martes, 28 de junio de 2011

CAPITULO 7

¿Quién eres?


EDWARD’S POV

La cinta de la máquina fue reduciendo poco a poco su velocidad. Los 50 minutos que corría a diario se me habían ido en un parpadeo esa mañana. Me sequé el sudor de la cara con una toalla y luego la pasé por mi cuello. Salí del gimnasio y me dirigí a mi habitación, específicamente al baño, donde encendí el pequeño sauna para que empezara a soltar su vapor. Me desvestí y entré en él, recostándome en las barras de madera que funcionaban como banca.

“Isabella Swan”

¿En qué carajos me estaba metiendo? Me llevé las palmas de las manos a la frente, presionándolas para tratar de aclarar mis pensamientos mas ya era un poco tarde para recapitulaciones, yo había aceptado darle una oportunidad y si de algo podía jactarme, era de que por ningún motivo yo rompía mi palabra, no importaban las circunstancias y esa mañana precisamente pensaba en eso, en las circunstancias, pero en las que habían impulsado a Isabella a hacerme tal proposición y en las que yo mismo tuve para aceptarla. Estaba un poco confundido ya que ella no era definitivamente una chica que perteneciera al tipo de ambiente en el cual me movía. Parecía que estaba ahí por casualidad, estaba muy seguro de eso porque esa fue la impresión que me dio cuando la vi por primera vez esa noche en el “Nasty”. Sus ojos intrigados por la escena que estaba presenciando y que Tanya tan magistralmente protagonizaba. Recuerdo muy bien ese momento, verla mirarme desconcertada y luego bajé la mirada por su cuerpo envuelto en un ceñido vestido… rojo.

Maldije en ese instante y apresuré mi salida, tan rápido como pude pero no logré irme sin verla de nuevo. Subí a mi auto y huí de ahí a toda velocidad; la aguja del velocímetro iba subiendo de prisa hasta que sin darme cuenta estuve en las afueras de Londres. La adrenalina que me causaba la velocidad reemplazó al otro tipo de adrenalina que fluía por mi cuerpo producida por cierto detonante sin que yo pudiera evitarlo…

Ya había estado sudando en el sauna el tiempo suficiente así que salí del vaporoso cubículo y fui directo a la ducha. El torrente de agua fría caía por mi cuerpo despejándome por completo y preparándome para un día por demás difícil. La junta de inversionistas para un nuevo proyecto me esperaba al medio día. Si, apenas estaba empezando la construcción de un complejo aquí en Londres pero este mundo es de lo listos y yo siempre iba un paso o dos delante de los demás. Había llegado el momento de extenderme por Asia y lo haría con un nuevo complejo de hoteles boutique; nada muy diferente a los demás, lujoso y muy exclusivo pero enfocado especialmente para el descanso, la relajación, meditación, para cultivar el espíritu o simplemente para no hacer nada. Excelente para el mundo sibarita. Si lo sabría yo.

Me vestí tranquilamente y fui a ver a mis padres. Estaba siempre tan ocupado que a veces pasaban un par de semanas y no los veía. Aquí era cuando mi madre, que no se conformaba con una llamada, comenzaba a gritar improperios y se transformaba en algo muy distinto a la dulce Esme que todos conocían. Mi padre en cambio, era todo lo contrario, tal vez por su condición; había sufrido un infarto y después tuvieron que practicarle un bypass que lo alejó por completo del mundo de los negocios y tuve que tomar su lugar. Mentiría si dijera que no esperaba con ansias demostrar de lo que era capaz, pero nunca imaginé que sería a causa de tales desafortunadas condiciones. Es por eso que desde el momento que asumí todo el mando y la responsabilidad de Cullen Organization, me volqué en hacer crecer la empresa concentrando todo mi esfuerzo y empeño logrando así hacerla una de las más grandes del mundo inmobiliario, hotelero o de cualquier otro ámbito en el que se me ocurriera incursionar.

No podía negar que adoraba tener ese ‘Toque de Rey Midas’ que todos envidiaban, pero era verdad; tenía visión y me gustaba arriesgarme. Arremetía sin miedo e iba con todo cuando quería algo. No había obstáculos para mi, no había imposibles, yo solo fijaba la mirada en mi objetivo y hacía lo que fuera necesario para obtenerlo. ¿Qué también me había ganado la fama de ser algo inhumano en los negocios? Claro que si. ¿Qué mansa oveja tiene la posibilidad de salir victoriosa en una guerra entre leones por su presa, el éxito? Y ese éxito traía poder y ese poder se mantenía siendo un poco ‘despiadado’ y obteniendo toda la información posible por todos lados, de lo que fuera, no importaba. Hasta el mas mínimo e inocente desliz o indiscreción podría servir después como un as bajo la manga cuando se apostaba por el codiciado premio y yo, siempre estaba en la lucha por el poder.

–¡Edward! Hijo… – mi madre se levantó a abrazarme. Estar entre su cálido abrazo me hacía sentir más liviano, me hacía olvidar un poco esa tensión que siempre sentía en mis espaldas y que en ocasiones era bueno dejarla a un lado.

–Mamá – respondí apretando mis brazos también alrededor de su cintura y levantándola un poco del suelo – tú siempre tan guapa – le sonreí.

–Y tú tan adulador – besó mi mejilla – me pregunto a quién te pareces – desplegó su hermosa sonrisa.

–Hablando de aduladores ¿Dónde está papá? – pregunté ya que no lo vi en la terraza sentado con el periódico tomando un poco de sol mientras leía.

–Ah, está en su despacho, frente a la computadora revisando todas las páginas de noticias – hizo un gesto de impotencia – no lo puedo despegar de ahí.

–Gracias mamá – besé su coronilla y fui en su búsqueda.

–Creo que tendré que tomar medidas extremas – dije fingiendo estar molesto – voy a hacer que corten la conexión de Internet – lo amenacé pero eso no lo haría jamás. Mi padre pasaba horas navegando, era su nueva diversión además de leer y jugar golf; lo mantenía distraído y de cierta forma, calmado porque a veces me despertaba en plena madrugada para decirme de algún cambio drástico en la bolsa de Nueva York, Tokio o algún otro movimiento interesante en alguna otra sede bursátil.

–Inténtalo y te garantizo que te cortaré cierto par de adornos entre tus piernas – me miró apenas levantando la vista de la pantalla – y sería una lástima ya que quiero ver uno que otro chiquillo travieso y malcriado por mi corriendo por esta casa.

Me reí a todo pulmón, no por decirme que me cortaría las bolas, sino por eso de los chiquillos. Me dio escalofríos de sólo pensarlo. Yo no era en lo absoluto pro familia. Mi familia eran mis padres y no contemplaba ninguna otra posibilidad de ampliarla, en ningún sentido y menos con descendencia.

–¿Cómo estás papá? – se levantó de su silla y fue a encontrarse conmigo a la pequeña sala de su despacho donde yo ya estaba cómodamente instalado en los asientos de cuero marrón.

–Bien, algo aburrido, es un día como todos en la bolsa, sin cambios significativos – se dignó al fin en sonreírme – ¿Tú tienes algo que contarme? ¿Alguna novedad? – le brillaban los ojos por la ansiedad de noticias.

–Estoy dándole vueltas a algo – contesté indiferente – pero aún no tengo nada en concreto… es en Brasil.

–Mmm, buen lugar para invertir ¿Y qué sería? Más hoteles con campos de golf, hoteles con temas específicos o qué se te ha ocurrido esta vez?

–Déjame madurar la idea y te la planteo – dije cortándole de golpe su ávida curiosidad – ¿Cómo te has sentido?

–Ya te dije, ¡Aburrido! – casi me gruñó – creo que de nuevo me iré de viaje con tu madre, además ya se acerca la fecha y…

Dejó inconclusa la frase pero no hacía falta que la terminara. Yo sabía exactamente cómo se sentían él y mi madre. Otro año más sin ella. La extrañaba… ¡Maldita sea! Me puse de pie y sin más me despedí.

–Pero si acabas de llegar – me reclamó.

–Lo siento papá – dije apurando mi salida. Necesitaba salir de casa, de todo lo que me recordara que ella ya no estaba más ahí y que se nos había ido de las manos sin darnos cuenta. Abracé a mi madre que silenciosamente aceptaba sin reclamos que mi visita fuera esta vez más corta que de costumbre y huí de casa.

                                                                           ***.

–¿Señor?

–Katie.

Respondí en tono neutro a mi secretaria que me seguía casi corriendo al interior de mi oficina. Era una atractiva mujer de unos 40 años que de no haber sido la mano derecha de mi padre por mucho tiempo, la hubiera hecho llamarme señor pero en otro sentido, precisamente en el que Isabella quería llamarme.

–Todas esas carpetas necesitan ser firmadas Edward – me dijo una vez que estábamos solos – ya han sido revisadas y autorizadas por el departamento contable y por mi que les di una rápida ojeada, también te recuerdo que tienes una comida con la gente de Marruecos.

–¿La junta? – pregunté mientras me sentaba frente a la computadora que Katie ya tenía encendida para mi.

–Ya están llegando los inversionistas. Ah por cierto, la cita que me pediste con la Dra. Conrad está lista, es a las 6 en punto – me miró inquisitiva.

–¿Algo de Banks? – pregunté serio ignorando su curiosidad.

–Nada Edward, ¿café? – negué con la cabeza y Katie salió de mi oficina.

De mi escritorio, saqué el sobre que Banks me había entregado hacía un poco más de una semana. Parecía una broma, apenas una cuartilla. Recordé haber estado seguro de que no encontraría ahí nada de importancia, que sería información común y yo necesitaría más que eso, mucho más. Algo que me diera una idea de porqué Isabella estaba tan decidida a entregarse a una vida que no era para ella. ¿Acaso no lo sabía? ¿Qué esperaba? Yo tenía que entender que era lo que pretendía porque más que confundido, sentía que estaba a punto de ser víctima de alguien que quería obtener de mi algo más que placer y no sabía muy bien de qué se trataba. Y no era la primera vez que me sucedía pero tampoco era un estúpido y siempre había sabido reconocer a quienes buscaban sacar algún beneficio económico de mi, pero con Isabella estaba en blanco y sin la información que me diera las bases necesarias para confiar en ella o alejarla de mi, no podía hacer mucho más que irme con cuidado. Y eso era precisamente lo que haría ya que era una situación por demás contradictoria porque a esas alturas sólo de una cosa estaba completamente seguro, yo la quería para mi.

Sacré-Coeur… Leí por centésima vez la hoja en mis manos y la dejé a un lado. Recargué la espalda en mi asiento y presioné mi pulgar y el dedo índice sobre mis párpados, luego oprimí el botón del intercomunicador.

–¿Señor?

–Localiza a Banks – ordené – ¡Urgente!

Antes de dos minutos ya lo tenía en la línea.

–Banks. Edward Cullen – dije sin ceremonias.

–Señor Cullen, en qué puedo servirle – respondió. Podía verlo nervioso y sudando, secándose la calva. No entendía porqué si era un buen elemento que siempre cumplía con mis requerimientos, salvo en esta ocasión que parecía no haber indagado todo lo que yo necesitaba.

–Quiero que profundices más sobre Isabella Swan.

