lunes, 6 de junio de 2011

CAPITULO 5



Decidida.


Señor… yo… – titubeé y me mordí el labio, bajé la cabeza cerrando los ojos, pero después me obligué a abrirlos para mirarlo directamente, alzando la barbilla para darme el valor que necesitaba ; él no se movía, esperaba por lo que le iba a decir.

–Yo… mi nombre… – respiré muy profundo y proseguí – me llamo Isabella Swan y… y yo quisiera ser…

–Lo siento señorita… Isabella Swan – me cortó con tranquilidad mientras se acercaba lentamente hacia mí, – pero mi área de recursos humanos es la que se encarga de reclutar el personal para mis empresas.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo erizando mi piel al escuchar su voz. Como una estatua, firme, inmóvil, sin expresión en el rostro, permanecí frente a él sin decir nada, solo sentía como mi sangre corría por mis venas a una velocidad vertiginosa.

Señor yo… no – balbuceé en un intento pobre por articular mis ideas – no es eso…

Bajé la mirada y él, con una calma imperturbable, caminaba a mi alrededor continuando con su análisis. Con cada paso que daba me cercaba como un predador; me sentía acorralada, tomada por sorpresa, cautiva.

–¿Si no es eso qué podría ser entonces? – preguntó amable, pero la fuerza de su personalidad no podía dejar de imprimir el tono poderoso e intimidante a sus palabras y me hizo sentir pequeña.

Me esforcé para controlar mi mente traicionera que alteraba tanto mis nervios como mis ideas. No podía permitir que él causara tal efecto en mi como para no hacer lo que tenía planeado, tenía que decir lo que tenía atorado en la garganta. Tenía que decirlo. Lo necesitaba.

–Yo Señor… – mis nervios débiles me traicionaron y mi boca no pudo manifestar mis ideas. Bajé la mirada como si fuera a confesar un delito y que solo con esa la acción aceptara mi culpa. Y es que así me sentía, culpable por dejarme amedrentar por su presencia.

–¿Le sucede algo señorita? – murmuró a mi oído – ¿Puedo ayudarla en algo?

–Lo siento – levanté la vista y lo miré – lo siento mucho… – volví a mirar al suelo, a punto del sollozo y con la vergüenza perfectamente reflejada en mi rostro ruborizado, me di media vuelta y comencé a avanzar hacia la puerta de la sala lamentando con cada paso mi arrepentimiento.

–Creí que tendrías carácter – alzó la voz – que serías más valiente.

Me detuve en seco y sus palabras surtieron su efecto. Si algo no toleraba era que alguien me llamara cobarde y miedosa y eso era exactamente lo que Edward Cullen acababa de llamarme. Si unos instantes antes estaba apenada y avergonzada esos sentimientos se habían esfumado y la indignación y una rabia enorme tomaron su lugar. Giré hacia él lentamente y con una tímida y frágil actitud hablé en voz baja y débil aunque mi interior gritaba en un tono muy diferente.

–Créame que de no serlo, no le estaría pidiendo que me tomara como su devota sumisa pero afortunadamente también soy inteligente y puedo darme cuenta que no soy el tipo de persona indicada para tales prácticas aunque lo desee con todas mis fuerzas; sé que sería un gran error. Disculpe mi atrevimiento, que tenga una buena tarde Señor Cullen.

Un denso silencio llenó el salón de trofeos. Estaba en shock por la sorpresa de haberle dicho exactamente lo que pensaba después de provocarme de aquel modo, pero era verdad. No me sentía capaz de lidiar con ese gigante que ahora frente a mí, analizaba cada reacción, cada parpadeo y cada respiro con esa mirada inquietante que parecía adivinar con absoluta precisión hasta mis más inciertos movimientos.

–¿Estás consciente de lo que me estás pidiendo? – lo miré frunciendo el ceño, su pregunta me resultaba insultante, ahora pensaba que era idiota.

–¿Cuántos años tienes señorita Swan? – su sedosa voz pronunció cada palabra con un tono que no intentaba ocultar su diversión.

–Hubiera importado si se hubiera celebrado algún acuerdo entre nosotros, Señor – dije intentando mantener mi ecuanimidad.

–No. Parece que no tienes ni la menor idea de qué es lo que quieres – concluyó dando un paso, quedando muy cerca de mi.

Con extrema lentitud, colocó su dedo índice bajo mi barbilla y levantó mi rostro para mirarme directamente a los ojos. Su contacto me hizo reaccionar después de unos momentos en los cuales la profundidad de sus verdes ojos me traspasó y mi corazón brincó. Di un paso hacia atrás alejándome, tenía que salir de ahí. Giré y él no hizo ningún intento por impedirlo. Rogué porque mi cuerpo no delatara lo débil que me sentía y me pudiera llevar lejos de ahí.

                                                                            ***.

Sumergida entre las sábanas de mi cama recordaba el indignante episodio. ¿Cómo pude siquiera pensar en atreverme a decirlo? Sentía mucha vergüenza. Había pisoteado yo misma la dignidad que tanto me costó sanar. Pero lo había dicho y lo hecho, hecho estaba.

Me dolía, porque seguramente él se estaría riendo de mí en estos momentos recordándome toda ruborizada, toda nerviosa, incapaz de hablar. O tal vez ni se acordara del incidente porque chicas como yo, se le debían de arrojar por montones todos los días, justo como estuve a punto de hacer, porque aunque se lo haya llegado a mencionar, afortunadamente ya no iba dirigido con el mismo sentido. De eso no me arrepentía, por el contrario, era de lo único de lo que podía sentirme orgullosa, de haber sabido retirarme a tiempo ¿Pero lo habría él captado de ese modo?


“Ah, Isabella, no busques excusas tontas. Lo dijiste y él te escuchó. El sentido con el que lo hayas dicho no tiene la menor importancia, lo que importa aquí, es como lo haya entendido él…”

Me cubrí la cabeza y me quedé estática por casi una hora más; apenas parpadeaba y mi respiración era suave y acompasada. Mi teléfono sonó por milésima vez pero tampoco me moví. Sabía que eran las chicas, estaban preocupadas por la forma en que las hice salir del club esa tarde…

Haciendo un colosal esfuerzo, logré llegar a la carpa donde se realizaba el almuerzo. Mis amigas se encontraban encantadas compartiendo con los chicos del club y discretamente, conteniendo las lágrimas, les avisé que venía a casa.

–¿Qué pasa Bella? – Alice me veía preocupada.

–No me siento muy bien, me voy a casa – respondí sin expresión en el rostro.

–¿Qué te sucede? – Rose me preguntó.

–Creo que me va dar gripe, me duele la cabeza, quiero irme.

–Si, si, vámonos.

–No Ally, ustedes quédense, yo puedo llegar muy bien sola – aseguré.

