martes, 4 de diciembre de 2012

¿Quién soy yo?


Este capítulo va dedicado con mucho cariño para Lethy… ¡Feliz Cumple Chikiss!


¿Quién soy yo?


Nunca hagas apuestas. Si sabes que has de ganar, eres un pícaro; y si no lo sabes, eres tonto.

Confucio

JAKE'S POV


El Big Ben se erguía majestuosamente iluminado viendo pasar el Támesis a sus pies. Casi las cinco de la madrugada y los toques de un nuevo día se iban alzando en el azul rey que pintaba el cielo. Un contraste que quitaba el aliento.


Los cubos de hielo hicieron el característico ruido al chocar con el cristal al dejarse ir con el vaivén del whisky mientras mecía el vaso sostenido por mis dedos. ¿Seis?, ¿ocho?, ya había perdido la cuenta de cuantos llevaba pero esa noche no me importaba nada, ni esa noche ni ninguna otra.




Me llevé el vaso a los labios y de dos tragos me bebí su contenido; suspiré y me incliné para tomar la botella y llenar mi vaso otra vez pero estaba vacía. La aventé sin que me importara llegar a romper algo del penthouse que ahora me pertenecía. Lujoso, frío, masculino y enclavado una de las mejores y más exclusivas zonas de la ciudad. Tenía una vista inmejorable y los impresionantes ventanales que sustituían las paredes no dejaban duda a ello, podía ver todo Londres desde ahí, a mis pies al fin.

“Usted no va a encontrar nada mejor que esto, señor. Un penthouse como este en One Hyde Park es lo necesita pero sobre todo, lo que un hombre como usted se merece.”

Susurraba a mi oído la amable y muy hermosa señorita Elena Cassidy, mi corredora de bienes raíces, decoradora y complaciente compañera de cama desde que había iniciado la transacción de la compra de la propiedad y por la que ella se estaba llevando una más que jugosa comisión.

Lo había logrado y no habría poder humano que me sacara de ahí y mucho menos después de haberla encontrado.

Me acomodé en el cómodo chaise lounge que adornaba mi salón y bufé al ver el enorme piano de cola negro a un lado junto al ventanal. Un puto piano. ¿Quién carajos tocaría ese piano pendejo alguna vez? Ciertamente yo no. Yo no tocaba ningún instrumento que no fueran un par de herramientas o un cuerpo femenino. Esos eran mis instrumentos, los mas preciados para mí, con ellos sí que podía hacer música.

Así fue desde pequeño. Yo nunca tuve un momento de indecisión sobre lo que quería ser cuando fuera grande. Siempre tuve en mis manos las herramientas de juguete que mi padre tuvo a bien regalarme para mantenerme entretenido mientras lo acompañaba a la planta; eran sólo unos simples juguetes. Lo que nunca imaginó, fue que ese mundo me absorbiera y se metiera bajo mi piel.

William, “Billy” Black era un buen hombre. Pasó repentinamente de ser alguien dedicado cien por ciento a levantar su agencia automotriz, a ser un hombre solo con un bebé de menos de diez días de nacido. Él nunca cuestionó si era o no el padre, simplemente se hizo cargo de mí lo mejor que pudo. Nunca me dejaba sólo, me llevaba con él a todas partes y se preocupó siempre por mi bienestar.

No teníamos familia. Él dejó la reservación a la que pertenecía por una rencilla sin importancia que un tiempo después se arregló frente al consejo Quileute y regresaba de vez en cuando, pero cuando llegué a su vida no volvió nunca más, ni siquiera de visita y se concentró a vivir en un mundo en el que se olvidó por completo de sus raíces aunque las extrañaba. Yo no entendía el motivo de su decisión, era muy pequeño, pero si él así lo había decidido entonces estaba bien.

Crecí y tuve una vida tan normal como la de cualquier otro niño. A veces me molestaban en la escuela diciéndome que no tenía mamá y yo me defendía por orgullo propio, no por defender a una madre que nunca tuve y a la que nunca extrañé. ¿Cómo extrañar algo que nunca tuviste?, ¿algo que nunca conociste?

A mí lo único que me importaba en esos momentos era no parecer débil. Luchaba lanzando golpes al por mayor y siempre salía bien librado hasta que en una ocasión, un chico más grande que yo me dio más fuerte. Llegué a casa con un ojo hinchado, el labio partido, la nariz sangrando y una nota para mi padre donde le comunicaban que estaba expulsado por tres días. Él, muy contrario a las veces anteriores a las que había llegado a casa después de un pleito y se había quedado callado al terminar de revisarme, esa vez si tuvo algo que decir…

–Ella nunca valdrá ni uno sólo de los golpes que recibas, Jacob. Esa mujer no vale nada, nada. Es una cualquiera que no tuvo ni el más pequeño sentimiento por su hijo y lo abandonó sin mirar atrás. No merece que la defiendas así y mucho menos que llores por ella.

–No lloro por ella, papá –dije tragándome mis lágrimas mientras me limpiaba el labio–. Lloro porque no gané y todos se burlaron. No me gusta que se burlen de mí… no me gusta que me llamen cobarde.

En realidad eso era lo que sí me dolía. Que me picaran el orgullo me podía más que cualquier cosa. Nada me importaba y podía pasar de todo menos eso. No me fastidiaban las letanías de mi padre repitiéndome que la vida era una puta que te revolcaba entre sus piernas justo como lo hacían las mujeres. Que no me debía fiar de ninguna porque no había ni una sola en este mundo que fuera sincera y que si no le creía que viera porqué estábamos solos. Que debía aprender a manejarlas y a no dejarme embaucar como lo había hecho él, creyéndole a mi madre que le juraba amor eterno y luego desapareció por meses para luego regresar y abandonarme en sus brazos.



Y así crecí, de la mano de mi padre con nuestros eternos fines de semana encerrados en la planta donde pasaba el tiempo jugando con los motores y ensuciándome con la grasa, aprendiendo de lo que veía, de lo que me enseñaban los trabajadores y mecánicos, durmiendo en el sofá de la oficina y comiendo comida chatarra hasta que Billy Black decidió que era tiempo de que su hijo recibiera una mejor educación para que aprovechara ese potencial que él decía que tenía y tuve que despedirme de mi papá aunque yo no quería irme.

Yo era feliz con él y con la vida que llevábamos. Teníamos una casa grande y hermosa con un gran jardín para mi perro. Autos fabulosos que yo disfrutaba con tan sólo verlos estacionados en el garage y que presumía con mis amigos de la escuela cuando los invitaba para pasar el día en la alberca. Yo no necesité de nada más hasta que entendí que si quería cumplir el sueño de que nuestra planta fuera enorme, como aquellas muy famosas que fabricaban esos autos fantásticos, era necesario dejar mi casa e irme lejos para aprender.

Llegué a Canadá a mi primer internado cuando tenía apenas once años. Todavía era un chiquillo que por las noches extrañaba el olor de sus sábanas, su almohada y a su perro. Un niño que tuvo que defenderse desde el primer momento en el que puso un pie en las duchas porque se burlaron al ver que en efecto, aún era un niño que se estaba empezando a desarrollar. Cuanto deseé llamar a mi padre para que fuera por mí y regresáramos a casa, pero sabía que eso sería defraudarlo y él creía en mí. Me estaba dando la oportunidad para ser mejor que él y yo debía aprovecharlo. Eso me había dicho Simon, el mecánico más viejo de la planta y al que yo conocía desde que tenía uso de razón. Por eso me aguanté y peleé con todas mis fuerzas cada vez que me molestaban.

Después de Canadá fue Italia, donde pude estar muy cerca de la Escudería Lamborghini y ver de primera mano cómo eran creados los mejores autos del mundo; fue cuando comprobé que mi amor y pasión por los automóviles no era sólo un hobbie. El ver como eran diseñados, como se trazaba cada línea, como se tomaba en cuenta hasta el más mínimo detalle y poder observar como todo ese planeamiento pasaba de un papel, de una pantalla a tenerlo por fin frente a mis ojos, hacía hervir mi sangre, calentaba mi piel y provocaba que mi corazón latiera excitado a la par de la aceleración del motor en marcha.

Eso era demasiado para mí y no quise nada más en mi vida que poder crear esa magia como lo hacían ellos.

Me puse de pie y volví a mi habitación. Elena dormía en mi cama, claramente víctima del agotamiento; me acerqué a ella rozando mi nariz en su hombro y no se inmuto, tal vez ni me sintió. Casi no podía escucharla respirar, parecía como muerta, sólo un imperceptible sonidito parecido al zumbido de una abeja muy silenciosa y el leve movimiento de sus tetas que bajaban y subían al ritmo de su respiración me indicaban lo contrario.

Sonreí. Siempre era lo mismo.


Me moví colocándome de rodillas en la cama, entre sus piernas, y me incliné sosteniéndolas alrededor de mis caderas mientras me inclinaba para besar suavemente el espacio entre sus duras tetas. No dio señal de vida tampoco. Dejé caer sus piernas sin delicadeza, abriéndolas para rozar con la punta de mi erecta y hambrienta polla su clítoris, para pasarla una y otra vez por ese botón sensible que de inmediato la despertó preguntando somnolienta…

–¿Qué… qué pasa?


–Te has quedado dormida en horas de trabajo, cariño.

De un fuerte empellón me clavé en ella provocándole un grito angustioso.

–¡Despierta!

Le di una nalgada con toda la fuerza de mi mano, haciendo que chillara de nuevo. Sus piernas nuevamente alrededor de mis caderas se apretaron no sabía si por la nalgada que le había dado o por sentirme tan profundamente en su interior.

Subió las manos sobre su cabeza con desesperación, buscando sostenerse de algo para mitigar cada embestida que recibía de mi urgente polla. Mis manos colocadas bajo sus muslos la acercaban a mí para enterrarme dentro de ella. La había tomado por sorpresa y eso hacía que no me respondiera como me gustaba.

–¡Apriétame!

Le ordené asestándole otra nalgada en la nalga al aire y su interior comenzó a masajear mi polla. Jadeé ligeramente y la sentí tomarme con más fuerza. Mis bolas comenzaron a hervir, a endurecerse más si es que eso era posible. Empujaba con más fuerza dentro de ella provocando que nuestras carnes chocaran al igual que su cabeza ya lo hacía contra el cabecero de la cama por la potencia de cada empellón. Salía de ella completamente, despacio y luego arremetía con todo contra ese coñito que luchaba por darme lo que yo quería.

Los gemidos y jadeos calientes y sensuales de Elena llenaban toda la habitación. La miraba retorcerse de placer y no podía dejar de admirarla; era toda una beldad, su cuerpo, su piel, su cara… era hermosa, sí, preciosa, pero nunca como ella…

El recuerdo de esa cara, de esa piel y de ese cuerpo me transformó y sin que me diera cuenta cómo, dejé salir un poco de mi temperamento impulsivo, ese que siempre mantenía bajo control.



De un intempestivo movimiento la giré colocándola en cuatro y sosteniendo sus caderas para mantenerla quieta y firme mientras de nueva cuenta, me introduje en ella sin miramientos para follarla por detrás. Embestí con tanta fuerza que sus brazos no la sostuvieron y los dobló quedando con la mejilla contra el colchón, regalándome un ángulo más profundo para cogérmela con más urgencia, con desesperación, con una prisa animal para liberarme dentro de su cuerpo.




Sus nalgas contra mi pelvis, mis jadeos contra sus gemidos, sus deseos contra los míos y en cuestión de pocos minutos, mientras mil imágenes de viejos recuerdos que se agolpaban en mi mente, me corrí con una intensidad insana pero aliviadora. Caí tumbado al lado de la mujer que había hecho un esfuerzo descomunal para mí y que yacía tendida intentando recuperar el aliento. Cerré los ojos y la oscuridad llegó a mí.

Me desperté en menos de una hora. De un salto salí de la cama y miré a la mujer que dormía en mi cama; bufé y caminé hacia mi baño. Bajo el frío chorro repasaba en mi mente mis actividades del día. Me esperaba un día tranquilo en mi restirador. Me gustaba hacer los diseños a la antigua, a lápiz, con mis reglas, línea por línea, detalle por detalle, esa era la forma en la que disfrutaba haciéndolo y aunque contaba obviamente con lo último en tecnología para la agencia, nadie me podría quitar ese placer.

Me enrollé una toalla en las caderas y fui a la cocina para prepararme un batido con proteínas. Siempre había sido muy quisquilloso con el cuidado de mi cuerpo y el que no tuviera ni un sólo gramo sobrante de grasa lo demostraba. Tenía un cuerpo magro, musculoso, trabajado, y para mantenerme así lo más importante era la disciplina y la constancia.

Me vestí y cuando volví a la habitación, Elena retozaba semi despierta. Se tallaba los ojos y me miraba de arriba abajo, muy sonriente.

–Mmm, que lindo panorama –dijo estirándose y dando un gritito–. Podría acostumbrarme a esto cada mañana.

