martes, 17 de enero de 2012

CAPITULO 24

Madurando sentimientos.

Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.
Oscar Wilde

EDWARD’S POV

El líquido ámbar bajo por mi garganta; era una cálida sensación que a su paso dejaba el brandy y que resultaba bastante agradable y a la cual me había hecho afecto también por el efecto relajante que tenía en mí. El resplandor que podía ver por la ventanilla me indicaba que nos acercábamos a nuestro destino.

–¿Necesita algo más, señor Cullen?

Negué con la cabeza sin mirar directamente a la cara a la curvilínea azafata que se inclinaba hacia mí un poco más de lo normal para retirar mi copa. Era la misma que me había atendido en los últimos vuelos, esos dos senos bien colocados luchando por salir de la ajustada blusa me lo confirmaban. Bufé internamente al ver que se alejaba por el corto pasillo contoneando sus caderas sensualmente.

Aterrizaríamos en unos cuántos minutos más, por lo que ajusté mi cinturón de seguridad y enderecé el respaldo de mi asiento. La ciudad ya estaba bajo nosotros y en una suave maniobra, el piloto hizo descender la aeronave en la pista del aeropuerto de Lausanne.

Según los informes de Perkins, el asunto que en un principio no parecía tener pies ni cabeza estaba tomando forma poco a poco y por ese motivo consideraba pertinente continuar su trabajo en el lugar de los hechos así que en un apresurado movimiento había decidido viajar hasta ahí esa misma tarde. Perkins había ido a verme para ponerme al tanto de las averiguaciones y cuando me dijo que ya era hora de hacer una investigación con más detenimiento del lugar y entrevistar a algunas personas que aún laboraban en el internado, supe que yo tenía que estar presente. Mi necesidad de averiguar que era lo que había sucedido con Isabella era apremiante. Se lo debía, ya que como su dueño y señor, mi deber era cuidarla, protegerla y procurar su bienestar y ella no estaría bien hasta que yo no resolviera ese asunto que aún estaba pendiente en su vida y la tenía anclada impidiéndole disfrutar con plenitud su sexualidad y de paso, la mía.

No me moví hasta que el avión se detuvo completamente; me puse mi abrigo y Perkins hizo lo mismo. Al salir del artefacto una gélida ráfaga de viento batió mi rostro y casi corrimos para subir al auto que nos esperaba a un par de metros y que nos llevaría hasta el hotel.

El indicador de la temperatura marcaba menos cuatro grados centígrados pero la sensación térmica fácilmente era de unos menos siete grados. Las calles estaban casi desiertas y no era para menos con ese endemoniado frío que calaba hasta los huesos. En unos minutos llegamos al hotel y nos bajamos del auto con la misma prisa con la que subimos a él.

–Bonsoir, monsieur Cullen, bienvenue à la Beau Rivage Palace.

Asentí al empleado que me dio la bienvenida al hotel y en unos minutos más ya estábamos instalándonos en nuestras habitaciones. Con toda calma me quité el abrigo y saqué de los bolsillos de mi saco mi billetera, mis documentos y mi teléfono. Lo encendí y vi las llamadas perdidas de Isabella y los mensaje de texto.

¡Maldita sea!

A buena hora venía a contestarme. Pensé qué hacer por varios minutos. Me pasé las manos por el pelo repetidamente. Si había alguien quien pudiera exasperarme de esa forma era Isabella, solo ella tenía el don de hacerme perder la paciencia con tanta facilidad.

Las cuatro con diez minutos. Solo una hora de diferencia pero aún así era tarde… puse mi dedo sobre el botón verde y esperé. Respondió antes de que sonara el segundo tono. La escuché preocupada por mí y su sonó voz decepcionada cuando le dije que había tenido que viajar de improviso. Sonreí complacido, pero no lo suficiente como para que olvidara que no había contestado ninguna de mis llamadas ese día. Si, yo sabía que estaba en la agencia trabajando, sabía de su junta importante, con quienes y a qué se debía, lo sabía todo, pero aún así me enfurecía que no tomara mis llamadas por considerar su trabajo más importante que yo. Me dejó esperando y me sentí relegado por primera vez.

Y así fue. Isabella no dudó en pelear por lo que consideraba sus prioridades, su padre y su trabajo, siempre poniéndolos en primer plano. Le reconocía la fuerza que tenía para mantenerse con esa firmeza defendiéndolos; eso hablaba muy bien de ella pero definitivamente, la preferiría dulce y sumisa. Dentro de poco, Bella, dentro de poco aceptarás todo lo que yo te ordene y me obedecerás sin reparar en nada... Solo tenía que ser paciente y fuerte, controlarme a mi mismo y esperar.

Pero eso era algo que me preocupaba en demasía y muchas noches me mantenía despierto: perder el control. Con Isabella no me sentía capaz de mantenerme dentro de los límites considerables. Ella me retaba constantemente, justo como unos momentos antes, y eso era algo que me calentaba la sangre y la piel; me excitaba y me tentaba a imponerme precisamente porque nunca nadie se había atrevido a hacerlo pero en ella, eso era algo nato.

Isabella era una luchadora y ciertamente no esperaba que dejara de serlo o no lo deseaba, ¡no lo sabía! Pero así como me excitaba, me enfurecía y mi gran temor era no poder contenerme un día y reaccionar de una forma que la lastimara, aunque el hecho de inflingirle dolor para mí era profundamente estimulante, era algo que iba más allá de mi, que me controlaba, que necesitaba sentir de vez en cuando, justo como el frenesí de una droga, de ahí el peligro potencial.

Si alguna vez pensé que mi labor como Dom solo sería encausarla y enseñarle a encontrar el placer detrás del arte oscuro del BDSM, estaba muy equivocado. Esa encomienda me estaba arrancando mucho más que los deseos peculiares que el sexo me provocaba.

El verla tan dócil, tan receptiva, tan dispuesta a aprender y luego reaccionar inesperadamente como una gatita defendiendo con uñas y dientes sus intereses, era un detonador express a mi lado sexual violento. Isabella me inspiraba con esa tímida ansiedad muchas cosas más que solamente poseerla de las formas más extrañas. Me invitaba a querer saciarme y beber de su cuerpo después de haber jugado con él, después de haberlo tenido restringido y después de haberla hecho gritar de dolor, un dolor que no podía evitar querer infringirle solo porque me excitaba hacerlo, porque necesitaba hacerlo.

Terminé la llamada después de advertirle que se portara bien en mi ausencia y que me enviara su foto muy puntual cada mañana. Suspiré porque si pensé que escuchar su voz me tranquilizaría no estuve equivocado; lo que no esperé fue que ese efecto calmante me durara tan poco tiempo. Era como el adicto que al terminarse el efecto de su dosis, ya necesitaba más.

Mi Isabella, mi Bella…

Me dirigí al baño, quería darme una ducha para acostarme y dormir. Estaba bajo el chorro de agua caliente y no tenía ni idea de porqué me sentía tan incómodo; tal vez fuera por estar mintiéndole a Isabella, pero por el momento era lo mejor. No le podía decir la verdad de donde me encontraba; honestamente no lo consideraba prudente todavía. Estaba seguro de que no iba a gustarle nada que yo estuviera haciendo las cosas a sus espaldas pero tenía que terminar aceptándolo porque nadie se metía con lo mío y salía vivo para contarlo. Y no, no me importaba que eso hubiera ocurrido años atrás, el tal Jake iba a pagar hasta con intereses porque sus malditos actos afectaban ahora nuestras vidas y él no iba a salir impune del hecho de haber tocado y haberle hecho daño a mi Bella.

Mi Bella…

Ella no me había contado nada sobre eso todavía y consideraría mi decisión de investigar como una falta de respeto a su intimidad. Que hubiera quedado asentado en el contrato que ella no debía tener secretos conmigo era una cosa y que lo aceptara y lo hiciera era otra. Además, debía tener muy presente que no era nada fácil para una mujer hablar sobre un abuso sufrido y eso yo debía entenderlo también.