–Ni lo digas, nos vamos contigo – nos despedimos de los chicos y en menos de media hora ya estábamos en mi casa; Rose me preparó un té y Alice me ayudó a ponerme la pijama de Hello Kitty. Se quedaron conmigo un par de horas y aunque me quejé y les insistí en que no era necesario, no se movieron hasta que se cercioraron que me encontraba bien y que me podían dejar sola.

Contesté mi teléfono un rato después porque si no lo hacía, ese par se personificaría en mi casa y no me podría deshacer de ellas por lo que restaba del fin de semana y como lo único que quería era estar sola, les dije de la forma más convincente que pude, que me encontraba bien y que sólo quería dormir, pero que si las necesitaba no dudaría en llamarlas. Quizás no me creyeron, pero al menos me dejaron en paz.

A media madrugada no podía dormir. Me levanté y le di un par de tragos a esa medicina para la gripe que te hacía dormir y volví a la cama. Era fatal sentirse así. Por un lado estaba muy feliz por haberme defendido con mi tono suave y sumiso intentando dejar en claro que no era ninguna tonta y, por otro lado, estaba muy triste y decepcionada porque al final, estaba en las mismas, sola.

Esa soledad me ayudó a convencerme que lo mejor que podía hacer, era seguir con mi vida, pero con la mejor y más optimista actitud. El domingo a medio día, dejé de lamentarme y me puse a limpiar mi apartamento. Quedó reluciente; también seleccioné la ropa que debía llevar a la tintorería y la que podía lavar en casa, salía de la lavadora y la doblaba en ese instante. Revisé mi despensa e hice mi lista del supermercado al cual fui por la tarde y al volver acomodé todo con una obsesión enferma, como en la película de Julia Roberts y el marido posesivo. Cuando ya todo estaba limpio y guardado, me recosté en la cama y llamé a mi padre.

Ese fue mi impulso más grande para no tirarme a llorar y deprimirme, el escucharlo feliz y enamorado. Carmen había logrado hacer que papá se desprendiera un poco de los negocios de la empresa y hasta lo había convencido de tomarse unas vacaciones. Eso si que no lo podía creer.

–¿Puedes creer Bella que tu padre no quiere tomarse más de 5 días de vacaciones? Ya le dije que son muy pocos y que no nos alcanzarán para nada, pero bueno – suspiró – me resigno y me conformo, 5 días son mejores que nada ¿Verdad cariño?

–Carmen, créeme que haz logrado lo que nadie pudo antes, te felicito de corazón y para la próxima vez que lo sonsaques, tráelo a visitarme, me encantaría tenerlos aquí.

–Será mi próximo objetivo, tú no te preocupes que yo me encargo de llevártelo, además cada día se pone menos difícil, así que espero darte buenas noticias pronto.

¡Vaya! Carmen de verdad que se había convertido en una bendición, tanto para mi padre por distraerlo de su obsesión por el trabajo, como para mí, al saber que había alguien preocupándose por él y que por fin se había dado otra vez la oportunidad de ser feliz.

                                                                               ***.

El lunes por la mañana me dirigía a la agencia cargada de energía positiva. No iba a negar que lo ocurrido el sábado no había sido duro para mi pero también reconocía que al final, por doloroso que hubiera sido, había sacado lo mejor de mi.

Al llegar, Jane me recibió con una dona y café, mi primer alimento sólido desde el sábado. No lo había notado hasta que mi estómago rugió hambriento. Desayunamos tranquilas y antes que me preguntara por mi fin de semana, entró Olivia con una carga monumental de trabajo. Una cadena pequeña de comida rápida necesitaba una nueva imagen y si les gustaba, contrataban a la agencia por 3 años para manejarles toda su publicidad. Olivia nos había dado una responsabilidad muy grande y no pensábamos desperdiciarla.

Entre restos de café, donas y del humor de perros de Jane que más bien se debían a su nerviosismo ya que en pocos días les darían el fallo del crédito que solicitaron para su apartamento, comenzamos a trabajar. Durante toda la semana estuvimos concentradísimas en el nuevo proyecto. Una vez más comprobamos que hacíamos un equipo muy bueno desarrollando nuestras ideas y plasmándolas a la perfección. Trabajamos muy fuerte en eso y al llegar el viernes ya casi teníamos listo todo. Estaba muy satisfecha con nuestro trabajo, así que cuando me llamaron las chicas, decidí aceptar su invitación para salir por ahí a tomar algo. Iba a necesitar distracción teniendo frente a mí un largo fin de semana. Debía ocupar mi mente que seguramente sin nada qué hacer, me haría recordar el penoso incidente. “Fuerza Bella, tú puedes” me repetí eso como un mantra desde ese momento.

Subí a mi auto al salir de la agencia y me fijé que aún era temprano; me alcanzaba el tiempo para darme una vuelta por Westfield London. Si. Eso necesitaba, comprar, era buena terapia y me haría concentrarme en otra cosa que no fueran esos ojos verdes y esa suave voz que me retaba. A mí me gustaba ir de compras y lo disfrutaba más cuando iba sola que cuando Alice me acompañaba. La adoraba pero apenas ponía un pie en un centro comercial, se transformaba, era algo así como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Una vez que estuve ahí, fui directamente a Zara y me topé con dos blusas muy lindas que pagué sin pensar. Al salir mis ojos se clavaron en un hermoso juego de lencería en Intimissimi y entré como hipnotizada. Era de un encaje muy fino, transparente y muy atrevido. Me lo estrenaría esa misma noche con una de mis blusas.

Ya en mi auto conducía a casa con algo de prisa; me había tardado en el centro comercial y si no me apuraba tendría a Alice gritando improperios para que estuviera lista, siempre era lo mismo, me tomaba mi tiempo para arreglarme con calma, pero ella no lo comprendía. Cuando ya solo me faltaba ponerme los aretes, tocaron el timbre, como invocadas…

–¡Vaya Bellita! – Rose caminaba a mi alrededor inspeccionándome – me gusta tu falda.

–Y con esos zapatos te ves muy sexy.

–Gracias Alice ¿Nos tomamos un shot de tequila antes de irnos? – sonreí malévolamente.

No tuve que decirlo dos veces; Rose sacó los tres únicos caballitos de mi alacena y rápido los llenó de tequila, Alice cortó un limón en tres partes y yo saqué la sal. Fue bueno ese trago para entrar en calor; llegamos al Chapel Bar, nos acomodamos y pedimos margaritas para no mezclar otra cosa con el tequila.

–¡Hoola! – un chico muy guapo se acercó a nosotras saludando muy efusivo como si nos conociera.

–¡Hoolaa! – le respondieron Alice y Rosalie batiendo muy sexy sus pestañas.

–Que bien que decidieron pasar por aquí, ¿Cómo están? – nos dio un beso en la mejilla y yo seguía sin saber quien era.

–¿Sigues mejor de tu gripe? – me preguntó amable y caí en cuenta… el club de polo. ¿Cómo no pude darme cuenta del tipo de pub que era? En las paredes de madera habían enmarcadas camisas de varios equipos, palos y algunas fotografías de jugadores y de caballos.

