lunes, 27 de febrero de 2012

CAPITULO 28


                Apoyo Incondicional

La amistad no puede ir muy lejos cuando ni unos no otros están dispuestos a perdonarse los pequeños defectos.
Jean de la Bruyere.


Canciones recomendadas para este capítulo: 
The only exception, Paramore
Gomenasai, T.A.T.U.
Ipod actualizado con los temas.


BELLA’S POV

–¡Rosalie!

Grité horrorizada al ver como caía desplomada mi amiga y cerré mis ojos porque no quería ver cómo su cabeza se estampaba contra el duro concreto, pero los impresionantes reflejos de Edward impidieron el choque ya que pudo colocar su mano justo a tiempo evitando el golpe.

–Edward – dije su nombre aliviada y llegué para arrodillarme junto a Rosalie –. ¿Qué tiene? – lo miraba angustiada buscando que pudiera darme una respuesta a mi pregunta, pero me contestó nada, en cambio tomó a Rose en sus brazos y se dirigió hacia adentro de la casa.

¿Qué hacía Rosalie ahí? ¡Y sola! me preguntaba mientras seguía a Edward.

Sam ya había abierto la puerta al oír mis gritos y al ver a Edward con Rosalie en los brazos le pidió seguirlo escaleras arriba; se veía nervioso, pero no perdió la compostura como lo hizo Sue que se encontraba en las mismas condiciones que yo, al borde de un ataque de nervios, pero presurosa, se adelantó a abrir la puerta de la que era la habitación de Rose y le indicó que la acostara en la cama, lo que hizo sin ningún esfuerzo ya que Rosalie estaba tan delgada que con seguridad no pesaba nada.

–¡Sue, hay que llamar al Dr. Carson! – dije nerviosa sentándome en la orilla de la cama junto a Rose pero inmediatamente me volví a poner de pie ansiosa.

–Yo lo haré – Sam dio media vuelta para salir de prisa.

–No – Sam se detuvo ante la orden de Edward y lo miró como si estuviera loco –. Sue, trae un poco de alcohol por favor, si con eso no reacciona entonces lo llamas, Sam.

Él asintió con la boca torcida de disgusto mientras Sue corría por el alcohol y yo le quitaba los tenis a Rosalie. Ya con el algodón empapado, lo pasé por su nariz y cuando creí que tal vez iba a ser mejor llevarla a Emergencias por lo pálida que se veía, ella comenzó a reaccionar.

Rosalie comenzó a hacer gestos, lo que indicaba que estaba a punto de volver en sí. Yo estaba casi sobre ella junto con Sue del otro lado de la cama y Sam miraba impaciente la escena. Edward permaneció alejado, pero frente a la cama. Poco a poco, Rose fue abriendo los ojos y lo primero que vio fue mi rostro asustado; un gesto de dolor se reflejó en su cara y luego desvió la mirada para encontrarse con la de Edward. Comenzó a negar muy despacio con la cabeza y a moverse muy inquieta en la cama mientras Sue y yo tratábamos de tranquilizarla, pero Rosalie jadeaba nerviosa y extrañamente asustada.

–Por favor, permítanme – Edward se acercó pronto al lado de Rosalie y tanto Sue como yo nos hicimos a un lado para darle espacio, se inclinó sobre ella y tomó su mano.

–¿Cómo te sientes, Rosalie? – le preguntó suavemente, pero ella no respondió, solo lo miraba mientras sus ojos brillaban angustiados.

–Isabella, cariño, creo que será mejor que llamemos al doctor – Edward mantenía fija su atención en ella –, Rosalie no se ve muy bien.

–Voy a llamarlo – Sam ofreció de nueva cuenta preocupado y la mano de Rose se resbaló de entre las de Edward.

–¡No! – habló finalmente aunque el timbre de su voz reflejaba un miedo que no entendía –. Ya me siento mejor… gracias.

–¿Estás segura, Rose? – Edward le preguntó realmente preocupado.

Rosalie asintió débilmente y él palmeó el dorso de su mano – Está bien, confiaremos en ti.

–Edward, ¿me esperas afuera? – le pedí mucho más tranquila una vez que vi que Rose estaba mejor –. Vamos a ayudarla a ponerse cómoda.

–Por supuesto – me sonrió –, mientras lo hacen, Sam puede pedir que le suban algo de comer.

–En este mismo instante – el hombre accedió –. ¿Una sopa caliente, niña? – le preguntó cariñoso a Rose y ella asintió despacio.

Los hombres salieron y Sue me dijo que subiría la maleta y el bolso de Rose que con la urgencia, se habían quedado en el hall. Al quedarnos solas, Rose volteó la cara hacia la ventana evitando encontrarse con mi mirada. De nuevo esa sombra gris la cubrió y su rostro volvió a entristecerse de nueva cuenta.

–Rose, ¿por qué estás así?, ¿qué sucedió? – intenté agarrar su mano pero ella la movió impidiendo el contacto.

–Ya estás en casa, no debes tener miedo – al decir esto giró su rostro y me miró como queriendo gritarme algo.

–Estamos juntas – murmuré –, sabes que no voy a dejarte sola, no importa lo que pase, nunca lo haré.

Ella cerró los ojos y justo en ese momento entró Sue con sus cosas, las llevó al vestidor y rápidamente salió con una pijama en las manos. La ayudamos a cambiar pero noté que trataba de esquivarme lo más que podía, siendo así Sue la que hizo todo el trabajo mientras que finalmente yo solo las observé.

Después de unos golpecitos en la puerta, Sam entró con la sopa para Rosalie y al dejarle la mesita sobre sus piernas, pude jurar que le sonrió levemente. Suspiré profundamente, estaba claro que no quería nada de mí aunque darme cuenta de eso, no borró el enojo que bullía en mi interior. Salí de la habitación y me encerré en la mía buscando el teléfono. Con los ojos nublados más por el coraje que por la tristeza, marqué un número al que tenía mucho tiempo de no llamar.

El tono sonó varias veces pero poco me importaba la diferencia de horario; entró el buzón y volví a marcar un par de veces más. Iba a contestarme tarde o temprano. Por fin respondió y mi ira aumentó al oír risas y gritos alegres.

–¿Hola? – respondió entre más risas.

–¿Me puedes decir qué carajos le pasó a Rose?

–¿Qué?, ¿de qué hablas? – su voz de pronto se tornó irritada en la línea.

–De Rosalie, Rosalie Hale – respondí con ironía.

–¿Y tú quien te crees que eres? Hablas exigiendo como si tuvieras algún derecho y resulta que ni amigas somos – no ocultó el cinismo en sus palabras.

–No te adjudiques ese título cuando ni tú misma has sido capaz de cuidar a tu propia amiga – le solté furiosa.

–¿Dónde está? – noté el cambio en su voz –. ¿Qué tiene?

–Ella apareció hace un rato frente a la casa, estaba verdaderamente ausente, como una zombie, ha bajado al menos unas 10 libras y… se desmayó por lo débil que está – no pude evitar el sonar preocupada.

–Yo… no entiendo – dijo despacio, confundida y me enojó mucho que ni siquiera supiera por lo que Rose estaba pasando.

–Buena amiga resultaste que ni siquiera sabes que ella está casi como aquella vez y que además está aquí en San Francisco, te lo digo por si te interesa saberlo, está aquí, en casa, le diré que te llame cuando se sienta mejor.

Corté la llamada sin más. El teléfono volvió a sonar, pero no contesté. Que la carcomiera la culpa de haber descuidado así a Rose, ¿y ella se decía amiga?, ¿dónde diablos estaba metida que hacía semanas que no la veía?

El teléfono repiqueteó insistente y lo apagué. Me senté en mi cama intentando encontrar una sola razón que justificara el estado de Rose pero no pude. Me dolía mucho verla así pero mucho más me dolía que no se abriera conmigo cuando veía que quería hacerlo; algo le impedía hablar, sincerarse, pero solo era cuestión de tiempo, me dije con convicción esperando que ya en casa y sintiéndose segura se animara y confiara en mi.

Otra teoría que se vino a mi cabeza fue que se hubiera peleado con Emmett. Esos dos no se despegaban y era muy extraño que no estuvieran juntos. Comencé a hacer memoria y recordé que la tarde del supermercado ella se veía igual de que ahora. Algo había pasado entre ellos, ya no cabía duda; eso era lo que la tenía así. ¿Sería posible que de verdad lo amara tanto como para caer en una depresión tan grande?

Triste por no lograr que mi amiga olvidara nuestras diferencias y maldiciendo una y otra vez haberle dado la espalda y haber desperdiciado la oportunidad de acercarme a ella cuando me lo pidió aquella tarde, salí de mi habitación para ir en busca de Edward. Bajé y lo encontré en uno de los salones; al verme se acercó a mi y me llevó con él a un sillón sentándome en su regazo.

–¿Cómo está Rosalie? – me preguntó en un susurro.

–Está descansando, Sue acaba de salir de su dormitorio y me lo confirmó – me abrazó y rodeé su cuello. No supe que necesitaba tanto que lo hiciera hasta que esa sensación de bienestar me cubrió y me llegó hasta adentro.

–¿Y tú, estás bien? – me susurró mientras acariciaba mi pelo muy despacio y asentí.

–Isabella…

–Sí, Señor – respondí de inmediato al llamarme la atención –. Es Rose la que no está bien.

–¿Ha dicho qué le sucedió?, ¿te ha dicho algo?

–No, pero…

–¿Pero qué, cariño? – levantó suavemente mi barbilla y sus mis estaban a punto de derramar las lágrimas. Limpió con sus pulgares mis húmedas pestañas y rozó con mis labios cada uno de mis párpados.

–Ella siempre ha sido muy fuerte y… y se necesita mucho para que ella se encuentre así – me abrazó y comenzó a mecerme despacio mientras sollozaba –. Sé que algo le pasa, pero no quiere decirme nada… tal vez sea que está así por Emmett, ¿sabes si pasó… – me detuve porque de pronto recordé que él había insinuado algo sobre ellos hacía un par de días.

–¡Tú sabes que pasó! – me giré completamente hacia él.

–No es asunto nuestro, Isabella – sentí que se tensaba al responderme haciéndome entender que efectivamente, mis sospechas eran ciertas, pero que no me iba a decir nada más.

–¡Pero mira como está mi amiga! No puedo quedarme sin hacer nada, ¿qué clase de amiga crees que soy? – comencé a alterarme pero Edward colocó sus manos en mis mejillas sujetando mi cara para mirarnos.

–Bella – decía despacio y con voz muy ronca –, tienes que respetar su decisión. Si ella prefiere mantener sus asuntos privados, tú tienes que concederle ese derecho, que es exactamente lo que ella no hizo contigo, no respetó tu derecho a conservar tu intimidad y tanto ella como Alice te hicieron sufrir cuando tú no hiciste nada malo, amor. Ahora es cuando debes demostrarle que la respetas y que no le exiges nada. Eso es lo que haría una buena amiga.

–No es lo mismo…

–Sí, lo es.

–Yo debo cuidarla – lo miré angustiada mientras insistía –, tú no lo entiendes, Edward, pero debo hacerlo, aunque ella no me lo pida y no me diga nada.

Edward suspiró frustrado porque sabía que mi terquedad iba más allá de lo razonable y mientras más insistiera, más me aferraría.

–Está bien – presionó con sus dedos el puente de su nariz –, no me opondré a que estés cerca de ella y a que la cuides, pero al primer rechazo o negativa de su parte tendrás que mantenerte al margen. ¿Entendido?

Una pequeña sonrisa relajó mi rostro preocupado y lo abracé al mismo tiempo que llenaba de besos ligeros sus mejillas sinceramente agradecida por la concesión que estaba haciendo conmigo.

–Gracias, gracias, Edward.

–Ahora ve a arreglarte que nuestra cena sigue en pie – me movió de su regazo y nos levantamos.

–Pero…

–Pero nada, Isabella; Rosalie va a descansar y nosotros seguiremos con nuestro plan, punto – dio por concluido el asunto y subimos las escaleras –. Descansa unos minutos y nos vemos aquí en una hora. Sé puntual.

–Sí, Señor – dije con resignación y cerró la puerta tras de si.

***.

El Golden Gate es quizás el símbolo más emblemático de San Francisco a pesar de no ser éste el más grande. La iluminación lo hacía ver imponente esa noche desde el enorme ventanal del exclusivo restaurante donde nos encontrábamos. Por más que había tratado de disuadir a Edward de quedarnos en casa para poder estar pendiente de Rose, no pude y ya no quise intentarlo porque sabía que si tiraba de más de la cuerda se enojaría y ya bastante había logrado con que me permitiera estar cerca de ella.

–Te queda precioso – me hizo dar una vuelta para admirarme y me ruboricé.

Esa noche me puse el juego de diamantes y rubíes que me había regalado; era realmente hermoso y aunque estaba saturado de las piedras preciosas, no se veía recargado ni de mal gusto. Coqueteé conmigo misma en el espejo y sonreí al pensar que Edward se había tomado el tiempo para elegir él mismo mi regalo. Porque si lo había escogido él, ¿no?

Deseché de mi mente la tonta idea de que le hubiera encargado a alguien más esa tarea tan personal y me obligué a pensar positivamente. Terminé de arreglarme y llamé a Sue para que estuviera muy pendiente de Rose mientras yo estaba fuera aunque no era necesario hacerlo. Tanto Sue como Sam habían estado con nosotros desde mucho antes de que mamá enfermara y conocieron a las chicas desde las primeras vacaciones que las traje conmigo a casa. Estaban muy encariñados con ellas y aunque estaba tranquila porque Rose se quedaba en buenas manos, no podía dejar de pensar que la razón por la que ella se encontraba así era Emmett.

Pero, ¿qué demonios pudo haber pasado entre ellos si él era el chico perfecto?

Desde que lo conocí en esa cena de arquitectos en donde choqué con Edward, estuve convencida que él era el hombre ideal para Rose. Atento, educado, pendiente de ella en todo momento, pero fue la mirada de adoración con que la veía lo que me terminó por convencer. Emmett estaba enamorado y cuando alguien lo está, es imposible tratar de ocultarlo y no es que él hubiera querido hacerlo, al contrario, parecía feliz y orgulloso de que todos lo supieran, así como me hubiera gustado que se sintiera Edward al compartir esa noticia con sus padres y con el mío, porque lo aparentaba, si, pero no lo sentía.

–¿Te gustaría que pidiera vino? – su voz me distrajo.

