lunes, 29 de agosto de 2011

CAPITULO 15

Respetando Voluntades

"El fornicio a gran escala produce confusión"
Casanova.


BELLA’S POV


–Tienes razón, creo que he tocado fondo… tal vez ya sea momento de estar completamente sola

–¿Qué? – preguntó Edward confundido y fijando la mirada que tenía sobre la carretera en mí.

–Quiero estar sola – le repetí volteando mi cara a la ventana evitando sus intimidantes ojos verdes.

–¿De qué carajo estás hablando, Isabella? – bramó furioso y me encogí ante su voz –. ¿A qué coño te refieres?

–A eso precisamente, necesito pensar y no podré hacerlo con todos a mi alrededor – traté de que mi voz sonara segura.

–¿Cuáles todos?, tus lindas amigas te han dado la espalda. ¡Sólo me tienes a mí! – gritó alterado.

–Pues, ni a ti te quiero cerca. Todo esto, me ha sobrepasado, necesito tiempo… – limpié una lágrima que corría por mi mejilla.

–No me importa, no te alejarás de mí – estaba exaltado y para nada de acuerdo con mi decisión –. No me interesa lo que quieras, tú harás lo que yo diga.

El regreso a casa fue bastante estresante. Edward conducía fuera de los límites de velocidad y por mucho. Yo iba aferrada al asiento, haciendo un esfuerzo porque no se notara mi miedo mientras nos manteníamos callados; ninguno hablaba, Edward tal vez porque estaba demasiado encolerizado y si lo hacía solo gritaría improperios, enojado porque le pedía tiempo para mí sola, lejos de él. La verdad ya estaba siendo realmente difícil para mí pedirle que se alejara como para venir discutiéndolo en el camino, era como echar sal en una herida que no sabía que tenía abierta. Al llegar a Londres, Edward tomó rumbo hacia el penthouse.

–Llévame a mi apartamento, por favor – le pedí con el único tono de voz que me salió, uno suave y bajo.

Edward apretó el volante tan fuerte que los nudillos de sus manos estaban blancos y no dijo nada pero cambió de dirección. Ya en mi calle, se estacionó frente a mi edificio y con velocidad presurosa salió del auto y estuvo a mi lado para ayudarme a bajar, después sacó la pequeña maleta y lo miré.

–Todo lo que hay ahí lo tomé de tu casa, no es mío.

–Estás equivocada, Isabella – dijo muy serio –. Todo lo que hay tanto en el penthouse como en la casa es tuyo, lo compré para ti, te pertenece y puedes hacer con todo ello lo que gustes –. Rodé lo ojos, no me iba a poner a discutir, yo solo quería entrar a mi apartamento y enterrarme en mi cama. ¿Era eso mucho pedir?

Lo seguí al interior del edificio y abrió la puerta con sus propias llaves las cuales nunca me enteré como obtuvo, llevó la maleta a la habitación de visitas y yo entré a la mía, me senté en la cama y de pronto ya estaba junto a mí.

–Ven a casa conmigo. Ahí hay mucho espacio y podrás estar sola, nadie te molestará – tomó mi mano entre las suyas –. Tendrás tiempo para pensar en todo lo que quieras… – no pude distinguir con exactitud la expresión en sus ojos verdes que me miraban mientras me hablaba con voz modulada.

–No, Edward, quiero estar sola aquí en mi casa, por favor… vete – mi garganta se cerró al decir esas palabras.

–No creo que sea buena idea dejarte sola…

–Puedo cuidar muy bien de mi misma – lo corté –. Por favor…. – insistí y Edward se puso de pie lenta y pesadamente.

Se dirigió a la puerta y se detuvo, pero continuó su camino sin voltear a verme, y fue preferible, no deseaba echarle más carga a mi pesado saco de cosas por analizar y sin duda su actitud era algo que ocuparía un buen espacio en él. Escuché como cerraba la puerta principal y me relajé un poco al saber que se había ido; me quité los zapatos y me metí bajo las mantas frías de mi cama.

Ya hacía más frío en Londres. Estábamos en pleno otoño y el mes de diciembre ya tocaba nuestras puertas. Nunca había pasado un invierno sola, mucho menos una Navidad. Justo una semana antes de Nochebuena, todas las alumnas salíamos del internado para pasar las fiestas con nuestras familias. Un día antes de partir a los Estados Unidos, las chicas y yo íbamos a Ginebra de compras sólo para nosotras y para Charlie. Rosalie siempre pasaba todas las fechas importantes conmigo, ella no tenía familiares cercanos y mi padre y yo estábamos felices de tenerla con nosotros al igual que a Alice ya que sus padres siempre estaban en un “viaje importante” y no podían dedicarle tiempo a su hija, así mi familia de dos se convirtió en una de cuatro. Las mañanas de Navidad eran las mejores porque papá siempre tenía bajo el árbol regalos iguales para todas y nosotras poníamos también todos los que le comprábamos a él.

Charlie se convertía cada temporada de vacaciones en un adorable papá de tres adolescentes traviesas y coquetas. Nos llevaba a la playa en verano y a veces a esquiar en invierno, pero siempre preferimos lo cálido. Hacía bizcos y espantaba a los chicos que se nos acercaban cada vez que salíamos con nuestros bikinis a tendernos bajo el sol para quitarnos un poco ése tono verduzco que nos daban las paredes del internado y luego sufría porque terminábamos quemadas y rojas como tomates por nuestra insensata exposición al sol. Eran muy buenos recuerdos familiares y yo… yo los había tirado todos por la borda al ocultarles a mis amigas cosas tan importantes de mi vida.

Recordando muchos momentos tan valiosos para mí, me quedé dormida. Caí en un profundo sueño tal vez agotada por la tensión, pero fue interrumpido por caricias muy leves que sentí en mi cabeza y mi hombro. Seguramente soñaba porque además suaves besos eran depositados en mi mejilla, eran tibios como el aliento de quién los dejaba en mí. No abrí mis ojos, no quería despertar de esa deliciosa y tan vívida alucinación. Unos brazos me movieron con facilidad y los botones de mi ropa comenzaron a abrirse. Yo seguía sin moverme disfrutando de mi agradable sueño y como si fuera real, sentí mi brassiere abrirse por el frente. Un olor fuerte y medicado que recordaba de algún sitio llegó a mi nariz y mi seno de pronto era acariciado con una delicadeza que empezaba a reconocer muy bien; me estremecí tanto que supe que no era un sueño, era bastante real. Abrí mis ojos y distinguí bajo la luz muy tenue a Edward, me llevé las manos al pecho, pero con mucha suavidad las tomó y las colocó a mis lados.

–Shhh, ya casi termino – dijo con una voz tan suave como sus caricias –, sólo un poco más por aquí, tranquila.

Cuando cesaron sus movimientos, se levantó, entró a mi clóset y regresó con mi ropa de dormir –. Cámbiate – dijo pero no sonó como un mandato sino como una sugerencia. Salí de la cama y fui a mi baño, me desmaquillé, me puse la pijama y regresé a la cama; cuando alcé la mirada Edward estaba junto a mi. Se recostó a mi lado.

–Edward, quiero estar… – comencé, pero él puso un dedo en mis labios y asentía muy despacio, me abrazó como la noche anterior y su calor me relajó. Me acomodé contra su pecho y no dije nada más, él tampoco; me dormí rápidamente sintiéndome extrañamente segura entre sus brazos.

Con Edward nada era normal, sobre todo esa cantidad de sentimientos encontrados que no tenía ni idea de cómo manejar, por un momento el Señor rugía ordenando, mandando, esperando que todos sus deseos se cumplieran sólo para su placer y en otro, era difícil reconocerlo entre las palabras suaves y la ternura con la que me prodigaba sus cuidados. Honestamente no sabía como reaccionar ante su conducta tan errática y cambiante. Cómo separar esos sentimientos tan encontrados que se mezclaban y que me enloquecían por completo.

Me desperté a la mañana siguiente y no me sentía mejor. Con los recuerdos bullendo melancólicos en mi cabeza era difícil recomponerme y salir a dar batalla como un día normal, sin embargo me di un baño y mientras pasaba la esponja por mis senos, pensaba en Edward y en cómo me había cuidado la pasada noche. ¿Qué pretendía al no darme mi espacio?, ¿por qué no respetaba mi decisión? Aturdida a pesar de ser muy temprana hora continué con mi rutina, sequé mi cuerpo y mi pelo lo recogí en una coleta. Saqué de mi clóset unos pantalones negros, una blusa blanca común y me vestí, me maquillé un poco para disfrazar mi rostro que a leguas reflejaba como me sentía por dentro y cuando estuve lista salí de mi habitación.

Casi me muero del susto al ver a Edward en mi cocina recién bañado y afeitado, inmaculadamente vestido con un traje oscuro. ¡Se había quedado a pasar la noche! Había preparado café y me estaba sirviendo una taza.

–¿Dormiste bien? – preguntó estudiándome mientras yo lo miraba anonadada.

–¿Qué haces aquí? – logré preguntar más enojada que confundida.

–A partir de hoy habrán algunos cambios, Isabella – su modo mandón estaba en “On” –. Comeremos y cenaremos juntos todos los días a excepción de cuando tenga algún asunto que me lo impida, ya no conducirás tu auto, Paul te llevará a donde tengas que ir, y recuerda, tienes prohibido ir a buscar a tus “amigas”, por ningún motivo te quiero cerca de ellas, ¿entendido?

Ni siquiera lo miré. Si de casualidad tenía algunos puntos a su favor éstos se habían borrado desde que abrió la boca para ordenarme qué hacer. Ignoré la taza de café que me había servido, lo ignoré a él y tomé mi bolso junto con las llaves de mi auto. Conduje un par de cuadras y por el espejo retrovisor vi el jaguar negro que me seguía. Suspiré cansada, no podía estarse convirtiendo en un acosador además de todo. Ése comportamiento extra posesivo se estaba saliendo de lo normal. Él nunca mencionó el excesivo control que ejercería en mí, él solo dijo que mientras me comportara de acuerdo a sus lineamientos, yo podría hacer mi vida normal siempre y cuando él no me requiriera, pero ahora estaba manipulando hasta el mismísimo movimiento de la tierra para mantenerme vigilada. ¿De qué tenía miedo?, ¿de qué huyera? Ni siquiera había pensado en esa posibilidad, yo sólo quería meditar bien todo lo que estaba ocurriendo en mi vida, pero ya que salía a flote ese punto, tenía que ser muy sincera conmigo misma y en realidad considerarlo.

No podía negar que estaba obteniendo justo lo que yo quería, ser sumisa de un Dom, ¿pero a costa de qué? Mi vida social estaba casi extinta, mis amigas ya no me hablaban ya que por una puta casualidad se enteraron de mi relación con Edward, estaban muy molestas y se sentían traicionadas por mí. Y no podía culparlas, las había ofendido y lastimado. ¿Con qué cara podría verlas de nuevo?

Hacia medio día y después de repetirle a Jane por enésima vez que tenía ese patético aspecto debido a los cólicos menstruales lo cual tenía algo de cierto, contesté una llamada de Edward.

–Edward – dije indiferente y escuché como respiraba y exhalaba profundamente, como una advertencia.

–No podré comer contigo – era todo seriedad –. Surgió algo de última hora.

–Bien, al fin estaré sola – dije irónica.

–Isabella… – dijo mi nombre como una advertencia y se contuvo – Paul pasará por ti a las 8 – ordenó tajante y cortó la llamada.

Tomé mi bolso y me disculpé con Jane por no comer con ella. Subí a mi auto y conduje hasta Marylebone High Street. Entré a Brissi, una tienda de decoración y compré una hermosa lámpara de pié; pedí que la envolvieran para regalo y me ayudaron a guardarla en el auto. Sobre la misma calle caminé hasta Matches y compré un bolso de Balenciaga, también lo envolvieron para regalo. En Daunt Books compré unas tarjetas y me senté en un café a escribir en ellas.

Alice y Rose:

Hemos pasado por muchas cosas durantes todos estos años, experiencias dulces y amargas, unas que hemos querido borrar con toda la fuerza de nuestro ser y otras que rezamos para no olvidar. Nuestras lágrimas y nuestras risas se han enjugado y mezclado hasta hacer un eco infinito de amor, de cariño y de confianza.

Hoy reconozco que no he sabido darle el lugar que se merece a la confianza que ustedes siempre me han brindado, sólo espero que puedan darme una oportunidad y volver a ser lo que siempre hemos sido.

Con cariño, Bella.