–Estoy en eso señor Cullen, en un par de días…

–Has tenido tiempo, quiero lo que tengas para mañana a primera hora – lo corté y guardé el primer informe en mi escritorio. Fui a mi junta y como siempre hacía, antes de entrar dejé todo lo que me pudiera distraer y hacerme perder concentración afuera de la sala. Durante dos horas y media estuve concentrado en todos lo detalles del proyecto. Estaba seguro de que sería otro acierto y si todo funcionaba como lo tenía pensado, extendería la cadena del Gran Palace Hotel & Resort hasta América…

Isabella era americana, de California. Aunque ya no tenía rasgo alguno que indicara su procedencia. Su acento desde luego no era americano y era lógico; había dejado los Estados Unidos a los 13 años y ya tenía 23. Ya estaba habituada al modo del viejo continente y eso me gustaba ya que no parecía tener interés en regresar al suyo. Su apartamento era propio, en una zona muy buena por cierto y tenía un buen auto. Su familia podía darle un buen nivel de vida por lo que no se me hizo extraño que la hubieran separado de ellos a tan temprana edad. Eso era muy común, los padres no tenían el tiempo necesario para atender a sus hijos y los mandaban a internados como ese y los mantenían después en colegios y universidades lo suficientemente alejados de ellos como para que interfirieran en sus ocupadas vidas. Aunque yo sabía de primera mano que había sus raras excepciones.

No tenía ningún pasatiempo; por lo menos el polo no lo era y tampoco los caballos, como pensé cuando me encontró en el salón de trofeos del club, hasta que abrió la boca y me soltó tal proposición. Me llevé una sorpresa como pocas veces y me dejó completamente intrigado, queriendo saber de ella, todo lo que pudiera. Porque ninguna chiquilla andaba por ahí buscando un amo y eso, la hacía terriblemente irresistible para mi. Me atraía esa inocencia pintada en su rostro, los nervios que no podía controlar y sobre todo esa boca deliciosa de labios carnosos que dejaban escapar las ágiles respuestas que indicaban una mente siempre en guardia.

La chica era una luchadora aguerrida y aunque gritara querer entregarse a la sumisión, pero esa boca suya no se lo haría tan fácil. Y por millonésima vez me preguntaba que puta idea la empujaba a una vida llena de dolor. Porque sea bien dicho, esta vida es dura y si todos piensan que es fácil sacrificarse un poco para encontrar el extremo placer, están muy equivocados. Verdaderamente uno tiene que nacer con vocación de sumisión para ofrecerse a su amo. No es un trueque. No es un simple ‘soporto tus nalgadas para que luego me recompenses con orgasmos intensos e increíbles’. No es un toma y da. Se trata de dar por querer servir, se trata de dar para brindar placer, ahí está el propio placer, en dar, no en recibir.

Isabella no tenía en absoluto ningún rasgo para ser sumisa, sin embargo trataría y se esforzaría y yo, disfrutaría mucho en educarla, en hacerla receptiva, obediente y complaciente. La entrenaría y la haría a mi modo. Gozaría disciplinándola y no porque me gustara la idea de inflingirle dolor, sino porque simplemente iba a ser muy bello admirar su transformación. Ver consumados sus deseos de brindar satisfacción por todos los medios posibles a su amo, saber que haría todo lo que estuviera a su alcance para beneficio de su dueño porque eso la haría plena…

¡Mierda!

Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y se instaló en mi entrepierna. ¿Mi concentración? Ah si, había valido para un carajo porque estaba pensando en la deliciosa tarea que me esperaba en los próximos meses, si no es que salía corriendo al primer par de azotes. Aunque como mencioné antes, la chica tenía agallas. Había ido a mi encuentro en más de una ocasión, por voluntad propia, sin preguntas y sin objeciones y eso me indicaba que aunque fuera por un corto periodo de tiempo, ella se mantendría en su posición de alumna fervorosa y también lo haría por orgullo, porque era orgullosa y eso me garantizaba que pondría todo de si antes de dar su brazo a torcer.

                                                                         ***.

Regresé a mi oficina después de mi almuerzo de negocios que había sido bastante fructífero y ahora estaba concentrado en un par de asuntos hasta que Katie me recordó mi cita.

–¿Señor? – se escuchó por el intercomunicador – Falta una hora para su cita. Paul ya lo espera abajo.

–Gracias Katie, dile a Dean que esté listo, bajaré en 10 minutos.

–¿Quieres que retire a Paul, Edward? – preguntó.

–Gracias Katie, eso es todo – dije finalizando la conversación, si es que lo había sido.

–Si señor.

Tomé mi teléfono y le di a Paul un par de instrucciones precisas; minutos después bajé y Dean me condujo hacia el hospital donde nos esperaba la Dra. Conrad. Estaba seguro que mi decisión no le había hecho mucha gracia a la pequeña Isabella pero reglas son reglas y las mías, siempre se respetan.

Y sobre todo no la acataría de buen modo después de su primera lección la noche anterior. Habíamos cenado en mi penthouse y después tenía todas las intenciones de hablar sobre mis condiciones para cerrar nuestro acuerdo, más bien eran ciertos puntos que dejar en claro porque mi decisión ya estaba tomada, pero me dejé llevar un poco y acabamos en mi cama. Por fortuna el control difícilmente escapaba de mi y pude llevar a la chiquilla al extremo y ahí la dejé. Temblando, deseando más. Me alejé de ella y la mandé a su casa. Si. De acuerdo, fue algo cruel dejarla así pero tenía que empezar a controlar y manejar su cuerpo y sus deseos. Había sido la primera vez y no sería la última en que la dejaría así. Por algo tenía que empezar ¿No?

Así también reconozco que si no fuera por el gran dominio que tenía sobre mis emociones hubiera caído rendido ante el exquisito cuerpo de Isabella. Me hubiera perdido en él, en sus delineadas curvas, sus piernas torneadas, sus senos con el tamaño perfecto y más importante aún, naturales. Sólo eso era suficiente para olvidarme de quién era yo para ella. Como su maestro, tampoco pasé por alto la suavidad de su sedosa piel, su olor, sus gemidos, la rapidez con la que la había logrado excitar y la manera en la que se humedeció gracias a mis hábiles caricias. ¡Dios! De sólo recordarla tenía una penosa erección que me provocó un dolor intenso en el miembro. Mi teléfono vibró.

–Paul – respondí.

–Vamos en camino señor.

–¿Todo bien?

–Si señor.

No sabía porqué tenía la extraña esperanza de que se negara a ir, que pusiera mil pretextos o saliera con algo. De alguna manera simplificaría las cosas para ambos que desde temprano empezara a quejarse, a rebelarse a mis decisiones y que también cuestionara todas mis ordenes. Así se daría cuenta más rápido que estaba equivocada, que esta vida no era para ella y podría irse feliz a casa a seguir con su vida normal; tenía la oportunidad de salir ilesa, de no tener que inmiscuirse demasiado en mi mundo, …

Mi mundo. ¿Por cuánto tiempo había pertenecido a él? Trece años eran suficientes para considerarme un viejo habitante de un mundo oscuro lleno de perversiones, adicciones, preferencias diferentes y colmado de las situaciones más extrañas que un común mortal fuera capaz de ver y soportar, pero era mi realidad y yo había elegido por propia voluntad formar parte de este entorno extraño. Y estaba muy a gusto con mi elección, disfrutaba de ella aunque también sabía y reconocía que ya había rebasado cierto nivel y ya no me satisfacían las mismas cosas, yo buscaba más. Irónico ¿No? Buscaba emociones más fuertes y ahora tenía un acuerdo tácito con una niña para ser su maestro y enseñarla a ser algo más que una simple mujer.

No podía evitar reírme de mi mismo. Habían pasado años ya desde la última vez que tomé bajo mi tutela a alguien. Fue una experiencia increíblemente excitante, fuerte, ruda y la relación duró lo que tenía que durar; porque como siempre, alguien se hartó y quiso más. Es lo que suele suceder cuando alguien siempre obtiene lo que quiere, que se aburre pronto y busca satisfactores más fuertes. Es una cadena, un círculo vicioso y desde mi punto de vista, yo ya le había dado la vuelta al círculo y estaba por empezar de nuevo.

–Hemos llegado señor – me informó Dean al detenernos a las puertas del hospital. Se bajó con rapidez y abrió la puerta del auto, salí de él entrando con paso firme al nosocomio y me detuve en la recepción para esperarla. No tardó Dean en comunicarme que Paul había llegado e Isabella ya venía por el pasillo. Giré la cabeza en esa dirección y la vi venir. Caminaba con Paul pegado a sus talones, justo como le ordené y tal y como sospeché, Isabella no estaba para nada a gusto con eso ya que hacía un esfuerzo infructuoso por mantenerse a buena distancia de él pero sin éxito. Una vez que pasó frente a mi, me coloqué a su lado sorprendiéndola.

La tomé por el brazo y la guié hacia los ascensores. Isabella permaneció mirando hacia todos lados menos a mi – Paul – dije indicándole que no iba a necesitarlo por el momento. Subimos al elevador y gracias a mis hombres no subió nadie más.

–Isabella – sonreí – estás muy hermosa ¿Dormiste bien verdad?

Inmediatamente perdió todo interés en el piso y levantó la mirada hacia mi. Si mi intuición no me fallaba, Isabella estaba furiosa, aunque no sabía porqué exactamente, si por lo ocurrido la noche anterior o por la cita que tendríamos en pocos minutos. Esto empezaba a ponerse divertido.

–Cuando pregunto algo espero que me respondas – expresé fríamente.

–Si.

–¿Si? – pregunté enarcando una ceja.

–Si señor, dormí muy bien – contestó forzada – gracias.

Llegamos al piso y caminamos por un largo pasillo hasta que llegamos al consultorio de la Dra. Conrad. De reojo pude ver que Isabella observaba todo a su alrededor, puse mi mano en su espalda baja y se tensó.

–Buenas tardes, Edward Cullen e Isabella Swan – anuncié a la secretaria.

–Oh, señor Cullen, pasen por aquí – nos señaló una puerta – la doctora los espera.

Empujé ligeramente a Isabella en donde tenía colocada mi mano y en el pasillo me miró.

–Yo… creo que… no… no es necesario esto yo no… yo tengo otra doctora yo… – decía sumamente nerviosa, yo la observaba con el ceño fruncido y una ceja levantada dejándole ver claramente mi disgusto. Me detuve y giré sobre mis talones para volver por donde venía, obviamente molesto y no dispuesto a seguir jugando cuando de pronto tomó mi brazo deteniéndome.

–Lo siento – se disculpó – lo siento señor – dijo mirando de nuevo al suelo. La tomé del brazo presionando mis dedos a su alrededor y entramos con la doctora a la que ya conocía.

–Señor Cullen – me extendió la mano y la saludé – un gusto verlo de nuevo.

–Hola Dra. Conrad – dije mientras tomábamos asiento.

–Bien ¿Qué puedo hacer por ustedes? – dijo amable como siempre.

–Margot, ella es la señorita Isabella Swan y estamos aquí para un chequeo general.

–Muy bien, que les parece si empezamos con la información de rutina y luego seguimos con la revisión.

–Me parece lo indicado ¿y a ti Isabella? – la pregunta la tomó por sorpresa.

–Si, si, claro – dijo titubeante.

La ‘información de rutina’ era muy importante para mi y aunque sólo había visitado una sola vez el consultorio de Margot con anterioridad, siempre mantenía contacto con ella ya que era una prioridad para mi mantenerme al día con respecto a la salud de mi pareja y ella era discreta y sobre todo muy profesional.

Las respuestas a sus preguntas básicas no salían del rango de lo normal y pese a que Isabella no podía estar más que ruborizada, contestaba segura y sin dudar. No tenía mayores complicaciones con su periodo, era muy regular y no tomaba ningún tipo de anticonceptivos, eso tendría que cambiar desde ese momento desde luego porque los condones no se incluían en mi activa vida sexual.

–¿A que edad comenzó tu actividad sexual Isabella? – Isabella dudó un momento mientras Margot transcribía sus respuestas en la computadora y luego respondió.

–Dieciséis – dijo y estaba seguro que sentí claramente un golpe en el vientre bajo ante una respuesta que jamás esperé. ¿Dieciséis?