–Oh si, gracias por preguntar – le sonreí sincera y de pronto estábamos rodeadas por varios chicos más que nos saludaron del mismo modo. Todos eran muy simpáticos y yo me estaba divirtiendo mucho con sus ocurrencias además que me sentía a gusto con ellos.

–¿Por qué no me dijeron que nos encontraríamos con estos chicos? – les pregunté cuando estábamos en el baño.

–¿No te dijimos? – A Rose le salía muy mal hacerse la desentendida.

–No, pero no veo porqué, me estoy pasando un muy buen rato y además son unos chicos tan simpáticos… a menos que no me quisieran decir porque…

–No hay nada de malo, lo juro Bella – dijo Alice apresurada – Jasper está fuera de la ciudad y ya que no tenemos nada más que una amistad no tendría porqué molestarse ¿O si?

–Y Emmett, pues bueno… está enojado porque fui al club de polo la semana pasada – confesó Rose.

–¿Entonces qué diablos haces aquí Rosalie? ¿A la primera de cambios haces tu berrinche y te vienes a divertir justamente con quienes menos debes?… Él te quiere Rose, por si no lo has notado – dije molesta porque estaba actuando tan infantil.

–Y tú Alice casi puedo jurar que estás en las mismas, no puedo creerlo, parece que no han aprendido nada – salí del baño muy disgustada y regresé con los chicos, ellos no se tenían la culpa de que ese par los estuviera utilizando y además, eran tan educados y amables que era difícil que no te agradaran.

Alice y Rose salieron detrás de mí y ya no las veía tan animadas como antes. Eran unas tontas. ¿Cómo podían pelearse con quienes las querían mucho? Yo envidiando que alguna vez alguien me celara así y ellas pateando su suerte. Era increíble, nadie estaba nunca conforme con lo que tenía, era un hecho.

–Hola – una voz grave me dijo detrás de mi – nunca te había visto por aquí antes – despacio me giré y le sonreí al hombre alto y bronceado frente a mi.

–Hola, no – parpadeé varias veces – es mi primera vez – dije suavemente.

–Ah, entonces permíteme hacer que sea la más importante e inolvidable – su perfecta sonrisa destelló por unos instantes y me ruboricé al comprender el sentido de sus palabras.

–Soy Max, Max Benett – se acercó a mi y me dio un beso en la mejilla.

–Bella Swan – dije mi nombre cuando se separó de mi.

–Bella… no sabes cuanto me alegro de que este humilde lugar reciba la visita de mujeres cada vez más hermosas – era todo un conquistador, pero muy guapo.

–Gracias Max, eres muy amable.

–No Bella, soy honesto y muy realista – de nuevo su sonrisa iluminó su rostro bronceado – y dime, como es que llegaste por aquí.

–Bueno, conocimos a los chicos el sábado pasado en el juego a beneficio – miré hacia ellos que seguían platicando con las chicas.

–Ah, ¿Entonces me viste jugar?

–¿Tú jugaste? – abrí los ojos muy grandes por la sorpresa.

–Si – bajó la cabeza – perdimos, pero no importa, fue por una buena causa – me caía muy bien este chico - ¿Y qué te pareció el partido?

–La verdad, no sé mucho de polo, más bien no sé nada – admití apenada.

–Pues eso podemos remediarlo Bella, el día que quieras yo te enseño cómo se juega – el mesero llegó con otra margarita para mí y un vaso para él – me tomé la libertad de pedirte otro pero no te sientas obligada a tomarlo.

¿Podía alguien ser más amable? ¿Y lindo? ¿Y atento? ¿Y guapo?

Bueno, la cuarta opción estaba sujeta a discusión, las demás, las ganaba Max con los ojos cerrados. Platicamos un buen rato más y me contó su vida un poco resumida. Estudió derecho en Cambridge, trabajaba en una firma de abogados que no era la de su familia por lo cual estaban muy disgustados con él, vivía solo, no tenía novia, amaba a los perros y tenía un labrador color chocolate llamado ‘Boss’. Le gustaba mucho cocinar, jugar polo obviamente, ir al cine y leer.

Yo también le conté de mi. Que era de los Estados Unidos, de San Francisco para ser exactas, del internado, de lo que había estudiado, de mi trabajo, de mi obsesión por leer todo lo romántico que cayera en mis manos, no confesé de mis novelas eróticas por supuesto, que me gustaban los Smarties, los chocolates y... eso fue todo, no dije más.

–Con que tenemos a una romántica empedernida ¿Eh? – dijo muy cerca de mi oído – es muy bueno saberlo.

–¿Y como para qué? – pregunté coqueta.

–¡Bella!, no pretenderás que revele mis estrategias ¿Verdad? Debo mantenerlas en secreto – me susurró divertido y seguimos platicando y bromeando. Era tan perfecto. Tal vez en el cielo me estuvieran haciendo justicia y me habían enviado a Max para borrar por completo de mi mente y de una vez por todas al arrogante ese que había arruinado mis planes. Max era el indicado para eso y yo pondría todo de mi parte para lograr que así fuera.

Me disculpé con Max para ir de nuevo al baño. No les pregunté ni a Alice ni a Rose si me acompañaban porque estaban muy divertidas con los chicos, otra vez. Al salir, rodeé un pasillo lleno de gente para llegar a mi lugar.

–Vaya, veo que es muy perseverante y sigue buscando un buen amo – ¡Esa maldita voz! – eso habla muy bien de usted señorita Swan.

Me quedé congelada al escucharlo con su tono lleno de ironía y burla, pero no le iba a dar la oportunidad de que me hiciera sentir minúscula otra vez.

–Bueno, el mercado está escaso, solamente encuentro candidatos mediocres, Señor – bajé la mirada con una conducta sumisa. Lo escuché reír.

–No me extraña que diga usted eso, su acompañante no es precisamente lo que usted está buscando – dijo con arrogancia, como siempre.

–No sé porqué lo dice Señor – moría de ganas de levantar la mirada, pero algo dentro de mí se resistía a hacerlo.

–Porque yo sé muy bien lo que usted necesita – afirmó con esa voz que estaba haciendo temblar mis rodillas – y con mucho gusto se lo demostraré.

Eso era todo lo que necesitaba escuchar para salir huyendo de ahí. Si. Muy dentro de mí el deseo por vivir esa experiencia seguía más vivo que nunca, pero también estaba segura y muy consciente de que él era la última persona a quién debía tomar en cuenta para realizarla. Era engreído, arrogante y sabía que para él solo sería un juego de una noche, nunca me consideraría para algo serio, para una relación real de amo y sumisa. Él me haría daño y me humillaría cuanto pudiera. No. No era él lo que yo necesitaba y ciertamente estaba muy equivocado si pensaba que aceptaría de buena gana su ‘demostración’.

