lunes, 25 de julio de 2011

CAPITULO 10

Paciencia


"Sexo: lo que sucede en diez minutos y que excede todo el vocabulario de Shakespeare."
Robert L. Stevenson.


–¿Qué piensas que estás haciendo?

–Me gustaría que siguieras siendo respetuosa Isabella, no olvides cual es tu lugar y ya que preguntas… voy a quedarme esta noche a cuidarte.

–¿A cuidarme? – reí irónica – muchas gracias, pero no lo necesito.

–No te estoy preguntando si lo necesitas o no, te estoy comunicando mi decisión, recuerda a quién le estás hablando Isabella – dijo sin alterarse, lo que me alteraba a mí – vamos a cambiarte, vas a acostarte y vas a descansar.

–No soy una niña tonta, ni una muñeca a la que tengas que vestir y cuidar, yo puedo hacerlo sola, gracias – respondí haciendo énfasis en la última palabra.

Me tomó del brazo sin hacer mucha presión, pero con firmeza, se dirigió al pasillo y se detuvo al llegar frente a las dos primeras puertas – ¿Cuál es tu dormitorio?

Mi mirada estaba anclada en el suelo y al no obtener respuesta, colocó sus dedos bajo mi barbilla y me levantó la cara para que lo mirara – No soy un hombre muy paciente, Isabella… – giré un poco la cabeza, pero no pareció importarle mi indiferencia, siguió hasta el fondo del pasillo y entramos a mi habitación.

Cerró la puerta, pero estaba demasiado cansada como para seguir gastando las pocas energías que me quedaban luchando contra él. Que hiciera lo que le diera la gana y que luego me dejara sola, eso era lo que quería, estar sola y dormir mucho hasta que pudiera pensar con claridad. Pero para eso, necesitaba dejar pasar unos días, me conocía muy bien y sabía que para que pudiera pensar con objetividad tendría que dejar enfriar mi mente porque en ese momento estaba muy confundida y asustada, y no por él… por mí.

–Levanta los brazos – dijo sacándome la blusa y lo mismo hizo con el pantalón para luego ponerme una camiseta que había tomado del cajón de mis pijamas – acuéstate, te prepararé un té.

Lo obedecí porque mientras más rápido terminara con sus ‘cuidados’, más rápido se iría de mi casa, así que me acosté y me metí bajo el edredón, me acomodé de cara a la ventana y cerré los ojos. El sonido del teléfono de casa me asustó. Pensé en dejar que entrara la máquina contestadora, pero no quería que Edward oyera mis mensajes así que extendí la mano y respondí la llamada.

–¿Hola? – no creí que mi voz sonara tan débil.

–¿Bella? ¿Hija? ¿Estás bien? – mi padre se oía angustiado.

–Sí, sí, estoy muy bien, pero porque… – me interrumpió.

–Llevo todo el fin de semana intentando comunicarme contigo y tu teléfono ha estado apagado – ahora estaba enojado – me tenías con el alma en un hilo ¿Ya te fijaste en cuantos mensajes te he dejado? ¿En donde te has metido?

–Yo… tuve que salir de la ciudad, a un lugar un poco retirado y me quedé sin señal, perdón por no avisarte – dije disculpándome – fue un asunto de trabajo.

–Hija, no sabes lo preocupado que estaba porque ni Alice, ni Rosalie sabían en donde estabas, no me vuelvas a hacer esto Bella – me sentí fatal al escuchar así a mi padre – promételo.

Una presencia me hizo voltear y vi a Edward con la taza de té parado en el marco de la puerta. Me miraba con ojos fríos y su mandíbula estaba tan tensa que un poco más y se hubiera podido quebrar los dientes.

–Te lo prometo. – dije suavemente, dándole de nuevo la espalda a Edward.

–Bueno, te dejo descansar porque te escucho agotada, pero mañana hablaremos, ya estoy más tranquilo sabiendo que solo fue un inocente descuido, pero no quiero que se repita ¿Ok? Te quiero y por eso me preocupo hija, eres todo lo que tengo.

–Tú, eres el único en mi vida – susurré y miré el enojado reflejo de Edward por el espejo – te quiero.

–Adiós hija.

–Adiós papá – terminé la llamada y Edward avanzó lentamente en la habitación, aún con ese gesto de disgusto en la cara.

–Aquí está el té, tómalo despacio, está caliente – dijo con su voz autoritaria dejando la taza en la mesita junto a la cama. Hice a un lado las sábanas y el edredón y me puse de pie, fui al salón y tomé mi bolso, empecé a buscar mi móvil, pero no lo encontré, Edward me había seguido hasta allí y levanté la cara enfrentándolo.

–Quiero mi teléfono – dije furiosa y al ver que no se inmutaba, repetí – quiero mi teléfono, ¡Ahora!

–Cuidado Isabella, he tenido mucha paciencia contigo – me advirtió.

–¡Dámelo!

Con una lentitud desquiciante metió la mano al bolsillo de su pantalón y lo sacó, extendió su mano y me lo dio. Se lo arrebaté y con la misma regresé corriendo a mi habitación para hundirme en mi cama. Lo encendí y vi las 45 llamadas perdidas de mi padre, 17 de Alice, 5 de Rosalie y un par más sin importancia.

Mi vista se nubló; mis ojos se llenaron de lágrimas que no sabía si sólo eran de coraje por descubrir que me tuvo incomunicada durante todo un fin de semana. Mi padre se había angustiado y todo por su culpa. ¿Qué necesidad había de todo eso maldita sea? ¿Qué le costaba ‘ordenar’ como era su costumbre, ‘apaga tu puto móvil Isabella’? ¿Qué le costaba?

Lloré con rabia por algo tan simple como lo del móvil, porque que tuvo a la persona que más quería con el alma en un hilo y también porque sufría al no saber cómo debía sentirme por lo que había ocurrido en el cuarto de juegos esa mañana. El que la realidad de una ilusión me golpeara de repente mostrándome una pequeña parte de su cruda faceta, porque sabía muy bien que sólo era el principio de todo, me había sobrepasado. Impotente porque todo lo que había vivido ese día se me subía a la cabeza, tomé el móvil y lo aventé contra la pared. El pequeño dispositivo chocó contra el duro muro partiéndose en innumerables pedacitos por toda mi habitación. Lloré por un rato más hasta que me agoté y estuve calmada.