–¿Alguien en tu familia ha tenido alguna enfermedad importante que sea necesario mencionar? Diabetes, alguna enfermedad cardiaca, hipertensión, cáncer… – Isabella comenzó a frotar sus manos por la tela sobre sus muslos y Margot lo notó.

–Cáncer – dijo apenas en un murmullo y de pronto la sangre huyó de su rostro, estaba pálida y se veía realmente perturbada. Estuve a nada de abrazarla y consolarla porque era evidente que admitirlo le afectaba y antes de que Margot preguntara la cercanía del familiar en cuestión, agregó – mi madre.

No la miré abiertamente porque no quise hacer más incómodo el momento y Margot, como toda la profesional que era, ahondó en el tema sin hacerla sentir aún peor. Su madre tuvo cáncer de seno y cuando lo descubrieron ya era demasiado tarde. Estuvo en tratamiento pero a los pocos meses de que la diagnosticaron falleció.

–Ahora vamos al examen físico ¿Está bien? – le preguntó animándola y ella sonrió ligeramente. Se puso de pie y me miró sorprendida al ver que la seguía a la sala de revisión. El color volvió de golpe a su rostro.

–Cámbiate y sube a la cama de exploración – le indicó mientras le entregaba una bata – vuelvo en un momento – y nos dejó solos.

Isabella se quedó quieta; estaba demasiado nerviosa como para poder moverse, sabía que yo le hacía más penoso e incómodo el momento pero me iba a mover de ahí. Me acerqué a ella y comencé a desabotonar su blusa, despacio. Bajé después la cremallera de su falda que aterrizó en el suelo y tomé sus manos para sostenerla mientras daba un paso fuera de ella. Se quitó los zapatos y luego desabroché su brassiere. Abrí la bata para que introdujera los brazos y cuando lo hizo me puse detrás de ella para anudarla. Su respiración empezaba a agitarse y la sostuve por la cintura mientras deslizaba las bragas por sus piernas. Isabella temblaba sin poder contenerse.

–Mírame – le pedí – mírame – muy despacio subió la mirada hasta la encontrarse con la mía.

–Sería muy fácil para mi dar media vuelta y salir de aquí dejándote sola – levanté su barbilla con mis dedos – pero debes entender que ambos estamos juntos en esto y que tu cuerpo ahora me pertenece, por lo tanto debo cuidarlo, así como también cuidar de ti. Yo debo saber que es lo que te ocurre a cada momento, debo saberlo para poder guiarte, para saber hasta donde puedo llegar contigo – la abracé y la apreté contra mi pecho inhalando intensamente su dulce olor. Acaricié su espalda con movimientos suaves tratando de tranquilizarla.

–¿Estás mejor? – le pregunté separándome de ella pero no me respondió – ¿Quieres que volvamos otro día Isabella?

–No – respondió rápidamente y volví a acercarla a mi pecho.

–Eso es, mi pequeña valiente – besé su frente – no me defraudas y eso me complace mucho – la tomé de la cintura y la coloqué en la cama de exploración, me puse a su lado y subió los pies a los estribos; aún temblaba pero tomé su mano.

–Estoy aquí contigo ¿De acuerdo? – le susurré al oído.

–Si señor – dijo quedamente y Margot entró a la habitación.

Se sentó en un banquillo entre las piernas de Isabella y comenzó su exploración mientras platicaba de cómo sus hijos la hacían ver su suerte; eran adolescentes y nos contaba varias anécdotas que tuvieron a Isabella riendo a los pocos minutos mucho menos tensa. Margot trabajaba mientras hablaba sin perder el hilo de la conversación. Vi que tomó un objeto largo de metal brillante y sólo miré a Isabella que al mismo tiempo oprimía mi mano.

–Está frío Isabella pero solo será un momento – luego sonríó – ahí está, eso fue todo de este lado, ahora revisaré tu pecho y habremos terminado. Descúbrete por favor – dijo al mismo tiempo que se quitaba los guantes y los tiraba en el contenedor de metal. Deshice el nudo de la bata de Isabella y sacó los brazos dejando su hermoso pecho expuesto. Margot la examinó a conciencia y le dijo cómo debía ella hacerse lo más frecuentemente posible un examen parecido. La revisión terminó y Margot salió dejándonos solos de nuevo.

–¿Ves? Eso fue todo – la encerré en mis brazos – te has ganado un premio que te daré después, anda vamos a vestirte y a salir de aquí – pero más tardé en decirlo cuando entró una enfermera para tomarle una muestra de sangre. Mi pobre pequeña casi hiperventila y después de varios minutos accedió a que la enfermera tomara un poco de su sangre.

Después de ver todo lo que había sufrido esa tarde, aún seguía preguntándome cual era el afán de Isabella en todo esto. Ya me había quedado muy claro que estaba determinada a seguir adelante con todo esto y que se necesitaría mucho más que un par de nalgadas y algunos juegos fuertes para hacerla claudicar. Pero ¿Por qué?

Margot le recetó los anticonceptivos y prometió llamarme con los resultados de los análisis al día siguiente. Salimos por fin de su consultorio y bajamos hasta la entrada del hospital donde ya nos esperaban.

–A casa Paul – dije una vez adentro del auto.

–Pero yo tengo que ir a mi casa – Isabella dijo abruptamente y la miré – yo… lo siento señor.

Durante el camino acaricié su mano para borrar un poco la tarde algo amarga que había sufrido y ella pareció relajarse. Al llegar a mi edificio la guié hacia el ascensor y una vez dentro del penthouse, le quité el abrigo para que estuviera más cómoda.

–Quédate aquí – la deposité en un sillón y fui a la cocina a dar algunas instrucciones para la cena; también a buscar una botella de vino – toma – le di una copa llena – la necesitas.

Isabella bebió en contenido de la copa como si fuera agua y no la detuve, no le haría daño, al contrario, le haría más fácil olvidar el mal rato. Me senté junto a ella y giré un poco para atraerla a mi pecho. Me dio gusto ver que no se negaba y que parecía agradarle el contacto. Isabella cerró los ojos y dejó que la acomodara en mi regazo y la acariciara lentamente. En sus hombros, su cuello, sus piernas… mi mano recorría lentamente su cuerpo sobre su ropa y despacio, se acomodó mejor entre mis brazos.

–Gracias – dijo suavemente.

–No es nada Isabella – enredé un par de dedos en su pelo y lo acerqué a mi nariz… ¿Fresas?

–La cena está lista señor – anunció Waylon e Isabella se movió para ponerse de pie.

Mientras cenábamos, comencé a indagar un poco más sobre Isabella haciéndole preguntas sin que sonara tanto como un interrogatorio. Le hablé de arte, de cuanto me gustaba y de mis pintores favoritos, era un tema que rompería un poco el hielo ya que como artista gráfica, no había duda de que también tenía algo que opinar sobre el tema.

Ella poco a poco fue perdiendo la timidez y expresaba sus puntos de vista sobre tal o cual pintor o alguna corriente. También me miraba confundida, sin poder creer que estuviera cenando con ella y platicando como cualquier pareja que estaba intentando conocerse. La entendí porque erróneamente, el mundo siempre ha tenido un concepto bastante extremista de un Dominante.

Le pedí que me hablara de su trabajo y su rostro se transformó en una sonrisa que iluminó el momento. La escuché atentamente mirándola directamente a los ojos mientras le hacía alguna pregunta ocasionalmente y ella me respondía entusiasta. Hablaba de su trabajo con tal pasión que contagiaba.

–… que tus ideas puedan plasmarse en algo que le dará vida a una empresa y que tengas éxito… – suspiró – se siente bien.

–Me has convencido ¿Dónde firmo? – bromeé con ella.

–¿Y yo? – me miró diferente – ¿Firmaré algún contrato? ¬– su pregunta borró toda la diversión del momento.

–Como comprenderás, no puedo prescindir de uno – me serví una copa de brandy – y supongo que a ti también te dará seguridad firmarlo.

–Si Señor – su voz recuperó ese tono bajo, como un susurro.

–Por lo pronto, debes saber que los fines de semana los pasarás conmigo, ya sabes que también podré llamarte algún día entre semana. Te comportarás con propiedad y discreción ya que me acompañarás a eventos públicos y la gente te relacionará conmigo por lo que no necesito atención extra sobre mi.

–Si Señor.

–Isabella, como te dije esta tarde, tu cuerpo me pertenece y me gusta que mis propiedades estén en perfecto estado para que pueda hacer uso de ellas como yo lo considere. Si te ejercitas y te alimentas mejor las cosas serán más fáciles para ti, pero eso lo dejo a tu elección – me acomodé en un sillón del salón – ven aquí – extendí mi mano hacia ella y la tomó, se sentó a mi lado y la atraje a mi pecho.

–Salvo ciertas pequeñas cosas – dije mientras enredaba mis dedos entre su pelo – espero que quede entendido que tú ya no tienes ningún derecho sobre tu cuerpo. Tu voluntad es mía. Yo soy a quien perteneces a partir de este momento y por lo tanto yo tomo las decisiones con respecto a ti pequeña – levantó la cabeza, me miró y tragó en seco – si quieres algo, vienes y ya te diré que pienso al respecto. Por hoy es suficiente Isabella, lo demás lo irás descubriendo sobre la marcha, creo que no hay nada mejor que experimentar las cosas ¿Cierto?

–Cierto Señor.

–Bien, ya es tarde. Paul te llevará a tu casa – la ayudé a ponerse de pie y le puse el abrigo – descansa mi pequeña – besé ligeramente sus labios y oprimí el botón del ascensor que la llevaría a la planta baja. Una vez que se cerraron las puertas me dirigí a mi habitación y fui directamente a darme un baño. Sin él no estaba seguro de poder conciliar el sueño.

                                                                          ***.

A la mañana siguiente empecé mi rutina mucho más temprano que de costumbre. Llegué a la oficina y como todas las mañanas Katie me siguió para recordarme los puntos importantes del día. Juntas, almuerzo con el embajador de Brasil, visita una de las construcciones… sería un día tan ocupado como todos pero para mi fortuna, era viernes.

–La secretaria del arquitecto McCarthy llamó para recordarte la visita a los nuevos terrenos pero no le confirmé nada Edward, dice que su jefe está muy enojado porque ya le cancelaste dos veces y que si lo haces de nuevo… – Katie no terminó la frase pero no era necesario.

–¿Banks envió algo?

–No. ¿Necesitas algo más?

–Cuando llame la Dra. Conrad pásame la llamada inmediatamente, es todo Katie – cerró la puerta detrás de ella y tomé mi teléfono, busqué al contacto y toqué la pantalla sobre su nombre.

–¡Eres un cabrón!

–¿Puedo saber porque me dejas amenazas de muerte con mi secretaria en lugar de llamarme a mi teléfono… maricón?

–Para que conste como prueba que te advertí que te mataría, quiero que todos se enteren que moriste bajo mis manos, porque lo harás Cullen.

–¿Tú no trabajas? Porque yo si y si cancelé es porque era necesario Emmett – dije sarcástico disfrutando el hacerlo enojar.

–Bastardo…. Si no fuera porque conozco y adoro a tu madre te lo diría más seguido. ¿Qué hay niño bonito? – preguntó provocándome como siempre.

–Si en algo aprecias tu vida no vuelvas a llamarme así – le advertí.

–Humm, que delicado… ¿Cuándo nos vemos?

–Después del almuerzo en los terrenos, hay que empezar eso lo más pronto posible, ¿Cómo van los apartamentos?

–Bien, eso ya casi está. ¿Qué te parece si después vamos a tomar algo rápido? ¿Le digo a Jasper y que nos espere donde siempre? – parecía un niño ansioso planeando una travesura.