Salí de la ducha y sequé mi cuerpo, me puse un pantalón de pijama y una camiseta; había demasiado frío como para dormir desnudo y no quería subirle a la calefacción. Digamos que era una forma de mantener mi cuerpo y mis deseos controlados. Me cubrí con las sábanas y el grueso edredón; caí rendido, más por mis estresantes pensamientos que por el cansancio físico. Para mi sorpresa, dormí relativamente bien y me levanté con energías renovadas. Desayuné en mi habitación y un poco antes de las diez salimos del hotel. En el camino mi teléfono sonó avisándome de la llegada de un archivo, era la foto de Isabella. Exhalé y una sensación de alivio o algo parecido a eso llenó mi pecho. Se veía hermosa y así se lo hice saber.

Unos kilómetros más adelante, después de observar minuciosamente cada rasgo de su imagen, guardé mi teléfono al distinguir a lo lejos, enclavado en la cumbre de una gran montaña, el Sacré-Coeur. Era una imponente edificación que albergaba el famoso y distinguido internado para señoritas además de algunos secretos que esperaba descubrir. Para llegar a él, un camino de sinuosas curvas debía ser transitado, cosa que nuestro chofer libró con facilidad y se detuvo frente a las altas y anchas rejas negras de la entrada principal.

Bajamos del auto y en las escaleras que atravesaban los hermosos y bien cuidados jardines habían no menos de unas treinta o cuarenta chicas esparcidas a todo lo largo y que me miraban sin recato. Me fue difícil avanzar para llegar hasta los pasillos centrales ya que las adolescentes me cerraban el paso entre murmullos y me sonreían provocativas mientras rozaban sus cuerpos con el mío. Sus pequeños y apretados traseros chocando con mis piernas y sus ojos de niñas mirándome sensuales. Sus pechos elevándose y queriéndose pegar a mi, podía sentirlos chocar con mis brazos, eran firmes, tiernos y naturales todavía. Si tan sólo tuvieran una idea de a quién estaban tentando…

–Hola, señor.

–¿Puedo ayudarlo?

–¿Está perdido?

–¿Busca a alguien?

–¿Es usted un príncipe?

Las chiquillas traviesas que me sonreían coquetas. Un par de nalgadas es lo que les hacía falta. A mi mente llegó la imagen de Isabella con aquella la faldita a cuadros muy corta, inclinándose y dejándome ver sus braguitas blancas mientras me sonreía pícara. Mi polla reaccionó ante ese incitante cuadro y seguí mi camino mientras negaba con la cabeza sacudiéndome esas imágenes, abriéndome paso entre tanto estrógeno enclaustrado, entre chicas que con esa acumulación hormonal hacían y deshacían llegando a exponerse en situaciones como la que precisamente esperaba esclarecer. Esas chicas eran como una olla de presión que solo esperaban el momento para explotar, eran potencialmente una bomba cuyas ondas expansivas terminaban envolviéndolas sin que pudieran salir de su mismo efecto destructivo y eso yo lo sabía demasiado bien.

–¿Porqué está enojado?

Preguntó una jovencita de apenas unos dieciséis años y con el cabello castaño amarrado en un par de coletas. Me sonrió moviéndose sensual y sacando el pecho hacia mí. Le di una mirada fulminante y su carita reflejó lo asustada que estaba. Se dio media vuelta y junto con sus compañeras salió huyendo por el pasillo. Bufé y entré a la oficina de la directora con Perkins a mi lado.

–Buenos días, vengo a ver a la señorita Baumman – le informé a la secretaria que me miraba parpadeando continuamente.

–Señorita… – la llamé de nuevo y volvió a hacer conexión con la tierra. Me reí internamente.

–Sí, sí – dijo nerviosa levantándose de su silla –, ¿a quién anuncio?

–Edward Cullen – le respondí enarcando una ceja.

–Un momento, sr. Cullen, tome asiento – me indicó, pero en lo que ella entraba a la oficina de Baumman, Perkins me dijo en un susurro…

–Mientras usted está con ella voy a echar un vistazo por todo el edificio.

–De acuerdo – asentí.

–Pase, sr. Cullen, por aquí.

–Gracias, conozco el camino.

No era la primera vez que estaba ahí. Años atrás visité un par de veces el Sacré-Coeur pero ni mis ánimos ni mis intereses estaban en su mejor momento aunque eso no me impidió observar aquella oficina que ahora con la decoración victoriana y recargada, estaba muy lejana de ser lo austera que recordaba.

Baumman podía darse ese gusto y otros más; percibía un más que generoso sueldo ya que las cuotas del instituto por cada alumna eran sumamente altas, si a eso le agregábamos que habían alrededor de trescientas y que se cobraba hasta por la sonrisa de buenos días que se les daba a cada una de ellas, los ingresos netos del instituto resultaban ser bastante elevados.

–Buenos días, sr. Cullen – rodeó su suntuoso escritorio victoriano para darme la mano –. Es un gusto tenerlo por aquí.

Dijo la mujer a la que ya se le notaban los más de cincuenta años que llevaba a cuestas y que el bótox no disimulaba.

–Señorita Baumman – la saludé y esperé que regresara a lo que parecía su trono. Tomé asiento después de ella.

–¿Qué lo trae por aquí? – sonrió fingidamente –. ¿En qué puedo ayudarlo?

La miré y el nerviosismo de siempre estaba presente, tal cual como lo recordaba de un par de años atrás. Su labio superior temblaba ligeramente. Maldita mujer, ¿qué era lo que la ponía así? Necesitaba saberlo y para eso estaba de nuevo ahí, solo que con la mente más clara y asesorado por un profesional que sabía lo que hacía. La cincuentona elegantemente vestida me miraba sin parpadear.

–Como supone, no es una visita de cortesía, señorita Baumman – la miré fijamente –. Necesito cierta información de unas ex-alumnas y espero que me la proporcione sin ningún problema – sonreí mientras ella forzaba otra sonrisa en respuesta, sentada rígidamente al borde de su asiento.

–Quiero saber de Rosalie Hale, Alice Brandon y principalmente de Isabella Swan – le informé.

La mujer me veía entrecerrando los ojos, intentando encontrar el motivo de mi interés por las chicas ya que no encontraba mi relación con ellas.

–Necesito saber de su conducta. Quiero saber todo de ellas – la mujer frunció el ceño pero respondió.

–Eran unas chicas tranquilas; siempre obedecían, no daban problemas – su respuesta fue sencilla y corta.

–¿Quiénes eran sus amigas más allegadas? – crucé la pierna y pasé los dedos por mi barbilla mirándola atento.

–Eran muy selectivas, tal vez por eso mismo no eran las más populares pero no les importaba serlo. Tenían otros intereses.

–¿Cómo cuales? – pregunté intrigado.

–Bueno – pareció relajarse un poco –, ellas leían, siempre se les veía con un libro en las manos. Muchas veces llegaban tarde a clases o al comedor por estar leyendo en las colinas.

–¿Qué tipo de lectura?

–Aquí se les marca todo tipo de lecturas adecuadas para hacer de ellas unas chicas cultas, ese es nuestro principal interés y el motivo por el que están aquí, señor Cullen.

–Sí, claro – exhalé aire en una sonrisa y Baumman me miró ofendida.

Seguí haciendo preguntas y Baumman respondía con precaución, cuidando cada palabra que decía y en conclusión, no obtuve ningún dato relevante. Estaba irritado por el sentido neutro y generalizado que le daba a sus respuestas y cansado de no obtener nada más que “buenas” observaciones de ellas, tuve que utilizar un método más eficaz para obtener algo de información que valiera la pena porque era evidente que lo había, de ahí ese nerviosismo y precaución al hablar.

–¿Tuvo la señorita Swan alguna vez algún problema? ¿Algún cambio de actitud que les haya llamado la atención?

Las cejas de Baumman se juntaron; guardó silencio, estaba pensativa y hasta cierto punto algo confundida.

