martes, 27 de diciembre de 2011

CAPITULO 23

*OUTTAKE*
Amor dulce y amargo.


Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
Madre Teresa de Calcuta


ROSALIE'S POV.

Suspiré profundamente antes de bajarme del auto. Ni mis energías ni mi ánimo estaban para entrar con entusiasmo al establecimiento pero tenía que comprar algo para alimentarme. Hacía ya varios días que no comía casi nada; no estaba como para sentarme a darme una gran comilona pero en mi cocina tampoco había mucho de donde escoger. Estaba vacía. Ni siquiera chocolates escondidos, ni algún tubo de Pringles quedaba en algún cajón por ahí, toda dotación de golosinas me la había acabado ya desde hacía un par de semanas.

De nuevo inhalé todo el aire que pude y maldije por lo bajo; me bajé con determinación, una que no sentía que tenía pero aún así avancé hasta la entrada del supermercado y tomé un carrito.

¿De qué lo iba a llenar si no tenía ganas de comer nada?

Avancé por un pasillo y me obligué a concentrarme. Me arrepentí de no haber hecho una lista e ir directamente por lo que necesitaba sin tener que estar rondando por todo el lugar. ¿Una lista? Me reí por ese pensamiento estúpido y parpadeé confundida al notar que era la segunda vez que iba a pasar por el pasillo de los enlatados. Resoplé por la nariz y avancé para luego ir hacia la comida congelada. Y ahí estaba ella…

Caminando como ausente, pero más hermosa y sofisticada que nunca. No es que nunca lo hubiera sido al contrario, pero era muy difícil que Bella sacrificara su comodidad por la elegancia. Aunque por lo que veía eso era cosa del pasado, ella ya no era aquella chica indiferente por la gente a su alrededor y más interesada en llegar a su apartamento y encerrarse en sus libros y novelas. Aquella Bella no vivía, o lo hacía a través de todas las historias que leía.

Pero ahora, Isabella Swan era la novia del inversionista más exitoso del país. Era obvio que debía verse como lo que era y dejar de lado su imagen cómoda. Atrás quedó la chica linda despreocupada porque la persona que estaba caminando distraída hacia mi daba la impresión de ser una mujer en toda la extensión de la palabra. Bella ya estaba viviendo… Y eso se le notaba a leguas así como lo ausente que estaba en ése momento.

Se detuvo y se quedó mirando las latas; metió varias y alcancé a ver que un par de ellas eran de pimientos verdes, algo que ella jamás compraría. La observé por unos largos segundos y no pude frenar el impulso de llamarla.

–Bella…

Dije con voz algo temerosa y baja. Ella levantó lentamente la mirada y frunció el ceño como si estuviera viendo a una persona indeseable, tal vez para ella yo lo era; eso me caló hasta los huesos.

–¿Cómo has estado?

Le pregunté insegura y con un poco de miedo. Con cara seria dio media vuelta dándome la espalda y dejando el carrito detrás la seguí unos pasos.

–Por favor ¿Podríamos hablar?

Ella parecía no escucharme y continuaba caminando, queriendo alejarse de mi con justificada razón pero yo no podía dejarla ir, no ahora que la tenía ahí, casi frente a mi.

–Necesito hablar contigo, te necesito, Bella…

Le confesé y se detuvo, con una frialdad que no pensé escucharle alguna vez me respondió.

–Pues yo ya aprendí que no necesito ni de ti ni de nadie.

–Bella… – dije sorprendida aunque entendía muy bien su reacción.

–No te preocupes, Rosalie – me dijo volteando ligeramente por sobre el hombro.

–La soledad y el rechazo duelen, pero te acostumbras…

Ahogué un gemido sorprendida por sus palabras, mi amiga no podía estar diciéndome eso con tanta dureza. Pero ¿De qué me sorprendía? ¿Acaso yo no fui mucho peor con ella? ¿No me merecía ese trato?

–Bella yo… quisiera hablar contigo.

–Rosalie – se giró de nuevo hacia mi –, me estás haciendo perder mi tiempo.

–¿Podríamos vernos otro día?

–Mmm no creo, de lunes a viernes trabajo y los fines de semana me la paso revolcándome con el amigo de tu novio, pero eso tú ya lo sabes…

Con una sonrisita cínica me dijo exactamente las mismas palabras que yo le dije el día que fue a pedirme perdón y la corrí. Estaba en todo su derecho de mirarme con esa arrogancia que de seguro había aprendido de Cullen, eso y sabía Dios cuantas cosas más…

–Como puedes ver no tengo tiempo para perder en amistades estúpidas y falsas que cuando más las necesitas te dan la espalda. Que tengas una linda noche. Adiós, Rosalie.

Y tomando de nuevo su carrito me dejó parada en medio de ese pasillo viéndola marcharse.

No te vayas, Bella…

Con pasos apresurados caminé hacia la salida del lugar. Tenía que irme, no podía seguir ahí. Subí a mi auto y conduje entre el tráfico hasta mi apartamento echando maldiciones a todo aquel idiota que se cruzaba en mi camino.

Que día tan horrible. Ése y muchos días anteriores. Apestaban. Mi vida apestaba. Yo apestaba. Me sentía estúpida, sola e incomprendida, asustada, temerosa y esa ya no era yo. Yo no debía sentirme así, yo podía contra todos esos sentimientos detractores porque Rosalie Hale era más fuerte de lo que todos imaginaban. Pero entonces ¿Por qué no podía gritarlo a los cuatro vientos? ¿Por qué me sentía atada?

Bufé irónica y entré a mi apartamento. Aventé los zapatos por ahí y otra maldición escapó de mi boca al tropezarme con otros que estaban también tirados por todo el salón. Zapatos, ropa, bolsos… Mi piso estaba frío y vacío. Había vendido ya todos los muebles, solo quedaba un sofá grande en el cual dormía y una mesita que estaba junto a mi cama, que fue lo primero que saqué de ahí. Ni televisión, ni una silla, ni nada. Parecía una zona de desastre o mas bien la casa de una indigente.

¿Cómo coño llegué hasta ese estado?

Después de cambiarme me tiré al sofá y me cubrí con las mantas deseando dormirme rápido pero sabía que mi deseo casi nunca se cumplía. Mi estómago gruñó y me giré hasta quedar de cara al respaldo del sofá.

Bella ya no quería tener nada que ver conmigo, yo le había pedido que se olvidara de mi y como siempre hacia, siguió mi consejo. Y me dolía, pero ella tenía toda la razón. ¿Quién carajo le daría a alguien otra oportunidad después de que esa persona la hirió de una forma tan… arrg?

Puta madre…

¿En que pinche momento se me ocurrió vender también el calefactor portátil? Hacia tanto frío ya que no me era suficiente el del apartamento y sin muebles, era peor. En mi bolso busqué a mis nuevos y adorados amigos, saqué uno de la cajetilla y amodorrada en mi sofá-cama-mesa lo prendí dándole una buena jalada.

¿Así se habría sentido Bella? ¿Además de sola, incomprendida? – pensé mientras exhalaba el humo con el que se llenaron mis pulmones.

Esa noche la había visto distraída y eso me preocupó. Si, sabía que era una hipócrita y que la preocupación por mi amiga llegaba demasiado tarde pero si Bella tenía algo característico era que nunca, jamás, estaba distraída. Siempre estaba alerta, pendiente de su entorno, como si estuviera a la expectativa de que algo fuera a suceder, cuidándose las espaldas. Eso era algo que con el tiempo había logrado disimular bastante, por eso volver a verla así me confundió y me inquietó aún más. Algo le sucedía…

El ruido de mi teléfono me distrajo de mis pensamientos. Jalé mi bolso que estaba tirado en el suelo junto al sofá y buceé en él por mi móvil que seguía sonando con insistencia. Sabía bien quien me llamaba pero no iba a contestarle, solo quería ver su foto parpadear en la pantalla.

¿Qué significaba todo lo que me estaba ocurriendo? ¿Un amargo recordatorio de que no podía huir de mi pasado?

Apagué mi teléfono y giré mi cara de nuevo contra el respaldo de mi sofá. Con las mantas sequé mis ojos porque las putas lágrimas no querían dejar de brotar de ellos. No podía entender como no podía manejar lo que me sucedía, ya era una adulta y había dejado de ser una niña tonta desde hacía mucho tiempo, pero no, resultaba que me sentía más desprotegida, mas sola que nunca e incapaz de controlar mis emociones, solo quería llorar y llorar. ¡Que patética!

Conforme fue pasando el tiempo fui quedándome dormida. Estaba tan cansada que ni el condenado frío que sentía me mantuvo despierta titiritando.

–¡Rosalie!

Unos golpes fuertes a mi puerta seguidos de mi nombre me despertaron. Era él.

–Sé que estás ahí, Rose, abre la puerta.

Tragué en seco dolorosamente y cubrí mi boca con las mantas. Como si con eso pudiera silenciar los sollozos que el sobresalto me habían causado.

–Rosie, me estás asustando, abre por favor.

Cerré mis ojos apretándolos fuertemente y me llevé las manos a los oídos, no quería escuchar su voz.

–Vamos, cariño, déjame entrar, tenemos que hablar.

Siguió insistiendo por unos minutos, cada vez con más fuerza golpeaba mi puerta y si no supiera que era un ardid, no sabía para qué, hubiera podido asegurar que de verdad estaba preocupado por mi.

–Si no me abres soy capaz de tirar esta puerta, sabes que lo haré, Rosalie…

Pero al parecer se cansó de insistir porque los golpes se detuvieron y ya no volví a escucharlo del otro lado de la puerta, mucho menos lo oí llamarme. Me calmé tanto como pude y volví a caer desmadejada en mi sofá. Me sentía mal y me dolía todo el cuerpo, solo quería no sentir tanto frío y dormir, dormir y dormir.

No tuve idea de cuanto tiempo pasó desde que me dormí de nuevo hasta que mi puerta se abrió de un rotundo golpe, tan fuerte que me hizo brincar asustada, pero estaba tan débil que tenía que hacer un esfuerzo para mantener abiertos los ojos y ver qué era exactamente lo que estaba sucediendo.

–¡Rosalie!

Era su voz. Mi cara y todo mi cuerpo se contrajo al escucharlo, pero por más que lo intenté no tenía las fuerzas necesarias para levantarme y defenderme de él. Estaba a su merced.

–¿Qué… qué significa todo esto, Rosalie?

Respiraba agitada. Lo miré y casi hubiera podido jurar que estaba tan asustado como yo. ¡Que buen farsante era!

–¡Vete!

Grité como pude pero solo atraje más su atención hacia mi.

–No, no, mi amor, no me alejes – avanzó hacia mi.

–¡No te acerques!

–No me pidas eso porque no lo haré. Tú y yo nos debemos una plática muy larga y no pienso posponerla más – su tono cambió y un dejo de dureza apareció en su rostro.

–No quiero nada contigo, Emmett, te lo dije desde esa noche.

–No. No me dijiste nada, solo te marchaste sin darme la oportunidad de explicarme.

–Bien, no quiero que lo hagas, solo vete y déjame sola.

–Estás muy equivocada si piensas que voy a dejarte en estas condiciones ¿Qué carajo pretendías, Rosalie, abandonarme?

No podía enfocar bien su rostro, todo daba vueltas a mi alrededor y mi cuerpo no dejaba de temblar.

–¿Qué diablos sucede con tu apartamento? ¿Dónde están todos tus muebles…?

Eso fue lo último que escuché antes de despertarme en su casa, en su cama, envuelta en su pijama. Estaba adolorida, como si hubiera corrido un maratón y la garganta me ardía como si hubiera gritado durante todo el trayecto.

¿Cómo diablos había llegado ahí?

Me sentía tan mal que solo recordaba que Emmett había irrumpido en mi apartamento; había ido hasta ahí para pedirme una explicación por mi alejamiento y que yo me negaba a darle porque no quería volver a tenerlo frente a mi, no creía poder soportarlo. Su presencia imponía tanto…

Sin que yo estuviera buscándolo, Emmett había llegado a mi vida para iluminarla. Ese arquitecto supo como acercarse a mi y tenerme comiendo de su mano. Pero no era raro que eso fuera a suceder porque era un chico muy amable, tierno y dulce. Veía su trato con todos en la obra y mi corazón se inflaba de suspiros por él. Tenía un don de gente innegable. Era considerado y escuchaba sugerencias, se quedaba trabajando hasta muy tarde y si tenía que ensuciarse las manos como cualquier otro obrero para ayudar con algún trabajo no lo dudaba ni un segundo, se embarraba hasta los codos de cemento o de lo que fuera necesario y todo lo hacía con esa sonrisa en los labios que hacía aparecer esos dos hoyuelos en sus mejillas que me hacían derretir.

El día que me invitó a salir casi me caigo de un andamio. Solo a él se le pudo ocurrir preguntármelo mientras estaba verificando que unas vigas estuvieran bien colocadas. Desde esa vez ya no pudimos despegarnos uno del otro, hubiera sido muy tonto ignorar esa atracción entre nosotros, así que no lo pensé demasiado y al poco tiempo cuando me pidió ser su novia, no pude decirle que no.

Vivimos unos meses maravillosos; Emmett me consentía y me cuidaba, yo estaba feliz y encantada porque nunca antes había vivido algo tan real como eso, como esa relación que estaba convirtiéndose cada vez en algo más comprometido y formal.

De vez en cuando, él insinuaba algo sobre dar un paso más allá en nuestra relación y yo sentía que mi pecho iba a explotar de pura felicidad. Un día llegó diciéndome que era el momento justo para hacerlo, que me esperaba esa noche en su casa.

Sale sobrando el decir qué tan ilusionada estaba. Salí desesperada a comprarme algo especial para esa noche, me arreglé lo más bonita que pude y con mi vestido nuevo llegué a su casa esperando que al terminar de cenar al fin escuchara la pregunta que había soñado que me hiciera desde que lo conocí.

