lunes, 25 de julio de 2011

CAPITULO 10

Paciencia


"Sexo: lo que sucede en diez minutos y que excede todo el vocabulario de Shakespeare."
Robert L. Stevenson.


–¿Qué piensas que estás haciendo?

–Me gustaría que siguieras siendo respetuosa Isabella, no olvides cual es tu lugar y ya que preguntas… voy a quedarme esta noche a cuidarte.

–¿A cuidarme? – reí irónica – muchas gracias, pero no lo necesito.

–No te estoy preguntando si lo necesitas o no, te estoy comunicando mi decisión, recuerda a quién le estás hablando Isabella – dijo sin alterarse, lo que me alteraba a mí – vamos a cambiarte, vas a acostarte y vas a descansar.

–No soy una niña tonta, ni una muñeca a la que tengas que vestir y cuidar, yo puedo hacerlo sola, gracias – respondí haciendo énfasis en la última palabra.

Me tomó del brazo sin hacer mucha presión, pero con firmeza, se dirigió al pasillo y se detuvo al llegar frente a las dos primeras puertas – ¿Cuál es tu dormitorio?

Mi mirada estaba anclada en el suelo y al no obtener respuesta, colocó sus dedos bajo mi barbilla y me levantó la cara para que lo mirara – No soy un hombre muy paciente, Isabella… – giré un poco la cabeza, pero no pareció importarle mi indiferencia, siguió hasta el fondo del pasillo y entramos a mi habitación.

Cerró la puerta, pero estaba demasiado cansada como para seguir gastando las pocas energías que me quedaban luchando contra él. Que hiciera lo que le diera la gana y que luego me dejara sola, eso era lo que quería, estar sola y dormir mucho hasta que pudiera pensar con claridad. Pero para eso, necesitaba dejar pasar unos días, me conocía muy bien y sabía que para que pudiera pensar con objetividad tendría que dejar enfriar mi mente porque en ese momento estaba muy confundida y asustada, y no por él… por mí.

–Levanta los brazos – dijo sacándome la blusa y lo mismo hizo con el pantalón para luego ponerme una camiseta que había tomado del cajón de mis pijamas – acuéstate, te prepararé un té.

Lo obedecí porque mientras más rápido terminara con sus ‘cuidados’, más rápido se iría de mi casa, así que me acosté y me metí bajo el edredón, me acomodé de cara a la ventana y cerré los ojos. El sonido del teléfono de casa me asustó. Pensé en dejar que entrara la máquina contestadora, pero no quería que Edward oyera mis mensajes así que extendí la mano y respondí la llamada.

–¿Hola? – no creí que mi voz sonara tan débil.

–¿Bella? ¿Hija? ¿Estás bien? – mi padre se oía angustiado.

–Sí, sí, estoy muy bien, pero porque… – me interrumpió.

–Llevo todo el fin de semana intentando comunicarme contigo y tu teléfono ha estado apagado – ahora estaba enojado – me tenías con el alma en un hilo ¿Ya te fijaste en cuantos mensajes te he dejado? ¿En donde te has metido?

–Yo… tuve que salir de la ciudad, a un lugar un poco retirado y me quedé sin señal, perdón por no avisarte – dije disculpándome – fue un asunto de trabajo.

–Hija, no sabes lo preocupado que estaba porque ni Alice, ni Rosalie sabían en donde estabas, no me vuelvas a hacer esto Bella – me sentí fatal al escuchar así a mi padre – promételo.

Una presencia me hizo voltear y vi a Edward con la taza de té parado en el marco de la puerta. Me miraba con ojos fríos y su mandíbula estaba tan tensa que un poco más y se hubiera podido quebrar los dientes.

–Te lo prometo. – dije suavemente, dándole de nuevo la espalda a Edward.

–Bueno, te dejo descansar porque te escucho agotada, pero mañana hablaremos, ya estoy más tranquilo sabiendo que solo fue un inocente descuido, pero no quiero que se repita ¿Ok? Te quiero y por eso me preocupo hija, eres todo lo que tengo.

–Tú, eres el único en mi vida – susurré y miré el enojado reflejo de Edward por el espejo – te quiero.

–Adiós hija.

–Adiós papá – terminé la llamada y Edward avanzó lentamente en la habitación, aún con ese gesto de disgusto en la cara.

–Aquí está el té, tómalo despacio, está caliente – dijo con su voz autoritaria dejando la taza en la mesita junto a la cama. Hice a un lado las sábanas y el edredón y me puse de pie, fui al salón y tomé mi bolso, empecé a buscar mi móvil, pero no lo encontré, Edward me había seguido hasta allí y levanté la cara enfrentándolo.

–Quiero mi teléfono – dije furiosa y al ver que no se inmutaba, repetí – quiero mi teléfono, ¡Ahora!

–Cuidado Isabella, he tenido mucha paciencia contigo – me advirtió.

–¡Dámelo!

Con una lentitud desquiciante metió la mano al bolsillo de su pantalón y lo sacó, extendió su mano y me lo dio. Se lo arrebaté y con la misma regresé corriendo a mi habitación para hundirme en mi cama. Lo encendí y vi las 45 llamadas perdidas de mi padre, 17 de Alice, 5 de Rosalie y un par más sin importancia.

Mi vista se nubló; mis ojos se llenaron de lágrimas que no sabía si sólo eran de coraje por descubrir que me tuvo incomunicada durante todo un fin de semana. Mi padre se había angustiado y todo por su culpa. ¿Qué necesidad había de todo eso maldita sea? ¿Qué le costaba ‘ordenar’ como era su costumbre, ‘apaga tu puto móvil Isabella’? ¿Qué le costaba?

Lloré con rabia por algo tan simple como lo del móvil, porque que tuvo a la persona que más quería con el alma en un hilo y también porque sufría al no saber cómo debía sentirme por lo que había ocurrido en el cuarto de juegos esa mañana. El que la realidad de una ilusión me golpeara de repente mostrándome una pequeña parte de su cruda faceta, porque sabía muy bien que sólo era el principio de todo, me había sobrepasado. Impotente porque todo lo que había vivido ese día se me subía a la cabeza, tomé el móvil y lo aventé contra la pared. El pequeño dispositivo chocó contra el duro muro partiéndose en innumerables pedacitos por toda mi habitación. Lloré por un rato más hasta que me agoté y estuve calmada.

Lo escuché moverse por mi casa; me limpié las mejillas y me acomodé en la cama con la esperanza de que se largara de una vez por todas, pero no fui tan afortunada. Escuché sus pasos marcados en el piso de madera, venía directamente hacia mí. Jalé las sábanas sobre mi cabeza y me sumergí todo lo que pude entre la cama y los cojines. Para mi sorpresa, dio media vuelta y jaló la puerta sin cerrarla. Tal vez ahora si se iba y me dejaba tranquila si es que podía estarlo después de todo lo acontecido en el día. Pasó un largo rato y yo no me dormía; tampoco pensaba en nada importante, sólo recordaba momentos felices y travesuras con Alice y Rose. Eso siempre me funcionaba cuando no quería pensar en algo que me perturbara.

Edward seguramente ya se había marchado. Ya podría respirar tranquila. Salí de la cama y me quité la camiseta de dormir que me había puesto, la odiaba, era fea e incómoda y ni siquiera la había comprado yo, fue un regalo de una compañera de la universidad. La aventé por alguna parte de mi habitación y me puse la que necesitaba, la de Hello Kitty. Volví a la cama y por fin me dormí. A media madrugada me removí intranquila y gemí medio dormida.

–¿Estás bien? – escuché su voz como en un sueño, suave, sedosa – ¿Necesitas algo, Bella?

Volví a gemir porque supe que era un sueño, él no me hablaría así después de mi insolencia y mucho menos me llamaría Bella. Pero de pronto mi sueño me estaba pareciendo muy real porque casi podía sentirlo detrás de mi, con su tibio aliento en mi oído. Lloriqueé como una niña aún en sueños y sentí una calidez que me envolvió con firmeza en un abrazo protector.

–Mi querida, – su voz de nuevo y tan cerca… – esto está resultando tan complejo para ti… – sentí caricias en mi pelo y dedos que se enredaban en él. En ese momento supe que no era un sueño y que en realidad Edward estaba ahí, conmigo en mi cama, abrazándome y hablándome suavemente. Me giré entre sus brazos y abrí los ojos lentamente, me miraba con una expresión que no podía descifrar y tuve miedo.

–No te tomaste el té.

–Yo… perdón, señor – dije muy bajito – por todo.

Respiré profundamente y sentí un alivio inexplicable al pronunciar esas palabras, no lo entendía. Cerré los ojos de nuevo y me aferré a su pecho, enterrándome en él. Aspiré su olor almizclado llenando con él mis pulmones y me sentí completa cuando Edward me apretó contra su cuerpo.

–Isabella, hay tanto que necesitas entender y aprender – suspiró mientras continuaba con sus caricias – por lo pronto, quiero que comprendas un poco mi deber y obligación contigo – asentí e inmediatamente agregué…

–Sí, señor.

–Un Dom, un maestro, no sólo te enseña y disfruta de tu cuerpo, también como ya te he dicho antes, se ocupa de ti, de tus necesidades, te procura y tiene la obligación de cuidarte en todos los aspectos Isabella, de ver por ti, por tu bienestar. Yo no delego esta responsabilidad a nadie porque es mía, y así como a una sumisa le llena de placer brindarle satisfacción a su amo, para el amo también debe ser un placer prodigarle cuidados a su sumisa y para mí lo es. A veces parece ilógico como esta tarde, que te tome con fuerza y después cuide de ti, pero no es así, porque en la medida que tú estés bien, yo podré hacer uso de tu cuerpo para los propósitos que crea convenientes. Ya te había hablado un poco de esto ¿Lo recuerdas?

Me encogí de hombros – no mucho, señor.

–No importa, ya te lo he explicado de nuevo – metió un brazo bajo las sábanas y con delicadeza acarició mis nalgas y mi espalda – también es mi deber resolver tus dudas, así que no te guardes nada y pregúntame lo que quieras saber. No soy un ogro Isabella, solo tengo un carácter fuerte.

–Está bien, Señor.

–Ahora quiero saber si estás bien, ¿Te hice daño Bella? – me había llamado Bella… sus ojos me miraban ansiosos y traté de responder, pero mi voz no quería salir. En un esfuerzo, al fin pude decir…

–No – dije negando con la cabeza – ¿Cuándo me va a castigar?

–Ya lo he hecho, te poseí con fuerza, además no te permití correrte ¿No te parece un castigo suficiente? Sabes que me gustan los azotes, si quieres…

–No, señor, así está bien – dije sonriendo y restregándome más contra él.

–¿Por qué no dijiste tu palabra de precaución si estaba resultando demasiado para ti? – me quedé en silencio porque no sabía qué responder – son para protegerte Bella, si no las dices ¿Cómo voy a saber si quieres que me detenga o no? – Bella. Ahí estaba de nuevo – contéstame.

–La verdad, – dije muy calmada – es que no lo sé, nunca me pasó por la cabeza decirla – besó el tope de mi cabeza y me inquieté.

–Muy bien, por hoy ha sido suficiente, duérmete Isabella – se puso de pie y me arropó.

–¿Y usted?

–Encontré la habitación de visitas, tranquila.

–No me deje sola, quédese conmigo, – me atreví a pedirle – ¡por favor!

Por unos instantes dudó. Creí que se negaría, pero lo vi desabotonar su camisa y quitarse los zapatos al mismo tiempo, el pantalón también se lo quitó y sólo se quedó en unos bóxers blancos que parecían dibujados sobre su piel. Hizo a un lado las sábanas y se acostó abrazándome y atrayéndome sobre su pecho.

–Gracias, señor.

–Shhh, sin hablar. Duérmete ya.

Apagó la luz de la lámpara en la mesita y se acomodó mejor. No articulé mi media palabra más. Y ni falta que me hacía. Yo sólo sabía que estaba ahí, en mi cama abrazada por mi Dom que me cuidaba y me protegía.

***

Me desperté esa fría mañana estirando mi cuerpo a todo lo que daba. Me removí por mi cama como lo hacía todas las mañanas y enterraba la cara en la almohada. Inmediatamente abrí los ojos tratando de enfocar bien, buscándolo. Su olor en mis almohadas y mis sábanas me recordaron que no había sido un sueño y que de verdad Edward se había quedado conmigo por la noche, y me había dormido abrazada contra su pecho. Me senté frotándome los ojos y mirando el pequeño sillón en mi recámara donde había dejado su ropa en la madrugada. No había nada. Me puse de pie y salí a buscarlo por la casa. Edward se había ido.

Triste, me preparé para ir a trabajar. Me duché, me vestí y salí de mi casa rumbo a la agencia. Parecía que habían pasado semanas y no dos días desde que estuve ahí pero el lugar como siempre, me abrazó al llegar. Si algo me gustaba de Alter Medios era el ambiente que ahí se respiraba; era amistoso y nada pretencioso, cada quien hacía su trabajo y teníamos buena disposición para todo.

–¡Bella! – Jane me recibió muy alegre y con la consabida taza de café – una donita para esa carita.

–Hola Jane – tomé un sorbo de café y le di una mordida a mi dona de nuez – ¿Qué tal tu fin de semana?

–El mío tranquilo, pero el tuyo… parece que te fuiste a escalar el Kilimanjaro, amiga luces…

–Gracias Jane, no sabía que me quisieras tanto – le repliqué – creo que me dará gripe, es eso.

–¿Gripe? Más bien creo que será esa influenza H1n1 – se burló, pero solo la miré amenazadoramente y me dispuse a trabajar. Fui a mi escritorio, apenas estaba encendiendo mi computadora cuando un carraspeo me hizo levantar la vista de la pantalla.

–Buenos días, señoritas – dijo Paul muy formal mientras se acercaba a mí – esto es para usted. Con permiso.

Se dio la vuelta después de entregarme una caja pequeña con un moño chiquito de listón rojo. La mirada de Jane iba de Paul, que salía de la oficina, a mí que tenía entre las manos la cajita y que rápidamente guardé en el cajón de mi escritorio.

–¿Bella?

–¿Si Jane?

–Olivia nos espera en su oficina – dijo con la curiosidad en la punta de la lengua esperando a que le dijera algo sobre el regalo, pero no dije nada y ella se abstuvo de preguntar. Tomé mi cuadernito para anotaciones y salí hacia allá pensando en lo que podía contener esa cajita.

La junta con Olivia se me hizo eterna. Quería saber cuanto habíamos avanzado y cómo iban los proyectos que teníamos a nuestro cargo mientras discutíamos algunos puntos y le comunicábamos las innovaciones que queríamos implementar en esas campañas. Tuve que esforzarme mucho para poder explicarle cada paso de nuestro primer borrador sin perder la concentración, pero Jane hábilmente me ayudó con el ligero contratiempo y la junta con nuestra jefa salió mucho mejor de lo que ella y nosotras, sobretodo yo, esperábamos. A la hora del almuerzo, cuando Olivia por fin nos dejó libres, regresamos a nuestras oficinas y traté de disimular mi propia curiosidad por averiguar el contenido del paquete que Edward me había enviado; no quería abrirlo frente a Jane ya que no iba a poder evitar que me arrollara con mil preguntas y no tenía ni el humor, ni las ganas de dar ningún tipo de explicación, además, ¿Qué diablos le diría? Este paquete me lo envió mi novio ¿Dom?

