lunes, 26 de septiembre de 2011

CAPITULO 17

              Viaje al interior de mis deseos.


"Un hombre puede entenderse con los demás, lo difícil es llegar a entenderse a si mismo."
C.S.G

EDWARD’S POV

Mi viaje de negocios había sido mucho más extenuante de lo que hubiera imaginado. Había sido muy pesado y agobiante también, sin un solo instante para disfrutar de toda la belleza que me rodeaba en ese lugar tan lleno de esa energía pacificadora que invitaba a la relajación y meditación, que te incitaba a la depuración del espíritu y a respirar pureza para desintoxicar tu cuerpo contaminado por el simple hecho de solo vivir en una ciudad “civilizada” y al día con el resto del mundo.

Todo se sentía diferente ahí y en mi interior, una corazonada me decía que había sido un acierto el haber pensado en un lugar al que se pudiera ir para recargar las energías en medio de un lujo total, envuelto en ese ambiente espiritual y sanador que todos buscábamos en algún momento de nuestras vidas, que te diera la oportunidad de mirar a tu alrededor y replantearte nuevos rumbos y con asombro darte cuenta de que tus objetivos quizás ya hubieran cambiado y por lo tanto así también tus prioridades. Sin duda seria duro aceptar tanto de un solo golpe pero sucedía a veces y que mejor que hacerlo en un sitio como este.

Bali era el lugar perfecto para el hotel boutique. Desde hacía unos cuantos meses me rondaba esa idea y al tenerla bien clara no tarde ni un momento en comenzar a concretarla. Mi equipo ya había encontrado varios lugares y con la información en la mano yo ya estaba seguro de donde quería que se erigiera el hotel. Me había decidido por una playa en la costa, frente al mar de Bali. Era una playa virgen de un mar que te cegaba con sus brillantes tonos de azul que chocaban contra las arenas impresionantemente blancas y como si eso fuera poco, un templo budista con sus techos en picos altísimos se alzaba detrás, al pie de las montañas que se perdían hacia el cielo con las nubes a sus faldas y que creaban un contraste abrumador. No tenía duda, ése era el lugar perfecto para mi lujoso refugio espiritual.

Esas casi dos semanas habían sido extenuantes. Estuve demasiado presionado entre negociaciones, convenios, cerrando tratos, haciendo modificaciones importantes en el proyecto y lo más importante de todo para poder empezar a trabajar, consiguiendo los permisos. Esa era la otra cara de los negocios y no era una muy buena. La burocracia se hacia constar a cada paso que se daba y como todo en este mundo, el dinero era lo que hacía magia y agilizaba todo trámite lento. Era decepcionante ver que no era un país de primer mundo pero si se manejaba como si lo fuera y no en el mejor ámbito ni de la mejor manera. Yo sentía que me ahogaba al ver que nada caminaba al ritmo que yo quería ni siquiera con la ayuda de algunas sumas nada despreciables de dinero. Por las noches, llegaba por inercia y exhausto a la suite del hotel, apenas comía algo y después caía desmayado en la cama para dormir hasta el día siguiente en el que empezaba todo de nuevo.

La compra de los terrenos ya se había concretado; me había asegurado de adquirir un área muy extensa, quería darle a mis huéspedes privacidad absoluta. Después de todo pagarían una suma bastante escandalosa por estar ahí y yo debía garantizarles todo lo que les prometería, si podían pagarlo lo obtendrían. Con un hermoso lugar donde construir y con todos los pasos básicos cubiertos ya podía irme tranquilo y seguro de que no habría nada que impidiera el inicio de la construcción del proyecto.

Sin el peso del tiempo caminando en mi contra, ya que tenía que volver a Londres para encargarme de mis otros negocios, me sentía muy aliviado y sin esa presión que me asfixiaba. Había dejado todo encaminado y parecía que marcharía al ritmo al que estaba acostumbrado que se hicieran todos mis asuntos.

Abrí los ojos y tomé la taza de café frente a mi para darle un sorbo, ya había desayunado un buen omelette mientras hacía un recuento mental de todo lo ocurrido en ese último par de semanas. Intentaría dormir un rato antes de aterrizar. En cuatro horas aproximadamente llegaríamos al hangar privado del aeropuerto de Heathrow y serían las 12 con 30 minutos del medio día. Disfrutaba de esas horas de tranquilidad aunque ya tenía muchas ganas de llegar y bajarme del avión. Por más privado que fuera y con todo el lujo y las atenciones, un vuelo tan largo como el mío desde Bali, hacía que hasta el más paciente pasajero desesperara.

Sin embargo, estaba todo lo relajado que podía estar considerando aunque me negara a aceptarlo, que estaba ansioso por llegar y ver a Isabella. Tenía algo preparado para ella y solo quería ver su rostro de sorpresa cuando se lo diera, más le valía no rechazarlo porque era como rechazarme a mi y yo no iba a darle ni la mas mínima oportunidad de hacerlo. Yo la quería conmigo, para mi. No sabía muy bien como explicarlo porque ni yo mismo lo entendía, solo que era algo más allá que la pura satisfacción que me daba el estar con ella, algo que satisfacía todos mis sentidos al simplemente verla tan hermosa, al tocar su suave y sedosa piel, al escuchar su voz, su risa, al oler su aroma fresco, al protegerla, al cuidarla, al mimarla, al follarla…

Tenía también mucha curiosidad por saber en qué habían resultado las famosas dos semanas que tanto me había pedido para pensar, para respirar como ella me había dicho pero sólo era eso, curiosidad, porque yo ya había hablado y tomado mi decisión desde un principio. Sin embargo a mi también me habían servido esos días para reflexionar un poco. Hubiera sido tonto no aceptarlo. Los escasos espacios de tiempo que tuve pude utilizarlos para pensar y darme cuenta que me había portado como un verdadero imbécil.

–¿Puedo retirarle el plato señor Cullen?

Levanté la mirada a la curvilínea rubia que estaba de azafata atendiéndome en el vuelo. Asentí serio y ella se inclinó lo suficiente como para dejarme ver el espacio entre esos senos no muy grandes pero muy bien colocados.

–¿Le ofrezco algo más, señor?

Me sonrió y negué con la cabeza. ¿En donde me había quedado?, mmm sí, en que era un imbécil, lo reconocía y lo aceptaba. Solamente un idiota como yo no había hablado sin pensar, sin medir sus palabras. Yo no era una persona a la que le gustara humillar. Era la verdad, no lo era. En mis relaciones la humillación a mis sumisas no estaba incluida, mucho menos en mi trato común hacia las demás personas. Era por eso que no entendía cómo se me había ido la lengua de tal manera con Isabella al soltar ese comentario denigrante sobre su mísero sueldito de unas pocas libras al enfurecerme por no haber aceptado mi dinero. ¿En qué carajo estaba pensando?

Mira a quién coño se lo dijiste – dijo una vocecita en mi cabeza –, a la chica heredera de un emporio que vale lo que el tuyo… estúpido.

Y para darte una bofetada con guante blanco se quedó callada y discretamente cual dama que es, hizo que te dieras cuenta del error garrafal que habías cometido al hacerte quedar con su silencio, como un patán de poca categoría. Bien ganado te lo tenías Cullen. ¡Que clase tenía Isabella! Eso sí que lo enseñaban muy bien en Sacré-Coeur.

Pero volviendo al tema, además de haber aceptado mi gran estupidez, había reconocido muchas otras cosas, faltas importantes en las que había incurrido y que estuvieron muy mal desde un inicio y eso, estaba muy seguro que me iba a costar muy caro.

Por fin aterrizamos y apenas encendí mi teléfono entró la llamada de Trevor, el veterinario de mis caballos. Me avisaba que la yegua que había adquirido ya estaba en Londres pero había llegado en muy mal estado. Ese animal era muy importante para mí y que estuviera enfermo me irritaba sobre manera, por lo que de inmediato me transporté hacia el club para ver como se encontraba. Llegué a toda prisa y con mucha pena pude confirmar el diagnóstico de Trevor, la yegua se encontraba en muy mal estado y tanto él como yo no estábamos muy seguros de que pudiera salir de esa.

Era una lástima ver a esa hermosa yegua lusitana de color gris con la crin y cola negras. La enfermedad hacía que se viera opaco su pelaje pero eso no importaba, lo que me daba pena era ver como convulsionaba y sacaba espuma por el hocico. Decidimos que se le aislara en otra caballeriza para evitar que los otros caballos se contagiaran si es que tuviera algún tipo de virus que hubiera traído desde Portugal, donde la compré y que se le mantuviera atendida y vigilada todo el tiempo.

Una vez que me aseguré de que la yegua estuviera ya instalada, salí de ahí para irme a casa. Ya había anochecido y estaba cansado por el viaje y por pasar el día en el club pendiente de la yegua. Iba caminando por el pasillo terroso hacia mi auto con el móvil en la mano para llamar a Isabella cuando escuché mi nombre…

–¡Edward, viejo! ¿Tan tarde por aquí?

Me giré y vi que Guy, un conocido de años se acercaba muy sonriente a mi. Me detuve y extendí mi mano para saludarlo no con mucho entusiasmo.

–Hola, Guy – arrugué la frente –. Tengo problemas con una yegua.

–Uh, eso sí que es una novedad y una lástima – sonrió irónico –, porque de haberme enterado antes que ya no salías con esa bella castaña, me pongo en acción y la invito a comer antes que Max.

–¿Qué dijiste? – le pregunté como un estúpido mientras sentía cómo se contraía mi vientre bajo.

–Pues eso, los vi el otro día en el restaurante – se encogió de hombros –. Se lo pasaron bien, se veían muy contentos.

–Pues Guy, lo siento por ti y por ese cretino – apreté mis puños –. Isabella es mía, así que cuidado en donde pones los ojos, recuerda que no soy muy tolerante y para ése imbécil va lo mismo. Buenas noches, Guy.

Avancé furioso hasta mi auto y subí a él sin esperar que Dean cerrara la puerta. No podía ser cierto eso, Isabella tenía prohibido acercarse a ese estúpido y él ya estaba avisado de que ella era mía, además, ¿Isabella en el club?, ¿sola? Eso debía ser un gran error porque ella no iría sin mi y mucho menos aceptaría comer con Max después de haberles dejado muy claro a ambos que no los quería cerca del otro.

¿Qué estás haciendo, Isabella? Me preguntaba con las manos que no abandonaban mi cabello y lo jalaban con fuerza mientras intentaba comprender que coño era lo que había dicho Guy.

Sin esperar ni un momento, llamé a Billy, el encargado de cuidar a mis caballos. Si era verdad que Isabella había ido al club, él seguro la había visto, no había nada que pudiera ocultarse de su vista en ese lugar donde había crecido, nada se le escapaba y mucho menos algo tan importante para mi, como lo era que la mujer con la que había ido las últimas veces estuviera comiendo con la persona que sabía que odiaba.

Para mi desgracia, Guy tenía razón. Billy me dijo que el fin de semana, Isabella había ido al club armada con un cargamento de manzanas y zanahorias para los caballos y un trinche de cocina.

–¿Para qué carajo un trinche de cocina, Billy?

–Ahí ensarta las manzanas y las zanahorias, tiene miedo de dárselas con la mano – se rió.

–¿Fue sola?

–Sí, llegó sola, sí – titubeó.

–Pero no se fue sola, ¿no es así? – el humo me salía hasta por los ojos.

Billy respiró profundo – Usted quiere saber si estuvo con el señor Bennet, y si, comieron juntos pero ella sí se fue sola, señor.

–¿Estás seguro?

–Sí, muy seguro, sí.

Y para colmo mi disgusto aumentó cuando me dijo que antes de irse, estuvieron platicando junto al auto de Isabella luego se despidieron y entonces ella se fue.

