martes, 25 de octubre de 2011

CAPITULO 20

Detrás de mi ventana.

“No pretendas apagar con fuego un incendio, ni remediar con agua una inundación.”
Confucio.

BELLA’S POV

Tenía la cara enterrada en la almohada, la giré para respirar y no sofocarme pues ya llevaba un rato en esa posición. Extendí el brazo y encendí la lámpara de mi mesita de noche; me coloqué boca arriba pero de inmediato regresé a mi posición anterior frotándome delicadamente el trasero.

Suspiré y unos minutos después fui a la cocina a prepararme un té. Me lo tomé con mucha calma mientras miraba por mi ventana como llovía. Cuando llovía fuerte, toda la suciedad de las ventanas, de los autos y de la calle se limpiaba; los animales aprovechaban la lluvia, como los pajaritos que se acicalaban con el agua que se acumulaba en las fuentes. El agua bañaba todo, lo limpiaba, lo purificaba…

Dejé mi taza escurriéndose de cabeza después de lavarla para que se secara bien y fui a mi vestidor por un par de calcetines. El clima ya estaba muy frío y odiaba que se me congelaran los deditos de mis pies. Siempre había odiado eso, así que los froté muy bien antes de ponerme mis descoloridos calcetines y me metí bajo las sábanas y mi calientito edredón de plumas. Me sentía tan bien así arropada y segura, que me parecía increíble todo lo que había vivido durante las últimas veinticuatro horas.

Después de soportar la indiferencia de Edward por algunos días, por fin me pidió que subiera al cuarto de juegos y lo esperara ahí. Estaba que gritaba de felicidad porque ya dejaría atrás toda esa insistencia, esa presión que ejercía para que yo le dijera algo que no tenía la menor importancia porque ni siquiera estaba segura que hubiera ocurrido, lo único que importaba era que él volvería a ser el mismo y que yo estaba deseosa de complacerlo en todo.

Me cambié con rapidez y corrí a esperarlo. No tardó mucho en aparecer. Yo estaba ansiosa, feliz, expectante y con muchos deseos de agradarlo. Extendí mis muñecas para que las atara con los pañuelos pero prefirió esposarme directamente a la mesa. Mis ojos como siempre, los cubrió para hacer más delirante el momento, al menos así era como yo lo sentía y entonces, todo comenzó…

Mi calor derritió los hielos con los que jugó por todo mi cuerpo, mi cuello, mis senos, mi torso, hasta el centro de mi deseo fue víctima de la frialdad que me prodigaba Edward; me tomó con fuerza, con rudeza, satisfaciendo una necesidad apremiante que yo también sentía con la misma fuerza y que imploré para que acabara con ella, liberándome.

–Edward, Señor

–¿Qué quieres, Isabella?

–Más, más por favor, necesito más… – supliqué.

–Yo también necesito más Isabella, quiero más, te quiero completa, quiero todo…

Silencio y abandono fue lo que me envolvió después de oír esas palabras. No dijo nada más, solo lo escuché gruñir al salir de mi cuerpo dejándome un vació devastador.

Seguramente entre mi desesperación no había entendido bien, me había confundido. Sí, eso había sido porque yo sabía muy bien que los hombres como él no amaban. ¡Que tonta! Pensando en eso como si no supiera que Edward Cullen no necesitaba amor. Él necesitaba control y siempre había sido muy claro en eso.


Necesito más.


Quiero todo…

–Será mejor que lo pienses bien, Isabella porque si te mantienes así, las cosas podrían resultar muy desfavorables para ti.

Yo lo escuchaba perpleja y temblando de necesidad, dándole mil vueltas a sus palabras, pensando a qué se refería exactamente con eso.

–Seré más estricto que nunca, Isabella – dijo mientras abría las esposas de mis tobillos.

–Y si quieres saber en realidad qué significa ser una sumisa en toda la extensión de la palabra, te aseguro que lo averiguarás.

Abrió las esposas liberando mis muñecas pero no quitó el pañuelo de mis ojos.

–Así estarás a partir de este momento, desnuda, a menos que te ordene lo contrario.

Escuché que se dirigió a la puerta y habló de nuevo.

–Limpia todo esto y cuando termines, ve a mi habitación. Date prisa.

Salió de ahí dando un portazo y lentamente me senté en la orilla de la mesa. No podía dejar de temblar y no solo era por sus palabras. Hacía mucho frío y yo estaba no solo desnuda sino también mojada e insatisfecha con un orgasmo en la puerta que hacía latir mi sexo y sabía que solo bastaría apretar mis piernas y moverme un poco sobre la mesa y ¡Puf! Un problema menos; pero no lo haría, eso sería tentar al diablo y ya había tenido mucho que ver con él durante las últimas horas.

Me quité el pañuelo de los ojos y parpadeé mientras me acostumbraba a la poca luz que había. Miré alrededor de la mesa y mi bonito baby doll estaba todo cortado y tirado en el piso. La mesa estaba mojada y el piso también ya que Edward había tirado el recipiente donde tenía los cubitos de hielo.

Con cuidado para no resbalarme bajé de la mesa y salí del cuarto de juegos, necesitaba ir a mi habitación y ponerme algo encima para bajar a buscar con qué limpiar y secar todo.

–¿A dónde vas?

Me quedé paralizada a medio pasillo al oír su voz pero estaba desnuda y preferí darle la espalda y no girarme para que me escudriñara de pies a cabeza y me hiciera sentir peor.

–Voy a ponerme algo encima, no pretenderás que baje así.

–Precisamente eso quiero, Isabella.

Sentí como se iba acercando a mí y avancé unos pasos pero me tomó por el brazo y me hizo girar quedando frente a él.

–Te lo dije hace un momento y te lo vuelvo a repetir, te quiero desnuda todo el tiempo.

–¿Pero y Harriet? ¿Y Dean, Paul y los demás? – pregunté escandalizada, ¿qué pretendía, que les diera a todos un espectáculo?

–Por el momento no hay nadie más aquí, todos se han ido y no volverán hasta el lunes, estamos solos…

Mi piel se erizó al escucharlo.

–Solo te recuerdo que si te ordeno algo debes obedecerme sin replicar. Y apúrate que tengo sueño y ya quiero dormir.

Soltó mi brazo y regresó a su habitación. No podía creer que estuviera haciéndome eso. Todo porque solamente no tenía un control total sobre mí. Y yo que llegué a pensar que tal vez no fuera tan malditamente soberbio y arrogante…

Muriéndome de frío, bajé deprisa a la cocina. Encontré un trapeador y algunos trapos para dejar todo limpio y seco. Subí casi corriendo porque el piso de mármol estaba helado y al menos en la planta alta los pisos eran de madera en las habitaciones o estaban alfombradas y mis pies no sufrirían tanto. Una vez que terminé y dejé todo como me lo había ordenado, ya había entrado un poco en calor. Fui a mi habitación y no me importó si Edward me estaba esperando, necesitaba un baño y lo iba a tomar.

El agua caliente calmó un poco mi tensión; hubiera querido quedarme horas bajo en agua pero tampoco era una insensata y mi instinto de supervivencia me hizo apurarme. Me puse crema en todo el cuerpo y arriesgándome a un castigo, me envolví en una bata de baño. Con algo de miedo y un poco renuente, fui a su habitación y toqué despacio a su puerta.

–Pasa.

Dijo con voz fuerte y entré.

–Te demoraste mucho.

Estaba sentado en la orilla de la cama con unos papeles en las manos y no levantó la mirada de ellos. Tenía solamente unos bóxers y una camiseta gris pero al menos tenía algo encima mientras yo solo me cubría con la bata que suplicaba por dentro no me hiciera quitar. Me tuvo unos minutos de pie y mi paciencia iba a comenzar a traicionarme hasta que lo escuché decir…

–Ordena estas carpetas y las demás que están sobre la mesa, cuando termines, apagas la luz y te acuestas en silencio.

Indicó parco apuntándome el sillón en la salita de la habitación mientras se acomodaba en su cama dándome la espalda. Casi doy un grito al comprender su orden. ¡Me mandaba a dormir al sillón!

–Recuerda que te quiero desnuda, así que fuera bata.

Inconforme pero sin más remedio me despojé del único material que me protegería del frío y comencé a acomodar los papeles y las carpetas, estaba furiosa. No tardé mucho en hacerlo y cuando terminé corrí al sillón. Abrí la boca aliviada al encontrar un par de sábanas y mantas junto a una almohada y rápidamente las acomodé para acostarme. Después de todo no estaba tan incómoda. El sillón era bastante mullido y cómodo y ya no sentía tanto frío. Seguramente era por la actividad, que no fue mucha pero de algo me había servido. Me quedé dormida casi al instante y sin apagar la luz…

El repiqueteo de un teléfono me despertó. Gemí y me moví despacito. Me estiré, pero el poco espacio en el que estaba acostada me hizo sentir insegura y recordé donde estaba acostada y porqué.

Me senté cubriendo mi pecho con las sábanas y busqué con la mirada a Edward. Estaba sola en la habitación y maldije en mi interior porque eso significaba que me había quedado dormida y él seguramente estaría esperando impaciente por su desayuno y por darme un castigo por mi falta.

Bufé y con calma me puse de pie y fui a mi habitación. También con mucha calma me lavé la cara y los dientes, cepillé mi pelo y lo dejé suelto, si pretendía que estuviera desnuda al menos así no me sentiría tan expuesta. Antes de salir de la habitación dudé un poco, si ya iba a recibir un castigo, ¿por qué no arriesgarme y bajar con la bata puesta?, tal vez se compadeciera y me dejara estar semi vestida con el frío que hacía.

Craso error. Apenas me vio bajar cubierta, enarcó una ceja y apretó la mandíbula. De inmediato me deshice de la bata y crucé los brazos delante de mi cuerpo.

–Buenos días – dije con voz baja.

No obtuve respuesta, por lo que seguí de largo hasta la cocina. Sin perder tiempo, saqué el jugo del refrigerador y maldije al sentir la ráfaga de aire helado que salió de él. Mi piel se erizó y mis senos se endurecieron al igual que mis pezones reaccionando al frío. Con movimientos un poco lentos y torpes, puse los demás ingredientes sobre la encimera y al girarme vi un mandil colgando de la pared. Me lo coloqué sin dudar y sabiendo que me estaba asegurando un castigo más severo más no me importó.

Con toda la rapidez de la que pude hacer acopio, le preparé el desayuno y puse la mesa. Edward se sentó y me observaba moverme y cuando quise sentarme…

–No, Isabella.

Lo miré confundida.

–¿Perdón?

–Dije que no. Tú no te sentarás a desayunar conmigo, haz perdido ese privilegio por no obedecer mi orden.

Me recorrió con la mirada y me estremecí.

–Es antihigiénico que prepare tu desayuno desnuda, además hay mucho frío – abogué por mi.

–Si es antihigiénico o no, me tiene sin cuidado y si te ordené algo lo cumples y listo. Y ahora te vas a ir a sentar a un banco en la cocina y te aguantas el frío sin quejarte. Las sumisas no piensan, no deciden, no suponen, solo obedecen, no demuestran su incomodidad, solo tratan de agradar a su señor. Así que toma nota y trata de que no haya una próxima vez.

Bajé la cabeza y cerré los ojos muy fuerte para no dejar escapar las lágrimas que pugnaban por salir. Sus regaños me volvían débil y vulnerable, hacían que la Isabella fuerte se perdiera en ellos.

–Responde.

–Sí, Edward.

–¿Edward? Ese privilegio también lo has perdido, nunca más te vuelvas a dirigir a mí de ese modo.

–Sí, Señor… – mi voz casi se rompió al hablar.

–Si vas a ponerte a llorar mejor vístete y vete, no quiero niñas caprichosas aquí, no me sirven.

Respiré muy hondo y me tragué todo lo que estaba sintiendo. Yo no era una niña caprichosa, era una mujer que sabía lo que quería y yo quería estar ahí, con él…

Me di media vuelta y me dirigí a mi nuevo lugar. Dudaba en sentarme pero no quise que entrara y me sorprendiera desayunando de pie y mi situación que pendía de un hilo se agravara y estuviera de vuelta en mi apartamento sola, sin amigas, ni Señor, ni nada.

Con mucho cuidado, me senté en el banco helado. Temblaba de frío, tanto que no pude desayunar nada, solo tomé un par de tazas de café hirviendo y apenas terminé me puse de pie y comencé a recoger todo en la cocina y continué con la mesa cuando escuché que se levantaba y se encerraba en el estudio.

Un rato después estaba en mi habitación acostada en la cama hecha un ovillo. No me atreví a cubrirme e hice muy bien porque Edward entró y me puse de pie como un resorte.

–¿Sí, Señor?

–Al cuarto de juegos.

Dijo y salió, lo seguí por el pasillo y al entrar cerró la puerta detrás de mí.

–Inclínate sobre el banco de azotes.

Me ordenó; mi cuerpo tembló y esa vez no fue de frío. Tomé el banco y lo coloqué alejado de la pared donde estaba esperando ser usado. Su día había llegado y también el mío. Me incliné despacio y miré un poco desesperada a mi alrededor para saber con qué iba a azotar mis nalgas pero no vi nada cerca.

–Así me gusta, Isabella, obedeciendo mis ordenes sin titubear. Ahora recárgate y levanta se hermoso trasero para mí.

Me acomodé bien y cuando estuve en la posición que él quería sentí una fuerte nalgada; fue doloroso sentir el choque de su palma abierta contra mi carne, tanto, que no grité, ni gemí, sino que ahogué esa exclamación en mi garganta hasta que su mano volvió a chocar con mi otra nalga con la misma intensidad.

No me hizo contarlas pero no era necesario. Él sabía cómo me estaban doliendo cada una de las 6 nalgadas que me propinaba en el más absoluto de los silencios, Solo se escuchaba cuando estrellaba su mano contra mi piel y alguno que otro esfuerzo mío por respirar hondo.

–¿Sabes porqué te estoy castigando?

Preguntó sereno y yo luchaba por esclarecer mi mente para poder responder coherentemente.

–Yo… sí, Señor.

–Dilo…

–Por desobedecer…lo, Señor.

–¿Y qué más?

¿Qué más? ¿Había otra cosa?

Ah sí, ya recordaba…

–Porque cree que no confío en usted, Señor.