Empezando porque jamás me lo creería, no tenía porqué confesar mi vida personal con nadie. Ni siquiera había pasado por mi mente si le contaría a mis mejores amigas la naturaleza real de mi relación con él y dudaba mucho que creyeran que como por arte de magia había dejado a un lado todos los temores y mi renuencia a tener al fin una relación con alguien; habían pasado tantos años repitiendo “¡Vive Bella, vive!” como para que de buenas a primeras me presentara con un novio como Edward Cullen. Sobre todo como él.

Pero… ¿Por qué no?

Aproveché que Jane tuvo que salir y con dedos temblorosos saqué la cajita primorosamente envuelta. Estaba tan nerviosa que no pude contenerme y rompí el listón y arranqué el papel; levanté sigilosamente la tapa de la caja y dentro de ella, un iPhone rojo. ‘Mi Señor ocupándose de mis necesidades, viendo por mi bienestar…’ Comencé a revisar el aparato y di un brinco cuando este empezó a sonar. En la pantalla apareció el nombre de Alice y muy confundida puse mi dedo sobre el cuadrito verde para responder la llamada.

–Hola Alice – dije lo más normal que pude.

–¿Me quieres explicar en donde demonios te metiste el fin de semana? ¡Charlie estaba preocupadísimo! – me regañó.

–Tuve que salir por el trabajo y olvidé encender mi teléfono – dije fingiendo una vocecita inocente – perdón, no se me vuelve a olvidar.

–Si no te conociera, diría que no querías que te molestáramos y que por eso lo apagaste, en fin, hoy vamos a cenar, estoy aburrida y necesito ver gente.

Quedamos de acuerdo y terminamos la llamada. Estaba intrigadísima porque el aparatito tenía ya incluidos a todos mis contactos justo y como los tenía en mi otro teléfono solo que en este había uno más… Edward Cullen, su nombre con todas sus gloriosas letras.

¿Debía llamarlo para darle las gracias? ¿Y si se enojaba? Nunca había dicho nada acerca si podía ponerme en contacto con él y no quería hacerlo enfadar así que opté por no hacerlo, aunque me moría de ganas porque anoche se había portado bien conmigo. ¿Pero y la mañana anterior?

Cualquiera en sus 5 sentidos hubiera salido huyendo, pero yo no lo hice. Estaba asustada sí, y mucho, pero algo me anclaba a esa mesa, a escuchar sus órdenes, a estar pendiente de sus movimientos, de sus respiraciones, de su contacto. ¡Como me hubiera gustado poder controlarme! Eso lo hubiera hecho muy feliz, el ver que hacía un esfuerzo por satisfacerlo a pesar de mi incomodidad y mis deseos. ¿Sería que eso era por lo que me sentía tan enojada? ¿Por qué no pude cumplir sus deseos como una buena sumisa? Tal vez si, no podía tener la certeza, pero había algo de lo que si estaba plenamente segura, era que no me rendiría.

Pero… ¿Y él? ¿No estaría arrepentido de tener a su lado a una sumisa inexperta? Seguramente no debía ser muy agradable pasar demasiado tiempo entrenándome cuando era obvio que necesitaba a alguien de su nivel para saciar sus deseos. Sólo esperaba tener la capacidad de aprender con rapidez para que no se hartara y quisiera deshacerse de mi.

***

–Estoy hambrienta – dijo Rosalie mientras le daba una mordida gigante a su hamburguesa.

–Dicen – Alice la miró de reojo – que cuando la actividad sexual de uno aumenta considerablemente hay que reponer muchas energías. Como ves, tengo el apetito de un puto pajarito anoréxico.

–¿Nada aún con Jasper? – preguntó Rose limpiándose la boca.

–No – dijo enojada – me huye el muy idiota.

–¿No será que te has encaprichado Alice? Tal vez como todo un caballero no te dice no muy abiertamente y está esperando a que te des cuenta que no…

–¿Qué no está interesado en mí? – me gruñó – no me jodas Bella, si ese fuera el caso no me besaría como lo hace… cuando quiere claro.

–¿Entonces porqué no se decide?

–No lo sé Rose pero a mi nadie me deja picada, le voy a dar una cucharada de su propia medicina, a ver quien deja con las ganas a quien – sentenció – ¿Y tú? Ahora si explícanos en donde coño te metiste que casi matas a Charlie de la angustia.

–Ya te dije – me metí una papa frita a la boca intentando parecer despreocupada – tuve que ir a un pueblito como a dos horas de aquí – me veían incrédulas – ¡Por el trabajo! – añadí ofendida.

–¿Fuiste sola?

–No Rose, me acompañó mi ángel de la guarda – dije sarcástica – ¡Claro que fui sola! ¿Qué hay de raro en eso?

–Que tú nunca harías algo así… sola – respondió Alice.

–Créeme que con lo presionada que estoy con mis proyectos, en lo último que pensé fue en pedirle a alguna de ustedes que fuera conmigo, además creí que estarían con sus novios maravilla dándose arrumacos y yo soy incapaz de interrumpir algo así.

–Que arrumacos ni qué nada, Jasper estuvo fuera de la ciudad también, según me dijo.

–Bueno – dijo Rose muy melosita – yo si estuve muy ocupada, Emmett es… – suspiró – es divino, y ahora si les digo que estoy perdidamente enamorada de él. Es tan dulce y tan tierno que nunca en mi vida hubiera soñado en tener a un chico como Emmett a mi lado. Está tan pendiente de mí, me cumple todos mis caprichos y deseos, es súper detallista y me quiere tanto…

–¡Eso es lo que yo quiero! – Alice dio un golpe con el puño sobre la mesa – ¿Por qué te niegas Jasper?

¿Y yo? ¿Yo qué quería? ¿Una relación como la de Rosalie? No podría decirlo con exactitud. Quizás estaba muy influenciada por tantas novelas que había leído y que para bien o para mal me habían llevado hasta el punto donde me encontraba y por extraño que pareciera y aunque aún no estuviera muy segura de lo que quería en un futuro, estaba bastante contenta con lo que tenía con Edward en ese momento, a pesar de mis confundidos arranques como el del día anterior.

–No le des más vueltas, encáralo y no pierdas tu tiempo Alice – dijo Rose molesta también – ¿Porqué te obsesionas con ese rubio ‘pan sin sal’? Afuera hay muchos chicos muy guapos que estarían dispuestos a todo por ti, si tan sólo no fueras tan jodidamente testaruda…

–Estoy de acuerdo con Rose, no me gusta verte así por alguien que no sabe valorarte Alice – ¿Yo diciéndole eso? ¿La que casi se arrastra por Edward Cullen? Qué cínica me había vuelto – mejor olvídalo y ya verás que cuando menos te lo esperes aparece tu príncipe azul.

–No quiero un príncipe azul, yo quiero a Jasper, no le soy indiferente yo lo sé, lo siento, sólo que hay algo por lo que se niega a aceptarlo – era oficial, Alice estaba definitivamente muy deprimida.

–Perdón, Alice – dijo Rose con una vocecita – soy una idiota por venir toda emocionada presumiendo mi felicidad, no era mi intención.

–No seas tonta Rose, claro que me alegra que estés feliz, yo soy la que les está amargando la noche – se puso de pie – creo que mejor me voy.

–Alice Brandon, vuelve a sentarte en este momento si no quieres que te dé un par de nalgadas – le advertí y con la misma volvió a su lugar.

–Bella en serio, quiero irme – dijo con los ojos brillosos – no me siento bien.

–De acuerdo, pagamos y me quedo contigo, no pienses que voy a dejarte sola – saqué mi cartera y le dí mi tarjeta a la mesera.

–Yo también me quedo contigo Ally y eso no está sujeto a discusión.

–No es necesario – sorbió su nariz – además ambas trabajan mañana.

–Ajá – Rose dio un gritito – con mayor razón, ¿Crees que te vas a salvar de prestarme esa falda negra con tu blusa de seda?

–Y esos jeans que te forman un trasero divino con ese suéter gris plomo, me quedarían perfectos Alice – le guiñé un ojo.

–Son horribles ¿Lo sabían? – dijo resignada.

–¡Si!

***

Antes de ir al apartamento de Alice, pasé al mío por unas carpetas que necesitaba llevar a la oficina y aproveché para tomar unas bragas y un brassiere limpios porque ni de broma dejaba pasar la oportunidad de ponerme esos increíbles jeans.

Alice parecía estar un poco mejor con nosotras haciéndole compañía. Sin duda ella era la más fuerte de las tres por lo que me preocupaba mucho verla así y sobre todo la actitud algo obsesiva que había tomado contra Jasper. Ella era alguien que siempre cumplía lo que se proponía, hacía lo que tuviera que hacer para lograrlo y nunca fallaba, por eso nos resultaba tan extraño tanto a Rose como a mí que Jasper no hubiera caído rendido a sus encantos.

No era normal que un chico se negara a pasar una noche con una chica y mucho menos si ésta era tan guapa como Alice. A lo mejor y ese era todo el problema, que ella nunca había sido quien tuviera que sufrir un rechazo y en esta ocasión había sido su turno y no lo había tomado para nada bien. La comprendía muy bien, sentirse rechazado era horrible; lo había vivido con Edward y… me había tomado el asunto como un reto, justo como Alice. Sólo esperaba que tuviera la misma suerte que yo y que Jasper se diera la oportunidad de conocerla porque estaba segura que podrían llegar a formar una bonita pareja.

Estábamos acostadas en la cama con Alice cuando el móvil de Rose comenzó a sonar. Se levantó como propulsada por un cohete y salió al salón para tener su charla de buenas noches con Emmett.

–Está feliz – sonrió Alice.

–Si, ya se lo merecía y tú también te lo mereces, pero con alguien que te dé tu lugar, que no te trate como a un bicho y te rehúya.

–Lo sé, Bella, pero tú sabes que yo presiento las cosas y siento que Jasper se está negando esto, por eso estoy decidida a hacerlo cambiar de opinión.

–No queremos que sufras, puede ser que por primera vez estés equivocada y estés confundiendo las cosas, quiero que seas objetiva Alice, por favor…

–No estoy equivocada pero te diré algo, si veo que Jasper se cierra a toda posibilidad, dejo el asunto por la paz, no quiero pasar siglos intentando que abra los ojos, no voy a dejar mi vida y mi alegría en alguien tan terco cuando puedo mejor disfrutar con alguien que si quiera estar conmigo.

–Vaya Alice ¡esa es la actitud! – la abracé.

–Por cierto – dijo separándose un poco de mí – tú estás rara, pero no te voy a presionar, cuando estés lista me lo dirás, sabes que cuentas con nosotras ¿No es cierto?

–Alice – reí echando la cabeza hacia atrás – no tengo nada, solo estoy estresada, pero gracias de todas maneras y si pequeña bruja, sé que cuento con ustedes siempre.

A la mañana siguiente, Alice había salido muy temprano a ver a un proveedor de alfombras a una fábrica a las afueras de la ciudad y Rose se daba un baño después de haber preparado café. Sobre la cama de Alice ya tenía la falda de tubo negra y la blusa de seda blanca, yo rebuscaba en el clóset los jeans, pero sólo encontré el suéter gris.

–No encuentro los malditos jeans – me quejé cuando salió del baño – y se me va a hacer tarde si sigo buscando.

–Tú tranquila que ahora mismo te busco algo, ¿Formal o informal? – me preguntó ya metida en el clóset.

–¡Lo que sea!

Cincuenta minutos después ambas salíamos del apartamento de Alice vestidas muy elegantes con ropa suya. Al final, yo usaba la falda de tubo negra que iba a ponerse Rose junto con una blusa de satén rojo y Rose prefirió un vestido café con un abrigo del mismo tono. Nos despedimos y quedamos en estar muy pendientes de Alice y si era necesario, nos mudaríamos con ella hasta que olvidara su obsesión por ‘El rubio pan sin sal’, como le había puesto Rose.

Subí a mi auto y me dirigí a la agencia. Llegué muy puntual, saludé al portero y entré al edificio. Me sorprendí al ver que había llegado antes que Jane ya que ella madrugaba mucho más que yo; me acomodé en mi silla y encendí mi computadora, de mi bolso saqué mi nuevo teléfono y al revisarlo vi que tenía 3 llamadas perdidas y todas eran de Edward.

Me quise dar de golpes contra la pared por ser tan idiota y no darme cuenta que lo había puesto en silencio, ni siquiera solo el vibrador. Estaba segura que tenía un castigo seguro esperando por mis sensibles nalgas o tal vez otro orgasmo frustrado. Ahora mi duda era si llamarlo y explicarle lo que había sucedido y así quizás lograra salvarme de mi penitencia o esperar a que él lo hiciera. Mi disyuntiva no duró mucho tiempo porque en ese momento, el artefacto comenzó a sonar.

–Hola – respondí al primer tono – buenos días.

–Paul irá a recogerte 10 minutos antes de la hora del almuerzo, sé puntual – y cortó la llamada.

¡Pero qué parco! Odiaba que hiciera cosas como esa. Si ya sé, estaba enojado, no podía darme una mejor señal, pero no soportaba que ni siquiera me diera la oportunidad de disculparme o de agradecerle su regalo. ¡Aghsss! Tendría que ir acostumbrándome a su temperamento bipolar.

Jane llegó un instante después con el café y las donas. Nos tomamos unos minutos para nuestro desayuno y ya no pudo resistir.

–¿Y qué te regalaron? – preguntó inocentemente – debió ser algo precioso porque la envoltura estaba muy linda.

–Un teléfono – respondí sin más.

–¿Tu novio?

–No tengo novio, Jane – le sonreí – fue un amigo.

–Pues qué lindo tu amigo que hasta con servicio de mensajería especial te lo mandó – me hizo un guiño – dile que mi móvil ya está muy viejito y que uno nuevo no me caería nada mal.

Me reí a carcajadas – yo le digo Jane, no te preocupes – y después de ese momento feliz, nos pusimos a trabajar.

Los proyectos que nos había encargado Olivia estaban avanzando muy bien. Ya teníamos las ideas muy bien definidas, sólo faltaba plasmarlas en el storyboard y eso aunque tomaba un poco de tiempo, era la parte más divertida y emocionante de todo el proceso, después ya sólo restaba presentar nuestro trabajo a los clientes y esperar que lo aprobaran.

Esa mañana estuvimos muy concentradas en algunos detalles de la imagen que le daríamos al proyecto de la cadena de tiendas, ya que era el menos difícil. Pensamos en varias opciones para el logo y con las ocurrencias de Jane estábamos dobladas de la risa hasta que mi nuevo teléfono sonó. Rápidamente lo saqué de mi bolso y respondí la llamada.

–Hola.

–Señorita Isabella, soy Paul, ya estoy aquí esperándola – dijo sin ceremonias.