–Es usted muy amable Señor – dije con mi vocecita y mi mirada baja – pero no puedo aceptar su propuesta, si usted me lo permite, debo regresar… – dejé la opción en el aire.

–No pierdas tu tiempo y ven conmigo – ordenó y con sólo oír el tono de su voz, mi cuerpo se tensó por la corriente que lo atravesaba. Era hora de dejarle en claro que no sería él ante quien me rendiría, aunque mi cuerpo quisiera lo contrario.

–Lo siento, debo irme – asentí y me giré para volver con Max. No sabía cómo pude caminar alejándome de él y de su poderoso cuerpo que me atraía como un imán. Tenía que reconocer que ese magnetismo era más fuerte que yo, pero no estaba dispuesta a ser tomada como un juego. Si iba a entregarme a la sumisión, necesitaba la seguridad que mi amo me debía prodigar, tenía que sentirme por lo menos con algo de confianza y con él sólo sentía una incertidumbre que me gritaba que caminara lo más lejos posible de él. Eso no estaba bien. No debía ser así.

–Detente Isabella – alzó la voz y me paralicé, no me giré porque no hacía falta, él ya estaba detrás de mí, con su cuerpo casi pegado al mío, pero sin tocarme, emanando calor y respirando tranquilamente en el tope de mi cabeza, estremeciéndome.

–No luches mi querida, eso solo retrasará lo inevitable – susurró a mi oído y entonces sus manos se posaron en mis hombros. Creí incendiarme ante su contacto – mientras tanto, sé buena niña y piensa en mí todo el tiempo, en como vendrás a mí, en como te tomaré y en el inmenso placer que recibirás. Ahora ve a casa y descansa.

¡Dios! No podía creer el efecto que tenía en mi, aunque me negara a reconocerlo, ese hombre podía hacerme morir de deseo con tan solo hablarme, diciéndome las palabras correctas. Temblaba, pero tenía que responderle, yo no era alguien a quién de buenas a primeras él podría venir y mandar, no era tampoco ninguna pusilánime y falta de carácter, yo era todo lo contrario a lo que él imaginaba y eso si me encantaría demostrárselo.

–Cuanto siento no poder complacerlo Señor… – cuando me di la vuelta respondiéndole, vi que estaba hablando sola. Me enfurecí como pocas veces lo había hecho. Era el colmo. Me había arruinado la noche; ahora ya no la recordaría como la noche en la que conocí a Max, sino como la noche maravillosa que me arruinó Edward Cullen con su estúpida presunción.

¿Podía existir un tipo alardeando tanto de si? Era increíble, pero cierto; existía y tenía nombre: Edward Cullen.

Llegué por fin con los chicos y con Max, me tomé de golpe la margarita que me había pedido y le sonreí.

–¿Quieres otra? – preguntó amable y negué con la cabeza – pareces sedienta.

–No, estoy bien – sonreí y encogí mis hombros. Max siguió platicando, pero ya no podía concentrarme en lo que me decía. La voz aterciopelada, pero firme resonaba en mi cabeza que disimuladamente buscaba a su dueño entre la gente, sin éxito.

–Te estoy aburriendo con mis anécdotas del polo, Bella – dijo Max apenado – creo que antes debo enseñarte a jugarlo ¿Qué te parece?

–¿Decías?

–Te preguntaba si aceptabas una invitación a comer mañana, al club – no podía negarme a sus ojos oscuros – así podré explicarte todo lo que quieras.

–Sí Max, me parece una excelente idea – acepté feliz.

–Entonces tenemos una cita mañana – confirmó sonriente.

Después de intercambiar números y de darle mi dirección, me acerqué a las chicas para irnos, aceptaron no de muy buena gana, pero ya era tarde y todavía teníamos que tomar un taxi. Nos despedimos de los chicos y de Max. Salimos del pub y como era de esperarse, las preguntas acerca de él me cayeron como una lluvia que me azotó sin piedad.

¿Encontraría placer al ser azotada por Edward Cullen?

Les conté a las chicas de Max y casi dejan sordo al pobre taxista con sus gritos. Decían cosas que no entendía, hasta que al fin me pudieron explicar una vez calmadas, que era el famoso jugador de polo que tenía una rivalidad de años con Edward Cullen. En ese momento recordé que los chicos habían mencionado ese pequeño detalle en la comida del club y entendí muchas cosas. Al llegar a la puertas de mi edificio me despedí de ellas, Alice me abrazó y me deseó buena suerte al día siguiente con Max y Rose se quedó dormida mientras le prometía a Alice contarle todos los pormenores de mi cita. Les pedí que se quedaran en mi casa, pero Alice se negó argumentando que tenía trabajo al día siguiente y que yo necesitaba tranquilidad para arreglarme sin distracciones.

                                                                                ***.

Una noche más en la que no podía pegar los ojos. Estaba cansada por la extenuante semana en la agencia y todavía más por la salida al pub. Porque eso era lo que me había agotado en realidad, el encuentro con Edward Cullen. Aún no podía creer hasta donde podría llegar ese hombre. ¿Acaso no conocía la humildad? ¿Cómo es que podía ser tan engreído? Sentirse tan por encima de todos, con esa seguridad que hacía flaquear mis rodillas, derrumbando mis barreras para salir vencedor en un tramposo juego cuando era yo quien debía estar echando todas mis cartas fuertes para tenerlo como mi Señor.

¿Por quien me tomaría? ¿Realmente pensaba que era tan estúpida? ¿Qué aceptaría tan fácilmente? ¿Qué simplemente aceptaría? En otras circunstancias lo hubiera hecho a la menor insinuación, pero ya era todo muy diferente. El había dado por hecho que era una ignorante solo buscaba un revolcón y no era así, además me había llamado cobarde y tampoco no lo era. Y si eso se lo tenía que demostrar al mundo entero lo haría, no me importaba el precio que tuviera que pagar para que todos supieran que Isabella Swan, era más valiente de lo pudieran imaginar.

Pero su voz… todavía me resultaba difícil aceptar lo que me provocaba. Las palabras correctas y en el tono exacto podrían ser capaces de llevarme a lugares que nunca hubiera imaginado. Ese estremecimiento que se disparó por todo mi cuerpo a su orden… ¡Como me gustaría averiguar hasta donde podría transportarme! Si podrían hacerme desear más… como sus manos, que con solo tocarme, inyectaron un calor muy especial a mi interior.


“Sé buena niña y piensa en mí todo el tiempo, en como vendrás a mí, en como te tomaré y en el inmenso placer que recibirás.”

¡Buen Dios! Necesito que me hagas más fuerte porque sé que si me rindo, será como firmar mi sentencia de muerte. Lo presiento, no debo. Por favor no lo permitas…

El sueño me venció y aunque tuve una noche inquieta, pude descansar un poco. Mi teléfono sonó y me levanté de un salto para sacarlo de mi bolso. Tenía que responder pronto la llamada, no quería que Max se arrepintiera o pensara que era una floja dormilona.