Bufé divertido al detectar la señal enviada. Era una pena en realidad, era muy buena en la cama. Me acerqué a ella dejando un beso en el tope de su cabeza; caminé hacia la puerta y me giré un poco mirándola sobre mi hombro.

–Deja las llaves sobre la mesa de la entrada antes de que te vayas.

–¿Qué dices? –respondió asombrada.

–Cuídate, preciosa.

Salí de ahí dando un portazo. Era una lástima pero no podía hacer otra cosa. ¿Por qué todas las putas mujeres querían lo mismo?, ¿no les bastaba con tener alguien que se las cogiera bien?, ¡no!, ellas siempre queriendo más. ¡Pedían!, ¡pedían!, pero no daban nada a cambio.

Las puertas del elevador se abrieron y entré mirando mi reflejo en las pulidas paredes de acero. Me gustaba mucho lo que veía. Un fino e impecable traje gris oxford hecho a la medida por los mejores sastres de Milán, zapatos de la Casa Lobb*, corbata de seda de gusanos cultivados y una percha inmejorable. Sonreí con autosuficiencia sin dejar de observarme mientras esperaba llegar al estacionamiento donde me esperaba mi nuevo juguete.  


 
El elevador llegó al sótano y cuando se abrieron las puertas, ahí estaba mi precioso McLaren F1. Era una increíble pieza de arte que brillaba por si sola. Solté el aire que estaban aguantando mis pulmones y sonreí. No podía creer que uno de los únicos cien autos que había producido y ensamblado el Grupo McLaren me perteneciera. Era un sueño para mí, un hermoso sueño hecho realidad.

Me acomodé en su interior y ajusté como siempre hacía, los dispositivos antes de arrancar y poder oír su potente máquina. Su chasis de fibra de carbono y sus numerosos componentes de titanio, magnesio, kevlar y oro daban como resultado un auto que pesaba 1.140 Kg y aceleraba de 0 a 100 kilómetros por hora en sólo en 3,2 segundos. Una maravilla tecnológica ciertamente, y era mía.




Salí a las calles de Londres con los pies y las manos que me cosquilleaban por acelerar y conducir mi auto. No usaba chofer, me gustaba sentir como los neumáticos se adherían al pavimento debido al aceleramiento, me fascinaba sentir cómo me mimetizaba con la máquina formando un bólido que surcaba los caminos, pero ya era tarde y las calles estaban sumergidas en el caótico tráfico que odiaba.

Sin embargo, en pocos minutos llegué a la planta que estaba en las afueras de la ciudad una vez que tomé la carretera que me llevaba hacia allá. Era muy pintoresca y además era accesible para los trabajadores, así que no tuve mayor problema en elegir ese claro para instalar ahí la nave industrial.



Estacioné mi auto en mi espacio privado, muy lejos de miradas y manos envidiosas y como hacía todas las mañanas, pasé por cada una de las áreas de la planta. Mi pecho se hinchaba orgulloso al ver todos mis esfuerzos, todas mis noches de desvelo plasmadas en esos autos que se armaban ante mi vista. Una a una se les instalaban las piezas logrando así un engrane perfecto de motor y carrocería.


Aspiré profundamente y cerré los ojos, deleitándome con ese olor a aceite, a fierros, a soldadura que tanto me recordaba mi feliz infancia.


Mi padre iba a explotar de orgullo cuando conociera esta planta. Era la única que todavía no conocía pero estaría aquí para la inauguración. Porque antes de ser mi sueño, también era el suyo y yo sabía cuanto se había esforzado para que yo lo cumpliera pero…

¿Estaría igual de orgulloso si él supiera?

Sacudí mi cabeza y después de saludar a varios de mis jefes de zonas, subí a mi oficina para despejar los pendientes de la inauguración y poder concentrarme en mis diseños. Busqué a Clara, mi secretaria, para pedirle un batido de proteínas pero ella no estaba en su lugar. Carajo… tal vez hubiera sido mejor contratar a un hombre como asistente o a una mujer mayor y no a una chica como ella. Seguramente estaría chismorreando con las otras secretarias. Pensaba en darle un buen regaño cuando apareciera cuando me paré en seco y quedé frío.

James estaba sentado en mi silla y con los pies asentados en mi fino escritorio de caoba.



Un escalofrío recorrió toda mi espina dorsal haciendo que se pararan los pelos de mi nuca. Con dificultad me tragué una puta maldición y por instinto levanté la barbilla como muestra de defensa.

El infeliz me sonreía burlonamente, sabía que detestaba verlo.

–¡Jake! –asentía despacio mientras me barría con la mirada–. Mira que te sienta muy bien Londres, ¿eh? Cada vez que te veo luces… wow.

–¿Qué quieres, James? –pregunté sin rodeos.

–Hola para ti también –sonrió.

La puerta se abrió y una muy nerviosa y afectada Clara entró con un par de sándwiches dos coca-colas y los ojos llorosos.

–¡Ah! ¡Que eficiencia! –dijo sarcástico–. Tu asistente es muy buena, Jake, cuídala porque tal vez me la robe.


La chica al oír esto retrocedió chocando contra mi restirador moviendo todos mis implementos.

–¡Perdón!, ¡perdón! –dijo asustada–, lo siento, yo… con permiso.

Clara salió disparada de ahí. James le había puesto las manos encima, era seguro, así como también era seguro que me quedara sin secretaria, asistente o lo que puta madre fuera.

–Habla, James, ¿qué haces aquí? –pregunté directamente mientras veía como se devoraba los sándwiches.

–Se adelantará un envío –respondió sin rodeos. Solté una carcajada.


–Ay, James –me reí–. Me encanta como crees que puedes venir y ordenar envíos a tu antojo.

–¿No puedo? –preguntó con una falsa inocencia.

–No, no puedes.

–Yo creo que el que cree que puede negarse, eres tú, pero ¿sabes?... ¡Sorpresa!, ¡no puedes!

–¿Crees que es muy fácil ensamblar cierta cantidad de partes de autos a la medida de tu antojo? Eso implica tiempo/hombre y además mucho dinero, ¡mucho dinero, James! Todo lleva un proceso y yo no puedo modificarlo y mucho menos acelerar nada, creí que ya habíamos quedado muy claros en eso, así que tendrás que esperar.

–Vamos, Jake, no pongas pretextos estúpidos. Recuerda que yo no admito ninguna excusa, ya me conoces así que ahorrémonos esta mierda. Las cosas se harán como yo diga porque así deben hacerse.



Inhalé profundamente y cerré los ojos intentando contar hasta donde me fuera posible. Me mordí la lengua y no le contesté nada. James me tenía agarrado de las bolas y eso era algo contra lo que nada podía hacer.

El envío de refacciones y partes ensambladas de exportación tenía que salir en una semana y yo no tenía ni idea de cómo hacer para no dejar de producir el número de partes programado. El pagar horas extras a los hombres era contraproducente muchas veces porque se agotaban y ponía en peligro la calidad de los productos y contratar más hombres requería de tiempo y dinero para entrenarlos como era debido. Maldito James, siempre poniéndome en aprietos.

James se fue una vez que aclaramos todos los detalles pero dejándome más encabronado que nada. El asunto me ponía en extremo nervioso pero estaba maniatado, encadenado pero, ¿era justo?

Por un lado yo tenía mis agencias colocadas en las ciudades más importantes del mundo; había mucha demanda por los productos que yo ofrecía, porque eran de una calidad excelente. El sueño de los Black se estaba concretando aunque aún faltaba mucho. Eso, nuestro sueño, tenía un precio y yo estuve de acuerdo en pagarlo, nadie me obligó ni me pusieron una pistola en la sien. Yo solito acepté y no sabía si arrepentirme o no.

 Con calma recogí todo lo que se había caído de mi mesa restirador. ¡Puta madre! Mi buen humor se había esfumado y mi día dibujando también. Tenía que sentarme frente a la computadora tratando de hacer milagros para sacar ese puto envío y con eso me garantizaba librarme de James y de toda su mierda por varias semanas.

Llené un vaso de whisky y le puse algunos cubos de hielo. Era muy temprano pero lo necesitaba, lo necesitaba tanto como verla de nuevo. Abrí el archivo donde tenía guardadas muchas de sus fotos y elegí la más reciente. Mi pecho se llenó de un aire limpio y una sensación de paz inundó mis pulmones. Sentí cómo mis labios se curvaban en una amplia sonrisa y el estridente ruido de la planta cesó milagrosamente.

Una elegante mujer me sonreía desde la pantalla, con sus ojos marrones, sus largas pestañas tupidas y muy negras, su precioso cabello que olía a flores y que le caía sobre los hombros y espalda en suaves ondas y esos labios, esos deliciosos labios rosaditos que se hinchaban al primer mordisco.

Ella también era mi sueño, y también se iba a convertir en mi realidad.



Hice un close-up de su rostro en la pantalla y lo delineé con mis dedos. Qué bella era… ¿Cómo era posible que aquel patito feo y torpe se convirtiera en ese hermoso cisne? Si alguien me hubiera dicho en aquella época que se transformaría en esa exquisita mujer, me hubiera reído en su cara porque recordaba perfectamente cada detalle de ella desde la primera vez que la vi.

Estaba en Italia muy feliz aprendiendo, absorbiendo todo lo que podía y recibí los requerimientos de la universidad de Esslingen, en Alemania. Eran bastante específicos y si no los cubría no habría modo de entrar a estudiar ahí; conocimientos avanzados en física, matemáticas y manejo de tres idiomas al menos, así que tuve que dejar el suelo italiano y trasladarme a Suiza ya que el internado Du Rosey me ofrecía todo lo que necesitaba para poder estudiar mis carreras en Alemania y yo sólo tendría que aplicarme y estar centrado en mis estudios. Afortunadamente no era ningún tonto y todo se me daba bien. Tenía buena memoria, me gustaba el cálculo y lo único que necesitaba era no meterme en problemas, aunque eso iba a ser algo difícil porque además de todo, mi carácter era algo explosivo.

Las primeras semanas todo fue pan comido. Me sentía a gusto en el internado, con las clases y hasta tenía tiempo para jugar futbol. Hice unos cuantos amigos pero tan pronto conocí a James y a los chicos, que eran mucho más divertidos que esos Nerds, los dejé atrás. Ellos no estudiaban en el internado pero siempre andaban rondando por las afueras por si a alguno de nosotros se nos ofrecía algo, lo que fuera, no importaba qué. Ellos eran los proveedores de todos los internados del área y podían conseguir desde una cajetilla de cigarros, pasando por un condón, hasta una chica, claro, con la cuota correspondiente debido al riesgo de ser atrapados.

Era genial. Yo estudiaba y me divertía como nunca con James y la banda. Él me esperaba por las noches y yo me escapaba para ir a bar del pueblo cercano para tomar unas cervezas. Siempre decía que sólo sería eso, sólo una cerveza, pero no sabía como era que terminaba entre las piernas de alguna chica para luego regresar deprisa al internado. Todo marchaba muy bien, hasta el día que fue la inauguración de los juegos con los internados vecinos. Ése fue el sábado que la vi por primera vez.

No supe que fue lo que me hizo voltear la cabeza y mirarla por más de unos minutos. Era una niña flacucha, sin cuerpo y sin gracia. Era muy pálida y de cabello castaño oscuro al igual que sus ojos. A mí me gustaban las rubias de ojos azules y sin pecas en la nariz. Que tuvieran curvas, carne qué agarrar, no un saco de huesos sin tetas. Me gustaban las mujeres como su amiga, aquella que estaba colgada del mamón nariz de huele caca de Royce.

Molesto comigo mismo por distraerme con semejante espécimen, centré mi atención en el partido. Las gradas estaban colmadas de estudiantes que gritaban cada vez que algún jugador hacía un acercamiento a la portería. Di un pase y mi equipo pudo meter un gol que festejaron todos. El reflejo de su sonrisa llena de braquets casi me dejó ciego y volví a insultarme por no poder alejar mi mente de esa cosa.

Pasaron un par de semanas y nos tocó ir a jugar a otro internado. Salí a la cancha seguro de mí, confiado en que ganaríamos, pero todo se vino abajo cuando en las gradas vi al espécimen que tanto trabajo me había costado sacar de mi cerebro, sentada ahí luciendo unos jeans casi dibujados en su cuerpo con una blusita que lejos de remarcar lo plana y sin forma que pensaba que estaba, resaltaba lo poquito que tenía pero muy bien colocado.



Sus labios regordetes brillaban y me los imaginé entre mis dientes, jalándolos suavemente mientras mis manos acariciaban sus tetas pequeñitas y firmes. Jadeé llamando la atención de mis compañeros y decidí correr por toda la cancha para mitigar el puto dolor que tenían las bolas. La vi gritar y celebrar cada buen tiro que daba. Me enojé y al acabar el juego regresé al internado en una de las vans que cada media hora salían hacia allá. No me quedé ni a festejar que habíamos ganado ni a nada. No podía aceptar que tan sólo la presencia de una insulsa niña pudiera ponerme nervioso y afectarme de tal modo que me provocaba una dolorosísima y kilométrica erección.