–Debe usted comprender, señor Cullen que a esa edad los cambios de conducta son drásticos y frecuentes, es una etapa difícil y están alejadas de sus familias, pero nosotros nos hemos encargado de manejarlas muy bien y de brindarles todo el apoyo y la asesoría que requieran – dijo satisfecha.

–Señorita Baumman, ¿se da cuenta que lo que me está diciendo pudo habérmelo dicho por teléfono?

Me incliné sobre el escritorio y el tono de mi voz se volvió amenazante.

–Estoy aquí porque requiero mucho más que eso.

–Señor Cullen – se acomodó los anteojos –, como usted bien sabe, yo tengo que resguardar la privacidad de las chicas, no puedo dar información sobre ellas – dijo en disculpa.

–Entonces tengo razón y usted me la está negando – levanté una ceja.

–Le repito que no estoy autorizada para dársela – su tono fue serio, hablaba ya a la defensiva.

–Pues veremos después de una junta con el consejo académico en donde encontrará un trabajo que le pague igual de bien para solventar sus excentricidades – dije sabiendo que mi palabra era decisiva al ser un benefactor bastante generoso y constante por insistencia de mi madre –. No creo que estén muy de acuerdo con su capacidad para manejar esta institución, yo no lo estoy ¬– acaricié lentamente el escritorio ornamentado.

La mujer visiblemente asustada dijo que eso no sería necesario, que ella por precaución no revelaba cierta información de las alumnas ya que estaba prohibido.

–Pero no para un benefactor como yo – le respondí cínicamente –, y si quiere seguir aquí, mas vale que me vaya respondiendo algunas cosas.

Desde luego, iba más que preparado para ese interrogatorio. Perkins y yo pasamos la mayor parte del vuelo a Lausanne analizando diferentes teorías de lo que le pudo haber ocurrido a Isabella. Perkins, como muchos hombres cercanos a mí y de importantes puestos en mi empresa, habían firmado acuerdos de confidencialidad, así que aunque no me sentía del todo cómodo hablando del tema ya que se trataba de un tema concerniente a la intimidad de mi mujer, tenía que hacerlo si quería encontrar una respuesta. Además Perkins había demostrado ser muy capaz y dedicado así que a pesar de la incomodidad me sentí confiado para comentar sobre la remota posibilidad de que lo que le hubiera sucedido a Isabella tuviera alguna relación con la muerte de mi pequeña Liz. Eso intrigó mucho a Banks que se quedó bastante pensativo, confirmándome que podía existir esa posibilidad.

Baumman suspiró bajando los hombros rendida. Por más de dos horas estuve haciéndole preguntas y en verdad parecía no haber mucho de ellas. Tal como lo había dicho, eran unas chicas tranquilas que se encerraban en su mundo de lectura. Eran alegres y no eran las más populares pero se llevaban bien con el resto de las chicas. Eran muy estudiosas y nunca se perdían un fin de semana de premio en la ciudad. Hacían travesuras adolescentes como cualquier chica pero no les significaban ningún problema mayor.

En general, eran unas chicas como todas y que se emocionaban como cualquier adolescente cada vez que habían eventos con los otros internados cercanos. Según Baumman, tenían más interés en los encuentros con el internado Du Rosey, siempre estaban pendientes de los calendarios y nunca se perdían los partidos de futbol los fines de semana. Un foco de alarma se prendió en mi cabeza.

–¿Puedo preguntarle a qué se debe tanto interés por ellas, señor Cullen? – me miró intrigada.

–No, no puede – le respondí molesto y se recargó de pronto en su respaldo, indignada –. Estaré aquí por un par de días, así que voy a necesitar una oficina pequeña y una computadora con todos sus archivos abiertos para mí y para el señor Perkins. Le advierto que a la primera negativa, no dudaré en convocar a una junta de consejo para destituirla de su cargo y empezar a buscar una persona capaz y competente para que ocupe su lugar – los ojos de la mujer parecían querer salírseles de sus cuencas.

–Por lo pronto, iré a recorrer algunas instalaciones – me puse de pie y sin decir más, salí dejándola maniatada ante mis requerimientos. Una sonrisa torcida apareció en mis labios. Encontré a Perkins esperándome afuera de la oficina de Baumman.

–¿Y bien?

–Me gustaría saber en donde se encuentran localizadas las habitaciones de las señoritas, es mejor hacerlo antes de proseguir – dijo serio y asentí. Baumman se encargó personalmente de llevarnos, no iba a dejar que alguien más nos guiara y cometiera tal vez una indiscreción, así que atravesamos varios edificios y al acercarnos al más alejado nos señaló desde el jardín…

–Ése es el edificio que tiene las mejores y más lujosas instalaciones – dijo orgullosa –, esas dos ventanas juntas en el segundo piso pertenecen a la habitación que ocupaba la Señorita Swan junto con las otras chicas.

–¿Se refiere usted a las ventanas junto a esa enredadera? – Perkins le preguntó.

–Exactamente, señor Perkins.

–Es una enredadera muy bonita, ¿la podan seguido?

–Solo mantenemos la forma, me parece que le da un bonito aspecto al edificio, ¿no lo cree usted?

–Ciertamente. Soy un fanático de la jardinería y sé que esa clase de plantas tienes raíces muy resistentes, tan fuertes que soportan el peso de una persona adulta con facilidad.

–¡Vaya! Eso si que no lo sabía.

–Así es y déjeme felicitarla, su jardinero hace un espléndido trabajo – Perkins recorría con la mirada esa enredadera, estudiándola minuciosamente registrando más datos –. Las flores azules de abajo son hermosas – añadió.

–Las genianas. Eran las preferidas de su hermana, Elizabeth, señor Cullen – dijo alegre la mujer y una punzada en mi corazón me hizo aspirar aire por la boca –. Siempre se sentaba en el borde de la ventana para admirarlas.

Señaló con su dedo la ventana del piso inferior al de Isabella y la sorpresa me paralizó momentáneamente. Cuando pude salir de mi asombro giré para mirar a Banks que tenía una extraña sonrisa en el rostro. Ésa, definitivamente no era un puta casualidad.

–Quiero entrar – dije interrumpiendo la conversación que había continuado entre ellos y a la que no puse atención.

–¿Qué? – preguntó Baumman alarmada –. Eso no va a ser posible, no puedo irrumpir en la privacidad de las chicas es primordial, no puedo pasarla por alto, señor Cullen, entiéndame.

Asentí mirándola serio, enarcando una ceja con una clara advertencia de lo que sucedería en un futuro muy cercano para ella. Tragó en seco e inhaló profundamente.

–Déme treinta minutos, les avisaré a las chicas para que salgan de su habitación – aceptó sin remedio, dio media vuelta sobre sus talones y se perdió en el pasillo torturando con cada paso que daba, sus tacones.

Mientras transcurría el tiempo para poder accesar, Perkins y yo fuimos a la oficina donde con una rapidez asombrosa, ya se encontraba sobre un escritorio grande una computadora, una laptop, un escáner, una impresora y un teléfono fijo, así como todos los consumibles necesarios.

Sin perder el tiempo, Perkins se sentó frente a la máquina y comenzó a teclear. Unos minutos después, giró la cabeza viéndome con una expresión de satisfacción en la cara.

–Ya tenemos acceso a todos los archivos, Señor. Ya con esto, es casi imposible que no obtengamos lo que necesitemos.

–Pues borra de tu mente el “casi”, Perkins, quiero tener toda la información en mis manos.

***

Estaba de pie en medio de la habitación. Era bastante grande. Las paredes de color azul muy claro y los muebles blancos que daban un aspecto acogedor para ser un internado. Afiches de chicos pegados en las paredes y en el techo así como calendarios escolares, fotografías, dibujos y cuanta cosa se pudiera pegar en ellos; tres camas con elegantes cabeceros modernos y una mesita de noche entre ellas con una pequeña lámpara a juego con la decoración tan femenina.

Una pantalla plana y un reproductor de DVD’s frente a un sillón muy amplio y de aspecto cómodo. Del otro lado de la habitación, tres escritorios llenos de libros, laptop’s, cuadernos, lápices… un mini bar junto a una puerta y frente a mi, las dos ventanas.