Con las lágrimas que rogaba que no se derramaran de mis ojos, las guardé y emprendí mi camino para entregar la lámpara y una de las tarjetas. Ya tenía algún tiempo que Alice la había visto y moría de ganas de tenerla pero por uno u otro motivo no la había comprado, era para su habitación. Mientras más me acercaba a sus oficinas, más lentamente caminaba. Al pasar por la puerta, miré hacia el fondo y la encontré sentada en el suelo entre alfombras y tapetes. Me vio de reojo y continuó con lo que estaba haciendo; me agaché hasta ella y sin mirarme, dijo…

–Dicen que del tamaño de la culpa es el regalo y yo no quiero el tuyo, llévatelo con toda tu hipocresía y tus mentiras – Sus palabras me dolieron como si me hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago.

–Alice… perdón – dije apenas con un hilo de voz y me levanté despacio, ella siguió con lo que la ocupaba y me di la vuelta para irme dejando la lámpara con la tarjeta a un lado.

–Llévate eso a la bodega – le dijo a su ayudante –, aquí estorba.

No podía creer que estuviera siendo tan dura conmigo, esa no era Alice, ¿qué ocurría con ella?, ¿por qué no me daba una oportunidad para explicarle? Pero… ¿qué iba a explicarle? Me estaba engañando a mi misma porque bien sabía que no le podía decir toda la verdad, me moriría de vergüenza si supiera tanto ella como Rose que yo, Isabella Swan, le supliqué y le entregué toda mi voluntad a un hombre para que me aceptara y me entrenara como su obediente sumisa. Estaba cien por ciento segura que al saberlo, se le plantarían a Edward Cullen haciéndole un gran alboroto y a mí, de estúpida no me bajarían pero de todos modos, seguirían enojadas y sin hablarme.

Llegué a mi siguiente destino, el despacho de arquitectos y antes de bajar del auto, limpié mi nariz y arreglé mi coleta, tomé la caja que contenía la bolsa que le había llevado y que por supuesto no lo había hecho para comprar su perdón ni el de Alice, sólo era una ofrenda de amistad que esperaba aceptara de la mejor manera. Subí por las escaleras hasta la oficina de Rose y la encontré concentrada en la enorme pantalla frente a ella; toqué despacio y sin levantar la vista dijo un “adelante” muy despacio. Entré y Rose por fin me miró pero volvió su atención a su trabajo sin decirme nada, ignorándome.

–Rose – dije muy quedamente sin obtener respuesta –, Rose…

Me solté llorando ante la indiferencia total de mi amiga, porque me dolía. No podía creer que la ofensa de mi silencio les calara tanto como para no querer saber nada de mí, como para olvidarse de la familia que formábamos. Habíamos jurado que nunca nada podría romper esa unión, pero tal parecía que la que la única que desesperadamente quería conservar esa promesa era yo.

–Rose – insistí –. Rose por favor, perdóname… yo no quise…

–¿No quise?, ¿no quise? – saltó de su silla caminando hacia mi –. Que raro porque yo te vi muy de acuerdo en estar con Cullen, Bella. No parecías nada renuente, al contrario, parecías una… ¿Desde cuando están juntos?, ¿desde cuando nos has estado mintiendo?

–Yo no les he mentido – me defendí –. Ocultar no es mentir, y no pensaba hacerlo por mucho tiempo más.

–Ah es verdad, ya que te llevó a conocer a sus padres ya puede darte permiso para contarle a alguien más lo que hay entre ustedes, discúlpame, se me olvidaba que tienes que serle muy fiel a tu noviecito y hacer todo lo que él te pida para no poner en riesgo la seguridad de su mujer – dijo sarcástica y yo me pregunté cuando les había dicho que me había llevado a conocer a sus padres.

–Vamos a tomar algo, déjame explicarte, Rose…

–No quiero oírte, mejor vete – volvió a su silla –. Me estás haciendo perder mi tiempo…

–¡Rosalie! – Emmett gritó detrás de mí – ¿Qué diablos te sucede con Bella?

–No te metas Emmett, esto no es asunto tuyo.

–¡Lo es! – respondió tajante –. Porque Edward es mi mejor amigo y tú eres mi novia. No te portes como una chiquilla malcriada Rosalie, haz las pases con Bella, tú la quieres y sé que no deseas estar enojada con ella.

–Que se vaya.

–Rose, Bella es tu amiga, ¡por Dios!, te necesita –. Rose lo miró.

–No me necesitó cada fin de semana que la llamábamos buscándola y ella estaba revolcándose con tu amigo.

–¡Rosalie!

Me cubrí el rostro con las manos por el horror de sus palabras pero también por lo ciertas que eran. Ellas tenían razón, merecía estar sola.

–Lo siento, Bella – Emmett se disculpó por ella y me sacaba de ahí –. Ya entrará en razón.

Corrí a mi auto y desesperada busqué en mi bolso las llaves para encenderlo cuando mi teléfono repiqueteó. Era Edward, no quería contestar y que me escuchara así, tampoco quería discutir pero cuando fue demasiado insistente, no me quedó más remedio.

–Hola – dije bastante mejor de lo que pensé.

–Te dije que no quería que buscaras a tus amigas, vete de inmediato a tu apartamento, Isabella – ordenó como siempre –. Voy para allá.

–¡No! Me voy a trabajar, deja de vigilarme y de ordenarme cosas – corté la llamada y apagué el teléfono. Necesitaba paz.

Ya en la agencia no quería someterme al interrogatorio de Jane así que me pasé la tarde en el área de impresión, ahí nadie me preguntaría nada y de todas formas estaría haciendo mi trabajo. Entre los ruidos de las gigantescas máquinas rotuladoras y personal yendo y viniendo llegó la hora de irme a casa. Al llegar fui directamente a tomar un baño; a un lado del lavabo encontré un botecito con la pomada que Edward me ponía. Limpié el vapor del espejo y miré mi seno. El morete ya estaba amarillo en su mayoría y ya no me dolía. Tomé un poco y volví a masajearlo como lo hacía él, me puse la pijama y me acosté en la cama con el teléfono en la mano. Marqué el número de mi padre y me respondió enseguida.

–¡Hija! Pero qué milagro, ya ni te acuerdas de mí – me chantajeó.

–Papá, no digas eso, ¿cómo estás?

–Muy bien, Bella, estamos volviendo de Las Vegas – se oía feliz…

–No me digas que… ¿ustedes?... ¿sí? – pregunté curiosa.

–No sé en qué estés pensando pero no, sólo fuimos a pasar el fin de semana.

–Me alegra que te estés tomando un tiempo, te hacía falta.

–¿Y tú?, ¿cómo va todo por allá?

–Muy bien, estoy muy ocupada pero contenta – dije sólo refiriéndome al trabajo obviamente; saludé a Carmen, platiqué un rato más con papá y casi vuelvo a llorar cuando me pidió que le diera a las chicas besos y saludos de su parte.

Me metí a la cama y no tardé mucho en dormirme. Ésa noche, las pesadillas que tanto tiempo tardaron en desaparecer regresaron sin aviso alguno. Como una mala y barata proyección de diapositivas, las imágenes fuertemente guardadas en el ático de mi cerebro salieron expelidas de nuevo hacia la luz de mi memoria. Instantáneamente, sentí mi cuerpo temblar de frío y bañado de un sudor fino que lo cubría todo… intentaba moverme pero no podía, estaba sujeta por muchas manos y otras más me tocaban sin mi consentimiento. Quería gritar pero no podía, el miedo había robado mi voz. Risas, otras voces, latas de cerveza, rostros que no quería volver a ver en mi vida, mis piernas obligadas a mantenerse abiertas… una sensación caliente y líquida corría por mis muslos mientras un par de ojos muy negros me miraban maliciosos mientras muchas bocas en plenas carcajadas se burlaban de mí. Esos ojos se acercaban y besaban mis muslos, mi entrepierna, mi centro… luchaba con todas mis fuerzas y en el intento me hacía daño. Estaba fuertemente sostenida y lo único que podía hacer era mirar esas caras que me asqueaban y escuchar sus voces...

–Me hiciste esperar tanto por esto, Bella… – dijo él – ¿Pueden creerlo?, me dejó follarla pero no quería que la probara, le daba pena – su voz burlona me asqueó una vez más.


–Pudiendo tener todos los que quisieras te encaprichaste con este, no lo puedo creer – dijo su amigo.


–¡Cállate! Ya no lo será más, después de esto el capricho se me habrá olvidado.


–200 francos y es mío – dijo otra voz.


–No Laurent, ni por mil es tuyo, lo he deseado tanto que no vendo este momento por nada del mundo, este coño es sólo mío…

–¡Nooo! ¡Nooo! ¡Quítate! ¡Déjame! – me escuché gritar y me retorcía desesperada en mi cama – ¡No! ¡No!

–Tranquila, Bella, está bien, todo está bien…

Sus fuertes brazos me rodearon y luché para zafarme de ellos pero por más que peleé, no pude.

–Shhh, calma, Bella, fue sólo un sueño, no pasa nada – su voz me tranquilizaba y poco a poco fue soltándome de entre sus brazos. Mi respiración fue calmándose también y estaba volviendo a la normalidad mientras él acariciaba mi espalda –, estás bien, Bella, todo está bien.

Para cuando me recostó de nuevo en la cama ya estaba completamente despierta. Limpié mis lágrimas mientras sorbía por la nariz. Lo miré y un suspiro se ahogó en mi garganta, sólo tenía puestos unos bóxers oscuros.

–¿Qué… qué haces aquí? – pregunté con voz llorosa y Edward salió de mi habitación. Volvió un minuto después con un vaso de agua.

–Tómalo, despacio – le di unos tragos y puso el vaso en la mesita junto a mi cama, se acostó conmigo abrazándome y acariciando mi espalda y mis brazos hasta que me quedé dormida de nuevo.

Edward había pasado conmigo 2 noches, cuidándome.

***

Cuando mi despertador sonó y me desperté, Edward ya no estaba ahí pero me había dejado una nota en el espejo del baño...

“2 pm., almuerzo en Roast“
E. Cullen

Realmente no sabía que decir respecto a su actitud. En un principio me confundía, pero luego recordé que era la obligación de un amo cuidar de su sumisa y eso era lo que él estaba haciendo conmigo. ¿Por qué tenía que romperme la cabeza por algo que no tenía mucha ciencia?

El sentimiento de soledad y tristeza seguía instalado en mí esa mañana y saboteó mi trabajo con gran éxito. Al no poderme concentrar como era debido, olvidé enviar un presupuesto al Sr. Newton que lo esperaba impaciente y recibí su llamada solicitándomelo, también aprovechó para saludar y programó una cita para hablar con más detenimiento sobre su proyecto. Tuve una conversación telefónica con el Sr. Flannagans de la cual no recordaba nada y extravié las notas que había tomado y además por si fuera poco y hablando de olvidar, había olvidado mi comida con Edward.

Tomé mi bolso y al salir de la agencia y sin darme oportunidad de nada, Paul estaba frente a mi abriendo la puerta del auto. Subí a él rindiéndome, agotada. Al llegar al restaurante, me ayudó a bajar y la hostess me detuvo en la puerta, pero Paul sólo dijo…

–El señor Cullen la espera.

Como si hubiera dicho las palabras mágicas, la mujer se hizo a un lado y otra me guió hasta la mesa de Edward. Lo vi en una mesa como las que prefería, un poco retiradas y alejadas de la gente. Apenas me vio frunció el ceño y se puso de pie, me fui acercando a él y cuando estuve a su lado se inclinó hacia mí. Creí que me besaría pero sólo llevó su mano a mi pelo y sacó el lápiz que lo mantenía recogido en un desesperado intento de mantenerlo fuera de mi cara, acomodó mi blusa sobre mis hombros, jaló la silla para que me sentara y después de dirigirme una mirada fría y enojada, tomó mi bolso metiendo su mano y buscando mi teléfono. Lo sacó, lo prendió y lo estampó sobre la mesa. Demonios. También había olvidado encenderlo.

Tronó los dedos y apareció el mesero para cumplir sus deseos. Ordenó y creí que me serviría de la botella de vino blanco que tomaba pero en vez de eso sólo me acercó un vaso con agua. Lo miré confundida.

–Llevas días sin comer, no creerías que iba a darte alcohol sin nada en el estómago – dirigí mi mirada hacia otra parte y tomó mi barbilla entre sus dedos –. Escúchame bien, ésta es la primera y última vez que te apareces así de descuidada frente a mí, ¿entendido?