Lo escuché moverse por mi casa; me limpié las mejillas y me acomodé en la cama con la esperanza de que se largara de una vez por todas, pero no fui tan afortunada. Escuché sus pasos marcados en el piso de madera, venía directamente hacia mí. Jalé las sábanas sobre mi cabeza y me sumergí todo lo que pude entre la cama y los cojines. Para mi sorpresa, dio media vuelta y jaló la puerta sin cerrarla. Tal vez ahora si se iba y me dejaba tranquila si es que podía estarlo después de todo lo acontecido en el día. Pasó un largo rato y yo no me dormía; tampoco pensaba en nada importante, sólo recordaba momentos felices y travesuras con Alice y Rose. Eso siempre me funcionaba cuando no quería pensar en algo que me perturbara.

Edward seguramente ya se había marchado. Ya podría respirar tranquila. Salí de la cama y me quité la camiseta de dormir que me había puesto, la odiaba, era fea e incómoda y ni siquiera la había comprado yo, fue un regalo de una compañera de la universidad. La aventé por alguna parte de mi habitación y me puse la que necesitaba, la de Hello Kitty. Volví a la cama y por fin me dormí. A media madrugada me removí intranquila y gemí medio dormida.

–¿Estás bien? – escuché su voz como en un sueño, suave, sedosa – ¿Necesitas algo, Bella?

Volví a gemir porque supe que era un sueño, él no me hablaría así después de mi insolencia y mucho menos me llamaría Bella. Pero de pronto mi sueño me estaba pareciendo muy real porque casi podía sentirlo detrás de mi, con su tibio aliento en mi oído. Lloriqueé como una niña aún en sueños y sentí una calidez que me envolvió con firmeza en un abrazo protector.

–Mi querida, – su voz de nuevo y tan cerca… – esto está resultando tan complejo para ti… – sentí caricias en mi pelo y dedos que se enredaban en él. En ese momento supe que no era un sueño y que en realidad Edward estaba ahí, conmigo en mi cama, abrazándome y hablándome suavemente. Me giré entre sus brazos y abrí los ojos lentamente, me miraba con una expresión que no podía descifrar y tuve miedo.

–No te tomaste el té.

–Yo… perdón, señor – dije muy bajito – por todo.

Respiré profundamente y sentí un alivio inexplicable al pronunciar esas palabras, no lo entendía. Cerré los ojos de nuevo y me aferré a su pecho, enterrándome en él. Aspiré su olor almizclado llenando con él mis pulmones y me sentí completa cuando Edward me apretó contra su cuerpo.

–Isabella, hay tanto que necesitas entender y aprender – suspiró mientras continuaba con sus caricias – por lo pronto, quiero que comprendas un poco mi deber y obligación contigo – asentí e inmediatamente agregué…

–Sí, señor.

–Un Dom, un maestro, no sólo te enseña y disfruta de tu cuerpo, también como ya te he dicho antes, se ocupa de ti, de tus necesidades, te procura y tiene la obligación de cuidarte en todos los aspectos Isabella, de ver por ti, por tu bienestar. Yo no delego esta responsabilidad a nadie porque es mía, y así como a una sumisa le llena de placer brindarle satisfacción a su amo, para el amo también debe ser un placer prodigarle cuidados a su sumisa y para mí lo es. A veces parece ilógico como esta tarde, que te tome con fuerza y después cuide de ti, pero no es así, porque en la medida que tú estés bien, yo podré hacer uso de tu cuerpo para los propósitos que crea convenientes. Ya te había hablado un poco de esto ¿Lo recuerdas?

Me encogí de hombros – no mucho, señor.

–No importa, ya te lo he explicado de nuevo – metió un brazo bajo las sábanas y con delicadeza acarició mis nalgas y mi espalda – también es mi deber resolver tus dudas, así que no te guardes nada y pregúntame lo que quieras saber. No soy un ogro Isabella, solo tengo un carácter fuerte.

–Está bien, Señor.

–Ahora quiero saber si estás bien, ¿Te hice daño Bella? – me había llamado Bella… sus ojos me miraban ansiosos y traté de responder, pero mi voz no quería salir. En un esfuerzo, al fin pude decir…

–No – dije negando con la cabeza – ¿Cuándo me va a castigar?

–Ya lo he hecho, te poseí con fuerza, además no te permití correrte ¿No te parece un castigo suficiente? Sabes que me gustan los azotes, si quieres…

–No, señor, así está bien – dije sonriendo y restregándome más contra él.

–¿Por qué no dijiste tu palabra de precaución si estaba resultando demasiado para ti? – me quedé en silencio porque no sabía qué responder – son para protegerte Bella, si no las dices ¿Cómo voy a saber si quieres que me detenga o no? – Bella. Ahí estaba de nuevo – contéstame.

–La verdad, – dije muy calmada – es que no lo sé, nunca me pasó por la cabeza decirla – besó el tope de mi cabeza y me inquieté.

–Muy bien, por hoy ha sido suficiente, duérmete Isabella – se puso de pie y me arropó.

–¿Y usted?

–Encontré la habitación de visitas, tranquila.

–No me deje sola, quédese conmigo, – me atreví a pedirle – ¡por favor!

Por unos instantes dudó. Creí que se negaría, pero lo vi desabotonar su camisa y quitarse los zapatos al mismo tiempo, el pantalón también se lo quitó y sólo se quedó en unos bóxers blancos que parecían dibujados sobre su piel. Hizo a un lado las sábanas y se acostó abrazándome y atrayéndome sobre su pecho.

–Gracias, señor.

–Shhh, sin hablar. Duérmete ya.

Apagó la luz de la lámpara en la mesita y se acomodó mejor. No articulé mi media palabra más. Y ni falta que me hacía. Yo sólo sabía que estaba ahí, en mi cama abrazada por mi Dom que me cuidaba y me protegía.

***

Me desperté esa fría mañana estirando mi cuerpo a todo lo que daba. Me removí por mi cama como lo hacía todas las mañanas y enterraba la cara en la almohada. Inmediatamente abrí los ojos tratando de enfocar bien, buscándolo. Su olor en mis almohadas y mis sábanas me recordaron que no había sido un sueño y que de verdad Edward se había quedado conmigo por la noche, y me había dormido abrazada contra su pecho. Me senté frotándome los ojos y mirando el pequeño sillón en mi recámara donde había dejado su ropa en la madrugada. No había nada. Me puse de pie y salí a buscarlo por la casa. Edward se había ido.

Triste, me preparé para ir a trabajar. Me duché, me vestí y salí de mi casa rumbo a la agencia. Parecía que habían pasado semanas y no dos días desde que estuve ahí pero el lugar como siempre, me abrazó al llegar. Si algo me gustaba de Alter Medios era el ambiente que ahí se respiraba; era amistoso y nada pretencioso, cada quien hacía su trabajo y teníamos buena disposición para todo.