–Sí, sí, vino está bien – parpadeé repetidamente.

Entonces tenía frente a mí un misterio; si estaban tan enamorados, ¿tan fuerte era lo que había sucedido entre ellos como para que Emmett no estuviera a su lado?, ¿cómo para dejarla sufrir esa agonía que la consumía?

Obviamente si, y él tampoco lo estaba pasando muy bien porque si se emborrachaba en un bar con un amigo, era porque quería ahogar una pena. ¿Me costaría mucho convencer a Edward de contarme la verdad?

El mesero llegó con la botella de vino y después de aprobarla Edward, me sirvió. Brindamos por algo pero no puse atención y no me enteré del motivo. Así como tampoco podía concentrarme en el menú que sostenía en las manos. Además no tenía hambre, tanto lío y embrollo me tenían con la mente a mil millas de ahí; antes de que pudiera darme cuenta Edward había ordenado por mí y el mesero retiraba amablemente de mis manos el menú. En un tiempo que me pareció brevísimo, nuestro mesero ponía los platos frente a nosotros.

–Salud, cariño, y buen provecho – levantamos las copas y bebimos de ellas antes de empezar a cenar.

Mi plato tenía una carne muy suave, ¿era carne?, el cuchillo se deslizó en ella cortando un pedazo pequeño. Lo tomé con el tenedor y me lo llevé a la boca… un sabor terroso y amargo, con una sensación bastante desagradable llenó mi boca provocándome una arcada. Rápidamente coloqué la servilleta en mi boca y escupí en ella el asqueroso bocado. Con urgencia le di unos tragos a la copa de vino para quitarme el horrible sabor mientras Edward se ponía de pie tomándome del brazo y llevándome con él sin ninguna delicadeza.

De reojo pude ver que dejaba su tarjeta sobre la mesa mientras me arrastraba fuera del restaurante sin importarle mucho si nos miraban o no.

–Muévete – presionó con más fuerza su mano alrededor de mi brazo.

–Edward – me quejé por su rudeza, ¿qué le ocurría?

–Cállate y camina, Isabella – me ordenó entre dientes –. Si no quieres estar aquí, cállate y obedece.

–Pero si quiero – mascullé con dificultad al llevarme del brazo atropelladamente.

–Pues no lo parece – murmuró molesto al sacarme del lugar. El capitán de meseros, apurado nos alcanzó para darle la tarjeta y Edward me empujó al interior del auto que esperaba por nosotros.

–Edward, por favor – me giré en el asiento y lo miré suplicante, pero me abstuve de decirle algo más al recibir su mirada furiosa.

–Juan, llévame a un puesto callejero de comida – el hombre miró por sobre su hombro, buscando más confundido que intrigado el rostro de Edward para cerciorarse que no había escuchado mal.

–¿Señor? – su pregunta delataba su confusión.

–Oíste bien, Juan y apresúrate – le ordenó.

–¿De qué tipo de comida, señor? – titubeó al hacer su pregunta.

–Estoy seguro que a mi hermosa mujer no le importará – atrapó mi mano y traté de soltarme pero la apretó con fuerza –. Sólo date prisa porque muero de hambre.

Edward tenía mi mano en la suya, pero todo mi cuerpo estaba dirigido hacia la puerta del auto y mi atención, por supuesto también estaba hacia la calle. No iba a darle el gusto de ver mis lágrimas que corrían por mis mejillas. Esos inesperados arranques de Edward me hacían sentir tan insignificante, tan confundida y tan vulnerable que la idea de que probablemente yo no era lo suficientemente buena para él, daba miles de vueltas por mi cabeza.

Y tal vez yo tuviera razón y no lo fuera al no poder estar pendiente de él, al no ser capaz de hacer a un lado todas mis preocupaciones y dedicarle mi tiempo por entero pero no iba a demostrárselo. Con mi mano libre sequé mis lágrimas y me mantuve todo el trayecto mirando hacia fuera, aprovechando el tiempo para tranquilizarme mientras llegábamos a donde fuera que nos dirigíamos.

El auto se detuvo en una esquina muy concurrida de un barrio no muy elegante.

–¿Comida mexicana, señor Cullen? – Juan parecía orgulloso de su selección.

–Bien, Juan – Edward aprobó y abrió la puerta para bajar; yo permanecí quieta en el asiento y él se inclinó hacia mí.

–Bajas, sonríes y te quiero ver cenar contenta, ¿Entendido?

–Sí, Señor.

Después de la advertencia , me limpié las lágrimas y comencé a moverme. Bajé del auto con una sonrisa tímida para cenar en un puesto de comida ambulante, enfundada en mi hermoso vestido azul oscuro de Monique Lhuillier y luciendo el juego de rubíes que me había regalado esa madrugada de navidad.

Íbamos ya de regreso a casa con el estómago lleno y al parecer con la ira de Edward aplacada gracias a la deliciosa cena que tuvimos gracias a Juan, su chofer de alquiler. Muy atento nos consiguió una mesa improvisada entre los comensales que cenaban de pie y nos sugirió las especialidades de la casa. Yo me decidí por unos tacos de carne asada y Edward eligió lo mismo acompañado de unas cervezas muy frías. Juan se sentó con nosotros, al principio renuente, pero Edward insistió y ya no pudo negarse. Fue un rato agradable y una cena deliciosa, y gratis porque Juan no aceptó que Edward pagara la cuenta.

–Muchas gracias, Juan – él se ruborizó cuando le agradecí.

–Es un placer, señorita – se inclinó ligeramente hacia mi.

–Juan… – Edward lo llamó, asintió en su dirección y él sonrió satisfecho.

Mi mano, como hacía un rato antes, descansaba en la suya entrelazando nuestros dedos. Mi cuerpo ya no estaba opuesto al de Edward, sino que recargaba mi espalda contra su pecho y me encogía de hombros suavemente cuando sentía sus labios rozar mi cuello. Ninguno de los dos decía nada y no hacía falta. Yo había entendido el mensaje a la perfección; nunca volvería a estar distraída y mucho menos ignoraría a Edward cuando estuviéramos juntos.

Entramos a casa tomados de la mano, tenía todas las intenciones de quedarnos un rato a oscuras en uno de los salones pero Charlie se nos adelantó encendiendo las luces del hall, sorprendiéndonos.

–Buenas noches, Charlie – saludó Edward educadamente, pero papá solo nos miró enojado. Vaya, esa noche no estaba resultando la mejor para nadie.

–¿Cómo pudiste irte a divertir estando Rose tan enferma, Bella? – su reclamo no se hizo esperar.

–No creí que Rosalie despertara, Charlie, por eso me atreví a sacar a Isabella a cenar, estaba muy nerviosa y quise distraerla – a ese paso, Edward iba a escribir un libro con excusas y disculpas. Papá arrugó la nariz ignorando sus palabras y me miró enojado.

–Estoy esperando una explicación – me exigió y Edward me pegó a su cuerpo.

–Es verdad, Charlie – volteamos hacia las escaleras y vimos a Rosalie ahí de pie –. Yo les insistí en que estaba bien y les pedí que salieran, no iba a amargarles la noche con mi tonta gripe.

–Debió quedarse contigo y no salir a divertirse – farfulló mi padre.

–Ya, no seas gruñón y vete a la cama, mañana tú y yo tenemos que ponernos al día – lo señaló con un dedo advirtiéndole.

–Ah, está bien, pero ya sabes, si necesitas algo debes llamarnos, ¿de acuerdo? – ella asintió y le dio un gran abrazo y un beso en la mejilla. Charlie se despidió también de Edward y de mí con su disgusto evaporado como por arte de magia. Mis hombres bipolares…

Rosalie se quedó en las escaleras bien agarrada del barandal, hasta que Charlie desapareció de nuestra vista. Entonces su rostro cambió, con el sufrimiento y el miedo de vuelta. Se giró despacio y comenzó a subir cuando caminé hacia ella.

–Déjame ayudarte – me acerqué para servirle de apoyo y ayudarla a subir, pero se negó.

–No – se aferró al barandal –. Estoy bien.

Poco le importó a Edward lo que dijo y en segundos ya la tenía en sus brazos e íbamos subiendo hasta su habitación. Aunque hubiera intentado luchar, estaba tan débil que no hubiera podido hacerlo, así que sin ningún problema la dejó en su cama, donde yo ya tenía las sábanas listas para arroparla. Rosalie solo nos miraba en silencio estudiando nuestros movimientos, precavida.

–¿Me dejas un momento a solas con Rose? – le pedí a Edward; tal vez fuera un buen momento para acercarme y que me contara lo que había sucedido con Emmett, pero Edward me miró con las cejas muy juntas, para nada contento con mi petición.

–Creo que Rosalie nos agradecerá que la dejemos descansar, cariño – se acercó a mí rodeando mi cintura para irnos.

–Sólo será un momento – insistí.

–Ya es un poco tarde, Isabella, y Rosalie está cansada – sentí sus dedos presionando mi cuerpo –. Vamos.

Un poco decepcionada y bajo la sorprendida mirada de una muda Rosalie salí de su habitación deseándole buenas noches. Yo sabía que me iba costar mucho convencer a Edward para que me dejara cuidarla y estar con ella todo el tiempo que quisiera y no sabía porqué. Ya había aceptado que lo hiciera, ¿entonces?, ¿cuándo me dejaría hacerlo?

Esperaba junto a mi puerta que Edward me diera alguna instrucción, pero parecía que por haber sido un día lleno de sorpresas y emociones, el también quería descansar. Se despidió de mí como todo un novio muy propio y antes de entrar a mi dormitorio, me giré y lo llamé.

–Edward…

Mencioné su nombre con mi vocecita tímida, esa que sabía muy bien que podía hacer estragos en él. Lo escuché exhalar profundamente y se giró para encararme.

–¿Qué pasa?

–Yo… siento lo de hoy en el restaurante – me disculpé con la mirada baja y suspiré. Di un par de pasos hacia él y me tomó de la barbilla.

–Sé que esto se está volviendo más intenso conforme va pasando el tiempo, Isabella – me besó suavemente en los labios –, y creo que hasta ahora te empiezas a dar cuenta de lo egoísta que soy al no tener ni la más mínima intención de compartirte con nadie, ni siquiera tus pensamientos.

Abrí los ojos lentamente y le sostuve la mirada.

–Eres mía, toda mía. Tu cuerpo, tus emociones, toda. Toda tú me perteneces y mis deseos no están a discusión. No soy un hombre que cede, ya lo sabes, así que… – volvió a besarme –. Ya lo sabes…

***.

Esa mañana me levanté muy temprano. Me di una ducha y me arreglé para Edward. Estaba de muy buen ánimo porque había tenido una buena noche a pesar de todos los acontecimientos del día anterior, y aprovecharía el tiempo que tenía por haber madrugado para estar con Rose. Si Edward no quería ceder su tiempo para que estuviera con mi amiga, pues entonces lo buscaría de una manera u otra.

Le pedí a Sue que preparara algo rico para Rose y después me fui directamente a su habitación. No toqué antes de entrar, siempre habíamos tenido la confianza como para no hacerlo. La habitación estaba iluminada por la luz solar gracias a que las cortinas estaban corridas. Rose estaba sentada en la cama, recargada contra el cabecero y jugando distraída con sus dedos.

–Hola, Rose.

Dije muy despacio mientras me sentaba a su lado. Ella asintió casi imperceptiblemente y el alivio descendió sobre mí. Ése era un gran paso.

–¿Dormiste bien?, ¿te sientes mejor? – intenté tomar su mano pero me esquivó.

–Aquí estoy, Rose, háblame – le pedí casi en un ruego y me miró. Sus pupilas temblaban por las lágrimas que estaban por caer.

–No voy a dejarte sola, Rose, nunca – logré decir pese al nudo en mi garganta y de pronto, la escuché…

–Yo… no pue..do…

Y sin más, se aferró a una almohada y comenzó a llorar, justo como aquella vez…

–Rose, no, mírame, mírame.

Me acerqué a ella y quise abrazarla pero se removió sin permitírmelo. Ya con esa reacción no quise preguntarle qué había pasado con Emmett, porque estaba segura que el asunto era mucho más grave de lo que pensaba. Ella sólo tomó mi mano y comenzó desahogarse, pero sin decir nada más. Yo acariciaba su brazo, su espalda y así estuvimos un rato hasta que se calmó. ¿Sería bueno que siguiera insistiendo? Posiblemente no, pero no me alejaría, le había prometido que me quedaría a su lado y lo cumpliría.

Cuando se tranquilizó, Sue entró con la mesita del desayuno, como si hubiera sabido que era un momento en el que no debía interrumpirnos. Le sonreí y coloqué la mesita sobre las piernas de Rosalie.

–Come algo, mira, son los waffles que te gustan – le dije como si fuera una niña pequeña, pero apenas los miró. Creo que Sue hablaba tanto que solo porque ya se callara, comió un poco. Le retiré la mesita y nos dijo que se daría un baño. Al menos ya estaba dando señales de estar viva y no como un muerto viviente. Decidimos salir para darle espacio y no agobiarla y antes de cruzar la puerta vi mi reloj. Diez minutos después de las nueve.

¡Mierda!

Atravesé la puerta desesperada hacia el pasillo y Edward estaba a un lado de las escaleras esperándome para bajar. Al escuchar mi apuro, volteó apara verme y supe que mi día no estaba empezando tan bien como supuse que iría.

–Edward – quise disimular mis jadeos –. Buenos días.

Me jaló por la cintura y sentí sus labios sobre los míos con ese toque de menta fresca.

–Buenos días, Isabella, ¿cómo amaneció Rosalie? – preguntó con fingida preocupación.

–Ella… está mejor, supongo – tomó mi mano y comenzamos a bajar las escaleras.

–¿Supones? – me dejó ver su duda enarcando la ceja.

–Se le ve un poco mejor, pero no quiere hablarme aún – le confesé triste.

–¿Ya lo ves? – dijo sin ironía alguna –. Estoy seguro que te agradecerá que respetes su silencio.

–Es mi amiga, no puedo abandonarla – dije con un poco de angustia en la voz.

–Y no lo estás haciendo, simplemente estás dándole su espacio.

–No lo entiendes, Edward… – murmuré.

–Explícame entonces, amor – me sostuvo por los hombros y me miró fijamente, tratando de que entendiera que podía confiar en él –, aquí estoy para ti, contigo.