–¿Y tú desde cuando tomas ‘algo rápido’? – quise saber.

–Bueno hermano, yo también soy un hombre ocupado, tú sabes… pero bueno entonces qué ¿Le aviso a Jasper?

–De acuerdo, adelanta una hora la visita a los terrenos y luego nos vemos ahí.

–Hasta la tarde niño bonito.

–Cuenta tus minutos Emmett – amenacé y corté la llamada.

Emmett McCarthy era uno de mis mejores amigos, nos conocimos en el colegio y después se nos anexó Jasper Whitlock. Éramos el trío problema, unos chiquillos rebeldes que siempre andábamos metidos en algún lío y cuando el director del instituto le dijo a nuestros padres que ya era hora de que conociéramos un poco de disciplina, se tomaron la sugerencia al pie de la letra y nos enviaron a un colegio militar, diferentes por supuesto. Ahí conocimos el honor, la disciplina, el castigo y nos volvimos jóvenes estudiosos, responsables y nos graduamos con honores. De ahí pasamos a la universidad y ‘casualmente’ elegimos la misma aunque carreras diferentes. Emmett era un gran arquitecto y teníamos algunos negocios juntos, Jasper era el fiel abogado que nos cubría las espaldas, y no era que nuestros asuntos fueran de carácter dudoso pero en este medio, uno no podía ni debía dar un paso sin estar asesorado legalmente, así que seguíamos siendo un trío pero ahora uno muy productivo. La amistad que teníamos y que nunca se perdió se afianzó mucho más, tras descubrir algo que marcaría nuestras vidas para siempre.

                                                                            ***.

La mañana pasó relativamente tranquila. Después de mi almuerzo con el embajador, me dirigí a los terrenos para al fin encontrarme con Emmett y empezar a planear ese nuevo centro comercial. Era una superficie bastante grande y todo parecía estar en las condiciones óptimas para iniciar el proyecto. Aclaraba algunos puntos con Emmett cuando mi teléfono vibró.

–Buenas tardes señor Cullen, la Dra. Conrad – saludó.

–Margot, esperaba tu llamada – me alejé de Emmett que me miró quisquilloso – ¿Qué noticias me tienes? – su informe fue bastante corto pero preciso. Exhalé al terminar la llamada con ella y me volví hacia Emmett que me sonreía descarado.

Llegamos al bar de siempre y tomábamos un whisky mientras intentábamos ponernos al día.

–Esa mujer me va a matar – dijo Jasper pasándose las manos por la cara.

–¿Qué mujer? – pregunté.

–Una que no se está quieta ni un minuto y además está empeñada en seducirme.

–¿Seducirte? – fruncí el ceño – ¿Cómo es que no la has seducido primero?

–No es mi tipo, pero ella insiste – me reí al recordar a Isabella – creo que voy a darle un buen susto para ver si de una vez por todas me deja en paz.

–Cómo te haces el mártir – le dijo Emmett – las veces que han salido no lo has pasado nada mal.

–Es verdad pero ya sabes a qué me refiero y tú estás jugando con fuego – se fue contra él – te estás pintando como alguien que no eres y te estás involucrando más de lo que crees, cuando te des cuenta tu Rose saldrá huyendo; no podrás manejar esa situación Emmett, te conozco.

–Yo sé como hacer esto Jasper, relájate – Emmett alzó su vaso y tomó un buen sorbo – le va a encantar ya verás.

–¿Y tú en que andas? – se dirigió a mi – ¿Pudiste deshacerte de Tanya al fin? – asentí.

–Por cierto Jasper, necesitaré un contrato pronto – dije como si nada – las mismas cláusulas.

–¡Vaya! Si el niño bonito no deja a una sin tener en la mano a la otra – Emmett aplaudió – eres mi ídolo.

–¿De que te quejas si tienes ambas manos bien plantadas en ese trasero? – Jasper arremetió.

–Y qué trasero hermano, me está volviendo loco – admitió – Pero dime Edward, ¿de donde la sacaste?

–Soy un bastardo con suerte – sonreí sin aclarar nada más.

–Es verdad – reconoció Jasper.

–Y yo que te iba a presentar a alguien – se llevó un cacahuate a la boca – aunque me ibas a mandar a la mierda a los tres segundos – sonrió.

–¿Por qué? – encendí un cigarro – ah ya, seguro es amiga de tu novia, una mojigata, gracias Emmett.

–Ah, es guapa.

–Gracias, pero ya estoy en algo.

–¿La conoceré pronto? – preguntó levantando repetidamente las cejas, negué con la cabeza y volví mi atención a mi vaso de whisky.

                                                                            ***.

–Isabella, bienvenida – se veía muy hermosa asustada.

–¿En dónde estamos? – la incertidumbre se reflejaba en su rostro.

–A las afueras de Londres, en mi casa – me acerqué a ella y tomé su mano – el penthouse en la ciudad es para fines prácticos.

–Es… muy hermosa – dijo mirando a su alrededor.

–Me alegra que te guste – levanté su brazo y me alejé un poco para admirarla – ¿Disfrutaste tu tarde?

–Si, gracias – respondió, solté su mano y comenzó a caminar por el vestíbulo observando todo con curiosidad.

–Después podrás recorrer toda la casa si quieres, ahora tengo hambre, vamos – me acerqué a ella y la guié hacia el comedor. Cenamos en un ambiente relajado, como la noche anterior y al terminar, tomé su mano y nos acercamos a las escaleras. Podía sentir la tensión borrando el estado tranquilo que había mantenido durante la cena pero intentaba disimularlo. Subimos y al llegar al vestíbulo, la dejé a mitad de éste frente a un enorme espejo.

–Así – me acerqué lentamente mientras miraba su reflejo – quiero verte cada vez que cenes conmigo. Cada noche, te usarás un vestido diferente y lo lucirás para mi; te permitiré eligir el que desees, tendrás muchos – rocé su espalda con mis dedos y la llevé a mi habitación. Rodeé por detrás su cintura repartí besos en su nuca y cuello. Su piel era deliciosa y en el spa, la habían hecho lucir mucho más hermosa. Se estremeció un poco y coloqué mis manos en sus brazos, pasándolas por toda su longitud.

–Me agrada que estés aquí – le susurré al oído – ahora enséñame tu cuerpo – me recosté en la cama apoyándome sobre mis codos – desvístete despacio Isabella.

A pesar de sus nervios estaba bastante concentrada en lo que le pedí. La ayudé un poco con la cremallera de su vestido y volví a mi posición anterior. Muy despacio, bajó el vestido y este resbaló por su cuerpo dejándola en ropa interior. Una extraña sensación en mis oídos los selló, aislándome de algún sonido mundano, solo escuchaba mi respiración y si ponía un poco de atención hasta hubiera escuchado mi sangre correr por mis venas. También el latido apresurado de mi corazón se unió a los pocos sonidos de los cuales tenía noción. Sacudí un poco mi cabeza pero la sensación se mantuvo.

–Acércate – le pedí sentándome en la orilla de la cama y dio unos pasos hacia mi – más – le ordene y me obedeció hasta quedar de pie entre mis piernas. La rodeé con mis brazos y le desabroché el brassiere quedando sus senos expuestos para mi. Mi respiración se hizo más profunda y los latidos de mi corazón se hacían más graves. Cerré los ojos y comencé a reconocer el cuerpo frente a mi que era de mi propiedad. Enterré mi rostro entre sus senos y aspiré su olor mientras mis manos palpaban sus caderas. Podía sentirla temblar pero se mantenía derecha, con la cabeza erguida y esa no era la actitud que a mi me gustaba. Con rapidez me deshice de sus bragas y una vez más aprobé el excelente trabajo que realizaron con ella al ver su sexo desnudo. Me puse de pie obligándola a dar un paso hacia atrás.

–Desvísteme – le mandé y con sus temblorosas manos, comenzó a desabotonar mi camisa para luego seguir con la hebilla de mi cinturón y mi pantalón. Di un paso para sacar mis pies de él y cuando con su agitada respiración que elevaban sus senos de erectos y deliciosos pezones prosiguió para bajar mis bóxers, la detuve.

-Arrodíllate – le dije alejándola de la cama – con las manos hacia atrás y los ojos cerrados – fui a mi vestidor y de un cajón saqué un pañuelo de seda. Cubrí con él sus ojos y me quedé de pie frente a ella, desnudo.

–Tócame Isabella, quiero sentir tus manos en mi cuerpo.

Con timidez, subió despacio sus manos y las puso sobre mis piernas. Las movía con precaución, cohibida, hasta que puse las mías sobre las suyas para sentirlas donde yo quería – este es mi cuerpo Isabella, el de tu dueño, el de tu maestro y no debes sentir ni pena ni vergüenza por tocarme.

Recorrí con nuestras manos mis muslos, de arriba abajo, las llevé hacia atrás hasta mis nalgas y las presioné contra mi carne. Su respiración era agitada pero se mantuvo en bastante control de si misma hasta que las cerré a mi alrededor y su rostro quedó rozando mi polla que está de más decir que ya sufría de una gran erección.

–Tócame con tus labios – dije con voz ronca debido a mi estado de excitación – no tengas miedo, no debes tenerlo – empujé brevemente mis caderas hacia ella – eso es, así – dije al sentir sus labios rozar mi ingle derecha – abre la boca Isabella, prueba mi piel – su cálida lengua lamió una pequeña parte y la sangre comenzó a hervir en mis venas y a pulsar en mi miembro. Fruncí el ceño, tomé su cara entre mis manos y la centré en mi polla, ahí era donde la quería – ahora aquí – estaba seguro que dudaría o que muy probablemente se negaría pero para mi sorpresa, me tomó entre sus manos y aunque un poco tímida, comenzó a acariciarme con su lengua. El sonido de los latidos de mi corazón reventaba en mis oídos y creí que estallarían cuando me introdujo en su boca y torpemente intentó cubrirme todo.

La agarré de los brazos y con fuerza la levanté dejándola sobre la cama. Asustada trató de quitarse el pañuelo de los ojos – ¡No te lo quites! – grité al mismo tiempo que me colocaba a horcajadas sobre ella y atrapé uno de sus senos en mi boca, chupándolo y jalándolo entre mis dientes. Isabella gemía asustada mientras me volvía sobre su otro seno y lo mordía y lo lamía intermitentemente. Bajé una mano y acaricié la suavidad de su monte para luego introducirla entre sus húmedos y calientes pliegues. Jadeó por la sorpresiva invasión pero lo hizo aún más fuerte cuando introduje con fuerza un dedo en ella y bombeé y bombeé, sin preocuparme en encontrar su punto clave. No tardó en comenzar a cerrarse sobre mi dedo, a constreñirse a su alrededor y a jadear sin pudor. Así era como la quería, retorciéndose por mis caricias sin que nada se interpusiera a mis deseos.

Segundos después gritó liberando la tensión acumulada y arqueando su cuerpo, yaciendo desmadejada a mi lado momentos después, sin intentar siquiera regular el ritmo de su respiración. Me recosté sobre mi codo y disfruté verla reaccionar lentamente mientras pasaba suavemente mi mano por su vientre. Sorpresivamente me puse de pie, molesto.

–Es tu última oportunidad Isabella, vete de aquí.*

*

*

*

Mil Gracias a la maravillosa Isita María por su excelente trabajo beteando esta historia y a PattinsonWorld por sus acertados consejos e imágenes. Gracias!!! (Ver comentarios) 

martes, 14 de junio de 2011

CAPITULO 6

Lista y Dispuesta.

–Veo que te gustó mi regalo...