–En un minuto estoy abajo, gracias – corté la llamada, tomé mi bolso junto con mi abrigo y giré para despedirme de Jane que me miraba con los ojos entrecerrados.

–No olvides de decirle a ese novio tuyo que me regale un móvil como el que acabas de guardarte, está precioso.

–¡No es mi novio Jane! Pero le diré… algún día – y salí de la oficina. Nerviosa, me asomé a la calle; el jaguar negro estaba ahí esperando con la puerta abierta para mí.

–Buenas tardes, señorita – dijo Paul con toda su solemnidad.

–Buenas tardes, Paul – le respondí antes de subir al auto. Estaba segura de que no le agradaba a Paul. Siempre tan formal, sin expresión, bueno no, si tenía una expresión en la cara y esa era de molesto. Nunca lo había visto reír o al menos tener un atisbo de alegría en el rostro que me indicara que no era un muerto viviente, porque eso era justamente lo que parecía, un zombie que solo hacía lo que le ordenara su amo. ¿Terminaría yo así?

De camino hacia donde me encontraría con Edward, saqué mi pequeña bolsita de cosméticos y me di un retoque; un poco de delineador negro para realzar mis ojos, polvos translúcidos y la boca muy roja para ir de acuerdo con la ropa que llevaba. Me solté la media coleta que me hice esa mañana y acomodé las ondas de mi pelo con los dedos, a Edward no le gustaba mucho que me lo recogiera.

Miré por la ventana y vi que estábamos por Mayfair, pero seguía sin tener idea del restaurante. No tenía mucha hambre, había atacado las donas esa mañana y tomado varias tazas de café. En eso pensaba cuando el auto se detuvo en Bruton Street a las puertas de Hakkasan, un restaurante de comida oriental muy exclusivo. Paul se bajó y abrió la puerta, me bajé y una chica ataviada en un Qipao chino me dio la bienvenida y me pidió que la siguiera. El lugar era muy hermoso, moderno, sofisticado, pero sobre todo muy exclusivo. Las chicas y yo habíamos intentado cenar alguna vez aquí, pero cuando nos enteramos que había una larga lista de espera nos desanimamos, total, era comida oriental, nada que un restaurante menos snob no pudiera hacer.

La chica me guió hasta un área menos pública. Lo encontré concentrado en su teléfono, con el ceño fruncido y enfundado en un impecable traje azul marino. Levantó la vista y se tensó, era bastante evidente por la mandíbula apretada y las manos cerradas en puños. Me recorrió con la mirada y sentí como me desnudaba provocándome un calor húmedo en la unión de mis piernas, enseguida dejó el aparato a un lado y se paró jalando la silla para mi. La chica hizo una reverencia pequeña y se retiró.

–Buenas tardes, señor – dije sentándome. Él no respondió, se sentó en su lugar y tomó un trago de su vaso moviendo muy rápido los dedos alrededor de éste.

–¿En dónde pasaste la noche Isabella? – preguntó con un tono que me caló hasta los huesos.

–Con Alice – contesté abruptamente – es mi amiga, estaba un poco mal y necesitaba de nosotras – bajé la mirada a mi regazo – no iba a dejarla sola.

–Y yo supongo que sabes para qué sirve lo que te envié ayer.

–Sí, Señor pero no sabía si debía llamarlo, no quería que se enojara conmigo y me castigara – dije sincera.

–Te llamé tres veces Isabella, no contestaste ninguna de ellas; desde este momento vivirás pegada a tu teléfono y me informarás de cada cosa que se salga de tu rutina, no quiero que esto se vuelva a repetir. ¿Entendido?

–Sí, señor.

–A partir de hoy tienes prohibido dormir fuera de tu apartamento, si alguna de tus amigas se pone mal que llame a un médico o que vaya a la sala de emergencias, pero tú no sales de tu casa.

–No voy a dejar a mis amigas… no puedo hacer eso – le sostuve la mirada con impotencia.

–Lo harás, no se te olvide que puedo llamarte en cualquier momento y no quiero que estés ocupada en otras cosas. No quiero seguir discutiendo esto Isabella, punto.

Casi tuve que morderme la lengua para no responderle algo, no quería que se enojara más de lo que ya estaba, ya vería como me las arreglaba cuando llegara el momento, solo esperaba que nunca tuviera que hacerlo.

–Gracias, señor – dije de repente y él me miró extrañado – por él teléfono.

Edward asintió ligeramente. La comida llegó en ese momento y supe que había ordenado por mí. La mesa se llenó al centro con varios platillos y no eran en absoluto nada que un restaurante común pudiera hacer. Era comida gourmet y se veía exquisita.

–¿Puedo servirle, señor? – me aventuré a preguntar y me miró con un brillo en los ojos, el enojo se había esfumado.

–Adelante, Isabella – suspiré feliz al ver que mi iniciativa funcionaba – la langosta con caviar primero – me señaló y con cuidado puse en su plato la carne blanca con la mezcla negra de la salsa de caviar Beluga. Yo no hice ni el intento por servirme algo, iba a esperar a que me diera su permiso, lo que hizo antes de tomar sus cubiertos.

–Sírvete Isabella, elige lo que tú quieras – dijo tranquilo y me dio una rápida descripción de lo que había en la mesa y opté por lascas de abulón azul con la salsa de la casa. Antes de empezar a comer me preguntó si ya había hablado con mi padre y le dije que aún no lo hacía.

–Hazlo hoy – me ordenó – y no vuelvas a dejarlo sin saber de ti.

–¿Le digo que los fines de semana los pasaré con usted? – pregunté inocentemente.

–Le dirás que te encuentras bien, no tienes que darle detalles.

Durante la comida, Edward trataba de evitar mirarme y cuando lo hacía, rápidamente esquivaba mis ojos. Solo bajaba despacio la vista recorriendo mi pecho y ahí se quedaba. Se sentía incómodo, algo no estaba bien y no sabía que era. Yo no había dicho ni hecho nada que lo disgustara, pero él parecía no estar disfrutando del almuerzo. Sin embargo yo si lo hice; el abulón era una delicia y luego comí el Tofu hecho en casa, con berenjena y setas claypot japonesas en salsa de chile.

–¿Solo comerás eso? – me preguntó mientras cortaba su estofado de cordero picante con especias chinas, maní y ajonjolí, se veía delicioso – el tofu es muy rico, pero nunca quedas completamente satisfecho.

–Si, sólo eso, no quiero mezclar tantos sabores fuertes, no estoy muy acostumbrada y esto se sale de mi rango de comida condimentada aunque todo está muy bueno, gracias señor.

Él terminó su plato y el mesero llegó a recoger todo, nos ofreció café o té y antes de que continuara Edward le dijo muy educadamente que no necesitábamos nada más, él se retiró y entonces, como esa mañana en la terraza, colocó la mano en mi rodilla y lentamente subió por el interior de mis muslos a mi entrepierna. Yo ahogué un suspiro sorprendida por esa caricia a la cual no me acostumbraba aún, y contuve mi primer impulso por recostarme en el respaldo de mi silla, me mantuve derecha y haciendo lo posible para que mis piernas no comenzaran a temblar. Lo miré y tenía los ojos cerrados mientras su mano tocaba mi piel, como si estuviera en una especie de trance. Llegó hasta mi sexo y de nuevo se encontró con mis bragas. Inmediatamente se puso de pie detrás de mi silla…

–Vé al tocador Isabella – y jaló la silla para que me parara y lo miré confundida.

–Pero yo no…

–Vé.

Su autoritario tono me invitó a obedecerlo. Respirando profundamente para caminar lo mejor posible, me dirigí al baño y esperé. Me vi al espejo y el rubor había cubierto mi rostro; estaba acalorada e impaciente. Un toque firme en la puerta me hizo dar un brinquito asustada. Edward entró al baño y cerró poniéndole seguro. Caminó hacia mí y me tomó por la nuca acercándome a sus labios y besándome salvajemente. Su lengua invadió mi boca sin permiso aunque yo no se lo negaría, la enrolló con la mía y devoraba cada milímetro de ella posesivamente. Ese calor se convirtió en un fuego abrazador y pronto sentí la necesidad de hacer algo para apagarlo porque estaba segura que me consumiría. Levanté los brazos y los coloqué alrededor de su cuello, pero él las tomó y las puso de nuevo a mis costados. Como hipnotizado sus manos acariciaron mis hombros y bajaron hasta cubrir mis senos sobre la blusa, los apretó y presionó, excitó mis pezones masajeándolos con sus pulgares y éstos obedecieron complacientes. Con los ojos cerrados desabotonó mi blusa dejando expuesto mi pecho sólo cubierto por mi brassiere.

–Recárgate en el lavabo, Isabella – hice lo que me indicó con un poco de miedo, nunca lo había visto así, estaba muy extraño y la ansiedad me estaba matando por no saber qué esperar. Pero qué tonta ¿Cuándo había estado segura de algo con él? – apóyate con los antebrazos.

Me coloqué como me pidió y se puso detrás de mí. Pude vernos en el reflejo del espejo, mi cara era de incertidumbre y Edward tenía el rostro lleno de lujuria. Respiraba intensamente cuando bajó la cremallera de la falda y ésta llegó al suelo junto con mis bragas. Sin que tuviera que decírmelo, levanté los pies para estar fuera de ella y abrí las piernas porque ya sabía que era lo que seguiría. Sus manos masajearon mis nalgas y de pronto una fuerte nalgada me hizo dar un pequeño grito.

Una de sus manos se internó en mi centro, tocándome descaradamente y hundiendo un par de dedos en mí. Me mordí el labio para no gritar, sacó por fin sus dedos invasores y de pronto entró en mi con fuerza, de un empellón violento, duro, profundo, sacando todo el aire de mi y haciendo que me aferrara como pudiera al lavabo de mármol negro. La fuerza de sus embistes y su respiración entrecortada, sus gemidos y su rostro que seguía como en un trance me tenían acercándome rápidamente al abismo, uno que era avasallante y que me absorbía sin remedio. Con cada intromisión de su enorme masculinidad, más me acercaba al borde, tenía que llegar, estaba cerca, solo un poco más y me liberaría… Edward se empujó en mí una y otra vez, imponente, dominante, gruñendo y gimiendo, tomándome como le satisfacía, sin permisos ni preguntas, simplemente tomando lo que le pertenecía… mi cuerpo.

Me sintió tensarme, ya no podía luchar contra esa fuerza que me remolcaba, era demasiado, no quería y no tenía las fuerzas necesarias y no sabía cómo lo haría. Era imposible, explotaría en cualquier momento.

–No puedes correrte, – dijo entre jadeos – es tu castigo…

Al escuchar su orden, mis ojos se llenaron de lágrimas y bajé la cabeza que rebotaba con cada empellón. No supe cómo, relajé mi cuerpo y me abandoné para no sentir. Era tan difícil, pero en mi mente sólo tenía la idea fija de obedecerlo, de complacerlo, de agradarlo... Eso era todo lo que quería, poder darle lo que me pidiera. Sentí sus manos sostenerme por mi vientre y sus embistes fueron cada vez más fuertes; él ya estaba cerca y yo ya no pensaba en mí, sólo en él.

–¡Míranos Isabella, míranos!

Con un esfuerzo titánico levanté la mirada y pude ver su rostro desbordando una lujuria y un deseo que me intimidaban. Con sus gritos contenidos y un par de embistes más, Edward se descargó llenándome por completo de un calor que se anidaba en mi vientre. Él se inclinó sobre mi espalda mientras trataba de recobrar el aliento con los últimos remanentes del orgasmo, pero sus manos aún acariciaban mi abdomen suavemente. Lentamente se incorporó y me liberó del peso de su cuerpo. Las piernas me flaquearon y me sostuve como pude del lavabo para no caer de rodillas al duro suelo. Edward me rodeó con sus brazos por la cintura, pero yo seguía aferrada a las orillas del mármol.

–Suéltate, Isabella – sentí un Deja Vú y me pidió con voz neutra – siéntate aquí.

Me ayudó a sentarme en un banco largo y después de unos minutos me vestí aún temblando. Edward se acomodaba la corbata y se giró hacia mi.

–Tómate el tiempo que necesites, nadie entrará, te lo aseguro.

Y salió del baño. Me tomé mi tiempo como él dijo. No me puse de pie hasta que sentí firmes las piernas, me acerqué al lavabo y me eché un poco de agua en el rostro. Me acomodé muy bien la ropa y me arreglé un poco el pelo con los dedos. Ya podía salir. Abrí la puerta y Edward estaba de pie a unos pasos de mí. En cuanto me vio me cubrió con el abrigo, me dio mi bolso y me rodeó por la cintura.

–Nos vamos.

Caminé hacia la salida confiada en su apoyo en mi cintura. Todavía seguía un poco desconectada y sin poder comprender cómo diablos había podido contener ese orgasmo. ¿Cómo?

Al llegar a la salida y a punto de subir al auto escuché mi nombre – ¡Isabella!

Edward giró rápidamente hacia el hombre que gritaba entusiasta mi nombre, me apretó más hacia su cuerpo y se puso rígido.

–¡Isabella! Que gusto encontrarte – abrió sus brazos para abrazarme, pero Edward no lo permitió al enviar un enojado gesto al hombre para que no se me acercara y éste lo entendió perfectamente.

–Señor Flannagans – lo saludé para disculparme de algún modo por la descortesía de Edward – ¿Cómo está?

–Ah niña, muy feliz, contento por la campaña tan maravillosa que crearon para mí – sonrió – esa chica y tú son de verdad una joya, pero no te molesto más – dijo muy comprensivo el adorable señor.

–No se preocupe – dije intentando parecer relajada y sentí otro apretón en mi cintura, pero no podía ser grosera con mi cliente e irme así sin más y menos tratándose de un señor ya mayor e inofensivo – señor, déjeme presentarle al Señor Edward Cullen, Señor Cullen, él es el señor Flannagans, nuestro primer cliente – dije sonriendo.

Edward dudó por un segundo y extendió la mano al señor Flannagans que lo miraba sin rencor por la obvia amenaza para que no se acercara a mí. – Mucho gusto, señor Cullen – dijo sonriente.

–Señor Flannagans – dijo Edward asintiendo algo serio, pero al menos no lo había ignorado, pero no lo hubiera hecho, ¿O si? Me despedí de él y pude sentir otro firme y duro apretón alrededor de mi cintura. Nerviosa subí al auto y me alejé hasta la ventana, no sabía porqué pero estaba segura que me había ganado otro castigo. Todo estaba resultando tan difícil de manejar para mi…

–Acércate – su orden sonó seca pero obedecí.

Pasó su brazo por mis hombros y me atrajo a él. Esos cambios me tenían en un estado de nervios que si no aprendía a controlarlos, acabaría loca. Él no habló en todo el trayecto, solo me mantuvo abrazada y de vez en cuando apoyaba la barbilla en el tope de mi cabeza. Llegamos a la agencia y antes de bajar me dijo…

–Tú eres mía, recuérdalo muy bien.

Asentí despacio y bajé del auto. Entré al edificio sin voltear, llegué a mi oficina y ni siquiera me di cuenta si Jane estaba ahí o no. Me senté en mi lugar, pero de inmediato me paré y fui al baño.