Una estruendosa carcajada llenó la habitación al sexto azote en mis nalgas y se alejó de mí. Escuché como bajaba la cremallera de sus jeans negros y cerré los ojos cuando sentí sus manos tomar mis caderas y levantarlas un poco.

Entró en mí desde atrás, con esa fuerza vigorosa que sacaba todo el aire de mis pulmones con cada embiste. Mis paredes se contraían cada vez que salía de mí queriendo retenerlo y parecía gustarle porque ocultaba un gemido tras un gruñido. No fue gentil ni considerado, fue rudo, tosco y frío. No buscaba mi satisfacción y sólo me embestía buscando la suya propia, desesperado, ansioso, necesitado…

Con urgencia arremetía contra mí, con cada empellón yo me aferraba más al banco para no caer y mientras su acto primario llegaba a la cúspide, el sonido del choque de nuestras carne se escuchaba en la habitación junto con la agitación creciente de su respiración al mismo tiempo que yo trababa de silenciar la mía.

En esa ocasión me concentré en retener mi deseo, mi placer, sabía que debía hacerlo, por mi bien, para protegerme. Y cuando ese calor, ese delirante torbellino comenzó a crecer en mi vientre, mi mente se transportó a otro lugar y casi pude dejar de sentir. Solo relajé mi cuerpo y mis paredes dejaron de hacer un esfuerzo por mantener cautivo al dador de placer que se había convertido en un cruel ejecutor.

Con mucha más fuerza embestía, en un castigo creador de disciplina que estaba llevándose mi fuerza con cada posesivo empujón. Él lo sentía y más fuertes eran sus acometidas. Yo me controlaba y él más fuerte me poseía en un acto banal, mecánico, en el cual yo cumplía mi función y él la suya, dominarme…

Sus manos se aferraron a mis caderas y sentí que me levantaba un poco más. Entraba y salía de mí con mayor rapidez y de pronto disminuyó la velocidad; después de un par de empujones que casi me hacen caer del banco que se incrustaba en mi pecho y mi abdomen, se derramó en mí y abandonó mi cuerpo cuando sintió que yo no le respondía, mi mente y mi cuerpo estaban protegiéndose en un lugar remoto, en donde yo tampoco tenía cabida.

Él aún estaba ahí, respirando agitado, recuperándose del orgasmo que usando mi cuerpo obtuvo.

–Limpia todo este lugar, lo quiero brillante. No te demores.

¡Maldito insensible!

Gruñí internamente, molesta porque yo sabía que no era del todo así. Yo ya conocía un poquito de su otra cara, esa que no le enseñaba a nadie y que yo rechazaba ver por completo. No quería, no podía, era peligroso y me arriesgaba justamente a ser lo que no quería porque su lado oculto era como un canto de sirenas que te llamaba, te seducía, te envolvía y luego te aniquilaba muy lentamente…

Pero… ¿Podría yo ser así de indiferente con lo que acababa de pasar? ¿Tomarlo como un acto cualquiera, sin darle importancia y continuar como si nada?

Con las piernas y todo el resto de mi cuerpo sacudiéndose ligeramente, me puse de pie y miré a mi alrededor pensando por donde empezar con mi tarea. Entré al baño y miré con añoranza la bañera. No habría mimos, ni abrazos y baños esa vez, ya mi situación era otra y tenía que aprender a vivir con eso.

Limpiar todo el cuarto de juegos resultó ser una tarea agotadora. Para cuando terminé, ya era tarde pero estaba orgullosa de mi trabajo, todo había quedado reluciente. Bajé las escaleras y cubriéndome un poco con los brazos al frente, entré al estudio después de tocar a la puerta y escucharlo permitirme pasar.

–Ya terminé, Señor.

Me miró apenas levantando la vista de sus papeles.

–Vístete, es hora de que te vayas.

Las palabras salieron de su boca con esa emoción ausente a la que ya me estaba acostumbrando. No. Mentira. No me estaba acostumbrando, la estaba aceptando, me estaba resignando a ella y eso era aún peor.

Esa noche no había nadie con quién mandarme de vuelta a mi apartamento, así que él me llevó en un completo silencio. Al llegar, abrió la puerta con sus llaves y sin despedirse salió, poniendo todos los seguros que tenía mi puerta. Como si me fuera a escapar a algún lado.

De inmediato fui a mi baño y llené la bañera para sumergirme y recuperar un poco de mi temperatura corporal. Salí de ahí cuando el agua comenzó a enfriarse y me puse una pijama calientita. Me acosté boca abajo en mi cama y froté mi dolorido trasero. Tomé una taza de té bien caliente y ya estaba sumergida debajo de mis sábanas, esperando dormir y descansar para iniciar mi semana de trabajo.

***

Sonó la alarma de mi teléfono y me levanté sin ganas, me di una ducha que me reavivó por completo y con esa nueva energía salí a mi vestidor para elegir qué me pondría ese día. Ya vestida, maquillada y peinada, salí de mi apartamento hacia la agencia donde un capuchino caliente y un par de donas de nuez me esperaban sobre mi escritorio.

Llegué a tiempo y saludé a Jane antes de apoderarme del vaso desechable que contenía el líquido caliente y de la dona en la caja. La mordí y gemí de gusto.

–Parece que no comiste en todo el fin de semana – Jane me miraba divertida.

–mmm, claro que comí pero esto es el octavo cielo – dije mientras devoraba mi primera dona de la mañana.

–Tendré que hablar con Edward para que te mantenga bien alimentada, energías son lo que necesitas para seguirle el ritmo a ese hombre, porque te veo, Bella, y francamente me das una envidia…

–¿Ah? – pregunté con la boca llena.

–Con solo imaginarme lo que ese hombre debe hacerte sentir…

–No sabes lo que dices – bajé la mirada.

–Seguramente no, pero sé lo que veo y con eso me basta.

Alrededor de las diez de la mañana estuve sola en mi oficina. Saqué mi teléfono del bolso y me puse de pie para tomarme una foto, justo como lo hacía al principio. La miré para ver como había salido y luego la envié. Esperé unos segundos por su respuesta. Luego varios minutos y después de casi quince decidí que era hora de ponerme a trabajar y dejar de estar jugando como una adolescente caprichosa.

Me enfoqué en mi trabajo y revisé la campaña de Newton’s. Todo parecía marchar bien y así debía seguir mientras que a Michael no se le ocurriera quitar o agregar otro punto a lo que ya teníamos elaborado. Jane volvió y ya era hora del almuerzo, salimos a comer y mi teléfono seguía sin sonar y sin vibrar hasta que por fin de vuelta a casa, el tono de un mensaje recibido sonó. Impaciente, abrí el mensaje apenas estacioné mi auto en mi edificio.

“Te veo en tu apartamento esta noche”
E. Cullen

Baje rápido de mi auto y subí por las escaleras hasta llegar a mi puerta. Entré y tiré mi bolso al sillón del salón mientras sacaba un mantel y ponía la mesa deprisa. Una vez que todo quedó impecable, fui a cambiarme para esperarlo como a le gustaba que estuviera, bien vestida y arreglada para él.

Esa vez no esperé tanto. Media hora después el sonido de sus llaves en la puerta me alertaron y me puse inmediatamente de pie. Edward entró y vio la mesa y luego me miró de arriba abajo.

Se acercó lentamente a mí, estudiándome, cercándome, intimidándome.

–Tal parece, pequeña caprichosa, que no entendiste mi orden o simplemente no te importa obedecerme.

¿Qué había hecho mal?

Me pregunté mirando la mesa inmaculada cuando sentí que me tomaba por la cintura, pegando mi espalda a su pecho y mi trasero a su pelvis y a su miembro despierto y duro.

–¿Qué hice mal? – pregunté en voz alta, exteriorizando mis pensamientos.

–Te dije que te quería desnuda siempre.

Dijo entre dientes mientras bajaba la cremallera de mi vestido y me lo quitaba bruscamente. Arrancó las bragas de mi cuerpo, mi brassiere y estuve desnuda ante él. Solo tenía los zapatos altos que sentía se tambaleaban incapaces de sostenerme por los rudos movimientos a los que Edward me sometía.

Rodeó mi cintura con sus brazos y me cargó, pegándome a la pared. Enredó su mano en mi nuca, cerrándola junto con un buen mechón de pelo entre ella, jalándola para dejar mi mejilla adherida al frío muro. Jadeé al contacto con la pared y por el dolor al sentir que tiraba de mi pelo. Mi cuerpo luchaba por repeler el contacto frío pero me tenía bien aprisionada con su cuerpo, haciendo que no pudiera moverme ni un milímetro.

–¿Sabes como aprenden los cachorros, Isabella? – inquirió algo hostil –. A base de castigos, y yo por lo que veo, tendré que castigar a mi pequeña mascota hasta que aprenda a complacerme.

Mi pecho se presionó aún más contra la pared, dejándome sin aire y escuché que bajaba sus pantalones. Metió una pierna entre las mías y las separó. Su mano libre y cálida cubrió mi vientre separándolo de la pared y de pronto entró en mí con un fuerte empellón.

No pude gritar, ni moverme, ni nada. Sentir su invasión sin estar lista para recibirlo fue demasiado. Su miembro entraba y salía del mío sin que importara que no existiera esa suave fricción producida por mi lubricación. Él profundizaba cada penetración y yo sentía que llegaba hasta mi alma cada vez que se adentraba en mí. Mi cuerpo poco a poco fue reconociendo el suyo y la fricción dejó de ser incómoda. El cambio era obvio y Edward aumentó la potencia de sus embistes. Yo no hacía ruido, solo se escuchaba ese sutil silbido del aire escapando de mi boca cada vez que se metía en mí.

Edward gruñía y jadeaba. Sostenía su puño cerrado con mi pelo manteniendo mi cabeza inmóvil y su mano en mi vientre se hundía cada vez que me acercaba más a él. De pronto salió completamente de mí y soltó mi pelo más su mano permaneció rodeándome.

–Al suelo – me ordenó –. Te quiero en cuatro…

Jadeé por aire y de sorpresa al escuchar su indicación pero no titubeé. Como pude me las arreglé para ponerme como quería mientras se quitaba por completo el pantalón y los bóxers. En menos de lo que imaginé ya estaba sosteniendo mis caderas y entrando en mí de nuevo. Estaba siendo rudo, sí, tal vez algo violento pero ya no dolía como al principio. Mi cuerpo se humedeció protegiéndome de esa seca fricción que significaba mi castigo.

De nuevo, mi mente esquivó el momento para no sentir y dejar que se levantara un orgasmo en mí. Me era ya tan fácil evadirlo que no dudé en transportarme a otro lugar, a otro momento y en otra circunstancia. Siendo yo otra mujer, una sin miedos y que no tenía que recurrir a esas tretas porque no tenía nada qué temer, de que huir.

Sus manos se clavaron en mis caderas con más fuerza y sus jadeos se volvieron mas frecuentes. Edward estalló en un potente orgasmo. Se derramaba en mí y yo me contraía a su alrededor exprimiéndolo, como le gustaba que lo hiciera. Al menos que lo complaciera con algo esa noche…

Se recargó en mí una vez que terminó y mis brazos temblaban con su peso. Se retiró con lentitud y cuando creí que todo había acabado, recibí un par de fuertes nalgadas haciéndome brincar y di un gritito de sorpresa.

Mis brazos se doblaron y mi cara sintió el piso helado así como todo mi cuerpo que agotado se dejó caer lentamente. Cerré los ojos mientras mi respiración se normalizaba y sentí como me levantaba del suelo y me dejaba en el sillón del salón.

El fuerte azote de mi puerta me indicó que se había ido.

***

Iba a llegar muy tarde a la agencia. Eran las once de la mañana y yo aún estaba secándome el pelo. Y es que después de levantarme del sillón en la madrugada y meterme a la cama, dormí como un bebé. Plácidamente.

De no haber sido por Jane no me despertaba; su insistencia hizo que mi subconsciente escuchara el timbre del teléfono y aún aletargada me metí a la ducha. Me puse lo primero decente que encontré y con el pelo medio húmedo y sin maquillar entré a la agencia intentando que mi llegada pasara desapercibida para todos.

–¡Dios mío! Pero ¿Qué coño te sucedió?

–Jane, no es el momento…

–Yo sé que no pero más te vale que sepas que tu momento es justamente a la hora del almuerzo y no te me escapas. ¿Ok?

La ignoré y encendí mi computadora mientras sacaba el estuche de cosméticos de mi bolso. En diez minutos ya era otra. Peinada con una coleta, sin ojeras y con una cara que estaba a kilómetros de parecerse a la de la mujer que unos minutos antes atravesaba la puerta.

Trabajamos en silencio hasta que llegó la temida hora del almuerzo. Entonces Jane se permitió abrir la boca y yo no tuve más remedio que obedecer….

–¿Qué pasa, Bella? Cuéntame – me pidió y la escuché y sentí muy sincera.

–Nada de importancia, Jane, de verdad.

–No me tienes confianza… entiendo, prácticamente me acabas de conocer.

–No es eso, es solo que bueno, Edward y yo estamos pasando por un período de adaptación y tú sabes que difícil puede llegar a ser eso.

–En eso sí, tienes razón, nunca puedes llegar a conocer a alguien por completo y mientras intentas coordinarte con esa persona, llueven chispas o piedras… ¿A ti qué te llueve, Bella?

–Ambas, Jane, ambas.

Con esa pequeñísima confesión, Jane ya no insistió más pero durante todo el almuerzo me dio sus mejores consejos, que obviamente no aplicaban para mí pero al menos ya no fui el centro de su atención. Volvimos al trabajo y repasé la noche anterior aunque me esforzaba en concentrarme en lo que tenía en mi pantalla.

Ése día no supe de Edward, tampoco al día siguiente y ya no me atrevía a enviarle un mensaje de texto y mucho menos a llamarlo. De lo que sí me aseguré fue de esperarlo desnuda por si llegaba a mi apartamento. Que viera que yo no era una desobediente sumisa, yo quería agradarlo, que estuviera a gusto conmigo, pero parecía que no me salía nada bien.