Pero Emmett tenía en mente hacerme otro tipo de pregunta, una que después de tenerme en su cama, en esa misma cama donde me encontraba en esos momentos, temblando y casi con un ataque de nervios prefirió inteligentemente no hacer. Muy sabia decisión, porque apenas logré controlarme un poco, me vestí y salí huyendo de ahí lo más rápido que pude.

Desde esa noche comprendí que el destino está marcado para cada uno de forma irrevocable. No se puede escapar de él, no importa lo que uno haga para evitar que sucedan las cosas. La vida es como es y uno solo tiene que aceptarlo y adaptarse a ello, aunque duela hasta el alma.

A eso tenía que agregarle todo eso del Karma, eso de que si haces algo malo en una vida en la siguiente lo pagas. Yo debía estar pagando por algo muy malo y según por como veía las cosas mi deuda sería eterna por haberme portado tan mal con Bella.

No pude entenderlo antes por ser tan obcecada y necia, pero ya que podía ponerme en sus zapatos, veía las cosas de un modo muy diferente. Tal vez ella lo estuviera pasando peor, tal vez ella no había podido huir a tiempo o decirle que no a ese tirano que la dominaba con solo una mirada. Oh Bella…

Suspiré y me quedé pensando un rato más sobre todo lo que había ocurrido en las últimas tres semanas. Miré a mi alrededor, a todo lo que había en la habitación. Maldito Emmett. Me tenía en su territorio y no me iba a ser nada fácil salir de ahí ilesa. Muy dentro de mi ya me estaba resignando a esa idea. Era una maldita perdedora. Lo había sido desde el principio, nada había cambiado, solo el hecho que me lo quise ocultar a mi misma y que lo había intentado hacer por muchos años, pero como un título de película hollywoodense, “Mi pasado me alcanzó” borrando de tajo todo hilo de esperanza por llevar una vida normal como cualquier chica.


Karma, eso era el puto Karma.

Tragué y casi grité de dolor. Sentía como si me estuviera tragando un nudo de alambre de púas. Enterré la cara en la almohada porque mis ojos empezaron a arder. No podía creer que tuviera tan mala suerte en la vida y lo peor era que no tenía a nadie con quien ir para desahogar mis penas. Esa era otra cosa que me tenía muy preocupada y que no me dejaba vivir tranquila.

Necesitaba de mis amigas pero me encontraba entre la espada y la pared, y aunque hubiera tenido a Bella y a su paciencia junto a mi y a Alice relajada dispuesta a escucharme y no lista para salir a golpear al causante de mis angustias, ni siquiera así hubiera podido decirles ni media palabra de lo que me sucedía.

La confusión que sentía por callarme o no lo que me estaba sucediendo me estaba carcomiendo porque por un lado si quería correr hacia ellas y gritarlo, sacarlo de mi pecho y por el otro sabía que eso era algo que tenía que guardarme para mi, algo que no debía compartir con nadie, algo íntimo, algo que yo necesitaba digerir sola como la mujer madura y fuerte que se suponía que era.

Despegué la cara de la almohada y me senté. Dios, cómo extrañaba esa habitación, esa en la que… sacudí mi cabeza y me mareé un poco. Necesitaba ir al baño así que iría con mareo o sin él. Fui agarrándome de la orilla de la cama, luego de algunos muebles y antes de llegar a la puerta del baño, mi cadera tropezó con una mesa de la cual me sostuve para no caer. Con movimientos torpes entré.

¿Quién coño era esa mujer?

Esa que me miraba frente al espejo era yo… no podía creer que tuviera ese estado tan deplorable. Esas ojeras, los pómulos marcados, ese tono grisáceo en la piel, el pelo tan descuidado… Saqué la lengua y casi me dan ganas de vomitar. Estaba blanca, seguro como un reflejo de mi estado de descomposición total. Parecía un cadáver.

Le puse una gran cantidad de pasta a mi cepillo y me lavé los dientes con la poca la energía que aún tenía. Cepillé mi lengua con vigor y deseé hacer lo mismo con cada órgano interno. Lavarlo y lavarlo para quitarme esa suciedad que de nuevo se había instalado en mi cuerpo. También lavé mi cara. Vi que no había movido ni una sola de mis cosas. Todas estaban ahí, como yo las tenía acomodadas a un lado de las suyas en el lavabo.

Despacio salí del baño y me detuve sorpresivamente al encontrarlo de pie cerca de la puerta; ése sentimiento de inseguridad y de miedo me volvió a correr por todo el cuerpo y el latido acelerado de mi corazón llegaba tronando hasta mis oídos.

Estábamos solos y en su casa, él tenía el poder en ese momento y yo nada podía hacer. Mi respiración se agitó y tragué en seco por la angustia que no me dejaba ni por un instante. De nuevo quise gritar por el intenso dolor pero solo gemí.

–Te traje algo de ropa.

Dijo mientras abría una maleta pequeña y sacaba la ropa extendiéndola en la cama. Un par de blusas, mis jeans favoritos, ropa interior, un par de suéteres, mi bolsa de cosméticos… Emmett había escogido muy bien qué llevar como equipaje de emergencia, yo no hubiera podido elegir mejor.

–Si quieres puedo volver por alguna otra cosa que necesites.

Me hubiera gustado decirle que no hacía falta porque apenas me vistiera me iría de vuelta a mi apartamento pero no pude hablar. No tenía voz, a duras penas salió un ruido horrible de mi garganta que me dolía como nunca.

–No intentes hablar, el Dr. dijo que sería mejor que descansaras unos días hasta que la infección de la garganta cediera. Estar bajo esas condiciones infrahumanas en tu apartamento te provocaron esto ¿Qué diablos intentabas hacer, mi amor?

Me preguntó con voz suave y acercándose a mi, extendiendo su brazo para tocarme, pero mi instinto me hizo retirarme, alejándome de él. Sus labios se tensaron en una fina línea, cerró su mano en un puño y se alejó unos pasos.

–No volveré a acercarme a ti sin haber hablado antes y aclarado algunas cosas. Tampoco saldrás de esta casa ni tendrás comunicación con nadie, Rosalie, estarás bajo mi cuidado hasta que te hayas recuperado. Espero que te haya quedado claro.

¿Cómo se suponía que debía reaccionar ante esa actitud? Sin más, salió de la habitación que compartimos muchas noches.

Momentos después Emily entró a la habitación, dejó una bandeja a un lado y se sentó junto a mi. Era una mujer que rondaba los cuarenta y tantos y era la encargada de mantener la casa de Emmett funcionando como reloj. Aunque solo iba por las mañanas realizaba su trabajo a la perfección. Ya se había acostumbrado a mi presencia y a mi me simpatizaba.

–Rosalie, ¡Qué bien que ya despertaste! El Dr. dijo que dormirías muchas horas – su mano tocó mi frente y sonrió –. Ya no tienes temperatura pero tienes que tomarte esto por unos días más.

Me dio un par de pastillas y una taza de té caliente.

–Tienes que comer algo, mira lo que te he traído – miré el tazón de sopa y el nudo en mi garganta se apretó. Nunca podría comer en esas condiciones –. Ha estado muy preocupado por ti – me miró y negué despacito con la cabeza –, pero no te voy a atormentar con eso, lo mejor es que te recuperes, además no soy nadie para venir a decirte lo que ya sabes.

Después de cerciorarse de que tomara aunque fuera solo un poco de sopa Emily me dejó sola. Fue como tragar fuego pero me obligué e hice un esfuerzo muy grande; necesitaba ponerme bien lo más rápido posible para poder salir de ahí. Emmett me tenía cautiva y no entendía cual era su intención pero seguramente no era para nada bueno, así que tenía que recobrar mis fuerzas para poder huir de él y ponerme a salvo.

¿Por qué me pasaban esas cosas?

Sin duda el que cayera algo a mi estómago ayudó para que pudiera descansar unas cuantas horas más. No tenía idea de cuanto tiempo había dormido pero cuando me desperté ya era de noche. Emmett no tenía ningún reloj en la habitación pero no debía ser muy tarde. Si no estaba equivocada ya tenía un día desde que había ido a buscarme a mi apartamento y me había llevado a su casa. Me estiré como un gatito e hice a un lado las sábanas, ya me sentía un poco mejor.

–Te tomaste las medicinas, comiste un poco y descansaste.

La voz de Emmett me hizo voltear rápidamente.

–Obedeciste y por eso te sientes mejor.

Me dijo serio y con esa mirada tan azul que me hacía estremecer.

–Ahora creo que lo que necesitas es un baño caliente.

Fruncí el ceño con miedo por lo que pretendía y conforme fue acercándose yo me fui alejando. Esa era mi reacción instintiva a todo en mi vida, alejarme y correr para ponerme a salvo. Negué con la cabeza fervientemente y Emmett se quedó de pie solo mirándome algo confundido.

–De acuerdo, te dejaré sola para que puedas tener un poco de privacidad.

Salió de la habitación y me relajé. Me ponía muy tensa estar junto a él. Me senté en la orilla de la cama y acepté que en algo Emmett tenía razón. Necesitaba un baño con urgencia y busqué en mi maleta una pijama que desde luego no encontré. De los cajones de su ordenado clóset saqué otra pijama y con ella y mis bragas entré al baño y abrí la llave del agua caliente hasta que el vapor llenó el cuarto. El baño me cayó muy bien; terminé y sequé mi cabello, no quería agravar mi estado dejándolo húmedo. Me vestí y al salir, Emmett estaba ahí terminando de arreglar la cama. Había cambiado las sábanas y también había llevado una bandeja con más sopa y un vaso de leche.

–He traído algo para que comas. Tómate dos de esas pastillas – me ordenó.

Oír su voz y en ese tono no tuvo un buen efecto en mi. Reaccioné tratando de poner el mayor espacio posible entre nosotros y me pegué a la puerta del clóset, sin poder avanzar más. Mis nervios comenzaron a traicionarme a medida que Emmett se acercaba a mi con pasos excesivamente lentos y escudriñándome con esa mirada azul que en ese momento parecía de hielo.

Estaba molesto, al menos eso me parecía porque nunca antes lo había visto así, con el rostro y las facciones tan duras que hacían mucho más que solo intimidarme. Emmett me daba miedo, mucho miedo pero también me daba mucha rabia el haber sido tan ciega y no darme cuenta que él no era el hombre que yo creía. Me engañó y no sabía qué era lo que quería ahora de mi.

Ya en mis cinco sentidos podía ser claramente consciente de la posición en la que me encontraba y no era nada favorecedora. Estaba sola con él, en su casa y nadie sabía donde me encontraba. La ansiedad y el miedo estaban surtiendo efecto en mi, agitando mi respiración y desesperándome por no saber como escapar de ahí.

Necesitaba huir, alejarme de él y del peligro que representaba porque el grado de afectación que su presencia tenía en mi era bastante considerable y me envolvía de forma irracional; estaba claro que yo no había podido superar nada. Estaba paralizada y no podía mover ni un dedo mientras lo tenía frente a mi y eso era lo que más me aterrorizaba, el que me hiciera recordar todo como si fuera ayer.

Mi mente no registraba nada y en ese momento solo asociaba el temor. Para mi esa mirada intensa y azul solo tenía un dueño y mi cuerpo reaccionaba de la manera mas obvia, temblando casi convulsivamente.

–Cálmate, Rosalie – me advirtió y negué con la cabeza.

–Necesitamos hablar pero antes quiero que estés tranquila, no voy a acercarme a ti. ¿De acuerdo?

No pude moverme, su presencia imponía y más con esa nueva cara que ahora tenía para mi. Jaló una silla y se sentó cerca de la cama pero a una distancia considerable de donde yo me encontraba mirándolo con desconfianza. Él también me observaba, sus ojos registraban cada movimiento, cada respiro y cada parpadeo que daba. Después de varios minutos en silencio, Emmett por fin habló.

–¿Qué pasa, Rosie?

Y de pronto, todo el miedo y la inseguridad, la desconfianza y el temor que sentía se esfumaron al escuchar a mi Emmett de nuevo, al que yo conocía, con el que había compartido ya muchas cosas, mis sueños, mis deseos, mi amor y él también los suyos conmigo. Esa voz tierna que me despertaba algunas mañanas y que me susurraba al oído las cosas más hermosas y dulces que nadie había podido siquiera soñar. Ese era mi Emmett, el hombre del que estaba enamorada, ese Emmett que se desvaneció una noche entre la nada, dejándome sumida en el miedo y la más triste decepción.

Sin que pudiera evitarlo las lágrimas fueron resbalando por mi mejilla al recordar esa maldita noche. Un sollozo amargo inundó la habitación y Emmett se puso de pie con rapidez llegando a mi lado y abrazándome protector. Me llevó a la cama y se sentó a mi lado sin dejar de abrazarme.

–¿Qué tienes? Háblame por favor.

Pero el sentir sus fuertes brazos rodeando mi cuerpo causó que me estremeciera y luchara por escaparme de ellos, de él.

–¡No! – grité afónica – ¡Suéltame!

–Rose, por favor, ¿qué sucede?

–¡No me toques!

–No estás bien, déjame ayudarte.

–¡No! No te acerques.

–Tengo que hacerlo.

–¡Aléjate! ¡No me lastimes!

Y entonces repentinamente me soltó. Como si hubiera escuchado las palabras claves, se alejó de mi y solo me miraba llorar histérica en la cama mientras intentaba con fuerza borrar la imagen de Royce de mi mente, esa y muchas más imágenes de esa fatídica noche.

–No me lastimes…

Susurraba entre sollozos ya muy leves pero perdida en mis recuerdos.

–Por favor, no…

Repetía sin voz una y otra vez.

–No voy a hacerte daño, Rosalie.

Escuché decir al Emmett que yo conocía.

–Sabes que no te lastimaría, ¿verdad?

–¡No! – grité –. Tú eres como él, mienten.

–¿De quien hablas, Rose? Dime quien te hizo daño.