Maldita niña. ¿Cuántos años tendría?, ¿trece?, ¿catorce? Seguramente todavía mojaba las sábanas por las noches y ya se sentía como si fuera una chica grande, como las que me gustaban, esas que estaban dispuestas a darme todo sin que me costara el menor esfuerzo. ¡Estúpida!


Conforme pasaban las semanas mi mal humor comenzó a notarse. James se burló de mí cuando le conté qué era lo que me tenía así y me dijo que no se me pasaría hasta que hiciera algo, que me lo tomara como un juego que me mantendría entretenido todo el tiempo que me costara meterme bajo sus tiernas e inocentes braguitas.

Durante un buen tiempo me acerqué a ella en un meditado avance aunque no tuve que hacer mucho. Ella, Bella, estaba mucho más que dispuesta a lo que fuera que yo quisiera pero una cosa era muy cierta, aún era una niña. Tan niña que me asustaba, me ponía los pelos de punta porque yo jamás había estado con una virgen pero en eso radicaba lo emocionante y divertido, según James, así que me propuse no sólo desvirgarla sino además volverla ansiosa de mí, de mis caricias, de sexo… le enseñaría muchas cosas, sobre todo lo que me gustaba y la volvería loca, con eso la tendría comiendo de la palma de mi mano. Sí, iba a ser un año muy divertido sin duda.

Y no me equivoqué.

Empecé a ir a todos los eventos que se organizaban entre los internados y así poco a poco me fui acercando a ella. Decir que era tímida era una mentira, ¡era lo siguiente! Me costó mucho lograr que nos empezáramos a alejar de los demás, de irnos a donde pudiéramos estar solos. Yo veía y sentía que ella se derretía de ganas pero algo la frenaba y creía saber qué era… su virginidad.

Por fortuna, anunciaron que se celebraría el baile de fin de cursos y todos los chicos estaban eufóricos. Empezaron las apuestas y no faltó quien se me acercara para preguntarme si entraba o no pero yo, si tenía algo era discreción y sabía que si quería lograr algo con Bella después de esa noche, debía callarme la boca.

Conté cada uno de los putos días en el calendario. Hice planes y preparé todo para hacerla mía en mi propia habitación. Al menos se merecía eso y no ser follada detrás de unos arbustos. Por fin la esperada noche llegó y Bella se veía preciosa. No podía esperar a tenerla y esa misma noche le pedí que fuera mi novia. Era una cursilería pero a las chicas les encantaban esas cosas.

Después de besarnos un rato, la guié hasta mi dormitorio. Estaba muy feliz por las rosas y por la iluminación tenue, por ver que había preparado algo aunque sencillo pero sólo para ella. Entre besos la recosté en la cama y empecé a desvestirla. De verdad era muy bonita y para mi no sería ningún sacrificio convertirla en una mujer experimentada en las artes amatorias, ¡ninguno!

Yo estaba muy excitado, demasiado, y ella muy nerviosa. Debía relajarla para que no le doliera tanto. La besé en los labios y poco a poco fui bajando hasta toparme con esas preciosas tetitas que también besé con devoción. La escuché gemir y supe que era momento de estimularla con mis dedos pero estaba tan ansioso que apenas la sentí humedecerse me introduje lo más despacio que pude dentro de ella.

Por Dios, era tan estrecha que me dolía abrirme paso en su interior pero Bella después del grito inicial, sólo trató de acoplarse a mí. Me moví con cuidado, no quería lastimarla y con esa preocupación y con mi goce por su estrechez, me corrí más pronto que de costumbre. Fue una noche que no olvidaría jamás.

***

Después de eso, mi trabajo era hacer que Bella perdiera el pudor así como había perdido la virginidad pero esa si que no fue tarea fácil. Todavía era muy tímida y me costó mucho hacer que olvidara todo lo que la reprimía y se dejara llevar porque aunque yo la había convertido en mujer, no me permitía tocarla como los novios lo hacían.


 
Afortunadamente sus amigas eran algo más sueltas y la animaban. En el salón de medios y después de rogarle entre besos y arrumacos, entre las computadoras, cámaras, bocinas y demás, toqué y probé sus tetitas bien dulces y firmes por segunda vez.

Enloquecí.




Su olor, su sabor, su piel nublaron mi razón y por un momento creí que hasta dejé de respirar. ¿Qué cosa me estaba haciendo esa niña?, me estaba embrujando, me estaba envolviendo en ese velo inocente y me hacía desearla como a nada ni nadie antes. Comenzamos a vernos por las noches detrás de las canchas de su internado; ahí, detrás de los arbustos nos besábamos sin control y yo saboreaba también sus tetitas. Ella gemía de placer y yo me hinchaba hasta no soportarlo más. Buscando alivio y también avanzar un poco más, tomé su mano y la puse contra mi abultada y tortuosa erección.

–¿Ves como me pones, Bella? –casi gemí con voz ronca. Sentí que intentaba retraer su mano y le rogué–. ¡No la quites!, no lo hagas, por favor…

–Jake… yo… –susurró apenas.

–No tengas miedo, es normal que me provoques esto porque te quiero y te deseo mucho –le decía mientras presionaba su mano y la movía en círculos sobre el bulto en mi pantalón.

–Es… es… muy grande –dijo tímida y asentí.

–¿Quieres verla otra vez?

Bella no dijo que si pero tampoco se negó, así que muy despacio bajé la cremallera de mi pantalón y mi bóxer para sacar mi polla. Su rostro era indescifrable. Me mataba no saber si estaba asustada y saldría corriendo como una niñata o se comportaría con madurez quedándose conmigo.

Cuando no se movió y sus ojos observaron por unos buenos minutos mi polla, creí que lo peor había pasado pero no; lo peor fue para mí cuando ella con todo y su timidez, acercó su manita a mí endurecido miembro y lo empezó a acariciar.

Quise aullar de placer al sentir su mano tocar toda mi longitud pero sobre todo, al verla ávida por ver, por tocar, por aprender. Puse mi mano sobre la suya y comencé a subirla y bajarla con cuidado. Se asombró al ver el líquido pre seminal que goteaba de la cabeza de mi polla e hice que sirviera como lubricante, que no fue mucho así que escupí saliva en su mano para seguir con el movimiento; mi polla quería reventar, estallar a su contacto y así se lo hice saber. Para mi regocijo, Bella no quitó la mano y bombeó con más firmeza. Exploté ahí mismo, extasiado por haber sido masturbado por esa niña que me miraba incrédula.

Avanzar con ella después de eso fue muy fácil. Nos encontrábamos todas las noches y nos tocábamos. Bella me permitía tocar y besar sus tetitas pero abajo era sólo sobre la ropa, yo en cambio no tenía pudor en bajar mis pantalones y los bóxers hasta mis rodillas y dejar que jugara conmigo.



–Necesito tocarte, Bella, por favor déjame…

–Jake, yo…

–¿No confías en mí?

–No es eso, yo sólo…

–No, Bella, no lo haces –me alejé y subí mis pantalones. Mortificado y ofendido, me despedí de ella con un simple “nos vemos” y me fui.

Por casi una semana no hubieron mensajitos de texto ni encuentros nocturnos. Yo estaba seguro que ella acudía cada noche a nuestro lugar, sabía que cedería tarde o temprano y con mi ausencia la presionaba a hacerlo. Al sexto día llegó el mensaje que estaba esperando tan ansiosamente.



“Confío en ti, Jake y te quiero. Te veo hoy por la noche”
Bella.

–¡Sí!

Grité a media clase de cálculo al leer el mensaje. A partir de esa noche todo sería pan comido, al menos eso creía yo. Bella me dejó tocarle su húmedo, tierno y suave coñito. Casi me corro al sentirlo tan lubricadito y calientito pero me obligué a irme con calma porque no quería asustarla. La toqué con mis dedos alrededor de su botoncito que brotaba hinchadito. Ella gemía y se retorcía de placer mientras yo me contenía para no insertar mis dedos de una vez.

La hice correrse muchas veces esos días. A ella le gustaba que yo la tocara de esa forma pero no me dejaba meter mis dedos en su coñito. Cuando se apiadó de mí me permitía meterle sólo la punta de mis dedos pero cuando intentaba meterlos un poco más, se hacía para atrás y negaba con firmeza.

–¿Qué pasa contigo, Bella? – le pregunté extrañado.

–A mí… me da pena, Jake –confesó por fin.

–No tienes porqué tener pena conmigo. Somos novios y como tales debemos conocernos íntimamente. ¿No quieres?

–Sí –dijo en un susurro.

–Pues entonces, a partir de mañana eso es lo que haremos, conocernos por completo –sonreí.

Después de esa noche, Bella me sorprendió. Se transformó en una niña hambrienta clamando por conocer todo lo que pudiera. Yo estaba en la gloria con mi alumna y mi felicidad se reflejaba en mi cara, en mi actitud, en todo. Varias noches a la semana la llevaba a un pequeño hotelito y ahí Bella dejaba el pudor en la puerta. Me deseaba, me tocaba y darme placer era su prioridad porque sabía que yo era generoso y también me esforzaba en hacerla disfrutar. Nuestras perfectas noches sólo tenían un punto malo… Bella no podía con el sexo oral.

Lo intenté todo para que me permitiera acercarme a su hambriento coñito pero no lo logré. Eso me molestaba mucho; me hacía sentir incapaz de poder satisfacerla de ese modo y a la vez, tampoco me lo quería dar. Me frustraba. Una noche, se inclinó entre mis piernas y mi sueño se hizo realidad. Aunque torpemente, Bella me tomó en su boca e hizo lo que pudo por darme placer y yo con el sólo hecho de pensar en el esfuerzo que hacía porque me quería, me corrí. No lo hice en su boca, no era tan idiota. Le agradecí el regalo y le pedí que me dejara hacérselo también pero se negó.

¿Podría vivir yo sin eso?

¿Sin probarla?

¿Sin saborearla?

¿Sin hacerla gritar mi nombre mientras me la comía?

Esperaba que sí porque Bella no parecía querer ceder en eso. Los días pasaron y ella cada vez se volvía más fogosa. Se compraba ropita sexy y se arreglaba para mí. No sabía porqué eso me hacía sentirme orgulloso. De acuerdo, no era una preciosidad que quitara el aliento pero era linda, muy linda.



Una de esas noches le presenté a los chicos. La Bella suelta y relajada, mi nueva Bella, se retrajo y aquella insulsa mocosa volvió a salir a la superficie. De inmediato comprendí que mis amigos la intimidaban pero tendría que acostumbrarse a ellos porque los veríamos constantemente y yo no iba a dejar de hacerlo sólo porque ella no estaba a gusto con ellos. Así se lo dije y le tenía que reconocer el esfuerzo que hacía por ser agradable con los chicos aunque la hicieran sentir incómoda.

Una tarde, James me reclamó entre broma y broma que mi chica me tenía absorbido por completo; que ya no me reunía con ellos para tomar unos tragos ni nada.

–Me siento bien por ti aunque se te extraña. Esa niña debe ser una verdadera bomba en la cama como para hacer que te olvides de tus amigos, Jake –dijo insinuante pero no le respondí, eso era cosa mía y no me gustaba compartir mis asuntos con nadie–. Seguro que debe darte todo lo que quieres, eres muy afortunado.


Ese comentario me dejó pensando unos minutos y James agregó…

–¿Por qué te quedas callado?, ¿no es así? –abrió los ojos sorprendido–. Tienes que hacer algo, amigo; tu mujercita no puede ponerte límites.

–Agradezco tu preocupacón, James, pero no te metas en mis cosas –respondí serio.

–Entonces tengo razón –sonrió–. Aún es pequeña, puedes moldearla a tu gusto. Hazlo, no permitas que ella se imponga ante ti. Luego me lo agradecerás, Jake.

No pude ignorar las palabras de James durante esa noche y todo el día siguiente. Hacían eco a cada paso que daba, me torturaban, me hartaban. Saqué una botella que tenía escondida y empecé a tomar para ya no escucharlas. La hora de encontrarme nuevamente con Bella llegó y estaba dispuesto a ir más allá. Quería probarla y punto.

Ella por supuesto se negó y quise intentar el sexo anal. También se negó. No se entregaba por completo, no confiaba en mí, en quien la hizo mujer y con mucha paciencia la había instruido. No me creía capaz de satisfacerla y al asentarse bien la idea en mi mente, me enfurecí. Estaba jugando conmigo, dándome las migajas que se le antojaba darme y yo como su pelele aceptando todas sus putas condiciones.

