miércoles, 10 de agosto de 2011

CAPITULO 12

Una Parte de tí


"Hay algo más peligroso que descubrir la fantasía sexual de un hombre... convertirse en ella."
Sussana.



BELLA’S POV

Giré hacia un lado de la cama debajo del grueso edredón de plumas. Me estiré, mis piernas cuan largas eran y los brazos sobre mi cabeza. Una sonrisita bandida estaba instalada en mis labios era la confirmación muda del placer del que había gozado unas horas antes. Estuve envuelta por su cuerpo, a su disposición, a su forma tan particular de tomarme con esa fuerza que sentía contenida y que me necesitaba para liberarse y aliviar esa presión. De la misma forma me sentía y él lo sabía, estaba segura porque sabía justo como hacerme llegar a un punto donde ya no había vuelta atrás, el placer y el deseo hacían un pacto con la lujuria de esos ojos verdes y me llevaban al filo del abismo, pero sólo su dueño decidía si merecías que esa liberación y paz bañaran tu cuerpo ansiado de ése alivio abrumador.

Estaba contenta conmigo. Había sido una buena sumisa y le había proporcionado placer a mi Señor. Había sido tan mágico, salvaje y excitante que creí que no podría resistirlo, pero aquí estaba viva, con el cuerpo deliciosamente adolorido de placer. Pero mi sonrisa no duró mucho tiempo al recordar que no permaneció junto a mí. Después de darme una sonora nalgada, dejó un beso en mi nalga y luego en mis senos hinchados y sensibles, los acarició y se despidió…

–Buena chica…

Me dejó sola en mi habitación después de arroparme con cuidado y de darme un beso en la cabeza. En ése momento estaba muy agotada como para pensar que me dejaba sola y en cómo me sentiría al día siguiente, pero debía estar preparada ¿No? me había advertido que así sería. Bostecé y aunque quería seguir retozando entre las suaves sábanas, me obligué a salir de la cama; me di un baño y al salir a la habitación, me sorprendí al verlo vestido con esos pantalones tan sexys y esa camisa polo.

–Buenos días, Isabella – me miró de arriba abajo envuelta en la toalla – vamos al club, ponte ropa de montar – señaló el vestidor – te espero a desayunar.

Cómo un flash entré al vestidor y empecé a buscar los pantalones, tenía varios de donde elegir; también me decidí por una blusa muy pegada recordando aquel día en el establo y luego al abrir a la zapatera, encontré varios pares de esas putas, malditas y tiesas botas. Arriesgándome a que Edward se enojara me hice una coleta, me puse algo de polvo en la cara y gloss en los labios, tomé una chaqueta y bajé corriendo. Él ya estaba sentado a la mesa leyendo su periódico con su taza de café en la otra mano. Al notar mi presencia, como todo un caballero se puso de pie y retiró la silla ayudándome a sentar.

–Buenos días, señorita – saludó Waylon sonriente – aquí le traigo el desayuno, espero le guste – Edward levantó la vista de su periódico y lo miró enarcando ligeramente una ceja.

–Muchas gracias, se ve todo muy rico – respondí – y con el hambre que tengo…

–Tengo un juego hoy y no puedo llegar tarde, come Isabella – me interrumpió. Waylon hizo una pequeña reverencia y desapareció. Tomé un poco de jugo y comencé a llevarme los pedazos de fruta a mi boca. Traté de masticar lo mas rápido que pude ya que siempre lo hacía muy lento, como debía ser, pero no quería arruinar esa mañana que pintaba tan bien, salvo por las putas botas.

Salimos rumbo al club en un auto que no había visto antes. Era un Volvo gris. Al llegar, se dirigió hacia el área cercana a los establos y bajó de la cajuela un contenedor que se veía algo pesado. Me dio su chaqueta y sus llaves antes de volver a cargar sobre un hombro el pesado recipiente. Sentí esa acción tan normal, tan común, como si lleváramos juntos mucho tiempo y nuestra relación fuera… diferente. Nos encaminamos a los establos más alejados y al entrar, relinchos, resoplidos y toda clase de ruidos de lo más extraños nos recibieron, o a Edward. Me coloqué detrás de él y después de poner el cargamento en el suelo, me tomó del brazo y me colocó a su lado.

–No te asustes – me sonrió – nos están dando la bienvenida. ¿Verdad “Caramelo”? – palmeó el cuello de un caballo o yegua de ese brillante color. Éste movió la cabeza y sus relinchos se hicieron más suaves. Edward abrió el contenedor y sacó un par de manzanas y algunas zanahorias.

–Ven, acércate – lo hice pero me quedé detrás de él y sólo sonrió – este es “Consentido” – puso una manzana en el hocico del animal y esta desapareció en un santiamén – ¿Te gusta, verdad? – acarició al caballo de color café y luego se adelantó hacia uno muy blanco con una reluciente y larga crin.

–Ésta es “Paloma” – acercó su cara a la del animal y la acarició con una ternura que a cualquiera pudo haberle dado envidia. La yegua se estremeció muy digna y se inclinó para recibir su regalo – esa es mi chica, – le susurró muy suavemente – hoy tengo dos para ti, preciosa – le dio otra manzana y después de morderla y tragársela, acarició el cuello de Edward sensual y lentamente. ¡Pero en qué coño estaba pensando! ¡Era un animal por Dios!

–Éste otro es “Juguetón” – le dio un buen golpe en el lomo y el animal relinchó contento – Ven, Isabella, dásela tú – me extendió una zanahoria y lo miré asustada.

–No – dije negando con la cabeza – no me conoce, me va a morder.

–No te expondría si pensara que pudiera hacerte daño – me jaló del brazo – ven, tienes que empezar a conocerlos.

Eso último me tomó por sorpresa. Hubiera querido carcajearme y gritar de felicidad por todo lo que significaba esa frase, por lo que encerraba. Edward me veía en su futuro, formando parte de su vida, compartiendo conmigo muchos momentos, íntimos y otros no tanto, pero queriéndome junto a él. ¿No te habías dado cuenta Isabella? El que te llevara a conocer a sus padres, ¿No te dijo nada? Desde luego que pensaba en tenerme a su lado por algún tiempo, eso era obvio. Quería que se acostumbraran a verme con él, que se acostumbraran a mi presencia y yo a la de ellos. ¿Era tan difícil ver que ya me tomaba en cuenta en su vida?