¡Tengo que poder!

¡Tengo que poder!

Me repetía una y otra vez, yo tenía que poder y controlarme; no dejar que las emociones me tomaran por sorpresa para poder responderle como él quería. Debía ser fuerte para estar a un nivel que pudiera satisfacer todos sus deseos.

¡Yo podía!

¡Yo podía!

Cuando me sentí un poco más repuesta salí y me instalé en mi escritorio. Jane no estaba y lo agradecía, no quería ser víctima de sus preguntas en ese momento. Intenté concentrarme en lo que aparecía en la pantalla frente a mi cuando unos golpecitos hicieron que levantara la mirada. Paul estaba ahí de nuevo, de pie con otra cajita, la dejó en mi escritorio.

–Señorita Isabella – asintió y fue todo lo que dijo; salió de mi oficina dejándome aún más confundida. Sin interés, abrí la caja y fruncí el ceño al ver lo que contenía. Un pastel de chocolate miniatura con una cereza en el tope y otra cajita mucho más pequeña a un lado. Abrí la cajita y aspiré sorprendida al ver brillar un par de preciosos aretes de rubíes en forma de corazón y dentro de ella una nota diminuta…

“Buena Chica, Bella”

Y al reverso:

“Nunca vuelvas a usar nada rojo sin mi permiso.”


*

*

*
Muchas gracias Isita María, estupenda Beta y a PattinsonWorld por algunas imágenes.
Enjoy…

lunes, 18 de julio de 2011

CAPITULO 9

Sueños Reales.

“Si vas a hacer algo relacionado con el sexo, debería ser cuanto menos genuinamente perverso.”
Grant Morrison.



–El desayuno se servirá a las 9 en la terraza…

Salió cerrando la puerta detrás de él y apenas lo hizo, estiré mi mano para encender la luz de la lámpara en la mesilla. Con la tenue luz observé mi cuerpo desnudo. Mi piel brillaba por una casi imperceptible capa de sudor, temblaba completa y mis piernas y mi vientre aún brincaban con pequeños espasmos resultado de la actividad que acababan de experimentar. Pasé una mano por mis senos, mi vientre, mis piernas y por último, por mi aún palpitante sexo desnudo para cerciorarme que era verdad que mi cuerpo acababa de despertar de un largo letargo.

Presioné mi mano contra él y una sonrisa de satisfacción apareció en mis labios aunque por dentro estaba sumida en un remolino de sentimientos encontrados; por un lado, acababa de vivir una follada de novela erótica, con todas las agravantes, y por otra, no entendía a Edward, su forma de ser, sus modos de hacer las cosas asustándome, no tomándome en cuenta aunque dijera lo contrario porque de ser así, no me hubiera tomado como lo hizo, dormida, aunque no me quejaba, sólo estaba confundida.

Un buen rato después seguía acostada en la cama sin poder conciliar el sueño. Por mi mente pasaban mil tipos de pensamientos todos muy diferentes pero el que más se repetía era el que sutilmente me susurraba al oído que todo estaba bien, que yo le pertenecía y que podía hacer con mi cuerpo lo que quisiera, que en ése momento él había decidido tomarme y yo no debía intentar buscarle un significado más profundo a eso porque no lo había. Simplemente él tomó lo que ya consideraba suyo porque yo así se lo había ofrecido.

***.

Bajé despacio las escaleras. No quería hacer mucho ruido con los tacones de mis zapatos contra el piso de mármol reluciente. Había elegido un vestido fucsia con falda amplia, muy discreto pese al color y pocos accesorios. No sabía si él iba a estar de acuerdo con mi elección, pero tomando en cuenta sus requerimientos para las cenas no me atreví a ponerme algo más casual esa mañana. Para mi sorpresa, al salir a la terraza él ya estaba sentado a la mesa con una taza de café y leía absorto el periódico.

–Buenos días – dije un poco nerviosa, me miró de arriba abajo verificando mi atuendo y tensó visiblemente la mandíbula. Se puso de pie y jaló la silla a su izquierda ayudándome a sentar.

–Buenos días, Isabella, te ves preciosa esta mañana – dijo sonriéndome con su arrogancia de siempre después de observarme detalladamente y me atreví a preguntar.

–¿Llegué tarde? – mi voz sonó angustiada, y lo estaba, de ninguna manera pretendía que me volviera a castigar como lo había hecho ayer.

–No, estás muy a tiempo – expulsé el aire de mis pulmones, aliviada – ¿Cómo amaneciste? ¿Alguna molestia? – dijo tomándome por sorpresa mientras tomaba de nuevo el periódico.

–Yo… eh… ninguna Señor, gracias – respondí titubeante y sentía como me ruborizaba por la pregunta tan íntima que me acababa de hacer.

–¿Qué pasa? – me miró haciendo a un lado su periódico.

–Na…da Señor sólo… – hice una pausa tratando de pensar con rapidez en una respuesta – es sólo que siento… que es una pregunta un poco personal.

Se reclinó en su asiento y mirándome con los ojos entrecerrados me dijo – permíteme sacarte de tu error Isabella, ya no tienes nada personal ¿Qué parte de eso es la que no has entendido?

Lo miré sosteniéndole la mirada, sorprendida porque no podía creer que mi vida me dejara de pertenecer hasta ese extremo.

–Yo necesito saber todo de ti, si tienes hambre, frío o hasta hipo y más te vale que te vayas deshaciendo de la idea de que aún piensas y decides todo sobre ti misma porque ya no es así ¿Has entendido? – inquirió enérgico.

–Sí, señor – respondí cerrando las manos en un puño sobre mi regazo – lo he entendido.

Él lo decía en serio, muy en serio. No podía creer que yo misma le estuviera entregando mi vida entera, que le estaba entregando mis deseos, sueños y aspiraciones para que hiciera con ellos lo que quisiera, para que los guardara en el fondo más oscuro de un cajón y los sacara solo cuando tuviera ganas de jugar con mi vida. ¿Estaba lista para entregarme tan incondicionalmente de esa forma? ¿Podría entregarme a él así de fácil?

–Ahora sé buena y sirve el desayuno, es domingo y el servicio tiene el día libre – se inclinó un poco hacia mí y puso su mano en mi rodilla subiéndola, acariciando mi muslo de una forma que hizo los latidos de mi corazón se trasladaran de pronto hacia un poco más arriba de donde Edward tenía su mano, me sonrió dulcemente y le sonreí de vuelta. Con ese aplomo que le caracterizaba, volvió a centrar su atención al periódico y me puse de pie, feliz porque en ese momento lo comprendí todo.

Como una revelación, esa sonrisa torcida y la fuerza de esos ojos verde jade fueron la respuesta a todas mis interrogantes. Estaba más que dispuesta a darle todo lo que me pidiera con tal de que me volviera a mirar y a sonreír de esa forma, con tal de sentir sus manos en mi cuerpo recompensándome por una buena acción mía que lo agradara, le daría todo con tal de que pudiera hacerlo feliz. Eso era todo lo que necesitaba saber, que él estaba feliz de tenerme a su lado.

Me dirigí a la cocina y al entrar me detuve antes de seguir. Iba a tener algunos problemas para ubicar todo en esa cocina que era tan grande como hermosa y muy moderna. La recorrí con la mirada y sobre la encimera encontré varios platos con sus tapas de acero brillantes como un espejo; las levanté para ver el contenido y había frutas, cereales, yogurt, jugo y di un brinco al escuchar a alguien detrás de mí.

–Perdón señorita, no era mi intención asustarla – se disculpaba la regordeta mujer – no quise irme sin prepararles el desayuno.

–Ah, no se preocupe y muchas gracias, ya estaba empezando a sufrir porque no sabía donde están las cosas en esta cocina tan grande…

–Harriet – dijo mostrándome una amplia sonrisa – trataré de decirle donde se encuentra todo mientras cocino el omelette y el jamón del señor ¿Usted qué prefiere?

–Yo estaré bien con la fruta y los cereales – me frunció el ceño. Para cuando terminó de preparar el desayuno de Edward yo ya tenía una cierta idea de donde se encontraban los utensilios principales y de todo lo que podría encontrar en la despensa y la nevera; me explicó también cómo le gustaba a Edward que se colocaran todas las cosas sobre la mesa y me ayudó a poner los platos en el carrito de servicio.

–Todo listo señorita Isabella – dijo colocando un pequeño florerito con una rosa roja.

–Sólo Bella, por favor – le pedí y asintió – gracias de nuevo Harriet – dije con unas ganas enormes de abrazarla por su ayuda y porque me inspiraba a hacerlo.

–Ah, no es nada – tomó su bolso lista para irse y se despidió de mí – hasta luego señorita Bella, que disfruten su desayuno.

Con mucho cuidado fui empujando el carrito de servicio hasta la terraza. Edward seguía concentrado leyendo imperturbable mientras iba colocando todo sobre la mesa y no fue hasta que puse el plato de su omelette frente a él y quité la tapa que no dejó el periódico a un lado para observar la mesa llena.

–Huele muy bien – dijo y lo tomé como una aprobación.

–Sí – contesté sonriente sentándome – Harriet es muy amable, yo no hice nada más que empujar el carrito – confesé mientras tomaba el bol del yogurt y quise morderme la lengua al terminar de hablar.

–A partir del próximo domingo tú te encargarás de hacer el desayuno, no sólo de ‘empujar el carrito’ ¿De acuerdo? Sé que Harriet te agradecerá mucho el poder irse desde temprano – dijo antes de llevarse el tenedor a la boca.

–Sí, señor.

Adorné mi plato de frutas con nueces y pasas sobre el yogurt, estaba por llevarme el primer bocado de fresas a la boca cuando sentí su mano en mi rodilla deslizándose lentamente hacia arriba, directamente al interior de mi muslo, abarcando gran parte de este con sus largos dedos que se movían en un masaje que estaba alterando mi cordura. Por fortuna mantuve el tenedor en la mano y no cayó al plato dejándome en evidencia al sorprenderme por esa caricia inesperada que calentaba poco a poco mi temperatura corporal. ¡Por Dios! No eran apenas ni las 10 de la mañana y Edward con tan sólo una caricia de su mano ya me tenía respirando agitadamente al sentirlo subir más y más acercándose a mi sexo.

–Come, Isabella – dijo en lo que fue más una invitación que una orden y haciendo uso de la poca razón que me quedaba, toscamente piqué de nuevo la fruta con el tenedor, pero volví a dejar quieto el cubierto por miedo de ocasionar un desastre ahí – ¡come!

Repitió sutilmente y como una persona que recién recuperaba la función motriz, fui llevándome a la boca pequeños trocitos de fruta para no correr el riesgo de atragantarme con su atrevido e incitador contacto. Intentando establecer un ritmo constante de mi respiración, perdía la concentración de su conversación; sabía que decía algo interesante pero no podía entender nada, estaba perdida entre el suave susurro de su voz y la calidez de su mano que al llegar por fin a mi sexo, se quedó inmóvil al sentir la tela de seda de mis bragas. Retrocedió un poco y se mantuvo en un masaje ligero en mi entrepierna, pero que a mi me causaba un deseo, un calor, un desespero que solo podría calmarse con algo más y por ningún motivo estaba dispuesta a pedírselo.

Y ahí me encontraba yo, en medio de un desayuno del que no estaba siendo consciente y un poco falto ya de conversación, junto a un Dom que la noche anterior me hizo llegar al cielo y en ese momento poco faltaría para que perdiera todo mi pudor y le rogara que me tomara, que me poseyera y que acabara con esa agonía que amenazaba con consumirme.

Mi cuerpo lo quería, lo deseaba y no estaba muy segura de poder resistir mucho más si permanecía con su mano en mi entrepierna. Pensaba en eso justamente e invocaba al cielo que me diera fuerzas para controlarme cuando sus dedos retomaron el camino a mi centro moviendo hacia un lado la tela de las pequeñas braguitas que usaba y tocando mi montículo desnudo. Aspiré aire y ahogué un gemido provocando que sus dedos se hundieran en mis pliegues. Edward parecía no inmutarse y desde luego tampoco tenía ningún problema para continuar desayunando sólo con una mano, dominaba perfectamente bien sus movimientos y ciertamente, una de ellas me estaba llevando directamente a la perdición esa mañana.

–No me gustaría que tuvieras hambre en un rato más – dijo calmadamente – haz un esfuerzo y come.

Sus dedos se movieron de arriba hacia abajo y de pronto tocaron mi clítoris. Cerré los ojos y jadeé levemente, estremeciéndome en mi asiento, desconectándome de todo a mi alrededor, pero así como llegó su mágico toque, así se fue. Despacio retiró su mano resbalando por mi piel hasta llegar a mi rodilla y ahí permaneció. Unos segundos después, respiraba profundamente; con torpeza y temblorosa, intentaba llevar más fruta a mi boca para satisfacer su petición. Logré terminar el plato, y no porque hubiera estado decidida a hacerlo sino simplemente porque no notaba si masticaba algo y mucho menos si pasaba por mi garganta o no.

Pese a todo, ese fue el mejor desayuno que había tomado en mucho tiempo porque al fin sentía que estaba donde quería, al lado de Edward que me estaba haciendo despertar en un mundo diferente lleno de emociones y cosas nuevas, me estaba haciendo ver todo con otros ojos pero sobre todo, estaba haciendo realidad mis fantasías.

Al terminar ambos de desayunar, Edward volvió a tomar el periódico y como si lo que ocurrió hubiera sido lo más normal, de nuevo se concentró en leer sus noticias y cuando tuve la seguridad de que ya mi sistema poco a poco volvía a funcionar, me puse de pie para empezar a levantar todo de la mesa.

–¿Que estás haciendo Isabella? – su dura voz me tomó por sorpresa.

–Es…toy recogiendo todo… Señor – respondí algo nerviosa aún mirándolo extrañada por su pregunta.

–No te he dado permiso para levantarte de la mesa, así que vuelve a sentarte – sin dudar lo obedecí sentándome de nuevo y dejando ligeramente abiertas las piernas. Los minutos pasaron y Edward seguía inmerso en su periódico y yo, yo sólo admiraba el jardín tan pulcramente cuidado lleno de rosas rojas que para ésa época del año era un misterio que permanecieran aún florecientes, resignada que a que el momento candente hubiera terminado.

Fueron pasando los minutos y mi cuerpo se relajó completamente, aunque no estaba aburrida, empezaba a desesperarme al estar sentada sin hacer nada. Mi pierna empezó a moverse sin que yo lo hiciera a drede y después de un rato, Edward bajó su periódico y me miró para después dirigir su mirada a mi pierna que inmediatamente dejé de mover. Iba a decirme algo, pero fui salvada por su móvil que en ése momento comenzó a sonar. Se puso de pie para tomar la llamada, alejándose de mí. Lo vi sonreír y asentir varias veces y otras negar con la cabeza para volver a sonreír después de finalizar la llamada, pero conforme fue acercándose a mí, su rostro fue tomando su seriedad habitual.

–Ya puedes levantar la mesa Isabella – dijo entrando a la casa – te espero en media hora en el cuarto de juegos – ¡El cuarto de juegos!