Su boca esbozó una sonrisa de lado. Casi podía escuchar su risa interior. Pero también podía escuchar como retumbaban mis oídos por los latidos de mi corazón y mi respiración agitada, ya no sabía si por correr para llegar hasta ahí o por lo nerviosa que me encontraba.

Sin quitar la mano de su caballo, estiró la que tenía libre hacia mí, invitándome a acercarme a él. Respiré profundamente un par de veces para intentar normalizar mis latidos y mi respiración misma. Con pasos titubeantes avancé y me detuve hasta quedar frente a él. Su mirada me recorrió analizando detenidamente mi atuendo y mientras lo hacía, su sonrisa torcida no abandonó sus labios.

–Llegaste justo a tiempo – dijo. Tomó mi mano y al sentir su contacto casi la quité con sorpresa por el estremecimiento que corrió por toda mi extremidad. Mis nervios, mi agitación y la fuerte personalidad de ese hombre me jugaban sucio, me confundían y no podía darme ese gusto, tenía que estar muy pendiente y con los ojos muy abiertos porque si no, corría el riesgo de ser devorada por Edward Cullen y yo quería disfrutar un poco antes que eso sucediera. Porque yo sabía muy en mi interior que así iba a ser, para bien o para mal.

Le dio una nalgada muy fuerte a su caballo y me hizo dar un brinco sobresaltada, al mismo tiempo que cerraba los ojos y encogía mis hombros; cuando los abrí un par de segundos después, lo vi sólo estudiando mi reacción. El caballo se metió a su lugar y él cerró su puerta pasando un cerrojo. Dio un fuerte silbido y otro caballo salió de su caballeriza acercándose a él. Bajó la cabeza y Edward lo acarició. Con una rapidez que supuse le daba la práctica lo ensilló y yo aproveché esos minutos para observarlo moverse. Pese a que realizaba un trabajo tosco, sus movimientos eran coordinados, elegantes y precisos. Las líneas de su cuerpo se marcaban bajo el pantalón blanco de montar y esa camisa polo negra. Era magnífico, un modelo de estatua griego o romano. Músculos definidos en sus brazos, en su espalda y los muslos torneados y muy fuertes, tenían que serlo para dominar a los caballos, todo el secreto estaba en la fuerza de esos muslos. Dios…

Terminó de amarrar los cinchos y de asegurarse de que estuvieran bien colocados. Le dio una nalgada y el caballo pareció recibirla gustoso, como si fuera un premio por haberse comportado mientras él lo trabajaba. ¿Sería así? ¿Podría yo desear una nalgada tan fuerte como un premio? En ese momento recordé lo que llevaba en la mano.

Señor – dije tímida mientras estiraba mi mano con otro regalo de los que venían en la caja. Mi brazo temblaba un poco, pero él tomó la fusta y la sonrisa de satisfacción apareció de nuevo en su cara.

–Ven aquí – jaló el extremo de la fusta y a mí junto con ella, acercándome a unos escalones que servían para ayudarse a subir al caballo. Sacándome de la mente los pensamientos inoportunos que me gritaban que me diera media vuelta y saliera de ahí, ciega, pero con una fuerza que me impulsaba a obedecerlo, subí esos escalones para quedar más alta que él, para que con la fusta que ya tenía en su poder y con una tortuosa lentitud, delineara mis muslos, mis caderas, estremeciéndome mucho más que antes. Su lengua acariciaba el interior de su mejilla; serio, mientras sus ojos seguían el recorrido del objeto que yo le había entregado. Con la punta de él, empujó mi cadera para que girara; lo hice con cuidado tomada de su mano. Era cálida y segura. Como todo él.

Ya no podía mirarlo, estaba dándole la espalda y la ansiedad de no saber qué haría me invadía, pero en ese mismo instante olvidé todo al sentir una caricia que subía desde el interior de mis rodillas hasta mis muslos, llegando hasta su unión. Incliné la cabeza lo suficiente para corroborar la sensación que tenía de la fusta rozando mi sexo una y otra vez, asomándose hasta dejarse ver entre mis piernas. Mi corazón ya no latía, ya no respiraba. Compadeciéndose un poco de mí, prosiguió con su camino subiendo hasta mis nalgas. Dibujó círculos en ellas y me hizo girar de nuevo. La sonrisa se había borrado de su cara y estaba serio, demasiado, pero no dejaba de tocarme con el objeto que rozaba mi vientre y que poco a poco fue subiendo sobre la blusa hasta llegar debajo de mis senos. Ahogué un jadeo, tragando en seco. No sabía qué era exactamente lo que pretendía o cual era su intención, sólo sabía que había logrado excitarme tanto como nunca lo creí posible.

Mi pecho subía y bajaba evidenciando mi estado de excitación. No tenía idea si era de pena, si me daba vergüenza por responder tan fácilmente a él o qué. Sólo deseaba que no se decepcionara de lo que veía, quería que se sintiera atraído por mí, lo deseaba tanto… El roce suave de la fusta rodeando mis senos me sacó de mis pensamientos. La punta de la vara acarició su redondez y de pronto me sentí mareada; era demasiado, demasiadas sensaciones que creí que nunca sentiría de nuevo resucitaban en mi cuerpo con una fuerza avasalladora, abrumante, anulando mi cordura. El valle de mis senos tampoco fue inmune a los encantos de la mágica vara que me había vuelto a la vida, pero al frotarse en mis pezones duros de excitación, ni siquiera intenté evitar que un jadeo escapara de mi boca. Sin soltarme la mano, dio otro silbido un poco más suave y el caballo se colocó junto a él.

–Es hora de irnos – dijo sin más, me tomó de la cintura con ambas manos y con un impulso me montó en el enorme caballo negro. Me aferré asustada a la silla, inclinándome para agarrarme del cuello del animal.

–¡No! – dije aterrada – yo no sé montar.

Edward subió al caballo de un brinco y quedó detrás de mi. Chasqueó la lengua un par de veces y el caballo movió vigorosamente el cuello acercándole las riendas que tomó al rodear mi cintura y mis caderas. Yo estaba tan sorprendida por lo que pasaba que me tensé en un acto reflejo, separándome unos centímetros de él.

–Relájate – su voz era firme – el caballo puede sentir lo tensa que estás – hice el intento de seguir su orden y su duro pecho se pegó a mi espalda. En ese instante fui plenamente consciente de que sus piernas rodeaban las mías y… mis nalgas casi estaban sobre él. Dios… no podía estar más agitada; temblaba. Edward se acomodó mejor y sentí más firmes sus brazos alrededor de mi cintura, manteniéndome segura con su cuerpo. Y si, me sentía protegida por ese muro infranqueable, más que nunca, y esa sensación me gustaba, era desconocida para mí, pero iba a permitirme sentirla por primera vez. Iba a permitirme muchas cosas por primera vez.

Salimos de la cuadra hacia el campo, por un rumbo diferente al que ya conocía. Nos adentramos por el bosque y me relajé viendo el paisaje, pero sin olvidarme ni un momento del hombre que estaba adherido a mi cuerpo. El caballo iba a trote suave el cual bajó al llegar a la orilla de un riachuelo. Lo cruzamos y seguimos el camino hasta llegar a un claro muy hermoso. Comenzamos a rodearlo y se detuvo en un espacio donde el pasto no estaba crecido y las pequeñas florecillas moradas, blancas y amarillas crecían silvestres adornando esa porción del terreno.

Se bajó del caballo tan rápido que apenas lo noté. Me tomó de la cintura y como si no pesara nada, me depositó en el suelo. Me sostuve de su brazo algo mareada y una vez que me estabilicé me solté; Edward se alejó un poco, observándome por lo que me pareció una eternidad hasta que por fin lo escuché decir...

–Isabella Swan – dijo bastante serio – ¿Quién eres y qué quieres de mí?

Me di vuelta y lo miré lo más fijamente que pude. Su pregunta hecha con una orden implícita de ser contestada de manera concisa me sorprendió y no fui capaz de responder con la rapidez y determinación que hubiera querido.

–Yo… usted ya lo sabe Señor – mi voz salió apenas en un hilo.

–Si fueras inteligente te alejarías de mí – entrecerró los ojos mirándome – ni siquiera sabes quién eres y ya estás deseando algo que… ¬– comenzó a negar con la cabeza.

–Si me dejara intentarlo, yo sé que puedo cumplir con sus expectativas, Señor – le pedí.

–¿Cómo puedes estar tan segura? Tampoco sabes quién soy yo – dijo tajante.

–Si lo sé – lo corté sin darle oportunidad a seguir negándose – usted es un empresario que desde muy joven comenzó a realizar importantes negocios inmobiliarios y…

–No me refiero a eso y lo sabes – aclaró.

–Yo sé lo que usted es – dije segura.

–Entonces dilo. En voz alta.

–Un dominante – susurré.

–¿Tienes miedo?

–No.

–Deberías.

–Déjeme intentarlo – insistí.

–No – caminó sin dejar de mirarme – tú no sirves para esto, no es para ti.

–Por favor.

–¿Por qué quieres esto?

Bajé la mirada nerviosa pensando en cómo explicarle mis deseos de pertenecerle. No sabía cómo hacerlo porque ni yo misma podía entenderlo, simplemente era algo que más fuerte que yo, algo que me llevaba a pedirle que me tomara como su obediente aprendiz para darle toda la satisfacción de la que fuera capaz y en el intento, obtener la mía propia.

–Ni siquiera eso puedes contestarme – dijo enfadado y se acercó a mí. A mis espaldas. Pude sentirlo oliéndome, respirando mis nervios, ni ansiedad y mi deseo.

Respiraba por la boca, angustiada, pensando en qué decirle para que no me rechazara cuando sus dedos me tocaron. Bajaban despacio por mis brazos, dejando un rastro caliente por donde me rozaba incluso a través de la tela. Al llegar a la altura de mi cintura, colocó ambas manos ahí apretándolas pero sin hacerme daño; me tensé al sentir que continuaban su trayecto por mis caderas, frotando en suaves círculos.

–Necesito asegurarme de que sabes en lo que te estás metiendo – su nariz se enterró en mi pelo, aspirando mi esencia – que sabes de que se trata todo esto, porque estoy seguro que solo es un capricho tuyo, mi querida Isabella y yo no tolero, ni perdono los caprichos de una chiquilla que se piensa astuta.

–No, yo no…

–Cállate – ordenó y me encogí un poco – tendrás que convencerme de que deseas esto, deberás demostrarme qué tan ávida estás por entregarme tu sumisión – me decía al oído – porque una vez que así sea…

Enredó mi pelo en una de sus manos y tiró de él hasta que levanté la cabeza al mismo tiempo que solté un gemido, dejando libre para sus labios el acceso a mi cuello. Sin embargo, no lo besó, sólo rozaba apenas mi enfebrecida piel. Sus manos vagaron libres por mi torso y mi vientre, presionándome contra él. Mis ojos se abrieron de golpe al sentir en mis nalgas su poderosa erección, empujando contra mí, presionándose y encendiendo aún más mi cuerpo que se consumía con un deseo que estaba muy lejos de ser satisfecho.

Se separó de mí abruptamente y con un chasquido de su lengua el caballo se acercó. Me tomó de nuevo por la cintura y me subió a él, sorprendiéndome otra vez por sus inesperados movimientos. Colocó un pie en el estribo y se impulso sobre él animal volviendo a quedar pegado a mí. El caballo movió la cabeza alcanzándole las riendas que él tomó entre sus manos, rodeando mi cuerpo y apretándome a él con mucha más fuerza que antes. Podía sentir cada respiración suya, cada esfuerzo de sus piernas para dirigir al caballo, haciéndolo girar para volver por el camino; el animal relinchó y Edward le jaló las riendas.

–Soo, calma, tranquilo – le dijo al caballo y este pareció entenderlo porque enseguida giró y a trote suave tomó el camino por donde veníamos.