–Despacio, no tengas miedo – me instruía. Tratando de ocultar mi miedo, acerqué mi mano al caballo que delicadamente tomó la zanahoria de mi mano y la empezó a mascar – ¿Viste?

Sonreí emocionada, tomé otra zanahoria y se repitió lo mismo. Iba a tomar otra, pero Edward me movió hacia otro caballo; era uno con pintas blancas y cafés – Hola “Bonita” – dejó las manzanas en el contenedor y abrazó al animal. Le decía cosas, pero no pude escuchar bien, sólo oía susurros y la yegua se movía agradecida. Edward permaneció varios minutos acariciándola y hablándole en murmullos, le dio sus manzanas y algunos terrones de azúcar, la abrazó de nuevo y continuamos dándoles a los demás animales sus golosinas. Al final del establo, estaba el caballo preferido de Edward; no me lo dijo, pero por la manera en la que le brillaron los ojos tanto a él como al caballo, lo supe. Era un enorme animal negro. Su pelaje brillaba y sus resoplidos y relinchos eran más fuertes que los de los otros animales. Lo acarició y le pegó un golpe en el lomo. El animal se inclinó buscando la mano de Edward. Era el mismo caballo de aquel día que llegué a buscarlo y dimos un paseo, cuando tuve que volver a pie…

–Éste es “Tramposo” – el caballo bajó la cabeza como haciendo una reverencia – es muy educado, pero también muy coqueto, por algo se tiene bien ganado el nombre – rió.

–Me gustan todos sus nombres, ¿Tú se los pusiste?

Edward me miró enarcando una ceja y entonces comprendí porque. Bajé la cabeza y murmuré un – Lo siento, Señor – desvió su mirada y me respondió.

–Mi madre es quien se encarga de eso, es muy atinada y a ellos parece que les gustan. Pero ya, dejémonos de tanta charla, ahora vuelvo, no te muevas de aquí – me ordenó y salió por una de las enormes puertas. Miré a mi alrededor y me sentí ridícula de pie en medio de todos esos animales que me observaban curiosos. Lentamente me fui acercando a “Paloma” era una yegua preciosa y parecía amigable.

–Te aconsejo que no te acerques más – me dijo Edward que ya había vuelto – “Paloma” es muy celosa…

Eso bastó para que me alejara de ella y soltara de mi mano la manzana. No quería ser la víctima de una yegua enamorada. Edward soltó una carcajada y luego se giró hacia dos hombres que aparecieron en el establo, uno cargaba una silla y el otro lo seguía con unos arneses.

–Siéntate aquí, – me acercó un banco y lo miré antes de sentarme – apuesto a que ya verás los bancos con diferentes ojos… – me susurro al oído y me tomó por la nuca; me besó pero no de la forma ruda que yo esperaba. Fue un beso intenso, pero sensual. Sus labios moviéndose sobre los míos me robaron un gemido que hasta a mi me tomó por sorpresa, su lengua enrollándose alrededor de la mía la mareaba tanto a ella como a mi. Me soltó de pronto y tomándome por la cintura me sentó en la pieza de madera.

Los hombres preparaban a “Caramelo” bajo la estricta mirada de Edward quien verificaba cada amarre de la silla y la colocación de lo que luego supe que eran las Bridas en el hocico del animal y no arneses. Revisó los cascos y en general, todo el caballo. Cuando estuvo listo, los hombres se lo llevaron y Edward me extendió la mano. Bajé del banco y fui hasta él.

–El partido ya va a empezar ¿No me vas a desear suerte? – volvió a atrapar mi boca pero esta vez, una de sus manos atrapó mi seno y su pulgar se movía excitando mi pezón. Gemí encendida de deseo y me pegué más a él – así quiero oírte gemir esta noche Isabella, porque tú… serás mi premio.

Me estremecí, pero el beso se rompió tan rápido como empezó. Sin darme mucha cuenta, Edward me llevaba de la mano hacia la cancha; pasamos por algunos jardines y de pronto me encontré en un área no tan concurrida como la vez anterior. Habían algunas mesas con manteles blancos y algunas macetitas con flores y banderitas rojas y otras con banderitas azules. También estaban las gradas que recordaba muy bien pero esta vez, me senté en una mesa sola, o mejor dicho, ahí fue donde Edward me dejó.

El partido empezó y Edward se veía imponente sobre “Caramelo.” Sus músculos, su espalda, sus piernas, todo tal cual lo recordaba. Lo miraba hipnotizada sobre el animal, yendo de un lado a otro de la cancha con el stick en la mano y dándole golpes certeros a la bola. A medio juego, Edward ya había metido 3 goles, y al finalizar, uno más ganando así sobre el otro equipo por un total de 6 goles. Edward bajó de su caballo y le entregó las riendas un hombre que se lo llevó. Se acercó mirándome algo travieso y me dio un beso “muy decente.”

–Felicidades, Señor, – le sonreí – ganó el partido.

Hizo una mueca cómo si no tuviera importancia, pero no fue grosera – Vamos, tengo hambre.

Fuimos hasta el restaurante del club y nos sentamos en una mesa algo apartada. Comimos mientras le hacía preguntas sobre sus caballos y él me respondía orgulloso de ellos. Un par de veces se acercaba algún conocido suyo y él se ponía de pie, platicaban apenas unos pocos minutos sin invitarlos a sentarse ni nada, más bien como si quisiera que se fueran rápido. Éstos comprendían la sutil indirecta y se marchaban no sin antes inclinar la cabeza en mi dirección y yo les sonreía amable.

–¿Quieres dar un paseo? – me preguntó de repente.

–Claro, Señor – dije no muy feliz aún por subirme a un caballo, pero no iba a rechazar su invitación, además si él no hubiera pensado en eso antes no me hubiera pedido vestirme con el pantalón y las ridículas botas.

Fuimos rápido a las caballerizas y “Tramposo” ya estaba ensillado. Me subió al caballo y luego él se acomodó detrás de mí. De nuevo estuve envuelta entre sus brazos, su torso a mi espalda, firme, grande, y sus piernas rodeando las mías. ¡Dios eso era sexy!