No respondí pero le sostuve la mirada – ¿Entendido, Isabella?

–Sí, Señor.

Minutos después los platos de comida llenaron la mesa y antes de que pudiera pensar siquiera, dijo – Hoy vas a comer y si te tienes que quedar como las niñas, castigada sin levantarte de la mesa hasta que te termines todo lo de tu plato, te quedarás – su tono era suave pero llevaba disfrazada la amenaza.

No tenía ni las energías ni las ganas para discutir y en realidad, al ver y oler toda esa deliciosa comida frente a mí, mi apetito se abrió. Comí una ensalada de pepinos y un filete con una rica salsa de setas acompañado de arroz blanco y vegetales. Prácticamente limpié el plato y de reojo pude ver una sonrisita chueca en sus labios.

No quise postre y me lo “perdonó” por haber comido como las niñas buenas. Él pidió su copa de brandy y mientras lo tomaba, yo miraba hacia fuera a través de la ventana cuando sentí su mano en mi rodilla. Me tensé por la sorpresa pero no lo miré y Edward se aprovechó de eso para subir su mano por mi muslo, automáticamente volví a escuchar esas voces y a sentir esas manos en mis piernas… mis ojos se nublaron y me puse de pie rápidamente, tomé mi bolso y caminé queriendo huir de ahí. A medio camino giré para mirarlo y su semblante confundido y asombrado me seguía. Apuré mis pasos a la salida y subí al auto ya que Paul al verme, abrió la puerta para mí. Con las manos sobre mi rostro empecé a llorar nerviosa y descontrolada. Tenía miedo, terror, de que las pesadillas volvieran a ser parte de mis días y que las grotescas imágenes reaparecieran a cada inesperado instante. No podía permitir que intentaran robar mi vida otra vez.

El auto se detuvo y escuché a Paul decirle a Jason, el chofer, que bajara un momento. Levanté la mirada cuando oí la puerta cerrarse y vi a Paul negando despacio.

–¿Quiere que la lleve a algún lugar en especial, señorita Isabella? – era la primera vez que me hablaba sin esa formalidad de siempre. De pronto encontré muy interesantes mis dedos anudándose nerviosos en mi regazo. Negué con la cabeza sin perder el interés por ellos.

–Usted no está bien, vamos, la llevo a donde me pida y le prometo que él no lo sabrá – lo escuchaba como alguien preocupado no por deber y no supe qué responder pero después de unos segundos solo pude decir…

–A la agencia, por favor – Paul asintió y llamó a Jason, continuamos el camino y al llegar a mi oficina, la formalidad había retomado su lugar en ese hombre alto que por un momento se portó muy bien conmigo, aunque no sabía si debería confiar en él…

Por la tarde y completamente ausente de donde me encontraba, tuve que pedirle ayuda a Jane para lograr terminar con un bosquejo para el logo de las joyerías. Se abstuvo de preguntarme algo pero era obvio que se estaba aguantando las ganas de hacerlo. Elegimos los colores en el tono apropiado, algunas fuentes para que el Sr. Newton decidiera y llegó la hora de irnos a casa. Conduje hasta mi apartamento con mi sombra detrás. En mi habitación me desvestí y me puse mi pijama de Hello Kitty, prendí la tele del estudio y puse “Two and a half men”, al menos algo que me alegrara el día…

Me dormí en el sillón con la tele encendida. Había frío pero extendí la mano y jalé una manta que siempre tenía en el sillón, servía de decoración y para casos como ése. Me cubrí y seguí con mi afortunado y tranquilo sueño hasta que su suave voz me despertó…

–Bella, ¿estás bien? – me preguntó al oído, acariciando con su nariz detrás de mi oreja, estremeciéndome – ¿Cómo te sientes?

Muy despacio abrí mis ojos y parpadeé varias veces tratando de enfocar bien su rostro –. Estoy bien – respondí al sentir también su mano subir y bajar por mi espalda.

–Ven conmigo, Bella, déjame cuidarte – su nariz insistía rozando detrás de mi oreja y mi cuello –. Vamos a casa…

Me giré en el sillón y quedé frente a él, lo miré lo más fijamente que pude – Estoy en casa, en mi casa, Edward – jalé aire exasperada –. ¿Cómo puedo pedirte que me des mi espacio?, ¿cómo puedo hacer que entiendas que necesito que me dejes respirar? Necesito estar sola, contigo todo el tiempo sobre mí, siguiéndome a cada paso, vigilando hasta mis sueños no puedo pensar…

–¿Pensar en qué, Isabella? – se separó de mí bruscamente y me senté.

–En mis amigas, en ti, en mí. ¡En todo!

–¿Acaso te has aburrido y quieres jugar a otra cosa? – me gritó muy cerca de la cara –. O simplemente sólo necesites tiempo y espacio para pensar a quién joder ahora…

Furioso como nunca, salió del apartamento dando un portazo. Agotada de todo me puse de pie y me fui a mi cama. Quería olvidar todo lo ocurrido desde el fin de semana. Borrar el viaje, el campo, esa linda casa, los rostros de Emmett, Jasper, Alice, Rose al verme junto a Edward. Deseaba borrar con toda mi alma las dudas que giraban en mi cabeza con respecto a Edward y a mi vida, a mi futuro. No quería tener esa incertidumbre rondándome a cada segundo, odiaba tener que pensar si en realidad valía la pena todo lo que me estaba sucediendo con tal de estar con él, si era un hombre por el cual debía dejar todo.

Pero… ¿Qué me ofrecía?, ¿tenía un futuro con él?, ¿qué tan normal se podía considerar la relación que teníamos? Esas eran las preguntas que no me dejaban en paz desde ese fatídico fin de semana y que sabía muy bien que para tener una respuesta para cada una de ellas, sólo tenía que responderme a mi misma qué era lo que yo quería. Harta de todo, busqué mi medicina para la gripe y me tomé un buen trago. No estaba bien lo que hacía y lo sabía, pero estaba pasando por un momento muy estresante y me ayudaría a dormir y olvidarme por unas horas de mis torturantes desconciertos.

Tuve suerte y en poco tiempo me dormí, pero la suerte no es eterna ni dura mucho. La pesadilla regresó a atormentarme y de nuevo las manos sosteniéndome, tocándome, sus ojos oscuros y profundos y su boca, acercándose a mi… grité desesperada y golpeaba la cama defendiéndome, tratando de quitármelos de encima. Muy cansada, abrí los ojos y el pegajoso sudor empapaba mi cuerpo. Miré a mi alrededor y esa voz y los brazos que por las últimas noches me consolaron, ya no estaban.

***

No sabía en qué condiciones había llegado a la oficina, solo tenía conciencia de haberme dado un baño, de haberme vestido y de haber salido hacia allá. Paul estaba esperándome a la puerta de mi edificio pero lo ignoré, también estaba ya apostado en la calle a la salida de la agencia con el auto aparcado en la puerta, listo para cualquier cosa. Bufé y me alejé de la ventana. Encendí mi computadora y me dispuse a trabajar. Me reí por ser tan irreverente conmigo misma ¿Con qué puta concentración se suponía que trabajaría ese día?

–¿Quieres hablar de ello? – me preguntó Jane dulcemente.

–No, sólo ayúdame a terminar este día – dije tranquila pero en realidad lo imploraba a gritos desesperados.

–Es que me preocupas, Bella – se arrodilló frente a mí –. Llevo toda la semana conteniéndome para no presionarte pero no me gusta lo que veo, habla, dime algo, sabes que haré lo que sea que me pidas.

La abracé y le sonreí con la única sonrisa sincera de la semana – Sólo ayúdame a trabajar y habrás hecho mucho más de lo que te imaginas por mí.

Jane se tomó muy a pecho mi llamada de auxilio, no me hizo ninguna pregunta, tampoco me obligó a comer y me ayudó en mi trabajo. “Cumplí” con él y al llegar el viernes Olivia estaba contenta con lo que le habíamos presentado. Me sentía muy mal sabiendo que Jane casi había hecho sola el trabajo y que yo la había ayudado con cosas muy pequeñas pero eso era mejor a no hacer nada, al menos funcionaba, no igual pero funcionaba.

“Vaya, parece que la gripe invernal está pegando fuerte”.

Ése fue el único comentario que hizo Olivia sobre mí. Bueno, después de todo era mucho pedir que no hiciera una observación acerca de mi lamentable aspecto. Mi exterior solamente reflejaba cómo me sentía por dentro. Deprimida, confundida y sola; más sola que nunca, sin tener hacia quién correr para llorar y compartir una pena o una alegría, nada, nadie, sola. Cómo pretendían todos que pudiera seguir viviendo igual… El día transcurrió como se pasa una página más de un libro y súbitamente ya era viernes por la tarde.

–¿Quieres que te acompañe a casa? – Jane me rodeó mis hombros con sus brazos y negué con la cabeza.

–Te lo agradezco, pero voy a tratar de dormir todo lo que pueda – le sonreí.

–Son esas pesadillas de nuevo, ¿verdad? – por un momento dudé pero recordé que no se refería a “esas” pesadillas –. O tiene que ver algo el dueño de ese imponente auto que siempre espera por ti…

Sonreí de lado y la abracé, ella había sabido todo el tiempo de Paul y no me había dicho nada. A pesar de su carácter efervescente, Jane era la persona más discreta que conocía.

***

Salí del edificio y Paul estaba esperando con la puerta del auto abierta. Suspiré resignada. Subí y le entregué las llaves de mi auto.

–Que no lo lleven a mi apartamento, Paul – le pedí – que nos sigan, por favor.

Me miró intrigado pero no objetó nada – Sí, señorita Isabella.

Necesitaba poner en claro las cosas con Edward, su insistencia y su necedad me agobiaban y me aturdían. Tenía que ir, verlo y frente a frente, negociar esa pausa, el respiro que necesitaba para poder volver a ser la misma Bella de siempre. Era muy doloroso, sí, pero la vida seguía y no me podía detener porque mis amigas no me querían. Lo tenía muy claro, solo debía aceptarlo e integrarlo a mi vida.

Jason y Paul me llevaron a la casa, ese no era un viernes de penthouse, sólo pensaba en todo lo que tendría que conducir de regreso a mi apartamento. Rayos…

Entré y no había nadie en el hall, Harriet tampoco se veía por ahí pero el otro jaguar de Edward estaba afuera. Fui al estudio y ahí estaba sentado leyendo muy atento unos documentos.

–Edward – dije para atraer su atención. Él me miró y lentamente se levantó. Me observaba de pies a cabeza y podía leer en sus ojos que no estaba contento con lo que veía. No me extrañaba, últimamente nadie lo estaba.

–Isabella – se acercó a mí –, creo que dejé muy claro que no quería verte sin arreglar. No has hecho caso, me has desobedecido – dijo con voz contenida.

–Y tú no has entendido que no te veré por un tiempo, no me dejas tranquila – declaré exasperada.

–Lo que entiendo es que ésta, no es la Isabella valiente y hermosa que cuidaba cada detalle de su arreglo para agradarme, lo que tengo frente a mi es un patético esbozo de aquella fascinante mujer, tú no eres ella… mi Isabella no se hubiera rendido por un par de personas vacías, no me estuviera pidiendo un tiempo lejos de mí, ella lucharía y daría pelea…

Levanté los brazos a mis costados, rendida como él justamente había dicho – Pues lo que ves es lo que hay, lo tomas o lo dejas, Cullen, es decisión.

Me di media vuelta para salir, para irme a mi casa pero de pronto me sujetó de un brazo y me arrastró hasta las escaleras.

–¡Lo tomo!

Me cargó en brazos y subió ágilmente; yo me retorcía mientras Edward se dirigía a la habitación lila, sin problema alguno entraba y seguía directamente hacia el cuarto de juegos.

–¡No! – grité –. Bájame.

Sin hacerme caso, entró y me recostó sin cuidado sobre la mesa y de inmediato atrapó mi muñeca con una esposa que colgaba de una esquina de ella.

–Edward, ¿qué estás haciendo? Yo no quiero esto, ¡Edward! – gritaba desesperada y él como si no escuchara mi negativa, esposó mi otra mano, tomándola con fuerza. Iba a tomar mi pie y lo pateé, quería lastimarlo de la misma forma en la que él lo hacía conmigo pero parecía que disfrutaba de mis reacciones. Con una destreza que no sabía que tenía, capturó uno a uno mis tobillos dejándolos bien afianzados en las esquinas de la mesa, separando mis piernas. Con una sonrisa perversa se quitó la camisa y los zapatos junto con sus calcetines, quedando sólo con el pantalón oscuro. De un brinco como un felino, se colocó montándose sobre mí, mirando mis labios y recorriendo con sus ojos mi cuello y mi cuerpo debajo de él.