Todas esas actitudes de Edward me confundían y más revolvían en mi interior mis sentimientos. Por dentro libraba una batalla llena de dudas e indecisiones. Me debatía entre confiar en él y por fin compartir el pesado lastre que tenía a mis espaldas y que venía cargando desde que era una adolescente o no hacerlo, callarme y seguir arrastrando un peso que no tenía porqué soportar yo sola pero aún así, lo hacía.

–Es… es algo entre amigas, una tontería – bajé la mirada al tratar de explicarle.

–Bella… – acarició con sus pulgares mis mejillas – puedes confiar en mí…

–¡Oh, ahí están! – la alegre voz de Carmen nos interrumpió – justo a tiempo para desayunar con nosotros.

Haciendo gala de una de sus mejores virtudes, Sue nos consintió con un espléndido desayuno. Mis deliciosos pancakes, las mermeladas, las salchichas, los huevos, fruta cortada artísticamente, cereales, yogurt… Estaba completamente segura que Edward estaba deleitándose con la comida de Sue, ya le pediría unas recetas y consejos si quería tener contento a mi Señor.

Podría decir que fue un desayuno agradable ya que no solo papá estaba más relajado sino yo también. No importaba que Rose me hubiera dicho solo tres palabras pero por algo se empezaba, ¿no?, yo solo sabía que no debía presionarla.

No me di cuenta cuando la plática sobre palos de golf , pesca y polo terminó y Charlie de pronto empezó a hablar de las empresas de Edward y lo felicitó por algunos brillantes movimientos que había hecho, por lo que sus acciones subieron de manera sorpresiva y lo más importante, las mantuvo ahí, cotizadas por los cielos.

–Yo también hago mi tarea, Edward, y reconozco cuando hay mucho más que cierta habilidad para los negocios y tú tienes ese algo más, lo heredaste de tu padre, por cierto, ¿cómo está?, supe que su retiro fue por motivos de salud.

–Gracias, Charlie – agradeció el reconocimiento –, y efectivamente, Carlisle tuvo que dejar todo este mundo gracias a un infarto; sus condiciones no son ni siquiera medianamente buenas como para tomárselo con calma, tenía que ser un cambio drástico.

–Cuanto lo siento – lamentó papá con sinceridad.

–Y sé de alguien que va por el mismo camino – Carmen lanzó de pronto ese comentario despreocupado y Charlie hizo una mueca.

–¿Estás enfermo, papá? – le pregunté alarmada.

–Claro que no – él negó con la cabeza –, pero esta hermosa mujer se preocupa siempre de más, y hablando de preocupaciones, ¿cómo amaneció Rose?

–Mejor, papá, creo que lo que necesita es descansar mucho – le sonreí tranquilizadoramente –. Fui a verla hace un rato, se le ve mejor semblante – Charlie asintió satisfecho con mi respuesta.

–Me alegro, ya solo me falta tener aquí a Alice para tener completa a mi familia – se peinó el bigote con los dedos y exhaló feliz.

–Bueno, chicos – Charlie se puso de pie –, siento dejarlos pero tengo unos asuntos pendientes; estas empresas no descansan, ¿cierto? – se dirigió a Edward quien negaba divertido.

–Totalmente de acuerdo.

Después que papá se fue, Edward me llevó al despacho mientras hacía unas llamadas. Cullen Organization al igual que Higgin Steel Group como bien decía mi padre, no tenían días de descanso. Aún no entendía cómo Edward había dejado todo para estar conmigo. Mi mente comenzó a soñar pero sacudí mi cabeza impidiendo que esos sueños fueran más allá, no debía dejarme llevar por ellos.

Edward ya tenía un buen rato dando órdenes, enojándose y conteniéndose de soltar improperios. Yo ojeaba una revista pareciendo estar concentrada en ella pero no era así. Paseaba mi mirada por la parte superior de la publicación entre mis manos observando cada movimiento de Edward. Se movía como un felino, apoyaba las manos en el escritorio y los músculos de sus brazos y hombros se marcaban haciendo que un ligero estremecimiento comenzara a surgir un poco más abajo de mi vientre.

Era un latido que iba creciendo lento al ver como caminaba y me daba la espalda regalándome un enorme primer plano de esta que iba calentándose poco a poco al ir registrando cada gesto suyo, cada ceño fruncido, cada vena saltada en su frente y sienes a causa de alguna frustración momentánea y que al ser resuelta, estos mismos gestos se relajaban y como premio me regalaban esa sutil sonrisa seductora a la cual rendía mi alma.

No podía poner atención a nada más porque todo mi ser se sentía atraído hacia él como un magneto. Edward era todo lo que necesitaba para pintarle un límite al mundo y no dejarlo invadir ese espacio tan mío y que celosamente guardaría y defendería con todas las ganas posibles. Sería capaz de todo por no permitir ninguna interrupción a mi mundo particular, de todo, pero un intempestivo jaleo en el hall me hizo maldecir en silencio por tener que dejar de admirar al hombre frente a mi y levantarme deprisa del sillón.

Abrí las puertas corredizas del despacho para ver a qué demonios se debía ese alboroto y caminé hasta el hall quedándome sin poder moverme debido a la sorpresa de ver ahí a Alice histérica preguntando a gritos por Rosalie.

–¿Dónde está?– su estridente voz resonaba por todas partes.

–¡Alice! – Sue quería abrazarla por la emoción de verla después de tanto tiempo pero la desesperación de Alice no se lo permitía.

–¿Qué le sucede?, ¿qué tiene? – daba vueltas por todo el hall.

No se podía negar la verdadera preocupación de Alice por Rose, era tan sincera como la que alguna vez tuvo por mí pero… la situación ya no era la misma ni para Rosalie ni para mí y así como a mi me dieron la espalda, así Alice se olvidó de Rose y no cabía ahora el venir arrepentida.

–Si no hubiera escuchado qué tan divertida estabas ayer, juraría que tu preocupación es sincera, Alice – la calma fría con la que le hablé me hizo sentir mal por recriminarle de esa forma pero ella sabía que yo tenía una razón para decírselo.

–¿Qué le pasó? – repitió casi a punto del llanto.

–¿No crees que tu preocupación le hubiera venido bien desde hace unas cuantas semanas antes?, ¿dónde estabas metida, Alice que hasta de ella te olvidaste?

–Cállate, cállate, Bella… – dijo en un amargo murmullo como si mis palabras la lastimaran.

–Veo que no solo me diste la espalda a mí, sino a ella también, la abandonaste…

–Voy a verla – se limpió las lágrimas y decidida pasó junto a mi rumbo a las escaleras.

–¡Alice! – alguien la llamó y giré para ver a Jasper que también preocupado miraba como desaparecía escaleras arriba. La seguí para detenerla y decirle que tenía que estar tranquila para no alterar a Rose, pero cuando entré a su habitación me quedé en la puerta viendo cómo ella la recibía.

–¡Alice!, ¡Alice! – repetía una y otra vez abrazada a ella y con su rostro enterrado en su cuello.

–Ya estoy aquí, Rose, ya estoy aquí…

–Gracias, Alice, gracias por venir – hablaba entre sollozos –. No voy a poder hacerlo sin ti, ayúdame, por favor…

¿Qué? Me sentí morir al escuchar a Rose.


¿Y yo no contaba?, ¿no existía como amiga, como una hermana para ella?

Sentí que el piso me tragaba y que mi decepción me ahogaba. ¿No estaba Rose ahí?, ¿no había ido hasta mi casa?, ¿no me estaba buscando?

La imagen de las dos personas que eran para mí más que mis hermanas se fue distorsionando y cuando quise moverme para salir de ahí, para alejarme de esa cruel bofetada que me estaban dando, no pude. Jadeé de dolor y no me importó que me escucharan y que me vieran, no iba a ocultar lo que su rechazo me provocaba.

–Amor, ven – sus brazos cálidos me sostuvieron antes de que me desvaneciera, no podía ni quería estar más tiempo viendo como yo no significaba ya nada para ellas.

–Sácame de aquí – me giré y me aferré a su ropa. Edward sin decir nada, me ayudó a bajar las escaleras; cuando me di cuenta, estaba subiéndome al auto y dándole a Juan alguna indicación.

Edward me abrazó todo el tiempo. Acariciaba mi pelo, mi espalda y besaba mi cabeza. Si algo amaba de Edward era esa capacidad que tenía de saber qué era lo que necesitaba de él y cuando. Si quería hablar, si necesitaba solo que me abrazara, si quería solo sentirlo conmigo…

El auto se detuvo, pero yo no levanté la mirada. Solo cuando sus brazos me jalaron con cuidado para salir de ahí, miré a mi alrededor y vi que estábamos en un hotel; no nos detuvimos en la recepción ni nada, subimos directamente a una habitación y en silencio se recostó conmigo en la cama. Perdí la noción del tiempo entre sus brazos y sus caricias. Me moví despacio y gemí. Me había quedado dormida y estaba sola en la cama; escuché pasos en la salita y pronto, Edward ya estaba a mi lado.

–Hey, ¿cómo te sientes, preciosa? – se inclinó sobre mí y me colocó un mechón de pelo detrás de mi oreja.

Me senté con movimientos algo pesados debido al sueño y parpadeé un par de veces al sentir mis ojos secos y ardientes. Fruncí el ceño y no le respondí.

–¿Quieres cenar algo?

–¿Cenar? – pregunté con voz rasposa, sorprendida de saber que era tan tarde y que había dormido muchas horas. Negué con la cabeza, pero él rió.

–Mmm, lo siento pero esta noche tendrás que comer algo – se sentó junto a mí –. ¿Quieres darte un baño antes de cenar?

–¿Qué hacemos aquí? – ignoré su pregunta.

–Este es el hotel donde Katie me reservó, necesitabas estar tranquila – asentí despacio.

–Entonces qué, ¿baño o no?

Era prácticamente imposible negarle algo a Edward, especialmente si te sonreía de esa forma; intenté devolverle una sonrisa igual de linda, pero sabía que cualquier intento que hiciera, iba a terminar en una mueca ridícula y deprimente, y más después de la cara de Cabbage Patch que seguramente tenía de tanto llorar y dormir.

Escuché correr el agua en la bañera y me levanté hacia el baño. Edward vertía el contenido de algunos frasquitos al agua y con el chorro comenzaba a crecer un manto oloroso de burbujas. Empecé a desvestirme, pero él me detuvo.

–Ah, ah – negaba con la cabeza y mirándome con algo de diversión en la cara –, mientras estés conmigo, este placer será solo mío.

Y como niña buena me dejé hacer para que una vez desnuda, me ayudara a entrar a la bañera. Me dejé envolver por la calidez del agua y me relajé. No quería pensar, y cada vez que los recuerdos de ese medio día amenazaban con volver a mi cabeza, los expulsaba con la imagen del hombre que estaba cuidando de mi.

–Voy a llamar a tu padre, cariño, tiene que saber que estás bien – me avisó.

–¡No! – grité aunque no fue mi intención hacerlo –. No quiero que sepan donde estoy – dije un poco más modulada.

–Bella, tranquila, deja que yo me haga cargo de todo, ¿si? – besó mi frente y salió del baño sin esperar mi respuesta.

Por más que agudicé el oído no pude escuchar nada. ¿Qué iba a decir mi padre?, pero lo más importante, ¿qué iba a decirle Edward a él?

Siendo sincera, ¿me importaba mucho? En ése momento no. Estaba con el hombre que me pedía dejara todo en sus manos, que dejara en él mis preocupaciones, que confiara en él… y la verdad era, que Edward se estaba ganando a pulso mi confianza.

Edward no tardó en volver; esa sonrisa aún bailaba en sus labios por lo que supuse que todo estaba bien con mi padre. Se sentó en la orilla de la bañera y comenzó a jugar con la esponja sobre mi espalda. Platicábamos de tonterías y a veces hasta hacía algunas bromas. También me leyó el menú para que eligiera algo para cenar y la sopa de pollo era una buena opción en ese momento, necesitaba algo que calentara mi discriminado y sentido corazón.

Edward dejó que el agua caliente hiciera su magia y mientras estaba remojada relajándome, él se daba una ducha. Ya con mis manos y mis pies arrugados como pasas y el agua ya fría, salí de la bañera y Edward me envolvió en una gigantesca toalla.

Cenamos ataviados en las mullidas batas del hotel; él un gran filete y yo mi sopa y la mitad de un sándwich de pollo que pidió pese a mi renuencia pero me hizo bien. Al terminar me acosté en la cama mientras Edward atendía unas llamadas que cortó rápido y se acostó a mi lado abrazándome mientras veíamos “Casablanca”.

–Creo que no veía esta película desde que tenía trece años – me acomodé en su pecho.

–¿Trece? – levantó las cejas –. Hace mucho, ¿no crees?

–Era la favorita de mi madre – dije en un murmullo –, le encantaba verla y cuando se enfermó, quería verla casi a diario pero a mí no me gustaba.

–¿Por qué no? – frotaba mi espalda suavemente –. Es una historia de amor y le gusta a todas las mujeres.

–Me molestaba ver que Rick no se quedaba con Ilsa – confesé –, supongo que estaba muy pequeña como para comprender que hay sacrificios que se hacen por amor – hice una pausa mientras meditaba –, aunque no creo que en este siglo haya alguien capaz de sacrificarse así.

–Eres una mujer de poca fe – me acusó.

–Soy una mujer con los pies en la tierra que es diferente…

Bufó y se removió acomodándonos.

–Bueno, mujer de poca fe con los pies en la tierra, es hora de dormir – y estiró el brazo para apagar la luz de la lámpara.

–Buenas noches, amor.

–Buenas noches, cariño.

Y pude sentir que sonrió…

***.

A la mañana siguiente me desperté y tardé unos segundos en reconocer el lugar donde me encontraba y porqué estaba ahí.

El hotel…

Mi casa…

Rosalie…

Alice…

Edward…

Rápidamente me puse de pie y tuve que sostenerme debido al mareo por levantarme tan deprisa.

–Isabella, ¿te sientes bien? – llegó junto a mí y me sostuvo.

–Sí, solo me levanté muy rápido de la cama – dije sacudiendo la cabeza para despejarme.

–Bien – dijo despacio –, el desayuno está por llegar.

–¿Desayuno? – repetí –. Pero si acabamos de cenar… – murmuré y me gané una mirada de advertencia, pequeña.

Me duché rápido y me vestí. Me hice una coleta y salí a la habitación. Desayunamos y de pronto Edward tomó mi mano besando el dorso.

–¿Qué quieres hacer hoy? – me preguntó alegre.