Nos alejamos del club y nos internamos en el bosque. Fuimos directo al claro de la vez pasada. Estaba aún con muchas florecillas silvestres, se veía hermoso. Edward se detuvo cerca de un árbol y nos bajamos, ató a “Tramposo” y se acostó sobre el pasto. Puso los brazos detrás de su cabeza y cerró los ojos. Me giré y ya que tenía el claro a mi disposición fui por ahí recogiendo florecillas y las colocaba en mi pelo. También me acerqué al riachuelo que corría a un lado del claro y me senté en la orilla simplemente para ver correr el agua. Volteaba a cada rato para ver a mi Señor, pero él seguía recostado en la misma posición. Un rato después un suave resoplido en mi nuca me asustó. “Tramposo” se había desatado y estaba justo detrás de mi. Me quedé muy quieta pero el caballo sólo se inclinó a beber agua. Después se quedó a mi lado oliendo las flores y las de mi cabello también, empujaba de vez en cuando mi cabeza pero muy suave. Era juguetón, tal vez Esme se había equivocado al ponerle el nombre.

Me puse de pie muy despacio para no asustarlo, pero permaneció a mi lado. Con un poco de miedo pero decidida, tomé las riendas que colgaban de su cuello y regresamos caminando lentamente hacia Edward que parecía estar dormido. Se veía tan tranquilo y en paz durmiendo bajo el árbol que me senté junto a él y me quité las apretadas botas, me recosté apoyándome en un codo y lo observé dormir a la luz del día. Sus largas pestañas descansaban al final de sus párpados, su recta nariz sobre esos labios que con sólo tocarme me encendían, esos pómulos tan marcados y esas arruguitas que se marcaban alrededor de sus ojos verdes… suspiré y me puse de pie para pisar el pasto fresco aliviando mis torturados pies y también ése repentino calor que comenzó a crecer dentro de mi; “Tramposo” me miraba como vigilando mis movimientos y decidido a seguirme si me alejaba de ellos. Sonreí y después me arrodillé junto a Edward.

Sin pensármelo dos veces le quité una bota. Me costó mucho trabajo porque definitivamente, Edward estaba dormido; era peso muerto y sus musculosas piernas no eran tan ligeras para mover con facilidad. Se removió un poco sobre la hierba pero de otro buen jalón saqué la bota que me faltaba. Me puse a sus pies y comencé a darles un suave masaje en las plantas. Con mis pulgares hacía círculos en sus talones y los iba subiendo hasta llegar a la base de sus dedos. Utilicé también mis nudillos como había visto en algún programa de la tele. Un gemido bastante grave escapó de su garganta y me detuve. Muy despacio levantó la cabeza y se apoyó en sus codos mirándome con los ojos entrecerrados.

–Así que quieres darle placer a tu señor… – su voz ronca dijo no en una pregunta, más bien en una confirmación – entonces, ven aquí.

Me tomó de los brazos y me acercó poco a poco a él jalándome sobre sus piernas. Al llegar mi pecho hasta la altura de sus ingles, inhalé el poco aire que sentía que podía entrar por mi boca ya que su enorme bulto resaltaba y se sentía duro entre mis senos, contenido por la ropa pero deseoso de liberarse de su prisión.

–Siguiente lección – dijo acariciando mi coleta – como darle mucho placer a tu amo con esa hermosa y follable boca…

Me quedé helada. Me había malinterpretado, yo quería hacerlo sentir bien pero… ¡No así!, ¡Yo no sabía cómo! Edward en ese momento me sentó entre sus piernas, puso mi mano en su miembro y comenzó a frotarla sobre él; mi mano temblaba al igual que todo mi cuerpo, pero en un rápido movimiento me acercó más a él por la cintura y comenzó a besarme. Fue aflojando la presión alrededor de mi cintura pero no la de su mano sobre la mía. Desabrochó muy lentamente su pantalón y bajó la cremallera. Introdujo mi mano para que lo acariciara sobre los bóxers y mis respiraciones se hicieron mucho más profundas y rápidas. Edward me miró fijamente, cómo esperando una reacción mía pero no obtuvo nada, sólo me mordí el labio inferior, de manera nerviosa y expectante.

Soltó mi mano y se recostó sobre la hierba bajando un poco su pantalón junto con los bóxers. Por instinto, llevé mi mano a mi pecho pero él la tomó y la colocó sobre su pene desnudo nunca perdiendo el contacto visual…

–Tómalo entre tus manos Isabella, acarícialo de arriba abajo – fue su primera instrucción y lo hice. Era muy grande y no tenía ni idea de cómo iba a entrar entero en mi boca pero lo acaricié como me dijo y cerré los ojos imaginándome que mi boca era la que recorría la vara ancha y larga entre mis manos; que eran mis labios los que rozaban ese pedazo de piel caliente y vibrante…

Soltó un suave gemido y dijo con voz baja y un poco grave – ahora toma mis bolas entre tus manos, juega con ellas – su respiración comenzó a hacerse más intensa y cerró los ojos por unos segundos antes de dar su siguiente indicación.

–Acércate, Isabella, pasa tus labios por la punta… – sin dejar que mi mente me invadiera con pensamientos traicioneros y me pusiera nerviosa, cerré los ojos antes de estar a milímetros de la punta de su miembro. Brillaba, era como una lágrima la que brotaba de él y me acerqué para darle un ligero beso con mis labios. Sentí el cuerpo de mi Señor estremecerse un poco y me atreví a rodear la cabeza de su enorme pene con mi boca. Jadeó y supe que lo estaba haciendo bien. Eso me animó y entusiasmada, lo introduje más en mi boca moviendo mi lengua sobre y alrededor de él. Mi Señor volvió a jadear y me olvidé de esperar por sus instrucciones. Abrí más mis labios en una gran “O” y me empujé sobre él mojándolo con mi saliva para que se deslizara con más facilidad, más adentro, profundo.

Mi mano abandonó sus preciadas bolas y tomé por completo su pene con mis dos manos ayudándome a manipularlo. Lo sacaba de mi boca y lo lamía como si fuera una paleta y Edward gemía; lo hacía como si estuviera en medio de una gran tortura mientras yo disfrutaba su sabor un poco amargo y salino.