Estúpida niñita que me estaba haciendo perder mi valioso tiempo. La tomé de los brazos y la zarandeé fuertemente. La insulté, la ofendí, la aventé sobre la cama y ella sólo lloraba y trataba de acercarse a mí. Enojado como estaba, la regresé al internado pero en el camino tuvo que escuchar todos los insultos que mi furia le escupía. Ni siquiera la acerqué a las canchas, la dejé en el camino y tuvo que andar sola y casi a oscuras un poco menos de un kilómetro pero no me arrepentí. Estaba convencido de que James y yo teníamos la razón y para que no surgiera ninguna duda en mí, me terminé la botella que guardaba bajo mi cama.

A la mañana siguiente la resaca me mataba y poco a poco los recuerdos de la noche anterior llegaban sin orden alguno a mi aún borracha mente pero ni así cambié de opinión. Bella estaba jugando conmigo y yo no lo iba a permitir más.

–Jake, te llaman de la dirección. Quieren verte en veinte minutos –me avisó un compañero.

–¡Mierda!

Como alma que lleva el diablo me metí a las duchas; el agua fría me ayudaría o al menos eso esperaba. Me lavé con dientes y me froté la lengua con fuerza. Me sequé, me vestí y corrí hacia la oficina del director.

–Buenos días, señor Clayton, ¿me llamó usted? –inquirí intentando relajarme.

Seguramente me llamaban porque habían descubierto que por las noches Joseph, el conserje, me rentaba su auto y me escapaba para ir a ver a Bella. ¿Cómo diablos iba a salir de esa? O si Dios me quería mucho, sólo me llamaba porque me castigaría por comprar cosas de contrabando a James, pero todo el mundo lo hacía así que eso no me daba tanto miedo.

–Si, señor Black, siéntese por favor –dijo con voz nasal y pedante.

–Usted dirá.

El hombre se sentó en su silla y lo soltó de golpe.

–Su padre ha llamado muy temprano esta mañana para informarnos que la universidad de Esslingen hecho un reconocimiento a nuestro colegio y lo ha aceptado, felicitándolo por las altas notas que ha obtenido en los exámenes de ingreso. Hemos cumplido nuestra parte, señor Black, ahora usted cumpla con la suya y mantenga muy en alto el nombre de nuestra institución.

–¿Qué… cómo dice? –mi lengua se atoraba mientras mi mente procesaba sus palabras.

–Que lo esperan en cuatro días para que inicie sus clases. Pasado mañana, muy temprano, volará de Laussane a Stuttgart donde lo estarán esperando para llevarlo a la universidad. Tiene poco tiempo para empacar, señor Black, así que le recomiendo empiece desde ahora mismo.

–Sí… señor Clayton, yo…

–Comprendo su emoción, señor Black, tómese su tiempo para asimilar la noticia y, por supuesto, felicidades.

–Yo… gracias, señor.

Furioso, salí de la Dirección y corrí hacia mi habitación. ¿Cómo era posible que mi padre no se hubiera dignado a informármelo él personalmente?, ¿por qué carajo me tuve que enterar por el idiota del señor Clayton? Busqué deprisa mi celular para llamarlo y reclamarle. Él no podía seguir tomando esas decisiones tan precipitadas sin preguntarme; simplemente, ya no podía hacerlo.

Cuando lo encontré y lo encendí, vi que tenía varias llamadas perdidas suyas. Ok, de acuerdo, había olvidado el puto móvil en mi otro pantalón pero el verdadero motivo de mi ira seguía ahí.

–Jacob –respondió al primer tono–, ya era hora que aparecieras.

–No puedes hacerlo de nuevo, papá, ¡no puedes!

–Ya todo está listo, Jake. Es el paso final…



–¿Por qué siempre me haces lo mismo? –grité–. Siempre que estoy a gusto en un lugar, cuando por fin siento que pertenezco, me sacas de ahí y me mandas a otro país, lejos, me arrancas la vida y ¡ya estoy harto!, no me voy a ningún lado, no quiero irme y no me iré. Ya soy mayor de edad y puedo decidir donde quiero vivir.

–¿Es una chica? –su tono se oscureció.

–Eso no importa, he dicho que no iré a Alemania, me quedaré aquí mientras yo tomo una decisión.

Hubo un tenso silencio; solo esperaba su sentencia y la orden final de empacar y volar a Alemania pero estaba muy equivocado si creía que me iba a dejar mangonear otra vez. Yo estaba feliz ahí, tenía buenos amigos pero sobre todo, tenía a Bella y nadie me iba a alejar de ella.



–Si ya lo has decidido entonces, así se hará. Sólo te recuerdo que un hombre se forma por las decisiones que toma. Yo, por tu bien y porque te quiero, espero que estés pensando con la cabeza y no con lo que te cuelga entre las piernas, hijo.

Horas más tarde y con casi media botella de tequila consumida, miraba al techo acostado en mi cama y mientras más vueltas le daba al asunto, más convencido estaba de que no era una mala decisión tomarme un tiempo para mí considerando que desde los once años rodé de país en país en internados, casi sin tomar vacaciones, siempre en cursos de verano para aprovechar el tiempo y estar preparado. Bueno, pues ya lo estaba y que me aceptaran en Esslinger era la muestra, ahora sólo quería un respiro para poder estar más tiempo con Bella, besarla, salir, amarnos, disfrutar de mi novia como un chico normal, dejar de sentirme el eterno nómada, alguien sin lugar, sin nada. Así que, por el momento, Alemania podía esperar porque Bella era mi única prioridad.

Por la tarde recibí un mensaje de James, se había enterado por los rumores en los pasillos que en un par de días me iría de ahí y quería verme. Yo exudaba alcohol, por lo que me di un baño y me vestí para verlo y después ir por mi novia, mi Bella. La necesitaba y al fin lo comprendía. Yo la quería, sentía por ella algo que no sabía si era sólo cariño o amor real. Nunca había sentido antes eso por ninguna mujer. Nunca había estado enamorado y definir ese sentimiento no iba a ser nada fácil. ¿Cómo diablos saberlo?

–Quita esa cara, deberías estar feliz, ¿no? –James me palmeó el hombro–. Te quedas por aquí un buen rato más para disfrutar de tu noviecita. ¿Qué tiene esa niñita que te tiene así, amigo?, ¿qué te da?

–No sé que me da pero me tiene loco y lo peor es que no sé si la quiero, la amo o sólo es algo pasajero –le confesé sentado en un tronco.

–Si puedes tolerar todas sus niñerías sin que te importe un puto carajo, lo siento amigo pero caíste en sus redes –rió–. El cazador resultó cazado –se doblaba de la risa–. Lo mismo aplica para saber si ella te quiere o qué madres. Deberías hacer la prueba.

–Ahh, no estoy para jueguitos pendejos, James; sólo quiero emborracharme y dejar de pensar en todo esto para poder disfrutar con Bella. Lo único que necesito ahora es un trago bien fuerte para calmarme.

–¿Qué tan fuerte? –me miró con una sonrisa que me confundió–. ¿Qué tanto quieres disfrutar con la nenita?, ¿hasta donde estás dispuesto a llegar?

–James…

–Ella está jugando contigo, Jake, te volteó el juego y ahora tú eres el que está atrapado. Eres su títere y te da lo que quiere, no lo que mereces. Mírate, estás hecho un idiota por ella, no eres el Jake que llegó aquí, sólo eres su pasatiempo y está sacando provecho de ti solamente. Ya verás que pronto te manda al diablo una vez que se canse de ti, amigo, o es eso, o… o no sabes satisfacerla, Jake, ¿qué será entonces?

–¿Insinúas que yo no puedo con una mujer?



–Con una niña –me corrigió y me encendí porque alguna vez esa maldita idea ya había cruzado por mi mente.

–Puedo con ella y con cuanta mujer me coja, que te quede claro –le advertí.

–Cálmate, no te sulfures, yo sólo decía.

–Dame algo fuerte y déjate de pendejadas, James.



–Ok. Entonces algo fuerte será pero antes… ¡un trago!

Después de estar con James y sus putas insinuaciones que sólo me calentaban el cerebro, fui a buscar a Bella. Con todo lo ocurrido y con mi decisión por fin tomada, tenía que verla para asegurarme que había hecho lo correcto. Que ella valía la pena, que me quería y que se entregaba a mí sin restricciones para quererla, para amarla…

Esa noche Bella estaba callada. ¡Era todo lo que me faltaba!

Con la mierda de día que había tenido encima, Bella andaba con sus santurronerías. Era el puto colmo. Llegamos al hotelito de siempre y antes de bajarme del auto de Joseph, me metí la pastilla en la boca sin que ella se diera cuenta. Durante todo el camino pensé en hacerlo o no pero qué diablos, Bella, su silencio y su actitud ofendida tomaron la decisión por mí. Me pasé la pastilla con un trago de whisky y bajé del auto cerrando con un portazo.

Subimos en silencio y entramos al pequeño y limpio cuartito. Bella se sentó en la esquina de la cama, como si cobraran por el puto espacio. Respiré y me calmé; debía darle una oportunidad para que me demostrara si de verdad me quería y hasta donde estaba dispuesta a llegar por mí.

No hablamos, sólo me acerqué a ella y comencé a rozar mi nariz contra la suave piel de su cuello. Un raro cosquilleo me corría desde los pies hasta mis ingles y desde mi ombligo hasta mi boca. Mi cabeza no pesaba… la tocaba y su piel había cambiado de textura, ahora era mucho más suave, como malvaviscos que me provocaban morderla. Malvaviscos que olían a fresas, tenía que probarlos. Intenté presionar mi mano por su vientre y por sus brazos, quería un pedazo de ella y la pellizcaba. Quise ir despacio, me obligué, pero esa extraña sensación mandó a volar mis preocupaciones y me apuró a ir más rápido, sin preámbulos.



No podía contenerme, mi prisa era salvaje, desesperada. No quería que dejara de sentirse tan tentadora, tan invitante; no quería dejar de olerla y mi ansiedad, mi necesidad y mi urgencia, eran sólo por hundirme en ese pedacito de cielo que esta vez no se atrevería a negarme… que esta vez ya me dejaría probar.*

*Casa Lobb,  zapateros de la casa real británica. 


*


*


*


*

Nenas! Mil gracias por siempre estar pendientes y esperando al Señor. Él también las extraña y está preparando su regreso para cuando menos se lo esperen, así que… en posición sumisa nenas!





























lunes, 15 de octubre de 2012

CAPÍTULO 38



Caretas.

La hipocresía es el colmo de todas las maldades.
Molière


EDWARD’S POV


Otra noche más que llegaba a casa ya muy tarde. Caminaba desganado por el estrés que recaía en mí, con un severo dolor de hombros y espalda baja mientras observaba que, a diferencia de las otras noches, todas las luces estaban encendidas. No le tomé mucha importancia hasta que suspiré y un delicioso olor se coló por mis fosas nasales haciéndome hasta parpadear… Pato en salsa de higos.

Me apresuré en llegar al comedor y como ya se me estaba haciendo costumbre, maldije a todos los infiernos, esta vez por encontrar a Isabella dormida sobre la impecable mesa con una copa de vino junto a ella. De nuevo se había quedado dormida esperándome con una magnífica cena. 

Mi estómago rugió reaccionando al exquisito olor, tenía mucha hambre, de haber sido el cabrón egoísta de antes, me hubiera sentado a disfrutar de la cena en mi honor pero ya no lo era. No sería capaz de sentarme a degustar esa exquisitez si ella no iba a ser testigo de cuánto agradecía y saboreaba lo que especialmente había cocinado para mí, aunque se me hiciera agua la boca.

Apagué el horno que mantenía caliente la cena y husmeé por ahí un pedazo de queso y un trozo de pan para aplacar mi hambre. Después, con todo el dolor de mi espalda, cargué a mi hermosa mujer que apenas al sentirme se acomodó contra mi pecho aún sin despertarse y, la subí a nuestra habitación. La acosté en la cama y comencé a desvestirla. Se había arreglado para mí y yo, ¿dónde carajos estaba?

Concentrado en hacer todo lo posible por tener un mundo seguro para ella, para que pudiera salir libremente a cualquier parte sin la mayoría del séquito, como ella les llamaba, y estar tranquilos. Esa era la respuesta correcta y aunque por el momento me pesara y me hiciera sentir culpable por lo abandonada que la tenía, pronto veríamos los frutos de estos sacrificios que durarían por el resto de nuestras vidas.

De nuevo di un largo suspiro como resultado de lo que tenía frente a mí. Isabella en unas diminutas bragas. Su piel resplandecía satinada bajo la tenue luz. Sus piernas, su vientre, sus senos, sus brazos, toda ella brillaba y yo empezaba a responder a esa sensual imagen pero mi pequeña estaba tan cansada que ni cuenta se había dado de nada. Moría de ganas de despertarla entre besos y tomarla como otras noches lo había hecho pero preferí dejarla dormir.

Dejé sus bragas junto a su vestido y a los pocos minutos, ya me encontraba en la cama junto a ella que instintivamente amoldaba su cuerpo al mío para seguir durmiendo. El aroma floral que se desprendía de ella, de su piel y su pelo, me adormecieron. Caí en un profundo sueño que se me hizo un parpadeo hasta que llegó la hora de salir de la cama, darme un baño y volver a la oficina.