–Él. Él fue.

–¿Él quien?

Mi llanto volvió con fuerza. Lloré hasta que creí que mis ojos se habían secado y que nunca más podría salir ni una lágrima de ellos. Pasé mucho tiempo así y Emmett solo me miraba impotente, sin poder acercarse, sin poder tocarme.

Conforme mi llanto fue disminuyendo, mi cordura fue volviendo. Estaba consciente de la escena que había protagonizado frente a Emmett y que él pese a todo, estaba asustado y confundido. Suspiré y lo miré. Por segunda vez en mi vida iba a contar lo que me había ocurrido y no porque le debiera una explicación a Emmett, me la debía a mi misma porque al hacerlo, sabría si iba a tener la fuerza para seguir adelante con mi vida.

Estaba acostada y me giré para darle la espalda. No quería verlo a la cara, no mientras recordaba una vez más mi infierno… una voz muy ronca por la enfermedad y por los gritos empezó a hablar.

–Teníamos dieciséis años y estábamos felices y emocionadas porque por primera vez iríamos al baile de fin de cursos. Esa vez le tocaba al internado Du Rosey, así que nos preparamos para vernos lo más lindas posible para nuestros chicos. Ellos estudiaban ahí y esa noche…

Hice una pausa recordando esos días.

–… esa noche ellos nos harían dejar atrás a las niñas que éramos. El entusiasmo corría a mil kilómetros por minuto en nuestras venas, estábamos ansiosas y muy nerviosas pero por lo menos a mi se me pasó un poco ese nervio al ver a…

Me costaba mucho decir su nombre, no quería ensuciarme la boca mencionándolo.

–… al verlo junto a mí al llegar a la fiesta. Aún recuerdo que fue una noche divina; bailamos y cantamos con todos los demás hasta que al sentir su mano en mi cintura supe que era hora de desaparecer de ahí. Me dejé guiar hasta su dormitorio y después de un par de besos bastante atrevidos para mi poca experiencia, su conducta cambió…

–Mi novio soñado, con toda esa ternura y caballerosidad que me tenían loca y enamorada, se esfumó. Tenía frente a mi a un desconocido que me tocaba con manoseos toscos y vulgares que solo me hacían estremecer pero no de placer, no me gustaban, no se sentía nada bien. Intenté negarme pero empezó a gritarme que hiciera lo que él quería mientras mi cuerpo temblaba de miedo al descubrir que mi noche perfecta estaba muy lejos de serlo. Él era un maldito que solo tenía como propósito desvirgar a cuanta ingenua cayera en sus garras. Era un miserable que se jactaba de ser el que más chicas había tenido en su cama y para probarlo, mis bragas y un video que constataba lo eficaz que era en su perversa labor.

–Esto es lo que querías, Rosalie, para eso estás aquí y para eso te arreglaste tan bonita, para mi…


–Royce…


–¡Cállate!


Me encogí ante el grito y de pronto sentí sus manos que me aventaban sobre la cama. Eso no se suponía que fuera así…


–Ahora, levanta los brazos sobre tu cabeza, déjame admirar tu lindo vestido.


Con mucho miedo levante mis brazos que temblaban incontrolables como el resto de mi cuerpo.


–Relájate, Rose ¿Cómo vas a disfrutar de tu primera vez si no lo haces?


–Yo no quería que fuera así, yo no quería esto.


–Si querías ternura y romanticismo te hubieras buscado a algún chiquillo como tú, yo ya soy un hombre y un hombre desea otras cosas.


–Déjame ir.


–Mmm, lo siento, Rose, no puedo permitir que se me vaya una palomita tan linda e inocente como tú.


–Juro que no diré nada pero deja que me vaya.


–¡Ya cállate!

–Él se colocó sobre mí y se inclinó para besar mi cuello, mis hombros y mi pecho. Mi garganta se cerró por el miedo y la repulsión que de repente me dio tenerlo sobre mi, aunque hubiera soñado muchas veces con esa imagen las circunstancias no eran las mismas, yo si soñaba con que mi primera vez fuera tierna…

Dije casi contra la almohada y ahogando mis sollozos.

–Forcejeé pero él gritó y me paralicé. Aunque hubiera querido mi cuerpo no se movía, el miedo me hacía reaccionar así y yo sabía que eso no era muy bueno para mi. Lo confirmé cuando él me ordenó que me quitara las braguitas que hacían juego con mi vestido y que había comprado muy ilusionada pero no me moví, no pude.

–Enojado, subió mi vestido. Sus manos toscas y rudas se sentían por toda la piel de mis piernas que por instinto mantenía apretadas. De un tirón arrancó las braguitas de mi cuerpo y el roce me lastimó, di un brinco, sobresaltada por el susto mientras él empezó a bajar la cremallera de su pantalón. Me aterré y bajé los brazos pero volvió a gritarme que los mantuviera sobre mi cabeza. Entre sollozos solamente le rogaba que no me hiciera daño pero él solo se reía de mi. Me dio un fuerte pellizco en la pierna y aprovechó ese momento para meter la suya entre las mías y poder abrirlas.

–Esto puede ser por las buenas o por las malas, Rosalie, tú decides, lo que quiero que entiendas es que yo nunca me iré sin mi premio, así que te recomiendo que cooperes.


–Royce, no quiero…


Balbuceé en un último intento.


–Pero yo sí.


–Por favor…


–Está bien – dijo y creí por un segundo estar a salvo –, encoge un poco las piernas, Rose, será mejor para ti.

–Resignada lo obedecí a lo que me pedía porque sabía que si no lo hacía me lastimaría mucho más. No supe como pude mover mis piernas, eran como una prolongación muerta de mi cuerpo, uno que ya no sentía o al menos eso creí porque toda la sensibilidad que creí perdida volvió a mi al sentir como él se clavaba en mi sin ninguna consideración. Un dolor ardiente atravesó mi cuerpo mientras era embestida una y otra vez por ese animal.

–Sin parpadear, miraba solo el techo blanco que entre la media luz de la habitación se dejaba ver y que solo él veía el ultraje que estaba sufriendo, era testigo de cómo aquel miserable me arrebataba lo que yo quería entregarle con amor un rato antes, cuando no sabía lo que esa maldita rata tenía reservado para mi.

–Sus movimientos eran acelerados y aunque no duraron mucho sabía que para mi el daño sería irreparable. Yo solo exhalaba un poco cada vez que ese asqueroso me embestía. Él empujó y empujó con fuerza hasta que salió de mi; se dejó caer a un lado mío y comenzó a reírse, satisfecho con lo que acababa de hacerme.

–¿Ya ves? Eso fue todo.


Dijo todavía jadeante.


–Si te hubieras movido un poco en lugar de haber estado tan dura y fría como una puta lápida, esto hubiera estado mejor, aunque debo reconocer que el tuyo ha sido uno de los mejores coños que he tenido el placer de estrenar


Se recargó sobre su codo, se inclinó y me dio un beso en la comisura de mis labios.


–Pero no lo arruines, Rose, sonríe a la cámara que está allá.


Señaló hacia el frente y pude ver una pequeña luz roja. Mi sollozo se hizo más evidente y frunció el ceño.


–No creo que sea momento de arrepentirse preciosa, es demasiado tarde para eso, además, si no hubieras meneado ese lindo trasero tuyo frente a mi todo este tiempo, si no me hubieras tentado…


Se levantó de la cama en la cual yo seguía petrificada y con el vestido levantado hasta la cintura. Frunció el ceño mientras se acomodaba la camisa dentro del pantalón, cambiando repentinamente de actitud.


–Todas son unas Lolitas, menean el culo en tus narices y cuando les das lo que te piden lloran. ¡Ya cállate! Eres tan puta como todas.

–Me advirtió que me calmara y que me lavara la cara, que volviera a la fiesta y que por supuesto no lo buscara de nuevo, ya que según él había cumplido con su cometido, no le interesaba pasar ni un minuto más junto a una niñata estúpida y llorona como yo. Y yo sabía muy bien que no debía callarme y no decir nada de lo ocurrido o divulgaría el video por todas partes.

–Hice lo que me dijo porque me pareció lo correcto en ese momento; en realidad no tenía otra opción. No podía permitir que alguien se enterara de lo que me había sucedido porque no tenía el valor suficiente para enfrentar esa vergüenza porque sabía que de salir a la luz, el escándalo sería de proporciones descomunales y mi apellido y yo quedaríamos en entredicho de muchas maneras. Si tan solo lo hubiera pensado un poco no me hubiera importado ensuciar mi nombre con tal de que ese desgraciado obtuviera su merecido. No tenía a mis padres conmigo y tampoco a ningún familiar al que le importara un poco mi reputación o nuestro nombre, pero sus amenazas habían logrado asustarme y me callé por miedo. Fui tan idiota…

Sorbí mi nariz y me giré un poco. Sentía que estaba sola en la habitación. Emmett no hacía ruido, parecía que ni respiraba, pero él estaba ahí, escuchándome con los ojos cerrados con fuerza y los puños apretados. Volteé de nuevo la cabeza y continué mi relato.

–Llegué al salón donde todos seguían bailando y brincando despreocupados; no había señales de Alice ni de Bella. Solo rogaba que el tiempo pasara rápido y que volviera a ver a mis amigas pronto, quería irme a casa, al único lugar que reconocía como tal, y encerrarme en el dormitorio por el resto de mi vida.

–Me senté en los peldaños de la escalera, escondida de todos pero especialmente de él que bailaba eufórico con una chica asiática muy hermosa. Se abrazaban y se besaban ante la vista de todos. Me dio asco verlo; lloré y vomité lo poco que tenía en el estómago mientras esperaba que el eterno baile terminara así como el dolor que sentía en esos momentos. Me dolía el cuerpo, me dolía el orgullo y el corazón.

–A las tres en punto de la madrugada, la música bajó de volumen y entre canciones empalagosas y muy lentas todos empezaban a despedirse dándose los últimos besos y abrazos. Sin esperar a las chicas corrí al bus que nos llevaría de regreso al internado y subí sentándome hasta el final. Me encogí en mi lugar y entre los asientos pude ver subir a mis amigas. Se veían felices. Volví a llorar pero intenté no hacerme notar. A medio camino, Bella llegó hasta donde me encontraba y de inmediato supo que algo no estaba bien. Silbó y Alice se acercó. Se quedaron junto a mi, sentadas en el piso del bus, tomándome de la mano y acariciando mis piernas hasta que llegamos.

–Me ayudaron a desvestir sin preguntarme nada, pero vi sus caras asustadas cuando vieron los dedos de ese mal nacido impresos en mi piel a la altura de mis caderas así como el pellizco que ya se había tornado morado en uno de mis muslos. Me metieron bajo la ducha y se quedaron conmigo mientras esperaba que el agua lavara la suciedad que sentía me cubría. A partir de ese momento no volví a dormir sola. Juntábamos las camas por las noches y las chicas cuidaban de mi y de mis pesadillas hasta que llegó el momento de cuidar a Bella.

Me detuve. No me correspondía hablar de Bella y mucho menos cuando el mejor amigo de su novio era quien escuchaba. Ella ya era una mujer adulta que seguramente ya había decidido como manejar ese asunto.

–Un par de meses después por fin pude contarles lo que había ocurrido, justo como lo estoy haciendo ahora. Alice quiso salir a buscarlo y golpearlo hasta matarlo pero obviamente no era una buena idea ponerse al tú por tú con alguien como él. La convencimos de dejar ese asunto de lado pero juró que algún día se vengaría de él y de... en vez de eso se hizo cargo de mi mientras mis heridas sanaban lo que pasó relativamente rápido. Desde luego no era algo que olvidaras guardándolo en lo más profundo de un cajón pero pude hacer a un lado esos recuerdos y vivir con ellos.

–Un clavo saca a otro clavo. Al menos eso escuchaba decir y me di a la tarea de verificar si era cierto; afortunadamente para mi si lo fue. Trevor fue un novio muy paciente y cariñoso que sin preguntarme porqué a veces actuaba un poco rara, permaneció a mi lado y me hizo ver que no importaba lo que hubiera ocurrido en el pasado, que él estaría conmigo cada vez que lo necesitara, hasta que tuvo que regresar a los Estados Unidos. Y después de Trevor, un par de noviecitos más reafirmaron esa teoría. No todos los hombres en el mundo son unos malditos cabrones como Royce.

Esas últimas palabras salieron de mi boca en un susurro. Suspiré y sentí como si cargara un peso menos en mi espalda. Me sentí más ligera y no entendía muy bien porqué el haber contado de nuevo mi amarga experiencia y el que Emmett me hubiera escuchado, aliviaban un poco mi dolor, ese que trataba de ahogar para poder vivir en paz pero que tarde o temprano sin importar lo que sucediera siempre salía a la superficie.

Giré un poco y Emmett estaba sentado en el suelo, recargado en la cama, muy cerca de mí. Tenía las piernas encogidas y los brazos apoyados en sus rodillas, cabizbajo. Se veía tan vulnerable…

¿Cómo podía ser eso posible?

Él, que era un hombre que irradiaba dulzura y ternura, comprensión y que me hacía sentir tan protegida, ¿Cómo de pronto podía convertirse en alguien que con solo una orden me hacía temblar hasta la propia médula de los huesos? ¿Cómo?

No quería pensar en eso porque la verdad era que yo estaba muy enamorada de Emmett pero eso, ese amor que mi corazón y todo mi ser sentía por él tendría que enterrarlo o ahogarlo también como a mis otros recuerdos porque sencillamente, ese otro yo del hombre que amaba era algo que nunca podría aceptar.

Esa personalidad tan diferente y tan intimidante… me daba miedo. Por eso aquella noche, después de haberme tomado con violencia, de haberme gritado, ordenado hacer cosas que yo no… cosas que me hacían sentir tan sucia como me había hecho sentir Royce, no pude hacer otra cosa mas que salir corriendo y alejarme lo mas que pudiera de Emmett. Mi instinto de supervivencia me hizo huir sin pensar, eso lo haría después, una vez que estuviera a salvo.