Pensé mucho antes de responderle porque tenía un par de opciones que me hubiera encantado hacer con él , también tenía unas cuantas cosas de qué preocuparme pero… ah, ¡al diablo con todo!

–Quiero hacer algo que no hacía desde niña – mi corazón sintió un cosquilleo –, ¿me acompañas?

–Soy todo tuyo…

Media hora después estábamos en Union Square pagando los dos dólares que cobraban por subir al tranvía. Estaba muy emocionada, me encantaba pasear en él y no lo hacía desde que mamá enfermó. Fueron tantas cosas que hacía con ella y que encerré en un baúl para evitar recordarlas que cuando volvía a San Francisco no quería hacerlas porque me dolía mucho disfrutarlas sin ella, me sentía culpable…

Pero con Edward era diferente, la culpabilidad que oprimía mi corazón no estaba y en su lugar la emoción que causaba la excitación por tenerlo conmigo haciendo lo que para mi significaba tanto, invadía de lleno todo mi interior.

Tomados siempre de la mano, esperamos subir al gran tranvía rojo con los detalles en color dorado. Edward se sentó hasta atrás y yo estaba en su regazo. Estaba muy feliz de que ahí no se fuera tan exigente con las normas de seguridad porque me mantuvo abrazada por la cintura mientras yo le iba enseñando varios lugares importantes que veíamos durante el trayecto.

Estaba tan contenta en ese momento, tan feliz que por extraño que pareciera me sentía limpia y libre de preocupaciones, tanto, que al sentir contra mis nalgas algo que crecía duro y firme, sonreí por una idea que no dudé en poner en práctica.

Me puse de pie frente a Edward aferrándome bien de las agarraderas del techo. Abrí mis piernas para equilibrar mi peso y evitar caer con el tranvía en movimiento. Suprimí una sonrisa al ver una muy sexy en los labios de Edward que negaba con la cabeza al verme mover muy despacio mis caderas. Fui aumentando gradualmente el vaivén que hacían de lada a lado y el brillo en la mirada de Edward me decía que si lo que quería era excitarlo un poco, iba por buen camino.

Aún tomada de la agarradera, me incliné un poco hacia él y rocé sus labios. Él intentó rodear mi cintura pero me hice para atrás esquivando su brazo. Edward abrió las piernas dejándome ver el resultado de mi atrevimiento y me sentí orgullosa de mi misma por poder llevar al hombre al que le pertenecía a niveles tan altos de deseo.

–Ven aquí – gesticuló con la boca mientras palmeaba sus muslos.

Provocadora, mordí mi labio y negué inocentemente con la cabeza al mismo tiempo que él asentía. Seguí moviéndome tentadora y sensual, contoneando mis caderas, haciéndolo sonreír perversamente y sabiendo que lo que estaba haciendo me haría ganar un castigo, pero uno divino.

Hicimos todo el recorrido de regreso y casi a punto de bajarnos, un ruido en mi estómago me hizo llevarme la mano a él.

–¿Qué pasa? – frunció el ceño.

–Creo que la calle me ha dado hambre – confesé apenada –. ¿Qué te parece si buscamos algún lugar para comer?

–Perfecto, ¿algo asiático? – esa no fue una sugerencia, conociendo los gustos de Edward eso era casi una afirmación.

–Mmm, no – me giré porque ya estaba de nuevo en sus piernas y besé su barbilla –, olvidas que estamos en mi territorio y que hoy vas a hacer todo lo que yo te diga, ¿verdad?

–Te dije que era todo tuyo, ¿no? – y mordió la punta de mi nariz.

Seguimos en el tranvía hasta llegar a Fisherman’s Wharf y nos bajamos en el muelle 39. Era un lugar obligado para visitar, lleno de tiendas, restaurantes y muchas cosas para ver. Caminamos un poco y me detuve en un puesto ambulante que por supuesto, también conocía desde pequeña.

–¿Te gusta el cangrejo? – levanté mis cejas repetidamente.

–Espera – abrió los ojos desmesuradamente –, ¿de los que tienes que comer con las manos?

–Sí, sí quieres… – reprimí una sonrisa al ver su cara, a Edward no le gustaba mucho embarrarse –, pero no te preocupes, puedes pedirlo como quieras.

Su rostro mostró alivio y nos acercamos a ordenar nuestra comida. Ambos optamos por cangrejo a la mantequilla y en coctel acompañados por un par de cervezas. Mientras él esperaba como cualquier mortal en la fila a que nuestra orden estuviera lista, yo fui a buscar una mesa donde como siempre, me senté a admirarlo. Minutos después llegaba hasta mi con la bandeja llena y se sentó sonriente.

–Ahora sí, señorita Swan, brindemos – levantó la botella de cerveza y la chocó con la mía.

Comimos despacio, a gusto, platicando bajo el tibio sol que nos bañaba y yo lo miraba… parecía mucho más joven cuando dejaba el peso de Cullen Organization a un lado. Reía como un niño y yo estaba fascinada por ese verde que brillaba en sus ojos, tan vivo, tan limpio… el aire de mar también hacía lo suyo al revolver mucho más ese cabello cobrizo que se deslizaba entre mis dedos en casi todos los momentos íntimos que compartíamos.

El niño que estaba a mi lado, miraba feliz las gaviotas. Parecía que recién había descubierto su existencia. Compró un bote de alimento para ellas y caminamos hasta el final del muelle para lanzarles la comida al aire. Tal vez el precio por tener conmigo a ese hombre que tenía dos lados y que ambos adoraba, era muy alto. Tal vez era un trueque demasiado doloroso pero, ¿no valía la pena?

No las tenía a ellas, eran mis amigas, mis hermanas por ese ser que a pesar de su oscuridad, daba todo por mí, sin preguntar nada, sin presionar, solo confiando y estando a mi lado dándome lo que necesitaba. Si. Quizás era un precio que estaba fuera de mis posibilidades pagar porque cuando todo acabara, quedaría emocionalmente en bancarrota.

–Y ahora, ¿qué quiere hacer mi Bella? – me preguntó al oído.

–Necesito ir a casa.

Edward tomó mi barbilla y me miró como preguntándome si estaba segura, asentí.

–Sí, Edward – me apresuré a decir.

–Juan, a casa de la señorita, por favor – dio la instrucción y nos dirigimos hacia allá.

No sabía bien qué haría. Tenía que hablar con mi padre, eso era un hecho, pero no quería hacerlo ni con Alice, ni con Rose. Que me hubieran rechazado en mi propia casa fue demasiado para mi y todavía me quedaba un poco de dignidad como para suplicarles un poco de cariño, pero lo que sin duda sería más doloroso, iba a ser tener estar con ellas y con papá tratando de aparentar una amistad que ya no existía. Pero por él lo haría, las quería como a unas hijas y las extrañaba mucho. Yo no podía llegar y romper con eso también pero aunque me costara tanto, lo intentaría.

Llegamos a mi casa y entramos. Las luces del comedor estaban encendidas así como las de toda la casa. Se me hizo extraño pero avancé hacia el comedor y no estaba preparada para la sorpresa que me llevé.

Ahí, con la mesa puesta con las mejores galas, con comida que solo cocinaba Sue para ocasiones espaciales, en un ambiente lleno de alegría y felicidad, estaba mi padre sentado junto a las dos mujeres que tanto dolor me habían causado un día antes. Riendo, comiendo, festejando… Pero no solo las vi a ellas y a mi padre, también vi a una Carmen algo seria, a una Sue con el entrecejo en una línea rígida y a un Jasper incómodo.

Se hizo un silencio y todos los ojos se posaron en mí; unos me miraban con sorpresa, otros con algo parecido a una disculpa y un par en especial, muy oscuro y molesto.

–Lo siento – murmuré con la voz seca –, no quise interrumpir.

Me di la vuelta y choqué con el pecho de Edward que estaba justo detrás de mí. Sentí sus brazos de nuevo protegiéndome y solté el aire contenido en mis pulmones. Creí que había sido suficiente con el dolor de haber sido rechazada por Alice y Rose pero el ardor que tenía en ese momento en el pecho lo superaba todo.

Ver esa estampa de “cena de la familia feliz” me hizo saber que estaba más que justificado el miedo que tenía de ya no ser indispensable ni para mis amigas ni para mi padre y como muestra más fiel, esa reunión que se realizaba en mi casa, sin mi presencia.

–Isabella – la voz grave de su padre resonó por la habitación –. Estaba preocupado por ti, ¿en donde andabas, señorita?

¿Cómo?

Deseaba que estuviera bromeando porque de no ser así, eso era muy, muy cruel. ¿Preocupado por mi? ¡Si claro! Sobre todo en medio de una gran cena riendo y celebrando. Y como una revelación, supe qué era lo que tenía qué hacer…

–Eso ya no importa papá – mi voz se quebró –, solo vengo a despedirme.

–¿Despedirte?, ¿de qué rayos hablas, niña? – inquirió sin ocultar su enojo.

–Yo… no puedo – sollocé –, no puedo estar en un lugar donde mi presencia no le importa a nadie…

–Isabe…

–No puedo estar en esta casa que ya no siento como mía, lo siento papá – lo corté.

Me apoyé en el pecho de Edward buscando la fuerza que necesitaba para cumplir lo que me hacía falta por hacer… irme.

Charlie se puso de pie furioso y se acercó a mí, intentando tomarme del brazo pero Edward se interpuso.

–No puedes evitar que me acerque a Bella, ¡es mi hija! – exclamó mi padre muy alterado.

–Podrá ser su hija, señor Swan, pero ahora, Isabella es mi mujer y la voy a proteger con todo y contra todo aunque ahí vaya incluido usted – Edward lanzó la declaración dejándome sin aire.

–¡No puedes llevarte a mi hija, Cullen! – los gritos de mi padre me hicieron reaccionar.

–Estás equivocado papá, Edward no me lleva, yo me voy – dije con más convicción de la que sentía pero era verdad, yo quería irme con él a donde fuera que me pidiera ir.

–Yo haré lo que sea necesario para protegerla, señor Swan, tenga la seguridad de que ella estará protegida y feliz.

Alice y Rose miraban a Edward con la boca abierta y con una expresión de confusión en el rostro; Sue lloraba y Carmen tenía una sonrisa de satisfacción que trataba de disimular. Jasper tenía una sonrisa similar a la de Carmen y asintió mirando a Edward. Mi padre, mi padre simplemente parecía congelado, inmóvil por lo que acababa de ver y oír.

De la mano salimos del comedor y subimos por nuestras cosas. Sue corrió detrás de mí y desconsolada lloraba pidiéndome que no me fuera así mientras sin remedio me ayudaba a guardar todo. Edward estuvo listo en pocos minutos y tocó la puerta de la que una vez que pusiera un pie fuera, dejaría de ser mi habitación.

Otro golpecito ligero en la puerta y Carmen también llorosa entró y me abrazó.

–Bella, yo sé que tenemos poco tiempo de conocernos, pero quiero que sepas que de haber podido tener la dicha de ser madre, me hubiera gustado tener una hija como tú. Recuerda que aquí estaré para ti siempre que me necesites.

–Gracias, Carmen, cuídalo por favor…

No había terminado de hablar cuando Sue ya estaba aferrada a mí, ya no me decía nada, creo que sabía que lo que sentía justificaba la decisión que había tomado. Sam entró también apesadumbrado y antes de tomar las maletas me dio un beso en la mejilla.

Inhalé por última vez el tranquilo aire que en mi habitación se respiraba y tomé mi bolso. El calor de la mano de Edward rodeó mi brazo y salimos de ahí. Bajamos las escaleras y mi padre estaba de pie en el hall.

–No te vayas, hija – su voz rota fue un golpe a mi corazón lastimado.

Me acerqué a él y lo abracé fuerte, lo sentí temblar pero no iba a quedarme en un lugar donde mi presencia incomodaba. Besé su mejilla.

–Cuídate, papá – le pedí con voz rota.

Lo solté y Edward me rodeó la cintura. Avanzamos por el pasillo hacia el auto y las voces que se habían mantenido en silencio por fin se escucharon…

–¡Bella!, ¡no te vayas! – Alice gritó.

–Quédate, Bella – quise voltear al escuchar a Rose, pero me mantuve firme continuando mi camino al auto y antes de subir, Edward si volteó…

–¿Rosalie? – dijo con un tono mordaz –. Ya puedes estar tranquila, ya le he avisado a Emmett y debe estar a punto de llegar.

–¿Qué? – su voz débil apenas se escuchó.

–Sí, Rose, él viene por ti…*

*


*


*
Estoy muy contenta por el apoyo a mis fics, arriba está el link para el último empujoncito.

Mil gracias por el esfuerzo a mi Beta Isita María, a Lethy, Coco, Lo y a mi Nani. Gracias por el tiempo que me dedican. 
A ustedes mis nenas, mil gracias por su apoyo siempre… me motivan.
Besitoo 

sábado, 18 de febrero de 2012

CAPITULO 27

Hola Nenas! 
Estoy muy feliz porque ustedes han nominado mis dos historias para verlas convertidas en un libro…
No tengo cómo agradecerles el que me tomen en cuenta y más porque la lista incluye a muchas de mis autoras preferidas, es todo un honor el que me hayan llevado hasta ahí, MIL GRACIAS.
Si quieren seguir haciendo mis sueños realidad, pueden votar por ellas en el enlace a un lado... 


Ahora si, a leer!*


***


Alegrías Inesperadas.

Te amo para amarte y no para ser amado, puesto que nada me place tanto como verte a ti feliz.
George Sand


Coulplay, Can't get you out of my head (Click en el reproductor)


BELLA’S POV


Soy Edward Cullen, el novio de Isabella…

Esa noche el lujoso comedor de mi casa en San Francisco lucía espectacular, la gran mesa estaba elegantemente vestida con la mejor vajilla, cubertería y cristalería que Sue sólo colocaba en ocasiones especiales, como esa.

No solo nos acompañaban los mejores amigos de mi padre y sus esposas, también Edward estaba sentado a un lado de mi padre que por supuesto, ocupaba la cabecera de la enorme mesa y yo, su novia, junto a él.

Después de haber pasado por el shock inicial de verlo ahí, de lanzarme a sus brazos y ser recibida con un beso que iba cargado de tanta pasión como el que yo le daba, de ser envuelta por ese calor tan suyo y de poder aspirar su aroma tan característico, un carraspero nos hizo voltear y encontrarnos con la mirada de mi padre que nos observaba asombrado.

–Papá – dije con sorpresa al ser consciente de la forma en que reaccioné al ver a Edward en mi casa y porque mi padre fue testigo de mi efusivo arranque.