Los dos días siguientes los pasé entre la oficina y la caballeriza aislada vigilando a la yegua junto con Trevor y sus ayudantes. Fueron días estresantes y muy cansados en los que mi mente estaba ocupada con miles de cosas retumbándome a la vez, contratos, Isabella, la yegua, Isabella, terrenos, Isabella… ¡Dios! ¡Necesitaba un respiro urgente! Quería escuchar una explicación de sus propios labios pero no era seguro para ella el que la tuviera frente a mí. Debía esperar a que me enfriara un poco y entonces escucharía más calmado lo que tuviera que decirme, mientras mi atención la concentraría en la yegua.

Nuestros temores se confirmaron cuando la yegua por fin se echó. Esos eran malos augurios porque si ya no se paraba sus pulmones colapsarían. A duras penas lográbamos pararla por ratos pero enseguida volvía a derrumbarse sobre la cama de paja. La hermosa yegua temblaba, sudaba y ya estaba demasiado débil. Se había rendido y se acostaba para morir, ya era seguro que no se salvaría y cuando los espasmos empezaron, tomé la triste decisión de sacrificarla, no tenía caso prolongarle el sufrimiento al pobre animal. El domingo por la mañana, muy temprano, después de pasar la noche en vela dándole una última oportunidad, ya no pude resistir y acabé con su sufrimiento. No quise que Trevor lo hiciera, era mi yegua y era mi deber.

Era una pena terminar de esa manera con un ejemplar tan hermoso y para borrar de ese amargo momento y quemar energías fui a cepillar a los otros caballos. Aún era temprano cuando empecé. Cepillaba con fuerza, con coraje, molesto y no solo por mi yegua sacrificada. Ya solo quedaba “Paloma” y parecía no gustarle que la cepillara tan vigorosamente, se movía y avanzaba un poco hacia delante, hacia atrás y despeinaba su crin recién desenredada.

–Quieeta…

Le susurré despacio y escuché como corrían la pesada puerta con un poco de dificultad. Entró el sol por ese lado y lentamente me giré furioso para ver quién me interrumpía cuando había dicho que no quería ver a nadie ahí.

Un calor me recorrió pero no fue suficiente para derretir la frialdad de mis ojos que se clavaron en la mujer que estaba de pie mirándome asombrada con la boca abierta. ¿Qué demonios hacía ella ahí? la miré fríamente y regresé mi atención a “Paloma”.

–¿Desde cuando llegaste? – escuché su voz como un susurro nervioso.

–Desde hace tres días.

Le hablé con indiferencia aguantándome las ganas de tomarla, ponerla sobre mis pernas y darle de nalgadas hasta que de una vez por todas le entrara en la cabeza que era mía solamente para después follarla duro hasta dejarla incapaz de caminar por unos días. Eso era lo único que quería en esos momentos y si no se iba…

–¿Por qué no me llamaste? – tuvo todavía el cinismo de preguntarme y no resistí el responderle.

–No entiendo tu enojo. Tú misma me pediste que me mantuviera alejado de ti y lo he cumplido – el lomo de “Paloma” estaba sufriendo las consecuencias de mi ira.

–Al menos me hubieras llamado al llegar – me contuve de contestar porque de verdad, solo faltaba un gramo más de insensatez de su parte para que eso no acabara nada bien para ella.

–Edward – insistió y me giré mirándola furioso pero frío.

–¿Tienes algo qué decirme, Isabella? – le pregunté sarcástico – Porque si no, fue un gusto saludarte pero estoy ocupado con mis caballos.

Isabella me veía extrañada, como si no me conociera y estuviera frente a un desconocido que le decía algo que no podía comprender pero que además le dolía.

–¿Por qué me alejas? – dijo con voz quebrada.

–Tómate un día más para “respirar” tranquila – remarqué el “respirar” con ironía –. No quiero verte, Isabella.

–Pero… ¿por qué?

–Vete, ya te dije que estoy ocupado..

Se quedó ahí, como paralizada por unos instantes y al ver que seguía con mi labor, cepillando a “Paloma”, se dio media vuelta y avanzaba hacia afuera de la caballeriza notablemente ofendida y enojada. Caminaba decidida y al pasar por la puerta le dio un golpe con la mano y enseguida supe que se había lastimado. Indeciso entre seguirla o no, no noté que “Tramposo” salía de su caballeriza y se iba tras ella.

–¡Hey!, ¡”Tramposo”!

Tiré el cepillo de mi mano, tomé una fusta y salí detrás de él que ya llevaba un trote veloz rumbo a Isabella.

–¡Regresa!

Grité de nuevo pero “Tramposo” iba directamente hacia ella que no había notado nada por ir corriendo, alejándose de mí como le había ordenado. ¡A buena hora se le ocurría obedecerme!

Corrí con todas mis fuerzas detrás del caballo y cuando lo alcancé, ya a pocos metros de Isabella, con la fusta le pegué en los cuartos traseros. El caballo no parecía haber sentido los fustazos y siguió hacia el frente, levanté mi brazo y con mucha más fuerza le di dos veces más. “Tramposo” por fin sintió la fusta y relinchó levantándose en sus patas traseras.

–¡Muévete!

Le grité a Isabella pero el susto la dejó inmóvil. Me lancé sobre ella y la empujé fuera del campo de visión del caballo y de sus patas, cayendo a un lado en un montículo de tierra y sobre ella, protegiéndola de alguna patada. “Tramposo” aterrizó sus patas delanteras muy cerca de mi rostro y suspiré aliviado de que no nos hubiera hecho daño.

–¿Estás bien? – le pregunté mientras veía al caballo salir corriendo hacia las canchas.

Isabella que temblaba bajo mi cuerpo apenas y logró asentir. Me puse de pie ayudándola también y después de estar seguros que no se había hecho daño con la caída, revisé su mano y tampoco era nada de cuidado, solo unos nudillos raspados.

–Espérame en las caballerizas – tomé la fusta del suelo para salir en busca de “Tramposo”.

–Edward no le pegues…

–¡Ve!

–Por favor, Edward no lo hagas – me suplicó.

–¡Por una puta vez en tu vida haz lo que se te ordena!

Asintió nerviosa y rápido se dio la vuelta.

–Y no te muevas de ahí.

Le grité y me fui detrás de “Tramposo”. Isabella hizo lo que le pedí y fue directo hacia las caballerizas. Por lo menos ahí estaría segura y fuera de la vista de ciertos asnos. Por fortuna, Billy ya traía de vuelta a “Tramposo”. Lo tomé de la brida y casi tuve que arrastrarlo. Sabía que había hecho mal y que le esperaba un castigo, los caballos contra lo que muchos dijeran, eran de los animales más inteligentes y ése era uno demasiado listillo.

Antes de entrar a la caballeriza, me asomé y vi que Isabella apurada, les daba a los demás caballos las manzanas y zanahorias que había llevado. Se los daba de la mano, sin necesidad de ningún trinche. Ningún caballo le resoplaba de mal genio o parecía que no le agradara esa mujer que les llevaba sus “golosinas”.

–Eso bonita, toma, y tú también preciosa.

Se había echado a la bolsa a las más difíciles y ellas estaban encantadas al estar siendo mimadas por ella. Hice suficiente ruido al entrar. Aunque el cuadro era muy conmovedor, ese caballo recibiría su castigo así que lo encerré en su caballeriza y como supuse, Isabella se acercó.

–No lo hagas, está castigado.

–Es un caballo, Edward, él no sabe…

–No le tengas lástima, es más inteligente de lo que supones.

–Prométeme que no le pegarás – me pidió conmovida.

–Salgamos de aquí.

Dije y me hice a un lado esperando por que saliera y una vez fuera se detuvo.

–Olvidé algo, en un momento estoy aquí.

No me dio tiempo de protestar cuando ya estaba de nuevo adentro. Mi instinto no me falló, y cuando la seguí, entre la abertura de la puerta pude ver que con rapidez, echaba algunas manzanas a la caballeriza de “Tramposo”. El caballo asomó la cabeza y ella lo acarició pegando su mejilla a él y le decía palabras susurradas al oído. El caballo agachó la cabeza y ella le dio un beso. Me alejé y cuando ella salió me miro con reproche y corrió hacia su auto. La seguí y la tomé del brazo deteniéndola.

–Para, Isabella.

–Yo creo que tienes razón – dijo agitada –, será mejor que nos veamos otro día, estás muy alterado y no quisiera correr la misma suerte que ese pobre caballo – la solté de mala gana y me subí a mi auto, salí del estacionamiento pero por el espejo retrovisor pude ver que ella no se movía de ahí.

***

Llegué a casa agotado y oliendo a todo menos a una persona decente. Me di un baño y me puse ropa cómoda para bajar a comer algo. En la cocina encontré una nota donde Harriet me decía que había comida en el refrigerador lista para ser calentada. Sonreí y seguí sus instrucciones para comer mi primer alimento decente del día. ¡Hasta los caballos habían comido bien y hasta con postre!

De inmediato la imagen de Isabella me llegó a la mente y la voz de Harriet a mis oídos.


“Tenle paciencia, Edward, ella es diferente, no quieras tratarla como a las demás”

¡Dios! Harriet me conocía muy bien. Ella sabía que tenía gustos especiales, diferentes, pero jamás me había hecho un comentario sobre alguna mujer que llevara a casa y que viera con cierta frecuencia. Nunca había salido de su boca nada referente a mi particular estilo de vida y jamás se inmiscuyó en ninguno de mis asuntos con el sexo femenino. Siempre discreta y amable, con las palabras justas y educadas hacia cualquiera de mis huéspedes, le agradaran o no, ella siempre se portaba a la altura.

Pero con Isabella era muy diferente. Yo sabía que se llevaban muy bien y que platicaban de vez en cuando, se tenían confianza, lo veía en los ojos de cada una. Isabella con su mirada agradecida hacia Harriet y ella con la mirada cariñosa, como las que me daba a mi hacia Isabella. Casi podría asegurar que esas dos mujeres ya eran muy amigas.

Terminé mi plato de fettuccini y mi gran filete y me dirigí a mi estudio para revisar la agenda que me había enviado Katie. Estaba saturado también esa semana y no tendría tiempo ni de respirar. Le hice algunos ajustes y se la envié de vuelta para que hiciera las llamadas necesarias para efectuar los cambios pertinentes. Ya por la noche acostado en mi cama, las imágenes de Isabella aparecieron de nuevo. Por más que trataba de mantenerme ocupado durante el día, siempre había un momento en el que me era imposible alejar ese rostro de mi mente. Vi el reloj en la mesita y aún era temprano. Tomé el teléfono y llamé a Billy para preguntarle si Isabella había regresado a las caballerizas como sospechaba.

–Ah sí, Bella regresó y les dio muchas más manzanas a todos los caballos y terrones de azúcar, ojala no se empachen y les dé un cólico.

–¿La señorita Isabella, se acercó a “Tramposo”? – Bella otra vez, todos la llamaban así menos yo, ese permiso que me dio en la casa de campo de Emmett en Bath, no era suficiente para mí, no era sincero.

–Ah sí, Bella se acercó y lo cepilló, lo hace muy bien jefe, sí.


¡Puto caballo traidor!

Azoté el teléfono molesto. Isabella seguía desobedeciéndome y yo no podía permitir que continuara con esa actitud indisciplinada. Por supuesto que no lo permitiría. La había dejado sola como ella me había pedido, confiando en su buen juicio y en que no haría nada que no tuviera permitido hacer, nada que me molestara, que estuviera fuera de sus límites, le di la oportunidad. ¿Y que hizo?

A la primera de cambios se fue a comer con el asno de Max.

¡Maldita sea, Isabella! ¿A qué estás jugando?

***

Pasé otra mala noche, sin poder dormir bien ni descansar. Mis pensamientos seguían concentrándose en esa mujer de cabellos y ojos chocolate. No lograba comprender porqué no podía separar a Isabella del resto de mi vida para que siguiera funcionando como el mecanismo perfecto que era. Mis emociones solían estar bien controladas y contenidas, tenían su horario y no les permitía salir y mucho menos interferir en mis asuntos en cualquier momento, cuando les diera la gana pero eso parecía ser algo de un pasado muy lejano. Ya no me sentía tranquilo y ese era el único lujo que no me podía permitir, en lo que respectaba a Isabella no.