Pero no contaba con lo perturbada que me dejarían los hechos de esa noche, tanto que tardé varios días en decidir que era lo que haría. Tomar la decisión de dejarlo no fue fácil. Sabía que tenía que hacerlo pero sentía que dejaba con él más de la mitad de mi ser. Era dejar mi alma, mi corazón, mi amor, mis deseos y anhelos, al hombre que me hacía la mujer más feliz, pero ése otro hombre que habitaba en él me ahuyentaba y contra él, ni la voluntad más fuerte podía.

Emmett no me llamó por varios días; suponía que me estaba dando un poco de tiempo para pensar las cosas y dejar que se enfriara mi mente. Cuando lo hizo yo ya estaba vendiendo todas mis cosas y haciendo los arreglos necesarios para dar en alquiler mi apartamento. Creí que después de un par de días dejaría de insistir pero no fue así, todo lo contrario, sus llamadas se hicieron más insistentes y su secretaria también me llamaba porque había cambiado mi turno de trabajo. Pensé que con esas señales entendería que no lo quería cerca de mi y que a mi también me ayudarían para que cuando me fuera el golpe no me pegara de frente.

Regresaría a los Estados Unidos y pondría mucho más que solo tierra de por medio entre nosotros. Emmett tampoco tenía familia ahí y estaba tan enraizado en Londres que no podría seguirme hasta allá, además sería como buscar una aguja en un pajar porque por mi propia seguridad, no le diría ni a Alice a donde me iría y mucho menos porqué. Si quería volver a intentar ser una chica normal aunque mi destino me alcanzara de nuevo en el futuro, más me valía hacerlo de esa manera, drásticamente.

Con lo que yo no contaba era con que Emmett fuera tan necio e insistente y fuera a buscarme a mi apartamento. Ya había pensado que por fin se estaba dando por vencido cuando tiró la puerta y me encontró en mi piso vacío.

–Rosalie…

Dijo en un susurro y giró muy lentamente para mirarme.

Verlo me desarmó. Sus ojos azules tenían una sombra de tristeza y su rostro había dejado de ser duro e indiferente; me miraba con, lástima…

Me limpié las mejillas húmedas aún y me puse de pie, iba a salir de ahí en ése mismo instante porque no soportaba esa mirada pero él era muy rápido y se puso de pie tomándome del brazo.

–Rose ¿Qué haces?

–Me voy y no me toques.

Jalé mi brazo hasta que me soltó.

–No voy a dejarte marchar.

–¿Qué pretendes? ¿Tenerme secuestrada aquí?

Emmett negaba con la cabeza.

–Estás enferma todavía y muy débil. Te prometo que te irás en cuanto te mejores pero mientras, aunque creas que soy un… no me importa, tú no te vas de aquí en las condiciones en que estás.

–No puedes hacerme esto, no puedes Emmett…

Mi voz se hacía pequeña al irme resbalando por la pared, asustada por imaginar para qué me quería tener ahí. Comencé a temblar y cerré los ojos rogando por que no me lastimara.

–No llores, Rosie, por favor.

Sentí sus brazos rodearme y me paralicé. Al sentir su cercanía comencé a luchar para salir de su abrazo pero me aprisionó con más fuerza. Me puso de pie y su agarre disminuyó sin que le importaran los golpes que de pronto comencé a darle. Eran a puño cerrado y patadas, en la espinilla, las rodillas, arañazos, de todo, yo luchaba por defenderme con uñas y dientes, por librarme de que volvieran a aprovecharse de mi.

–Pégame, pégame fuerte, Rosalie, sácalo todo amor.

–¡Te odio! ¡Te odio!

Golpeé con más ganas y pateé con más fervor lastimándome por estar descalza pero no bajé la guardia.

–¡Acabaste conmigo! ¡Me mataste!

–¡Golpéame! – me gritó y por un momento al oír la orden me quedé en blanco.

–¡Hazlo! ¡No te detengas! O prefieres que te golpee yo…

Mi corazón se aceleró y sin importarme nada fui descargando golpes sobre él sin descanso; sin tregua me dejé ir con toda la rabia que me había consumido y que salió a la superficie para liberar un poco la presión que había reprimido por tantos años.

–¡Con fuerza, Rosalie!

–¡Cállate!

–¡No seas cobarde y golpéame!

Mis brazos lanzaban golpes ya sin fuerza, ya no tenía ni un gramo de energía pero yo quería seguir haciéndole daño de la forma que fuera, tenía que desquitarme de esa maldita rata que se había robado mi vida. Respiraba agitada y al tratar de dar un puñetazo más, caí desmadejada pero unos brazos me salvaron de llegar al suelo.

–Te vas a morir…

Dije sin aliento.

–Eso te lo juro, amor, ése tipo va a morir…

***

Gemí. Estaba adolorida y cansada. Me removí entre las sábanas y el pesado edredón y muy despacio me estiré. Suspiré y lentamente fui abriendo los ojos. Emmett estaba recostado a mi lado observándome. No me alteré, ni mi respiración se agitó, ni mi corazón latió más rápido asustado. Tenía una extraña paz que no sabía explicar.

Emmett tenía entre sus dedos un mechón de mi pelo y jugaba con él; estaba tan tranquilo como yo aunque parecía haber pasado la noche sin dormir. ¿Habría estado vigilándome toda la noche?

–Hola – dijo con su voz grave.

–Hola – respondí en un susurro.

Estuvimos un buen rato mirándonos, yo sin pensar en nada, no quería hacerlo porque entonces tendría que pensar en la inevitable despedida.

–Voy a abrazarte, Rosalie.

Me advirtió y cerré los ojos para disfrutar por última vez de sus brazos. De pronto estaba encerrada en ellos y mi cara contra su enorme y duro pecho. ¡Como iba a extrañarlo!

Me mantuvo así mucho tiempo y gocé cada segundo de él. Respiré su olor, acaricié mi mejilla con su pecho y no hice ningún intento por moverme, no quería, no aún pero Emmett muy despacio fue soltando su abrazo.

–Rose, yo no tenía idea de nada, yo…

–Shhh, no digas más.

–Tenemos que hablar, amor.

–No, Emmett, yo ya he dicho todo lo que tenía que decir.

–Entonces es mi turno, yo no he hablado.

–No importa, ya he tomado mis decisiones, tengo planes y tú no estás en ellos.

–No, Rosalie, no me hagas esto.

Dijo angustiado y comenzó a acariciar mi cara, me casi me quiebro en ese momento pero saqué fuerzas de algún lado y continué.

–No puedo quedarme, yo no… yo no puedo… no puedo.

Tomé su cara entre mis manos.

–Por favor, no tomes todavía ninguna decisión, dame tiempo, solo te pido eso.

–No tiene caso, no nunca voy a poder, eso… es… es demasiado para mí.

–No te vayas, yo prometo no acercarme a ti, te lo juro pero no te vayas.

–¿Y cual es la diferencia, Emmett?

–Que al menos sabría donde estás, que estás cerca y que puedo…

Se detuvo y bajó la mirada.

–¿Qué puedes qué, Emmett?

–Que puedo cuidar de ti – resoplé negando con la cabeza.

–¿Me vas a espiar?

–Te voy a cuidar.

–Y si hago algo que no te gusta ¿Me vas a golpear? ¿Vas a tener escondida detrás de ti una regla para por si acaso para dejarme el trasero al rojo vivo?

–No me has dejado explicarme – se sentó a la orilla de la cama dándome la espalda.

–Y no quiero que lo hagas porque no quiero saber nada de ése otro Emmett, no me gusta, me da miedo y nunca podría vivir con él.

Salí de la cama, corrí hasta el baño y me encerré. Escuché que salió de la habitación y aproveché para tomar mi ropa. Me di un baño. Me vestí y recogí todas mis cosas. Las guardé como pude en mi maleta y no dejé en su baño nada que dijera que alguna vez lo compartió conmigo.

Bajé las escaleras con maleta en mano y Emmett estaba abajo, saliendo de su despacho cuando me vio. Se le fue el color del rostro al verme, se acercó y tomó mi maleta.

–Un mes, Rosalie, dame solo un maldito mes y después te juro por la memoria de mis padres que no volverás a saber de mí.

–¿Y qué se supone que tengo que hacer durante ese tiempo? ¿Ser tu…?

Mi pregunta quedó en el aire pero era obvio a lo que me refería.

–No, no quiero que seas nada, ni siquiera me acercaré a ti, solo espera un mes, Rose, solo espérame un mes… *

*

*

*
Mis nenas, espero que hayan pasado una muy feliz navidad y que el año que viene esté lleno de salud y amor.  Con todo mi cariño…
Isita, Lo y Nani, gracias nenas por su ayuda incondicional, las quieroo.
Besitoo

lunes, 5 de diciembre de 2011

CAPITULO 22

Nenas… estoy profundamente conmovida y agradecida; por esperar y comprender que aunque tengo un compromiso con ustedes así también los tengo en mi vida diaria. Familia, trabajo y responsabilidades. Sus correos y mensajes me hicieron más feliz de lo que creen. Gracias de verdad por ser tan fieles lectoras y preocuparse por mi. Las quiero y sólo sé una manera de retribuirles tanto cariño. A leer!!!


CAPÍTULO 22


Ya no puedo negar mi realidad.

"Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo"
Anónimo.



De la mano caminamos a las escaleras; al llegar abajo, esa mujer morena que me observaba un rato antes se acercó caminando de una de las formas más sensuales que yo haya visto en mi vida.

Llegó junto a nosotros y tomó el rostro de Edward entre sus manos, plantándole un beso en los labios.

–Edward, cuanto tiempo…

Creí que Edward se alejaría o la rechazaría pero me equivoqué. La abrazó fuertemente y rozó con los suyos los labios de esa mujer.

–Vera, te he extrañado…

Mi estómago se contrajo haciéndome expulsar el aire contenido al ver a Edward abrazar a esa mujer y no solo eso sino ¡besarla!

Estaba tan impactada con lo que sucedía en mi propia cara que en un momento quise cerrar mis ojos y voltearme pero simplemente no pude hacerlo. Mi cuerpo y todos mis sistemas estaban en shock al igual que yo y no me respondían; yo no quería seguir mirando a Edward besar a otra mujer en mis propias narices. Además él mismo me había dicho que yo no tendría que compartirlo con nadie ¿Entonces?¿Se estaba burlando de mi?

El beso se me estaba haciendo eterno y yo luchaba tanto por contener las lágrimas que hacían arder mis ojos; necesitaba moverme y alejarme de ahí. En ese momento a pesar del coraje de verlos, estaba siendo consciente de la intensidad del sentimiento que tenía por él y me dio además de miedo, dolor, tanto por reconocer que había caído en mi propio juego como por el saber de ante mano que dependía más de mi que de él no salir lastimada y eso, como veía yo las cosas, iba a ser una batalla muy difícil de vencer.

Con una aspiración desesperada logré ingresar el aire a mis pulmones y hacer funcionar mis momentáneamente atrofiados sistemas y huir de ahí.

Dando media vuelta me alejé de ellos que no notaron mi huida gracias al alto volumen de la música y a los gritos, risas y lamentos de la multitud que llenaba el club. Corrí abriéndome camino entre cuerpos envueltos en trajes de piel, látex, encajes y seda. Olor a cuero, sudor, sexo y velas se mezclaban mientras inhalaba tratando de alejarme sin saber hacia donde ir con exactitud, yo solo necesitaba avanzar. Algunas cadenas de algunos sumisos que descansaban sentados a los pies de sus Dommies se interpusieron en mi camino y milagrosamente las libré avanzando hacia un grupo que estaba apostado en medio de un amplio pasillo.

Las lágrimas que desobedientes escurrían de mis ojos de pronto nublaron mi campo de visión pero no cambié mi rumbo. Mis pies siguieron dando pasos hacia el frente hasta que choqué con unos cuerpos enormes, casi desnudos y aceitados. Gemí al sentir que me levantaban del suelo con facilidad y reían mientras pateaba con fuerza para intentar que me pusieran de nuevo sobre mis dos pies, al mismo tiempo que sentía mi cintura era apretada por unas manos muy grandes que la tenían rodeada para mantenerme elevada del suelo.

–¿Desde cuando las subs corren libres por aquí? – una voz rasposa preguntó.

–¿De quién huyes, pequeña sub? – inquirió el otro hombre.

–¡Bájenme! – demandé y unas fuertes carcajadas me hicieron estremecer.

–¿Me estás ordenando, muñeca? – la primera voz sonó enojada.

–Por favor, Señor, bájeme – pedí en un tono diferente pero lleno de miedo porque no tenía idea de si estos tipos me podían lastimar.

–Tu comportamiento no me gusta – rió el otro – tal vez debamos disciplinarte.

El pánico me invadió con rapidez –¡No! ¡Por favor, no! – grité suplicando y rogando que me soltaran.

–Tranquila, solo vamos a jugar un rato…

–¡Por favor! – lloré en una angustiada súplica.

–¡Bájala, Roy!

Una voz de mujer le ordenó al hombre que me tenía levantada y lentamente fui depositada en el suelo pero aún estaba cautiva entre sus manos.

–Solo queríamos jugar un poco – dijo risueño el otro hombre – ella no dijo la palabra…

–Esta sub tiene dueño – la mujer con voz de mando habló de nuevo, estaba segura de que era una Dommie y quise girarme para ver el rostro de quien me había rescatado pero no pude hacerlo hasta que esas manos gigantescas me soltaron.

–Y no juega con nadie más que él. ¿Quedó claro? – era ella…

–Muy claro, pero sugiérele entonces a su amo que la encadene para que no ande corriendo por aquí, Vera.

–No volverá a hacerlo ¿Verdad? – me preguntó acercándose a mi y tomando mi brazo con familiaridad – ¿Verdad, Isabella?