–Es el baño, Señor – me informó Perkins saliendo de él –, y éste es el clóset.

Señaló otra puerta y se dirigió a las ventanas, abriendo primero una y asomándose. Ya había revisado todo el dormitorio mientras yo solo estuve ahí parado en medio de él, pensando que por muchos años, esa habitación había sido lo único que mi Bella había considerado como su hogar. El único lugar que había tenido como territorio seguro junto con Alice y Rosalie. Durmiendo en esas camas y mirando ése mismo techo.

Un ruido fuerte me hizo voltear repentinamente. Mis ojos se agrandaron al ver a Perkins en la ventana y empezar a bajar por la tan mencionada enredadera.

–¿Qué carajo haces, Perkins? – pregunté asomándome al ver hombre que no creía que fuera aún tan ágil, descender en unos minutos y llegar hasta el jardín sin ningún problema.

–Sólo comprobando lo fuerte de la enredadera – sonrió y se perdió en el jardín mientras yo seguía observando la antigua habitación de Isabella para luego bajar a la de Liz. Revisamos ambos dormitorios con detenimiento. No encontramos nada fuera de lo normal más que solo la coincidencia de su ubicación.

Pasamos dos días enteros entre las hormonas rebosantes e hirvientes de las chicas, insinuaciones que distaban de ser de unas adolescentes educadas, cultas y propias y que podrían escandalizar al más pervertido de los hombres, pero no a mí. Con gusto las hubiera colocado sobre mis piernas para propinarles algunas nalgadas contundentes en esos lindos traseritos inmaculados para que dejaran de pensar en sexo y se dedicaran a lo suyo. En vez de eso, hacía caso omiso a todas las proposiciones que llegaban a mis oídos y seguía abriéndome paso entre esos tentadores cuerpecitos para llegar a la oficina.

Además de revisar los expedientes de Isabella y las chicas, también revisamos los de Liz, Leah y Emily, sus amigas y también compañeras de dormitorio. Antes no había querido involucrarme a fondo en la investigación de la muerte de Liz porque los remordimientos me lo impedían. Ella estaba muerta y nada de lo que yo hiciera podría traerla de vuelta.

Esa era una postura que nadie hubiera pensado que tomaría. Lo cierto era que el sentimiento de culpa me tenía devastado y no quería enfrentar la realidad. Era un acto cobarde, era verdad, pero ya que la miríada de sentimientos que tenía por Isabella me habían hecho llegar hasta el punto de buscar qué era exactamente lo que le había ocurrido y no solo suponerlo y enviar al causante de su dolor al otro mundo, había encontrado que existía un vínculo extraño entre el caso de Liz y el de Isabella, por lo que ya era hora de portarme como el hombre y el hermano que no fui hacía unos años atrás y enfrentar las culpas tratando de encontrar algo que diera un poco de luz y de paz al alma desconsolada de mis padres que se habían quedado sin su adorada hija pero sobre todo para el descanso eterno de mi pequeña Liz.

Durante esos días pudimos corroborar que Liz y sus amigas tenían un grupo de amistades mucho más amplio que el de las chicas. Lo que me dejaba con muchas interrogantes que esperaba se disiparan antes de volver a Londres.

–¿Ve que estoy en lo cierto, señor Cullen? Esas niñas eran muy reservadas y se encerraban en ellas mismas, prácticamente no confiaban en nadie, especialmente Isabella. Ella era la más débil de las tres, muy inteligente pero la de menos carácter.

–Si necesitamos algo más se lo haremos saber, Baumman – dije cerrando la puerta casi en sus narices. Ciertamente no nos había mentido respecto a la personalidad de las chicas ya que también eso venía señalado en los reportes mensuales del psicólogo del internado. Era prácticamente imposible que en ellos no se viera algún cambio de conducta que Isabella hubiera tenido; a partir de ahí se encaminaría la investigación tomando en cuenta las actividades en las que había participado, si bien como decía Baumman, todo lo que cada chica hacía estaba documentado en su expediente.

Pude ver también docenas de fotos de Isabella desde su llegada al internado. Su cabello castaño recogido en una coleta, de piel pálida y esa mirada de ojos oscuros y tristes. Delgada más de la cuenta, con el cuerpo andrógino de aquel entonces y sin una sonrisa en los labios. Era comprensible, después de perder a su madre y ser dejada en un internado en un país que no era el suyo, rodeada de extraños y obligada a entender otro idioma de buenas a primeras.

Su expresión afligida fue cambiando a una más alegre conforme fue pasando el tiempo, así también su cuerpo que fue adquiriendo muy poco a poco las curvas que bien conocía. Ante los ojos de la lente, Isabella fue transformándose en una hermosa mujer, una bella mujer que ahora me pertenecía.

Me dediqué a observar las fotografías con detenimiento, concentrándome tanto en las posturas del cuerpo como en las expresiones faciales. Éstas decían mucho y tal vez ahí encontráramos algo importante. No había que ser ciego para no notar un cambio no solo en Isabella sino en las tres chicas. Antes del verano del dos mil cuatro aún se les veía libres, despreocupadas y felices, después todo cambió.

***

Esa noche llegué a mi habitación del hotel con los ojos irritados de tanto tiempo de estar frente a la pantalla del computador. Siempre me pasaba lo mismo. Me recosté en la cama y me puse las gotas que siempre llevaba conmigo; cerré mis ojos y la cara tierna de una niña de nariz respingada con unas cuantas pecas en ella volvió a mi mente. Una cara alegre que luego se transformó en un rostro ausente con la mirada triste perdida en el suelo.

Al tercer día, mi mal humor era un peligro. Las hormonales chiquillas ya no me salían al paso con sus fantasiosas indirectas; tampoco Baumman se me acercaba por temor a que le plantara en la cara otro portazo. Tal vez mi afán por encontrar algo tangible en nuestra búsqueda me estaba llevando al borde de la razón por no tener nada concreto en mis manos.

Perkins me “sugirió” sutilmente volver a Londres. Seguro que mi carácter obsesivo también lo estaba acercando al límite y no lo dejaba trabajar cómodamente. Reconocía que estaba algo irritable y acepté la sugerencia de dejarlo solo. Llamé a Katie y le pedí que adelantara el viaje a París que tenía para la semana entrante con carácter de urgente. Le pedí que llenara esos tres días con juntas y eventos para mantenerme ocupado. Con Perkins haciéndose cargo de la investigación, me fui tranquilo y confiado y pude llegar a acuerdos beneficiosos para mi grupo inversionista. Cerré tratos asegurándonos ganancias inmejorables y con esa sensación de poder que me daba el manejarme exitosamente en los negocios, pasé mi última noche en la ciudad luz ansiando llegar a Londres para ver de nuevo a Isabella. No podía más, todo mi ser clamaba por ella.

Durante mis ocho días de viaje solo una vez hablé con Isabella. Fue la mañana en la que al recibir la foto que me enviaba puntual cada mañana la vi algo demacrada y me preocupé. La llamé de inmediato y me aseguró que solo era que no había tenido una buena noche. Decidí creerle ya que Paul no me había reportado ningún incidente de relevancia. Así que después de ver la foto diaria le devolvía los buenos días con un comentario halagador.

Se los había ganado con creces. Se estaba portando muy bien y por si fuera poco, había decidido volver a ver al Dr. Bower por voluntad propia. Paul me había llamado para avisarme que Isabella estaba entrando al consultorio y en ese mismo momento llamé para que avisar que quería que el Dr. Bower estuviera disponible para cuando Isabella lo quisiera.

Estaba muy contento de que por fin hubiera vuelto, eso quería decir que había aceptado tener un problema que no podía resolver ella sola y que necesitaba de ayuda, ayuda que yo le estaba ofreciendo; eso me llenaba de tranquilidad. En total, durante mi ausencia, Isabella había ido a verlo dos veces. Ya iría yo a hacerle una visita personal al Dr. Bower cuando volviera para tener una extensa charla acerca del problema de mi mujer.