El jueves, ya agobiadas con tanto trabajo, decidimos ir a comer a un lugar nuevo. Nos lo merecíamos después de tanto aplicarnos en la campaña. El restaurante estaba muy lindo y parecía una estación vieja de tren. Nos dieron nuestra mesa y disfrutamos de un buen plato acompañado de una copa de vino, solo una ya que teníamos que volver a la agencia. A la hora de pedir la cuenta, el mesero nos informó que ya estaba pagada y de inmediato mi cabeza empezó a buscar entre los comensales. Edward debía haber pagado nuestra cuenta. Pero para mi sorpresa, muy incómoda por cierto, no era Edward quien se acercaba a nuestra mesa sino Max.

–Hola, Bella.

Saludó acercándose a mí e intentando besar mi mejilla. Me retiré y logré esquivarlo.

–Max, por favor.

Le pedí molesta. No tenía porqué hacer eso.

–¿Qué pasa? ¿No somos amigos?

Su tono irónico me fastidió, sobre todo porque ya debía haberle quedado claro que no tenía porqué acercarse a mí.

–¿No vas a presentarme a tu amiga?

–Soy Jane – dijo seca -. Y si mi amiga no quiere hablar contigo respetas su decisión, así que avanzando.

La miré con adoración al hacer lo que yo no podía, pero a Max pareció no importarle el comentario.

–Dios, Bella, ¿Qué tanto te habrán dicho de mí?

Negaba con la cabeza mientras chasqueaba la lengua.

–Será mejor que te retires, Max.

–¿Por qué? Nosotros nos llevamos bien, ¿solo me alejas porque te lo ordenó Cullen?

Lo miré furiosa, ¿qué diablos sabía de mi relación con Edward?

–Vámonos, Jane.

Tomé mi bolso y Jane hizo lo mismo poniéndose junto a mi para pasar junto a Max.

–De acuerdo, Bella, no volveré a acercarme pero hazme un favor, ten mucho cuidado con Edward, tú sabes el porqué te lo digo…

Odié el tono, las palabras y la puta intención de Max. Edward tenía razón en detestarlo, era un doble cara que primero se había acercado a mí con su lado amable y encantador y ya que me veía más en serio con Edward sacó las garras, pero ¿Por qué?

–No, no lo sé, Max y si te soy sincera, no me interesa lo que tengas que decirme de él, lo que quiera saber se lo pregunto y ya.

–Perfecto, entonces pídele que te cuente de Tanya.

Me paralicé al escuchar el nombre de una mujer que pudo haber estado relacionada con Edward y centré mi frustración en Max.

–Creí que eras mi amigo, Max. ¿Por qué intrigas contra él?

–Precisamente porque soy tu amigo te advierto que Edward no es lo que tú crees, saldrás lastimada y no me gustaría tener que consolar a otra amiga por su culpa. Ten cuidado, Bella…

Consolarla…

Miré partir a Max, confundida y con una furia por dentro que no conocía. Salimos de ahí y Jane no me hizo ningún tipo de preguntas. Iba aferrada a mi brazo y al llegar a mi auto me arrebató las llaves.

–Súbete, ni pienses que voy a dejar que conduzcas así.

Asentí débilmente y subí al auto. Jane permaneció callada hasta que llegamos a la agencia pero antes de bajar del auto dijo…

–Bella, yo no sé que pasa con ese tipo y ustedes pero creo que Edward debe saber esto.

Levanté la mirada y la bajé de nuevo.

–No te calles las cosas, Bella, luego es peor.

–Jane… – negué con la cabeza sin poder decir nada más.

–Hazlo amiga, te sentirás mejor.

Ya no pude concentrarme en nada esa tarde. Jane me dijo que pidiera un taxi y me fuera a mi apartamento porque no me daría las llaves de mi auto ya que no me encontraba en condiciones de conducir. Le hice caso y después de aceptar que la llamaría si la necesitaba me dejó ir no sin antes volver a aconsejarme decírselo a Edward.

Me giré en la cama y tomé el teléfono, puse el dedo sobre su nombre y comenzó a sonar. Me contestó al instante.

–Isabella – dijo seco.

–Hola, Edward, perdón, Señor… – me escuché decir tímida.

–¿Qué sucede?

–Nada, yo… solo quería saber si vendría esta noche – hice muecas odiándome por ser tan débil ante él.

–No.

Me quedé sin saber que decir ante lo parco de su negación.

–¿Es todo?

–Sí, Señor.

Y el sonido del tono fue lo siguiente que escuché. Molesta conmigo misma, comencé a golpear las almohadas de la cama y a aventar los cojines al suelo. ¿Cómo podía no reaccionar? ¿Quedarme estática al oír su voz?

Estuve acostada pensando en lo débil que me había vuelto, sobre todo junto a Edward, cuando escuché que abrían la puerta de mi apartamento. Intenté reincorporarme rápido pero estaba enredada entre las sábanas.

–Isabella – me pareció oírlo decir con algo de aprehensión –. ¿Estás bien?

Me senté como pude y asentí.

–Sí, Señor.

Bajé mi mirada y me vi vestida. Con desesperación comencé a quitarme la ropa, lo miré de reojo y él solo enarcaba una ceja. Estuve desnuda en menos de un minuto.

–Yo no creí que fuera a venir, usted dijo que no…

–Sé muy bien lo que dije pero también te conozco bien. ¿Qué sucede?

Me giré un poco evadiendo si mirada pero tomó mi barbilla entre sus dedos obligándome a mirarlo fijamente.

–Habla ya.

En ese momento odié como nunca a Jane por ponerme en tal predicamento, pero ya no había vuelta atrás, así que comencé a hablar.

–Hoy, Jane y yo fuimos a comer a un lugar nuevo…

Tomé su mano porque me impedía hablar con facilidad y me soltó.

–Al salir nos encontramos con Max.

Me encogí de hombros y crucé mis brazos frente a mi cuerpo, esperando oírlo gritar pero solo preguntó con voz calmada.

–Y tú te fuiste. ¿No es así?

–Yo… no – admití –. Él me pidió que le preguntara quien era Tanya.

Sus fosas nasales se dilataron y su mandíbula se tensó.

–¿Qué más dijo ese imbécil?

–Que él si era mi amigo y por eso me advertía que tuviera cuidado porque saldría lastimada y que no quería tener que consolar a otra amiga por culpa suya.

–¿Algo más?

–No, Señor.

Edward se giró dándome la espalda.

–Sabes que no debiste permanecer escuchando todo lo que ése estúpido quería que oyeras, mas tu curiosidad te mantuvo ahí, esperando saber más.

–No, Señor, le juro que no fue así.

–Es una pena que no tenga como verificar ese hecho, Isabella, por lo pronto un par de nalgadas te harán recordar caminar más rápido cuando ese tipo esté cerca de ti de nuevo, si es que se atreve a estarlo…

–¿Me va a castigar por algo de lo que no tuve la culpa?

–Y lo seguiré haciendo mientras no sigas mis ordenes y cuestiones mis decisiones. De pie, apóyate en la cama.

¡Gracias, Jane!

En todo el día no tuve ganas de llorar, en ningún momento hasta ese, cuando iba a ser castigada por algo de lo cual no era culpable y en lugar de que reconociera que no me callé y fui sincera con él, me daría unos azotes solo porque no tenía contra quien desquitar su coraje.

Me puse como me pidió y me tragué mis lágrimas pero no dejé que afloraran, lo último que necesitaba era que me llamara niñita caprichosa otra vez y de pronto, un azote dado con toda su fuerza me impulsó hacia delante pero logré mantenerme y no caer. El segundo fue igual y apreté los dientes de impotencia, vino un tercero y un cuarto pero ahí ya no me contuve y grité aunque no muy fuerte.

Estaba tan distraída en las nalgadas que no escuché nada detrás de mí, solo sentí que su brazo envolvía mi cintura y de nuevo me tomaba sin preámbulos, con rudeza, coraje, dejándome sentir toda su fuerza, su enojo y el poder que tenía sobre mi.

Una y otra vez entró y salió de mí, satisfaciéndose a través mío. Edward jadeaba fuertemente con cada embestida que me daba mientras sus dedos enterraban en la carne de mis caderas. Llegó al clímax solo, quedándome en el camino por propia voluntad, por mi bien. Salió de mí y fue directo al baño, yo me recosté temblorosa como siempre, en mi cama. Poco a poco me acomodé entre las sábanas y me cubrí hasta la cabeza. Lo escuché salir y vestirse casi a mi lado.

–No quiero volver a enterarme que estás cerca de él, Isabella, más te vale que obedezcas. Ah, y hablando de obedecer, mañana irás al spa y saliendo de ahí tienes un compromiso a las siete de la noche, sé puntual.

***

El viernes en la oficina me mantuve muy callada. Jane lo notó y ella también se abstuvo de hablar. A la hora del almuerzo puso un post-it frente a mí.

“¿Quieres ir a comer? Yo invito”

Le sonreí y nos fuimos al área de comida rápida del centro comercial que nos quedaba cerca. Una buena hamburguesa grasienta para disipar las penas era lo mejor para ese día. Ordenamos y cuanto nos fuimos a sentar, Jane por fin habló.

–Lo siento, Bella.

Se disculpó muy apenada.

–¿Por qué Jane?

–Ya sabes – se encogió de hombros –. Es más que evidente que mi consejo salió contraproducente. Solo mírate en el espejo. Parece que Edward te dio unas buenas nalgadas.

La comida se me fue por la garganta y tosí desesperada. Tomé un poco de agua y logré calmarme.

–No Jane, ya sabes que estamos algo irascibles pero no tuviste nada que ver en lo de ayer, de verdad.

Le sonreí. Una mentirita blanca no le hacía mal a nadie, además ella actuaba de buena fe.

Por la tarde, me despedí de Jane y salí a tiempo para mi cita en el spa. Afortunadamente era viernes y Jason conducía a través de ese tráfico abrumador, así que pude relajarme un poco de camino al hotel.

Después de mi facial, Jessica me dio un masaje. Esa chica no me caía muy bien y esa tarde terminó por asegurar un tache conmigo.

–Cuanto tiempo, señorita Swan, creí que ya no la volvería a ver por aquí.

–Buenas tardes, Jessica.

Dije incómoda por el desatinado comentario y me recosté en la cama.

–Tiene los hombros y la espalda hechos un nudo, el jefe igual está así pero yo siempre logro relajarlo.

No respondí, que se tragara su comentario venenoso. A mí que demonios me importaba si lo relajaba o no.

–Listo, señorita, ahora mismo le indico que sigue.

Tomó una libretita de notas y fingió sorpresa, luego sonrió hipócritamente.

–Sigue la depilación. Brasileña. Completa.

Mis ojos se abrieron como platos y me contuve para no hacer más evidente mi propia sorpresa.

–Así que al jefe le gusta eso, ¿no?

–A tu jefe no le gustará saber el tipo de comentarios que le haces a los clientes, Jessica, así que mantén la boca cerrada si no quieres ingresar a las listas de desempleados de este país.

Dije filosa y hasta yo me sorprendí de mi respuesta. Pero no me arrepentía, era una empleada y yo un cliente que muy bien podía irse a quejar por su intrépida bocota.

–Lo siento, señorita, discúlpeme.

Sin agradecerle nada y enojada por mi siguiente tratamiento, caminé hasta el cadalso, porque eso era para mí. Las veces anteriores había sido un depilado muy completo pero nunca había llegado hasta ese punto y de repente, ¿quería esa área depilada completa también?

¡Dios no!

Pero era imposible que me rehusara, no quería más castigos por desobediente y tampoco quería pensar en esa idea que circuló momentáneamente por mi cabeza. No. Así que sin más remedio me relajé y… quedé lista.

Eso había sido realmente incómodo y vergonzoso pero ya había acabado ese triste episodio de mi vida. Solo por esta vez, oí una vocecita burlona en mi cabeza y la sacudí. Disimulando mi incomodidad, bajé al auto nos dirigimos a mi próxima cita.

–Paul, ¿a dónde vamos?

–Discúlpeme, señorita Bella, pero no puedo decírselo, son ordenes.

Se encogió de hombros y con esa palabra ya no seguí preguntando.

Llegamos a un área de consultorios médicos muy elegante y cada vez tenía menos idea de qué hacíamos ahí. Jason se detuvo en la puerta de un edificio muy alto, blanco y con ese toque impersonal que daba escalofríos. Paul abrió mi puerta y bajé. Entré con él a mi lado y se me hizo muy extraño porque siempre me esperaba en el auto. Oprimió el botón para que las puertas del ascensor se abrieran y una vez dentro, pulsó el piso catorce.

Al salir al elegante e impoluto vestíbulo, no pude despegar los ojos de la placa plateada que decía Dr. Bower, pero su nombre no era lo que me tenía atónita, sino su especialidad, Psiquiatra…

Me giré para salir de ahí pero un muro frente a mi me detuvo.

–Vamos, señorita Isabella, tenemos que entrar.

Me habló suplicante y contrariado pero no me importó e intenté esquivarlo para irme de ahí.

–Usted sabe que si nos vamos el Sr. Cullen se enojará y hoy no es un buen día para que darle un disgusto.

Mis ojos lo taladraron.

–Quítate de mi camino, Paul, créeme que no querrás verme a mi enojada.

–Lo siento, señorita Bella, pero no nos moveremos de aquí.

Oprimió un botoncito de un artefacto en su cinturón y Jason apareció como por arte de magia.

–¡Genial! Pediste refuerzos.

–Lo que sea necesario para que el Sr. no se enoje.

–¡Me largo de aquí!

Lo empujé pero no me sirvió de nada, ni para distraerlo. Lo único que tenía a mi favor era que no me cargarían y me meterían a la fuerza con el loquero. El teléfono de Paul sonó y se apresuró a responder.

–Sí, señor, un poco… un momento…

Y Paul me miró como disculpándose y extendió su brazo con el teléfono.

–¿Qué maldita broma es esta? – le pregunté.

–Cuida esa boca, Isabella, y en este momento das media vuelta y entras a ese consultorio, no me hagas ir y meterte yo mismo porque te va a costar caro. ¿Entendido?

–¡Vete al diablo!

Le devolví el teléfono a Paul que me miraba impactado al igual que Jason pero este último tenía un asomo de sonrisa en la cara.

–Lo siento, Paul, déjame pasar.

–Señorita, por favor…

Di varias respiraciones fuertes y sentí una mirada intensa sobre mí. Un señor algo mayor de blancas y muy bien recortadas barbas me miraba intrigado. Volví mi cara hacia Paul y Jason…

–Ustedes dos, me deben una y muy grande.

