

–Te quiero, Edward.

–¿Solo me quieres?

–Yo… no puedo… permitirme más.

–¿Por qué no?

Bajó la mirada y comencé a sentir como temblaba entre mis brazos.

–Isabella… si yo pudiera ofrecerte más, ¿lo considerarías?, ¿considerarías la posibilidad de ir más allá de quererme?

Súbitamente levantó la mirada y sus manos se aferraron a mis brazos. Eso fue la respuesta que necesité para seguir adelante con todo.

Subí un poco su barbilla y la besé apasionadamente. Invadiendo su boca, enamorando a su lengua, haciéndole el amor, pausado, como quería volver a tenerla a ella entre mis brazos y amarla despacio.

–Permítetelo, Bella – la besé –. Hazlo, amor, hazlo porque yo… yo me lo estoy permitiendo.

***

–¡Podemos hacerlo hoy mismo, señor!

–No – dije fríamente –. Dejaré que se deleite proclamando a los cuatro vientos que el Reino Unido es su próximo objetivo, y el día que intente inaugurar su planta aquí, lo recibiremos con una sorpresa atrasada de cumpleaños.

–Vaya, eso sí, que es maldad – escuché decir detrás de mí y sin girarme le respondí…

–No. Esto es justicia.

***

Por mucho que quisiera, no podía tapar el sol con un dedo.

Jacob Black, como lo había hecho en otros países, desplegó una campaña publicitaria que solo viviendo en otro planeta podrías ignorar. Era un bombardeo masivo por todas partes y por todos los medios y yo, no estaba pasando un rato agradable sabiendo que por donde quiera que volteara Isabella podría ver, si no el rostro del maldito bastardo, las letras de su apellido y eso era suficiente para tenerme con el alma en un hilo al no tener idea de cómo iría a reaccionar.

Pese a eso y sin saber qué esperar, llamé a Jane y sin darle explicaciones le di mi número para que me localizara si a Isabella le ocurría algo o tuviera algún problema, también para discretamente preguntarle como la veía esos últimos días. Según Jane solo estaba algo distraída pero ella creía que era por la carga de trabajo que tenían encima con lo del comercial. La explicación de Jane sonaba bastante coherente así que me calmó los nervios aunque no lo suficiente y a ella desde luego, mi preocupación tampoco la dejó tranquila.

Y tenía razones para preocuparme. Si bien había estado volcado en cómo acabar con la buena fortuna de Black, no me era imposible no notar lo triste y deprimida que estaba Isabella. Hablaba poco y yo había permanecido encerrado en el estudio cuando estaba en casa, prefería dejarla sola porque no me quería arriesgar a que descubriera qué era lo que me estaba manteniendo alejado de ella.

Pero una vez que todo el plan estuviera listo y solo faltara que yo diera la indicación para ponerlo en marcha, las cosas cambiarían y podría dedicarme en cuerpo y alma a mi Bella. Le resarciría por todos esos días, la amaría y la veneraría como ella se merecía, la haría feliz echando todas las palabras de Emmett por la borda.

***

–¿Quieres hacer algo después de cenar?

Le pregunté suavemente al oído al tenerla abrazada por detrás. En cualquier otra ocasión, Isabella hubiera estado presionando mis brazos alrededor de su cintura pero no lo hizo esa vez ni tampoco se giró cuando negó sutilmente con la cabeza.

–Estoy cansada, preferiría irme a la cama temprano.

Fruncí el ceño porque ella no era de las que se negaban a una insinuación como esa aunque yo no me estuviera refiriendo precisamente a alguna actividad que implicara hacer uso de una cama o de algún otro artefacto…

–¿Te sientes bien?

Mentalmente empecé a sacar mis cuentas pero no era aún tiempo de que se sintiera un poco malhumorada o afectada por el síndrome premenstrual.

–Sí, solo estoy agotada – reiteró.

–Si tengo que ser sincero, este trabajo tuyo no me gusta – Isabella giró para mirarme de frente, sorprendida por lo que acababa de escuchar –. Apenas llevas unos meses ahí y ya tienes asignadas cuentas muy importantes y junto con ellas una sarta de obligaciones que no creo que aún seas capaz de manejar.

–¿Estás insinuando que no soy capaz para estar en este puesto? – su cara de descompuso y me maldije por externar lo que venía sintiendo desde un tiempo atrás.