Me repitió un poco más fuerte y respondí con voz temblorosa y mirando al suelo – No, no volveré a hacerlo.

Ella sonrió. No sabía si tenía que responderle a ella de esa forma pero no me iba a arriesgar a hacer nada indebido o que no le agradara a alguien en ese lugar. Me sentía sola, perdida, y mi Señor no estaba por ningún lado. ¿Mi Señor?

En mi interior las carcajadas resonaban tan fuerte que hubiera jurado que cualquiera ahí podía escucharlas. Bonito Señor. Mentiroso.

Mi corazón volvió a estrujarse al recordar que él había besado sin importarle que yo los mirara, a la misma mujer que me tenía tomada del brazo y que me llevaba a algún lugar menos concurrido. Se detuvo junto a la barra que tenía mucha más luz. Con la mano y un movimiento muy elegante me indicó que me sentara en uno de los bancos altos y ella hizo lo mismo sentándose a mi lado sin quitar los ojos de mi.

Sin preguntar nada, el hombre detrás de la barra colocó frente a nosotras dos vasos de agua fría y lo tomé sin esperar que me dijera si podía hacerlo o no. Estaba nerviosa y sedienta y ella no iba a venir a ordenarme nada a mi.

Me sentía muy incómoda al estar siendo analizada por esa mujer y me gire un poco, enfrentándome a ella. Levanté mi barbilla y entonces ella puso sus dedos debajo, elevándola aún más.

–Isabella… eres muy hermosa – dijo suavemente pero su voz encerraba ese toque dominante que yo conocía muy bien. Ella no era una sumisa como yo.

Entrecerré mis ojos, estudiándola también.

–Nunca imaginé ver a Edward con una mujer como tú – fruncí el ceño.

–¿Una mujer como yo? ¿Cómo debo tomarme eso? – pregunté a la defensiva sin dejar de sonar algo sarcástica

–Siempre digo lo que pienso, siento ser tan sincera contigo pero es la verdad, Edward con una mujer con tu apariencia…

–Ése será problema de Edward ¿No crees? – respondí ofendida.

–Y tuyo también, Isabella, créeme – añadió muy segura e hizo que mi miedo y nerviosismo se transformaran en un profundo enojo – pero bueno, él es tan imprevisible, quién sabe lo que tenga entre manos ahora. Edward y sus extremos…

Susurró esto último esperando realmente que yo escuchara y obviamente lo hice.

–Edward no es un pervertido – le aseguré negando con la cabeza; era obvio que él era diferente pero si tenía la mente y el alma más jodida que cualquiera en ese lugar, no quería que ella fuera precisamente quien me lo dijera.

–Lo es y lo sabes, Isabella – odiaba ese tono de suficiencia con el que hablaba –, fue eso lo que te atrajo de él ¿No?

–No – respondí en el acto.

–Entonces ¿Qué haces aquí?

La mujer sonrió y quise golpearla porque tenía razón. Desde que lo vi por primera vez en el otro club, su mirada me sedujo sembrando en mí un destello intrigante que si por un momento pensé que sólo había sido mera curiosidad, en la cena de arquitectos de Rosalie su actitud dura y sombría terminó por cubrirme con un manto ansioso y necesitado por su atención. A partir de ese momento, Edward Cullen fue el blanco de mis sueños y fantasías; nadie encajaba en ellas mejor que él y con ese porte engreído y arrogante me tenía ciegamente convencida de que él y solo él, era a quien yo podía y debía rendirme.

–Veo que ya rompieron el hielo.

Edward me abstrajo de mis reflexiones llegando por detrás y rodeando mi cintura. Me tensé y él me apretó más hasta hacer su agarre doloroso.

–Tal vez deberías ponerle a tu sub una cadena, así no acabaría corriendo entre Doms con poca paciencia, la próxima vez quizá no haya alguien cerca para ayudarla.

–No habrá una próxima vez, Vera. Gracias.

¿Gracias? ¿Gracias?

¿Cuántas putas veces me había agradecido a mi por algo y a esta tan fácil le daba las gracias tan amablemente?

Vera sonreía mientras se divertía mirándonos, su mano con un manicure perfecto y un gran anillo de diamantes acarició mi mejilla y rápidamente la alejé; su sonrisa se amplio.

–Edward, Edward, creo que esta noche te vas a divertir mucho – fingió un puchero –. No seas muy duro con ella, me agrada – terminó poniendo su mano en mi hombro y dándome una palmadita. Moví mi hombro alejándolo de su mano, como si su contacto me quemara.

Él bufó y rodó los ojos. Ella contoneándose como una gata se acercó a él y le dio un beso ahora en la mejilla.

–Disfruten su noche en mi club – y se alejó con ese andar gatuno y sensual. Los ojos de Edward la siguieron hasta que se perdió entre la multitud pero su agarre en mi cintura nunca aflojó.

Nos movimos; yo era empujada por su mano hacia las escaleras, específicamente detrás de ellas, donde una luz azul se perdía entre unas cortinas de rojo terciopelo que guiaban a un pasillo largo de ladrillos rojos. ¿Por ahí era la salida?

Un grito desgarrador contestó mi pregunta y la escena frente a mi me la confirmó. Un pequeño grupo como de unas ocho personas miraban a una mujer esposada a una cruz en medio de esa habitación abierta. Ahí no había cristales que delimitaran hasta donde podían acercarse los espectadores. Era más íntimo ya que era obvio que no cualquiera tenía acceso a esa parte del club. El sonido de un látigo reventar en el aire hizo que ahogara un suspiro y miré al hombre vestido solo con un pantalón de látex, botas negras y un antifaz. Con un dominio perfecto del accesorio tocó la piel de la mujer desnuda y la marcó dejando solamente una rayita roja muy superficial debajo de un seno, apenas y se podía considerar un rasguño.

Llevé mi mano a mi boca para acallar un grito. Estaba aterrorizada. Otro movimiento y el hombre emparejó el otro lado con una rayita roja a la misma altura que la del otro seno. La mujer reía feliz y parecía disfrutarlo. ¿Estaba loca? ¿O la loca era yo?

Seguimos mirando un rato más y el hombre decoró la piel de la mujer con muchas más rayitas colocadas estratégicamente. En los costados, los muslos, el interior de éstos, mas nunca tocó sus brazos ni sus senos. Cada vez que reventaba el látigo sobre la piel tan pálida de la mujer mi corazón daba un brinco angustiado. Estaba sin poder emitir ni un solo pensamiento coherente debido a lo impactante que estaba siendo para mi ser testigo de ese acto. No había terminado el hombre su demostración pero Edward me guió de nuevo al pasillo y suspiré aliviada porque por fin ya nos iríamos a casa. Que equivocada estaba…

Nos detuvimos mas adelante frente a otra escena que hizo que expulsara todo el aire de mis pulmones. Me paralicé y no pude dar un paso más. Una mujer recostada de lado sobre una especie de diván era penetrada por ambas entradas. Un hombre ocupaba el orificio de su vagina y una mujer con un dildo lo hacía por su orificio anal y para mi mayor sorpresa, otro hombre se acercó y comenzó a follar su boca. La mujer tenía cara de éxtasis. Me parecía increíble que estuviera disfrutando eso, para mi era mas bien una tortura. ¿Cómo ella…..?

Los espectadores miraban como si estuvieran atendiendo a una conferencia sobre algún importante tema. Observaban concentrados y algunos hombres tocaban a sus sumisas sin hacer ruidos que distrajeran la atención de la escena. Dommies acariciaban a sus sumisos y otro tocaba a su ama entre sus piernas haciéndole rodar los ojos de puro goce. Me giré y quise esconder mi rostro en el pecho de Edward pero me mantuvo mirando la escena con su mano bien afianzada en mi barbilla.

–Quiero irme – le pedí con la voz distorsionada por la fuerza que aplicaba en mi mandíbula.

Giró mi cara, me miraba muy serio y el brillo que destellaba de sus ojos no presagiaba nada bueno para mi.

–Hoy no te portaste bien y éste es tú castigo – tronó un beso con furia en mi oído, desequilibrándome un poco.

–Y abre bien los ojos Isabella, quiero que aprendas muy bien todo lo que ves aquí – puntualizó con otro beso salvaje mordiendo mis labios y apoderándose de mi boca.

La fuerza con la que me besaba era avasallante, ruda, fría y aunque esperé sentir algo de rechazo o tan siquiera un poco de repulsión hacia él por la situación, no pude. Me soltó y me pegó a una pared algo alejada de la escena y me aprisionó con su cuerpo. Estaba realmente nerviosa, afectada por todo lo que había sucedido esa noche y no podía mantener mi mente clara. El calor del lugar me ahogaba y el sudor empezaba a mojar mi ropa. Me estaba asfixiando, jadeaba por aire y Edward no hacía mas que bloquearme haciéndome difícil el poder respirar.

–Por favor… – jadeé – aire…

–¿Qué pasa, Isabella?

–Necesito… respirar…

Su boca volvió a atrapar la mía y el jadeo que brotó no fue solo mío. Él también jadeó, frotándose a mi, tocándome, estrujándome.

–Sientes que te ahogas… – mordió mi labio con fuerza, estirándolo. Me quejé.

–Tienes calor… – su boca descendió a mi cuello y lo mordisqueó. Gemí.

–Sudas… – puso mi mano sobre su impresionantemente dura erección.

–Pero no te engañes, mi querida, que no es por este lugar – su mano se colocó sobre mi sexo y la apretó. Lloriqueé y apretó con más fuerza.

–Es tu propio deseo el que te hace sentir todo esto, tu necesidad de sexo vivo, carnal, primitivo, entregado… eso es, Bella, siéntete…

Gemí ante esas palabras y traté de encontrarme en cada una de las sensaciones que me decía.

–Toma consciencia de ti, de tus deseos, de tu cuerpo, de cada reacción que tienes – tocó mis senos amasándolos lentamente pero haciéndome vibrar por lo sensibles que estaban.

–Yo no…

–Tú si, Bella, mírate…

Abrió mi chaqueta y mi blusa con facilidad, con una rapidez increíble y tomó mis duros pezones entre sus dedos, rodándolos y arrancándome más de un gemido y jadeo vergonzoso. Bajó su boca hasta allí y mordisqueó uno y luego otro sobre la tela, humedeciéndola con su saliva. Y todo estaba sucediendo ahí, detrás de unos extraños que observaban una escena de triple penetración...

Con su otra mano, bajó hábilmente la cremallera de mi pantalón y la metió entre mis bragas, llegando atinadamente a mi empapado centro que vibraba con cada latido de mi corazón. Separó mis pliegues y frotó mi clítoris, lo rodeó, lo acarició, lo oprimió y mi mente se iba poniendo en blanco con mayor rapidez. Yo sentía como se hinchaba, solo era consciente de eso, de las sensaciones que me causaba su toque; sabía que debía dejarme ir, debía liberarme, librarme de ese peso que tenía a cuestas, un poco más, solo un poco…

Y su mano abandonó la acción divina que me estaba conduciendo a la locura…

–¡No!

Sin separarse mucho de mi, subió mi cremallera y con una exasperante lentitud abotonó mi blusa mientras yo intentaba descifrar que coño era lo que estaba haciendo conmigo.

–Tus orgasmos son míos, si yo digo ‘no’, no tendrás nada. ¿Entendido?

Mi respiración agitada me hacía imposible responder y me pellizco un pezón con fuerza.

–¡Ahh! – jadeé adolorida.

–¿Entendido?

Lo giró haciéndome retorcer ya no sabía si de dolor o placer; recibí otro salvaje beso suyo, de esos que drenaban mi mente mientras su mano descendió hasta una de mis nalgas oprimiéndola con fuerza y me mordí los labios pero su lengua penetró mi boca en un acto posesivo me estaba conduciendo hacia un estado de notoria excitación. Se separó de mi boca y pegó su frente a la mía.

–Bienvenida a mi mundo, Isabella…

***

Cuando llegamos a casa después de un trayecto a toda velocidad y en un completo silencio, Dean me abrió la puerta del auto y me ayudó a descender de él; entré a la casa seguida de Edward y en el vestíbulo me giré hacia él esperando por alguna indicación. Ni siquiera pensé en hacerlo, lo hice por instinto.

–Sube y date un baño, no te quiero impregnada del olor de ese lugar.

–Si, Señor.

Subí con prisa las escaleras y me dirigí a mi habitación. Estaba nerviosa, ansiosa, y todo porque sabía que Edward me haría suya esa noche. Mi cuerpo tenía un temblor ridículo pero no negaba que era del tipo de temblor que alguien sentía cuando estaba a la expectativa de algo excitante y yo lo estaba. Quería que Edward me tomara y me liberara de esa extraña presión que tenía en todo el cuerpo en especial en el vientre bajo. Quería sentir sus manos tocando mi cuerpo, torturándome con ese delirante calor que emanaba de su cuerpo.

Me desnudé mientras el agua se templaba. Usé los shampos y gels que Edward me había traído de Bali y mi piel quedó tersa, lista para él. Sonreí al verme al espejo ya con el juego de lencería que había elegido y al recordar lo que había presenciado un rato antes en el club esa sonrisa desapareció.

Bondage, látigos, dildos, azotes, dominio…

De todo lo que había visto esa noche, ¿Qué era lo que yo quería? ¿Qué era lo que yo esperaba tener con Edward?

Ciertamente mi percepción de todo este mundo al decidir poner en marcha mi plan y acercarme a Edward, era totalmente diferente a la que tenía ahora que ya tenía información de primera mano. Me asusté al ver lo infantil e inmadura que había sido al no tener idea de la magnitud del paso que estaba dando y así como al principio fue más mi orgullo lo que me hizo querer permanecer a su lado, en ese momento admitía y reconocía que Edward tenía razón y que todos los secretos de esa vida oscura que se revelaban ante mi cada día, me atraían mucho más de lo que yo imaginaba.

