martes, 2 de agosto de 2011

CAPITULO 11

Extrañas Sensaciones

“Un vibrador no te llama por tu cumpleaños, ni te manda flores al día siguiente y desde luego no puedes presentárselo a tu madre.”
                                                                                                                               Charlotte York.



EDWARD’S POV


La calle estaba tan tranquila a esas horas… todo en silencio, ya no habían autos, ni gente yendo y viniendo en todos los sentidos; ya debían estar dormidos descansando, dejando sus preocupaciones a un lado, entregándose a un reparador sueño. Todos, menos yo.

Di un gran trago al brandy de mi copa. Bajó caliente cauterizando mi garganta y haciéndome hacer una mueca. Ojala que con las dos copas que me había tomado también lograra caer en un sueño despreocupado como el que todos tenían, pero sabía que eso sería inútil. Nunca había sido alguien que pudiera dormir muchas horas, además me parecía ocioso estar acostado perdiendo el tiempo cuando podía aprovecharlo en cosas útiles aunque de cierto modo, a veces necesitaba poder desconectarme de verdad de mi vida.

Sí, de mi vida, no sólo de los problemas, los negocios y todas esas cosas que ocupaban gran parte de mis pensamientos, también necesitaba desconectar mi mente de los recuerdos, de mi familia, de ése estilo de vida que se ocultaba detrás de mi gran imagen de hombre importante… sólo quería no pensar, no soñar, no extrañar, no querer… porque todos esos sentimientos eran un constante recordatorio de que no era el hombre invencible que todo lo podía, aunque me doliera reconocerlo, tristemente no lo era.

Con el último trago de mi copa, vino a mi mente la imagen de Isabella. ¿Por qué me habría elegido a mí? Esa era una pregunta que jamás me podría dejar de hacer y cada momento que pasaba más aumentaba mi curiosidad por saber la verdadera razón. No iba a estar tranquilo hasta que ella misma me lo dijera. Isabella…

A ella también tenía que anexarla a todo lo que me gustaría bloquear de mi mente por unas horas. Sobre todo porque la señorita Swan había tomado varias horas de mis pensamientos que le correspondían a mis negocios en el correspondiente orden de importancia de mis asuntos. La sensación del cuerpo de Isabella moviéndose bajo el mío cuando la hice mía por primera vez, la imagen de su cuerpo expuesto totalmente para mi sobre la mesa, en el reflejo del espejo del baño… no era fácil hacer que todo eso pasara desapercibido para mí. También debía agregar la fiereza con la que me enfrentó en su apartamento. ¿Cómo se atrevió? Nadie lo había hecho antes, les importaba mucho no perderme el respeto, pero a Isabella no. Quizás no pensó en lo que hacía, estaba demasiado enojada como para pensar en ése momento.

Tal vez, yo tampoco estuviera pensando correctamente y estaba siendo bastante estricto con ella, los castigos y la forma en la que la había poseído las últimas veces no habían sido muy suaves si hablábamos de una chica casi virgen, quizás la había lastimado con mi brusquedad. Probablemente tendría que controlar mi temperamento y tratar de no ser tan duro con ella.


¿Pero de qué diablos estás hablando? ¿Estás olvidando quién eres Edward?

¿No había sido la misma Isabella quién me había buscado? ¿Quién me había rogado para que aceptara ser su maestro? Era obvio que buscaba recuperar todo lo que no había tenido en 7 años y no le importó mi renuencia, ella insistió e insistió y si mi forma de ser y mis condiciones ahora le parecían excesivas para ser mi sumisa, pues lo sentía mucho porque me había encaprichado con ella y tendría que estar a mi lado y adaptarse a mis normas hasta que se me pasara el capricho, hasta que me diera la gana o hasta que me aburriera de ella.

***

–Edward, hijo.

–Hola papá ¿Cómo estás? ¿cómo está, mamá? – saludé antes de tomar otro sorbo de mi café.

–Bien hijo estamos bien, sólo te llamo para recordarte que el sábado por la tarde nos vamos – se hizo un silencio y recordé el motivo de su viaje.

–¿A dónde van esta vez? – pregunté sin dar oportunidad de que notara que otro año más había olvidado la fecha más no su ausencia, eso nunca podría pasar desapercibido para mi. Nunca podría acostumbrarme a no verla, a no escucharla parlotear por toda la casa, a cantar todo el día y hacer mil planes locos; era tan linda y tan joven que no entendía… ella era muy inteligente, ¿Cómo diablos pudo… ?

–Queremos ir a España, tu madre quiere ir a Madrid y a mi me parece muy buena idea además no está demasiado lejos – dijo regresando mi atención a nuestra conversación.

–Excelente elección papá, Madrid les encantará – dije animándolo un poco – déjalo todo en mis manos, voy a hacer los arreglos necesarios y te aviso cuando todo esté listo.

–No te llamé para eso Edward, yo puedo hacerme cargo de mis asuntos, no estoy ni enfermo, ni viejo – gruñó como siempre lo hacía.

–No hay nada de malo que quiera ocuparme de hacerles más ameno el viaje a mis padres, además tu corazón es algo que tienes que cuidar ¿Ya le preguntaste al Dr. Foster si estás en condiciones de viajar?

–¿Crees que puedo salir a alguna parte sin su permiso? Soy obstinado Edward, pero no idiota, todavía tengo muchas cosas por ver en este mundo en compañía de tu madre y por cierto hablando de ella, no quiere irse sin verte y yo tampoco, así que te esperamos para cenar el viernes y no se te ocurra inventar algo para no venir – me advirtió.

–¡Nunca lo he hecho Carlisle Cullen! Eres un viejo chantajista – dije ofendido.

–Ya sé que no hubieras dejado de venir, pero por si se te ocurría hacerlo… – nos reímos, hablamos un poco más de asuntos sin importancia, colgamos y di un largo y profundo suspiro.

Liz… demonios. ¿Por qué no insististe? Si supieras cuanta falta nos haces a todos…

Tal vez se estuviera riendo de mí allá arriba. ¿Cómo podía decir eso si cuando necesitó de mí la hice a un lado porque estaba demasiado ocupado en cómo demostrarle a Carlisle que ya era un hombre capaz y que podía confiar en mí? Que egoísta era. No me bastaban mis propios progresos, yo quería más, quería tener toda su confianza y qué irónico, otra desgracia tuvo que pasar para que por fin dejara todo en mis manos. Cuando ya no me importaba tenerlo…

Y ahora, le parezco un hombre sagaz pero no aprueba mis métodos, ni la frialdad con la que me conduzco en los negocios, cortando cabezas aquí o allá si no producen los resultados que requiero, si no están entregados al cien por ciento, como se necesita estar si se quiere obtener algo en esta vida.