Al poco rato de salir el sol ya no pude permanecer más tiempo en la cama. Fui a mi gimnasio a correr sobre la cinta y luego hice un poco de pesas. Subí a darme un buen baño y luego entré a mi vestidor; estaba tan distraído esa mañana que me tardé más de lo normal en elegir qué ponerme, cosa muy extraña porque nunca me llevaba más de un par de minutos. Terminé de vestirme y bajé a la cocina.

–Harriet, buenos días.

Ella me miró de reojo pero con una mirada acusadora y molesta. Sabía que lo estaba ya que desde que llegué me había preguntado cuando iría Isabella y yo le respondí que si quería saludarla que le llamara por teléfono. Si, había sido un grosero con ella lo sabía, pero el saber que Isabella y Max habían estado juntos me tenía hirviendo del coraje, por desobedecerme más que nada.

Me senté en la mesa de la cocina y Harriet me sirvió lo de siempre. Me distraje leyendo el periódico ya que ella no decía ni media palabra hasta que terminé y me levanté; antes de salir de la cocina me giré hacia ella…

–Harriet…

–Si quieres saludarme… – en eso sacó la mano de su bolsillo y me señaló su móvil – ¡Llámame! – y se giró dándome la espalda.

¡Dios! Esa mujer estaba de verdad enojada. Con el ceño fruncido dejé sobre la encimera de la cocina una cajita azul. Esperaba que le gustara lo que le había traído de Bali y que por estar pensando en su nueva amiga y en otras cosas no le había dado.

Ya en mi oficina, sentado en mi silla sentía que me ahogaban los contratos, oficios, reportes, análisis, planos, presupuestos y miles de asuntos por revisar. Katie había inundado literalmente mi escritorio y no me iba a dejar salir si al menos no terminaba de chequear la columna a mi derecha. Estaba concentrado tanto como podía en un balance cuando lo hice a un lado y tomé mi teléfono.

–Hola.

–Isabella, Paul estará fuera de tu oficina en media hora, iremos a comer.

–Pero no puedo, yo…

–Sé puntual – la corté.

Isabella, Isabella… siempre con sus pretextos y sus excusas que no me interesaban, si no había entendido lo que era estar siempre dispuesta para mi se lo iba a tener que enseñar sobre la marcha, también le iba a enseñar lo que significaba ser “obediente” y no hacer nada de lo que su dueño le prohibiera. Nada de jueguitos de adolescente con hormonas calientes e incontrolables. Le iba a demostrar lo que era estar con Edward Cullen y estaba muy seguro que algunos de mis métodos para disciplinarla no iban a gustarle nada, pero se había atrevido a hacer algo que muy bien sabía tenia prohibido, eso era como burlarse de mi y aún no había nacido quien se burlara y jugara conmigo y que me cortaran la cabeza si no iba a desear arrepentirse por eso.

Dos horas mas tarde, la esperaba en la mesa que siempre tenían reservada para mí en el “Pescatori”. 5 minutos antes de la hora, Paul me envió un mensaje de texto diciéndome que estaban a 2 calles de ahí. Así me gustaban las cosas, que se hicieran como las ordenaba, ¿era mucho pedir?

La vi llegar y entrar al lugar. Estaba muy hermosa pero seria, era de esperarse. Me puse de pie desde antes que llegara a la mesa y separé su silla, al tenerla ya cerca me incliné y le di un beso en la mejilla tomándola por su breve cintura.

Su olor me llenaba los pulmones con ese toque de flores frescas, simplemente exquisito. Me alejé de ella e internamente sacudí mi cabeza. Necesitaba despejarme. Una vez sentados, tomó rápidamente su copa de vino y le dio un sorbo grande; estaba nerviosa y estaba muy claro el porqué.

–¿Cómo estás, Isabella? – me miró con los ojos abiertos como platos y tragó.

–Bien, Edward, gracias.

–¿Cómo te fue en estas dos semanas? – le pregunté directo, sin rodeos.

–Bien – dijo con voz insegura –, con mucho trabajo pero logramos sacarlo todo a tiempo – asentí y ella continuó.

–Ya se dio a conocer a todos la nueva imagen de Flannagans, creo que ha sido un éxito, al menos su dueño está feliz – dijo con más entusiasmo –. Y a ti, ¿como te fue?

Me sorprendió que me preguntara y me agradó que le interesara algo mi trabajo – Hice todo lo que tenía planeado pero fue muy cansado, siempre las normas y requisitos de cada país son diferentes obviamente y algunas veces se hace mucho más difícil obtener permisos para tener todo en regla. La burocracia es increíblemente desquiciante en ciertos países.

–¿Pero no tienes gente que haga todo ese trabajo pesado por ti? – frunció el ceño, interesada.

–Sí, pero a veces es necesario hacerte presente y moverte solucionando problemas y manejando a la gente local, que vean como se hacen las cosas.

–¿Y volverás a irte pronto?

–¿A Bali? – sonreí –. Espero que no, dejé todo listo para que empiecen con la construcción. Si surge algo alguien irá en mi representación.

–¿Fuiste a Bali? – me miró diferente, como con un brillo en los ojos –. Debe ser hermoso.

–Lo es. Es un lugar fascinante, mágico diría yo.

–Algún día iré – dijo segura con una sonrisa.

Nuestros platos llegaron. Yo ya había ordenado, ya tenía una idea de los gustos de Isabella y no fallé. Verduras, pescado y arroz al curri. Comió con entusiasmo y mientras íbamos devorando nuestro almuerzo ella se relajaba más pero yo no podía olvidar mi enojo. En un momento me sonrió…

–¿Lo estás pasando bien? – ella asintió mientras se llevaba un poco de arroz a la boca.

–¿Tan bien como en tu comida con Max?

Isabella tosió atragantándose con los granos de arroz, palideció al instante. Le acerqué un vaso con agua y se lo tomó casi todo.

–Prometiste no vigilarme – me acusó ofendida cuando logró dejar de toser.

–No te prometí nada, Isabella, sin embargo lo hice y respeté el tiempo que me pediste – me miraba con la cara descompuesta y los puños cerrados sobre la mesa.

–Desafortunadamente para ti, has dejado de ser una persona anónima, eso no lo pensaste cuando me elegiste, ¿verdad? – sonreí porque con verle la cara era suficiente como para saber que estaba en lo correcto –. Ha llegado el momento en que te des cuenta que has dejado de ser la chica oculta que eras, ahora eres mi mujer y muchos ojos están puestos sobre ti.

–Tu mujer… – repitió en una exhalación muy suave.

–Así es, Isabella, mi mujer – atrapé su mano –. Todos saben quien es Edward Cullen y que no me ando por las ramas. La mujer que esté conmigo lo es en todos los aspectos. Me resulta muy extraño que te cohíbas con lo que te digo, fue lo primero que debiste pensar al acercarte a mí.

–Yo… la verdad, no pensé en eso – confesó mortificada.

–Pues es una lástima que no lo hayas hecho, Ya no es tiempo para arrepentirse, Isabella, en muy poco tiempo todo el mundo sabrá que eres la consentida hija del magnate acerero más importante de los Estados Unidos y no habrá lugar al que vayas en el que no te reconozcan y eso, mi querida, no es culpa mía –apreté más su mano jalándola hacia mi sobre la mesa.

–Y si piensas que me enteré de tu agradable almuerzo con Max porque te mandé seguir, estás equivocada – le aclaré mirándola fijamente –. Te vieron, Isabella, a ti y a ese imbécil, y como siempre pasa, no puedes ocultar una travesura, en algún momento saldrá a la luz y mira, qué pronto salió la tuya ¿no?

Isabella se quedó en silencio, más pálida que al principio y su mirada perdida en algún objeto sobre la mesa, analizando cada palabra que le había dicho.

–Yo no…

–Cállate y escucha – dije conteniendo mi coraje porque sabía lo que iba a decir –. No estoy dispuesto a soportar tus desobediencias. No quieres conocerme realmente enojado, Isabella, y no te lo recomiendo, por tu bien, te conviene ser una niña bien portada – juntó las cejas.

–No quiero que pienses solo quiero que hagas lo que te diga, ¿entendido? – sentía que por mi cara corría todo el flujo de sangre que no corría por la de Isabella. La sentía arder, caliente. La vi bajar la cabeza y negar sutilmente.

–¿Entendido, Isabella?

–Sí, Señor – respondió en voz baja y con la mirada perdida, como pensando en cómo salirse del embrollo en el que se había metido. Tragué en seco y bajé mi mano; la puse en su muslo y lo apreté con fuerza. No le iba a dar esa oportunidad, ya no. Era mía y no podía alejarse de mí, no podía perderla.

¿Perderla?

Una voz en mi cabeza me preguntó sarcástica.

¿Te escuchas?, ¿tú considerando que exista la posibilidad de que te deje una mujer?, ¿te escuchas, Edward Cullen?

Terminamos de comer en silencio. Ya ninguno tenía nada que decir en ese momento. Ella nunca volvió a subir la cabeza, no parecía enojada, estaba pensativa, y como no, le acababa de hacer ver que su vida como la conocía se había acabado y era la más absoluta verdad. Para su desgracia, no faltaba mucho para que en las revistas de nota rosa empezaran a preguntarse quien era la mujer que me acompañaba. Lo sentía por ella porque apenas se estaba dando cuenta de que su vida estaba cambiando en muchos sentidos y unos, no eran para nada agradables.

Esa tarde había llevado conmigo un juego de pulsera y aretes de brillantes y rubíes que había comprado en Bali para ella. Quería dársela pero sería como premiarla y no se merecía mi obsequio. Se lo daría cuando aceptara lo que era, con todo lo que implicaba ser mía. Tenía que entenderlo y grabárselo en la mente; cuando eso ocurriera, solo entonces, recibiría mis regalos y mi aprobación sincera.

Al salir del restaurante la llevaba de la cintura, ella iba tensa completamente pegada a mi cuerpo. Antes de subir al auto la giré hacia mi y levanté su barbilla con mis dedos.

–Esta noche te quiero en el penthouse – ella asintió enseguida.

–Sí, Señor – dijo en un susurro.

–A las 8 en punto.

–Sí, Señor.

–Así me gusta – sonreí y le di un beso en los labios.

***

–Hola, niño bonito.

–Hola, mentiroso.

–Hey, ¿por qué la agresión? – Emmett siempre a la defensiva.

–¿Es necesario que te lo diga?

–Humm. ¿Por qué no nos has llamado?, ¿todo bien?

–No. Todo está de la mierda – exhalé harto.

–Uhh, ¿tan rápido hay tormenta en el paraíso?

–Mmm digamos que le está costando un poco adaptarse a mi carácter.

–Ah ya, Don posesivo ya salió a la superficie, con razón se asustó.

–Emmett, yo nunca he ocultado como soy y hasta cierto punto puedo entenderla, cambiar su vida tan libre sin rendirle cuentas a nadie de un momento a otro no es fácil y yo no hago concesiones, conmigo es todo o nada.

–Es que tú vas hasta el extremo, pobre Bella – odié ese comentario.

–¿Pobre? – le pregunté –. Creo que me conoces muy bien y sabes que yo jamás he obligado a nadie a hacer nada en contra de su voluntad, así que no tienes porqué compadecerte de ella, te aseguro que no es tan débil como piensas.

–¿Por qué lo dices?

–No voy a aclararte nada, soy muy discreto y eso no te concierne, además yo no le doy explicaciones a nadie.

–Uy, que sensible estás solo porque Bella no se “adapta” – dijo la última palabra un poco burlón.

–No, no es solo eso – me recargué en mi silla de cuero mientras me pasaba la mano por la cara –. Compré una yegua, la mandaron desde Portugal pero vino enferma y tuve que sacrificarla.