–¡Bella! – Jane me recibió muy alegre y con la consabida taza de café – una donita para esa carita.

–Hola Jane – tomé un sorbo de café y le di una mordida a mi dona de nuez – ¿Qué tal tu fin de semana?

–El mío tranquilo, pero el tuyo… parece que te fuiste a escalar el Kilimanjaro, amiga luces…

–Gracias Jane, no sabía que me quisieras tanto – le repliqué – creo que me dará gripe, es eso.

–¿Gripe? Más bien creo que será esa influenza H1n1 – se burló, pero solo la miré amenazadoramente y me dispuse a trabajar. Fui a mi escritorio, apenas estaba encendiendo mi computadora cuando un carraspeo me hizo levantar la vista de la pantalla.

–Buenos días, señoritas – dijo Paul muy formal mientras se acercaba a mí – esto es para usted. Con permiso.

Se dio la vuelta después de entregarme una caja pequeña con un moño chiquito de listón rojo. La mirada de Jane iba de Paul, que salía de la oficina, a mí que tenía entre las manos la cajita y que rápidamente guardé en el cajón de mi escritorio.

–¿Bella?

–¿Si Jane?

–Olivia nos espera en su oficina – dijo con la curiosidad en la punta de la lengua esperando a que le dijera algo sobre el regalo, pero no dije nada y ella se abstuvo de preguntar. Tomé mi cuadernito para anotaciones y salí hacia allá pensando en lo que podía contener esa cajita.

La junta con Olivia se me hizo eterna. Quería saber cuanto habíamos avanzado y cómo iban los proyectos que teníamos a nuestro cargo mientras discutíamos algunos puntos y le comunicábamos las innovaciones que queríamos implementar en esas campañas. Tuve que esforzarme mucho para poder explicarle cada paso de nuestro primer borrador sin perder la concentración, pero Jane hábilmente me ayudó con el ligero contratiempo y la junta con nuestra jefa salió mucho mejor de lo que ella y nosotras, sobretodo yo, esperábamos. A la hora del almuerzo, cuando Olivia por fin nos dejó libres, regresamos a nuestras oficinas y traté de disimular mi propia curiosidad por averiguar el contenido del paquete que Edward me había enviado; no quería abrirlo frente a Jane ya que no iba a poder evitar que me arrollara con mil preguntas y no tenía ni el humor, ni las ganas de dar ningún tipo de explicación, además, ¿Qué diablos le diría? Este paquete me lo envió mi novio ¿Dom?

Empezando porque jamás me lo creería, no tenía porqué confesar mi vida personal con nadie. Ni siquiera había pasado por mi mente si le contaría a mis mejores amigas la naturaleza real de mi relación con él y dudaba mucho que creyeran que como por arte de magia había dejado a un lado todos los temores y mi renuencia a tener al fin una relación con alguien; habían pasado tantos años repitiendo “¡Vive Bella, vive!” como para que de buenas a primeras me presentara con un novio como Edward Cullen. Sobre todo como él.

Pero… ¿Por qué no?

Aproveché que Jane tuvo que salir y con dedos temblorosos saqué la cajita primorosamente envuelta. Estaba tan nerviosa que no pude contenerme y rompí el listón y arranqué el papel; levanté sigilosamente la tapa de la caja y dentro de ella, un iPhone rojo. ‘Mi Señor ocupándose de mis necesidades, viendo por mi bienestar…’ Comencé a revisar el aparato y di un brinco cuando este empezó a sonar. En la pantalla apareció el nombre de Alice y muy confundida puse mi dedo sobre el cuadrito verde para responder la llamada.

–Hola Alice – dije lo más normal que pude.

–¿Me quieres explicar en donde demonios te metiste el fin de semana? ¡Charlie estaba preocupadísimo! – me regañó.

–Tuve que salir por el trabajo y olvidé encender mi teléfono – dije fingiendo una vocecita inocente – perdón, no se me vuelve a olvidar.

–Si no te conociera, diría que no querías que te molestáramos y que por eso lo apagaste, en fin, hoy vamos a cenar, estoy aburrida y necesito ver gente.

Quedamos de acuerdo y terminamos la llamada. Estaba intrigadísima porque el aparatito tenía ya incluidos a todos mis contactos justo y como los tenía en mi otro teléfono solo que en este había uno más… Edward Cullen, su nombre con todas sus gloriosas letras.

¿Debía llamarlo para darle las gracias? ¿Y si se enojaba? Nunca había dicho nada acerca si podía ponerme en contacto con él y no quería hacerlo enfadar así que opté por no hacerlo, aunque me moría de ganas porque anoche se había portado bien conmigo. ¿Pero y la mañana anterior?

Cualquiera en sus 5 sentidos hubiera salido huyendo, pero yo no lo hice. Estaba asustada sí, y mucho, pero algo me anclaba a esa mesa, a escuchar sus órdenes, a estar pendiente de sus movimientos, de sus respiraciones, de su contacto. ¡Como me hubiera gustado poder controlarme! Eso lo hubiera hecho muy feliz, el ver que hacía un esfuerzo por satisfacerlo a pesar de mi incomodidad y mis deseos. ¿Sería que eso era por lo que me sentía tan enojada? ¿Por qué no pude cumplir sus deseos como una buena sumisa? Tal vez si, no podía tener la certeza, pero había algo de lo que si estaba plenamente segura, era que no me rendiría.

Pero… ¿Y él? ¿No estaría arrepentido de tener a su lado a una sumisa inexperta? Seguramente no debía ser muy agradable pasar demasiado tiempo entrenándome cuando era obvio que necesitaba a alguien de su nivel para saciar sus deseos. Sólo esperaba tener la capacidad de aprender con rapidez para que no se hartara y quisiera deshacerse de mi.

***

–Estoy hambrienta – dijo Rosalie mientras le daba una mordida gigante a su hamburguesa.

–Dicen – Alice la miró de reojo – que cuando la actividad sexual de uno aumenta considerablemente hay que reponer muchas energías. Como ves, tengo el apetito de un puto pajarito anoréxico.

–¿Nada aún con Jasper? – preguntó Rose limpiándose la boca.

–No – dijo enojada – me huye el muy idiota.

–¿No será que te has encaprichado Alice? Tal vez como todo un caballero no te dice no muy abiertamente y está esperando a que te des cuenta que no…

–¿Qué no está interesado en mí? – me gruñó – no me jodas Bella, si ese fuera el caso no me besaría como lo hace… cuando quiere claro.

–¿Entonces porqué no se decide?