Cuanto me arrepentía de no haber estado así para ella… al cien por ciento; tuvo que lidiar con un problema que tenía muy fácil solución, un juego de niños para mí, pero que para ella fue mucho más que eso, era algo que la sumía en la más oscura vergüenza y decepción y yo pude haberlo entendido, yo pude… no me imagino cómo debió haberse sentido tan sola y yo creyendo que era otro de sus insignificantes problemas… pero ahora había una posibilidad de saber algo más. Isabella también estuvo en el Sacré-Coeur, debió al menos haber escuchado algo, algo que me ayudara a tener un nombre.

Me pasé varias veces las manos por el rostro para despejarme. Salí rumbo a la oficina y aunque tenía en mis manos un informe, no podía leer nada. Ya había releído el mismo párrafo varias veces pero no estaba concentrado. Desde hacía varios días estaba algo inquieto, ofuscado, irritado. Sabía la razón y no era ninguna otra más que saber que a Isabella no sólo no le gustaba sino le aterraba practicar el sexo oral. ¿Practicar? Por favor, dudaba que hubiera tenido siquiera la oportunidad de intentarlo dos veces, lo que me dejaba con la certeza de que lo que la hizo detestarlo, tenerle miedo y una aversión terrible fue algo que tuvo que haber ocurrido la primera y única vez que alguien se le acercó de esa forma.

Yo estaba decidido a ayudarla a resolver el problema, quería hacerla sentirse cómoda con todo su cuerpo, que supiera que podía dar tanto placer de esa forma así como recibirlo. Todo era cuestión de hacer que confiara en mí para contarme que era lo que había ocurrido y así poder saber cómo podría manejarme con ella y que poco a poco me dejara acercarme, de forma sutil. Tendría que encontrar un buen momento para hacerla hablar y desde luego no podía ser después de una sesión de juegos, ese era mi momento para cuidarla, para mimarla por su buena disposición, por su entrega como una abnegada sumisa que sólo esperaba satisfacer a su amo, era mi oportunidad de retribuirle por darme todo el placer con su cuerpo confiándomelo para que lo tomara para mi disfrute. Ese era el momento de Isabella, no el mío.

Además sentía que tenía que ayudarla porque de alguna forma se lo debía. Ninguna mujer tenía que sentirse mal con respecto al sexo oral. Era algo tan sublime poder brindarles satisfacción, hacerlas gozar y gritar de placer, probar su sabor, la calidez de sus jugos… Isabella se lo merecía y yo iba a abrirla a esa nueva forma de placer. Ella se estaba entregando con mucho empeño, debía reconocerlo; le estaba resultando muy difícil hacerse a la idea de que ser una sumisa significaba rendir tu vida entera a su amo para su placer. Y tal vez no comprendiera aún que mis restricciones sólo eran para hacerla disciplinada, para que se volviera más dócil y servil; cuando ya hubiera logrado comprender el sentido de nuestro estilo de vida podría comenzar a disfrutar de sus beneficios, pero antes no. Lo mejor iba a ser que lograra adaptarse lo más pronto posible, por su propio bien.

Mi teléfono vibró en el bolsillo de mi saco y al sacarlo y ver quién era sonreí.

–Isabella, buenos días.

–Buenos días, señor – respondió tímida.

–¿Sucede algo? – me apresuré en preguntar ya que me extrañó recibir su llamada.

–Oh no, señor, es sólo que… bueno ayer, no pude llamarlo para agradecerle su regalo, es muy lindo, pero no se hubiera molestado, no era necesario.

–Me agrada que te guste Isabella y vete acostumbrando, me gusta que mis mujeres reciban buenos regalos – dije despreocupado.

–Oh… – respondió ligeramente.

–¿Algo más?

–Ya he hablado con mi padre como me pidió, señor, está más tranq…

–¿Qué te pusiste hoy? – la interrumpí.

–¿Perdón?

–Tómate una foto y me la envías de inmediato – le ordené – de cuerpo entero obviamente.

–¿Señor? – se oía confundida.

–No te tardes.

Corté la llamada y me volví a guardar el teléfono en el bolsillo. Subí a mis oficinas y entré como cada mañana con Katie pisándome los talones.

–Buenos días, Edward – me dijo cuando ya estaba cerrada la puerta y se permitía tutearme, aunque a mí no me importaba que lo hiciera.

–Hola Katie, ¿Qué hay para hoy? – me pasé de nuevo las manos por la cara.

–Nada importante por la mañana, por la tarde una junta con los accionistas del club de golf de St. Thomas solamente.

–Muy bien – dije un poco cansado por no haber dormido bien.

–Ahora mismo te traigo tu café, parece que lo necesitas – me adivinó el pensamiento.

–Katie, antes llama al capitán Benson, dile que tenga listo el jet para mis padres, viajarán el sábado por la tarde a Madrid, también avisa al hotel para que la suite esté lista.

–Que bien, al fin se animan Esme y Carlisle a conocer el hotel de Madrid, es tan lindo, creo que iré de nuevo, la pasé tan bien cuando fui aunque tal vez me decida a ir a otro lugar ¿Tú a dónde me recomiendas?

–¿Estás insinuando que quieres vacaciones? – sonreí.

–Ah ¿Ya ves? Sabía que eras inteligente y podrías leer entre líneas, me voy en un mes, considérate avisado – salió de la oficina dándome un guiño.

Mi móvil volvió a vibrar, me informaba que había recibido un archivo. Lo abrí deprisa y vi a mi pequeña pupila con un vestido corto de flores muy pequeñas y medias grises. Se veía muy hermosa. Las comisuras de mis labios se arquearon en una pequeña sonrisa, guardé mi teléfono y me dispuse a trabajar.

Esa mañana a pesar de haber sido tranquila, me vi agobiado entre contratos que debían ser firmados, gente de mi departamento de contabilidad, el de planeación, hasta que los saqué a todos para poder tener un almuerzo apacible. Eso significaba que Katie pidiera algo a mi restaurante favorito y comiera solo en la sagrada paz de mi oficina. Después de disfrutar unas deliciosas costillas de cordero, me tomé unos minutos para disfrutar de mi sexta taza de café del día. Como siempre, miraba hacia la calle, a los minúsculos puntos que se veían desde lo alto de mi oficina cuando una vez más, mi teléfono vibró.

–Jasper – pronuncié su nombre a manera de saludo.

–¿Qué hay Edward?

–Lo mismo de siempre, todo tranquilo ¿y tú?

–Entonces ¿Por qué coño no has venido por tu contrato? – casi ladró.

–Hey, cálmate ¿Qué te sucede?

–No me pasa nada.

–¿Estás seguro?

–Claro que sí y bueno ¿Me vas a decir porqué no has venido a buscar el puto contrato?

–Guárdamelo unos días Jasper, aún no lo necesito.