–Hola.

–Buenos días Bella.

–¡Max!

Mi día inició con una divertida plática que me puso de un humor excelente. Hice un poco de café y me lo tomé tranquilamente sentada frente a la ventana de mi balcón. El día parecía que no sería muy soleado pero tampoco se veía que amenazara un torrencial aguacero, lo que me dio algo de problemas al pensar qué ponerme. No me compliqué mucho y me decidí por unos jeans rasgados, una blusa blanca muy ceñida, una chaqueta corta tipo aviador y mis botas cafés a juego. Me di un baño, y estuve lista 15 minutos antes de la hora acordada, me senté pacientemente a esperar a que tocara a mi puerta hasta que mi teléfono volvió a sonar, era Alice.

–Dime que te pusiste – me pidió antes de que pidiera decir ‘Hola’.

–Excelente – dijo después de escucharme – cuando te vea con esos jeans tan ajustados va a tener un gran problema para subirse al caballo – rió.

–No escogí esto con ese propósito Alice – no podía creer que pensara eso.

–Ya lo sé, pero para el caso queda como anillo al dedo, bueno, ya sabes, disfruta el día con ese bombón y apenas puedas llámanos, no creo que podamos resistir mucho tiempo sin saber como te fue.

–¿Rose está contigo?

–Ay si – suspiró – ayer cuando llegamos a su casa estaba Emmett esperándola, el pobre llevaba ahí toda la noche sentado en las escaleras y cuando supo de donde veníamos porque esta tonta se lo dijo, se dio media vuelta y se fue, me quedé con ella, no iba a dejarla sola ya sabes como se pone – dijo contrariada.

–¿Ya ves Alice? No fue muy inteligente de parte de ninguna ir a ese pub anoche.

–Tú eres quien menos debe de decir que fue una mala idea ¿No crees? – me echó en cara – Max no hubiera aparecido como por arte de magia a la puerta de tu casa Isabella.

–¿Y Jasper? – le solté ignorando su último comentario – él si que va a desaparecer como en un acto de magia Alice, piénsalo – unos golpes a mi puerta rehicieron brincar. Colgué con Alice y corrí a abrir la puerta.

–Hola Max – lo invité a entrar – pasa.

–Bella, que guapa – entró y me besó en la mejilla – muy guapa de hecho – me recorrió con la mirada pero me gustó porque fue una mirada de admiración.

–Gracias Max.

–¿Estás lista?

Tomé mi chaqueta, mi bolso y salimos de mi apartamento hacia su auto. ¿Por qué no me sorprendió encontrarme frente a un hermoso deportivo rojo? Le hice la misma pregunta a Max quien después de una estruendosa carcajada y de ayudarme a subir a su auto, respondió tan encantador.

–Son nuestros juguetes Bella – sonrió mientras salíamos al tráfico de Londres – las líneas del auto, la velocidad, el color con el modelo exacto, conducirlo… no sé, supongo que nos causa la misma satisfacción que a ustedes como cuando se van de compras o se estrenan alguna prenda que les guste mucho; el nivel de las endorfinas aumenta y por lo tanto causa un estado de alegría y hasta euforia por ese pequeño gusto que te diste, justo como me sucede ahora – me miró sonriente – estar con la chica más guapa y que haya aceptado salir conmigo tiene mi nivel de endorfinas por las nubes.

–Max… – me ruboricé y el me guiñó el ojo.

Tardamos alrededor de una hora en llegar. El club se encontraba a las afueras de Londres y yo no podía recordar haber pasado por ahí la semana anterior. Tal vez mi nerviosismo por aquel asunto me tuvo distraída lo suficiente como para no haberle tomado importancia al camino, pero ya no me encontraba ni nerviosa ni con algún absurdo asunto pendiente así que podía disfrutar de las impresionantes casas y mansiones de esa elegante zona mientras llegábamos.

Max aparcó su auto cerca de los establos, hacia donde nos dirigimos una vez que me ayudó a bajar. Caminábamos despacio mientras me contaba de sus caballos; su familia tenía una cuadra entera, pero él desde que se independizó de ellos por trabajar en otra firma diferente, tuvo que entrenar y jugar con caballos prestados, hasta que poco a poco fue haciéndose de un capital considerable y logró adquirir a ‘Aquiles’ y un año después a ‘Perseo’.

–¿Nombres míticos? Me gustan – confesé – son buenos nombres los que les escogiste, de héroes griegos.

–No fui yo – reconoció mientras corría con fuerza las puertas de la cuadra – lo hizo mi sobrina Phoebe. Es una pequeña divina, tiene 6 años y ya es una gran amazona, ama los caballos tanto como yo. Es mi consentida.

“Aww” canturreé en mi mente. Este hombre era un sueño, guapo, trabajador, independiente, deportista, encantador y ¡amaba a los niños! ¿Habría algo más que me sorprendiera de este hombre? Tenía todas las cualidades, no necesitaba una más; para mí era casi el hombre perfecto.

¿Casi, Bella?

Sacudí mi cabeza por el pensamiento intruso y observé a Max abrir pequeña puerta para sacar a un caballo enorme de color miel. Lo acarició y palmeó con fuerza en el cuello y el dorso. El caballo dio un pequeño relincho y movió la cabeza feliz saludando a Max.

–Bella, este es ‘Aquiles’ – dijo orgulloso. Yo me quedé a unos pasos de distancia admirando al animal.

–Es hermoso.

–Acércate – me pidió – le gusta que lo acaricien.

Con algo de temor me acerqué y pasé mi mano por la crin de ‘Aquiles’ y luego por el dorso. El caballo hizo un movimiento como si se estuviera estremeciendo, muy típico de ellos.

–Le gustas Bella – dijo sonriente y lo amarró para abrir otra puerta junto a la de ‘Aquiles’. Otro precioso ejemplar más oscuro apareció de su mano moviendo la cabeza.

–Él es ‘Perseo’ – dijo acercándolo a mi – tú montarás éste.

–¿Yo? – dije abriendo los ojos desmesuradamente.

–Claro, estudiaste en el “Sacré-Coeur” sabes montar o ¿No?

–No – dije aterrada – la equitación era opcional y yo preferí el taller de literatura.

–Debí imaginármelo – dijo algo divertido – ¿Te interesaría aprender?

Lo miré muerta de pánico. Los caballos nunca habían sido lo mío. Moría de terror con solo pensar que podrían salir desbocados conmigo a cuestas. Pero no, Max no me insistiría en montarme en un animalón de esos. Quince minutos después me mordía la lengua. Estaba aferrada a las riendas de ‘Perseo’ y tenía los ojos cerrados con fuerza, no quería ver por donde saldría disparado el caballo.

–Relájate Bella, tanto ‘Aquiles’ como ‘Perseo’ son muy dóciles y tranquilos, varios niños están aprendiendo a montar en ellos aquí en el club, no debes tener miedo, así no disfrutarás el paseo.

