domingo, 29 de enero de 2012

CAPITULO 25

Mi fantasía y mi realidad.

El que ha conocido sólo a su mujer y la ha amado, sabe más de mujeres que el que ha conocido mil.
Leon Tolstoi


Canción del cuarto de juegos: Corrupt de Depeche Mode.

Suspiré.

–Mmm…

Gemí y fruncí el ceño; mi cuerpo estaba algo más que adormecido y se sentía pesado. Aún no abría mis ojos pero me moví ligeramente y gemí de nuevo al sentir el rechinido de todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo.

¿Qué diablos…?

Tragué y mi garganta estaba más seca que un desierto, la sentía rasposa. Mis ojos los sentía secos también, no quise abrirlos aún y los apreté con fuerza.

Estaba acostada boca abajo, así que giré mi cara y mi cuello y algunos músculos de mi espalda y hombros protestaron… entonces un cosquilleo recorrió mi espalda y me estremecí. Sentía como si me hubiera ido de fiesta y hubiera tenido la mejor borrachera de mi vida, pero sin la sensación del malestar propio que causaba el alcohol, sino solo el agotamiento físico.

¿Qué había pasado? No recordaba nada, no… sí recordaba. Edward había vuelto, estaba enojado, el cuarto de juegos, las cadenas, mi cuerpo elevado, las pinzas, un orgasmo de muerte, dolor, agotamiento y de pronto todo se oscureció. Otra vez un cosquilleo se extendió más allá de mi espalda baja y un nuevo estremecimiento provocó que desde mi nuca y hasta todo lo largo de mi espalda se me pusiera la piel de gallina.

Abrí mis ojos de pronto, sobresaltada aún sin atreverme a mover y lo primero que vi fueron un par de ojos verdes tan brillantes como unas esmeraldas bajo el sol. Mi mirada recorrió lo poco que alcanzaba a ver a mí alrededor y tuve que parpadear varias veces para cerciorarme de que mi vista no me engañaba. Me encontraba en la habitación de Edward y era él quien con sus dedos recorría mi espalda y me miraba de una manera que no podía descifrar.

–¿Cómo te sientes?

Me preguntó con la voz ronca que dejaba ver que tampoco tenía mucho tiempo de haberse despertado. Al escucharlo me cohibí. Tenía miedo y era lógico, no sabía si sus niveles de ira seguían al tope o si ya habían bajado un poco.

–Estoy bien – respondí con mi voz rasposa y él asintió.

Se movió y me giró hasta dejarme sobre mi espalda y me paralicé al ver que se colocaba sobre mí. Me miraba divertido con esa sonrisita cínica y torcida que tenía en los labios.

–Me alegro – dijo en un tono que iba muy de acuerdo a sus facciones –, porque ahora me vas a explicar muy bien que carajos significó toda esa mierda que me dijiste ayer por teléfono.

Sentí que mi cuerpo se heló congelando de paso todo mi sistema, ¿qué se suponía que debía decirle? Pero sus labios se curvaron hacia arriba en una sonrisa más amplia y mi sistema empezó a derretirse. Edward no estaba enojado, al menos no en ese momento al contrario, parecía estarse divirtiendo.

–Entonces… – me presionó.

–Yo… no lo recuerdo – dije exponiéndome a recibir un castigo más fuerte que el de la pasada noche, pero… ¿me importaba?

–Me gusta tu respuesta.

–¿Por qué? – pregunté un poco sorprendida.

–Porque yo tengo un método muy efectivo para hacerte recordar.

Contestó confundiéndome más sobre todo por la risita burlona que tenía. Estaba jugando conmigo.

–¿Y cuál es? – ahí estaba la intrépida Bella arriesgando su pellejo.

Él no me respondió pero no hizo falta, solo me dio esa sonrisita perversa y enseguida sentí como mis piernas se separaron y él se colocó entre ellas.

–Tortura, Bella, se llama tortura.

Se recargó con su antebrazo a un costado mío y con su otra mano dirigió la punta de su duro pene hasta mi clítoris que saltó de pronto dejándome saber que estaba más que dispuesto a enfrentarse al sacrificio. Edward lo rozó con su punta, presionándolo, martirizándolo. Y gemí.

Una risa gutural escapó de su garganta y lo miré. Él estaba disfrutando mucho con esto. Mi pecho se hinchó feliz y mi corazón latió al mismo tiempo que lo hacía ese botón lleno de terminales extasiadas que se estaba sacrificando por mí.

–Ahora voy a torturarte hasta que me respondas exactamente lo que quiero oír.

Todos los huesos de mi cuerpo se encogieron al oír la amenaza de Edward, pero mucho más cuando su miembro tocaba insistente mi clítoris, lo rodeaba, lo acariciaba y bajaba hasta mi entrada recogiendo la humedad que me provocaba la excitación y volvía a subir para seguir con sus jugueteos. Mi dolorido cuerpo se retorcía mientras la boca de Edward se paseaba por mi cuello y su lengua probaba el sabor de mi piel.

–Edward…

–¿Vas a hablar?

–No.

–Entonces cállate.

Me tragué el ruego desesperado que iba a hacerle para que acabara con esa tortura y me poseyera poniéndole fin a mi agonía, pero no tenía ni idea de que solo fuera el principio de una serie de roces, de sus labios en mi cuello y de penetraciones leves, incitándome y llevando hasta el límite mis ansias necesitadas.

Su vibrante erección entraba en mi abertura, solo un poco, y se movía. Yo subía mis caderas en buscando llenar mi vacío y él se retiraba, en cambio sus dedos tomaban su lugar hundiéndose en mí y raspaban mis paredes con un cuidado desquiciante, tocando y encontrando ese punto que me desconectaba de todo, lo presionaba y de mi vientre empezaba a levantarse un calor que reverberaba por todo mi cuerpo y de nuevo mi interior se quedaba vacío.

Edward nunca utilizaba las palabras incorrectas y esta vez no seria la excepción. Lo que estaba haciendo conmigo era la más cruel de las torturas, me excitaba y me dejaba al borde de un abismo al cual no me hubiera importado lanzarme para buscar mi liberación.

–Por favor, Señor – jadeé.

–Shhh, calladita – susurró en mi piel –, perdiste tu oportunidad…

Perdí la cuenta de cuantas veces me acerqué al orgasmo que me era negado y cuando pensaba que ya no valía la pena seguir contando, Edward salió de la cama dejándome con una enferma necesidad de él. Sin ganas de moverme me quedé tendida ahí, respirando agitada y de alguna forma resignada a mi castigo. Edward volvió y se puso al pie de la cama, observándome mientras yacía rendida.

–Tks, tks, tks – chasqueó la lengua con esa burla insistente en la cara que me dieron unas ganas locas de abofetearlo por burlarse de mí estando en la situación que justo él me había provocado.

Se acercó al cabecero de la cama y aseguró algo que no pude ver que era, pero enseguida tomó mi mano y una esposa se cerró en mi muñeca derecha. Se montó sobre mí y aseguró de la misma forma mi muñeca izquierda. Mi ritmo cardiaco comenzó de nuevo a acelerarse cuando vi que Edward subía sobre en mi con las piernas a ambos lados de mi torso. Su mirada estaba fija en mis senos que estaban endurecidos y mis pezones erectos dolían por el trato de la noche anterior. Mi pecho subía y bajaba sin que lo pudiera evitar y yo sabía muy bien que esa acción era peligrosamente tentadora.


Me va a morder… me va a morder…

Repetía una y otra vez en mi mente, pero para mi asombro, sus manos solo rodearon mis senos, acunándolos en un gesto que llevaba firmeza, pero que no era en absoluto rudo ni violento. Se acomodó un poco más sobre mí y ahogué un suspiro cuando colocó su perfecta y dura erección entre mis senos y los apretó con sus manos encerrándolo. Entonces comenzó a mover su pelvis hacia delante y hacia atrás, despacio al principio, presionando mis senos un poco más alrededor de su pene.

Edward no cerró los ojos ni por un instante, estaba concentrado en follar mi pecho mientras el suyo se inflamaba con cada respiro. Incrementó el ritmo y también la presión de sus manos, gimió roncamente y de repente cerró los ojos echando hacia atrás la cabeza y tensando la mandíbula. Estaba segura que iba a correrse en mi pecho cuando de pronto volvió a hacerlo… quitó sus manos de mis senos y se alejó de mí saliendo de la cama. Lo miré confundida y sus ojos tenían esa llamarada amarilla que los hacía tan amenazantes… Tomó una almohada y se acercó a mí.

–Eleva las caderas – ordenó y obedecí.

Oh Dios…

Edward estaba de rodillas entre mis muslos, se agarró de ellos para acomodarme a él y los colocó a los costados de sus caderas. Di un grito cuando su erección golpeó mi interior y lo sentí llegar hasta lo más profundo de mí. Esta vez no hizo ningún intento por callarme, solo me embestía con fuerza y rudeza, una rudeza que ya no me asustaba tanto sino que la sentía, de alguna forma necesaria para mí.

Nuestros cuerpos lograban un engrane perfecto con cada intromisión de su parte; mis senos vibraban con sus embates y Edward gemía. Yo no me reprimía tampoco y mientras lo hacía mordía mi labio inferior. Mi vientre se tensó y mi vagina se cerró sobre su miembro. Edward solo gruñó y continuó penetrando mi interior con mayor rapidez. Las contracciones de mi vagina se hicieron más constantes advirtiéndome de mi pronta liberación. Esperaba su orden, aquella para que me contuviera y no llegara al orgasmo, pero no decía nada. Mis jadeos aumentaron el ritmo debido a mi excitación y en ese momento supe que aunque me lo ordenara, ya no me podría detener.

Una corriente eléctrica me atravesó, explotando en mil partículas cada milímetro de mi cuerpo que se convulsionó contrayéndose por completo. Grité mi liberación, pero mi cuerpo seguía recibiendo las acometidas de Edward que no se detuvieron hasta un rato después cuando se tensó y un calor comenzó a llenarme. Dio un par de empujones más liberándose de su extracto para dejarlo en mi cuerpo. Lentamente comenzó a relajar las facciones contraídas de su rostro y a los pocos segundos se recostó junto a mi, extenuado.

Tardó unos cuantos minutos en recuperarse, no como yo que no podía dejar de temblar y estaba excesivamente sensible. Edward comenzó a moverse y muy despacio se sentó en la orilla de la cama y se puso de pie pesadamente, tomó una llave que estaba en la mesa de noche y liberó mis muñecas. Con mucho cuidado dio un masaje suave a cada una de ellas y me ayudó a quitar la almohada bajo mis caderas.

A pesar de que su rostro estaba serio no parecía enojado, más bien parecía estar perdido en sus pensamientos. Me cubrió con la sábana y se fue al baño. Escuché que caía un chorro de agua y que movía lo que creí serían algunos frascos de cristal. No estaba segura, solo estaba muy cansada y ya que me había cubierto con la sábana, me iba a dormir. Mis ojos se cerraron y me estaba dejando llevar por el agotamiento cuando me despojó de la sábana y me tomó en sus brazos.

–No es hora de dormir, despierta – dijo severo más no enojado.

Abrí mis ojos y solo vi su garganta y su mandíbula que se cubrían de una barba creciente. Un aroma a fresas frescas y jazmines llegó a mi nariz captando mi atención. La bañera estaba a la mitad y continuaba llenándose de agua caliente. Edward me depositó con mucho cuidado dentro de ella, recostando mi cabeza en un rollo de toalla colocado en un extremo. La temperatura elevada del agua aliviaba mi cuerpo cansado y adolorido y me relajé. No noté que Edward había salido del baño hasta que lo escuché volver, abrí los ojos y lo vi arrodillado junto a la bañera con una esponja en la mano. La introdujo en el agua y luego la puso unas gotas de un líquido espeso y rojo. Levantó mi brazo izquierdo y comenzó a frotar la esponja dejando espuma a su paso.

–No – dije de inmediato –, yo puedo sola – Edward frunció el ceño.

–No hables.

Me ordenó y lavó mi cuerpo tomándose su tiempo frotando esa espumosa esponja por toda mi piel. Lavó mis brazos, debajo de ellos, mis senos con mucha delicadeza, mi abdomen, mis piernas y entre ellas; me inclinó y frotó mi espalda, sentí sus labios en ella y en mis hombros y giré la cabeza, él parecía concentrado en lo que hacía y en verificar con sus labios si mi piel estaba perfectamente limpia. Me estremecí.

Me envolvió con una toalla tibia y me secó, me puso una bata de toalla afelpada y me llevó de vuelta a la habitación donde la cama estaba ya hecha y con sábanas limpias. Edward las hizo a un lado y me indicó que me acostara de nuevo.

–No puedo, voy a llegar tarde a la agencia – dije preocupada buscando un reloj.

–Ya saben que estás indispuesta y que no irás, así que descansa – dijo con calma.

En ese momento Harriet entró con una mesita de servicio que contenía un desayuno perfecto. Acomodó la mesita sobre mis piernas y me saludó alegre.

–Tómate esto, voy a darme un baño mientras desayunas – me dio una pastilla amarilla y le sonrió a Harriet.

–¡Hoy es un día hermoso, Bella! – dijo contenta –. ¿Ya viste que hay sol?

Corrió las cortinas y pude ver los rayos entrar a la habitación. Le sonreí. Harriet hablaba como si estuviera programada, pero yo no podía entender qué tanto decía porque mis pensamientos estaban en el extraño comportamiento que estaba teniendo el hombre que se bañaba a unos metros de mí. Aún así, empecé a devorar el desayuno cuando Harriet me dejó sola; regresó a los pocos minutos con un pantalón de yoga blanco, una blusa del mismo color, ropa interior y un cepillo.

Ella siguió parloteando y levantó la mesita cuando vio que terminé el desayuno, comenzó a cepillarme el cabello y yo la dejé, necesitaba que me consintieran; en ése momento Edward salió con una bata de baño blanca, su cabello mojado peinado hacia atrás se veía más oscuro y no se había afeitado.

–Es todo, Harriet, gracias – ella le sonrió y salió de la habitación.

Edward se colocó junto a mí y mi corazón casi se detiene cuando agarró el cepillo de la mesa y continuó cepillando mi cabello. Giré mi cabeza para mirarlo, pero tomó mi barbilla entre sus dedos haciendo que mirara de nuevo hacia el frente.

¿Estaba despierta o me encontraba en medio de un sueño?

Cerré los ojos y sentía las cerdas del cepillo acariciar mi cabeza con un ritmo lento y que hacían la presión justa para que empezara a sentirme somnolienta. Casi ronroneé cuando en mi cuello los dedos de Edward masajearon esa área y también la base de mi nuca, pero como se le estaba haciendo costumbre, cuando más estaba disfrutando del momento, se detuvo y el suave masaje se terminó al igual que la presión del cepillo en mi cabeza.

–Descansa un poco, Bella – dijo recostándome lentamente y cubriéndome con el edredón.