–Te lo guardaré para cuando lo necesites, no puedo enviártelo con nadie, esto es demasiado comprometedor y muy peligroso para ti si llega a caer en las manos equivocadas. No quiero pensar siquiera que esto pueda salir a la luz, sería demasiado para Esme y ni decir de Carlisle, ya han sufrido bastante, ¿No crees?

–Tienes razón, gracias Jasper – dije sincero.

–Bueno, mmm entonces… ¿No se te hizo con aquella que nos contaste? – preguntó quisquilloso.

–Yo, nunca les conté nada, ustedes enloquecieron ese día porque yo no hablé de ella – repuse algo a la defensiva.

–¡Perdón! – respondió ofendido – no creí que te afectara que no se te concretara el negocito – se burló.

–No me afecta porque yo siempre concreto los negocios que me interesan, yo no le huyo a las chicas.

–Eres un pendejo ¿Cómo te metes con una mujer sin hacerla firmar antes el puto contrato? Siempre has tomado tus precauciones, el día que no lo hiciste casi se te arma un escándalo de no ser porque nos movimos a tiempo, pero no todas las mujeres son como Megan, Edward, algún día te saldrá una más viva si no tienes cuidado, tú no necesitas otro problema como ése ¿O si?

–No te preocupes que no es como Megan, puedes estar tranquilo, ella es una chica muy diferente a todas, te sorprenderías Jasper.

–Sólo me sorprendería si me dices que la sacaste de un convento Edward – contestó irónico.

–¿Cómo lo adivinaste? – respondí exagerando el tono.

–¿De verdad? – el incrédulo reaccionó.

–No, pero estuvo en un lugar muy parecido, creció en un internado muy estricto, no sería capaz de nada Jasper, créeme.

No. Isabella no sería capaz de nada, sólo de pedirle a un desconocido hacerla su sumisa y de acosarlo hasta que aceptara enseñarle todos los secretos del BDSM, nada más eso. Además ¿Para qué me hacía el iluso? Yo no podía confiar en ningún internado, por más estrictos y renombrados que fueran, sólo se vanagloriaban de la disciplina y de la seguridad que tenían para las alumnas, para todas las niñas y jovencitas que estaban a su cuidado pero que eran más vulnerables que nada a tantas cosas porque todas sus normas de seguridad valían para un puto cuerno.

–Bueno ¿Qué? ¿Salimos esta noche? – preguntó olvidándose del asunto.

–Claro, avísale a Emmett y nos vemos en el bar a las 8 en punto.

–Sólo seríamos tú y yo, Emmett está con su novia – recalcó la última palabra.

–No entiende.

–No, tú tampoco.

***

Los siguientes dos días fueron caóticos. Por un error del sistema, todos los programas contables se volvieron locos y el departamento de informática lo resolvió a tiempo, pero hubo que corregir cifras y porcentajes de los balances de fin de mes y mucha información se perdió en el percance. Todos estaban desquiciados y yo todavía más. Eso no impidió que la mañana del jueves muy temprano, al salir de casa le hiciera una rápida llamada a Isabella para saber cómo estaba vestida.

–Buenos días Isabella, quiero una foto tuya de cuerpo entero – era mi orden diaria – no te tardes.

Antes de cinco minutos mi móvil vibraba avisándome del archivo recibido. Lo abría y miraba complacido que Isabella estaba obedeciendo muy bien mis indicaciones. El control era necesario en mi vida. ¿Había alguna duda?

Todo marchaba bien hasta que por la tarde recordé que al día siguiente tenía que ir a cenar con mis padres y no era porque me pesara, en lo absoluto. Era porque Isabella ya estaría conmigo.

–¿Hola?

–Isabella – dije su nombre al escucharla responder mi llamada – ¿En donde te encuentras? – pregunté enojándome al oír música, risas y voces, ruido de fiesta.

–Estoy cenando con mis amigas – dijo muy tímida.

Apreté la mandíbula. Estaba enojado, ¿Por qué carajo no me avisó? Tenía ordenes de hacerlo cuando hubiera algo que saliera de su rutina ¡Maldita sea!

–Mañana Paul pasará a recogerte a la oficina y te llevará al penthouse, saldremos a cenar, te quiero lista a las 7 en punto – le advertí.

–Sí, señor, estaré lista.

–Termina tu cena y te vas a tu casa. Te llamaré en una hora.

–Señor es que yo…

–¿Qué Isabella, tú que? – gruñí.

–Yo casi acabo de llegar – dijo con una voz que apenas pude percibir.

–¿No te había dicho que no tolero que cuestionen mis ordenes? Ahora te vas de inmediato y créeme que sabré si no me obedeces – corté la llamada sin darle oportunidad para que siguiera poniendo pretextos para quedarse.

Furioso, tomé mi chaqueta y bajé al estacionamiento. Dean estaba de turno y de prisa se acercó para abrir la puerta del auto, pero quería conducir yo mismo. Quemando las llantas con un acelerón, salí a las calles en dirección al apartamento de Isabella. Llegué en menos de quince minutos y subí a esperarla. No se demoró demasiado. Y por nada del mundo hubiera cambiado esos segundos cuando me vio parado frente a su puerta. Fue todo un deleite ver su rostro, pasó por todas las expresiones, confundida, sorprendida, asustada…

–Señor… – sus ojos se abrieron tan grandes como podía.

–¿Creíste que bromeaba?

–No.

–Abre – le ordené y con movimientos torpes hizo lo que le pedí.

–Ahora irás a tu habitación, te vas a desnudar y cuando estés lista me avisarás – le indiqué – sin perder tiempo.

Isabella entró a su dormitorio y cerró la puerta azotándola. Sí, estaba enojada, con este castigo seguro se olvidaba de todo. A los pocos minutos abrió la puerta y se asomó muy despacio.

–Estoy lista – dijo aún afectada por el incidente.

–Ven aquí – la jalé del brazo acercándola a mi y la besé con fuerza. Rodeé su cintura con mi brazo para sostenerla y bajé mi otra mano hasta su sexo. Isabella gimió de sorpresa pero seguí acaparando su boca mientras mi otra mano se introducía en sus pliegues. Oprimí su clítoris, lo froté y cuando jadeó hundí mis dedos en ella. Toqué sus paredes sin delicadeza pero sin lastimarla, solo necesitaba que jadeara más para que comenzara a humedecerse lo que hizo enseguida. Mis dedos sintieron esa viscosidad transparente que era clave para lo que haría a continuación.

–Sube un pie a la cama – dije cuando abandoné su interior y me senté en la orilla, saqué del bolsillo de mi camisa un juguetito en su empaque nuevo – inclínate hacia mi Isabella.

–¿Qué es eso? – preguntó con miedo.