En general, todo iba marchando muy bien; estaba complacido por cómo se estaban dando todas las cosas, hasta que los días separado de Isabella comenzaron a pasarme factura. La necesidad de verla me estaba llevando a extremos a los que nunca pensé acercarme siquiera. Deseaba tocarla, besarla, hacerla mía, follarla hasta que perdiera la conciencia, solo que esto último tendría que esperar hasta que estuviera a punto de consumirse de deseo por mí ya que el propósito principal de toda mi estrategia era aumentar la libido de Isabella. La quería rendida a mí y que reconociera la naturaleza de su deseo para poder tomarla de todas las formas en las que deseaba hacerlo.

La necesitaba dispuesta y ansiosa a confiarme su cuerpo y su alma, más allá de lo que el razonamiento le indicara para que yo pudiera borrar de su mente y de su corazón ese mal recuerdo que le estaba impidiendo ser una mujer que disfrutara plenamente y sin reparos de su sexualidad.

Solo había una cosa que no había contemplado y ya se estaba saliendo de mi propio control… que la estrategia muy bien planeada me estaba enloqueciendo tanto como imaginaba que lo estaba haciendo con Isabella.

Siendo el ser sexual que era, no estaba ni remotamente acostumbrado a pasar largas temporadas en abstinencia. Yo no estaba diseñado para eso, necesitaba sexo como si de aire se tratara. ¡Diablos! ni siquiera era lo que se decía “exclusivo” de mi sumisa oficial y ese era un punto que siempre estaba muy bien especificado en mis contratos y que ellas aceptaban, solo que en contrato celebrado con Isabella le había pedido a Jasper omitir ese inciso y todavía seguía preguntándome porqué.

Mi polla se removió incómoda atrapada en mis bóxers. Con solo pensar en Isabella reaccionaba así, ya eran demasiados días los que habían transcurrido desde la última vez que estuve dentro de ella y con cada minuto que pasaba se tornaba más difícil controlarme. Moví mis caderas buscando relajarme y encontrar una postura más cómoda, pero fue inútil. Solté una maldición porque estaba seguro que tendría que hacerme cargo de mi problema antes de salir a mi última reunión de esa tarde si no quería reventar ahí mismo.

Sintiendo la fuerza autónoma de mi miembro inferior, me puse de pie y me dirigía al baño de mi habitación cuando sonó mi teléfono, era una llamada de la oficina.

–Dime, Katie – cerré la puerta del baño tras de mí.

–Aquí está la señorita Swan, viene a hacer una devolución, Señor – dijo con voz y tono profesional y de inmediato me alerté.

–Entra a mi despacho y cierra la puerta.

–Sí, señor – respondió y claramente escuché cuando ésta se cerró.

–¿Qué diablos pasa?

–Isabella Swan está aquí con las copias de todos los recibos de sus servicios pagados y con un cheque, dice que no se irá de aquí hasta que no lo acepte. Está muy enojada, Edward.

–Está bien, pásamela y desde luego no aceptes ni un solo centavo de ella, Katie.

–Claro, Edward, voy a hacerla pasar para que hable aquí. ¿De acuerdo?

–Perfecto.

Me llevé los dedos al puente de mi nariz y lo pellizqué con fuerza. Oí como Katie la hacía pasar a mi despacho, le ofrecía asiento y salía dejándola sola.

–¿Qué significa esto? – fueron las primeras putas e histéricas palabras que escuché de ella después de tantos días.

–No – grité –. Qué coño significa que estés en mi oficina haciendo un escándalo, Isabella, tienes dos segundos para entregarle el teléfono a Katie y otros dos para empezar a salir de ahí.

–Si no me acepta el cheque no me voy – me advirtió y traté de respirar hondo para calmarme.

–Tú no vas a ponerme condiciones, Isabella, ya arreglaremos esto cuando vuelva a casa – dije despacio conteniendo mi enojo. El que Isabella se portara bien por tanto tiempo era demasiado bueno para ser verdad.

–¿Y como cuando será eso? – preguntó con tono sarcástico.

–Eso no debe importarte, tú te vas a casa y te portas como lo que debes ser y si quiero me esperas una hora, un día o una puta eternidad, ¿entendido? – me controlaba para no gritar pero no lo estaba logrando.

–Más te vale que sea pronto, Edward, porque estoy a punto de salir a buscar a un Dom a quien si le importe y no me deje abandonada.

–Cuida tus palabras, Isabella – dije muy despacio.

–Mejor tú cuida lo que es tuyo porque estoy empezando a cansarme de estar sola.

Lo siguiente que escuché fue como cortó la llamada. Me quedé mirando el teléfono como si éste fuera a darme alguna puta explicación. Cerré los ojos y los oprimí tan fuerte como mi mano alrededor del teléfono. Esperé unos cuantos segundos y presioné la tecla con su número en la marcación rápida. No me contestó y mi furia creció.

–Katie – dije antes de que pudiera decirme algo –, cancela mi última junta y adelanta mi vuelo, salgo para el aeropuerto en este mismo momento.

Una hora y media después mi avión despegaba del Charles De Gaulle rumbo a Londres. Mientras el artefacto tomaba altura, repasaba sin cesar las palabras que Isabella se había atrevido a decirme. Me había echado en cara mi falta de atención y mi ausencia. Por un lado me repetía a mi mismo que ella no tenía idea de porqué lo hacía, que solo estaba reaccionando impulsivamente pero por otro, no perdonaba la total falta de respeto que había tenido hacia mí. Pero lo dicho, dicho estaba y ya no había vuelta atrás.

La hora que duraba el vuelo de París a Londres se me hizo eterna. La azafata, que no era la misma rubia de los bien colocados senos, me había llevado ya cuatro vasos de whisky. Aunque ya estaba menos tenso, mi enojo no había bajado. Dejé escapar una maldición al sentir mi polla que como una burla, luchaba dentro de mi ropa con la sangre corriendo a través de ella para mantenerla firme, erecta y ancha, y que con tanto tiempo de estar fuera del juego sentía que pronto me iba a estallar junto con las bolas que me dolían como nunca.

Jadeé y presioné mi mano contra mis doloridas partes aunque sabía que toda esa tortura solo se aliviaría estando dentro del cuerpo de Isabella, follando ese estrecho coño que me tenía embrujado. Tenía que llenarlo, inundarlo de mí. Quería deleitarme con el sabor de su esencia y beber sus jugos porque comenzaba a pensar que esa enferma necesidad que me estaba obsesionando era por el simple hecho de no poderlo tener.

Negarme el acceso a esa parte sublime de su cuerpo me estaba conduciendo a la locura. Sacudí con fuerza la cabeza para intentar tener mis pensamientos claros pero la imagen de mi boca disfrutando de ella no era algo fácil de ignorar. Todo mi maldito plan se había ido a la mierda porque Isabella no había respondido como la sumisa que pretendía ser; me había amenazado, me había dado un ultimátum y con eso me estaba obligando a llegar a ciertos extremos que nada le iban a gustar.

Bajé del avión al llegar al hangar privado donde Dean ya me esperaba.

–¿Hubo algún problema?

–Parece que Paul tuvo algunos, señor, pero ya todo está bajo control.

–¿En la oficina?

–No, Señor, para llevarla a la casa, no quería ir.

–¿Algo más que deba saber?

–Es todo, señor – asentí y miré mi reloj.

Llegamos a casa y bajé del auto a toda prisa; Dean se ocupó de mi equipaje mientras fui a mi estudio para tomar una copa de brandy antes de subir con Isabella. Intenté tomarme mi tiempo y relajarme un poco porque si bien sabía que no era correcto que fuera a encontrarme con ella bajo la influencia del alcohol, también sabía que no podría esperar hasta el día siguiente para exigirle una explicación de lo sucedido esa misma tarde.