Si no hubiera sido porque en realidad se me estaban cerrando los ojos, suponía que por el efecto de la pastilla, me hubiera mantenido despierta porque tenía miedo de que lo que estaba viviendo con Edward fuera solo un sueño; se estaba portando como el dominante que vivía en mis fantasías y que era duro, severo y hasta un poco cruel a veces pero que también era… Dios, no sabía como catalogarlo, porque no era dulce y tierno mucho menos pero, me estaba cuidando tal cual y como lo hacía antes y como decía el contrato. Maldita fuera, no podía olvidar que eso también estaba estipulado en el dichoso documento.

Aún rondaba ese pensamiento en mi mente cuando Edward se inclinó y besó el tope de mi cabeza. Bueno, parecía que si tendría que agregarle lo de dulce y tierno a su comportamiento después de todo. Me acomodé en la cama y dejé que Edward me arropara; me iba a sentar muy bien el dormir un rato porque con esas reacciones suyas, iba a empezar a creer que me estaba volviendo un poco loca.

Cerré mis ojos y casi de inmediato caí en un sueño profundo y pesado. Cuando empecé a despertar, parecía que había dormido solo unos cuantos minutos. Parpadeé un poco y vi a Edward sentado en el pequeño escritorio con su laptop; mi movimiento llamó su atención y rápidamente se puso de pie y llegó a mi lado.

–¿Dormiste bien?

–Sí, gracias.

–Te va a sentar muy bien el haber descansado – dijo mientras tomaba la ropa que Harriet había llevado para mí. Me quitó las sábanas y el edredón de encima y comenzó a desanudar el cinto de la bata de toalla que me puso después de secar mi cuerpo en el baño, me hizo levantar de la cama y después me despojó de ella.

–Levanta – tocó mi pierna derecha y se agachó sosteniendo unas bragas blancas en sus manos. Hice lo que me indicó y luego tocó la otra, subió la prenda por mis piernas y yo no podía creer lo que estaba haciendo. Cuando lo vi con el sostén en las manos di un paso hacia atrás.

–Yo puedo vestirme sola – dije con mi voz un poco dudosa.

–Lo sé, pero voy a hacerlo yo, voltéate.

Me ordenó y accedí sin protestar, si él quería consentirme yo no me iba a negar, iba a disfrutar de mi Dom de ensueño porque conociendo lo voluble que era para qué me partía la cabeza y perdía mi tiempo pensando qué diablos pasaba con sus actitudes bipolares, mejor me portaba bien y las disfrutaba.

No me sorprendió nada que Edward no tuviera ningún problema con abrochar mi sostén, parecía familiarizado con esa tarea ¿Haría eso con todas sus sumisas? Un nudo en la boca de mi estómago se apretó.¡Por Dios! Qué ingenua era, desde luego que si.

–Vamos, acompáñame abajo, tengo que seguir trabajando – dijo sereno y tomó mi mano posesivamente, bajamos hasta su estudio y él se sentó en su escritorio, ocultándose detrás de la pantalla.

–Edward… ¿Puedo ir a la cocina? Me gustaría ayudar a Harriet con la cena – pregunté despreocupada olvidando un poco mi posición de sumisa y más bien lo dije como si le estuviera hablando a un amigo, no iba a perder mi oportunidad de tratar de que las cosas fueran menos rígidas entre nosotros.

Edward asintió y reprimí una sonrisa, él estaba de acuerdo en dejar atrás tanta formalidad. Salí emocionada y casi brincando hacia la cocina y encontré a Harriet entretenida preparando la cena, cuando me vio entrar me sonrió feliz. Me puse a cortar las verduras por ella mientras metía un gran trozo de carne al horno.

–Estoy tan contenta, Bella

–¿Y a qué debemos esa alegría? – pregunté sin intentar disimular la mía.

–Pues es muy sencillo, Creo que ustedes dos van mejorando un poco, ¿no? – detuve el movimiento del cuchillo mientras la veía sonreírme curiosa y me daba un golpe cariñoso en las costillas con el codo.

–Eso espero, Harriet. Aunque esta etapa de “adaptación” está resultando algo dura – confesé.

–Yo creo que van por buen camino, ya sabes que Edward no es un hueso fácil de roer y tú… – hizo una pausa y fruncí el ceño.

–¿Y yo…?

–Y tú lo estás haciendo muy bien – sus labios se curvaron hacia arriba mostrando una blanca fila de dientes –. Confía en mí, Bella, y confía en él.


Confiar, confiar…

Cuando todo estuvo listo, fui a avisarle a Edward que subiría a cambiarme pero me dijo que no era necesario, así que yo con mi ropa de yoga y Edward con sus jeans y camiseta nos dirigimos al comedor para tener nuestra cena informal.

Edward estaba tan relajado y alegre, por decirlo de algún modo y yo estaba feliz. Tal vez Harriet tuviera razón y nuestros roles en esta extraña relación se estuvieran asentando. De verdad que lo deseaba mucho porque cuando no estábamos a la defensiva pasábamos un muy buen rato.

Aunque no me lo pidió, corté la carne y la serví en su plato; él sonrió y esperó a que yo también me sirviera para empezar a comer. Levantó las cejas y dio un gemidito cuando probó la carne.

–¿Tú cocinaste?

–No, Harriet lo hizo – asintió.

–Tal vez deberías aprender algunas cosas que me gustan, ella se irá una temporada a Australia para estar con su hijo, me gustaría que tú me cocinaras – dijo y se llevó un pedazo de carne a la boca mientras me miraba divertido.

–Yo sé cocinar – repliqué –, podrías intentar probar cosas nuevas.

–Podría – arrugó la nariz y me sonrió. Mi corazón retumbó en mi pecho.

Este Edward sexy y juguetón me encantaba. Definitivamente era un Edward que no conocía, que era muy nuevo para mí y no me importaba sentirme en desventaja junto a él.

Idiota. ¿Cuándo alguna vez tuve ventaja sobre él o mínimo, cuando estuvimos en igualdad de circunstancias?

–Cuéntame qué hiciste mientras no estuve – me pidió.

–Trabajar – suspiré –. Jane y yo nos concentramos en el proyecto de Newton, nos absorbe al cien por ciento pero ya sabemos como manejarlo, si antes era quisquilloso, con este comercial rompió el record – sonreí –, para nosotras es estresante porque es nuestro primer comercial.

–Lo harán muy bien, Bella, tranquila – Bella… me gustaba que me llamara así y ya lo hacía cada vez con mayor frecuencia.

Platicamos un poco más de mi trabajo, pero me abstuve de contarle de mis visitas al Dr. Bower. No le vi el caso porque de todos modos él ya lo sabía. Alentada por el ambiente tan relajado le pregunté como le había ido en su viaje. Comenzó a masticar despacio y me miró penetrante.

–Muy bien. Hice algunas negociaciones muy provechosas en las cuales espero obtener resultados realmente favorables para nosotros, pero en realidad, solo una es de mi máximo interés y mi prioridad por ahora, en realidad esa es la que motivó mi viaje.

–Ojala que pronto tenga los resultados que esperas – le dije con sinceridad.

–Yo también lo deseo, Bella – tomó mi mano, le dio un apretón y me regaló esa sonrisa torcida.

De pronto me sentí llena de remordimientos por mi comportamiento del día anterior y antes de que algún pensamiento se me cruzara por la cabeza y me hiciera arrepentirme, le pedí disculpas.

–Edward, yo… siento mucho mi comportamiento de ayer – bajé la mirada –. Lo siento.

–Bella, tienes que entender bien que todo lo que yo hago siempre está enfocado a tu bienestar – dijo calmado mientras su pulgar acariciaba suavemente el dorso de mi mano –. Sé perfectamente bien que eres una mujer muy capaz y que además tienes los medios para solventar todos tus gastos y hasta los caprichos más ridículos que se te antojen, pero te pido que dejes que me haga cargo de todo.

Se llevó mi mano a los labios.

–Si me lo hubieras pedido de ese modo no hubiera hecho ningún escándalo, pero darme cuenta que de buenas a primeras te encargaste de todo y a mis espaldas, la verdad no me pareció. Estaba furiosa – admití y lo vi tensarse, también lo sentí en la presión en mi mano.

–No veo donde está el problema; todo esto viene muy bien especificado en el contrato, pero me parece que tendremos que leerlo juntos de nuevo porque no has entendido bien los puntos donde habla de esto y también de cómo debes comportarte conmigo y el respeto que me debes tener. Así aclararemos dudas y nos evitaremos futuros problemas.

–Al menos debiste avisarme – dije ofendida y Edward soltó mi mano.

–Puedes seguir con esta actitud si quieres, Bella, créeme que no me importa ejecutar castigos como el de anoche, pero te aseguro que alguien va a cansarse primero y ése no voy a ser yo, pero escúchame muy bien – me tomó por la barbilla tan fuerte que me dolió.

–Nunca en tu vida vuelvas a amenazarme con dejarme, Isabella, por tu propio bien no vuelvas a hacerlo – soltó bruscamente mi mentón y se puso de pie.

¿Qué carajos hice mal? ¡Solo me disculpé por mi arranque el día anterior!

Lo miré alejarse atónita, mientras el peso de su advertencia caía sobre mis espaldas como un pesado yunque. Me dirigí a las escaleras y empecé a subirlas bajo la severa mirada de Edward que estaba al pie de estas. Fui directo a mi habitación, me lavé los dientes, la cara y me cambié de ropa. Me tiré sobre la cama, frustrada. Todo lo tenía que joder. No hacía nada bien.

Y además, Edward era tan bipolar…

No entendía su arranque, la ofendida debería haber sido yo, ¿no era así? Pero que me partiera en dos un rayo si desde noche pasada no había estado portándose increíblemente sensual, sexy, duro, rudo y de repente… volvió a ser el mismo Edward insensible, déspota y posesivo que juraba me haría pagar por mi enorme falta con creces. Yo estaba conciente del error garrafal que había cometido, pero ¿Cómo coño esperaba que reaccionara?

Había estado un poco distraída los últimos días, pero nunca pensé que tanto cuando en la oficina me di cuenta que no había pagado ninguno de mis servicios. Casi me da un ataque de solo pensar que me fueran a cortar la electricidad o el gas. Corrí a mi apartamento y busqué en mi casillero por mis facturas por pagar, pero no encontré ninguna; ni la del cable, ni la del mantenimiento del edificio, nada. Era sumamente extraño que no estuvieran ahí, por lo que llamé a cada una de las compañías para saber qué pasaba, pero me dijeron que todo estaba correcto y mis cuentas estaban al día, todas, ¡hasta las de mis tarjetas de crédito!

Mi indignación creció cuando fui a pedir una copia de cada una de las facturas y vi que habían sido pagadas, todas con cheques a nombre de Edward Cullen. Así que con un cheque mío en mano por la suma de todos los pagos que a mis espaldas había realizado, llegué a su imponente edificio y subí directamente a su oficina hecha una furia azuzada principalmente por un deseo sexual insatisfecho que aumentaba mi enojo y me envalentonaba peligrosamente.

Su asistente personal era una mujer muy guapa y madura, me recibió, pero no quiso aceptarme nada. Comencé a ponerme muy impertinente y bastante pesada a pesar de que la mujer con toda la amabilidad y diplomacia del mundo se negaba a aceptar mi cheque haciéndome sentir en el fondo un poco avergonzada, pero no iba a irme de ahí sin que Edward entendiera de una buena vez que yo no era la típica sumisa que actuaba como una muñequita aceptando las órdenes de alguien que me tenía sola y olvidada, esperando sonriente y ansiosa hasta que se le diera la gana de dedicarme un poco de atención.

No. Yo no necesitaba eso. Lo que yo necesitaba era su atención y eso fue precisamente lo que le hice saber, aunque no de la forma más inteligente del mundo.

Bostecé recordando cómo lo corté al teléfono y afortunadamente no mucho tiempo después me quedé dormida, pero abrí los ojos inmediatamente cuando sentí que me levantaban en brazos.

–¿Qué…? – murmuré medio dormida.

–Shhh – me calló mientras me llevaba a su habitación y me acostaba en su cama. Me quitó la ropa lentamente.

–Cuando duermas conmigo no quiero ropa de por medio, ya lo sabes.

Susurró a mi oído mientras besaba mis hombros y acariciaba mi abdomen. Me puso en cuatro y me poseyó con desesperación más que con rudeza. No me prohibió correrme y me penetraba al mismo tiempo que me daba nalgadas que además de dolerme me excitaban hasta lo imposible. Esa noche Edward no tocó mis senos y a decir verdad extrañé mucho su contacto ahí pero no me podía quejar, al contrario. Edward sin duda alguna estaba compensando la falta de atención que en el pasado tuvo conmigo.

Me corrí antes que él cuando su mano volvió a pegar en mi nalga detonando una explosión dentro de mi cuerpo que me desconectaba de todo. Sentí su orgasmo llegar y me llenó de su calidez. Caímos tendidos en la cama, él sobre mi respirando en mi nuca y su mano acariciando mi piel. Con besos ligeros en mi cabeza y abrazada a él, terminó ese día tan lleno de promesas para mí.

***

Para el sábado el buen humor de Edward no había cambiado y yo realmente creía que todo iba marchando como debía. Me despertó con una sonora nalgada y después de jugar un rato con mis senos me pidió que estuviera lista en veinte minutos porque iríamos al club. De un brinco salté feliz de la cama y corrí a mi habitación para cambiarme; saqué un pantalón de montar, una blusa y las putas botas.

La idea de ir de nuevo al club y ver a los caballos y la nueva actitud de Edward me tenían en éxtasis. Ya no me trataba con esa rigidez que adoptó por un tiempo y volvía a ser el Edward con todas sus normas y cara seria pero que tenía la sonrisa dispuesta a salir en cualquier momento para alegrarme el día. Bajé corriendo porque la puntualidad era importante para él como buen inglés y ya estaba al pie de la escalera con sus pantalones blancos, un suéter beige y sus putas botas… se veía magnífico.

Llegamos al club y Edward arrastraba el contenedor de las golosinas para los caballos, yo iba a su lado apurando el paso para llegar a las caballerizas y él me miraba haciendo esfuerzos para contener una sonrisa. Al entrar, Billy cepillaba a “Paloma” y yo me acerqué para darle unas palmaditas y acariciar su hocico cuando los relinchos y resoplidos de “Tramposo” no se hicieron esperar.

–¡Vaya! No lo veía tan feliz desde el día que lo dejó en medio del bosque, jefe – Billy reía –. Usted tuvo que regresar caminando – rió más fuerte y Edward lo miró serio. El hombre se disculpó y salió huyendo de ahí.

–Hmm, así que a alguien le hicieron lo mismo que a mí – lo miré y le sonreí burlona –; eso, según dicen, se llama justicia divina.

Edward no respondió, solo tomó un fuete que estaba cerca y se acercó a mí mirándome maliciosamente. Me rodeó y de pronto sentí el golpe del fuete en un muslo, no dolió. Me reí más fuerte y volvió a darme otro fuetazo en el otro muslo un poco más fuerte.

–¡Ouch! – me quejé dramática.