–No, Edward, suéltame, déjame ir…

–¿Edward? – preguntó sarcástico entrecerrando los ojos.

–Señor, por favor, déjeme ir – le supliqué.

Se quitó de encima de mí y tomó algo de uno de los cajones cercanos, no podía mirar bien ya que esta vez su agarre fue bastante justo y no me permitía moverme con facilidad. Lo escuché detrás de mí y me asusté al ver que cubría mis ojos con un pañuelo suave. Automáticamente mis otros sentidos se dispararon y se pusieron en estado de alerta. Movía desesperada mi cabeza tratando de oír algún ruido que me diera una idea de donde estaba y de lo que hacía.

Grité de nuevo y más fuerte cuando volví a sentir su peso sobre mi cuerpo. Se inclinó sobre mí y muy quieto, comenzó a oler mi pelo, mi cuello y el valle entre mis senos. Botón por botón fue abriendo mi blusa, dejando mi brassiere al descubierto. Mi respiración se agitaba con cada segundo de incertidumbre que pasaba y si en mi mente albergaba la remota tranquilidad que me daba el estar esposada pero completamente vestida, en ese momento esa ligera posibilidad de estar a salvo de sus deseos se había ido directamente a la mierda.

Con las tijeras que ya había usado una vez conmigo, comenzó a cortar la tela de mi ropa. Mi chaqueta, mi blusa, mi pantalón, todo lo hizo pedazos y lo arrancó de mi cuerpo. Estaba tan asustada que hasta mis emociones estaban a la espera, temiendo salir y provocar una reacción que seguramente lamentaría más tarde. Lo único que no podía reprimir era el temblor que invadía mi cuerpo y casi me hacía brincar en la mesa mientras él volvía a inclinarse sobre mi y paseaba su nariz y sus labios por mi cuello y mi pecho aún cubierto por el brassiere.

–Eres tan hermosa… y tu cuerpo perfecto… es mío, entiéndelo, eres mía.

–Señor, por fa… vor…

Mis temblorosos labios fueron poseídos por los suyos con un beso demandante, sin querer dejar alguna duda de quién era el que mandaba y que por supuesto, cualquier cosa que él decidiera no estaba sujeta a discusión. Su lengua dominante se enredaba con la mía en una lucha en la cual yo no tenía la posibilidad de ganar; mordía mi lengua, mis labios los tomaba entre sus dientes y los jalaba arrancándome en lugar de gritos, gemidos y jadeos que anunciaban mi inminente sumisión. Me besaba y su erección creciente se frotaba en mi vientre, dura y poderosa iniciando un calor que me daba miedo sentir; era aquel calor calcinante que como lava me consumía en una lucha por su liberación.

Clamé por aire y jadeantes los dos y renuente él, se separó de mí pero bajó su boca hasta mi pecho. Delicadamente, pero con decisión, mordía mis senos sobre la tela, concentrándose en cada gramo de presión que ejercían sus dientes en mi piel… recordaba lo que me había hecho, lo tenía muy presente y no lo repetiría, confiaba en ello. Con la tijera, cortó el centro de mi prenda y los tirantes también. Con sus manos largas y finas, acarició cada uno de ellos, rozó las yemas de los dedos sobre mis redondeces y se endurecieron a su contacto. Sentí su calida lengua acariciar con mucho cuidado mi seno mordido, lo besó con suavidad y lo volvió a lamer, me estremeció tanto que parecía que todas mis terminales nerviosas se habían concentrado solo en ese punto de mi cuerpo y eran las únicas receptoras de sus caricias. Dirigió su atención a su gemelo que recibió un trato un poco menos delicado pero que respondía a sus caricias con entusiasmo, erizándose y endureciendo mi pequeño pezón provocándome un ligero dolor por la rigidez. Al mismo tiempo su mano recorría mi cuerpo, bajando por mi torso, jugando con mis caderas, dándome una nalgada que me hizo brincar, llegando a mi muslo y oprimiéndolo con fuerza, haciéndome saber que el control era suyo. Metió una mano dentro de mis bragas y sus dedos fueron directamente a mi centro, frotándolo de arriba abajo con la presión justa para acercarme al borde. Hundió sin aviso un dedo en mi y me contraje mis músculos internos atrapando su dedo. El lo sacó de mí y lo pasó por mis labios.

–Ésta eres tú, pruébate, Isabella, siente qué dulce puedes ser…

Alejó su dedo de mi boca y volvió a hundirlo en mi, lo pasó por mis labios y lo introdujo en mi boca besándome al mismo tiempo, saboreándome él también.

–Dime que quieres que suelte las esposas para que puedas irte, pídemelo y lo haré en este instante.

Jadeaba al igual que yo, transpiraba como yo, el quería eso tanto como yo y… me quedé callada. Totalmente en silencio, sin respirar siquiera para que no pudiera encontrar en mis suspiros ni la más minúscula negativa, porque no me sentía capaz ni tenía la voluntad para negarme a él, no podría, no quería y no lo haría.

–Te estás rindiendo a mí, Isabella, lo sabes… dilo…

–Sí, Señor, soy suya.

–Eres una buena chica.

Casi podía verlo sonreír, disfrutando del momento, de su victoria e inexplicablemente yo me sentí vencedora también. Se alejó de mí y mi cuerpo lo extrañó; se movió a mi alrededor y sentí las heladas tijeras cortar mis bragas para ser arrancadas de mi cuerpo como lo había sido el resto de mi ropa. Me sorprendió al sentir su aliento en mi cuello, desde atrás…

–¿Confías en mí, Isabella? – preguntó con voz grave y profunda. Asentí –. Tks, tks, tks – chasqueó la lengua – esa no es una buena respuesta.

–Sí, Señor.

–Así está mucho mejor – sonó menos estricto –. Ahora voy a jugar con tu cuerpo.

Se movió hacia el otro extremo de la mesa y con un objeto algo pequeño, recorrió desde mis dedos, mi empeine, pasando por mi talón y subiendo por mi pantorrilla hasta llegar a mis muslos. Un objeto en cada mano trazando un camino serpenteante hacia arriba. La punta áspera de los objetos dejaban un rastro de electricidad por donde pasaban, haciendo que quisiera retorcerme de deseo pero las esposas restringían mis movimientos. Lo sentí sobre mi, ya sin tela de por medio entre nuestros cuerpos y gemí. Su mano dibujó un camino diferente hasta mi sexo y me tensé.

–Tú confías en mí, Isabella, sabes que no haré nada que tú no me permitas – dijo con voz muy ronca. Introdujo sus dedos entre mis pliegues y espació mi humedad por mis labios mayores –. Tu sexo brilla, Isabella, es hermoso…

La única reacción de la que me podía valer para desfogar el incesante calor que se desarrollaba en mi era gemir, gritar, jadear… Subió por mi cuerpo hasta llegar a mis senos otra vez y su boca se fue directo a ellos. Chupó mis pezones, los tomó entre sus dientes y los jaló sin lastimarme. Una sinfonía de quejidos escapaban de mi garganta mientras mantenía entre sus dientes mi pezón izquierdo, alongándolo tanto como era posible. Entonces sentí el doloroso pellizco sobre él, presionando, cerrándose a su alrededor. El calor de mi cuerpo aumentó considerablemente debido a la excitación y Edward prosiguió con uno de los labios de mi sexo. Grité y jadeé audiblemente, tanto como mi agitada respiración me permitía.

–Tú puedes lograrlo, Isabella, eres una mujer maravillosa, hecha especialmente para satisfacer mis deseos y mi deseo ahora es colocar un par de pinzas más en tu cuerpo – creí morir al escucharlo, más tortura, no me sentía capaz de soportarlo, no sintiendo esa corriente azotar con fuerza mi interior.

Su cara estuvo cerca de la mía, muy cerca y sus labios tomaron los míos de nuevo en un beso lento pero lleno de brío. Succionó mi labio inferior y sentí que picaban en él milimétricas agujitas clavándose y luego, el intenso dolor de la presión. Él colocó una pinza ahí y estaba segura que no lo soportaría pero eso fue antes de que mi otro pezón fuera capturado entre los extremos de madera que se unían apretando mi sensible carne.

–Te ves preciosa así… – dijo mientras dejaba un par de besos en mi ombligo.

Como si eso no le bastara, Edward movió los extremos por donde se abrían las pinzas, haciendo que la vibración se prolongara hasta mi piel y mi carne atrapadas. Solté un grito descargando un poco la tensión acumulada y que de pronto había despertado algo que nunca había sentido en mi cuerpo, era algo nuevo, una sensación abrumante que hacía que todo a mi alrededor perdiera todo mi interés, sólo existía lo que esos pequeños movimientos provocaban en mi cuerpo y la persona que los producía.

Estaba segura que si la pinzas volvían a moverse no lo soportaría. No era posible que yo resistiera tanto. Cuando creí que eso sería lo máximo que sentiría, el labio de mi sexo fue liberado de la pinza y lo presionó entre sus dedos, grité ante la sensación; lo sentí posicionarse entre mis piernas y su miembro duro como una roca frotaba mi entraba en un franco aviso de un embiste inminente. Quise tensarme pero el labio de mi boca también fue liberado, distrayéndome, lo atrapó entre los suyos succionando con fuerza mareando mi razón con esa sensación indescriptible. Jadeé y gemí mientras duró su beso y suavemente empujó su longitud dentro de mi, solo un poco, no demasiado, tentándome…

–¿Crees que te merezcas un castigo? Tu comportamiento ha dejado mucho que desear estos últimos días.

Aún jadeante y en un desesperado intento por recuperar mi voz, respondí – Lo que usted… desee, Señor.

Una sonora y fuerte nalgada de su mano se estrelló contra mi carne. Mi cadera recibió el golpe en su parte más redondeada. Él sabía donde pegar, sabía donde pellizcar, donde morder… gemí al cubrir mi cuerpo una oleada eléctrica de placer y lujuria y pasó su mano por mi centro rozando mi botón hinchado, empapado de un nuevo deseo. Lo presionó ligeramente y grité de locura, hasta ahí había llegado, ya no podía más. Liberó uno de mis pezones de la presión de la pinza y lo tomó entre sus labios, succionándolo, chupándolo, mordiéndolo con cuidado pero anunciándome la suerte que correría su pareja. Fue una tortuosa agonía, lamentos expulsados de mi garganta sin reparos y muy en el fondo sabía que nada podría detener la caliente e imperante necesidad que amenazaba con explotar en mi cuerpo.

–Eres una buena niña y nadie, óyelo bien, nadie puede decirte lo contrario, ¿entendiste?

–Sí – jadeé –, Señor – desató el pañuelo que cubría mis ojos.

Entonces me embistió, sin avisos ni advertencias. Penetró mi cuerpo, era muy largo y empujaba profundo, hasta el fondo, sin miramientos. Entrando duro y saliendo despacio en un maldito ritmo que no me daba respiro. Me saturaba y me vaciaba. Gocé esa deliciosa y cadenciosa fricción por muchos minutos, era increíble como mi cuerpo se adaptaba a él, esperándolo en cada arremetida y llorándolo en cada abandono. Él entraba en mí y yo me tensaba, apretando mis músculos vaginales instintivamente. Mi Señor gemía de placer y yo me crecía ante sus demostraciones de satisfacción. Era suya, le pertenecía.

Aumentó el ritmo de sus asaltos en movimientos frenéticos hacían que chocaran nuestras carnes y que mi cuerpo vibrara. Me desplazaba unos centímetros pero las ataduras de mis tobillos se encargaban de mantenerme en mi lugar… Él se tensó una vez, gimió y abrió los ojos para mirarme y vi gotas de sudor que perlaban su frente por el constante ritmo que mantenía.

–Córrete, Isabella – ordenó y se tensó una segunda vez.

Me concentré en contraer con fuerza los músculos que por primera vez ejercitaba para su placer, para prolongárselo.

–¡Hazlo!, ¡córrete ya!

Él se tensó por última vez gimiendo intensamente mientras inundaba mi cuerpo con su extracto. Empujó un par de veces más asegurándose de llenarme de él mientras gemidos más pequeños acompañaban sus menores acometidas. Se desplomó sobre mí una vez que se vació en mi. Extenuado, jadeante e intentando recuperar el aliento. Yo mantuve retraído mi interior todo lo que pude, conteniendo mi liberación, concentrada en no dejarme ir, temblando por el esfuerzo.