Cuando sentí que estaba un poco más controlado, salí de mi estudio pero conforme comencé a subir las escaleras, mi ira recobró fuerzas. Con pasos largos y presurosos llegué hasta su puerta y antes de entrar me detuve apoyando una mano en la pared y la otra presionando el adolorido ya puente de mi nariz, dudando. Respiré profundamente varias veces y entré.

La habitación no estaba a oscuras, una tenue luz alumbraba lo suficiente, como si estuviéramos a la luz de una sola vela, pero me dejó distinguir una vez que estuve lo bastante cerca de la cama, el cabello color chocolate de Isabella esparcido por toda la almohada. Brillaba e invitaba a acariciarlo, a enredar mis dedos en él. No podía ver su rostro porque estaba del lado contrario a la luz; tampoco podía distinguir su esbelta silueta porque estaba debajo del grueso edredón, apenas parecía que hubiera alguien ahí pero el suave ruidito que hacía al dormir la dejaba en evidencia.

Isabella dormía pacíficamente, sin que al parecer nada la perturbara. No se veía preocupada, ni molesta. Estaba tan relajada que hasta a mí me confundió. De un tirón jalé el edredón que la cubría para encontrarla envuelta en una de mis pijamas.

–Levántate – dije fuerte y se removió despertando sobresaltada.

–¿Qué pasa? – preguntó confundida pestañeando sin cesar.

–Te quiero en cinco minutos en el cuarto de juegos.

Salí de ahí hacia mi habitación. Necesitaba poner distancia de por medio aunque fuera por unos minutos. Me desvestí y me lavé la cara y las manos. Me puse el pantalón suelto de seda negro y me dirigí al cuarto de juegos. El pasillo se me hacía muy largo y mis pasos se hacían más apurados hasta que llegué a la habitación lila. Sentía que hacía mil años que no entraba ahí. De pie junto a la puerta, estaba Isabella mirando al suelo con la bata de seda negra, con el cabello suelto y descalza.

Abrí la puerta y la dejé pasar. Podía ver el ligero temblor que tenía su cuerpo pero no podía verle el rostro, se mantenía con la mirada fija en el suelo. Fue directamente hacia la mesa y esperó por mis instrucciones pero yo tenía otros planes para ella esa noche.

Avancé al centro de la habitación y con un brazo jalé las poleas que sostenían el columpio y un arnés que colgaban del techo.

–Arrodíllate – le ordené y antes de obedecerme me miró intrigada.

Comprobé que estuvieran bien aceitados tanto los rieles como las poleas y luego me dirigí al cajón donde guardaba todos los aditamentos para utilizar el arnés. Saqué los largos cinturones de fuerte algodón prensado así como también los puños recubiertos con piel de llama diseñados para no lastimar la piel y algunos juguetes.

Me acerqué a ella y puse mi mano alrededor de su cuello; entendió que la quería de pie y sin dudar se levantó. Me puse detrás de ella y comencé a quitarle con mucha lentitud la bata de seda. De haber estado frente a ella hubiera tenido que ver sus senos perfectos con sus puntas rosadas y la separación entre ellos, su ombligo que marcaba la mitad del descenso hasta esa parte de ella a la cual me estaba prohibido llegar de la forma en la que yo necesitaba, pero lo que me era imposible evitar mirar, era esa magnífica espalda que culminaba en ese derrière que quitaba el habla y que daba paso a sus simétricas y blancas nalgas.

Mi polla, que ya había cobrado vida desde hacía un rato, se erigía poderosa bajo mis holgados pantalones, latiendo con fuerza por el flujo de sangre que corría dentro de ella. Buscaba alivio y no dejaría de hacerse presente hasta que encontrara la forma de liberarse y así calmar su desasosiego.

Acaricié despacio en interior de su brazo con las huellas de mis dedos. La sentí estremecerse y continué rozando mis dedos hasta llegar a la palma de su mano donde hice algunos dibujos en círculo. Su respiración se agitaba mientras mi polla enfebrecida recibía el mensaje. Tomé los puños y los coloqué cuidadosamente en sus muñecas asegurándome que tuvieran la presión exacta; hice lo mismo en sus tobillos, arrodillándome aun lado de ella sin dejar de acariciar sus piernas de piel cremosa y suave, paseando mis dedos por detrás de sus rodillas y subiéndolos de pronto hasta el interior de sus muslos llegando a la unión entre estos, sintiendo la cálida humedad que emanaba de su centro.

Un ligero gemido ahogado salió de su garganta y sin perder tiempo en cavilaciones tontas inserté un dedo entre sus pliegues y lo hundí en su entrada. Un sonoro jadeo se escuchó en la habitación, un jadeo sin reparos que vino en respuesta al movimiento de mi dedo en su interior caliente. El embiste de mi dedo era suave, provocador, tenía un propósito bien definido y que al parecer estaba cumpliendo.

Toqué su punto G y su cuerpo se sacudió pero aún no era hora. Saqué mi dedo y me puse de pie una vez que me cercioré de que sus ataduras estuvieran perfectamente seguras. La acerqué hasta el arnés y las cadenas y la detuve frente a ellas. La incertidumbre cubría su rostro, no era miedo, no era angustia, solo el no saber que acontecería en un momento más.

Sostuve el arnés y lo acerqué a ella.

–Mete las piernas aquí – dije sin mayor ceremonia e Isabella se introdujo en el arnés como le indiqué. Lo subí hasta su cintura y comprobé que estuviera libre la mayor parte de su cuerpo inferior. Seguí colocando el arnés superior asegurándome que sus senos no fueran tocados por los cinturones y una vez listos todos los amarres, los de su cuerpo y los de sus brazos y piernas, me puse al fin frente a ella y la miré directamente a los ojos.

Isabella me miraba nerviosa y bajó la mirada. Sostuve su barbilla entre mis dedos y la levanté.

–Repite todo lo que me dijiste al teléfono.

Ella abrió los ojos desmesuradamente sosteniéndome la mirada y tragó en seco pero no dijo ni una sola palabra.

–Voy a pedírtelo una vez más, Isabella, repite lo que me dijiste esta tarde.

Miró hacia otro lado repentinamente, como si se hubiera armado de valor.

–Pudiste haberte librado de otro castigo, mi querida…

Me di media vuelta y tomé un pañuelo negro de seda para vendarle los ojos pero al ponérselo, dudé.

–Creo que en esta ocasión me gustará que veas todo lo que voy a hacerte – sonreí para intimidarla pero ella no parecía estarlo, solo su pecho subía y bajaba con un ritmo acelerado.

Dejé al pañuelo a un lado y tomé unas pequeñas pinzas, mucho más pequeñas de las que había usado con ella antes y que causaban un poco más de dolor si no se colocaban exactamente rodeando el pezón.

–¿Las recuerdas? – le pregunté acercándome a su boca –. Estoy seguro que si.

Abrí mis piernas y me incliné para poder tomar sus pezones en mi boca. Esos mismos dulces pezones que me excitaban por esa respuesta inmediata que tenían hacia mi. Mis labios y dientes se cerraron sobre uno de ellos, estirándolo y mordiéndolo con irónico cuidado; al sentirlo transformarse en una dura y filosa roca entre mi boca hice lo mismo con el otro pezón. Isabella hacía esfuerzos enormes por no responder sonoramente al ataque a sus pezones mientras que yo sentía que tanto mi polla como mis bolas doloridas explotarían por tanto deseo acumulado.

Con una de las pinzas bien abiertas, rodeé su pezón y ella gimió. Estaba inmóvil ya que sabía que de moverse, podría colocarlo mal y el dolor sería insoportable y la presión podía hacerla sangrar. La miré estudiando su reacción; parecía que la pinza estaba en el lugar correcto así que continué con la otra.

Isabella tenía los ojos cerrados, su respiración llevaba un ritmo constante tratando de controlar el dolor y a ella misma pero yo no la quería así, la necesitaba fuera de control, la necesitaba rogando por su liberación, la quería al borde de la locura, justo en el insano límite de la razón.