–Que jodido, amigo – exhaló – pero estaba asegurada, recuperarás tu dinero, ¿cual es el problema?

–¡Era un animal, Emmett! – casi le grité – Era preciosa, y no es el dinero, ya lo sabes… era un regalo para Isabella.

–¿Qué? – gritó incrédulo – ¿Tú ibas a regalarle un caballo a Isabella?

–Una yegua.

–Es lo mismo, pero dime, ¿por qué ibas a darle eso?

–¿Por qué no?

–Nunca le habías regalado algo así a alguna de tus… chicas.

–Deja de pensar en Bella de esa manera – le demandé.

–¿Cómo debo tomar lo que me acabas de decir? – se escuchaba sorprendido, diablos…

–Olvídalo, hazme ese favor.

–Eso será un poco difícil. Edward Cullen, mortificado porque su… “chica” no se adapta y porque el caballito que iba a regalarle y que seguro le debió haber costado una fortuna se murió…

–Emmett… – le advertí.

–Ok, Ok, pero dime, ¿ella ha estado bien?

–¿Por qué te preocupas tanto por ella? – le pregunté intrigado.

–Bueno, yo… yo no… son las chicas – confesó –. Ellas están preocupadas por Bella, no te cuesta nada decirme para tranquilizarlas.

–En efecto no me cuesta nada pero no me da la gana – vociferé –. Ese par de arpías hicieron sentir mal a Bella y no se los voy a perdonar, si están preocupadas, ¡qué bueno! Es lo menos que deberían hacer.

–Hey, cuidado, es mi Rosie de quien estás hablando, Edward.

–Claro, esa misma Rosie que humilló y ofendió a mi chica, si la recuerdo bien, Emmett – me callé esperando su respuesta pero no llegó, sabía que yo tenía razón y que haría lo que fuera necesario para mantenerla alejada y protegida de esas bocas venenosas de las que dijeron alguna vez ser sus amigas.

–Vamos, Edward, no están haciéndole daño, solo quieren saber si está bien.

–¿Acaso creen que yo si voy a lastimarla? – espeté furioso por la desfachatez de esas brujas.

–Sabes que no es eso, son chicas, Edward, entiéndelo necesitan saber – insistió.

–Ella está bien, ya te lo he dicho.

Emmett y yo seguimos al teléfono por un rato más. Me tranquilicé porque después de todo él no tenía culpa alguna del lío con las chicas, luego cambiamos de tema y hablamos del proyecto de Brasil en donde él, Jasper y yo teníamos puestos los ojos.

***

Después de hablar con Emmett las horas se me fueron como agua entre los dedos. Logré despejar mi escritorio de tanto papel por revisar y firmar y salí deprisa hacia el penthouse. Me di un buen baño con los chorros dirigidos a mis hombros y espalda baja. La tensión se acumulaba ahí y el agua caliente ayudaba mucho. Si no lograba destensarme tendría que visitar a Jessica y no sabía de donde sacaría el tiempo para hacerlo.

Me vestí, bajé y mientras esperaba que Isabella llegara le di instrucciones a Waylon para que después de que sirvieran la cena, desaparecieran todos de ahí, no quería a nadie cerca. Mi teléfono vibró y vi que era un mensaje de Paul, estaba a 5 minutos del penthouse. Giré en el hielo la botella de champagne que estaba lista para ser abierta en cualquier momento.

Escuché abrirse las puertas del elevador y me di la vuelta. Una mujer muy diferente de la que me había despedido esa tarde estaba ahí de pie mirándome con un brillo en los ojos que me hizo sentir esperanzado. Me hizo sentir seguro y confiado de que esa mujer no iba a huir de mi lado, de que esa mujer estaba segura del suelo que pisaba y de cada paso que daba hacia mi sin despegar esa mirada brillante de mis ojos que la veían extasiado. Se detuvo a mitad del hall y con mucha lentitud comenzó a desabotonar cada círculo de su abrigo largo. Cuando terminó con el último botón abrió la prenda y sentí descolocarse mi quijada.

–Buenas noches, Edward, Señor…

El abrigo negro fue descendiendo por sus hombros y brazos dejando al descubierto un hermoso vestido rojo…

Rojo, Isabella estaba vestida de rojo…

Tragué con un poco de dificultad y rápido me puse detrás de ella para terminar de quitarle el abrigo. Me pegué a su cuerpo y no pude resistir tocar antes sus hombros, rodearlos con mis manos y sentir la suavidad de su piel que emanaba un calor contagiante. En un instante mis pantalones se encogieron, los sentía más angostos y a punto de reventar. Estaba totalmente excitado y todo por la mujer contra la que suavemente comencé a frotarme instintivamente. Ella no estaba nerviosa y eso hacía crecer mi deseo, mis ansias por poseerla ya consciente de todo lo que implicaba estar ahí conmigo. Ya no había trabas, ni dudas, ni tiempos de espera ni de reflexión. Ya todo estaba dicho sin palabras, estas salían sobrando en un momento como ese; todo estaba implícito en ese silencio, en ese acuerdo tácito que estábamos celebrando en ese momento.

La rodeé por la cintura desde atrás y la pegué mucho más a mí. Ella gimió y el abrigo cayó al suelo. Su espalda desnuda se recargó en mi pecho que con dificultad se llenaba del aire que nos rodeaba. Me costaba trabajo respirar por lo que sabía que estaba ocurriendo. Diablos, yo nunca me sentía así, abrumado por una mujer pero Isabella no era cualquier mujer, era quien se estaba entregando a mi completamente, sin pretensiones, sin nada más que desear que la enseñara a sentir…

–Vamos a cenar – dije haciendo un esfuerzo titánico por controlar mis impulsos.

Isabella, se giró y me sonrió. Me agaché adolorido a recoger el abrigo y lo dejé en algún sillón del salón. De mi brazo avanzamos hasta el comedor. La ayudé a sentarse y descorché la botella fría. Con su copa y la mía casi llenas del burbujeante líquido y sin dejar de mirarnos, las chocamos brevemente en silencio y tomamos de ellas. Waylon sirvió la cena junto con su sobrina e inmediatamente Isabella se dispuso a servirme.

–No esta noche – dije con la garganta seca –. Te serviré yo porque después me servirás tú…

Ella bajó la mirada, sonreía tímida pero había algo de coquetería en ella y juré que mi pantalón reventaba sus costuras. Durante toda la cena ninguno de los dos dijo nada, solo los ruidos del choque de nuestros cubiertos contra la porcelana se escuchaban junto con nuestras respiraciones excitadas mientras nuestros ojos no dejaban de mirarse.

No pude terminar el plato principal. Me puse de pie y la tomé de la mano. Isabella se levantó y mi necesidad de ella, de sentir su cuerpo recibir el mío era tanta que casi la arrastré hasta las escaleras y antes de subir la cargué en mis brazos. Subí con rapidez y la llevé directamente a mi habitación. Cerré la puerta con un pie y avancé hasta dejarla suavemente de pie junto a la cama.

Coloqué mis manos alrededor de su cintura y las bajé acariciando sus curvas, luego las subí hasta su rostro y la besé con fuego, con ardor, con algo violento que tenía dando vueltas en mi pecho y bajaba hasta mis ingles, mi entrepierna y me provocaba un dolor para el que solo Isabella tenía el remedio.

–A partir de aquí ya no hay vuelta atrás, Isabella – la besé apoderándome de esos labios.

–Eres mía hasta que me canse de ti.*

*

*

*


Helloo! ¿Qué les pareció? Me parece que alguien está realmente atrapado, ¿será eso o es sólo mi imaginación? Díganme ustedes qué piensan…. Y si este capi les gustó, les aseguro que el siguiente las dejará… sin palabras, los recuerdos fluyen y llegan a oídos que… bueno, será mejor que estén pendientes jejeje.


Les recuerdo las nominaciones que tuvo “Eres todo lo que tengo” en los Fanfiction Adicction Awards para “Mejor Fic del año”, “Mejor Fic de Drama”, “Mejor Fic de Romance” y “Mejor Lemmon”. Si Les gusto esta historia y quieren votarme, lo cual les agradecería mucho, pueden hacerlo en el enlace que esta en la columna lateral. Hay autoras excelentes, dense una vuelta y voten.


También mencionar la entrevista que me hicieron para el primer número de la Revista Mundo FanFiction. La revista está estupenda y es de una gran calidad, Felicidades y mil gracias por la entrevista. El enlace esta en la columna.


Ootra cosita también muy importante: estoy participando en el “Hateful Lemonade Contest 2”, con “Ladrón de Recuerdos” un One Shot diferente. Las votaciones empiezan el 1º de Octubre el enlace ya saben, en la columna lateral para que lean el mío y otros muy buenos como el de mi amigocha Saraes.


Como siempre, pido un aplauso para mi Beta adorada Isita María por su excelente trabajo y orientación y a ustedes de nuevo y a mi Cari querida por estar siempre ahí. MIL GRACIAS!


Besitoo
Li

viernes, 16 de septiembre de 2011

Perdón, Señor...





–Por Favor, Señor, no se enoje, le prometo que apenas este listo el capitulo lo subo, ¿si? 


–Espero que sepas bien a que te atienes si no me cumples, Li…


–Lo se bien, Señor y confio en que usted no sera muy duro conmigo si no lo hago.


–Mas vale que no te hagas ilusiones y que te apresures, ya sabes que no soy muy paciente.


–Hare todo lo que pueda, se lo aseguro.


–Asi como yo te aseguro que tu castigo sera lento si me defraudas.


–¿Lento?


–Si, Li, lento y muy duro...


*****














Hola Chicas! De nuevo por aqui muy feliz por haber sido nominada por "ERES TODO LO QUE TENGO" en los FANFICTION ADDICTION AWARDS para las siguientes categorias: (He sido incluida en una nueva nominacion, mejor LEMMON!)


– Mejor Lemmon!





– Mejor Fic del Año


–Mejor Fic de Drama


–Mejor Fic de Romance


Gracias a ustedes estoy entre los Fics con mayor impacto este año, les agradezco inmensamente el tomarme en cuenta y si desean votarme, pueden hacerlo dando click en el link lateral.


MIL GRACIAS CHICAS!!!


BESITOO
Li



domingo, 11 de septiembre de 2011

CAPITULO 16

Ofensas y esperas impacientes.


"Lo mejor es perseguir cosas imposibles. Luego, cuando ya no lo haces, la vida no tiene sentido"
La Buena Vida.



BELLA’S POV

–¿Todavía quieres huir de mí?, ¿alejarte y esconderte…?

Escuchaba su voz, pero no lograba concentrarme en el significado de sus palabras, sus dedos dentro de mí desconectaban toda mi razón.

–Creo que seguiré demostrándote el porqué es que no puedes hacerlo…

Me estremecía entera, mi cuerpo recuperaba el temblor que me provocaban los movimientos de sus dedos y yo sólo sabía que era inevitable, Edward me daría otro orgasmo apoteósico. Giró la mano y sus dedos comenzaron a tocar mis paredes frontales, era un toque muy suave, gentil pero que me elevaba con rapidez sintiéndome impulsada además de ellos por un calor abrasante. Los gemidos salían desvergonzados de mi garganta y entonces sentí los labios de Edward besar mi cuello y mis senos.

El calor fue subiendo de intensidad y ya no fui dueña de mi cuerpo ni de mis reacciones. Solo me retorcía víctima del delicioso placer que me regalaba mientras hacía esfuerzos para proporcionar aire a mis pulmones. Edward succionaba con mucho cuidado mis delicados pezones y se disparaban las mas increíbles sensaciones hacia todo mi cuerpo. Gemí intentando retener ese cúmulo de vibrantes descargas, pero él lo notó…

–No, Bella, no lo hagas, no te reprimas, córrete – me dijo con voz excitada pero sin dejar de ser de suave terciopelo –, córrete para mí, Bella…

Si acaso yo había intentado evitarlo, sus palabras bastaron para que mi cuerpo se soltara y dejara fluir ese río de lava electrizante que recorrió todo mi cuerpo llenándolo de un inmenso placer. Me sentí subir a lo mas alto de un rascacielos y dejarme caer segura de que él estaría ahí para impedir que me estrellara contra el concreto. Lo sabía porque confiaba en él.