Él me miraba divertido y yo corrí por toda la cuadra escapándome de él y de su amenazante fuete, pero me alcanzó acorralándome contra unas pacas de paja y tumbándome sobre ellas. Se inclinó sobre mí y su mano recorrió mi muslo hasta llegar a la unión entre mis piernas, donde hizo presión y me acarició como si no hubiera tela que obstruyera ese contacto. Gemí y alcé mis caderas, Edward me miró y se alejó.

–Vamos – sonreía divertido y estiraba una mano hacia mí –. Hoy me ayudarás a ensillar a los caballos.

Con lentitud y un poco frustrada porque yo ya daba por un hecho que me tomaría ahí, me puse de pie y lo seguí. Ensillamos a “Tramposo” y a “Caramelo” cuando vi que Edward pretendía que yo montara a este último…

–¿Me dejaría montar a “Tramposo”, Señor? – lo miré coqueta –. Le tengo tanta confianza que…

Me acerqué a él y dibujé en su pecho con mis dedos índices, coqueta y sin miedo.

–¿Estás segura que es sólo por eso y no porque quieres dejarme sin mi caballo favorito? – me pegó a él y fue bajando poco a poco sus manos hasta mis nalgas. Asentí.

–Isabella…

–Sí, Señor – corregí de inmediato –. Me siento más segura con él.

–De acuerdo – accedió dándome una ligera nalgada y me ayudó a subir al animal color azabache. Subió él al suyo y empezamos un ligero trote una vez fuera de las caballerizas. Apreté los dientes y cerré en mis puños las riendas al sentir que mi cuerpo y mis músculos, inclusive aquellos de los cuales no me había percatado tener, rechinaban adoloridos por toda la actividad a la que habían estado sometidos recientemente. Las carcajadas de Edward no se hicieron esperar.

–Oh sí, soy culpable, lo admito – dejó escapar otra carcajada y lo miré con el ceño fruncido.

El buen humor de Edward aumentaba tanto su atractivo que me derretía hasta los huesos más no por eso dejé de mirarlo con fingida molestia durante todo el trayecto hasta el claro. Ya ahí, no me dejó bajar del caballo y yo quise matarlo, mi cuerpo necesitaba un descanso pero él no me lo permitió, en lugar de eso seguimos con las olvidadas lecciones y aunque “Tramposo” se portó muy bien, yo lo único que quería era pisar tierra firme por un momento.

De vuelta en las caballerizas, casi una hora y media después, estaba entumida y Edward me cargó para bajar del animal al que le dio una nalgada muy fuerte en uno de sus cuartos.

–Caballo traidor – susurró al entregárselo a Billy y fue mi turno para reírme, Edward me miró con los ojos entre cerrados y supe que tenía que salir huyendo de ahí.

Fui al baño en lo que Edward terminaba de ayudar a Billy con los caballos; me lavé las manos, la cara y volvía las caballerizas para pedirle a Edward que fuéramos a comer, tanto ejercicio me tenía muerta de hambre. Un silbidito me hizo girar la cabeza.

–Bella, Bella, Bella – de un brinco bajó de la barda donde estaba sentado y quedó frente a mí.

–Max – susurré dando un paso hacia atrás.

–Es lamentable, Bella – dijo acercándose a mí –. Ver como te estás hundiendo en el pozo de mierda que es Cullen y todo lo que lo rodea.

Di media vuelta y empecé a caminar hacia donde se encontraba Edward y lejos de Max, pero él me seguía.

–Aún puedes salvarte, Bella.

–¡Cállate!

–Escúchame, por favor.

–No quiero, ¡aléjate de mi!

–Qué poco hombre eres… – Edward apareció colocándome detrás de él.

–Mira quien lo dice.

–No vuelvas a acercarte a Isabella, estás advertido – lo amenazó apuntándolo con el índice.

–¿Qué? ¿Me vas a pegar? – Max lo retó.

–Porqué no te dejas de mariconadas y te buscas una mujer, Max.

–Una mariconada es pegarle a una mujer, Edward.

–Cállate.

–¿Por qué no se lo cuentas? Creo que le va a interesar mucho, ¿no crees?

–No te metas.

–Estás muy equivocado si piensas que voy a permitir que le hagas eso a otra mujer.

–A otra mujer que te guste, dilo.

–Eso no importa, cobarde.

–¿Cobarde? Tú no sabes nada – lo miró con furia.

Max respondió con una risa cínica y Edward se le fue encima a golpes. Chocaron contra una pared y luego una la cerca. Yo grité horrorizada al ver con cuanta rabia se pegaban y además porque casi ninguno fallaba los golpes hacia el otro; se empujaban y se estaban haciendo mucho daño. Max ya tenía una ceja rota y Edward un labio, pero ninguno de los caballerangos y capataces se atrevía a separarlos. Yo les rogaba que se detuvieran, pero era inútil, ninguno de los dos me escuchaba y si lo hacían, parecía no importarles; me sentía impotente por no poder detenerlos.

No supe cómo Max se hizo de una fusta y no dudó en usarla contra Edward, que levantó un brazo para protegerse y el cobarde de Max le pegó con ella en las costillas y luego con el puño. Edward pateó una de sus piernas y Max cayó soltando la fusta y creí que Edward la tomaría pero la alejó con una patada y se puso a horcajadas sobre él, descargando su ira y luego Max los hizo girar quedando Edward bajo él y recibiendo más golpes de su parte.

–¡Paren! ¡Por favor, paren!

Gritaba, pero ellos parecían no tener ni la más mínima intención de hacerlo y para colmo, no se veían agotados. Empecé a ver todo borroso y fue entonces que me di cuenta que estaba llorando; parpadeé y desesperada comencé a limpiarme los ojos cuando pude ver que al fin los separaban. Billy y Trevor sostenían a Edward y otros dos hombres a Max.

Ambos se veían en muy mal estado, se habían hecho mucho daño. Edward se soltó furioso del agarre de sus hombres y se acercó a mí, me tomó de la muñeca y casi tuve que correr para seguirle el paso. Llegamos al auto y pese a lo golpeado que estaba, me abrió la puerta y me ayudó a subir. Ni siquiera hice el intento de decirle que yo podía sola o de preguntarle si quería que yo condujera, mejor me mantuve callada hasta que llegamos a casa.

Bajamos y cerró de un portazo tanto las puertas del auto como la de la casa. Subimos las escaleras y una vez en su habitación, me arrodillé para quitarle las botas que estaban llenas de tierra, paja, lodo y no sabía cuanto más, así como todo él.

–Voy a prepararte el baño – le informé y levanté su barbilla para mirarle con detenimiento la cara, hizo una mueca de incomodidad, pero no lo solté hasta ver muy bien sus heridas. Me fui al baño negando con la cabeza.

Comencé a llenar la bañera y al revisar en los gabinetes encontré un frasco pequeño con esencia de lavanda, eché un poco en la tina para que lo relajara un poco, luego templé el agua de la regadera que estaba a un lado, que ni pensara que se remojaría en la bañera todo lleno de tierra. Cuando tuve todo listo, me di la vuelta para ir a buscarlo pero él ya estaba ahí, desnudo, observándome.

–Primero lávate y luego entras a la bañera – dije con voz autoritaria. Edward caminó hacia mí y lo vi sujetarse un costado. Entró a la ducha y se quitó el lodo y todo demás que tenía encima, después se remojó en la bañera y me arrodillé a su lado con una esponja en la mano y mucho jabón. De un movimiento la arrebató de mis manos.

–Yo puedo solo – alegó.

–Lo sé, pero voy a hacerlo yo.

Le respondí lo mismo que él me había dicho con anterioridad. Me miró molesto y me dio la esponja de mala gana. Con la mano firme, pero también con delicadeza, lavé su cuerpo teniendo especial cuidado con sus costillas, sus manos y su cara por supuesto. Estaba muy golpeado y su hermoso rostro ya estaba hinchado, sobre todo ambos pómulos, el labio que lo tenía partido y un ojo morado. Se inclinó hacia delante y le froté la espalda, masajeando sus músculos.

–Detente – estaba tan concentrada que me tomó por sorpresa su orden. Me tensé y recordé que no le gustaba que lo hiciera.

–¿Por qué? ¿Por que es trabajo de Jessica? – pregunté molesta y aventé la esponja al agua; salí del baño más que enojada, triste. Recogí toda la ropa sucia junto con las putas botas y las bajé al cuarto de lavado pensando en lo estúpida de mi reacción, como si estuviera celosa. Subí desganada y regresé para ayudarlo a secar y vestir, él lo hacía conmigo, ¿no?

Cuando entré de nuevo al baño estaba parado frente al espejo admirando sus heridas de guerra.

–Voy a llamar a un médico – dije preocupada por el labio que no le dejaba de sangrar y me miró por el espejo.

–Tú me curarás.

¿Yo? Bueno, si él confiaba en mí, era mi oportunidad de probar lo que había aprendido en las clases de primeros auxilios, solo tenía que recordar un poco; saqué el botiquín y de él, el desinfectante, el alcohol y la cinta para hacer unos vendoletes. Edward se sentó en la silla del baño y me puse entre sus piernas, mojé el algodón con el desinfectante y comencé a pasarlo por su cara, no hizo muecas. Al llegar al labio casi me desmayo al ver una abertura realmente grande.

–Creo que necesitas unas puntadas – estaba a punto del desmayo.

–No. Con un vendolete será más que suficiente – me aseguró tranquilo.

–Al menos hubieras dejado que Trevor te revisara.

–Estoy bien – insistió.

Comencé a cortar los vendoletes en silencio, concentrada para no hacerlos tan delgados y que sostuvieran pegados su piel. Limpiaba mejor el área y revisaba que ya no hubiera nada de tierra ahí.

–Isabella…

–Dime – dije sin despegar la vista de la cinta adhesiva.

–Lo que dijo Max… – se detuvo y lo miré – tengo que ser honesto contigo. Confianza y honestidad, ¿recuerdas?

Me quedé atónita mirándolo y un temblor imperceptible recorrió mi cuerpo. Edward me quitó las tijeras y la cinta de las manos y puso las suyas en mi cintura.

–Es verdad lo que él dijo – admitió en voz baja y yo sentí que mi cuerpo y la poca fortaleza que me quedaba se resquebrajaban.

–Hace algunos años, yo conocí a ésta chica. Era una época donde la violencia era parte de mi vida como Dominante. Durante ese tiempo, no podía obtener satisfacción si mis relaciones no tenían un poco de golpes, rudeza y muchas cosas más.

Edward se agarró con más fuerza de mi cintura y continuó.

–Te puedo asegurar que eso ya no forma parte de mí – me miraba sincero y casi me desmoroné –, quedó atrás desde hace mucho tiempo aunque Tanya no lo ha podido aceptar – suspiró –. Ella sería feliz si yo volviera a esa etapa y cada vez que tuviéramos sexo la golpeara y…

–Shhh – puse mis dedos en sus labios con mucho cuidado – no quiero saber – murmuré.

–Tienes que – me pidió y yo negué con la cabeza.

–Ella forma parte de un grupo de chicas con las que tuve relaciones muy enfermas, pero que sin duda ayudaron a formarme como el Dominante que soy ahora. Ya sé lo que no quiero y lo que no necesito en mi vida, conozco mis límites y puedo vivir esta vida sin lastimar a nadie, encontré un equilibrio lo bastante sano para mí y para mi pareja.

Me miró suplicante antes de bajar la cabeza y apoyarla en mi pecho, no pude acariciarlo porque honestamente, estaba en shock por todo lo que estaba escuchando.

–No estoy orgulloso de lo que hice, Bella, y me disculpé con cada una de ellas en su momento, pero solo una no aceptó que yo haya superado ese período de mi vida. Tanya no lo tomó como lo que era, un lapso en mi desarrollo como Dominante y ha estado insistiendo todos estos años para que vuelva a tenerla como mi sumisa y la trate como lo hacía en aquella época.

–Ella ante mi negativa, ha buscado otros Dominantes que utilizan la violencia y viven en relaciones extremas, pero para buscar una pareja así, tienes que conocerlo muy bien antes de aceptar tu sumisión, ella no lo hace porque la adrenalina que siente ante el peligro domina sus sentidos, se expone sin medir las consecuencias y es así como ha salido bastante lastimada muchas veces.

–¿Y Max? – pregunté queriendo saber como encajaba él en todo este asunto.

–Él conoció a Tanya en el club. La llevé varias veces y el imbécil de Benett quedó prendado de ella como lo hizo contigo – exhalé –. A ella le aburría todo lo concerniente al hípico y mientras yo jugaba o atendía a mis caballos, Benett la entretenía. No me importaba porque yo ya iba a terminar con esa relación pero Tanya no lo admitía, continuaba siguiéndome a todas partes y viniendo a mi casa y al penthouse hasta que tuve que poner un alto definitivo y ordenar que no volvieran a dejarla entrar a ninguna de mis propiedades.

–Eso no le gusto en lo absoluto y por un par de meses no supe nada de ella; pensé que me había librado al fin de esa mujer pero una noche la encontré completamente drogada y unos tipos estaban abusando de ella – chasqueó la lengua y suspiró –. Estaba tan perdida que ni cuenta se daba. La recogí y la traje a casa, gran error. Cuando despertó y vio donde se encontraba pensó que yo quería que volviera y cuando le dije que no era así, se fue pero continuó drogándose. La envié a un centro de rehabilitación, pero se escapó a la semana de estar ahí y ya no insistí, tenía que cortarme el hilo que me ataba a ella.

–¿Y lo hiciste? – quise saber.

–Aún me la encuentro por ahí borracha o drogada, mis hombres la llevan a su casa y se aseguran de que al menos esa noche esté tranquila y fuera de peligro – suspiró.

–Para mi desgracia se refugió en Max. Él sabe todo lo que ha ocurrido, pero con la versión errónea y no me interesa aclarársela, lo que si me interesa es que no se acerque a ti y te atosigue con su equivocado punto de vista.

Asentí incapaz de hacer otra cosa hasta que pude hablar.

–Gracias – me incliné para besar el tope de su cabeza que de nuevo se había pegado a mi pecho.

–¿Por qué? – la levantó y me miró intrigado.

–Por ser honesto conmigo – me miró como si le dolieran mis palabras y no lo entendí.

–Al menos ahora ya conoces la verdad que Benett quería que supieras y sabes quien es el hombre que esta junto a ti – hizo un intento por soltarse de mí, pero no se lo permití.

–Sí, lo sé. Es Edward, mi Señor

El fin de semana lo pasamos muy tranquilos. Edward no se quejaba, pero cuando se movía se sujetaba el costado golpeado, estaba segura de que si no tenía rota una costilla, al menos la tenía fisurada pero cuando se lo insinué, me fulminó con la mirada así que si no se quejaba, ya no le insistiría. Así de duro se habían dado y supe por Trevor, que llamó para darle un recado a Edward sobre los caballos, que Max estaba mucho peor.

Hice todo lo que pude por mantener a Edward en cama pero fue imposible, me di por bien servida de que no saliéramos a ningún lado y estuviera trabajando un poco en su estudio. Por las noches le preparaba algo y le subía la cena. Me miraba enojado alegando que no estaba enfermo pero yo le decía que no tenía ganas de bajar a cenar y a regañadientes lo aceptaba.