–Papá, te presento a Edw…

–Mucho gusto, señor Swan – él no me dejó continuar, tomó el mando, el control de la situación, como estaba acostumbrado a hacer.

–Soy Edward Cullen, el novio de Isabella.

¿El qué?

El aire entró por mi boca ahogando cualquier palabra que hubiera querido decir.

¿Su novia?

Grité para mis adentros. Su novia… Giré mi cabeza para mirarlo segura de que lo que había escuchado había sido un error pero en ese momento mi padre comenzó a toser como si se hubiera atragantado con una nuez gigante. Edward me mantuvo junto a él abrazando firmemente mi cintura, pero cuando vimos que el acceso de tos no pasaba, me moví de su lado para acercarme a ayudarlo. Carmen ya había llegado para cuando hice el intento de auxiliarlo y con una ternura que me dejó sin habla, lo acariciaba y palmeaba su espalda con mucho cuidado. Sam se acercó tan sigiloso como siempre, con un vaso de agua y eso lo ayudó para dejar de toser.

–Charlie, ¿qué pasó? – la mano de Carmen seguía subiendo y bajando por su espalda mientras nos miraba intrigada a Edward y a mi.

–¿Necesita algo, señor Swan? – Edward le preguntó educadamente y mi padre lo miró receloso.

–No – fue tajante –. Yo estoy bien.

–Papá, ¿estás seguro? – insistí y recibí su mirada que después recayó nuevamente en Edward.

–Bienvenido a esta casa, señor Cullen – su tono no fue frío, pero tampoco fue el más amistoso, exhalé lenta y discretamente. Al menos eso indicaba que por el momento no iba a interrogarme, aunque sabía que lo haría más adelante y conociéndolo como lo hacía, debía estar preparada para lo que fuera.

–Muchas gracias, señor Swan – su mano apretó casi imperceptiblemente mi cintura.

–Siento mucho que mi hija no nos haya informado con anterioridad que usted vendría esta noche y lo que es más importante – tosió de nuevo y cuando se detuvo, vi el enojo en sus ojos que me miraban fijamente -. Que ustedes tenían una relación. Confieso que me ha tomado por sorpresa – admitió decepcionado mi padre.

Iba a decir algo, no sabía qué pero debía que decir algo a mi favor para alejar la imagen que seguro ya tenía formada mi padre de mi.

–Discúlpeme usted, señor Swan, señora – asintió ligeramente hacia ellos –. Isabella – cerró los ojos y bajó un poco la cabeza.

–La culpa es toda mía – se llevó una mano al pecho –. Isabella no sabía que yo iba a llegar de improviso, quise darle una sorpresa, pero asumo que ha sido de muy mal gusto, mis disculpas de nuevo, por favor.

Carmen, aferrada al brazo de papá nos sonreía y nos miraba fascinada.

–Eso puedo entenderlo, pero que no me haya dicho que ustedes dos tienen una… relación – los ojos de mi padre se entrecerraron mientras nos miraba –. Ella no está sola en este mundo, señor Cullen, tiene todavía un padre que se preocupa y ve por ella y no me importa si es aún una niña o ya es mayor de edad, es mi hija y el hecho de que no me lo haya dicho, me tiene muy enojado, me siento engañado – cerró la mano en un puño; estaba muy molesto.

–Charles – le susurró Carmen al oído reprochándole que fuera tan duro.

–De nuevo la culpa es toda mía, señor Swan – inhaló profundamente, tomó mis manos y me miró –. Yo le pedí a Isabella que esperara y no le dijera nada porque quería que lo hiciéramos juntos; venía muy entusiasmado porque sabía la llenaría de alegría el que al fin le pudiéramos comunicar lo que tenemos en un momento más adecuado desde luego, pero al verla, todo lo que siento por su hija me hizo olvidar lo que tenía en mente y en un impulso lo dije no siendo en el mejor momento ni de la forma más sutil – miró a mi padre –. Le ruego que no se enoje con ella, por favor.

Mi padre, Carmen y yo lo mirábamos perplejos. Yo estaba más que eso, simplemente no podía creer que ese mismo hombre, el que me sostenía de las manos y que había dicho todas esas cosas tan lindas y dulces fuera el mismo Edward Cullen que yo conocía. Definitivamente no había manera de que fuera el mismo hombre dominante que me había pedido firmar un contrato para poder seguir a su lado, el hombre que me encerraba en su cuarto de juegos, que me amarraba, que me cortaba la ropa con sus filosas tijeras, que ponía dolorosas pinzas en los pezones y que azotaba mis nalgas hasta dejarlas de un color rojo brillante, el que me hacía pasar por un sinfín de sensaciones, me agotaba y luego cuidaba de mí.

Edward me dio un apretón en las manos; pude ver la cara de felicidad de Carmen después de ese momento de perplejidad, el ceño fruncido sobre los ojos café oscuro de mi padre y sus puños cerrados fueron relajándose poco a poco.

–Humm, está bien – dijo gruñendo ligeramente –, pero recuerda, Edward – recalcó su nombre –, que aún tenemos una conversación pendiente; vamos que necesito algo fuerte para tomar antes de cenar – y de la mano, se llevó a Carmen directo al salón.

Yo respiraba jadeante, como si hubiera estado en medio de una batalla entre dos colosos que acababa de finalizar.

–¿Estás bien, Bella? – me acercó a él y me rodeó con sus brazos.

–¿Qué… qué rayos fue todo eso? – pregunté entre titubeos empujando su pecho con mis manos para verlo a la cara.

–Tú y yo también nos debemos una plática, mi amor – besó la comisura de mis labios y el timbre de la puerta volvió a sonar –, pero tendrá que ser después, ahora vayamos con tu padre.

Entre todo lo confundida que me podía sentir, también estaba que brincaba de felicidad. Edward había ido a buscarme, dejó a sus padres para estar conmigo y… y entonces por un segundo me sentí un poquito más culpable con ellos, pero ya encontraría el modo de disculparme tan encantadoramente como lo había hecho Edward con papá unos minutos antes.

Le presenté a Eleazar, a María y a los recién llegados, Harry y Rachel. Nos felicitaron muy afectuosamente y me permití gozar del momento que estaba viviendo como si fuera verdad. No había forma en que no pudiera hacerlo porque Edward siempre estaba tocándome de algún modo, ya fuera que estuviéramos tomados de las manos o que me abrazara por la cintura o acariciara mi mejilla. Yo lo miraba como un ser a cual adorar y le sonreía con cada muestra de afecto, me perdía en sus verdes ojos y casi podía jurar que dejaba de respirar.

–La cena está lista – anunció Sam y todos nos pusimos de pie para ir al comedor, pero Edward me retuvo un momento.

Me besó de manera salvaje, intensa, tanto que me quitó el aliento y sentí cómo mi cara se encendía.

–Te extrañé mucho – murmuró en mis labios.

Lo miré extrañada – Hemos estado separados otras veces y por más tiempo.

–Sí, pero esas veces fueron por obligación y no porque así lo hubiéramos decidido – acariciaba mis mejillas con sus pulgares.

–Edward, yo… – me callé porque no sabía qué explicarle ni cómo.

–Shhh, no te estoy reclamando nada, Bella, es solo la verdad; es mucho más duro estar separado de ti así, que cuando sé que es por que no queda otro remedio.

–Pero…

–Basta – me miró serio –. No quiero seguir hablando de esto, vamos, que si nos tardamos un segundo más tu padre me asesinará con alguna de esas espadas orientales que colecciona – me reí.

–Son japonesas y están fabricadas con acero que exportamos a ese país – dije orgullosa.

–Ah, ¿entonces me obligará a hacerme el harakiri? – apareció su sonrisa torcida.

–Mmm no lo hará – afirmé.

–¿Y porqué lo dices tan segura? – juntó las cejas.

–Porque tengo poder sobre él.

–Por lo que vi hace un rato ya no eres la única, Bella – se burló.

–Ah, es verdad, fui vilmente destronada – admití.

–¿Es su novia?

–Van a casarse – me sentí contenta por ellos.

–No me habías dicho que tu padre tenía novia y mucho menos que iba a casarse de nuevo, bueno, en realidad no me has contado mucho sobre él.

–Hay muchas cosas que no te he dicho.

–Lo sé y eso es algo que tengo muy presente… Isabella.

***

Pasamos al comedor y para seguir con las sorpresas, papá, sentado a la cabeza de la mesa había dejado el lugar a su izquierda y el siguiente, para Edward y para mí. De inmediato bloqueé lo que me decía siempre desde pequeña…


Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos…

Ignoré sus palabras y tomé asiento junto a Edward para escuchar las palabras de papá como cada año.

–Esta noche es muy especial. Es una noche para estar con la familia y con los amigos más cercanos. Este año estoy feliz por ver cómo mi familia va creciendo – miró cariñosamente a Carmen y luego para mi asombro a Edward, que apretó muy fuerte mi mano –, pero estoy triste también por la ausencia de dos de mis hijas a quienes les deseo la mayor de las suertes en la vida y espero tenerlas muy pronto de vuelta en casa.

Edward me miró como preguntándome porqué no le había dicho a mi padre que Alice y Rose no vendrían porque estábamos enojadas. Yo solo bajé la mirada, reconociendo la vergüenza que tenía conmigo misma por haberme comportado de la manera en la que lo hice esa tarde en el supermercado. Me dolía la ausencia de ambas y más que en ningún otro momento, quise no haber sido tan soberbia y no haber ido a buscarlas de nueva cuenta.

–Y a ustedes amigos, gracias por acompañarnos. ¡A cenar!

Después de unos cuantos aplausos, Sam y un ayudante comenzaron a servir la cena que Sue había cocinado durante todo el día. Sirvieron la crema de nuez y una vez que terminamos todos con la crema, empezaron a colocar los diferentes platillos al centro. Ensalada de navidad, el pavo en salsa de ciruelas que estaba segura que a Edward le encantaría, dos tipos de carne, pasta con espárragos, verduras a la mantequilla y varios platos más que llenaban la mesa haciendo de la cena un verdadero festín.

–Esto está delicioso, Bella – me murmuró muy bajito al oído. Edward comía con gusto, como si no hubiera comido en días.

La plática durante la cena fue informal; Carmen sabiamente prohibió hablar de negocios mientras cenábamos y yo miraba cómo mi padre le obedecía feliz, pero lo que no pudo evitar fueron el raudal de preguntas que nos cayeron encima a Edward y a mí.

Quisieron saber donde nos habíamos conocido y respondí que en el club de polo. Les conté de los caballos de Edward y de cómo moría de miedo al principio, pero ahora adoraba ir a verlos, llevarles sus golosinas y que además, Edward me estaba enseñando a montar. Mi padre casi vuelve a atragantarse, pero Edward le aseguró que no había ningún peligro porque él siempre permanecía a mi lado y porque yo lo hacía muy bien.

También quisieron saber si le había sido muy difícil conquistarme. Mi cara se encendió como un bombillo al escuchar a Edward decir que esa pregunta tendrían que hacérmela a mí porque yo fui la que realmente lo conquistó y que me admiraba por ser una mujer decidida y valiente, que eso había sido lo que le dijo que yo era especial y desde ese momento supo que no debía dejarme ir. Se acercó a mí y besó mi sien bajo la atenta y aún seria mirada de mi padre.

Le preguntaron por su familia, lo sentí un poco tenso pero se relajó cuando comenzó a hablar de sus padres y a papá se le cayeron los cubiertos de las manos cuando se enteró que yo ya había ido a comer a su casa en un par de ocasiones y que ellos me querían tanto que me habían traído un regalo de su último viaje a España.

–Con mayor razón me enojo – gruño papá –. Me dejaron al último.

–Si viviéramos aquí tendrías todo el derecho a enojarte, como vivimos en continentes distintos no te queda otra que sonreír – alegué y todos rieron menos él, eso estaba resultando un poco difícil para papá.

–¿Quieres un poco más? – le pregunté a Edward al ver que ya casi se terminaba la carne que le había gustado. Él asintió y automáticamente enarqué una ceja.

–Sí, por favor – me respondió captando la muda indirecta.

Sonreí satisfecha sabiendo que esos pequeños triunfos solo podría disfrutarlos mientras estuviéramos en público, pero no me importaba, yo los saboreaba con gusto. Me incliné un poco y tomé el cucharón para servirle más carne en su plato.

Papá me observaba sin perder detalle de mis movimientos y Edward lo sabía. Me dio las gracias con una sonrisa que no necesitó de palabras. De igual modo, bajo la severa mirada de mi adorado progenitor, le serví el postre y Edward lo devoró en un instante.

Terminamos de cenar y papá anunció que en el saloncito azul abriría una botella de coñac Henri IV Dudognon Heritage. A Edward se le pusieron los ojos en blanco y me abrazó.

–No puedo perderme eso, cariño – me susurró al oído y mis piernas se suavizaron al escuchar como me había llamado.

–Voy contigo – lo último que quería era separarme de él para escuchar más planes de boda.

–No. Creo que tu padre está esperando este momento y me quiere solo, Bella, anda, en un rato estaré contigo.

Edward estaba tranquilo y yo no tuve más remedio que obedecer, así que me fui al saloncito rosa donde estaban Carmen, su cuñada y Rachel hablando de posibles lugares para su boda con mi padre. De vez en cuando Carmen pedía mi opinión, pero se dio cuenta perfectamente que mi mente estaba en el saloncito de junto, con Edward, así que no me insistió.

Casi media hora después, los señores se reunieron con nosotras y tanto mi padre como Edward se veían mucho más relajados. Me puse de pie y él vino directo a mí, me abrazó y besó el tope de mi cabeza.

–¿Todo bien? – pregunté con voz tímida y él me sonrió.

–Todo perfecto, Bella, ya no te preocupes y disfruta esto, por favor – me pidió y por un momento lo hice.

Me creí que todo lo que había dicho era cierto, que no soportaba estar alejado de mí y que me extrañaba, que en verdad teníamos algo y que ese era el motivo por el cual había venido hasta San Francisco, que estaba feliz por nuestra relación y que quería que las personas más importantes de nuestras vidas lo supieran.

Entonces mi cerebro dejó de funcionar… Edward no era una persona a la cual le importara el qué dirán, no era alguien que se tomara una molestia tan grande como dejar a sus padres en noche buena y navidad y abordara un jet por once horas solo para aparentar una relación feliz, entonces, ¿con qué fin lo habría hecho?