–Lo quiero todo en tu boca – me ordenó.

Obediente, abrí mi boca tanto como pude. Tuve mucho cuidado con mis dientes por que eso lo había leído infinidad de veces “No me muerdas”, “Cuidado con esos dientes” y no quería hacer nada que lastimara a mi Señor. Poco a poco me empujé sobre él, era tan ancho que la comisura de mis labios dolía un poco pero no cejé en mi labor, un centímetro y otro más hasta que tocó con su punta mi garganta. Una vez ahí, empecé a meterlo y sacarlo de mi boca; gimiendo mientras respiraba en un esfuerzo por abarcarlo todo, pero fue inútil. Pero eso no me importó, con mayor rapidez lo movía dentro y fuera, tratando a la vez de mantenerlo húmedo. Edward gemía y tensaba sus muslos, su pelvis se levantaba un poco a veces logrando entrar en mi boca con mayor profundidad. Sentí su mano en mi cabeza pero no empujando, sino acariciándome con suavidad y si hubiera podido, le hubiera sonreído.

No sabía que más hacer, aunque me hubiera encantado ser experta y poder enloquecerlo como seguramente estaba acostumbrado a que lo hicieran; sin embargo, estaba disfrutando al escucharlo gemir, al saborear esa salinidad que emanaba a pocos de su miembro y si eso pasaba era porque no lo estaba haciendo mal. De pronto su abdomen se tensó como si hubiera recibido y golpe, a los pocos segundos lo sentí de nuevo.

–Trágalo todo, Isabella – su apresurada orden me asustó pero no tuve tiempo de nada más – ¡Ahh! – un golpe caliente en mi garganta disolvió mis dudas. Tragué como me indicó, abrí mi garganta y dejé que su fluido corriera por ella. Luché contra una arcada que me amenazaba pero me esforcé por mantenerme firme y segura, como si lo hiciera todos los días, así como lo hacían las protagonistas de mis novelas.

Otro golpe caliente siguió, repetí la misma acción, pero estaba segura que no soportaría una tercera. Lo saqué de mi boca viendo como descansaba ya laxo aunque aún vibrante por momentos entre mis temblorosas manos. Edward permanecía recostado sobre la hierba con los ojos cerrados respirando agitadamente. Salvo el movimiento de su pecho, Edward se mantenía muy quieto. Esperé una orden suya pero no dijo nada. Un par de lágrimas escurrieron de mis ojos; estaba nerviosa y honestamente, muy asustada.

Sentí que Edward se movió, pero no levanté la cabeza. Con cuidado lo solté y con el dorso de mis manos me limpié las mejillas y la comisura de mis labios adoloridos. Él se puso de pie de un salto y se acomodó la ropa rápidamente, luego se inclinó hacia mi y acarició mi cabeza como si fuera su mascota.

–Buena chica – susurró a mi oído y una fuerza recorrió mi columna – ahora ponme las botas, quiero regresar.

Seguí su orden y con mucho trabajo le puse las botas y luego me puse las mías. Me subió al lomo de “Tramposo” y comenzamos nuestra cabalgata de vuelta, sólo que esta vez, Edward me sostenía mucho más pegada a él, lo que me parecía una tarea ya por demás imposible, y trazando dibujos sin sentido en el interior de mis muslos y acariciándome detrás de la oreja con su nariz. Estaba segura que no llegaría cuerda al club.

Llegamos a los establos y con cuidado me depositó en el suelo. Dio un silbido llamando a alguno de los hombres encargados de los caballos pero nadie apareció.

–Señor, ¿Puedo ir al tocador? – pregunté un poco dudosa. Él giró hacia mí y señaló con el dedo hacia en frente.

–Sigue derecho hasta las fuentes y luego hacia la izquierda.

–Gracias – le sonreí amable y corrí hacia dónde me indicó. Entré y fui directo hacia los lavabos, necesitaba agua fría en mi rostro para bajarme un poco ese calor que me quemaba. También mojé mi nuca y mi cuello, lo más que pudiera refrescarme, mejor para mi. Varios minutos después salí del baño, con mi coleta recompuesta y mi cabello sin las pequeñas florecillas.

–¡Bella! – me detuve – ¡Qué sorpresa!

Me giré muy despacio – Hola Max.

–No sabes cuanto gusto me da encontrarte ¡Y aquí! – se acercó a mi y me dio un beso en la mejilla, me tensé pero él no pareció notarlo – ¿Qué has hecho todo este tiempo, dónde te has metido? – me preguntó con su brillante sonrisa.

–¿Yo? – pregunté como ofendida – más bien tú eras el perdido ¿No?

–Bueno, sí – bajó la cabeza risueño – tuve que ir al extranjero por unos asuntos que ocuparon todo mi tiempo y casi te podría jurar que hasta mi cordura pero ya estoy de vuelta, por cierto – me miró intrigado – ¿Cambiaste tu número de móvil? Estuve llamándote, pero nunca entró mi llamada…

–¡Oh, lo siento! – respondí rápidamente – cambié el aparato y aún no logro aprenderme bien sus funciones, seguro que algo hice – traté de disculparme pero mi mente comenzó a trabajar a mil en ese instante.

–Ah, no importa – le restó importancia al asunto que en mi crecía – de verdad es una sorpresa encontrarte por aquí, dime, ¿Con quién vienes, Bella?

–Yo ve…

Isabella viene conmigo, Max – esa afirmación me interrumpió antes de que pudiera decir nada. Edward me tomó por la cintura pegándome a él y Max nos miró tratando de comprender lo que escuchaba, pero sobre todo lo que veía – y efectivamente, estamos juntos, así que ya lo sabes Bennet, no te quiero cerca de mi mujer, por ningún motivo, estás advertido.

Max me miraba, tenía las cejas juntas como si lo dudara aún después de la confirmación que Edward acababa de hacer; yo trataba de mantener la mirada baja pero quería ver todo lo que pudiera. Max se quedó ahí de pie mirando como me alejaba obedientemente con Edward sin refutar ninguna de sus palabras.