–Nada que te haría daño. ¿No confías en mí? – me miró dudosa y renuente con sus movimientos, subió el pie como le pedí. Le quité la envoltura a mi juguete y afirmé mi mano en su cintura – inclínate un poco hacia mí y no te muevas.

Con suaves movimientos introduje en su interior un vibrador. Era uno muy pequeño, pero era perfecto para mis propósitos. Isabella gimió asustada y apretó su canal impidiéndome empujar el vibrador.

–Relájate, Isabella – le ordené y poco a poco fue permitiéndome llegar. Se lo coloqué muy profundo; conocía el artefacto y no había ningún peligro, no podía ni perderse ni salirse y ejecutaba su función perfectamente – vístete.

–¿Pero…? – me miraba desesperada.

–Hazlo y cuando estés lista… me avisas – le sonreí arrogante. La esperaba en el salón cuando llegó, se puso una falda muy amplia. Se veía tan inocente…

–Vámonos – la tomé la de mano.

–Pero… yo… no puedo salir… ¡Así! – chilló.

–Claro que puedes, no lo sientes, no veo porqué no puedas salir conmigo – dije fingiéndome inocente – no te estoy dando nalgadas con objetos, ni te estoy atando, tampoco te estoy negando los orgasmos, sólo estoy llevándote a cenar.

–Pero…

–Los remordimientos no me dejarían dormir si no te alimento – la miré tiernamente. Dudosa, agarró mi mano y salimos. Me dirigí a Regent Street, al Cocoon. Como buen amante de la comida asiática, no me perdería la oportunidad de compartir con Isabella un buen plato tan condimentado que la hiciera hasta gemir.

–Isabella, quiero que entiendas que no me molesta que salgas con tus amigas… de vez en cuando. Lo que no tolero y es el motivo por el que nos encontramos aquí, es que salgas con ellas como hoy y que yo no lo sepa. Para que no haya malas interpretaciones, me darás una copia de tu agenda semanal. ¿Quedó claro? – ella asintió suavemente con la mirada baja.

–¿Isabella?

–Sí, señor.

Ordené la cena y la sentí más tranquila aunque no se movía. Los platos llegaron y cuando el mesero se alejó, me incliné y le dije al oído…

–Disfruta tu cena Isabella, la pedí muy picante para que puedas gemir a gusto – dicho eso, metí la mano a mi bolsillo y encendí el juguetito.

Isabella abrió los ojos aterrada y se aferró al mantel – Oh, discúlpame, creo que puse la velocidad más alta.

Bajé la intensidad, pero seguía en la misma posición y si por ella fuera se hubiera quedado así – Sírveme, Isabella.

Tomó nerviosa la cuchara y puso un pedazo de pollo en mi plato. Tampoco fui tan malo como para pedir algo que tuviera que cortar. Me miró con ojos vagos y luego se sirvió. Comió muy despacio, cerraba los ojos, encogía los hombros y se removía en su asiento. Que no me dijera que era un castigo severo porque esta vez, ni una inocente nalgada recibiría en ese hermoso trasero que me pertenecía.

–Ah, se me olvidaba decirte, puedes correrte en el momento que quieras, si te atreves…

Subí una velocidad al vibrador e Isabella soltó los cubiertos. Abría y cerraba las manos sobre ellos y estaba tan inquieta que estaba seguro que sólo le faltarían unos segundos. Verla así, tan vulnerable y luchando por no correrse me excitó. Era tan malditamente erótica… sus movimientos, los gemidos que sólo yo podía escuchar, su respiración acelerada, ese fino sudor cubriendo su piel…

–Come para que te sientas mejor – dije cínicamente pero no me contestó.

Era un maldito cabrón, lo sabía. Quería volverla loca de deseo y lo estaba logrando. Subí un nivel más del aparato, ella bajó la cabeza y cruzó las piernas. Sus nudillos blancos no resistirían más. Sus gemidos se hicieron más sonoros y de pronto echó la cabeza hacia atrás. Su rostro estaba bañado en lágrimas, tenía la mandíbula tensa y su respiración estaba más acelerada de lo normal. De inmediato apagué mi juguete y me acerqué a ella.

– ¿Estás bien, Isabella? – le pregunté, pero no se movía. Pasé mi brazo alrededor de su cintura y temblaba.

–Perdón, señor – apenas articuló con una vocecita – no volverá a suceder. ¿Podemos irnos?

Levanté la mano y en un segundo estaba un mesero junto a mí, firmé la cuenta y casi tuve que cargar a Isabella para salir de ahí. El esfuerzo por no correrse la había dejado exhausta. Mi pequeña alumna estaba aprendiendo muy rápido y eso me complacía. De camino a su casa nadie dijo nada, ella miraba hacia la calle por la ventana en total silencio. Una vez en su apartamento, le ordené volver a quitarse la ropa. Saqué con mucho cuidado el aparato de su cuerpo y lo tiré a la basura.

Verla en su cama me dio dos opciones. Follarla. Duro y rápido. Liberarme en ese momento tomándola con toda la fiereza que sentía, pero le haría daño. La otra, irme de ahí y acabar yo solo con este asunto. No estaba acostumbrado, ya no, pero era eso o darle a Isabella un motivo para irse de mi lado.

***

A la mañana siguiente mi cuerpo se estaba cobrando el haberme hecho cargo de mi problema. Estaba tenso y de mal humor. Era comprensible. Me di un baño con agua helada, me vestí y salí rumbo a la oficina. A medio camino, mi teléfono vibró recibiendo un archivo. Intrigado lo abrí y la imagen de Isabella con una blusa blanca, un cinturón y una falda café llenó la pantalla. Miré mi reloj y vi que se había adelantado un minuto antes de que le llamara pidiéndole la foto del día.

–Paul, irás a recoger a la señorita Swan a su oficina y la llevas al penthouse. Vé que se hagan cargo de su auto.

–Sí, señor ¿Es todo?

–Por el momento sí.

Hacia el medio día, todo se había vuelto una completa mierda. La compra de un terreno en Costa Rica se detuvo y eso provocaría un aumento seguro en el precio acordado además de un retraso considerable en la obra que ya estaba programada y por lo tanto una pérdida de capital considerable. Todas las negociaciones tendrían que empezar de nuevo y ya no podía darme el lujo de mandar a mi ‘gente de confianza’ a cerrar ese trato, ahora era mi turno de negociar e iba con todo para conseguir ese terreno.

Estaba furioso. Mi oficina había quedado vacía, nadie se atrevía a entrar. Solo Katie era la valiente que fungía como intermediaria entre los estúpidos que trabajaban para mí y yo. Y digo trabajaban porque a partir de ese momento estaban despedidos. Yo no podía dejar pasar un error garrafal como ese. A ese paso acabarían con todo lo que mi padre había iniciado con tanto trabajo y por lo que yo me rompía el alma cada día por hacer crecer.