Salí del baño al escuchar un ruido en mi habitación. Edward estaba de pie junto a la cama. Tenía el cabello húmedo y su cuerpo solo estaba cubierto con un pantalón de pijama negro que colgaba muy tentador de sus angostas y fuertes caderas. Me acerqué despacio y él movió el edredón y las sábanas. Un estremecimiento corrió por mi cuerpo y di un paso más hacia él.

–Acuéstate – me ordenó y lo obedecí.

Me cubrió con las sábanas y lo miré confundida pero reprimí el impulso de preguntarle porqué lo hacía y si no me iba a tomar esa noche. Sonrió como si supiera que era lo que estaba pensando mientras me arropaba y enredaba sus dedos en mi cabello aún húmedo mirándome fijamente con el color verde de sus ojos flameando vivo.

Se sentó en el sillón cercano a la cama y después de un rato de observarme en silencio, por fin habló…

–Ahora que has visto algo de lo que realmente es todo esto, ¿Qué piensas?

Me preguntó con esa voz ronca e hipnótica que me hacía incapaz de responder con lógica.

–Yo… – suspiré – creo que estoy un poco impresionada.

–¿Con qué?

–Todo es real, ¿verdad? – un esbozo de sonrisa apareció en su boca y asintió.

–Cada una de las cosas que viste esta noche es real, los azotes, los látigos, el bondage, los tríos… todo aquí es permitido, todo lo que tu mente imagine, cada fantasía que ansíes, todo lo que tú desees puede ser tan real como tú lo quieras.

–¿Cómo alguien puede querer recibir latigazos o ser colgada de ganchos mientras está atado como un conejo indefenso?

Me di cuenta de la amargura en mi voz al formular las preguntas; Edward se puso de pie y se levantó las sábanas acostándose junto a mi. Me abrazó colocándome sobre su pecho, su mano acariciaba mi espalda; me sentí vulnerable pero protegida.

–La regla más importante para que todo esto suceda es que debe ser sensato, seguro y concensuado, Isabella. Nadie puede ir en contra de la voluntad de nadie, si alguien dice ‘no’ no se hace nada y mucho menos se le obliga. Aquí por irónico que pueda parecer, el respeto y la confianza es lo primero ante todo. Yo debo respetarte por la persona que eres y por confiar en mi para practicar lo que quiera hacer contigo. Yo debo darte la seguridad de que tienes el absoluto control de la situación al de decir ‘no’ y detener todo.

Asentí pensativa. Había leído eso muchas veces pero nunca me había quedado tan claro hasta ese momento porque yo confiaba en él. Me abrazó más fuerte contra su pecho y suspiró.

–Isabella, ¿sabes porqué me buscaste? – me preguntó de repente y levanté la cabeza hacia él, asentí de nuevo pero él negaba despacio.

–Lo hiciste porque me necesitas, necesitas una imagen de disciplina y control, por eso estás aquí ahora, porque sabes que conmigo la tendrás. Tú nunca has sabido lo que es tener eso, has crecido sola y crees que eres fuerte porque has llegado hasta aquí y eres independiente pero mírate, estás sola, llena de miedos y temores, en busca de alguien a quien entregarte, quien cuide de ti…

Levantó suavemente mi barbilla con sus dedos y besó mi frente.

–A partir de hoy seré yo quien tome todas las decisiones, quien se ocupe de ti, Bella, yo te cuidaré y veré por ti en todos los sentidos, ya no tendrás nada por qué preocuparte, eres mía ahora.

Sonreí y asentí, él sonrió también y descansé mi mejilla en su pecho mientras jugaba con algunos mechones de mi pelo.

–Quiero que permanezcas aquí todo el tiempo posible, Isabella.

–¿Pero y mi trabajo? ¿Y mi apartamento? – pregunté alarmada – yo no pue..

–Dije que todo el tiempo posible, Isabella. Sé que tienes tus obligaciones y que necesitas tu espacio, tendrás todo lo que quieras si haces las cosas correctamente. ¿Recuerdas que te dije que puedo ser flexible? Lo seré en medida de tu buen comportamiento.

–Lo esencial ya lo sabes, mantente dentro de mis reglas y todo marchará bien. ¿Entendido?

Moví mi cabeza afirmativamente y me quedé pensando en si el haberme llevado al club tenía otro propósito más que el de haber querido que viera con mis propios ojos el mundo en el que estaba inmerso desde hacía tiempo.

–Señor…

–Dime.

–Esos castigos, eso… ¿usted es… así?

Dejó de acariciarme y creí haberlo sentido dudar en mantenerme abrazada. La idea de que Edward fuera un sádico cruel que disfrutara de los castigos más que de otra cosa, que fuera solo eso lo que lo excitara y lo satisficiera, me hizo sentir un temor angustiante que aumentó al no obtener respuesta suya.

–Alguna vez tendremos sexo… ¿frente a toda esa gente?

–No.

–¿Hace tríos como el que vi? – se tensó.

–Isabella… veo que tienes muchas preguntas, será mejor que Vera te responda eso.

–¿Por qué tendría que ir y preguntarle algo a esa mujer? Ustedes fueron algo, ¿Verdad?

–¿Me estás haciendo una escena de celos, Isabella?

–Yo solo quiero saber… ¿Quién es ella?

Repentinamente se puso de pie y me miró.

–Eso no debe importarte.

Dijo antes de irse y dejarme sola en la cama, llena de preguntas sobre él y esa mujer a quien ni en mil años iría a buscar para obtener las respuestas que yo necesitaba pero ¿Por cuánto tiempo iba a soportar el aparentar que eso no me importaba?

***

El domingo empezó como era ya casi habitual. Me desperté sin haber dormido mucho, me arreglé muy propia para bajar a preparar el desayuno, poner la mesa y esperé a Edward con toda esa hermosa producción de la cual tanto disfrutaba.

Cuando bajó me saludó con un beso en los labios y se sentó a desayunar. Estaba un poco distraído por lo que al terminar no me sorprendió que me dijera que estaría en su estudio atendiendo un asunto importante y que no quería interrupciones. Me pasé la mañana maldiciendo estar perdiendo mi tiempo si podía estar en mi apartamento adelantando algo de mi trabajo o simplemente afuera con… ¡Demonios! Las extrañaba.

Edward ladró ordenes a diestra y siniestra durante toda la mañana, sus gritos podían escucharse hasta el salón donde me encontraba. Llegó la hora del almuerzo y yo no sabía si debía atreverme a interrumpirlo pero un rato después decidí hacerlo. Me paré frente a la puerta del estudio y con suavidad di unos golpes en ella hasta que escuché un…

–Adelante.

Se rehusó a comer algo cuando me ofrecí a prepararle algo, solo me pidió más café. Se lo llevé y parecía que estaría ocupado por mucho tiempo más.

Señor, creo que debería marcharme.

Levantó la mirada hacia mi – Tú te irás cuando yo lo decida, Isabella, no cuando tú lo creas, ya lo sabes.

Humor de perros. Y si no quería ser mordida lo mejor era salir de ahí y dejarlo solo con su mal rato, así que después de comer un sándwich, subí a mi habitación. El desvelo de la noche anterior y el aburrimiento me vencieron y me dormí. Sentí unos suaves y ligeros besos en mis labios me despertaron deliciosamente mientras sentía que me cubrían con unas mantas.

–Shhh, tranquila.

Abrí los ojos de inmediato y me encontré con mis ojos verdes preferidos.

–¿Qué hora es? – pregunté todavía medio dormida.

–No te preocupes por eso, sigue durmiendo – susurró despacio.

–Tengo que irme, debo ir a trabajar mañana y…

–Quédate, ya es un poco tarde para que te vayas a tu apartamento.

–No creo que… preferiría irme.

La idea de quedarme era muy atractiva pero tenerlo tan cerca solo me haría desear que me tocara, que me hiciera suya del modo en que yo quería y él no parecía tener intención alguna de hacerlo.

–Prepárate entonces, Dean te llevará a casa – dijo serio y salió de mi habitación.

Unos minutos después bajaba por la escalera, me acerqué al vestíbulo donde Edward me esperaba junto a la puerta con una expresión neutra en el rostro. Al llegar junto a él me abrazó y sentí que mis piernas se suavizaban.

–Pórtate bien, Isabella – dijo a pocos centímetros de mis labios.

–Si, Señor, lo haré.

–Quiero tu foto puntual y que recuerdes todo lo que tienes permitido o no hacer, no bromeo, Isabella.

–Lo sé, Señor.

–Bien. Ahora ve a casa. Mañana iré a verte a las ocho. Cenaremos juntos.

–Está bien.

Con un dedo levantó mi barbilla y me besó de despedida. Tuve que agarrarme de sus brazos para no caer desvanecida por la intensidad del beso que no fue rudo ni frío sino que fue… lo sentí como si hubiera sido un beso entre una pareja común. Que ilusa y masoquista era.

Ya en mi apartamento, con mi vieja pijama y metida en mi cama pensaba en que por idiota no estaba en otra cama y quizás rodeada por los brazos de Edward.

¡Carajo! ¿Cuándo sería el día en que mis malditos impulsos no arruinaran todo? Tal vez Edward quería hacer el amor conmigo esa noche y yo con mi bocota corriendo más aprisa que mi puto cerebro había mandado todo al diablo.

Estúpida, estúpida y mil veces estúpida. Primero por pensar en que el término ‘hacer el amor’ aplicaba para Edward y para mi y en segundo por haber desaprovechado la oportunidad de permitir que tuviéramos sexo de nuevo, si es que eso llegaba a suceder.

Mi mente brincaba de idea en idea y de imagen en imagen. El contrato, el club, Vera, su reacción cuando le pregunté quien era ella, las escenas, sexo, látigos... Dios, era demasiado. Si, el club había sido demasiado, me hizo olvidarme por completo del contrato al ver cómo el sexo sólo era una parte de lo que implicaba el BDSM. Era un complemento de ese todo por el cual estaban todas esas personas ahí justo como yo buscando ese algo más.

Que contradictorio sonaba. Yo buscaba algo que en realidad jamás había tenido y no era a lo que Edward se refería como imagen de disciplina y control, era otra cosa y me asustaba porque él había tenido razón. Esas fantasías de sexo extraño rendido a un amo, plenas de sumisión y obediencia, esas escenas me atraían como abeja a la miel y aunque estaba clara en que no todo lo que había visto iba de acuerdo conmigo, otras muchas si y me calentaban la sangre cuando las recordaba, me hacían latir ciertas partes del cuerpo, y si de alguna cosa estaba cien por ciento segura era de que humedecerme hasta ese grado solo significaba que yo quería intentarlo.

***

Al día siguiente llegué muy puntual a la agencia. Jane me sonrió feliz señalándome la caja de donas y el café sobre mi escritorio. Sin decir nada tomé la de nuez y le di una mordida gigante. Platicamos un poco sobre nuestro fin de semana y antes de dirigirnos al área de impresión para revisar nuestro trabajo, me tomé la foto para enviarle a Edward. Inmediatamente sonó mi teléfono.

–Hola – saludé.

–No quiero volver a verte con jeans y camiseta, mucho menos de tenis – gritó su primera orden del día para mi.

–Tengo que ir trabajar hoy en el área de impresiones, no quiero manchar mi ropa, además es más cómodo que venir vestida formal – expuse mi punto.

–¿En qué parte del contrato leíste que tenías que estar cómoda, Isabella?

Edward cortó la llamada antes que pudiera replicarle algo. Como si pudiera hacerlo. Enojada guardé mi teléfono al tiempo en que Jane entraba de nuevo a nuestro lugar.

–¿Va bien todo? – preguntó preocupada y asentí – ¿Seguro?

–Ajá.

Respondí restándole importancia a lo sucedido y me concentré en mi trabajo. Como habíamos previsto, se nos fue la mañana revisando las impresiones y por supuesto no me manché ni una gota, las máquinas eran tan modernas que mancharse ya era cosa del pasado pero él no tenía porqué saberlo además, ¡coño! a mi me gustaba usar jeans y camisetas de vez en cuando.

Llegó la hora del almuerzo y nos fuimos a un café en la misma cuadra. Comía en silencio mientras Jane parloteaba hasta que ya no la escuché. Levanté la mirada y sus enormes ojos azules me veían misteriosos. Fue ahí cuando sopesé la posibilidad de sincerarme con ella. Ya en el pasado había perdido a mis dos entrañables amigas y no quería que eso me volviera a ocurrir. Jane era una chica muy valiosa y no quería que por una mala decisión me quedara sin su amistad.

–¿Tenemos tiempo? – le pregunté ya decidida a contarle superficialmente al menos en ese momento acerca de mi particular relación con Edward y sin que sonara tan… ¿enferma? Bufé en mi interior con ironía.

–Todo el que quieras – sonrió

–Verás – empecé con algo de nervios –… hace unos meses Edward Cullen apareció en mi vida, fue en Nasty, ¿Recuerdas que te conté que fui y me dijiste que era un club Dark? – Jane asintió rápidamente y proseguí.

–Bueno, pues lo es, y yo lo vi salir de ahí después de que una chica lloraba e intentaba hablar con él, cruzamos miradas y desde ahí quedé prendida de la suya. Nos encontramos una vez más en una cena y la atracción extraña que sentí por él fue innegable. Era una fuerza que como un imán me hacía querer acercarme a él a como diera lugar. Creo que también fue un poco capricho mío, Jane, pero por Dios que era como una necesidad el querer tenerlo cerca y mi mente se llenó de ideas y fantasías…

Jane me miraba concentrada y con el ceño fruncido pero no me distrajo.

–Me di a la tarea de investigar un poco sobre el arrogante y frío hombre que me tenía deseando tenerlo de todas las formas posibles… y descubrí que era un empresario importantísimo. Por un momento me pasó la idea de olvidarme del asunto, él es de las grandes ligas y yo, ¿Quién soy yo, Jane?