–Max no te alejes – le pedí.

–No lo haré Bella, estoy sosteniendo las riendas de ‘Perseo’ también, mira – me instigó a abrir los ojos lo cual hice extremadamente despacio – ¿Ves qué fácil?

Si estaba segura de que no podía encontrarle otra cualidad más a Max, estaba muy equivocada. Era un excelente maestro pero sobre todo, era un experto en hacer desaparecer los nervios. Cabalgábamos muy despacio por un campo plano y bien cuidado y mientras lo hacíamos, me contaba del origen pura sangre de sus caballos españoles. También me preguntaba muchas cosas; estaba interesado en mí y no podía dejar de alegrarme por eso. Los chistes no faltaron, haciéndome reír y cuando me di cuenta, ya llevaba más de media hora cabalgando sola con las riendas en mis manos.

–Ahora volvamos – dijo tronando la lengua después y ‘Perseo’ obedeció girando para regresar – no quiero abusar si no, el próximo sábado no querrás venir a montar y eso no me lo perdonaría jamás.

Me miró como buscando alguna señal de desaprobación, pero al no encontrarla su sonrisa se amplió. Max quería seguir viéndome y yo estaba feliz por eso. Cuando las chicas se enteraran iban a gritar de felicidad, harían un escándalo y ya empezarían a programar una salida en parejas. Todo iba saliendo estupendamente.

Llegamos a las caballerizas y me ayudó a bajar de ‘Perseo’. Le entregó los caballos al mozo de la cuadra y fuimos a lavarnos para ir después a comer. Traté de no tardarme porque estaba hambrienta. La cabalgata me había abierto el apetito y salí deprisa del baño para encontrarme con Max que estaba esperándome donde quedamos. Fuimos al restaurante y ambos comimos como náufragos.

–Ya llevamos aquí horas y no sé nada de polo, Max – dije reclamándole – creo que me has engañado.

–Desde luego que no, pero como hoy fue tu primera clase para aprender a montar, tendremos que posponer las lecciones de polo para después – me miró serio – a menos que quieras que empiece a explicarte algo de teoría.

Nos quedamos en silencio por unos instantes en los que vi como una realidad no muy lejana, el poder tener algo serio y real con Max. Él me miraba. Creía yo, que deseando lo mismo y rompí el silencio.

–¿Cuándo quieres empezar? – respondí con una sonrisa y mirándolo intensamente. Su sonrisa tampoco se hizo esperar.

Dejamos el restaurante y al salir a un amplio pasillo al aire libre, un chico se acercó a Max y le dijo que lo buscaban en la oficina. Me pidió que lo acompañara, pero preferí quedarme husmeando por los jardines tan bien cuidados. Eran verdaderamente hermosos y tenían varios tipos de rosas, gardenias, hortensias y para mi sorpresa también habían fresias. Adoraba esas flores, sobre todo su aroma. Todas mis cremas, shampoos y acondicionadores eran de ese olor, a fresco, limpio, a fresias silvestres.

Tan absorta estaba admirando los jardines que cuando un gran trueno anunció la lluvia, brinqué asustada. Miré al cielo y estaba cerrado con nubes casi negras cargadas de agua a punto de caer. Justo en ese momento comencé a buscar con la mirada la oficina donde se encontraba Max. Me aleje del jardín para tratar de ubicarla pero la lluvia ya caía a torrenciales. ¿En donde estaría Max?

Me pegué a la pared del pasillo y ahí lo esperé, mojándome por haberme quedado alejada de un buen techo que me cobijara. Pasaron varios minutos pero no había señales de él. ¿Habría regresado a las caballerizas? Con esa idea en la mente, corrí hacia allá bajo la lluvia y entré a buscarlo, pero no había ni un alma ahí salvo la de los equinos, si es que ellos tenían alma. Completamente mojada y temblando de frío, me quité la chaqueta que me pesaba horrores por haber absorbido demasiada agua y la colgué en un gancho.

–¿H-hay alguien a-aquí? – pregunté con dificultad, helada. ‘Aquiles’ y ‘Perseo’ asomaron sus cabezas sobre las puertas de sus lugares. Me dio ternura ver que al escuchar mi voz, ambos se asomaron para verme, lo que no hicieron los demás caballos. Me acerqué a ellos y los acaricié como lo hizo Max cuando llegamos.

–H-hola p-preciosos – dije y ‘Aquiles’ relinchó asustándome, me hice hacia atrás y tuve que agacharme para no perder el equilibrio. Unos segundos después me puse de pie lentamente y otro caballo relinchó igual de fuerte que ‘Aquiles’. Me giré sorprendida y el aire de mis pulmones escapó al verlo.

–Isabella, mi querida…

Lentamente me recorrió con la mirada y a pesar del frío, un estremecimiento cálido me abrazó. Mi respiración se aceleró y mi pecho subía y bajaba visiblemente agitado. Edward Cullen se quitó la cazadora que llevaba y un jadeo escapó de mi garganta.

–Justo como deseaba verte, totalmente empapada y jadeando por mí – dijo con esa voz suave con tono impertinente, dio unos pasos acercándose y yo avancé los mismos hacia atrás – bendita lluvia que me permite ver tu cuerpo… perfecto.

Bajé la mirada a mi cuerpo y noté que mi blusa mojada, transparentaba completamente mis senos y como si eso fuera poco, mis pezones erectos por el frío se erguían como filosas puntas. Instintivamente me llevé los brazos cruzados a mi pecho y él comenzó a negar con la cabeza.

–Tss, tss, tss – chasqueó la lengua sin dejar de devorarme con la mirada – no te cubras – ordenó pero me quedé sin obedecerlo, y no porque no quisiera sino porque el frío me tenía paralizada, entumida y mis dientes comenzaron a castañear sin que pudiera evitarlo.

–Yyyyoo… – no podía hablar. El aire entraba con mayor dificultad a mis pulmones y dolía al intentar recolectarlo. Edward se acercó rápido y me cubrió con su cazadora que estaba tibia por el calor de su cuerpo.

–Tranquila – me envolvió con sus brazos y comenzó a frotarlos por mi espalda mientras me pegaba a su pecho. Escuchaba gemidos, que me tomó varios segundos darme cuenta que eran míos y que salían de mi garganta al sentir mi cuerpo la fricción en mi espalda. Esos gemidos iban también acompañados del castañeo que persistía en mis dientes. Edward se separó un poco de mí y observó mi rostro. Seguramente vio mi miedo reflejado.

Si, era miedo. Mucho miedo porque estaba disfrutando de cada intento suyo por regresar el calor a mi cuerpo y sabía que si seguía esforzándose como lo estaba haciendo, ya no tendría ni un gramo de voluntad y entonces, sería mi perdición.