Edward no dejaba de mover casi imperceptiblemente sus dedos dentro de mí, sus labios tampoco dejan de rozar mis sensibles puntas impidiendo que pudiera recobrarme y volver a mi estado normal, yo no podía dejar de temblar sobre la dura superficie de la mesa mientras él no dejara de tocarme y no parecía querer dejar de hacerlo. Poco a poco mi respiración fue recobrando un ritmo más tranquilo, entonces sus dedos abandonaron mi interior y jadeé.

–Bien hecho – susurró a mi oído al mismo tiempo que regaba suaves besos detrás de mi oreja y en mi cuello y que no dejaban que esa electricidad que aún corría por mi cuerpo se extinguiera.

Agotada por todo lo que acababa de experimentar, yacía desmadejada sin poder moverme; el darme cuenta de lo que había logrado sentir con esos orgasmos fue contundente. Eran tantas y tan diferentes todas las emociones por las que había pasado durante toda la semana que al llegar a casa de Edward sentía que me ahogaba. Las presiones que tenía no eran pocas y no estaba manejando bien mis emociones, pero al estar sometida a sus deseos, a sus juegos y a su particular forma de demostrarme su interés, me dejé ir y con cada perversa pinza colocada en mí y con cada ardiente nalgada recibida, Edward había logrado sacar cada una de esas agobiantes y pesadas inquietudes de mi cuerpo y de mi mente. Prácticamente las había castigado, sacado a golpes y no podía negar que me asustara el darme cuenta del enorme alivio que sentía. Me había llevado del dolor al placer, y del placer al éxtasis. Como una revelación, comprendí que inconscientemente estaba atrapada, pegada, unida a él y me dio miedo.

Me mantuve con lo ojos cerrados, no quería verlo a la cara y mucho menos directamente a ese par de verdes llamaradas que seguramente con sólo mirarme sabrían lo que sentía y lo que pensaba. Ése era un poder que Edward manejaba muy bien, me daba la sensación de que podía leer mis pensamientos y entonces yo actuaba como si efectivamente lo hiciera y supiera todo lo que giraba por mi mente. Mis deseos, mis miedos, mis enojos, todo, no me sentía capaz de ocultarle nada, me sentía desnuda frente a él, mucho más que sólo desarropada de las prendas que vestían mi cuerpo.

No entendía como era que no había podido retraerme y soportar, abrazar esa sensación y guardarla en lo más profundo de mi ser. Las palabras de Edward resonaban como repiqueteos de campanas en mis oídos repitiéndome una y otra vez que sólo él podía llevarme a conseguir ese placer y hasta esos niveles inimaginables, que no debía y que no podía huir de él aunque en realidad si quería hacerlo porque además de confusión, todo eso me provocaba miedo al poco a poco ir descubriendo que mi cuerpo tenía más decisión que mí razón. Mi cuerpo lo necesitaba y no estaba segura de cómo me podría manejar a partir de ese momento. No sabía cómo acallar el miedo que eso significaba para mí porque me daba cuenta demasiado tarde que estar con Edward exigía mucho más que solo decir, “Sí, Señor”. No era lo que yo había imaginado que sería, todo iba mucho más allá y requería de mi tal vez mucho más de lo que yo estaba dispuesta a dar de propia voluntad. Pero algo en mi cerebro sacudía mi cabeza y me gritaba como un general mandón del ejército que yo podía, que yo tenía la fuerza y que no me dejara rendir por un par de calientes nalgadas en el trasero, que sacara a la mujer fuerte que habitaba en mi interior y que hiciera todo lo necesario para entender el mundo al que yo le había pedido entrar para ser una sumisa.

Ser sumisa requería mucho más que buena disposición, obediencia y los deseos de serlo. Era necesario prepararse para ello y entendía ya que Edward no había exagerado cuando me sugirió que debía alimentarme mejor y ejercitarme. Me reí en mi interior al ver realmente toda la ironía que envolvía todo este mundo oscuro. La sumisa era todo menos eso. No era una muñeca que debía comportarse y solo obedecer, se necesitaba carácter, fuerza e inteligencia para ser capaz de aceptar tanto ordenes, castigos o cualquier cosa que tu amo deseara, debías hacerlo de buena disposición sabiendo que eso significaría el placer de tu amo y su felicidad que por consiguiente, la tuya propia. Para llegar a ser una sumisa se necesita todo menos ser una en realidad. Para serlo se nacía, nadie se hacía, y de pronto una grave duda me rondó. No sabía si yo había nacido para serlo, si tenía el carácter necesario para poder manejar o tan siquiera entender la personalidad tan envolvente y extremista de Edward. Era mucho, demasiado el placer al que podía llevarme pero así como disfrutaba de él, robaba todas mis energías y mi cordura, me dejaba incapaz de reaccionar por un buen tiempo y eso era preocupante.

De mi garganta salió un suspiro de sorpresa. Edward me tomó en sus brazos y me llevó a la cama de esa misma habitación. Mi trasero un poco adolorido y caliente agradeció la suavidad de las frescas sábanas de seda; me depositó sobre ellas y se dirigió al baño. Escuché correr el agua en la bañera pero no quise pensar en nada más, estaba relajada porque sabía que no habría más dolor. El cansancio me hacía sólo querer dormir y solo esperaba el momento en que pudiera hacerlo. Me estaba dejando llevar cuando él regresó y me cargó llevándome al baño y muy despacio me introdujo en la tina, él entró también y se sentó acomodándome en su regazo. El agua estaba caliente y envolvía mi cuerpo deliciosamente, jadeé ante la calmante sensación.

–Shhh, tranquila, Bella, shhh.

Me decía Edward al oído como en un susurro y dejé mi cabeza descansar en su pecho. Con mucho cuidado pasaba una esponja llena de espuma por mi espalda haciendo círculos pequeños que la recorrieron toda hasta llegar a mi derrière, la dejó a un lado y bajó un poco más la mano acariciando muy suavemente mis nalgas. Lentamente después de un rato de estar concentrado en esa zona de mi anatomía, dirigió su atención a mi vientre que sentía la esponja que había vuelto a tomar y que poco a poco fue subiendo hasta mis senos.

Con excesivo cuidado los rodeó y llenó de espuma, con la mano la extendió por ambos senos y me moví ligeramente. Un suave beso en el oído me desconcentró por unos segundos, hasta que sus pulgares rozaron mis pezones. Edward estaba acariciándome tan tiernamente que mi mente empezaba a girar de nuevo. Giré mi rostro a su pecho mojado y el vello me hizo un poco de cosquillas y a él también porque rió casi inaudiblemente y de pronto tuve sus manos entre mis piernas. Me tensé pero los suaves y delicados besos detrás de mi oreja y en mi cuello distrajeron un poco mi atención mientras su mano con expertos movimientos se introducía en mis pliegues y yo me estremecía.

–No, Bella, nada de eso – me reprimió como si regañara a una niña muy pequeña –, ahora es momento del baño solamente –. Tomó mi barbilla con su mano libre y acercó sus labios a los míos. Edward Cullen me besaba con una suavidad y ternura que tiró todas mis barreras, se borraron los temores y las dudas y en esos segundos que duró el beso no quise estar en ningún otro lugar del planeta más que en esa bañera, en sus brazos, siendo besada y cuidada por él.

Soltó mi barbilla y recogió un poco de espuma poniéndola en mis mejillas. Sus ojos me miraban como si no hubiera otra cosa a su alrededor. La mirada era intensa y estaba cargada de deseo, ya podía reconocer ese fulgor que brillaba en sus ojos cuando se posaba sobre mí. No me moví. Edward enjuagó mi cara y me volvió a besar. ¡Dios! Todo me daba vueltas…

Salimos de la bañera y me envolvió con una toalla tibia; él solo enrolló una alrededor de sus caderas y regresó su atención a mí. Paseó la toalla por mi cuerpo mojado y me levantó en sus brazos cuando estuvo seguro que ya me encontraba lo suficientemente seca. Me llevó a mi habitación y me recostó en la cama. Él entró de nuevo al baño y aproveché para ponerme de pie. En ése momento más que nunca necesitaba espacio y tiempo para pensar ya que el voluble carácter de Edward no me permitía tener un pensamiento coherente y desde luego no me sentía capacitada para poder emitir un juicio y mucho menos tomar una decisión confiable.

Muy despacio entré al vestidor y tomé unos jeans, un suéter y ropa interior cuando brinqué asustada, sorprendida por su voz.

–¿Qué estás haciendo? – sonó más confundido que mis pensamientos en ese momento.

–Vistiéndome – respondí calmada –, me voy a casa.

–Estás en casa, Bella – dijo tomándome por los hombros con suavidad –. Ya aclaramos las cosas, no tienes porqué irte – me pegó a su pecho desnudo y aspiré su venenoso e hipnotizante aroma.

–No, Edward, no hemos aclarado nada, yo estoy más confundida que nunca y necesito estar sola – dije separándome de él y viendo cómo su rostro iba transformándose de uno tranquilo y hasta comprensivo a uno molesto que me miraba con ganas de fulminarme.

–No he dicho que puedes irte – su voz también cambió y me respondió frío y arrogante.

–Por favor, Edward, te lo pido, dame unos días sin llamadas, sin vigilarme, sin ir a verme por las noches, déjame analizar tranquila todo lo que está sucediendo y te prometo que pronto te tendré una respuesta definitiva – le pedí con toda la sinceridad posible.

–No la necesito, Isabella – me dijo soberbio –. Tú y yo acordamos algo después de que me insistieras para que te tomara bajo mi tutela, te dí mis condiciones y las aceptaste todas y cada una de ellas, ignoraste las muchas oportunidades que tuviste para que renunciaras a esto pero aquí estás, eso para mí es un sí definitivo, no tienes nada más que pensar – me quitó la ropa de las manos.

–Tú no puedes negarme lo que te pido – lo miré levantando la barbilla, segura de mí.

–¿Por qué te retractas ahora? – entrecerró esos ojos que brillaban más verdes que nunca –. Aún esta noche tuviste la posibilidad de irte y no moviste ni un solo dedo para escapar de aquí, dejaste que te hiciera mía sin poner ningún pero – tomó mi cara con una mano –. Eres mía, Isabella, no sé que diablos tengas que pensar después de eso.

–Yo no…

–Te quedaste callada, para mí eso es más que suficiente – me interrumpió.

Me di media vuelta dándole la espalda, tomé mi cabeza entre mis manos. Estaba desesperada, esa era una de las otras “virtudes” que Edward tenía, la capacidad de hacerme perder la paciencia y de hacerme sentir acorralada.

–No pienses demasiado las cosas, Isabella, sólo deja que ocurran – por un momento creí notar una diferencia en su tono, tal vez más suave –. Tú ya no tienes que preocuparte por nada, eso déjamelo a mí – suspiró y me abrazó por detrás –. Es nuestro acuerdo, no hay marcha atrás…

–¿Nuestro acuerdo? – me giré violentamente – Yo no he visto ningún acuerdo, ni contrato, ni nada que se le parezca, tampoco he firmado nada así que puedo retractarme en cualquier momento, nada me obliga a permanecer junto a ti.

–No te engañes, Isabella – dijo con la mandíbula tensa –. Sabes que no puedes estar alejada de mí, ya eres una sumisa y disfrutas siéndolo. ¿No lo ves?, gozas de todo esto, es algo más fuerte que tú, por eso te quedaste, porque en tu interior lo sabes y lo aceptas.

–No es verdad, yo no disfruto esto…

–Sí, sí que lo haces – dijo con una sonrisa cínica –. Y sabes bien que el único que puede hacerte llegar tan alto, el único que te hace disfrutar de esa manera soy yo… por eso no huirás de mí.