Edward se levantó lentamente, con el ceño fruncido, visiblemente confundido y enojado. Liberó mis muñecas y mis tobillos los acarició después de soltarlos de sus ataduras.

–Te di una orden, no me obedeciste – se fue hacia uno de los armarios y sacó la paleta de castigos. Me estremecí tan solo de verla y comencé a pedirle que no me castigara.

–No lo haga, por favor, Señor

–Voltéate – ordenó tajante y sabía que aunque le suplicara por horas, no me salvaría del castigo –, lo sentí, Isabella, te sentí contraerte a mí alrededor y créeme que sé diferenciar esos movimientos, te negaste a mis deseos y debo disciplinarte por eso.

Lloriqueé por el doloroso castigo que recibiría sin poder evitarlo. Ni siquiera podía entender yo misma porque me contuve de tal forma, solo sentía que debía porque le agradaría y me equivoqué, una vez más. Me coloqué sobre la mesa, boca abajo como me había ordenado, junté mis piernas y las mantuve apretadas sin darme cuenta de ello hasta que con su mano, descargó un golpe suave en mis muslos.

–Relájate o te dolerá más. Voy a darte 5 azotes y tú llevarás la cuenta, ¿entendido?

–Sí, Señor.

Y sin perder más tiempo, mi nalga recibió una bofetada caliente de la pala de madera; despegué mi cuello de la mesa ante el azote y una corriente se disparó por todo mi cuerpo corriendo a través de él a una velocidad vertiginosa…

–Uno – salió la palabra de entre mis dientes apretados.

Otra ráfaga de vivo calor cruzó por mi carne y despegué casi medio cuerpo de la mesa por la ardiente y avasallante nalgada que despertó los deseos prisioneros en mi interior.

–Dos – jadeé.

El tercer azote hizo hervir mi sangre, agitando mi respiración, sacando a flote mi miedo y desesperación por tratar nuevamente de contraer mi interior guardando los crecientes y delatores deseos.

–Tres – dije al borde de la hiperventilación.

Un cuarto golpe contra mi cuerpo se produjo y no fui capaz de resistir. Me dejé ir con toda la fuerza que se había desatado dentro de mi cuerpo, liberando todas las sensaciones contenidas, mis miedos, inseguridades, sinsabores, penas e impotencias.

–¡Cuatroo!

Y el último choque me desconectó del mundo. Un avasallante e indescriptible calor me consumía mientras jadeaba y me retorcía de deseo sobre la mesa. Mi cuerpo febril vibraba y se arqueaba sin intentar controlar siquiera el calor que lo extinguía y los movimientos que se apoderaban incontrolables de mi cuerpo. Fue algo que jamás me hubiera imaginado sentir, nada parecido a los orgasmos anteriores este era otro grado de placer y añoré tenerlo a él dentro de mí para que pudiera sentirme en la plenitud de mi orgasmo.

–¡Edward!

Poco a poco fui dejándome de mover, mi respiración iba recuperando su ritmo lentamente, mis manos cerradas en puños, se abrieron cuando mi cuerpo quedó totalmente laxo en la mesa pero mis ojos no. los mantuve bien cerrados hasta que sentí que las lágrimas que no noté que habían resbalado de mis ojos eran recogidas por sus dedos.

–¿Lo ves, Bella?, has sentido un placer que sólo yo puedo darte – me dijo al oído con esa voz aterciopelada mientras que introducía sus dedos en mi y los movía muy lentamente. Gemí satisfecha y plena, segura de que de nuevo se iniciaría todo ese proceso agonizantemente excitante dentro de mí.

–¿Todavía quieres huir de mí?, ¿alejarte y esconderte…?*

*

*

*
Nueva Semana y nuevo capítulo. Las cosas van poniéndose cada vez más escabrosas, ojala que ambos tomen decisiones con la cabeza un poco más fría. ¿No?
Mil gracias a Isita María, mi fabulosa Beta y a Nani.

lunes, 22 de agosto de 2011

CAPITULO 14

Amistad, discusiones y reconciliaciones

"Los remordimientos son una pérdida de tiempo, son el pasado que te priva del presente"
B.E.S.D.T.

EDWARD’S POV

¿¡Bella!?

Me quedé quieto al escuchar su nombre en boca de Emmett. Sentí cómo mis ojos se abrieron desmesuradamente al ver el rostro de Isabella, estaba pálida, asustada y miraba con pánico a las chicas que estaban ahí y que a su vez nos miraban con los ojos casi afuera de sus cuencas. Isabella palideció repentinamente y me miró con pánico en el rostro, así como también unos nervios y una angustia que parecían estar llevándola a punto del desmayo. La rodeé por la cintura y claramente me fijé que tragó en seco mientras su cuerpo temblaba. Entonces comprendí que en efecto, todos se conocían.

–Bienvenida Bella, estás en tu casa – dijo Emmett titubeante y mirándome molesto, se acercó para darle un beso en la mejilla y a pesar de estar en medio de un momento delicado, no me hizo mucha gracia – Edward… – asintió hacia mí.

–Gracias, Emmett – dije serio – ya veo que conoces a Isabella.

–Claro que la conozco, Bella es la mejor amiga de Rosalie al igual que lo es de Alice – ¡Mierda! Eso sí que había sido un extra, nunca esperé que ellas fueran sus mejores amigas… – Rosalie, él es Edward.

–Mucho gusto, Rosalie – me acerqué a ella y le di un beso en la mejilla.

–Hola, Edward – respondió con voz tímida, pero sin apartar su mirada confundida de Isabella ni un instante.

–Yo soy Alice – esa chica se me acercó y me miró de arriba abajo sin reparos.

–Hola, Alice – besé su mejilla inclinándome un poco más y la chica giró su cuerpo hacia Isabella descaradamente.

–Bella – la saludó Jasper con otro beso en la mejilla – ¿Cómo estás?

–Bien, gracias – apenas logró sonar normal.

–¿A mí no me saludas Jasper? – le pregunté serio y él me respondió fulminándome con la mirada.

–¿Qué les parece si vamos al jardín a tomar algo? – propuso Rosalie atinadamente –, creo que nos caería bien a todos.

–¿Me disculpan un momento? – Isabella se excusó – ¿El tocador? – preguntó muy nerviosa, no se veía bien.

–Ven – dijo Alice apretando la mandíbula –, es por aquí.

–No. Yo te llevo – dije tajantemente y la chica me miró molesta, pero no iba a dejar que cayera sobre Isabella pidiéndole una explicación encontrándose tan nerviosa. Sostuve a Isabella por la cintura bajo el severo escrutinio de las cuatro personas en el hall, pero no me importó, estaba seguro que si no lo hacía caería al suelo en dos segundos. La llevé a la biblioteca e Isabella entró rápidamente al baño. Me asomé por la ventana y vi a los cuatro discutiendo; Emmett tenía las manos en los bolsillos y mientras Rosalie le preguntaba algo, él sólo levantaba los hombros. Lo mismo pasaba con Jasper, cuando era cuestionado por alguna de ellas él miraba hacia otro lado y negaba con la cabeza.

–¿Estás bien? – le pregunté cuando salió.

–Sí.

Volví a rodear su cintura y salimos al jardín. Sabía que había tenido muy poco tiempo para recuperarse de la sorpresa, pero si nos tardábamos más les daríamos mucho más de qué hablar de lo que ya tenían viéndonos juntos y no me equivoqué. Nuestros amigos se quedaron callados al vernos salir y me hubiera gustado haber podido ignorar el episodio, pero fue demasiado obvio, lo que puso a Isabella más nerviosa de lo que ya estaba así que tomé su mano y la apreté con fuerza para que supiera que no la iba a dejar sola si es que se volcaban pidiendo explicaciones sobre nosotros. Retiré una silla para ella y nos sentamos juntos, dando pie a una plática que resultó bastante incómoda para todos.

–Creímos que no llegaban, deben haberse quedado atorados – dijo Rosalie –. El tráfico por tu apartamento es horrible los sábados por las mañanas, Bella – sentí cómo ella aflojaba su mano de la mía ante la aseveración con doble intención de su amiga pero no la solté, había llegado el momento de aclarar ciertas cosas.

–De hecho, venimos de mi casa – dije disfrutando de las caras de todos, pero más las de sus amigas –, sólo que se nos hizo un poco tarde.

–De casa… – repitió Alice como para que no quedara alguna duda de lo que acababa de dar a entender.

–Así es – asentí.

–Pues ésta sí que ha sido una sorpresa, ni en un millón de años pensamos verte llegar aquí… ¡Y acompañada! – dijo Rosalie e Isabella se movió en su silla muy nerviosa mientras Emmett negaba con la cabeza discretamente, rodando los ojos y Jasper me aniquilaba con la mirada.

–Y con Edward Cullen – agregó Alice –. Tú siempre llena de sorpresas, Bella.

–Eso sí – dije sonriendo –, a Isabella le encanta sorprenderme.

–¿No será al revés? – soltó Jasper.

–No – le aseguré – si yo te contara… pero no lo voy a hacer – Isabella casi saltó de su silla – eso es algo privado – sonreí.

–Esto sí que es una coincidencia, tus amigos, mis amigas… – dijo Rose mirando a Emmett.

–¿No es el mundo un pañuelo? – preguntó Isabella intentando de hacer menos tenso el momento.

–Ya lo creo que sí – aseguró Emmett mirándome por el rabillo del ojo. No estaba contento.

–Ni que lo digas – agregó Jasper rodando los ojos.

–Es una extraña casualidad, ¿No les parece? – Isabella preguntó tímida y los cuatro pares de ojos se clavaron en ella.

–Pero una muy extraña – dijo Rosalie en un tono que no me gusto que usara con ella.

Decidí cambiar el tema y me centré en algunas cosas de la empresa y mi sociedad con Emmett y Jasper; las chicas conversaban también, pero Isabella no hablaba mucho, podía sentir que no estaba a gusto y las miradas de los cuatro no ayudaban a mejorar la situación. En cierto modo podía entenderlo, jamás se esperó ninguno de ellos verme llegar con Isabella y yo nunca esperé que una de sus amigas fuera la “novia” de Emmett y que la otra chica fuera la acosadora de Jasper. Era un embrollo que tenía que manejar con mucho cuidado, no deseaba que le hicieran pasar a Isabella un mal momento, pero por cómo iban las cosas, no podía asegurar que no fuera a ser así.

Llegó la hora del almuerzo y pasamos al comedor. El ambiente se relajó un poco, pero aún se sentía un cierto grado de tensión. Noté que Alice y Rose hablaban casi solo entre ellas dos mientras Isabella permanecía con la mirada ligeramente hacia abajo y en silencio, era claro que algo ocurría entre ellas y no hacía falta ser un genio para notarlo y para saber el porqué.

–Ha sido un agradable almuerzo – dije algo irónico –, pero Isabella y yo iremos a dar un paseo por ahí.

–¿Por qué la llamas Isabella? – Rose se dirigió a mí – ¿Por qué no la llamas Bella, como todos?

Me llevé su mano a los labios mientras la miraba fijamente a los ojos – Por que ella no me dado su permiso para llamarla de otra forma.

Isabella separó un poco los labios, visiblemente sorprendida por mi declaración.

–Puedes hacerlo, no necesitas mi permiso – se sonrojó.

–Lo sé – dije regalándole una mirada divertida –, pero creo que seguiré llamándote Isabella, me gusta más – besé su mano pero no la solté –. Estoy de tan buen humor mi querida, que ése paseo será a caballo, ¿Te gustaría?

–Bella no monta – aseguró Alice.

–Conmigo sí y si vieras qué bien lo hace… – le sonreí algo burlón – nos vemos en un momento, iremos a cambiarnos. Con permiso – me dispuse a retirarme con Isabella y a media escalera, Emmett y Jasper me llamaron.

–¿Tienes un par de minutos? – asentí y le dije a Isabella que me esperara en la habitación. Bajé y los seguí hasta la biblioteca, donde Emmett cerró la puerta después que entré.

– ¿Cómo se te ocurre?–gritó Emmett–. ¿Cómo? – aspiré por la nariz con los ojos cerrados.

–¡Y con Bella! Ella no es…

–¿Por qué no nos dijiste quién era la chica con la que salías, Edward? – Emmett preguntó interrumpiendo a Jasper.