Con mis dedos presioné sus mejillas obligándola a abrir sus labios para mí. Con urgencia me apoderé de su boca e introduje mi lengua con violencia, reclamándola, bebiéndomela. Gemí al sentir que sus manos se enredaban en mi nuca y di un paso a atrás separándome de ella. Alcé un brazo y jalé con cierta presión la cadena que tensaría los cinturones de sus extremidades. Isabella me miró angustiada y jalé de otra cadena, la que elevaría su cuerpo hasta la altura que yo quisiera. Ella cerró los ojos y se tensó.

–Relájate, Isabella, no quiero que te lastimes – dije sarcástico mientras la veía hacer esfuerzos por mantener equilibrado su cuerpo que colgaba del techo –. No luches, no servirá de nada.

Le decía mientras jalaba de la cadena hasta dejar su cuerpo horizontal y sus piernas bien abiertas. Pasé un brazo por su cintura para pegarla a mi cuerpo y antes de darle otro beso, hice vibrar las pinzas en sus pezones. Ella jadeó y mi polla se estremeció mientras mi lengua asaltaba su boca, queriendo aliviar un poco mi deseo, pero lo único que conseguía era aumentarlo.

Maldije mi debilidad, mi poca fuerza de voluntad ante ese cuerpo que despertaba en mi las pasiones más insanas pero así también despertaba en mí un sentimiento que aunque ya había admitido tener, me costaba mucho esfuerzo tratar de entender pero sobre todo de manejar y ese sentimiento, era la necesidad de protegerlo, de amarlo, de venerarlo…

Pudiera escucharse contradictorio y lo era, pero aún más para mí porque ese nuevo sentido de necesidad que apenas conocía no se comparaba con el de antes. No era material sino algo que iba más allá de eso, algo que surgía imperioso, que me hacía querer procurarle los cuidados más tiernos y suaves, hacerla reír, sentirse segura, ver por ella en todos los aspectos y si no fuera yo un ser complejo, pudiera decir que…

Sacudí mi cabeza y al abrir los ojos el cuerpo de Isabella flotaba frente a mi. Era hora de que enfrentara las consecuencias de sus acciones. Sobre la mesa había una fusta y un látigo de castigos.

–Seré benévolo contigo y te daré a escoger con qué objeto quieres que empiece, Isabella, hoy será tu decisión – se los mostré y sus ojos se agradaron. Dudaba.

–Mientras más te tardes, más tiempo pasaremos aquí – suspiró nerviosa.

–El látigo de castigos, Señor – dijo con voz débil.

–Muy bien, ése ha sido tu deseo.

Con un rápido movimiento jalé la cadena y su cuerpo se posicionó verticalmente; con el látigo en una mano y la cintura de Isabella en la otra sosteniéndola para que no se moviera, dejé caer el primer azote del látigo en una de sus blancas y perfectas nalgas de porcelana. No gritó, en lugar de eso masculló algo entre dientes tensándose al sentir el golpe.

El solo ruido del látigo chocando contra su carne hizo estremecer mi cuerpo, hinchando mi pecho de un sentimiento de gozo que antes no me habría parecido enfermo, pero aún así lo disfruté. Inhalé profundamente y cuando su cuerpo se relajó un poco levanté la mano de nuevo dejando caer el látigo en el otro blanco glúteo. Esta vez esa sensación corrió como un disparador instantáneo despertando en mi deseos más oscuros, queriendo provocar en ella reacciones más intensas, más fuertes que el grito que ya no pudo contener.

Era hora de quitar las pinzas, por nada del mundo quería dañar esos pezones tan tiernos; con mucho cuidado me incliné y muy despacio presioné los extremos de una y ésta se abrió. Capturé en mi boca el pezón libre y lo succioné haciéndola gritar y arqueando su cuerpo que mantenía firme con un brazo alrededor de su cintura.

–¡Basta! ¡Basta!

–No puedo detenerme, mi Bella, tengo que activar de nuevo la circulación de la sangre en este pequeño – murmuré con el pezón aún entre mi boca y continué con la succión hasta que lo sentí tibio otra vez. Repetí la misma acción con el otro pezón y el grito de Isabella fue más fuerte, pero no me detuve hasta que su punta recobró el calor entre mi boca.

–Sé que lo disfrutas pero como bien sabes, esto es un castigo.

Dije deteniéndome, excitado como nunca al sentir como la temperatura de mi cuerpo subía descontrolada. Pasé mi mano alrededor de su rodilla suavemente y subí su pierna hasta rodear mis caderas dejando libre el acceso a su centro y acerqué hasta ese punto un pequeño vibrador que tenía en la otra mano. Lo encendí y toqué con él su pequeño y sensible botón lleno de terminales nerviosas.

Isabella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo como si estuviera sufriendo la mayor y más despiadada de las torturas; se removía desesperada pero mi mano alrededor de ella la mantenía firme contra mi cuerpo. Yo sabía que esa reacción se debía a los tantos días de abstinencia, exactamente los mismos días que yo había tenido y que sin embargo me las arreglaba para liberarme aunque fuera por mi mismo pero ella no tenía ese permiso, no se podía tocar y mucho menos estimularse sola y aunque era algo perverso estaba dando los resultados que esperaba porque ya casi la tenía en el punto que quería.

Subí una velocidad más al aparato e Isabella mascullaba entre dientes, apretaba los puños y luchaba por cerrarme el paso a su excitado y empapado coño. Movía la pierna que no tenía totalmente restringida con la cadena pero no le servía de nada. Colgada del arnés no tenía la misma fuerza para impulsarse y moverse, además que tampoco podía mantener un equilibrio que la ayudara a luchar contra mi.

–No te atrevas – dije al darme cuenta que estaba cerca del orgasmo y jadeó a punto de rendirse –, te lo advierto.

Mi voz tenía un ligero temblor y enfurecido por estar perdiendo el control, aventé el vibrador y jalé las cadenas dejando la parte superior de su cuerpo colgando hacia atrás y sus caderas a la misma altura de las mías.

–¡Edward!

Gritó sorprendida por el abrupto movimiento que la dejaba completamente expuesta y dispuesta para mi. Me deshice de mi pantalón y mi polla brincó libre y hambrienta. El intenso dolor en mis ingles casi me hacía doblarme un poco pero no me importó porque sabía que pronto desaparecería. Tomé mi polla en mi mano y acercando a Isabella por la cadera, acaricié su hinchado botón con la dura punta. Casi desfallezco al contacto, al sentir mezclarse las gotas de mi líquido preseminal con su más que palpable humedad que iba recogiendo en su entrada y que la subía hasta su clítoris con mi polla.

–Si lo que quieres es tenerme siempre aquí complaciéndote, hay otras formas de pedírmelo, Bella – dije con voz muy ronca y oscura, cargada de deseo mientras que de un duro empujón de mis caderas la embestí con fuerza, adentrándome en su delicado cuerpo que pedía mi no muy delicada atención.

Isabella gritó y movió las manos tratando de asirse de lo que fuera que estuviera a su alcance pero en esa posición que iba en contra de la lógica gravedad, era imposible. Prácticamente la estaba follando al aire y si la sensación era tan increíble para ella como lo estaba siendo para mi, no tardaría mucho en acercarse de nuevo al orgasmo que estaba seguro no podría dominar esta vez.

Mis manos en sus caderas la detenían cada vez que arremetía contra ella, impulsándome para penetrar más profundamente y cada vez que me enterraba en ella, un grito escapaba de su garganta pero no me podía detener ya que no era un grito angustiado, un grito de miedo, no. Era un grito necesitado, urgente de más, de mí…

–¿Vas a largarte a buscar a otro? ¡Dime! ¡Dímeloo!

Le exigía una respuesta mientras me clavaba en ella sin reparos, empujando sin contemplación. Yo solo quería reclamarla una vez más como mía, marcarla, embriagarla de mí. Mi pene entraba y salía de ella como si fuera su último cometido y yo estaba dejando todas mis fuerzas en ello, por manejarla, por tenerla, por dominarla, porque fuera total y absolutamente mía.

Sus piernas apretaron mis caderas y una ligera tensión comprimió mi polla.