Me sentí impotente porque en parte tenía mucha razón.

–Pero no te preocupes, mi querida Isabella – aventó la ropa a una silla –, tendrás lo que me pides – se dirigió a la cama y de un jalón quitó el pesado edredón y las sábanas que la cubrían –. Tendrás dos semanas para estar sola como deseas.

–¿De verdad? – pregunté asombraba por que no creía lo que escuchaba, me estaba dando el tiempo que necesitaba –. Gracias, Edward – le dije feliz.

–Me voy por un viaje de negocios, Isabella – dijo serio –. No pienses que he accedido a tu petición, es sólo una mera coincidencia que salió a tu favor.

–¿Qué? – pregunté decepcionada.

–Lo que oíste y ahora métete a la cama, quiero una buena despedida…

Esa noche, Edward me hizo suya varias veces. Las primeras con ímpetu, con fuerza y yo disfruté de cada uno de ellas, sería muy cínica si lo negara, luego, fue cariñoso, suave, tierno. Cuando era así me daba más miedo porque no sabía como reaccionar ante él, lo conocía mejor cuando ocultaba esa otra faceta suya aunque no me disgustaba el Edward suave, era como probar el mismo postre pero cocinado por diferentes personas con las mismas recetas e ingredientes, obteniendo el mismo delicioso resultado pero con diferentes formas de batir la mezcla. Bonita analogía que hacía de eso, pero era verdad, era muy parecida la comparación.

Sólo la última vez que me hizo suya fue totalmente diferente a las anteriores. Tuvo mucho cuidado en tocarme, en acariciarme, en besarme. Fue muy gentil y me sentí por extraño que pudiera parecer, me sentí querida y no como una sumisa, sino como una mujer real.

Sentirlo así fue maravilloso. Mi cuerpo vibraba emocionado al ser acariciado de tal forma. Gemía y me retorcía bajo su cuerpo, mis pezones endurecidos deseaban ser besados y succionados por sus labios que parecían saberlo y los complacían; mi cuello también reclamaba su atención y mi pelvis de elevaba buscando friccionarse contra la suya y en especial contra su viril erección. Edward no esperó mucho para hundirse en mi y comenzar con los embistes que se transformaron en una suave y rítmica danza con nuestros cuerpos. El conocido calor en mi vientre comenzó a hacerse insoportable de contener y mientras luchaba por eso, Edward gemía cada vez que se introducía completamente en mí.

–Córrete, córrete conmigo, Bella.

En ése momento grité su nombre aferrándome a sus caderas con mis piernas que lo abrazaban, incrusté mis uñas en su espalda y mi cuerpo se arqueó en respuesta al placer que me daba. No sabía como explicarlo pero la excitación que llenaba mi ser esta vez era diferente, tenía una intensidad que no podía medirla y no podía compararla con las veces anteriores. Edward tenía razón, él me conocía y sabía como conducirme hasta esos niveles inimaginables de locura, de éxtasis, no podía negarlo porque mi cuerpo lo sabía y yo también.

***.

Me removí en la cama buscando ese calor y los brazos que me lo proporcionaron durante la madrugada. Estiré mis brazos sin abrir los ojos y no encontré nada. Las sábanas ya estaban frías pero mi mente no me engañaba y tampoco lo había soñado. Edward se quedó conmigo toda la noche, yo lo había sentido. Había dormido abrazada a su cuerpo y él había enredado sus piernas con las mías.

Muy despacio abrí los ojos buscándolo por toda la habitación en penumbras gracias a las cortinas pero tampoco lo vi. Seguramente se estaría dando un baño y esperaría su desayuno pero yo no iba a mover ni un dedo para preparárselo. Mis días libres empezaban desde ese mismo momento, así que fui directo al baño, me di una ducha muy merecida y me vestí con unos jeans y una blusa. De vuelta en la habitación abrí las cortinas y algo en la mesita de noche llamó mi atención. Un sobre amarillo con mi nombre escrito con una impecable y hermosa caligrafía...

Lo abrí y dos fajos de billetes muy bien acomodados y empacaditos estaban dentro junto a un sobre más pequeño que contenía una tarjeta de crédito. La conocía muy bien ya que por esa misma tarjeta había tenido un disgusto con mi padre. Era una de ésas platino, con un crédito tan exorbitante que era ridículo. No la necesitaba y si no se la había aceptado a mi padre mucho menos la aceptaría de Edward.

Salí de mi habitación, fui a la suya y golpeé la puerta varias veces pero no obtuve respuesta. Entré sin importarme nada pero sólo encontré el aroma almizclado y de maderas que flotaba en el ambiente. Él ya no estaba. Se había ido.

Furiosa, molesta y ofendida, bajé y me dirigí a la cocina, ahí estaba Harriet y me miraba preocupada.

–Buenos días, Bella – dijo con un poco de timidez –. Edward ya se fue.

–Ya lo sé – respondí enojada –. Oh, Harriet, lo siento mucho, perdóname, no fue mi intención – bajé la mirada apenada por mi grosería.

–No te preocupes, Bella, no pasa nada, ven – jaló una silla del comedor que ahí había –. Te preparo algo, dime que se te antoja, anda.

–La verdad es que si llego a comer algo ahorita me va a caer muy mal – le confesé. Suspiré porque aunque no tenía junto a mí a mis mejores amigas, alguien del cielo me había mandado a sus relevos, Harriet y Jane me habían adoptado y yo lo agradecía, sin duda eran lo mejor que me había ocurrido durante toda la semana.

–Edward, Edward – dijo su nombre mientras negaba con la cabeza y sacaba una taza para servirme café, puso la taza frente a mi acompañada de un cestito con pan.

–Yo creo, Bella, si me aceptas un consejo – tomó un sorbo de su café –. Que no deberías tomarte las cosas tan a pecho, déjate cuidar por él, verás como poco a poco van cambiando las cosas, dale tiempo.

Solté una carcajada cuando escuché a Harriet pedirme tiempo para Edward, era irónico.

–Lo siento, Harriet, no me río de ti, lo que pasa es que yo le pedí tiempo a Edward, le rogué por aquel y si no fuera por este bendito viaje de negocios no me lo da, me lo dejó muy claro, y tú me pides tiempo para él, ¿tiempo para qué?

–Para adaptarse a ti, Bella, a tu cercanía, a tenerte en su vida – tomé un panecillo y empecé nerviosa a deshacer sus orillas.

–Edward me gusta – reconocí ante ella –. Es la verdad, pero no soporto sus crisis bipolares – levanté la mirada preocupada –. ¿No es bipolar, cierto?

–¡Já!, no, Bella, no lo es – me sonrió y me tranquilicé –. Es un poco impetuoso pero es bueno, haz lo que te pida, confía en él.

–No soporto que quiera controlar hasta como me visto, es ridículo.

–No, Bella, es su forma de decirte que le importas, que te quiere con él, que quiere que estés bien – tomó mi mano entre las suyas regordetas –. Él no sabe hacerlo de otra forma. Él se esfuerza pero es algo orgulloso, solo tenle paciencia.

–¿Le importo? – le pregunté casi en un susurro.

–Sí y mucho. Lo conozco muy bien, Bella y nunca lo había visto tan interesado y preocupado por alguien como contigo – me guiñó un ojo –. Sólo dale tiempo…

***

Me despedí de Harriet y aún muy molesta me fui a mi apartamento. Estaba ofendida más que otra cosa. Al llegar me quité la ropa que llevaba y me puse una camiseta vieja y unos pantalones de yoga junto con unos calcetines calientitos. Ya muy cómoda, encendí mi computadora y comencé a organizar las entregas de todo lo que nos faltaba para Flannagans. El fin de semana siguiente era por fin la presentación de la nueva imagen del negocio y todo debía estar listo para ese gran día. Trabajé hasta dejar todo bien dispuesto y hasta adelanté algo del trabajo para Newton’s, ya había abusado mucho de Jane y no pretendía seguir haciéndolo, además me sirvió para enfriar mi mente y distraerme un poco.

También me sentí menos culpable por lo de Rosalie y Alice; me dolía claro, pero ya había hecho todo lo que una amiga arrepentida podía hacer. Reconocí mi error y fui a buscarlas pidiéndoles disculpas, ellas no las habían aceptado y aunque me llegara el dolor al alma por haber sido rechazada entendía que ya más nada podía hacer, ya todo dependía de ellas.

Entrada la tarde, mi estómago me reclamó haberme olvidado de él. Fui a la cocina y no encontré nada que no fueran tés y café, todo lo demás se encontraba en un avanzado estado de descomposición. Apenada conmigo misma, limpié y tiré todo lo que no servía. Tomé mi bolso y fui al súper mercado para tener algo decente en mi despensa, necesitaba alimentarme bien así que compré muchas cosas sanas. Al volver, escuché que el teléfono del apartamento sonaba y me apuré a abrir dejando las bolsas en la puerta pero no alcancé la llamada, segura era mi padre quien llamaba, metí las bolsas con tranquilidad y al empezar a acomodar todo el teléfono sonó de nuevo y entonces contesté.

–Hola – dije emocionada saludando a mi padre.

–¿En donde estabas? – me preguntó Edward casi en un regaño y rodé los ojos.

–Fui al súper mercado – contesté mecánicamente.

–¿Tú en el súper mercado? – sonó irónico.

–Si, yo en el súper mercado, mi despensa estaba vacía, tuve que salir a comprar – dije con indiferencia y algo exasperada.

–Bien. Me complace mucho que uses el dinero que te dejé – dijo con satisfacción – ¿Ya ves que no es muy difícil portarse bien, Isabella?

Guardé silencio por unos segundos intentando controlarme pero fue más fuerte que yo – ¡Me insultas dejándome ése dinero y de esa forma!

–Entre mis obligaciones por cuidarte está la de proveerte de todo lo que necesites económicamente y bueno, aunque dije que era una obligación, yo no lo veo así, al contrario, es un placer poder cubrir todas tus necesidades y tus gustos – recitó confiado.

–No te preocupes, Edward que por primera vez no estás frente a una inútil – gruñí más ofendida que antes –. Yo tengo mi propio dinero.

–¿Te refieres a tu precario sueldito de unas cuántas libras? – Edward soltó una sonora carcajada y yo me quedé callada. Pasaron muchos segundos y él paró de reírse.

–Oh, lo siento – dijo más serio –. Había olvidado que estoy hablando con una de las más ricas herederas de los Estados Unidos, un verdadero emporio según me he informado.

–A mí no me importa el dinero, nunca me ha importado y si crees que estaba junto a ti por eso, estás en un muy grande error – casi escupí esas palabras –, así que no te preocupes porque no quiero tu dinero.

–¿Qué es lo que quieres de mí, Isabella?

–Lo que me prometiste, ¡tiempo! – le grité –, tiempo sin ti acosándome, tiempo sin que estés respirando en mi espalda.

***


Al día siguiente me levanté muy temprano. A pesar de no haber tenido pesadillas, no había dormido nada bien debido a la llamada de Edward. ¿Cómo pretendía Harriet que le tuviera paciencia y le diera tiempo si él no podía dármelo a mí?

Desayuné algo rápido y me di un baño, busqué qué ponerme y de pronto supe que hacer ese día. Salí de mi apartamento y fui directamente a un pequeño mercado; compré muchos kilos de manzanas, zanahorias y una caja de terrones de azúcar. Una vez con mi compra en la cajuela del auto, me fui rumbo al club. En la caballeriza busqué una cubeta grande y entonces fui por las golosinas. Cuando al fin logré bajar todo, saqué el trinche largo que lleve de mi cocina y empecé a repartirles a cada uno todo lo que había llevado para ellos. Los caballos estaban felices y relinchaban y resoplaban contentos. Movían las colas muy peinaditas y agitaban el cuello despeinando sus relucientes crines. Ensartaba una manzana en el trinche y extendía mi brazo hacia “Paloma” o “Juguetón”. Aún me daba miedo acercarles mi mano pero el trinche era de mucha ayuda. Me gustaba estar con ellos aunque todavía me asustaran un poco, a pesar de eso me relajaban y me hicieron olvidar por un buen rato todas mis marañas y problemas mentales. El que resultó ser toda una revelación fue “Tramposo”; aceptó muy quietecito que lo acariciara y le palmeara el lomo como había visto que Edward le hacía. Pasé con mucho cuidado mi mano por su nariz y hasta pegué mi mejilla a su cuello. “Tramposo” solo resoplaba y a veces me empujaba el brazo para que le diera más manzanas. “Tramposo” me había hecho el día. En un momento me sentí intrépida y lo abracé rodeando su cuello con mis brazos.