–Solo estoy diciendo que tu jefa debió esperar a que maduraran un poco antes de lanzarlas al ruedo. Jane y tú son muy buenas, pero yo no hubiera arriesgado mis ases de esta forma. Debió mantenerlas a buen resguardo por un tiempo para que se foguearan y aprendieran a manejar poco a poco la presión. Así solo se agotarán y en pocos meses cuando no puedan con todo lo que les irá cayendo encima, renunciarán y se sentirán fracasadas cuando la culpa solo será de tu jefa.

Los ojos de Isabella me miraban sin parpadear, mostrando el asombro que tenía por todo lo que le estaba diciendo. Por un momento su respiración pareció agitarse pero luego volvió a recobrar su ritmo calmado.

–Me voy a la cama – dijo indignada caminando a las escaleras.

–Subiré en un momento.

–No – se detuvo a la mitad y se giró ligeramente para mirarme –. Tómate tu tiempo, por favor.

–¿Me estás dando una orden, Isabella? – le pregunté con los ojos entrecerrados, ella solo se encogió de hombros y continuó subiendo.

Furioso por ese intempestivo cambio de actitud, me encerré en el estudio. Algo más era lo que tenía a Isabella tan susceptible y seguramente era el hijo de puta de Black.

–Quiero saber todas las actividades de Isabella estos últimos días – le exigí a Paul que entró rápidamente a mi llamado.

–Todos los movimientos de la señorita se han mantenido dentro de lo normal – respondió serio –. Va a la agencia, a veces come con la señorita Jane y al salir de la agencia, nos pide que la llevemos a su apartamento, se queda ahí un buen rato y luego venimos para acá; eso es todo, señor.

–¿La han visto hablar con alguien que no esté en la lista? – enarqué una ceja.

–No, señor, con nadie.

–Puedes retirarte, Paul.

–Señor… – se inclinó un poco y salió.

Demonios…

Otra cosa que también debí tomar en cuenta era que mi pequeña tal vez ya le había encontrado una causa equivocada a mi comportamiento y dado lo confundida que estaba, se portaba tan intolerante conmigo, pero no era nada que no pudiera solucionar aunque tuviera que romper mi propia promesa de mantener mis manos y mi sucio deseo lejos de ella.

Me tomé un par de tragos antes de subir a nuestra habitación; me servirían para relajarme un poco y calmar el latido de mi corazón que rebotaba contra mi pecho por la ansiedad. La necesitaba. Y era un puto iluso si pensaba que podía dominar el fuego que me consumía con solo pensar en tenerla de nuevo entregándose a mi de todas las formas que yo deseara. Pero lo intentaba, por ella, por mi, por nosotros, si que lo intentaba…

De dos en dos subí las escaleras y entré sigilosamente a la habitación; solo la tenue luz de la mesita de mi lado de la cama estaba encendida e Isabella, dándome la espalda. Me arrodillé en la cama y me incliné sobre ella. Ya estaba dormida. Me maldije. Quizá tardé demasiado en tomarme esas dos copas. Resignado comencé a desvestirme para acostarme de una buena vez.

En otras circunstancias, seguro que no me hubiera importado haberla encontrado dormida, la hubiera tomado sin reparo alguno pero no en esa ocasión, ya no. El que esa mujer a mi lado me importara tanto había cambiado muchos conceptos que regían mi vida y estaba seguro que cambiaría muchos más en el futuro. La abracé como ya era mi nueva costumbre y al sentir su respiración calmada y pausada, me quedé dormido.

Desperté un poco antes que ella. No aflojé mis brazos a su alrededor, era delicioso sentirla tan relajada y pegada a mí. La estudié y repasé una y otra vez su perfil, las pecas en su naricita respingona y sus labios tan rosados. Su pelo suelto en un charco castaño y sedoso que adoraba ver tendido en la almohada. Se movió un poco y muy despacio fue abriendo los ojos. Sin esperar más, le di un beso en los labios.

–Siento lo de anoche – murmuré sobre ellos. Isabella abrió los ojos tan grandes que creí se le saldrían de sus órbitas –. ¿Qué pasa?

–Tú, ¿disculpándote? – preguntó con voz ronquita y asentí.