Curaba su labio dos veces al día y le ponía una pomada en los golpes para que se desinflamaran y desaparecieran los moretones. Él se quejaba como un niño chiquito, pero al final se dejaba, mi niño chiquito…

Dormimos juntos cada noche y Edward hizo muchas veces el intento por tener sexo, pero me rehusé como pude. Era muy hábil y muchas de esas veces casi me rindo pero recordaba su costilla lastimada y me armaba de fuerza de voluntad. Él vociferaba y me asustaba, creyendo que de nuevo el antiguo Edward había vuelto y me quedaba muy quieta en la cama, con miedo, pero luego sonreía y me decía cariñoso…

–Ven aquí – abría sus brazos y con extremo cuidado me acomodaba en su pecho.

Sí. Salvo el pleito entre Edward y Max, ése fue un fin de semana perfecto.

***

El lunes por la mañana ayudé a Edward a bañarse como lo hice durante el fin de semana. Él podía hacerlo solo pero yo no iba a negarme el placer de tocar todo ese esculpido cuerpo a mi entera satisfacción, lo mejor es que él lo sabía y no objetaba nada.

Terminé de darme gusto con él y mientras se afeitaba librando los vendoletes, me di un baño y salí de prisa a mi vestidor. Elegí mi ropa y me vestí, me maquillé muy poco y estuve lista muy a tiempo. Al salir de mi habitación, Edward me esperaba para bajar las escaleras juntos. Extendió su mano y la tomé sin pensarlo.

Pese a los golpes, el ojo morado ya medio verde y amarillo y el labio partido, Edward se veía sumamente atractivo, era un adonis perfecto.

–Te llevaré al trabajo – me informó serio.

–No te queda de otra – dije sarcástica –. No tengo auto, fui secuestrada la semana pasada y mi secuestrador me ha mantenido cautiva. He sido algo así como su esclava sexual, cocinera, nana y enfermera.

La mirada de Edward se oscureció y torció la boca pero no en esa sonrisa que tanto me descolocaba.

–¿Quieres ser de verdad una esclava sexual?

Lo grave de su voz y la seriedad con la que me lo preguntó me dejó confundida, sin saber qué responder.

–No sabes de lo que hablas, cállate y vámonos – finalizó. Dios, tenía que cuidar mi bocota, tan bien que todo estaba yendo y yo estropeándolo con un comentario estúpido.

Subimos al auto negro y el enojo de Edward llenaba el pequeño espacio. Él encendió su teléfono y de inmediato comenzó a sonar. Me senté lo mas alejada que pude de él dándole un poco de privacidad para responder sus llamadas, si es que eso era posible en tan reducido espacio, pero él puso su mano en mi pierna atrayéndome a su lado. Edward acariciaba mi muslo despacio y cuando hizo el intento de subir hasta mi sexo, puse mi mano sobre la suya y entrelacé mis dedos con los suyos. Me miró entrecerrando los ojos.

Pese a ése momento y uno que otro arranque por parte de Edward, yo estaba feliz. No iba a negarlo. Porque durante todos esos días pude verlo haciendo un verdadero esfuerzo por ceder y yo debía reconocérselo. Él no era una persona fácil, como había dicho Harriet y si él estaba poniendo de su parte yo debía hacer lo propio para que la relación funcionara para provecho de ambos. Para que él tuviera una buena sumisa que lo mantuviera contento y satisfecho y para que yo tuviera al Dom de mis sueños, justo el Edward que estuvo conmigo el fin de semana, él era.

–Paul vendrá por ti para ir a comer, sé puntual, Isabella.

Ahí estaba de nuevo el “Isabella”, seguía enojado y se enojaría aún más porque no podría salir a comer con él.

–No creo poder, tengo que ponerme al día – me mordí el labio y me dio un suave golpe con sus dedos.

–No hagas eso – frunció el ceño.

–Perdón, señor – me disculpé de inmediato y la puerta se abrió, lo miré esperando un beso antes de bajar del auto, uno como los que me había dado durante el fin de semana pero nunca llegó. Resignada me bajé y me giré.

–Que tenga un buen día, señor.

Edward se arrimó acercándose a mí y me jaló hacia él, dándome un beso tan intenso que además de llenarme de sorpresa, me llenó de alegría aunque gimió por el mal trato que le estaba dando a su labio.

–Pórtate bien, Isabella – murmuró en los míos y se alejó.

Aún en mi nube, entré al edificio y subí al ascensor; vi el auto negro marcharse y me llevé una mano al pecho. Me reí y sentí esa plenitud que no creí volver a sentir jamás, solo que ya no era la tonta Bella, ahora era Isabella y desde luego, había dejado de ser aquella adolescente inocente e incapaz de defenderse.

–Ni siquiera te voy a preguntar lo que es obvio, solo te pediré detalles – Jane me guiñó un ojo –, pero no ahora, atragántate la dona y el café y vámonos que Olivia nos está esperando.

Como pude me comí la dona y me tomé el café, me puse un poco de brillo en los labios y fuimos a nuestra primera junta del día con nuestra jefa; se me hizo muy extraño que no me pidiera ninguna explicación por mi ausencia y si no lo hacía yo no iba a aclarar nada, no quería decir algo que luego pudiera ser usado en mi contra.

Ese medio día fue un caos. La junta se prolongó ya que Michael estaba de viaje y se hizo por videoconferencia. Nos preguntaba las cosas mil veces y estuvimos a punto de cortar la conexión. Ese hombre era estresante. También nos reunimos con el equipo de filmación y con ellos no tuvimos ningún problema; el director era muy accesible y además nos daba algunas ideas que incorporamos al comercial y otras las dejamos en un quizás.

Todavía no llegaba la hora del almuerzo y mi cabeza estaba a punto de estallar; definitivamente, aunque quisiera no podría ir a comer con Edward.

Lo llamé y le dije lo ocupada que estaba y que también me quedaría un rato después de la hora de salida para poner al día mis pendientes. Milagrosamente, Edward no protestó y yo cada vez estaba más asombrada por el esfuerzo que hacía. Le agradecí lo comprensivo que estaba siendo y entre una risita muy provocativa, me dijo que después se cobraría a su manera. Solo con esas palabras, mi cuerpo se puso a mil, y yo también. Tuve que concentrarme y alejar mil imágenes que llegaron a mi mente y que deseé fervientemente experimentar con él.

La jornada laboral finalizó y yo me quedé una hora más para dejar mis asuntos al día. Como siempre, Jane me había echado una mano y no tardé mucho en dejar todo en orden. Me estiré y con mi bolso en mano, bajé por el ascensor y al salir al hall del edificio, el auto negro esperaba por mí. Sonreí agradecida porque la verdad no tenía nada de ganas de conducir entre el tráfico, además que ni siquiera sabía si mi auto seguía en las oficinas de Edward, si ya lo habían llevado a mi apartamento o estaba estacionado afuera.

Dean salió a mi encuentro y mi cara se iluminó. Abrió la puerta para mí y Edward estaba sentado ahí con el teléfono en mano, lo vi y fue como si me hubieran puesto una inyección de energía burbujeante. Terminó su llamada y extendió su brazo. Subí sin perder tiempo y rodeó mi cintura atrayéndome a él. Me recibió con un cálido y desesperado beso que lo hizo gemir un poco por el labio herido y casi fundió todos mis huesos.

–¿Lista para ir a casa? – su sonrisa torcida apareció de pronto y traté de centrar mis pensamientos.

–Edward, yo no sé…

–¿Qué es lo que no sabes? Te quiero junto a mí, Bella.

Edward me besó de nuevo y con eso fue imposible negarme; por lo que veía, mi apartamento tendría que esperar un día más.

Ya en su casa cenamos en la cocina, carne, el plato favorito de Edward y que comía de cualquier forma que fuera preparado y una ensalada. Harriet había dejado todo en la encimera porque estaba preparando su equipaje. Iba a extrañarla.

Edward tomaba su brandy en el estudio y me pidió que recostara mi cabeza en su regazo, lo cual hice sin dudar. Estábamos en penumbras y la voz de una mujer cantaba muy sensual y también relajante. Edward no me acariciaba, pero no me importaba porque estábamos en una posición realmente íntima, por decirlo de algún modo y eso también denotaba un avance en nuestra relación; no había esa tensión asfixiante ni ese miedo hasta de moverse, habíamos progresado y estaba demasiado feliz por lo logrado en apenas unos cuantos días.

Era tanta mi felicidad que decidí olvidarme de todo para vivir mi fantasía plenamente. Tenía que dejar atrás mis dudas, mis miedos y enfocarme a ser feliz. Me dedicaría a satisfacer al hombre que sostenía mi cabeza en su regazo y aceptaría todo lo que él quisiera darme. Aprovecharía al máximo el tiempo porque un año no era mucho y se pasaba volando, pero mejor de eso también me olvidaría y viviría cada minuto como si lo nuestro no tuviera fecha de expiración.

Sentí sus manos enredarse en mi pelo y acariciarme despacio.

–¿En qué piensas? – me preguntó sacándome de mis cavilaciones.

–En nada – respondí muy bajito.

–¿Sabes que te has ganado un castigo por mentirme? – me miró enarcando una ceja.

–No te mentí – contesté negando.

–Dos mentiras, dos castigos – afirmó mientras me levantaba con rapidez tratando de escapar de él entre risas, aunque sabía que esa batalla la tenía perdida porque no era posible escabullirme de alguien tan hábil como Edward con todo y sus golpes que ya parecían estar sanados, exceptuando el labio. Como ya había predicho, Edward me atrapó y me cargó sobre su hombro, subió las escaleras mientras me daba de nalgadas y me amenazaba con castigos terribles.

–Puras promesas – gritaba entre risas tratando de no moverme mucho por esa costilla que le dolía.

–¿Promesas?

Entró al cuarto lila y me puso en el suelo, abrió la puerta y algo parecido a una ligera descarga de adrenalina corrió por mi cuerpo. Estábamos en el cuarto de juegos y yo sabía que ahí, mi comportamiento tenía que ser diferente. Ahí yo era completamente la sumisa que él necesitaba y él era el Dom con el que yo soñaba .

Me dirigí a la mesa porque me gustaba todo lo que había ocurrido en ella. Bajé la mirada como una dócil y vulnerable muñeca porque ahí si lo era.

–Tienes treinta segundos para quedar completamente desnuda, si fallas, recibirás cinco azotes en cada nalga intercalados entre mi mano y algún otro objeto que elija y además – rió –. No podrás correrte en cuatro días.

Levanté la mirada, horrorizada por su cruel castigo mientras reprimía una sonrisa.

–Si te ríes serán diez días, Isabella – me advirtió muy serio y me controlé poniendo mi mejor cara. Esperé que me diera la señal para empezar a desvestirme cuando dijo: ¡Ahora!

Con toda la rapidez que pude comencé a deshacerme de mi ropa. Zapatos, blusa, pantalón… eso estaba siendo muy fácil y por un instante bajé mi ritmo y me tardé unos segundos de más quitándome las bragas y fingiendo que mi sostén estaba atorado, cosa que desde luego mi Señor no se tragó y sin decirme nada, ató mis manos con un suave pañuelo de seda en mi espalda. También cubrió mis ojos porque le gustaba mantenerme con mis sentidos bien alertas y me inclinó sobre mi mesa preferida, empujando firmemente mi torso contra ella y mi mejilla también; separó mis piernas y me hizo quedar casi de puntillas porque la mesa estaba muy alta para mí.

Lo sentí y lo oí alejarse; de pronto, música estruendosamente fuerte sonaba en la habitación. Ya no pude escuchar nada más que la canción y eso aumentó mi ansiedad. Ni con mis sentidos agudizados al máximo pude evitar el ligero mareo que ese ambiente me causó.

Podría corromperte con tan sólo un latido.

¿Crees que eres tan especial?

¿Crees que eres tan dulce?

Sentí un golpe muy caliente en mi nalga derecha que me hizo despegar la mejilla de la mesa y apretar los dientes mientras sus manos se aferraban a mis caderas y entraba en mi sin miramientos. Ése era mi Señor que me tomaba, rudo, fuerte, salvaje mientras gritaba al sentir como me empalaba dándome un par de embestidas antes de salir de mí.

Ni siquiera me provoques,

Pronto estarás llorando,

Me gustaría que me hubieras atrapado.

Jadeé, pero la música estaba tan fuerte que ni yo misma me pude escuchar, tampoco mi grito al sentir el golpe abrasante en mi otra nalga; esta vez fue con una paleta y de nuevo ese miembro duro y erecto se enterró en mi abriéndose paso entre mis pliegues y llegando más adentro cada vez que embestía contra mi. En esta ocasión fueron muchos más los empujes de su pelvis y yo podía sentir toda la fuerza de su castigo irrumpiendo en mi interior cuando las puntas de mis pies se despegaban del piso cada vez que él se enterraba en mí.

Estarás llorando en el dolor,

Rogándome que juegue mis propios juegos.

Salió de mí y otra nalgada. Esta vez levanté mi torso casi completo antes de que las violentas acometidas nublaran mis sentidos por completo. Cuando lo tenía dentro de mí, no era capaz de pensar en nada, solo era él, que se apoderaba del último gramo de voluntad que me quedaba, era suya, completamente suya.

Podría corromperte, sería horrible.

Podrían drogarte

Pero, ¿qué droga podría ser?

Los embistes continuaron así como el castigo a mis nalgas. Yo ya no gritaba, solo me concentraba en sentir cada nalgada y cada arremetida fuerte y cruda en mi interior que ya se desquebrajaba. La música con los decibeles rayando en lo insano, mis piernas temblaban, jadeos sordos, mis gritos mudos, mis nalgas ya insensibles anestesiadas de dolor, empellones sin parar, mi vientre hirviendo, los dedos de mi Señor tocando mi clítoris y aumentando mi deseo aunque cruelmente me advirtiera que esa noche me estaría prohibido tenerlo, su miembro me atacaba sin piedad y formaba un calor que levantaba un torbellino inevitable. El temblor de mis piernas subió por todo mi cuerpo mientras hacía un esfuerzo inconmensurable por reprimirme pero no podría, no resistiría…

Pero no te tocaría,

Mis manos sobre tus caderas.

Sería demasiado

Poner mis labios sobre los tuyos.

Otro grito que tampoco alcancé a escuchar salió de mi garganta declarando a todo pulmón el violento orgasmo que estaba golpeándome. Él no dejó de embestirme ni de pellizcar mi clítoris ya por demás adolorido, enloqueciéndome todavía más y provocándome convulsiones que no tenían fin porque cada vez que creía que descendería de la cúspide en la que me encontraba, él apretaba sus dedos de nuevo y aceleraba sus acometidas causándome otro orgasmo inmediatamente.

Estarás llorando en el dolor,

Rogándome que juegue mis propios juegos.

Podría corromperte, sería horrible.

Podrían drogarte

Pero, ¿qué droga podría ser?

Me desmayaría. Lo sentía, ya no podía mantenerme en pie. No tenía fuerzas para soportar un orgasmo más. Estaba mareada y totalmente desubicada. La música ya no sonaba. Solo pude ser capaz de abrigarme con el calor que de pronto inundo mi cuerpo, llenándome poco a poco. Mis piernas se doblaron vencidas y ya no supe más.