–No lo sé Rose pero a mi nadie me deja picada, le voy a dar una cucharada de su propia medicina, a ver quien deja con las ganas a quien – sentenció – ¿Y tú? Ahora si explícanos en donde coño te metiste que casi matas a Charlie de la angustia.

–Ya te dije – me metí una papa frita a la boca intentando parecer despreocupada – tuve que ir a un pueblito como a dos horas de aquí – me veían incrédulas – ¡Por el trabajo! – añadí ofendida.

–¿Fuiste sola?

–No Rose, me acompañó mi ángel de la guarda – dije sarcástica – ¡Claro que fui sola! ¿Qué hay de raro en eso?

–Que tú nunca harías algo así… sola – respondió Alice.

–Créeme que con lo presionada que estoy con mis proyectos, en lo último que pensé fue en pedirle a alguna de ustedes que fuera conmigo, además creí que estarían con sus novios maravilla dándose arrumacos y yo soy incapaz de interrumpir algo así.

–Que arrumacos ni qué nada, Jasper estuvo fuera de la ciudad también, según me dijo.

–Bueno – dijo Rose muy melosita – yo si estuve muy ocupada, Emmett es… – suspiró – es divino, y ahora si les digo que estoy perdidamente enamorada de él. Es tan dulce y tan tierno que nunca en mi vida hubiera soñado en tener a un chico como Emmett a mi lado. Está tan pendiente de mí, me cumple todos mis caprichos y deseos, es súper detallista y me quiere tanto…

–¡Eso es lo que yo quiero! – Alice dio un golpe con el puño sobre la mesa – ¿Por qué te niegas Jasper?

¿Y yo? ¿Yo qué quería? ¿Una relación como la de Rosalie? No podría decirlo con exactitud. Quizás estaba muy influenciada por tantas novelas que había leído y que para bien o para mal me habían llevado hasta el punto donde me encontraba y por extraño que pareciera y aunque aún no estuviera muy segura de lo que quería en un futuro, estaba bastante contenta con lo que tenía con Edward en ese momento, a pesar de mis confundidos arranques como el del día anterior.

–No le des más vueltas, encáralo y no pierdas tu tiempo Alice – dijo Rose molesta también – ¿Porqué te obsesionas con ese rubio ‘pan sin sal’? Afuera hay muchos chicos muy guapos que estarían dispuestos a todo por ti, si tan sólo no fueras tan jodidamente testaruda…

–Estoy de acuerdo con Rose, no me gusta verte así por alguien que no sabe valorarte Alice – ¿Yo diciéndole eso? ¿La que casi se arrastra por Edward Cullen? Qué cínica me había vuelto – mejor olvídalo y ya verás que cuando menos te lo esperes aparece tu príncipe azul.

–No quiero un príncipe azul, yo quiero a Jasper, no le soy indiferente yo lo sé, lo siento, sólo que hay algo por lo que se niega a aceptarlo – era oficial, Alice estaba definitivamente muy deprimida.

–Perdón, Alice – dijo Rose con una vocecita – soy una idiota por venir toda emocionada presumiendo mi felicidad, no era mi intención.

–No seas tonta Rose, claro que me alegra que estés feliz, yo soy la que les está amargando la noche – se puso de pie – creo que mejor me voy.

–Alice Brandon, vuelve a sentarte en este momento si no quieres que te dé un par de nalgadas – le advertí y con la misma volvió a su lugar.

–Bella en serio, quiero irme – dijo con los ojos brillosos – no me siento bien.

–De acuerdo, pagamos y me quedo contigo, no pienses que voy a dejarte sola – saqué mi cartera y le dí mi tarjeta a la mesera.

–Yo también me quedo contigo Ally y eso no está sujeto a discusión.

–No es necesario – sorbió su nariz – además ambas trabajan mañana.

–Ajá – Rose dio un gritito – con mayor razón, ¿Crees que te vas a salvar de prestarme esa falda negra con tu blusa de seda?

–Y esos jeans que te forman un trasero divino con ese suéter gris plomo, me quedarían perfectos Alice – le guiñé un ojo.

–Son horribles ¿Lo sabían? – dijo resignada.

–¡Si!

***

Antes de ir al apartamento de Alice, pasé al mío por unas carpetas que necesitaba llevar a la oficina y aproveché para tomar unas bragas y un brassiere limpios porque ni de broma dejaba pasar la oportunidad de ponerme esos increíbles jeans.

Alice parecía estar un poco mejor con nosotras haciéndole compañía. Sin duda ella era la más fuerte de las tres por lo que me preocupaba mucho verla así y sobre todo la actitud algo obsesiva que había tomado contra Jasper. Ella era alguien que siempre cumplía lo que se proponía, hacía lo que tuviera que hacer para lograrlo y nunca fallaba, por eso nos resultaba tan extraño tanto a Rose como a mí que Jasper no hubiera caído rendido a sus encantos.

No era normal que un chico se negara a pasar una noche con una chica y mucho menos si ésta era tan guapa como Alice. A lo mejor y ese era todo el problema, que ella nunca había sido quien tuviera que sufrir un rechazo y en esta ocasión había sido su turno y no lo había tomado para nada bien. La comprendía muy bien, sentirse rechazado era horrible; lo había vivido con Edward y… me había tomado el asunto como un reto, justo como Alice. Sólo esperaba que tuviera la misma suerte que yo y que Jasper se diera la oportunidad de conocerla porque estaba segura que podrían llegar a formar una bonita pareja.

Estábamos acostadas en la cama con Alice cuando el móvil de Rose comenzó a sonar. Se levantó como propulsada por un cohete y salió al salón para tener su charla de buenas noches con Emmett.

–Está feliz – sonrió Alice.

–Si, ya se lo merecía y tú también te lo mereces, pero con alguien que te dé tu lugar, que no te trate como a un bicho y te rehúya.

–Lo sé, Bella, pero tú sabes que yo presiento las cosas y siento que Jasper se está negando esto, por eso estoy decidida a hacerlo cambiar de opinión.

–No queremos que sufras, puede ser que por primera vez estés equivocada y estés confundiendo las cosas, quiero que seas objetiva Alice, por favor…

–No estoy equivocada pero te diré algo, si veo que Jasper se cierra a toda posibilidad, dejo el asunto por la paz, no quiero pasar siglos intentando que abra los ojos, no voy a dejar mi vida y mi alegría en alguien tan terco cuando puedo mejor disfrutar con alguien que si quiera estar conmigo.

–Vaya Alice ¡esa es la actitud! – la abracé.