–¿Cómo carajo iba yo a saber que se conocían, que eran amigas? Tú nunca me dijiste cómo se llamaba la amiga de Rose que me ibas a presentar, ¿Cómo iba a saber que Rose era amiga de mi Isabella? Sólo te limitaste a decir que tenías las manos puestas sobre un genial trasero ¿Recuerdas?

–¡Cállate!

–No, no me callo Emmett, ustedes dos la conocían y sin embargo ninguno mencionó el nombre de Isabella Swan frente a mí y no me vean con esas caras porque no estoy cometiendo ningún abuso infantil aquí, la chica es mayor de edad, ¡Por Dios!

–¿No te das cuenta que Bella no es como las mujeres que acostumbras tener? – alegó Jasper –. Ella es una chica normal, tranquila y… – se quedó pensativo y de pronto se me fue encima – ¡Eres un cabrón! ¡A ella te referías cuando me dijiste que casi había salido de un convento!

–¡No, eso lo dijiste tú!

Emmett mantuvo a Jasper alejado de mí, pero no se detuvo para seguir acusándome.

–¿De que mañas te valiste para envolverla Edward? – Emmett se veía mucho más que simplemente molesto.

–No es como ustedes creen – dije intentando calmarme.

–No, no lo es, simplemente un Dom consumado viene a pasar un fin de semana con una chica más pura que el pan de iglesia – dijo Jasper.

–No voy a darles explicaciones – dije apretando la mandíbula –, eso es asunto mío y de Isabella.

–Con razón no necesitas el contrato, ¿Qué quieres con ella?, ¿qué pretendes? Seguro que al verla tan inocente no se te hizo necesario hacerla firmar nada, la ves demasiado vulnerable para poder deshacerte de ella con facilidad, ¿No? con pagarle una buena indemnización y mandarla al diablo cuando te canses de ella como acostumbras es suficiente.

Tuve que respirar profundamente varias veces y quedarme callado. Debía mantener la calma y no hablar de Isabella, yo podría ser todo lo que quisieran llamarme, pero ante todo era un caballero y cuidaría la integridad de Isabella absolutamente. Pero por otro lado comprendía a mis amigos; a los tres nos habían inculcado ciertos valores y siempre defenderíamos a una dama, nunca dudaríamos en hacerlo e Isabella lo era en todos los aspectos y ellos creían que yo le haría daño.

–¿Qué tipo de relación mantienes con Bella, Edward?

–Una mucho más honesta que la tuya con Rosalie, Emmett, porque al menos yo no le estoy ocultando nada a Isabella, ella está muy consciente de quién es el hombre junto al cual está. Entre nosotros no hay caretas, ni mentiras, Ella sabe perfectamente bien qué puede esperar de mí y que no, en cambio Rose… ahora dime, ¿Quién está siendo el hipócrita aquí?, ¿qué tipo de relación es la que tienes tú con Rose?, ¿no es una vil mentira la que vive esa chica?, ¿no la lastimarás cuando se entere quién eres en realidad? – Emmett apartó la mirada y me dio la espalda – Ya se ven diferentes las cosas, ¿verdad?

–De todos modos, no se me hace justo para Bella, ella no es para esto – habló Jasper que permanecía de pie con los brazos cruzados sobre su pecho – no eres el hombre indicado para ella, menos que nadie.

–Yo creo que ninguno de ustedes tiene porqué inmiscuirse en nuestras decisiones, ustedes menos que nadie – respondí sarcástico –. Creo que el menos hipócrita aquí soy yo. Ambos niegan lo que son, Emmett le crea falsas esperanzas a Rosalie haciéndole creer que vive una relación cursi-vainilla y tú le huyes asustado a la otra chica como si jamás hubieras estado con una mujer – me di media vuelta para salir de ahí.

–Pues hoy le voy a dar un susto a Alice que es ella la que va a salir huyendo – dijo entre dientes pero alcancé a oírlo muy bien.

–¿Para qué le das tantas vueltas? Dile quién eres y verás que te ahorras todo el teatro – le dije enarcando una ceja.

Eso estaba resultando mucho más complicado de lo que se supuse sería un fin de semana para descansar tranquilamente en la campiña inglesa.

***

Subí a la habitación después de la amigable conversación con mis amigos. Pese a los gritos, reclamos, alguno que otro empujón y a veces hasta un buen puñetazo, nunca terminábamos disgustados en realidad. Se necesitaría algo realmente inconcebible e irreconciliable para siquiera pensar en acabar con nuestra amistad. Y en esta ocasión, no era diferente. Cada quién tenía un punto de vista lógico, ellos preocupados por Isabella, a la que consideraban una chica inocente, pura e ingenua y tenían razón en cierto grado, y yo que defendía que ella estaba a mi lado simplemente porque quería estarlo y sin que yo le ocultara nada, porque Isabella sabía quien era yo, sin mentiras ni nada y paradójicamente, los tres teníamos la razón.

Entré al dormitorio y encontré a Isabella recostada en la cama, un poco pálida seguramente por la mañana llena de sorpresas un poco amargas que habíamos tenido todos. Ya estaba lista y al verme se puso de pie de inmediato.

–Edward, ¿Puedo bajar con las chicas? – Ya tenía varios días llamándome por mi nombre y se lo había pasado por alto por fines prácticos, como yo decía, no me hubiera gustado que delante de mis padres o de mis amigos me dijera “Señor”, aunque sonara tan bien de sus labios y despertara ese fuego que sólo podía apagar de una forma…

–No.

–Pero ¿Por qué? – me miró extrañada –. Ellas están aquí, no voy a irme a ningún lado.

–¿Sigues cuestionando mis ordenes, Isabella? Pues bien, no vas porque es fin de semana y te quiero todo el maldito tiempo conmigo, pero si te portas bien, después de la cena podrás estar con ellas un rato – me quité la camisa, el pantalón y me quedé en bóxers mientras me dirigía al baño – no te muevas de aquí.

Me cambié rápidamente y al salir volví a encontrar a Isabella recostada en la cama. Tomé mis guantes y le dije que llevara algo con qué abrigarse. Se puso de pie y me siguió para salir; bajamos las escaleras y pasamos por la biblioteca donde estaban sus amigas y que se asomaron por la ventana para vernos ir hacia las caballerizas. Ensillé al caballo de Emmett. Siempre lo montaba y me gustaba porque aunque amaba correr, en el campo solo me gustaba galopar tranquilo, disfrutar del paisaje y del olor a tierra húmeda. Estaba seguro que eso me ayudaría a despejar mi cabeza de la discusión de un rato antes.

–Este caballo se llama “George” – le dije mientras le apretaba los cinchos. Isabella se acercó y lo acarició despacio.

–Tiene un bello color, casi rojo – sonrió – ¿Es tranquilo?, ¿cómo “Tramposo”?

–¡Ja! “Tramposo” es un truhán, no te confíes de él – sonreí. Me agradaba que le gustara mi caballo preferido –. Ven, pisa aquí y te impulsas con la otra pierna tratando de cruzar las ancas del caballo, así quedarás bien montada sobre él – le dije e Isabella lo hizo, a la primera quedó bien montada sobre el animal. Me miró feliz y al verme intentar meter mi bota al estribo…

–Pisa firme y te impulsas – dijo divertida y antes de subirme detrás de ella le pegué una sonora nalgada como hacía días me moría por darle y que al sentir mi mano chocar contra su cuerpo, me encendía.

–¡Auch! – se quejó riendo mientras se masajeaba la nalga –. No es justo, yo solo trataba de ayudarte.

–Cállate o te doy otra – le advertí, pero luego sonreí aunque eso ella no lo vio.

Nos alejamos un poco de la casa; la llevé por un establo viejo, a la casita en ruinas junto a él, y llegamos al puente de piedra que vimos en el camino. Me detuve y nos bajamos, me recosté bajo un árbol e Isabella se sentó frente a mí.

–Conoces muy bien todo esto – dijo quitándome las botas sin que yo se lo hubiera pedido, pero la dejé hacerlo.

–Sí. Desde pequeños veníamos bastante seguido con Emmett – comenzó a masajear mis pies y casi dejo escapar un gemido por la reconfortante y deliciosa sensación – pasábamos muchos fines de semana aquí y a veces la mitad de los veranos, luego nos íbamos cada quién con nuestros padres de viaje a algún lugar antes de volver al colegio – me quedé callado un momento –. ¿Tú como pasabas los veranos antes de… de ir al internado? – le pregunté, se tomó su tiempo para contestar, pero nunca dejó de mover sus manos en mis pies.

–Recolectando uvas – respondió y la miré confundido –, íbamos a Napa, ¿Conoces? – asentí y negué después.

–Sé de Napa más nunca he ido – aclaré.

–El hermano de mi madre, el tío John, tiene un viñedo ahí. Mis padres siempre me llevaban y recolectábamos las uvas, no era precisamente el tiempo de la vendimia, pero era divertido – hizo una pausa –. Edward… ¿Tú sabías que Rose y Alice eran mis amigas?, ¿es esto un castigo? – ahí estaba; era esperar demasiado si no atribuía el encuentro a un plan muy mal intencionado de mi parte. Mis castigos eran personales y privados, no incluían otras personas y mucho menos ponían en riesgo la privacidad de la relación, jamás y bajo ninguna circunstancia. Suspiré profundamente y dejó sus manos quietas.

–Lo último que me hubiera esperado era que Rose de Emmett fuera tu mejor amiga, no tenía ni la menor idea y de Alice mucho menos, de ella nunca supe ni su nombre – confesé –, créeme que esto fue una desafortunada coincidencia que me hubiera gustado evitar – ella asintió y continuó con el masaje. Cerré mis ojos y un rato después me puso las botas. Cuando abrí los ojos ya empezaba a oscurecer.

–¿Podemos volver? – asentí y me puse de pie, extendí mi mano para ayudarla a pararse y la sentí helada.

–Te dije que haría frío ¿Estás bien?

–Sí – respondió y se acercó a “George” metiendo una bota en el estribo y subiendo a él como yo le había enseñado. Sin duda era un excelente maestro y ella, una dedicada alumna.

***

Volvimos a la casa ya a oscuras. Pudimos haber llegado más rápido, pero disfrutaba cabalgar por ahí y si tenía entre mis brazos a una mujer como Isabella, trataría de prolongar lo más posible el fin del paseo. Cada vez se familiarizaba más conmigo, con mi cercanía; ya no saltaba al primer toque ni estaba tensa todo el tiempo. Me daba cuenta perfectamente que Isabella estaba aprendiendo a estar conmigo, a conocer mis gustos, mis exigencias y también estaba muy claro que estaba comenzando a dejar aflorar su temperamento altanero. No había ignorado este hecho, ella estaba aprendiendo a confiar en mí, entonces… ¿Por qué carajo no podía yo confiar en ella? Nunca me habían sido infiel, al menos que yo supiera pero no, lo mío era otra cosa que al menos hasta ése momento no lograba discernir. ¿Sería porque aún no me quedaba muy claro lo que quería Isabella de mí?

Ella entró primero a darse un baño, no tardó demasiado. Fue mi turno y permanecí un rato debajo del chorro de agua, mis músculos estresados lo necesitaban con todo ése día tan lleno de coincidencias. Al salir, encontré sobre la cama mi ropa extendida, mi camisa, el pantalón, bóxers, calcetines y los zapatos al pie de ésta. Esa clase de atenciones me gustaba. De pronto me encontré con las comisuras de mis labios hacia arriba en una amplia sonrisa, negué con la cabeza mientras terminaba de secar todo mi cuerpo.

Isabella ya estaba casi lista y para cuando terminé de vestirme ya estaba esperándome, estaba preciosa con ese vestido corto azul y medias oscuras. Me vestí bajo ocasionales miradas suyas y en poco tiempo salimos de la habitación. La tomé de la mano, me miró extrañada.

–¿Qué?, ¿tienes miedo de que te vean conmigo? – bromeé, la puse contra la pared y la besé –. Sabes que no me importa quién nos vea, ¿verdad? – ella asintió.

–Dilo…

–Lo sé.

Volví a besarla robando su aliento y haciéndola jadear. Eso envió un mensaje directo a mi ingle y reaccioné introduciendo mi pierna entre las suyas, separándolas. Isabella comenzó a respirar agitadamente y lo tomé como una invitación, pero al bajar mi mano y querer tocar esa zona cubierta por las braguitas diminutas que siempre usaba y las medias, me detuvo.

–No, por favor no… – Y no me hubiera importado su súplica de no ser que escuché cerrarse una puerta muy cerca de donde nos encontrábamos.