Esa mañana tampoco hubo tiempo de ejercitarme y sabía que eso también era un factor importante que me tenía con la espalda adolorida. Antes de salir rumbo a la oficina, me incliné sobre mi Isabella, besé su frente y sus labios. Se merecía el mundo entero, sin preocupaciones, ni miedos y yo, se lo iba a dar.

***

– ¿Ya revisaste los contratos y los permisos?

–Los tengo en mis manos en estos momentos –respondí a Jasper–, y todo parece estar perfecto. Creo que encontré a dos excelentes sustitutos.

–Esta vez fue una excepción extraordinaria pero ya no cuentes conmigo –afirmó tajante.

–Y yo que pensaba enviarlos de avanzada regularmente para que te despejaras de tu trabajo en la firma y Emmett de la constructora –Jasper carraspeó nerviosamente.

–No, no puedo –dijo sin dudar–, en cambio a Emmett le caería como anillo al dedo. Según sé por Alice, Rose lo extrañó tanto que ahora no quiere ni soltarlo. Lo recibió como si fuera el primer ministro y hasta el día de hoy no le he visto ni la cara.

–Hmm, deben de estar haciéndole al fin, los honores correspondientes al cargo–, nos reímos un poco pero la verdad era que a ambos nos daba gusto por nuestro amigo, porque Emmett, amaba a Rosalie casi tanto como yo amaba a Isabella.

La mañana, salvo la plática con Jasper se me hizo eterna y frustrante. Gente que iba a venía por mi oficina con estadísticas de ventas, planos de las obras, informes de la bolsa cada hora gracias a mi padre que se encontraba aburrido sin su nuevo amigo. Mi puerta se cerró detrás de los directivos de recursos humanos y no habían pasado ni dos minutos cuando de nuevo se volvió a abrir. No había ni levantado la vista de los formatos de los nuevos contratos que requerían de toda mi concentración y estaba a punto de despachar a quien estuviera interrumpiéndome para terminar con ellos de una buena vez.

–Buenas tardes eh…

–Isabella, Isabella Swan, señor Cullen y tengo una cita con usted por la próxima hora y media.

¿Pero qué demonios?, pensé inmediatamente al oír su voz y mirándola ahí, parada frente a mi escritorio.

–Isabella, ¿qué, qué haces aquí?, ¿sucede algo?

–Sí. Sucede que estoy harta de no verte, de estar sola, de estar encerrada en una jaula de oro, de que sea el puto colmo que yo, la mujer que precisamente vive contigo, tenga que sacar una cita con tu asistente para poder verte la cara por tan sólo, ¡una jodida hora y media!

–Baja la voz, Isabella –le ordené, porque nadie excepto yo, gritaba en mi oficina.

–Voy a gritar todo lo que yo quiera, porque vas a follarme tan duro que no me voy a reprimir y me voy a correr las veces que pueda y tú, te esforzarás en dejarme bien satisfecha, porque si no lo haces, te juro Edward que vendré todos los días para que cumplas con tu trabajo. ¿Me entendiste?

Dios santo…

Esa mujer frente a mí estaba que echaba fuego por la boca y tenía toda la maldita razón en estar tan enojada. Sus ojos oscuros estaban casi negros de la furia que contenían y su cuerpo en actitud combativa encendió el mío en un miserable segundo. Tragué en seco y con mucha dificultad apenas le pude contestar…

–Sí, señora.

Mi polla intentó brincar entusiasmada y sólo recibí un cruel y doloroso latigazo por estar reprimida en mis ajustados bóxers. Sentí claramente como se hinchaba en ellos haciéndome casi doblar de dolor, dolor por ella, por tenerla, por poseerla con urgencia, sin recato, sin pudor, sin nada que no fuera pura y llana lujuria, porque eso, era lo que precisamente ella había venido a buscar a mi oficina.

En dos zancadas llegué a su lado y estrellé mis labios contra los suyos. Ella me recibió de igual forma, respondiendo al ansioso movimiento de mi lengua que en un desesperado beso buscaba su sabor, su deseo y su prisa. Me deshice cuando un profundo gemido quedó atrapado en nuestras bocas y sus manos fueron directamente al nudo de mi corbata para quitármela. Me incliné un poco y metí las mías debajo de su falda, la subí ansioso por sus muslos para casi morirme al descubrir que no llevaba bragas.

Nuestras bocas se devoraban y así quería hacerlo con el resto de su cuerpo, disfrutarlo y bebérmelo con calma, pero eso era lo que no tenía en esos momentos, calma. La tomé por las nalgas y la cargué, ella me rodeó con sus piernas y me dirigía al sillón cuando me detuvo.


– ¡No!, en el escritorio–. Me ordenó.

–Sí, señora.

La llevé hasta él y no me importaron los mil documentos sobre los que coloqué a la mujer que me estaba haciendo perder la cordura. Subí la falda hasta su cintura con manos temblorosas y su hermoso coño brillaba de sed por mi polla que liberé tan pronto como pude para enterrarme en el de un sólo empellón. Mi polla se hinchó completamente en su interior sintiéndose bienvenida en ese coño caliente, lubricado y estrecho. Salí un poco de ella y volví a arremeter con más fuerza para empezar a marcar un ritmo furioso y necesitado.

–Edw…

Mis embistes no le permitían ni hablar y yo no podía escuchar otra cosa que no fueran sus jadeos, sus gemidos y sus intentos por decir mi nombre. Estaba encendido, en llamas, desesperado por apagar ese fuego que ardía tanto en mi interior como en el suyo. Nuestras caderas chocaban con cada penetración, se movían hacia mí. No estaba del todo consciente de lo que hacía, estaba perdido en ella y eso aceleraba mi camino a un orgasmo que presentía devastador. Bajé mi mano entre nosotros y toqué su hinchado clítoris. Isabella gritó y cubrí su boca con la mía sin dejar de manipularlo, apurando su liberación.

Nuestras frentes sudaban. Mi boca succionando sus labios, mis dientes mordiéndolos. Una de sus manos se movía sin control tirando papeles y cosas de mi escritorio; la otra en mi cuello, acercándome a ella, jalando el pelo de mi nuca y acercándome al clímax. Subí sus piernas a mis hombros para penetrarla más profundamente. Isabella gimió fuerte al sentirme invadirla de ese modo, empujando, atacando como un animal que sólo respondía a sus instintos, embistiendo con más fuerza, llegando hasta lo más profundo de su hambrienta intimidad.

­–Isabella…

Pronuncié su nombre en medio de las repetitivas arremetidas contra su pelvis, poseyéndola, enterrándome, perdiéndome, entregándome, reclamándola mientras un fuerte apretón alrededor de mi polla me advirtió del orgasmo que se avecinaba en su interior.

Exploté dentro de ella, llenándola de mí mientras ella se retorcía sobre papeles, carpetas, comprimiéndome, ordeñándome, extrayendo hasta la última gota de mí. Yo me dejé caer sobre su pecho, incapaz de moverme gracias al temblor que hacía vibrar mi cuerpo y que ponía en peligro mi estabilidad. La habitación había quedado en silencio, sin gemidos, ni otro sonido que no fueran los jadeos que intentaban normalizar nuestras respiraciones.

–Servida… señora.

Una carcajada brotó con mucha dificultad de su garganta.

– ¿Y quién… te ha dicho que he… terminado contigo?

–Créame que estoy más que dispuesto a satisfacer todas sus necesidades, usted sólo pida y yo obedezco–, respondí sacando de ella mi polla no tan flácida todavía, con cuidado.

–Así me gusta, siempre listo y dispuesto –reímos antes de volver a besarnos con pasión.

Ayudé a Isabella a bajar del escritorio y tenía una sonrisita pícara en la cara.

–Ahora ven que voy a alimentarte –dijo al mismo tiempo en el que tomaba una canasta de pic nic y empezaba a sacar de su interior platos, copas, recipientes con comida y hasta una botella de vino.

–Vaya, vaya, veo que tenías todo esto muy bien planeado, Isabella.

–Bueno, si Mahoma no va a la montaña...

Entre risas, besos, caricias sensuales y medios desnudos, comimos el exquisito pato al higo que me había cocinado la noche anterior. De sobra estaba decir que le había quedado delicioso y que tuvo que servirme un segundo plato.

–Dios, tu glotonería no conoce precedentes, Edward.

–No me importa lo que digas, esto está exquisito –Isabella sonrió feliz por el cumplido y se puso de pie para ir a mi escritorio a arreglar el desorden.

–Deja eso.

–Déjame ordenar un poco.

–Por favor –palmeé el cojín donde estaba sentada junto a mí y volvió a mi lado–, Isabella… siento mucho lo abandonada que te he tenido estas semanas. Sé que han sido muy difíciles para ti, lo lamento y créeme que si pudiera, de un santiamén dejaba todo para estar contigo, pero precisamente por eso es por lo que he estado tan absorto y empeñado trabajando duro, para que muy pronto y en mucho menos tiempo del que creas, podamos estar juntos todo el tiempo que deseemos. –Isabella rodeó mi cuello con sus brazos y escondió su rostro en él.

–Te entiendo, Edward, y te creo –dijo separándose un poco de mí–, pero te extraño mucho y necesitaba verte, no sólo sentir tus caricias a mitad de la noche. Ya no te veo por las mañanas, es más –bufó–, ya ni siento cuando te despiertas para marcharte, siento que estoy viviendo con un puto fantasma.

–Hey, esa boca –la reprendí.

–Edward… ¿pasa algo?, ¿hay problemas en la empresa? –tomó mi cara entre sus manos.

–No, cariño, todo está bien, es sólo algo que necesita de toda mi atención.

– ¿Ves? –se apartó de mí–. Intento acercarme para que compartas tus problemas conmigo y me das la espalda, me alejas, Edward. Siempre siento que no quieres que me inmiscuya en tus cosas, que no quieres ni que me preocupe por ti y si no quieres que haga eso, entonces dime, dime, Edward, ¿qué coño es lo que sí me vas a permitir hacer?

Se puso de pie y corrió hasta el baño en donde se encerró. Fui detrás de ella y pegué mi frente a la puerta, pensando en sus palabras. Por la puta madre, ella tenía razón. Yo, sin darme cuenta, por mi maldito carácter posesivo y dominante, poco a poco la estaba exiliando de su propia vida. Esa vida que tanto le había costado tener.

–Bella, abre la puerta –le pedí sin obtener respuesta–. Por favor, mi amor, abre.

Escuché como quitaba el seguro, giraba lentamente del pestillo y salía.

–Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido, tiempo para poder compartir contigo todo lo que me ronda por ahora, por favor… te prometí un fin de semana entero para ti, sin interrupciones de ningún tipo y estoy reiterándote mi promesa.

Se abrazó a mí y mis brazos la rodearon, acariciando despacio su espalda, besando su cabeza.

–Ya no quiero seguir soñando con ese bendito fin de semana que nunca llega. Dame una fecha, pon un plazo para que tenga al menos algo a qué aferrarme, Edward, hazlo –la solté y suspiré. 

Me pasé las manos por mí cara y luego por mi pelo repetidas veces. Isabella estaba en todo su derecho de exigirme una fecha y yo estaba obligado a dársela. Y lo haría aún siendo consciente de todo lo que implicaba revelarle lo que venía cargando a cuestas.

– ¿Tan grave es?, me asustas, Edward –murmuró y la envolví en mis brazos.

–No, no. No tienes porqué, amor. Me pediste una fecha y te la doy. Será el fin de semana después del cuatro de abril, ¿de acuerdo? Durante esos días y sin presiones podré contarte todo lo que tú desees saber, todo, Bella –asintió brevemente y levanté su barbilla con mi pulgar. Besé sus labios con ternura.

–Mientras tanto, no te mentiré diciéndote que no seguiré igual de ocupado, lo estaré amor y mucho, pero no quiero que eso sea un impedimento para este tipo de sorpresas y asaltos –mi pequeña rió tranquilizándome y quitándome un peso, aunque ligero, de encima al estar siendo sincero con ella.

–Lo tendré en cuenta, Señor Cullen, pero por ahora, cállese y mejor aprovechemos los treinta minutos que todavía nos quedan.

Esa fue la mejor media hora de mi vida. Volví a adueñarme del cuerpo de Isabella como nuestros instintos nos lo pedían. Esa vez la sede de nuestra pasión fue el sillón de piel negro, a medio desvestir, sudorosos, entregados y definitivamente, muy en paz con nosotros mismos… casi.

Me arreglaba la corbata después de refrescarme cuando sonó el intercomunicador. De vuelta al mundo real. Corrí hasta responderle a una muy alegre Katie, cómplice de Bella y merecedora de un sustancioso aumento.

–Dime, Katie.

–Edward, el Sr. Orson de la Unidad de Fraudes está en la línea.

–Comunícamelo, ah y Katie…

– ¿Si, Edward?

–Gracias.