Me di la vuelta y el hombre que me miraba ya no estaba. Mejor, que vergüenza sentí al verlo mirarme actuar como una verdadera loca.

Muy alterada aún, me acerqué a la señorita del módulo y le di mi nombre. Me pidió que la siguiera y que esperara en el consultorio. Me quedé de pie. Estaba furiosa. ¿Qué carajo hacía yo ahí? ¿De donde le había surgido a Edward la puta idea de mandarme con un psiquiatra?

Se abrió la puerta y para mi completa vergüenza el señor mayor de barbas blancas entró y me sonrió amigablemente. Se acercó a mi y me extendió la mano.

–¿Señorita Swan? – preguntó amable y asentí ligeramente.

–Mucho gusto, yo soy el Dr. Bower, pero siéntese, no tiene que quedarse de pie – sonrió pero yo lo miré guardando mi distancia y desde luego, no me senté. No esperaba estar ahí más de dos minutos.

–Oh, entiendo su renuencia y la comprendo, créame. No debe ser nada agradable que a uno lo envíen con engaños al Dr. Y menos si se trata de un psiquiatra, yo estoy seguro de que yo en su lugar haría lo mismo.

Se sentó en su silla de cuero negro y fruncí el ceño mientras lo escuchaba hablar. No tenía la voz suave que pudiera uno imaginarse por su físico, era más grave, más varonil y revelaba que era un hombre mucho más joven de lo que aparentaba.

–Yo siempre he pensado que resulta contraproducente enviar a un familiar al psiquiatra a la fuerza. Los tratamientos forzados no funcionan, no hay nada como un paciente que viene convencido de que podrá encontrar ayuda aquí. ¿No lo cree usted, señorita Swan?

Lo miré aún con recelo. ¿Qué tal si esa era uno de los cientos de discursos que tenía para convencer a sus pacientes? Pero yo no era una y no lo sería jamás.

–Dígame, ¿este es su caso verdad?, ¿su novio la envió porque cree que necesita ayuda?

Lo dejé continuar con su monólogo, de mi boca no saldría ni un sí. Y se volvió a poner de pie.

–Entiendo, entiendo, pero no la retengo más, aquí nadie está a la fuerza, es libre de irse en el momento que guste.

Me señaló la puerta y la miré dudosa.

–O si quiere, podemos esperar aquí los sesenta minutos que dura la cita, usted no tiene que hablar.

Esa idea me pareció más lógica, si salía de ahí iba a tener un problema muy grande con Edward, bueno, lo tendría de todos modos. Así que me senté a esperar que transcurrieran esos largos sesenta minutos en los cuales el Dr. Bower ni volvió a hablar, solo me observaba de vez en cuando mientras yo intentaba encontrar una razón exacta por la cual Edward me hubiera mandado a ese lugar y no tardé en encontrarla, por mi extraña reacción la otra noche…

Pero, ¿era muy difícil comprenderme?, ¿ese hombre necesitaba saber el porqué de todo? Era tan molesto eso, y como no lo obtenía de primera mano, me enviaba con un loquero para saber el motivo de mi reacción, una que ni yo misma entendía muy bien.

Al haber transcurrido cincuenta y cinco minutos, el Dr. se puso de pie.

–Si gusta yo puedo hacer esto cada vez que usted venga, el Sr. Cullen no tiene porque saberlo ya que todo lo que aquí sucede es confidencial, decida usted tomar la ayuda que le ofrezco o no – me sonrió pero no confié. Me levanté de mi asiento y le di la mano.

–Gracias, Dr. Bower, pero no será necesario, con permiso.

Salí de ahí furiosa, iracunda. Paul y Jason me esperaban en la puerta de los ascensores y al verme, bajaron las miradas. Me escoltaron al auto y una vez dentro les pedí…

–A mi apartamento, Paul, por favor.

El, incómodo se rascó la nuca y se giró para mirarme. No dijo nada, era obvio que no me llevarían. Resignada, bajé del auto al llegar a la casa. Edward no había llegado aún, mejor.

Subí a mi habitación y la cerré con seguro, no quería verlo. Me di un baño y me cambié. Me puse ropa cómoda y no me importó si él me quería desnuda todo el tiempo. No tardó mucho en llegar. Intentaba abrir la puerta de la habitación y al notar que estaba cerrada con seguro la abrió con sus llaves. Pobre ingenua de mí, como si pudiera escapar de él.

Entró como un vendaval, arrasador e imponente, no lo vi pero lo sentí. Mi mirada estaba enfocada al jardín que se admiraba completo desde mi ventana.

–¿Me quieres explicar que puta madre fue todo ese escándalo?

Con mucha lentitud y pereza, giré mi cara para verlo con fastidio.

–No. No quiero y en este momento menos. Lo único que quiero es irme a mi casa.

–¿Y tú desde cuando crees disponer de algo, Isabella? ¿No has entendido que me perteneces? Que no te mandas sola?

–¿Y tú no has entendido que hay decisiones en mi vida que no te puedes dar el lujo de tomar? Son mías, es mi vida y mi vida me pertenece por entero, son mis decisiones, yo decido lo que quiero hacer y lo que no.

Se acercó a mi por detrás y me habló más tranquilo…

–Y decidiste acercarte a mí, Isabella, decidiste estar conmigo, me elegiste, no puedes echarte para atrás…

–Si puedo y lo sabes, no hay nada que me ate a ti, Edward, nada…

Salió furioso de la habitación sin decir ni media palabra más. Exhalé agitada por todo lo ocurrido ese día, quería enterrarme en la cama y dormir y dormir hasta que solo fuera un recuerdo el cual almacenar en algún resquicio de mi mente.

Aunque sabía que no serviría de nada, puse el seguro de nuevo a mi puerta; que le quedara claro que no lo quería cerca de mí. Pero, ¿era verdad?, ¿o solo lo hacía por estar enfadada?

Me cambié para dormir y me puse un juego de dormir que juraba no estaba antes ahí. Era una pijama común, de pantalón largo y camiseta de mangas largas también. Me acosté y cerré los ojos deseando dormirme de inmediato para no pensar pero me fue imposible, lo único que en mi mente giraba, era que Edward me había enviado con un psiquiatra y la sensación era, humillante…

***

A la mañana siguiente me levanté a tiempo. Me duché y me vestí sin importarme sus ordenes. Hacía frío y no me expondría a pescar una pulmonía además, tenía que cuidar mi cuerpo, ¿no?

Cuando Edward bajó a desayunar ya todo estaba listo. Él, muy indiferente y a eso había que agregarle el enojo de la noche anterior. Bufé en mi interior. Yo debía estar mucho más enojada que él.

Desayunó solo. Yo seguí sus ordenes a mi conveniencia y me fui a la cocina donde desayuné tranquila, sin el escrutinio de su mirada y de su fuerte presencia. Cuando terminó y se levantó de la mesa, recogí todo y limpié la cocina. Salía de ahí y me dirigía hacia las escaleras para encerrarme en mi habitación cuando se abrió la puerta de su estudio y asomó la cabeza.

–Entra, Isabella – me ordenó y lo obedecí.

Se sentó en su escritorio y esta vez giró su pantalla para que no nos estorbara.

–Siéntate.

Lo hice y puso frente a mi una carpeta abierta con unos papeles.

–Este es el contrato por el que tanto lloras, aquí lo tienes, léelo y fírmalo, si no vete.

Lo miré estupefacta, sin poder creer lo que me estaba pidiendo.

–Pero si te vas, Isabella, es para nunca volver…*




*




*




*




Mis niñas, sigo muy contenta por nuestro lugar obtenido en el "HATEFUL LEMONADE CONTEST 2" Es un segundo lugar que como les dije, me sabe a primero y que sin la ayuda y el apoyo de mi maravillosa Beta Isita María, De mi amiga Mirgru, de mi Nani adorada y por supuesto de ustedes que nos colocaron ahí, no estaríamos celebrando. 


MIL GRACIAS y mi agradecimiento eterno por acompañarme siempre.


Besitoo
Li

lunes, 17 de octubre de 2011

CAPITULO 19



Tus secretos y mis frustraciones.


“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.”
Aristóteles.


EDWARD’S POV

–No, por favor no me hagas daño.


–Shh, no lo haré, Bella.


–¡Suéltame!, ¡No!


–Bella…


–¡No, por favor!


–Bella, ¿qué pasa?


–¡No me lastimes!, ¡No, Jake!, ¡No!


¡Jake!, ¡Jake!

Me quedé pasmado al escuchar un nombre que no era el mío mientras le hacía el amor a mi mujer. Me paralicé por la sorpresa y por el desconcierto que tenía en ese momento. No podía creer lo que acababa de oír, ella no pudo haber nombrado a otro hombre. Pero no estaba equivocado, los labios de Isabella repetían sin cesar otro maldito nombre.

Cegado por la furia, la tomé por los hombros y la sacudí iracundo. Arrebatado por la ofensa enterré mis dedos en su piel presionándola sin medir mis fuerzas pero ella no dejaba de gritar “Jake, no.” Su rostro distorsionado y las lágrimas fluyendo de sus ojos profusamente hicieron que me detuviera. Fue entonces que como un balde de agua fría, la intención y el significado de sus palabras cayó en mi cerebro como una filosa guillotina cortando de tajo toda mi capacidad de movimiento mientras Isabella luchaba aterrada por evitar mi contacto.

Mi visión se cerró y solo pude ver lo que tenía frente a mí, una mujer llorando desesperada en medio de una amarga agonía y que nombraba a otro hombre. Por mi mente pasaron mil teorías con una rapidez impresionante pero sólo una martilló fuerte resonando en mi cabeza. Que no fuera eso…. Que no fuera lo que me estaba imaginando. Ella no, supliqué angustiado en mi interior y una opresión en el pecho me hizo salir de mis pensamientos, me obligué a reaccionar para intentar tranquilizarla pero Isabella arañaba mis brazos y me pateaba con una fuerza increíble.

Ella quería alejarme, no quería que la tocara y se retorcía gritando y llorando cuando la acercaba a mi para abrazarla y evitar que se hiciera daño con sus movimientos violentos. Arriesgándome a lastimarla, la rodeé y la aprisioné entre mis brazos.

–¡Suéltame!, ¡déjame!

–Cálmate, Isabella.

–¡Jake, no!, no me hagas daño.

–Soy Edward, Isabella, Edward – le decía esperando que pudiera entenderme.

–Por favor, no…

–Abre los ojos, mírame.

Le ordené mientras la mecía entre mis brazos y ella empezó a disminuir la intensidad de sus movimientos pero no me quise arriesgar a soltarla tan pronto.

–No me lastimes… – repitió más despacio.

–Nunca, Bella, estás a salvo, nada va a pasarte – la apreté contra mi pecho.

Ella permaneció con los ojos cerrados y poco a poco fue respirando menos agitada. Cuando creí que ya se había calmado lo suficiente la solté despacio y la recosté en la cama. Al sentirse liberada, de inmediato se hizo un ovillo como para protegerse y me puse de pie para cubrirla con las sábanas, pero noté que su cuerpo temblaba todavía.

–Estás bien, Bella, todo está bien.

Le dije mientras la acariciaba susurrándole bajito pero parecía no escucharme; estaba como en un trance y solo repetía que no le hiciera daño.

Yo no sabía como describir lo que sentía. Eran muchas emociones corriendo desbocadas dentro de mí pero la que reconocía de entre todas las demás era una rabia infinita que me consumía sin remedio de solo pensar en lo que ese hombre le pudo hacer a Isabella. Ése tal Jake tenía las horas contadas por haberle puesto la mano encima a mi mujer y lastimarla. Lo iba a matar…

Isabella no volvió a moverse. Permaneció en esa postura y se quedó dormida después de tanto sollozar, desconectada de todo. Se veía hermosísima dormida con sus cabellos marrones enmarcando su rostro que aunque cansado, seguía siendo muy bello. Sus ojos enrojecidos e hinchados no fueron suficiente para opacar esa cara pálida y perfecta. Por ratos, su respiración se agitaba y su rostro se consternaba; entre susurros repetía que no una y otra vez y luego volvía a dormir pacíficamente.

¿Qué es lo que no me has dicho, Isabella?, ¿qué me escondes?, me preguntaba al verla dormir. Necesitaba saber lo que ese bastardo le había hecho aunque eso implicara hacerla pasar de nuevo por un mal momento y aunque yo no estuviera preparado para escucharlo. No podía concebir la simple idea de que ella hubiera pasado por algo tan bajo y vil y me torturé por las mil imágenes que pasaron por mi mente. ¿Qué le había hecho para que tuviera una crisis de nervios como esa?

De pronto gimió y se movió. Me levanté de prisa del sillón en el que estaba sentado viéndola dormir y pensando en todo lo ocurrido. Isabella fue reincorporándose lentamente, ya no lloraba. Me acerqué muy despacio y me senté junto a ella que me miraba confundida.

–¿Cómo te sientes? – pregunté pasándole un mechón de cabello detrás de la oreja.

Ella se frotó los ojos como un gatito pequeño – ¿Estás bien?

Asintió un poco desorientada y al darse cuenta de su desnudez, se llevó las sábanas al pecho – Estoy bien.

Me respondió evadiendo mi mirada con la voz algo ronca por el llanto y los gritos.

–¿Necesitas algo? – la tomé de la barbilla para que me mirara al hablarle y ella negó despacio con la cabeza.

Yo sabía que tal vez no era el mejor momento pero no podía dejarlo para después, yo necesitaba respuestas a mis preguntas e iba a empezar a recibirlas en ese mismo momento.

–Bella – le dije suavemente –, necesitamos hablar.

Ella se tensó automáticamente al oír mis palabras. Encogió las piernas llevándose las rodillas al pecho y ahí, entre ese espacio ocultó su rostro.

–Cometí una grave falta al no respetar tus límites, Isabella – tomé de nuevo su barbilla para que no desviara la mirada – Discúlpame. Al ignorar tu petición te provoqué una crisis de nervios. Créeme que nunca quise hacerte sentir mal.

Ella me miraba como si no estuviera comprendiendo lo que le decía. Como si le hablara en un idioma diferente pero luego su expresión cambió y se sonrojó.