Entonces acercó sus labios a los míos y los atrapó, moviéndose en ellos, saboreándolos, paseando su lengua suave y mojada cubriéndolos, devolviéndoles su tibieza de la forma más enloquecedora posible. Jadeé ante el flujo de sentimientos irreconocibles que mi cuerpo experimentaba en ese momento y su lengua se abrió paso entre mis labios hundiéndose en mi boca, enredándose con la mía, moviéndose salvaje y subiendo dramáticamente la temperatura de mi cuerpo. Sus manos abandonaron mi espalda y abrieron ligeramente la cazadora, descansando en mi cintura. Se separó de mí y abrí poco a poco los ojos, pero de nuevo me ordenó…

–Cierra los ojos, Isabella – comandó con firmeza en la voz y lo obedecí. Volvió a tomar mis labios cautivos de los suyos, pero el movimiento y la urgencia del anterior beso fueron sustituidos por un ritmo suave y lento, cadencioso, como si estuviera disfrutando de él. Mi respiración agitada hacía que mi pecho subiera y bajara descontrolado hasta que mis erectos pezones fueron cubiertos por sus pulgares. Acariciándolos delicadamente con suaves movimientos circulares enviando ráfagas de fuego a mi confundido y obsoleto sistema nervioso. Jadeé sin vergüenza delatando lo que las estremecedoras sensaciones le causaban a mi cuerpo que se rendía sin reparo.

–¿Ves qué fácil es? No te resistas y será mejor para ti de esta forma, pequeña – dijo entre besos y ágiles movimientos de sus pulgares. Inhalé aire y mis pulmones se llenaron con facilidad, intenté separarme y Edward se alejó perdiendo el contacto conmigo – ya verás como vas a disfrutarlo – se detuvo, pero sin dejar de mirarme y frunció el ceño – voy a sacarte de aquí.

Dijo decidido y se perdió tras la gran puerta del otro extremo de la caballeriza, dejándome mas confundida y sola que nunca. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué había sido todo eso? ¿Acaso cedí ante Edward Cullen?

No supe cuanto tiempo estuve ahí de pie tratando de hallar un nombre para lo que había ocurrido ahí momentos antes, solo supe que escuchar mi nombre, interrumpió mi tarea.

–¡Bella! Gracias a Dios – era Max – ¿Estás bien? Bella ¿Estás bien?

No respondí y eso hizo que me preguntara repetidamente mientras me sacaba de ahí abrazada y yo volteaba la cabeza varias veces hacia la puerta opuesta por donde había desaparecido Edward. Max me frotaba los brazos para hacerme entrar en calor, pero nunca sería igual…

                                                                               ***.

Max condujo a toda prisa para llegar pronto a casa. Yo ya había entrado en calor y le decía constantemente que no había de qué preocuparse, que iba a estar muy bien y esperaba que al dejarme en mi apartamento, él se fuera pero eso no sucedió. No hasta que me vio salir envuelta en una gruesa pijama después de un baño caliente, de hacerme tomar sopa que había pedido y de prometerle que no me movería de la cama al menos hasta el día siguiente. Ah, y de jurarle que le llamaría si necesitaba algo.

Ese sí que había sido el día más extraño de mi vida. Max era un hombre encantador, sin defectos. Era el hombre con el que todas las madres sueñan para sus hijas, era ‘El Príncipe Charming’, en cambio, Edward era todo lo contrario. ¿Qué madre querría un Dom para sus hijas? Además de que era cínico, engreído, arrogante y soberbio. Qué casualidad que me ignoró todo el tiempo antes de que le dijera que había considerado la idea de ser su abnegada sumisa y de pronto, se entera y ¿Así de buenas a primeras tiene tanto interés en mí?

Yo no me tragaba ese hueso. A Edward Cullen le funcionaban a la perfección un par de frotaditas en la espalda, dos besos, una acariciada de pezones y en menos de lo que cantaba un gallo ya se estaba follando a la pobre e ingenua víctima de sus caricias, pero yo no era tan tonta como para creer que después de su gran follada maestra, seguiría manteniendo el interés en mí; por fortuna y gracias a que se fue, estaba sana y salva en mi casa, lo que me imaginaba que no lo tendría de muy buen humor.

Me dormí gracias al baño, la sopa caliente y el cansancio. El clima frío, húmedo y gris ayudaron a que mi sueño se prolongara…

                                                                            ***.

“… Sus manos subían despacito por debajo de mi blusa llegando a mis senos y tocándolos mientras yo temblaba. Eché la cabeza hacia atrás y arqueé mi cuerpo que estaba sobre varias pacas de paja, ofreciéndome.


“¡No!” dijo con voz grave “Te moverás cuando yo te lo ordene” casi me gritó “No antes, ni después.” retorció mis pezones que tenía capturados entre sus dedos, provocándome un delicioso dolor e hice acopio de todas mis fuerzas para no mover mi cuerpo que necesitaba liberar tanto placer.


Una de sus rodillas se coló entre las mías abriendo mis piernas que ya estaban desnudas, acariciando con una delicadeza abrumante el interior de mis pliegues. Quería gritar, pero no me atrevía. Era una necesidad, tenía que dejar escapar la presión que mi cuerpo con mucha dificultad, mantenía estoicamente.


Un grito escapó, por la sorpresa al sentir como dos de sus dedos me embestían con fuerza y un mareo, un torbellino, apresaba mis sensaciones uniéndolas para convertirlas en unos momentos más en un poderoso orgasmo. Mis paredes se tensaron y mis piernas y la parte baja de mi vientre temblaban con cada intromisión.


“Señor” pedí “Por favor.”


“No tienes permiso para correrte si no es con mi polla, resiste y te recompensaré bien” me advirtió “Lo sabes”


Pero fue demasiado para mí. Al seguir invadiendo sus dedos mi indefensa cavidad, apreté los dientes haciendo un último esfuerzo, pero fallé. Un jadeo resonó por todo el lugar. Los caballos se inquietaron más de lo que ya estaban al olfatear el deseo fluyendo de mi cuerpo y del suyo. Se movían y relinchaban inquietos, sacudían sus crines y sus colas. Mis manos se cerraron en puños sobre la paja y mi pelvis se empujaba contra su mano que ya había abandonado mi cuerpo. Él dejó que retozara disfrutando los remanentes de mi orgasmo, que me estremeciera sobre la paja que pinchaba mis nalgas, pero hasta ese dolor era placentero para mí.


Abrí lentamente los ojos, volviendo a la realidad. Lo busqué con la mirada y lo vi algo alejado, pero viniendo a mí.


“Veo que lo disfrutaste” dijo arqueando una ceja mientras sus ojos verdes se oscurecían “Puedes responder”


“Si, Señor” mi pulso se aceleró.


“Ahora, debes recibir un castigo, sabes que no puedo dejar pasar esta falta” asentí temerosa “Párate frente a la pared y apoya tus manos” me acerqué a la pared de madera rasposa y me acomodé “Abre bien las piernas” me dirigió “Ahora mira con qué te voy a castigar…”


“’¡Una fusta!”