Lo siguiente que recordé fue estar recostada sobre una superficie suave pero firme, envuelta en un agradable calor y recibiendo besos por todo el rostro. Seguramente un sueño y en el, una voz aterciopelada que me decía…

–Gracias por confiar en mí, Bella, buena niña.*


*


*


*
Nenas, estoy muy feliz, se han unido a esta historia dos fans del Señor… Lethy C Suero y Coudy Myracley que por cierto también crearon y administran el grupo de Facebook que por su temática es estrictamente para mayores de 18 años. Bienvenidas chicas!
A Isita María mi eterno agradecimiento por el esfuerzo y dedicación, eres única! A Lo por esa mente que corre a mil por hora y a mi Nani, FeLiZ CuMpLeAñOs CaRi!!!
CaroBere: Grax Nena!
Y para ustedes nenas, un GRACIAS nunca será suficiente…
Besitooo 


Facebook: G.P. Bienvenidas al Mundo del Señor.

N/A: Se me cruzaron los cables y me confundí de investigador en el capi pasado, era Perkins y no Banks. Mil disculpas.

martes, 17 de enero de 2012

CAPITULO 24

Madurando sentimientos.

Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.
Oscar Wilde

EDWARD’S POV

El líquido ámbar bajo por mi garganta; era una cálida sensación que a su paso dejaba el brandy y que resultaba bastante agradable y a la cual me había hecho afecto también por el efecto relajante que tenía en mí. El resplandor que podía ver por la ventanilla me indicaba que nos acercábamos a nuestro destino.

–¿Necesita algo más, señor Cullen?

Negué con la cabeza sin mirar directamente a la cara a la curvilínea azafata que se inclinaba hacia mí un poco más de lo normal para retirar mi copa. Era la misma que me había atendido en los últimos vuelos, esos dos senos bien colocados luchando por salir de la ajustada blusa me lo confirmaban. Bufé internamente al ver que se alejaba por el corto pasillo contoneando sus caderas sensualmente.

Aterrizaríamos en unos cuántos minutos más, por lo que ajusté mi cinturón de seguridad y enderecé el respaldo de mi asiento. La ciudad ya estaba bajo nosotros y en una suave maniobra, el piloto hizo descender la aeronave en la pista del aeropuerto de Lausanne.

Según los informes de Perkins, el asunto que en un principio no parecía tener pies ni cabeza estaba tomando forma poco a poco y por ese motivo consideraba pertinente continuar su trabajo en el lugar de los hechos así que en un apresurado movimiento había decidido viajar hasta ahí esa misma tarde. Perkins había ido a verme para ponerme al tanto de las averiguaciones y cuando me dijo que ya era hora de hacer una investigación con más detenimiento del lugar y entrevistar a algunas personas que aún laboraban en el internado, supe que yo tenía que estar presente. Mi necesidad de averiguar que era lo que había sucedido con Isabella era apremiante. Se lo debía, ya que como su dueño y señor, mi deber era cuidarla, protegerla y procurar su bienestar y ella no estaría bien hasta que yo no resolviera ese asunto que aún estaba pendiente en su vida y la tenía anclada impidiéndole disfrutar con plenitud su sexualidad y de paso, la mía.

No me moví hasta que el avión se detuvo completamente; me puse mi abrigo y Perkins hizo lo mismo. Al salir del artefacto una gélida ráfaga de viento batió mi rostro y casi corrimos para subir al auto que nos esperaba a un par de metros y que nos llevaría hasta el hotel.

El indicador de la temperatura marcaba menos cuatro grados centígrados pero la sensación térmica fácilmente era de unos menos siete grados. Las calles estaban casi desiertas y no era para menos con ese endemoniado frío que calaba hasta los huesos. En unos minutos llegamos al hotel y nos bajamos del auto con la misma prisa con la que subimos a él.

–Bonsoir, monsieur Cullen, bienvenue à la Beau Rivage Palace.

Asentí al empleado que me dio la bienvenida al hotel y en unos minutos más ya estábamos instalándonos en nuestras habitaciones. Con toda calma me quité el abrigo y saqué de los bolsillos de mi saco mi billetera, mis documentos y mi teléfono. Lo encendí y vi las llamadas perdidas de Isabella y los mensaje de texto.

¡Maldita sea!

A buena hora venía a contestarme. Pensé qué hacer por varios minutos. Me pasé las manos por el pelo repetidamente. Si había alguien quien pudiera exasperarme de esa forma era Isabella, solo ella tenía el don de hacerme perder la paciencia con tanta facilidad.

Las cuatro con diez minutos. Solo una hora de diferencia pero aún así era tarde… puse mi dedo sobre el botón verde y esperé. Respondió antes de que sonara el segundo tono. La escuché preocupada por mí y su sonó voz decepcionada cuando le dije que había tenido que viajar de improviso. Sonreí complacido, pero no lo suficiente como para que olvidara que no había contestado ninguna de mis llamadas ese día. Si, yo sabía que estaba en la agencia trabajando, sabía de su junta importante, con quienes y a qué se debía, lo sabía todo, pero aún así me enfurecía que no tomara mis llamadas por considerar su trabajo más importante que yo. Me dejó esperando y me sentí relegado por primera vez.

Y así fue. Isabella no dudó en pelear por lo que consideraba sus prioridades, su padre y su trabajo, siempre poniéndolos en primer plano. Le reconocía la fuerza que tenía para mantenerse con esa firmeza defendiéndolos; eso hablaba muy bien de ella pero definitivamente, la preferiría dulce y sumisa. Dentro de poco, Bella, dentro de poco aceptarás todo lo que yo te ordene y me obedecerás sin reparar en nada... Solo tenía que ser paciente y fuerte, controlarme a mi mismo y esperar.

Pero eso era algo que me preocupaba en demasía y muchas noches me mantenía despierto: perder el control. Con Isabella no me sentía capaz de mantenerme dentro de los límites considerables. Ella me retaba constantemente, justo como unos momentos antes, y eso era algo que me calentaba la sangre y la piel; me excitaba y me tentaba a imponerme precisamente porque nunca nadie se había atrevido a hacerlo pero en ella, eso era algo nato.

Isabella era una luchadora y ciertamente no esperaba que dejara de serlo o no lo deseaba, ¡no lo sabía! Pero así como me excitaba, me enfurecía y mi gran temor era no poder contenerme un día y reaccionar de una forma que la lastimara, aunque el hecho de inflingirle dolor para mí era profundamente estimulante, era algo que iba más allá de mi, que me controlaba, que necesitaba sentir de vez en cuando, justo como el frenesí de una droga, de ahí el peligro potencial.

Si alguna vez pensé que mi labor como Dom solo sería encausarla y enseñarle a encontrar el placer detrás del arte oscuro del BDSM, estaba muy equivocado. Esa encomienda me estaba arrancando mucho más que los deseos peculiares que el sexo me provocaba.

El verla tan dócil, tan receptiva, tan dispuesta a aprender y luego reaccionar inesperadamente como una gatita defendiendo con uñas y dientes sus intereses, era un detonador express a mi lado sexual violento. Isabella me inspiraba con esa tímida ansiedad muchas cosas más que solamente poseerla de las formas más extrañas. Me invitaba a querer saciarme y beber de su cuerpo después de haber jugado con él, después de haberlo tenido restringido y después de haberla hecho gritar de dolor, un dolor que no podía evitar querer infringirle solo porque me excitaba hacerlo, porque necesitaba hacerlo.

Terminé la llamada después de advertirle que se portara bien en mi ausencia y que me enviara su foto muy puntual cada mañana. Suspiré porque si pensé que escuchar su voz me tranquilizaría no estuve equivocado; lo que no esperé fue que ese efecto calmante me durara tan poco tiempo. Era como el adicto que al terminarse el efecto de su dosis, ya necesitaba más.

Mi Isabella, mi Bella…

Me dirigí al baño, quería darme una ducha para acostarme y dormir. Estaba bajo el chorro de agua caliente y no tenía ni idea de porqué me sentía tan incómodo; tal vez fuera por estar mintiéndole a Isabella, pero por el momento era lo mejor. No le podía decir la verdad de donde me encontraba; honestamente no lo consideraba prudente todavía. Estaba seguro de que no iba a gustarle nada que yo estuviera haciendo las cosas a sus espaldas pero tenía que terminar aceptándolo porque nadie se metía con lo mío y salía vivo para contarlo. Y no, no me importaba que eso hubiera ocurrido años atrás, el tal Jake iba a pagar hasta con intereses porque sus malditos actos afectaban ahora nuestras vidas y él no iba a salir impune del hecho de haber tocado y haberle hecho daño a mi Bella.

Mi Bella…

Ella no me había contado nada sobre eso todavía y consideraría mi decisión de investigar como una falta de respeto a su intimidad. Que hubiera quedado asentado en el contrato que ella no debía tener secretos conmigo era una cosa y que lo aceptara y lo hiciera era otra. Además, debía tener muy presente que no era nada fácil para una mujer hablar sobre un abuso sufrido y eso yo debía entenderlo también.

Salí de la ducha y sequé mi cuerpo, me puse un pantalón de pijama y una camiseta; había demasiado frío como para dormir desnudo y no quería subirle a la calefacción. Digamos que era una forma de mantener mi cuerpo y mis deseos controlados. Me cubrí con las sábanas y el grueso edredón; caí rendido, más por mis estresantes pensamientos que por el cansancio físico. Para mi sorpresa, dormí relativamente bien y me levanté con energías renovadas. Desayuné en mi habitación y un poco antes de las diez salimos del hotel. En el camino mi teléfono sonó avisándome de la llegada de un archivo, era la foto de Isabella. Exhalé y una sensación de alivio o algo parecido a eso llenó mi pecho. Se veía hermosa y así se lo hice saber.

Unos kilómetros más adelante, después de observar minuciosamente cada rasgo de su imagen, guardé mi teléfono al distinguir a lo lejos, enclavado en la cumbre de una gran montaña, el Sacré-Coeur. Era una imponente edificación que albergaba el famoso y distinguido internado para señoritas además de algunos secretos que esperaba descubrir. Para llegar a él, un camino de sinuosas curvas debía ser transitado, cosa que nuestro chofer libró con facilidad y se detuvo frente a las altas y anchas rejas negras de la entrada principal.

Bajamos del auto y en las escaleras que atravesaban los hermosos y bien cuidados jardines habían no menos de unas treinta o cuarenta chicas esparcidas a todo lo largo y que me miraban sin recato. Me fue difícil avanzar para llegar hasta los pasillos centrales ya que las adolescentes me cerraban el paso entre murmullos y me sonreían provocativas mientras rozaban sus cuerpos con el mío. Sus pequeños y apretados traseros chocando con mis piernas y sus ojos de niñas mirándome sensuales. Sus pechos elevándose y queriéndose pegar a mi, podía sentirlos chocar con mis brazos, eran firmes, tiernos y naturales todavía. Si tan sólo tuvieran una idea de a quién estaban tentando…

–Hola, señor.

–¿Puedo ayudarlo?

–¿Está perdido?

–¿Busca a alguien?

–¿Es usted un príncipe?

Las chiquillas traviesas que me sonreían coquetas. Un par de nalgadas es lo que les hacía falta. A mi mente llegó la imagen de Isabella con aquella la faldita a cuadros muy corta, inclinándose y dejándome ver sus braguitas blancas mientras me sonreía pícara. Mi polla reaccionó ante ese incitante cuadro y seguí mi camino mientras negaba con la cabeza sacudiéndome esas imágenes, abriéndome paso entre tanto estrógeno enclaustrado, entre chicas que con esa acumulación hormonal hacían y deshacían llegando a exponerse en situaciones como la que precisamente esperaba esclarecer. Esas chicas eran como una olla de presión que solo esperaban el momento para explotar, eran potencialmente una bomba cuyas ondas expansivas terminaban envolviéndolas sin que pudieran salir de su mismo efecto destructivo y eso yo lo sabía demasiado bien.

–¿Porqué está enojado?

Preguntó una jovencita de apenas unos dieciséis años y con el cabello castaño amarrado en un par de coletas. Me sonrió moviéndose sensual y sacando el pecho hacia mí. Le di una mirada fulminante y su carita reflejó lo asustada que estaba. Se dio media vuelta y junto con sus compañeras salió huyendo por el pasillo. Bufé y entré a la oficina de la directora con Perkins a mi lado.

–Buenos días, vengo a ver a la señorita Baumman – le informé a la secretaria que me miraba parpadeando continuamente.

–Señorita… – la llamé de nuevo y volvió a hacer conexión con la tierra. Me reí internamente.

–Sí, sí – dijo nerviosa levantándose de su silla –, ¿a quién anuncio?

–Edward Cullen – le respondí enarcando una ceja.

–Un momento, sr. Cullen, tome asiento – me indicó, pero en lo que ella entraba a la oficina de Baumman, Perkins me dijo en un susurro…

–Mientras usted está con ella voy a echar un vistazo por todo el edificio.

–De acuerdo – asentí.

–Pase, sr. Cullen, por aquí.

–Gracias, conozco el camino.

No era la primera vez que estaba ahí. Años atrás visité un par de veces el Sacré-Coeur pero ni mis ánimos ni mis intereses estaban en su mejor momento aunque eso no me impidió observar aquella oficina que ahora con la decoración victoriana y recargada, estaba muy lejana de ser lo austera que recordaba.

Baumman podía darse ese gusto y otros más; percibía un más que generoso sueldo ya que las cuotas del instituto por cada alumna eran sumamente altas, si a eso le agregábamos que habían alrededor de trescientas y que se cobraba hasta por la sonrisa de buenos días que se les daba a cada una de ellas, los ingresos netos del instituto resultaban ser bastante elevados.

–Buenos días, sr. Cullen – rodeó su suntuoso escritorio victoriano para darme la mano –. Es un gusto tenerlo por aquí.

Dijo la mujer a la que ya se le notaban los más de cincuenta años que llevaba a cuestas y que el bótox no disimulaba.

–Señorita Baumman – la saludé y esperé que regresara a lo que parecía su trono. Tomé asiento después de ella.

–¿Qué lo trae por aquí? – sonrió fingidamente –. ¿En qué puedo ayudarlo?

La miré y el nerviosismo de siempre estaba presente, tal cual como lo recordaba de un par de años atrás. Su labio superior temblaba ligeramente. Maldita mujer, ¿qué era lo que la ponía así? Necesitaba saberlo y para eso estaba de nuevo ahí, solo que con la mente más clara y asesorado por un profesional que sabía lo que hacía. La cincuentona elegantemente vestida me miraba sin parpadear.

–Como supone, no es una visita de cortesía, señorita Baumman – la miré fijamente –. Necesito cierta información de unas ex-alumnas y espero que me la proporcione sin ningún problema – sonreí mientras ella forzaba otra sonrisa en respuesta, sentada rígidamente al borde de su asiento.

–Quiero saber de Rosalie Hale, Alice Brandon y principalmente de Isabella Swan – le informé.

La mujer me veía entrecerrando los ojos, intentando encontrar el motivo de mi interés por las chicas ya que no encontraba mi relación con ellas.