–Yo… lo siento – dijo realmente avergonzada en un tono tan bajito que casi no la pude escuchar.

–No tienes que disculparte por nada, Isabella, yo solo quiero que me digas que sucedió…

Ella volvió a esconder su rostro y su respiración se volvió errática. Sus brazos abrazaban sus piernas fuertemente y se mecía nerviosa.

–Háblame, dime que te ocurrió...

Su incomodidad era visible y su ansiedad y su angustia estaban haciéndola moverse cada vez más intranquila en la cama.

–Nada – me respondió precipitadamente.

–Sabes que eso no es verdad – dije al no aceptar lo que decía.

–A mí no me ha ocurrido nada – sus nervios eran más que evidentes y me esforcé por permanecer lo más sereno que me era posible y no alterarme exigiéndole una respuesta. Isabella respiraba agitada y su pecho subía y bajaba al tratar de respirar con desesperación. En sus ojos había una expresión indescifrable y estaba mezclada con el miedo.

–¿Puedo ir a mi habitación? – pidió con un hilo de voz y mirándome suplicante. Estaba frustrado por su hermético silencio y comprendí que tenía frente a mi un trabajo muy arduo al querer que Isabella se abriera y se sincerara conmigo pero tenía que hacerlo.

Asentí pesadamente. Se envolvió con la sábana y salió rápidamente hacia su dormitorio. Escuché que azotó la puerta al cerrarla y salí detrás de ella, quedándome de pie en su puerta. No escuché nada más. Regresé a mi habitación y me acosté. Me dormí mucho rato después porque mi mente no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido pero sobre todo al silencio de Isabella.

***.

Me desperté a las pocas horas sintiéndome agotado y no era para menos. Me estiré y me puse de pie para ir a ver a Isabella. Salí de mi habitación y antes de entrar a la suya escuché movimiento en la cocina. Harriet no estaba así que respiré aliviado al saber que ella ya estaba de pie y ocupada preparando el desayuno, esa era una buena señal. Por alguna razón esperé encontrarla en la cama y sin querer salir de ella, deprimida, pero no fue así y eso me hizo respetarla más. Tenía coraje. Ella había vivido algo traumático y no se daba por vencida tirándose a llorar y lamiéndose las heridas. Era una mujer muy fuerte y merecía toda mi admiración. No en vano yo…

Detuve mis pensamientos y sacudí mi cabeza. Regresé a mi habitación para darme un baño con tranquilidad, vestirme y bajar para reunirme con ella a desayunar.

El olor a tocino y jamón llegaba hasta las escaleras y mi estómago crujió hambriento. Apuré mi paso y sonreí al encontrar la mesa del comedor perfectamente bien puesta, justo como me gustaba, todo en el orden que debía tener. Isabella llegó de la cocina con una jarra de jugo entre las manos y una sonrisa divina. A pesar de los ojos ligeramente hinchados se veía adorable.

–Buenos días – dijo alegre y dócil.

Fruncí el ceño confundido. ¿Cómo era posible que después de lo de la noche anterior estuviera como si nada? Me acerqué a ella y le quité la jarra de las manos y la puse sobre la mesa. Me volví hacia ella, la abracé con algo de precaución y aspiré su aroma a fresas y flores frescas; todo parecía ir bien así que le di un beso en los labios permaneciendo en ellos más tiempo de lo normal.

–¿Cómo estás? – dije contra sus labios.

–Siéntate – sonrió y me ordenó suavemente e ignorando mi pregunta, alcé una ceja al mirarla –. ¿Quieres fruta?, ¿jugo?

–Quiero que te sientes conmigo.

–Claro, voy por lo que falta – se dio la vuelta y se perdió en la cocina.

Disfruté cada bocado de mi omelette. Isabella había aprendido bien como me gustaba el desayuno, no tenía queja alguna, al contrario, me parecía estupendo que hubiera aprendido tan rápido algunos de mis gustos, cosa que jamás había sucedido antes. Siempre había algo con mis ex-sumisas que solo se aplicaban en el sexo y dejaban de lado todo lo demás que implicaba su labor. Pero eso era parte del pasado y mi presente era ella, Isabella.

–¿Podemos ir al club?

Preguntó con una sonrisa y se me hizo excesivamente difícil negarme. Tomé su mano y acaricié su dorso con mi pulgar.

–Hoy no – dije serio –. Tenemos que hablar.

Ella asintió y desvió su mirada. Se puso de pie decepcionada y comenzó a recoger la mesa pero se detuvo de pronto y volvió a sentarse discretamente.

–Puedes recoger la mesa, Isabella.

Se paró y continuó levantando los platos. Mi sumisa...

Fui directamente a mi estudio, me senté en mi escritorio frente a la pantalla de la computadora, revisé mis correos pendientes y respondí algunos, nada que requiriera de mi absoluta concentración por el momento.

Isabella entró y se quedó de pie frente a mi. Me levanté y la tomé de la mano, nos sentamos en uno de los sofás de cuero oscuro. Había pensado como preguntarle todo lo que necesitaba saber mil veces durante la noche anterior, no quería alterarla y causar que se cerrara aún más pero en ese momento mi mente estaba en blanco. Tendría que seguir mis instintos, solo rogaba ser lo suficientemente claro, sereno y convincente.

–Isabella – comencé y de pronto toda mi resolución se fue al diablo –, creo que tienes algo que decirme…

Ella miraba a todas partes menos a mi. Su respuesta no llegó.

–¿Qué pasó anoche?, háblame, quiero entenderlo, Bella…

Me miró por un segundo y no dijo nada. Me llevé una mano a la cabeza pasándola por mi cabello varias veces.

–No volveré a traspasar tus límites pero necesito que me digas porqué no quieres que te toque así.

Ella me miraba a un punto fijo detrás de mi sin parpadear y negaba sutilmente con la cabeza.

–Debo saberlo, tú tienes que confiar en mí.

–Yo… simplemente… no me gusta – dijo sin alterarse.

–¡No me vengas con eso, Isabella! – la contradije algo exaltado y respiré para calmarme y no asustarla más – lo siento, yo solo quiero ayudarte…

–Pero a mí no me pasa nada, estoy bien – solté todo el aire de mis pulmones y me levanté las mangas del suéter dejando mis antebrazos descubiertos mostrándole los arañazos que me había dado mientras luchaba por calmarla.

–Entonces dime que esto tampoco es nada – extendí mis brazos hacia ella y se llevó una mano a la boca con los ojos llenos de horror. Extendió el otro brazo tembloroso hacia el mío para tocarme pero me retiré y me levanté del sillón.

–Creo que nuestros conceptos de “nada” difieren bastante – bajé las mangas de mi suéter y le di la espalda.

Con eso di por concluido el tema, ella no iba a decirme nada porque sencillamente no aceptaba tener algo y yo ya me estaba cansando de preguntarle. Si seguía insistiendo y ella seguía negándose, la poca paciencia que tenía iba a agotarse y entonces eso no iba a acabar nada bien para ninguno de los dos.

Así como ella, yo también tenía un límite y ya estaba cerca de él. Lo que no iba a hacer era quedarme cruzado de brazos, yo iba a hacer algo por ella y lo iba a hacer ya.

El resto del día lo pasamos en el estudio. Tenía mucho trabajo y necesitaba tener varios asuntos terminados para el día siguiente así que tenía a Katie y algunas personas del área de recursos trabajando en línea conmigo. Mientras yo estaba concentrado, Isabella se entretenía leyendo algunos libros de viajes que tenía por ahí. Por ratos dormitaba y su ceño se fruncía. Estaba muy tranquilo por tenerla junto a mi y ver que al menos todo el tiempo que estuvo ahí, parecía estar bien y no tener ningún problema aunque eso también era preocupante en cierto modo.

Entrada ya la tarde, Isabella comenzó a guardar todos los libros que estaban sobre la mesa del café y a acomodar los cojines del sillón. Se llevó a la cocina el par de vasos que estábamos usando y regresó poniéndose de pie frente a mi.

–Creo que es hora de que me vaya.

Levanté la vista de la pantalla y la miré serio.

–No.

–¿Perdón? – me miraba sorprendida.

–Dije que no, esta noche te quedarás aquí.

Regresé mi atención a la pantalla.

–Yo… quiero irme a mi apartamento.

Dijo firme y coloqué mis manos a los lados del teclado. La miré unos segundos sopesando su deseo. Ella tragó en seco pero me sostuvo la mirada.

–Está bien, cuando estés lista Paul te llevará.

–Estoy lista – dijo inmediatamente.

No quería dejarla ir pero comprendía que tenía que darle su espacio, era vital y más en esas condiciones. Me puse de pie, la acompañé a la puerta y la ayudé a subir al auto. Fue una despedida seca, y ni siquiera podía decir que había sido eso porque no la besé, ni la abracé, ni le dije nada, ¡vaya!, apenas y la miré. La verdad era que estaba enojado porque no tuviera la suficiente confianza para contarme lo que necesitaba saber. Era increíble, Isabella podía acercarse a mi sin pena, ni vergüenza para pedirme que la dominara en todos los sentidos sin importar qué, pero para decirme algo que era necesario entre nosotros y para la compleja y difícil relación que manteníamos, no era capaz de abrir la boca.

Volví a mi estudio y le envié un mensaje de texto a Paul. Él y Jason iban a hacer guardia frente al edificio de Isabella toda la noche.

***.

Casi no dormí esa noche así que decidí no perder mi tiempo dando vueltas en la cama y me levanté a hacer ejercicio. Estuve muy temprano en la oficina, pero Katie no había llegado y empecé a desesperarme por no tener a quién pedirle lo que necesitaba. Tal vez me había adelantado demasiado. Asomé la cabeza por la puerta y a la primer chica que se cruzó por mi mirada le ordené un café. Casi diez minutos después una nerviosa rubia entraba con una tambaleante taza de café en las manos. Fue un verdadero milagro que no vomitara esa mezcla oscura que me llevó. No tenía más remedio que esperar a Katie.

A las ocho cuarenta, Paul me llamó diciéndome que Isabella salía hacia su trabajo y que la seguían con discreción. Katie entró unos minutos después.

–¿Te caíste de la cama, Edward?

–Algo así – hice una mueca –. Katie, un café y llama a Perkins, dile que quiero verlo en diez minutos.

Perkins era mi nuevo investigador, tuve que prescindir de los servicios de Banks ya que últimamente no estaba trabajando con la misma eficacia de antes. Perkins había trabajado en Scotland Yard y se había retirado por una lesión sufrida en servicio. Tenía muy buenas referencias y el trabajar conmigo no le requería mayor riesgo y el sueldo era inmejorable así que no lo pensó mucho.

Veinte minutos después, Perkins salía de mi oficina con una instrucción precisa… averiguar cuantos “Jakes” habían estudiado en los internados cercanos al Sacré-Coeur entre los años 2002 y 2005. Ya después nuestra búsqueda se iría reduciendo según la información que pudiera obtener de Isabella.

A media mañana ya estaba harto e histérico. La presentación que me hizo el equipo de planeación sobre los avances del nuevo hotel en las afueras de Londres no era lo que yo esperaba. La obra iba muy lenta y ya podía anticipar el retraso de la inauguración por un par de semanas. Eso estaba muy claro y aunque me disgustaba lo prefería, no expondría la calidad de mis hoteles solo por abrir sus puertas en la fecha estipulada.

Tomé mi teléfono y puse el dedo sobre su nombre, Isabella. Le dije que comeríamos juntos pero me dijo que estaba muy ocupada y que no podía. Yo más bien creía que no quería ir conmigo pero no por eso me contuve de enviarle una cesta con comida.

–Cullen – respondí aunque había visto su nombre al sonar mi teléfono.

–Edward, gracias – dijo aliviada –. Todo se ve delicioso.

–¿Edward? – Jane le arrebató el teléfono a Isabella –. En vista de que toda la semana estaremos atrapadas aquí, qué te parece si mañana nos envías algo italiano, ¿eh?

No pude más que reírme por esa petición. Todo parecía ser cierto e Isabella estaría toda la semana muy ocupada como para salir conmigo. Aquí mi “lista y dispuesta” no tenía validez alguna, me lo había dejado muy en claro y yo lo respetaba.

***.

La semana fue transcurriendo muy ocupada para ambos. Yo concentraba toda mi atención en todas las inversiones en proceso y en las que tenía en mente. Mi humor no era el mejor pero, ¿cuándo había sido bueno? Así que ignoré todas las quejas y comentarios de Katie.

Las noches se me hacían largas y eternas; mis deducciones no me llevaban a nada nuevo, solo tenía dos objetivos a muy corto plazo y de vital importancia, el primero era lograr que Isabella confiara en mi y me dijera que había sucedido con Jake y la segunda, acabar con ese miserable hijo de puta con mis propias manos.

A pesar que había decidido darle espacio y dejarla trabajar, a media semana no pude resistirme más. Tenía que verla, confirmar con mis propios ojos que estaba tan bien como la escuchaba por teléfono. Salí de la oficina y me dirigí a su apartamento. No era tan tarde como para que desde afuera todo se viera a oscuras; se me cruzó por la cabeza que hubiera salido, pero de inmediato descarté a ese par de arpías así que solo tenía a Jane como cómplice. Ya predispuesto a hacer un coraje épico, abrí la puerta arrebatado por mi enojo y la azoté al encontrar todo el piso sin una sola luz encendida.

Tragándome la bilis que subía quemándome por el esófago, me dispuse a esperarla en el sillón de su dormitorio. Lo último que me faltaba era que estuviéramos regresando al principio de todo con sus desobediencias. Definitivamente no estaba nada contento, ella no estaba respetando en absoluto nuestro acuerdo y las cosas no funcionarían así. Iba a tener que ser realmente estricto con ella y empezaría esa misma noche.

Con paso firme avancé a su dormitorio pero mi determinación de ser más severo con ella se esfumó al encontrarla profundamente dormida en su cama. Me acerqué y la miré dormir relajada, respirando pausadamente, sumida entre las sábanas y un edredón gordo y enorme. Con cuidado descubrí su cuerpo, necesitaba verlo aunque fuera cubierto por esa horrenda y vieja pijama pero que marcaba las líneas de su cuerpo perfectamente.