Caminamos por los terrosos pasillos abiertos hasta el establo; la presión alrededor de mi cuerpo era mucha y me lastimaba, pero no me soltó hasta que llegamos a dónde estaban las chaquetas y mi bolso. Lo tomé con fuerza, aunque la que estaba rabiosa en mi interior era aún mucho mayor que la que demostraba. Edward no volteó a verme, él estaba igual de enojado. ¡Cómo si tuviera porqué!

En el auto, ninguno de los dos habló. Ya se estaban haciendo costumbre para mi esos silencios y mejor. No tenía nada qué hablar con él… todavía. Fuimos directamente a su casa, no estaba muy lejos del club. Bajamos y me mantuve cerca de él esperando alguna orden hasta que llegó pero no sola…

–Eso también va para ti, Isabella, no te quiero cerca de Max ni cerca de ningún otro hombre, ¿Entendido? – me advirtió.

–Sí, Señor – respondí con voz fingida.

–Ahora sube a tu habitación – gruñó – esta noche te quiero con un vestido rojo.

–Sí, Señor – dije de nuevo y corrí hacia dónde me mandó. Cerré la puerta detrás de mí y me tiré sobre la cama. Un rato después me quedé dormida, ¡Con todo y botas!

Me desperté justo a tiempo para darme un baño y arreglarme. Llené la tina y le agregué unas sales que estaban ahí en un frasquito muy lindo. Después de un rato salí de la sanadora bañera; sequé muy bien mi pelo y lo recogí mientras me maquillaba, luego entré al vestidor a buscar un vestido rojo. No fue una tarea muy difícil, estaban todos en una sección. Escogí uno que se veía cómodo. Me lo puse y después las sandalias plateadas y unos aretes largos. Me solté el pelo y salí de la habitación. Bajé las escaleras y lo vi mirando las luces del jardín. El ruidos de los tacones de las sandalias lo alertó de mi presencia. Volteó y respiró profundo al verme. Se me acercó y me tomó del brazo para ir al comedor sin decir ni media palabra, sin decirme que me veía hermosa esa noche.

–¡Bella! – me saludó muy efusiva Harriet – ¡Qué linda!

–Gracias – dije con voz baja. Él me miraba no molesto, pero… diferente.

Harriet sirvió la cena. Dejé que pusiera los platos sobre la mesa y entonces pregunté – ¿Puedo servirle, Señor?

Él asintió y coloqué un poco de ensalada en su plato. Dos aderezos diferentes estaban en sus respectivas fuentecitas, tomé la primera y lo miré pero él negó suavemente con la cabeza y de la otra pequeña fuente vertí un poco del aliño sobre la ensalada en su plato. Me serví igual que él y comenzamos a cenar… en silencio.

–Usted… usted se parece mucho a su madre, Señor – dije para romper esa tensión que empezaba a consumirme. Edward me miró de reojo y volvió la vista a su plato. No intimidada por eso, continué…

–El color del cabello es muy parecido y el de los ojos es casi idéntico – sus ojos se posaron en mi escote – en cambio yo, me parezco mucho a mi padre físicamente, pero de mi madre saqué el carácter.

Sus ojos me miraron como estudiándome un poco – sus padres son agradables y muy amables, ¿Usted a quién le sacó el cará…?

–Sírveme más vino – me ordenó y comprendí que estaba cortando mi conversación y a buena hora, ¿Cómo se me ocurría preguntarle por ése agrio carácter suyo?

–Sí, Señor.

Entendí la indirecta y opté por no continuar con mi monólogo. Me concentré en mi plato y en el suyo. Al acabar su ensalada, le retiré el plato colocándolo a un lado y Harriet que siempre estaba pendiente de todo, puso frente a él su filete, quitándole la tapa de metal al plato. Continuamos en una tensa cena con miradas que no me hacían sentir cómoda. Edward no me veía directamente a la cara y en varias ocasiones lo atrapé mirando mi escote, mis brazos, mi cuello… me apuré en terminar mi cena aunque sabía que era inútil, si él no quería levantarse de la mesa pudiéramos permanecer ahí por horas. Después del postre, Harriet recogió la mesa y como dije, permanecimos sentados. Edward tomaba brandy y jugaba con un puro entre sus dedos.

–Te quiero en treinta minutos en el cuarto de juegos, Isabella – me indicó sin desviar la mirada de su copa – me esperas recostada sobre la mesa.

Después de unos segundos respondí – sí, Señor, iré a cambiarme.

–Así como estás.

***

Media hora después me encontraba sobre la mesa con ése fabuloso vestido rojo. No me había quitado ni los aretes ni las sandalias, nada. Lo escuché entrar y cerrar la puerta, no me quería mover y mucho menos verlo a los ojos, no quería hacerlo enojar más con alguna impertinencia mía.

–Estás preciosa esta noche, Isabella – ¿Eso no me lo tuvo que haber dicho al pie de la escalera?, ¡Me hubiera hecho sentir un poco mejor!

–¿Sabes? No a muchas mujeres les queda bien este color – se acercó despacio a mi – pero a ti… te queda perfecto.

Sacó de sus bolsillos sus pañuelos de seda, rojos. Tomó cada una de mis muñecas y las ató no muy tensas a las esquinas de la mesa; hizo lo mismo con mis pies y comprobé que tenía poco rango de movimiento. Por último vendó mis ojos y mis sentidos automáticamente se agudizaron. Escuché claramente como se quitaba la camisa y la aventaba por ahí, así como sus zapatos junto con los calcetines. Edward sólo tenía el pantalón y lo que llevaba debajo de él. Sentí que se subió a la mesa, estaba entre mis piernas pero luego se colocó a horcajadas sobre mi. Yo respiraba agitada; él estaba diferente y se sentía en todo el ambiente. Escuché que tenía en la mano alguna herramienta de metal. Instintivamente traté de cerrar las piernas y de cubrir mis senos con los brazos.

–¿Qué sucede mi querida? ¿Tienes miedo? – preguntó con sorna – ¿Acaso no confías en mí?

Gemí nerviosa porque el tono en el que me habló estremeció todo mi cuerpo y no fue una grata sensación.

–Tks, tks, tks – chasqueó la lengua – muy mal, Isabella, yo te he demostrado que puedes hacerlo pero… ¿Puedo yo confiar en ti?