***

BELLA’S POV

–¿Sabes? Antes te hubiera envidiado mucho por esa sonrisa de boba que tienes plasmada el la cara –dijo con arrogancia mi amiga.

– ¿Ah, si?, ¿y porqué ahora no?

–Porque yo traigo una igual o más grande y boba que la tuya –me reí pero ella frunció el ceño.

–Calla –me ordenó señalándome con un dedo y la obedecí aguantándome la carcajada–. Calla que esto no es de risa.

– ¿Por qué habría un problema?, te gusta Michael y no le eres para nada indiferente. Salen, te visita y aunque no le has aceptado regalos caros, a excepción de la estrella, te compra chocolates, globos, flores… está mandándote un claro mensaje de que le gustas y, ¿me dices que algo no va bien?  ¿Pues qué pasa?

– ¿Que tengo miedo? –fue su pregunta/respuesta.

– ¿Miedo de qué tonta? Michael es un buen chico y con los pies muy bien plantados en la tierra, ¿de qué pudieras tener miedo, por Dios?

Jane suspiró y se amodorró en la esquina de su hermoso sofá amarillo.

–Así me sentía cuando recién empezaba a salir con Ethan, que por cierto el muy idiota me llamó el otro día para que le hiciera los trámites de su cambio de domicilio ya que me quedaba en la ciudad, ¿puedes creerlo? Descarado hijo de la gran puta vaca que va a ordeñar.

–Si me estás dando a entender que crees que todos los hombres están cortados con la misma tijera –rodé los ojos negando con la cabeza–, estás en un error muy grande.

–¿Y como puedo saber que Michael no me saldrá con algo como lo hizo Ethan?, eran ya casi cinco años, Bella, creí conocerlo muy bien y mira… no sería muy inteligente de mi parte caer redondita y enamorada de Michael a la primera de cambios, debo ser cauta.

–Jane, sé que tienes miedo, pero ningún hombre o mujer viene con instructivo de uso bajo el brazo y mucho menos con garantía. Y eso, mi querida, es lo interesante.

–Oye, esa es mi frase –me frunció el ceño– y lo sé, pero no quiere decir que por el sólo hecho de saberlo mi miedo a otro desencanto se evapore.

–Entiendo, lo bueno es que por fortuna tú aún no estás enamorada y estás a tiempo de retirarte del juego, Michael también lo entenderá.

–Siempre queda la amistad, ¿no? –sonó como si quisiera auto convencerse de estar haciendo lo correcto al tomar sus precauciones.

–Supongo que sí, así que piénsalo muy bien y habla con él, no se merecería volver a ilusionarse y que después le digas “gracias por participar”.

–Carajo, tienes razón, sería una grandísima cabrona si lo dejara hacerlo.

–Cierto –dije balanceando mi pie que colgaba del sillón.

– ¿Y tú?

–Yo, ¿qué?

–Sigues haciéndote la tonta con tu apartamento.

–No me estoy haciendo tonta, estoy meditando mis opciones y la verdad, para lo que quiero no tengo muchas. De hecho ninguna, pero no se me quita la idea de la mente.

–Por algo se debe empezar, ¿no?, no por ser una habitación de ese tipo tiene que ser oscura y misteriosa con grandes artefactos colgando del techo y extrañas camas.

–Desde luego que no. Había pensado en decorarla con un estilo muy mío y tener ocultos todos los juguetes. El caso es que… –me detuve al pensar en algo descabellado pero era irónicamente lo más lógico–, Jane… ¿estarás ocupada mañana por la noche?

***

Volví a casa emocionada por mi idea. Fui directamente a la cocina a prepararle un sándwich a Edward. Lo dejé cubierto en la encimera junto con un vaso de leche y unas galletas que había comprado esa tarde. Mis habilidades culinarias todavía no daban para intentar hornearlas. Antes de subir a mi habitación le dejé una nota en el hall de la entrada.

“Un sándwich, un vaso de leche y galletas te esperan en la cocina”
Te quiero.
Bella.

Me cepillé los dientes, me lavé la cara y me desvestí para meterme a la cama. ¿Me atrevería? Con la idea puliéndose en mi mente me quedé dormida. Al despertarme estiré como cada mañana mi brazo para encontrar la cama vacía y fría. Así serían mis mañanas hasta el fin de semana después del cuatro de abril y ya no faltaba mucho para que llegara ese día.

Estaba ansiosa, nerviosa y a decir verdad, con mucho miedo. ¿Que sería lo que Edward guardaba tan celosamente?, tanto que necesitaba todo un fin de semana para explicármelo. No. No quería ni pensar en nada malo, porque Edward nunca haría nada que me lastimara, yo confiaba en él y él sólo me estaba pidiendo tiempo.

Me senté en la cama y al girarme, sonreí al ver en la mesita de noche un plato y un vaso vacío. Tomé mi teléfono y escribí…

“Quiero una foto tuya y pronto”
Te quiero.
Bella.

Me di un baño y al salir revisé mi teléfono que indicaba que tenía un mensaje. Era la foto que le había pedido. Estaba tan elegante con su traje oscuro y aunque hizo un esfuerzo por no salir tan serio, no pudo. Sin embargo sonreí porque lo comprendía, estaba muy ocupado pero al menos, ya respondía mis mensajes y mis llamadas, serio y parco pero lo hacía y eso me tenía muy, pero muy feliz.

Durante esos días lo visité con bastante regularidad, procurando que siempre fuera a la hora del almuerzo, cuando la oficina estaba vacía y no importaba mucho si gritaba. Hacíamos el amor como salvajes y apagábamos un poco la pasión que nos consumía. Esos encuentros nos servían, pero yo extrañaba como una loca a mi Señor. Sabía que pronto volvería a tenerlo conmigo y eso me consolaba un poco, la emoción de sentirlo con todo su poder haciéndose cargo de todo y llevándome al borde de la locura, mientras tanto, me divertía dándole algunas órdenes que él obedecía muy bien.

Me tomaba en el sillón, en la alfombra, en su silla, pero sin duda, en donde más disfrutaba que me poseyera era en el enorme escritorio, envuelta en papeles, objetos y no me importaba tirarlos al suelo o reprimir mis movimientos. Al parecer a Edward tampoco le importaba porque entre los dos, ya habíamos roto dos lámparas, la pantalla de su computadora, habíamos ahogado su teclado con vino tinto y la mesa de café de su pequeña salita estaba coja de una pata.

Y eso era sólo hablando del mobiliario de su oficina, sin contar que muchas veces salí de ahí con mi blusa engrapada donde antes solían estar los botones, el dobladillo pegado con cinta adhesiva y sin medias. Edward por su parte no se quedaba atrás, así que en cada una de mis visitas le llevaba un par de camisas, corbatas y ya tenía en el pequeño armario hasta dos trajes colgados por cualquier emergencia. No podíamos negarlo, eran encuentros excesivamente divertidos.

***

Esa tarde, llegué al apartamento de Jane. Por fin me había decidido y si quería llevar a cabo mi plan, iba a necesitar ayuda profesional. Así que después de darle un par de indicaciones por teléfono y oírla rezongar, quedamos de acuerdo y ya estaba esperando por ella para que saliera y subiera al auto.

– ¡Dios!, ¿pero es necesario tanto lío? –se quejó una vez más.

–Sí, Jane, absolutamente necesario.

–Pues, ¿a dónde vamos?

– ¿Vas a seguirte quejando?

–Sólo dame un poco de información, por favor…

–Ten paciencia, Jane –dije con un tono más severo y luego lo suavicé.

– ¿Paul? –fue una indicación en lugar de una pregunta. El hombre arrugó la boca en una mueca fea que manifestaba abiertamente su inconformidad. Le había pedido que mantuviera esta salida en secreto, que no le dijera nada a Edward y después de muchas horas de convencimiento, aceptó pero con algunas condiciones que no tardé en aceptar.

Con una señal le indicó a Jason que nos llevara a nuestro destino. Jane estaba extrañamente callada y así se mantuvo hasta que las calles por donde circulábamos no le parecieron muy iluminadas.

– ¿Bella? –preguntó al ver que el auto doblada en un callejón completamente oscuro. La ignoré y Jason se detuvo en una puerta ancha con un foco azul iluminándola apenas. Paul se bajó antes de que uno de los hombres apostados ahí y semiocultos se acercara para abrir la puerta del auto. Me bajé y casi tuve que arrastrar a Jane conmigo.

Al querer entrar un hombre nos detuvo pero Paul le dijo algo que no logré escuchar y su rostro cambió.

–Pasen, sean ustedes bienvenidas –dijo servil y asentí continuando nuestro camino. La mano de Jane sudaba, estaba helada pero no la solté, era nuestra póliza de seguridad esa noche.

Pasamos el gran salón de sillones de terciopelo rojo y cortinas de lamé dorado y nos adentramos al piso de desniveles iluminado con luz azul. Estuvimos unos segundos ahí de pie mientras buscaba con la mirada a quien había ido a buscar cuando Jane me dio un apretón que casi me hace gritar.

–Oh, por Dios… ¡Esto está de puta madre!

Asustada la miré y tenía los ojos abiertos desorbitadamente y la boca abierta en una perfecta “O”.

– ¡Cállate, Jane! –le murmuré nerviosa–. Mantente a mi lado y no mires ni hables con nadie.

– ¿Estás loca?, ¿cómo puedo no mirar?, ¡mira eso! –señaló a una pareja follando en un rincón y a varios observando alrededor–. Ellos están mirando.

–Ellos, pero tú no, nosotras estamos aquí por otro motivo, no lo olvides.

– ¿Qué lugar es este, Bella?

–Esto, es un verdadero club de BDSM, uno real –dije y levantó las cejas asombrada.

–Ajá y ahora, ¿qué hacemos?

–Por lo pronto no sueltes mi mano, será mejor que piensen que somos pareja.

–No voy a besarte –dijo alejándose un poco de mí.

–Yo tampoco a ti, tonta, vamos.

Caminamos dando una ronda mientras buscaba con la mirada a Olga, aquella practicante de sumisa, pero no la veía por ningún lado. Al que sí vi detrás de la barra fue a Harrod, el hombre al que Edward había saludado esa noche y giré yendo del lado contrario, sería mejor que no me reconociera. 

Tenía que admitir que el sudor de mi mano no sólo se debía a los nervios de Jane. También yo estaba muy nerviosa y empezaba a pensar que había sido un error garrafal el haber ido a ese lugar a buscar a esa mujer que seguramente ya ni trabajaba ahí. Lo mejor sería irnos y olvidarme por completo de mi loca idea.

–Bella, ¿por qué no vamos a ver por ahí? –me apuntó las escaleras rojas con la barbilla.

–No –dije tirando de ella hacia la salida–. Será mejor que nos vayamos, la persona que he venido a buscar ya no está aquí.

– ¿Serías capaz de dejarme con esta curiosidad?, ¿a mí que de tan buena voluntad te acompañé? –su cara de chantaje número uno entró en fase. Exhalé y asentí, se lo debía después de todo, total, sería una miradita rápida y a casa.

Subimos por las escaleras y recordé los cuartos donde se representaban las escenas. Una estaba por comenzar y sería de una Domie con su sumiso. Yo me divertía jugando con Edward y ordenándole algunas cosas pero eran insignificancias. No estaba muy segura de querer ver esa escena, no quería ver a una mujer someter a un hombre. Sin embargo, la que sí estaba ansiosa por verla, era Jane.

– ¡Esto es tan excitante, Bella! –Me susurró al oído–, gracias por traerme, amiga.

Asentí y rodé los ojos; jamás imaginé que a Jane le fuera a gustar o al menos a causar esa reacción tan curiosa, por decirlo de alguna manera. Nos colocamos entre los espectadores y la cortina negra detrás del cristal estaba sin correr todavía. Se escuchaban algunos movimientos y uno que otro gemido pero el público guardaba respeto y solamente esperábamos para ver la escena.

La cortina por fin se corrió y en una cruz de san Andrés estaba atado un hombre. Su pelo engominado y peinado hacia atrás le daba un aspecto fuerte aunque no podía ver bien sus facciones completas por el antifaz negro que cubría gran parte de su rostro. Sus tobillos y sus muñecas estaban rodeados de puños de cuero negro que lo mantenían restringido en la cruz. Estaba descalzo y sólo un bóxer de piel muy pequeño cubría ese cuerpo que parecía cincelado con la más absoluta perfección detallando cada músculo de su pecho, la V de su abdomen, sus piernas y esa polla que formaba un enorme bulto revelando su ya gran estado de excitación.

Su respiración agitada hacía que su pecho subiera y bajara con un rápido ritmo haciendo lucir mejor su cuerpo debido a la fina capa de sudor que cubría toda su piel. Jane le dio un fuerte apretón a mi mano y casi grité de dolor. La miré y sus grandes ojos estaban clavados en el abdomen del hombre. Sin duda, estaba disfrutando el panorama.