Era tanto el estrés que me dolía la espalda, los hombros, el cuello, todo. Del coraje mi cuerpo estaba tan tenso que me estaba provocando contracturas musculares. ¡Carajo! Era lo único que me faltaba.

–Katie – la llamé por el intercomunicador – avisa al Spa de Kenilworth que estaré ahí en veinte minutos, que Jessica esté lista.

–Sí, Edward.

Treinta y cinco minutos después estaba desnudo, recostado boca abajo en una cama de masaje en el Spa de uno de mis hoteles a merced de las maravillosas manos de Jessica. Sus manos eran mi único remedio para momentos como ése. Me relajaban, destensaban mis atrofiados músculos y me permitían moverme de nuevo, al menos sin que doliera tanto. Ya me encontraba relajado, había hecho a un lado el problema del terreno, al menos por un corto lapso de tiempo en el que necesitaba mucha paz. Todo estaba funcionando, la música sen, mis respiraciones largas y profundas, los movimientos de las manos de Jessica aunados a su fricción insinuante… pero nunca le había funcionado y no le iba a funcionar, jamás. No era mi tipo y además era mi empleada y yo no mezclaba los negocios con el placer. Era una mala fórmula y podrían considerarme lo que se les diera la gana, pero cuando tenía a una mujer junto a mi, no había nadie más. Me dedicaba solo a ella en retribución a su mismo compromiso conmigo. Era lo justo.

– ¿Se siente bien, señor? – preguntó fingiendo una inocencia que estaba muy lejos de tener.

–Sí, Jessica, haces un buen trabajo – me sonrió y no se giró cuando iba a levantarme hasta que le di una mirada un poco más seria.

– ¡Oh! perdón, señor – dijo y salió dándome la privacidad que necesitaba.

Ya no volví a la oficina; fui a casa directamente. Estaba tan relajado que me recosté y logré dormitar por un buen rato olvidándome del puto asunto del terreno en Costa Rica. Me desperté y me di un baño; Isabella ya debía estar en su habitación arreglándose, pensé mientras me afeitaba. Me di prisa, me vestí rápido y bajé a esperar a Isabella. No tardó mucho, estuvo lista muy puntual al pie de las escaleras. Sonreí como un niño al verla en ese vestido en colores ocre que hacía lucir más claro el tono de su piel. Estaba preciosa y muy elegante.

–Buenas noches, señor – la recorrí con la mirada de arriba abajo y ella bajó la suya, sonrojándose – si mi vestido es demasiado informal puedo subir a cambiarme en un minuto, yo no sabía si…

–No, Isabella – la corté – estás perfecta, luces bellísima esta noche – tomé su mano y la besé – ¿Nos vamos?

Asintió y luego dijo un suave “Sí, señor” que hizo que sintiera un leve calambre en mi entrepierna. Lo ignoré y tomé su abrigo para ayudarla a ponérselo. Le ofrecí mi brazo al salir del elevador y con una sonrisa muy tímida lo tomó. Me sentí… extrañamente bien.

Durante el camino, no hablamos, sólo disfruté de tenerla junto a mí, aspirando su aroma y tocando la suave piel de su mano. La acariciaba y podía sentir claramente como se erizaba su piel conforme iba tocando su brazo. Reí para mis adentros al reconocer que podía ser tan predecible a veces y otras, me tomaba por sorpresa reaccionando como menos me lo esperara y eso me encantaba, que me sorprendieran, lo cual generalmente nunca pasaba. Tal vez por eso había decidido quedármela, sólo para mí.

Llegamos por fin y la ayudé a bajar. Isabella miraba hacia todos lados intrigada por saber a dónde la había llevado, pero no preguntaba nada. Tomó de nuevo mi brazo y avanzamos hasta la puerta donde por supuesto entré sin tocar. Ella me miró confusa, tal vez pensando que era otra de mis propiedades y no estaba muy errada ya que algún día lo sería, sólo esperaba que no fuera muy pronto. La ayudaba con su abrigo cuando escuchamos un ligero taconeo acercarse, se pegó discretamente a mi cuerpo, mejor dicho, se intentó esconder detrás de mí pero la tomé de la cintura ubicándola junto a mí.

–Edward, siempre tan puntual mi cielo, no sé si es un defecto o una virtud – dijo mi madre apareciendo frente a nosotros. Sonreía pero pronto, al ver a Isabella, quedó sorprendida y muy callada observándola.

–Estás radiante esta noche – me incliné para abrazarla dejando un beso en cada una de sus mejillas.

–Yo tampoco me veo muy mal hoy ¿Eh? – la voz de mi padre venía del pasillo de su despacho y al ver que estaba acompañado, me miró igual que mi madre.

–Isabella, ellos son Carlisle y Esme Cullen, mis padres – dije solemne – mamá, papá, ella es Isabella Swan.

–Mucho gusto, Isabella, bienvenida – le sonrió mi madre.

– Papá besó sus mejillas – es un placer tenerte en casa, Isabella.

–Bella, Bella está bien – les respondió sonrojada – y muchas gracias.

La miré enarcando una ceja. ¿A mis padres les pedía llamarla Bella y a mi no? La única vez que lo hizo estaba más dormida que despierta, por lo que dudaba que lo recordara. Eso no me agradó en lo absoluto.

–¿Qué les parece si pasamos un momento al salón?

–Pero solo un momento mamá, muero por probar todas tus delicias – la atraje hacia mi con mi mano libre, así que iba con mamá e Isabella a cada lado. En el salón, me senté junto a ella después de servir unos aperitivos y antes que empezaran a llover las preguntas sobre nosotros. Y no estuve equivocado.

–No sabía que tenías una amiga tan guapa Edward, ¿Por qué no la habías traído a casa hijo?

–No había surgido la oportunidad mamá y esta me pareció una muy buena para hacerlo.

–Y dinos Isabella, ¿Edward se puso muy difícil? – le preguntó mi padre y ella tosió atragantándose con el aperitivo.

–Papá, la estás poniendo nerviosa – le advertí divertido viendo como su rostro pasaba por mil tonalidades de rojo – es muy penosa además.

–Lo siento – dijo cuando pudo hablar.

–No te preocupes, mientras cuéntanos como se conocieron – le pidió mi madre muy risueña esperando oír la historia. Tuve que adelantarme antes de que Isabella se atragantara de nuevo.

–Nos vimos por primera vez en un bar y luego nos fuimos encontrando en algunos eventos hasta que perdió un poco la pena y se acercó a mí – dije mirando fijamente a ese par de ojos cafés.

–¿Fuiste tú quien dio el primer paso? – mi madre estaba extasiada – ¡Que romántico!

Isabella me miró con los ojos llenos de nerviosismo y aprehensión y solo le sonreí de vuelta, dejándola a su merced.