–¿Tú? ¿Necesitas de verdad que te diga que tú también eres igual de importante que él? – entrecerró los ojos.

–¡Claro! ¡Cómo olvidé ponerme un gafete con el nombre de Charlie también para que supiera de quien soy hija! – rodé los ojos –, eso a mi no importa, ¿Por qué no puedes verlo?

–La que no puede verse con claridad eres tú amiga, ese es el problema, eres hermosa y estás a la altura de cualquiera de las “grandes ligas”, lo que pasa es que estar encerrada tanto tiempo en ese convento te ha absorbido el autoestima, pero no te distraigas y sígueme contando…

Sonreí resignada y muy aliviada por sus ánimos.

–Terminé convenciéndome de que no perdía nada con intentarlo, averigüé donde podría encontrarlo y fui; era un evento con demasiada gente y cuando me acerqué me ignoró. Me dolió tanta indiferencia pero no me rendí y lo seguí a un evento de caridad en el club de polo. Ahí traté de ser más directa y cuando lo tuve frente a mi, a solas y prestándome toda su atención me acobardé un poco pero él es un león con mucho colmillo y yo apenas un corderito, supo provocarme y las próximas veces que nos encontramos prácticamente ya estaba rindiéndome ante él sin que me diera cuenta.

–Retiro lo dicho, Bella, puede ser que no te veas claramente pero qué perseverante eres, te fijaste tu objetivo y te fuiste directo a la yugular, te llevaste a tu presa.

Reí con algo de amargura – Si, Jane, yo también creí haberme salido con la mía y como yo quería pero fue al revés.

–¿Por qué lo dices? ¿Estás con Edward no?

–Si – admití con un suspiro –, las cosas con él jamás han sido lo que una pueda esperarse, yo sabía desde un principio que no sería fácil pero es que a veces siento que…

–¿Qué pasa, Bella? – oprimió mi mano dándome ánimo para seguir.

–Él… él es… diferente, Jane. Tiene costumbres diferentes.

–¿Cómo que diferentes? – me miró intrigada y casi podía ver la maquinaria de su cerebro funcionar – espera – se hizo hacia atrás y parpadeaba repetidamente hasta que varios segundos después me miró perpleja.

–¿Me estás queriendo decir que no en balde estaba en un club Dark? – asentí lentamente y su mirada descendió perdida a algún objeto sobre la mesa – ¿Estás segura?

La miré con el ceño fruncido y luego rodé los ojos. ¿Cómo no iba a estarlo?

–Sinceramente, Jane, yo creí poder manejar todo este asunto pero creo que se me está saliendo de las manos.

–Un momento – ella sacudió la cabeza y me miró como si estuviera diciendo alguna blasfemia – ¿Asunto? ¿Así le llamas a Edward? ¿Un asunto? El hombre barre el piso por el que caminas y tú crees que es otro punto más en tu agenda, Bella, ¿Qué te sucede?

–No lo entenderías Jane, es algo complicado – se recargó en su silla ofendida, llevándose la mano al pecho.

–Perdón por ser tan tonta y por no notar cómo ese asunto tuyo te miraba el otro día en el restaurante y cómo estaba pendiente de cada movimiento que dabas – comenzó a replicar – y también perdona por no saber reconocer qué tan mal o bien estas cada mañana que llegas a la agencia, discúlpame, Bella, yo sé que apenas tenemos pocos meses de conocernos y que no me debes ninguna explicación pero aunque no me lo creas, me importas y te respeto y si tú dices que esto no es nada más que un asunto y solo me necesitas para que te escuche de acuerdo, sabré respetar tus límites…

–Precisamente de eso se trata, Jane, de los límites que he roto – dije después de pensarlo unos segundos – yo me acerqué a Edward solo para cumplir mis sueños y mis fantasías pero no quería exponer mi corazón, siempre tuve eso como principio básico. Me entregué, hice todo lo que él quería y como lo quería cuidándome de no caer y fue inútil, Jane, estoy más entregada a él de lo que yo quisiera y sé que acabaré rota y no quiero sufrir, no me quiero enamorar…

–Oh, Bella… querida, lo siento, pero ya no puedes hacer nada en contra de eso.

–¿Crees que no lo sé?

Para mi alegría, Jane no profundizó sobre lo diferente de nuestra relación. Ella tenía el don de hacer sentir a la gente a su alrededor comprendida y querida y muy dentro de mi sabía que si no había insistido en eso era porque estaba dándome mi tiempo para relajarme y poder tener la conversación sobre ese tema más adelante. ¿Cómo no iba a quererla?

Llegamos a la agencia con una hora de retraso y aún así se me hizo eterno el tiempo que faltaba para irme a mi apartamento y tener listo todo para Edward. Desde luego mi cabeza estaba en todas partes menos en mi trabajo porque a pesar de que Jane me había infundido muchos ánimos, yo no me sentía del todo mejor con respecto a cómo iba desenvolviéndome con Edward.

Siempre tenía esa sensación de que nunca estaba satisfecho con mi comportamiento, que siempre terminaba haciendo algo mal que lo decepcionaba y para muestra, el pasado fin de semana. Mi enojo por haberme mandado al psiquiatra, mi reacción al verlo con esa mujer, Vera, y que no era para menos, la forma en cómo lo interrogué sobre ella, cómo había insistido el día anterior en irme a mi apartamento cuando él me había pedido que me quedara, me lo había pedido, no ordenado…

Quizás Jane tenía razón y mi supuesta autoestima y madurez era una falacia que yo misma había creado y me creía. Realmente tenía que cambiar, tenía que madurar, necesitaba hacerlo por mi si es que quería permanecer al lado de Edward.

Por fin salí de la agencia y corrí hacia mi apartamento. Puse todo como a él le gustaba y me fui a cambiar mientras pensaba en qué ordenar para cenar. Edward llegó puntual como siempre y Dean entró detrás de él con varias bolsas de un restaurante de comida thai. Me rodeó la cintura y me besó los labios. Se le veía cansado y con un dejo de fastidio en el rostro que se fue disipando rápidamente.

–Preciosa, como siempre – me besó de nuevo y su mano bajó hasta mis nalgas, apretándolas. Después de todo, parecía que al fin esa noche me iba a premiar con lo que necesitaba y de lo que me había privado, él.

–Gracias, Señor.

–Cenemos, tengo mucha hambre – y sus ojos viajaron en un lascivo recorrido por mi cuerpo que calentó mi sangre e incrementó ese latido en ciertas partes muy sensibles de mi cuerpo.

Ansiosa, fui a la cocina y serví todo lo que llevó en varios platos y los coloqué al centro de la mesa mientras él abría una botella de vino y lo servía en las copas. Se sentó, hice lo mismo y esperé su permiso para empezarle a servir. Si lo veía desde mi punto de vista, esta noche prometía; carne y pollo al curry, las comidas muy condimentadas y muy picantes que te dejaban jadeando y con un calor en el cuerpo… mmm ¡si!

Mientras cenamos me preguntó de la campaña de Newton’s; de pronto lo vi muy interesado en conocer todo el proceso creativo y en saber qué era lo principal que tomábamos en cuenta para la realización de una campaña. Toda su atención estaba sobre mi y me sentí feliz porque le importara conocer con más detalle lo que me apasionaba hacer.

–Y mi pequeña Isabella crea todo eso sola – sonrió.

–No lo hago sola, Jane y yo somos un equipo, nos acoplamos bastante bien.

–Me agrada Jane – confesó y mi sonrisa se amplió. Me hacía muy feliz saberlo.

–Tú también le agradas y mucho – respondí entusiasmada – ¡perdón! Usted le agrada mucho – me corregí.

–¿Hablas de mi con ella? – frunció el ceño.

–No es algo que pueda evitar hacer, Señor, ella sabe que usted y yo….

¡Demonios! Había olvidado el puto contrato de confidencialidad. Jane sabía…

–Que usted y yo estamos juntos – finalicé con tratando de ocultar el temblor en mi voz. Edward me miraba serio, sin duda ya sabía que había hablado de más. Dios…

–Por tu bien espero que sea discreta, Isabella, ruega porque sea así – sentenció y se levantó de la mesa. Fue hacia el salón y se sirvió su imperdonable copa de brandy mientras nerviosa recogía la mesa.

Cuando volví al salón lo encontré recostado en mi sofá, con la copa en la mano y los ojos cerrados. El rastro de fastidio había vuelto a instalarse en su rostro. Se le veía más cansado que cuando llegó. Me arrodillé junto a él y de inmediato las imágenes de los y las sumisas en el club al pie de sus amos, haciéndoles caricias y mimos llegó a mi mente. Entendí esa acción en ese instante. Más que sumisión era el querer hacer algo para agradar a tu Señor, a tu amo y maestro, hacerlo sentir bien y quitarle ese semblante agobiado era lo que yo quería hacer en ese momento.

Le quité los zapatos, sabía que le gustaba que masajeara sus pies, lo relajaba. Puse a un lado los zapatos y coloqué sus pies en mi regazo. Comencé a hacer círculos en sus talones y en el arco; un esbozo de sonrisa apareció en sus labios y mi corazón se hinchó satisfecho. Durante un rato continué con el masaje y cuando lo vi más relajado me puse de pie y me coloqué detrás del sofá.

Con mis manos tibias toqué sus hombros y comencé a moverlas para aliviar la tensión acumulada en ellos. De inmediato se tensó de nuevo.

–Ese es trabajo de Jessica, no tuyo – detuve el movimientos de mis manos, confundida y perpleja. Se tomó de un gran trago el resto del brandy en la copa y se puso de pie para marcharse. Se puso el saco mientras yo lo observaba frustrada.

Se fue sin darme un beso, sin nada más que una simple mirada dura. Corrí a mi habitación a hundirme entre mis sábanas llorando triste y dolida. Edward sabía cómo herirme, lastimarme; justo cuando creía que estaba dando un paso más adaptándome a su mundo, hacía algo mal y me lo echaba en cara del modo más doloroso. Y además, ¡maldita sea! Ese no era trabajo de esa mujercita ofrecida, ¡era mío! y a como diera lugar iba a tener que ganarme mis derechos. Él era mío así como yo era suya y no lo iba a compartir con nadie.

Y otra vez estaba sola en mi cama, con un deseo y hambre frustrado, deseándolo y consumiéndome en un fuego hiriente. Sequé mis lágrimas y después de un largo rato me quedé dormida. Fue otra noche inquieta en la que la imagen de ese sueño recurrente apareció de nuevo angustiándome. Esta vez no hubieron voces, ni risas perversas, solo esos dos ojos oscuros como la noche que me atormentaban en silencio, persiguiéndome. Me desperté alterada y enojada por no poder controlar el efecto que tenían sobre mi.

Me di un baño y me esmeré en mi arreglo. Salí en mi auto hacia la agencia y al llegar, antes de mi dona y mi café, le envié a Edward mi foto por la cual recibí un indiferente “Buena niña”, al menos así lo sentí yo.

El día transcurrió y estábamos muy ocupadas porque esa tarde le presentaríamos a Michael la primera parte de la campaña ya lista. Todas las imágenes publicitarias para las revistas, los espectaculares y todos los medios impresos. No podíamos negar que estábamos nerviosas porque Michael definitivamente no era un cliente fácil de agradar. Era exigente y quisquilloso pero era muy educado para decirnos que algo simplemente no le gustaba, que le parecía de mal gusto o que prefería otra cosa y eso era algo sobre lo que nosotras mismas teníamos que trabajar, en cómo identificar y extraer de nuestros clientes sus ideas, la imagen que deseaban para sus empresas y productos.

Michael llegó muy puntual y en la sala de proyecciones ya estaba esperándonos con el gerente de las joyerías y algunas personas más de su empresa, Olivia y para sorpresa mía, también estaba ahí Andrew Blake de Arte Digital, el director de la agencia que me había redireccionado a Alter Medios cuando estaba en mi búsqueda de trabajo.

Nuestra presentación comenzó y expusimos todo nuestro trabajo, explicamos paso a paso cómo y porqué habíamos concluido en ese resultado y les ofrecimos un par de variantes sobre él al hacernos algunas preguntas pero nuestro trabajo les agrado y no fue necesario, gracias a Dios, realizar un cambio más. Michael por fin estaba satisfecho.

Las luces del salón se encendieron y de inmediato se pusieron de pie para felicitarnos. Jane y yo estábamos hinchadas de orgullo ya que en esta ocasión no nos fue tan fácil complacer a nuestro cliente, nos esforzamos mucho y con ese reconocimiento veíamos coronados todos nuestros esfuerzos. Al menos con la primera parte del proyecto.

–Y falta una más – anunció Michael –, ya que hemos decidido que también realicen el comercial para la televisión.

–¿Qué? – gritó Jane emocionada por la noticia y apretando mi mano con fuerza.

–Estoy muy contento con su trabajo, han comprendido muy bien lo que quiero y estoy seguro que con el comercial estaré igual de satisfecho – dijo encogiéndose de hombros.

–Podremos esperar para hacer el lanzamiento de toda la campaña completa, ¿Qué dicen? – preguntó alegre su gerente.

–¡Estupendo! – exclamé feliz.

–Isabella, muchas felicidades – Andrew se acercó a mi –, veo que no me equivoqué contigo, Olivia dice que junto con Jane son algunas de sus cartas fuertes en la agencia y estoy de acuerdo; con la campaña de Flannagan's se han posicionado como una de las más prometedoras agencias del medio.

–Muchas gracias, señor Blake – estreché su mano feliz.

–Andrew.

–Andrew entonces – acepté y le hice a Jane una señal para que se acercara –. Ella es mi compañera y amiga, Jane, juntas creamos estas dos campañas.

–Es un placer conocerte, Jane, Isabella y tú son muy talentosas.