***.

EDWARD’S POV

Una llamada de Emmett interrumpió mi gozo anticipado. El muy maldito también sería mi socio en el proyecto de Brasil y como aún no definíamos cual sería el concepto, me llamaba cada vez que alguna idea se le cruzaba por la cabeza y esa vez no fue la excepción, pero finalmente parecía que había encontrado un tema bastante atractivo y que tenía mucho potencial ya que la idea no había sido explotada como se debía y nosotros nos encargaríamos de eso.

–Tenía esperanzas de que ese trasero de ensueño te agotara y no me jodieras hasta mañana – me quejé bromeando.

–Y me tiene hermano, me tiene extenuado, pero no podía dejar de contarte mi idea… oye ¿Estás solo verdad? – preguntó intuyendo algo.

–No, y me estás interrumpiendo, así que si eres tan amable… – lo corté, pero fue inútil.

–No puedo creerlo ¿Es la misma chica de la que nos contaste la otra vez? – resopló – todavía no se enfrían tus sábanas con Tanya y ya metiste a otra a tu cama, – se carcajeó descaradamente – eres mi ídolo.

–¿Les conté? – pregunté irónico – ¿Mis sábanas? ¿Mi cama?

–¡Ay, no puede ser! ¿Sigues con esa puta idea de no dormir con tus sumisas en la misma cama? – fruncí el ceño – no tienes ni una idea de lo que te estás perdiendo, eres un pendejo.

–Gracias por la observación, pero no necesito tus consejos, yo me manejo como se me da la gana, así que si no te importa…

–Está bien, ahora déjame contarte mi idea…

–No. Ninguna idea, estoy ocupado, hablamos mañana – dije decidido.

–Mmm, de acuerdo, no te interrumpo más, sigue con tu nueva mascota, que disfrutes su entrenamiento, porque estás en eso ¿No? – siguió indagando.

–Emmett… – sentencié.

–Espero que pronto se te pase la emoción por la novedad, te pones tan insoportable en esa etapa que ni tú te aguantas – dijo como si yo mismo no lo supiera – pobre chica, lo que debe estar sufr…

–¡Suficiente! Ella está aquí por propia voluntad – dije a punto de revelarle que en esta ocasión no cacé sino fui cazado – ¡Ve a domesticar a la tuya y déjame en paz!

–Bueno, mmm, verás…

–No… no me digas que aún no se lo has dicho. Eso Emmett, se llama engaño y es la forma más baja de engatusar a una mujer, y tú lo estás haciendo, no estás jugando limpio, si es que se puede hacerlo en esto, y ella no se lo merece – lo regañé – Jasper tiene razón, se te va a salir de las manos y te vas a quedar solo.

–Claro que no, tengo mis razones para hacerlo, no quiero que se vaya, solo estoy suavizando el camino, no tiene nada de malo hacer eso – dijo excusándose.

–Me acusas de mis formas de conducirme y mírate. Tú si que no has aprendido nada en todo este tiempo.

–Aghh, mejor te dejo, creo que nunca volveré a llamarte en un fin de semana, te sale lo persignado y te pones histérico y regañón.

–Sólo te hago ver que estás cometiendo un gran error, es por tu bien y por el de ese trasero de ensueño – me reí.

–Deja ese trasero en paz, es mío, tú ya tienes el tuyo y si no estoy equivocado ya debe haber conocido tus objetos preferidos para dar nalgadas – dijo algo escamado – ve a atenderlo, te dejo…

Corté la llamada con Emmett. Estaba cien por ciento seguro que su estrategia no le iba a funcionar, además se estaba dejando llevar y si no tenía cuidado acabaría enamorado y eso era tan peligroso como caminar al filo de un abismo. Sacudí ligeramente la cabeza y al darme la vuelta para regresar a la mesa, sorprendí a Isabella mirándome intrigada. Tuvo mi permiso para levantarse, recoger todo y le di media hora para encontrarnos en el cuarto de juegos. Si no conociera ya las expresiones de su rostro, hubiera pasado desapercibida la emoción que se reflejó en sus ojos con ese brillo particular. Fruncí el ceño y me retiré a mi despacho. Eso no me gustaba nada, no era muy buena señal. No me daba buena espina. Tenía un presentimiento, como con Emmett y su chica de que algo no saldría bien de todo esto, que alguien iba a salir lastimado y ese desde luego, no iba a ser yo. Pero por más oportunidades que le daba para alejarse de esta vida oscura, más parecía atraerle y más decidida se mostraba a entrar en ella, tanto que hasta llegó a dormir en el suelo a las puertas de mi habitación, esperando por una reacción mía.

Había aguantado también los azotes de su primer castigo y lección mientras yo me encendía haciendo un esfuerzo sobrehumano por controlarme y no tomarla ahí mismo de la única forma que calmaría ese fuego abrasador en mi interior, duro y fuerte. Pero eso no ocurrió hasta que esa misma noche, después de enterarme de quién era hija, rondaron en mi cabeza mil teorías de porqué una mujer que lo tenía todo, buscaba insistentemente formar parte de una vida que distaba mucho de estar de acuerdo con la personalidad que aparentaba tener. ¿Pero no me estaría equivocando y en lugar de gritarme su inocencia clamaba por sumisión?

Ya me había negado lo suficiente y ella había tenido sus oportunidades, ahora solo tenía que dar el siguiente paso, poseerla. Así sellaríamos el trato y entonces ya no habría marcha atrás, sería mía de todas las formas posibles y con solo saberlo me sentía más fuerte y poderoso y como no hacerlo si esa misma noche me había confesado que tenía siete largos años sin tener ningún tipo de contacto sexual. Ella me había elegido y con mucho gusto y placer acabaría con su celibato. No fui rudo, al menos esperaba no haberlo sido, pero estar frente a un cuerpo dispuesto a complacerme como yo quisiera nublaba mi capacidad de control. Así me había sentido, obnubilado por su inocencia, porque al fin y al cabo la tenía. Era un lienzo virgen para mí, para plasmar lo que quisiera en él.

Y esa misma mañana, vaya que si había disfrutado mi desayuno poniéndola nerviosa. Ese rubor en su rostro al intentar controlarse ante mis caricias juguetonas y perversas, porque ése propósito tenían, volverla loca con mis modos retorcidos y que la pequeña aún no conocía, pero lo haría y ya no tenía hacia donde huir, ya no podía, ya era mía.

Media hora después, Isabella me esperaba de pie junto a la puerta del cuarto envuelta en su bata negra de seda, descalza y con una coleta, miraba hacia abajo y mantenía una posición sumisa. Apreté la mandíbula y entré antes que ella, me paré junto a la mesa y di una palmada sobre ella indicándole que subiera. Obedientemente se acercó e iba a subirse, pero aún tenía la bata encima. Levanté una ceja y negué despacio con la cabeza.

–Cada vez que entres aquí Isabella, estarás desnuda y tendrás el cabello suelto a menos que te indique lo contrario – dije mientras la despojaba de la tela de seda y rozaba sus hombros con la yema de mis dedos – ahora sube – palmeé de nuevo la mesa y ella subió ágilmente sentándose en la orilla.

–Recuéstate en el centro y estira los brazos y las piernas – se colocó como le pedí mientras sacaba un pañuelo de uno de los cajones; los ojos vendados aumentaban la excitación, la anticipación y desarrollaban sus sentidos al mantenerlos alertas todo el tiempo.

–Hoy Isabella, aprenderás sobre el control – puse el pañuelo alrededor de sus ojos y lo até; de inmediato su respiración comenzó a hacerse más profunda haciendo que sus senos subieran y bajaran, estaba notablemente inquieta ya – es algo a lo que tendrás que habituarte, a dominar tu cuerpo, tus emociones y tus miedos. Se necesita de mucha práctica, pero para eso estamos aquí, para practicar las veces que sean necesarias para educarte, para que logres ser una buena sumisa.

–Sí, señor – respondió rápidamente mientras aseguraba cada una de sus muñecas a las esquinas de la mesa con una cuerda suave.

–Ahora solo hay algo que necesito que me digas antes de continuar – hice una pausa al mismo tiempo que iba recorriendo con un dedo desde sus senos hasta sus muslos, esquivando su sexo – ¿Hay algo con lo que te sientas verdaderamente incómoda? ¿Qué sea absolutamente un límite para ti que no deba ni de acercarme?

Aseguré uno de sus tobillos a una esquina tensándolo al igual que el otro para dejarla expuesta para mi. Isabella probó la firmeza de las ataduras al moverse un poco alterada pero se calmó a medida que respiraba hondamente.

–Es de vital importancia para mí saberlo y para ti también, ya sabes que no debes tener vergüenza ni pena por nada – acaricié con suavidad su vientre mientras admiraba su centro brillante por la excitación – confía en mi Isabella, no podremos seguir adelante si desconozco que situaciones son las que debo evitar contigo – caminé hasta donde estaba su cabeza y me incliné para susurrarle al oído e inspirarle confianza.

–En una relación como la nuestra Isabella, no debemos dar por sentado nada. Yo soy tu amo y soy quien da las órdenes en los juegos, pero siempre circunscritas a los límites pactados previamente contigo. Dentro de esos límites yo soy quien tiene absoluta libertad de movimientos, yo soy quien toma las decisiones y no podré saltármelas bajo ningún motivo si tú no lo permites.

–Aquí también tenemos reglas y son sumamente importantes para una buena y duradera relación. Las tres más básicas son: Sano, Seguro y Consensual. Siempre. Y para eso debo saber tus límites, para hacerlo de esa forma.

–¿Tendré una palabra de seguridad? – preguntó tan despacio que casi no la pude escuchar.

–De hecho tendrás dos – rozaba su mejilla con el dorso de mi mano – una es de precaución para indicarme que estoy acercándome a tus límites y que debo cambiar mi juego más no detenerme, y la otra es de alto total y significa que no deseas continuar. Ésta última es definitiva Isabella, si la llegas a pronunciar todo se termina, se disuelve nuestro acuerdo y sin más qué decir se acaba todo.

–¿Puedo elegirlas ahora mismo?

–Puedes elegirlas cuando tú sientas la necesidad de hacerlo, si te hace sentir más segura tenerlas ya, hazlo.

–‘Rubíes’ será mi palabra de precaución – dijo con voz más alta y confiada al saberse segura – y ‘Corazones’ será mi palabra de alto total.

–Rubíes y Corazones, no las olvidaré Isabella, confía en mí – le repetí y ella asintió.

–Sí, señor.

–Ahora dime qué es lo que representaría para ti una amenaza a tu comodidad y a tu seguridad ¿Qué es lo que debo evitar contigo? Habla Isabella.

Apenas terminé de hablar, su cuerpo que había permanecido intentando moverse a pesar de estar bien asegurado sobre la mesa, se quedó quieto.

–El sexo oral.

En un murmullo apenas perceptible pronunció esas tres palabras que me dejaron perplejo. ¿El sexo oral? ¡El sexo oral! ¿Cómo podía decirme eso? ¡A mi! Que tanto disfrutaba proporcionándolo, que era uno de los mejores y más grandes placeres en la vida…

No, no. Yo tenía que hacer algo para cortar de raíz con ese trauma y así enseñarle lo bello y natural que era, que significaría un gozo para ambos, que era una buena experiencia. ¡Diablos! Ahora quería matar a alguien, a ése patán que había hecho que mi pequeña alumna odiara algo tan delicioso. Aflojé mis manos cerradas en un puño y las pasé por mi pelo. Necesitaba calmarme para no excederme con Isabella, tenía que ser ‘dulce’ con ella por decirlo de alguna forma y darle la seguridad que necesitaba.

–Quiero que estés tranquila y que sepas que no me acercaré a ti en ese sentido – le dije suavemente al oído – ahora, pon atención y concéntrate en lo que vas a sentir. No quiero que te muevas ni que hagas ningún tipo de ruido, deberás permanecer quieta y callada, si no lo haces… tendrás que elegir entre algún objeto de los de ayer, sólo recuerda que tal vez duela mucho más el día de hoy por lo sensibles que deben estar tus hermosas nalgas y no seré suave con ellas. Ah y por supuesto Isabella, no te puedes correr sin mi permiso. ¿Entendido?

–Sí, señor – volvió a responderme en un susurro que me excitó llegando hasta mi entrepierna través de una corriente que golpeó mi polla causándome un dolor que para mi experiencia y mi control, era demasiado temprano para sentirlo. Miré su cuerpo detenidamente tendido para mi ahí sobre la mesa, temblaba un poco y tenía las manos apretadas y rígidas en puños para minimizar un poco sus nervios y su ansiedad. Sus senos permanecían firmes a pesar del movimiento involuntario de su cuerpo y sus rosados picos estaban erectos en toda su gloria. Molesto, giré y fui hacia los cajones por algunos implementos que me ayudarían con la segunda lección. Tomé una pequeña caja que contenía un vibrador de forma oval y me acerqué a Isabella.

***


BELLA’S POV

Lo sentí moverse por la habitación; escuché cómo abría y cerraba varios cajones. Estaba tan nerviosa o tal vez era ansiedad, no lo sabía, solo sentía que si no me calmaba, mi cuerpo ya rígido comenzaría a hacer ruido al golpearse contra la mesa y me haría merecedora a un par de nalgadas.

–¡Quieta ya, Isabella!

Su orden en un grito me asustó y brinqué sorprendida. Hice un esfuerzo por calmarme mediante mi respiración y durante casi un minuto no escuché nada más que el aire que entraba y salía por mi boca pero eso no me relajó, al contrario, aunque eso significaba que tal vez estaba sola en la habitación, me puse más nerviosa hasta que el ruido de una máquina pequeña capturó todos mis sentidos. Mi cuerpo se tensó involuntariamente e intenté agudizar mi oído para saber en qué parte de la mesa se encontraba y por ende en donde me tocaría primero y con qué. Noté de pronto que su aliento tibio rozaba mi cuello y mi ombligo se contrajo al sentir el contacto de algo redondeado sobre él. El objeto vibraba y supe inmediatamente de qué se trataba aunque de nada me serviría porque en ese momento la lección era otra y si seguía sin poder concentrarme al día siguiente tendría que ir a trabajar con un cojín en el trasero.

Los movimientos circulares y ondulatorios pasearon alrededor de mi ombligo, a veces hacía un poco de presión y otras apenas tocaba mi piel. Subió por mi torso y se acercó a mis senos, uno a uno los rodeó hasta que llegó a mis pezones erectos sin calmar con el toque su dolor, ése sólo se calmaría con su boca, como lo había hecho la noche anterior, quería sentir esa calidez, esa… oh Dios, la vibración se detuvo y en menos de dos segundos ya estaba vibrando entre mis piernas, en el interior de mi muslo izquierdo para ser más exacta. Suspiré profundamente y un calor conocido comenzó a formarse en mi vientre. El temblor se trasladó a mi muslo derecho y al mismo tiempo, sus dedos rozaban de arriba abajo mis pliegues que estaban anegados de mi pura excitación. Ahogué un jadeo cuando con sus dedos los abrieron dejando vulnerable mi centro palpitante totalmente expuesto ante él. El vibrador avanzó hasta mi clítoris y con pequeños toques hizo contacto con él. Yo quería moverme, gritar, arañar pero en alguna parte de mi cerebro sabía que no podía, que no debía.