Me quedé muda de repente. Incapaz de contestar. Comenzó a escucharse una música muy sensual y él se movía sobre mí al ritmo de ella. Su cadera hacía círculos sobre mi pelvis y sentí que se inclinaba sobre mí. Gemí. Sus labios comenzaron a recorrer mi cuello y la unión de éste con mis hombros, bajando hasta arriba de mi seno sobre la tela. No hizo falta nada más para que ambos senos se endurecieran de deseo y mis pezones se transformaran en filosas puntas. Por mis piernas una corriente comenzaba a sentirse provocándome ganas de levantar mis nalgas buscando fricción.

Escuché articular el artefacto muy cerca de mi oído. Era un ruido conocido pero tal vez mis nervios no me permitían adivinar que era exactamente. Grité de pronto al sentir que mordía mi seno. No estaba siendo delicado. Me asustaba. Su mano se movía de arriba abajo en mi sexo, encima de la tela del vestido, de mis bragas…

Aunque toda esa intimidación era demasiado para mí, no pude evitar sentir que me humedecía profusa y desvergonzadamente pero no me importaba porque sabía qué significaba estar ahí totalmente expuesta y vulnerable para él. Sólo era cuestión de tiempo para que se deshiciera de mis bragas y lo tendría dentro de mi, sólo un poco más para sentirlo tomar posesión de lo que le pertenecía… El mecanismo del aparato volvió a escucharse en mi otro oído. ¡Eran unas tijeras! ¡Dios mío! Él no me haría daño, estaba segura, él no.

Metió la mano debajo de la amplia falda del vestido y acarició el interior de mis muslos introduciendo un dedo por la orilla de mis bragas, haciéndolas a un lado para tocar sin obstáculos mi delicada piel. Subió la falda hasta mi cintura y de pronto algo muy frío recorrió la orilla de la prenda de encaje rojo. Me sacudí violentamente sobre la mesa al pasar por mi mente mil ideas aterrorizantes, llenándome de miedo. El frío accesorio rodeó también mi ombligo y lo ajustado del vestido no le permitió llegar hasta mis senos.

–No tiembles – dijo muy cerca de mi oído – porque me excitas más…

Con un corte a cada lado de mi cadera hizo desaparecer la prenda de mi cuerpo, la jaló quemando mis nalgas un poco con la fricción pero no grité. “Todo está bien”, “Todo está bien” me repetía una y otra vez, y así estaría mientras no sintiera que acercaba su boca a mi sexo.

Hundió un dedo en mí, luego otro más y comenzó a bombear incansablemente. Jadeé y respiré agitadamente, mi ritmo cardiaco se elevaba y repentinamente abandonó su tenaz labor. Rozó mis labios con sus dedos y pasé mi lengua por ellos.

–Mi inocente chica…

Bajó de la mesa y escuché cómo cortaba algo más. Sentí libres mis tobillos y en un segundo ya estaba sobre mí otra vez, abrió mis piernas y sin más me penetró tan duro y fuerte que sacó todo el aire de mis pulmones. Con cada embestida jadeaba en busca de aire pero de pronto salía y volvía a enterrarse en mí, dejando vacíos mis pulmones de nuevo. Sentía su rabia, su furia, su excitación… como si quisiera de un empellón acabar conmigo, dominarme, castigarme, corromperme, enajenarme… gemía, jadeaba, gruñía, inspiraba… mi cuerpo moría cuando me abandonaba y revivía cuando me penetraba, fuerte, tosco, rudo, violento… respiraba, dejaba de hacerlo, veía y me enceguecía, era su mundo, y ahora el mío, con él, en mí, conmigo…

Era mucho el miedo de tenerlo así, de verlo totalmente transformado en una criatura con una fuerza inagotable. Sabía qué tenía que hacer para que se detuviera, pero de mi boca sólo salían gritos, gemidos, jadeos y el nombre de Edward. Dije su nombre muchas veces, pero él parecía no escucharme. Estaba como en un trance, obedeciendo sólo las demandas de su cuerpo, saciando esa sed de impulsos que bebía del mío. El momento llegó y sabía que necesitaría de mucho más que fuerza de voluntad para no estallar en mil fragmentos. Ya no me esforcé en gritar su nombre, ya no lloré, pero si gemí y con más fuerza que antes, era mi único escape. Me tensé y lo sentí ardiendo con mayor intensidad pero a él no lo escuché decir ni una palabra. Embestida tras embestida me sentía menos capaz de dominar mi cuerpo pero tenía que hacer un último intento.

Edward también iba a correrse pronto. Como si fuera una maldición, sus empellones cobraron fuerza y rapidez. Uno tras otro, más y más intensos, sus embistes lo acercaban a su liberación. Un grito que venía profundo, desde el alma se escuchó llenando el cuarto y lo sentí explotar en mi. Caliente, potente, inundando cada rincón de mi. Se dejó caer sobre mi pero no me aplastó su peso y lloré sin darme cuenta, inmóvil bajo su cuerpo. Un par de minutos pasaron y su respiración poco a poco fue recobrando su ritmo habitual, se movió y aún un poco tembloroso, se quitó de sobre mi y apenas lo hizo, mi cuerpo comenzó a vibrar y a estremecerse…

–Señor – dije entre sollozos y aún sin ver nada – Señor…

–¿Qué… qué quieres? – su voz aún sonaba algo agitada.

–¿Me da permiso para correrme? Por favor… – supliqué.

Lo percibí muy cerca de mí, rodeaba la mesa. Cortó los pañuelos que me mantenían atada pero no me quitó el que cubría mis ojos.

–Ahora, Isabella, ya sabes a lo que te expones conmigo si decides ponerte algo rojo – dijo muy cerca de mi – es más fuerte que yo, tenlo en cuenta porque no te garantizo poder controlarme una próxima vez.

–Señor… – le rogué.

–Vete a tu habitación, Isabella – dijo tosco – y no, no tienes mi permiso para correrte.