–Necesito saber de su conducta. Quiero saber todo de ellas – la mujer frunció el ceño pero respondió.

–Eran unas chicas tranquilas; siempre obedecían, no daban problemas – su respuesta fue sencilla y corta.

–¿Quiénes eran sus amigas más allegadas? – crucé la pierna y pasé los dedos por mi barbilla mirándola atento.

–Eran muy selectivas, tal vez por eso mismo no eran las más populares pero no les importaba serlo. Tenían otros intereses.

–¿Cómo cuales? – pregunté intrigado.

–Bueno – pareció relajarse un poco –, ellas leían, siempre se les veía con un libro en las manos. Muchas veces llegaban tarde a clases o al comedor por estar leyendo en las colinas.

–¿Qué tipo de lectura?

–Aquí se les marca todo tipo de lecturas adecuadas para hacer de ellas unas chicas cultas, ese es nuestro principal interés y el motivo por el que están aquí, señor Cullen.

–Sí, claro – exhalé aire en una sonrisa y Baumman me miró ofendida.

Seguí haciendo preguntas y Baumman respondía con precaución, cuidando cada palabra que decía y en conclusión, no obtuve ningún dato relevante. Estaba irritado por el sentido neutro y generalizado que le daba a sus respuestas y cansado de no obtener nada más que “buenas” observaciones de ellas, tuve que utilizar un método más eficaz para obtener algo de información que valiera la pena porque era evidente que lo había, de ahí ese nerviosismo y precaución al hablar.

–¿Tuvo la señorita Swan alguna vez algún problema? ¿Algún cambio de actitud que les haya llamado la atención?

Las cejas de Baumman se juntaron; guardó silencio, estaba pensativa y hasta cierto punto algo confundida.

–Debe usted comprender, señor Cullen que a esa edad los cambios de conducta son drásticos y frecuentes, es una etapa difícil y están alejadas de sus familias, pero nosotros nos hemos encargado de manejarlas muy bien y de brindarles todo el apoyo y la asesoría que requieran – dijo satisfecha.

–Señorita Baumman, ¿se da cuenta que lo que me está diciendo pudo habérmelo dicho por teléfono?

Me incliné sobre el escritorio y el tono de mi voz se volvió amenazante.

–Estoy aquí porque requiero mucho más que eso.

–Señor Cullen – se acomodó los anteojos –, como usted bien sabe, yo tengo que resguardar la privacidad de las chicas, no puedo dar información sobre ellas – dijo en disculpa.

–Entonces tengo razón y usted me la está negando – levanté una ceja.

–Le repito que no estoy autorizada para dársela – su tono fue serio, hablaba ya a la defensiva.

–Pues veremos después de una junta con el consejo académico en donde encontrará un trabajo que le pague igual de bien para solventar sus excentricidades – dije sabiendo que mi palabra era decisiva al ser un benefactor bastante generoso y constante por insistencia de mi madre –. No creo que estén muy de acuerdo con su capacidad para manejar esta institución, yo no lo estoy ¬– acaricié lentamente el escritorio ornamentado.

La mujer visiblemente asustada dijo que eso no sería necesario, que ella por precaución no revelaba cierta información de las alumnas ya que estaba prohibido.

–Pero no para un benefactor como yo – le respondí cínicamente –, y si quiere seguir aquí, mas vale que me vaya respondiendo algunas cosas.

Desde luego, iba más que preparado para ese interrogatorio. Perkins y yo pasamos la mayor parte del vuelo a Lausanne analizando diferentes teorías de lo que le pudo haber ocurrido a Isabella. Perkins, como muchos hombres cercanos a mí y de importantes puestos en mi empresa, habían firmado acuerdos de confidencialidad, así que aunque no me sentía del todo cómodo hablando del tema ya que se trataba de un tema concerniente a la intimidad de mi mujer, tenía que hacerlo si quería encontrar una respuesta. Además Perkins había demostrado ser muy capaz y dedicado así que a pesar de la incomodidad me sentí confiado para comentar sobre la remota posibilidad de que lo que le hubiera sucedido a Isabella tuviera alguna relación con la muerte de mi pequeña Liz. Eso intrigó mucho a Banks que se quedó bastante pensativo, confirmándome que podía existir esa posibilidad.

Baumman suspiró bajando los hombros rendida. Por más de dos horas estuve haciéndole preguntas y en verdad parecía no haber mucho de ellas. Tal como lo había dicho, eran unas chicas tranquilas que se encerraban en su mundo de lectura. Eran alegres y no eran las más populares pero se llevaban bien con el resto de las chicas. Eran muy estudiosas y nunca se perdían un fin de semana de premio en la ciudad. Hacían travesuras adolescentes como cualquier chica pero no les significaban ningún problema mayor.

En general, eran unas chicas como todas y que se emocionaban como cualquier adolescente cada vez que habían eventos con los otros internados cercanos. Según Baumman, tenían más interés en los encuentros con el internado Du Rosey, siempre estaban pendientes de los calendarios y nunca se perdían los partidos de futbol los fines de semana. Un foco de alarma se prendió en mi cabeza.

–¿Puedo preguntarle a qué se debe tanto interés por ellas, señor Cullen? – me miró intrigada.

–No, no puede – le respondí molesto y se recargó de pronto en su respaldo, indignada –. Estaré aquí por un par de días, así que voy a necesitar una oficina pequeña y una computadora con todos sus archivos abiertos para mí y para el señor Perkins. Le advierto que a la primera negativa, no dudaré en convocar a una junta de consejo para destituirla de su cargo y empezar a buscar una persona capaz y competente para que ocupe su lugar – los ojos de la mujer parecían querer salírseles de sus cuencas.

–Por lo pronto, iré a recorrer algunas instalaciones – me puse de pie y sin decir más, salí dejándola maniatada ante mis requerimientos. Una sonrisa torcida apareció en mis labios. Encontré a Perkins esperándome afuera de la oficina de Baumman.

–¿Y bien?

–Me gustaría saber en donde se encuentran localizadas las habitaciones de las señoritas, es mejor hacerlo antes de proseguir – dijo serio y asentí. Baumman se encargó personalmente de llevarnos, no iba a dejar que alguien más nos guiara y cometiera tal vez una indiscreción, así que atravesamos varios edificios y al acercarnos al más alejado nos señaló desde el jardín…

–Ése es el edificio que tiene las mejores y más lujosas instalaciones – dijo orgullosa –, esas dos ventanas juntas en el segundo piso pertenecen a la habitación que ocupaba la Señorita Swan junto con las otras chicas.

–¿Se refiere usted a las ventanas junto a esa enredadera? – Perkins le preguntó.

–Exactamente, señor Perkins.

–Es una enredadera muy bonita, ¿la podan seguido?

–Solo mantenemos la forma, me parece que le da un bonito aspecto al edificio, ¿no lo cree usted?

–Ciertamente. Soy un fanático de la jardinería y sé que esa clase de plantas tienes raíces muy resistentes, tan fuertes que soportan el peso de una persona adulta con facilidad.

–¡Vaya! Eso si que no lo sabía.

–Así es y déjeme felicitarla, su jardinero hace un espléndido trabajo – Perkins recorría con la mirada esa enredadera, estudiándola minuciosamente registrando más datos –. Las flores azules de abajo son hermosas – añadió.

–Las genianas. Eran las preferidas de su hermana, Elizabeth, señor Cullen – dijo alegre la mujer y una punzada en mi corazón me hizo aspirar aire por la boca –. Siempre se sentaba en el borde de la ventana para admirarlas.

Señaló con su dedo la ventana del piso inferior al de Isabella y la sorpresa me paralizó momentáneamente. Cuando pude salir de mi asombro giré para mirar a Banks que tenía una extraña sonrisa en el rostro. Ésa, definitivamente no era un puta casualidad.

–Quiero entrar – dije interrumpiendo la conversación que había continuado entre ellos y a la que no puse atención.

–¿Qué? – preguntó Baumman alarmada –. Eso no va a ser posible, no puedo irrumpir en la privacidad de las chicas es primordial, no puedo pasarla por alto, señor Cullen, entiéndame.

Asentí mirándola serio, enarcando una ceja con una clara advertencia de lo que sucedería en un futuro muy cercano para ella. Tragó en seco e inhaló profundamente.

–Déme treinta minutos, les avisaré a las chicas para que salgan de su habitación – aceptó sin remedio, dio media vuelta sobre sus talones y se perdió en el pasillo torturando con cada paso que daba, sus tacones.

Mientras transcurría el tiempo para poder accesar, Perkins y yo fuimos a la oficina donde con una rapidez asombrosa, ya se encontraba sobre un escritorio grande una computadora, una laptop, un escáner, una impresora y un teléfono fijo, así como todos los consumibles necesarios.

Sin perder el tiempo, Perkins se sentó frente a la máquina y comenzó a teclear. Unos minutos después, giró la cabeza viéndome con una expresión de satisfacción en la cara.

–Ya tenemos acceso a todos los archivos, Señor. Ya con esto, es casi imposible que no obtengamos lo que necesitemos.

–Pues borra de tu mente el “casi”, Perkins, quiero tener toda la información en mis manos.

***

Estaba de pie en medio de la habitación. Era bastante grande. Las paredes de color azul muy claro y los muebles blancos que daban un aspecto acogedor para ser un internado. Afiches de chicos pegados en las paredes y en el techo así como calendarios escolares, fotografías, dibujos y cuanta cosa se pudiera pegar en ellos; tres camas con elegantes cabeceros modernos y una mesita de noche entre ellas con una pequeña lámpara a juego con la decoración tan femenina.

Una pantalla plana y un reproductor de DVD’s frente a un sillón muy amplio y de aspecto cómodo. Del otro lado de la habitación, tres escritorios llenos de libros, laptop’s, cuadernos, lápices… un mini bar junto a una puerta y frente a mi, las dos ventanas.

–Es el baño, Señor – me informó Perkins saliendo de él –, y éste es el clóset.

Señaló otra puerta y se dirigió a las ventanas, abriendo primero una y asomándose. Ya había revisado todo el dormitorio mientras yo solo estuve ahí parado en medio de él, pensando que por muchos años, esa habitación había sido lo único que mi Bella había considerado como su hogar. El único lugar que había tenido como territorio seguro junto con Alice y Rosalie. Durmiendo en esas camas y mirando ése mismo techo.

Un ruido fuerte me hizo voltear repentinamente. Mis ojos se agrandaron al ver a Perkins en la ventana y empezar a bajar por la tan mencionada enredadera.

–¿Qué carajo haces, Perkins? – pregunté asomándome al ver hombre que no creía que fuera aún tan ágil, descender en unos minutos y llegar hasta el jardín sin ningún problema.

–Sólo comprobando lo fuerte de la enredadera – sonrió y se perdió en el jardín mientras yo seguía observando la antigua habitación de Isabella para luego bajar a la de Liz. Revisamos ambos dormitorios con detenimiento. No encontramos nada fuera de lo normal más que solo la coincidencia de su ubicación.

Pasamos dos días enteros entre las hormonas rebosantes e hirvientes de las chicas, insinuaciones que distaban de ser de unas adolescentes educadas, cultas y propias y que podrían escandalizar al más pervertido de los hombres, pero no a mí. Con gusto las hubiera colocado sobre mis piernas para propinarles algunas nalgadas contundentes en esos lindos traseritos inmaculados para que dejaran de pensar en sexo y se dedicaran a lo suyo. En vez de eso, hacía caso omiso a todas las proposiciones que llegaban a mis oídos y seguía abriéndome paso entre esos tentadores cuerpecitos para llegar a la oficina.

Además de revisar los expedientes de Isabella y las chicas, también revisamos los de Liz, Leah y Emily, sus amigas y también compañeras de dormitorio. Antes no había querido involucrarme a fondo en la investigación de la muerte de Liz porque los remordimientos me lo impedían. Ella estaba muerta y nada de lo que yo hiciera podría traerla de vuelta.

Esa era una postura que nadie hubiera pensado que tomaría. Lo cierto era que el sentimiento de culpa me tenía devastado y no quería enfrentar la realidad. Era un acto cobarde, era verdad, pero ya que la miríada de sentimientos que tenía por Isabella me habían hecho llegar hasta el punto de buscar qué era exactamente lo que le había ocurrido y no solo suponerlo y enviar al causante de su dolor al otro mundo, había encontrado que existía un vínculo extraño entre el caso de Liz y el de Isabella, por lo que ya era hora de portarme como el hombre y el hermano que no fui hacía unos años atrás y enfrentar las culpas tratando de encontrar algo que diera un poco de luz y de paz al alma desconsolada de mis padres que se habían quedado sin su adorada hija pero sobre todo para el descanso eterno de mi pequeña Liz.

Durante esos días pudimos corroborar que Liz y sus amigas tenían un grupo de amistades mucho más amplio que el de las chicas. Lo que me dejaba con muchas interrogantes que esperaba se disiparan antes de volver a Londres.

–¿Ve que estoy en lo cierto, señor Cullen? Esas niñas eran muy reservadas y se encerraban en ellas mismas, prácticamente no confiaban en nadie, especialmente Isabella. Ella era la más débil de las tres, muy inteligente pero la de menos carácter.

–Si necesitamos algo más se lo haremos saber, Baumman – dije cerrando la puerta casi en sus narices. Ciertamente no nos había mentido respecto a la personalidad de las chicas ya que también eso venía señalado en los reportes mensuales del psicólogo del internado. Era prácticamente imposible que en ellos no se viera algún cambio de conducta que Isabella hubiera tenido; a partir de ahí se encaminaría la investigación tomando en cuenta las actividades en las que había participado, si bien como decía Baumman, todo lo que cada chica hacía estaba documentado en su expediente.

Pude ver también docenas de fotos de Isabella desde su llegada al internado. Su cabello castaño recogido en una coleta, de piel pálida y esa mirada de ojos oscuros y tristes. Delgada más de la cuenta, con el cuerpo andrógino de aquel entonces y sin una sonrisa en los labios. Era comprensible, después de perder a su madre y ser dejada en un internado en un país que no era el suyo, rodeada de extraños y obligada a entender otro idioma de buenas a primeras.

Su expresión afligida fue cambiando a una más alegre conforme fue pasando el tiempo, así también su cuerpo que fue adquiriendo muy poco a poco las curvas que bien conocía. Ante los ojos de la lente, Isabella fue transformándose en una hermosa mujer, una bella mujer que ahora me pertenecía.

Me dediqué a observar las fotografías con detenimiento, concentrándome tanto en las posturas del cuerpo como en las expresiones faciales. Éstas decían mucho y tal vez ahí encontráramos algo importante. No había que ser ciego para no notar un cambio no solo en Isabella sino en las tres chicas. Antes del verano del dos mil cuatro aún se les veía libres, despreocupadas y felices, después todo cambió.

***

Esa noche llegué a mi habitación del hotel con los ojos irritados de tanto tiempo de estar frente a la pantalla del computador. Siempre me pasaba lo mismo. Me recosté en la cama y me puse las gotas que siempre llevaba conmigo; cerré mis ojos y la cara tierna de una niña de nariz respingada con unas cuantas pecas en ella volvió a mi mente. Una cara alegre que luego se transformó en un rostro ausente con la mirada triste perdida en el suelo.