–Por cierto – dijo separándose un poco de mí – tú estás rara, pero no te voy a presionar, cuando estés lista me lo dirás, sabes que cuentas con nosotras ¿No es cierto?

–Alice – reí echando la cabeza hacia atrás – no tengo nada, solo estoy estresada, pero gracias de todas maneras y si pequeña bruja, sé que cuento con ustedes siempre.

A la mañana siguiente, Alice había salido muy temprano a ver a un proveedor de alfombras a una fábrica a las afueras de la ciudad y Rose se daba un baño después de haber preparado café. Sobre la cama de Alice ya tenía la falda de tubo negra y la blusa de seda blanca, yo rebuscaba en el clóset los jeans, pero sólo encontré el suéter gris.

–No encuentro los malditos jeans – me quejé cuando salió del baño – y se me va a hacer tarde si sigo buscando.

–Tú tranquila que ahora mismo te busco algo, ¿Formal o informal? – me preguntó ya metida en el clóset.

–¡Lo que sea!

Cincuenta minutos después ambas salíamos del apartamento de Alice vestidas muy elegantes con ropa suya. Al final, yo usaba la falda de tubo negra que iba a ponerse Rose junto con una blusa de satén rojo y Rose prefirió un vestido café con un abrigo del mismo tono. Nos despedimos y quedamos en estar muy pendientes de Alice y si era necesario, nos mudaríamos con ella hasta que olvidara su obsesión por ‘El rubio pan sin sal’, como le había puesto Rose.

Subí a mi auto y me dirigí a la agencia. Llegué muy puntual, saludé al portero y entré al edificio. Me sorprendí al ver que había llegado antes que Jane ya que ella madrugaba mucho más que yo; me acomodé en mi silla y encendí mi computadora, de mi bolso saqué mi nuevo teléfono y al revisarlo vi que tenía 3 llamadas perdidas y todas eran de Edward.

Me quise dar de golpes contra la pared por ser tan idiota y no darme cuenta que lo había puesto en silencio, ni siquiera solo el vibrador. Estaba segura que tenía un castigo seguro esperando por mis sensibles nalgas o tal vez otro orgasmo frustrado. Ahora mi duda era si llamarlo y explicarle lo que había sucedido y así quizás lograra salvarme de mi penitencia o esperar a que él lo hiciera. Mi disyuntiva no duró mucho tiempo porque en ese momento, el artefacto comenzó a sonar.

–Hola – respondí al primer tono – buenos días.

–Paul irá a recogerte 10 minutos antes de la hora del almuerzo, sé puntual – y cortó la llamada.

¡Pero qué parco! Odiaba que hiciera cosas como esa. Si ya sé, estaba enojado, no podía darme una mejor señal, pero no soportaba que ni siquiera me diera la oportunidad de disculparme o de agradecerle su regalo. ¡Aghsss! Tendría que ir acostumbrándome a su temperamento bipolar.

Jane llegó un instante después con el café y las donas. Nos tomamos unos minutos para nuestro desayuno y ya no pudo resistir.

–¿Y qué te regalaron? – preguntó inocentemente – debió ser algo precioso porque la envoltura estaba muy linda.

–Un teléfono – respondí sin más.

–¿Tu novio?

–No tengo novio, Jane – le sonreí – fue un amigo.

–Pues qué lindo tu amigo que hasta con servicio de mensajería especial te lo mandó – me hizo un guiño – dile que mi móvil ya está muy viejito y que uno nuevo no me caería nada mal.

Me reí a carcajadas – yo le digo Jane, no te preocupes – y después de ese momento feliz, nos pusimos a trabajar.

Los proyectos que nos había encargado Olivia estaban avanzando muy bien. Ya teníamos las ideas muy bien definidas, sólo faltaba plasmarlas en el storyboard y eso aunque tomaba un poco de tiempo, era la parte más divertida y emocionante de todo el proceso, después ya sólo restaba presentar nuestro trabajo a los clientes y esperar que lo aprobaran.

Esa mañana estuvimos muy concentradas en algunos detalles de la imagen que le daríamos al proyecto de la cadena de tiendas, ya que era el menos difícil. Pensamos en varias opciones para el logo y con las ocurrencias de Jane estábamos dobladas de la risa hasta que mi nuevo teléfono sonó. Rápidamente lo saqué de mi bolso y respondí la llamada.

–Hola.

–Señorita Isabella, soy Paul, ya estoy aquí esperándola – dijo sin ceremonias.

–En un minuto estoy abajo, gracias – corté la llamada, tomé mi bolso junto con mi abrigo y giré para despedirme de Jane que me miraba con los ojos entrecerrados.

–No olvides de decirle a ese novio tuyo que me regale un móvil como el que acabas de guardarte, está precioso.

–¡No es mi novio Jane! Pero le diré… algún día – y salí de la oficina. Nerviosa, me asomé a la calle; el jaguar negro estaba ahí esperando con la puerta abierta para mí.

–Buenas tardes, señorita – dijo Paul con toda su solemnidad.

–Buenas tardes, Paul – le respondí antes de subir al auto. Estaba segura de que no le agradaba a Paul. Siempre tan formal, sin expresión, bueno no, si tenía una expresión en la cara y esa era de molesto. Nunca lo había visto reír o al menos tener un atisbo de alegría en el rostro que me indicara que no era un muerto viviente, porque eso era justamente lo que parecía, un zombie que solo hacía lo que le ordenara su amo. ¿Terminaría yo así?

De camino hacia donde me encontraría con Edward, saqué mi pequeña bolsita de cosméticos y me di un retoque; un poco de delineador negro para realzar mis ojos, polvos translúcidos y la boca muy roja para ir de acuerdo con la ropa que llevaba. Me solté la media coleta que me hice esa mañana y acomodé las ondas de mi pelo con los dedos, a Edward no le gustaba mucho que me lo recogiera.

Miré por la ventana y vi que estábamos por Mayfair, pero seguía sin tener idea del restaurante. No tenía mucha hambre, había atacado las donas esa mañana y tomado varias tazas de café. En eso pensaba cuando el auto se detuvo en Bruton Street a las puertas de Hakkasan, un restaurante de comida oriental muy exclusivo. Paul se bajó y abrió la puerta, me bajé y una chica ataviada en un Qipao chino me dio la bienvenida y me pidió que la siguiera. El lugar era muy hermoso, moderno, sofisticado, pero sobre todo muy exclusivo. Las chicas y yo habíamos intentado cenar alguna vez aquí, pero cuando nos enteramos que había una larga lista de espera nos desanimamos, total, era comida oriental, nada que un restaurante menos snob no pudiera hacer.