***

Sentí un cosquilleo a lo largo de mi columna y me estremecí. Me acomodé mejor bajo el edredón y enterré la cara en el colchón. Suspiré y volví a caer en un sueño profundo. Me di golpe en la cara, en la mejilla porque nuevamente sentí un cosquilleo. Lo sentí en mi hombro y me cubrí con las sábanas pero al poco tiempo éstas bajaban muy despacio dejándolo libre. Caricias tibias lo cubrieron y me puse sobre mi costado. Algo recorría mi vientre, era tibio también y fue bajando hasta perderse entre mi piel y la orilla de las pequeñas braguitas que usaba esa noche. Gemí y me acosté boca arriba. Un calor cubrió mis senos uno por uno y los presionaba con suavidad en un ligero masaje. Arqueé mi cuerpo, giré mi cabeza, y claramente reconocí aunque estaba casi dormida, sus labios en mi cuello. Abrí los ojos alarmada, asustada; quise sentarme pero me lo impidió.

–Shhh…

–No… – susurré con miedo – no tengo fuerzas…

–Relájate Bella, sólo relájate… – su voz era aterciopelada y tan hipnotizadora que hice sin dudar lo que me pidió.

Me acosté de nuevo con los ojos cerrados y de un movimiento de su brazo, tiró al suelo el edredón y las sábanas. Lo sentí acomodarse a horcajadas sobre mí y subió mis brazos sobre mi cabeza.

–No me ate… por favor…

Entrelazó sus dedos con los míos manteniendo mis brazos arriba; se inclinó despacio y comenzó a probar la piel de mi cuello y mis hombros. Poco a poco fue bajando sus manos y las acomodó alrededor de su torso, todavía unidas a las mías. Sus labios fueron acercándose peligrosamente a mi boca y sin más, se adueñaron de ella en un asalto tierno, suave, tanto que me removí con fuerza bajo su cuerpo porque creía estar soñando pero al frotarse contra mi cuerpo y sentir su miembro duro como roca presionando mi vientre, supe que todo era real.

Dejó mis manos a mis costados y comenzó a subir la blusa que usaba como pijama por no querer ponerme una de las muchas prendas transparentes del clóset. Despacio la pasó sobre mi cabeza y se deshizo de ella dejando mi pecho como una ofrenda para él. Se inclinó sobre mí y tomó entre sus manos uno de mis senos como cuidando que no fuera a escaparse ni de su boca ni de sus manos. Con una delicadeza que me tenía por completo confundida, cubrieron sus labios toda mi areola succionándola con mucha suavidad. Jadeé y me arqueé una vez más disfrutando del trato especial que me proporcionaba su boca. Mi pezón estaba entre sus dientes que lo jalaban sin lastimarme; succionaba, chupaba, mordía… Se ocupó de mi otro seno y una de sus manos descendió hasta mi entrepierna.

–No – dije alarmada interponiendo mis manos entre las suyas y mi centro – no voy a poder resistirlo de nuevo… por favor, Señor.

–Shhh, quédate quieta – y de un tirón hizo desaparecer mis bragas.

Su voz ya no sonaba demandante, tal vez eso me instó a obedecerlo. Con muy sutiles mordiditas hizo que olvidara a qué me había negado unos minutos antes y lo siguiente que sentí fueron sus dedos abriéndose paso entre mis empapados pliegues deslizándose en mi interior y saliendo húmedos para acariciar mi clítoris y jugar con él. Lo oprimió, lo rodeó, lo frotó… todo para llevarme al borde del abismo, todo para dejarme sufriendo por algo que empezaba a serme negado constantemente. Me provocaba una agonía desesperada y me desgarraba en interior esforzarme por cumplir, era demasiado, me sobrepasaba y me hería.

Se movió sobre mí, colocándose entre mis piernas y me penetró. Fue sorpresivo pero nada brusco; se movía con un rito cadencioso, constante. Gemí y buscó mi boca besándome intensamente, envolviéndome en su magia, en sus caricias… con paciencia fue guiándome por un camino lleno de un deseo creciente, que empezaba a buscar como explotar en mí, liberándose y liberándome a mí en el proceso. Pero bien sabía que ése deseo pocas veces me sería concedido, no lo tuve horas antes y seguramente no lo tendría ahora…

Sus entradas y salidas de mi cuerpo se hicieron más necesitadas, más urgentes; lo oí jadear mientras nuestras respiraciones alteradas esperaban el momento que cada vez veía más lejos, como un castigo que esperaba por mi para burlarse. No me importó más nada. No volvería a sentir ese dolor cauterizante en mi interior. A medida que su necesidad crecía, dejaba ir la mía a la par de la suya. Creció, se elevó y como un golpe certero, estalló en miles de partículas brillantes que flotaron libres por el universo de mi cuerpo… al fin.

Esperé sentir paz y quietud, pero no fue así. El movimiento continuaba y esa paz sólo duró unos instantes ya que de nuevo, amenazaba formándose otra bola de ardiente deseo en mi cuerpo. Empellones fuertes, él hundiéndose con mayor intensidad, sus tortuosos jadeos… Edward aún no se liberaba y mientras se acercaba al filo del vacío, me arrastraba de nueva cuenta con toda mi pasión contenida, para explotar juntos.

–¡Edward!

Me aferré a su espalda con mis brazos, a sus caderas con mis piernas, a todo él con todo mi ser.

Bella… – apenas pudo decir.

***

Ya tenía todo listo cuando al veinte para las nueve Edward bajaba por las escaleras. Me giré para ver mi reflejo en la puerta de cristal y hasta mi cabello parecía cooperar de buen agrado esa mañana. Serví café antes de que saliera a la terraza y coloqué el periódico muy cerca de la humeante taza.

–Buenos días, Señor – le sonreí tímida y me hice a un lado para dejarle espacio para pasar. Me miró y me regaló de vuelta una muy pequeña sonrisa chueca, casi cínica.

–Buenos días, Isabella.

Se sentó y tomó entre sus manos el periódico, no sin antes dar un trago a su taza. Enarcó una ceja y se dispuso a concentrarse en el papel frente a sus ojos. En un vaso le serví también jugo y en el plato puse un poco de la fruta que Harriet había dejado cortada y guardada en el refrigerador.