–No puedes correrte…

Ella gimió y la tensión aumentó así como mis embestidas que la acercaron más. Entonces se dejó ir cerrándose por completo alrededor de mi pene provocándome un dolor exquisito. Isabella convulsionaba colgada de las cadenas y en mis manos que la sostenían. Se retorcía como una sensual serpiente haciendo los movimientos más hermosos y sus gemidos y jadeos no estaban ayudándome a mantenerme centrado. Isabella se corrió como nunca, sin importarle mi orden. Ella solo disfrutaba del huracán de sensaciones que la envolvía sin importarle nada más a su alrededor.

La dejé gozar de su aniquilante orgasmo y antes de que empezara a relajarse mis arremetidas se hicieron más intensas. Mi mente dejó de analizar, de buscar concentrarme, de controlarme, solo seguí mi instinto que me pedía continuar con más y más ímpetu. Embestidas atropelladas y abrasantes fueron las que su cuerpo fue recibiendo de mí y que para mi sorpresa no pendía débil colgado del arnés y las cadenas desmadejado y cansado. Isabella estaba haciendo un esfuerzo por conservar un poco de fuerza para recibirme cada vez que entraba en ella. Era una sensación indescriptible ver y sentir a mi mujer mantenerse firme para complacerme.

Sí, a Isabella le importaba su liberación, pero también la mía y me estaba dando la mejor de las pruebas. Mi satisfacción llegó mucho antes de estallar dentro de ella al ver su respuesta. Al ver en ella a una mujer sin egoísmos, con miedos pero con fe en mí y no la iba a desilusionar.

Empujé mi pelvis varias veces más y comencé a sentir mi sangre correr impetuosa por todo mi cuerpo. Mis ingles se tensaron al igual que mi abdomen bajo y claramente pude sentir como me iba derramando en ella llenándola de mi néctar caliente. Grité y ella lo hizo también mientras que con el último par de empellones me aseguraba de dejarla inundada de mi cuando de pronto, Isabella empezó a comprimirme en su interior. Jadeé fuerte. Saboreando la deliciosa presión que hacía sobre mi polla, exprimiéndome, extrayendo todo de mi.

Mi corazón latía acelerado, juraba que estaba por salírseme del pecho. Mis piernas me temblaban así como todo mi cuerpo y solo me abracé a ella cayendo de rodillas y saliendo precipitadamente de su interior. Respiraba por la boca, agitado y tratando de recobrar el aliento. No tuve noción de cuanto tiempo permanecí así pero no me moví, ni me percaté de nada hasta que escuché gemir a Isabella en un intento por recobrar el equilibrio.

Me levanté de inmediato aún muy tembloroso y la abracé antes de aflojar las cadenas que la dejarían de pie. Isabella se desvaneció en mis brazos al sentirse rescatada de esa incómoda posición y la recosté en el suelo mientras la despojaba del arnés y liberaba sus muñecas y tobillos. Con desesperación me apresuré para tomarla en brazos y al alzarla su cabeza cayó hacia atrás.

–Todo está bien, Bella, todo está bien – susurré mientras la recostaba en la cama pero no se movía.

La sostuve abrazada contra mi pecho y la mecía mientras acariciaba su frente y sus mejillas. Sus sienes estaban mojadas y sus pestañas aún brillaban por las lágrimas. Miraba su rostro y veía a la niña de coleta y cuerpo andrógino. A la chiquilla triste y delgada. A la jovencita con curvas suaves y pecho tierno. A la mujer que acababa de salir airosa de un juego para sumisas con mucha más experiencia. A la mujer que me demostraba que eran muchas sus ganas y mucho mi temor…

Cubrí nuestros cuerpos con las mantas y continué meciéndola. El cansancio me estaba venciendo pero no podía sucumbir, tenía que permanecer despierto para cuidar a mi mujer, a mi Isabella, mi Bella…*

*


*


*
Mi agradecimiento de corazón a Isita María que betea contra presión, a Lo por su mente pervertida como la mía, a Nani por todo su cariño y apoyo y a ustedes que me esperan y me leen.
Besitoo a todas…


Gracias http://pattinsonworld.blogspot.com

13 comentarios:

  1. HOLA LI QUERIDA QUE FELICIDAD TAN GRANDE QUE ESTES AQUI CON OTRO CAPITULO DE ESTA ESPECTACULAR HISTORIA!!! DIOS CREO QUE ME ESTOY ENAMORANDO DE EDWARD JEJEJE ES TAN FUERTE LO QUE SIENTE POR BELLA!! AWWWW QUE SI ELLA SUPIERA SE ENTREGARIA A EL POR COMPLETA SIN MIEDOS!! ME ECANTAAAAAA...GRACIAAS POR EL CAPITULO AMIGA SALUDOS!!

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  2. O XDDDDDDDD mujer impactada y anonadada ya queria cap gracias

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  3. Hola cariño que alegria que estes de vuelta y valla si que valió la espera porque el capitulo esta genialllll....Gracias por publicar nena,besitos...

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  4. MAGNIFICO asi es este capitulo, valio la pena la espera, solo no te distancies mucho. Saluditos

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  5. holaaaa antes ke nada feliz año!!! dios como te he extrañadooooo!!!! pero x fin nos regalas otro capitulo mas!! me encanta ke ed se interese y preocupe por lo sucedido a bella, lo malo es ke lo hace sin su concentimineto, veremos como reacciona bells, espero leerte pronto!! saludos

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  6. HOLA NENA... FELIZ AÑO... SIEMPRE VALE LA PENA ESPERAR EXCELENTE CAPI COMO.. OMG EDDY CADA VEZ SE HACERCA MAS A LA VERDAD... QUE EL IMBECIL DE JACKE SE AGARRE EDWARD SE LE VA A IR CON TODO.. X FA NO DEMORES........ YUC DE VENEZUELA....

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  7. maldita sea!!!! que capitulazo!!!!! que buena eres!!!!
    me ha encantado, me tienes loquita con estos dos!!
    besos y feliz año!!!

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  8. Creo que ya te he dicho todo lo que puedo decir de este capitulo, es brutal y te lo dije ... y te lo repito ERES MUY BUENA CARI. Ya te puedes poner las pilas pq queremos muchoooo más jaja
    Un besazo enorme

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  9. Tarde pero aqui toy jajajaja.
    Ufffffffff el Señor viene con todo creo esto cada vez se pone mas caliente e interesante, no puedo esperar para leer lo q sigue, te mando un beso y nos seguimos leyendo.

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  10. oooooooooooooooooooooo mi dios.... pero k cosas y dios k castigo tan celestal ese... joder adoro la historia felicidades

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  11. Siento CALOR mucho CALOR con esta sesión del cuarto juegos entre edward y bella, uffffff.... super emocionante el capítulo. Li Gracias por publicar tan emocionante historia, esperando con ansias el otro capitulo!

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  12. Hola guapa soy lunn90 ya te dejé el comentario en el capi pero hacía mucho q no me pasaba por el blog y hoy q tengo tiempo aquí estoy, como ya te he dicho me ha encantado el capi de los mejores para mi, aunque me frustra un poco que este par no pueda tener una conversación sin amenazas por parte de alguno, pero bueno por ahí dicen 'los amores reñidos son los mas queridos' y por esta regla de tres este par se adoran jajaja, me encantaría que tuvieran aunque sea un fin de semana tranquilito, en plan romántico y q poco a poco se vayan abriendo el uno al otro, pero bueno hagas lo que hagas seguro estará perfecto porque he de decirte que cada día te superas tanto en el desarrollo de la historia como en la forma de escribir, describiéndolo todo de una forma clara y concisa que te hace sumergirte en la historia y los personajes de una manera increíble, un 10 para ti guapa, bueno y con esto me despido no sin antes agradecerte por ser como eres y lo bien que nos lo haces pasar con tus historias, por favorrrrrrr actualiza pronto besitos desde algún lugar de España lunn90

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  13. excelente cap. espero ansiosa el siguiente round.
    Saluditos y no te pierdas tanto

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