Sacudí mi cabeza y decidí hacer algo inteligente, obedecerlo de nuevo. Disfrutaría el momento cuanto durara. ¿Dos semanas?, ¿un mes, seis?, ¿un año?, no me importaba, yo estaría preparada y así no sufriría mucho cuando llegara el final pero, ¿por qué sufriría?, ¿por qué sentía algo más grande por Edward?, ¿por qué amaba Edward? Maldita fuera, sí...

¡Lo amaba!

Lo amaba y no era un sentimiento que acabara de descubrir, no. Era un sentimiento que no quería aceptar disfrazando de mil formas todas las emociones que Edward me provocaba, todas, desde la primera impresión que tuve de él cuando lo vi en el club y luego en el evento con Rose, ese magnetismo, esa mirada intrigante y amenazadora que tenía el poder de paralizarme o hacerme estremecer, su voz dura pero suave que hacía derretir hasta el acero más puro, sus mimos, su forma de cuidarme, su obsesivo y posesivo carácter, todo, todo me tenía completa y absolutamente perdida, pero sin dudarlo, estaba segura que si Edward no fuera un dominante, yo ni siquiera hubiera desperdiciado dos segundos volteándolo a ver…

Porque así como no podía negar que lo amaba, tampoco podía negar que su vena dominante y que fue lo que de entrada me atrajo de él, me tenía completamente loca. Si, me aterraba cuando me decía que tenía que castigarme pero segundos después, mi cuerpo comenzaba a temblar ante la expectativa de lo intenso de las sensaciones de las cuales iba a ser víctima. Una víctima voluntaria que disfrutaba de la experiencia entera; primero del miedo, luego de la fuerza y por último de la ternura que me prodigaba el hombre a mi lado. Sí…

¡Lo amaba!

***

Sin que me diera cuenta por estar disfrutando mi sueño al lado de Edward que no dejaba de acariciar mi mano, Eleazar y María empezaron a despedirse y luego lo hicieron Harry y Rachel. Nos deseamos entre todos una feliz navidad y papá los acompañó a la puerta con Carmen mientras nosotros nos quedábamos en el saloncito porque Edward quería despedirse más íntimamente de ambos. Ellos volvieron y Edward y yo nos pusimos de pie.

–Esta ha sido una velada sin duda inolvidable – acertó a decir Edward –. Le agradezco infinitamente que pese a mi inoportuna intromisión me haya recibido en su casa esta noche, señor Swan, ha sido un enorme placer conocer al padre de una mujer tan maravillosa y por supuesto a usted también señora – se giró hacia Carmen que sonrió complacida.

Tomó la mano de Carmen y depositó un suave beso en el dorso.

–Desde luego que ha sido una noche inolvidable, jamás la podré borrar de mi memoria – mi corazón brincó al ver un atisbo de sonrisa en sus labios –. Edward, eres bienvenido a esta casa mientras yo vea a mi hija feliz como ahora la veo, procura mantenerla así siempre.

–Haré todo lo que esté a mi alcance y más, señor – dio un ligero asentimiento –. Ahora siento mucho retirarme, pero el viaje me ha cansado un poco y aún no me he registrado en el hotel.

–¿Hotel?

Carmen inquirió mirando a mi padre quien bufó y rodó los ojos, asintiendo resignado.

–Esta casa tiene muchas habitaciones, Edward y a Charlie, a mí y por supuesto a Bella, nos encantará que acepte quedarse con nosotros – ofreció contenta y desde ese momento la quise mucho más de lo que ya lo hacía.

–Por favor, no se molesten – negaba con la cabeza –. Un auto me espera afuera para llevarme al hotel, pero les aseguro que mañana estaré aquí desde temprano, no quiero desperdiciar ni un solo instante sin mi Bella.

–Edward, por favor, quédate – le pedí. Me miró y sonrió.

–Carmen tiene razón, Edward, en esta casa lo que sobran son habitaciones, además ten en cuenta que harás muy feliz a mi hija si te quedas – no podía creer que mi padre cambiara de actitud tan rápido respecto a Edward.

Lo pensó por unos instantes y luego me sonrió – De acuerdo, acepto y desde ahora les doy las gracias por la invitación.

–¡Magnífico! – Carmen aplaudía feliz –. Bella, todas las habitaciones están listas, puede instalarse en la que desee.

–Bueno – dijo mi padre ya cansado también –, nosotros nos retiramos, no se duerman muy tarde.

–Claro que no, señor Swan – aseguró Edward.

–¿Podrías dejar de llamare, señor? Me siento un viejo cuando se refieren a mí de esa forma.

–Está bien, Charlie – mi papá sonrió satisfecho cuando escuchó su nombre.

–Y yo soy Carmen – añadió mi futura madrastra.

–Gracias Carmen, Charlie, por la confianza – se giró y me miró de forma penetrante –, les aseguro que no los defraudaré.

Dios, a veces Edward era tan obsesivo… el asunto de la confianza en verdad lo recalcaba cada vez que podía y yo no me sentía muy cómoda con eso que digamos. De alguna forma sabía que todas esas indirectas iban dirigidas a mí por lo que me guardaba y aún no podía contarle a Edward, pero yo aún no estaba preparada para hacerlo porque todavía tenía que reestructurar en mi mente lo que había ocurrido aquella noche ya que debido a mi negación, mi memoria ya no detectaba bien si algunos de mis recuerdos eran hechos reales o meras suposiciones mías.

Pero estaba decidida a hacerlo, a trabajar en ello porque yo necesitaba reponerme y poder vivir como cualquier mujer normal, necesitaba aceptar lo que me hubiera ocurrido y salir adelante siendo capaz de estar en total control de mis emociones y en eso, era en lo que me iba a concentrar apenas volviera a Londres y visitara al Dr. Bower.

–¿Qué habitación prefieres? – le señalé varias puertas desde el pasillo donde estábamos parados.

–La más cercana a la tuya – me abrazó por detrás y mordió mi oreja. Me estremecí por completo.

–Entonces esta – avancé unos pasos y abrí una puerta, invitándolo a pasar –. Mi habitación está justo en frente, no te vas a perder en el camino – Edward sonrió.

–¿Y la de tu padre?

–La puerta al final del pasillo, del otro lado de las escaleras – dije con voz muy bajita.

Entramos, Edward cerró la puerta con seguro y de pronto todos mis sentidos se avivaron. Comenzó a aflojarse el nudo de la corbata y se acercó a mí tomándome por la cintura.

–Me gusta mucho tu vestido, te ves muy hermosa, pero…

–¿Pero qué?

–¿Cómo se supone que debo tomar esto? – me alejó un poco y me miró de arriba abajo –. ¿Cómo un acto de rebeldía quizás?

–No es rojo – respondí rápidamente.

–Casi lo es – tragué en seco –, y creo que debo hacer algo al respecto.

–Es navidad, Señor – bromeé.

–No te preocupes, después me encargaré de castigar a la señora Claus, la ataré con las riendas de los renos y me la follaré contra el trineo pero mientras, alguien debe recibir su castigo.

Ahogué un suspiro y Edward colocó mis muñecas en mi espalda y las ató con su corbata.

–No tengo conmigo los implementos que quisiera para asegurarme que este castigo sea suficiente y que entenderás porqué lo estás recibiendo, pero puedo improvisar…

Oh Dios, el Señor estaba de vuelta…

Tomó el pañuelo que adornaba su saco y me amordazó. El miedo de no saber qué tenía pensado hacer aceleró mi respiración y mi adrenalina comenzó a dispararse cuando se sentó en una silla llevándome con él, acomodándome a horcajadas con mis piernas a cada lado de sus muslos. Lentamente subió mi vestido hasta que pudo ver mis bragas.

–Siempre cuidando hasta el más mínimo detalle, las bragas del mismo color que tu vestido…

Subía y bajaba sus manos por mis muslos calentándome la piel; el deseo crecía en mi interior y yo rogaba porque no se demorara y me castigara pronto para que pudiera sentirlo de una vez dentro de mí. Rozó su mano contra mi sexo y gemí aunque yo lo que quería era gritar cuando hizo a un lado la tela de mis bragas y sus dedos exploraron mis pliegues húmedos.

–Tu maldita manera de responder tan rápido a mí, Bella…

Dijo esto y hundió sus dedos en mi abertura, moviéndolos despacio pero con firmeza, excitándome más, como si eso fuera posible. Eché la cabeza hacia atrás y gemí de nuevo; comencé a mover mis caderas para obtener una mayor fricción de sus dedos en mi interior, pero Edward me rodeó la cintura con el otro brazo manteniéndome quieta.

Él inclinó la cabeza y sobre la tela buscó mi pezón con sus dientes y una vez que lo encontró, lo rodó entre ellos llevándome al límite de mis deseos. Eran tantas las sensaciones que lo único que podía hacer era negar con la cabeza y no para que se detuviera sino para que no lo hiciera porque necesitaba sentirlo de esa forma, duro, fuerte, salvaje, como era el hombre que me atrajo desde un principio, como el hombre que yo sabía que era.

Sus dedos abandonaron mi interior y me movió hacia atrás sobre sus muslos y sentí que el cielo se me venía encima, no podía dejarme así, ese no podía ser mi castigo… me lamentaba por mi cruel final cuando vi sus manos desabrochar su cinturón y el botón de su pantalón, bajó su cierre y la parte delantera de sus bóxers azul marino.

Su erecto miembro saltó libre, pulsante, fuera de su prisión. Mi respiración se agitó y traté de moverme hacia delante; Edward me ayudó y me colocó sobre su longitud, hizo a un lado la tela de mis bragas y se enterró en mí, llegando hasta lo más profundo y haciéndome gemir desesperadamente. Ya dentro de mí, con sus manos en mis caderas me movía contra él y podía sentir su urgencia casi tan desesperada como la mía, de llegar, de liberarse, como si fuera una necesidad explotar dentro del otro...

Edward empujó con fuerza, me embistió, se enterraba en mí cada vez con más rudeza, transportándome al séptimo cielo entre mis gemidos roncos y los suyos contenidos. Ya estaba muy cerca, lo sabía porque mi piel ardía así como cada órgano de mi cuerpo; mi vientre hervía y yo sabía que las oleadas de placer que se levantaban ahí eran señal de que en pocos segundos mi liberación llegaría.

Edward tocó mi clítoris para acelerar mi llegada y mi cuerpo empezó a tener espasmos de placer. Bajó el pañuelo de mi boca y atrapó mi grito con sus labios; me mordió y lamió cada centímetro de ella para luego invadirla con su lengua. Lo sentí hundirse en mí con más fuerza y de repente todo a mi alrededor se volvió un borrón. Me desmadejé en sus brazos y sosteniéndome así, siguió embistiéndome hasta que llenó mi interior con su calor.

Me recostó en su pecho y jadeantes los dos, esperamos a que nuestras respiraciones se normalizaran. Con cuidado desató mis manos, se llevó mis muñecas a sus labios besándolas con ternura y luego volvió a recostarme sobre él mientras que una de sus manos acariciaba mi espalda lentamente y la otra mi muslo. Estaba en mi lugar perfecto, con Edward, con el hombre por el que no solo tenía fuertes sentimientos, era el hombre a quién yo amaba…

–¿Cómo debo tomar lo que le dijiste a mi padre sobre nosotros?

Lancé de pronto esa pregunta, cuando ése encuentro con mi padre se me atravesó deteniendo cualquier otro pensamiento que tuviera en ese instante.

–Una vez te dije que no te ocultaría y ahora he decidido que quiero que todos sepan lo que eres para mí – respondió calmado, sin moverse siquiera.

–¿Y qué soy para ti? – le pregunté en un susurro.

–Tú eres mía, eres mi mujer, mi novia… eres mía, Bella, y si mis padres lo saben, ¿por qué el tuyo no debe enterarse de que tenemos algo?

–¿Entonces estás aquí solo por reclamar lo que te pertenece como un cavernícola? – me apoyé con las manos en su pecho separándome un poco para mirarlo.

–Bella, yo…– dio un respiro profundo –. No es solo por eso, cariño… – de nuevo me llamaba así.

–Entonces, ¿por qué más estás aquí? – insistí ansiosa.

–Porque encontré esto en nuestra cama… no estaba seguro si era para mí por eso vine hasta aquí para preguntarte…

¿Cariño?, ¿nuestra cama? Desee que Dios por favor me sostuviera porque eso estaba siendo demasiado para mi.

Edward sacó del bolsillo de su saco la cajita que le había dejado antes de partir y la puso en mi mano.

–Claro que es tuyo – le sonreí con dulzura –, pero no puedes abrirlo hasta mañana.

–Ya es mañana, Bella – dijo despacio y puso una caja más grande en su pecho –. Esto es para ti…

–Edward…

–Feliz navidad, mi amor.

***


EDWARD’S POV

Sus labios formaron una gran “O” mientras muy despacio abría la tapa de la caja y veía su contenido. Sus ojos se abrieron desmesurados y contuvo un suspiro llevándose la mano a la boca. Isabella estaba visiblemente emocionada y yo me sentía satisfecho por haberle podido dar algo que la emocionara tanto aunque ese regalo fuera el juego de pulsera y aretes de diamantes y rubíes que le había comprado en Bali y no un regalo comprado expresamente para esa ocasión.

Lo guardé porque había decidido dárselo cuando hubiera entendido que ser mi mujer era mucho más que sólo decir sí a todo y obedecer y Bella no sólo lo había entendido sino que había firmado el contrato y eso para mí, conociéndola como ya lo hacía, con su modo de ser tan independiente, con todo su terco deseo de autosuficiencia y su rebeldía, significaba más que solo querer estar junto a mí.

Era por eso, por su actitud de ciega entrega hacia mí, sin reproches, solo con aceptación devota de su parte y con un deseo de complacerme que me hinchaba el pecho, por lo que me reprochaba a cada segundo todos los violentos arranques que había tenido con ella. Debió estar muy asustada, la hice llorar y la hice temblar innumerables veces para hacerla mía con el grado de miedo justo que me gustaba que tuvieran mis sumisas, que me lograba excitar y hacerme subir a unos niveles inimaginables de placer.

Eran esos los sentimientos confusos, los que me robaban el sueño cada noche tratando de buscar una explicación a ellos aunque terminaba pensando que me estaba volviendo loco poco a poco porque, ¿cómo era posible querer encontrar una explicación a lo inexplicable?, ¿cómo podía entender mi salvaje deseo de poseer con rudeza y fuerza a esa mujer y luego arrepentirme con el alma de haberlo hecho?