–Yo, bueno… sí – aceptó.

–La cena está lista, señora – anunció Zafrina salvándola – cuando usted disponga.

–¡Edward! – gritó al verme y me levanté para darle un abrazo a la mujer a la que por toda mi vida le robé las galletas recién horneadas.

–Caray Zafie, por ti no pasan los años, estás cada día más guapa – dije divertido.

–¿Verdad que sí? Creo que ya estoy en edad de merecer – soltó una carcajada – ¿Y esta chica tan bella?

–Eso es precisamente, es Bella, es amiga de Edward – dijo feliz mi madre.

Pasamos al comedor y mi madre no podía ocultar su felicidad.

–¿Eres de aquí, Bella? – le preguntó una vez que estuvimos sentados a la mesa.

–No señora, soy de los Estados Unidos, de San Francisco.

–Oh, nada de señora soy Esme, por favor – Isabella asintió y rápidamente me miró y se corrigió de inmediato.

–Sí, señora, perdón... Esme.

–¿No es un encanto Carlisle?

–Definitivamente, lo es – concordó con mamá – ¿Y a qué se dedica tu padre Bella?

–Tiene una empresa de acero, señor – papá la miró negando con la cabeza y ella sonriente dijo – Carlisle.

Papá asintió y sonrió también – ¿De acero? ¿Swan? ¿Tu padre…. ?

–Sí, mi padre es Charles Swan – dijo orgullosa.

–¿Y que haces por aquí hija? estás muy lejos de tu casa – dijo mi madre intrigada.

–Mamá, papá, dejen cenar a Isabella, con tanta pregunta no ha podido comer nada – dije interrumpiendo el interrogatorio que sabía sería doloroso para ella.

–Está bien, gracias – puso delicadamente su mano sobre la mía – mi madre murió cuando era muy pequeña y mi papá tuvo que dejarme en un internado para que cuidaran de mí y él pudiera sacar su empresa adelante.

–Dios mío, lo siento mucho Bella.

–Muchas gracias, Carlisle.

–¿Y a qué internado fuiste? – mis luces de alerta se encendieron ya demasiado tarde, debí preveer hacia donde podría dirigirse todo.

–Al Sacré-Coeur.

Mamá respiró profundamente y se disculpó un momento, papá igual de conmocionado intentó seguirla, pero ella lo detuvo extendiendo un brazo y él se quedó en su lugar. Isabella miraba toda la escena confundida; me miró preocupada y tomé su mano dándole un beso en el dorso.

–Todo está bien, tranquila – le susurré al oído pero me miraba nerviosa y angustiada por no saber exactamente si había dicho o hecho algo incorrecto.

–¿Cuántos días durará su viaje? – pregunté cambiando el tema.

–Dos semanas, ya conoces a tu madre, no le gusta alejarse por mucho tiempo.

–Es una pena, hay tanto que ver y sé que le encantará.

–¿Conoces Madrid, Bella?

–Sí, señor, perdón… Carlisle – se disculpó nerviosa mirando el pasillo por donde desapareció mi madre – fui una vez con mis amigas del internado.

–Oh, qué bien.

–Perdón, señor, pero me gustaría ver si su madre se encuentra bien – murmuró sólo para que yo pudiera escucharla – ¿Puedo?

–No.

Respondí seco y me miró juntando las cejas, incapaz de creer que le había negado el permiso. Mi madre regresó en ese momento con los ojos irritados y brillosos, volvió a tomar su lugar junto a mi padre y permaneció en silencio, hasta que Isabella le sonrió y le preguntó solo moviendo los labios “¿Está bien?” Ella asintió con una sonrisa sincera y agradecida.

El postre llegó y el ambiente volvió a la normalidad, Isabella le hablaba a mi madre de las mantillas que podía comprar en Madrid y ella la escuchaba atenta, yo mantenía al tanto a mi padre de las empresas, pero sólo le daba las buenas noticias. Tomamos el café y cerca de la hora de despedirnos mi madre me llamó. Isabella platicaba muy concentrada con papá así que me levanté discretamente.

–Oh, Edward – mamá me abrazó muy fuerte – estoy tan contenta por ti, hijo…

–Mamá, no te adelantes por favor – la arrullaba entre mis brazos.

–¿Cómo no voy a hacerlo si es la primera vez que mi hijo trae a una chica a casa? Y es tan perfecta Edward, que no podría pedir a nadie mejor para ti, es tan hermosa e inteligente, con mucho porte y muy educada…

–Apenas nos estamos conociendo mamá, aún no hay nada entre nosotros.

–Ahí tienes, dijiste “aún” por lo que pronto lo habrá – aseguró – se ven tan enamorados Edward… y además ella tuvo que conocer a…

–Mamá, mamá, no lo sé ¿De acuerdo? – frené sus conclusiones – nunca he mencionado el tema con ella, así que no lo sé.

–Pero vas a hacerlo ¿Verdad? ¿Pronto? – me miró ansiosa.

–No creo mamá, por el momento no – no quería crearle falsas expectativas.

–Está bien pero tienes que prometerme algo…

–Lo que tú quieras.

–Tráela de nuevo – fruncí el ceño – por favor.

–¿Puedo negarte algo madre? – reí.

–No.

***

De vuelta en el penthouse, Isabella me dio las buenas noches y se retiraba a su habitación. La pequeña se olvidaba por momento quién era el que decidía las cosas aquí.

–Vé a cambiarte, ponte algo lindo para mí y espérame en tu habitación – le dije con una sonrisa un poco pervertida. Me miró y tragó en seco. ¿Qué le ocurría? No era nuestra primera vez…

–Sí, señor – respondió y se alejó.

Con una copa de brandy en la mano, le daba a Isabella tiempo para cambiarse. Sonreí al recordar lo felices que estaban mis padres con ella. Nunca pensé que estuvieran tan contentos y tan a gusto con Isabella, que les causara tan buena impresión, pero no era para menos, ella era todo lo que unos padres deseaban para un hijo, una chica inteligente, educada y atractiva, aunque si supieran el motivo por el cual estaba conmigo, quizás su opinión cambiaría un poco, pero no tendrían porqué saberlo. ¿Verdad?

Veinte minutos eran más que suficiente; terminé de un trago mi copa y subí por las escaleras mientras me aflojaba el nudo de la corbata. Si alguien me viera diría que estaba ansioso, yo más bien hubiera dicho que era pura necesidad. Mi cuerpo me pedía desahogarse; por todo lo ocurrido durante la semana y con las fotos diarias de Isabella, tenía la sangre corriendo hirviente por mis venas. Fui a mi habitación por algunos accesorios imprescindibles y después me dirigí a la suya abriendo la puerta sin tocar; encontré la habitación vacía, con una luz muy tenue. Isabella salió del vestidor lentamente; la boca se me hizo agua al verla lucir un juego de lencería rosa...