Mi cuerpo no tardó en reaccionar e incómodo, moví mi pelvis para que mi erecto miembro se acomodara mejor entre mi ajustada ropa. Demonios, era bastante molesto no tener un completo dominio de mi cuerpo. Pasé mi mano varias veces sobre el bulto en mis pantalones buscando inútilmente una forma de aliviar mi dolencia. Jadeé ligeramente y caminé hacia el baño. Si no podía darme una ducha fría al menos que mi cara recibiera un helado saludo.

Me eché agua en el rostro y en el cuello, también pasé mi mano mojada por mi nuca, de algo debía servir. Cerré la llave y un frasco verde llamó mi atención. Era Nyquil y estaba hasta la mitad. De inmediato regresé junto a Isabella y sin importarme si se despertaba o no, toqué su frente y su cuello. No estaba resfriada. No tenía la nariz tapada porque respiraba muy bien y tampoco tenía una caja de kleenex junto a ella.

¡Maldita sea! ¿Qué está pasando contigo, Isabella?

Esa pregunta me la había hecho miles de veces durante toda la semana y en ese momento en especial necesitaba una respuesta. El que Isabella estuviera tomando ese potente jarabe para el resfrío para poder dormir no indicaba nada bueno. ¿Cómo no preocuparme más todavía?

Permanecí un rato más en su habitación viéndola dormir y un poco después de la media noche me fui al penthouse. Tal vez yo necesitara tomar un poco de ese maldito jarabe.

***.

–¿Edward? El señor Perkins.

Katie abrió la puerta, el tipo delgado y alto con nariz respingada entró a mi oficina con una carpeta en la mano y esperó a que lo invitara a sentar. Le hice la seña con la mano y se acomodó en la silla frente a mi escritorio.

–Te escucho.

–Señor Cullen, he hecho las averiguaciones pertinentes según los datos que me facilitó y en esta lista están todos los resultados

–¿Qué tienes? – le pedí sin rodeos.

–Bajo el seudónimo de Jake, señor, encontré en esa área 176 chicos que estuvieron en los internados cercanos durante ese período de tiempo.

–Son demasiados.

–Así es, pero tenga en cuenta que son varios nombres que reciben ese mote. Jackson, Jacob, Jack, Jason entre otros. Considere también que esa zona es la de más internados en Suiza y sus fronteras son muy cercanas, tal vez demasiado para sus propósitos, a Francia, Austria, Italia y Alemania. Son 29 internados entre mixtos y masculinos que están a un par de horas, máximo tres del Sacré-Coeur, señor.

–Lo sé.

–Aquí está la lista con los nombres completos de los 176 resultados con detalles precisos de su vida desde el internado hasta el día de hoy. Si no me necesita para nada más…

–Es todo Perkins.

El hombre en realidad me tenía impactado. En pocos días había investigado la vida completa de 176 tipos. Perkins había sido una buena adquisición sin duda.

Después de ver a mi investigador, tomé mi saco y me dirigí al pub de siempre. Había quedado en verme con Emmett y Jasper. Un par de tragos era lo que mi cuerpo pedía a gritos junto con un rato de charla sin sentido para despejarme, pero eso sólo fue una ilusión porque desde que llegué empezaron a bombardearme con preguntas sobre Isabella. Tanta insistencia me molestó y estuve a punto de salir de ahí pero afortunadamente cambiaron de tema.

Odiaba portarme así con mis amigos, pero el problema no era con ellos sino con las dos brujas con quien salían. Si tan solo no mencionaran la preocupación que tenían ellas por Isabella nuestros encuentros serían como los de siempre, unos tragos, plática despreocupada, un par de bromas y ya. Pero desde que insistían en eso, ya no me atraía mucho encontrarme con ellos. Me sentía vigilado y acosado por la santa inquisición. Como si estuvieran esperando un mal movimiento de mi parte para caerme encima.

Lo que era un hecho que no podía ni debía dejar de considerar, era que muy probablemente esas dos mujeres supieran algo de Isabella y por eso se preocupaban. Si no, ¿por qué lo harían? Estaba casi seguro que sabían lo que había ocurrido entre ella y Jake pero no iba a acercarme a ellas hasta agotar todos mis medios. Serían mi última opción a la cual recurrir.

Salí del pub y aún era temprano. Pasé por el rumbo del apartamento de Isabella y le dije a Dean que condujera hacia allá. Aunque estábamos en pleno otoño y el clima ya era muy frío, era una buena noche para salir por ahí, solo quería llegar antes de que se bebiera todo el frasco de Nyquil para llevarla a cenar.

En menos de diez minutos ya estaba abriendo la puerta de su apartamento con mi llave. Isabella salía de la cocina con una taza de té en las manos y tenía puesta aquella horrenda pijama. Sonrió al verme llegar y dejó la taza sobre la mesa para acercarse a mí.

Rodeé con una mano su cintura para pegarla a mi cuerpo, le di un beso frío en los labios y me separé enseguida. Me miró algo decepcionada pero avancé dándole la espalda.

–Vístete, vamos a salir a cenar, hoy tú elegirás el lugar – le ordené sin saludar pero ella se pegó a mi cuerpo como una gatita y casi ronroneó…

–Si está bien, preferiría cenar aquí, puedo preparar algo rico en poco tiempo.

–Me da igual – dije indiferente.

Isabella ordenó algo para que lo llevaran al apartamento y mientras llegaba, se cambió de ropa afortunadamente, puso la mesa y me sirvió una copa de vino. Me senté el un sillón del salón y la observaba moverse con gracia entre el comedor y la cocina, se percató de mi mirada y me sonrió.

La cena llegó y comí en silencio. Ella me hablaba de su proyecto con Newton’s, estaba teniendo un poco de dificultad en plasmar su idea ya que el chico no estaba muy conforme con lo que ellas le presentaban y en cada encuentro salía con una idea nueva que anexarle a la imagen de su negocio.

Yo la escuchaba y asentía de vez en cuando y sabía que la estaba desesperando. No podía leer su mente pero si su lenguaje corporal. Sus manos moviéndose más de la cuenta, su inclinación hacia mi y sus piernas brincando bajo la mesa eran señales inequívocas de ansiedad y si a eso le agregaba ese rubor en las mejillas, las pupilas dilatadas y su ritmo cardiaco acelerado, apostaba mi vida a que estaba esperando de mi mucho más esa noche.

–¿Quieres una copa de brandy? – me preguntó y asentí.

Me sirvió y me la llevó al sillón donde estaba prácticamente recostado. El agitado día y todo el alcohol ingerido estaban surtiendo efecto. Mi cerebro estaba funcionando a la perfección porque mis ideas estaban muy firmes y claras, pero mi cuerpo no estaba colaborando mucho en ese momento. Cerré los ojos y unos segundos después, Isabella me quitaba los zapatos y masajeaba mis pies. Casi aullé de gozo.

–No sé muy bien como hacerlo pero creo que se siente bien, ¿no? – asentí sin abrir los ojos.

Un rato después y antes de quedarme dormido, dejó mis pies y se colocó detrás del sillón para masajear mis hombros. Sus dedos acariciaban mis músculos de una forma tan suave e incitante que estaba haciendo que mi cuerpo despertara. Levanté una mano hacia atrás y tomé su brazo, quería detenerla pero la sensación de su piel sedosa me invitó a seguir tocándola despacio. Mi sangre comenzó a calentarse y la jalé en un impulso y cayó sobre mi hombro. Jadeó por la sorpresa y la jalé un poco más hacia mi para que descendiera por mi pecho y pudiera acomodarla en mi regazo.

Sus ojos mirándome ansiosos y el rubor de sus mejillas me hicieron tomar su rostro entre mis manos y besarla como un loco salvaje. Me apoderé de sus labios sin consideración respondiendo a sus provocaciones, los mordía, los chupaba y los tomaba entre mis dientes jalándolos y los soltaba para introducir mi lengua y frotarla con la suya como si le estuviera haciendo el amor a su boca. Su cuerpo no temblaba como otras veces, vibraba mientras su pecho subía y bajaba a un ritmo irregular igual que el mío. Gemía bajito y mi excitación crecía. Sus manos subieron a mi pelo revolviendo más aún, capturándome para ella, para que no me pudiera alejar.

Nos separamos un poco y se bajó de mi regazo, yo aproveché para ponerme de pie y cargarla en mis brazos para ir a su habitación. Por primera vez, ella tomaba la iniciativa en el sexo y aunque no era mi costumbre ni me gustaba que fuera así, no podía negar que con ella era enloquecedor y no me importaba. Isabella estaba tomando confianza y eso para mi significaba mucho; se estaba abriendo, estaba confiando en mí y esa sensación de alivio que me daba saber que se sinceraría conmigo y que me daría la oportunidad de ayudarla a superar su trauma me llenó de una felicidad que era difícil describir.

La deseaba tanto como ella a mí y entre el calor de los besos, la dejé sobre la cama y con prisa me despojé de la camisa y el cinturón al mismo tiempo que Isabella se quitaba la blusa y en un par de segundos se deshizo del brassiere dejando libres para mi sus senos perfectos. No podíamos quitarnos la mirada de encima y ver como nos íbamos desnudando frente al otro nos excitaba más. Yo no pude resistirme y como si estuviera hipnotizado dejé de desvestirme para admirar su cuerpo desnudo una vez que se quitó la falda y esas deliciosas braguitas.

Me miraba juguetona y me lancé sobre ella desesperado por probar sus dulces pechos. Rió entre jadeos mientras devoraba con mi boca uno de sus picos y el otro lo presionaba con mi mano, estaba embelesado por sus firmes senos y la suavidad de su piel. Bajé una mano por su abdomen y lo acaricié con cuidado pero seguí el camino hacia abajo, al interior de sus muslos y encontré ahí su piel más suave aún, húmeda, caliente, mía.

Abrí sus pliegues con mis dedos y mi polla casi explotó. La resbalosa viscosidad de su centro era realmente desquiciante, subía y bajaba mis dedos a lo largo de su sexo y Bella jadeaba como si fuera para ella una exquisita tortura sentir mis caricias. En ese momento me obligué a calmarme y a detenerme. Haciendo uso de todas mis fuerzas, me separé de ella y me acosté a su lado, no podíamos continuar sin hablar de una vez por todas. Mientras nuestras respiraciones se normalizaban un poco, tomé su mano y llevé a mi pecho apretándola fuerte.

–Bella… cuéntame todo.

Ella se tensó de inmediato y quiso soltar mi mano pero la apreté más para que sintiera confianza. Pasaron un par de minutos y no decía nada. Yo le daba su tiempo porque me imaginaba que no era nada fácil hablar de algo así, por lo que esperé un tiempo prudente.

–Vamos, ¿qué pasa, Bella?

La animé pero seguía sin moverse y casi sin respirar.

–Yo sé que es difícil, pero tienes que hacerlo, este es el momento para que saques todo lo que te hace daño. Ya no te guardes nada, Bella, por favor…

Pasó más tiempo y como si no tuviera fuerzas dejó su mano descansar entre la mía. Giró su rostro y me miró bajo la luz tenue pero luego un punto en el techo captó toda su atención. Isabella siguió sin hablar y yo me comencé a desesperar.

–Sé que yo provoqué lo de la otra noche y lo siento, no f…

–No tienes porqué disculparte – me interrumpió.

–Sabes que sí, pero eso no importa ahora, yo solo quiero saber que te sucedió para poder ayudarte.

–¿Por qué insistes en que algo tuvo que haberme sucedido?

–Explícame entonces, ¿por qué reaccionaste así?

–¿Así como? – me miró molesta –. No sé de qué me hablas – dijo en un susurro y me quedé callado sin poder creer lo que escuchaba.

Eso fue suficiente. Me puse de pie y recogí mi cinturón y mi camisa del piso. Era inútil, ella no quería hablar y mi paciencia se había agotado, tenía que salir de ahí antes de que cometiera de verdad una locura con ella.

–¿Qué haces? – me preguntó como si tuviera miedo de que me fuera pero eso era precisamente lo que estaba haciendo. Abotoné mi camisa y la acomodé dentro del pantalón mientras me observaba.

–No voy a volver a tocarte, Isabella, ¡a menos que me digas qué puta madre te sucedió! – grité sin poder contener mi enojo.

–No te vayas.

–¿Entonces? – pregunté dándole la oportunidad de comenzar a hablar pero no dijo nada.

Salí de la habitación y me puse los zapatos, tomé mi saco, las llaves y de un portazo cerré la puerta. Me sentía mal. Agotado, harto, fastidiado, intrigado, ansioso, desesperado… yo solo quería… demonios, ya no sabía ni lo que quería hacer con Isabella.

¿Qué me estaba haciendo esa mujer?

***.

El viernes fue el peor día de toda la semana. No podía dejar de pensar en todo el asunto de Isabella y cuando estaba pensando en ella me obligaba a concentrarme en el trabajo. Mi día arrojó cero en productividad.

Pero lo que más me enojaba de todo, era que me estaba comportando como un niño en lugar de actuar como lo haría Edward Cullen. Él no hubiera permitido ni un titubeo de su sumisa en otros tiempos, ¿entonces porqué lo estaba haciendo?, ¿porqué le daba una oportunidad tras otra y le insistía para que hablara claro? Edward Cullen le hubiera pagado al mejor psicólogo de la ciudad, le hubiera deseado que se recuperara y que tuviera una buena vida pero tal vez ya me estuviera volviendo viejo y sentimental. Me estremecí de solo pensarlo.

–Señor, ¿llevo a la señorita Isabella al penthouse o a la casa? – la llamada de Paul me regresó a la realidad.

–Llévala a su apartamento, Paul, es todo.

–Sí, señor.

Un par de minutos después mi teléfono volvió a sonar y su nombre apareció en la pantalla.

–Isabella – dije seco.

–Edward, hoy es viernes – se calló como esperando que dijera algo –. Paul me está llevando a mi apartamento, ¿por qué?

–Porque no quiero verte hoy – guardó silencio –. Mañana iremos a comer con mis padres, Paul pasará por ti a la una en punto – corté la llamada.

Esa noche me serviría para tomar decisiones. Posiblemente no me gustarían algunas pero no estaba para ver que me gustaba o prefería sino para ser realista, tener los pies bien plantados en la tierra y buscar lo que me conviniera.

El sábado, Isabella llegaba a casa veinte minutos después de la una. Bajó del auto y salí a su encuentro.