La chica me guió hasta un área menos pública. Lo encontré concentrado en su teléfono, con el ceño fruncido y enfundado en un impecable traje azul marino. Levantó la vista y se tensó, era bastante evidente por la mandíbula apretada y las manos cerradas en puños. Me recorrió con la mirada y sentí como me desnudaba provocándome un calor húmedo en la unión de mis piernas, enseguida dejó el aparato a un lado y se paró jalando la silla para mi. La chica hizo una reverencia pequeña y se retiró.

–Buenas tardes, señor – dije sentándome. Él no respondió, se sentó en su lugar y tomó un trago de su vaso moviendo muy rápido los dedos alrededor de éste.

–¿En dónde pasaste la noche Isabella? – preguntó con un tono que me caló hasta los huesos.

–Con Alice – contesté abruptamente – es mi amiga, estaba un poco mal y necesitaba de nosotras – bajé la mirada a mi regazo – no iba a dejarla sola.

–Y yo supongo que sabes para qué sirve lo que te envié ayer.

–Sí, Señor pero no sabía si debía llamarlo, no quería que se enojara conmigo y me castigara – dije sincera.

–Te llamé tres veces Isabella, no contestaste ninguna de ellas; desde este momento vivirás pegada a tu teléfono y me informarás de cada cosa que se salga de tu rutina, no quiero que esto se vuelva a repetir. ¿Entendido?

–Sí, señor.

–A partir de hoy tienes prohibido dormir fuera de tu apartamento, si alguna de tus amigas se pone mal que llame a un médico o que vaya a la sala de emergencias, pero tú no sales de tu casa.

–No voy a dejar a mis amigas… no puedo hacer eso – le sostuve la mirada con impotencia.

–Lo harás, no se te olvide que puedo llamarte en cualquier momento y no quiero que estés ocupada en otras cosas. No quiero seguir discutiendo esto Isabella, punto.

Casi tuve que morderme la lengua para no responderle algo, no quería que se enojara más de lo que ya estaba, ya vería como me las arreglaba cuando llegara el momento, solo esperaba que nunca tuviera que hacerlo.

–Gracias, señor – dije de repente y él me miró extrañado – por él teléfono.

Edward asintió ligeramente. La comida llegó en ese momento y supe que había ordenado por mí. La mesa se llenó al centro con varios platillos y no eran en absoluto nada que un restaurante común pudiera hacer. Era comida gourmet y se veía exquisita.

–¿Puedo servirle, señor? – me aventuré a preguntar y me miró con un brillo en los ojos, el enojo se había esfumado.

–Adelante, Isabella – suspiré feliz al ver que mi iniciativa funcionaba – la langosta con caviar primero – me señaló y con cuidado puse en su plato la carne blanca con la mezcla negra de la salsa de caviar Beluga. Yo no hice ni el intento por servirme algo, iba a esperar a que me diera su permiso, lo que hizo antes de tomar sus cubiertos.

–Sírvete Isabella, elige lo que tú quieras – dijo tranquilo y me dio una rápida descripción de lo que había en la mesa y opté por lascas de abulón azul con la salsa de la casa. Antes de empezar a comer me preguntó si ya había hablado con mi padre y le dije que aún no lo hacía.

–Hazlo hoy – me ordenó – y no vuelvas a dejarlo sin saber de ti.

–¿Le digo que los fines de semana los pasaré con usted? – pregunté inocentemente.

–Le dirás que te encuentras bien, no tienes que darle detalles.

Durante la comida, Edward trataba de evitar mirarme y cuando lo hacía, rápidamente esquivaba mis ojos. Solo bajaba despacio la vista recorriendo mi pecho y ahí se quedaba. Se sentía incómodo, algo no estaba bien y no sabía que era. Yo no había dicho ni hecho nada que lo disgustara, pero él parecía no estar disfrutando del almuerzo. Sin embargo yo si lo hice; el abulón era una delicia y luego comí el Tofu hecho en casa, con berenjena y setas claypot japonesas en salsa de chile.

–¿Solo comerás eso? – me preguntó mientras cortaba su estofado de cordero picante con especias chinas, maní y ajonjolí, se veía delicioso – el tofu es muy rico, pero nunca quedas completamente satisfecho.

–Si, sólo eso, no quiero mezclar tantos sabores fuertes, no estoy muy acostumbrada y esto se sale de mi rango de comida condimentada aunque todo está muy bueno, gracias señor.

Él terminó su plato y el mesero llegó a recoger todo, nos ofreció café o té y antes de que continuara Edward le dijo muy educadamente que no necesitábamos nada más, él se retiró y entonces, como esa mañana en la terraza, colocó la mano en mi rodilla y lentamente subió por el interior de mis muslos a mi entrepierna. Yo ahogué un suspiro sorprendida por esa caricia a la cual no me acostumbraba aún, y contuve mi primer impulso por recostarme en el respaldo de mi silla, me mantuve derecha y haciendo lo posible para que mis piernas no comenzaran a temblar. Lo miré y tenía los ojos cerrados mientras su mano tocaba mi piel, como si estuviera en una especie de trance. Llegó hasta mi sexo y de nuevo se encontró con mis bragas. Inmediatamente se puso de pie detrás de mi silla…

–Vé al tocador Isabella – y jaló la silla para que me parara y lo miré confundida.

–Pero yo no…

–Vé.

Su autoritario tono me invitó a obedecerlo. Respirando profundamente para caminar lo mejor posible, me dirigí al baño y esperé. Me vi al espejo y el rubor había cubierto mi rostro; estaba acalorada e impaciente. Un toque firme en la puerta me hizo dar un brinquito asustada. Edward entró al baño y cerró poniéndole seguro. Caminó hacia mí y me tomó por la nuca acercándome a sus labios y besándome salvajemente. Su lengua invadió mi boca sin permiso aunque yo no se lo negaría, la enrolló con la mía y devoraba cada milímetro de ella posesivamente. Ese calor se convirtió en un fuego abrazador y pronto sentí la necesidad de hacer algo para apagarlo porque estaba segura que me consumiría. Levanté los brazos y los coloqué alrededor de su cuello, pero él las tomó y las puso de nuevo a mis costados. Como hipnotizado sus manos acariciaron mis hombros y bajaron hasta cubrir mis senos sobre la blusa, los apretó y presionó, excitó mis pezones masajeándolos con sus pulgares y éstos obedecieron complacientes. Con los ojos cerrados desabotonó mi blusa dejando expuesto mi pecho sólo cubierto por mi brassiere.