Al tercer día, mi mal humor era un peligro. Las hormonales chiquillas ya no me salían al paso con sus fantasiosas indirectas; tampoco Baumman se me acercaba por temor a que le plantara en la cara otro portazo. Tal vez mi afán por encontrar algo tangible en nuestra búsqueda me estaba llevando al borde de la razón por no tener nada concreto en mis manos.

Perkins me “sugirió” sutilmente volver a Londres. Seguro que mi carácter obsesivo también lo estaba acercando al límite y no lo dejaba trabajar cómodamente. Reconocía que estaba algo irritable y acepté la sugerencia de dejarlo solo. Llamé a Katie y le pedí que adelantara el viaje a París que tenía para la semana entrante con carácter de urgente. Le pedí que llenara esos tres días con juntas y eventos para mantenerme ocupado. Con Perkins haciéndose cargo de la investigación, me fui tranquilo y confiado y pude llegar a acuerdos beneficiosos para mi grupo inversionista. Cerré tratos asegurándonos ganancias inmejorables y con esa sensación de poder que me daba el manejarme exitosamente en los negocios, pasé mi última noche en la ciudad luz ansiando llegar a Londres para ver de nuevo a Isabella. No podía más, todo mi ser clamaba por ella.

Durante mis ocho días de viaje solo una vez hablé con Isabella. Fue la mañana en la que al recibir la foto que me enviaba puntual cada mañana la vi algo demacrada y me preocupé. La llamé de inmediato y me aseguró que solo era que no había tenido una buena noche. Decidí creerle ya que Paul no me había reportado ningún incidente de relevancia. Así que después de ver la foto diaria le devolvía los buenos días con un comentario halagador.

Se los había ganado con creces. Se estaba portando muy bien y por si fuera poco, había decidido volver a ver al Dr. Bower por voluntad propia. Paul me había llamado para avisarme que Isabella estaba entrando al consultorio y en ese mismo momento llamé para que avisar que quería que el Dr. Bower estuviera disponible para cuando Isabella lo quisiera.

Estaba muy contento de que por fin hubiera vuelto, eso quería decir que había aceptado tener un problema que no podía resolver ella sola y que necesitaba de ayuda, ayuda que yo le estaba ofreciendo; eso me llenaba de tranquilidad. En total, durante mi ausencia, Isabella había ido a verlo dos veces. Ya iría yo a hacerle una visita personal al Dr. Bower cuando volviera para tener una extensa charla acerca del problema de mi mujer.

En general, todo iba marchando muy bien; estaba complacido por cómo se estaban dando todas las cosas, hasta que los días separado de Isabella comenzaron a pasarme factura. La necesidad de verla me estaba llevando a extremos a los que nunca pensé acercarme siquiera. Deseaba tocarla, besarla, hacerla mía, follarla hasta que perdiera la conciencia, solo que esto último tendría que esperar hasta que estuviera a punto de consumirse de deseo por mí ya que el propósito principal de toda mi estrategia era aumentar la libido de Isabella. La quería rendida a mí y que reconociera la naturaleza de su deseo para poder tomarla de todas las formas en las que deseaba hacerlo.

La necesitaba dispuesta y ansiosa a confiarme su cuerpo y su alma, más allá de lo que el razonamiento le indicara para que yo pudiera borrar de su mente y de su corazón ese mal recuerdo que le estaba impidiendo ser una mujer que disfrutara plenamente y sin reparos de su sexualidad.

Solo había una cosa que no había contemplado y ya se estaba saliendo de mi propio control… que la estrategia muy bien planeada me estaba enloqueciendo tanto como imaginaba que lo estaba haciendo con Isabella.

Siendo el ser sexual que era, no estaba ni remotamente acostumbrado a pasar largas temporadas en abstinencia. Yo no estaba diseñado para eso, necesitaba sexo como si de aire se tratara. ¡Diablos! ni siquiera era lo que se decía “exclusivo” de mi sumisa oficial y ese era un punto que siempre estaba muy bien especificado en mis contratos y que ellas aceptaban, solo que en contrato celebrado con Isabella le había pedido a Jasper omitir ese inciso y todavía seguía preguntándome porqué.

Mi polla se removió incómoda atrapada en mis bóxers. Con solo pensar en Isabella reaccionaba así, ya eran demasiados días los que habían transcurrido desde la última vez que estuve dentro de ella y con cada minuto que pasaba se tornaba más difícil controlarme. Moví mis caderas buscando relajarme y encontrar una postura más cómoda, pero fue inútil. Solté una maldición porque estaba seguro que tendría que hacerme cargo de mi problema antes de salir a mi última reunión de esa tarde si no quería reventar ahí mismo.

Sintiendo la fuerza autónoma de mi miembro inferior, me puse de pie y me dirigía al baño de mi habitación cuando sonó mi teléfono, era una llamada de la oficina.

–Dime, Katie – cerré la puerta del baño tras de mí.

–Aquí está la señorita Swan, viene a hacer una devolución, Señor – dijo con voz y tono profesional y de inmediato me alerté.

–Entra a mi despacho y cierra la puerta.

–Sí, señor – respondió y claramente escuché cuando ésta se cerró.

–¿Qué diablos pasa?

–Isabella Swan está aquí con las copias de todos los recibos de sus servicios pagados y con un cheque, dice que no se irá de aquí hasta que no lo acepte. Está muy enojada, Edward.

–Está bien, pásamela y desde luego no aceptes ni un solo centavo de ella, Katie.

–Claro, Edward, voy a hacerla pasar para que hable aquí. ¿De acuerdo?

–Perfecto.

Me llevé los dedos al puente de mi nariz y lo pellizqué con fuerza. Oí como Katie la hacía pasar a mi despacho, le ofrecía asiento y salía dejándola sola.

–¿Qué significa esto? – fueron las primeras putas e histéricas palabras que escuché de ella después de tantos días.

–No – grité –. Qué coño significa que estés en mi oficina haciendo un escándalo, Isabella, tienes dos segundos para entregarle el teléfono a Katie y otros dos para empezar a salir de ahí.

–Si no me acepta el cheque no me voy – me advirtió y traté de respirar hondo para calmarme.

–Tú no vas a ponerme condiciones, Isabella, ya arreglaremos esto cuando vuelva a casa – dije despacio conteniendo mi enojo. El que Isabella se portara bien por tanto tiempo era demasiado bueno para ser verdad.

–¿Y como cuando será eso? – preguntó con tono sarcástico.

–Eso no debe importarte, tú te vas a casa y te portas como lo que debes ser y si quiero me esperas una hora, un día o una puta eternidad, ¿entendido? – me controlaba para no gritar pero no lo estaba logrando.

–Más te vale que sea pronto, Edward, porque estoy a punto de salir a buscar a un Dom a quien si le importe y no me deje abandonada.

–Cuida tus palabras, Isabella – dije muy despacio.

–Mejor tú cuida lo que es tuyo porque estoy empezando a cansarme de estar sola.

Lo siguiente que escuché fue como cortó la llamada. Me quedé mirando el teléfono como si éste fuera a darme alguna puta explicación. Cerré los ojos y los oprimí tan fuerte como mi mano alrededor del teléfono. Esperé unos cuantos segundos y presioné la tecla con su número en la marcación rápida. No me contestó y mi furia creció.

–Katie – dije antes de que pudiera decirme algo –, cancela mi última junta y adelanta mi vuelo, salgo para el aeropuerto en este mismo momento.

Una hora y media después mi avión despegaba del Charles De Gaulle rumbo a Londres. Mientras el artefacto tomaba altura, repasaba sin cesar las palabras que Isabella se había atrevido a decirme. Me había echado en cara mi falta de atención y mi ausencia. Por un lado me repetía a mi mismo que ella no tenía idea de porqué lo hacía, que solo estaba reaccionando impulsivamente pero por otro, no perdonaba la total falta de respeto que había tenido hacia mí. Pero lo dicho, dicho estaba y ya no había vuelta atrás.

La hora que duraba el vuelo de París a Londres se me hizo eterna. La azafata, que no era la misma rubia de los bien colocados senos, me había llevado ya cuatro vasos de whisky. Aunque ya estaba menos tenso, mi enojo no había bajado. Dejé escapar una maldición al sentir mi polla que como una burla, luchaba dentro de mi ropa con la sangre corriendo a través de ella para mantenerla firme, erecta y ancha, y que con tanto tiempo de estar fuera del juego sentía que pronto me iba a estallar junto con las bolas que me dolían como nunca.

Jadeé y presioné mi mano contra mis doloridas partes aunque sabía que toda esa tortura solo se aliviaría estando dentro del cuerpo de Isabella, follando ese estrecho coño que me tenía embrujado. Tenía que llenarlo, inundarlo de mí. Quería deleitarme con el sabor de su esencia y beber sus jugos porque comenzaba a pensar que esa enferma necesidad que me estaba obsesionando era por el simple hecho de no poderlo tener.

Negarme el acceso a esa parte sublime de su cuerpo me estaba conduciendo a la locura. Sacudí con fuerza la cabeza para intentar tener mis pensamientos claros pero la imagen de mi boca disfrutando de ella no era algo fácil de ignorar. Todo mi maldito plan se había ido a la mierda porque Isabella no había respondido como la sumisa que pretendía ser; me había amenazado, me había dado un ultimátum y con eso me estaba obligando a llegar a ciertos extremos que nada le iban a gustar.

Bajé del avión al llegar al hangar privado donde Dean ya me esperaba.

–¿Hubo algún problema?

–Parece que Paul tuvo algunos, señor, pero ya todo está bajo control.

–¿En la oficina?

–No, Señor, para llevarla a la casa, no quería ir.

–¿Algo más que deba saber?

–Es todo, señor – asentí y miré mi reloj.

Llegamos a casa y bajé del auto a toda prisa; Dean se ocupó de mi equipaje mientras fui a mi estudio para tomar una copa de brandy antes de subir con Isabella. Intenté tomarme mi tiempo y relajarme un poco porque si bien sabía que no era correcto que fuera a encontrarme con ella bajo la influencia del alcohol, también sabía que no podría esperar hasta el día siguiente para exigirle una explicación de lo sucedido esa misma tarde.

Cuando sentí que estaba un poco más controlado, salí de mi estudio pero conforme comencé a subir las escaleras, mi ira recobró fuerzas. Con pasos largos y presurosos llegué hasta su puerta y antes de entrar me detuve apoyando una mano en la pared y la otra presionando el adolorido ya puente de mi nariz, dudando. Respiré profundamente varias veces y entré.

La habitación no estaba a oscuras, una tenue luz alumbraba lo suficiente, como si estuviéramos a la luz de una sola vela, pero me dejó distinguir una vez que estuve lo bastante cerca de la cama, el cabello color chocolate de Isabella esparcido por toda la almohada. Brillaba e invitaba a acariciarlo, a enredar mis dedos en él. No podía ver su rostro porque estaba del lado contrario a la luz; tampoco podía distinguir su esbelta silueta porque estaba debajo del grueso edredón, apenas parecía que hubiera alguien ahí pero el suave ruidito que hacía al dormir la dejaba en evidencia.

Isabella dormía pacíficamente, sin que al parecer nada la perturbara. No se veía preocupada, ni molesta. Estaba tan relajada que hasta a mí me confundió. De un tirón jalé el edredón que la cubría para encontrarla envuelta en una de mis pijamas.

–Levántate – dije fuerte y se removió despertando sobresaltada.

–¿Qué pasa? – preguntó confundida pestañeando sin cesar.

–Te quiero en cinco minutos en el cuarto de juegos.

Salí de ahí hacia mi habitación. Necesitaba poner distancia de por medio aunque fuera por unos minutos. Me desvestí y me lavé la cara y las manos. Me puse el pantalón suelto de seda negro y me dirigí al cuarto de juegos. El pasillo se me hacía muy largo y mis pasos se hacían más apurados hasta que llegué a la habitación lila. Sentía que hacía mil años que no entraba ahí. De pie junto a la puerta, estaba Isabella mirando al suelo con la bata de seda negra, con el cabello suelto y descalza.

Abrí la puerta y la dejé pasar. Podía ver el ligero temblor que tenía su cuerpo pero no podía verle el rostro, se mantenía con la mirada fija en el suelo. Fue directamente hacia la mesa y esperó por mis instrucciones pero yo tenía otros planes para ella esa noche.

Avancé al centro de la habitación y con un brazo jalé las poleas que sostenían el columpio y un arnés que colgaban del techo.

–Arrodíllate – le ordené y antes de obedecerme me miró intrigada.

Comprobé que estuvieran bien aceitados tanto los rieles como las poleas y luego me dirigí al cajón donde guardaba todos los aditamentos para utilizar el arnés. Saqué los largos cinturones de fuerte algodón prensado así como también los puños recubiertos con piel de llama diseñados para no lastimar la piel y algunos juguetes.

Me acerqué a ella y puse mi mano alrededor de su cuello; entendió que la quería de pie y sin dudar se levantó. Me puse detrás de ella y comencé a quitarle con mucha lentitud la bata de seda. De haber estado frente a ella hubiera tenido que ver sus senos perfectos con sus puntas rosadas y la separación entre ellos, su ombligo que marcaba la mitad del descenso hasta esa parte de ella a la cual me estaba prohibido llegar de la forma en la que yo necesitaba, pero lo que me era imposible evitar mirar, era esa magnífica espalda que culminaba en ese derrière que quitaba el habla y que daba paso a sus simétricas y blancas nalgas.

Mi polla, que ya había cobrado vida desde hacía un rato, se erigía poderosa bajo mis holgados pantalones, latiendo con fuerza por el flujo de sangre que corría dentro de ella. Buscaba alivio y no dejaría de hacerse presente hasta que encontrara la forma de liberarse y así calmar su desasosiego.

Acaricié despacio en interior de su brazo con las huellas de mis dedos. La sentí estremecerse y continué rozando mis dedos hasta llegar a la palma de su mano donde hice algunos dibujos en círculo. Su respiración se agitaba mientras mi polla enfebrecida recibía el mensaje. Tomé los puños y los coloqué cuidadosamente en sus muñecas asegurándome que tuvieran la presión exacta; hice lo mismo en sus tobillos, arrodillándome aun lado de ella sin dejar de acariciar sus piernas de piel cremosa y suave, paseando mis dedos por detrás de sus rodillas y subiéndolos de pronto hasta el interior de sus muslos llegando a la unión entre estos, sintiendo la cálida humedad que emanaba de su centro.

Un ligero gemido ahogado salió de su garganta y sin perder tiempo en cavilaciones tontas inserté un dedo entre sus pliegues y lo hundí en su entrada. Un sonoro jadeo se escuchó en la habitación, un jadeo sin reparos que vino en respuesta al movimiento de mi dedo en su interior caliente. El embiste de mi dedo era suave, provocador, tenía un propósito bien definido y que al parecer estaba cumpliendo.