                                                                            ***.

Me desperté al primer choque contra mi carne. Sudaba profusamente. Era un sueño tan real que solo me faltaba oler a caballeriza y sentir las pinchazos de la paja en las nalgas. Era el colmo, en lugar de despertarme con miedo o nerviosa, me sentía completamente diferente.

Estaba eufórica, la adrenalina corría por mi sistema y mis endorfinas estaban alborotadas… mis pezones estaban erectos y la humedad era palpable entre mis piernas temblorosas. Estaba excitada. Y mucho. Tomé la cazadora negra que estaba en la silla junto a mi cama, la acerqué y enterré mi cara en ella. Su olor era… no sabría como describirlo; a maderas, exótico, olor a hombre. A Edward.

A media mañana me levanté. Había decidido holgazanear todo el día, mimarme y consentirme, comer comida chatarra, ver televisión y si no encontraba nada interesante lo cual era muy probable, leería alguna novela rosa y tierna. Nada de fustas, ni caballerizas, ni Edward.

Apenas había salido de darme un baño y cuando se escucharon unos golpecitos en mi puerta. Me asomé por la mirilla y un chico de gorra y camisa azul oscuro estaba parado frente a mi puerta. Abrí con cuidado y la curiosidad me hizo sonreír. ¡Max era encantador!

–¿Señorita Isabella Swan? – dijo el chico extendiéndome la paleta con el recibo para que lo firmara de recibido.

–Si, soy yo – firmé y le devolví la paleta – no sabía que trabajaban los domingos – le dije y el me respondió arrugando la cara.

–Un momento – se giró para levantar una caja grande – aquí tiene – me la entregó junto con el recibo.

–Gracias.

Con una sonrisa de quinceañera corrí con mi pesada caja al sofá para ver que se le había ocurrido a Max enviarme. Le quité el papel café de envoltura y la abrí ansiosa. Enseguida, una cazadora de piel perfectamente acomodada saltó a mis manos. Eché la cabeza hacia atrás y me reí con ganas. Max era increíble. Pero aún faltaban cosas en la caja, así que hice a un lado el papel de seda que envolvía todo el contenido de la caja y saqué un hermoso pantalón beige con una aplicación entre las piernas, era de montar. Venía acompañado con una blusa blanca tipo body, muy ajustada.

¡Max! ¿Que intentas decirme con esto? Estaba encantada con todo lo que salía de la caja así que seguí excavando entre los papeles y toqué algo duro. Era un tacón plano. Rápidamente volteé la caja y un par de botas negras cayeron al suelo, pero eso no era todo. Una vara larga estaba envuelta en el papel de un brillante color rojo sangre. Desesperada rompí el papel y mi respiración se detuvo… una fusta.

La miré como si fuera algo que nunca antes hubiera visto, y era lógico que tuviera emociones encontradas después de ese sueño tan… entonces tomé la caja y rebusqué algo más en ella. Una tarjeta estaba en el suelo. La giré entre mis manos y había escrito con una caligrafía perfecta…

                                                    “Para aprender cosas nuevas”
                                                                  E. Cullen.

¡Oh, Dios mío!

El calor que había sentido ayer en la caballeriza volvía súbitamente a envolver mi cuerpo y llegó hasta una zona que sentí latir con fuerza, como queriendo decir “acepto.”

Me levanté del suelo y corrí a mi habitación en busca de su cazadora. Revisé cada bolsillo, pero no hallé nada. Más eso no me pondría triste, porque en ese mismo instante supe lo que en verdad necesitaba, lo que deseaba… todas mis dudas y mis miedos se borraron en ese instante, estaba completamente segura de mi decisión y nada en este mundo me haría cambiar de opinión.

Yo sería la sumisa de Edward Cullen, a como diera lugar.

Me di un baño y me vestí; salí deprisa, conduje mi auto hasta llegar a mi destino y desesperaba corrí hacia las enormes puertas de madera que ya conocía. Usé todas mis fuerzas para empujarlas con algo de dificultad. Había un poco de luz que entraba de la puerta del otro extremo que estaba abierta, justo como lo recordaba del día anterior.

Él levantó la mirada y apoyó la mano en el dorso del hermoso caballo negro.

–Veo que te gustó mi regalo…*

*

*

*

Hola nenas! Perdón por la tardanza pero ya estoy de vuelta. Que calor! Ojalá hayan disfrutado el capítulo. :)
Gracias a Isita y a PattinsonWorld.
Hasta el próximo martes.

11 comentarios:

  1. madre mia, madre mía!!!!!! que intenso!! fabuloso!! me ha encantado.
    oye cuando podremos saber que opina Edward de Bella?, me encantaría saber el por qué de su interés por ella.

    besos

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  2. OMG un capitulo maravilloso,me encanto ....Y estoy deacuardo sería bueno saber que piensa Edward de Bella ....Sigue asi...Besitos..

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  3. WOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOW
    VOTO POR ELLO QUEREMOS UN PUNTO DE VISTA DE EDWARDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

    HACE CALOR AQUI O SOY YO!

    JAJAJAJAJ... BESINES

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  4. Que cap!!!!me encanto hubiera preferido que Bella no sea tan regalada y se hiciera un poco la fuerte....En este cap me gusto mas Max me enamore de el.....igual Edward me encanta!!!!!Espero con ansias el siguiente....Tambien queria decirte que amo como escribes la historia Eres todo lo que tengo me facino como nunca antes me habia facinado una historia....amo como escribes!!!!besos Abril

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  5. Cari el capitulo es perfecto, tiene todos los ingredientes para causar el calentamiento global, el Sr. Cullen tiene toda la culpa, es el responsable jaja y para mi Bella, está en su justa medida ... espero el proximo cielo...estoy deseando leete de nuevo.
    Un besazooooooooooooo

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  6. Esta historia cada vez se pone mejor quiero ver como se comporta este Domward, si es diferente a los que he leído o no. Pero me encanta este tema de protagonista Edward y estaré atenta a tus actualizaciones.

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  7. !!!!!! wow!! me he quedado sin palabras!! nuevamente gracias por darnos ratos increibles!! (:
    espero ansiosamente al martes (qué bueno que ya no falta tanto) jeje quiero ver que ocurre ahora!!

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  8. omg esto se pone interesanteeeee!!!! kiero leer massss!!! :D

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  9. Fantastico el cambio cariño, mejor IMPOSIBLE, te has superado, bueno siempre lo haces, de verdad que el banner es espectacular y tu eres increible.
    Un besazo enorme

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  10. A mi me gustaria cualquier regalo que me diera Edward *.* !!!
    Y aunque Max me agrada Ed es Ed jajaja

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  11. bufff una fusta.... m muero jajjaja si edward m regala eso desmayo =D yo tmb qiero ser su sumisa,no es justo =( jajjaaj

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