Edward no hablaba, pero podía sentir su respiración en mi oído y la calidez de su aliento detrás de mi oreja. Era lo único que me faltaba para tener alterados mis sentidos y ser incapaz de razonar con algo de lucidez. Sólo podía esforzarme por mantenerme erguida y no dejar que mi cuerpo se derritiera en sus brazos. Eso si que sería como darme un tiro de gracia, la señal que él estaría esperando para alejarme y mandarme al diablo de una vez por todas.

Nos acercamos al club poco a poco, ya podía divisar a lo lejos algunos de sus edificios. Tenía prisa por llegar y correr hasta mi auto para irme a casa. Había tenido demasiado de él por ese día y necesita procesar cada segundo de nuestro encuentro, palabra por palabra y cada mirada suya; así como él me había analizado, de la misma forma tenía que hacerlo yo para ir formándome una idea más concreta de Edward Cullen, porque no era suficiente con mi arrebato infantil de proponerme como su ferviente pupila. Y lo reconocía, había sido un estúpido impulso pero a esas alturas, algo de él me atraía como un imán y no podía ni quería alejarme. Sólo tenía que conocer perfectamente la tierra que a partir de ese momento pisaría.

Aspiré por la boca al sentir su mano posarse en mi ingle, sosteniéndome firmemente contra él aún más si es que eso fuera posible. Lo escuché soltar una risita muy bajo y con sus talones, golpeó al caballo en los costados para ir con más velocidad.

–¡No! – grité cuando el equino lo obedeció.

–No pasa nada – me apretó más contra él – confía en mí.

–¡No!, ¡Tengo miedo! – volví a gritar – Por favor…

Él jaló las riendas y el caballo fue aminorando el galope hasta que estuvo completamente detenido. El miedo provocó que mi pecho subiera y bajara por mi respiración agitada. Su mano abandonó mi ingle y subió a mi cintura junto con la otra para bajarme bruscamente del animal con un movimiento inesperado. No me bajó con cuidado y tampoco fue delicado, pero agradecí estar con los pies bien plantados en una superficie segura.

–Estoy seguro que tus botas necesitan aflojarse – dijo tranquilamente.

–¿Cómo? – abrí los ojos desmesuradamente – no estará pensando en dejarme aquí ¿Verdad?

–No te preocupes que por aquí no hay animales salvajes, pero apresúrate porque va a empezar a llover como ayer y no debes enfermarte, no soporto a alguien enfermo cerca de mí – dijo engreído – y escucha bien porque yo no repito las cosas…

–¿Qué? – solté furiosa por lo que me estaba haciendo.

–Modula tu tono Isabella – jalaba las riendas del caballo y este relinchaba – que no le estás hablando a ninguno de tus amiguitos.

–No, ellos nunca me dejarían aquí – respondí algo altanera y después me arrepentí bajando la cara.

–Te quiero siempre lista y dispuesta para mí, ¡Siempre! Sin pretextos – giró con el animal y se fue de ahí como alma que lleva el diablo, dejándome sola en medio del bosque, a punto de que comenzara a caer un diluvio y con un par de putas botas nuevas y duras.

***.

Me di un baño con agua muy caliente; pude salvarme de la lluvia, pero no de unos adoloridos y ampollados pies. Me puse un ungüento y maldije al par de botas que parecían burlarse de mí. Las coloqué en la habitación de visitas, cerré la puerta y me acosté en mi cama pensando en ese fatídico día. Nunca imaginé al levantarme esa mañana que un par de horas más tarde estaría con él de esa forma, no lo pensé. Para ser honestas, no pensé en nada al salir de casa para buscarlo. Fue solo un impulso estúpido pero sabía que volvería a salir corriendo a buscarlo porque… porque bueno, yo solo lo sabía.

Y él también sabía que yo no iba a dejar de insistir. Por eso me había dado una oportunidad y debía ser muy inteligente y poner todo de mi parte para no reaccionar como lo había hecho porque si no, me mandaría al diablo en un segundo y yo me quedaría sola y sin haber experimentado nada de lo que quería.

Las chicas llamaron. Estaban desesperadas por saber cómo me había ido con Max el día anterior y les conté con lujo de detalles, ellas gritaban emocionadas y juraban que ya me lo había echado a la bolsa, que ya lo tenía comiendo de mi mano y que no tardaría en darles la buena noticia de que él y yo, ya éramos algo más que amigos. Para mi buena suerte casi no me reclamaron el que no les hubiera respondido sus mil llamadas ese día porque les dije que tuve que ir a la agencia para terminar el proyecto. Me creyeron, porque ¿En donde más hubiera podido estar? Ellas no hicieron gran cosa; solo se pasaron el día holgazaneando, Alice consolando a Rose que seguía esperando una llamada de Emmett y Alice por su parte, esperando una de Jasper. Colgué con ellas prometiéndoles que les llamaría para contarles cómo me había ido con el proyecto y luego me envolví en mis sábanas.

Me dormí un rato, pero mi estómago vacío gruñó con fuerza. Entonces recordé que no había comido nada en todo el día. Me levanté y fui a prepararme algo de cenar. Un sándwich y un vaso de leche fueron suficientes para calmar mi hambre y poder volver a la cama. Estaba exhausta y después del baño, de dormir un par de horas y de haber cenado, la caminata que Edward Cullen me había obligado a dar hasta las caballerizas se dejó sentir a todo lo que daba. Pero me lo tenía bien merecido ¿O no? Quise pensar que sÍ, ya que no debí responderle de ese modo, por lo que suponía que ése había sido mi primer castigo. Debía medir mis palabras y no cuestionar sus ordenes. Sabía también que eso iba a suponer un esfuerzo meteórico de mi parte, pero tenía que intentarlo. Y lo de confiar en él… eso ya eran palabras mayores. Yo solamente confiaba en Alice y en Rose.

Esa noche dormí tranquila hasta que un caballo negro se apareció en mi sueño. Corría y corría, sin detenerse a ninguna orden de su amo. Él simplemente avanzaba desbocado conmigo en el lomo, muerta de miedo. Corrió hasta que poco a poco fue deteniéndose en una playa de arenas muy blancas y el mar muy azul.


“¿No era esto lo que querías?”, “¿No lo era, Bella?”

Alguien me gritaba desesperado, pero yo no hacía caso, solo caminaba adentrándome en el mar alejándome de todo…

Cuando mi despertador sonó, sentía que no había dormido lo suficiente. Tenía lágrimas secas que se habían deslizado hasta mis sienes. “Otra vez esas pesadillas” me dije, pero le levanté y me dirigí al baño por una fresca ducha y me vestí lo más alegre que pude para salir hacia la agencia. Un café y una dona me recibieron al llegar. Jane se estaba ganado a pulso el cielo por esos detalles.

–¿Qué hiciste el fin de semana Bella? ¿Caminaste por las brasas en un retiro extraño o qué cosa? – me miraba los pies.

–Oh, no – dije restándole importancia a mis amplios Crocs – es solo que me estrené unas botas y me destrozaron los pies – maldije al Señor con todas mis fuerzas. Me dolían los pies mucho más que el día anterior.

–¿Botas? – me miró enarcando una ceja – más bien creo que te compraste una cámara de torturas para cada pie, yo que tu demandaría al fabricante de esas cosas, ¿Ya te viste caminar?

–No es gran cosa Jane, por cierto, gracias por el café y la dona – le guiñé un ojo – me estoy acostumbrando – dije dándole una mordida.

–De nada, algo dulce en el sistema ayuda a funcionar mejor.

–Tienes razón, solo que después tendré que pagar el precio por “funcionar mejor” – hice comillas – en un gimnasio.

–No exageres y revisemos esto – le dio una mordida a su segunda dona.

Ya solo faltaba ultimar algunos detalles para hacer la presentación del proyecto y esperar por la decisión del cliente. Estábamos muy orgullosas de nuestro trabajo porque sabíamos que era bastante bueno y además lo realizamos en muy poco tiempo. Yo, además de orgullosa estaba muy contenta porque bien había valido la pena tanto buscar trabajo y encontrarlo en Alter Medios. Estaba muy a gusto ahí y tener de compañera a Jane era toda una delicia. Ambas llevábamos poco tiempo trabajando ahí, pero en ese par de meses vimos que la cartera de clientes había aumentado considerablemente, lo que nos beneficiaba de forma directa ya que por ese pequeño motivo, Olivia tendría que asignarnos proyectos de mayor importancia y por lo tanto necesitaría contratar personal para que se ocupara el tedioso trabajo que nosotras realizábamos. La agencia sin duda iba creciendo y aunque era una agencia pequeña aún, ya poco a poco estaba ganándose un nombre importante en el medio publicitario.

El día transcurrió sin mayor problema. Pulimos nuestro trabajo y dejamos todo listo para reportárselo a Olivia al día siguiente y un día después al cliente si es que no tuviéramos que hacer alguna modificación que nos indicara nuestra jefa. Salimos algo tarde de la agencia pero nos fuimos a tomar una cerveza y a comer a un buen lugar porque nos merecíamos un premio. Después de un buen filete, me despedí de Jane y me encaminé muy despacio hasta mi auto para volver a casa; necesitaba mi pijama y subir mis adoloridos piececitos sobre un par de pomposos cojines. Al llegar, lo primero que hice fue aventar los Crocs y caminar en calcetines, ya no los aguantaba. Un rato después ya estaba instalada en mi cama con los pies en almohadones, justo como lo había añorado todo el bendito día. Poco a poco fui quedándome dormida.


“Tú también lo querías, Bella”, “No era sólo yo”

Un par de ojos oscuros aparecieron frente a mí. Me miraban molestos, tal vez algo asustados y yo lloraba. Mis manos cubrían mi rostro y otro par de manos ponía algo sobre mis hombros y me alejaba de él. Una voz muy suave y delicada me confortaba mientras que me acariciaba. Me sentía protegida por esas manos, a salvo.

Me desperté respirando algo agitada y lentamente me fui calmando. Acomodé mis almohadas y volví a acostarme. No me fue difícil quedarme dormida de nuevo y lo que restaba de la noche, dormí tranquilamente. Por la mañana me levanté con energías renovadas y sonreí al ponerme los zapatos y ver que ya no me lastimaban los pies.

En la agencia Jane me recibió con la consabida dona y la taza de café. Desayuné apurada porque Olivia ya estaba esperándonos y al terminar, nos dirigimos a la sala de juntas con los storyboards y los CD’s para hacer nuestra presentación. Olivia quedó muy complacida y nos felicitó.

–Es un trabajo estupendo chicas, estoy segura que el cliente estará muy contento – dijo asintiendo, nos dio unos consejos para la presentación al cliente y salió de la sala de juntas con una sonrisita en los labios.

–¿De qué se reiría, Bella? – Jane y yo la seguimos con la mirada.

–No lo sé, pero al menos sé que molesta no estaba – me encogí de hombros.

–Tal vez el clima la esté afectando – se burló – o quizás esté saliendo con alguien, ya sabes que cuando estás enamorada te ríes hasta con la pared.

–¿Hablas por experiencia propia Jane? – alcé las cejas.

–Por supuesto, no me digas que no te ha pasado igual – me dio un empujón con la cadera.

–Ya, ya, vámonos – y salí de ahí dando por concluido ese tema.

Por la tarde, nos fuimos temprano a casa y al estar ya tirada en mi sillón viendo la tele, decidí llamar a las chicas para mantenerlas al tanto de mi día antes de que me llamaran ellas reclamando mi atención. Tenían buenas noticias, al menos Rose sí. Emmett la había llamado y habían quedado para comer al día siguiente. Estaba feliz.

–Tienes que disculparte con él, Rose – dije advirtiéndole.