–Creo que fue un comentario sincero hecho en el momento equivocado.

–Todo tú estás equivocado, pero creo que puedo perdonarte – me sonrió.

–Que conste que no estoy del todo mal en mis apreciaciones, pero hoy no quiero que nos disgustemos por nada, así que sí, perdóname – me dio un beso en los labios y rió.

–Listo, perdonado estás.

–Mmm, no sabía que la hija de Joda dormía conmigo – me burlé y de repente mi nalga izquierda recibió un manotazo.

–¡Hey! – protesté.

–Sin quejas, y al baño porque ya es tarde – comenzó a dar órdenes. Me levanté y la cargué en mis brazos.

–Órdenes son órdenes – me reí –, al baño.

A media mañana, decidí llamarla para resarcir un poco lo desatendida que la había tenido por razones obvias. No respondió mi llamada, seguramente estaba en una junta con la explotadora de su jefa así que no seguí intentándolo. También tenía pensado llevarla a comer pero un poco más tarde recibí un mensaje suyo diciéndome que estaría encargándose de un asunto y que nos veíamos por la noche en casa, pero un poco antes del mediodía, Paul me llamó.

–Señor Cullen, la señorita Isabella nos pidió que la trajéramos a su apartamento y… – una pausa…

–¿Y qué? – pregunté algo alarmado por lo extraño de la llamada.

–… y una compañía de mudanzas está sacando sus cosas y algunos de sus muebles, señor.

–¿Isabella está haciendo qué? – grité exaltado.

–Parece que la señorita Isabella se está mudando, señor.

–No te muevas de ahí, reténganla ahí hasta que llegue, y no dejen ni tú ni Jason que saquen una sola cosa más de ese apartamento, ¿entendido?

–Sí, señor.

Salí de la oficina como alma que lleva el diablo. En mi cabeza giraban mil teorías de la razón por la cual Isabella estaba haciendo eso, pero no pude concretar ninguna. Recordé que era casi lo mismo que Rosalie había hecho para huir de Emmett, pero de nuevo no encontré motivo para que ella quisiera alejarse de mí y por más que quise tranquilizarme, mis nervios estaban haciéndome añicos.

No te vayas…

Rogaba mientras Dean libraba hábilmente el tráfico de esa hora y en pocos minutos pudimos llegar a su apartamento para detenerla. Justo como había dicho Paul, un camión ya tenía arriba varios muebles de Isabella y muchas cajas.

Bajé del auto tan rápido como pude y subí hasta su apartamento. La puerta estaba semiabierta y entré con precaución. Nunca pude haber imaginado que me encontraría ahí con Isabella y su padre, frente a frente. Me quedé en el pequeño pasillo de la entrada, sin hacerme notar.

–No tienes porque hacer esto, hija – decía su padre.

–Sí, sí tengo – respondió ella inmediatamente –. Tengo que hacerlo porque no quiero tener nada que me implique una obligación contigo.

–Estás siendo un poco intransigente, Bella, yo nunca te he exigido nada.

–Éstas son las facturas de los servicios, todas están al día. Los muebles que quedan son los que compré con tu dinero, no me llevo nada de eso y toma – le entregó unas llaves –, éstas son del apartamento y éstas otras, del auto.

–Bella…

–Muchas gracias, papá, por todo. Y no pienses que hago esto porque no te quiero y me estoy desquitando por lo que pasó, porque no es así. Lo hago porque siento la necesidad de cortar contigo este cordón, así ya nada me ata a ti más que el cariño tan grande y desinteresado que te tengo.

–¿Lo haces por él, Bella?

–Lo hago por mí.

–¿Están viviendo juntos? – Isabella asintió y respondió.

–Si.

–Las chicas… ellas dicen que él es peligroso.

–Ellas no lo conocen, nunca le dieron esa oportunidad y a mí tampoco, me dieron la espalda y durante todos estos meses me he tenido que acostumbrar a estar sin ellas, solo él me ha apoyado y se ha mantenido a mi lado sin importarle nada.

–Bella, ¿lo amas?

El tiempo quedó suspendido para mí, esperando escuchar su respuesta.