Pocos segundos después una mujer apareció en la escena. Era rubia y pequeña, de muy buen cuerpo y vestida solamente con un brassier de cuero negro con algunas tachas, unas bragas a juego y los zapatos, con una altura de muerte, los más hermosos que había visto. Podía distinguir debajo del antifaz, como el que llevaba el hombre, sus ojos muy maquillados en negro así como los labios y el rubor marcando sus pómulos, dándole un aspecto muy gótico y perverso.

La mujer se movía con destreza alrededor del hombre que con sólo sentirla cerca se retorcía en la cruz, jadeante. Movía su pelvis en dirección a ella quien tomó una fusta y comenzó a recorrer su cuerpo con el extremo de las tiras blandas de piel desde su garganta hasta su polla hinchada donde le dio un par de golpes algo fuertes y él gimió casi agonizante al sentir el objeto pasear y castigar su esbelto y atado cuerpo.

Accionando un botón, la moderna cruz se elevó dejando al hombre un poco inclinado hacia atrás permitiéndole a la hábil mujer subir a horcajadas sobre él. Lo cabalgaba con rudeza, dejándose caer sobre el bulto imposiblemente más hinchado provocando gemidos desesperados. Ella refregaba su cuerpo contra el de él que respondía a cada incitación que recibía. Sus muñecas luchaban y luego parecía entender que no estaba en posición de pedir y mucho menos de exigir, sólo de tomar lo que ella, su Domie, quisiera darle.

Después se bajó de él y tomando una vela con mucha parafina ya derretida, comenzó a derramarla en su pecho, alrededor de sus tetillas, en su ombligo y jalando un poco sus bóxers para dejar caer un poco ahí. Él gimió seguramente de dolor, eso ya era bastante extremo para mi gusto.

–Dios, ¿por qué ella hace eso?, no entiendo –murmuró Jane y una voz masculina detrás de nosotras respondió.

–Es una representación del poder. Ella le demuestra a su sumiso que es la única que tiene el mando, que es la única que le puede prodigar dolor y placer, que si es buen sumiso ella estará contenta con él y lo premiará cuando llegue el momento pero aún así, él es el único en realidad con el verdadero poder aquí, al aceptar o no su condición, al tomarla a ella como Domie, al confiar en ella o al negarle todo. Yo puedo hacerles una demostración en privado –ofreció el hombre sin dejar de ser educado–, ¿les gustaría?

–No, gracias, creo que por hoy ha sido suficiente –contesté del mismo modo y jalando a Jane.

–Pero yo no me quiero ir –Jane me miró suplicante y rehusándose a mover de ahí.

–Ok, está bien pero cállate –apreté su mano–. Después de esto sí que nos vamos.

Los espectadores nos miraban irritados por nuestras murmuraciones que afortunadamente no importunaron a los protagonistas ya que la mujer tocaba la entrepierna del hombre haciéndolo enloquecer de deseo. Con la mano adentro de sus bóxers acariciaba su polla y él rugía de impotencia por no poder tocarla, por no poder tenerla como sus impulsos y deseos le pedían.

Era una sensación desquiciante y yo lo sabía por experiencia propia… querer hacerle sentir a tu Dominante el mismo calor que te proporcionaba, que palpara la intensidad del deseo que te estaba provocando, el grado de abandono al que deseabas entregarte a él, confiando en él, para que hiciera contigo lo que quisiera y tú gustosa aceptaras. Feliz.

La mujer dejó a un lado la fusta y comenzó a excitarlo con sus manos. Lo acariciaba suavemente y luego lo pellizcaba con fuerza, en los pectorales, en sus tetillas ya rojas de la exagerada manipulación; su entrepierna, su abdomen deliciosamente marcado, metía las manos dentro de sus bóxers haciendo también víctimas a sus nalgas y después las movía para que sus testículos recibieran el mismo trato.

Él intentaba embestir tanto como sus amarres se lo permitían y ella reía y le murmuraba cosas al oído. Entonces ella llevó su mano entre sus bragas y luego la sacó; sus dedos brillaban mostrando su evidente excitación, sonrió y los pasó por los labios de su hombre que se los relamió para placer de su Domie.

El hombre estaba enloqueciendo, ahí atado sin poder hacer nada más que recibir lo que ella le daba; él gemía, se movía incómodo seguramente por el dolor que de su polla se disparaba, esa polla que se veía bajo la prenda de piel, fiera y amenazante. La Domie, ya de vuelta sentada a horcajadas sobre él, se desabrochó el brassiere dejando ver sus senos, perfectos y erectos hasta lo imposible.

Con una sonrisa lasciva en la boca, empezó a bajar los bóxers del torturado sumiso, mostrándonos que no me equivocaba y que sus nalgas eran tan perfectas como el resto de su cuerpo. Al llegar al punto donde no podía bajarlos más, tomó unas tijeras e inconscientemente me estremecí al recordar cuantas veces a mí también me habían despojado de mi ropa de esa misma manera, pero si tenía que decir algo a favor de eso, es que era algo desgarradoramente sexy.

De un zip-zap, la mujer se deshizo del pedazo de piel y dejó al hombre desnudo ante los ojos de quienes mirábamos la escena. Su polla saltó brava, como si hubieran desenvainado una espada de su funda, buscando pelea, clamando por ella para mitigar su tortura.

–Oh por Dios, ¡es enorme! –Jane susurró sorprendida.

–Shhh –intenté callarla.

 –Si así la tiene Edward comprendo perfectamente porqué estás rendida ante él amiga, ¿y quién no lo estaría?, con esos ojos, ese cuerpo que resucitaría hasta a el mar muerto y una polla como esa créeme que yo también dejaba hasta mi alma por un hombre como él.

– ¡Jane! –oprimí mi mano con mucha fuerza y ella se retorció de dolor aunque su sonrisita malévola no desapareció de su cara.

La Domie sonrió con el orgullo de saberse dueña del perfecto ser que estaba totalmente entregado a ella. Con una mano tomó la polla y con la otra sus endurecidas bolas perfectamente bien afeitadas, así como todo su cuerpo que se veía pulcramente cuidado y libre de todo vello, brillante. Fiel reflejo de una de sus exigencias como su Domie.

El hermoso hombre se estremeció y ahogó un gemido en su garganta. Su frente perlada con finas gotas de sudor, su mandíbula firmemente apretada mostraba sus dientes, sus manos cerradas en contraídos puños, sus muslos y su vientre trémulos por el arrebatado contacto dominante.

La pequeña mano bajaba con rapidez a lo largo del impaciente miembro en una declarada tortura que estaba a punto de acabar con la resistencia del hombre y su cordura. Él murmuraba algo que bien hubiera podido ser un ruego desesperado por su clemencia y ella negaba suavemente con la cabeza, incitándolo a aguantar, a resistir como muestra de su confianza a ella, como muestra de su entrega total.
  
–Coño, Bella, estoy a punto de correrme con tan sólo ver esto –susurró Jane–. Es tan erótico…

Y tenía toda la razón. El calor estaba creciendo entre mis muslos al imaginarme tener ése grado de poder sobre Edward. Poder jugar, tentarlo, enloquecerlo, perderlo con mis caricias, con mis demandas, mis deseos… la humedad se hizo presente entre mis pliegues y casi tuve que ahogar un jadeo. El mirar la sumisión desde el otro punto de vista me estaba consumiendo y mis pezones erectos eran otra muestra del grado de afectación que la escena estaba teniendo en mí.

Los visibles espasmos del hombre indicaban que no duraría mucho más conteniendo el orgasmo y la mujer lo sabía. Lo soltó, se separó de él y con una perversa calma, caminó hacia el cristal y lentamente corrió la cortina. Creí que ahí había acabado la demostración pero al ver que nadie se movía nosotras tampoco lo hicimos. A los pocos segundos pudimos saber porqué.

Los audibles gemidos y jadeos indicaban que detrás de la cortina se estaba consumando el acto. Tanto el hombre como la mujer se entregaban sin reparos para gusto de los presentes que atentos y excitados escuchábamos. Miré a mi alrededor y algunas parejas se tocaban, otros se besaban, otros se estaban muy quietos pero todos con el mayor respeto.

Dios, yo sólo esperaba escuchar el inconfundible gemido de placer que diera por finalizada la demostración para huir de ahí. Estaba tan excitada, tan necesitada de mi Señor, que lo único que quería era llegar a casa para esperarlo tan sumisa como pudiera, para entregarme a él, para ser amada con toda la fuerza de su poder.

Un ronco rugido terminó con la agonía del hombre. Ella por su parte alcanzó el orgasmo con un grito de satisfacción. Nadie se movía. Pero, ¿qué diablos esperaban?, ¿un puto autógrafo?

Un par de minutos después, un ruido indicaba que la cruz estaba regresando a su posición original. También se oyó cómo desataban las muñecas y los tobillos del hombre de las restricciones del artefacto que lo mantuvo inmóvil. Entonces la cortina fue corrida y la pareja apareció tomada de la mano y ambos ya cubiertos con unas batas negras. Se acercaron un poco al cristal y asintieron ante los aplausos de los espectadores.

De pronto, el hombre se quitó el antifaz seguido por la mujer que también se despojó de la peluca rubia y me quedé pasmada…

¡Alice!

Los aplausos siguieron y sentía que por la sorpresa, mi garganta se cerraba y me impedía respirar. Intenté moverme pero fui incapaz de hacerlo hasta después de varios segundos después que, sin pensar, sólo respondiendo a mis impulsos, me abrí paso entre la gente, me acerqué al cristal y lo golpeé con la palma abierta. El par de rostros se transformaron al verme.

Las facciones de Alice se tornaron en unas que no podía describir. Eran de, ¿asombro?, ¿vergüenza?, ¿odio? No lo sabía pero tampoco tenía ganas de averiguarlo y mucho menos me quedaría para descubrirlo.

–¿Bella?, ¿qué pasa? –la voz angustiada de Jane me hizo reaccionar y dar un paso hacia atrás.

Mi cuerpo chocó contra algunas personas y tomando de nuevo la mano de Jane comencé a alejarme de ahí.

–Bella, ¿qué fue eso? –preguntó insistente mientras mis pies bajaban tan rápido como podían por esa escalera cubierta de alfombra roja.

–Nos vamos.

–Pero, ¿por qué?

–La Domie es Alice –respondí con fría calma.

–Oh… por la puta y gorda vaca –murmuró.

Estaba impactada por mi exceso de tranquilidad, una que en el fondo sabía que cocinaba sentimientos arrebatados, que hervían en mi interior y que iban desde la obvia sorpresa hasta la decepción, pasando por todos los puntos intermedios pero lo que más me molestaba, era el cinismo, la hipocresía y el engaño. El dolor que todo el descubrimiento me estaba ocasionando estaba ahogándome y lo único que quería era salir de ahí, olvidarme de lo que había visto y llegar a casa.

– ¡Bella!

Alice gritó mi nombre antes de que pudiera llegar a la salida.

–Detente, ¡por favor!

Con más determinación caminé arrastrando conmigo a una confundida Jane, que no preguntaba más, sólo miraba asustada. Salimos del área del bar y atravesábamos el vestíbulo de cortinas de lamé dorado cuando sentí una mano tomarme por el brazo. Instintivamente me zafé de su agarre, como si su sólo toque me quemara la piel.

–Déjame explicarte, Bella –me pidió.

Me paré abruptamente y giré mi rostro hacia ella con lentitud.

– ¿Explicarme? –Reí irónicamente–. Hipócrita, yo no quiero nada de ti, mucho menos una absurda explicación.

–Necesito hacerlo, por favor –suplicó.

–No te preocupes, no me hace falta que lo hagas, sé muy bien quién eres, ¡una maldita cínica! –grité–. Ahora entiendo tu actitud de líder, que te sintieras con derechos sobre nosotras, con derechos de saber todos nuestros secretos. Eres una dominante y por eso te ofendiste y te indignaste cuando descubriste que yo, la débil Bella tuviera una relación que quise mantener oculta de ti, que estaba alejándome de tu sombra protectora, que alguien más estaba cumpliendo con esa labor que creías tuya.

–No fue así –se puso delante de mi, cerrándome el paso.

– ¿Ah no?, ¿entonces que fue toda esa actitud cuando te enteraste?, ¿qué fue, Alice?

–No fue mi intención… yo no pensé que…

–No tienes ni una puta idea de cómo me hicieron sentir, tú en especial y, ¿sabes? ya no me interesa nada que tenga que ver contigo, no te quiero en mi vida de ninguna forma, te lo advierto, no vuelvas a intentar acercarte a mí.

–Eso no tiene nada que ver con esto –levantó la voz–. Dame la oportunidad de explicarte, de que me entiendas.

– ¿Con qué cara me pides lo que tú misma me negaste? –y fue cuando sentí que unos fuertes y enormes brazos casi me levantaron del suelo.

– ¡Suéltame! –grité mientras pateaba al ser llevada lejos del vestíbulo junto con Jane–. ¡No me toques!