–Acércate, Isabella.

Ella caminó muy despacio hacia mí. Ya no había sorpresa ni miedo reflejado en su rostro, era una expresión que podía considerar como la mía unos momentos antes. Puse mi mano en su nuca y la acerqué a mi; la besé con fuerza, atacando sus labios tentadores y buscando entrar a su boca. Ella no se resistió al sentir mi lengua poseer la suya, un gemido escapó de su garganta y mi miembro se endureció un poco más de lo que ya estaba.

–Hoy has sido una muy buena niña, Isabella – dije separándome de su boca – estoy muy complacido por tu comportamiento. ¿Crees que deba recompensarte?

Pasaba mi nariz por la línea de su mandíbula, su piel olía dulce, tentadora. Bajé mis labios a su garganta y probé su piel lamiéndola lentamente – habla Isabella.

Su cuerpo comenzó a temblar y me encendió más – lo que usted desee estará bien para mí, Señor.

–Deseo ver tu cuerpo, desnúdate.

Muy despacio comenzó a quitarse el hermoso juego de lencería, se le veía muy bien pero prefería verlo en el suelo y no ocultando su exquisita figura. Sus caderas con las curvas en exacta proporción con el resto de su cuerpo, sus piernas torneadas y esos firmes y redondeados senos que me hacían desear saborearlos y morderlos hasta hacerlos enrojecer.

–Desvísteme, Isabella.

Y con la misma lentitud con la que se deshizo de la poca ropa que la cubría, me quitó la camisa; paseó su mano por mi cintura ligeramente, desabotonando mi pantalón. Estaba seguro que estaba disfrutando con lo que hacía porque su respiración se volvió pesada y entrecortada. Bajó mi pantalón y después me miró esperando mi permiso para hacerlo con mis bóxers, el cual obtuvo de inmediato.

–Tócame – le ordené ya desnudo y aspiró sorprendida – hazlo.

Isabella cerró los ojos y posó sus manos en mi pecho haciendo círculos y presionando un poco. Luego las bajó a mi cintura hasta llegar a mis nalgas y las apretó. Tomé sus manos y las llevé a mis ingles.

–Abre los ojos Isabella, quiero verlos mientras me tocas.

Sus manos temblaban así como todo su cuerpo pero no dudó. Un poco tímida las acercó a mi miembro duro que ardía esperando un poco más de su atención. Lo tomó delicadamente y lo acarició subiendo y bajando las manos cerradas a su alrededor, causándome un estremecimiento que fue desde mi nuca hasta el término de mi espalda y corriendo también por mis piernas. Era tan extraño para mí sentir tanto con una simple caricia… ¿Qué tenía Isabella que me provocaba esto?

–¡Basta! – grité.

–Siéntate aquí y cierra los ojos – vendé sus ojos y até sus manos hacia atrás, acerqué un banco alto y la senté en él.

–Deberás tener cuidado en no moverte demasiado, si lo haces te caerás y no queremos que te lastimes – afirmé haciéndola temblar un poco más hablándole al oído y acariciándola con mi nariz. Me coloqué entre sus piernas abriéndolas de par en par y cubrí sus senos con mis manos atrapándolos y apretándolos como me moría por hacer desde hacía horas. Ella jadeó cuando bajé mi boca hasta su pecho izquierdo y tomé su pezón entre mis dientes. Lo mordí, lo jalé, lo chupé y saboreé su tierna piel, repetí la misma suerte con su otro seno y cuando sentí que instintivamente hacía el intento por cerrar las piernas supe que era buen momento para bajar a jugar.

Sin dejar de torturar sus senos, muy despacio bajé mi mano derecha, acaricié distraídamente su torso, su abdomen y seguí el descenso hasta su hueso púbico. Isabella gimió cuando mis dedos rozaron su sexo caliente tentándome más. Hundí mis dedos entre sus pliegues y toqué su clítoris húmedo, lo presioné y sonreí al ver el esfuerzo que hacía por no gemir en voz alta. Lentamente comencé a mover mis dedos de arriba abajo, provocándole jadeos cada vez más audibles y haciéndola sudar.

La penetré con un dedo y dio un pequeño grito, temblaba y podía ver su sufrimiento por intentar no moverse para mantener el equilibrio y por otra parte por querer retorcerse de placer. Introduje otro dedo y comencé a moverlos en todas direcciones, Isabella gemía torturada y casi sollozaba por el esfuerzo de mantenerse sentada en el banco.

–¡Por favor! – exclamó suplicando.

Hundí más profundo mis dedos en ella y los moví con mayor rapidez – no me ruegues ni me supliques Isabella, sabes que conmigo eso no funciona, no gastes tus energías y concéntrate en no caer de aquí. Con movimientos frenéticos la aproximé al orgasmo y me detuve cuando comenzó a tensarse. Bajé la intensidad de mis caricias hasta que casi no movía mis dedos y los gemidos de Isabella bajaron gradualmente. Era hermoso ver cómo respondía a mi, a mi toque, a mi voz, a mi proximidad, a mis caricias… poco a poco saqué mis dedos de ella, brillosos por su propia humedad los acerqué a su boca.

–Pruébate, Isabella – introduje uno entre sus labios – prueba qué deliciosa eres.

Al decirle eso se paralizó pero no se rehusó. Con lentitud comenzó a probarse chupando mi dedo. Poco a poco su rostro fue relajándose hasta que empezó a succionar y de inmediato quise eso pero no en mi dedo. Saqué mi dedo de entre su boca y volví a introducirlo en el centro justo de su sexo, bombeando con fuerza, sin parar.

–Noo… – gritaba entre jadeos – no puedo… resistirlo.

La ataqué con mis dedos, sin piedad hasta que la tensión se cerraba alrededor de mis dedos – ¡Por favor!

–Sí, puedes – dije continuando con mi tarea – sí, puedes… – mis dedos se movían con una rapidez que la estaba enloqueciendo pero no sería por mucho tiempo más – ¡Córrete Isabella! ¡Ahora!

Un fuerte grito en medio de convulsiones me hizo sonreír satisfecho. Tuve que sostenerla abrazada por unos segundos hasta que la intensidad del orgasmo fue descendiendo y la tomé entre mis brazos para acostarla en la cama. Con prisa desaté sus manos y quité la venda de sus ojos, me acomodé entre sus piernas y la penetré con todo el deseo contenido durante esos días. La embestí fuerte una y otra vez, la escuché jadear y gritar mientras me movía sobre ella, dentro de ella, mientras descargaba toda mi tensión acumulada. No podía contenerme, no podía ser gentil, era más fuerte que yo, necesitaba poseerla de esa manera, básica, salvaje, instintiva.