–¿Qué tal estuvo el paseo, Bella? – Emmett preguntó mirándome con una ceja enarcada mientras me separaba de ella.

–Bien – respondió temblorosa –, muy bien, todo por aquí es muy lindo.

–Me agrada que te guste, ¿bajamos? – la tomé de nuevo de la mano y descendimos por las escaleras. Entramos al comedor y sus amigas nos miraron boquiabiertas cuando sus ojos fueron directo a nuestras manos. Por Dios, ¿Qué se estuvieron imaginando en nuestra ausencia?, ¿por qué nos miraban asustadas?, ¿te espantabas tú, Rosalie, tontilla?, ¿y tú Alice?, ¿cuánto tiempo tendría que pasar antes de que ambas salieran corriendo realmente asustadas cuando se enteraran de la verdadera personalidad de sus prometedores partidos?

–Wow, Bella, tu vestido está muy lindo, ¿Dónde lo compraste? – Alice preguntó tratando de disimular su desfachatado interés en nosotros.

–Yo, eh, mmm… – miró su cuerpo indecisa sin saber qué decir.

–Yo se lo regalé – respondí en lugar de mi titubeante Isabella.

–Vaya, qué buen gusto – sonrió algo forzada.

–¿Lo dudabas? – y acerqué a Isabella a mi cuerpo y la besé en los labios haciendo que tanto ella como Rosalie levantaran las cejas un poco asombradas por mis muestras de afecto.

La cena transcurrió menos tensa que el resto del día con ellos. Recordamos muchos momentos divertidos de nuestra infancia y nos echábamos de cabeza con alguna proeza ridícula de alguno de los tres. Nuestra diferencia de opiniones había quedado atrás, como siempre sucedía. Ellos habían aceptado, a regañadientes, pero lo habían hecho ya, que yo decía la verdad y que no estaba obligando ni engañando a Isabella para estar a mi lado.

Todos reímos con las anécdotas menos Isabella que no parecía estarse divirtiendo como el resto de nosotros, la sentía incómoda y muy inquieta, pero era normal; estaba seguro que sus amigas le estaban haciendo un poco difícil la velada. Pasamos a la biblioteca a tomar la imperdonable copa de brandy, Isabella se sentó a mi lado y puse una mano sobre la suya que estaba en su pierna. Los ojos de Alice registraron rápidamente el movimiento, pero Rose ni siquiera miraba en nuestra dirección, estaba muy concentrada y feliz viviendo su engaño particular con Emmett. Después de un rato de hablar de temas que no le interesaban a las mujeres, las chicas se aburrieron y se fueron al salón. Isabella me miró, asentí una vez y se fue tras ellas. Emmett y Jasper solo me miraron, uno negó con la cabeza y el otro rodó los ojos. Los ignoré y seguimos discutiendo y bebiendo.

***

BELLA’S POV

Seguí a las chicas al salón. Tenía que hablar con ellas, no estaban para nada contentas con todo lo que estaba ocurriendo y estaban en todo su derecho. Yo, su mejor amiga les había ocultado algo muy importante y trascendental en mi vida, no las hice partícipe de mi relación con Edward. No importaba que no supieran el verdadero motivo por el cual estábamos juntos, eso era lo de menos, lo que realmente importaba era que no las había tomado en cuenta, las hice a un lado como si no quisiera que se enteraran y compartieran conmigo mi felicidad.

Cuando llegué al salón dejaron de hablar, yo conocía muy bien lo que esa acción significaba, habíamos pasado años haciendo lo mismo a las chicas indeseables del internado, quería decir, “Vete, no eres bienvenida aquí y no nos interesa lo que tengas que decir”. No me importó y me planté frente a ellas.

–Alice, Rose…

–No te esfuerces Isabella, entendemos que no nos consideras lo suficientemente importantes como para contarnos lo que pasa con tu vida, no te preocupes – Rose me dijo sin siquiera voltear a verme –, no pasa nada.

–Rose, no es así, lo que pasa es que…

–No, Bella, ahora somos nosotras quienes no queremos saber qué diablos haces con un hombre como Edward Cullen, ¿Qué tendrías tú que hacer con él? – suspiró –. La verdad, no nos interesa. Si no nos dijiste en su momento es que no vale la pena ¿Cierto?

–Es algo complicado Alice, sólo espero que comprendan el porqué yo…

–¿Sabes, Bella? La verdad voy a ser muy honesta contigo – Alice me miró con los ojos brillosos –. Si me dolió que nos ignoraras, a nosotras, a tu familia, tus hermanas, a lo único que tienes después de tu padre, pero si lo hiciste es porque ya no necesitas de nosotras, debiste habernos dado la patada mucho antes y de otra forma, no así.

–No, no, no… yo no quise darles ninguna patada, ustedes siguen siendo muy importantes para mí, yo no sabía, no tenía la menor idea de que Edward fuera amigo de Emmett y de Jasper, ¿Ustedes lo sabían? – guardaron silencio y evitaban mirarme –. Con eso me dan la razón.

–Ese no es el tema, Bella pero ya no importa, para mí sigue quedando muy claro que nos hiciste a un lado – añadió Rose – seguramente ya tienes otras amigas más importantes en tu trabajo, no hay problema, eso pasa…

–No estoy supliéndolas con nadie, simplemente… yo no les podía decir… – sentí mis mejillas húmedas y las limpié con el dorso de mi mano –, yo no podía hacerlo.

–No entiendo cómo esperas que olvidemos esto cuando no puedes aclararnos el porqué lo hiciste, el porqué nos ignoraste, dínoslo para que te podamos entender.

–No puedo, Rose, no puedo.

–Entonces no esperes que te tratemos cómo antes cuando está claro que tú tampoco nos puedes tratar así – negué con la cabeza y limpié mis ojos.

–No puedo… – susurré derrumbándome por dentro por callarme algo que me llenaba de vergüenza confesar.

-¿Y por qué no? – Alice me preguntó enojada –, ¿tu noviecito millonario te lo prohibió?, ¿Desde cuando te dejas mangonear por un hombre, Bella?

– ¡No lo sé, porque nunca había estado con uno!

Salí del salón derrotada y completamente consciente de lo que casi les había confesado… Que yo obedecía fielmente a Edward Cullen, el hombre con quien estaba.

***

EDWARD’S POV

Miré hacia el salón, la puerta estaba bien abierta y podía ver bien a Isabella de pie frente a Rose y a Alice. Ellas hablaban e Isabella negaba y miraba al piso. Cuando levantaba el rostro y decía algo ellas miraban hacia otro lado. Isabella se dio media vuelta y regresó al salón, se sentó en el extremo del sofá cruzando sus brazos sobre su vientre. Demonios… había llorado. Quería acercarme a ella, pero no le hubiera gustado que la dejara en evidencia, por eso sólo me limité a observarla, cuidándola.

–¿Qué les parece si jugamos una partidita de póker? – lo de preguntarnos fue un mero formulismo ya que Emmett sacaba ya las cartas y el juego de fichas.

–Buena idea, voy por los puros.

–Juego por dinero Jasper, no por puros – le aclaré y reímos pero Isabella se mantuvo abrazada a sí misma.

–¿Juegas Bella? – Jasper la invitó y ella se puso de pie acercándose a mí.

–Yo… estoy muy cansada, quisiera retirarme – dijo y se inclinó hacia mí – ¿Puedo?

Puse mi mano en su cadera acariciándola en círculos y le susurré al oído – ¿Estás bien? – ella asintió murmurando un ligero “sí”. No tardaría mucho en seguirla, sólo un rato más y subiría para ver si se encontraba bien porque aunque me había dicho que sí, no me convencía. Apenas desapareció Isabella de la biblioteca las chicas regresaron, Alice decidió jugar y Rose se quedó solo mirando. Se repartieron las cartas y Jasper dijo ante su juego...

–Vaya, Emmett siempre me da pésimas manos ¡Qué sorpresa!

–No – dijo Alice –. Sorpresa fue ver llegar a Bella con Edward esta mañana – Hum, eso era lo que tenía a Isabella así, sus amigas se lo estaban haciendo difícil.

–Alice, guarda silencio y déjame concentrar – le ordenó Jasper y ella le dirigió una mirada fulminante.

–Pero yo quiero saber – lo ignoró –. ¿Dónde se conocieron? – los cuatro pares de ojos se clavaron en mí.

–Bueno – comencé –, yo vi por primera vez a Isabella en el “Nasty”, conocen el club, ¿cierto? – dije seguro de que estaban juntas esa noche, sabía que no les iba a gustar que las descubriera ante Emmett y Jasper y efectivamente así fue. Rosalie se aclaró la garganta y Alice fingió demencia.

–¿Ahí te le acercaste? – Emmett había olvidado las cartas que tenía en la mano.

–No, ahí solo nos miramos, nos volvimos a ver en el partido de polo para caridad.

–Ah, nosotros la acompañamos – dijo Rose y Emmett la calló con una mirada bastante directa.

–La encontré en el salón de trofeos, ahí cruzamos palabra por primera vez – estaba siendo muy honesto, pero desde luego a mi conveniencia. No pensaba descubrir a Isabella frente a nadie, jamás; era un caballero e Isabella era mi mujer y como tal, debía protegerla ante cualquier cosa, hasta de sus amigas si tuviera que hacerlo – luego nos vimos en “The Chapel” y desde ahí todo se fue dando solo.

–Lo escucho y no lo creo, Bella siempre ha sido tan…

–¿Discreta? – terminé por Alice con una sonrisa.

–¿Discreta? No tenía porqué serlo – Rose frunció el ceño –, no le conocíamos un novio desde Ja…

Mi sonrisa se evaporó al escuchar a Rose y Alice lanzó la pregunta impidiéndole terminar la frase –¿Por qué han mantenido en secreto su relación? Porque lo es, ¿No es así? Ustedes tienen una relación.

–Efectivamente, Alice – admití.

–Entonces si es así y Bella pasa los fines de semana contigo, ¿Por qué se ocultan y nos lo ocultan a los demás? – se veía sinceramente intrigada, buscando una explicación del porqué su amiga había guardado nuestra relación en secreto.

–Yo quiero oír esa respuesta – dijo Emmett sonriendo estúpidamente y tirando sus cartas abiertas.

–Porque yo se lo pedí – respondí levantando una ceja –, comprenderán Alice, Rose, que un hombre como yo debe ser discreto en todo, más aún en mis relaciones, por mi seguridad, pero aún más por la de mi mujer.

–¿Tu mujer? – Rose se llevó la mano a la boca – Dios…

–Pero no se preocupen que no nos ocultamos de muchos, al menos de mis padres no – solté consciente que eso dejaría a mis amigos boquiabiertos y muy tranquilos y esperaba que a las chicas también.

–¿Tus padres? – Jasper sonrió y yo asentí mientras Emmett me miraba perplejo.

–Mis padres, Jasper, fuimos a cenar a su casa y están encantados con ella, sobre todo mi madre – sonreí ampliamente al ver que dejaba a todos satisfechos.

–Bueno señores, señoritas – me puse de pie –, ha sido un día lleno de… sorpresas, pero ya es tarde, me retiro – le sonreí a las chicas, en especial a Alice –. Buenas noches a todos.

Salí del salón bajo el escrutinio de las chicas y las miradas estupefactas de Emmett y Jasper; podía escuchar sus murmullos, pero estaba satisfecho por darles a todos las respuestas que buscaban y si le preguntaban a Isabella, solo tendría que omitir un pequeñísimo e insignificante detalle. Al llegar a la habitación encontré a Isabella hecha un ovillo en un extremo de la cama. Me daba la espalda y la luz tenue me permitió ver al acercarme, que usaba una pijama mía. Que rayos era eso, ¿Una broma? Me desvestí sin hacer mucho ruido y me metí bajo las sábanas, la abracé por detrás rodeando su cintura y comencé a acariciar su torso. Ella se movió despacio y fui desabotonando uno a uno los botones de la camisa.

–Creo que tengo un asunto pendiente contigo – le besé un hombro desnudo y se despertó por completo – te debo algo y yo no soy de los que me guste tener cuentas pendientes.

–No, por favor no lo hagas – me pidió suplicante mientras bajaba mi mano por su vientre.

–No me supliques, Isabella – le advertí y metí mi mano bajo el pantalón y las bragas.

–No lo hagas, no, por favor – continuó pidiéndome angustiada.

–¿Qué pasa? – le pregunté irritado.

–No me siento bien – respondió titubeante y nerviosa.