Mi mente era un campo de batalla donde se libraba una contienda en donde no sabía qué deseo sería el vencedor, yo solo rogaba que el que se levantara con la espada de la victoria, no la alejara de mí porque si de algo yo tenía la certeza absoluta, era de que la amaba y no quería que se fuera de mi lado, eso era todo lo que sabía, la amaba…

Y lo sabía porque mi interior albergaba un sentimiento de posesión enfermo y que era apenas conocido por mi. Era extraño porque antes, reclamaba a mis mujeres como si se trataran de un objeto concreto, solo me pertenecían y nadie podía acercárseles pero ahora, era muy diferente. La rabia que me corría por las venas cuando veía a mi mujer con otros, era mejor conocida como celos. Me corroían y me dolía el pecho nublando mi visión y mi razón. No quería a nadie cerca de ella, la quería solo para mí, que sus pensamientos fueran míos, sus mañanas, sus alegrías, sus dudas y hasta sus miedos.

Esa fue la razón por la que decidí ir a Lausanne a buscar respuestas, para ser yo quien mitigara todos sus temores y la ayudara a sanar de ese episodio doloroso pero desgraciadamente mis instintos, por momentos me dominaban.

Los últimos días juntos habían sido toda una novedad para mí. Dejé que se acercara a mí y ella hizo lo mismo conmigo. Comencé a mirarla a través de un mundo normal, donde la intimidad tenía más significados y se encontraba más allá de un encuentro sexual. La hallé en algo tan simple como el permanecer abrazados sin decir nada, yendo a montar juntos, dejar que curara mis heridas, dejar que me regañara u ordenara, acompañarla a su apartamento a pasar la noche y ver su álbum de fotos, reconfortarla cuando llorara sin hacerle preguntas, hacerle el amor lento y suave…

Y así como inesperada llegó esa intimidad que me tenía totalmente encantado, viviendo algo de lo que jamás pensé ser parte, así se fue. Isabella una noche puso “pausa” a todos mis planes recordándome que al final, ella tenía dos poderosas prioridades y una de ellas era más fuerte que todo lo que yo pudiera ofrecerle.

Como era de esperarse, mi vena celosa bombeó tan fuerte que demandé de ella todo lo que pude hasta que algo en mí me gritó que debía parar. Necesitaba desahogarme y ya no podía seguir haciéndolo con ella, como el ser bajo que había vuelto para recobrar su terreno. Para mi suerte y como caído del cielo, Emmett me llamó para encontrarnos en un bar. Justo lo que deseaba, ahogarme en alcohol sin tener que dar ninguna explicación de nada.

Un par de horas después casi llegaba a ese punto, y hubiera seguido de no ser porque Emmett, empezó a contarme como se enteró Rosalie que él era un Dominante. ¿Qué podía decirle?, ¿te lo dije? Ya era demasiado tarde para eso y además ¡Emmett casi la tenía secuestrada en su casa!

Todo lo había hecho mal desde un principio y por mucho que Rosalie me desagradara, tenía que admitir que ella tenía razón en estar asustada y querer huir de él, y Emmett debía permitírselo si no quería meterse en un grave problema que podía llevarlo hasta la cárcel. ¡Carajo! ¿En dónde estaba Jasper cuando se le necesitaba?

Emmett entre su borrachera empezó a contarme lo que Rosalie le había confesado sobre algo que le había ocurrido en el internado. Mis ebrios sentidos se alertaron y traté de poner toda la atención posible, le hice repetir de nuevo la historia y ¡Bingo! En resumidas cuentas, a los dieciséis años esas tres chicas estaban decididas a perder la virginidad en un baile entre internados y ahí Rosalie fue violada y amenazada. Isabella y Alice la cuidaron…

Eeella dijo – hipó –, ellaa diijooo que nooo – hizo una pausa y miraba con los ojos perdidos hacia ningún lado –… la dejaban sooola y que ellass la cuidaaron haaasta – inspiró profundamente –… que fue el momeeento de cuidar a Bella…

–¿Por qué dijo eso, Emmett? dime por qué lo dijo.

Le pregunté con insistencia, pero estaba muy borracho ya. Apoyó lentamente la cabeza en la mesa y perdió el conocimiento. Era inútil querer sacarle alguna información más, así que con el coraje y la impotencia que me daba el saber que no estaba equivocado y que Isabella también había sido abusada y que yo no tenía ningún dato sólido que me llevara hasta ese bastardo, me tomé un par más de tragos mientras mis hombres sacaban a Emmett cargado de ahí y lo metían al auto.

Al llegar a casa , mi Bella se había quedado dormida esperándome. ¿Cómo era posible que se hubiera acercado a mi para ser mi sumisa después de haber pasado por algo así?, ¿de qué estaba hecha mi pequeña Isabella? Me desvestí y me acosté junto a ella y besé su hermoso rostro, sus labios, sus hombros…

–¿Qué sucedió, Bella?

–¿Qué te hizo?

–Dime quién…

Ella se abrazó a mí y todo mi instinto protector se multiplicó. Haría lo que estuviera en mis manos para lograr que borrara de su memoria ese amargo suceso, quería hacerle olvidar y cuidarla, pero ella había decidido ir a pasar las fiestas a los Estados Unidos con su padre y yo no podía prohibirle ir aunque me moría de ganas de hacerlo. Ella estaba en todo su derecho y yo lo había aceptado así aunque no por eso dejaba de ser decepcionante que mi Isabella prefiriera estar con alguien más que conmigo, aunque ese alguien fuera nada menos que su padre. Me frustraba y me enfurecía que lo pusiera antes que a mí, era algo que sabía que estaba mal y estaba comportándome de un modo por demás infantil pero no podía evitar tener esas reacciones tan estúpidas.

Así que finalmente yo también tomé una decisión cuando llegué a casa y encontré sobre nuestra cama una cajita que supe inmediatamente que era para mí de su parte y fui a encontrarme con mis padres que me miraban un poco extrañados de que hubiera concertado una cena un día antes de noche buena.

–Hijo – mi madre me tenía tomado de la mano –, te confieso que me sorprende que nos invites a cenar si mañana nos veremos en casa.

–Tu madre tiene razón, ¿pasa algo, Edward? – mi padre me miró preocupado y yo solo pude sonreír mientras pensaba por donde empezar sin que a mi mamá no le diera un ataque cardiaco.

–En realidad, si pasa algo… – mi madre se llevó las manos a la boca y yo comencé a negar con la cabeza –. Tranquila mamá que no es nada malo, al menos no lo es para mí.

–Por Dios, Edward, ¿quieres hablar de una buena vez? – pidió mi padre nervioso y yo di un profundo suspiro.

–Mamá, papá… no podré pasar estas navidades con ustedes.

Las cejas de mis dos padres se juntaron intrigadas.

–Mañana vuelo a San Francisco… Isabella se fue para estar con su padre y yo quiero estar con ella – aseguré.

–¿De verdad? – preguntó mamá mirándome tiernamente.

–Sí, mamá – sabía que esa respuesta significaba muchas cosas más para ella y no me molestaba que asumiera lo que quisiera.

–Edward – dijo mi padre solemne –, creo que ha valido la pena la espera, hijo.

No comprendí porqué decía eso y mi rostro seguro lo reflejó.

–Has esperado mucho tiempo para encontrar una chica así – sonrió –. Estoy orgulloso de que sepas reconocer cuando una mujer es tan valiosa como Isabella. Ahora depende de ti hacer que no quiera estar ni un segundo de su vida sin ti.

–Bueno, esta vez creo que no lo logré – reconocí en broma –, prefirió a su padre.

–Sí, pero vas detrás de ella, ¿no? eso la va a conquistar – Carlisle me guiñó el ojo.

–Eso espero, papá.

–Edward…

–Dime, mamá.

–¿Le has preguntado sobre… Liz?

–Estoy trabajando en eso madre, créeme que pronto te tendré noticias.

Mi madre sonrió y se acercó para besar todo mi rostro y me hizo reír su sorpresiva reacción. Cenamos y les contaba de mi trabajo y los proyectos pero ellos, sobre todo mi madre, solo querían hablar de Isabella. Terminamos y nos abrazamos despidiéndonos…

–Dale nuestros cariños a Bella, hijo – asentí y besé la mejilla de mi madre.

–Estoy muy contento, Edward, creo que esta noticia ha sido el mejor regalo que nos pudiste dar a Esme y a mi.

–Papá…

–Shh – me calló –. Una vez te dije que Bella me gustaba, ¿recuerdas? – asentí –. Bueno, ahora con mayor razón me gusta, porque desde que están juntos ya no tienes ese semblante hosco y esa actitud dura. Me parece, Edward, que Bella está haciendo que te reconcilies con la vida…

***

Al día siguiente a las dos en punto de la tarde, mi jet despegó rumbo a San Francisco. Katie, como siempre tan eficiente, hizo una reservación en el Hotel Fairmont y tendría un auto con chofer esperando por mí y con la dirección de Isabella; todo estaba perfecto pero yo solo quería llegar a tiempo para poder cenar con ella.

Por más que lo intenté, no pude descansar durante las casi once horas de vuelo porque estaba extremadamente ansioso por la reacción de Bella. ¿Se enojaría conmigo por ir hasta allá?, ¿me correría de su casa?, ¿qué diablos le contestaría cuando me preguntara que estaba haciendo ahí? No tenía ni una puta idea de nada, solo sabía que iba en busca de mi mujer porque nunca más estaría desprotegida.

Llegué a su casa, ubicada en Pacific Heights; era una zona bastante exclusiva y no me sorprendí cuando nos detuvimos frente a esa mansión. Era una típica y moderna construcción californiana, muy hermosa, iluminada elegantemente y con un largo pasillo hasta la puerta; toqué y me abrió un mayordomo, le dije que buscaba a Isabella y le di mi nombre.

Esperé en el elegante hall mirando los muchos objetos y obras de arte colgadas de las paredes y vi que el hombre se asomaba a un salón de donde provenían varias voces pero ninguna era la de ella. Giré y vi un cuadro de una mujer de unos treinta y cinco años de ojos azules muy intensos y una sonrisa idéntica a la de mi Bella.

–Reneé Swan…

Murmuré inaudiblemente cuando escuché mi nombre de los labios de mi Isabella. Me di vuelta para ver venir corriendo hacia mí a esa hermosa mujer que me sonreía y que era el único motivo por el que me encontraba ahí. Mi corazón se hinchó al ver la alegría con la que era recibido y abrí mis brazos para atraparla en ellos.

Nos abrazamos y no pude resistir no aspirar su delicioso aroma, pero no me fue suficiente, necesitaba sentir sus labios en los míos, estaba sediento de ella. Los probé y me deleité con ellos hasta que un carraspeo nos rompió el momento. Bella quiso separarse de mi pero la retuve por la cintura. Ella estaba muy nerviosa y empezó o al menos intentó presentarnos pero la interrumpí, era hora de dejar las cosas claras de una buena vez.

Su padre comenzó a toser y creí que se ahogaría; a ella la tuve que sostener porque no estaba seguro si sus piernas flaquearían con la impresión que se había llevado por mi declaración y además porque me miraba atónita sin importarle mucho que su padre estuviera con ese ataque de tos. Una mujer de unos cuarenta y tantos años, muy guapa y elegante, llegó para ayudarlo y antes de llegar hasta el Sr. Swan, se detuvo abruptamente por un segundo para mirarnos pero luego concentró su atención en el padre de Isabella que fue calmándose poco a poco.

Me disculpé por haberme presentado tan sorpresivamente una vez que la tos hubo pasado y me declaré culpable de todos los reclamos que el padre de Bella quisiera hacerle; si bien a mí me miraba con desconfianza, al menos a ella parecía haberla absuelto de cualquier culpa que cruzara por su mente.

Isabella me miraba aún sin poder creer que estaba ahí a su lado y que le había dicho a su padre que éramos novios. Me encantaba verla así, confundida en el buen sentido. Pasamos al salón y fui presentado como su novio y aunque nunca hubiera considerado estar en esa posición y mucho menos declararme felizmente como tal, la verdad era que me sentía muy bien con ello y así lo parecía Bella también.

En la mesa, el padre de Isabella me quiso cerca de él y educadamente le agradecí la distinción, pero ella no parecía muy contenta con eso. Sin embargo se sentó a mi lado lo más tranquila que pudo. La cena transcurrió sin mayores novedades, todos tenían curiosidad por saber de nosotros y parecía que estábamos satisfaciendo su curiosidad. Los platillos estuvieron exquisitos y comí como un náufrago ya que todo estaba bajo control con su padre. Bella sirvió en mi plato un poco más de una carne que en secreto le susurré que estaba deliciosa y su padre la miró extrañado pero ella terminó de servirme y me sonrió. Después de la cena, su padre anunció que abriría una botella de coñac Henri IV y no pude ser tentado de mejor forma para entregarme por mi propia voluntad a la santa inquisición.

Como el extraño ahí, las preguntas iban dirigidas a mi y a mis empresas, y mentirían si dijera que no estuvieron de acuerdo con mi forma de manejarme, el único que no cedía era el padre de Bella lo cual era comprensible. Estaba molesto porque yo había llegado para quedarme con su princesa.

–Creo que no hace falta decirte que si lastimas a mi Bella – error, ella era mi Bella ahora –, vas a tener los minutos contados, y no me importa que en tu viejo continente seas un empresario importante y el apellido Cullen pese mucho, Charles Swan también pesa por todas partes, pero creo que eso ya lo sabes…

–Lo sé, señor Swan y está usted en todo su derecho de advertirme, yo también haría lo mismo si me sintiera amenazado.

–Entonces tengo razón, quieres arrancarme a mi hija de mi lado, llevártela contigo – su cara enrojeció de pronto.

–Con todo respeto, señor, Isabella no está a su lado desde que era una niña. Los motivos que usted tuvo para dejarla en un internado los respeto mucho y no puedo ni imaginarme la pena que lo embargaba en esos momentos teniendo encima la preocupación de procurar lo mejor para su hija – una mueca imperceptible de dolor cruzó por su cara y seguí.

–Ella ahora es una mujer que lucha por mantenerse fuerte e independiente, es muy capaz y yo puedo decirle que se siente realizada con lo que hace. Me hace sentir orgulloso de haber puesto mis ojos en ella y con el tiempo me ha demostrado que se merece todo mi respeto, admiración y confianza. Créame que yo soy el primero después de usted en velar por la seguridad y el bienestar de su hija, la quiero, señor Swan, y le prometo que jamás tendrá usted de mí queja alguna.