El fornido hombre hizo caso omiso a mis órdenes y con toda la dificultad que implicaba la manera en la que me cargaba, pude girar y ver que Jane también era cargada por otro hombre enorme al que ella insultaba, arañaba y pateaba sin piedad sin que este se inmutara.

– ¡Paul! –Exclamé con miedo pero sabía que era imposible que me escuchara– ¡Paul!

Los hombres nos subieron por otra escalera, una casi oculta y nos detuvimos frente a una puerta bien disimulada. La abrieron y nos dejaron de pie en medio de una oficina con una vista panorámica del bar. En la pared habían colgadas pantallas con imágenes de los cuartos donde se realizaban las escenas, algunos vestidores, las escaleras, el vestíbulo y casi podía jurar que de cada una de las áreas de todo el club. Entre mis nervios, pude distinguir que era una oficina con muy buen gusto. Los muebles oscuros se veían fuertes y combinaban con el color azul plumbago de las paredes, las sillas color chocolate frente al imponente escritorio con una gran silla de piel detrás de él.

La habitación estaba completamente aislada de todo el sonido que viniera del club y en contraste con el apabullante ruido, una suave melodía de jazz llenaba la oficina. Era relajante pero en ese momento, después de haber visto esa escena, con la que se decía mi amiga, con aquella que se valía del cariño de mi padre para llegar a mí, era imposible lograr tranquilizarme. La puerta se abrió y de nuevo volvió a cerrarse. Sabía muy bien quien había entrado.

–Isabella.

Su voz sonó calmada, fría. Pasó a mi lado y caminó hasta la ventana panorámica, observó el club abajo. Me daba a espalda pero aún así pude ver como el hermoso vestido envolvía su perfecto cuerpo, segundos después se giró hacia mí dirigiéndome una media sonrisa.

–No tienes ningún derecho de mantenerme aquí. Déjame ir –demandé.

–Lo tengo cuando irrumpen en mis dominios. No tolero los escándalos, Isabella, y la pequeña intrépida y tú estaban protagonizando uno justo en el vestíbulo de mi club –enarcó una ceja cuando alguien más entró a la oficina. Eran Alice y Jasper. Ya estaban vestidos con jeans y camisetas. Ella con la mirada al suelo y él con los brazos cruzados a la altura de su pecho y el ceño fruncido. Jasper, uno de los dos mejores amigos de Edward. No. Definitivamente, nunca, jamás volvería a verlo con los mismos ojos.

–Vera, lo sien…

–Guarda silencio, Alice –ordenó.

–Yo me largo de aquí –dije enfadada pero uno de sus hombres resguardaba la puerta.

–Tú no vas a ningún lado hasta que hayas entendido que aquí no se viene a jugar, mucho menos a armar un alboroto. No es un lugar para saciar tu curiosidad adolescente. Este es un club respetable, discreto pero sobre todo serio y no voy a consentir tus arranques de niña inmadura. Si quieres saber algo pregúntaselo a tu Dom que para eso lo tienes y no vengas aquí a causar escándalos.

Mis ojos se abrieron desmesurados ante la ofensa. ¿Cómo diablos se atrevía a decirme eso?

–Y ustedes –se dirigió a Alice y a Jasper–, no podrán realizar ninguna escena hasta que yo lo decida. Puedes agradecérselo a Alice, querido Jasper, si es que ella te lo permite…

– ¿Es todo? –pregunté sarcástica, lista para marcharme de ahí.

–Bella, ¿Edward es tu Dom?–preguntó mi ex amiga mirando a Jasper y yo rodé los ojos. ¿Quién más si no él?

–No me interesa ventilar mi vida privada con una persona que me ha decepcionado tanto como tú, porque me recriminaste muchas cosas, Alice, me ignoraste, me humillaste y resultó ser que todo eso que me reclamabas, todo eso por lo que me ofendiste y me insultaste, tú lo eres también pero peor aún porque eso es hipocresía, porque fue lo primero que me echaste en cara, mi relación con Edward, por no decirles, por guardármela para mí, ¿no es así?

Alice no levantaba la mirada sabiendo que mis argumentos eran más que válidos.

–Y mírate, tú sí que compartes. Azotas a Jasper frente a cualquiera sin ningún remordimiento. ¿Lo sabe Rose? –reí falsamente–. No, no creo que pueda resistir saber quien es su amiga y lo que oculta. ¡Eres una verdadera hipócrita!

– ¡Bella! –Jasper reaccionó ante mi insulto.

–Lo siento, pero tú sabes muy bien como me trataron tu Domie y Rosalie.

–Ustedes dos se callan –Vera golpeó el escritorio con el puño–. Por más que sean las parejas de mis mejores amigos no voy a tolerar esto. Jasper, llévate a Alice de aquí, luego hablaré con ustedes y tú siéntate –me miró intentando dominarme con la mirada.

Ellos salieron y yo no me moví ni un milímetro. Sólo miré a Jane de reojo y estaba petrificada, atenta a todo lo que ahí ocurría.

–Llamaré a Edward para que venga por ti, así que ponte cómoda porque no te dejaré salir de aquí sin él.

¿Qué? ¿Esa mujer estaba loca?

–Tú no puedes hacer eso –le advertí mientras el miedo comenzaba a invadirme.

Si Vera llamaba a Edward para decirle en donde me encontraba, mis problemas no serían pocos. Enloquecería de sólo saber que había ido a ese lugar sola y después de haber convencido a Paul, que seguramente perdería su empleo ya que Edward, furioso, no le perdonaría el haber desobedecido sus órdenes de mantenerme segura y yo no podía permitir que sucediera eso. No por un capricho mío.

–Lo siento, pero tú le perteneces y yo no puedo ignorar el hecho de que le has desobedecido. Es tu Dom, Isabella y debes responder por tu falta –dijo con voz mucho más serena y modulada.

Estaba en lo cierto y la odiaba por eso pero mi temor a la reacción de Edward era más grande que mis sentimientos negativos hacia ella.

–No. Por favor, no lo hagas –le supliqué y sus ojos se entrecerraron al mirarme.

– ¿Qué haces aquí sin tu Dom? –me interrogó con interés.

Yo tragué en seco, realmente considerando la posibilidad de ser sincera y revelarle el motivo de mi presencia en su club.

–Yo… yo vine buscando a Olga –confesé.

–Olga –murmuró mordiendo un lápiz–. Y precisamente para qué la buscas, Isabella, ¿puedo saberlo?

Respiré profundamente y exhalé. Tenía que ser honesta, por el bien de Paul, de Jason y el mío propio.

–Necesitaba un consejo –respondí seca y su risa se escuchó ridícula en la habitación.

– ¿Un consejo de una aprendiz de sumisa? No me queda claro, Isabella, tendrás que ser más específica –se burló.

–Vera, no quiero causarle ningún problema a quienes trabajan para Edward cuidándome. Ya te he dicho a qué he venido y siento mucho el escándalo que se armó, no fue mi intención, créeme. Ahora debo irme, tengo que llegar a casa antes de que Edward lo haga. No quiero hacerlo enojar y estoy segura que tú tampoco deseas que eso suceda. No querrás causarle un disgusto, es tu amigo, ¿no?

–Exacto, Isabella y justamente porque es mi amigo, mi lealtad está con él y no contigo –mi boca se abrió de asombro por su cínica declaración. Esa mujer no tenía vergüenza y yo no tenía remedio, estaba perdida.

Resignada, me dejé caer en una de sus elegantes sillas. Pasé mis manos por mi cara, pensando qué sería de Paul y de Jason y en lo que podría hacer para evitar su despido.

– ¿Qué es lo que necesitas, Isabella? –su interés sonó extrañamente sincero y levanté la mirada hacia ella.

–Yo… sólo vine para que… me aconsejara sobre como decorar una habitación –cedí finalmente, agotada por todo lo sucedido.

Un incómodo silencio llenó la oficina y me dejó preguntándome qué era lo que pasaba por la mente de esa mujer que descaradamente besaba a mi dueño en mi propia cara sin importarle nada. Pasaron varios minutos y por fin rompió el silencio.

–Está bien, Félix –dijo por el intercomunicador–. Déjalos pasar y escóltalos hacia la salida trasera.

En menos tiempo del que pensé, Paul y otro hombre entraban. Él se inclinó hacia mí. Me tomó por el codo y el otro hombre hizo lo mismo con Jane que seguía petrificada y blanca como un papel. Nos guiaban fuera de la oficina. Antes de atravesar la puerta, me giré y miré a la mujer. Asentí y salimos de ahí tan rápido como nuestros pies nos lo permitieron.

Atravesamos el atestado club con Félix pegado a nuestras espaldas. Abrió la puerta y Jason ya nos esperaba con el auto listo para alejarnos de ahí. Estaba a punto de subirme cuando escuché mi nombre.

–Bella…

–Oh por Dios, no –rogó Jane recuperando al fin su voz.

Jasper se acercó a mí, visiblemente consternado. Estaba solo.

–Sube al auto, Jane, yo lo haré en un momento –sin queja, mi amiga obedeció y Paul se separó de mí unos pasos, dándonos un poco de privacidad. Fue cuando noté que el otro hombre subió a un auto con otros dos tipos detrás de él. ¿Qué coño era eso?

–Bella, yo… no sé qué decir, estoy muy apenado contigo –dijo Jasper disculpándose. Era difícil para mí ver esa actitud en él y no solamente eso, sino también las imágenes suyas que tenía grabadas en mi memoria.

–Jasper, yo no tengo nada que decirte. Yo respeto mucho tus decisiones y tus deseos pero también sabes muy bien qué es lo que no puedo tolerar.

–Lo sé y no abogaré por ella. La quiero y creo que después de lo que has visto hace un rato no tienes la menor duda de eso, pero también intento ser justo y objetivo contigo. No me interpondré entre ese problema que sólo ustedes pueden arreglar, yo lo único que te pido, es que no le digas nada a Edward de lo que has descubierto esta noche. Yo necesito tener una plática con él y con Emmett y revelarles mi recién descubierta condición.

Él no me pedía nada ilógico. Estaba en su derecho de pedirme toda mi discreción y yo se la daría porque no me correspondía hablar de eso con nadie.

–No me siento avergonzado por esto, Bella –agregó como si mi silencio implicara que yo pensaba que lo estaba.

–Lo sé, Jazz y sabes que te entiendo mejor de lo que crees. Cuenta conmigo –sonreí sinceramente–. En cuanto al problema con Alice, tal vez algún día podamos sentarnos y hablar de ello pero por ahora, ese momento lo veo muy lejano.

–Te entiendo y agradezco tu comprensión. Gracias, Bella –apretó mi brazo y asentí.

***

Dejamos a una muy nerviosa e impactada Jane en su apartamento después de asegurarme mil veces que estaría bien. Hubiera disfrutado de todo lo que vio si nos hubieran trasladado de forma menos sorpresiva y carente de delicadeza a la oficina de esa mujer.

–Paul, Jason –los llamé–, les pido una disculpa por lo ocurrido. Les prometo que no volveré a ponerlos en un predicamento como este –ninguno contestaba y sabía que era porque estaban enojados conmigo. Prácticamente los había forzado a cumplir mi deseo y sabían que al haber aceptado ponían en riesgo sus empleos, cosa que no me detuve a meditar antes de acorralarlos.

–Ha sido sólo culpa mía y tomaré toda la responsabilidad de ello.

–No se preocupe, señorita Isabella, nosotros sabíamos a qué nos exponíamos, no es su culpa.

¿Podía sentirme peor?

No. Eso no era posible.

Subí a nuestra habitación, estaba cansada y temblaba ligeramente. Un baño caliente me ayudaría, así que me metí bajo el chorro dejando que la presión golpeara mi espalda y mis hombros. Lavé mi pelo y me tallé bien todo el cuerpo, no quería sobre mi piel ningún sucio rastro de esa noche en la que no obtuve nada de lo que había ido a buscar y sí un buen mal rato.

Sequé mi cuerpo y mi pelo y aunque a Edward le gustaba que durmiera desnuda, me puse una camiseta suya porque tenía una dolorosa necesidad de sentirme abrazada de alguna forma. Me acosté en la cama y me abracé a su almohada.

Alice… una dominante.

Cerré mis ojos apretándolos con fuerza cuando escuché a Edward entrar a nuestra habitación.

Se acercó, jaló el edredón y se montó sobre mí tomando mis muñecas colocándolas sobre mi cabeza e inmovilizándome bajo su cuerpo. Su rostro estaba serio y sus facciones duras como una piedra. Sus ojos me taladraban con su mirada oscura borrando el verde en ellos.

–Edward, ¿qué…

– ¿En dónde demonios estabas, Isabella?*


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Nenas! Otra vez por aquí. Este capi lo quiero dedicar a mi amiga Jo porque tenemos mucho porqué celebrar. A Lethy, Nani y las nenas que siempre tienen que ver para que esto se vea bonito. A ustedes por leer, por esperar y por comentar, mil besos y mi eterno agradecimiento.


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