El creciente deseo se hacía cada vez más y más grande dentro de mí y estaba segura que sería mi perdición esa mañana pero no me importaba, solo quería poder liberarme de él cuando llegara el momento. Antes de que pudiera darme cuenta, todo el contacto paró y ya no sentía ni el vibrador, ni sus dedos tocándome pero ni así podía relajarme porque la potencia del deseo no era poca. Escuché movimiento detrás de mí, por mi cabeza, y la moví tratando de percibir con mayor claridad lo que hacía.

–La próxima vez no te advertiré Isabella – dijo con un tono de voz diferente, como… no sabría como describirlo, un poco ronco y más grave tal vez.

Me quedé lo más quieta que pude y respiraba por la boca minimizando un poco el ruido del aire entrando y saliendo de mis pulmones y de mi cuerpo. Colocó algo, como un recipiente cerca de mi cabeza y se puso a horcajadas sobre mi. Aún tenía puesto ese sexy pantalón negro, sentí la tela contra mi piel lamentándolo secretamente.

–Ahh – gemí y arqueé mi cuerpo al sentir frías gotas correr por mi cuello y cerca de mis orejas distrayéndome de mis arduos intentos por mantenerme obediente arruinando mi lección por el poco control que tenía de mi. Al principio fueron gotas en mi cuello que luego fueron bajando hasta convertirse en un constante goteo helado que recorrió mi torso, hizo una piscina en mi ombligo, paseó por mi vientre y luego… jadeé sonoramente al escurrir las gotas frías por mi ardiente y latiente sexo que se contraía cada vez que se sentía tocado por una lágrima helada que lo quemaba, mis manos se cerraban y abrían como resultado de mi desesperación. Quería más, necesitaba más porque ese fuego que crecía cada vez más velozmente, acabaría por calcinarme.

Edward volvió a subir por mi cuerpo y acarició mis senos con un cubito de hielo. Los rodeó con él y lo presionó contra mis pezones que ya los sentía tan duros como dos rocas filosas y mucho más adoloridos que antes. Entonces, ya anestesiados por el hielo, algo muy cálido los atrapó. Era su boca que los chupaba con fiereza, succionándolos, lamiéndolos, alongándolos entre sus dientes creando un contraste maniático que se llevaba con él toda mi cordura. Las caricias de opuestas sensaciones se alternaban en mis senos mareándome y dejándome sin voluntad, moviéndome y ahogando gemidos y jadeos lo mejor que podía pero en realidad, ya no me esforzaba tanto, no me salvaba del castigo y ya solo me quedaba disfrutar ¿Para qué luchar?

Comencé a moverme más, restringida por las ataduras cuando ya no lo sentí sobre mí. Caminaba alrededor de la mesa como un felino saboreando a su presa antes de clavarle las garras y los colmillos. A mi oído acerco un objeto que sonaba raro. No tenía ni idea de qué podría ser y aunque puse toda mi atención no pude descifrar de qué se trataba.

–Esto, Isabella – su voz rompió mi concentración – es un ‘pinwheel’. Es un círculo con puntas muy finas, un poco más gruesas que la punta de un alfiler y se usa para dar placer o proporcionar un castigo dependiendo de la presión que ejerza en tu piel. ¿Tú cual crees que te merezcas? – en ese instante todo mi cuerpo se tensó y aspiré mucho más fuerte por la boca.

–Creo que está de más decirte que si te mueves, puedes hacerte daño ¿Verdad? – no respondí – ¿Verdad Isabella?

–S-si S-señor – tartamudeé asustada por la información que me acababa de dar, por el peligro que representaba para mi si no le obedecía.

Sentí que se paraba detrás de mi cabeza y no me equivoqué porque de pronto sus manos estaban sobre mis senos masajeándolos y apretándolos con fuerza, se cerraban sobre ellos queriendo atraparlos y mis pezones que se colaban entre sus dedos eran pellizcados con el masaje. Gemí sin proponérmelo y sus manos repentinamente dejaron de tocarme. Sin hacer ruido y confundiéndome, se movió y con atención esperé su próximo contacto. Esta vez se fue hacia mis piernas pero no fueron sus manos las que lentamente subían por mi muslo derecho. Fue el artefacto extraño que pinchaba al ir rodando por mi piel. Podía sentir sus finísimas puntas y eran tal cual las había descrito Edward para mi, filosas y peligrosas, pero fue excitación lo que sentía correr por mis venas y no miedo, fue calor lo que recorría mis pliegues y me inundaba, eran unas ganas locas de moverme buscando una fricción que calmara mi hambriento deseo y pudiera explotar en un orgasmo que me venía tentando desde hacía ya un rato.

El ‘pinwheel’ pasó de mi muslo a mi montículo, robándome un jadeo sin que me importara mucho. Rodeó mi ombligo y subió por entre mis senos. Con una lentitud desquiciante rodó alrededor de mis pezones y luego siguió por mi cuello hasta mi boca y ya no pude controlarme. Necesitaba un roce desesperado entre mis piernas, con urgencia, tenía que liberar esas llamas que amenazaban por consumirme sin piedad, tenía que acabar con ese deseo calcinante de una vez…

–Por favor – rogué cuando alejó el objeto de mi boca – por favor.

Se escuchó el sonido de algo que se caía y antes de que pudiera darme cuenta, Edward estaba aflojando las ataduras de mis manos y continuó con las de mis tobillos desatándolas completamente. Jaló mis piernas hasta dejar mis nalgas en el borde de la mesa, tomó mis muslos y los colocó alrededor de su cintura y la sorpresa por lo que venía me dejó sin habla. Me penetró de una fuerte estocada, entró hasta el fondo, sin miramientos ni conmiseraciones. Grité por la bruta y nada delicada invasión, grité de miedo…

–Ahora sí, Isabella – gruñía entre cada empellón – ¡Grita! Grita que quiero escucharte.

La sorpresa por la manera ruda con la que me estaba tomando me tenía incapaz de hacer nada, solo una imperceptible aspiración escapaba de mi garganta cada vez que entraba en mi pero se perdía entre sus gruñidos. Sus embistes eran tan fuertes y me llenaban tanto que apenas y podía emitir sonido alguno. Entró y salió de mi varias veces, todas con la misma intensidad y yo, no pude reaccionar, me abandoné al choque entre nuestros cuerpos y entonces, se tensó, jadeó fuertemente y un calor inundó mi interior, derramándose en mí.

Edward dejó de moverse y se recostó sobre mí, con la cara entre mis senos respirando aún muy agitado. Yo estaba tan quieta como una piedra, sin querer ni respirar siquiera. Muy despacio se incorporó y se alejó de mi dejando mis piernas caer colgadas sin fuerza de la mesa.

–¿Ya ves que si puedes hacerlo? No te corriste Isabella, buena chica – dijo irónico respirando todavía con dificultad.

Desató mis muñecas y sin quitarme el pañuelo de los ojos, me tomó en brazos y me depositó en la cama, abrió una puerta y escuché correr el agua. Minutos después regresó junto a mí y me quitó al fin el pañuelo húmedo por las lágrimas que no noté que salieron de mis ojos pero no los abrí. Me llevó al baño, me metió a una bañera y él entró junto conmigo. Me lavó con delicadeza, con suavidad, pero no hablaba y yo tampoco, no creía que pudiera hacerlo en ese momento y no quería, no después de eso.

Me envolvió en una tibia bata y también en brazos me llevó a la que era mi habitación. Volví a cerrar los ojos y me coloqué dándole la espalda. Edward estaba en el clóset, salió de él y con otra toalla secaba mi pelo. Me vistió con ropa de deporte y me dejó sola. Yo simplemente no pensaba, solo estaba ahí, acostada esperando que el tiempo pasara cuando lo escuché entrar de nuevo y ubicarse detrás de mi. Su mano acarició mis nalgas y yo no moví ni una parte de mi cuerpo. Siguió frotando su mano por mi trasero y mis piernas hasta que dijo con esa voz suave y tierna.

–¿Tienes hambre? ¿Quieres hacer algo en especial?

Ése no era el mismo Edward que me había follado un rato antes, no podía ser tan cambiante, tan opuesto al insensible que me había tomado sin consideración.

–Yo… – articulé como pude – yo quiero irme a casa.

***

Casi una hora después estaba en la puerta de mi apartamento, como una zombie abrí y sin girarme para despedirme porque no se lo merecía, empujé la puerta con el brazo, pero esta no se cerró. Algo la amortiguó y volteé la cara para ver qué coño era lo que le impedía cerrarse. Medio cuerpo de Edward era el motivo. Lo miré sin ningún tipo de emoción y al ver que entraba y cerraba detrás de si…

–¿Qué piensas que estás haciendo?

–Me gustaría que siguieras siendo respetuosa Isabella, no olvides cual es tu lugar y ya que preguntas… voy a quedarme esta noche a cuidarte.*

*

*

*
¡Nenas! Martes de actualización. Mil gracias a mi Beta maravillosa Isita María y a PattinSonWorld.
Besitoo
Li

martes, 5 de julio de 2011

CAPITULO 8

            "El hombre que satisface sexualmente a una mujer es su dueño; el que no, es su esclavo."
                                                                                                 Enrique Jardiel Poncela.


"Aquí estoy yo"



BELLA’S POV

“¡Vete de aquí! ¡No sirves!”


“Pero yo… me esforzaré”


“¡No! ¡No te quiero aquí! ¡Lárgate!”


“Yo sé que puedo hacerlo mejor”


“Es tu última oportunidad Isabella, vete de aquí”

Sollocé un poco entre sueños y me removí titiritando un poco de frío mientras esos lastimosos sueños se agolpaban en mi inconsciente y me causaban un nudo en el estómago del cual si era plenamente consciente. Escuché ruidos detrás de la puerta, fuertes y marcados pero continué en mi estado adormilado, agotada por todo el torrente de emociones por el que había atravesado horas antes.

Me cubrí un poco con la amplia falda del vestido pero no fue suficiente, estaba muy incómoda, tenía frío y sentía agarrotados todos los músculos de mi cuerpo. Estaba adolorida por haber pasado la noche en el suelo después que me corrió de su lado pero no me iba a ir a ninguna parte, yo no podía y… no quería irme. Estaba más que claro que él no me quería como su sumisa, a cada minuto me lo demostraba pero así también me dejaba ver que era un ser compasivo y estaba completamente segura de que sería un buen amo. Ya habían quedado disueltas todas mi dudas si es que alguna vez las llegué a tener. La otra tarde me había tratado con amabilidad y hasta podría decir que con ternura en la visita a la Dra. Conrad; estaba muy nerviosa y no porque ella le fuera a decir que yo no era virgen ya que desde luego él no podía esperar eso de quién con tanta insistencia le pedía ser su instructor y más que eso, su amo, su Señor. Él me tranquilizó mucho, me habló suavemente y hasta me abrazó haciendo sentirme menos nerviosa en la visita a la ginecóloga; todavía podía sentir su olor y el calor de su cuerpo, sus fuertes brazos…

Y la tarde anterior me había enviado al spa de su hotel para que me llenaran de tratamientos; también me depilaron, me hicieron el pedicure, manicure y aunque me rehusé hasta en enojo, las uñas de mis dedos de las manos y mis pies fueron pintadas de rojo sangre que no era un color feo, pero yo particularmente prefería algo más natural. Esa tarde extrañé a mis amigas, siempre íbamos juntas a consentirnos de vez en cuando a algún spa con algún tratamiento novedoso pero esta vez ni siquiera tuve la posibilidad de elegir nada, solo me subí al auto que ya me esperaba al salir de la agencia, con ‘Paul’ que parecía estar a cargo de mi y me llevó a una tarde que debía ser de chicas.

Al terminar con toda la ‘atención especial’ como amablemente dijo una de las muchas mujeres que me atendió, me entregó una gran caja. La abrí y encontré un vestido muy bello adentro junto con los accesorios que lo complementaban, sin una nota ni nada. Mientras me vestía no podía dejar de sentirme como la mujer de la película de King Kong que era preparada y vestida en un ritual para ofrecérsela a la bestia, que resultó después que si tenía corazón. ¿Mi bestia tendría uno?

‘Mi bestia’ más bien era una especie de ser bipolar. La mayoría de la veces parecía mantener su actitud fría y distante, luego parecía que ese témpano podría derretirse como creí estuvo a punto de hacerlo hacía dos noches cuando estuve a punto de tener un maravilloso orgasmo y podía decirlo con tal convicción porque la forma en la que me estaba llevando hacia el había sido… ¡Dios! Ni siquiera podía describirlo, pero me dejó en el límite, sin orgasmo y sin nada. Yo sentí su respiración agitada y su boca ansiosa sobre mis senos y sus manos en mi pero de pronto, él regresó a su frialdad y con una calma que casi me vuelve loca me envió a casa. Pasé una noche de perros, sin dormir, desesperada y acumulada. ¿Quién podría hacerlo tranquilamente con tanta hormona alborotada? A mi me las había dejado en el punto más álgido de actividad pero no solucionaría yo sola mi problema; había leído muchas novelas donde el amo le ordena a su sumisa no tocarse porque si no la castigaría y nunca, si la protagonista de la historia lo hacía, salía victoriosa. De algún modo él se enteraba y los azotes eran épicos. No, gracias, mejor no empezaría con el pie izquierdo, mejor le demostraría que yo tenía convicción para ser una buena sumisa y tal vez hasta me premiara terminando la labor que había dejado inconclusa.

Y la noche anterior sí que había recibido un premio, justo como me había dicho que me merecía por haber podido controlar mis nervios con la ginecóloga. Hecha un manojo de nervios me desnudé como me lo pidió; traté de no permitirme temblar pero no creía que hubiera tenido éxito. Aún así, desnuda frente a él, con los ojos vendados y el alma en un hilo lo toqué, torpe y cohibida pero decidida, lo besé en la ingle caliente y lo tomé en mis manos y sin pensarlo, me lo llevé a la boca. Él también me tocó, en los lugares justos para hacer desatar una explosión que no tuvo precedentes. Casi morí de placer al sentir su dedo poseerme con fuerza. Enloquecí y por espacio de un par de minutos el mundo hubiera podido derrumbarse a mis pies y no lo hubiera notado. Y sólo fue un dedo y sus labios en mi pecho… eso no había sido ni remotamente nada parecido a mis autocomplacencias y por supuesto nada parecido a algo que yo hubiera recordado vivir… nunca.

Quizá le estaba prestando un poquito de atención de más a todo el asunto de cómo me hacía sentir Edward Cullen pero era por la total falta de alguien en mi vida que se hubiera ocupado del ‘asunto’ con anterioridad, solamente era eso. No estaba enamorada ni mucho menos y tampoco planeaba estarlo, ni de él ni de nadie porque yo sólo pretendía tomar las cosas como él decía, sólo para fines prácticos, eso lo tenía muy claro. Escuché ruidos provenientes del otro lado de la puerta y traté de reincorporarme cuando estas se abrieron de golpe.

–Isabella.