–Recárgate en el lavabo, Isabella – hice lo que me indicó con un poco de miedo, nunca lo había visto así, estaba muy extraño y la ansiedad me estaba matando por no saber qué esperar. Pero qué tonta ¿Cuándo había estado segura de algo con él? – apóyate con los antebrazos.

Me coloqué como me pidió y se puso detrás de mí. Pude vernos en el reflejo del espejo, mi cara era de incertidumbre y Edward tenía el rostro lleno de lujuria. Respiraba intensamente cuando bajó la cremallera de la falda y ésta llegó al suelo junto con mis bragas. Sin que tuviera que decírmelo, levanté los pies para estar fuera de ella y abrí las piernas porque ya sabía que era lo que seguiría. Sus manos masajearon mis nalgas y de pronto una fuerte nalgada me hizo dar un pequeño grito.

Una de sus manos se internó en mi centro, tocándome descaradamente y hundiendo un par de dedos en mí. Me mordí el labio para no gritar, sacó por fin sus dedos invasores y de pronto entró en mi con fuerza, de un empellón violento, duro, profundo, sacando todo el aire de mi y haciendo que me aferrara como pudiera al lavabo de mármol negro. La fuerza de sus embistes y su respiración entrecortada, sus gemidos y su rostro que seguía como en un trance me tenían acercándome rápidamente al abismo, uno que era avasallante y que me absorbía sin remedio. Con cada intromisión de su enorme masculinidad, más me acercaba al borde, tenía que llegar, estaba cerca, solo un poco más y me liberaría… Edward se empujó en mí una y otra vez, imponente, dominante, gruñendo y gimiendo, tomándome como le satisfacía, sin permisos ni preguntas, simplemente tomando lo que le pertenecía… mi cuerpo.

Me sintió tensarme, ya no podía luchar contra esa fuerza que me remolcaba, era demasiado, no quería y no tenía las fuerzas necesarias y no sabía cómo lo haría. Era imposible, explotaría en cualquier momento.

–No puedes correrte, – dijo entre jadeos – es tu castigo…

Al escuchar su orden, mis ojos se llenaron de lágrimas y bajé la cabeza que rebotaba con cada empellón. No supe cómo, relajé mi cuerpo y me abandoné para no sentir. Era tan difícil, pero en mi mente sólo tenía la idea fija de obedecerlo, de complacerlo, de agradarlo... Eso era todo lo que quería, poder darle lo que me pidiera. Sentí sus manos sostenerme por mi vientre y sus embistes fueron cada vez más fuertes; él ya estaba cerca y yo ya no pensaba en mí, sólo en él.

–¡Míranos Isabella, míranos!

Con un esfuerzo titánico levanté la mirada y pude ver su rostro desbordando una lujuria y un deseo que me intimidaban. Con sus gritos contenidos y un par de embistes más, Edward se descargó llenándome por completo de un calor que se anidaba en mi vientre. Él se inclinó sobre mi espalda mientras trataba de recobrar el aliento con los últimos remanentes del orgasmo, pero sus manos aún acariciaban mi abdomen suavemente. Lentamente se incorporó y me liberó del peso de su cuerpo. Las piernas me flaquearon y me sostuve como pude del lavabo para no caer de rodillas al duro suelo. Edward me rodeó con sus brazos por la cintura, pero yo seguía aferrada a las orillas del mármol.

–Suéltate, Isabella – sentí un Deja Vú y me pidió con voz neutra – siéntate aquí.

Me ayudó a sentarme en un banco largo y después de unos minutos me vestí aún temblando. Edward se acomodaba la corbata y se giró hacia mi.

–Tómate el tiempo que necesites, nadie entrará, te lo aseguro.

Y salió del baño. Me tomé mi tiempo como él dijo. No me puse de pie hasta que sentí firmes las piernas, me acerqué al lavabo y me eché un poco de agua en el rostro. Me acomodé muy bien la ropa y me arreglé un poco el pelo con los dedos. Ya podía salir. Abrí la puerta y Edward estaba de pie a unos pasos de mí. En cuanto me vio me cubrió con el abrigo, me dio mi bolso y me rodeó por la cintura.

–Nos vamos.

Caminé hacia la salida confiada en su apoyo en mi cintura. Todavía seguía un poco desconectada y sin poder comprender cómo diablos había podido contener ese orgasmo. ¿Cómo?

Al llegar a la salida y a punto de subir al auto escuché mi nombre – ¡Isabella!

Edward giró rápidamente hacia el hombre que gritaba entusiasta mi nombre, me apretó más hacia su cuerpo y se puso rígido.

–¡Isabella! Que gusto encontrarte – abrió sus brazos para abrazarme, pero Edward no lo permitió al enviar un enojado gesto al hombre para que no se me acercara y éste lo entendió perfectamente.

–Señor Flannagans – lo saludé para disculparme de algún modo por la descortesía de Edward – ¿Cómo está?

–Ah niña, muy feliz, contento por la campaña tan maravillosa que crearon para mí – sonrió – esa chica y tú son de verdad una joya, pero no te molesto más – dijo muy comprensivo el adorable señor.

–No se preocupe – dije intentando parecer relajada y sentí otro apretón en mi cintura, pero no podía ser grosera con mi cliente e irme así sin más y menos tratándose de un señor ya mayor e inofensivo – señor, déjeme presentarle al Señor Edward Cullen, Señor Cullen, él es el señor Flannagans, nuestro primer cliente – dije sonriendo.

Edward dudó por un segundo y extendió la mano al señor Flannagans que lo miraba sin rencor por la obvia amenaza para que no se acercara a mí. – Mucho gusto, señor Cullen – dijo sonriente.

–Señor Flannagans – dijo Edward asintiendo algo serio, pero al menos no lo había ignorado, pero no lo hubiera hecho, ¿O si? Me despedí de él y pude sentir otro firme y duro apretón alrededor de mi cintura. Nerviosa subí al auto y me alejé hasta la ventana, no sabía porqué pero estaba segura que me había ganado otro castigo. Todo estaba resultando tan difícil de manejar para mi…

–Acércate – su orden sonó seca pero obedecí.

Pasó su brazo por mis hombros y me atrajo a él. Esos cambios me tenían en un estado de nervios que si no aprendía a controlarlos, acabaría loca. Él no habló en todo el trayecto, solo me mantuvo abrazada y de vez en cuando apoyaba la barbilla en el tope de mi cabeza. Llegamos a la agencia y antes de bajar me dijo…

–Tú eres mía, recuérdalo muy bien.