–¿Ahora Cullen te pone a alimentar a sus caballos?

Solté a “Tramposo” y enseguida el caballo resopló diferente y comenzó a hacer sonar sus cascos contra el suelo. Me alejé de él y me giré para ver a Max de pie y apoyado contra la puerta corrediza de la caballeriza. No supe qué responderle; sabía que tenía que hablar con él porque tenía que darle una explicación aunque no se la debía.

–Lo siento, Bella, soy un idiota – se disculpó.

–No te preocupes, Max – le sonreí –. ¿Quieres una manzana?

–Eres genial, ¿sabes?, otra me hubiera mandado al diablo directamente.

–No has hecho nada malo, solo asustarme hace un momento.

–¿Estás bien, Bella? – me preguntó preocupado y me intrigó.

–Sí, muy bien – respondí.

–Me alegro – me miraba sincero –. Bueno, yo sólo quería saludarte, no quiero que tengas un problema con Cullen por mi culpa.

–Ah, no te preocupes, él no está – me encogí de hombros.

–Entonces, ¿me aceptas una invitación a comer? – me preguntó con cara tierna y no pude hacer otra cosa más que aceptar.

Comimos en el mismo club. Max como siempre, muy educado. Me dejó elegir la mesa que yo quisiera y me sugirió entre risas algo del menú. Pedí un daiquirí de fresas y dejé que él me sorprendiera con algo para comer.

–Dime, Bella, ¿cómo es que me voy unas semanas y cuando regreso eres la chica de mi más acérrimo enemigo? – tomó mi mano mientras me preguntaba y yo no la quité de entre las suyas –. Acabaste conmigo, ¿sabías eso?

–Max, por favor, no me digas eso – le pedí porque me hacía sentir una culpa por algo que no debía.

–Déjame sacarlo, Bella, te prometo que nunca volveré a tocar el tema pero ahora mismo tengo que decirte lo que pienso y lo que siento – bajé la mirada y él continuó.

–Sé que fui muy estúpido al marcharme así, sin un aviso siquiera; muy bien pude enviarte un correo o un mensaje de texto o incluso llamarte pero por tonto no lo hice. Si te soy honesto, te sentí muy segura y estaba convencido que esperabas impaciente noticias mías. Fui un presuntuoso al pensar eso y sobre todo que esperarías feliz mi regreso – negó con la cabeza –. No sabes lo que sentí al verte con Cullen… – me miró fijamente y sonrió –. Pero bueno, lo importante es que tú estés contenta y que sepas que si alguna vez puedes darme una oportunidad, la aceptaré gustoso y te demostraré todo lo que aquí tengo guardado para ti – llevó mi mano a su pecho, directamente a su corazón.

–Max…

–Shhh, no digas nada – sonrió –. Está bien así.

Y con esa confesión me sentí peor aún pero él hizo que se me olvidara un poco. Platicamos un buen rato de su trabajo y del mío, nos pusimos al día y cuando me preguntó por las chicas le dije que estaban ocupadas con sus respectivos trabajos y Rose con su novio.

–Ojala que podamos repetir esto, Bella – dijo retirándome la silla cuando me levanté –, pero como te dije antes, no quiero meterte en problemas, Cullen es tan territorial y violento…

Ni que lo digas, Max, ni que lo digas…

***

Esa noche Edward no llamó. Me sentí extraña y revisé mi móvil por si tenía alguna llamada perdida o un mensaje de texto pero no había nada. Me di un baño para quitarme todo el polvo y el olor a establo y me acosté a dormir. Me levanté muy temprano después de haber tenido un sueño muy reparador y después de arreglarme con calma y sin prisas me fui a la agencia.

Esa semana fue un caos pero muy ordenado. Gracias a que organicé todo el fin de semana, solo restaba estar pendiente y verificar que las entregas se hicieran a buena hora y en buen estado. Eso nos ayudó a Jane y a mí a no enloquecer con tantas cosas y hasta pudimos salir no muy tarde de la agencia. Ésa semana también tuvimos una cita con Michael Newton para conocer sus joyerías mientras nos explicaba las remodelaciones que hacían para cada una de sus tiendas. Después nos invitó a comer y tanto a Jane como a mí nos pareció encantador, inteligente y con mucho carisma. Nos reímos mucho con él y nos hizo pasar una tarde muy agradable.

Teniendo una idea mucho más clara de las joyerías, pude terminar algunos bosquejos, Se los mandaría a Michael para que los revisara y luego concretáramos otra cita para estudiarlos juntos.

–Que poco originales son los empresarios – dijo Jane –. En lugar de buscar un nombre bonito y original para sus negocios les ponen sus apellidos, no tienen imaginación.

–Bueno, Jane, algunos de esos negocios son tan antiguos, como el de Michael que sería muy difícil cambiarle el nombre ya estando bien establecido y reconocido, ¿no crees?

–Humm. Insisto, me dan flojera.

–Deja de quejarte que no te corresponde criticar los nombres de los negocios, si no hacerles una buena imagen publicitaria y ya, vámonos que tengo hambre y una cerveza tampoco me caería mal.

Habíamos tomado la costumbre de que al salir de la agencia íbamos a un bar cercano a tomar una cerveza y a comer algo. Nos lo merecíamos por el arduo día de trabajo y nos caía muy bien, al menos a mí que al llegar a casa me acostaba a dormir como un bebé, toda la noche y sin pesadillas pero antes de hacerlo revisaba la contestadota y mi móvil para ver si tenía alguna llamada de Edward pero no encontraba nada. No podía creer que estaba cumpliendo con lo que le pedía, estaba muy feliz por eso aunque también me parecía muy extraño tanto silencio. Seguramente estaba maquilando en ese cerebro suyo como atacar y hacerme una emboscada de la cual no pudiera salir.

Una noche, Jane y yo llegamos al bar y saqué mi móvil y lo puse en la mesa, sólo por si acaso, y los ojos de Jane se pusieron en blanco. Había sido demasiado discreta para su capacidad y esa noche simplemente no pudo más y lo sacó.

–Te hace sufrir y encima no te llama – dijo algo seria –. No me cae bien.

–¿Quién?, ¿de que hablas Jane? – parpadeé repetidas veces.

–Del dueño del precioso jaguar negro que siempre te espera en la puerta de la agencia, no creas que no me di cuenta desde un principio, pero así como me ves, también sé darle a las personas su espacio, solo que el tuyo ya es muy grande y te estás perdiendo en él – hizo un puchero – vamos, Bella, cuéntame.

Por un momento me quedé callada pensando que por no compartir con mis amigas mis problemas y mi vida ya no las tenía junto a mí, si bien era algo difícil de manejar, bien pude limitarme a decirles solo lo básico, pero no lo hice. De pronto, la vida me volvía a poner en las mismas circunstancias y esta vez no estaba dispuesta a desperdiciar la oportunidad de compartir mis sentimientos con alguien tan buena como Jane, a ella no la iba a perder también.

–Ay, Jane – me lamenté –, es tan difícil que no sé por donde empezar.

–Por el principio o el final, por donde sea pero escúpelo de una buena vez porque te estás ahogando.

–Estoy saliendo con Edward Cullen.

Jane me miró sin decir nada por unos segundos pero esos ojos suyos tan expresivos parecían a punto de salírseles de su lugar. Parecía un periquito a punto de caer desmayado de su palito.

–No te escuché bien, ¿dijiste Edward Cullen? – preguntó confundida y yo asentí.

–Me confunde mucho, Jane, es… es muy complicado y…

–¡Hey!, calma, nada de histerias, respira y vamos desde el principio, ¿de acuerdo? – volví a asentir y solo le conté que nos habíamos visto varias veces y luego en el club de polo me había acercado a él y de ahí en adelante empezamos a salir.

–Me gusta, Jane, me gusta mucho pero a veces me da miedo, es muy demandante y… absorbente.

–¡Madre mía!, ya quisiera yo que alguien como Edward Cullen me absorbiera, se que no me quejaría para nada, Bella – levantó su cerveza para brindar.

–¡Jane! – me quejé.

–Perdón, pero bueno, ya en serio, ¿cuál es el problema realmente?

–Estoy un poco confundida. Estar con Edward es mucho más de lo que creí que sería, me agobia su mundo, no sé si pueda acostumbrarme…

–Me resulta extraño escucharte decir eso, tú estás en el mismo nivel que él, Bella, no entiendo eso de que no podrás acostumbrarte – me miraba sin entender y yo sin poderle explicar exactamente a qué me refería.

–Le pedí unos días para pensar bien en todo, pero no me respetaba eso, me llama, me vigila, ya viste a sus hombres en la puerta de la agencia, Jane y hasta se aparece en mi casa a media noche, ¿así como pretende que pueda tomar una decisión?

–¿Lo quieres, Bella? – eso no lo sabía, no había pensado en poder llegar a quererlo cuando se me ocurrió acercarme a él.

–No lo sé, Jane – negué suavecito con la cabeza.

–Mira, yo no lo conozco por lo que no puedo darte una opinión sobre él y la relación que llevan pero si puedo decirte que para que puedas tomar una decisión justa, sopeses sus defectos y sus virtudes, yo creo que si aún no sabes bien qué sientes por él, esto puede ayudarte y así tendrás una idea más clara sobre él y sobre lo que tú quieres – la miré y le sonreí.

–Y no quiero enredarte mucho pero si en esa decisión dejas también que esto te guíe un poquito – se tocó el corazón –, no te equivocarás. Hay que confiar en las corazonadas de vez en cuando – asintió muy segura de lo que decía.

Esa noche llegué a casa y me fui directamente a la habitación que por dos noches ocupó Edward. Me quité los zapatos y me acosté haciéndome una bolita pequeña, suspiré varias veces mientras pensaba las palabras de Jane. Ella había mencionado que siguiera mis corazonadas pero por favor, mi corazón no podía formar parte de esa complicada ecuación por demás difícil ya que si le agregaba una interrogante más, todo sería un completo desastre. Él debía estar guardado en una de ésas impresionantes cajas fuertes como las de las joyerías Newton’s; encerrado bajo llave y con un fuerte sistema de seguridad vigilándolo por su propio bien para no volver a ponerlo en riesgo, era mi joya más preciada y debía cuidarla.

Me puse de pie y me cambié, me puse una pijama viejita y como sabía que no me iba a dormir tan fácilmente, me fui a la cama con mi mejor amigo, mi Kindle. Lo encendí y elegí una de las tantas novelas guardadas en él y me acomodé. Los besos, los arrumacos, el protagonista seductor, la chica inocente que se deja envolver, un escenario idílico y mucha pasión fueron los elementos de la novela que elevaron mi temperatura esa noche. La escena era muy sensual, tal vez demasiado como para tenerme toda acalorada y húmeda, la chica jadeaba y el seductor se bebía a besos sus pechos. Bajaba una mano y acariciaba sus muslos firmes, hice lo mismo y me acaricié las piernas, mi vientre y de pronto me detuve. De inmediato mandé al diablo la idea de que era una sumisa y no debía darme placer a mi misma sin el permiso de su Señor y seguí tocándome cada vez más abajo. Mientras estuviera organizando mis ideas estaba en “Stand By” así que metí mi mano bajo mis bragas y moví mis dedos hasta que sentí que la presión que se producía desde mi vientre bajo crecía y luchaba por explotar. Jadeé y me retorcí hasta que mi cuerpo explotó en un liberador orgasmo y de mis labios escapó un nombre que jamás imaginé gritar en ese momento.