–Iremos en mi auto – dije sin saludar.

–Hola, Edward – me sonrió nerviosa.

–Apresúrate, no quiero llegar tarde – subí al auto sin mirarla mientras Paul la ayudaba a subir del lado del copiloto.

–Ponte el cinturón.

No me respondió pero hizo lo que le ordené. Al salir a la avenida pise el acelerador y de reojo pude distinguir que se aferraba al asiento con los ojos cerrados. En menos de quince minutos llegamos a casa de mis padres que ya nos esperaban. La ayudé a bajar y entramos para ser recibidos por mi madre que estaba muy emocionada por vernos.

–Por fin llegan – dijo alegre.

–Buenas tardes, Esme, ¿cómo estás? – la saludó.

–Feliz de tenerlos aquí – se abrazaron.

–Mamá, estás preciosa – besé sus mejillas.

–Gracias, Edward, pero aunque me adules sabes que estoy enojada por lo abandonada que me has tenido.

–He estado muy ocupado mamá, lo sabes.

–No sé si perdonarte o no.

–Lo harás porque me quieres – le sonreí y me dio una nalgada. Isabella levantó las cejas sorprendida y me miró.

–Tu padre nos espera en el salón, vamos.

Pasamos al salón y saludamos a Carlisle. Él también estaba contento de ver de nuevo a Isabella y después de un rato cuando mi madre se la llevó a la cocina para revisar que todo estuviera listo, habló.

–Me gusta esa chica, Edward.

–Si te escucha mamá te mata – me reí.

–Sabes a qué me refiero – se puso tan serio como yo.

–Lo sé, pero no sueñes.

–Entonces no la hagas soñar tampoco – dijo algo enojado.

–Ella lo sabe y no sueña ni espera nada – y me puse de pie para ir al comedor.

La comida estuvo exquisita. Mamá había cocinado mi plato favorito y si no hubiera sido de mala educación, me hubiera chupado hasta los dedos. Estaba feliz, hacía ya mucho tiempo que no la veía tan contenta. Me alegré y me hice el propósito de no alejarme demasiado tiempo de mis padres.

–Y ahora… el postre – anunció mi madre poniendo en la mesa un pastel de fresas.

–Se ve delicioso – dijo Isabella sin quitar los ojos de él.

–También es el favorito de Edward – anunció mi madre –, ¿verdad, hijo?

Asentí y miré a Isabella. No habíamos cruzado palabra desde que llegamos. Con toda intención no me dirigí a ella porque estaba aún digiriendo las cosas y no quería ser todavía más sarcástico y cortante de lo que ya era y menos frente a mis padres.

–No lo sabía – me dijo sonriéndome y yo solo levanté una ceja –. Supongo que quieres una rebanada grande.

–Por favor.

Después de dos rebanadas enormes de pastel, tomaba mi copa de brandy en el salón mientras mi madre nos hacía esperar no sabía para qué. En lo que ella volvía, papá le mostraba a Isabella las fotos de su viaje y comentaban algunos lugares que ella también había visitado y yo miraba su rostro, se veía tan cómoda con mi familia…

–Y ahora dime, ¿cómo te va en tu trabajo, Bella?

–Oh, muy bien, Carlisle, mi compañera y yo tenemos a nuestro cargo una cuenta nueva muy importante y hemos estado concentradas en ella.

–Cuéntame, cuéntame – la animó mi padre y ella comenzó a hablarle del proyecto para Newton’s. Su cara se iluminó al explicarle como se armaba de principio a fin una campaña de publicidad.

–¡Vaya!, hablas con mucha pasión de tu trabajo, eso es lo que hace falta hoy en día, gente que de verdad ame lo que hace. Felicidades, Bella.

Mis labios se curvaron en una pequeña sonrisa. No cabía duda de que Isabella se había ganado a mis padres y ellos estaban cada vez más encantados con ella; me sentí muy bien y me pregunté porqué de pronto me importaba tanto lo que ellos opinaran de ella.

–Y ahora queremos darles algo – anunció mi madre apareciendo con un par cajas en sus brazos –. Les trajimos unos regalitos.

–No era necesario, mamá.

–¿Y quitarme el gusto de comprar? ¡Olvídalo! – nos reímos y se sentó mientras le entregaba una caja a Isabella – esto es para ti, Bella.

Ella abrió los ojos sorprendida, con cuidado comenzó a quitar el papel y abrió la caja.

–¡Un mantón! ¡Es precioso! – abrazó a mi madre –. Muchas gracias, Esme, Carlisle.

Mis padres sonreían mientras veían como Isabella se ponía de pie y se envolvía en él. Yo fruncí el ceño y me tensé al verla cubrirse con el mantón rojo y sus largos flecos que casi llegaban al suelo. Mis sentidos se agudizaron y mi corazón comenzó a bombear con furia. Me tensé y sentí que mi cuerpo y en especial cierta parte de mi se inflamaba.

–¿No se ve hermosa, Edward? – preguntó mi madre.

–Muy hermosa, mamá – respondí despacio mientras mi mirada descendía por el cuerpo de Isabella. Al darse cuenta tragó en seco y guardó el mantón.

–No te pongas triste, hijo, también tenemos algo para ti.

–¿Un mantón a juego? – bromeé intentando no tomarle importancia a lo que había sucedido un momento antes.

–Una botella de un brandy que estoy seguro te va a encantar, yo mismo lo elegí.

–Gracias, papá, te prometo que la abriré contigo cuando celebremos algo – dije dándole una palmada en la pierna.

–Espero que sea pronto, Edward – mi madre me miró entusiasmada mientras abrazaba por la cintura a Isabella. Esa mirada me indicó que era hora de irnos pero como debí suponer, mis padres no nos lo permitieron hasta mucho rato después y con la promesa de que volveríamos pronto.

De vuelta en casa, le abrí la puerta y la ayudé a bajar. Entramos y subimos las escaleras y al llegar a la puerta de su dormitorio se detuvo.

–Buenas noches, Isabella – dije y seguí a mi habitación, cerré mi puerta y me tiré sobre la cama. Pasé mis manos por mi cara repetidas veces y respiré hondo, llamaron a mi puerta unos minutos después y supe a qué venía.

No le dije que pasara, solo me paré y abrí la puerta. Estaba de pie mirando al piso y tenía un camisón transparente.

–¿Qué sucede? – levantó un poco su rostro pero no me miró.

–Yo solo… esperaba que me ordenaras a donde ir – dijo algo insegura.

–Entonces te ordeno que regreses a tu habitación y te acuestes a dormir – le respondí sarcástico pero Isabella no se movió.

–Estás enojado – me miró triste y no dije nada –. Castígame, pero no estés enojado conmigo.

Eso me sorprendió. No era posible que me estuviera pidiendo eso. Esa era la actitud de una sumisa en toda la extensión de la palabra. Ella pedía el castigo para que yo estuviera contento, me pedía que la sometiera para poder estar en paz conmigo.

Estaba luchando por contenerme y no llevarla al cuarto de juegos y azotarla como me pedía. Luchaba por mantener mi cordura y no dejarme llevar por ese deseo que me corría por todo el cuerpo con tan solo imaginarme a Isabella sobre un banco de castigos con la piel de sus tersas nalgas enrojecida por las nalgadas que le propinaría con toda la fuerza de mi mano mientras iba contando cada una de ellas, alto y claro…

–Ya sabes lo que quiero, Isabella – le di la espalda mientras caminaba hasta mi cama –. Mientras no lo hagas te seguirás castigando sola, al callarte, al sufrir lo que puedes evitar si tan solo bajaras tus barreras… no vengas a pedirme que te castigue porque aunque te deje la piel en carne viva no sentirás alivio alguno.

–Yo no entiendo que es lo que quieres que te diga – dijo angustiada.

–Sí lo sabes, así como también sabes que tienes que hacer para dejar todo atrás – comenzó a sollozar y me contuve para no girarme y abrazarla. ¿Qué sucedía conmigo?, primero quería azotarla y luego abrazarla…

–Si lo que quieres saber es porque me puse así es muy simple… Yo no soporto que te acerques así. No hay nada más, ¡solamente es mi maldito límite! – gritó histérica.

–¡Yo también tengo un puto límite y estás llegando a él!

–No me crees…

–No puedo hacerlo después de la otra noche – dije más calmado.

–Edward…

–¿Quién es Jake?

Pregunté despacio y al escucharme se paralizó. Se detuvieron los sollozos, los gritos, la histeria… pero no contestó.

–Sal de aquí, Isabella, vete a tu habitación…

Me senté en la orilla de la cama y me tomé la cabeza entre las manos mientras una nueva idea se agregaba a las que ya carcomían mi aglomerada y atascada mente. Fue la peor y la más absurda de todas pero a la que más miedo le tenía… a la idea de que tal vez Isabella se callaba para defender a Jake…

***.

A la mañana siguiente me levanté temprano y bajé a desayunar. Isabella ya tenía la mesa lista y solo esperaba que yo bajara para empezar a servir.

–Buenos días, Isabella – me miró y vi que tampoco había sido una buena noche para ella. Tenía los ojos un poco enrojecidos y se veía cansada, igual que yo.

–Buenos días – respondió sin ganas. No me preguntó si quería jugo o frutas, ella solamente me sirvió y se sentó junto a mí. Desayunamos en un silencio sepulcral. Ella no levantaba la vista de su plato y jugaba con la comida. Terminamos y ella se mantuvo sentada esperando mi orden para empezar a recoger la mesa.

–Puedes levantarte, Isabella. Cuando termines cámbiate, iremos al club.

Un esbozo de sonrisa apareció en sus labios y no me agradó. ¿Esa expresión se debía a que vería a los caballos o estaría esperando encontrarse con el imbécil de Max?

Maldita sea, ya estaba paranoico.

Una hora después llegábamos al club. Yo cargaba mi bolsa con mis sticks y mi equipo de polo y además jalaba el nuevo contenedor con rueditas donde llevábamos las manzanas y zanahorias para los caballos. Dejamos el contenedor con Billy y nos dirigimos a la cancha donde me tocaba jugar. Le indiqué a Isabella donde debía sentarse y fue directamente a las gradas; desde ahí podía verla perfectamente mientras jugaba.

Billy llevó a los caballos a su lugar en las orillas de la cancha, me monté en “Tramposo” y el juego comenzó. Pasaron las primeras tres chukkas (períodos del juego de polo) y cambié de caballo en cada una. Era un esfuerzo agotador para cada animal y no era el propósito cansarlos. Sólo “Tramposo” repetía por ser un caballo realmente excepcional y con una gran condición. Faltaba una chukka y mi equipo iba ganando con 4 goles adelante de nuestro rival que tenía tres. Yo era un delantero y tenía que acomodar la pelota para que el medio tuviera el tino de meter el gol, pero yo siempre buscaba la oportunidad de meter algunos.

A escasos 3 minutos de acabar el partido, volteé a ver a Isabella. Ella estaba sentada donde le había indicado pero Max se acercaba a ella aprovechando que yo estaba jugando. Estuve a nada de bajarme del caballo y darle un par de golpes con el stick pero no hubiera sido muy honorable. Lo que si hubiera sido correcto, era agarrarlo a puño limpio y conectarle varios golpes para que entendiera que yo no compartía lo mío en ningún sentido.

Pero para mi sorpresa y para calmar mi furia desatada, Isabella a verlo aproximarse, bajó de las gradas y se puso cerca de la cancha evitando que se acercara más. Con mi mujer segura, di una vuelta con el caballo y avancé dando un golpe con el stick alejando la pelota de la línea de peligro. El árbitro silbó justo cuando evité que anotaran un gol nuestros contrincantes. Bajé del caballo y chocamos las manos con los contrarios, me acerqué a Isabella quien me esperaba con una botella de agua fría.

–Buen juego – dijo con una débil sonrisa.

Asentí y la atraje hacia mí con una mano alrededor de su cintura y la besé frente a todo el mundo. Cuando me separé de ella jadeaba y no pude evitar sonreír triunfante. Tomé un poco de agua para calmar mi sed y volví a pegarla a mi cuerpo que brillaba por la capa de sudor que me cubría.

–¿Por qué me besaste? – me miró extrañada.

–Porque eres mía – la besé de nuevo –. Hoy no habrá lecciones, “Tramposo” está cansado.

–Ah, está bien – aceptó dócil –. Pero si puedo darles lo que trajimos, ¿no?

–Sí, vamos.

Nos alejamos de la cancha y la guiaba con mi mano colocada en su espalda baja. En las caballerizas, Isabella estaba feliz alimentando a los caballos y ellos parecían estar contentos con ella. Les daba las manzanas directamente de sus manos, les hablaba, los acariciaba, los peinaba mientras yo la observaba absorto. Mis otras sumisas jamás se habían acercado a mis animales por deseo propio pero ella parecía estar disfrutándolo. Ya descansado, saqué una camiseta limpia y me quité la sucia y sudada. Ella miraba mi torso desnudo.

–¿Necesitas algo?

Le pregunté disimulando mi diversión y ella negó con la cabeza, continuó con las zanahorias pero me seguía observando de reojo. Pasamos casi todo el día ahí. No quería irse y yo estaba a gusto mirando como mimaba a mis chicos pero iba a empezar a anochecer pronto y tenía que llevarla a su apartamento.

Un par de horas más tarde la dejaba en su puerta sin ningún tipo de ceremonias. Un simple hasta luego bastó para darme media vuelta, no hubo un acercamiento, no hubo un abrazo, mucho menos un beso.

–Edward – me giré –. Gracias.

Asentí y sin más, me fui.

***.

En la oficina, una simple llamada fue el presagio de una semana excesivamente tensa. Nuestro proyecto en Bali se detenía por la cancelación de unos permisos y si el inicio de la construcción se posponía, perderíamos una razonable cantidad de dinero. Así que me pasé días haciendo negociaciones para liberar los permisos. Concentrarme en solucionar el problema, me estresó y me tuvo de un humor de perros todo el tiempo.

Había hablado muy poco con Isabella. Debido a que mi atención estaba enfocada en los asuntos de la oficina las llamadas eran muy cortas y por supuesto mi tono no era el más amistoso pero había servido para dejar muy clara mi postura con ella.