Levanté mi mirada hacia él y se veía… estaba recién duchado y vestía casual, unos jeans azul oscuro y una camiseta, sin rastro alguno del hombre de negocios engreído y arrogante.

–Señor – me senté en suelo y traté de ponerme de pie cuando sentí una mano cerrarse alrededor de mi brazo y levantarme de un fuerte jalón haciendo que mi brazo doliera pero no me quejé; me arrastró por el pasillo, entramos a una habitación junto a la suya y me empujó hacia el baño. Estaba un poco asustada pero no quise demostrarlo, no debía ver debilidad en mi. Abrió la llave del agua y se giró para bajar la cremallera de mi vestido que con esfuerzo me había mal subido; no tardó en quitarme la ropa y sin más, me metió bajo el chorro de agua. Brinqué por el choque contra el helado torrente y cuando quise darme la vuelta para salir, él cerró la puerta.

–Es para que te enfríes un poco Isabella – dijo seco – y date prisa, te quiero en 10 minutos al pie de la escalera.

¡Estaba loco! ¿Cómo se le ocurría? Quise gritarle algo más que un par de cosas pero me contuve. ¿Qué diablos le sucedía? Regulé la temperatura y dejé de brincar en cuanto empezó a calentarse el agua. Encontré ahí mismo varios artículos de aseo, lavé mi pelo y me enjaboné el cuerpo tan rápido como pude para no demorarme. Mientras me secaba pensé que no tenía nada que ponerme salvo el vestido pero al salir a la habitación, una bata de seda negra estaba sobre la cama. Me la puse y bajé a toda prisa esperando no encontrarme a nadie en mi camino, llegué al pie de la escalera y esperé. Esperé y esperé moviéndome intranquila por lo que a mi me parecieron siglos.

–Llegaste tarde por 3 minutos – dijo con voz grave – y veo que no eres muy paciente que digamos. Ven.

Hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Subió las escaleras, caminó por el vestíbulo y por el largo pasillo; pude contar 7 puertas incluyendo la de su habitación. Abrió una a la mitad del corredor y entró conmigo detrás. Era un dormitorio muy bonito y alegre; tenía una gran cama con la ropa de cama en colores púrpuras así como toda la decoración; en las paredes de color lila había una gran colección de espejos de todos tamaños, por donde voltearas te podías ver reflejado en uno. Una puerta corrediza de cristal que asomaba a un balcón estaba oculta tras las cortinas; había dos puertas más, una frente a otra, él abrió la del lado derecho y entró. Fui detrás de él y al habituarme a la tenue luz, abrí los ojos tan grandes como pude ante la sorpresa.

–Este es mi cuarto.

Era lo que comúnmente se llamaba un ‘cuarto de juegos’ aunque no era tan común ya que lo miraba bien porque las paredes no eran rojas como se piensa que serían todas las de este tipo de habitaciones o negras, éstas eran púrpura y los muebles eran de color madera muy oscura. No había una gran cruz de San Andrés llena de tachas pegada a una pared aunque en su lugar, ésta estaba cubierta de espejos. Del techo colgaban unos ganchos y un columpio, muy parecido al que tenía de pequeña en el jardín de mi casa. Había también una mesa grande y 3 bancos de diferentes alturas estaban colocados juntos y detrás de éstos, un armario del mismo color de todos los muebles así como un chiffonnier al fondo y una cama con sábanas blancas. En la pared sobre la cama, una pintura de una mujer desnuda, sin cara le daba un toque extraño a la habitación.

Me giré y pude verlo observar mi reacción. Seguramente esperaba que saliera corriendo pero no lo haría. Lo miré también, me puse frente a él y bajé un poco la cabeza mirando al piso con las manos a mis costados. Tomó mi barbilla y la levantó para que lo mirara como esperando una señal y después de unos segundos bajé la mirada dándole la respuesta que buscaba.

–Anoche te pedí algo muy claramente Isabella – dijo caminando a mi alrededor – pero hoy me levanto y lo primero que veo al salir de mi habitación, es que no te marchaste y que además dormiste en el suelo.

–Lo siento Señor yo…

–¡Shh! – me calló levantando una mano – no sólo desobedeciste la orden que te dí sino que también descuidaste algo mío, lo maltrataste sin tener en cuenta que no te pertenece y eso no me tiene contento. ¿Tú que crees que deba hacer ahora? Habla.

Tragué en seco y apenas levanté la mirada para responder titubeante porque lo había decepcionado y eso era lo último que quería hacer. Con la voz débil respondí con lo que parecía más una pregunta que otra cosa – ¿Castigarme?

–Efectivamente. Ahora, como todo esto es nuevo para ti y te estás entregando a mi por voluntad propia, te dejaré escoger cómo quieres ser castigada. Ten en cuenta que esto es un privilegio de alguna manera, así que debes sentirte agradecida con tu maestro por ser benévolo contigo.

–Yo no sé… – dije indecisa – escoja usted por mi Señor.

–Si esperas que te dé un castigo suave déjame decirte que no lo hay, por eso son castigos Isabella y se pretende que con ellos se modifique una mala conducta o actitud, como la que has tenido y es mi intención cumplir con ese propósito.

Salió del cuarto y empecé a mirar por todos lados tratando de elegir algo que me fuera conocido y que de alguna forma no me tomara de sorpresa. Miré los ganchos colgados del techo y los descarté inmediatamente, el chiffonnier y el armario debían tener mil artilugios para eso pero en ese momento no podía pensar en uno solo que pudiera elegir. Entró de nuevo al cuarto y dejé de respirar.

–Quítate la bata y arrodíllate Isabella – dijo con voz fuerte pero tardé en reaccionar porque no estaba preparada para verlo con ese pantalón negro, descalzo y con el pecho desnudo. Segundos más tarde caí en cuenta de sus ordenes y me sentí algo cohibida. Ya me había visto desnuda antes pero así era diferente. Con timidez me quité la bata negra y la dejé sobre un banco. Sentí su mirada escudriñarme pero me obligué a seguir su requerimiento. Despacio, me arrodillé y crucé por instinto las manos sobre mi sexo.

–Me has dado el privilegio de escoger tu primer castigo y así lo he hecho. Voy a azotarte – dijo contundente – y tendrás que adivinar con qué objeto te disciplinaré, si fallas en uno, empezaré de cero y repetirás correctamente el nombre de cada uno de ellos. ¿De acuerdo?

–Si Señor – dije nerviosa mientras acercaba el banco mediano, sacó un pañuelo negro de uno de los cajones del chiffonnier y me vendó los ojos.

–Inclínate sobre él y ponte cómoda mi querida Isabella – hice lo que me indicó y me preparé para lo que fuera que él hubiera decidido para mi. Lo escuché abrir y cerrar más cajones y acercarse a mi de nuevo – dime si reconoces este objeto.

Me tensé. Apreté mis nalgas desde antes que me tocara con él. Pasaron segundos que se me hicieron eternos hasta que sentí en mis pantorrillas un objeto suave que hacía cosquillas, tenía como muchos hilos o flecos sueltos y largos que recorrían mi piel hasta mis muslos llegando a mis nalgas duras. Las esquivó llegando a mi espalda, estremeciéndome y arqueé mi cuerpo por las cosquillas que me daban. Acarició también mis hombros y mi cuello para volver a mi espalda; separó el objeto de mi piel y esperó mi respuesta.

–Es eso que tiene muchos flecos en un extremo, no sé exactamente como se llama – admití con la voz menos débil y algo tranquila porque solo me daría un azote con ese objeto de flequitos.

–Esto, es un látigo de castigos Isabella, apréndete bien su nombre – y de pronto sentí mi nalga derecha flamear de ardor. Abracé el banco y ahogué mi grito de sorpresa, jalé aire porque mi respiración se cortó ante ese primer impacto y llené mis pulmones recuperando el aliento. Él me dio tiempo para recuperar el ritmo de mi respiración y se acercó de nuevo a mi.

–¿Con qué estoy tocando tu piel ahora Isabella? – y lo que sentí fue algo duro pero liso, plano y frío. Esta vez fue hacia las plantas de mis pies y a mis muslos, por delante.

–Es una paleta de castigo, Señor – dije animada y segura de que solo recibiría el azote con la paleta.

–Bien Isabella, muy bien – un ruido provocado por el golpe seco de la paleta contra mi nalga izquierda, se escuchó tronar en el silencio del cuarto. Jadeé de dolor y de nuevo arqueé mi espalda mientras el calor que abrasaba mi nalga corría por toda ella. Esta vez estuve más alerta y pude mantener mi respiración a un ritmo lo suficientemente normal. Me dio tiempo para recuperarme y nuevamente sentí mi piel ser rozada con algo… áspero. Era duro y rasposo, seguro que lastimaba si lo rozaba con más fuerza. No tenía ni idea de qué pudiera ser. Repasé en mi mente varios pasajes de mis novelas y en ninguna se mencionaba algo parecido a ese objeto. Lo sentí en mis pantorrillas, en mis caderas y en mis brazos pero ni así se me ocurría que podría tratarse.

–No sé, no sé Señor – respondí en un susurro. Suspiró profundamente y dijo después de unos segundos.

–Esto, es un simple cepillo – dijo algo decepcionado – pero antes de que lo conozcas mejor tendrás que recordar los objetos anteriores y me dirás su nombre, fuerte y claro para que los tengas bien presentes a partir de hoy.

Sin perder tiempo, tomó el primer artículo y azotó con él mi nalga derecha pero en un sitio que no había tocado antes. Me tensé y jadeé sonoramente, me agité y quise tocarme para calmar mi dolor de alguna forma.

–Dilo Isabella, fuerte y claro – dijo enojado.

–Látigo de castigos, Señor – respondí rogando que mis ojos permanecieran bien cubiertos con el pañuelo y absorbieran mis lagrimas que no tardarían en salir. Sin perder nada de tiempo, la paleta golpeó mi nalga izquierda también en un lugar diferente. Esta vez no pude contener un gritito que de no haber estado aferrada al banco, hubiera sonado mucho más ‘fuerte y claro’. Mis nalgas ardían por los golpes, estaban calientes y latían. Gemí y me forcé a decir.

–Paleta de castigos – no había terminado de decirlo cuando estrelló el cepillo contra mi nalga derecha. Casi gruñí y de nuevo los jadeos acompañaron las contorsiones de mi espalda. Ahogué un sollozo y con la voz temblorosa dije – un simple cepillo.

Él bufó, soltó el cepillo y acto seguido sentí mis nalgas ser acariciadas por otro objeto. No podía pensar ya con cordura, mi mente estaba distraída con el dolor de mi trasero y no distinguía qué era ese objeto largo y delgado. No podía…

–¿Qué es esto Isabella? – preguntó sin diversión en su voz – si lo adivinas será el último que pruebes.

–¡Una fusta! – grité agitada y con la voz quebrada – espere Señor, un momento, por favor – pedí para recobrarme un poco y prepararme para el próximo golpe pero él no esperó y me fustigó con fuerza. Grité sin pena, adolorida y llorando. Inmediatamente me quitó el pañuelo de los ojos y sentí sus manos rodear mi cintura para levantarme pero yo estaba aferrada al banco. No quería moverme y estaba segura que no podría ponerme de pie.

–Suéltate Isabella – me ordenó y sus dedos arrancaron los míos de la madera oscura, me cargó y me llevó a la cama. Con cuidado me recostó sobre mi costado y se colocó junto a mi, abrazándome y acariciando mi pelo suavemente.

–En una relación de dominio y sumisión, todos los castigos tienen un propósito y una función Isabella – decía con una voz que en ese momento me sabía al terciopelo más suave y terso – y esa es la de recordar a la sumisa la naturaleza de su relación con su amo, es la manera más directa de hacerla sentir su poder sobre ella, y esto no implica en lo absoluto el herir su amor propio ni rebajar su autoestima. Esto no es personal mi pequeña y tampoco persigue ningún otro objetivo que no sea otro que el del encausamiento de tu conducta bajo mis normas, las mismas que has aceptado cumplir – suspiró – como tu amo y maestro, me complace que hayas aceptado tu castigo y lo hallas hecho con dignidad y respeto hacia mi.

Comencé a sentir algo caliente en mis nalgas pero ese calor no me lastimaba, era al contrario, el masaje era muy reconfortante y aliviaba mi dolorido trasero. Sollocé lo más en silencio que pude y sentí su aliento tibio en mi oído.

–Shh tranquila que ahora cuidaré de ti – me susurró.

Un olor a incienso llenó la habitación. Era la pomada que con mucha delicadeza frotaba en mis nalgas calmando el ardor. Tocó la punta de mi nariz y el olor se intensificó. Las lágrimas siguieron saliendo de mis ojos en silencio y abracé una almohada junto a mi mientras continuaba sintiendo sus suaves caricias en mis nalgas. Poco a poco me fui relajando y sumiéndome en la inconsciencia pero todavía podía escuchar su voz.

–Eso es, relájate – dijo al sentir mi cuerpo laxo – mi terca Isabella.

–Bella – susurré siendo lo último en decir antes de caer en un profundo sueño – es Bella…

                                                                           ***.

Cuando me desperté, me estiré con pereza y abrí la boca dando un grito no muy fuerte. ¡Me dolía todo! Los brazos, las piernas, la espalda pero sobre todo, me latía el trasero. Me senté con cuidado haciendo a un lado la manta que me cubría; estaba desnuda y empezaba a recordar todo. El castigo, los azotes, él… y como si lo hubiera invocado entró a la habitación y con una sonrisa pequeña quedó de pie junto a la cama.

–¿Cómo te sientes? – me preguntó tan naturalmente que me desubicó por un momento. Estiró un brazo y tomó la bata de seda negra que me puse esa mañana.

–Un poco adolorida pero estaré bien.

–Ahora ven conmigo – sostuvo abierta la bata para que me la pusiera y con cuidado salí de la cama – eso es.

–Gracias Señor – me dio su brazo para que lo tomara y casi me colgué de él para no perder el equilibrio.

–Hay algo que quiero mostrarte – dijo mientras íbamos por el pasillo hacia la habitación donde me di ‘una rápida ducha’ por la mañana. ¿Por la mañana? Miré hacia las ventanas y ya la tarde empezaba a caer – dormiste mucho, estabas cansada – me aclaró.

Se adelantó un paso y abrió las dos puertas de la habitación de par en par, haciéndose a un lado para que entrara. Me quedé a mitad de la hermosa pieza. Antes no pude fijarme por la prisa que tenía por estar a tiempo al pie de la escalera pero ya que veía todo sin prisas podía admirar lo bella que era. Demasiado grande para ser un dormitorio, ya que tenía hasta una pequeña salita con los sillones forrados en tela de un rojo muy suave, color fresa podría decir y una chimenea frente a ella. Las cortinas eran blancas y estaban combinadas con otras del vivo tono, así como la ropa de cama en los mismos colores formando un estampado muy alegre. Muchos cojines y almohadones descansaban sobre la cama que tenía a cada lado las mesitas de noche con sus respectivas lámparas. El cabecero era de madera y le daba un marco muy bello a toda la decoración.

–Es muy linda Señor – dije pasando la mirada por todos lados.