–Yo creo que tú deberías darle una disculpa también, después de todo fui acompañándote a ese tonto partido de polo – me reclamó.

–Si le hubieras hecho caso, todo marcharía bien, pero se te hizo muy fácil ir al bar en venganza y eso fue muy infantil de tu parte – me defendí – admítelo.

–Lo sé, pero no era para que se pusiera así.

–Ponte en su lugar y luego me dices como se ven las cosas desde allá querida – dije sarcástica.

–No le hagas caso Rose – dijo Alice – ya falta muy poquito para que te toque darle tus sabios consejos, es muy fácil ver los toros desde la barrera ¿Verdad “querida”?

–Lo que sea Alice, no voy a discutir hoy.

–Está bien – admitió Alice – suerte mañana Bella, llama para avisarnos como te fue.

–Suerte Bella – dijo Rose.

–Suerte para ti también Rose.

–¿Estamos bien? – preguntó tímida.

–Claro tonta – sonreí – y soluciona lo tuyo con Emmett, ese chico me cae bien.

–Creo que ya nos dimos cuenta Bella – rió Alice.

Yo también me reí – hasta mañana niñas – me despedí. Me acomodé en mi sillón y vi un programa más antes de irme a la cama.

Dos días enteros habían pasado y no sabía nada del Señor ‘te quiero lista y dispuesta’. Yo esperaba que no se tardara mucho en ‘requerirme’. Era verdad que ese par de días había estado muy ocupada con el proyecto pero lo cierto era que no me lo podía sacar de la mente. Recordarlo con ese pantalón blanco y esa camisa negra ¡Y su olor! A maderas con un poco de sudor… uf, subía mi temperatura y el calor se concentraba en determinadas zonas de mi cuerpo. Mi pie comenzaba a moverse nervioso bajo mi escritorio y las manos me temblaban. Si me sucedía eso y solo me había tocado no quería pensar qué me ocurriría cuando me graduara como su aplicada alumna. ¿Sería pronto?

Pensando en él me quedé dormida. Descansé bastante bien sin sueños raros ni desagradables pesadillas. Escogí mi ropa de acuerdo a la importancia del evento. Me arreglé y antes de salir de casa me di un vistazo al espejo. Me veía bien. Medias negras transparentes, una falda lápiz negra, blusa blanca, un cinturón ancho y mi trench rojo. ‘Vestida para matar’ como decían las chicas.

Esa mañana Jane estaba tan nerviosa que no hubo ni taza de café ni dona. Bueno, el café sí, pero fue el aguado y amargo de la oficina. Preparamos la sala de juntas y pusimos en cada lugar en la mesa una carpeta con toda la información del proyecto. Checamos que el cañón proyector funcionara bien, así como también preparamos una jarra de café decente y pusimos botellitas de agua y galletas. La reunión estaba programada para las 11 de la mañana y faltaba un poco menos de media hora. Nuestros clientes muy puntuales llegaron unos minutos antes y pasamos a la sala de juntas con Olivia y otros dos socios de la agencia. Comenzamos la presentación y expusimos todo nuestro trabajo. Recalcamos los puntos fuertes y les aconsejamos cómo debería manejarse la campaña publicitaria para obtener los mejores resultados en la comercialización de su empresa. Al final, estaban tan satisfechos y felices por nuestra exposición que obtuvimos sus aplausos.


“Flannagans, con el sabor de casa”

–Tan sencillo y tan atinado – dijo el Sr. Flannagans – que nunca se me hubiera ocurrido, es perfecto.

–¡Vaya! – exclamó sorprendida Olivia – debo reconocer que lo han hecho mucho mejor de lo que esperaba.

Nos miraba con una gran sonrisa en la cara y asentía constantemente. Jane y yo estábamos hinchadas de orgullo y felices por el reconocimiento que nos habíamos ganado de parte de los clientes y de Olivia, que aunque era muy buena persona, los halagos y las felicitaciones no se le daban tan fácilmente, y esa tarde, ella no estaba escatimando en llenarnos de ellos.

–No saben lo feliz que me hace ver un trabajo impecable – su fila de blancos dientes brillaba – ahora ustedes además de un bono, porque nuestro cliente se fue feliz y firmó el contrato que por supuesto ustedes manejarán, se han ganado un ascenso.

–¿Hablas en serio? – Jane le preguntaba incrédula.

–Claro, me han ido demostrando que son capaces de manejar grandes proyectos, son muy profesionales y me da mucho gusto que estén siendo parte activa del crecimiento de esta agencia, además que se lo merecen por trabajar tan duro – no dejaba de sonreír.

–Muchas gracias Olivia – dije emocionada – por confiar en nosotras y darnos este proyecto.

–Nada de gracias, se lo ganaron, ahora váyanse de aquí a celebrar por ahí – extendió las manos sacudiéndolas para sacarnos de su oficina.

–¿No necesitas nada más? – le pregunté.

–¿Qué? Desde luego que no – negaba con la cabeza – fuera, vayan a festejar por ahí… ¡ah no!, perdónenme.

Jane y yo nos quedamos quietas esperando saber qué era lo que teníamos que perdonarle.

–Recojan sus cosas y desalojen esa oficina que la nueva les espera – estaba gozando viendo nuestras caras de asombro – anden, apúrense porque si en una hora no veo esa oficina ocupada, ¡Las despido!

Jane y yo salimos disparadas a mudarnos de oficina y una vez que terminamos de acomodarnos en la nueva que era amplia y llena de luz natural que entraba por el gran ventanal, nos fuimos a festejar solitas ya que tanto Ethan como las chicas aún estaban trabajando. Nos fuimos a un pub y nos consentimos primero con un par de cervezas. Pedimos algunas tapas y cambiamos por vino tinto.

–Nunca dejaré de agradecer por el día que te apareciste en la oficina Bella – decía Jane ya algo afectada por el alcohol – creí que tendría que trabajar con algún gorilón de esos que fueron a hacer la entrevista.

–Y yo pensé que nunca encontraría trabajo, ya me estaba dando por vencida, creí que terminaría trabajando con mi padre – admití mi miedo de esos días.

–¿En qué trabaja él? – quiso saber.

–Tiene algunos negocios con el acero – dije vagamente.

–Ya veo – me dio un golpe suave con el puño cerrado – tú no tienes nada que ver con eso.

–No – admití levantando mi copa – ¡Salud Jane!

–Salud amiga.

Un rato después nos despedíamos y me marchaba a casa. Estaba feliz. No podía esperar para contarle a papá y a Carmen ni a las chicas. Eso merecía otra salida para celebrar con ellas. Llegué a casa y en la puerta, un hombre grande con traje oscuro me esperaba.

–¿Señorita Swan? – preguntó parco.

–Si – dije y luego me arrepentí ya que no sabía quién era ese hombre.

–Esto es para usted – dijo dándome una caja con un brillante moño rojo. La tomé y lo miré confundida – con permiso.

El hombre se fue antes de que pudiera preguntarle algo y me dejó más intrigada que nada. Saqué con dificultad las llaves de mi bolso y abrí mi puerta. Me quité el trench, los zapatos y corrí a mi habitación con la caja del moño rojo en las manos. Rápidamente lo arranqué de la caja, con desesperación porque si mi intuición no me fallaba, esa caja me la enviaba el Señor ‘lista y dispuesta’.

La abrí con cuidado y envuelto con papel de seda blanco como los regalos del domingo, estaba un vestido de satén rojo. Lo saqué despacio, admirándolo. Era largo, hermoso y muy suave. Después de varios segundos, revisé de nuevo la caja y encontré una tarjeta con la caligrafía perfecta.

“Úsalo esta noche”
E. Cullen.


¿Esta noche? Pero si era tardísimo. Yo no pensé, no creí… Ya basta Bella. Él te dijo que te quería siempre… si, si, ‘lista y dispuesta’.

Dejé de hablar sola y con rapidez fui a darme una ducha y al salir y decidí que lo mejor era hacerme un moño sencillo por falta de tiempo y me maquillé muy sutil también por las prisas, solo polvos, el delineador muy tenue, en mis pestañas rímel y los labios tan rojos como el vestido. Me puse una tanga de hilo para que no se me marcara ninguna costura con la tela tan suave desvestido, el brassiere del mismo color piel y mis zapatos rojos, muy altos.

¡Dios mío! Pero si eres la puta Caperucita Roja – me dije al verme al espejo. Tomé un abrigo negro, mi pequeña cartera y sonaron un par de golpes en mi puerta. Comencé a respirar por la boca para no hiperventilar y con toda la calma de la que pude hacer acopio fui a abrir la puerta.

–Buenas noches Señorita Swan – dijo el hombre moreno, alto y fornido con un traje muy elegante – acompáñeme por favor, el señor Cullen la espera.

Salí de casa y cerré mi puerta. Seguí al hombre al ascensor y una vez afuera, un chofer me abría la puerta de un Jaguar negro. El chofer subió a su asiento y el hombre se sentó en el asiento del copiloto. Un silencio se prolongó durante todo el trayecto durante el cual me llené de preguntas, dudas y suposiciones que iban desde el porqué había mandado a su ayudante a buscarme, pasando por mis momentos de terribles dudas en los que mi inseguridad me decía a gritos que me bajara de ese auto y corriera a esconderme a mi apartamento y finalmente pensando si esa noche Edward Cullen haría conmigo todo lo que me había dicho en el bar. Eso era suficiente para que el temblor de mis rodillas no pasara desapercibido tan fácilmente.

El auto avanzaba y se dirigía al exclusivo distrito de Knightsbridge. Pasamos el Museo de Historia Natural y después de avanzar un par de calles, el auto se detuvo frente a un edificio de unos 10 o 12 pisos. No conservaba el estilo clásico inglés de la mayoría de los edificios de la zona; se veía nuevo y moderno, pero sin desentonar con las construcciones a su alrededor. El hombre abrió mi puerta y me ayudó a bajar del auto. Me cerré instintivamente el abrigo porque ya el clima de Londres había cambiado y ya se dejaba sentir el frío húmedo. Entré al ascensor y el hombre oprimió un botón que no tenía ningún número o algo que te indicara hacia donde te llevaba.

Subí sola y mientras llegaba al piso indicado, mis piernas se sentían como un flan, me temblaban las manos y también mi labio inferior. En ese momento todo se detuvo a mi alrededor cuando me pregunté otra vez si estaba segura de lo que estaba haciendo, mis dudas y temores de pronto me llegaron a la cabeza y se agolparon en mi mente haciéndome dar un paso hacia atrás. Las puertas del ascensor se abrieron y todos mis pensamientos detractores se esfumaron al ver al hombre que esperaba ahí por mÍ.

–Isabella – extendió una mano hacia mi y la tomé.

Di un paso hacia él y no pude encontrarlo menos atractivo. Me miró de arriba abajo y en su adusto rostro intentó dibujarse un atisbo de sonrisa. Me acercó a él y su aroma llenó mis fosas nasales llegando hasta mis pulmones disparándose y alertando todos mis sentidos. Se inclinó un poco y cerré los ojos levantando mi rostro al mismo tiempo, ofreciéndole mis labios y esperando un beso, pero él sólo acercó los suyos a milímetros de los míos.

–Bienvenida.