–¿Quiere un poco de yogurt encima, Señor? – me miró por la esquina de sus ojos y negó casi imperceptiblemente – ¿Miel? – frunció el ceño y lo tomé por un “no”. Me senté y esperé a que él se llevara el primer trozo de fruta a la boca para empezar a comer. Observaba cada uno de sus movimientos y cuando vi que le faltaba poco para terminar con la fruta, me puse de pie y me dirigí a la cocina. Saqué del horno el plato de omelette con jamón que había preparado un poco antes y que en chefgourmet.com vi que para no cocinarlo al instante, lo mantuvieras caliente en el horno. Lo coloqué en una bandeja y con mucho cuidado regresé a la terraza.

Edward había vuelto a concentrarse en el periódico, puse frente a él el plato que le cociné y le serví más café. Dejó el papel en la silla contigua y comenzó a buscar con la mirada algo en la mesa.

–¿Necesita algo, Señor? – repasé de nuevo la mesa y lo noté – ¡El pan francés! Ahora mismo lo traigo…

–Siéntate, Isabella.

–Es sólo un segundo, Señor, ya lo tengo listo – di un paso al interior.

–¡Que te sientes!

La orden en un grito me hizo caer sobre la silla – Está bien así, Isabella, come – ordenó de nuevo con voz menos fuerte. Terminé la fruta de mi plato y me mantuve sentada, con las piernas ligeramente separadas y mi espalda muy, muy derechita. Pasó un buen rato durante el cual me pidió más café y yo también tomé un poco más. El clima ya había cambiado; no sabía cómo a Edward le gustaba seguir desayunando afuera con ése frío.

–Puedes recoger la mesa – dijo mientras se ponía de pie – cuando estés lista, búscame en el estudio.

–Sí, Señor – esperé a que me dejara sola y con rapidez, limpié la mesa y llevé todo adentro, metí los platos al lavavajillas y dejé la cocina tal cual y como la encontré. Apurada fui al estudio pensando en cuanto tiempo me requeriría en el cuarto de juegos.

–Señor, ya estoy lista – dije entrando después de tocar la puerta.

Inspiró muy profundamente y levantó la mirada de la pantalla de su laptop.

–Muy bien, Isabella, toma tu bolso, Dean te llevará a tu apartamento.

–¿Qué?, ¿Pero porqué? – le pregunté asustada – ¿Hice algo malo?

–No – respondió sin verme – Dean está esperando…

–¿Qué hice? – insistí tratando de hacer memoria

–Nada, Isabella, vete por ahí a pasear – regresó su atención a la pantalla.

–Pero… ¿Por qué? – pregunté dolida.

–Porque hoy quiero estar solo…*

*

*

*
¿Les gustó? No les parece que Edward sin darse cuenta está dejándose ver un poco? mmm ¡si!
Mi agradecimiento total a mis manos derechas, Isita María que me betea y a Nani por… jajaja por ser tan imaginativa como yo y por las imágenes para que juegue un poco con las manipulaciones. (Conste que sólo me divierto con eso)
Mil besos!
Li

11 comentarios:

  1. Darlings! Como siempre muy contenta por sus comentarios, mil gracias a todas por dedicarme unos minutos. :)
    Besitoo
    Li

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  2. Necesitas estar solo eh, Edward? apuesto a que no quieres reconocer que Bella se ha convertido en la sumisa perfecta, mas que eso en la mujer que te hipnotiza y no sabes por qué. Pues piensalo, piensa bien todo lo que sientes cuando estas con Bella y qué se apodera de tí.

    Pero una cosita, por qué después de hacer Bella algo bien, le dice "buena chica" y le acaricia la cabeza? la está tratando como a una mastota, eso es un poco degradante!!, vale, sí, es su sumisa, pero puede decirle algo diferente, no?

    El capitulo Li, de infarto, tengo unas ganitas que llegue la lección del sexo oral para ella!

    besos

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  3. HOOOLAAAA LI.QUE CAPITULAZOOOO....EL PRADO, EL CUARTO DE JUEGOS, EL VESTIDO ROJOOO QUE INTRIGAA CON ESO Q ES LO QUE PRODUCE EN EL ESO???....EL CUARTO DE BELLA CUANDO LA BUSCO Y NI SIQUIERA LE DIO LA ORDEN DE CORRERSE POR ESTAR PERDIDO EN LAS MISMAS EMOCIONES QUE ELLA...AAAAWWWW... HAYY MI DOM ESTAAAAS CAYENDOOO...JEJEJEJEJE....NO HAY VUELTITA ATRAS...ESTAAA METIENDO CADA VEZ AGUAS MAS PROFUNDAS...NADA NADA NADA CARIÑO QUE TE ESTAS AHOGANDO!!!!!....YEAAAH BELLA !!! SALUDOS VALIO LA PENA ESPERAR POR TU CAPI ERES LO MAXIMO!!!

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  4. oh cariño nuestro edward esta mal que ondas hay diso pobre bellis

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  5. Me tiene loca este hombre, nunca se por donde va a salir, ahora quiere estar solo!!! a ver cuanto tarda en buscarla ... me da que muy poco, es duro y cruel pero me encanta.
    Graciasssssssssss Li, espero el próximo nena, cada día escribes mejor y los montajes te estan quedando de infarto, enhorabuena.

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  6. ohhhh quiere estar solo hoyy, para pensar en lo que esta pasando con el y bella. Me encanto el capitulo, la parte final, esa reaccion de edward, fue unica. Me encantaria saber lo que pasa por su mente. Quiero otro capitulo jaja besos

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  7. Hola LI gracias por publicar fue un maravilloso capitulo linda...Besos...

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  8. wow aun no me keda claro lo del color rojo pero se ve ke a duras penas puede controlarse. el mas ke obvio ke se puso celoso de max, ed tendras competenciaaaaa, muy buen capitulo esto cada vez se pone interesante y las imagenes estan geniales

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  9. Hola! Li, tu historia es lo máximo, hasta ahorita pude leer este capítulo. MUY INTERESANTE como edward se esta sintiendo con bella, espero ansiosa el otro capitulo.

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  10. etuvo genial los dos capítulos... la verdad no me llego al correo que habías actualizado... pero bueno no importa... la historia esta quedando genial... y estoy con la misma duda de Edward "¿porque Bella no le gusta que le hagan sexo oral?"

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  11. Que hombre tan poco tratable es Edward Dx con alguien asi ya hubiera perdido los nervios

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