Estuvimos celebrando un rato más y platicando sobre el comercial. Michael estaba realmente contento y sus colaboradores también. Olivia ni qué decir. Andrew miraba todo y asentía de acuerdo con todo lo que había visto esa tarde. Después que todo acabó me sentí como si hubiera sacado un 10 en un examen complicado y hubiera obtenido la felicitación de mis profesores, se sentía bien, sobre todo teniendo en cuenta que mi concentración no había estado al cien por ciento esos últimos días.

Al volver a nuestra oficina, escuché sonar mi teléfono. Casi corrí para tomarlo y no perder la llamada pero no lo logré. Siete llamadas perdidas y todas de Edward. Demonios.

–Hey, tranquila mujer, quita esa cara, él sabe que estás trabajando, no creo que se enoje por eso.

Esperaba que no lo hiciera, él sabía que había dos cosas muy importantes para mi porque ya se lo había dejado muy en claro. Esperaba que mis condiciones no hubieran cambiado después del contrato, al menos no vi en él algún inciso con letras pequeñas e ilegibles donde quedaran revocadas mis prioridades.

Dudé en devolverle la llamada. Seguramente estaría histérico y ya estaría maquilando algún castigo para mi. Un pensamiento perverso apareció en mi mente y sonreí. Si después del castigo había sexo, bien valdría la pena. No, no lo llamaría. En lugar de eso me fui a mi apartamento con toda la calma del mundo. Me cambié y me puse algo bonito y elegante por si llegaba. Casi hora y media después ni una llamada y ningún mensaje. Dicen que si Mahoma no va a la montaña…

“Señor, me encantaría invitarlo a cenar, lo espero”
Isabella.

De inmediato ordené la cena y me apresuré a poner la mesa. Coloqué velas y la canción “I wil try” de Urselle sonaba creando un ambiente íntimo y sensual. Me vi de nuevo al espejo para cerciorarme que estuviera justo como a él le gustaba y revisé todo otra vez. Tal vez lograra reivindicarme por los tantos errores de los últimos días y se olvidara de ellos. Nada deseaba más que eso.

La cena llegó y de Edward ni un mensaje. Reenvié el mensaje otra vez y tampoco obtuve respuesta. Media hora más tarde lo llamé, su teléfono estaba apagado o fuera del área de servicio. Me extrañó. Que yo supiera Edward nunca apagaba su teléfono. Decidí esperar un rato más y no fue hasta que me moví incómoda en el sillón que me di cuenta que me había quedado dormida. Las velitas ya se habían extinguido y el cd seguía sonando, me asomé por la ventana y la calle estaba desierta. Fui a la cocina y el reloj del horno marcaba que eran las dos cuarenta y cinco de la madrugada.

Edward…

¿Le habría pasado algo?

Un amargo sabor subió por mi garganta y corrí a chequear mi teléfono. Ninguna llamada y tampoco ningún mensaje. Tragué en seco. Le marqué de nuevo y lo mismo, apagado o fuera del área.

¿Qué sucedía?

¿Me estaría castigando?

No lo creía, él no era de este tipo de castigos, él era ejecutor no torturador psicológico. Pensé en llamar al penthouse o a la casa pero me pareció algo impropio llamar a esa hora además si hubiera sucedido algo Harriet ya me hubiera avisado o Waylon en su caso y no había recibido ninguna llamada de ellos, o de Paul o Dean. Me alarmé un poco pero me esforcé en permanecer tranquila. Guardé la cena y me fui a cambiar. Me asomé por la ventana antes de acostarme y ya una vez bajo mi pesado edredón, sonó mi teléfono. Me senté de golpe y contesté ansiosa.

–Edward, ¿Estás bien? – pregunté ansiosa –. Le llamé y le dejé mensajes, Señor

–Si hubieras respondido mis llamadas te hubieras podido enterar que tuve que viajar urgente a Francia.

–¿Francia? – pregunté lentamente – bueno, yo estaba en una junta muy importante y…

–¿Era tan importante tu dichosa junta como para no responder mis llamadas?, sabes que no debes hacerlo.

–Creí que había quedado claro que mi padre y mi trabajo eran dos cosas que no iba a dejar de lado por nada.

–¿Qué es esto, Isabella, una advertencia?

–No, solo le recuerdo que son mis prioridades.

–Yo debo ser tu principal prioridad, creí que eso había quedado claro.

–Yo…

–Quiero saber de tu junta – demandó.

–Fue para entregar una parte de la campaña de Newton’s. Quedaron muy contentos con nuestro trabajo – dije visiblemente más animada.

–Así que Newton…

–Si, y dejaron en nuestras manos realizar el comercial de televisión, es una oportunidad que nunca imaginamos tener tan pronto.

–Felicidades, Isabella, es una recompensa a tus esfuerzos. Lo has hecho bien.

–Gracias, Señor.

–Bien. Ya sabes que estaré fuera unos días, espero tu foto puntual como cada mañana y si vas a tener alguna otra junta importante, avísame. ¿Entendido?

–Entendido, Señor.

–Muy bien, Isabella, eso es todo.

Y con eso cortó la llamada. Bufé y me eché hacia atrás en la cama. Edward estaba en otro país. La prematura añoranza de saberlo lejos hizo que mi cuerpo doliera. Lamenté mil veces no haber podido responder a sus llamadas y tampoco haberme despedido de él correctamente, sin que tuviera que llamarme a mitad de la madrugada.

Ya no tenía sueño. Me dediqué a rodar por mi cama maldiciéndome por no haberle preguntado exactamente cuando volvería. Esperaba que no estuviera fuera por mucho tiempo, ya me había acostumbrado a tenerlo cerca con todo y su multifacético carácter. Ya lo extrañaba.

¿Qué haría si se tardaba demasiado?

Bueno, con nuestra nueva encomienda dudaba que tuviera tiempo de sobra para perder divagando por su ausencia, aunque definitivamente no sería nada fácil esperar salir de la agencia y llegar a casa sabiendo que él no llegaría a cenar conmigo.

Logré dormirme ya entrada la madrugada. Por la mañana llegué a la agencia y Jane se percató de inmediato de mi ánimo triste.

–Está lejos, Jane, se fue a Francia – dije antes de que me preguntara nada –, no sé cuando va a volver.

Suspiró parándose frente a mi escritorio con las manos a la cadera.

–No veo en ti a una mujer que esté luchando por proteger su corazón, Bella, yo más bien creo que por lo que debes luchar es por no enamorarte más de él.

–No estoy enamorada, no he llegado hasta ese nivel, estoy acostumbrada a estar cerca de Edward solamente, lo extraño, eso es todo.

–Pues solo para estar acostumbrada a él sufres mucho – afirmó –. Anda vamos, que tenemos una reunión con Olivia.

–Si, te alcanzo en un minuto – dije sacando mi teléfono para tomarme la foto y enviarla junto con un mensaje avisándole que entraría a una reunión con mi jefa. Tres minutos después llegó su respuesta.

“Preciosa y mía”
E. Cullen.

Y me fui a mi reunión con una sonrisa en los labios.

***

Salimos de la oficina de Olivia mucho después de la hora del almuerzo y literalmente corrí para sacar mi teléfono y revisar si tenía algún mensaje o llamada. Mi buzón estaba vacío.

–Bella, ¿Realmente voy a verte agonizar porque Edward está de viaje? Creo que esta relación…

–No estoy agonizando, Jane – repliqué mansamente –, es solo que…

–¿Qué, que?

–Olvídalo, me voy a casa – intenté sonreír –, necesito recuperar mis horas de sueño.

Tal y como dije, después de despedirme de Jane me fui a mi apartamento y saqué la cena de la noche anterior que había guardado intacta. Calenté uno de los filetes en el horno y llevé mi plato al estudio para cenar en mi sofá frente al televisor. No me lo comí todo, hice a un lado el plato y estaba cambiando los canales sin encontrar nada que atrajera mi atención, esperando a que mi teléfono sonara más nunca sucedió.

Decepcionada me fui a la cama y para mi desgracia tuve una noche de sueños terribles. Mis pesadillas regresaron revueltas con imágenes de las escenas del club y esos ojos negros junto a unos verdes que me miraban furiosos. Manos manteniéndome restringida, voces y risas ordenándome portarme bien y la boca dueña de una hermosa sonrisa torcida descendía por mi vientre hasta perderse entre mis piernas.

¡No!

Gritaba desesperada y una risa muy cínica que reconocería en cualquier parte resonaba en mis oídos.

Te dije que si conmigo no lo disfrutabas, no lo harías con nadie más…

Y como tantas otras veces, pude sentir sus dientes enterrarse en el interior de mis muslos. Desperté jadeando desesperada, llorando y con el asco que acompañaba cada pesadilla cuando alcanzaba ese grado de realismo. Me levanté corriendo al baño y devolví la cena. Permanecí arrodillada un momento y me puse de pie para cepillarme los dientes. Saqué el Nyquil y le di un trago bastante considerable. Me miré al espejo y sollocé. Ya no quería seguir sufriendo esas pesadillas, ya no más.

Al día siguiente Jane me miro llegar y no dijo nada de mi aspecto. Solo empujó la caja de donas y el café hacia mi.

–Estoy bien.

–No he dicho nada – dijo levantando las manos como rindiéndose y encogiéndose de hombros, se dio media vuelta y se dedicó a trabajar en su computadora.

Terminé solamente mi café ya que la dona no tenía buena cara esa mañana y fui al baño con mi teléfono en mano para tomarme la foto diaria, no quería hacerlo frente a Jane. La envié con un ‘Buenos días’ y casi de inmediato recibí su llamada.

–¿Qué te sucede? ¿Estás enferma?

–No, solo no tuve una buena noche.

–Espero que eso sea cierto, Isabella.

–Lo es. Señor… – me atreví a preguntar – ¿Volverá pronto?

–No sé, de todas formas vuelva pronto o no, el fin de semana Paul te llevará a casa, te quiero ahí sin excusas.

Señor…

–Eso no está sujeto a discusión, Isabella.

–Está bien.

Y como siempre, cortó la llamada sin despedirse.

Ese día si que no fue nada bueno. Michael como era de esperarse, empezó con sus sugerencias y Jane y yo decidimos dejarlo hacer y deshacer y cuando hubiera acabado de hacer su planteamiento entonces lo revisaríamos y comentaríamos lo que era factible de hacer y lo que no. Nos pareció lo más sensato después de saber que así, no nos haría trabajar el doble.

A pesar de tener mucho en que ocupar mi mente, no podía dejar de recordar el sueño tan vívido que había tenido. Tuve la garganta seca todo el día y las manos me temblaban nerviosas al escuchar de nuevo esa voz amenazándome como siempre lo hacía, solo que esta vez, podía sentir su amenaza más real que nunca.

Con dolor reconocí que necesitaría mucho más que paciencia y un frasco de Nyquil para hacer que las pesadillas se fueran. Cada vez que volvían a atormentarme se hacía más difícil el mantenerlas alejadas por más tiempo. Esa había sido una lucha que había librado por años pero que antes no estaba sola como en esos momentos. Antes había tenido quien me abrazara cuando me despertaba sudando y llorando por el miedo que me causaban.

–¿Estarás bien? – me preguntó Jane al despedirme de ella.

–Claro, no pasa nada – le guiñé un ojo –, nos vemos mañana.

Subí a mi auto y conduje más segura que nunca hasta aquella zona de consultorios elegantes y modernos. Estacioné mi auto y bajé de él para cruzar la calle y vi el Jaguar negro que conducía Jason estacionarse a unos cuantos autos del mío mientras Paul me miraba y hablaba por teléfono. Los ignoré, continué mi camino hacia el edificio y subí por ascensor justo hasta el piso catorce. Al salir de él me acerqué con pasos firmes hasta la mujer detrás del escritorio en el vestíbulo impoluto. Terminó su llamada y me sonrió amable.

–Buenas tardes. Soy Isabella Swan, no tengo cita pero pensé que tal vez..

–Un momento, señorita Swan, el Dr. Bower la atenderá apenas termine con su paciente, tome asiento por favor.

–Oh, gracias.

Quince minutos después la secretaria me conducía al consultorio del doctor.

–Isabella, que gusto me da verla de nuevo por aquí, pero pase, siéntese – asentí nerviosa y me instalé en el cómodo sillón – supongo que no viene a una cita conmigo pero descuide, sé muy bien lo qué le ofrecí.

–Gracias doctor pero se equivoca, esta vez si necesito y quiero su ayuda…

Sesenta minutos después salí del consultorio del Dr. Bower sin sentir en realidad un alivio evidente. Al contrario, más y más preguntas se atiborraron en mi cabeza y si de algo estaba segura era que esa noche tampoco podría dormir tranquilamente. Suspiré resignada y ya en mi auto de vuelta a casa, decidí ir al supermercado por algunas cosas que necesitaba. Por el espejo retrovisor vi a Jason y a Paul seguirme a poca distancia. Mi séquito inseparable…

Con la mente a kilómetros de donde yo me encontraba entré al establecimiento empujando un carrito. No notaba que iba por cada pasillo llenándolo de cosas que tomaba sin mirar debidamente.

–Bella…

Una voz que recordaba demasiado bien me llamó. Ella estaba frente a mi observándome. Fruncí el ceño sin responder.

–¿Cómo has estado?

Mi expresión no cambió. Tomé el carrito y me di la vuelta, no tenía nada que hablar con Rosalie.

–Por favor ¿Podríamos hablar?

Seguí avanzando por el pasillo como si no la escuchara.

–Necesito hablar contigo, te necesito, Bella.

Me detuve – Pues yo ya aprendí que no necesito ni de ti ni de nadie – le dije de espaldas.

–Bella… – dijo sorprendida.

–No te preocupes, Rosalie – dije mirándola por sobre el hombro.

–La soledad y el rechazo duelen, pero te acostumbras…*

*

*

*

Gracias a Loys Gómez por esa mente tan pervertida como la mía, a Nani, por ese blog maravilloso y las imágenes que me presta para jugar y a mi Beta Isita María por su ojo crítico. :*
Besitoo
Li
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