Abrí los ojos confundida por no haber recibido ni un toque de sus labios. Me obligué a reponerme de mi pequeña decepción y me dejé llevar por él hacia el interior de su penthouse que simplemente era hermoso. Con una decoración ecléctica y por demás elegante, el lugar se lucía con sus tonos grises, plomos y aceros; como le gustaría eso a mi padre. Altas columnas se erigían llegando hasta el piso superior dándole profundidad al amplio salón; sus sofás, sillas y mesas combinaban armoniosamente con los objetos de colección que estaban colocados en sitios estratégicos para poder ser admirados; no eran muchos, sólo los precisos. Lámparas de pantallas blancas coordinadas con las largas e infinitas cortinas que vestían los altos ventanales. Los cojines de Shantung de Seda ordenados en los sillones frente a la otomana sobre la alfombra en color blanco viejo que a su vez cubría el piso de madera oscura pulida y brillante. Al fondo, detrás de dos columnas anchas recubiertas de espejos cromados, una habitación albergaba un gran piano negro de cola y junto a esta, un pequeño vestíbulo al pie de las escaleras llevaban al segundo piso. Todo en una decoración exquisita que revelaba el buen gusto de su dueño.

–Gracias – dije apenas en un murmullo – esto es… precioso.

–Me alegra que te guste – habló con su tono ecuánime – es un poco tarde ya, creo que debemos pasar al comedor – me quitó el abrigo mientras hablaba y al irse descubriendo mi piel, su voz se hacía más grave. Me condujo a la mesa y una vez sentados, su intensa mirada me mantuvo inquieta. Sirvió vino en las copas y me dio una.

Chocó ligeramente nuestras copas sin brindar por nada. Sólo sonrió antes de tomar un buen trago de vino y me encantó ver esa sonrisa espontánea que se escapaba de sus labios. Se relajó en su silla recargándose en el respaldo. El silencio me estaba volviendo loca y su penetrante mirada aún más todavía. Un mayordomo sirvió la cena con la ayuda de una joven que se veía estaba igual de nerviosa que yo.

–Háblame de ti, Isabella – dijo al llevarse a la boca un pedazo de pato a la ciruela. Quedé petrificada al escuchar lo que me pedía, no porque mi vida fuera un secreto, pero no me gustaba hablar de mí. No era buena en eso.

–Yo, soy hija única y, y mi padre vive en San Francisco – hice una pausa – mi madre murió y desde eso he vivido en Suiza y luego aquí en Londres hasta el día de hoy, lo demás, usted ya lo sabe – sonreí – conoce hasta mi talla de ropa y zapatos…

Me miró serio enarcando una ceja – te pedí a ti que me lo dijeras y sigo esperando que lo hagas.

Justo cuando empezaba a relajarme me pide eso, ¿Qué no veía que me era muy difícil hablar de mí? Me tensé y tragué en seco; dejé mi tenedor en el plato y bajé mis manos a mi regazo.

–Estudié en el internado Sacré-Coeur hasta los dieciocho años y luego vine a Londres para estudiar diseño gráfico y publicidad en la universidad de las Artes – casi murmuraba al hablar – y mis dos mejores amigas también viven aquí.

–Gracias por la información, pero no es eso lo que me interesa saber – hizo una pausa – cuéntame de tus amigos.

–No tengo muchos amigos – bufó ligeramente y supe porqué lo hacía.

Terminamos de cenar, pero yo sentía que el ambiente era tan denso que se podía cortar con un cuchillo; estaba incómoda y él en cambio parecía relajado, desde luego que sí, estaba en sus terrenos. Sirvieron el postre, strudel de manzanas, que solo probé, no tenía estómago para eso.

–Ve a la sala – me ordenó – estaré contigo en un momento.

Me puse de pie y él retiró mi silla. Fui a la sala confiando en que mis piernas no me defraudarían. En lugar de ir directamente a un sillón, rodeé el salón para poder mirar un poco más, sobre todo, la habitación donde estaba el piano.

–¿Tú tocas? – me sobresalté al escucharlo detrás de mí.

–Lo siento, no – admití.

–Lástima – mi hombro sintió una caricia y giré rápido mi rostro. Sus dedos rozaban imperceptiblemente mi piel pero su calor podía sentirlo plenamente.

–Hay algo Isabella – sus dedos bajaron por mi brazo – que necesitamos dejar en claro – rozó con los dedos de su otra mano una superficie de la columna de espejos cromados y la luz del salón bajó considerablemente, dejando el espacio en una suave penumbra. Su mano se cerró alrededor de mi brazo y cuando pude darme cuenta, estábamos en un sofá y yo sentada en sus piernas.

–Hay cosas que voy a querer de ti – su nariz delineaba con lentitud mi cuello; yo respiraba por la boca sin notar lo agitada que me encontraba – y tú deberás obedecer sin importar nada más. Ahora ya sabes que no acepto que me cuestionen ¿Verdad?

Asentí al recordar su primer castigo al bajarme del caballo y hacerme caminar con esas malditas botas duras y nuevas, sólo por responder un poco ofuscada.

Sus dedos acariciaban mi cuello y muy despacio bajaban al valle de mis senos, mis pezones reaccionaron dejando en evidencia mi obvia excitación al resaltarse bajo la tela. Mi rostro ardía, no se podía ver claramente, pero podía jurar que estaba del mismo color de mi vestido. Rojo, caliente, como todo mi cuerpo que había disparado su temperatura hasta el grado de querer retorcerme entre sus brazos. Me recostó contra su pecho y descansé mi cabeza en su hombro dejando expuesto todo mi torso y él no desaprovechó mi postura ya que su mano recorría mi cintura, mi vientre y finalmente la sentí en mi ingle frotándose de arriba a abajo. Yo no sabía si seguía respirando; su contacto no me hacía consciente de nada, sólo de él y de sus caricias.

–Hay un par de cosas que quiero que hagas Isabella – su voz ronca murmuró en mi oído y yo asentí – no me respondas con señas, habla cuando te lo pida.

–Si… Señor – respondí temblorosa.

–Cuando vuelvas aquí, ya deberás haber cumplido con eso – su mano ya tocaba la piel bajo el vestido, pasando por mis muslos y llegando a la unión entre mis piernas; un jadeo inesperado salió de mi boca – aunque veo con placer que no habrá necesidad de hacer mucho.

Con sus dedos, hábilmente hizo a un lado la minúscula porción de tela de la tanga, los introdujo por mis pliegues húmedos y mis jadeos fueron más audibles. ¡Dios! Esto era infinitamente mejor que lo que había imaginado sentir, era, era… mi respiración… él detuvo las deliciosas caricias que me estaba dando y se puso de pie repentinamente, llevándome con él hacia el piso superior. Me rodeó la cintura con un brazo procurando sostener mi cuerpo tembloroso y me aferré a él para no caer porque no estaba muy segura si mis piernas me responderían.

Llegamos a una habitación muy grande, eso fue lo único que pude distinguir, su amplitud así como la de la gran cama en donde me recostó, quitándome los zapatos y él hizo lo mismo, desabotonándose además la camisa. La sutil iluminación no me impidió admirar su pecho musculoso, trabajado pero no demasiado; sus pectorales definidos cubiertos por un camino de vello que iba desde su garganta hasta donde su pantalón me permitía ver. Se puso sobre mi, ambos vestidos. Me olió, tocó mi cabello al deshacer el moño que lo mantenía recogido, colocó su mano en mi cuello, donde latía mi pulso acelerado, la bajó hasta el valle de mis senos sintiendo mi agitación. Subió mi vestido hasta mis muslos y luego se retiró.

–Quítate el vestido – abrí los ojos ante su súbita orden y lo miré – Ahora – exigió y se hizo a un lado para darme espacio. Me deshice del cinturón y me senté sobre mis talones para hacer mis movimientos menos torpes. Lo subí por mi cuerpo y lo pasé sobre mi cabeza, lo dejé a un lado y me quedé en la misma posición mirando mis manos sobre mis muslos, con pena.

–Coloca tus manos en la espalda e inclínate hacia el frente – al escuchar su demanda cerré los ojos e hice lo que me pidió. Di un brinco cuando desabrochó mi brassiere y sentí sus dedos recorrer mi columna desnuda llegando hasta mis nalgas las cuales acarició con suavidad. Olió mi espalda y mi cuello pasando al fin sus labios por mi piel. Gemí. Suspiré. Me excité aún más y él seguía reconociendo mi cuerpo.

–Levántate – obedecí con las manos sobre mi pecho y manteniendo la cabeza baja – acuéstate y coloca tus brazos sobre la cabeza – con los ojos cerrados apoyé mi espalda contra el colchón y junté mis piernas sin notarlo, comencé a aspirar profundo para poder completar su orden. Con más nervios porque no le gustara lo que veía que con miedo. Levanté los brazos dejando libre mi pecho, mis senos se elevaban conforme a mi respiración y sus puntas erectas casi dolían de ansiedad por sentir su contacto.

Ya no había tela de por medio y yo deseaba que siguiera reconociendo mi cuerpo, era algo más fuerte que yo, un deseo que jamás imaginé fuera tan abrasador que me llevara a arquear mi espalda en una clara invitación acompañada de un jadeo.

–¿Me estás apresurando? – preguntó con una falsa incredulidad – espero que no porque ya sabes que todo es a mi modo, cuando yo diga, como yo quiera… – su ronca voz me envolvió entorpeciendo mis confundidos sentidos y abandonándome a su entera voluntad.

Traté de ser más mesurada, me esforcé, contuve mis gemidos, mis jadeos y fui recompensada con una caricia en un lugar inesperado. Con una hábil maniobra me despojó de la tanga y luego separó mis piernas con la mano que subió desde el interior de mis rodillas hasta mi centro. Mordí mi labio, fuerte, no queriendo parecer demasiado ansiosa y casi lo hice sangrar al sentir que profundizaba su caricia, internándose en mis pliegues, resbalando con facilidad por mi humedad. Mi corazón junto con sus latidos, se agolpó en mi garganta y tragué inútilmente intentando regresarlo a su lugar provocando que mi respiración se agitara ignorando mis esfuerzos por mantenerme contenida.

Con la yema de sus dedos rodeó mi clítoris, jugó a su alrededor y lo tocó, presionándolo, arrancándome un ligero gritó. No estaba segura de poderme resistir ante tal cúmulo de sensaciones, no quería, era muy difícil y yo solo quería sentir… sus dedos abandonaron mis pliegues y otro jadeo me traicionó cuando su boca atrapó mi pezón derecho. ¡Dios! Iba a morir. Abarcó un poco más de mi duro pezón, chupándolo, jugando con su lengua sobre él mientras su mano aún frotaba mi entrepierna. Se inclinó un poco más y mi pezón izquierdo fue el que recibía tan maravilloso trato atrapándolo entre sus dientes. No fue muy suave, pero no me hizo daño, al contrario, era algo inesperado y debido a la sorpresa fue mucho más excitante. Creí enloquecer, moví desesperada la cabeza contra el colchón buscando algo de alivio pese a que sabía bien que no lo obtendría de esa forma. El calor aumentó y cuando una fuerza mucho mayor que la que conocía comenzó a levantarse en mi interior, introdujo un dedo en mí.

–¡Ah!

Profundo, duro y después de esperar mi reacción por su inesperada intromisión, un suave bombeo comenzó azuzando esa fuerza que amenazaba con crecer devastando todo mi ser. Mis jadeos salían de mi boca desvergonzados, sin recato, esperando que esa caricia más que íntima me hiciera reventar desde mi interior. Estaba cerca, lo sabía, lo sentía mientras su dedo mágico se movía y su boca me mantenía alejada de la realidad, de la razón. Un poco más, solo un poco y… sorpresivamente su dedo abandonó mi interior y su boca mi seno dejándome al borde de mi liberación, del anhelado abismo al que quería caer… ¡No!, ¡No!, ¡No!

Se separó de mí y se puso de pie dándome la espalda.

–Vístete – giró un poco la cabeza sobre su hombro, pero sin verme directamente – Paul te llevará a tu casa…*

*

*

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Como siempre, mil gracias a Isita María por su impecable trabajo y a PattinsonWorld.

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