–Yo… .*


*


*


*
Isita, mil gracias por siempre tener tiempo para mi; Lo, Lethy y Coudy, gracias por los divertido de buscar los porqués y complementos de esta historia y este blog; Nani, un beso cari.
Y a todas ustedes por seguirme, les prometo que pronto sabrán cual fue la reacción de Edward.
Besitoo
Li

16 comentarios:

  1. Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
    Li esto cada vez se pone mejor, ¿cómo se supone q voy a estar tranquila si me dejas así?
    Muero x leer el próximo capi, hahaha sigo odiando a las arpías y a Charlie, el cree en ellas y a Bella ni siquiera le da el beneficio de la duda jummm es un tonto.
    Yo cada vez me enamoro más de Nuestro Señor, te mando un beso y nos seguimos leyendo.

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  2. Par de lagartas esas alice y rosalie! ellas portandose como zorras con jasper y emmet para que al mismo tiempo meten zisaña entre bella y charlie, ojala edward haga algo al respecto como lo esta haciendo con jacob!! Buenisisimo capi Li, saludos!

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  3. me encanto es geniallllllllllllll y dios que amigas a tenido Bella ya que por su culpa a tenido que desligarse de su padre que cree que Edward es peligroso,sigue asi nena ....Besos..

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  4. oh esto se pone ardiente, como amo a nuestro señor enamorado, pobre perro que sepa que lo que viene le va a dar duro, y charlie vera que ya bella no es una niña y que nuestro señor la protege. no dures mucho para el proximo capi siiii!

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  5. QUE TAL CAPITULO.......... me desenfoque cuando Isabella se iba de su casa pense que tambien lo abandonaria, pero no fue asi YUPIIIIIII.
    Cuidate, saluditos

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  6. Gracias Li, me encantó el capítulo, sabes sembrar dudas para luego dejar ver que no esl o que parece. Es genial. Un beso

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  7. OH MI DIOS EDWARD ESCUCHO ESOOO!! AHORA QUE HARA CON ESA CONFESION EN SUS MANOS!! AWWWWW ESTOS ESTA CADA VEZ MAS INTERESANTE....GRACIAS LI POR ESTA MARAVILLOSA HISTORIA!!

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  8. ooo estuvo genial prfiss actualiza pronto besitos

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  9. diooooooooooooosss!!!!! OMG.... ahaaaaaaaaaaaaaaaaaa me degas sin palabras, no puedo creer k nos hagas esto Li, pero sabes k te adoramos, me encanto, me encanto y no puedo creer k nuestro edward escuchara eso, no podre estar trankila hasta k nos cuentes k hara edward con esa baliosa informacion en sus manos, ME ENCANTA!!!!!

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  10. woauuu el capítulo genial de verdad, solo puedo decir que necesito un Ed en mi vida jajaja no es broma tengo al mio en mi casa, me encanta como se comporta con Bella. ella me da mucha penita, lo está pasando realmente mal pero ya es hora que se habrá mas con Ed, está muy cerrada y a veces me desespera, él está muerto con ella pero a ella no le veo el mismo grado de implicación, en mi humilde opinión necesita una buena dosis de celos jajajaja que mala soy. Muchas gracias nena por darnos estos regalos, pero por favor no tardes tanto en actualizar me desesperoooooo besitos desde algún lugar de España lunn90

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  11. Siempre dejo mis comentarios en fanfiction pero no seria sincera si leyera tus historias y no apoyara tu blog, que es donde realizas un gran trabajo y tiempo.La historia me tiene enganchada, es decir poco durante la semana despues de leer, le doy mil vueltas a lo que ppodra pasar y SIEMPRE me sorprendes. Gracias por estos momentos. Carlota

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  12. woow es increible esta historia, hace tan solo un par de dias que vi esta pagina y me tieneeee super enganchada, no puedo creerlo esta historia es buenisiiiiima ...que horror ya quiero seguir leyendo que pasara despues de lo que escucho Edward.
    te felictio esto esta geeeeenial

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  13. no puede ser esta insertidumbre!!! bueno esperare el siguiente capitulo.gracias Li!!

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  14. omg!!!! lo dijooooo lo ama!!!! dios, esto cada vez se pone mejor!! edward planeando la venganza contra black!! muy buen capitulooooo!

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  15. por favor el siguiente capitulo no nos dejes asi!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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  16. Que buen capitulo! Volvi tarde pero volvi...! Gracias por el capitulo.

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