El viernes ni siquiera la llamé; solo le envié un mensaje de texto diciéndole que nos veríamos al día siguiente, no le di ninguna explicación. Me pasé la noche trabajando y esperando que por fin los permisos estuvieran listos para trabajar y las buenas noticias llegaron ya muy entrada la madrugada. Llegué a casa y caí rendido apenas me desvestí. El agotamiento y estar sometido a esa presión durante toda la semana hicieron que durmiera por muchas horas más de las que acostumbraba.

Me desperté a media mañana. Mis músculos estaban hechos un nudo y me dí una ducha con agua muy caliente bajo el chorro a presión pero no sentí mucho alivio. Llamé al spa para avisar que llegaba en media hora y que quería a Jessica esperándome. Bajé para irme pero escuché voces y risas en la cocina. Me acerqué para ver porqué tanto escándalo y encontré a Harriet y a Isabella muy divertidas.

Al verme se callaron e Isabella de inmediato bajó la mirada. Harriet me dio los buenos días pero ella no dijo nada, ya se le estaba haciendo una muy mala costumbre. Tomé mis llaves y me fui.

Jessica hizo como siempre un buen trabajo. Alivió mis músculos contraídos y me dejó como nuevo. Ella había disfrutado hacer su trabajo, pude sentirlo muy claramente; la forma de tocar mi cuerpo, de mover sus manos sobre mí y de ejercer la presión necesaria en cada punto no era la estrictamente profesional pero debía admitir que si era una nueva técnica, funcionaba. Intentando no parecer muy ofrecida, me dijo que si la necesitaba la llamara sin importar el día o la hora. ¡Como si me estuviera haciendo un favor! Ella recibía muy buena paga por horas extras en horarios especiales.

Mujeres… querían disfrazar todo, empezando con la mía.

Cuando volví, ya no había nadie en la cocina pero olía muy bien. Me fui a mi estudio para ver si había alguna novedad y me quedé un buen rato verificando el período de validez de los permisos y otras especificaciones. Estaba enfrascado analizando cada punto cuando la puerta se abrió de repente.

–Ya volviste – dijo con alivio.

–¿Sí? – pregunté y se puso algo nerviosa.

–Solo quería saber si deseabas algo.

–Deseo trabajar sin interrupciones, Isabella.

–Oh, lo siento.

–Te veré a la hora de la cena – dije y volví mi atención a la pantalla.

Horas después noté que ya había oscurecido. Vi mi reloj y ya pasaban quince minutos de la hora. Apagué la computadora y salí del estudio. Me aproximé al pie de la escalera y ahí estaba esperándome. Al verme su cara cambió y me sonrió muy discreta. Se veía hermosa.

–Vamos, tengo hambre – dije pasando junto a ella y siguiendo al comedor.

Reprimí una sonrisa al ver la mesa. No cabía duda que estaba esforzándose por agradarme. Cuidaba cada detalle y parecía que todo ahí estaba colocado guardando el espacio exacto. La ayudé a sentar y Harriet entró poniendo sobre la mesa el primer plato. Era carpaccio de salmón y estaba delicioso. El segundo plato fueron medallones a los tres quesos y estaban exquisitos, justo como me gustaban. No cabía duda que Harriet mejoraba su sazón con los años. Por último un pastel de chocolate amargo. No era mi favorito pero ese en especial, me gustó mucho.

–¿Qué tal estuvo la cena? – preguntó Harriet mientras se llevaba los platos.

–Deliciosa, estás mejorando – dije de broma.

–No me lo digas a mí, Bella cocino hoy – me guiñó el ojo y fruncí el ceño –. Felicítala.

Así que de eso se trataba todo, ¿no?, ¿te doy unas cosas por otras? Lo sentía mucho pero eso no funcionaba así. Conmigo no se negociaba, si pedía algo, eso sería y punto.

No dije nada más ni le hice ningún cumplido. Estaba enfadado. ¿Por quien me había tomado? Me enojaba sobre manera que pensara que con esas cosas podía hacerme tonto y olvidara el verdadero problema. Isabella parecía todavía no saber con quien estaba tratando.

–Harriet, una copa con brandy – le pedí como siempre, amable.

–Ahora te la traigo – dijo Isabella saltando de la silla.

–Siéntate – gruñí. Se quedó quieta.

–Harriet…

Me miraba furibunda pero sin decir nada fue por lo que le pedí. Regresó azotando la copa junto con la botella frente a mí.

–Tu copa y tu botella, sírvete.

Dio media vuelta y desapareció. Isabella extendió los brazos para servirme y me enfurecí más.

–No te muevas.

Con la copa en la mano me puse de pie y avancé hasta el ventanal. Tomé todo el contenido y me giré despacio.

–Sube y espérame en 15 minutos en el cuarto de juegos – de nuevo saltó de la silla.

–Sí, Señor – dijo poniéndose de pie.

Llené por segunda vez la copa y cuando estuvo vacía, subí a mi habitación a cambiarme. Cuando entré a la habitación lila ella estaba de pie esperándome con una tímida sonrisa en los labios y la mirada muy despierta. Estaba ansiosa y nerviosa a la vez pero permanecía quieta y trataba de tener la mirada baja pero me miraba mucho. Se veía hermosa con ese juego de lencería y su rostro ruborizado. No perdí tiempo y abrí la puerta, ella pasó enseguida.

Sin que le diera ninguna indicación se paró junto a la mesa. Tal parecía tener predilección por ella así que olvidé lo que tenía en mente y me acerqué. Isabella extendió sus brazos hacia mi para que atara sus muñecas con los pañuelos. Esa disposición, esa docilidad y su sumisión eran un deleite para mi, se me hacia agua la boca con solo verla, sentirla, era ambrosía pura para mi. Puse un pañuelo sobre sus ojos…

–Súbete.

Le ordené y acomodó sobre la mesa su cuerpo perfecto. Esta vez no habría pañuelos en las muñecas, así que tomé cada una de ellas y las esposé directamente al igual que sus tobillos a cada una de las esquinas de la mesa.

No hubo ninguna instrucción más. Isabella sabía que tenía que guardar silencio y dejarme jugar. Pensé mucho en qué hacer con ella esa noche pero me decidí por lo erótico en lugar de algo que implicara más dolor. Fui al mini bar que tenía en la habitación y saqué algunos cubos de hielo. De solo pensar que el calor de su cuerpo los derretiría me puse duro. Coloqué el pequeño bol junto a su cabeza para poder tomarlos a mi antojo pero antes los moví con mis dedos para excitarla con el ruido y el poder de la anticipación.

Comenzó a respirar por la boca. Esa era muy buena señal; me coloqué a horcajadas sobre ella y froté mi dura polla contra su sexo que ya podía imaginármelo segregando humedad. Isabella gimió y me froté con mayor presión.

–Sin hacer ningún ruido…

Le advertí y tomé un hielo; empecé a pasar la esquina del cubo por su cuello y arqueó su cuerpo al sentirlo, empujándose contra mi miembro. Acaricié su piel con lentitud y cuando cubrí toda el área pasé a sus mejillas. Abrió los labios esperando algunas gotas y la complací dejando que escurrieran por ellos; con la punta de su lengua recolectó los residuos de las gotas y me tensé. Era una imagen por demás erótica, provocadora, que me estaba acelerando con mucha rapidez. Dejé que escurrieran gotas por sus sienes, su frente y bajé un poco sobre ella para jugar con sus piernas.

Con el cubo a medio derretir hice trazos sin sentido por sus muslos y rodillas. Las gotas escurrían a los lados y mojaban la mesa. Era hora de subir el nivel. Me bajé de la mesa y tomé unas tijeras con punta. Las abrí y recorrí sus muslos presionando sobre su piel pero sin marcarla. Su pecho se elevaba desbocado al respirar por la boca sin emitir ruido alguno. Isabella estaba excitada y cada vez se le hacía más difícil controlar sus gemidos. Me costaba creerlo pero verla luchar por contener su excitación me excitaba también.

Subí la tela de la hermosa pieza de lencería que adornaba su cuerpo para ver la piel de su vientre plano. Con un movimiento preciso corté las delgadas tiras en sus caderas y subí para hacer lo mismo con los tirantes para después cortar por en medio la parte superior dejándola expuesta para mi. Centré mi atención en sus senos turgentes y firmes atrapándolos uno a uno con mi boca haciendo que sus puntas se arrugaran y se oscurecieran ligeramente chupándolos, lamiéndolos, succionándolos, atrapándolos entre mis manos que los oprimían y se rebosaban entre ellas.

Isabella temblaba bajo mi cuerpo y sabía que esperaba que la poseyera pronto. El olor de su excitación me lo pedía pero aún quería jugar con ella. Gimió al sentir el contraste frío del hielo después de tener la calidez de mi boca sobre sus pechos. Se arqueó y presioné el cubo helado contra su piel. Isabella se retorcía tanto como las esposas se lo permitían levantando su pelvis buscando que la aliviara llenándola con mi cuerpo.

Me retiré un poco, verla así me dejó pasmado, esposada, vulnerable, respirando agitadamente y a mi merced, con su sexo lubricado, brillante y hermoso que destilaba su aroma a mujer, a hembra… a mi hembra.

El fuerte deseo dentro de mi se desató y mi cuerpo solo ansiaba buscar su satisfacción rápida, saciar sus instintos más primitivos devorando cada parte de su cuerpo. Respiré hondo tratando de calmarme, de seguir controlando esa imperiosa necesidad que luchaba por salir para liberarse dentro de su cuerpo.

Con un hielo nuevo, descendí desde el valle de sus senos hasta su precioso ombligo, se estremeció y gimió mientras se seguía retorciendo divinamente. Ella era demasiado y de pronto yo solo quise castigarla por tentarme a tal nivel, por hacer un esfuerzo más allá de lo humano por contenerme y no enterrarme en ella con toda mi furia y romperla con cada embiste como mi cuerpo me lo pedía. Así, como yo follaba, como yo amaba, duro, fuerte…

Bajé mi mano por su vientre, mis labios aspiraban su hálito jadeante y ella intentaba morderlos. Se sentía valiente e intrépida pero esos juegos no estaban permitidos, no conmigo. Sus caderas buscaban mi mano, la fricción y el alivio para su ardor pero no estaba dispuesto a premiarla. Me alejé de su boca y casi lloró su ausencia con un lastimoso gemido. Me arrodillé entre sus piernas abiertas y separé sus pliegues, era tan hermosa y la sentía tan cercana que solo me bastaba inclinarme para beberla, para tenerla toda, entera y mía pero su silencio me alejaba.

La toqué y jadeó, mis dedos frotaron su sexo y su botón hinchado y caliente. Sus caderas ávidas buscaban el contacto e introduje dos dedos en ella. Gimió agradecida mientras bombeaba dentro y fuera de ella. Sus paredes se cerraban alrededor de mis dedos que tocaban todo su interior, los saqué cuando la sentí al borde y su respiración se hizo más irregular al igual que sus jadeos.

–Edward…

–¡Silencio!

Estaba tan excitada y caliente que mojé mi mano en el bol de hielos casi derretidos y tomé varios. Los coloqué sobre su sexo y dejé caer las gotas frías sobre él. Isabella gritó arqueando su cuerpo.

–¡No!

Su cuerpo se movía desesperado sobre la mesa y la habitación rellenaba con sus pequeños jadeos y grititos. Eso me tenía al borde, no podía creer lo adolorida que mi polla se encontraba. Un viejo león como yo necesitaba mucho más que ver retorciéndose de deseo a una aprendiz de sumisa pero por increíble que pareciera me encontraba tan excitado como un simple amante adolescente a solo un roce de correrse.

Mi polla pedía desesperada ser liberada, latía creciendo en un mínimo de espacio. Tiré los hielos y me quité los pantalones dejándolo libre pero ansioso y necesitado.

Me acomodé entre sus piernas y enfurecido por mi infantil reacción, mojé de nuevo mis dedos en el bol de agua helada y volví a enterrar mis dedos en su deliciosa y tibia ranura. Su desesperación hizo crecer la mía y no titubeé al sentirla menos húmeda de sus propios jugos. No podía esperar más. De una ruda y fuerte embestida la penetré duro y profundo, queriendo llegar tan adentro de su cuerpo para dejar mi huella.

Isabella no gritó, ni jadeó, solo luchaba por retener un poco de aire cada vez que me clavaba en ella sin miramientos ni consideraciones, fui rudo, frío, mis movimientos mecánicos ya que mi deseo por poseerla se imponía, mi necesidad de saciarme era primaria, instintiva e hiriente porque naturaleza me lo pedía.

Mis caderas se movían veloces y marcaban un ritmo demente; empujaba fuerte dentro de ella, jadeaba, apretaba mis dientes por el esfuerzo y la miraba moverse con cada empellón que recibía. Sus senos bailaban para mi y quería morderlos… mis bolas chocaban con su entrepierna y súbitamente se retrajeron avisándome del orgasmo que se aproximaba y que explotaría en mi sin remedio.

Mantuve el ritmo de mis violentas acometidas y la veía hacer un esfuerzo por recuperar el aire que escapaba de su sistema. Una contracción más y me dejé ir para estallar con toda la potencia de las frustradas emociones que tenía dentro.

Grité un segundo antes, jadeé durante y volví a gritar al culminar en ella, llenándola de mi semilla, marcándola por dentro, inundándola de mi y dejándola en el borde, sin terminar, sin explotar… a medias, justo como ella se entregaba a mi.

–Por favor, por favor…


Rogaba desesperada al sentir que su interior ya no era más el receptor de mis deseos. Lloraba como una niña conmigo aún dentro, exprimiéndome en ella, pidiéndome hacerla llegar…

–Edward, Señor

–¿Qué quieres, Isabella?

Mi agitación me hacía jadear al hablar.

–Más, más por favor, necesito más… –suplicó.

–Yo también necesito más Isabella, quiero más, te quiero completa, quiero todo…*

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Chicas, por fin capítulo nuevo!!!
Quiero agradecerle a mi Beta Isita María por sus consejos y su sabia dirección y a Nani por su buen ojo, y a ustedes mis nenas, no tengo como darles las gracias por la paciencia y el apoyo para mis historias. Les recuerdo que la votación para el HLC2, se cierra este viernes 21. ¿Para que esperar? Si te gustó "Ladrón de Recuerdos" ¡Vota ya!
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