¡Edward!

Tendida en mi cama, poco a poco iba recuperando el ritmo de mi respiración. Tenía que reconocer que ése orgasmo había sido muy bueno, pero si era honesta, debía admitir que los que Edward me hacía sentir eran muchísimo mejores. ¡Excelentes! ¡Increíbles!, por decir algo y si iban acompañados de un par de nalgadas que sacaran de mi toda la mierda que arrastraba. ¡Mil veces mejor! Pero como yo misma le había dicho a Edward días antes, eso era lo que había, lo tomaba o lo dejaba, así que como no era tonta, me decidí por mi primera opción.

Bastante relajada por mi orgasmo casero, dormí muy bien; esa noche tampoco tuve pesadillas y a la mañana siguiente me levanté con mucha energía y ganas para ir a trabajar, pero a medida que fue transcurriendo el día, una sensación de culpa me acompañó e hice todo lo posible por ignorarla para poder concentrarme y trabajar al cien por ciento. Salí con Jane al reunirnos con Flannagans una vez más y parecía estar ya todo listo para la presentación. El hombre estaba que brincaba en una pierna de tanta felicidad y nosotras aún más por sentirnos satisfechas al haber realizado un magnífico trabajo.

Ésa tarde, nos la tomamos libre ya que sin presiones y con el trabajo terminado, pudimos irnos de compras tranquilamente. Entramos a varias tiendas y Jane rápidamente escogió un vestido en color beige con algunos toques brillantes de lentejuelas. Al principio no quería aceptarlo como un regalo por haberse portado tan bien conmigo durante esas semanas pero al final pude convencerla.

–Me vas a malacostumbrar y créeme que soy muy caprichosa, Bella – me advirtió entre risas.

–Hey, no estoy regalándote nada – dije como en regaño –. Debo mantener contenta a quien me lleva ese delicioso café junto con mi dona consentida, así que no protestes y dime si este vestido me queda bien.

Era un precioso vestido de Hervé Léger en tonos grises difuminados, era realmente hermoso y desde que lo ví no pude quitarle los ojos de encima. Como estábamos de buen humor, compramos también los zapatos, algunos accesorios y hasta la lencería. Nos consentiríamos como si estuviéramos yendo a recibir un Óscar nada menos. Salimos con nuestras compras y nos fuimos a un buen restaurante a cenar porque nuestros festejos habían empezado ese mismo día. Tomamos vino porque la ocasión lo ameritaba y nos terminamos la botella. Sin duda, fue una gran tarde y pasarla tan a gusto de compras, me hizo recordar cuando lo hacía con Rosalie y con Alice, las extrañaba…

***

El viernes por la noche Jane y yo estábamos listas. Ella se veía muy hermosa y sin duda, Ethan iba a sufrir un colapso cuando la viera. Se había ido a arreglar a mi apartamento porque quería sorprenderlo y era un hecho que lo iba a hacer. Él la encontraría en el hotel donde se haría el evento que afortunadamente no era ninguno de los de Edward. Salimos de mi casa y tomamos un taxi, preferí eso a conducir sola de regreso y seguramente con algunas copas de vino encima.

Llegamos al lugar y no pude emocionarme más al ver la cara de Ethan. La miraba con una admiración y con una devoción que daba envidia. Me daba mucho gusto por Jane porque yo era testigo de lo que esa chica se esforzaba por salir adelante con su novio; ambos luchaban por estar juntos y de la mejor manera posible porque se amaban. Justo en el momento en que iba a comenzar a suspirar llegó Olivia. Estaba feliz y no dejaba de felicitarnos. Durante toda la noche nos presentó con muchos empresarios y les decía que éramos su mayor tesoro y lo orgullosa que estaba de nosotras. El señor Flannagans habló a mitad del evento y agradeció a la agencia y a nosotras por el empeño puesto en su proyecto y por tenerle tanta paciencia. Le dirigió también unas palabras a su esposa y a sus hijos que en un futuro próximo heredarían su empresa y les pidió trabajar duro y entregarse como él lo había estado haciendo durante todos esos años. Al escucharlo no pude evitar pensar en mi padre y en cómo sería feliz si yo decidiera regresar a San Francisco y trabajar con él para que algún día me hiciera cargo de la empresa. Sonreí con tristeza porque desgraciadamente, a mí eso no me haría feliz.

–No te pongas triste, Isabella – alguien me dijo al oído –. Se acaba un proyecto pero continúa otro, el mío.

Me giré y Michael Newton me miraba sonriendo amigablemente. Le devolví la sonrisa y negué con la cabeza.

–No estoy triste, solo recordaba a alguien – ladeé mi cabeza mientras le hablaba –. Y llámame Bella, me gusta más –. solo él podía llamarme Isabella…

–De acuerdo, Bella, ¿te gustaría tomar algo?

–Sí, gracias, vino estaría bien – acepté. Ethan y Jane se acercaron y durante toda la noche platicamos muy a gusto de mil temas. Nuestros cantantes favoritos, la comida, películas y hasta del clima. Pasamos una noche realmente agradable y ya muy tarde, Ethan y Jane se despedían de Michael y yo también para poder irme a casa.

–No, Bella – me regaño Jane –. ¿Cómo pretendes que te dejemos ir en un taxi?, nosotros te llevamos.

–Gracias, Jane, pero se desviarían mucho y el taxi está aquí afuera, no pasa nada – le aseguré.

–Esto no lo ganan ni Bella, ni ustedes – dijo Michael –. Yo la llevaré a su casa.

–No es necesario, Michael, de verdad.

–Estaré más tranquilo si te dejo sana y salva en la puerta de tu casa, no se diga más.

–Nosotros también lo estaremos, Bella – Ethan me sonrió y acepté.

Michael fue muy amable en llevarme a mi apartamento. En el trayecto me preguntó si salía con alguien o si tenía novio. Le dije que salía con alguien y de pronto se soltó contándome lo enamorado que estaba de una chica. Era el amor de su vida pero que habían discutido y habían terminado hacía ya dos meses. Le estaba dando tiempo para luego poder hablar y él esperaba que todo saliera bien con ella. Le deseé la mejor de las suertes y me despedí de él al dejarme en la puerta de mi apartamento.

***

El olor a orégano inundó mi casa. Una semana más había pasado y estaba muy feliz por lo productiva que había sido. Como premio, fui a comprarme una lasagna para cenar y muchos palitos con ajo para acompañarla. Se me hacía agua la boca pero antes de sentarme a disfrutar de mi apetitoso plato, saqué el teléfono de mi bolso, lo revisé como ya era mi costumbre y lo puse sobre la mesa muy cerca de mí. 0 llamadas perdidas y 0 mensajes. En el teléfono del apartamento tampoco registraba nada. Ése era un ritual que hacía cada noche al llegar a casa, justo antes de sentarme a cenar. Por las mañanas al levantarme también revisaba mi móvil y al medio día cuando comía con Jane lo ponía sobre la mesa para que pudiera escuchar si me llamaban. Pero no recibí ninguna llamada, ni mensajes de Edward.

Al día siguiente se cumplían las dos semanas que Edward dijo que duraría su viaje y justo como yo le había pedido, me había dejado respirar. No me llamó, ni me vigiló, ni nada. Había cumplido y yo también lo había hecho. Había tenido el tiempo suficiente para pensar en todo lo que me hacía ruido en la cabeza y que me significaba un obstáculo para poder definir mis ideas y mis deseos reales.

Había tenido la oportunidad para pensar con mucha tranquilidad en las palabras de Harriet. Significaban mucho para mí porque ella conocía de verdad a Edward así que no tuve que darle tantas vueltas al asunto para concluir que ella tenía razón en muchas cosas.

Si yo me encontraba en una relación que me confundía y que no sabía como manejar, no era culpa de Edward. Él, como yo, también debía estar pasando por un proceso de ajuste y adaptación que seguramente le estaba resultando tan difícil como a mí. Ambos necesitábamos estar solos unos días para poder pensar muy bien en lo que queríamos. Tal vez él siempre lo había tenido muy claro pero yo no. Al principio, yo buscaba una relación de fantasía, la había soñado muchas veces y le pedí a Edward que la convirtiera en realidad, solo que ya una vez en medio del ruedo las cosas se veían muy diferentes a como yo deseaba que fueran. Él necesita el control todo el tiempo porque estaba en su naturaleza y yo no podía ignorar ese hecho. Si quería estar con él debía asumir toda su caótica vida y su enfermizo control, sino, debía alejarme de una vez por todas, dejar de seguir engañándome y no le hacerle perder el tiempo ya que de seguro, afuera él tenía filas de mujeres esperando por ocupar mi lugar y con mil veces mejor disposición que yo...

***

El sábado me levanté muy temprano y decidí hacer una limpieza exhaustiva de mi apartamento. Desde mi recámara hasta la cocina pasando por el salón, mi estudio y dejando por último la habitación donde Edward había dormido. Cambié las sábanas y encendí una de las muchas velitas aromáticas que Alice me había regalado. Entré al baño y me sorprendí al encontrar un cepillo de dientes, un rastrillo y una espuma para afeitar del mismo olor de su perfume. La abrí y el ambiente se llenó de olor a almizcle y maderas, como en su habitación aquella mañana. Cerré la botellita y limpié tan rápido como pude y volví a poner todo donde él lo había dejado.

Cuando terminé me di un baño, exfolié mi piel y me pinté las uñas de los pies y de las manos de un color claro a falta del rojo. Sequé mi pelo y solo recogí unos mechones que caían sobre mi rostro con un prendedor. Me puse un vestido muy lindo, con una lencería de encaje debajo y que hacía juego con él, me maquillé un poco y una vez lista, fui a mi estudio con ambos teléfonos en mano. Trabajé un poco para distraerme y me concentré tanto que cuando me fijé, ya empezaba a anochecer. Vi una película en la tele y cené. A las 10:30 decidí irme a la cama, segura de que al día siguiente si llegaría.

Esa noche no dormí muy bien. Mi sueño no fue tranquilo y cuando desperté a la mañana siguiente lo único que sabía era que no quería pasarme el día encerrada esperando su llamada, me volvería loca con cada minuto que transcurriera así que desayuné, me di un baño y me puse unos jeans, una blusa y las botas bastardas. Salí de casa y fui a comprar un contenedor con rueditas para poder llevar con mayor facilidad las golosinas a los caballos y una vez con el contenedor lleno, conduje hacia el club. Me estacioné cerca de las caballerizas Cullen y con mucho trabajo, bajé el contenedor y fui arrastrándolo hasta la enorme puerta corrediza que se encontraba cerrada. La empujé con fuerza y casi me desmayo al ver a Edward cepillando a “Paloma”.

Él se giró un poco para verme y enseguida regresó su atención a la yegua blanca. Me miró con indiferencia y ni siquiera hizo el intento de saludarme. Me acerqué despacio y las piernas me temblaban.

–¿Desde cuando llegaste? – pregunté a media voz y Edward me miró de reojo por sobre el hombro.

–Desde hace tres días – respondió parco y seco, sin mirarme.

–¿Por qué no me llamaste? – le reclamé.

–No entiendo tu enojo – cepillaba el lomo blanco –. Tú misma me pediste que me mantuviera alejado de ti y lo he cumplido.

–Al menos me hubieras llamado al llegar – dije y esperé por su respuesta pero ésta no llegó.

–Edward – lo presioné y se giró un poco hacia mí.

–¿Tienes algo qué decirme, Isabella? – me preguntó arrogante – Porque si no, fue un gusto saludarte pero estoy ocupado con mis caballos.*




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Siento el retraso, me disculpo.
Un aplauso para mi maravillosa Beta Isita María y otro para mi Cari adorada. :*
Nos vemos muy prontito.
Gracias Nenas!
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