–Tienes el periodo, ¿No es así? – me miro sonrojándose adorablemente – me fascina como puedes ruborizarte de esa manera por algo como esto, tan natural. Hemos hecho cosas que van más allá de la vergüenza y el pudor pero tú te mueres de pena por esto… pero volviendo al tema Isabella, que no te sorprenda que yo también lleve mis cuentas, es un asunto que me interesa mucho pero sabes, no por esta nimiedad voy a dejar de disfrutar del resto de tu cuerpo, quítate la camisa.

–No, por favor no – repitió su súplica.

–Si no puedo poseerte porque a ti te incomoda que lo haga ahora, al menos del resto de tu cuerpo no me privarás, ¡Quítate la camisa ya!

Isabella comenzó a llorar y no entendía porqué. Le había dicho que no la tomaría esa noche, podía estar tranquila por eso, lo único que quería era disfrutar sus senos, tocarlos, masajearlos, probarlos, pero las hormonas la tenían excesivamente sensible esa noche, tal vez necesitara un poco de ayuda… desabotoné de nuevo lo que Isabella intentaba abotonar mientras besaba la unión del hombro y su cuello, mordiéndolo suavemente y metiendo la mano bajo la tela para tocar esos dos deliciosos senos que siempre debían estar listos y dispuestos para mi. Subí mi mano y la cerré sobre su seno derecho oprimiéndolo con fuerza.

–¡No!

Isabella salió de un salto de la cama con el rostro bañado en lágrimas. Me senté molesto y pregunté.

–¿Qué demonios te sucede? ¿Te duelen? ¡Dímelo y nos evitamos todo esto, Isabella!

–Si me duele, me duele mucho – dijo entre sollozos y se abrió despacio la camisa… Con horror vi su seno morado del lado exterior y mis dientes marcados, impresos ahí, cerca de su areola, en su piel.

Me puse de pie lentamente y me acerqué a ella, pero dio un paso hacia atrás mientras lloraba inconsolable. ¡Por Dios! Era un salvaje, ¿Cómo era posible que le hubiera hecho tanto daño sin darme cuenta?, ¿tanto me cegaba la lujuria?

–No voy a lastimarte Isabella, deja que me acerque – le pedí y lo aceptó. La abracé con mucho cuidado, ella era más frágil de lo que yo pensaba, ni ella misma tenía idea de lo frágil que era. Por unos minutos permanecimos así, hasta que la acosté de nuevo en la cama.

–Permíteme verlo – ella se negó –, déjame verlo Isabella, necesito hacerlo – un poco renuente, volteó la cara mientras yo observaba el horror que había plasmado en la piel de Isabella.

–¿Se hinchó? – ella asintió.

No tenía vergüenza ni perdón, lo sabía y no tenía cara para verla a los ojos. Era un peligro en potencia para ella, no medía mi fuerza. No la había cuidado, ¿dónde quedaba eso de que era mi deber y mi obligación cuidar de ella?, ¿así se lo demostraba?, ¿hiriéndola? Me vestí rápidamente y bajé a la cocina, fui directamente al cajón donde guardaban todas las medicinas y el botiquín de primeros auxilios, encontré lo que buscaba y subí de prisa.

–Déjame ponerte esto, no va a doler, lo prometo – le aseguré. Isabella se abrió la camisa una vez más y con mucho cuidado comencé a ponerle una pomada de árnica. Eso le ayudaría a desaparecer el moretón y le quitaría el dolor. Terminé de acariciar su seno con la pomada y la cubrí con la pijama. Me acosté junto a ella y la abracé. Yo no era una persona que se disculpara o que pidiera perdón, no sabía, eso no estaba registrado entre mis acciones a realizar, pero la mantuve abrazada, la mecí entre mis brazos, besé su cabello, su rostro… ésa era mi forma de disculparme con ella, de pedirle perdón.

***

Esa noche no dormí. Mantuve a Isabella entre mis brazos mientras pensaba una y otra vez en lo que había hecho, hasta donde me habían llevado mis putos impulsos. Estaba muy preocupado, tal vez demasiado porque yo era una persona que tenía todo, absolutamente todo bajo control. Pero con Isabella todo eso valía para un carajo; me descontrolaba y me provocaba cosas que no sabía manejar, como esa tarde que se enfrentó a mi al enterarse que había intervenido su teléfono, que el número de Max estaba bloqueado y que no podría recibir ninguna llamada suya. ¿Por qué estaba enojado realmente?, ¿por la rebeldía de Isabella o por su enojo al enterarse que le había cortado con cualquier tipo de conexión con ese idiota? Más me valía averiguarlo para poder tomar las riendas de mis reacciones, no quería volver a dañar a Isabella tan bruscamente.

Pero si la estaba lastimando, ¿por qué coño no dijo la puta palabra?, ¿por qué seguía dejándome hacerle daño?, ¿cómo coños iba yo a saber si era demasiado para ella?, ¿cómo iba a detenerme? Me estaba sobre pasando y no podía permitírmelo. Ella me provocaba una ceguera que sacaba lo peor de mí… ¡No! Yo tenía que hacer algo para evitar que volviera a suceder, debía mantenerla a salvo, cuidarla de mí, de mis impulsos. Debía controlarme porque si no lo hacía corría el riesgo de que ocurriera algo más que sólo lastimarla. Isabella se alejaría de mi y si de algo estaba seguro era que no quería que se fuera de mi lado, no tenía idea del porqué, sólo sabía que no quería. Además ella no podía irse, todo era perfecto; ella buscaba una relación Dom-Sub y yo se la podía dar, no tenía que estar paranoico cuidándome las espaldas por si esto salía a la luz ya que Isabella tenía mucho más que perder que yo, mis padres estaban encantados con ella y además era inteligente, muy valiente y ardiente a morir, además fluctuaba entre la rebeldía y la sumisión y eso, me volvía loco...

Por otro lado estaba tranquilo, Isabella estaba ahí, entre mis brazos. Dormía en paz, confiaba en mi aún con todo lo que le había hecho pasar. Me obedecía, tenía esos pequeños detalles que parecían nada pero me decían que estaba pendiente de mí todo el tiempo, nacían de ella, yo no se los había pedido pero muy orgullosa los hacía, como una antigua geisha que me iba envolviendo y me enloquecía. La estaba moldeando a mi gusto y a ella le gustaba, no podía pedir más, ella no se iría de mi lado, no lo haría. Me sentía inexplicablemente bien junto a ella y tal vez era porque todo cuadraba y encajaba como en un puzzle, todo exacto y perfecto, aunque por eso yo no dejara de ser el más miserable y perfecto cabrón de todos.

Muchas horas después, Isabella se removió en mis brazos.

–¿Cómo amaneciste? – le pregunté suavemente, parpadeó varias veces y me respondió…

–Bien, gracias – se soltó de mis brazos y se estiró –, ¿y tú?, ¿dormiste bien?

–Sí, muy bien – mentí y no por estar incómodo, sino por el alud de pensamientos que me sepultaron toda la noche.

–Voy a darme un baño, supongo que desayunaremos todos juntos – salió de la cama y fue directo al baño.

No mucho tiempo después, bajábamos de la mano las escaleras. Salimos al jardín donde ya estaban todos. Saludamos pero mi atención se centró en Alice en ese momento. Se veía feliz, radiante y mi amigo también. Vaya, lo que menos se esperaba ese hombre era congeniar con Alice, qué equivocado estuvo todo este tiempo.

–Bella, ¿Cómo dormiste? – la pregunta iba llena de sarcasmo y no me agrado en lo absoluto. La miré serio.

–Muy bien Alice, gracias por preguntar – le devolvió Isabella con el mismo tono.

–Me imagino, con tantos fines de semana tan estresada que has tenido, te cayó bien este descanso, ¿No crees? – miró a Rose pero ésta estaba muy ocupada viviendo su fantasía con Emmett. Isabella a su vez bajó la mirada, sonrojada, pero luego de unos segundos muy orgullosa levantó la cara y me preguntó…

–¿Te sirvo Edward? Hay de tu fruta preferida – me sonrió y le devolví el gesto. Me confundió un poco su actitud, pero tenía que reconocer que mi chica tenía bolas, u ovarios en su caso, y si actuaba así frente a todos, sobre todo frente a sus amigas, yo no era quién para impedírselo al contrario, me gustaba que se plantara como lo que era, la mujer de Edward Cullen, una mujer con personalidad, con carácter, aunque en la intimidad de la alcoba esa personalidad y ese carácter sólo me pertenecieran a mí.

–Sin nada arriba, ya sabes – me divertí, pero era verdad, ella ya sabía muy bien cómo me gustaban las cosas, entre ellas la comida. Me servía ante la atónita mirada de sus amigas y de mis amigos que no daban crédito a lo que veían. Esa no era sumisión, era atención y la que ella tenía conmigo era porque le nacía tenerla, punto.

–Bella, no sabía que montaras, nunca te interesó eso en el internado, tienes todo el ajuar completo, qué sorpresa…

–Bueno, Alice, no me gustaba pero Edward tiene un amor por los caballos contagiante, tiene muchos y muy hermosos, creo que les estoy perdiendo el miedo, ya hasta me está enseñando a montar por eso me regaló todo el outfit.

–Oh, yo me quedé en que otra persona te estaba enseñando a montar – dijo Rose, muy mordaz e Isabella se tensó.

–Por cierto, ¿vas a ir con nosotras de compras o te escaparás a mitad del centro comercial sin darnos ninguna explicación? – Isabella las miró extrañada.

–Alice, ¿qué te sucede? – Jasper la enfrentó –. Ya basta.

–Sí, ustedes dos cálmense, están siendo muy groseras con Bella – Emmett añadió mientras yo contaba hasta diez para no arrancarle la cabeza a ese par.

–¿Groseras? – preguntó Alice muy irónica –, creo que es muy poco en comparación con lo que se merece, se decía nuestra amiga y nos evitó por mucho tiempo y ahora aparece aquí como si nada y con Edward Cullen a su lado – Isabella las miraba dolida, le brillaban los ojos y le temblaba a mandíbula.

–¡Suficiente! – grité –. No voy a permitir que ustedes dos sigan ofendiendo a Isabella y les advierto, si me entero que se vuelven a acercar a ella para hacerle daño con sus ironías y su sarcasmo, se van a enterar quién es Edward Cullen. Vámonos Isabella, no tenemos nada más que hacer aquí.

Ella tomó la mano que le extendí y nos levantamos de la mesa ante la mirada de ese par de chicas a las que había amenazado y de la de mis amigos que no reaccionaban aún. Subimos por nuestras cosas y a medio empacar, Isabella se sentó en la cama, llorando.

–No llores, no vale la pena, ven – me senté junto a ella y la abracé, besé su mejilla y luego muy despacio, besé sus labios –. Ven, vamos a terminar de guardar todo – me obedeció y en menos de quince minutos bajábamos por las escaleras, Emmett y Jasper salieron a nuestro encuentro.

–Lo siento Bella, no se que le ocurre a Rose, sé que ella te quiere, solo se siente ofendida – se disculpó e Isabella asintió, se acercó y le dio un beso en la mejilla.

–Gracias por todo Emmett, tienes una casa muy linda – dijo con lágrimas en los ojos y no supe quién era más miserable, si sus amigas por comportarse así con ella o yo por no haber tenido cuidado y lastimarla.

–Hasta luego, Bella, cuídate mucho – se despidió Jasper.

–Emmett, Jasper… – asentí y salimos de ahí.

Metí las maletas al auto mientras Isabella se subía, y unos minutos después ya nos encontrábamos en la carretera de vuelta a Londres. Estaba furioso. Con gusto les hubiera arrancado esas cabezas bien peinadas, habían arruinado nuestro fin de semana y eso no lo dejaría pasar, pero ya llegaría el día en que me pudiera cobrar todo lo que hicieron sufrir a Isabella y sería muy pronto…

–Isabella, no quiero que vuelvas a ver a ese par, por ningún motivo quiero enterarme de que te acercas a ellas. ¿Entendiste? – le pregunté iracundo pero no me respondió –, ¿entendiste, Isabella? Más te vale estar sola si ése es el tipo de gente que te rodea – me miró aún con los ojos llorosos.

–Tienes razón, creo que he tocado fondo… tal vez ya sea momento de estar completamente sola…*

*

*

*
Nenas! Importante: En vista que el servicio de aviso de actualizaciones funciona cuando quiere y cuando no también, les pido que pasen por el blog cada semana para checar las actualizaciones. Mil gracias a ustedes que me leen y también a mi super Beta Isita María y Nani por sus ocurrencias.
> >