Los ojos oscuros del hombre frente a mi me miraban centellantes y su rostro, antes duro y adusto, se suavizó y casi esbozó una sonrisa.

–¡Salud!

Gritó chocando su copa con la mía y exhalé por la nariz.

–Sólo recuerda, si la lastimas despídete de este mundo, Edward.

–Lo recordaré, señor.

Todos empezaron a despedirse y tuve que hacer lo mismo, nada me hubiera gustado más que cargar a mi mujer sobre mi hombro y llevármela a mi hotel pero hacer eso solo me pondría camino a la horca con Charles Swan y eso era lo último que necesitaba en esos momentos, hacer otra cosa más para que su padre me odiara con más razón y aunque estaba muy seguro de que si se lo pedía lo haría sin dudar por la forma en la que me miró toda la noche, no quería ocasionarle problemas y menos ponerla en un predicamento. Pero cual fue mi sorpresa cuando la señora Carmen me invitó a quedarme ahí durante todo mi tiempo en San Francisco. Bella estaba feliz, pero yo tenía que hacerme un poco el duro y después de unos minutos, acepté quedarme ante el ceño fruncido de Charlie.

Dio las buenas noches y se retiró con Carmen no sin antes pedirme que lo tuteara. Una barrera derribada. Bella me llevó a mi habitación, cerré la puerta detrás de nosotros y la castigué por la bendita osadía que tuvo de ponerse un vestido… que no era rojo pero no importaba, estaba sobre la misma gama de color.

Fue un hermoso reencuentro, ambos gozamos y después de liberar nuestras tensiones nos quedamos, Bella recostada sobre mi pecho y yo disfrutando de tenerla ahí. Me preguntó que había significado todo lo que le dije a su padre y le pregunté si recordaba cuando le dije que yo no la mantendría oculta, que estaba ahí para gritarle a todos que ella era mía en todos los aspectos en que una mujer puede pertenecerle a un hombre y su mirada fue el mejor regalo que me pudo dar, aunque yo llevé conmigo el que había dejado sobre la cama y le entregué el mío. Isabella miraba la brillante pulsera y los aretes; los tenía ya en sus manos y estas temblaban haciendo vibrar las joyas. Ella no decía nada, por lo que me permití decir…

–Puedo comprarte otra cosa, Isabella, puedes escoger lo que a ti te guste – intenté tomar las joyas de sus manos y ella cerró las suyas atrapando las mías.

–¡No! – gritó de pronto rompiendo su silencio –. ¿Cómo puedes pensar que cambiaría un regalo tuyo? Este es… perfecto – murmuró con los ojos brillosos.

–Creo que interpreté mal tu silencio – reconocí en voz alta porque así fue.

–Es hermoso… y son rubíes – sonrió –. Sabes que me gustan mucho.

–Lo sé y me alegra que te hayan gustado – puse mis manos en sus mejillas y la atraje hacia mi para besarla.

–Ahora es tu turno – colocó la cajita también sobre mi pecho – ¡Ábrelo!

Le obedecí y muy despacio para molestarla, abrí la cajita y encontré dentro un par de gemelos. Para ser sincero, nunca me tomaba la molestia de revisar lo que me regalaban, pero esa ocasión era muy diferente, era el primer regalo que recibía de la mujer que amaba. Isabella se había tomado su tiempo para elegirlo, para que me gustara… los saqué y los giré entre mis dedos para ver unos sobrios y modernos gemelos Armani de un gusto exquisito.

–Los puedo cambiar si no te gustan – dijo coqueta y muy sensual.

–De ninguna manera – afirmé –. Me gustan mucho, Isabella. Muchas gracias.

Ella se acercó a mí y rozó sus labios con los míos. Ése sensual roce duró varios segundos como preámbulo para pedirle más a la noche, pero aunque me doliera el cuerpo de deseo y mis entrañas gritaran por hacerla mía de nuevo, sabía que no era el lugar idóneo para tomarla como todo mi ser anhelaba. Dejé a un lado los regalos y nos puse de pie, se decepcionó por haber cortado el momento.

–Ve a descansar, Isabella – oprimí sus hombros despacio.

–Quiero quedarme contigo.

–Evitémonos problemas – besé su frente –. Anda, cariño, obedéceme.

Bella levantó la mirada para encontrarse con la mía.

–¿Por qué me llamas así?

Me preguntó confundida tomándome por sorpresa. ¿Qué le respondía? Yo… yo no estaba preparado para confesarle lo que sentía, no sabiendo que ella había insistido en el contrato por alguna razón. Isabella no buscaba un compromiso a largo plazo, no estaba buscando una relación común, ella quería algo que no le representara mayor problema como lo era el involucrar sentimientos y yo lo respetaría.

–Bueno, me he presentado como tu novio, le he dicho a tu padre que nos amamos y llamarte así sería lo lógico, ¿no lo crees?

Isabella bajó la mirada y se separó de mí, recogió los regalos del suelo y dejó el mío en el tocador. Con el suyo entre sus manos nerviosas se acercó y me dio un beso en la mejilla.

–Que pases buenas noches, cariño…

Salió de la habitación dejando que la ironía de su última palabra mencionada calara en mí como ardiente llamarada. Estaba agotado, extenuado, pero eso último me había acabado y aunque yo quisiera, no tenía las fuerzas suficientes en ese momento como para pasar horas descifrando la reacción de Isabella.

Tocaron a mi puerta y Sam, el mayordomo metió mi equipaje; le agradecí y de inmediato saqué el bolso con mis artículos personales. Me lavé la cara y los dientes, me puse un pantalón de pijama y una camiseta, no estaba en un hotel o en mi casa como para dormir como acostumbraba y mucho menos con quien acostumbraba.

***

–¡Feliz navidad!

–mmm.

Me removí y me quejé porque sentía que apenas había cerrado los ojos. Unos brazos conocidos me abrazaron y unos labios con sabor a pasta dental muy fresca besaron los míos. Me giré y me estiré. Esos mismos frescos labios besaban mi pecho desnudo, ya que acostumbrado a dormir sin ropa, me había quitado la camiseta en algún momento durante la noche. De pronto tomé sus muñecas y me di vuelta con ella dejándola debajo de mí.

–¿Estás buscando otro regalo? – mi voz sonó más ronca de lo que esperaba.

Empujé mis caderas contra las suyas frotando mi despierta y hambrienta polla en su sexo. Isabella jadeó y se quedó muy quieta mirándome. Aseguré sus muñecas con una mano y bajé la otra hasta su ombligo, metiéndola bajo el pantalón de su pijama, llegando hasta su desnudo y sedoso triángulo.

–¿Esto es lo que quieres?

Hundí mis dedos en sus pliegues y un poco más allá de su abertura cálida. Ella gimió retorciéndose mientras con mi pulgar masajeaba su clítoris excitándola y haciéndola lubricar al bombear con mis dedos su interior.

–Edward…

–Shhh, no quiero que hagas ruido.

Continué con mi labor y de vez en cuando bajaba mis labios mordiendo sus pezones sobre la tela, lamía su cuello y succionaba sus labios. Sentí que se tensaba sobre mis dedos, su clítoris ya estaba duro, hinchado y seguramente muy sensible…

–Eso es cariño, déjate ir, hazlo para mí…

Incrementé la velocidad del bombeo de mis dedos y Bella se contrajo con fuerza. Se mordía los labios para acallar sus gritos y cuando supe que estaba más que al borde, saqué mis dedos y pellizqué su clítoris logrando que se corriera violentamente.

–¡Edwaard!

Presioné mi cuerpo sobre el suyo hasta que se relajó y despacio me puse de pie, la moví colocándola de lado y le di una sonora nalgada que le hizo abrir los ojos desmesuradamente.

–Ahora te paras y te vas a tu habitación, te das un buen baño y te arreglas muy linda para mí sin perder el tiempo; te espero en media hora para bajar juntos, sé puntual, cariño…

Dicho esto entré al baño y cerré la puerta tras de mí. Ahora yo iba a disfrutar de un buen baño fresco para calmar mi evidente excitación y para despertar mejor y como supuse, me cayó perfecto. Enrollé la toalla a mi cintura y me afeité, me pasé el peine por el pelo aunque sabía que era inútil y salí para vestirme.

Tres minutos antes de la hora indicada me paré en el pasillo a un lado de las escaleras y escuché como se abría una puerta, me giré y la más hermosa de las mujeres, la mía, se acercaba a mi sonriente.

–Estás preciosa esta mañana – le susurré al oído.

–Estímulo mañanero – rió.

–Cómo me alegra que mis esfuerzos den resultados tan satisfactorios…

–Sí, pero habrá que esforzarse muy duro cada mañana para que sean permanentes – advirtió.

–No es a mí a quien tienes que poner a prueba, mi amor.

Bajamos las escaleras y nos dirigimos tomados de las manos hacia el comedor donde Charlie y Carmen ya desayunaban. Nos saludamos deseándonos feliz navidad y una mujer aproximadamente de la edad de Harriet, con rasgos de nativos americanos entró con las manos cargadas con comida y se detuvo sorprendida al verme.

–Edward – dijo Bella alegre –, ella es Sue – asentí hacia ella.

–Sue, él es Edward, mi…

–Es su novio, Sue – terminó Charlie por ella y aún con algo de molestia, pero lo comprendía. La morena mujer sonrió feliz y me miraba estudiándome.

–Bueno, veo que Santa ha estado espléndido con todos este año, eh – bromeó Sue guiñándole el ojo a Charlie.

Nos sentamos a desayunar y probé los mejores pancakes de mi vida y luego claro, mi imperdonable omelete con un toque, según Sue, muy californiano, sencillamente delicioso. Terminamos y Bella fue hasta el árbol para entregarles a todos los obsequios que les había comprado; Charlie estaba feliz con su colección de ópera y Carmen con su joyero, Sue con un libro de cocina asiática y Sam con un juego de pipas y algunas bolsitas de tabaco. Bella se giró para mirarme y se encogió de hombros como disculpándose por no tener un obsequio que darme en ese momento, pero yo negué despacio con la cabeza y la atraje hacia mí para abrazarla y besar el tope de su cabeza.

Charlie y Carmen se despidieron después de preguntar nuestros planes para el día ya que ellos, al no estar seguros si Bella llegaría ya habían hecho un compromiso. Ella dijo que no teníamos ningún plan definido pero que le gustaría mostrarme un poco de la ciudad, así que cuando le tomé la mano para salir e ir hacia el auto donde mi chofer ya esperaba, ella me miró traviesa y sacudió unas llaves en su mano.

–Lo siento, pero este tour excluye a terceras personas.

–¿Y estaré seguro contigo conduciendo? – pregunté besando su cuello.

–Si tomamos en cuenta que aquí todos conducimos por el lado correcto, entonces lo estarás.

–¿Qué? – fingí estar indignado por su aseveración.

–Shh, calladito, súbete al auto y abrocha tu cinturón.

–¿Te han dicho que eres pésima dando órdenes?

–Sólo tú, pero puedo entender que te sientas amenazado por la fuerza de mi poder – estallé en una estruendosa carcajada.

–Sube al auto, Edward, ¡ahora!

Levanté las manos rindiéndome e hice lo que me pidió, intentando reprimir más carcajadas. Bella condujo descendiendo las pronunciadas colinas características de la ciudad y después de un rato vi que se acercaba a un parque que daba hacia la playa. Se estacionó y emocionada bajó del auto corriendo hasta llegar a la orilla. La seguí despacio admirando su hermoso rostro que sonreía al sentirse libre, con el viento revolviendo su cabello.

El aire estaba frío pero a ella poco le importó. Se quitó el abrigo ligero que llevaba, los zapatos y comenzó a correr por toda la orilla esquivando las olas para que no mojaran sus pies. Isabella estaba feliz y su rostro de niña hacía que me pareciera increíble que fuera la misma que gozaba de placer en mi cama y que aceptaba todos mis retorcidos juegos.

Caminamos un rato por la playa y me contaba que sus papás siempre la llevaban y los tres corrían por la arena, volaban cometas, comían perros calientes, actividades de cualquier familia común y que era lo que ella más disfrutaba. Un poco después del medio día, la senté en una banca y limpié sus pies para ponerle los zapatos; adoraba cuidar a mi mujer…

Ya por la tarde, volvimos a su casa porque la invité a cenar y debíamos arreglarnos. Veníamos enfrascados en una discusión sobre Alcatraz cuando dio la vuelta para entrar a su calle, bajó la velocidad repentinamente pero después se detuvo.

–¿Qué pasa? – pregunté a ver que observaba detenidamente a una mujer en la acera de enfrente a su casa. No me respondió y miré a la mujer para ver si la reconocía, pero a pesar de que se me hacía un poco familiar, no recordaba de donde la había visto. Era una mujer muy delgada, con el pelo guardado en un gorro, lentes oscuros y jeans que eran con facilidad una o hasta dos tallas más grandes que la suya. Estaba sentada sobre una maleta y se mordía las uñas de manera insistente.



–Oh Dios, no puede ser – susurró Bella sin apartar la mirada de la mujer y yo entrecerraba los ojos tratando de enfocar mejor. Isabella dejó el auto a media calle y comenzó a bajar despacio, como si no quisiera asustar a la desconocida.

–Isabella – estiré la mano para detenerla, pero me esquivó y se dirigió hacia ella. Salí del auto y entonces miré su rostro. Bella se giró para verme y sus ojos estaban húmedos, ella también la había reconocido.

–Es ella, Edward, es ella – dijo en un susurro y yo asentí.

Ella levantó la mirada hacia nosotros y nos miró horrorizada. Se puso de pie con mucha dificultad por lo débil que estaba y empezó a alejarse conforme avanzábamos hacia ella.

–No te vayas – le pidió Bella –, quédate con nosotros.

Me miró y negó con la cabeza limpiando sus mejillas.

–Por favor… ya estás aquí.

–Bella – la detuve y me adelanté pero ella comenzó a buscar detenerse de algo antes de caer desmayada. Llegué a su lado justo a tiempo para sostener su cabeza y evitar que se golpeara con el duro suelo, pero Bella gritó asustada…

–¡Rosalie!*



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Mi eterno agradecimiento a mi Beta Isita María, por sus ganas, y a las voces de mi conciencia, Chikis, Coco, Lo y mi divina Nani… 
Nenas, aquí les dejo el link para el grupo de FaceBook… Solo nenas grandes ¿Ok?
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Besitoo.
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