Asentí despacio y bajé del auto. Entré al edificio sin voltear, llegué a mi oficina y ni siquiera me di cuenta si Jane estaba ahí o no. Me senté en mi lugar, pero de inmediato me paré y fui al baño.

¡Tengo que poder!

¡Tengo que poder!

Me repetía una y otra vez, yo tenía que poder y controlarme; no dejar que las emociones me tomaran por sorpresa para poder responderle como él quería. Debía ser fuerte para estar a un nivel que pudiera satisfacer todos sus deseos.

¡Yo podía!

¡Yo podía!

Cuando me sentí un poco más repuesta salí y me instalé en mi escritorio. Jane no estaba y lo agradecía, no quería ser víctima de sus preguntas en ese momento. Intenté concentrarme en lo que aparecía en la pantalla frente a mi cuando unos golpecitos hicieron que levantara la mirada. Paul estaba ahí de nuevo, de pie con otra cajita, la dejó en mi escritorio.

–Señorita Isabella – asintió y fue todo lo que dijo; salió de mi oficina dejándome aún más confundida. Sin interés, abrí la caja y fruncí el ceño al ver lo que contenía. Un pastel de chocolate miniatura con una cereza en el tope y otra cajita mucho más pequeña a un lado. Abrí la cajita y aspiré sorprendida al ver brillar un par de preciosos aretes de rubíes en forma de corazón y dentro de ella una nota diminuta…

“Buena Chica, Bella”

Y al reverso:

“Nunca vuelvas a usar nada rojo sin mi permiso.”


*

*

*
Muchas gracias Isita María, estupenda Beta y a PattinsonWorld por algunas imágenes.
Enjoy…

17 comentarios:

  1. Mil gracias por sus comentarios :) ya saben que me hacen requefeliz… Isita, dracullen, Ligia, Daniella, G-Patzz, Cris, Nani, chusrobissocute, J-J, Joli, aLeJaNdRa, nydia, Alejandra, Isabella, Eloísa y Tatypr.

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  2. niñaaaaaaaaaaaaaaa me encanto el capitulo parece que nuestro queridito dom se esta enganchando con la dulce e inexperta bella jajajajaj

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  3. HOLA QUERIDA LI!!! QUE BUEN CAPITULO, ESTE DOM NOS TIENE COMIENDO DE SU MANO... LA POBRE BELLA VA EXPLOTAR EN MIL PEDAZOS CUANDO LE PERMITA SENTIR LO QUE ELLA HA ESTADO REPRIMIENTO EN ESTOS CAPIS...JEJEJEJ..Y EDWARD SE ESTA ENRREDANDO EN SU PROPIA TELA DE ARAÑA... QUE SERA QUE TIENE QUE VER EL ROJO EN TODO ESTO??? YA QUIERO EL OTRO CAPIII JAJAJAJAJA, ESTO ES ADICTIVO!!!! SALUDITOS DE AQUI VENEZUELA !!1

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  4. fantástico capítulo!!! quiero más!!!!!!
    a ver si me quedó claro... a Bella le gustó que la cogiera de esa forma tan ruda, lo que pasa es que estaba crabeada por no haber contenido los jadeos y gritos!!!!! que fuerte!!!
    y Edward no tiene otro castigo que impedirle correrse? la pobre cuando lo haga no va a ver las estrellas sino todas las galaxias juntas!!!

    habéis visto como se ha puesto con el rojo? me apuesto a que la salida a comer no tenía que haber tenido ese final!!

    bueno a la espera de más!

    besos

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  5. Intenso capitulo, este hombre desconcierta a cualquiera con sus arranques jaja. Gracias Li, espero el próximo. Bstos

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  6. o mujer me desmayo no se como lo acabe pero lo acabe xd santo me costo hay dios no podia dejar de digerir todo quieor masssssssss

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  7. me dan wanas d golpear a edward x lo grosero k avecs se porta kn bells,pero en fin es su maestro q mas se puede hacer!! arwww aunqe si stuviera en su lugar siilo golpearia i le diria xq no eres un poco mas amable con migo pero reitero lo dicho es su maestro..ya que diablos jajaj que buen cap. sigue asi chica!!

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  8. hola
    wooooooow muy buen capi
    ya odio a Emmet,e s un cabron y Rose que bebe los vientos por él y ni decir de jazz ¬¬

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  9. :S Edward parecía un toro con eso de “Nunca vuelvas a usar nada rojo sin mi permiso”... y pobre Alice enserio no se merece lo que le esta haciendo Jasper, pero se que Rose y Ali van a cojer los toros por los cacho al igual que bella solo que ella es mas sutil a la hora de atrapar a Edward

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  10. Hola buenisimo el capi no sé si estoy loca pero me encanta Edward en su papel de dom y en cuanto a Bella no se de que se queja si ella fue la que lo busco y le propuso ser su sumisa creo que debe aceptar todos los castigos que él le ponga sin quejarse aunque creo que Edward se esta enamorando de ella y esto cada vez se pone mejor en espera del siguiente capi
    saludos y abrazos desde México

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  11. Hola LI sabes me encanta cada vez mas esta historia dios cada vez nos atrae mas a leerla y esperamos ansiosas cada capitulo,gracias por publicar para nosotras....Sigue asi..Besos...

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  12. ahhhh como me encanta leerte!!!! muy buenos los caps como siempre y este no fue la excepción, me encanta. tengo una duda, ke pasa con el rojo???? por ke no le tiene ke pedir permiso??? saludos XD

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  13. Dios me encantaa... como lo digo en cada capitulo!! Diooos amee la ecena del baño muy hot debo decir :3 & una pregunta que pasara con Rosalie&Emmett quiero saber sii ellos terminan enamorados & Jasper alfin caera a los encanto de Alice?...

    Li sigue escribiendo asi me encanta y es lo mejor^^ Besos chica y cuidate mucho:3

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  14. buen capitulo, me encanta, ya que me gusta que bELLA AUNQUE QUIERE SER SUMISA DE EDWARD, NO SE DEJA MANIPULAR 100% DE éL, buena historia

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  15. Ohhhhh dios tremendo capitulooo, Li, eres la mejor, me encanta como escribes y como vas llevando la historia. Y edward con eso de esquivar las miradas, se esta envolviendo. Quiero ver massss, esperando con ancias el proximo capitulo, besos

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  16. Increible capitulo (: hubiera comentado antes pero por mi edad google ya no me esta dejando entrar a tu blog con mi cuenta abierta en fin (: te quedo increible como siempre sigue asi!
    Daniella

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  17. Ya quisiera yo un almuerzo de ese tipo !!!
    pobre señor Dx Edward todo rudo con él y Bella ni para donde hacerse

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