Toqué su punto G y su cuerpo se sacudió pero aún no era hora. Saqué mi dedo y me puse de pie una vez que me cercioré de que sus ataduras estuvieran perfectamente seguras. La acerqué hasta el arnés y las cadenas y la detuve frente a ellas. La incertidumbre cubría su rostro, no era miedo, no era angustia, solo el no saber que acontecería en un momento más.

Sostuve el arnés y lo acerqué a ella.

–Mete las piernas aquí – dije sin mayor ceremonia e Isabella se introdujo en el arnés como le indiqué. Lo subí hasta su cintura y comprobé que estuviera libre la mayor parte de su cuerpo inferior. Seguí colocando el arnés superior asegurándome que sus senos no fueran tocados por los cinturones y una vez listos todos los amarres, los de su cuerpo y los de sus brazos y piernas, me puse al fin frente a ella y la miré directamente a los ojos.

Isabella me miraba nerviosa y bajó la mirada. Sostuve su barbilla entre mis dedos y la levanté.

–Repite todo lo que me dijiste al teléfono.

Ella abrió los ojos desmesuradamente sosteniéndome la mirada y tragó en seco pero no dijo ni una sola palabra.

–Voy a pedírtelo una vez más, Isabella, repite lo que me dijiste esta tarde.

Miró hacia otro lado repentinamente, como si se hubiera armado de valor.

–Pudiste haberte librado de otro castigo, mi querida…

Me di media vuelta y tomé un pañuelo negro de seda para vendarle los ojos pero al ponérselo, dudé.

–Creo que en esta ocasión me gustará que veas todo lo que voy a hacerte – sonreí para intimidarla pero ella no parecía estarlo, solo su pecho subía y bajaba con un ritmo acelerado.

Dejé al pañuelo a un lado y tomé unas pequeñas pinzas, mucho más pequeñas de las que había usado con ella antes y que causaban un poco más de dolor si no se colocaban exactamente rodeando el pezón.

–¿Las recuerdas? – le pregunté acercándome a su boca –. Estoy seguro que si.

Abrí mis piernas y me incliné para poder tomar sus pezones en mi boca. Esos mismos dulces pezones que me excitaban por esa respuesta inmediata que tenían hacia mi. Mis labios y dientes se cerraron sobre uno de ellos, estirándolo y mordiéndolo con irónico cuidado; al sentirlo transformarse en una dura y filosa roca entre mi boca hice lo mismo con el otro pezón. Isabella hacía esfuerzos enormes por no responder sonoramente al ataque a sus pezones mientras que yo sentía que tanto mi polla como mis bolas doloridas explotarían por tanto deseo acumulado.

Con una de las pinzas bien abiertas, rodeé su pezón y ella gimió. Estaba inmóvil ya que sabía que de moverse, podría colocarlo mal y el dolor sería insoportable y la presión podía hacerla sangrar. La miré estudiando su reacción; parecía que la pinza estaba en el lugar correcto así que continué con la otra.

Isabella tenía los ojos cerrados, su respiración llevaba un ritmo constante tratando de controlar el dolor y a ella misma pero yo no la quería así, la necesitaba fuera de control, la necesitaba rogando por su liberación, la quería al borde de la locura, justo en el insano límite de la razón.

Con mis dedos presioné sus mejillas obligándola a abrir sus labios para mí. Con urgencia me apoderé de su boca e introduje mi lengua con violencia, reclamándola, bebiéndomela. Gemí al sentir que sus manos se enredaban en mi nuca y di un paso a atrás separándome de ella. Alcé un brazo y jalé con cierta presión la cadena que tensaría los cinturones de sus extremidades. Isabella me miró angustiada y jalé de otra cadena, la que elevaría su cuerpo hasta la altura que yo quisiera. Ella cerró los ojos y se tensó.

–Relájate, Isabella, no quiero que te lastimes – dije sarcástico mientras la veía hacer esfuerzos por mantener equilibrado su cuerpo que colgaba del techo –. No luches, no servirá de nada.

Le decía mientras jalaba de la cadena hasta dejar su cuerpo horizontal y sus piernas bien abiertas. Pasé un brazo por su cintura para pegarla a mi cuerpo y antes de darle otro beso, hice vibrar las pinzas en sus pezones. Ella jadeó y mi polla se estremeció mientras mi lengua asaltaba su boca, queriendo aliviar un poco mi deseo, pero lo único que conseguía era aumentarlo.

Maldije mi debilidad, mi poca fuerza de voluntad ante ese cuerpo que despertaba en mi las pasiones más insanas pero así también despertaba en mí un sentimiento que aunque ya había admitido tener, me costaba mucho esfuerzo tratar de entender pero sobre todo de manejar y ese sentimiento, era la necesidad de protegerlo, de amarlo, de venerarlo…

Pudiera escucharse contradictorio y lo era, pero aún más para mí porque ese nuevo sentido de necesidad que apenas conocía no se comparaba con el de antes. No era material sino algo que iba más allá de eso, algo que surgía imperioso, que me hacía querer procurarle los cuidados más tiernos y suaves, hacerla reír, sentirse segura, ver por ella en todos los aspectos y si no fuera yo un ser complejo, pudiera decir que…

Sacudí mi cabeza y al abrir los ojos el cuerpo de Isabella flotaba frente a mi. Era hora de que enfrentara las consecuencias de sus acciones. Sobre la mesa había una fusta y un látigo de castigos.

–Seré benévolo contigo y te daré a escoger con qué objeto quieres que empiece, Isabella, hoy será tu decisión – se los mostré y sus ojos se agradaron. Dudaba.

–Mientras más te tardes, más tiempo pasaremos aquí – suspiró nerviosa.

–El látigo de castigos, Señor – dijo con voz débil.

–Muy bien, ése ha sido tu deseo.

Con un rápido movimiento jalé la cadena y su cuerpo se posicionó verticalmente; con el látigo en una mano y la cintura de Isabella en la otra sosteniéndola para que no se moviera, dejé caer el primer azote del látigo en una de sus blancas y perfectas nalgas de porcelana. No gritó, en lugar de eso masculló algo entre dientes tensándose al sentir el golpe.

El solo ruido del látigo chocando contra su carne hizo estremecer mi cuerpo, hinchando mi pecho de un sentimiento de gozo que antes no me habría parecido enfermo, pero aún así lo disfruté. Inhalé profundamente y cuando su cuerpo se relajó un poco levanté la mano de nuevo dejando caer el látigo en el otro blanco glúteo. Esta vez esa sensación corrió como un disparador instantáneo despertando en mi deseos más oscuros, queriendo provocar en ella reacciones más intensas, más fuertes que el grito que ya no pudo contener.

Era hora de quitar las pinzas, por nada del mundo quería dañar esos pezones tan tiernos; con mucho cuidado me incliné y muy despacio presioné los extremos de una y ésta se abrió. Capturé en mi boca el pezón libre y lo succioné haciéndola gritar y arqueando su cuerpo que mantenía firme con un brazo alrededor de su cintura.

–¡Basta! ¡Basta!

–No puedo detenerme, mi Bella, tengo que activar de nuevo la circulación de la sangre en este pequeño – murmuré con el pezón aún entre mi boca y continué con la succión hasta que lo sentí tibio otra vez. Repetí la misma acción con el otro pezón y el grito de Isabella fue más fuerte, pero no me detuve hasta que su punta recobró el calor entre mi boca.

–Sé que lo disfrutas pero como bien sabes, esto es un castigo.

Dije deteniéndome, excitado como nunca al sentir como la temperatura de mi cuerpo subía descontrolada. Pasé mi mano alrededor de su rodilla suavemente y subí su pierna hasta rodear mis caderas dejando libre el acceso a su centro y acerqué hasta ese punto un pequeño vibrador que tenía en la otra mano. Lo encendí y toqué con él su pequeño y sensible botón lleno de terminales nerviosas.

Isabella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo como si estuviera sufriendo la mayor y más despiadada de las torturas; se removía desesperada pero mi mano alrededor de ella la mantenía firme contra mi cuerpo. Yo sabía que esa reacción se debía a los tantos días de abstinencia, exactamente los mismos días que yo había tenido y que sin embargo me las arreglaba para liberarme aunque fuera por mi mismo pero ella no tenía ese permiso, no se podía tocar y mucho menos estimularse sola y aunque era algo perverso estaba dando los resultados que esperaba porque ya casi la tenía en el punto que quería.

Subí una velocidad más al aparato e Isabella mascullaba entre dientes, apretaba los puños y luchaba por cerrarme el paso a su excitado y empapado coño. Movía la pierna que no tenía totalmente restringida con la cadena pero no le servía de nada. Colgada del arnés no tenía la misma fuerza para impulsarse y moverse, además que tampoco podía mantener un equilibrio que la ayudara a luchar contra mi.

–No te atrevas – dije al darme cuenta que estaba cerca del orgasmo y jadeó a punto de rendirse –, te lo advierto.

Mi voz tenía un ligero temblor y enfurecido por estar perdiendo el control, aventé el vibrador y jalé las cadenas dejando la parte superior de su cuerpo colgando hacia atrás y sus caderas a la misma altura de las mías.

–¡Edward!

Gritó sorprendida por el abrupto movimiento que la dejaba completamente expuesta y dispuesta para mi. Me deshice de mi pantalón y mi polla brincó libre y hambrienta. El intenso dolor en mis ingles casi me hacía doblarme un poco pero no me importó porque sabía que pronto desaparecería. Tomé mi polla en mi mano y acercando a Isabella por la cadera, acaricié su hinchado botón con la dura punta. Casi desfallezco al contacto, al sentir mezclarse las gotas de mi líquido preseminal con su más que palpable humedad que iba recogiendo en su entrada y que la subía hasta su clítoris con mi polla.

–Si lo que quieres es tenerme siempre aquí complaciéndote, hay otras formas de pedírmelo, Bella – dije con voz muy ronca y oscura, cargada de deseo mientras que de un duro empujón de mis caderas la embestí con fuerza, adentrándome en su delicado cuerpo que pedía mi no muy delicada atención.

Isabella gritó y movió las manos tratando de asirse de lo que fuera que estuviera a su alcance pero en esa posición que iba en contra de la lógica gravedad, era imposible. Prácticamente la estaba follando al aire y si la sensación era tan increíble para ella como lo estaba siendo para mi, no tardaría mucho en acercarse de nuevo al orgasmo que estaba seguro no podría dominar esta vez.

Mis manos en sus caderas la detenían cada vez que arremetía contra ella, impulsándome para penetrar más profundamente y cada vez que me enterraba en ella, un grito escapaba de su garganta pero no me podía detener ya que no era un grito angustiado, un grito de miedo, no. Era un grito necesitado, urgente de más, de mí…

–¿Vas a largarte a buscar a otro? ¡Dime! ¡Dímeloo!

Le exigía una respuesta mientras me clavaba en ella sin reparos, empujando sin contemplación. Yo solo quería reclamarla una vez más como mía, marcarla, embriagarla de mí. Mi pene entraba y salía de ella como si fuera su último cometido y yo estaba dejando todas mis fuerzas en ello, por manejarla, por tenerla, por dominarla, porque fuera total y absolutamente mía.

Sus piernas apretaron mis caderas y una ligera tensión comprimió mi polla.

–No puedes correrte…

Ella gimió y la tensión aumentó así como mis embestidas que la acercaron más. Entonces se dejó ir cerrándose por completo alrededor de mi pene provocándome un dolor exquisito. Isabella convulsionaba colgada de las cadenas y en mis manos que la sostenían. Se retorcía como una sensual serpiente haciendo los movimientos más hermosos y sus gemidos y jadeos no estaban ayudándome a mantenerme centrado. Isabella se corrió como nunca, sin importarle mi orden. Ella solo disfrutaba del huracán de sensaciones que la envolvía sin importarle nada más a su alrededor.

La dejé gozar de su aniquilante orgasmo y antes de que empezara a relajarse mis arremetidas se hicieron más intensas. Mi mente dejó de analizar, de buscar concentrarme, de controlarme, solo seguí mi instinto que me pedía continuar con más y más ímpetu. Embestidas atropelladas y abrasantes fueron las que su cuerpo fue recibiendo de mí y que para mi sorpresa no pendía débil colgado del arnés y las cadenas desmadejado y cansado. Isabella estaba haciendo un esfuerzo por conservar un poco de fuerza para recibirme cada vez que entraba en ella. Era una sensación indescriptible ver y sentir a mi mujer mantenerse firme para complacerme.

Sí, a Isabella le importaba su liberación, pero también la mía y me estaba dando la mejor de las pruebas. Mi satisfacción llegó mucho antes de estallar dentro de ella al ver su respuesta. Al ver en ella a una mujer sin egoísmos, con miedos pero con fe en mí y no la iba a desilusionar.

Empujé mi pelvis varias veces más y comencé a sentir mi sangre correr impetuosa por todo mi cuerpo. Mis ingles se tensaron al igual que mi abdomen bajo y claramente pude sentir como me iba derramando en ella llenándola de mi néctar caliente. Grité y ella lo hizo también mientras que con el último par de empellones me aseguraba de dejarla inundada de mi cuando de pronto, Isabella empezó a comprimirme en su interior. Jadeé fuerte. Saboreando la deliciosa presión que hacía sobre mi polla, exprimiéndome, extrayendo todo de mi.

Mi corazón latía acelerado, juraba que estaba por salírseme del pecho. Mis piernas me temblaban así como todo mi cuerpo y solo me abracé a ella cayendo de rodillas y saliendo precipitadamente de su interior. Respiraba por la boca, agitado y tratando de recobrar el aliento. No tuve noción de cuanto tiempo permanecí así pero no me moví, ni me percaté de nada hasta que escuché gemir a Isabella en un intento por recobrar el equilibrio.

Me levanté de inmediato aún muy tembloroso y la abracé antes de aflojar las cadenas que la dejarían de pie. Isabella se desvaneció en mis brazos al sentirse rescatada de esa incómoda posición y la recosté en el suelo mientras la despojaba del arnés y liberaba sus muñecas y tobillos. Con desesperación me apresuré para tomarla en brazos y al alzarla su cabeza cayó hacia atrás.

–Todo está bien, Bella, todo está bien – susurré mientras la recostaba en la cama pero no se movía.

La sostuve abrazada contra mi pecho y la mecía mientras acariciaba su frente y sus mejillas. Sus sienes estaban mojadas y sus pestañas aún brillaban por las lágrimas. Miraba su rostro y veía a la niña de coleta y cuerpo andrógino. A la chiquilla triste y delgada. A la jovencita con curvas suaves y pecho tierno. A la mujer que acababa de salir airosa de un juego para sumisas con mucha más experiencia. A la mujer que me demostraba que eran muchas sus ganas y mucho mi temor…

Cubrí nuestros cuerpos con las mantas y continué meciéndola. El cansancio me estaba venciendo pero no podía sucumbir, tenía que permanecer despierto para cuidar a mi mujer, a mi Isabella, mi Bella…*

*


*


*
Mi agradecimiento de corazón a Isita María que betea contra presión, a Lo por su mente pervertida como la mía, a Nani por todo su cariño y apoyo y a ustedes que me esperan y me leen.
Besitoo a todas…


Gracias http://pattinsonworld.blogspot.com
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