–Por aquí – dijo tomando mi mano y ese estremecimiento raro que corría por donde me tocara se dejó sentir de nuevo. Me guió a una puerta junto al baño y entramos. Era un vestidor lleno. Había de todo en él. Desde zapatos, carteras y accesorios para los muchos vestidos que colgaban en sus ganchos.

–Todo esto es tuyo, para que lo luzcas para mi – dijo serio – la habitación también es tuya, puedes cambiarla y redecorarla como gustes, siéntete libre de hacerlo sin preguntarme, es tu espacio y quiero que te sientas a gusto aquí así como en toda la casa.

El escuchar sus palabras fue como recibir un golpe en el estómago. ¿Había dicho que ésa era mi habitación? ¿No me quedaría con él? Él estudiaba mis expresiones y antes de otra cosa dijo con ese tono suave y calmado.

–La cena se servirá en una hora, puedes darte un baño y arreglarte con calma, te quiero preciosa para mi – se acercó y se detuvo antes de acercarse demasiado – por cierto, no uses nada rojo esta noche...

Me quedé en medio del vestidor confundida y rodeada de esa insultante cantidad de vestidos que se burlaban de mi, sintiéndome relegada. Eso no era de ninguna manera lo que yo había esperado que sucediera. No, eso no estaba para nada bien. Lo que debía pasar, era que yo me quedara con él y me hiciera el amor salvajemente durante toda la noche o jugáramos en su cuarto y yo estuviera feliz por aprender todo lo que quisiera enseñarme junto con un par de nalgadas juguetonas no como las de esa mañana, siempre trataría de portarme bien y complacerlo. Así era como deberían pasar las cosas, justo así.

Triste y enojada, fui hacia el baño y el chorro caliente me ayudó a relajar mis músculos tensionados. Escogí un vestido estilo griego y suelto porque no resistiría nada ajustado esa noche. Me arreglé sin mucho maquillaje y me puse un poquito del perfume que estaba sobre el tocador. 10 minutos antes de la hora, bajé y esperé al pie de la escalera.

–Simplemente hermosa – susurró en mi nuca y me estremecí – y puntual – sonrió. Tomó mi mano y me dio una vuelta para mirarme. Me llevó hasta el comedor que era muy hermoso y enorme y me ayudó a sentar. No dolió tanto como pensé. El se quedó de pie detrás de mi abriendo una botella de vino, la dejó respirar y sirvió un poco en mi copa para luego llenar la suya. Yo observaba sus movimientos y maldecía por dentro por su errónea decisión.

¬Una mujer regordeta y con cara amable sirvió la cena; me sonrió. Sobre la mesa dejó varias entradas de langosta y camarones con diferente tipos de lechuga y aderezo. No me había dado cuenta que sería mi primer alimento del día hasta que mi estómago hizo un ruido vergonzoso.

–Lo siento – murmuré sintiendo mi rostro encenderse de pena.

–No tienes porqué Isabella, es comprensible que tengas hambre – dijo rozando mi mejilla con el dorso de su mano – come por favor, lo necesitas.

Sonreí antes de atacar los platos y no sabía si era mi hambre o de verdad estaban deliciosos pero comía con un entusiasmo feroz. Comenzó a escucharse una música calmada y la plática se tornó en una serie de preguntas sobre mis gustos musicales. Era bastante extraña la forma en la que se comportaba durante la cena, parecía que dejaba a un lado su coraza y realmente disfrutaba del momento, de la comida, de la compañía, como si fuera algo especial para él.

–Háblame de tu padre Isabella – me pidió de pronto y dudé un poco.

–Él es una buena persona – reconocí – es un gran papá. Aunque me dolió mucho que me dejara en el internado, sé que fue lo mejor que podía hacer con una hija de 13 años y viudo. Se preocupó de encontrar un buen lugar en el que cuidaran de mi y recibiera una buena educación mientras él se dedicaba a su empresa, lo mantiene ocupado todo el tiempo, está cien por ciento dedicado a ella, es su vida.

–Así como lo eres tú ¿No?

Asentí y luego rectifiqué – si Señor.

–¿Y una empresa de qué?

–De acero, Señor – dije en un murmullo. Él se me quedó mirando serio.

–¿Tú eres hija de Charles Swan?

–Si señor – él asintió y continuamos cenando. Diablos, sólo esperaba que no me rechazara otra vez; él sabía ya quién era mi padre y tal vez no le hiciera nada de gracia tener como su pupila a la hija de un importante y reconocido empresario, pero ése era mi padre, el que había dejado el alma trabajando y haciendo crecer su empresa hasta un punto ridículo. Todo ése mundo empresarial no era yo, no significaba nada para mi más que el único motivo que hizo que creciera alejada de mi padre, nada más.

Terminamos de cenar y me guió a un salón que no tenía la formalidad para ser el principal de esa enorme mansión, tenía muchas repisas llenas de libros y me acerqué mientras él se servía una copa de brandy. Los libros eran de arquitectura y había muchos más de lugares exóticos y viajes. Me estaba arriesgando a hacer algo que tal vez no le gustara pero él sólo me miraba llevándose la copa a los labios, sin expresión en el rostro sólo estudiando mis movimientos como un felino observando a su presa. Tomé un libro de la India y me giré hacia él.

–¿Puedo Señor? – le pregunté teniendo en cuenta que quería que me sintiera a gusto en su casa. Él asintió y me mordí la lengua para no decirle ‘cuando te pregunto algo quiero que respondas’ eso era tentar al diablo y mi trasero no podría soportar otra sesión de reconocimiento de objetos básicos para los castigos.

Se acomodó en uno de los suaves sofás de cuero marrón y palmeó el espacio junto a él. Me senté junto a él con el libro en mi regazo y me lo quitó para ponerlo del otro lado de su cuerpo.

–Hoy te castigué Isabella – dijo pasando su brazo por mis hombros – y no espero que entiendas al primer par de azotes el verdadero significado del placer que todo esto encierra, sólo quiero que tengas muy claro que el poder es mío y que las decisiones las tomo yo.

–Me queda claro Señor – respondí respetuosa y sentí mi brazo erizarse al contacto de sus dedos. Mi cuerpo comenzó a reaccionar con esa pequeña caricia y sabía que no tardaría mucho en darse cuenta del poder que ya ejercía en mi. Acariciaba mi brazo y ocasionalmente mi espalda parcialmente desnuda provocando que por todo mi cuerpo corriera una especie de corriente que alcanzaba hasta las zonas más impensables. Él parecía tan tranquilo, controlado, como si dominara cada expresión y reacción de su propio cuerpo y eso lo hacía ante mis ojos mi más acertada elección.

–La honestidad y la confianza deben ser algo primordial en esto, me agrada que lo entiendas porque de eso dependerá una buena relación; debes confiar plenamente en mi Isabella.

–Yo confío en usted.

–Entonces – su aliento caliente rozaba mi cuello – dime cuanto tiempo ha pasado desde que tuviste sexo por última vez.

Mi rostro giró y mis ojos se clavaron en los suyos. No vi venir esa pregunta, no tan pronto ni tan de sorpresa. Me separé un poco de él y mis manos sudaban enrollándose nerviosas en mi regazo. Él tenía razón, él debía saber todo de mi pero estaba consciente que de mi respuesta dependía el futuro de mi recién iniciada relación con Edward Cullen y no había posibilidad de disfrazarlo porque tarde o temprano se enteraría, no tenía opción.

–Porque para alguien que ha tenido relaciones desde muy pequeña pareces un poco fuera de práctica ¿No lo crees? – me lanzó con ironía y yo sentí que la sangre abandonaba mi rostro. Su brazo me atrajo de nuevo a él y me paralicé.

–Creo que no he sido lo suficientemente claro Isabella – dijo después de darme tiempo de sobra para responder – si no puedes con una simple pregunta que no veo porqué te cuesta tanto contestar, ¿Cómo puedo esperar que tengas el temple para esto?

Con fuerza, tomó mi cara con su mano libre y la giró hacia él buscando mi boca. Sus labios juguetearon un poco alrededor de los míos dejando besos que no tenían nada de inocentes, eran atrevidos, incitadores y calientes. Gemí sorprendida pero no me moví, al contrario, giré mi cuerpo para darle mayor acceso a mi boca, a mi o a lo que quisiera tomar. Mi cuello comenzó a ser acariciado con movimientos circulares de sus dedos que encendían esa mecha que instantáneamente me hacia perder todo contacto con la realidad y de pronto sus labios se movían sobre los míos buscando el acceso que no le negué. Quería sentir su lengua apoderarse de la mía, que la dominara y regara su dulce sabor pero fue mucho más que sólo eso. Fue una demostración de poder, de mando al que respondía con una facilidad extrema. No era incómodo ni difícil, me resultaba realmente delirante entregarme a su voluntad. Me recostó sobre el sofá, empujándome con su cuerpo y colocándose encima de mi. Yo respiraba por la boca y mi pecho subía y bajaba. De pronto se detuvo y quedó rozando mi cuello con sus labios. Se reincorporó, se puso de pie y se alejó del sofá pasándose la mano por el desordenado cabello.

–Sube a tu habitación Isabella, es tarde ya – me ordenó. Me senté e hice un esfuerzo por recuperarme del arrebatado momento y enfadada por ser rechazada de nuevo y porque no podía hacer otra cosa más que obedecerlo me dirigí a la puerta. Me di media vuelta y dije en un murmullo.

–Siete años… casi siete años, Señor.

Edward no se movió y ya que me daba la espalda no pude ver su reacción pero algo me decía que no era nada bueno su silencio. Permaneció mirando por la ventana las luces alejadas de la ciudad con la copa de brandy en la mano. Cerré la puerta tras de mi y subí corriendo las escaleras hasta llegar a la habitación que había designado como mía. Me desvestí y me puse un camisón azul muy pequeño, como todos los que había ahí y sus respectivas bragas; me lavé la cara, me cepillé los dientes; quité la infinidad de cojines y almohadones sobre la cama y me hundí bajo el gordo edredón de flores color fresa. No quería pensar en nada; traté de poner mi mente en blanco y relajarme para poder descansar, sólo quería dormir y nada más.

Estaba ya casi dormida, me encontraba justo en ese punto donde ya no distingues si lo que vives es la realidad o un sueño y los sonidos se escuchan muy pero muy lejanos; mi cuerpo ya no pesaba ni mi trasero dolía y me sentía en paz. En ese estado de ensueño, sin desearlo reviví cada segundo desde que me levantó del suelo y me metió a la regadera esa mañana, los azotes, cada palabra suya y después cómo había cuidado de mi, sus suaves palabras como el terciopelo, sus manos sanando mis rojas y sensibles nalgas, emanando su calor, aliviándome.

Era todo tan real, como cuando se sueña en 3D y en High Definition, hasta se pueden sentir los olores y casi hasta los sabores pueden también paladearse en la boca. Sus grandes manos moviéndose en círculos en mi piel pero ya no calmándome sino encendiéndome y haciéndome arquear mi cuerpo para sentir aún más esa fricción que primero estuvo en mis nalgas y después subió a mis senos. Si, era una sensación incomparable la que me provocaba Edward, me hacía gemir sin pudor y retorcerme como poseída buscando su contacto. No quería despertarme…

“¡Tócame!” le pedía en mi sueño, “Más.”

Mi cuerpo giró sobre la cama y jadeé al sentir que mi pezón era atrapado por su boca tibia y húmeda. ¡Oh Dios! ¡Que bien se sentía eso! Sus labios alongando mi duro pezón y un gritito salió de mi garganta al sentir que su mano se abría paso entre mis empapados pliegues. Invadió mi centro y jugó con mi clítoris tocándolo repetidas veces y muy rápido para después recolectar mi humedad e introducir un dedo en mi, o dos…

–Así Bella, acabemos con siete años de maldición.

Al escucharlo tan real parpadeé para abrir bien los ojos y pude ver su silueta sobre mi, moviéndose sobre mi pecho al devorar mis senos y sentirlo jugando entre mis piernas. Me moví levantando mi pelvis y él murmuró entre mis senos…

–Si, muévete así.

Tenía que buscar esa fricción mágica que ya conocía y me gustaba que no me pidiera que me quedara quieta, de todos modos no podría, la necesitaba para explotar de una vez y apagar el fuego que me calcinaba por dentro. Se movió tirando el edredón al piso y despacio, se colocó sobre mí, acomodándose entre mis piernas, tomando una de ellas enrollándola en su cintura y entonces pude sentirlo, duro, grande, vibrante… nunca abandonó mis senos, los mordía y succionaba con fuerza, con algo de rudeza tal vez pero era una sensación exquisita que hasta con ellos quisiera dejar claro que él tenía el control.

Jaló uno, fuerte entre sus dientes, lo estiró y de pronto me mordió junto al pezón. Grité de dolor y al repetir la misma acción, sentí que se clavaba en mi, como si me enterrara una antorcha encendida que me penetró hasta lo más profundo y se quedó ahí, sin moverse, esperando a que el aire regresara a mis pulmones y pudiera seguir con la invasión a mi cuerpo.

–Va a pasar, va a pasar – susurró con dificultad y cuando empecé a relajar mi pelvis y mis músculos, Edward comenzó a moverse lentamente dentro de mi. El dolor no era como recordaba, era peor, era abrasante por las llamas de deseo creciente en mi interior y que creí que nunca llegaría a sentir; eso que tanto ansié experimentar por fin lo estaba viviendo y era tan diferente a lo de antes… que me fue imposible no notar que esta vez no me sentía sucia, no era desagradable, no me asqueaba y no me urgía que saliera de mi, quería que permaneciera ahí conmigo, anidado en mi cuerpo, adentro, mío. Un instinto de posesión fue revelándose en mi y apreté mis paredes para mantenerlo en mi.

–Ahh – gimió y con cuidado fue saliendo de mi, jadeé por el abandono pero regresó con fuerza y grité por sentirlo en mi de nuevo. Salió y entró de mi cuerpo muchas veces, haciendo crecer un abismo que atraía todo órgano, venas y huesos de mi. Era muy intensa esa sensación, me daba miedo porque era tan avasallante que sentía que me tragaría entera. El abismo creció y creció hasta hacerme llegar a un punto del desmayo cuando exploté. Me partí en mil pedazos y me iluminé de mil colores pero Edward solo se detuvo un momento en su afrenta hacia mi, sus intromisiones se hicieron más rápidas y con más vigor. Estaba muy agitado enterrándose en mi cuando otro orgasmo reventó en mi cuerpo junto con el suyo. Se dejó caer a un lado de mi, agotado al igual que yo. Un par de lágrimas corrieron hacia mis sienes pero no me pude mover para limpiarlas, sólo mi pecho se movía por el esfuerzo de respirar.

A nuestro alrededor todo se detuvo, éramos dos seres inanimados acostados uno junto al otro, respirando y parpadeando nada más y en esa posición, pasamos un par de minutos sumidos en un silencio total hasta que se puso de pie y se dirigió a la puerta.

–El desayuno se servirá a las 9 en la terraza… *

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Mil Gracias a Isita María por su excelente trabajo y a PattinsonWorld por reírse conmigo. Nos vemos muy pronto.
Besitoo
Li
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