Sus senos eran mi deleite, succionaba sus pezones tan duros como mi miembro que se enterraba en ella; entre mordiscos y lamidas en sus turgentes pechos se formaba dentro de mi una urgencia más poderosa que me incitaba a imprimirle velocidad a mi cuerpo para poder culminar dentro de ella liberándome de la abrumadora tensión que sólo esperaba por derramarse en su interior.

Fue demasiado pronto; me sorprendió que tan rápido mi cuerpo llegara hasta ese punto insoportable que ansiaba explotar, que clamaba por el desahogo. En ese mismo momento comencé a sentir la tensión alrededor de mi miembro, Isabella estaba a punto de correrse de nuevo y yo lo haría también como un chiquillo adolescente que no podía mantener un ritmo largo y constante. ¡Maldita sea!

Isabella se encogió bajo mi cuerpo y sus uñas se enterraron en mi espalda, entonces gritó…

–¡Edward!

Se aferró a mi con mucha fuerza enrollando sus piernas alrededor de mis caderas y elevando su pelvis buscando una fricción más intensa. Isabella se corrió con tal ímpetu que me sorprendió y yo alentado por su entrega, le seguí estallando y vertiéndome en su interior. Fue un orgasmo muy potente, inhibió cualquier otra sensación que no fuera el goce del acto. Era avasallante. Me dejé llevar y me perdí en la entrega que era más de lo que estaba acostumbrado a sentir.

Tal vez fuera la suma de lo acontecido los últimos días, quizás era el deseo intensificado por entrenar a esa chiquilla lo que había resultado en esa explosión aniquilante, no lo sabía. Pero de lo que si estaba seguro era de que no podía volver a poseerla sin estar plenamente consciente de mis actos, no podía volver a romper una de mis propias normas. No podía volver a correr ese riesgo, necesitaba aislarme de sentimentalismos, en este mundo no tenían cabida. No los necesitaba en mi vida. Yo era un hombre práctico y mi ajetreada vida solo estaba dispuesta para dos cosas, para obtener placer y para seguir acumulando riqueza y poder.*

*

*

*



Muchas Gracias a mi Beta Isita María que es un genia en esto y como siempre a mi Nani querida.
No han pasado por el blog de Sachita y el de Mirgru??? Ah, se lo están perdiendo!!!

15 comentarios:

  1. Hola Nenas! chusrobissocute, G-Patzz. Cris, Nani, Joli, aLeJaNdRa, Sandy, Alejandra, Paty, nydia, draculle, SallyMarcano, Isabella, Tatypr y Anónimo, mil, mil gracias por leerme. Soy feliz!
    Besitoo Li

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  2. xd danto me encanta dios murto x mas

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  3. Madre mia, que capítulo tan intenso!!!!
    lo he leido esta mañana temprano y lo he vuelto a leer ahora y ¡por Dios que me muero!
    como siempre Li te superas en cada episodio!!!

    besos

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  4. HOOOLA LI!!! GRACIAS POR ESTE CAPITULAZO, ME ENCANTA VER COMO EL TODOPODERO Y GRAN EDWARD CULLEN ESTA CAYENDO EN UN LUGAR SIN FONDO NO VA A PODER PARAR DE CAER EN EL EMBRUJO DE SU CORDERITO ISABELLA SWAN...YA HASTA LA LLEVO A SU CASA, VAMOS A VER COMO LE VA HACER PARA MANTENER ESA VIDA DE SEXO Y NEGOCIOS INTACTA Y DE HIELO QUE SOLIA LLEVAR...JAJAJAJA...COMO ME ENCANTAAAAAAAAAAAAA!!!

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  5. TU MUY BIEN Li jejeje muy intenso y padre qmo siempree!!!eres impresionante pero oyee cuando tengas un momento libre sube otro cap extra aparte del de siempre queremos saber que mas pasa!!! no nos dejes con la intriga!! jajajaja sale pues otra cosita amm me gustaria que leyeras mis fics y me dices qe tal estan y pues si te gusta alguno podrias ponerlo n tu pag xa q las chicas lo lean? si plis!!!

    http://Schrei-alejandra.blogspot.com

    http://Mi-Amanecer.blogspot.com

    leelo aunq sea entre lineas x faz sale byeee sigue subiendo capitulos tan padres qmo este byeee!!

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  6. sensaciones,sensaciones... mmmmmmmm porque edward no se deja llevar un poquito mas, le aguantara bella el ritmo? Besitos nena

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  7. wow ke calor!!! sigo intrigada por la actitud de esme y carlisle ke es lo ke paso??? me encanta ke ed este empezando a perder la cabeza por bella :D

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  8. que capituloooo, me encanto saber todo lo que piensa edward y como poco a poco se envuelve. Y si tambien estoy intrigada por saber que paso en la familia de edward...besos Li, quiero otro capitulo prontooo jaja

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  9. dios gracias Li por este hermoso y caliente capitulo dios y por lo visto el duro empresario esta cayendo de su mundo.....Gracias por publicar linda...Sigue asi...Besos...

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  10. woww!!! increible como siempre!!!! me he quedad sin palabras (:

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  11. Woooowww incregible gran capitulo!!! me dejaste con dudas pero se que a medida que avanzan los capitulos los aclararas. Me facina ese Edward me gustaria tener uno para mi lo juro jajajjaj
    Ya quiero leer el siguiente capitulo para saber que paso en la familia de Edward me gusto mucho entrar en su mente y en sus sentimientos.
    saludos muchos cariños
    yessenya

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  12. awwwwwwwww me encanta me encanta! <3 sé que Edward se va a enamorar :3
    eres genial! :D

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  13. y yo sigo que aunque aqui esta refrescando el clima no siento frio alguno !!!
    que capitulo

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  14. El Dom como que tiene multiples personalidades, puta que forma de tratarla, la ve enojada y se enoja, la ve llorar y se enoja, la ve excitada y se enoja, le gusta que ella lo toque y se enoja, puta ese hombre esta loco y la pobre con los nervios a flor de piel, en cualquier momento va a tener un colapso nervioso. Me gusta un Edward posesivo pero este cuate si tiene zafados los tornillos. No le gusta sentirse vulnerable y tampoco le gusta lo que Bella le esta haciendo sentir.
    Me encanta tu fic!!!!

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  15. Este Dom no es bipolar, tiene multiples personalidades para tener a la pobre Bella ocupada un buen rato, nada le gusta a ese hombre, si ella se enoja el se enoja, si ella llora el se enoja, si ella es sumisa el se enoja, si ella se excita el se enoja, si ella lo toca y a el le gusta de todos modos se enoja y la agarra de un modo tan violento que casi raya en la violacion, a ver que tanto aguanta Bella, pero este Edward vaya que si es intenso por decir poco.
    Me encant tu fic!!!!

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